Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Anne Sophie renace con una nueva ilusión, es madre, y con el amor del hombre que adora, se siente llena y en paz. Pero el amenazante mal del pasado pondrá su paz del revés. La desaparición del Sr. López y el agente Galy, la devolverá a la pesadilla. Inocentes masacrados, libros místicos, bestias acechantes, sectas internacionales, verdades dolorosas y el inframundo, harán peligrar una misión que le exigirá un gran sacrificio.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 280
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© JAMG
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de cubierta: JAMG
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-214-6
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
Aḇūn dəḇashmayyā
neṯqaddash shəmāḵ
tiᵓṯē malkūṯāḵ
nehwē ṣeḇyānāḵ
ᵓaykannā dəḇashmayyā ᵓāp baᵓrᶜā
haḇ lan laḥmā dəsūnqānan yawmānā
washḇūq lan ḥawbayn
ᵓaykannā dā ᵓpḥənan shəḇaqn ləḥayyāḇayn
wəlā taᶜlan lənesyūnā
ᵓellā paṣṣān men bīshā
meṭṭul dəḏīlāḵ hy malkūṯā
wəḥaylā wəṯeshbūḥtā
ləᶜālam ᶜālmīn
Capítulo 1
El reloj de arena marca con sutileza el tiempo, los meses se suman unos a otros como sus granos, y la vida rezuma de acontecimientos nuevos. Marc deja de ser un ángel gracias a la voluntad divina y Anne Sophie se recupera con su cariño.
Tres años después, el Sr. López recibe una llamada telefónica; Anne Sophie había ingresado en el hospital. Raudo, toma un taxi; el clima espléndido pasa desapercibido ante los nervios del hispanofrancés.
La puerta del vehículo se abre; el Sr. López sale disparado y, devorando los peldaños, se encamina al encuentro con Anne Sophie.
La habitación donde está la joven se muestra misteriosa con la puerta entreabierta; empujándola, entra acaloradamente. En ese momento, se ve obligado a apartarse. La camilla que lleva a Anne reclama la preferencia que requiere la situación, y junto a ella, un atento Marc con el rostro notablemente pálido.
Los minutos de intranquilidad se agolpan torpemente, parecen interminables.
El tiempo del reencuentro llega y tres amigos vuelven a mirarse a los ojos.
—¿Cómo estás? —pregunta el Sr. López tomando la mano de la joven.
—Estoy agotada, pero muy feliz, nunca pensé que viviría esto —responde con la mirada llena de ilusión.
—Enhorabuena a los dos, es un niño muy sano, y él también es afortunado, pues tiene unos buenos padres.
Marc posa su mano sobre el hombro del teólogo y lo mira mostrándole una amplia sonrisa
—¡Gracias, buen amigo! ¡En verdad es una bendición del cielo!
La madre no aparta la mirada de su retoño, el cual siente por primera vez la caricia del astro rey. La cálida presencia del monarca agrada al pequeño, que inesperadamente les regala su primera sonrisa.
Marc se sienta junto a Anne Sophie y, tras besar al bebé, se pierde en un sentido beso con la madre.
—Yo también creí que nunca llegaría este día —confiesa Marc soltando una lágrima de alegría.
—Pues llegó, amor mío, y esta cosita que aún no tiene nombre por falta de acuerdo borrará las cicatrices —aclara con dulzura una Anne Sophie que no cabe de gozo.
—Pues el nombre de este retoño podríamos preguntárselo al sol y a la lluvia que han venido a saludarlo —le dice el feliz padre a su pequeño.
—¿Cómo? —inquiere el catedrático al escuchar aquellas palabras.
Sin perder un segundo, se aproxima a la ventana para verificar el fenómeno atmosférico. Sus iris raptan las imágenes y su mente rememora palabras que se dijeron una vez; en su cabeza resuena algo que ya casi había olvidado: «Lo que debió ser, será».
Anne mira a su mentor sin entender el porqué de sus palabras. Este se percata a través del reflejo del cristal y girándose dice:
—No me eches cuenta, Anne, son cosas de viejos, querida. Sin duda, creo que tu hijo es un privilegiado.
—¿Por qué?
—Querida Anne, los años nos hacen muy complejos, pero si me permitís opinar, a mí me gusta mucho el nombre de Giovanni.
Marc da su visto bueno con un gesto y mira a Anne Sophie.
—Si a tu padre y a tu padrino les gusta, a mí también, Giovanni, mi ángel.
Una hora después, el Sr. López se despide de los padres y del benjamín. Satisfecho y alegre, encamina su marcha hasta la salida principal del concurrido hospital. Una cascada multicolor le espera en el exterior y se deja empapar por ella.
Las gotas de agua se lanzan sobre él mientras el sol las templa; cada impacto le hace rememorar acontecimientos pasados y preguntas omitidas. Nunca se sabrá a quién hubiese elegido, mas aprendió que el amor no entiende de terrenos, pues allí donde florece crece la esperanza, y que su poder rompe las barreras tanto aquí como en el más allá.
Por experiencia propia, sabe que una mente infectada por el materialismo y los vicios es capaz de engañarnos durante muchos años, pero tarde o temprano, la verdad rompe el yugo de tan gran ceguera y el corazón aún herido reclama su reinado. Entonces es cuando lo que creíamos imposible se hace posible.
El futuro es un camino por descubrir y el destino, el empedrado que nos guía. Sin embargo, nuestra actitud y aptitud ante las disyuntivas son las auténticas responsables de nuestra vida. Está hecho el sendero, pero el camino nos da la elección de discernir la dirección a tomar en las numerosas bifurcaciones del mismo, pero eso es misión de cada uno.
La licuada alegría del cielo actúa como ungüento sobre las heridas de dicho camino, y una pregunta se libera en el aire: ¿Lo que ocurrió una vez podría volver a ocurrirle a otra persona? Sea cual sea la respuesta, espero que tenga la fortaleza suficiente para descifrar el dilema de su corazón y saber elegir entre fuego o luz.
Aunque, en este desatino al que llamamos vida, nunca sabemos si estamos al principio o al final de la odisea.
Capítulo 2
Las gomas de unos anónimos neumáticos se abren paso entre los vivaces riachuelos que, sobre el asfalto, fluyen alentados por el inagotable manantial nublar. Paulatinamente, se aproximan hacia un transeúnte perdido entre sus pensamientos, quien, lejos de advertir la cercanía del vehículo, continúa su camino.
Adecuando su velocidad, el automóvil escolta unos metros al teólogo, y justo antes de la próxima intersección se abre una de las ventanillas traseras.
—Espero que la lluvia le haga recobrar fuerzas, Sr. López —incide una voz.
—Dicen que la lluvia cura las heridas del alma —responde sin dejar de caminar—. Debería probarlo, señor Galy.
En ese momento, el vehículo acelera sin brusquedad y, adelantándole, le corta el paso.
—Me temo que no tiene más tiempo para recobrar fuerzas, aún no se ha terminado esta pesadilla. Por favor, acompáñeme.
Dicho esto, sale un gendarme del coche y le abre la puerta trasera. Por unos segundos, parece que el Sr. López es reacio a entrar, pero finalmente acepta la invitación.
—Siento sacarle de su momento de paz, Sr. López, pero necesitamos su ayuda —se disculpa al tiempo que le entrega un pergamino claramente envejecido.
—¿Qué es esto? —inquiere el catedrático al desenrollarlo.
—Esperaba que usted me lo dijera.
—Patric, este lenguaje es ancestral, está lejos de mis conocimientos, pero hay alguien que con seguridad podrá traducirlo.
—¿Pues a qué esperamos? Dígame dónde tenemos que ir.
—No es tan fácil. Confíe en mí y deme unos días.
—Sr. López, la vida de muchos niños quedan en sus manos. Lo que tiene en su poder podría ser la prueba que nos encaminará a desmantelar esta secta satánica y liberar a los niños que aún tienen cautivos, si es que siguen con vida.
—Soy consciente de ello.
El silencio se apodera del tiempo, tiempo que parece ralentizarse mientras el coche se aleja bañado por la impetuosa cristalina. Ahora, en la distancia, los pensamientos de un aguerrido hispanofrancés le hacen temer el contenido de tan misterioso hallazgo. Quizás lo que dijo el agente no esta tan desencaminado, o, lo que es peor, que los acontecimientos pasados no fuesen más que un preámbulo.
Al día siguiente, suena la puerta del apartamento de Anne Sophie.
—¡Un momento! —pide Marc desde el cuarto de baño—. Sr. López, ¿qué le trae tan temprano? —le pregunta minutos después, sorprendido, al tiempo que se seca los cabellos.
—Lo siento, Marc. ¿Te pillé en la ducha?
—No se preocupe, ya había terminado. Dígame en que puedo ayudarle.
—Sé que tienes prisa por vestirte y marcharte al hospital, pero necesito que me traduzcas algo.
—¿Yo?
—Eres el único que puede ayudarme —afirma abriendo la carpeta que porta consigo.
Ambos se sientan en el sofá, y el catedrático le entrega el misterioso documento. Marc lo extiende sobre la mesa y, cuando clava su mirada en el mar de letras, su rostro se torna cuasi blanco; el escalofrío que recorre su piel es tan evidente que hasta el Sr. López lo percibe con claridad.
—¿Qué ocurre, Marc?
—¿De dónde ha sacado esto? —inquiere notablemente preocupado.
—Me lo entregó el sargento Gali. Según parece, lo encontró en un registro y cree que le puede ayudar a desmantelar una secta satánica.
Marc agacha la cabeza y frunce el ceño. Durante unos segundos su mirada queda perdida; la mudez del joven se rompe conectando con el pasado, concretamente con su pasado como ángel, y el verbo brota con desánimo.
—Este manuscrito tiene el hedor y el trazo del inframundo. Este lenguaje es el que utilizan los ángeles caídos. Y está firmado por el cazador de almas, el mismo que captó a Giovanni.
—¿Lord Blackhand o Blackhandson? No recuerdo muy bien —pregunta el Sr. López.
—El mismo. Estamos en poder de un documento muy peligroso.
—¿Cómo?
—Habla sobre una revelación; dice que dos seres de luz están destinados a estar juntos, que se reencontrarán a pesar de que los separara la distancia y el tiempo, que están destinados para ser parte vital de una misión divina, por lo que no deben rencontrarse, que es primordial encontrarla y llevarla a Poenari. Parece ser que buscan a una mujer… No, espere. Según esto, están buscando a una niña, un bebé. —Repentinamente, Marc queda en silencio, pensativo—. Cielo santo, no puede ser —murmura inconscientemente.
—¿Qué no puede ser? Vamos, Marc, me estás asustando.
—Creo que esa niña está destinada a ser la compañera de mi hijo.
—¿Hay algún nombre?
—No. La buscan, pero aún no saben quién es.
—¿Tú sabías esto?
—No, Sr. López, no lo sabía. Y temo que ahora que soy un hombre más, se salgan con la suya —responde devolviéndole el pergamino—. Al final de ese manuscrito vienen las indicaciones de dónde podría estar —apuntilla.
—No te preocupes, Marc. Escríbemelas en un papel, yo sé lo haré llegar a la policía.
Con rauda caligrafía, impregna el trozo de papel que arrancó del periódico y le entrega al catedrático la dirección oculta en el pergamino. La cordial despedida da lugar al cierre de la puerta, puerta que nada más cerrarse se empapa de aroma a romero, el olor que precede a una divinidad.
—Gabriel, hermano, ¿cuándo parará esto?
—Querido Marc, ten paciencia y fe.
—El Sr. López ya hizo bastante. ¿No creéis que esto puede ser demasiado para él?
—Es su misión. Muchos dicen creer en Dios, pero pocos consiguen que Dios crea en ellos. El mentor de tu amada es de esos pocos. Y tú estarás atento para cuando llegue el momento. Tiempos tenebrosos nos acechan. —Y haciendo la señal de la cruz, desaparece.
—Creo en ti, Padre mío, más no entiendo la falta de información en la que me sumerges, ni él porque he de dejarlo ir a la guarida del lobo. No lo entiendo.
Minutos después, Patric y el Sr. López se citan en la azotea de Galeries Lafayette, emblemático lugar que ostenta el honor de tener la mejor vista aérea de la ciudad cuyo responsable ha cedido en exclusiva a su amigo hispanofrancés como un favor personal.
El primero en llegar es el catedrático, a quien le espera un reconfortante café con asiento panorámico, cortesía de la casa. Patric llega poco después con cara de pocos amigos e intrigado por lo que el Sr. López pueda haberle arrancado al misterioso pergamino.
Tras un apretón de manos, le sirven una taza.
—Gracias, esto me entonará. Bueno, ¿que consiguió averiguar del escrito? —le pregunta removiendo el azúcar que acaba de verter.
—Tengo en mi poder las coordenadas de un lugar donde posiblemente encontremos a una niña.
—Démelas, las introduciremos en el GPS.
—No hace falta, ya lo hice yo de camino aquí.
—¿Y bien ?
—Boulevard des Récollets, 45.
—¡Pero Sr. López, eso es Sainte Marie des Anges! ¡Es una iglesia! —exclama sorprendido.
—Podemos llegar en metro a Saint Michel o con su coche, pero sea como sea, debemos salir ya —impera el Sr. López levantándose.
—Estoy de acuerdo, aunque me confunde con su cambio de ritmo. ¿Cómo es que estaba tan tranquilo y ahora le come la prisa? —inquiere siendo literalmente levantado por el catedrático.
—Y lo seguiría estando si no hubiera visto a un espíritu exigiéndome rapidez —contesta sin dejar de caminar.
—¿Un fantasma? ¿Dónde? —cuestiona mirando de un lado para otro—. No sabía que podía verlos —apuntilla tras los pasos del mentor de Anne Sophie.
—Yo tampoco —responde al tiempo que se pierden entre la maraña de clientes.
Anne Sophie, ajena a la trama, también sigue unos pasos, los pasos de Marc, que entra en la habitación junto a la enfermera. La neófita madre recibe con un sentido beso a su hombre mientras sostiene al bebé, y la enfermera prepara todo para el control del retoño.
—Marc, te veo preocupado —le dice Anne entregando su hijo a la enfermera.
—Qué va, tesoro. Lo que pasa es que temo no ser un buen padre, no sé si estaré a la altura.
—Tonto, claro que sí. Fuiste un buen ángel; ahora serás el mejor padre del mundo y nos darás mimitos a los dos —afirma poniendo morritos.
—¡Ja, ja, ja! Zalamera —ríe acariciándole el rostro.
La felicidad de Anne Sophie forma una barrera que no le deja ver la realidad que se esconde tras la aparente tranquilidad del joven, una realidad llena de incógnitas y disyuntivas.
A Marc le resulta angustioso tan solo pensar que todo lo acontecido anteriormente es simplemente la punta de este iceberg macabro, y un sentimiento terrenal le aborda por completo: no quiere que ni Anne ni Giovanni sean salpicados por este interminable conflicto; es hora de que les toque a otros, ya basta. Ahora su sitio está junto su familia, el rescate de la benjamina será cosa del mentor.
Y otros están en ello.
La puerta de la Iglesia de Sainte Marie está abierta, y un hedor extraño se mezcla con el incienso. Patric le pide al hispanofrancés que le deje entrar primero; su instinto policial le obliga a comenzar la incursión pistola en mano. Un frío sepulcral recorre a ambos, y el aroma a muerte les guía hasta el altar. Un quejido les llama la atención; proviene de la sacristía. Arma al frente, avanza Patric pidiendo con un gesto al Sr. López que se detenga. Ya está junto a la puerta; la empuja suavemente con su mano izquierda, pero algo la obstaculiza a mitad de recorrido, algo tras ella.
—Aiutami («Ayudadme») —pide una voz tenuemente.
—Soy policía, ¿está herido? —indaga justo antes de penetrar con la mitad de su cuerpo y recorrer la sacristía con el cañón de su pistola.
—Sí, aiutami— suplica alzando temblorosamente la mano derecha.
Tras entrar, el Sr. López le coge la mano mientras Patric se cerciora de que la sacristía sea segura, y viendo que el malherido intenta decirle algo con voz casi apagada, acerca su oído al turbado hacedor de palabras.
—Io non sono importante, si dovrebbe salvare María, dovrebbe salvare María… María («Yo no soy importante, debéis de salvar a María… María»). —Exhalando la última silaba, fallece.
—Sr. López, déjelo, ha muerto. Y en el otro cuarto hay más cadáveres. Parece que se defendieron.
—Antes de morir me dijo que tenemos que salvar a María.
—Profesor, eso no puede ser, mírele la lengua.
—Se la han cortado. Ahora entiendo.
—¿Ahora entiende? Ilústreme, Sr. López.
—No tiene lengua, eso es cierto, pero él es el espíritu que vi.
—Pero ¿para ser un espíritu no hay que estar antes muerto? —inquiere enfundando su pistola.
—No del todo. Se dice que hay un estado como de trance en el que aún no estás muerto, pero tampoco estás… vivo, y el alma aún no ha roto el llamado cordón dorado, que es como nuestra cuerda de amarre con el cuerpo. Por eso me pedía presteza, se le agotaba el tiempo.
—A nosotros también, solo sabemos que debemos salvar a una tal María.
—Patric, tenemos algo más que eso. Al tomarle de la mano, me pasó una llave y un trozo de papel —le informa abriéndolo—. Y según veo, tenemos otra dirección.
Sacando el móvil, el agente llama a la gendarmería. Los efectivos de la científica y varios gendarmes se personan en pocos minutos, aunque para entonces, los dos privilegiados espectadores de lo macabro se han dirigido a otro lugar, un lugar a pies del caudaloso río Garonne.
Parados ante un recio edificio de cuatro plantas de enladrillado rojizo y terraza de un blanco oscurecido por la empolvada lluvia, buscan la manera de pasar el primer escollo.
—Creo que hemos llegado. Boulevard de Richard Wagner, número tres. Según parece, es el cuarto.
—Hay una persona en la terraza del segundo, le pediré que nos abra. —Y, haciendo uso de su placa, consigue que le franquee el obstáculo. Un par de minutos después, el Sr. López inserta la llave y gira la cerradura del apartamento sin que Patric deje de encañonar el vacío que libera esta al abrirse.
Reconociendo el terreno, el policía escudriña minuciosamente el salón donde se adentran. La luz penetra entre los envejecidos cortinajes mostrando en el centro del salón una mesa de piedra tallada. Los surcos del cincel que la violentó forman un círculo con un pentagrama atravesando una circunferencia, rodeado de algunos símbolos geométricos y otros mágicos. Sobre este tapiz de piedra, justo en el centro, una bola de cristal contempla impávida la mirada del catedrático.
—No me lo puedo creer, es uno de los sellos de Dee —esgrime asombrado.
—¿Está usted hablando de una secta?
-De mucho más que eso; hablo de la Orden del Temple. Mire las paredes. ¿Ve todos esos símbolos? Son criptografías templarías. Los eruditos lingüísticos dicen que proceden del alfabeto de Ugarit. El conocido como Dee utilizaba los sellos como este para comunicarse con los ángeles, o al menos eso dicen las historias. Fíjese en esa especie de uve, y en esa otra uve que está boca arriba; son la a y la c, aún me acuerdo. Todo lleno de triángulos y rombos, todos son letras —le ilustra mientras pasa la mano por las paredes.
Patric vuelve a conectar con la central.
—Quiero a un equipo con jean, y traed también a un forense, tengo a dos cadáveres en el dormitorio. Os estoy pasando la dirección. —Ordenado esto, enciende el interruptor general iluminando todo el apartamento.
El Sr. López le pide que revise si tienen algún tipo de marca.
—En los brazos no tiene nada—. Suena el móvil del agente—. Discúlpeme, me está llamando el forense —se excusa antes de responder a la llamada—. ¡Sí, dime!
—Santo cielo, Patric, ¿en qué te estás metiendo? ¿En qué te estás metiendo? —repite acelerado
—¿Qué ocurre? ¿Por qué me preguntas eso?
—Los cadáveres de la iglesia tienen los mismos síntomas que aquellos desgraciados del furgón blindado. Con la única salvedad de que estos tienen tatuado una especie de emblema en el pecho.
—Me imagino que estarás hecho un lío.
—Lío el que se te viene encima. Un inspector jefe de la DGSE no deja de preguntar por ti. Esto me huele mal, Patric. Creo que esto se te va de las manos.
—No descansaré hasta salvar a los niños que aún siguen secuestrados por esta secta maldita. Me da igual si el servicio de inteligencia francés se mete por medio —responde con rabia.
—Solo te digo que tengas cuidado. Somos amigos desde hace muchos años, y no quisiera tenerte aquí como a estos pobres desgraciados.
—No te preocupes, cuando termine aquí, me dejaré caer por la gendarmería a ver qué es lo que quiere ese tipo.
Concluida la comunicación, Patric saca de su bolsillo una navaja automática, que abre para rasgarle las vestiduras al monje justo a la altura del pecho. Al separar los ensangrentados ornamentos, deja al descubierto un tatuaje en forma de cruz.
—La cruz ochavada —dice el Sr. López exteriorizando un pensamiento reflejo.
—Son templarios, ¿verdad?
—Así es Patric, así es —repite el catedrático pasándose la mano por el rostro en clara señal de agotamiento.
—Sr. López, creo que ya está bien por hoy. Váyase a descansar, y no se preocupe, encontraremos a esa niña —le sugiere acompañándolo a la salida mientras los efectivos entran en el apartamento.
Una hora más tarde, el fluir de las gotas de agua reconfortan al catedrático, caudal de calidez cristalina que apacigua el tenso día. Perdido en la abstracción de tan buena ducha y proyectando toda la información sobre el vapor que lo envuelve, su mente busca el orden de este puzle con nombre propio, María.
Si en verdad ella es pieza clave en la vida de Giovanni, ¿por qué Marc se sorprendió al leer el pergamino? Sea cual sea la respuesta, se siente en la obligación de proteger a la pequeña esté donde esté y sea quien sea.
Inesperadamente, su mente repara en algo que pasó por alto. Saliendo de la ducha, se seca con rapidez balbuceando «Tengo que llamarlo» repetitivamente. Al llegar al salón, descuelga su teléfono fijo y teclea.
—Patric, perdone, ya sé que es tarde, pero necesito volver al piso.
—No se preocupe, Sr. López, descanse y mañana a primera hora volvemos. Aunque, antes que nada, me gustaría conocer el motivo.
—De momento solo es una corazonada, pero mañana saldremos de dudas.
—Profesor, sus corazonadas siempre se saltan esta realidad.
—Patric, es vital. Además, encontrando a María podría desmantelar la secta satánica que le trae de cabeza. Estoy convencido que es la misma.
—Yo también. Para ser honesto, después de lo vivido en aquel túnel, mi mundo está del revés. Por otro lado, al menos estos templarios son mortales.
—Ellos no son nuestros enemigos, ellos son nuestros aliados.
—Eso espero —responde dando un golpe de aire.
—Bueno, le dejo descansar. La cama nos sentará bien.
—Yo ya estoy en ella. Nos vemos en el Boulevard sobre la diez y media. Hasta mañana.
A algunos kilómetros de allí, un coche negro estaciona frente al hospital, justo debajo de la ventana de la habitación donde descansan madre e hijo, donde, encubierto por la clandestinidad de la noche, el único ocupante de la parte trasera baja su ventanilla.
Las sombras, cómplices de lujo, solo permiten vislumbrar la empuñadura de marfil de un grueso bastón, mientras en la clandestinidad los ojos del observador ven más allá de lo visible.
—Arranca. Este lugar está infectado de nauseabundos ángeles —ordena al conductor golpeando dos veces el reposacabezas del desocupado asiento del copiloto. Acto seguido, con relativa tranquilidad, se alejan hasta perderse en la avenida.
A la mañana siguiente, dos aventureros se reencuentran ante una puerta precintada por la gendarmería. Segundos después, pisan nuevamente el suelo del apartamento. El Sr. López se aproxima a la pared que coexiste entre dos ventanas.
—¡Lo sabía, sabía que lo había visto! —exclama haciéndole una foto.
—¿Que tienen de diferente estos símbolos de aquellos otros? —pregunta el agente señalando a las otras paredes.
—Lo sabremos enseguida —le responde mientras envía la instantánea a Cosimo.
Transcurridos unos segundos, Cosimo llama al Sr. López.
—No me digas que estas en EEUU.
—Hola, Cosimo. No, sigo en Toulouse. Estoy con un amigo policía, por lo que he puesto el manos libres para que te escuche —le aclara colocando el móvil entre ambos.
—De acuerdo, sin problema. Lo que me mandaste es un fragmento del libro más misterioso del mundo desde hace más de 500 años. Se supone que está en la biblioteca de la Universidad de Yale, en New Haven, Connecticut, por eso te pregunté lo de Norteamérica.
—Es el manuscrito de Voynich, ¿verdad? —intuye el catedrático.
—Exactamente, el manuscrito que Wilfred M. Voynich compró a los jesuitas italianos de Mondragón en mil novecientos doce. Aunque, para ser más exactos, tan solo es un fragmento de este en una pared.
—Gracias, Cosimo, solo quería cerciorarme.
—No hay de qué. —Y cuelga, dejando nuevamente a solas a los dos sabuesos del misterio.
—Yale siempre me ha llamado la atención. He visto tantas películas que siento curiosidad por verla en vivo —sugiere Patric de manera sutil.
—¿No cree que nos vendrían muy bien unas vacaciones? —responde el hispanofrancés retóricamente.
—No se hable más, moveré algunos hilos. Prepare sus maletas, mañana salimos para las Américas —apunta esbozando una sonrisa.
Tras dejar al Sr. López en su portal, Patric regresa a la central para ultimarlo todo, y entra en su oficina con la intención de utilizar su agenda. Por desgracia, el inspector jefe de los servicios secretos de la inteligencia francesa irrumpe cerrando la puerta de mala manera.
—¡Señor Galy, me está tomando el pelo! ¡Y eso no se lo pienso tolerar! —profiere iracundo.
—¡El que no piensa tolerar sus maneras soy yo, señor como se llame! Lo primero que tendría que haber hecho es presentarse —le replica contundente.
—Soy el inspector jefe Damien Reno, del DGSE.
—¿Y a qué se debe el honor de que el servicio de inteligencia de este bendito país se digne a descender hasta esta humilde gendarmería? —inquiere irónico al tiempo que cortés al invitarle a tomar asiento con un gesto.
—Quiero que deje el caso. Está interfiriendo en mi investigación, esto es un caso de seguridad nacional y está fuera de su jurisdicción.
—¿De seguridad nacional, dice? —Por unos instantes se hace el silencio hasta que Patric sale del trance—. No hay problema, todo suyo. Yo me marcho mañana mismo de vacaciones.
—Será lo mejor —responde Reno mirándolo a los ojos para, posteriormente, salir del despacho.
Mientras tanto, en el hospital, una feliz mamá siente añoranza por no ver a su mentor.
—¿Quién será ahora? —se pregunta el catedrático cogiendo el móvil.
—¡Hola!
—Anne Sophie, qué alegría. ¿Cómo estás, preciosa?
—Le echo mucho de menos, me dijo que vendría todos los días.
—Lo sé, cariño, pero se me han complicado los últimos días. De hecho, mañana parto para Estados Unidos.
—¿Estados Unidos? ¿Para qué?
—Tengo que aclarar un asunto en la Universidad de Yale. Pero no te preocupes, volveré en cuestión de días, y me tendrás contigo.
—¿Palabra?
—¡Palabra! Y ahora te mando un beso, que tengo que seguir con mi vía crucis.
—¡Ja, ja, ja! Tanta cátedra y sigue peleándose con las maletas.
—Ya sabes, ya sabes, cada cual tiene sus virtudes.
—¡Ja, ja! Es cosa genética. Bueno, un besazo. Nos vemos a la vuelta, que Giovanni ya está buscando a su padrino. Y yo me aburro entre estas paredes.
—El día que dejes de llamarme de usted haré una fiesta.
Lejos de finalizar, la conversación se alarga entre risas y varias despedidas que solo sirven para reenganchar la charla.
El reloj deja atrás las dormilonas horas nocturnas y se deja seducir por la templada luz que le acaricia desde la ventana de la cocina. El aroma a café recién hecho inunda cada rincón del piso catedralicio y un hispanofrancés en babuchas le da un toque de calor a los cruasanes del día anterior.
Un mensaje perturba la tranquilidad matutina y le informa del número vuelo y la hora de embarque. Todo está en marcha.
Como dos turistas más, el señor López y el sargento Galy facturan el equipaje y entran en la sala de embarque. Habiendo apurado hasta el último minuto antes de hacer lo anteriormente mencionado, embarcan casi de inmediato.
El Sr. López se sienta junto a la ventanilla por cortesía de Patric, quien prefiere el pasillo “cosas de polis”, según piensa el hispanofrancés, mientras el piloto informa al pasaje.
—Bienvenidos al Boeing 747 de Iberia con destino New Haven. El vuelo realizará escalas en Madrid y Filadelfia. La duración será de unas diecisiete horas y cincuenta y cinco minutos, aproximadamente. El clima es subtropical húmedo, y la temperatura es de menos un grado con un índice de humedad del sesenta y seis por ciento.
—Creía que viajábamos con US Airways —indica el Sr. López.
—US Airways es en el de regreso. ¿Es la primera vez que vuela? —inquiere Patric.
—No, aunque si es la primera vez que tomo un vuelo tan largo.
—A propósito, olvidaba decirle algo —recuerda Patric echándose la mano a la cabeza.
—Pues usted dirá.
—Como en su día me comentó que uno de los grandes eruditos sobre este tipo de temas es su amigo italiano, me tomé la libertad de invitarle a nuestra aventura.
—¿A Cosimo? —pregunta sorprendido.
—Me temo que sí.
—Pero si es un ratón de biblioteca. Es alérgico a todo lo que supone un esfuerzo físico.
—Pues la verdad es que no me costó nada convencerle.
—¿Y cuándo tomará su vuelo?
—Tomó, Sr López, tomó. Hace unas dos horas que está en New Haven, y seguramente ya tiene el vehículo con el que nos recogerá.
—Madre mía —balbucea el catedrático.
Abajo, en el aeropuerto, un individuo con traje largo y rostro oculto por un sombrero sube las escalinatas de un jet privado. Justo antes de entrar, golpea dos veces el costado de la nave con su bastón de empuñadura de marfil, y el avión enciende motores. Tras cerrar la puerta, poco a poco se colocan en la pista de despegue, inician aceleración y, desafiando la gravedad, alzan el vuelo tras la estela del 747.
Capítulo 3
Siete meses después, la INTERPOL contacta con Jean Paul. La noticia de que han encontrado a un individuo que responde a la descripción que la gendarmería dio lo activa de tal manera que suelta el teléfono, dejando al interlocutor colgado a dos centímetros del suelo.
Personándose en la alcaldía de Toulouse como un poseso, y aprovechando el vínculo de amistad que tiene con el alcalde, entra hasta la mismísima sala de juntas y, en medio de una reunión, le dice que lo han encontrado en Barcelona.
De inmediato, se ponen en contacto con el consulado español para que sea trasladado a Francia, pero por desgracia su estado no lo permite, cosa que Jean Paul toma como un billete a Barcelona. Con cinco agentes de su confianza, Jean P. sale del furgón oficial justo frente a la entrada del Toulouse-Blagnac, el quinto aeropuerto de mayor actividad de Francia.
Minutos después, un taxi para en el mismo sitio, dejando en el transitado portal a una rubia bastante acelerada.
—Jean Paul, Jean Paul —grita la joven al verlo en la puerta de aduana.
—Anne Sophie, pero ¿qué hace aquí? —le pregunta saliendo de la cola de entrada.
—Me he enterado de que lo han encontrado, y Céline me dijo que salía para Barcelona ahora mismo. Por favor, déjeme ir con ustedes —le pide sofocada por la carrera.
—Pero Anne Sophie, el Sr. López sigue en paradero desconocido. Al que han encontrado es al sargento Galy. Lo tienen fuertemente sedado y está inconsciente. Nosotros vamos para garantizar su seguridad. Solo perderá el tiempo.
—Por favor, el Sr. López es como un padre para mí.
—¿Y qué hay de su marido y su pequeño?
—A Marc ya le dije lo que quería hacer de camino al aeropuerto, y me dijo que no me preocupara. Confío en él plenamente, no hay mejor padre. Por favor, Jean Paul, tengo que estar allí para cuando despierte.
Las palabras de Anne dejan pensativo al agente durante unos segundos, hasta que el último aviso de embarque lo hace reaccionar.
—Lo siento, pero no puede ser. Quien le disparó posiblemente quiera terminar su trabajo, o quizás no, pero lo veo demasiado arriesgado —dice viéndola cabizbaja—. Tiene mi palabra de que nada más despierte yo la llamaré, y usted será la primera persona después de mí que sabrá todo lo que cuente o indaguemos —le promete posando la mano sobre su hombro.
Anne, con lágrimas de impotencia, lo ve alejarse hasta perderlo de vista. Su corazón está roto, su mentor no da señales de vida; ya perdió a Pascale y Lived, no quiere más pérdidas en su vida. Por desgracia para ella, la angustia solo es el preámbulo de lo que aún está por acontecer.
Una hora y quince minutos después, ya en el Prat, el cónsul francés Detlef Heiden y un miembro de la INTERPOL reciben a los gendarmes.
—Buenas tardes, señor Heiden. Le estoy muy agradecido por todo lo que está haciendo.
—No hay de qué, agente. Permítame presentarle al señor Mascaró, enlace de la INTERPOL —introduce el cónsul.
—Encantado —saluda jean P. dándole la mano—. Les ruego me disculpen, pero queremos ponernos en marcha lo antes posible —requiere diplomáticamente.
—Está todo preparado. Los Mossos nos escoltarán hasta el hospital, allí tomarán contacto con el cuerpo nacional de policía, que les pondrá al tanto, ya que ellos lo custodian. Después los acompañarán al piso franco donde podrán descansar y organizarse. Mañana por la mañana relevarán a los agentes nacionales y ya se encargarán ustedes, aunque siempre los tendrán listos para echarles una mano. Debido a la concentración de unos sesenta indignados frente a nuestro consulado, el material de campo lo tienen ya en el piso —explica Heiden camino del vehículo que los transportará.
—Leí algo sobre esos indignados. Creo que todo viene a raíz de las detenciones en París, la de algunos indignados que iban a Bruselas o algo así.
—Exacto, Jean Paul. Un lunes complicado, este 2011 está siendo bastante duro.
—Pues le aseguro que, si no fuera por todo lo que está sucediendo, yo me hubiese unido a ellos. Pero, en fin, nosotros a lo nuestro; queremos ver a nuestro sargento.
—Lo verán —responde el cónsul ordenando la marcha.
Minutos después llegan al hospital Sant Joan de Déu de Martorell, saludan a los policías nacionales y se adecuan para entrar en la UCI, donde les espera Antonio Gil, gran cirujano y responsable de que Patric aún siga vivo.
—Le estoy profundamente agradecido por lo que ha hecho —expresa Jean P. estrechando la mano del cirujano.
—No tiene por qué, es mi trabajo. Su compañero tiene mucha fuerza y eso nos hace ser optimistas, dentro de la gravedad, claro está.
—¿Aún está en peligro?
—Debe de tener en cuenta que ha superado una intervención de casi siete horas. No obstante, como ya le dije, somos optimistas. De momento continúa estable, veremos qué pasa en las próximas cuarenta y ocho horas.
—¿Cuántos disparos recibió?
—Cinco impactos directos, que por obra de la providencia no tocaron órganos vitales, y unos cuatro a nivel cutáneo repartidos por hombro derecho, costado izquierdo, brazo izquierdo y cuádriceps femoral derecho.
