Furia de Libertad - Karel Hänisch - E-Book

Furia de Libertad E-Book

Karel Hänisch

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Beschreibung

Corre el año 1640. En la ruta marítima de especias y de reliquias que los navegantes solían atravesar para ir desde las tierras doradas de India hacia las costas del caótico Imperio Español, los protagonistas de esta inolvidable aventura, emprenden dos caminos totalmente adversos tras ser distanciados por un ataque pirata. Acacia como portadora del Corazón de los Cielos regresa a una España marcada por la regencia del rey Felipe IV de la Casa de Austria, la crisis durante la Guerra de los Treinta Años y el titubeo de los poderosos. Alazán vuelve a India; un viejo oasis besado por el sol y bendecido por el entero panteón védico. Bajo la tutela de Shekar Radhav, sultán de Delhi, incursiona en un mundo salvaje bruñido por las tradiciones, la cultura, la religión y la lucha de poderes. Ambos personajes son auspiciantes de una leyenda memorable y de un desenlace que quedará sellado para siempre en la mirada de las estrellas. Karel Hänisch regresa con una novela que promete alterar la cordura y la razón, develando los detalles más intrínsecos de una India rebosante de espiritualidad, paseando también por la ciudad de Agra, capitolio del Imperio Mogol, y por los monumentos más esplendorosos de la época, conociendo además a la hermandad de los Guerreros de Váruna. A su vez, perjura ahondar en una Sevilla estocada por el arte, el Ducado de Medina Sidonia, la peste y el culto. Sin lugar a dudas, Furia de Libertad es hasta ahora la más grande de sus obras histórico-dramáticas. El autor nos invita a recorrer esta historia de la mano de Acacia y de Alazán, siendo testigos de un encontronazo que hará escapar hasta el último de los suspiros.

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Seitenzahl: 663

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Autor: Karel Hänisch

Producción Editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación Editorial: Gastón Barrionuevo

Arte de Tapa: Departamento de Arte Tinta Libre. Celina González Beltramone

Diseño de Interior: Departamento de Arte Tinta Libre. María Belén Mondati.

Ilustraciones de interior: Elías Natanael Albarracín

Hänisch, Germán Karel

Furia de Libertad / Germán Karel Hänisch. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2019.

490 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-418-4

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet

o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina —Printed in Argentina

© 2019. Hänisch, Germán Karel

© 2019. Tinta Libre Ediciones

Palabras del autor

Solo basta echar una mirada al pasado para entender lo importante que ha sido la literatura desde el inicio de nuestra historia como humanidad. Comprendemos que hoy somos el resultado artístico de aquello que se forjó en tiempos de antaño, somos los ojos creadores del pasado, del presente y del futuro. ¿Y quiénes somos nosotros? Somos espíritus habitando un cuerpo; somos el mismísimo universo en expansión navegando dentro de un sacón ilustrado de carne y de huesos. Un artilugio de la existencia misma capaz de crear y de transformar todo lo que está a nuestro alrededor. Y de eso se trata… de transformar y de marcar huella, de hendir nuestra creación en la historia y de sellar cada corazón a nuestro alrededor. El arte es la herramienta más valiosa que concede la humanidad, y la literatura es, en especial, un valor fundamental.

A lo largo de mis años como escritor he escuchado decir que la literatura decae ante las nuevas presencias tecnológicas y ante el remplazo de ciertas preferencias al momento de escoger entre un libro u otra actividad. Pero aquello no es más que una vil mentira; la literatura es parte de nuestra cultura, y la cultura jamás desaparece, ¡la cultura es indestructible y siempre se transforma! Y donde sea que marchen nuestros pies, ya sea que la veamos o no, la literatura siempre está presente, de manera directa en un libro o en una poesía urbana, en una canción, en una pintura fecundada por la propia inspiración de una frase, en una nota periodística, en el guion de una película o en un diálogo que nos infló el corazón al ver una serie de televisión. La literatura es, está, y será un tesoro indestructible que siempre habitará en lo profundo de nuestra alma.

Me enorgullezco al ser creador de ella, mi cometido en la vida ya está cumplido. Porque cuando todo se desmorona, cuando la sociedad humana se ve asolada… ¿Qué es lo que prevalece? ¿Qué prevalecía en la antigüedad cuando los reinos se desmoronaban o cuando la guerra visitaba una región? La economía era devastada, la política caía y el desorden acudía, pero la cultura “Oh, gracia misma de la vida…” ¡La cultura se hospedaba con más fiereza en el corazón de cada persona! Y lo seguirá siendo hasta el final de los tiempos, porque la literatura es y será, hoy y siempre, el mayor obsequio que poseemos, la más grande de las joyas que nos representa como humanidad y que llevaremos con la frente en alto.

En esta nueva oportunidad, me envanezco al presentar Furia de Libertad: Los Guerreros de Váruna y el Corazón de los Cielos, una novela dramática que, sin lugar a dudas, me dejó en vilo más de una noche. Las estrellas fueron testigos apáticas de las cuestiones que me vi obligado a narrar a lo largo del escrito. Como siempre digo: me considero un simple narrador que no interviene en la obra, puesto que la historia es, y así como nace es escrita por mí. Y claro que no estoy de acuerdo con ciertos desenlaces, pero como digo… la historia nace y es en libertad. Asimismo, se me permitió indagar en los detalles fantásticos de aquella época de arraigadas culturas y tradiciones tanto en las tierras bruñidas por el sol en India como también en las inmediaciones de la brava España. Me comprometí a establecer una investigación profunda… Cada pormenor histórico no es más que una fehaciente verdad, por lo tanto, cada lector puede disfrutar de la novela en sí y, además, aprender acerca de aquella cultura tan intrínseca basada en los pilares del hinduismo. Los ejes históricos de la India de aquel entonces dominada por el Imperio Mogol, y de la España dirigida por la Casa de Austria.

En agradecimiento, doy mi reverencia a la vocalista soprano española y compositora Zuberoa Aznárez, que me permitió describirla cual personaje fantástico en tres escenas a lo largo del escrito. Además de permitirme mencionar la letra de dos de sus canciones, una, titulada Luna y otra, titulada Furia de Libertad, las cuales están claramente invitados a escuchar. A sabiendas, recomiendo a cada lector, escuchar el álbum solista de la cantante llamado Beyond the Threshold. Incluso, les sugiero escucharlo mientras leen. Fue un honor para mí, presentar a Zuberoa Aznárez en este libro, ya que sus canciones y sus melodías fueron para mí una notable fuente de inspiración.

Le otorgo mi agradecimiento también al ilustrador Elías Albarracín. Al igual que en mi libro En el corazón de Julieta, el ilustrador realizó dibujos maravillosos para colocar en el interior del libro, los podrán apreciar con el correr de las páginas.

Finalmente, los invito a ustedes a sumergirse en esta historia que brotó desde el fondo de mi ser y que ahora, sembrará semilla en el corazón de cada uno de ustedes… aquel corazón que pronto latirá cual galope y que hospedará nuevos amores y añoranzas, puesto que al leer, olvidamos esta vida y nos vestimos con la piel de los personajes para luego resguardarlos en la memoria.

Los libros no son más que un puente entre escritor y lector. Gracias por confiar en mis letras, ¡y larga vida a la literatura! ¡Larga vida a los creadores! ¡Larga vida a los lectores! ¡Y larga vida a Furia de Libertad!

Furia de libertad

Los Guerreros de Várunay el Corazón de los Cielos

Karel Hänisch

Primera parte

Capítulo 1

Hechizo clandestino

Ruta marítima (de India a España), 1640

Cuando la radiante luna se desperezó y en su grácil viaje se acomodó frente a sus amigas estrellas (o quizás a lo que aún quedaba de ellas), la bella joven Acacia, anfitriona al borde de la proa, observó la salida del orbe teñido por lágrimas platinadas. En sus ojos se labró cada detalle del firmamento a medida que el inmenso navío surcaba las aguas de aquel océano lleno de secretos… de pasiones… de historias… ¡Ya estaban de regreso! Con vivo anhelo pronto arribaría a territorio español tras una larga aventura en la prominente India… “India”Tierra que ella jamás olvidaría… Porque aquel paraíso dorado había dejado profundas marcas en su corazón, su alma y su joven espíritu, esa pasión que acompañaría a Acacia por el resto de su vida… aquella vida que pronto se convertiría en un ancho mar de recuerdos por los cuales llorar en las duras noches de nostalgia.

La dama, de tan solo veinte años de edad, cargaba ahora en su memoria cada aroma, color y sonido que durante los pasados meses había conocido en aquel viejo edén llamado India. Acompañada por sus padres, la damisela ansiaba retornar a la ciudad en la que residía desde pequeña: Zaragoza. Allí vivía con sus padres, la señora María Guadalupe y el poderoso señor Franco Esparza; importante líder comercial y cobrador de ganancias en sus viajes al sur de la India. Lugar que frecuentaba en busca de artefactos y riquezas, esas reliquias de la tierra dorada que en los días de sol se engalanaba con oro labrado, elefantes revestidos, largos velos de colores, fuertes inciensos entre las callejuelas y peculiares canciones al aire.

Así pues, la familia Esparza regresaba al puerto más cercano del territorio que luchaba frente a toda Europa por el posicionamiento de poder. Habían recorrido una vasta región y, por fin, en este problemático 1640, los Esparza avanzaban a toda vela, con el bravo toque del viento,en un barco cargado de riquezas y mercancías, por el cual, cualquier español azotado por la crisis ¡hubiera apostado su propia vida!

Franco Esparza estaba ansioso por llegar al territorio norteño de Santiago de Compostela y declarar allí una de sus mayores inversiones para asegurar el futuro de su familia ante la ola de dificultades que se avecinaba en toda España. Las cuestiones eran varias: la guerra que algunos auguraban que podría durar hasta treinta años estaba en auge, el conflicto político entre fuerzas adeptas a la reforma y a la contrarreforma del propio Sacro Imperio Romano Germánico,en el cual intervinieron los mayores ejes del continente y generó movimientos tanto en el imperio español, como en Francia, Italia y Hungría. Además, se estaba llevando a cabo un levantamiento en Cataluña, debido al abuso cometido por parte del ejército real a campesinos y segadores, en la que, incluso, había intervención francesa. ¿Cómo no mencionar los problemasque acarreaba la Casa de Austria? Pues para la dinastía Habsburgo la inestabilidad interna nunca desaparecía, y aunque el actual rey Felipe IV mantenía respeto frente a la imagen de la Corona, cada vez era mayor el malestar del pueblo. ¡Y mucho más que ahora el reino de Portugal luchaba por su independencia! Aunque el apoyo de España era generalizado, nada podía evitar que la pujanza francesa continuara con su despliegue.

Todo parecía estar listo para estallar, al igual que una barrica frente a cañones piratas, y mientras la crisis aguijoneaba con profundidad el corazón de la brava España, Franco temía por el destino de su familia. Amaba a su esposa María Guadalupe. Amaba a su hija Acacia. ¿Pero podía acaso el amor ser la base de toda protección? Él sabía que no y, por esa razón, esa misma noche mientras su hija observaba el firmamento desde la barandilla labrada de la proa y su esposa dormitaba tendida en la cama tras un encuentro amoroso de pieles ardientes, el hombre, sentado en una pequeña silla del camarote, contemplaba el resplandor de una tenue vela e incursionaba en su propia mente… preguntándose, una y otra vez, por el futuro de los Esparza.

“Adiós, adiós, hermosa”. Fueron las palabras que soltó el caballero al levantarse de la silla de madera y ver a su esposa desnuda sobre los cojines… se despidió con el único fin de ir donde el aire fresco paseaba sin restricción, sin imaginar que esa sería la última de las despedidas, ¿pero por qué?

Leer Don Quijote de la Mancha, la obra del Miguel de Cervantes Saavedra, conocida a partir del año 1605, era para Acacia un gran privilegio. Debido a las dificultades de la época, la posibilidad de leer un libro era en ocasiones muy… muy difícil. Así que allí, a bordo de un amplio navío rumbo a las costas del territorio español, la señorita repasaba cada una de aquellas letras mientras el resplandor de las estrellas iluminaba su noche de paz.

La ventisca sacudió sus cabellos rojizos como el más cálido invierno y mientras sus ojos celestes como el nimbo de los dioses apreciaban la obra del autor Cervantes, la dama deslizó un par de páginas más y siguió leyendo hasta que oyó algunos pasos por detrás. Cerró el libro, giró y allí estaba Alazán. Su amigo de la infancia y quien, en esa ocasión, los había acompañado, haciendo gala de su cortesía, hasta India. Allí, Alazán conocía a la adinerada familia Nayak, cuyo hijo primogénito Ranjit era su íntimo amigo. Por ello, ahora, Ranjit los acompañaba rumbo a España para concretar en nombre de su padre Ali Nayak un par de tratados. Además, la presencia del joven Nayak los resguardaba de los peligros marítimos de piratería proveniente de La Dorada asiática (porque a decir verdad, India era una tierra dorada y no solo por sus plantíos de té, sino también por la riqueza que abundaba en aquellas tierras y por las cuales el mundo entero estaba dispuesto a arrebatarse los ojos).

Mientras la tripulación de hombres descansaba en sus camarotes, el señor Franco Esparza meditaba en el futuro de su familia, María Guadalupe dormía a gusto sobre los almohadones perfumados, y Ranjit, único representante de la familia Nayak, se cuestionaba el arreglo de los convenios en España para beneficiar la economía de su padre, Acacia y Alazán comenzaron a platicar como tenían ya por costumbre bajo la tribuna estelar de luces paseanderas.

—¿Estabas leyendo? —preguntó Alazán husmeándole las manos.

—Sí —contestó—. Don Quijote de la Mancha… La obra de Cervantes.

—Oh, sí… Creo que una vez oí algo cuando era pequeño.

—Cuando termine, te lo daré… Sé que te gustará.

—Gracias.

—¿Y tú, Alazán, que haces por aquí?

—Pensar… —resopló y caminó hasta el la barandilla del barco.

Alazán era un joven singular. Respetuoso, atrevido, interesante… ¡Y bello! Sus ojos color café y su largo cabello negro hasta los hombros no permitían que las miradas femeninas pasaran inadvertidas, ¿y cómo no mencionar además sus gruesos labios? Él era, sin lugar a dudas, un apuesto caballero. Allí, debajo del manto de pinceladas astrales, fue a asomar su cuerpo al margen del navío mientras Acacia, por detrás, con cosquilleo en su vientre y timidez ardiente en sus mejillas, dejó el libro sobre uno de los barriles y se arrimó a él.

El muchacho siempre sostenía un rostro serio… indescifrable. Excepto en esta noche, sus ojos marrones aterrizaron en los cielos celestes de Acacia y tras una mirada de mil palabas, sonrió y la besó. Alazán amaba a la señorita Acacia desde la niñez y hacía ya varios años que sus corazones se habían confesado en una tarde primaveral en los campos de Zaragoza. A su vez, la dama Esparza anhelaba por sobre todo en este mundo, vivir al lado de aquel caballero de ensueños. ¡Él la hacía temblar con cada parpadeo! ¿Y qué decir entonces cuando le cruzaba sus fuertes brazos por detrás, la arrimaba a su pecho, le susurraba al oído y la visitaba con aquellos labios envolventes?

“Oh, si las emociones de Acacia pudiesen gritar… ¡Oh, si pudiesen clamar más alto de lo que ella solía hacerlo durante las noches en Zaragoza!” Un par de estrellas se arriesgaron a espiar a hurtadillas la barandilla del antiguo barco cargado de innumerables riquezas, a esos dos jóvenes que estaban explorando nuevamente el placer de sus bocas.

A los pocos minutos se rieron y detuvieron el frenesí para no pasar a mayores. Mostrando apenas el borde de sus dientes con una delicada sonrisa, Alazán acomodó sus cabellos para atrás, respiró hondo y sacó del bolsillo de su pantalón, algo que Acacia jamás olvidaría.

—Esto es para ti… Durante el viaje a India —empezó a narrarle Alazán—, viajé hasta Agra y conseguí este pequeño tesoro.

En ese momento, mientras las piernas de la dama temblaban de emoción, el caballero le mostró un precioso collar adornado con una hermosa piedra conocida como turquesa, justamente por el color que la joya poseía. Además, esta turquesa era distinta al resto (y no solo por tener el mismo color que los ojos de ella), su forma era como la de un corazón.

—Es para ti, Acacia. Te lo obsequio porque te amo. —Cogió ambos cordones trenzados y luego ajustó el colgante al cuello de la señorita.

Le quedaba hermoso… La piedra turquesa, que parecía una viva imagen de la galaxia entre sus puntos coloridos y las sombras oscuras, mantenía un contraste perfecto con sus ojos azulados.

—Gracias, Alazán… Es preciosa. ¡Gracias!

Y se volvieron a besar… con emoción, con regodeo… porque en verdad se querían y sus almas así lo demostraban.

Eran cómplices de la misma pasión, del mismo sentimiento, de la misma promesa para con sus corazones. Cómplices del mismo amor.

Cómplices… de la vida. Porque para ellos, aquello no era un simple beso, no era un simple roce de su piel. ¡Era un toque de ALMAS! Una conexión de cuerpos que se necesitaban… una promesa de lazo eterno que los había acompañado en el pasado, en el presente y que ahora se sellaba con miras al futuro.

Cuando vieron que el centinela se había dormido de pie en el extremo de la pilastra central, se cubrieron la boca para no soltar una carcajada, Alazán cogió la mano de su amada y la empujó entre miradas e insistencias hacia el labrado bauprés.

—No, Alazán, no… —soltó ella con temor—. Podemos caernos.

—¡Vamos Acacia! —exclamó tomándola por detrás mientras, haciendo equilibrio, empezaban a trepar por el bauprés.

Alazán era un joven intrépido, aventurero, ¡arriesgado! No le tenía miedo a nada… y ella… aunque a veces temía, ¿cómo no sentirse protegida a su lado? Así, ambos caminaron sobre el mascarón de proa, hicieron equilibrio sobre el largo madero ornamentado y luego, se sentaron en el extremo.

Ella por delante con su vestido blanco al viento, sus cabellos danzando bajo los hados expectantes y sus ojos turquesas espejando la inmensidad del cosmos mientras él, cual forastero de tierras lejanas, le cruzaba el brazo, le susurraba al oído y le hacía saber que era la mujer de su vida.

Muchas noches habían experimentado la misma sensación en las exóticas tierras de la India donde la noche y el día se esforzaban al máximo por conquistar los corazones aventureros de cada visitante, y a decir verdad… tanto Alazán como Acacia, se sentían ya parte de la bella India… aquella India besada por los dioses y bendecida por la magia que la habitaba.

Corazón de los Cielos fue el título que Alazán escogió para el collar que le obsequiara, y ella lo aceptó con gusto.

—Corazón de los cielos… —suspiró Acacia allí sentada al borde del bauprés mientras sus manos y las de él hacían presión contra la piedra de color turquesa.

De esa manera, al tiempo que los dos amantes se conectaban con el universo en la punta de aquel navío que avanzaba sin detenerse, el resto de la tripulación continuaba descansando de manera plácida sin imaginar que pronto todo estaba por cambiar. Una formación pirata apuntó sus cañones, el estallido los tomó desprevenidos y los ensordeció.

De inmediato, Alazán y Acacia regresaron a la plataforma superior de la proa, mientras el fuego empezaba a cubrir las vigas de madera y los estallidos se hacían sentir cada vez con más fuerza a medida que tablones y ganchos aterrizaban desde el armazón de estos viles piratas de los mares. La dama quedó atónita al ver en la distancia cómo uno de los hombres enemigos decapitaba al señor Franco Esparza.

Los ojos dilatados de la dama española se tiñeron con las sombras del dolor al ver a pocos metros cómo su propio padre era asesinado. Alazán la empujó a un costado, le colocó ambas manos en el rostro y tras fijar sus ojos marrones en los celestes de ella, pidió atención y le habló.

—Acacia, amor mío… ¡Corre con tu madre y trata de huir! Nosotros salvaremos este barco. ¡Ve!

Ella, sin decir una sola palabra, se levantó y comenzó a bajar las escaleras que la llevaban a la escotilla principal.

—¡Acacia! —La detuvo Alazán mientras tomaba su espada.

—¿Sí?

—Nunca olvides que te amo.

La cabeza del señor Franco Esparza rodó por las escaleras, dejando una oscura mancha de sangre mientras el batallón de hombres peleaba espada contra espada en la superficie del navío. Las barricas explotaban, las pilastras caían, los hombres perecían y hasta la obra Don Quijote de la Mancha ardía entre las llamaradas del fuego ambarino.

El océano se asombró con la fogata que se contemplaba en el horizonte como si de un espectáculo teatral se tratase. Sin embargo, mientras las aguas percibían los primeros calores del fuego chisporroteante, Acacia logró descender y llegar al camarote donde su madre María Guadalupe lloraba con pavor.

—Oh, madre… ¡Están atacando el barco!

—¿Son piratas? —preguntó la mujer.

—Sí. Debemos huir de inmediato.

Acacia se acercó y le tomó las manos.

—¿Y tu padre?

Se le formó un nudo en la garganta. Acababa de verlo morir con sus propios ojos, pero aun así, no se atrevió a contarle la verdad a su madre. No quería verla sufrir.

—¡Escapemos!

Y así, madre e hija abrieron la puerta y comenzaron a correr en aquellas partes bajas del barco cuando, de improviso, uno de los viles ladrones apareció por delante y apuntó sin dudar su espada contra ellas. La muerte pareció pasear ante sus ojos y para cuando el pirata alzó su arma, un proyectil que destrozó la pared las salvó.

La bola del cañón enemiga acabó con la vida del hombre y fue, en ese instante, cuando María Guadalupe y Acacia se conectaron con una mirada y sin necesidad de hablar, ambas comprendieron que tenían una sola salida… una sola posibilidad de salvarse. Vieron el hoyo en la pared, se dieron la mano con fuerza, y tras una respiración profunda, saltaron a las aguas de lo incierto.

¿Qué le depararía el destino a madre e hija? Solo era cuestión de esperar… pero mientras tanto, en la superficie del armazón que pronto iría a parar al fondo del collado oceánico, Alazán, tras asesinar a uno de los piratas, corrió hasta la popa, se topó con su amigo Ranjit y juntos, espalda con espalda, se prepararon para la lucha. ¡Estaban dispuestos a dar su propia vida con tal de defender la embarcación!

El resplandor del fuego los iluminó, espada contra espada ambos lograron enfrentar a un par de saqueadores que no tardaron en caer ensangrentados en el suelo, perocomo últimos sobrevivientes del navío, no tardaron en ser rodeados y obligados a arrodillarse. La vida pendía sobre ellos como si estuviera colgando de un fino hilo de una rueca averiada, y cuando el capitán de la infame tripulación se arrimó y con una simple seña les decretó la muerte, Alazán atinó a sostener como último recuerdo el rostro de su amada Acacia, pero Ranjit, en un descollado acto por salvarse, alzó el semblante y vociferó:

—Alto, no pueden matarnos… ¡Soy Ranjit, hijo de Ali Nayak! La recompensa será grande… ¡Muy grande!

Capítulo 2

El plan del Capitán

Ruta marítima (de España a India), 1640.

Las noches se despeñaron en somnolencia para los dos jóvenes que ahora permanecían bajo directivas estrictas del capitán en la húmeda celda del viejo barco. La nave de los mares avanzaba rumbo a la zona sureña de la fragante India cruzando rutas que solo los ladrones del océano se arriesgaban a escoger. La ferviente piratería crecía día a día, desde hacía ya varias décadas, tras el descubrimiento de las riquezas en aquel nuevo mundo llamado América y por el deseo de conquistar los tesoros provenientes de la rica Asia y del norte de África. Y aunque las fuerzas de la corona se oponían con vehemencia al saqueo ilícito, nada era suficiente para controlar la piratería que no solamente tenía bases en islas y viejas tabernas, pues también era costumbre oír de robos y ataques a los pueblos costeros.

Alazán y Ranjit, prisioneros en aquel tormento que parecía asfixiarlos por el mal olor, la humedad y el pequeño espacio en el cual podían moverse, no tuvieron más que sentarse, cerrar los ojos y aguardar que el tiempo… que el tiempo les diera una señal de algo. El aroma de la pólvora todavía impregnaba sus narices y aunque eran valientes, la tensión de la batalla que acababan de confrontar hace escasas noches no se les iba del cuerpo, porque cada vez que se dormían, los gritos, el calor del fuego y la cercanía con la muerte los visitaba en forma de pesadilla.

Ranjit pensaba en su familia. Les había dicho a los piratas que la recompensa que su padre, Ali Nayak, daría a cambio de su vida sería grande. Y justamente era esa la razón por la cual la embarcación se dirigía de regreso a la prominente India.

Alazán destinaba sus pensamientos puntualmente a la señorita Acacia, que tras confesarle su amor para toda la eternidad, la había perdido de vista en plena batalla y ahora temía que no continuara con vida. A excepción de su amigo Ranjit, Alazán no tenía familia, solo se preocupaba por los asuntos que lo rodeaban.

—La primavera palpitante caerá, el invierno dormirá en su letargo y la aurora sonriente se esconderá hasta que la noche ya no sea… —pronunció Ranjit—. Oh, Shiva… Envíanos tu fortaleza, bhagavaan shaktishaalee aap se, mahima aur bhaagy paida hote hain —clamó con sus manos en alto—. Que la magia del monte sagrado Kailasa venga a nosotros. He pita, ham aapake aadhyaatmik bachchon hain. Hamen bachao!

Alazán despertó con el rezo de su amigo. Lo miró y curioso preguntó:

—¿Shiva es uno de los dioses más antiguos verdad? Algo así oí hace pocos meses en la ciudad de Agra.

—Claro que sí… —contestó Ranjit—. Shiva es la aparición de la conciencia universal, es Dios manifestado en el amor. Es uno de los dioses más antiguos de la India, e incluso, las apariencias de Shiva se pueden fragmentar en cinco pilares espirituales —le explicó en detalle—: el joven asceta, el bailarín cósmico, el amo de la destrucción, el benévolo protector y, por último, el cariñoso marido. Además, como patrono de los aires y de los solemnes vientos, también es amo del aliento de la vida, ¡el señor del Prana! Por eso, Shiva, ¡oh, Shiva!, él reina sobre la vida y la muerte…

—Vaya… Sorprendente en verdad, muchas veces oí hablar de la mitología védica. Dicen que es infinita, las creencias del hinduismo varían en la espiritualidad de cada persona, ¿verdad, Ranjit?

—Haan. —Asintió con un movimiento de cabeza—. Gran parte de la adoración se basa en representaciones y encarnaciones que proceden de energías más allá del universo visible: el Maia —expresó mientras Alazán lo escuchaba con suma atención—.Incluso, el dios Shiva es parte de una tríada hinduista, llamada Trimurti, en la que la presentación masculina hace referencia a tres dioses: Brahmá, Visnú y Shiva. Sin embargo, en las regiones norteñas de la India y un poco al sur, nadie venera a la tríada. Escogen a la diosa Durgá para depositar su fe, ¡la adoración!

La oscuridad de aquel calabozo apenas les permitía ver la silueta de sus manos, y aunque el hambre era mucho, la sed intolerable y el roer de las ratas les hacía sentir escalofríos cada vez que las escuchaban cerca, se propusieronseguir conversando para que el tiempo no se convirtiera en un tormento más. Ranjit no perdió oportunidad y continuó explicando en detalle la vasta mitología que sitiaba el territorio de los creyentes en India, y Alazán sin nada más por hacer, prestó el oído.

La embarcación se movía tanto que se sentían mareados. No por falta de costumbre al océano, ¡al contrario!, era por el único hecho de estar sentados en una celda, con hambre y frío. Recibían una sola visita por las noches de uno de los piratas que controlaba que aún estuviesen con vida, les lanzaba algún que otro sobrante de pescado y se marchaba. Sin más, los muchachos continuaban resistiendo, quizás pronto el destino les regalaría una nueva pasada. Así sucedió cuando Ranjit terminaba de hablar de Parvati, la esposa de Shiva, y de Ganesha, la hija de ambos dioses; un joven ingresó al viejo compartimiento alumbrándose con un candil, los miró, les arrojó trozos de comida y dejó una cantimplora con agua fresca.

A pesar de que la barba le daba hosca apariencia a su semblante, ambos jóvenes pudieron notar que se trataba de un muchacho de corta edad como ellos. Era alto, fortachón y de cabello rubio.

El pirata les fijó la mirada, carraspeó dos o tres veces y les habló:

—Namasté, mi nombre es Narendra. ¿Hablan castellano, verdad? Quiero ayudarlos.

Al principio fue difícil de creer, desconcertante… pero era realidad. Narendra, aquel joven de cabellos como finos hilos de oro y barba apenas trenzada, se inclinó frente a ellos del otro lado de la reja y les habló con cortesía. ¿Por qué? Él mismo se encargó de explicarlo, más aún, al ver patidifusos a los dos varones.

—Shukriya —agradeció Ranjit—. Y… haan, hablamos castellano. ¿Qué sucede? ¿Qué razón tienes para querer ayudarnos?

—Sé que no debería confiar en ustedes, pero en este momento su deseo es el mismo que el mío.

—Entonces dinos. —Alazán se rascó el mentón—. ¿Qué ocurre, Narendra?

—Pues… ¡Que el Dios Váruna de la justicia, el orden y la verdad me guíe! Meharbani she. —Espió a sus laterales, verificó que nadie más estuviese cerca y continuó—: El capitán tiene planes de regresar a India para devolverlos a ustedes a cambio de una gran recompensa, pero antes… en una pulpería costera de la vieja África oyó información sobre la travesía del Sultán Radhav. Conocemos la ruta por la cual marcha de regreso a la ciudad de Delhi.

—¿El Sultán Radhav? —Se cuestionó Ranjit—. Es uno de los hombres más poderosos de Delhi. ¿Qué planean hacer?

—El capitán quiere hacer historia… Va a atacar el barco, robar sus tesoros y asesinarlo junto a su hijo… el príncipe Kiran Radhav. Manobhransh ¡Manobhransh aur bhay!

—Cielos… Eso será increíble —acotó Ranjit—. Pero tú… que eres un pirata de los mares, ¿por qué no quieres hacerlo?

—No soy un pirata… —Se defendió.

—¿Y entonces qué eres?

—No lo entenderían… Solo digamos, que tengo una misión que cumplir.

Narendra se puso de pie, metió su mano en el bolsillo del pantalón y sacó una púa encorvada. Arrojó la púa a los pies de Alazán.

—Les servirá para escapar, ¡traten de huir! Si lo logran, yo me montaré al descontrol que habrá y evitaré que la embarcación del Sultán Radhav sea atacada. Confío en ustedes.

—Shukriya… —suspiró Ranjit.

–Shukriya. —También agradeció Alazán mientras el joven rubio daba media vuelta, cogía el candil y se alejaba—. ¡Espera! ¿Y si nos capturan en el intento?

—Pase lo que pase, no digan que fui yo… Encontraron la púa ustedes mismos…

—¿Volveremos a verte?

—Los Guerreros de Váruna todo lo ven… El destino es grande. Jeevan, mahima aur sachchaee.

«Vida, gloria y verdad». Fueron las palabras que utilizó Narendra antes de marcharse y cerrar la puerta. Por su parte, Alazán cogió la púa, la contempló durante segundos que parecieron eternos en su cabeza y frente a la mirada penetrante de Ranjit, se levantó, sintió algunas gotas de sudor caer por su frente y con suma atención, logró desbloquear el cerrojo que los aprisionaba.

Una mueca se formó en su semblante. Era libre. Ya solo le bastaba escapar, así que, armándose de valor, se dieron la mano con su amigo, y mientras el título de Guerreros de Váruna resonaba en su cabeza por la curiosidad que le generaba, se acomodó y, sigiloso, se preparó para huir mientras que por detrás, Ranjit se disponía a acompañarlo ya fuera en la vida… o en la muerte.

Jamás pensaron que hallar una cuchilla detrás de unos cajones de botellas vacías de ron los alegraría tanto. Habían estado dispuestos a romper las botellas con tal de tener algo para defenderse en caso de meterse en aprietos, pero ¿qué mejor entonces que unas buenas cuchillas? Así, sujetaron las manecillas con fuerza, abrieron la puerta con lentitud para no hacerla graznar y, con el corazón palpitante como las denodadas olas del océano, emprendieron el escape… la fuga por la cual las estrellas y la luna presente rieron con disimulo porque ellas sabían que con el pasar de los minutos, tanto Ranjit como Alazán fracasarían.

Al primero de los gritos de los piratas, ambos jóvenes comenzaron a correr con el mayor ímpetu que sus piernas les permitían. No conocían la embarcación y acorralarlos fue fácil. Ranjit cayó cuando dos de los tripulantes los golpearon en la cabeza y se desplomó inconsciente. En cambio, Alazán saltó sobre unas barricas, se trepó por una red colgante y aterrizó en unas de las plataformas laterales, con astucia después avanzó hacia la barandilla de la proa ansioso por brincar a las aguas. Pese a ello, en una brizna malintencionada del destino, el mismísimo capitán se paró frente a él y lo detuvo.

En efecto… acababan de ser derrotados nuevamente, pero esta vez sería diferente, porque el capitán no volvería a perdonarlos después de semejante osadía. ¡Ahora sí, la vida de Ranjit y de Alazán estaba en grave peligro!

Capítulo 3

El mensaje de la vecina

Zaragoza, España, 1640

María Guadalupe respiró hondó al llegar a su vivienda en la bella zona ubicada a las afueras de Zaragoza y sentarse en una de las bancas cinceladas del jardín. El viaje había sido extenso, pero sin darle importancia ya a los traspiés del destino, cerró los ojos, agradeció a Dios y suplicó que tanto su vida como la de Acacia continuaran bajo el cuidado divino.

Acacia por su parte, llegó a la casa entre lágrimas al recodar en cada escena a su difunto padre. Con pesadumbre en el espíritu, trabó la portezuela de su alcoba, sucumbió sobre la cama y lloró… lloró amargamente. De todos modos, ambas mujeres habían sido estocadas por la gracia de la vida, porque estaban de vuelta en la ciudad española. Aunque de todos modos, aquella vivencia jamás saldría de sus memorias, ¿la razón? Pues después de saltar a las aguas en pleno ataque de los piratas, madre e hija lograron sujetarse de una barrica vacía que flotaba entre las olas del océano… allí estuvieron durante las horas que les deparó la mañana siguiente hasta que fueron divisadas por una nave de la armada española. Protegidas por las fuerzas de la Casa de Austria, ambas mujeres fueron enviadas a territorio costero, donde contaron la verdad, informaron la muerte del señor Franco Esparza y avisaron del naufragio, luego, fueron enviadas a Zaragoza; su ciudad de residencia.

Sin embargo, la situación reinante en España no era para nada favorable, el mismo Franco lo había advertido y lo aclaraba cada vez que detallaba la preocupación que sentía por el bienestar de su familia; Acacia lo sabía a la perfección. Los roces en la frontera con Francia, la lucha por la independencia del reino de Portugal, la debilidad interna en la Casa de Austria y los levantamientos que se estaban desarrollando en la región de Cataluña no fomentaban para nada la paz del distrito. ¡España empezaba a arder! La sociedad temía y la decadencia del orden se veía cada vez peor.

Las horas dieron vítores cuando el sol se vistió de ocaso y las sombras volaron sobre el vergel europeo. Por fin, las dos mujeres terminaron de acomodarse en la vivienda y por más que todavía vertían alguna que otra lágrima al rememorar al difunto cabeza de la familia, solo les bastaba proseguir con el día a día. María Guadalupe comió una fruta y se sentó a tejer un sacón. Acacia con un hermoso vestido blancuzco respiró hondo, tomó un vaso de leche y se sentó al margen de la ventana con la única intención de apreciar la belleza del parque, gozar de la silueta de las estrellas y percibir el toque del viento.

Pensaba en Alazán… «Oh, Alazán, bravo caballero». Acarició con la punta de los dedos la piedra turquesa que él le había obsequiado y se lamentó por no saber nada de él. Lo había visto por última vez combatiendo espada contra espada a los intrépidos piratas del océano, pero… ¿dónde estaba ahora? ¿Acaso existían posibilidades de que él hubiera sobrevivido a semejante usanza de la vida? Lo único que la calmaba era saber que Alazán era audaz y capaz de todo, ¡no era un muchacho fácil de derrotar! Sin embargo… ¿Quién osaba quitarle a ella la preocupación de la mente? La incertidumbre era grande… pesada… abrumadora… por eso miró al cosmos, sujetó su colgante Corazón de los Cielos y le suplicó a la luna saliente que su amado estuviera a salvo.

En las noches venideras la señorita Acacia Esparza acostumbró hacer lo mismo… Sentarse, hundir sus dedos en el Corazón de los Cielos, colgar sus ojos del firmamento y pensar en su amado. Quiso mil veces mil que Alazán siguiera vivo. Rogó dos mil veces dos mil por la protección de su caballero. Anheló tres mil veces tres mil que los males se alejaran de él, y finalmente en un clamor a lo incierto suplicó que su camino fuera grato y que hallase su verdadero objetivo en el mundo.

Durante una de aquellas horas vespertinas en la que Acacia confería su ritual desde el borde de la ventana de la cálida sala y María Guadalupe sentada en la cocina trataba de pensar en cómo manejaría de ahora en más las finanzas del hogar tras afrontar la carga de la viudez, oyeron los pasos apresurados de una de las vecinas.

Vivían en una zona agreste a las afueras de la ciudad de Zaragoza. El campo gozaba de sus propios silencios y de la paz que en muchas ocasiones era atesorada por los ancianos. Pero cuando la vecina llegó agitada y se atrevió a abrir la puerta principal de un solo golpe, tanto María Guadalupe como Acacia entendieron con angustia que nada bueno podía traer. Y tenían razón…

—¡Señora Guadalupe! ¡Señora Guadalupe! —gritó la mujer.

—Santo cielo, ¿¡qué sucede!? —La viuda se levantó de un salto y se arrimó al pasillo, mientras, pasmada desde la ventana, la señorita prestaba oído.

—Es terrible.Parece que desde la frontera de los Pirineos se ha acercado un grupo de enemigos a la corona. Las fuerzas de España están en este momento lidiando con ellos en Cataluña y no podrán venir a defendernos.

—¿Qué tratas de decir? —Acacia entró en escena.

—Que tendremos que huir o nos matarán… —auguró la vecina justo cuando su marido aparecía por detrás…

—¡Amor mío! —gritó el hombre—. Vienen para acá. ¡Los franceses van a asesinar a toda la comarca! Debemos huir ahora, no hay tiempo.

María Guadalupe dio media vuelta, miró a su hija y la tomó con rapidez del brazo.

—¿Qué hacemos, madre?

—Rogar… —suspiró la viuda. Sin tiempo siquiera para buscar alguna que otra pertenencia, corrieron a la puerta y en compañía del resto de los vecinos, emprendieron su huida.

—¿Dónde iremos? —le preguntó Acacia a su vecino mientras oía el griterío de algunas personas asustadas.

—No lo sé… Me dijeron que vienen con caballos y perros de caza… Además, la Casa de Austria no llegará a tiempo para defendernos, el rey no puede hacer nada en estos momentos.

Sin más, madre e hija se tomaron de la mano, tragaron en seco y siguieron a la multitud… sin saber a dónde, pero de igual manera siguieron corriendo con todo el ímpetu que les nacía desde el alma. Porque en verdad tenían el deseo de seguir viviendo. ¡Querían sobrevivir! La oscuridad de la noche les dificultó el avance, pero aun así siguieron con el trayecto a través de los campos silvestres.

En cierto momento, Acacia se detuvo, apretó la piedra de su collar con fuerza y miró al horizonte… tuvo miedo, mucho miedo… pero supo que debía seguir adelante porque era ella quien trazaría su propio destino. La fuga continuó… Fuga que, lamentablemente, no resultaría porque los enemigos de la corona pronto los capturarían antes de que la luna regente se percatara, y la masacre que perpetrarían por su odio a los españoles… sería inimaginable.

Capítulo 4

Golpiza

Ruta marítima (de España a India), 1640

Un profundo suspiro escapó entre los gruesos labios de Alazán una vez que se sentó frente a la mesa y ante la presencia del capitán del navío, lo vio servirse vino, eructar con orgullo y soltar una carcajada. Después, el hombre cogió una dura galleta, la golpeó contra la mesa para que salieran algunos gorgojos que por allí caminaban, humedeció el bocado en su sopa de huesos y tortuga, le guiñó el ojo derecho al muchacho y volvió a reír mientras relamía la sal de la sopa que le quedaba en el borde del bigote.

El capitán parecía ser un hombre alegre a pesar de la apariencia hostil que tanto lo caracterizaba, y fue justamente esa inusual muestra risueña lo que salvó a los dos muchachos tras ser descubiertos en plena fuga. La audacia no les alcanzó, cuando quisieron moverse, ya estaban amarrados a la columna central del barco. Los gritos ansiosos de asesinarlos fueron muchos al igual que las ideas de qué hacer con sus cuerpos, pero el capitán con firmeza, los perdonó, envió a Ranjit de regreso al calabozo e invitó al intrépido joven Alazán a cenar con él en el camarote.

Por ello, Alazán también tenía por delante un tazón con sopa de huesos y tortuga y la galleta con gorgojos (que bien le quedaba el título de piedra). Por momentos, el muchacho no comprendía la razón por la que el dirigente de aquella embarcación acababa de invitarlo a la cena de honor precisamente después de haber hecho todo lo posible por huir.

Sin más, mientras el halo de la luna cristalina ingresaba por la ventanilla del viejo compartimiento, las dos cazuelas de sopa se vaciaron, los gorgojos cayeron al suelo y las galletas desaparecieron. Alazán se guardó el agradecimiento, porque aunque la actitud del pirata había sido buena, aún no aprobaba las fechorías que cometía, y se lo hacía saber con la mirada. De modo que, acostumbrado ya a las disconformidades, el capitán se echó de espaldas para atrás, asentó ambas manos en la barriga y habló:

—¿De qué parte de España eres, muchacho?

—Nunca lo supe —contestó mientras el resplandor de la luna resaltaba su largo cabello oscuro y sus ojos color avellana—. Mis padres fallecieron cuando era pequeño, y dicen que un viejo amigo de la familia me cuidó. También oí que al tiempo me cuidaron unos viajeros que deambulaban de territorio en territorio.

—¿Pero a quién recuerdas en tu niñez?

—A nadie. —Volvió a contestar—. Siempre estuve de mano en mano… Amigos, gente del pueblo y demás… Yo solo tuve que abrirme camino en este mundo… Tuve que aprender a sobrevivir, a pelear por comida y agua. ¡Pero aquí estoy! —dijo moviendo sus dedos con gracia—. Sano y salvo… ¿no dicen acaso, que la vida es un camino que se gana luchando?

—Pero en cada lucha, muchacho, siempre hay un ganador y un perdedor…

—Y es por eso, capitán, que aún estoy vivo… Siempre he ganado. —Osó responderle.

El capitán formó dos muecas en sus mejillas. Estaba contento, porque aunque Alazán era todavía uno de sus prisioneros, sabía en verdad que él… que ese muchacho intrépido podría ser en un futuro uno de sus mejores hombres. Y en secreto apostó por él.

—¿Y usted, capitán? —inquirió el joven—. Veo que su tripulación está compuesta por hombres de distintas regiones… Tanto de África, como de Europa y hasta de la India.

—Aquí, Alazán, somos todos hijos del mar. ¡Hijos del cielo invertido! Herederos del océano… Hemos decidido que las aguas son nuestra razón de existir… Hemos hecho un pacto con la vida. ¡Ser pirata no es fácil, pero es muy muy gozoso!

Y así, los dos hombres continuaron con la conversación… El capitán deseaba descubrir más detalles de aquel valiente guerrero que ahora los acompañaba rumbo a la India, y por su parte, Alazán de manera curiosa trató de averiguar las verdaderas intenciones del dirigente hostil. Misma situación que lo llevó a descubrir, justamente, lo que Narendra le había informado hace pocas horas: que atacarían el navío de un poderoso Sultán de la ciudad de Delhi.

Aquello era uno de los mayores sueños del capitán. ¡Destruir el barco del sultán! En sus planes prevalecía la idea no solamente de robar todas las riquezas que trasportaba, sino también de asesinar al hombre y al príncipe Kiran Radhav. “Todos los piratas de todos los océanos de este mundo y el nuevo, oirán la conquista que se realizó bajo mi nombre… Se construirán leyendas”. Afirmó en cierto momento, mientras en sus adentros Alazán meditaba y recordaba las palabras que Narendra había soltado en el calabozo antes de ayudarlos a quedar en libertad: “No lo entenderían… Solo digamos que tengo una misión que cumplir”. “Los Guerreros de Váruna todo lo ven… El destino es grande. Jeevan, mahima aur sachchaee”.

Una sola línea de avance y dos panoramas… El capitán ansiaba conquistar aquella embarcación perteneciente al poderío de los Radhav, y por otro lado, Narendra (un simple tripulante) afirmaba que cumpliría su misión secreta y evitaría aquella tragedia. Finalmente, Alazán conocía ambas ideas, ambos caminos… razón por la que se preguntó cuál de aquellas sería la invicta, pues bien lo acababa de mencionar el capitán hace pocos minutos, “en cada lucha muchacho, siempre hay un ganador, y un perdedor…”

Al culminar la cena, se retiró luego de las directivas del capitán, con el sabor de la tortuga todavía vagando en su boca, el caballero salió del compartimiento, bajó por la escotilla, pero cuando se dirigió al calabozo donde estaba su amigo Ranjit, se sorprendió al ver cómo le daban una golpiza al joven. Eran tres o cuatro los hombres que acababan de bajar para darle una tunda. Incluso, se alcanzaba a percibir el perfume del licor que emanan sus pieles. ¡Estaban borrachos! Y sin cohibirse ante los ebrios combatientes, Alazán defendió a su compañero, cerró los puños, soltó un grito y se sumó a la repartición de golpes.

Con el correr de los minutos la ronda de peleas se apaciguó. Fueron varias las heridas cortantes que quedaron en sus rostros, pero Alazán con una mirada triunfante, los vio caer inconscientes al suelo, se río, ayudó a Ranjit a ponerse de pie y luego comunicó lo sucedido al capitán, que midió la realidad… Pues había sido una pelea sin su consentimiento, un arrebato de parte de los prisioneros, un alboroto en su propio navío. ¿Pero cómo podía acaso permitir que dos prisioneros les dieran una paliza a sus hombres? ¿Qué iba a decir el resto de la tripulación? ¿Acaso el capitán no impartiría justicia? Pero luego, mientras los borrachos despertaban y el resto de los marineros cuestionaban lo sucedido, él en su astucia parló: “Hombres ineptos ustedes… ¿Cómo pueden ser derrotados por un prisionero? Maldíganse y callen… Deberían ser comida para los peces… ¡Vamos, maldición, vayan a trabajar!” La manera en que los silenció fue fantástica, y luego, sabiendo que Alazán había podido con los tres, le asentó la mano en el hombro y lo felicitó, y no solo eso, además, lo invitó a él, junto a Ranjit, a dormir en los camarotes del piso medio. ¡Ya era momento de que abandonaran aquel calabozo!

Definitivamente, cada vez que el capitán veía a Alazán… Sus ojos se llenaban de ilusión al pensar que aquel bravo joven, podría ser parte de su tripulación… De ese modo, su barco, a partir de ese momento, ¡sería invencible! Incluso si tan habilidoso era, ¿por qué no podría en un futuro hasta ser su mano derecha?

Una vez que todos se retiraron: algunos marineros de regreso a sus trabajos, otros de vuelta a descansar y el capitán a su aposento de privilegio, Alazán y Ranjit se dieron un golpe de mano, festejaron con disimulo y caminaron hasta el piso medio donde dormirían junto a algunos de los tripulantes que, al parecer, no dejaban de roncar. Ya por suerte la humedad no era tan intensa y el olor rancio de la madera podrida desaparecía en aquel lugar.

Se acomodaron en un rincón, prefirieron guardar algo de silencio. Se descalzaron, bostezaron y con bastante cansancio sobre los párpados, se acostaron listos para navegar al paraje de los sueños cuando, sin previo aviso, la voz de Narendra (que estaba en una cama superior) los sorprendió.

—Namasté… Ahora somos compañeros más cercanos —murmuró el joven rubio—. Lamento lo sucedido, pero por lo que se ve, el destino los ha favorecido ¡Shaanadaar sammaan! En el nombre de Váruna… El glorioso, el justiciero… ¡sarvochch!

—Gracias, Narendra… —suspiró Alazán—. ¿Tú te encuentras bien?

—Sí… Pero pronto tendremos que actuar. La misión sigue en pie…

—¿Hablas del ataque al sultán Radhav, verdad?

—Haan. Algún día lo entenderán… Quizás. Todo depende del destino.

Ranjit movió la cabeza, los vio y se sumó a la conversación a medida que trataban de hacer silencio para no ser escuchados por el resto de los hombres.

—¿Y saben para cuándo será el ataque? —inquirió Ranjit.

—En uno o dos días —contestó Narendra—. Debemos estar preparados… Las batallas en el océano son muy peligrosas. ¡Andhera gahara hai!

Jamás se acostumbraban a los giros desconcertantes de la vida. A los pocos días,una gran tormenta azotó los océanos y, mientras los cielos se desplomaban por encima de las aguas y el oleaje parecía ascender hasta casi cosquillear a las atemorizadas estrellas, el capitán en su afán de conquistar los horizontes lejanos, hizo frente a los oscuros nubarrones que pigmentaban cada rincón del panorama. Los marineros no descansaban un instante, cada uno de ellos se dedicaba a las labores de sostener las cuerdas, amarrar las velas, sujetar las barricas y resguardar la embarcación a medida que atravesaban la poderosa tempestad. En tanto, en el interior del oscilante navío, en el piso medio, Narendra, Ranjit y Alazán platicaban sobre viejas leyendas y detalles de la vasta creencia que rodeaba al hinduismo.

El muchacho de cabellera dorada les explicó la historia del dios Indra. ¿Quién era? Pues él era el gran soberano de los dioses, responsable de las tórridas lluvias, de bravas tempestades, jefe del cielo y también de la fertilidad. Indra era una de las figuras más importantes en la mitología védica e, incluso, el más aludido del Rig Veda. En las apariciones populares, el dios Indra montaba sobre un elefante celeste: Airavata. A su vez, estaba acompañado por un perro, Sama. Su esposa era la diosa de la ira, de los celos y las quejas, Indrani. Su hijo era el gran Arjuna, reconocido héroe de la epopeya Mahabharata.

—Entonces tendremos que rezar a Indra para que apacigüe la borrasca… —bromeó Alazán.

—Claro, haan. —Sonrió Narendra—. Podría o bien calmar la borrasca… o bien embestir nuestro barco con la fuerza del océano. —Suspiró, extendió sus brazos y asentó su espalda contra la pared—. En fin… Los dioses son muchos, pero ellos están figurados en el todo y en el nada.

—De todos modos… —Interrumpió Ranjit—. ¿Tú habías comentado que eras parte de los… los guerreros de…?

—¡Haan! Los Guerreros de Váruna —confirmó—. Pero recuerden que es un secreto… ¡Es parte del destino! Prashansa ho…

—¿Pero dónde irás una vez que lleguemos a India, Narendra?

—¿Quién sabe si llegaremos a India? —retrucó—. No conocemos nuestros caminos, jamás podemos testificar antes de verlo con nuestros propios ojos… Yah likha hai, está escrito —aclaró—. Aun así, la vida es grande… en ella hay luchas, amores y sueños…

Suspiró mientras en la mente de Alazán llegaba la imagen de aquella muchacha de la cual nada sabía, pero por la cual, su corazón seguía latiendo con fuerza y por quien clamaba a los cuatro vientos su nombre… aquel nombre que en ocasiones no lo dejaba dormir y por el que ahora cerraba sus párpados con fuerza y rogaba que ella estuviese a salvo. A decir verdad, Alazán amaba profundamente a Acacia y ansiaba que el destino volviera a cruzarla en su camino.

La conversación continuó. Narendra volvió a esquivar los detalles de aquello que tanta curiosidad le daba a los dos muchachos, el asunto de Los Guerreros de Váruna y sin más, siguieron hablando de la vida, del hinduismo, y de la hosca tormenta que estaba golpeando a la vieja embarcación. De repente, en un sobresalto del momento, uno de los marineros bajó de un salto desde la escotilla, miró a Narendra con fijeza y le avisó lo que estaba aconteciendo afuera.

—¡Prepárense para pelear! —informó el pirata—. El capitán acaba de divisar el barco del Sultán Radhav… Parece que la tormenta los ha retrasado, es nuestra oportunidad de destruirlos. ¡El sultán Radhav y el príncipe Kiran morirán hoy mismo!

Lo anunció al tiempo que Narendra se percataba de que el momento de cumplir su gran misión por fin había llegado. Por detrás, Alazán y Ranjit se miraron y se pusieron de pie. Cogieron sus espadas y en un duelo de pensamientos, se resumieron a meditar si pelearían a favor del capitán o a beneficio de Narendra y de aquella extraña misión perteneciente a Los Guerreros de Váruna.

Capítulo 5

El árbol con las llamas de la memoria

Zaragoza, España, 1640

Resplandeció con la luz saliente del firmamento. La piedra turquesa brilló… El Corazón de los Cielos presentó su magia una vez más mientras colgaba sobre el pecho de Acacia. Allí, bajo las figuras astrales del campo alto, la dama apreciaba cada una de las refulgencias que descendían con ímpetu. Aquello era una cacería de sueños… de anhelos… de esperanzas. Porque mientras la jovencita advertía las crónicas de aquella noche tumultuosa, el grupo de vecinos que residía a las afueras de Zaragoza, se escondía en el interior de los muros de una antigua ruina.

Los enemigos se habían arrimado desde la frontera de los Pirineos, y por ello, en una auténtica demostración de desagrado, descollaban avance con todo a su paso. Muerte y destrucción era la sed que ellos buscaban saciar y como si la pesadilla no alcanzara, la comarca en la que vivía la señorita Acacia Esparza estaba justamente en el camino que ellos trazaban. Siniestro hecho por el cual ahora, ella y sus conocidos se camuflaban entre las sombras… Algunos lloraban, otros sostenían el silencio por temor y muchos en su afán a la cristiandad oraban a Jesucristo por salvación.

En cierto rincón, María Guadalupe y su hija comían unos trocitos de pan de maíz. Estaba duro, pero aun así lo ablandaban de tanto masticar. La señora Guadalupe estaba acongojada, no solamente por la viudez que afrontaba, también por el temor que tenía respecto al futuro de su hija. Ella bien sabía que si los franceses los encontraban, nadie quedaría a salvo, y mucho menos su hermosa hija que, como claro ejemplo de la belleza española, no estaría al resguardo del manoseo de los impúdicos. Solo le bastó orar para que el ejército del rey Felipe IV de la Casa de Austria se diera prisa o, en todo caso, aguardar la llegada del alba para proseguir con el éxodo a la capital de Zaragoza.

—¿Qué te sucede madre? —preguntó Acacia al ver sus párpados caídos.

—Pensaba en la vida —respondió abrumada—. ¿Sabías que tu padre pensaba mudarse a Cartagena al regresar? Es increíble como todo va y viene en un gran círculo. Tenía planeado reencontrarse con aquellas tierras, pues allí vivieron los primeros Esparza.

—Cielos… Nunca escuché nada, madre.

—Sí, querida… Tu padre una vez me lo contó… Es larga la historia que trascendió de generación en generación. Fue un abuelo lejano que luchó a favor del amor y cayó bajo las tretas de un marroquí. En fin… Extraño mucho a tu padre.

—Y yo también, madre… —Suspiró con lentitud—. ¿Qué crees que pasará con nosotras?

—No lo sé, amor mío… No lo sé…

Se dieron la mano. Respiraron hondo.

Eran momentos decisivos. Pronto serían aún mucho más decisivos porque a los escasos minutos de la conversación, las ruinas fueron rodeadas por el ejército enemigo.

Los gritos de horror… jamás se borrarían de la mente de Acacia. ¡Jamás!

Cada uno de los residentes de la comarca fueron sujetados con brusquedad tras ser descubiertos por los soldados del reino colindante, a excepción de Acacia, quien, lamentablemente, sufrió la lujuria de un par de escabrosos franceses que no dudaron en arrastrarla a las afueras de la ruina, despojarla de sus prendas de vestir, empujarla al suelo y hacerse cargo de la bestia lasciva que los asolaba por dentro.

Los gritos no le bastaron… Las súplicas tampoco. Hasta que, finalmente, no tuvo más que morderse los labios y escoger el silencio… un silencio que por momentos la asfixiaba. Sus dedos se hundieron en la húmeda tierra de aquella fortuita España que la había visto crecer a medida que su alma era penetrada por la lujuria de aquellos hombres. Fueron dos los soldados que la tomaron e hicieron de su cuerpo un ancladero de pesadillas.

La inocencia de Acacia no bastó para que ellos se compadecieran y una vez terminado el acto para ambos hombres, quedaron allí sentados a su lado viendo el cuerpo pálido de la señorita. Mientras ambos franceses la contemplaban, una desconocida apareció por detrás y con un palo golpeó sus cabezas dejándolos inconscientes.

—¡Santo cielo, muchachita! —Se acercó la mujer y la cubrió con una manta.

La ayudó a ponerse de pie.

—Ven conmigo… Yo te sacaré de este infierno. —Le volvió a decir mientras Acacia guardaba el silencio para no llorar.

—Gracias. —Suspiró—. ¿Pero dónde está mi madre? ¿Dónde están los vecinos?

—Eso ya no importa… Salgamos de aquí ahora. No nos verán entre las sombras, te llevaré con mi caballo a un lugar seguro.

Pero cuando caminaban un resplandor llamó su atención. Dio media vuelta, se separó de la mujer y subió apenas un montículo de tierra que le permitió vislumbrar el panorama completo del valle agreste. El estupor arribó a sus ojos… ojos fríos que a partir de ese instante no volverían a ser los mismos.

De un inmenso árbol que estaba en medio del campo… de gran tronco y anchas ramas, colgaban los casi cincuenta residentes de la comarca, con sogas trenzadas en sus cuellos. Cada uno de sus vecinos… hombres y mujeres que había visto desde su niñez, incluyendo niños, estaban allí. Incluso, su propia madre María Guadalupe era uno de los tantos cadáveres que se suspendían entre las gruesas ramas y las hojarascas.

Eso no fue todo, porque mientras los ojos celestes, que parecían llover, advertían el escenario, el francés al mando, con un par de antorchas, hizo quemar el árbol. Así, las ardientes llamas se alzaron hasta casi besar el cosmos y como un gran fogón en medio de la noche, tanto las maderas chispeantes como los cadáveres se empezaron a consumir con el calor de las bravas brazadas.

Acacia jamás podría olvidar aquel árbol con esas llamas que le dejaban profundas cicatrices en su debilitada alma. La carne de los cadáveres se separaba de los huesos por la intensidad del fuego y cada imagen quedaba sellada para siempre en su retina hasta que en un soplo del destino, la mujer que la había rescatado se aproximó en el corcel y le volvió a dirigir la palabra.

—Vamos, muchachita… ¿Cómo te llamas?

—Acacia —contestó.

—Bueno, entonces, ven, Acacia… Iremos a un lugar distinto donde tu vida volverá a comenzar. —Extendió su mano y la invitó a subir al caballo—. Vamos, es ahora o nunca. Debemos escapar, te prometo que estarás bien… Eres fuerte, ¡serás una sobreviviente!

Capítulo 6

Sultán Radhav

Ruta marítima (de España a India), 1640

La fragancia de la brisa salada copó los sentidos de los jóvenes que al salir a cubierta, se toparon frente a frente con la imagen del barco en el que viajaba el sultán Radhav. Los cañones apuntaban directo al enemigo y, aunque la borrasca era poderosa y la oscuridad de la noche les dificultaba la visión, nada fue suficiente para evitar tal confrontación.