Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Futuros distópicos es el tercer tomo temático agrupado por el colectivo de traductoras Falsos Amigos a partir de la colección El futuro es mujer, antología editada por la académica Lisa Yaszek, publicada en 2018 y ahora traducida por primera vez al castellano. La colección reúne relatos escritos por mujeres estadounidenses, publicados entre los años veinte y los setenta del siglo XX, y que cimentaron las bases de la ciencia ficción y su desarrollo.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 254
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Selección de cuentosescritos por las pionerasde la ciencia ficción delsiglo XX a partir de¡El futuro es mujer!
Antologadora:Lisa Yaszek
Traducción:Falsos Amigos
DERECHOS RESERVADOS
© 2018 Lisa Yaszek, por la selección, notas y fichas biográficas. Publicadas con autorización de Library of America.
© 1928 Clare Winger Harris, por “The Miracle of the Lily” [“El milagro del lirio”]. Publicado originalmente en Amazing Stories 3.1 (abril de 1928): 48-54.
© 1955 Alice Eleanor Jones, por “Created He Them” [“Fueron creados”]. Publicado originalmente en The Magazine of Fantasy and Science Fiction 8.6 (junio de 1955): 29-36. Reimpreso con el permiso del Estate of Alice Eleanor Jones.
© 1961 Alice Glaser, por “The Tunnel Ahead” [“El Túnel adelante”]. Publicado originalmente en The Magazine of Fantasy and Science Fiction 21.5 (noviembre de 1961): 54-61.
© 1962 Kit Reed, por “The New You” [“Una nueva tú”]. Publicado originalmente en The Magazine of Fantasy and Science Fiction 23.3 (septiembre de 1962): 100-109. Reimpreso con el permiso de la autora.
© 1963 John Jay Wells y Marion Zimmer Bradley, por “Another Rib” [“La otra costilla”]. Publicado originalmente en The Magazine of Fantasy and Science Fiction 24.6 (junio de 1963): 111-26. Reimpreso con autorización.
© 1967 Kate Wilhelm, por “Baby, You Were Great” [“Cariño, estuviste increíble”]. Publicado originalmente en Orbit 2, ed. Damon Knight (New York: G. P. Putnam’s Sons, 1967), 19-36. Reimpreso con el permiso de InfinityBox Press LLC.
© 1969 James Tiptree Jr., por “The Last Flight of Dr. Ain” [“El último vuelo del doctor Ain”]. Publicado originalmente en Galaxy 28.2 (marzo de 1969): 121-27. Después fue recopilado en Her Smoke Rose Up Forever (Arkham House, 1990). Copyright © 1969 de James Tiptree Jr. (Alice B. Sheldon), renovado en 1997 por Jeffrey D. Smith. Reimpreso con el permiso de Jeffrey D. Smith y la Virginia Kidd Agency, Inc.
© 1969, 1975 Ursula K. Le Guin, por “Nine Lives” [“Nueve vidas”]. Publicado en The Wind’s Twelve Quarters (New York: Harper & Row, 1975), 129-60. Primera publicación en Playboy en noviembre de 1969, firmado como “U. K. Le Guin”. Después fue recopilado en The Unreal and the Real (Small Beer Press, 2012). Reimpreso con el permiso de Curtis Brown, Ltd.
© 2023 Colectivo Falsos Amigos, por las traducciones
© Diseño: Alejandro Magallanes
© 2024Almadía Ediciones S.A.P.I. de C.V.
Avenida Patriotismo 165,
Colonia Escandón II Sección,
Alcaldía Miguel Hidalgo,
Ciudad de México,
C.P. 11800
RFC: AED140909BPA
https://editorialalmadia.com
www.facebook.com/editorialalmadia
@Almadia_Edit
SE REALIZARON INTENSAS PESQUISAS PARA LOCALIZAR A LOS TITULARES DE LOS DERECHOS DE REPRODUCCIÓN DE TODO EL MATERIAL CONTENIDO EN ESTA ANTOLOGÍA. SI ALGUNO DE ELLOS HA SIDO OMITIDO INADVERTIDAMENTE, ESTE ERROR SERÁ CORREGIDO EN FUTURAS EDICIONES.
Edición digital: 2024
ISBN: 978-607-8851-76-8
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.
Hecho en México.
APUNTES DE LAS TRADUCTORAS SOBRE ESTA EDICIÓN Y EL BÁLSAMO DE TRADUCIR JUNTAS
UNA NUEVA TÚ, Kit Reed
CARIÑO, ESTUVISTE INCREÍBLE, Kathe Wilhelm
EL MILAGRO DEL LIRIO, Clare Winger Harris
EL TÚNEL ADELANTE, Alice Glaser
EL ÚLTIMO VUELO DEL DOCTOR AIN, James Tiptree Jr.
LA OTRA COSTILLA, John Jay Wells y Marion Zimmer Bradley
FUERON CREADOS, Alice Eleanor Jones
NUEVE VIDAS, Ursula K. Le Guin
FUENTES
En 2018 se publicó The Future is Female!, una antología de ciencia ficción del siglo XX escrita por mujeres, editada por Lisa Yaszek, crítica literaria experta en ciencia ficción, a la cual considera como un lenguaje que atraviesa culturas, continentes, géneros y razas. En 2022 y 2023 se publicaron en México y España los primeros dos tomos basados en el trabajo de Yaszek; este es el último de ellos. Con este libro se completa el viaje de tres generaciones de mujeres que escribieron sobre mundos posibles. En tus manos tienes las visiones de quienes abrieron el camino para una literatura más inclusiva; ellas son las voces que se atrevieron a mirar hacia el futuro y moldearlo.
Toda traducción implica una metamorfosis. En el caso de The Future is Female!, su traducción al español requirió que dividiéramos la obra en tres partes. Pero no queríamos que se perdiera su esencia; necesitábamos una distribución que permitiera hacer el recorrido histórico de la CF desde los años veinte hasta los años setenta. Por eso decidimos hacer una división temática que te permitiera conocer las historias de futuros prometedores que trajo el principio del siglo XX, en contraste con la decepción de los años de la Gran Depresión, la desolación que llegó al final de la Segunda Guerra Mundial y la incertidumbre de la Guerra Fría.
Ahora presentamos la pieza final de este vitral histórico; aquí está la forma más fina de esperanza, vista por los ojos de tres generaciones de mujeres: imaginar el peor de los futuros. Desde su origen la CF se ha preocupado por traer a la luz malos augurios, críticas al presente y los posibles desenlaces si no tomamos un camino diferente. Mary Wollstonecraft Shelley inauguró el género con su gusto por los malos presagios: Frankenstein es una advertencia sobre crear sin criar.
Las distopías son un emblema de la CF, incluso las personas que no son ávidas del género pueden reconocerlas. La palabra “distopía” viene del griego y significa “el lugar malo”, la antiutopía. Estos universos son ejercicios creativos que postulan posibilidades nefastas; tienden a nacer de miedos latentes respecto al porvenir y pueden generar una catarsis que exige acción y esperanza activa: hay que tapar el pozo antes de que alguien caiga en él.
Algunos de los ejemplos más conocidos de CF son distopías: Fahrenheit 451, Un mundo feliz y 1984. Estas son obras de un carácter político descarado; hablan del horror de que hombres corruptos y fascistas que abogan por deshumanizar al resto de sus congéneres estén en el poder. ¿Pero cómo es un mal futuro para las mujeres en un siglo donde sus derechos son, con suerte, una extraña novedad?
Aquí tenemos historias donde las sociedades han desarrollado sistemas empeñados en deshumanizar a las personas en general, y en específico, a las mujeres. “Cariño, estuviste increíble”, de Kate Wilhelm, alude a un futuro donde la tecnología ha servido para exacerbar la imagen de las mujeres como objetos de deseo, manipulables en pos del deleite masculino y sin verdadera voz. “Una nueva tú”, de Kit Reed, presenta una postura similar, sin temor a señalar a las mujeres como cómplices en un sistema donde el valor femenino se reduce al atractivo físico. “Nueve vidas”, de Ursula K. Le Guin, acusa al proceso industrial de extracción de recursos de explotar vidas con tal de reducir costos y mejorar la eficiencia.
Las distopías están marcadas por el descenso en la calidad de vida. Dependiendo de la narrativa, el origen de la decadencia viene de lo que la autora vislumbró con más horror en el horizonte. En varios casos se puede identificar como culpable al abuso de recursos naturales; incluso antes de que la crisis climática fuera un tema tan difundido, ya había una tendencia a visualizar al ser humano en lucha contra la naturaleza: “El milagro del lirio”, de Clare Winger Harris, ahonda en el deseo de ganar la batalla a cualquier costo, y “El último vuelo del doctor Ain”, de James Tiptree Jr., es una oda a la despiadada belleza del mundo natural y un lamento por la agonía que le causamos. Aquí también hay mundos donde el orgullo ha traído la perdición debido a la capacidad humana de crear hábitats inhóspitos: “Fueron creados”, de Alice Eleanor Jones, plantea una realidad donde la guerra nuclear se desató y la sociedad pende de un hilo; “El Túnel adelante”, de Alice Glaser, explora una ciudad superpoblada donde las personas no son más que un desperdicio de espacio; en “La otra costilla”, de John Jay Wells y Marion Zimmer Bradley, seguimos a los sobrevivientes de la especie humana tras la aniquilación del planeta, mientras los prejuicios de un hombre ponen en riesgo su última esperanza.
Necesitamos pesadillas, ya sea para obtener una catarsis frente a las ansiedades de la vida moderna o para hacer un llamado de advertencia. Es importante recordar que el futuro se escribe desde el presente.
Nosotras, Falsos Amigos, queremos ser parte de la escritura del futuro y lo hacemos traduciendo y hablando de nuestra labor. Traducimos con la intención de transmitir voces que no se escuchan tan a menudo o a las que no se les otorgan los espacios que creemos que merecen (como estas mujeres que le dieron forma a la ciencia ficción), pero también queremos promover maneras distintas y colectivas de realizar procesos textuales y artísticos.
Traducir es un acto de equilibrismo, no solo entre el texto de partida y el de llegada, sino también entre las culturas de las que son parte, además de las posturas y prácticas de las traductoras en relación con los textos. A menudo, un texto requiere estrategias aparentemente contrarias. James Tiptree Jr. juega con una prosa seria y llana que de golpe se transforma en delirios poéticos, exigiendo creatividad y rigidez al mismo tiempo. Por su ciencia ficción que más que “blanda” es gelatinosa, traducir a Clare Winger Harris requirió mantener una mente creativa y atenta, pero también hacer un glosario que diera estructura a ese recuento histórico. En la prosa de Ursula K. Le Guin, los tecnicismos y neologismos van acompañados de un humanismo y empatía casi histriónicos. Kate Wilhelm es una maestra a la hora de crear diálogos agudos y melodramáticos que revelan las tumultuosas vidas privadas de sus personajes, acostumbrados al espectáculo. El contrapeso que muchas veces nos permitió mantener el equilibrio fue el trabajo colaborativo, un indicador implacable de que los experimentos se estaban desviando demasiado o de que era necesario dar un gran salto.
Si traducir es encontrar el equilibrio entre culturas para un texto particular, en el caso de la ciencia ficción parece que tenemos que “balancearnos” entre nuestra cultura y una que “no existe”. En lugar de investigar para adentrarse en un contexto, hay que imaginarlo. Frecuentemente, estos mundos tienen algún eco del nuestro. Autoras como Kit Reed, John Jay Wells y Marion Zimmer Bradley utilizaron su afilado humor para exponer las incongruencias de los roles de género tradicionales al transportarlos a entornos nuevos y extremos, y nos llevaron a recrear estos mundos imaginarios para nuestra “reescritura”. Si traducir es imaginar estos mundos, también es crearlos junto a ellas.
Historias como las de Alice Eleanor Jones y Alice Glaser retratan los horribles alcances de cataclismos mundiales en el contexto más inimaginable: lo familiar, lo íntimo. Era imposible no dejarse llevar y sentirse sumergidas en esa desolación gris, plana, irremediable. Traducir juntas permitió que esas historias no nos tragaran y nos ayudó a encontrar soluciones para nuestros problemas de traducción y esperanza para el futuro. Traducir es hablar, discutir, callar, identificarnos con los textos y les personajes, cansarnos de las horas frente a la computadora y de la desesperación de las situaciones presentadas en la ficción (y en la realidad); pero para nosotras también es leernos, acompañarnos, recuperarnos, alentarnos, escucharnos, siempre en primera persona del plural.
COLECTIVO FALSOS AMIGOS, octubre de 2023
NOTA DE LA TRADUCCIÓN: Las notas al pie de los cuentos son parte de la antología The Future is Female! editada por Lisa Yaszek, a menos que se indique que son notas de la traducción. En las semblanzas de las autoras se han dejado los nombres originales de sus obras; al lado aparece el título traducido al español, en paréntesis si existe una traducción publicada del texto ( ) y en corchetes [ ] en caso contrario.
“Ahora… La Nueva Tú”, decía el anuncio. Era una publicación de dos páginas en una de las revistas de moda más sofisticadas, acompañada de una artística fotografía sombreada y granulada que insinuaba la posibilidad de una transformación milagrosa que, según el anuncio, estaba al alcance de cualquier mujer.
Extasiada, Martha Merriam se encorvó, estirando su batón estampado con ramitas de violetas de tal manera que casi cubría sus rodillas regordetas, y se inclinó nuevamente sobre la revista. Absorta, contempló la fotografía y la lista de promesas enmarcadas en elegantes cursivas, mientras masticaba distraída un mechón de cabello áspero y parduzco.
En sus momentos más nostálgicos y rebeldes, Martha Merriam olvidaba su cuerpo rechoncho y se imaginaba a sí misma como la esbelta e impecable Marnie, quince centímetros más alta y veinte kilos más ligera. Cada vez que una mujer más distinguida y mejor vestida la ignoraba en un almuerzo, o que su marido la dejaba sola en las fiestas, ella se refugiaba en sus pláticas con Marnie. Marnie tenía el comentario exacto y devastador para las mujeres chic y seguras de sí mismas, y era experta en todas las artimañas para mantener a un hombre en casa. Siendo Marnie, Martha podía fingir.
“Mira cómo se desintegra la vieja tú”, leyó Martha en voz alta y, mientras gesticulaba las palabras en silencio, Marnie presionaba en su interior, ansiosa por ser liberada. Martha se enderezó casi imperceptiblemente, dándose palmaditas con la mano regordeta sobre la gruesa barbilla y, cuando sus ojos encontraron el recuadro con el precio de La Nueva Tú en letra pequeña en la esquina inferior derecha de la página, el anhelo la consumió y Marnie tomó el control.
“Nos vendría bien una Nueva Tú”, dijo Marnie.
“Pero cuesta tres mil dólares”. Martha mordisqueaba la tira de cabello.
“Tienes esas acciones”, señaló Marnie.
“Pero fueron el regalo de bodas que me hizo Howard, parte de su negocio”.
“No le importará…”. Marnie giró y se volvió una con la fotografía.
“Pero cien acciones…”. Martha masticaba más rápido, la tira de cabello ya empapada.
“Cuando nos vea, no le importará”, dijo Marnie.
Entonces Martha se levantó con los ojos iluminados, fue hacia el teléfono casi sin pensar lo que hacía y llamó a su corredor.
Tal como prometía el anuncio, La Nueva Tú llegó dos semanas después, y Martha estaba tan emocionada que no se atrevía a tocarla, estando sola en la casa, ante este increíble y maravilloso futuro.
A media tarde, cuando había mirado la caja con forma de ataúd desde todos los ángulos posibles y alisado los volantes de los bordes astillados de madera, se animó a tirar del cordón y dar inicio a su futuro. Dio un salto hacia atrás con un pequeño chillido cuando los costados duros de la caja cayeron para revelar otro estuche negro detalladamente moldeado. Temblando, Martha giró el broche dorado con el emblema de un capullo de rosa y levantó la tapa.
Por un momento, lo único que vio fue un libro de instrucciones colocado sobre pliegues de papel de seda color púrpura, pero al mirar más de cerca, vio que el papel estaba amontonado para proteger la misteriosa y prometedora figura que yacía debajo. “IMPORTANTE: LEA ESTO ANTES DE PROCEDER”, advertía el instructivo. Distraída, lo lanzó a un costado mientras recordaba la última vez que vio papel doblado de esa manera, mientras envolvía una docena de rosas de tallo largo que Howard le había enviado una docena de años atrás.
La última hoja de papel se desprendió de sus dedos, revelando la figura oculta, y Martha contuvo la respiración. Parecía una rosa de tallo largo, todo lo que había esperado. Reconoció su propia expresión en ese rostro, pero era una versión espléndida y glamurosa de él, y al mismo tiempo era Marnie, Helena, Cleopatra, más de lo que se había atrevido a anticipar. Era la nueva ella. Temblando de impaciencia por entrar en Marnie, Martha se inclinó sobre ella sin pensar en el libro de instrucciones y hundió los brazos hasta los codos en el ruidoso y creciente remolino de papel de seda color púrpura. El repentino aroma a perfume, el movimiento del papel y una creciente excitación la abrumaron, y lo único que recordó fue apretar las suaves manos de la figura con sus dedos regordetes y sostenerlas contra su pecho mientras ambas figuras, la nueva y la vieja, giraban bruscamente en medio de un mar violáceo. Luego, el torbellino de pliegues de papel morado la envolvió en un caleidoscopio purpúreo y perdió el conocimiento.
Un ruido sordo la despertó. Estaba acostada entre hojas de papel púrpura. Se estiró placenteramente y pensó que debía levantarse para averiguar qué la había golpeado. Elevó una rodilla para ponerse de pie y se detuvo, encantada con su dorada suavidad. Estiró la pierna que sabía que seguía a esa rodilla perfecta, y luego abrazó esos hombros ágiles y suaves como los de un gato salvaje mientras recuperaba gradualmente la conciencia de lo sucedido. Entonces recordó que la nueva ella estaba prácticamente desnuda y que Howard llegaría a casa en cualquier momento, se levantó en un fluido movimiento de músculos y se puso de pie. Con aires de reina, levantó un pie con delicadeza y salió de la caja.
Recordó la frase del anuncio: “Mira cómo se desintegra la vieja tú”, y sonrió ampliamente mientras se deslizaba fuera del empaque. Con un bostezo, metió la mano en el armario, tomó su vieja bata acolchada y la cambió por el kimono de seda que Howard le había traído de Japón. Le quedaba bien diez años atrás, pero con el tiempo se había vuelto demasiado pequeño. Enroscó la cinta dos veces alrededor de su cintura y luego, sin sentirse aún por encima de las tareas de una cuidadosa ama de casa, comenzó a doblar el papel de seda que parecía haber explotado por toda la habitación y lo metió en la caja. Al acercarse al costado donde la Vieja Ella había tocado por primera vez el dorado capullo de rosa, levantó un puñado de pañuelos en un gesto exuberante y lo soltó con un pequeño grito. Su dedo del pie había tocado algo. Sin querer mirar, toqueteó los pedazos de papel restantes con su uña dorada. Su pie sintió algo suave. Se forzó a mirar hacia abajo y contuvo un gemido.
La Vieja Ella no se había desintegrado. Seguía ahí, tan desaliñada como siempre, con su batón con ramitas de violetas. Sus cabellos opacos colgaban como algas marinas y sus caderas parecían extenderse por la alfombra.
–¡Pero lo prometieron! –gritó la nueva y elegante Martha. Con una repentina presión en el pecho, buscó entre el resto de los papeles hasta que encontró el instructivo que había desechado.
“Se deben extremar precauciones al efectuar la transferencia”, señalaba el libro en letras cursivas que recalcaban la urgencia del aviso. Continuaba con una serie de complicadas instrucciones técnicas sobre la transferencia y consolidación que Martha no entendió. Al tomar las manos de la nueva ella, había saltado directamente a la transferencia, sin pensar en el cuerpo que estaba dejando atrás. Debía desmaterializarse al momento de la transferencia, no después. El instructivo advertía que era inútil devolver procesos fallidos a la compañía, pues los enviaría de regreso. Parecía que la nueva Martha tendría que cargar con la vieja.
–Aay… –Se escuchó un quejido que venía de la figura tumbada en el suelo. La vieja Martha se sentó, mientras sus ojos recorrían la habitación con desgano.
–Tú… –La nueva Martha la miró con un odio creciente–. Déjame en paz –dijo. Estaba a punto de arremeter contra eso en un ataque de rabia, cuando se escuchó un ruido proveniente de la entrada–: Oh, oh, es Howard. –Sin pensarlo, empujó a la otra, gruesa y sumisa, hacia el armario del pasillo, lo cerró y se guardó la llave en el bolsillo.
Luego, acomodándose la bata, se dirigió a la puerta.
–Howard, cariño –dijo. Él la reconoció y no la reconoció. Se quedó de pie junto a la puerta con la mirada de un niño que acaba de recibir un helado gigante, escuchando mientras ella explicaba lo ocurrido (omitiendo ciertos detalles, como la venta de las acciones o el asunto de la Vieja Ella) en un tono íntimo y vibrante.
–Martha, cariño –dijo por fin, acercándola hacia él.
–Llámame Marnie, querido. ¿Mmm? –ronroneó y se recargó en su pecho.
Por supuesto, el cambio implicó un nuevo guardarropa, y también cosas nuevas para Howard, pues Marnie había leído en una docena de revistas de glamur sobre la importancia de un hombre bien vestido como accesorio. La vida de los Merriam se convirtió en un torbellino de fiestas y, por primera vez, fueron admitidos en las casas más deslumbrantes de la ciudad. El negocio de Howard prosperó y Marnie, rodeada de admiradores y mucho más atractiva que la más popular de sus rivales, floreció. Hubo fiestas, reuniones, citas en el teatro, compromisos para almorzar con numerosos hombres atractivos. Y entre una cosa y otra, a Marnie no le quedaba mucho tiempo para ocuparse de la casa. La caja negra de La Nueva Tú seguía donde la había dejado y, hasta donde ella sabía, la Vieja Ella seguía arrumbada, como una vieja aspiradora, en el armario del pasillo.
En la segunda semana de su nueva vida, Marnie comenzó a notar ciertas cosas. El papel de seda alrededor de la caja de La Nueva Tú estaba desordenado y el libro de instrucciones había desaparecido. Una vez, cuando salió del dormitorio por un momento, creyó ver una sombra moviéndose en el pasillo.
–Ah, eres tú –dijo Howard con una mirada ambigua, cuando ella regresó a la habitación–. Por un minuto pensé… –Sonaba casi nostálgico.
Y había migajas, pequeños rastros de ellas, y recipientes de comida vacíos que aparecían en los rincones de la casa.
Molesta por la suciedad que había comenzado a acumularse, Marnie rechazó dos invitaciones a almorzar y una invitación a un cóctel y pasó la tarde en casa. En pantuflas y con la bata acolchada que había desechado el primer día de su transformación, empezó a limpiar. Le enfureció encontrar un sendero humedecido que iba desde la cocina hasta el armario del pasillo. Con un preparado para limpiar alfombras, comenzó a tallar el tapete del pasillo y se estiró indignada cuando llegó a una pequeña mezcla particularmente asquerosa de líquido y migajas frente a la puerta del armario. Buscando a tientas en su bolsillo, sacó la llave y se apuró a abrir la cerradura.
–Tú –dijo asqueada. Casi lo había olvidado.
–S… sí, señora –dijo la Vieja Ella, intimidada y completamente encogida. La regordeta y violácea Martha estaba sentada en un rincón del armario, con un cartón de leche en una mano y una caja de galletas de malvavisco abierta en su regazo.
–¿Por qué no puedes simplemente…? ¿Por qué no puedes…? –Marnie resopló con asco. La criatura tenía chocolate en las comisuras de la boca y había subido tres kilos.
–El cuerpo tiene que vivir –dijo la Vieja Ella, disculpándose mientras trataba de limpiarse el chocolate–. Olvidó que yo también tenía la llave del armario.
–Si vas a andar por aquí –dijo Marnie, dando golpecitos con una uña roja brillante sobre uno de sus impecables dientes–, bien podrías ser de alguna utilidad. Anda –insistió, tirando de la Vieja Ella–, vamos a limpiar la habitación de la antigua sirvienta. ¡Muévete!
La vieja Martha se puso de pie y, obediente, arrastró los pies detrás de Marnie, balbuceando algo.
El experimento fue un fracaso. La criatura comía constantemente y tenía una serie de hábitos que a Marnie le parecían repugnantes. Y cuando Marnie invitó a cenar a algunos de los contactos comerciales más atractivos de Howard, la criatura se negó a usar el gorro y el delantal de sirvienta, y al servir la sopa hizo un desastre. Cuando Marnie la llamó a la mesa, Howard protestó levemente, pero ella estaba demasiado absorta conversando con un tipo latino que comerciaba platino como para darse cuenta. Tampoco se dio cuenta, en los días siguientes, de que Howard estaba subiendo de peso. Ella estaba aún más delgada que el primer día de su nueva vida y daba vueltas por la casa, impaciente, nerviosa y elegante, como un caballo purasangre. Howard estaba inusualmente callado y retraído; Marnie lo atribuyó al hecho de que la Vieja Ella anduviera por la casa, torpe y silenciosa, con ese batón de ramitas violetas. Cuando la sorprendió dándole a Howard un bizcocho de chocolate en la mesa de la cocina el mismo día que descubrió que él ya no podía abrocharse el botón del esmoquin, supo que había llegado el momento de deshacerse de la Vieja Ella.
Tenía un triturador en el fregadero de la cocina y comenzó una silenciosa investigación sobre las propiedades de varios tipos de veneno, con la esperanza de encontrar una forma permanente de deshacerse de eso. Pero cuando llegó con un suministro de objetos afilados a la casa, la Martha de las ramitas de violeta presintió lo que planeaba. Se paró frente a ella, apretando las manos con timidez, hasta que Marnie la vio.
–¿Y bien? –dijo Marnie, quizás con más brusquedad de lo que hubiera querido.
–Yo… solo quería decirle que no puede deshacerse de mí de esa manera –dijo casi en tono de disculpa.
–¿De qué manera? –preguntó Marnie, fingiendo inocencia, y luego, con un ligero gesto de indiferencia, alzó una ceja. –Está bien, sabelotodo, ¿por qué no?
–Matar es ilegal –dijo la criatura con paciencia.
–Esto difícilmente podría considerarse matar –dijo Marnie en su tono más mordaz–. Es como darle tu ropa vieja al ropavejero o a la caridad, o quemarla. Deshacerse de la ropa vieja nunca ha sido un asesinato.
–Asesinato no –dijo la Vieja Ella, y sacó el libro de instrucciones. Pacientemente, guio los ojos de Marnie sobre las páginas, gastadas de tanto pasarlas, hasta un párrafo con marcas de chocolate–. Suicidio.
Desesperada, Marnie le dio mil dólares y un boleto a California.
Durante unos días, la vida alegre continuó como antes. Ahora, los Merriam eran invitados o anfitriones día y noche, y Howard apenas tuvo tiempo para notar que la tranquila y vieja Martha había desaparecido. El nuevo autochef de Marnie convirtió sus cenas en el tema de conversación del círculo social más sofisticado de la ciudad, y se volvió el centro de atención de un sinnúmero de hombres jóvenes, guapos y atentos, vestidos siempre de esmoquin. Si bien Howard solía abandonar a la Vieja Ella en las fiestas, ahora Marnie no lo veía mucho, pues los hombres jóvenes y guapos la adoraban tanto que no la dejaban sola. Era bienvenida en los mejores lugares y no había una mujer en la ciudad que se atreviera a excluirla de su lista de invitados. Marnie estaba en todas partes.
Si estaba insatisfecha era solo porque Howard se veía más robusto y menos atractivo de lo habitual, y esos bultos y arrugas en sus trajes distaban de hacerlo el accesorio perfecto. Cada vez que salían juntos, ella se escabullía al principio de la velada y no lo buscaba hasta la madrugada, cuando era hora de recogerlo y volver a casa.
Aun así, todavía lo amaba, y fue un golpe descubrir que ya no era ella quien lo evitaba en las fiestas; él la rehuía. Lo notó por primera vez después de una noche de cena y baile. Conversaba encantada con un hombre que se dedicaba al negocio de metales consolidados y le pareció que lo apropiado, el toque final de la noche sería que el caballero en cuestión la viera de pie junto a Howard en la luz tenue, serena, hermosa, la esposa entrañable…
–Tienes que conocer a mi esposo –murmuró, acariciando la solapa del magnate de los metales.
–¿Has visto a Howard? –le preguntó a un amigo que se encontraba cerca, y algo en la forma en que el amigo negó con la cabeza y se alejó de ella la incomodó.
Unos minutos después, el magnate de los metales se había despedido y Marnie seguía buscando a Howard. Finalmente lo encontró en un balcón, y hubiera jurado que lo vio despedirse de una figura oscura que se llevó las manos a los labios y desapareció entre los arbustos justo cuando ella cerró la puerta del balcón.
–No es muy halagador, ¿sabes? –dijo, tomándolo del brazo.
–¿Eh? –contestó él casi sin mirarla.
–Tener que andar buscándote así –dijo, recargándose sobre él.
–¿Eh?
Iba a continuar, pero lo llevó por el apartamento hasta la puerta principal. Ni siquiera en el taxi pudo quitarle lo distraído. Marnie metió las faldillas de su esmoquin en el taxi, frunciendo el ceño por la preocupación. Empezó a darle vueltas a lo sucedido. Había algo inquietantemente familiar en esa figura del balcón.
A la mañana siguiente, Marnie se levantó más temprano que de costumbre y se vistió con un gusto exquisito. La habían convocado a tomar un café matutino con Edna Hotchkiss-Baines. Por primera vez, estaba invitada a ayudar en el Bazar del Fondo para Viudas y Huérfanos. (“Encontré a alguien maravilloso para ayudarnos con la planeación”, le había confiado la refinada Edna. “Nunca adivinarás quién”).
Espléndida, con un atuendo que podía soportar incluso el escrutinio de Edna, Marnie se presentó en la puerta de los Hotchkiss-Baines y siguió al mayordomo hasta el desayunador.
Edna Hotchkiss-Baines apenas la saludó. Estaba absorta conversando con una figura rechoncha y modesta desparramada al otro lado de la mesa, con los zapatos abiertos para acomodar unos pies hinchados y el vestido con ramitas violetas ahora más apretado.
Marnie retrocedió con el rostro en llamas. Se sentó en una silla sin hablar y lanzó una mirada de odio a la mujer que tenía cautivada a la líder social más distinguida de la ciudad, la torpe, descuidada y rolliza Vieja Ella.
Era solo el principio. Al parecer, la criatura había cobrado el boleto a California y utilizó el pasaje y los mil dólares para alquilar un pequeño apartamento y comprar un modesto guardarropa. Ahora, para desgracia de Marnie, parecía estar en todas partes. Aparecía en los cocteles con una serie de vestidos de crepé de matrona, en tonos que iban del gris topo al gris paloma. Tenía un lugar en los comités más importantes y asistía a las cenas más elegantes. Sin importar cuán exclusiva fuera la lista de invitados, cuán alegre la compañía o cuán altas las esperanzas de Marnie de que no la hubieran incluido, alguien siempre invitaba a eso. Aparecía detrás de ella en los espejos de las tiendas de ropa mientras se probaba vestidos nuevos y la miraba por encima del hombro en los restaurantes cuando cenaba con uno de sus irresistibles jóvenes acompañantes. Seguía sus pasos y se parecía lo suficiente a ella, y a todo lo que ella odiaba, como para incomodar a todos y avergonzarla…
Una noche, encontró a Howard besándola en una fiesta.
Ya en casa, unas horas más tarde, él la confrontó:
–Marnie, quiero el divorcio.
–Howard –apretó los puños–. ¿Hay alguien…?
–Cariño, hay alguien más –su tono era solemne–. Bueno, no es exactamente alguien más.
–No estarás hablando de… Howard, no puedes hablar en serio.
–Estoy enamorado de la chica con la que me casé –dijo–. Una chica tranquila, una chica gris y beige, discreta.
–Eso… –Su cuerpo estilizado temblaba. Sus ojos brillaban, encendidos–. Esa anticuada…
–Una chica hogareña… –dijo casi eufórico–. Como la chica con la que me casé hace tantos años.
–¿Después de todo ese dinero, la transformación, el nuevo cuerpo? –la voz de Marnie se elevaba con cada palabra– ¿EL CAMBIO?
–Nunca te pedí que cambiaras, Marnie –sonrió nostálgico–. Eras tan…
