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Gabriela Mistral es la primera latinoamericana en ganar un Premio Nobel de Literatura y la única mujer de esta región que ha alcanzado ese galardón. Una vida difícil, condicionada por la pobreza de su infancia, el abandono del padre, las dificultades para lograr acceder a una educación, los celos que desataban su creatividad y dedicación intelectual. Desde su nacimiento hasta su consagración en Estocolmo, Mistral enfrentó desafíos monumentales que moldearon su destino y legado. Este relato, meticulosamente investigado a partir de fuentes primarias y una amplia revisión bibliográfica, ofrece una visión íntima y completa sobre la vida de la poeta a través de sus propios recuerdos, reflexiones y conversaciones con diferentes personas, teniendo como hilo conductor el período que va desde que se entera de la distinción, hasta que deja Estocolmo, camino a la eternidad. Su estancia en Suecia no solo la consagró como una figura literaria de renombre, sino que desencadenó una auténtica "Mistralmanía", revelando un impacto mundial. Mistral se transformó en la mujer más importante en la historia de Chile y, al menos en ese entonces, de toda América Latina. Una figura multifacética: poeta, ensayista, feminista, pedagoga, defensora de los derechos de los niños, de las mujeres, de los indígenas y una luchadora incansable en la defensa de la democracia y los derechos humanos. Este libro invita al lector a sumergirse en el universo de una vida extraordinaria, una mente brillante y pionera en la historia literaria. Un testimonio cautivador.
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Seitenzahl: 418
Veröffentlichungsjahr: 2024
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GOÑI, JOSÉ
GABRIELASu difícil camino al Nobel
Santiago, Chile: Catalonia, 2024
280 p. 15 x 23 cm
ISBN: 978-956-415-087-1
ISBN digital: 978-956-415-088-8
LITERATURA CHILENA CH 860
Diseño de portada: Guarulo & Aloms
Fotografías de interior y portada: Biblioteca Nacional de Chile, y archivo personal del autor.
Corrección de textos: Hugo Rojas Miño
Diagramación interior: Salgó Ltda.
Impreso en: Arcángel Maggio - Uruguay
Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco
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Primera edición: mayo, 2024
ISBN: 978-956-415-087-1
ISBN digital: 978-956-415-088-8
RPI: 2022-A-4591
© José Goñi, 2024
© Editorial Catalonia Ltda., 2024
Santa Isabel 1235, Providencia
Santiago de Chile
www.catalonia.cl – @catalonialibros
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
Yo sería feliz si vuestro noble esfuerzo por obtener los Derechos Humanos fuese adoptado con toda lealtad por todas las naciones del mundo.Este triunfo será el mayor entre los alcanzados en nuestra época.
La cultura es la base de la vida cotidiana de los pueblos.
Nos demos cuenta o no.
El que no logra tener ese acceso o ese contacto con su lengua,
es un ser a medias, limitado, dependiente.
Nadie desea con más fuerza que yo un Chile sólido y cuerdo,
un Chile de política inteligente y, sobre todo, coherente,
que amar y obedecer.
Gabriela Mistral
A mi madre,
Mercedes Carrasco Acuña,
quien fue la primera persona en hablarme sobre Gabriela Mistral.
Índice
Capítulo 115 de noviembre de 1945
Capítulo 2El Comité Nobel delibera en Estocolmo
Capítulo 3Agosto 1939, Quito, Ecuador / Santiago de Chile
Capítulo 4Agosto 1938. Guayaquil, Ecuador
Capítulo 5Preparando la candidatura
Capítulo 6Mayo 1945. Estocolmo, Suecia
Capítulo 7 Reunión del Comité Nobel. 31 de mayo de 1945
Capítulo 8Julio de 1944. Petrópolis, Brasil
Capítulo 9¿Qué sucedía mientras tanto en la Academia Sueca?
Capítulo 10El Comité Nobel toma su decisión
Capítulo 11El día histórico
Capítulo 12Reacciones
Capítulo 1315 de noviembre, 16 horas, en Petrópolis, Brasil
Capítulo 141945: ¿Qué sucedía en el mundo en esos momentos?
Capítulo 15Los hombres de traje y sombrero oscuro
Capítulo 1616 de noviembre en Río de Janeiro y Petrópolis, Brasil
Capítulo 17Gabriela y Mariana a bordo del Ecuador
Capítulo 18En Estocolmo, 1 diciembre
Capítulo 19El baile de Gabriela
Capítulo 20En la Fundación Nobel
Capítulo 21En alta mar: En la nave Ecuador
Capítulo 22El Ecuador se acerca a Gotemburgo
Capítulo 23En el tren a Estocolmo
Capítulo 24Estación Central de Estocolmo. Domingo 9 de diciembre
Capítulo 25El Gran Día: Ceremonia de premiación, lunes 10 de diciembre
Capítulo 26El banquete en el Municipio de Estocolmo
Capítulo 27Martes 11 de diciembre
Capítulo 28Gestiones en el Banco de Comercio de Estocolmo
Capítulo 29Recepción en la Embajada de Chile
Capítulo 30Encuentro con Alva Myrdal y Tage Erlander
Capítulo 31Celebración de Santa Lucía. Jueves 13 de diciembre
Capítulo 32Los niños son vuestra mejor inversión
Capítulo 33Un encuentro entre escritores: Con Ivar Lo-Johansson
Capítulo 34El racimo de uvas
Capítulo 35Viaje a Mårbacka
Capítulo 36Encuentro en Eriksbergsgatan 16. Estocolmo
Capítulo 37Visita a Uppsala
Capítulo 38Visita a familia de Harald Edelstam
Capítulo 39Mariana se esfuma
Capítulo 40Reunión en el banco
Capítulo 41La partida
Bibliografía
Agradecimientos
Anexo fotográfico
CAPÍTULO 115 DE NOVIEMBRE DE 1945
I
Era un día jueves en la vida de Gabriela, que se había iniciado como un jueves más en su existencia de intensos 56 años. Ella no tuvo ningún pensamiento particular acerca de qué tipo de jueves sería. Quizás iba a ser solo un día más de los muchos atiborrados de sus angustias y pesares, como los que ya venía experimentando hacía algunos años.
Sus penas no la abandonaban, nadie ni nada lograba consolarla de sus tragedias íntimas. El tiempo había aminorado en algo esas angustias y desvelos, pero no conseguían devolverle su alegría ni sus ganas de vivir. Por largos momentos, sus desasosiegos eran la única compañera en su recóndita soledad.
Gabriela vivía entonces en Brasil. Había establecido su residencia permanente en Petrópolis, un pueblo cercano a Río de Janeiro. Vivía en ese lugar en busca de un clima más benigno y amistoso con sus males de salud. Huía del exceso de humedad y calor de la costa carioca, así como de los fríos intensos de otros lugares. Petrópolis le aseguraba un clima templado y más seco. Y, lo que era también muy relevante para la escritora, le permitía huir de la actividad social que implicaba la vida diplomática en la capital brasileña, donde ejercía sus funciones oficiales de cónsul de Chile. En Río de Janeiro mantenía un pequeño departamento que usaba algunas veces, cuando el clima de la ciudad-capital se lo permitía o lo demandaban sus actividades oficiales.
Su casa en Petrópolis era de un piso de color blanco, a la que se ingresaba por un amplio pórtico construido con columnas que sostenían un techo encuadrado en piedras; había una terraza hacia la calle y un cerco de baja altura de cemento y madera, que enmarcaba un bien cuidado jardín. La residencia de Mistral era vecina a la construcción que los emperadores brasileños usaron para sus descansos y huidas de los deberes oficiales que desarrollaban habitualmente en Río de Janeiro, capital del antaño imperio brasileño. En Petrópolis estaba en aquellos años imperiales la residencia de descanso de Pedro II.
Por su parte, su departamento en Río de Janeiro estaba en Rua General Urquiza, a solo un centenar de metros de la playa en el sector de Leblon. Era un barrio de clase media alta, muy tranquilo, que si bien estaba cerca de la playa Ipanema, esta era solo concurrida por los vecinos que allí habitaban. El departamento estaba en un edificio moderno y era un espacio pequeño y simple, sin ningún tipo de lujos, lo que se condecía con la personalidad retraída y la forma de vida de la poeta.
Como de costumbre, se despertó muy temprano y, como era su antiguo e irrenunciable hábito, prendió la radio para escuchar las noticias de la mañana que, en ese momento, informaban acerca del conflicto en Palestina. Un nuevo atentado y violencia política habían marcado la jornada previa en Jerusalén y en Gaza. Eran encuentros violentos de organizaciones de origen judías que combatían a las fuerzas coloniales británicas. Muchas veces se trataba de acciones terroristas, como la que un año antes había asesinado en El Cairo al representante del poder colonial británico, acción llevada a cabo por la organización sionista llamada Irgun. Las actividades de los movimientos en pro de la creación de un Estado propio, irremediablemente, involucraban a los pueblos de toda la región y, en especial, a los palestinos allí establecidos. “Un drama que envuelve a sufridos pueblos que debieran ser hermanos y entenderse con propuestas y palabras”, pensó Mistral. Ella seguía con atención diversos temas del acontecer mundial y, en particular, el conflicto que se había instalado en Palestina con la llegada de miles de judíos víctimas de las atrocidades nazis, en busca del establecimiento de una nación que los acogiera como sus ciudadanos con plenos derechos. “Este proceso generará confrontaciones con los derechos del pueblo palestino allí residente. Se avecinan conflictos agudos para los próximos años”, reflexionaba inquieta y preocupada.
La Segunda Guerra Mundial había finalizado hacía solo unos meses.
En mayo de ese año se había rendido Alemania. En octubre de ese mismo año terminó la guerra en Asia, con el brutal sometimiento de Japón. Nuevas expectativas se adueñaban de la gente, aunque el mundo no estaba más seguro entonces que lo que había estado antes del conflicto bélico. Un nuevo orden se establecía.
Profundas llagas materiales se observaban en diversos países. En el Viejo Continente la crueldad de la guerra había destruido ciudades enteras que habían sido arrasadas, así como la industria e infraestructura de las naciones beligerantes. Las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki habían impresionado mucho a la poeta chilena, sin lograr entender la necesidad de tan brutal acción y, sobre todo, sin capacidad de poder aceptar los enormes elogios y alegría que había generado “tan grande triunfo de la ciencia y de la tecnología”, como se expresaba en la prensa en el llamado mundo occidental. La destrucción vivida durante esos últimos años, los odios que se habían levantado en diversos países, considerados normalmente entre los más cultos del mundo; el daño sicológico en generaciones, así como la destrucción de valiosos lugares de alto valor histórico y cultural se sumaban a su mirada de dolor y preocupación de la vida y de los acontecimientos que vivían aquellas generaciones. “Tendremos que trabajar intensamente por rearmar un orden internacional y crear instituciones que nos traigan la Paz y el Desarrollo Humano. No podremos cejar en los buenos propósitos que deben orientar a la Humanidad”, reflexionaba.
El día despuntaba y ella se preparaba para una nueva jornada. Tenía ya un plan de trabajo establecido desde el día anterior: pensaba trabajar intensamente algunos nuevos versos y un artículo, un “Recado”, que era como ella llamaba a sus escritos en prosa, para ser publicado en periódicos en la región. Esta vez preparaba el texto que debía enviar al diario El Tiempo de Bogotá. No eran momentos en que se sintiera particularmente inspirada ni motivada para la creación literaria, pero su fuerza de voluntad y su anhelo de Paz y Justicia siempre lograban motivarla para escribir unas letras. Era, además, una necesidad económica para complementar sus ingresos de cónsul, los que no le eran suficientes para vivir.
“El mundo ha llegado a un límite de su sobrevivencia”, seguía meditando Gabriela.
La escritora se desplazaba por su departamento de manera pausada e imperturbable. Aparentemente, la prisa no estaba en su forma de ser. Ella era de una gran estatura para el promedio. Su nariz era aguileña, rostro ovalado y anguloso, tez lisa y de color sepia, que le entregaba su origen indígena. Sus ojos eran de un verde intenso, parte de su herencia vasca, según ella misma acostumbraba decir.
Una mujer de baja estatura, que hacía labores de servicio en su hogar, de nombre Nancy, se le acercó con una bandeja con una taza de té y unas galletas con un pote de mermelada, la que depositó sobre una mesa redonda, que estaba vecina a la radio que transmitía las noticias que tanto interesaban a Gabriela.
Ella mantenía una actitud taciturna mientras seguía oyendo atenta las novedades y los hechos ocurridos en el mundo.
Aunque acostumbraba a afirmar que su espíritu no era negativo, la tristeza y la melancolía la abrazaban con su manto oscuro en su soledad cotidiana desde hacía ya un par de años. “Soy persona de pocos optimismos, aunque vivo cada día con un pequeño sorbo de esperanza”, le había confidenciado a su amiga Palma Guillén.
II
Gabriela había tenido una nueva noche de insomnio. Los recuerdos de su sobrino Yin Yin la atormentaban continuamente, a pesar de que ya habían transcurrido dos años desde su muerte. Su sobrino había sido la alegría de su vida y lo había perdido. “Nunca podré aceptar su muerte tan joven y tan tonta”, era un pensamiento recurrente en su mente. Culpaba a otros jóvenes de su muerte. A algunas amigas hasta llegó a hablarles de un asesinato que habría sido cometido por esos jóvenes: “Lo indujeron a su muerte”, repetía insistentemente.
Durante la noche que recién terminaba, estos pensamientos la habían acongojado nuevamente. Esa mañana se había levantado de su lecho con un gran cansancio, pero decidida a enfrentar un nuevo día. Estaba consciente de que debía volver a poder vivir su propia vida nuevamente, aunque no se le hacía fácil.
Era una mujer que ya había superado muchos y difíciles obstáculos en su vida, los que para otros hubieran sido devastadores. No había habido insuperables para ella. Ya lo había demostrado y había llegado lejos. Y, aunque todavía no lo sabía, llegaría más lejos aún. La tragedia personal que aún la golpeaba y las miserias de la Humanidad que la rodeaban no serían más fuertes que ella.
III
El locutor de la radio continuaba con la lectura de las noticias: la nota acerca de los acontecimientos en Palestina llegaba a su fin y ella seguía atenta a la voz clara y profunda que hablaba en un portugués que le era perfectamente comprensible.
De pronto, se hizo un profundo silencio, la voz radial calló y esa pausa llamó la atención de Gabriela; ese silencio le hizo levantar la cabeza y mirar con atención al aparato de radio, como pidiéndole una explicación de su mutismo. En realidad, lo hizo con una mirada entre extrañada e interrogante, quizás presagiando que algo extraordinario se avecinaba. El aparato siguió enmudecido por un breve instante, como si el locutor quisiera darle mucha solemnidad al momento, por medio de una prolongada pausa, por alguna razón que ella, ciertamente, desconocía.
El silencio fue solo de unos escasos segundos, pero a la poeta le pareció una eternidad. “¿Qué está ocurriendo?, ¿por qué me he puesto tan inquieta?”, se preguntó perturbada.
Mientras la poeta continuaba con su íntima inquietud, inexplicable para ella, la voz radial retornó al aire, expresándose pausadamente:
Señores y señoras, estamos en este preciso momento recibiendo un cable enviado desde Estocolmo, desde la lejana Suecia, que nos informa que hoy se acaba de dar a conocer el ganador del próximo Premio Nobel de Literatura. Tengo el gusto de señalar que ha sido otorgado a una poetisa latinoamericana, que vive entre nosotros ya que es la Cónsul de Chile en Río de Janeiro. Se trata de la distinguida poetisa Gabriela Mistral…
–¡No es posible! –gritó Gabriela, cayendo de rodillas ante una imagen religiosa que tenía frente a ella.
Tal fue el impacto para ella, que rompió en llantos en medio de su profunda emoción. De rodillas aún, bajó su cabeza y sollozó largos minutos.
–Gracias Dios mío, ¿crees que me merezco tanto honor? –dijo en voz alta, buscando una respuesta desde las alturas que, naturalmente, no le llegó.
Nancy se había alarmado al escuchar gritos y sollozos de la poeta y vino raudamente hacia ella. Se detuvo en la puerta de la sala y allí quedó, observando la escena sin saber qué hacer.
Si la muerte de Yin Yin le había dado un vuelco dramático a su vida, el Premio Nobel de Literatura le daría otro giro a su existencia, para siempre.
IV
La noticia del Premio Nobel ocupó los teletipos de todas las agencias noticiosas y dio la vuelta al mundo en solo unos minutos. Inmediatamente de conocida la decisión de la Academia Sueca, el teléfono de su casa en Petrópolis no dejó de sonar en ningún momento. Diversas personas e instituciones, conocidos y desconocidos, querían felicitarla y expresarle su satisfacción y alegría.
Igualmente, poco a poco comenzaron a llegar decenas de periodistas que se ubicaron frente a su casa, ya que no sabían que Mistral no estaba allí en ese momento, sino que en Río de Janeiro. Todos querían entrevistarla y acceder a alguna declaración de la premiada.
Fue Mariana del Sol, secretaria y asistente de Mistral que se encontraba en la casa de Gabriela en Petrópolis, quien tuvo en esos momentos la misión de contener a tanta gente y tanto interés por saludarla. Allí demostró ella una gran capacidad organizativa y de respuesta ante tan intensa y agobiante situación, que en ningún caso Gabriela hubiera podido enfrentar por sí misma.
La poeta estuvo como aturdida en esos primeros minutos de la mañana. Mistral deambulaba en su pequeño departamento sin saber qué hacer.
En sus vueltas nerviosas por los pequeños espacios del departamento, solo atinó a pedir a Nancy, la chilena que la acompañaba, que preparara su maleta para regresar a Petrópolis de inmediato.
En ese momento, sonó el teléfono en su departamento y atendió la misma Gabriela:
–Buenos días –dijo una voz con marcado acento extranjero–. Mi nombre es Margot Berlin y soy la corresponsal del periódico sueco Dagens Nyheter. Quisiera saludar a la señora Gabriela Mistral… ¿se encuentra ella allí?
Mistral seguía en un estado de shock y demoró un instante en reaccionar. Además del impacto de la noticia recién conocida, no entendía cómo esta periodista disponía del número telefónico de un lugar que era casi secreto. Muy poca gente sabía que se refugiaba en ese departamento varias veces al año.
–Sí, usted habla con ella. Gabriela Mistral al habla…
–Señora Mistral, ¡qué gusto saludarla! En primer lugar, quiero felicitarla por el Premio Nobel.
–Muchas gracias, señora.
–Quisiera conocer su reacción ante este premio –entró inmediatamente en su tema la periodista sueca.
–Estoy muy emocionada. Muy contenta, aunque, para ser franca, no puedo entender bien qué significa esta distinción… Como usted se imagina, estoy muy agradecida de la Academia Sueca.
–¿Esperaba usted este premio? En Suecia se ha especulado mucho con su nombre desde hace un tiempo y, este año, los rumores y especulaciones comenzaron hace varias semanas.
–No lo esperaba, señora. No lo esperaba. Es cierto que había escuchado de los rumores, pero, usted sabe, los rumores no son más que eso, murmullos –contestó una Gabriela que no dejaba de seguir muy sorprendida. Y continuó–: Quiero expresarle que este premio lo entiendo que no es solo para mí. Es para toda América Latina, es una distinción para todos los poetas de esta región.
–¿Ha tenido usted relación con Suecia anteriormente? –inquirió la periodista Berlin.
–Sí, he tenido relación con algunos de sus escritores y, muy especialmente, con Selma Lagerlöf, con quien tuve contactos algunos años. Debo agregar que yo valorizo de manera muy particular una distinción que viene del país natal de esta gran escritora, un premio que de manera tan notable materializa los ideales humanitarios por los que ella luchó durante su vida.
–¿Qué opinión tiene de Suecia?
–No es mucho lo que conozco de su país. Nunca he estado en Suecia, pero quiero mencionar que conozco muy bien el trabajo humanitario que su país ha hecho para proteger a tantos niños y perseguidos durante esta terrible guerra que terminó recién. Valorizo mucho a los escandinavos como gente que está más cerca de los sentimientos humanitarios que de los brutales odios que hemos visto en Europa en su larga historia y, también, muy recientemente.
–¿Piensa usted ir a las ceremonias de entrega del Premio Nobel el 10 de diciembre?
Para Mistral fue una pregunta completamente inesperada. No había logrado asimilar los alcances del Premio Nobel y, menos aún, cuándo sería la ceremonia ni siquiera si podría ir. Su primera reacción fue, entonces:
–Es lamentable lo que le voy a decir: mi estado de salud no me permite vivir en mi país natal, en Chile, sino que debo vivir en Petrópolis, con su clima más suave. Le puedo contar que una vez visité Copenhague, pero el clima no fue amable conmigo. Usted debe entender que, contra mi voluntad, seguramente deberé abstenerme de ir al país de Gösta Björling –haciendo una referencia a una de las obras más famosas de Selma Lagerlöf.
–No la molestaré más tiempo señora Mistral. Usted debe estar muy ocupada en un día como hoy. Valoro mucho que me haya dado unos minutos de su tiempo. Otro día le solicitaré una entrevista. Muchas gracias.
–Gracias a usted y a su amable conversación. Por favor, salude a sus compatriotas. Y agradezca a la Academia Sueca –reiteró Gabriela.
Colgó el auricular y se sentó un momento en el saloncito, lugar en que estaba ubicado el aparato telefónico de color negro azabache.
La mañana avanzaba y ella estaba aún en su bata de levantarse. Sus pensamientos se arremolinaban y se confundían en su cabeza cual tormenta de sus tierras del sur, reflexiones llenas de sentimientos confusos y contradictorios, y de temores de diversa naturaleza. Su mente la llevaba en cada momento a pensar en su sobrino Yin Yin, también en su madre y en su hermana, la única de sus familiares más queridos que en ese momento estaba viva. Su sorpresa y su alegría del momento se enfrentaban a la tristeza de su soledad y al recuerdo de sus seres perdidos.
En ese instante volvió a sonar nuevamente el aparato telefónico.
–Nancy, por favor responda usted –atinó a decir Mistral. Nancy reaccionó ágilmente y descolgó el auricular. Después de unos segundos apareció en la puerta del dormitorio de la poeta y le dijo:
–Señora Gabriela, es el señor embajador Raúl Morales Beltrami.
–¡Ah!, está bien, yo respondo entonces.
–Buenos días, querida Gabriela. La llamo para compartir con usted esta infinita felicidad que nos está dando a los chilenos y a tanta gente. ¡Felicitaciones! Usted no tiene ni una idea de la cantidad de llamadas que están llegando a la embajada y a mi residencia.
–Gracias Raúl. Le diré que me siento muy extraña, muy acosada, sobrepasada. Esta noticia me cae encima como una montaña… es como si la cordillera me estuviera aplastando. Hasta me cuesta respirar normalmente.
–Me imagino Gabriela, me lo imagino. Es un reconocimiento tremendo a su trabajo, es algo hermoso y muy importante –comentó el embajador emocionado.
–Gracias, embajador, muchas gracias.
–Quiero de inmediato señalarle que cuente con todos los apoyos que requiera. He conversado por teléfono hace unos segundos con el ministerio en Santiago y se me dice que todo el país está ya comenzando a celebrar su premio. ¡Usted nos está regalando una enorme alegría! También se está celebrando en muchos países de América Latina…
–Raúl, no me diga nada más que solo aumenta mi confusión. Me ha llamado una periodista sueca hace pocos minutos y le he dicho que no he logrado aquilatar qué está ocurriendo ni qué significa esta distinción, estoy muy difusa. También me ha preguntado la periodista sueca si voy a ir a Estocolmo a recibir el premio y he dicho, espontáneamente y sin siquiera pensarlo, que no podré ir ya que mi salud no está buena, lo que usted sabe que es cierto…
–Gabriela, usted simplemente no se preocupe de nada –la interrumpió categórico el embajador Morales Beltramí–. El gobierno le dará todo el apoyo que usted necesite. Por supuesto. Yo mismo veré lo de su viaje. Y es evidente que no está en condiciones de trasladarse sola. Usted elija a alguien que la pueda ayudar en este viaje que, como bien sabemos, es muy largo. Lo que me parece muy evidente es que usted no puede dejar de ir a Estocolmo. No solo es un momento muy importante en su vida, sino que lo es para todo el país. No puede faltar a su cita en Estocolmo.
–Muchas gracias, Raúl. Voy a pensar con más calma este asunto.
–Sí, por favor, repiense su decisión y vaya a Suecia, es algo único y muy importante. –Después de unos instantes, ante el silencio de la poeta, continuó–: ¿Qué piensa hacer ahora? ¿Se quedará en Río o se regresa a Petrópolis?
–En cuanto pueda me voy a mi casa en Petrópolis. Aquí no tengo ninguna comodidad, como usted bien sabe, y lo que me está sucediendo es un maremoto. Todo se me viene encima, todo. Me regreso, entonces, a mi casa lo antes posible.
–Si le parece, con mucho gusto la iré a buscar para llevarla a Petrópolis, ¿le parece?
–Se lo agradezco mucho, embajador. Me preparo para salir en una hora. Nos vemos entonces.
Cortaron la comunicación y se fue directamente al baño. Debía vestirse lo antes posible, no podía pasar el día entero en bata de dormir, pensó, esbozando por primera vez esa mañana una distendida sonrisa para ella misma.
En esas labores estaba cuando sonó el timbre del departamento. Nancy fue a ver de qué se trataba, cuando la poeta escuchó que un señor con acento extranjero se presentaba diciendo:
–Mi nombre es Lars Janer y soy periodista del periódico Svenska Dagbladet de Suecia. Quisiera poder saludar a la señora Mistral y conocer su reacción por el Premio Nobel.
Gabriela escuchó la frase desde su dormitorio. “Qué raro que este señor también sepa de este departamento. Igual que su colega periodista…”, pensó en el total desconcierto en que su mente funcionaba en esos momentos. “Estos periodistas suecos deben haber tenido alguna información previa… ambos estaban mejor preparados que yo para este día. Estos malvados periodistas seguramente sabían algo…”, y nuevamente esbozó una leve sonrisa para sí misma.
Nancy le explicó al periodista que “…la señora no está aún en condiciones de recibirlo, por favor espere unos minutos”. Y procedió a cerrar la puerta y dejarlo esperando en el exterior del departamento dado que el espacio interior era muy pequeño. La poeta escuchó la breve conversación y se apuró en encontrar unas prendas de ropa y proceder a vestirse. Un gran día se había iniciado.
V
El mundo entero se comenzó a activar en torno a ella, cuando Gabriela menos lo esperaba. Ordenó su cabello, para lo cual le bastaba un peinado muy simple. Ella no era de complicaciones ni en el vestir ni en el peinar. Gabriela era de una total simpleza en las formas en su vida cotidiana.
El día ya había aclarado completamente cuando estuvo en condiciones de recibir al periodista que la esperaba y, mientras se desplazaba al pequeño salón del lugar, le señaló a Nancy:
–Por favor, dígale a ese periodista que ahora puede pasar.
En el saloncito había solo una pequeña mesa de centro, dos sillones y un sofá de madera cubiertos de un tapiz de color verde oscuro. Eran muebles modestos y sencillos que impactaron de inmediato en el periodista, quien, naturalmente, no hizo ningún comentario al respecto.
–Buenos días, señora Mistral. Permítame felicitarla –dijo amablemente el periodista al ingresar al saloncito.
–Buenos días, señor. Muchas gracias por sus felicitaciones –respondió muy nerviosa la poeta–. Por favor, tome asiento y disculpe que lo haya hecho esperar allí afuera, pero, como usted puede observar, este departamento es muy pequeño. ¿Le puedo ofrecer un té? –le preguntó, mientras Nancy observaba la escena a la espera de la afirmativa reacción del periodista, quien de inmediato acomodó su máquina fotográfica mientras le pedía autorización a la premiada para hacer fotografías.
Se sentaron y se inició la conversación.
–Señora Mistral. Me siento muy honrado porque me haya recibido y me conceda unos minutos en este día tan importante para usted y para la literatura mundial –comenzó expresando la visita.
–Gracias por tomarse la molestia de venir a verme, señor periodista.
–Quisiera molestarla muy poco rato. ¿Cuál es su reacción a esta distinción?
–Estoy muy emocionada y agradecida. Todo lo que estoy viviendo ahora es como que me hubiera caído un rayo aquí, en la cabeza –dijo la poeta, tocándose la parte superior de su cabeza–. Quiero comenzar agradeciendo a la Academia Sueca. ¡Es un enorme honor! Usted no se imagina lo sorpresivo que ha sido para mí escuchar la noticia hoy en la mañana –hizo una pausa y continuó, siempre muy nerviosa, conteniendo con dificultad su profunda emoción:
–Este premio lo entiendo como una señal de interés de Suecia en Sudamérica. Me alegra y me complace mucho ver que Suecia se abre a América Latina y observar los diversos caminos por los cuales su país puede intensificar las relaciones culturales, comerciales y políticas. Este momento será una gran oportunidad para Suecia y para América Latina.
–Mi colega periodista que acaba de hablar por teléfono con usted hace unos minutos ha enviado un telegrama a Suecia, señalando que seguramente usted no iría a recibir su premio, lo cual ha generado ya mucha preocupación y desconsuelo en mi país… –comentó el periodista. Lars Janer comprendía que la presencia de Mistral era fundamental para el realce de la entrega de los premios Nobel.
–Bueno, lo estoy reevaluando y le puedo decir que haré lo posible para poder participar en las ceremonias.
–Señora Mistral…, qué buena noticia. Suecia espera que usted asista a las ceremonias de premiación.
–Efectivamente, hace un momento le dije a su colega que seguramente no podría ir. Pero he hablado con mi gobierno, el que me pide que vaya, y que harán todo lo que sea necesario para facilitar mi viaje y así estar presente en la premiación. Estaré muy contenta de poder conocer su país.
–Muchas gracias por la noticia. Creo que debo ir de inmediato a enviar un cable con esta información. ¡Es muy importante! Muchas gracias por su tiempo, señora Mistral.
–Hasta una próxima ocasión, señor.
El periodista Lars Janer se retiró del departamento raudamente y muy contento con la noticia que llevaba como exclusividad. Se apuró en buscar la oficina de telégrafos más cercana para enviar el siguiente mensaje: “Mistral confirma que participará en la premiación del 10 de diciembre” y se fue a su oficina a redactar la nota de la visita a la premiada poeta, la que apareció al día siguiente, 16 de noviembre, en su periódico Svenska Dagbladet de Estocolmo, acompañado de una fotografía de Gabriela.
Finalmente, Mistral pudo tener unos minutos de tranquilidad para preocuparse de sus asuntos prácticos.
VI
Mientras tanto, el embajador chileno ante el Reino de Suecia, Enrique Gajardo Villarroel, se encontraba en visita oficial en Copenhague, lamentando no estar ese día tan importante en Estocolmo. Allí fue entrevistado esa misma mañana por la prensa sueca. Ante la pregunta de si sabía si la poeta premiada iría o no a la premiación en Estocolmo, el embajador Gajardo Villarroel declaró entonces: “Estoy seguro de que la señora Gabriela Mistral irá a Estocolmo. Sabemos que su salud no es buena, pero habrá que darle todo el apoyo que requiera. Queremos que ella esté presente en una fecha tan relevante para el mundo”.
CAPÍTULO 2El COMITÉ NOBEL DELIBERA EN ESTOCOLMO
I
Algunas semanas antes, a miles de kilómetros de distancia de donde residía Mistral, los miembros del Comité Nobel de la Academia Sueca se habían reunido en Estocolmo para tomar una decisión, después de un largo proceso de selección en que debían designar al ganador del Premio Nobel de Literatura. Era un proceso complejo, de variadas y discutidas opiniones de quienes tenían “La Verdad” en su capacidad de decisión.
1945 era un año muy especial para los premios Nobel y para el mundo.
En efecto, en 1939, al inicio de la guerra mundial, había sido suspendida, por medio de un decreto real, la entrega de los premios Nobel, lo que no había gustado a todos los miembros de la Academia Sueca. Las razones detrás de tal decisión del Rey Gustavo V tenían que ver con que, en un período en guerra, se limitaba el universo de trabajo de las academias nacionales que, de una u otra manera, participaban en el proceso de selección. Ya en 1937, Adolfo Hitler había prohibido a los alemanes aceptar el Premio Nobel en cualquier disciplina. Esta situación podría ampliarse a los países bajo ocupación alemana, como, efectivamente, comenzó a ocurrir ya con la ocupación de Polonia. El mundo leyó esta suspensión como una manera de protestar y de llamar la atención ante la total anomalía en la que el mundo entero viviría durante aquel período.
En 1945 hubo dieciocho nominados aceptados por el Comité Nobel que asignaba el premio de Literatura: de estos, catorce eran europeos, tres norteamericanos y una chilena. Gabriela Mistral había sido propuesta esta vez por la escritora sueca Elin Wägner, quien recién había sido elegida para integrarse a la Academia Sueca. Era la primera ocasión en que Wägner estaba en condiciones de sugerir nombres en su posición de miembro de tan prestigiosa institución. Ese año también eran candidatos al Nobel de Literatura escritores del nivel de Hermann Hesse, André Gide, Thomas Eliot, Paul Valéry y Georges Duhamel. Sin duda era una competencia muy difícil: no en vano los tres primeros nombrados obtuvieron el Premio Nobel de Literatura los años inmediatamente consecutivos, respectivamente. Duhamel es considerado uno de los más importantes escritores franceses de su época, comparado por críticos con Emilio Zola. Por su parte, Valéry, como veremos, fue el gran competidor de Mistral ese año.
II
Mistral no era una desconocida para el Comité Nobel. Ya había formado parte de los nominados en 1940, año en el cual ya no se hizo entrega del Premio Nobel de Literatura.
Hacia 1940 la obra de Mistral no había aún sido traducida de manera amplia a idiomas extranjeros, sino solo algunos de sus poemas al idioma inglés. La primera versión en sueco de sus poemas fue recién publicada en 1941. A pesar de esa falta de traducciones accesibles a la mayoría de los académicos, en las actas de la Academia de ese primer año en que fue postulada se establece lo siguiente: “A través de opiniones de expertos y de la propia propuesta recibida, podemos entender que su trabajo es un vivo exponente de cómo y cuánto su lírica es admirada en toda América Latina”. En la conclusión final del trabajo del Comité Nobel de ese año se señala que, “…como se puede entender de las argumentaciones expresadas anteriormente, el Comité de manera unánime expresa sus simpatías por la propuesta en favor de Gabriela Mistral; una eventual postergación para el año próximo conllevaría la ventaja de disponer de más tiempo para un mejor conocimiento acerca de la creación lírica de la poetisa”.
En efecto, al recibir la propuesta de la candidatura de Mistral, el Comité Nobel solicitó de inmediato opiniones a expertos en “literatura hispánica”, como Hjalmar Gullberg y Karl August Hagberg. Este último, quien era también presidente del Instituto Nobel, un organismo asesor de la Academia Sueca, entregó dos informes confidenciales. Uno está fechado en 1940 y el otro al año siguiente y son, básicamente, traducciones de poemas relacionados con las publicaciones de Desolación, Ternura y Tala. En el informe que data de 1941, Karl A. Hagberg hace una amplia revisión de diversas opiniones y comentarios de críticos literarios publicados hasta entonces en la Revista Hispánica Moderna, órgano del Instituto de las Españas en Nueva York; en la Revista de la Asociación de las Mujeres Graduadas de la Universidad de Puerto Rico, y en la revista Sur. De todas estas publicaciones extrae muy elogiosos comentarios del crítico cubano Jorge Manarch, quien llama a Mistral “uno de los clásicos vivos de América”; como también de J. Saavedra Molina, de la Universidad de Chile, quien la compara con Catulo, Petrarca, Ronsard y Byron, llamando la atención en “la capacidad de la poetisa de desarrollar su sensibilidad femenina y captar lo que es genuino de su sexo, dándoles forma a sus sentimientos y sensaciones en obras poéticas”.
En la mencionada revista portorriqueña se expresa el entusiasmo de su cuerpo directivo con la candidatura de Mistral al Nobel, señalando que ella es una “poetisa en el más completo sentido de la palabra”. Junto con destacar la obra y el sentido continental de sus escritos, se reclama que “América española ha estado ausente de las distinciones (del Premio Nobel) y se la ha olvidado completamente, incluso premiando a escritores norteamericanos de menor nivel”. “Este reclamo existe en varios otros países”, señala Hagberg en su informe.
De la revista Sur cita el comentario del “destacado escritor argentino E. González Lanuza, quien asocia a Gabriela Mistral–como muchos otros lo han hecho anteriormente–con Santa Teresa, diciendo: Con la santa de Ávila tiene Mistral un claro parentesco espiritual, y creo no exagerar, si yo digo que Mistral con ella constituyen el más destacado par de poetisas mujeres que nuestra lengua ha generado. Se encuentra en ambas el mismo realismo místico”. En la misma revista escribe el crítico G. de Torre, quien afirma: “Mistral es la hispanoamericana más sólida. Ella ha ido sobre los límites geográficos de su país y su continente para encontrarse mejor a sí misma y llegar a una más clara conciencia de su americanismo”. Este autor valora, asimismo, “una prosa que, en mi opinión, es de tanto valor, sino de aún mayor valor que su poesía”.
Ni el año 1940, ni los años siguientes, se hizo entrega del Premio Nobel a ningún escritor.
El importante miembro del Comité Nobel Hjalmar Hammarskjöld fue un apoyo permanente de la candidatura de la poeta chilena, mientras que en 1942 figura también como proponente en los registros de la Academia Sueca el presidente de la Academia de Letras Carioca de Sao Paulo, Afonso Costa. Mistral formó parte de los seleccionados en todos los años consecutivos, hasta que en 1945 fue la elegida.
III
Ya en enero de 1928, el ministro a cargo de la Legación Diplomática Chilena en Estocolmo, A. Schommey, había escrito al ministro de Relaciones Exteriores, Conrado Ríos Gallardo, sugiriendo iniciar un proceso de apoyo a una candidatura de Gabriela Mistral al Nobel, para lo cual informó que había tomado contacto con Karl A. Hagberg para dar a conocer a la poeta y que había recibido de este la petición de hacerle llegar libros de Mistral y que lo pusiera en contacto con ella. Al parecer, el ministro Ríos Gallardo, no le dio mayor relevancia a la propuesta. Esto ocurría durante el primer gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, con quien Mistral no tuvo ninguna cercanía, sino que, más bien, se sintió perseguida por este, lo que expresó en diversas ocasiones. Cinco años más tarde otro escritor chileno, Virgilio Figueroa, publicó un libro sobre Mistral, La divina Gabriela, y había también levantado la misma idea, pero tampoco tuvo ninguna repercusión.
CAPÍTULO 3AGOSTO 1939, QUITO, ECUADOR / SANTIAGO DE CHILE
I
En agosto de 1939 la escritora ecuatoriana Adelaida Velasco Galdós escribió al presidente Pedro Aguirre Cerda, proponiéndole la candidatura de Mistral al Premio Nobel. Al recibir la carta de Adelaida Velasco Galdós en su oficina del Palacio de La Moneda, la sede del poder político del país, el presidente Pedro Aguirre acogió la idea de inmediato.
En medio de sus tareas de Estado y preocupaciones por enfrentar las consecuencias del terrible terremoto que había azotado a la ciudad de Chillán en enero del mismo año, en el que habían fallecido más de cinco mil personas, el presidente Aguirre Cerda se dijo: “Es una excelente idea y habrá que estudiar cómo la hacemos realidad”.
Al día siguiente convocó a su despacho al ministro de Educación Pública, Rudecindo Ortega Mason, y al de Relaciones Exteriores, Abraham Ortega Aguayo. A pesar de la coincidencia de apellido, los ministros no eran parientes, aunque sí tenían en común ser ex alumnos del Liceo de Hombres de Concepción y, además, ser miembros del Partido Radical, el mismo del presidente. Ese mismo año, Abraham Ortega había sido quien nombró a Pablo Neruda como cónsul especial para la inmigración republicana española, que desembocó en el histórico viaje del barco Winnipeg a Chile, “mi poema más bello”, según el poeta.
Los dos ministros se encontraron en el salón de espera del presidente en el Palacio de Gobierno. Se saludaron y se preguntaron cuál sería el motivo de la cita:
–Me imagino que el presidente quiere hablar de su preocupación principal, los avances en el programa de reconstrucción de Chillán –dijo Rudecindo Ortega a su colega Abraham–, por lo cual vine preparado y traje esta carpeta con los avances en la reconstrucción de escuelas.
–Pero, en ese caso, ¿por qué me incorpora a mí a la reunión si las actividades de apoyo del extranjero están ya prácticamente cumplidas? ¿Y por qué no invitó a Óscar Schnake, ya que su Ministerio de Fomento está directamente vinculado con la reconstrucción, o a Salvador Allende, dado que su Ministerio de Salud está también muy involucrado en la reconstrucción de los hospitales y centros de atención y con la atención de la salud de la gente? –comentó meditabundo el ministro de Relaciones Exteriores. Y agregó:
–Mmm. Quizás es otro el tema de hoy… –y junto con bajar un poco el tono de su voz, continuó–: …a menos que el Presidente deba hacer un cambio de gabinete… –callando nuevamente para mirar con inquietud a su colega.
Mientras esperaban tratando de entender el carácter de esa cita, se abrió una enorme puerta de madera maciza, para dar paso al ingreso de un señor moreno, algo grueso de contextura, de estatura media chilena, quien con mucha energía se acercó a ambos para estrechar la mano y golpear afectuosamente el hombro a cada uno.
–Imagino que se están preguntando la razón de este encuentro –abrió la conversación el presidente– …debo decirles que no es nada de lo que ustedes pudieran imaginarse… ni tampoco un cambio de ministros… –acotó sonriendo, mostrando una fresca y fácil sonrisa, así como un profundo conocimiento de las preocupaciones de los ministros en un gabinete que siempre está sometido a los vaivenes de la coyuntura política. En aquellos años los ministerios duraban muy poco tiempo, por lo cual la preocupación de los ministros tenía una sólida base.
–Asiento por favor –acotó, procediendo los tres a sentarse en los mullidos sillones del palacio presidencial.
–El motivo de este encuentro es muy particular e importante. Tenemos una hermosa tarea que vamos a compartir a partir de hoy –dijo la primera autoridad de la Nación, sin entregar más información.
El primero en reaccionar fue el ministro de Relaciones Exteriores, Abraham Ortega.
–Señor Presidente, buenos días. Efectivamente, estábamos conversando con Rudecindo acerca de cuál sería su interés para citarnos esta vez y no atinábamos a entender el motivo. Creo que ambos estamos curiosos por escucharlo.
El Presidente prendió un cigarrillo y aspiró profundamente el humo, actitud que asumía cuando quería señalar algo muy relevante y de su mayor interés. Esto aumentó la curiosidad de los ministros.
–Amigos y correligionarios, les quiero pedir que ambos me ayuden en una tarea muy transcendental. Les quería contar que me ha escrito la poeta ecuatoriana Adelaida Velasco, quien me ha hecho una propuesta: levantar la candidatura para que a Gabriela Mistral se le otorgue el Premio Nobel de Literatura –e hizo un silencio para auscultar las reacciones de las autoridades allí presentes.
Ambos ministros se asombraron con la información, tratando de no dejar exteriorizar su sorpresa.
–Bueno, entonces se imaginan por qué son ustedes los primeros en compartir esta información y en estar aquí… –dijo el Presidente con una inflexión de irónico humor, observando las caras de sorpresa que veía en sus interlocutores. Y siguió:
–Señores ministros, estoy convencido de que es una muy buena idea e incluso me he preguntado por qué no hemos impulsado esta propuesta antes. Tuvo que venir del exterior… ¿se dan cuenta? Pues bien, no sé mucho acerca de qué se debe hacer en este caso, pero quiero que sean ustedes los que se encarguen de preparar la información para que definamos un camino de acción.
Ambos ministros se reacomodaron en sus sillones al constatar que ellos sabían tanto, o mejor dicho, tan poco como el propio Presidente acerca de qué hacer y de cómo llevar adelante una candidatura al Premio Nobel de Literatura.
–Me sorprende muy gratamente la información que nos entrega, señor Presidente –reaccionó el ministro de Educación Pública. Y mirando fijamente a Pedro Aguirre agregó, con total honestidad–: La verdad es que de este asunto no sé nada. Solo he escuchado que es un proceso largo y que es muy difícil. Entiendo que nunca lo ha logrado alguien de América Latina y, salvo Rabindranath Tagore, ningún otro escritor fuera de Europa y Estados Unidos lo ha logrado. ¿Qué sabrán de Chile en esas tierras nórdicas tan lejanas? –se preguntó.
–Seguramente es muy poco o nada lo que saben de Chile, justamente por lo cual es ya una buena razón ayudarlos a conocernos mejor –acotó la máxima autoridad–. Me han dicho que no es recomendable que sean los gobiernos los que levanten estas candidaturas, sino que es preferible que emanen de academias similares a la Academia Sueca, o de universidades u otros centros culturales. Yo creo que nuestra maestra y poeta Mistral tiene méritos más que suficientes para aspirar a los mayores galardones en este mundo. Y al Premio Nobel que es, sin duda, el más relevante.
–¿Sabe la señorita Mistral de esta idea? ¿Ha tenido usted alguna conversación o intercambio de correspondencia con ella?–preguntó Abraham Ortega.
Pedro Aguirre se sonrió nuevamente y en un tono de complicidad les dijo:
–Noooo, no la contactaré oficialmente hasta que no tengamos una idea más clara de qué haremos, ya que, conociéndola como la conozco… –e hizo un aparatoso silencio por unos segundos–, sé que su reacción será negativa por su sincera modestia y humildad. Pero asumo que le gustará el proyecto una vez que se lo informemos debidamente: ¿Qué escritor no quiere recibir el Premio Nobel? –finalizó, sonriendo.
Todos se miraron y entendieron que tenían una nueva tarea por delante.
–Por esto quiero que el Ministerio de Educación prepare un dossier con las obras de la maestra Gabriela Mistral. Es un punto de partida necesario –agregó.
El presidente también era profesor, lo que lo unía a Gabriela de manera muy particular, y, sin interrumpirse, prosiguió dirigiéndose a Rudecindo Ortega:
–Es necesario que conozcas muy bien el camino adecuado para hacer la propuesta. Te sugiero que hables con la Universidad de Chile para entender el rol que ellos podrían jugar. Por tu parte, Abraham, quiero que tu ministerio estudie cómo enfrentar esta tarea en el exterior, que los embajadores se pongan a disposición de esta candidatura, especialmente nuestro representante en Estocolmo, allí tenemos a Carlos Errázuriz, ¿no es cierto?... –Abraham Ortega asintió, permitiendo que el presidente continuara con sus ideas– …entonces, tanto mejor, ya que Errázuriz es un gran diplomático y una persona muy culta. Será el primero a quien hay que consultar y solicitar su opinión de cómo funciona esa Academia Sueca. Señores, tienen algunas semanas para regresar con informaciones y propuestas que nos permitan levantar esta hermosa labor que será de gran impacto para el mundo entero –dijo Pedro Aguirre, sin saber que él personalmente no lograría ver la coronación de esta iniciativa. El presidente Aguirre Cerda fallecería de tuberculosis el martes 25 de noviembre de 1941.
Los ministros entendieron que la reunión llegaba a su fin, se levantaron de sus sillones y, estrechando la mano del Jefe de Estado, procedieron a retirarse del Salón Azul del Palacio de Gobierno, llevando cada uno un sobre blanco que contenía una copia de la carta de la poeta ecuatoriana.
II
Ese mismo día, Pedro Aguirre Cerda le contestó la carta a la escritora Adelaida Velasco Galdós con una nota en un papel con el sello de la Presidencia de la República. En esta le dijo:
…Por lo que a nuestra gran poetisa se refiere, Aguirre considera que obtener el Premio Nobel de Literatura para Gabriela Mistral no solo será coronar su gloriosa carrera artística, sino [que también] dignificar en ella a toda mujer latinoamericana. En haber contribuido en mínima parte en hacerla conocer y su calidad de compatriota, hace que para el suscrito sea particularmente grata la idea de propugnar la distinción del PREMIO NOBEL a que Ud. se refiere en su grata misiva, la más alta a que pueda aspirarse en la literatura contemporánea y de allí, que con esta misma fecha, haya transcrito y recomendado muy especialmente su importante carta a consideración de los ministros de Educación, don Rudecindo Ortega, y de RR.EE., don Abraham Ortega, para que estudien a la brevedad posible la forma de hacer REALIDAD SU FELIZ INICIATIVA.
Por una feliz coincidencia, la carta está fechada 10 de agosto 1939, día en que se celebra la independencia de Ecuador.
III
Pocos días después de ese encuentro, el ministro de Relaciones Exteriores ya había contactado al representante diplomático de Chile ante el Reino de Suecia, Carlos Errázuriz, según las instrucciones presidenciales. El diplomático se entusiasmó de inmediato con la idea y asumió la tarea de conocer el proceso de elección de los premios Nobel de Literatura. Dada la amistad que ya existía entre Errázuriz y su esposa, Carmela Echenique, con la poeta, la misión encomendada fue realizada por el diplomático con particular ahínco, interés y cariño. Por su parte, el Ministerio de Educación tomó contacto con otros ministerios latinoamericanos para conocer sus opiniones acerca de tan magno proyecto. En todos los casos constató lo estimada que era la persona y la obra de Gabriela Mistral. En todas partes se encontró con reacciones muy positivas a la candidatura al Nobel.
IV
–El señor ministro Rudecindo Ortega me convocó a su despacho y explicó la decisión del Presidente de levantar la candidatura de Gabriela Mistral al Premio Nobel de Literatura. Me expuso que no es conveniente que los gobiernos hagan directamente la presentación y concordamos en que sea nuestra Facultad la que la hiciera formalmente. Sin duda alguna, Mistral es nuestra mayor expresión poética y como educadora también es reconocida y valorada –explicó el decano de la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile, Luis Galdames, a su consejo académico.
No fue necesario esperar ni un segundo para que el secretario general de la Facultad, Yolando Pino Saavedra, tomara la palabra y expresara:
–Señor decano, pienso que la historia nos da una maravillosa oportunidad de reconocerle a Gabriela Mistral sus tremendos méritos –dijo levantando levemente la voz, con un cierto orgullo.
De manera espontánea se generó entre los académicos allí presentes una unánime aprobación a lo planteado por el decano.
Pocas semanas más tarde, la Academia Sueca recibió una carta de la Facultad de Letras de la Universidad de Chile que presentaba la postulación de Gabriela Mistral al Premio Nobel. La carta señalaba en su parte sustantiva:
…
