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Gaijin, que en japonés significa "extranjero", es una producción felizmente entregada a descubrir el mundo y las fascinaciones de un otro. Narrada al mejor estilo nikkei, por su austeridad y refrenamiento enunciativos, propone un mensaje de permanencia que sobrevuela como una alarma ante el imperio de lo pasatista, de la vacuidad y del desamparo. Con esta novela ganadora del premio UNAM-Alfaguara en 2002, Maximiliano Matayoshi logra conmover, al tiempo que nos devela con amabilidad la condición del inmigrante, de gran relevancia en todas las culturas y en todas las épocas.
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Seitenzahl: 292
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Maximiliano Matayoshi
GAIJIN
Maximiliano Matayoshi
COLECCIÓN AVALANCHA
OdeliaEditora
Matayoshi, Maximiliano
Gaijin / Maximiliano Matayoshi ; fotografías de Victoria Abalde. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : María Eugenia Krauss, 2020.
Libro digital, EPUB - (Avalancha ; 1)
Archivo Digital: online
ISBN 978-987-86-7053-9
1. Narrativa Argentina. 2. Inmigración. 3. Japón. I. Abalde, Victoria, fot. II. Título.
CDD A863
Primera edición: Alfaguara, 2003.
ODELIA EDITORA
facebook.com/odeliaeditora
e-mail: [email protected]
Diseño gráfico de tapa e interiores:
che.ca diseño
che.ca.dg
© GAIJIN Maximiliano Matayoshi 2017
No se permite la reproducción parcial o total de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopia, digitalización u otros medios, sin el permiso previo y escrito del editor.
Su infracción está penada por la ley 11.723 y 25.446.
Primera edición en formato digital: diciembre de 2020
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
Dedico esta edición a Victoria,
mi compañera en todo esto.
Y a Bruno, quien al fin
le puso nombre a todo esto.
Estos agradecimientos son todos
para mamá, Regina Arakaki.
La profesora Hiroko nos dio un lápiz a cada uno para después decir que podíamos irnos, que los cuadernos aún no habían llegado pero estaba segura de que los tendríamos la semana siguiente. Nos levantamos de los bancos ―placas de acero apiladas― y salimos de la carpa. Al tomar el camino de los cinco tanques, Tatsuo me alcanzó para preguntarme si iría a la plaza. Me mostró cuatro proyectiles de cañón y sonrió. Aquellas municiones eran un gran tesoro entre nosotros, pocas se encontraban nuevas y cuando teníamos alguna nos reuníamos en la plaza para el gran ritual: las enterrábamos boca abajo y les colocábamos clavos a los casquillos para luego soltar una piedra o algo pesado desde lo alto del tobogán. Cuando la piedra golpeaba los clavos, la explosión dejaba un pozo enorme y quedábamos sordos durante horas. Pero ese día no me importaban las explosiones. Tatsuo dijo que yo era un tonto y corrió hacia otro grupo de chicos. Seguí por el camino mientras mis pies descalzos se cuidaban de no cortarse con piedras o esquirlas de granadas. De a ratos me detenía a descansar y a cubrirme del sol del verano. Detrás de un árbol y debajo de una piedra vi algo que brillaba. Pensé que era uno de esos gruesos vidrios que se usaban en los tanques, como los que tenía guardados en mi caja secreta, pero no, era un cuchillo. En realidad una navaja, pero entonces creí que era un cuchillo. Me pareció el objeto más hermoso del mundo, mejor que los rifles, los cascos, las municiones y las otras cosas que juntaba. Bajé al río por un sendero que apenas se distinguía por entre las plantas. En cuclillas junto al agua que mamá no me dejaba tomar porque de seguro estaba envenenada, limpié el cuchillo hasta que pude verme reflejado en su hoja. Más tarde, al llegar a casa, saludé a mi hermana que comía sola. Yumie tenía cinco años y mamá siempre la hacía comer primero y le guardaba los pedazos de carne y todas las cosas ricas. Me serví arroz ―dejé un poco para mamá― y una batata de la olla. Hacía meses que comíamos solo eso, lo único que podíamos comprar. Terminé lo más rápido que pude y lavé las tazas con el agua del balde. Después le dije a Yumie que esperara a mamá, que yo ya regresaba. A mamá no le gusta que estés afuera todo el tiempo, dijo. Salí sin decir nada.
Subí por el camino viejo, el que pasaba por el mercado y la carpa de la Cruz Roja. Mamá había trabajado ahí, pero ahora atendía a los pacientes en las casas; por eso, en el pueblo, todos la conocían y algunas veces nos regalaban un poco de comida, ropa y otras cosas. La comisaría, la ex comisaría, estaba ocupada por soldados americanos con su bandera americana y sus uniformes americanos. Poca gente se atrevía a decir gud mooning o geroo o algo por el estilo, la mayoría solo agachaba la cabeza y hacía de cuenta que la comisaría, al igual que sus casas, había desaparecido con los bombardeos. Cerca de la plaza, donde antes había una escuela, se levantaba un comedor que habían puesto los americanos: servían comida occidental, era gratis y podías comer casi todo lo que quisieras. En un invierno en que la cosecha fue pobre, mamá me obligó a ir al comedor con Yumie. Dijo que era estúpido no comer, que una cena siempre era una cena. Cuando le pregunté por qué no venía con nosotros solo dijo que no tenía hambre.
El camino del norte comenzaba detrás de la plaza y terminaba más allá del bosque. El viejo que vivía cerca de ahí tenía una cosecha nueva de zanahorias; las guardaba en la parte de atrás de la casa, apoyadas en la pared sin ventanas ni puertas. Pasé el alambrado, gateé hasta la casa y me asomé: él no estaba. Di la vuelta y tomé todas las zanahorias que pude. Llené la camisa, los pantalones, sostenía veinte en cada brazo y hasta tomé una con la boca. Volví a correr hasta el alambrado y, al salir al camino, el viejo me esperaba. Me aferró de la camisa. Intenté soltarme, pero no pude. Me sostuvo hasta que levanté la vista para mirarlo a los ojos. Entonces me abofeteó y regresó a su casa. Recogí del suelo las zanahorias ―solo dejé tres― y corrí hasta cruzar el pueblo. La plaza, el comedor, la comisaría y la carpa pasaron sin que los viera. Vendí las zanahorias en el mercado, pero guardé una para mi hermana porque le encantaban. Con el dinero compraría un pescado en el puerto. Hacía meses que no comíamos pescado y los que yo conseguía en el río no podían comerse. Pero antes de llegar encontré un negocio nuevo: era una heladería. Aunque no sabía que se llamaba así, había visto a los americanos con esas cosas rojas en la boca y siempre había querido saber qué eran. Pensaba que los traían de allá, no imaginaba que podían conseguirse en el pueblo. Saqué todas las monedas del bolsillo, pero cuando pedí tres helados la señora dijo que solo me alcanzaba para uno. Le dije que me devolviera las monedas, no podía dejar a mi hermana sin helado. Ella me miró para luego darme dos envoltorios de papel de la caja de metal. Llevátelos, pero no le cuentes a nadie, dijo. Antes de salir del negocio abrí uno de los paquetes y probé algo que era frío, rojo y dulce, no tan dulce como el azúcar pero sí más rico. En ese momento pensé que los americanos eran las personas más afortunadas del mundo y me dije que con razón habían ganado la guerra. Cuando me di cuenta de que el helado se hacía agua, miré el otro paquete que aún estaba cerrado, y comencé a correr a través del pueblo empujando personas y pidiendo disculpas; terminé mi helado en el camino y llegué a casa. Mi hermana, sentada en el escalón de la entrada, jugaba con las hormigas. Abrí el paquete para darle su helado y aunque estaba derretido aún quedaba un poco. Yumie lo olió y después intentó morderlo. Gritó y lo tiró al piso. Lo levanté para volver a ponerlo en su mano. Le expliqué que era frío y muy rico, que no fuera tonta, que los americanos lo comían todo el tiempo, y al fin aceptó. A ella nunca le gustó el helado.
No pudimos comer pescado, pero aún quedaba arroz, batatas y media zanahoria. Mi hermana dormía y yo esperaba en el escalón de la puerta mientras abría y cerraba mi cuchillo, y pensaba que ningún americano tenía uno así. Mamá llegó por el camino y entró a casa sin saludar. Le serví la comida en dos tazas y le llevé agua en un vaso. Mientras acariciaba mi mejilla y mi oreja como solía hacer, preguntó si aún quería ir a la Argentina. Yo conocía a unos chicos que se habían ido y a otros que decían que era como América pero mejor: los argentinos no matan a los japoneses. Quiero que vayamos todos juntos, dije. Mamá me miró y me tomó de las manos. No podemos ir todos, no tenemos el dinero, además Yumie es chica para viajar y yo debo quedarme a cuidarla. Irás solo. Si tu papá estuviera sería diferente, dijo.
Fue un año de ver a mamá empeñada en conseguir dinero: préstamos, ventas de terrenos y casas derruidas, y hasta negocios con los americanos. Durante la última semana antes de viajar les regalé a mis amigos casi todas las cosas que guardaba en mi caja secreta. Me quedé con los zapatos que nos habían dado el año anterior y que mamá me dejaba usar en invierno, unos chicles que encontré en el bolsillo de un uniforme americano y un libro escrito en inglés que me había regalado la profesora Hiroko. Al colegio no fui más. Acompañaba a mamá en sus visitas, le llevaba el maletín y ayudaba a lavar las cosas. Después de almorzar me decía que fuera a casa a ver cómo estaba Yumie. Por la tarde recibía a familiares y amigos de mamá y papá que pasaban a visitarme. Tía Momoko, la hermana de papá, estuvo solo unos minutos. Se arrodilló, puso sus manos en mi rostro y se quedó así. Al salir me dijo que era igual a papá y me dejó un paquete en el escalón de la puerta. Antes de que me diera cuenta, Yumie ya había desatado el pañuelo que lo envolvía: una agenda y una pluma que no hacía falta mojar en tinta. Nunca pude agradecerle el regalo.
Dos días antes de que saliera el barco, mamá me mostró los dólares que había conseguido al vender la casa del abuelo y el documento que había tramitado con unos hombres que habían venido desde Suecia, un papel con una foto mía en el frente. Me pregunté por qué el gobierno de un país más lejano que Argentina me daba el documento que necesitaba para salir de Japón y por qué tenía que viajar solo a mis trece años. De su botiquín sacó un papel más chico: mi pasaje.
Salimos antes del amanecer. Mamá cargaba mis bolsas en la espalda y yo llevaba a mi hermana dormida. Caminamos durante horas esquivando los senderos minados que estaban señalados con carteles y cuidando de no meter el pie en los pozos que habían dejado los morteros. Me costaba caminar con los zapatos, eran demasiado grandes y no estaba acostumbrado a usarlos. Como mamá no había preparado nada para tomar porque ya cargábamos demasiado peso, de vez en cuando llamábamos a la puerta de alguna casa y pedíamos agua. Antes del mediodía llegamos a un llano donde se levantaban cientos de montículos, algunos con lápidas pero la mayoría solo de tierra. Mamá lo cruzó lo más rápido que pudo y mi hermana y yo la encontramos poco después bajo la sombra de un árbol. Nos sentamos para sacar de la bolsa los paquetes de comida: batata, un poco de arroz y pescado. Cuando le pregunté a mamá dónde había conseguido la comida dijo que era un regalo y que podía comer todo lo que quisiera. Comí mucho ―me gustaba el pescado― pero dejé un poco para ellas, para el camino de regreso. Reanudamos la marcha; desde el camino se veían cada vez menos casas y las pocas que encontrábamos estaban vacías o incendiadas. Un par de horas antes del atardecer, desde una loma, vimos el final del camino, una aldea en la costa oeste de la isla. No seguimos hasta el pueblo, nos desviamos a través de un bosque que podía estar minado y encontramos un sendero oculto bajo las plantas. Mamá dijo que faltaba poco. Antes de ver el mar, vi una chimenea por sobre las copas de los árboles.
El Ruys, así se llamaba el barco, estaba atracado en un abandonado puerto secreto. Era más grande de lo que imaginaba: recorrerlo de punta a punta me hubiese tomado unos cien pasos. En el muelle, muchas personas formaban dos filas que pasaban junto a una mesa con hombres de uniforme, subían por rampas y entraban por puertas diferentes. Mamá dijo que nos pusiéramos en la fila más larga, la que iba hacia la parte inferior. Le dije que regresaran, que si partían en ese momento llegarían de noche, pero si se quedaban más tiempo tendrían que dormir en el camino. No me contestó y no insistí. Antes de que oscureciera llegamos a la mesa de oficiales, tres gaijin (1)y un chino. Me pidieron el documento del gobierno sueco y el pasaje, y le dijeron a mamá que debía esperar afuera de la fila. Ella me abrazó para después alisar mi camisa arrugada. Mi hermana dijo adiós como si me fuera al colegio o a la plaza. Saqué los chicles del bolsillo de mi pantalón para dejarlos en su mano y le di un beso. Me devolvieron los papeles, subí por la rampa y entré al barco.
1. Gaijin: persona de afuera, extranjero.
Seguí a las personas que iban delante, no sabía hacia dónde, pero en la mesa del muelle habían dicho que todos dormiríamos en un mismo sitio. Las paredes de los pasillos ―algunas de metal y otras de madera― dejaban poco espacio para caminar. Dos personas no hubiesen podido pararse una junto a la otra, y con las bolsas al hombro resultaba difícil pasar por las puertas. Solo podía ver el piso y la espalda del hombre que caminaba adelante: las luces se encontraban muy alejadas una de la otra y entre ellas solo había oscuridad. Después de doblar a la derecha y de bajar por una escalera empinada, comencé a escuchar un murmullo de voces y algo que sonaba como el quejido de un animal grande. A medida que avanzaba pude distinguir risas y llantos de niños y voces de mujeres, pero al llegar a la última puerta todo volvía a ser confusión. Era un depósito enorme, casi tan largo como el barco, y de sus paredes de metal colgaban tres pisos de literas. Por el centro, el eje de la hélice giraba y dividía la sala en dos pasillos largos. Todo el lugar resonaba con un estruendo que hacía vibrar las cadenas de las literas, las paredes y el piso. Unas pocas luces, que colgadas de remaches en el techo se sacudían todo el tiempo, no alcanzaban a iluminar un tercio del lugar. Apenas podía distinguirse a hombres de mujeres. Cuando me empujaron desde atrás avancé por el pasillo de la derecha. Como todos los lugares cercanos a la puerta ya estaban ocupados, avancé hasta el final y elegí la única litera de abajo que se encontraba vacía: una plancha de metal con una manta enrollada en uno de sus extremos. Cuando dejé mi bolsa en el suelo para desatar el cordón que la mantenía cerrada, un hombre mayor se acercó, me golpeó el hombro y dijo que ese era su lugar, que debía usar el de arriba. Miré la litera que colgaba sobre mí y arrojé el bolso. Me aferré de las cadenas para poder subir. Me quité los zapatos y los guardé, desenrollé la manta y me quedé sentado.
Algunas personas aún buscaban lugar, los chicos permanecían juntos en las literas más altas mientras los mayores intentaban ubicar sus bolsos donde ocuparan menos espacio. El murmullo persistía, yo no podía determinar su origen y aunque nadie hablaba, las voces permanecían. Un hombre arrojó su bolso junto a mí y trepó para mirarme a los ojos. Más arriba, ordenó. Tomé mis cosas para subir a otra litera, igual de dura y fría. Los altavoces que colgaban de las paredes sonaron con un ruido agudo: alguien con un japonés mal pronunciado nos anunció que saldríamos en media hora y que teníamos prohibido subir a cubierta hasta nuevo aviso. Cuando las puertas se cerraron, el lugar quedó más oscuro todavía. Busqué la manta para ponerla alrededor de mi espalda y cubrirme la cabeza. Aunque no hacía frío, imaginé que muchos estarían haciendo lo mismo.
Cuando el eje comenzó a girar más rápido y a hacer más ruido, algunos se cubrieron las orejas con las manos y otros nos escondimos entre las mantas. Pensé que se rompería, que el barco quebrado nunca llegaría a Argentina y que mamá aún estaría en el muelle esperando que yo partiera. Pero aunque el ruido se hizo insoportable, nada se rompió. Sentía que avanzábamos despacio, que las olas nos levantaban y bajaban con suavidad; antes de que me diera cuenta me había inclinado para que mi cabeza sobresaliera de la litera y así poder vomitar. Luego de limpiarme la boca con la manga de la camisa vomité otra vez. Me recosté, junté las rodillas contra el pecho y abracé mis piernas. Intenté pensar en otra cosa, en cómo sería Argentina sin tanques, sin soldados americanos y sin muerte. Pero al volver a vomitar, acostado bajo de la manta, recordé la canción que papá cantaba para que me durmiera. Fue con ella que habían llegado las explosiones de los bombardeos y los incendios que iluminaban la ventana de mi habitación. Al fin me quedé dormido.
El ruido del altavoz me despertó: ya podíamos salir a cubierta, la comida comenzaría a servirse una hora más tarde. Al salir del depósito, un par de tripulantes chinos entregaban un pedazo de papel con un número escrito. Las comidas eran servidas en cinco turnos, cincuenta personas por vez. Una señora me preguntó si podía cambiar mi lugar en el tercer turno para que ella pudiese comer con su hija. Como tendría media hora más para recorrer el barco y en ese momento no podía ni pensar en comida, acepté. La señora me agradeció, alzó a su hija y pronto se perdió entre la gente.
La cubierta de segunda clase que estaba en el frente del barco era el único lugar al aire libre donde podían ir los de tercera y había cuatro tripulantes chinos con garrotes que se encargaban de que fuera así. Tenía el piso de madera y algunos bancos donde las madres se sentaban con sus hijos dormidos en el regazo. Los pasajeros de segunda y tercera clase solo se diferenciaban por la ropa. Todos mostrábamos cansancio y resignación en nuestra forma de caminar y de bajar la mirada. Zapatos del mismo tamaño que el pie era lo único que nos distinguía y los tripulantes chinos no veían siquiera esa diferencia. Cuando estaba en tercer grado, un general se había presentado en mi clase para mostrarnos un mapa de Asia, con Japón en un color rojo que abarcaba también algunos territorios de China. Nos habló de los chinos que mataban a sus hijos y golpeaban a sus esposas, de los niños chinos que les pegaban a sus padres y maestros, y de los abuelos chinos que debían trabajar todo el día sin descanso. Eran los mismos chinos que nos envidiaban por ser superiores y que desde siempre nos odiaban. Pero la mayoría no quiere vivir así, dijo, y por eso llevamos esta guerra, para liberarlos y que puedan vivir como nosotros. Mientras decía esto, mostraba cuadros de un joven soldado japonés que luchaba contra decenas de soldados chinos, de estudiantes chinos que se burlaban de sus maestros y de niños chinos que escupían a sus padres. Durante la cena de aquel día, papá nos contó que lo habían despedido ―él enseñaba en la misma escuela en la que yo estudiaba― y que al día siguiente intentaría conseguir otro trabajo, tal vez en el puerto. Preguntó si en mi clase había estado el general, quiso saber lo que nos había dicho y si yo le había creído. Claro que le creí, dije. Me tomó la cabeza para asegurarse de que lo miraba a los ojos y preguntó si me acordaba del señor Chow ―el hombre que hacía juguetes y vivía cerca de casa― y si yo creía que él lastimaba a su esposa o si alguna vez nos había tratado mal. Cuando preguntó si su muerte me había parecido justa, no pude responder. Papá se incorporó para alcanzar el avión de madera que colgaba del techo y lo dejó sobre la mesa. Él era chino, dijo.
Los tres primeros días de viaje fueron difíciles: cuando no me quedaba en cama sintiéndome enfermo, subía a cubierta para respirar aire fresco y vomitar. Al no poder retener la comida por más de dos horas, después del segundo día decidí dejar de comer hasta acostumbrarme al movimiento del barco. A veces jugaba tenis de mesa; a pesar de que era difícil hacerlo con el movimiento de las olas, me las arreglé para ganar casi todos los partidos. Hice algunas apuestas y conseguí una lapicera ―una pluma que no manchaba los dedos―, una caja de veinte sobres y un par de cordones nuevos para los zapatos. Kei, un chico dos años mayor que yo, organizaba los partidos, conseguía a los contrincantes y hacía sus propias apuestas. De seguro apostaba dinero.
La tercera noche, acostado en el piso de la cubierta, intentaba no pensar en comida cuando Kei subió para decirme que a la mañana siguiente llegaríamos a Hong Kong y que él pensaba bajar. Le pregunté si estaba loco, aseguré que lo matarían antes de regresar al barco, ¿o se había olvidado de que la guerra apenas había terminado? Es una ciudad enorme, casi tan grande como Tokio, y nunca fui a Tokio, dijo. Además, las mujeres de Hong Kong son las más hermosas del mundo, ¿no lo sabías? No, y no pensaba arriesgar mi vida para ver a una mujer, por más hermosa que fuera.
Llegamos al puerto de Hong Kong antes del almuerzo. Algunos hombres, los más valientes, bajaron a la ciudad. Cuando Kei preguntó si estaba seguro de quedarme, no respondí. Caminó por la rampa siguiendo a los demás y corrió por el muelle para alcanzarlos. Quise acercarme a la barandilla, pero un tripulante gaijin me tomó del hombro. No bajes, es peligroso, dijo en un japonés perfecto, y me soltó para subir por las escaleras que llevaban a la cubierta de primera clase. Una piedra apareció de ningún lado y rozó mi oreja. Cuando otra y otra golpearon el suelo, las madres llevaron a sus hijos al otro lado del barco. En el puerto, un grupo de veinte personas tomaba cascotes del suelo para partirlos y arrojar los pedazos a la gente que se asomaba por la barandilla. Al seguir a los que se alejaban de las piedras, vi cómo una mujer cuya cabeza sangraba caía al piso junto con sus hijos. Luego de ayudarla a incorporarse, abrazó a los niños y volvió a correr. Ya a salvo me agradeció y se sentó en el piso. Con un pañuelo y el cuchillo hice vendas que até a su cabeza, y le dije que las mantuviera apretadas. Era algo que había visto hacer a mamá cuando un chico caía en alguna zanja o alguna casa se desmoronaba sobre una familia. Quédese sentada hasta que deje de sangrar, dije.
Fideos, alguien gritaba desde el agua. Una pequeña embarcación con una familia a bordo se acercó y un hombre volvió a gritar fideos, vendo fideos, en un dialecto japonés casi incomprensible. Me di cuenta de que tenía hambre y de que no había comido nada en los últimos dos días. ¿Cuánto?, pregunté. Uno, dijo. Dudé unos segundos. ¿Y si la cuerda bajaba con mi billete y subía vacía? Después de todo, sus compañeros nos arrojaban piedras desde el muelle. Al fin decidí arriesgarme. El hombre arrojó una cuerda con un gancho y me hizo señas para que lo pusiera en la barandilla. Dejé un dólar en un alambre que llevaba la cuerda y que él, desde abajo, hacía avanzar. Una canasta con un tazón subía al tiempo que mi billete bajaba. Cuando la comida llegó hasta la barandilla, probé los fideos. ¿Son ricos?, preguntó alguien. Sí, eran los fideos más ricos que había probado en mi vida. Por la cuerda bajaron billetes y subieron tazones hasta que el hombre se quedó sin comida para vender.
Cuando dejaron de arrojar piedras, pude ir al otro lado a ver a la gente que estaba en el puerto. Habían colocado una escalera que iba hasta la cubierta de primera clase. Kei decía que él había subido y que era increíble: habitaciones enormes, baños en todos los pasillos, ventanas que iluminaban hasta el último rincón, los pisos alfombrados, no se escuchaba ni un solo ruido del motor y era seguro que te llevaban la comida al cuarto. Yo sabía que la mitad de las cosas que decía no eran ciertas y dudaba de la otra mitad. No podía recordar un sueño sin el ruido del eje, sin el cosquilleo de la cama y con la luz suficiente como para leer. Por la rampa subían personas con trajes europeos que habían llegado en grandes coches, los más grandes que yo había visto. Aunque me fui antes de que terminaran de subir, me pareció que todos eran chinos.
En el depósito ―otro lugar sin el ruido del eje― había pocas personas, y la mayoría estaba durmiendo. Tomé el pasillo de la derecha y comencé a contar las literas, era la única forma de saber cuál era la mía. Antes de llegar encontré a un hombre que, sentado en el piso, cantaba una canción de guerra y sostenía una botella de sake. Él nunca había salido del depósito, tal vez ni comía: se pasaba todo el tiempo sentado y bebiendo; le faltaba el brazo derecho, la manga de la camisa le colgaba suelta del hombro. Al darse cuenta de que lo miraba, gritó para que me fuera. Avancé hasta contar veintinueve y subí los tres pisos de literas para sentarme. Luego de haberme quitado los zapatos, busqué el bolígrafo y la agenda para abrirla en la primera página. No había escrito mucho, mi plan era narrar todas las historias del viaje en esas hojas, pero en los primeros días había estado enfermo. Se las mandaría a mamá para que supiera que estaba bien y que intentaría regresar pronto. Luego de escribir durante media hora, me quedé dormido pensando en mi viaje de vuelta, en un crucero y en un pasaje de primera clase.
Subí a cubierta para esperar a los que habían bajado a la ciudad. Cuando Kei llegó por la rampa faltaba solo una hora para que zarpara el barco. Con una pierna lastimada, un ojo morado, la nariz con sangre y una sonrisa, caminaba con la ayuda de otros que lo felicitaban y le palmeaban la espalda, algunos también lastimados, pero ninguno como él. Al acercarme dijeron que lo cuidara, que aunque él fuera valiente ahora necesitaba un descanso. Cuando lo arrastraba hasta el depósito ya no sonreía, se tocaba las costillas y parecía a punto de llorar. Dormía en el pasillo de la izquierda, a doce camas de la puerta y en la litera de abajo. Había ganado ese lugar al apostar en uno de mis partidos y estaba orgulloso de conservarlo: ningún joven tenía una cama tan cerca de la puerta y menos aún en la fila de abajo. Luego de buscar agua, lavé sus heridas lo mejor que pude ―parecían leves, pero no podía saber si tenía alguna costilla rota―. Esa noche tuvo fiebre y vomitó la comida que le llevé a la cama. Fue la primera noche en que pude comer sin sentirme enfermo.
La comida era muy buena y abundante. No recordaba haber comido así en toda mi vida. Nos traían ollas de arroz con verduras, bandejas con cerdo y pescado y algunas frutas. Todo se servía en una mesa atornillada al piso y uno se sentaba en una banca para diez personas, también fija al piso del barco. Como la comida sobraba, las primeras noches me llevaba un poco pensando que no siempre sería así, pero estaba equivocado. Dos días después, cuando Kei se levantó sin ayuda y sin fiebre, me agradeció a su manera ―haciendo chistes y riéndose por cualquier cosa― para luego pedirme que lo siguiese. Pensé en no hacerle caso, pero al fin me di cuenta de que un pedido suyo era como una súplica. Caminamos por pasillos que nunca había visto ante puertas siempre cerradas. Un tripulante chino que cuidaba la última puerta lo saludó y Kei le dio un billete que sacó de algún lugar de entre sus ropas. Cuando pasamos a la cubierta de primera clase, comprobé que algunas cosas que él me había contado eran ciertas: las personas iban vestidas como si asistieran a un casamiento y cualquiera de las mesas para jugar al tenis de mesa ―no tenían una, sino cuatro― era mejor que la nuestra. Kei me condujo por un pasillo hasta llegar a otra cubierta más chica que quedaba en la parte de atrás. Había algunas sombrillas, asientos reclinables, pero menos personas que en la otra cubierta, y la mayoría mujeres. Ahí está el amor de mi vida, dijo, mientras señalaba a una chica de mi edad que estaba apoyada en la barandilla.
Kei la había conocido en el puerto de Hong Kong, cuando regresaba al barco. Al verla bajar de uno de esos coches grandes intentó acercarse a ella, y entonces alguien lo golpeó en la cara y luego en el estómago y otra vez en la cara para, ya en el piso, patearlo. Los hombres que estaban con él acudieron en su ayuda y lo subieron al barco, eso era lo único que recordaba. Le dije que no podíamos estar ahí, que si alguien nos encontraba tendríamos problemas. Aquella vez nos retiramos pronto, pero Kei volvió a subir todos los días mientras yo me quedaba en la cubierta de segunda clase. Una tarde, antes de llegar a Manila ―el siguiente puerto― dos tripulantes gaijin lo trajeron al depósito, estaba inconsciente y sangraba. Cuando preguntaron dónde dormía, los guié a su cama. Dijeron que unos jóvenes chinos lo habían encontrado en la cubierta de primera clase. Varios chicos se reunieron alrededor de Kei para escuchar la historia. Cuando se hizo silencio, todas las miradas se dirigieron hacia mí. Las dejé atrás, subí y me guié por los pasillos que me llevaban a la cubierta de primera. Al subir las últimas escaleras apenas oí los pasos de los que me seguían. Un tripulante se fue corriendo después de decirnos que no podíamos pasar aquella puerta, que pasamos para ver que varios jóvenes chinos hablaban y se reían de algo que yo no podía entender. Caminé hasta ponerme frente al que estaba más cerca ―un chico alto―, lo tiré al piso y lo golpeé hasta que alguien me pateó las costillas y después la cabeza, y me desperté en una dura y fría litera.
Me dolía todo el cuerpo, sentía la cara hinchada y me costaba abrir los ojos. Sos un estúpido, dijo el hombre de la botella de sake, para luego cantar otra vez aquella tonta canción. Me senté en la litera, el eje estaba inmóvil y el lugar silencioso. Subí a cubierta cuidando cada paso, no parecía tener ningún hueso roto, pero sí las piernas débiles. Cuando encontré a Kei sentado en el piso, me senté junto a él. Sos un estúpido, dijo, y era gracioso verlo hablar con la cara deformada. Tenía una venda en la cabeza y dos dientes menos. El tripulante gaijin que hablaba muy buen japonés caminó hasta nosotros y nos hizo prometer que no haríamos nada parecido durante el resto del viaje. Juramos no volver a provocar una pelea y a él le pareció suficiente, pero nos dijo que si faltábamos a nuestra palabra nos tiraría al mar. Comencé a reírme y Kei pronto me acompañó. De alguna forma, la imagen de Kei intentando mantenerse a flote me pareció graciosa. No bajamos en el puerto de Manila, los japoneses no éramos bienvenidos en esa ciudad y desde el muelle ya nos habían arrojado piedras. Ahí también había familias que vivían en pequeñas embarcaciones y vendían cosas. Muchos compraron licores, ropa y comida. Yo compré un par de bananas.
Kei y yo no volvimos a subir. Algunos chicos que buscaban problemas querían ponernos como jefes o algo así, pero nosotros los evitábamos y escapábamos de todas las peleas. No me asustaba recibir una paliza ―tampoco me agradaba―, pero lo que hacían era ridículo. Algunas veces lastimaban a alguien solo porque tenían la oportunidad de hacerlo, porque los otros chinos no estaban cerca. Pero después ellos bajaban y les daban una paliza. Lo cierto era que los chinos nos superaban en número, peleaban mucho mejor y eran más fuertes. Yo intentaba evitarlos pasando la mayor parte del tiempo con Kei, que componía poemas y le pagaba a un tripulante para que le enseñara un poco de chino. Aunque él solo hablaba de la muchacha, era mejor que andar con esos idiotas.
Al caminar por uno de los pasillos del depósito, me tropecé con el viejo que, sentado en el mismo lugar de siempre, cantaba su canción. Cuando quise disculparme dejó de cantar para decir una vez más que yo era un estúpido. Solo lo había visto hablar conmigo y esas eran casi las únicas palabras que pronunciaba. No escapes de todas las peleas, dijo. ¿Por qué no?, pensé decirle, pero pronto volví a subir, busqué a Kei y le dije que me siguiera. No podemos hacer nada, nos echarán del barco, dijo él, pero igual me siguió. Llegamos a cubierta en el mismo momento en que ellos bajaban y pedí a Kei que tradujera lo que yo les diría. No sé casi nada de chino, respondió, pero insistí. Hagamos una apuesta, dije. ¿Qué apuesta?, preguntó en japonés un chico ―tal vez el mismo al que golpeé aquella vez― que era mucho más alto que los demás y llevaba en la muñeca un reloj dorado. Jugamos un partido de tenis de mesa: si yo gano hacemos una tregua hasta llegar a Buenos Aires y dejan que Kei vaya una vez a su cubierta para hablar con esa chica que viaja con ustedes, dije. ¿Y cuando pierdas? Si pierdo, se lo quedan, respondí, y les mostré el cuchillo. Él aceptó y yo gané.
