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Un niño de 7 años le preguntaba a su mamá por qué estamos aquí, mi papá no está, en un cuarto de hotel de baja categoría, en una ciudad fronteriza, desconocida para ellos, estaban también un niño de 4 años, una niña de 2 años y una bebé de 45 días de nacida, tenían hambre y no tenían dinero. Sufrieron una infancia carente de todo, vivieron 11 años en vecindades, en cuartos de 4x4, hasta que crecieron, con estudios básicos, por apoyo de la madre salieron adelante, ese niño llegó a ser microempresario. En el camino de su vida tuvo un gran amor, con la que no se pudo casar, nos cuenta la historia. Formó familia, a la que le dedicó a sus hijos todo el esfuerzo, para que tuvieran estudios profesionales. Esta obra es la historia de la vida de un hombre que desde niño empezó a trabajar para sacar adelante a su madre y a sus hermanitos cuando los abandonaron. Estudió carrera técnica y la dejó para buscar un lugar en la industria farmacéutica, donde empezó como representante y terminó su trabajo laboral como gerente regional. Se retiró e inició su distribuidora de medicamentos genéricos y similares para convertirse en microempresario y nombrado emprendedor de negocios a la edad de 45 años.
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Seitenzahl: 206
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Saúl Adrián Cárdenas Treviño
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-311-2
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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A mi Madre, por haberme inculcado la fe, la responsabilidad y darme la educación escolar, por guiarme por el trabajo constante, y por fomentarnos la unión con mis hermanos.
A mi Padre, por no darme comodidaes, por dejarme solo en la vida y a aprender a forjarme solo en la adversidad, por dejarme a tener hambre de lograr mis objetivos.
PRÓLOGO
Es un verdadero honor para mí presentarles la historia de vida de un hombre excepcional.
A través de estas páginas conoceremos la historia de un hombre que decidió que su destino estaba en sus manos y que, a través del trabajo duro, la perseverancia y el sacrificio, logró alcanzar sus metas.
Este hombre no tuvo una vida fácil, nació y creció en un mundo de pobreza sin oportunidades. Sin embargo, con una fuerza de voluntad admirable, estudió y se abrió camino en la vida sin haber terminado la preparatoria. Comenzó trabajando duro en la industria mecánica y de dibujo, pero no se detuvo ahí. Cambió de giro y se abrió camino en la industria farmacéutica, donde rápidamente ascendió a gerente de distrito.
Lamentablemente, su vida tuvo un giro inesperado cuando su gran amor falleció en un trágico accidente. A pesar del dolor y la tristeza, este hombre se prometió a sí mismo salir adelante y cumplir sus metas. Y así lo hizo. A los cuarenta y cinco años, estableció su propia empresa de mayoreo y distribución de medicamentos genéricos y similares.
Este libro narra la vida de un hombre que tuvo que luchar desde temprana edad contra la pobreza, la falta de recursos y las condiciones difíciles de vida en las que se encontraba. Pero, a pesar de todo, nunca perdió la esperanza y tuvo el valor de soñar con un futuro mejor. Actualmente, a sus setenta y tres años, este hombre sigue asistiendo al gimnasio y cuidando su salud al máximo. La experiencia y sabiduría que ha adquirido a lo largo de su vida puede ser una fuente de inspiración y guía para muchos, especialmente para aquellos que se encuentran en momentos difíciles y necesitan de la orientación y consejo de alguien con una perspectiva más amplia.
Es un verdadero honor presentarles la vida de este hombre admirable y espero que su historia inspire a muchos otros a seguir sus pasos.
Leticia Rebelo
Agradecimientos
A un curso de Best Sellers, gratuito, que fue con el que inicié a tener conocimientos e ideas de cómo escribir una autobiografía.
A el taller de escritura AQD, por el curso para escribir un libro, impartido por Leticia Rebelo.
A mis hijas, Lic. Neyla Wendolyn (Wendy), a Lic Adriana del Carmen, por sus comentarios y sus palabras de aliento a seguir escribiendo.
A mi hija mas pequeña, Q.B.P. Beatriz Adriana, que me ayudó en la escritura de los primeros capítulos, haciendo correcciones y aportando ideas en la redacción.
A toda la familia Cárdenas Treviño, Hermanas, hijos, yernos, sobrinas, sobrinos y nietos, por su apoyo moral e interés en el desarrollo de mi libro Gatitos.
A mis amigos Miguel el Chory, Chuy el diablo, Javier el sucu, el Dr.Jose Eleuterio y Jose Lino, por su apoyo moral y buenos deseos.
GATITOS
AÑO 2023
Mi Familia
SAÚL ADRIÁN CÁRDENAS TREVIÑO
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Saulito a los 8 año
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Nada sucede si antes no lo soñamos
Carl Sandburg
Agosto 2022, he decidido iniciar el escrito sobre mi vida, un proyecto que empecé a formar desde hace quince años. Siempre pensé que cuando hiciera esto, sería porque el final de mi vida estaría cerca o por motivo de vejez. Sucedieron situaciones de pobreza, que fue necesario trabajar desde muy pequeño, y esto forjó mi carácter para llegar a las metas que me había propuesto.
CAPÍTULO 1
Era el año 1957, mediados de agosto en Nuevo Laredo Tamaulipas, en un hotel llamado “Casa de turistas”, donde nos encontrábamos. Yo, un niño de siete años, delgado, cabellos parados, con sus ojos claros llorosos y carita compungida, mi madre, con mis tres hermanos; una bebé de cuarenta y cinco días de nacida que dormía en sus brazos y mis dos hermanitos de cuatro y dos años sentados en la cama de una lúgubre habitación de 4x4 metros. Yo miraba a mi madre que estaba abstraída en sus pensamientos, que no sintió cuando me acerqué y le pregunté: mamá, ¿por qué estamos aquí? ¿Por qué no hemos comido? ¿Por qué no esta papá? Mi madre me volteó a ver con el ceño fruncido de tristeza, quería decir algo pero solo alzó un gemido por el nudo en su garganta y sin decir nada mas empezaron a caer lágrimas de su rostro. Yo permanecí mirándola con la inocencia de un niño de no saber qué decir ni cómo actuar, pero con la certeza de que aquellas lágrimas empezarían la historia que daré a continuación.
Nací el día 3 de mayo, un día soleado y caluroso de 1950, crecí en un barrio de la Colonia Modelo, Ave. Colon 2012 entre Vicente Suárez y Juan Escutia en Monterrey, N.L., cerca del 1er cuadro de la ciudad. Estas calles colindan con la llamada Calzada Madero. Avenida que cruza Monterrey de poniente a oriente, en Cd. Guadalupe, N.L., y se convierte en una Y griega, una se convierte en carretera a Reynosa y la otra a Cd. Miguel Alemán Tamaulipas. En esta avenida calle de comerciantes estaba el mercado San Pedro donde la gente iba a comprar toda sus despensas, ya que había fruterías, carnicerías, pescadería, y en un tapanco alto los fines de semana se utilizaba para presentar música y baile, ahí tocaban los Toppers, grupo de rock, que sus integrantes eran de esos barrios de la colonia obrera y la modelo, y después alcanzaron fama y grabaron discos que a la fecha se escuchan en la radio, era una fiesta, donde toda la gente se ponía a bailar al son del rock, el twist. Estábamos, alegres, felices y contentos, enfrente del mercado sobre la avenida madero está un monumento de obelisco en honor de José Martí, libertador de Cuba, en esos años la rotonda que en el centro estaba el obelisco era de un diámetro de seis metros, la base tenía escalones, donde la gente se sentaba a tomar un refresco o helados, y la rotonda tenía cuatro secciones de jardín con zacate y flores de ornato, ahí nos poníamos a jugar luchitas y a veces a pelear de adeveras, poque ahí nos peleamos mi amigo Héctor y yo contra dos buscapleitos, que llegaron a eso, a buscar pleito, porque nosotros estábamos en una sección jugando, llegaron y nos empezaron a empujar, nos cambiamos de sección y nos seguían para molestarnos, estaban con nosotros mis padres, que se dieron cuenta, y mi padre nos grita:
—No se dejen, éntrenle a los golpes. —Y ya con permiso empezamos a pelear, y les ganamos.
Donde crecí, el barrio de la modelo, a un lado de la obrera, estaba la fundidora de fierro y acero de Monterrey, tenían un silbato producido por la liberación de la presión del horno de fundición, ese silbato era para anunciar la entrada y salida de los trabajadores y la hora de comida, el ruido de ese potente silbato se escuchaba a varios kilómetros de distancia, e igualmente nos regía ese ruido para nuestras actividades. Fundidora considerada la primera industria siderúrgica de América Latina, fundada en el año 1900, por una combinacion de problemas sindicales, de producción, devaluación económica, deuda financiera, cerró sus puertas el día 9 de mayo de 1986, actualmente convertida en un gran parque de diversiones, espectáculos, y con estructura para fiestas y convenciones y es un pulmón para Monterrey. Las otras empresas cercanas eran Papelera Monterrey y Mantequera González, que emanaban unos olores que no ofendían el olfato, pero quedaron en la memoria.
La casa donde vivíamos después que nací, que construyó mi abuelo paterno, Don Manuel Treviño Sauceda, hombre de estatura alto, de complexión delgado pero fuerte, mecánico en Ferrocarriles, tez morena con ojos claros, era conocido por ser un buen mecánico en ferrocarriles, la gente lo admiraba. La casa era un tejaban grande, con cuatro cuartos y la cocina-comedor grande, donde mamá, cuando niño yo le decía Ante, nos preparaba sus deliciosas comidas. En el centro del patio había un árbol fresno bien grande de tronco robusto y grandes ramas que daban una agradable sombra, que ya que estuve en edad para subirme hasta lo mas alto, mamá grande me gritaba:
—Bájate de ahí, hijto, te puedes caer y quebrarte las patas.
Con el tiempo conocí muy bien el árbol, que nunca me caí. En el fondo del patio había un corral para gallinas y palomas, donde mamá grande me decía:
—Hijito, ven a ayudarme a darles de comer y ponerles agua y limpiar. —Y yo con ella muy obediente, la quise mucho, porque ella me crió. Ya que mi padre fue muy desobligado y mi madre se ocupaba en su trabajo de costurera para mantenernos.
Cuando yo nací ya había muerto mi abuelo, y la casa quedó para mi mamá grande Doña Paula Hernández Rodríguez, era mujer de campo, ella había nacido en la hacienda de Mamulique al norte de nuevo león, en el municipio de Salinas Victoria, y quedaron con ella sus hijas, Yolanda, Idalia, Gloria, Socorro, Enriqueta y Abigail, y sus hijos Homero y Netzáhualcoyotl, todos nacidos en Monterrey.
Mi madre, Yolanda Treviño Hernández, nació en 1926, mujer de estatura media, 1.70, tez blanca, ojos color café, nariz afilada, facciones exquisitas, la mayor, y fue la que se casó primero.
Mi padre, Fortunato Cárdenas Pérez, nació en 1932, hombre de 1.75 de estatura, tez morena de bigote recortado, cabello negro, ojos negros, facciones toscas.
Hijo de Don Teodoro Cárdenas Trejo, sastre y músico, y Doña Enriqueta Pérez Cedillo, oriundos de Matehuala S.L.P., sus hermanas, Berta, Beatriz, María, Béda. Y Gabriela. Sus hermanos Ezequiel, Pedro y Erasmo.
Ellos vivían en la Col. Obrera, en la Calle Treviño 2005, y Vicente Suarez a cinco calles de donde vivía mi mamá.
Mis padres se conocieron en la empresa Confortables Monterrey, empresa fabricante de muebles y colchones, donde trabajaban de tapicera mi mamá y mi papá de pintor.
Se hicieron novios y se fugaron. Viajaron a Matehuala, S.L.P. y llegando el abuelo les pidió que se casaran ahí, civil e iglesia, en la Catedral, donde mi abuelo Teodoro les tocó en el órgano y cantó la misa. Fue el día 31 de diciembre de 1948, según consta en acta.
Nosotros en total fuimos cinco hermanos: Saúl (1950), Sergio (1953-1989), Sonia (1955), Silvia (1957) y Homero (1962-2021).
Desde que nací vivimos en casa de mi abuela materna, donde nos dieron lugar en un cuarto, como 1er nieto era el consentido de todos. Me llevaban de paseo, de excursión a la montaña. Mi tía Gloria Treviño era muy deportista, excursionista y pitcher de softbol.
Una anécdota graciosa que recuerdo: el equipo donde pitcheaba ella, el representativo de Nuevo León, ganó el campeonato nacional femenil en 1955, en el viejo parque cuauhtémoc, tirando juego perfecto. Y cuando estaba lo más emocionante del juego ya para terminar:
—La tía Idalia fue quien me llevo a ver el juego. —Con una carita de gesto de desesperación —le digo—. Tengo ganas de ir al baño, y la tía Idalia no se levantaba y no me hacía caso porque el juego estaba muy emocionante, las porras, gritos, y Gloria estaba ya por ganar el partido, y llevaba juego perfecto. De rato me dice: aguántate, ahorita te llevo. Y le contesto con carita de satisfacción, de descanso: aahh, ya no, porque ya me hice en los pantalones, de mezclilla que eran nuevos que me habían comprado las tías para ir a el juego. Y me dice mi tía Idalia: ay, puerco, cagón, ya te ensuciaste, ven, te voy a llevar a lavar, mira, en esa llave de jardín te voy a lavar delante de toda la gente, para que te vean tu pompis.
Me platicaba mi mama que yo era un niño muy tranquilo, que me salía a la puerta y ahí me quedaba sentado sin hacer travesuras. Ahí tuve un amigo, Héctor, que vivía enseguida, y fuimos compañeros de juego desde los cuatro años.
En la esquina había una tienda, tendajo como se les decía antes, atendida por un matrimonio Don Teófilo y Doña Florinda, y su hijo Rodolfo, la tenían bien surtida de abarrotes, refrescos, cerveza, lácteos. Y ahí íbamos a comprar, y mi abuela Doña Paulita, mamá grande, tenía buena amistad con ellos y le daban crédito, y se anotaba lo comprado en un pedazo de cartón, y anotaban en una libreta, ese era el control que llevaban. En base a la confianza. Tenían otro hijo, padre de siete niñas. Y una hija, Maestra de educación primaria. Profesora Amparo.
Todos en la cuadra muy buenos vecinos, Doña Lupita, y una de sus hijas, Josefina (Finita), me ayudaba con las tareas, Doña Luisa, uno de sus hijos Luis (el chirilo), casi de mi edad era uno de mis amigos.
Siempre vivimos en la casa de mi mamá grande, porque mi papá fue muy irresponsable, y no teníamos casa con domicilio fijo, se emborrachaba casi a diario, no daba dinero para el gasto. Entonces mi mamá aprendió por su cuenta la costura, rentó una máquina de coser, y de ahí nos mantuvo, para comer y vestir, y darnos educación.
Mis recuerdos de la infancia se evocan desde que ingresé al Colegio “Leopoldo Naranjo” por 1ª vez a mi educación escolar a la edad de cinco años. Sentía mucha emoción por conocer nuevos amigos, iba tomado de la mano de mi madre rumbo al colegio que estaba a dos cuadras, vestido con mi uniforme escolar y zapatos bien limpios, caminando por debajo de la banqueta, porque en la casa de le esquina habitaba un perro de raza común y corriente de color blanco de nombre “pirata” por una mancha negra que tenía en un ojo, de donde salía ladrando y queriendo morder a la gente que pasaba. Al verlo apretaba la mano de mi madre y mi corazón se aceleraba y mis manos temblaban y sudaban.
—No tengas miedo, hijo. —Mi madre me soltaba de la mano y tocaba mi cabeza, y ponía su brazo sobre mis hombros, sentía que me cobijaba y mi tranquilidad volvía al sentirme protegido por ese abrazo y pasábamos sin mostrarle miedo al perro, y mi madre me miraba orgullosa, al ver que ya podría después ir solo al colegio, ya que ella trabajaba en casa en sus costuras.
Cuando yo tenía siete años, mi padre Fortunato nos llevó a vivir a una vecindad, en el 1er cuadro de la ciudad de monterrey por la calzada madero, se entraba por un pasillo o callejón, que en la puerta estaba un señor que vendía aguas frescas, y enseguida un taller de sombreros de un señor que le llamaban Chumba, y del otro lado estaba la Mueblería Nueva, donde trabajaba la hermana menor de mi padre, ella de nombre Gabriela Cárdenas.
La vecindad tenía como ocho cuartos en el fondo, un patio grande en medio y dos cuartos al frente, y por la parte central de el patio pasaba un drenaje pluvial tapado solo con una reja de metal, que pasaba por el centro del cuarto y medio(6x4) donde vivíamos, asi que siempre estaba fétido el cuarto, porque los del fondo ahí vaciaban los bacines con orina.
Vivimos en vecindades desde mis siete años hasta los dieciocho años, de 1957 hasta 1968.
En ese cuarto de 6x4 ahí vivíamos, papá tenía veinticinco años, mamá treinta y un años, Sergio de cuatro años y medio, Sonia de dos años y Silvia de cuarenta dias de nacida. Y yo tenía siete años y medio.
Una noche del mes de agosto de 1957 estaba mi mamá preparando la cena, en la mesa que era la cocina, donde tenía una estufa de petróleo, y pocos trastes, olía riquísimo, estaba guisando unos chicharrones de res, con manteca vegetal.
Pero había una situación muy tensa en la casa, Fortunato se golpeaba en las piernas, nervioso, le hablaba mal y agresivo a mamá, golpeaba la pared y la apuraba a que terminara la cena.
Cuando de pronto llegó el tío Ezequiel, su hermano y salió Fortunato para hablar con él, Fortunato entró y le dijo a doña Yolanda, con voz en tono nervioso:
—Prepara toda la ropa que puedas, nos vamos de Monterrey.
Mi mamá se asustó, y ella le preguntaba:
—Qué pasó.
Fortunato no contestaba, nos quería llevar a la central de autobuses, yo no me quería ir y me agarré de la puerta con una mano y con la otra abracé a mis hermanos Sergio y a Sonia, llorando y gritando le dije a Fortunato, vete tú, nosotros no hemos hecho nada malo, y me fui al fondo del cuarto con mi mamá y mis hermanitos. Pero nos movió a la fuerza.
Nos llevó a la estación de autobuses flecha roja. No había central de autobuses, estaban todas las estaciones en un solo sector, por la Avenida Colón. Todo sucedió muy rápido.
Nos fuimos sin cenar, ahí se quedó el guisado de chicharrones, lo poco que había de muebles una mesa, tres sillas, colchones viejos, cobijas de cuadritos que mamá nos hacía en la máquina de coser que rentaba y ahí se quedó. Salimos huyendo, pero estábamos tan niños e inocentes que no sabíamos nada. Mi hermano Sergio de cuatro años, Sonia de dos años y Silvia de cuarenta y cinco días de nacida, lloraban de miedo y hambre. Doña Yolanda, asustada, se me quedaba viendo, como queriendo llorar. Ella hubiera querido volar rápido como un colibrí para salir de ahí.
Nos llevaron a Nuevo Laredo Tamaulipas, al llegar se dirigieron a la casa de un primo de Fortunato, Jose Cardenás, donde pidió asistencia y aceptaron. Ahí desayunamos y nos acomodaron en unos cuartos de madera que tenían en el patio al final del terreno.
Mi hermano Sergio y yo al dia siguiente jugamos en el amplio patio que tenían, lo convertimos en nuestro su lugar de juegos, había arena de construcción y ahí jugábamos, pasaron unos dos días y me llevaron a inscribir a una escuela primaria de gobierno.
Pero el gusto no duró mucho, a los pocos días de estar ahí, nos corrieron, y se acabó la buena cama y la comida, Fortunato se salía a buscar trabajo y regresaba borracho, nosotros hacíamos travesuras con la arena que tenían en el patio. O a lo mejor no pago la renta Y yo ya no fui la escuela.
Nos llevaron a vivir a un hotel que se llamaba “casa de turistas” en el centro de la ciudad, por la calle Bravo, cerca del puente internacional, del ave guerrera. En el segundo piso era un cuarto de 4x4, sin baño adentro, con una gran ventana, con postigos de madera, que daba al patio de una iglesia, y otra ventana mas chica que daba a la calle lateral, siendo verano estaba muy bien, era fresco, y corría buen aire, subíamos por una escalera incómoda, el pasamanos era un tubo grueso, la escalera estaba a la izquierda de la puerta de entrada, y en la planta baja se abria un pasillo, donde había mas cuartos, y al fondo vivía la dueña. En la entrada había un cuartito donde vivía un señor de edad mayor, que fungía como portero en el día y velador en la noche.
Ahí empezó el calvario para mi madre.
Con sus hijos pequeños y sin dinero para nada, Fortunato nos abandonaba por dos o tres días, y llegaba con algo de dinero, y con ganas de tener sexo. Que mas parecía una violación.
No se compraba nada de despensa, porque no se permitía cocinar. Y el hambre calaba el estómago.
Yo le pregunte a mamá, por qué estabamos ahí, por qué salimos corriendo de la vecindad, teníamos hambre y mi mamá ya batallaba para darle pecho a Silvita. Estaba muy débil.
Me dijo que papá tuvo un problema con una mujer, y el marido o amante nos mandó matar. En mis siete años, no entendí bien esa explicación, me salí y me senté en la banqueta a llorar sentado en una plaza cercana, ahí conocí a niños de la calle y me empecé a juntar con ellos para ayudar a las señoras “chiveras”, con sus bolsas de las compras en Laredo, Texas, son señoras que compran chucherías, perfumes, dulces, wisky, ropa interior, el puente internacional estaba a una cuadra, y en la misma calle las estaciones de autobuses, y así empecé a ganar dinero, para llevar de comer a mis hermanitos y a mi madre, ahí estaba cerca el mercado Maclovio herrera, de comestibles, panadería y frutas y verduras, y almacenes candela, que vendían una nieve muy sabrosa.
El primer día que gane algunas monedas, lo que se me ocurrió comprar fueron tortillas, chicharrones de res y mantequilla, y sodas para mis hermanitos, y a mi mamá le compre leche, y eso fue lo que comieron y les gustó. Había un parque cercano con amplios jardines, árboles frondosos que daban bastante sombra, ahí íbamos a comer y a jugar en los columpios y resbaladeros, era el parque Morelos, esos momentos mi mamá se alegraba, viéndonos reír, jugar y ya con algo de alimento en el estómago. Momentos felices que nos hacia olvidar las carencias que teníamos, y mi padre Fortunato no aparecía.
Ahí en la casa de turistas vivía también un señor, que se pintaba de payaso y traía un muñeco, era un ventrílocuo, merolico, me dijo:
—Me podrás ayudar, yo te enseño a cantar, y hacerme segunda en los chistes como patiño, me pinto la cara como payasito, y a la calle.
La gente se reía mucho con sus ocurrencias y actuaciones en las que yo participaba, me enseñó la canción “Reloj” la empezaba y el muñeco me interrumpía, y yo hacía berrinches, al terminar el “show”. Yo pasaba una gorra entre la gente y nos daban suficientes monedas, y de ahí me pagaban, ese trabajo lo hacía por las mañanas, trabajábamos en la plaza Hidalgo, que está sobre la calle guerrero. Ese buen hombre se portó muy bien con nosotros durante unas dos semanas, no recuerdo su nombre.
Y empezó el otoño, viento frío que se colaba por las rendijas de las ventanas de madera, que te entumia, y la sensación era mayor al frío que hacía, y en el cuarto no había nada, pocas cobijas delgadas, la ventana la tapaba con periódicos en las rendijas, mamá nos acostaba en la cama y ella no abrazaba para darnos su calor, mis hermanitos lloraban de frío y hambre, mi pobre madre desesperada, porque no podía salir por cuidar a la niña chiquita. Y así pasábamos los días.
Ya con el aprendizaje que recibí del señor payasito, me sirvió para no tenerle miedo a la gente, ni a la calle, y ya me empecé a salir todos los días, porque había que darles a mis hermanitos y a mi mamá sus comidas. Y con ese dinero compré una caja de chicles en el mercado Maclovio Herrera, para vender en las estaciones de autobuses y en la plaza, lo alternaba con mi trabajo de ayudar a las chiveras, y otras veces compraba flores en el mercado para vender a los gringos que pasaban a nuevo laredo, les decía: «uiny flower mister o miss, how much», «uan dólar».
La pandilla con quien me juntaba a veces se iban a la parte baja del puente a la orilla del Río Bravo, que tenía como una playa de arena, a jugar luchas y echar maromas, para que la gente que pasaba por el puente nos arrojaba monedas, y era ya no jugar, sino pelear por esas monedas, que se enterraban en la arena, aprendí a defenderme, pero no nos enojábamos, y seguíamos siendo camaradas, no iba tan seguido, porque no se juntaba suficiente dinero. Y solo podía comprar dos pan francés, galletas marías y leche, y lo que hacía, al llegar al cuarto, les decía a Sergio y Sonia, vamos a jugar a las comiditas, y les daba trocitos de pan galletas y leche y mi mamá un francés con leche, eso era comida merienda, doña Yolanda nos veía jugar, triste, pero a la vez se reía de mis ocurrencias, y ella le daba su pecho a Silvita que estaba chiquita la bebé, y mi mamá no me dejaba salir de noche, además no había nada que hacer en la calle.
Uno de la pandilla, trabajaba con su mamá, limpiando oficinas, y me invitaron a trabajar con ellos. Y empecé a ayudarles a trabajar en eso, salía por la noche, pero ya juntaba suficiente dinero para comida y cena, y mi padre don Fortunato de vez en cuando se aparecía, para pagar la renta y le dejaba dinero a mamá, pero no era suficiente.
Una ocasión que se tardó mucho mi papá en regresar, un día me dice mamá:
—No hace mucho frío. Vamos a buscarlo.
Y salimos a buscarlo por donde le había dicho a mi madre que trabajaba, caminamos muchas cuadras, salimos del centro, mi madre mal alimentada y dándole pecho a Silvita no aguantó el cansancio, y le dio un mareo, y se sentó en la banqueta, y se desmayó, nosotros asustados y llorando. Y la gente que pasaba nos empezó a dar monedas, ¡creían que estábamos pidiendo limosna! Como nos verían de pobres de ropa y el semblante. Y no encontramos a mi papá.
Mi madre le escribía a mamá grande, pero no le decía lo que estábamos pasando.
Entonces no sé cómo fue, que una noche decidí, irme a Monterrey, para decirles a mi mamá grande y a mis tias, que mandaran por mamá y mis hermanitos.
Me levanté muy temprano y me fui al puente a trabajar, cargando bolsas y vender chicles, con el dinero que junté fui al mercado y compré para que comieran, se los llev
