Gaviotas perdidas - Juan Carlos Manzano - E-Book

Gaviotas perdidas E-Book

Juan Carlos Manzano

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Beschreibung

Gaviotas perdidas vuelca en papel, de una manera cruda pero descriptiva, el viaje de dos mujeres muy distintas entre sí, pero que comparten esa fuerza inagotable e imparable que solo posee un ser determinado en buscar su paz. En el relato, ambas gaviotas parecen caer y resurgir con el paso de los años y de los daños, muchas veces incluso hasta luego de quedar estropeadas a la orilla de la locura. Las vivencias de nuestras protagonistas llevarán al lector por los mares más oscuros y las peores tempestades que una mujer puede soportar, pero que, a su vez, puede significar su residencia total al emerger de esas aguas como personas iluminadas capaces de valorar la vida y el amor de una manera única. Gaviotas perdidas, tal como insinúa su título, describe de una manera concisa el naufragio de dos almas sacudidas por huracanes e iluminadas por la oscuridad.

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Seitenzahl: 167

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Manzano Sanzo, Juan Carlos

Gaviotas perdidas / Juan Carlos Manzano Sanzo. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

142 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-873-8

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de la Vida. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Manzano Sanzo, Juan Carlos

© 2022. Tinta Libre Ediciones

Gaviotas perdidas

Hay un ejercicio

que practico hace años

y que me permitió,

además de conocer

mejor a las personas,

conocer un poco más de mí.

Es simple, se llama:

“No elaborar juicios

sin conocer al otro”.

Se los recomiendo.

1

La calle Esperanza era la más transitada del barrio. Aun así, solo algunos pocos autos pasaban por ella, lo que era algo muy relajante. Las copas de los árboles se unían en lo alto e impedían la entrada del sol, formando un gran túnel de hojas verdes en verano. Más cerca del invierno, ese verde intenso daba lugar a un marrón melancólico, pero no triste. Esos árboles jamás, en todo el año, quedaban desnudos y, si lo hacían, era casi imperceptible.

Esa era la clase del lugar donde un padre puede dejar jugar a su hijo o andar en bicicleta con total confianza. Las casitas no eran mansiones ni mucho menos, pero sí mantenían una trabajada y prolija imagen. Dejaban todas un pequeño espacio verde antes de alcanzar las veredas, prolijamente cuidadas por todos los vecinos, y un pequeño buzón, algunos de madera, otros de metal antiguo. Los que habían desembarcado provenientes del campo tenían también algunos canteros y flores; el resto, solo césped y algún árbol frutal tal vez.

Era esa clase de pueblos que uno, al ver por televisión, desea conocer y quedarse. Mis padres se tomaron muy en serio esta idea y es por eso que viví toda mi vida en este lugar. Su casa, que luego se convirtió en mía, me vio nacer y aún permanezco aquí, aunque no puedo negar que toda mi vida soñé con agarrar el bolso y no mirar hacia atrás.

El paso de los años, además de canas, me trajo un profundo cariño por este lugar, antes de ellos, ahora nuestro, y por haber echado raíces es que llegué a conocerlas a las dos, a la Loca y a la Asesina. La gente siempre dice que en pueblos como este nunca sucede nada emocionante, que la rutina se vuelve postal y que solo los viejos permanecen en este lugar. Supongo que ellas jamás escucharon de esto, ya que sus presencias revolucionaron toda la paz del lugar y, hasta donde sé, le dieron de comer a las viejas un buen tiempo. La Loca y la Asesina: una mató al padre y la otra quedó totalmente chiflada luego de salir de la cárcel, pero para contarlo mejor iré por partes, o al inicio de todo, o al menos a lo que sé.

2

Mucho tiempo atrás

Laura (la Asesina) vivía por aquellos tiempos en el 405 de la calle Esperanza. Ya en esas épocas, las casitas lucían así, la pintura muy prolija y de colores brillantes, ninguna pintada como la de sus vecinos aledaños, el manto verde delante y algunas con pileta en la parte posterior (en verano, al caminar por la vereda se oían los chapuzones de los niños contra el agua y sus risas al hacerlo). Laura, sin embargo, apenas salía un rato a la vereda, tomaba un poco de sol sentada, por supuesto, y volvía al interior, cuando el sol apretaba con intensidad y la humedad pegaba la ropa contra la piel. Ella vestía ropa larga y nunca se la veía molesta, por el contrario, sonreía a todo aquel que le ofrecía un saludo lejano o algún niño que meneaba sus manitos al verla. Por alegría o por compasión, siempre los niños la saludaban y ella correspondía a sus saludos mientras en sus ojitos replicaban campanitas de colores, cuando bajo el pequeño toldo del frente de casa, que le otorgaba un poco de sombra, los veía pasar. Dicen por ahí que, ya en esos tiempos, con apenas un poco más de 10 añitos, su enfermedad no tenía cura, lo cual, además de ser muy triste, por supuesto, la hacían digna de la compasión de todo el pueblo: “Tan joven y tan bonita”, “Qué lástima”, decían las viejas en la fila del supermercado; “¿Y cómo se llama su enfermedad?, cuchicheaban cada vez que accidentalmente se encontraban en la vereda barriendo las hojas. Pero la verdad es que nadie sabía en ese momento cuál era su enfermedad en realidad. Lo que sí sabían era que su padre, la única familia que ella tenía, se deschavetó por completo al volver de la guerra. Eso sí era un dato ya que, al regresar, como suele suceder, casi siempre, lo hizo solo una parte del hombre que se fue, solo una parte, la parte podrida, la que sobrevivió a aquella barbarie. “Se fue un hombre, volvió a un monstruo”, era el comentario más común por aquel entonces y la verdad es que muy descabellado no sonaba, pues, como dice la frase, “nadie vuelve entero de la guerra”.

Un domingo de otoño, de esos que cubren las calles de cadáveres de hojas y tiñen los pueblitos de marrón, al salir de la iglesia, dos ancianas comentaban que la enfermedad de Laura no era más que un virus normal que su padre había traído de las trincheras y que, sin quererlo, fue él quien acabaría con su vida, ya que, por lo que habían oído del doctor del pueblo, se trataba de una enfermedad normal. Pero esa historia nunca me convenció del todo: al viejo se lo veía entero, con cara de loco y ausente, siempre ausente; invierno y verano se sentaba bajo el pequeño toldo y en sus piernas se apoyaba algo, algo grande y pesado, un fusil de guerra, y observaba cada movimiento, como si algún general lo hubiera mandado a cuidar el lugar, hasta la caída de las piñas sobre la vereda lo exaltaba y daba pequeños brincos en la silla. Alguien por ahí dijo que, incluso esos días de intensas nevadas, el viejo mantenía su guardia, lo que resultaba difícil de corroborar, ya que, por esos días tan fríos, cuando ni los osos polares se animan a salir a la calle, nadie asomaba la nariz por la ventana y muchos debían cubrir los cristales con gruesas capas de diario para mantener el calor en el interior y aislar las casas de las temperaturas bajas.

Poco tiempo atrás

María (la Loca) vivía en esa misma calle Esperanza, pero algunas cuadras más cerca de la plaza, al 1100 más o menos. Su casa estaba casi al llegar a la esquina, la penúltima casa. De hecho, cuando ella se mudó lucía en concordancia con las demás, pero había perdido su brillo, su encanto. La pintura, golpeada por el intenso sol veraniego y las torrenciales lluvias de primavera, fue perdiendo fuerza, al igual que su mirada y su vigor. Al llegar al barrio, rápidamente los comentarios comenzaron a correr como la creciente que baja de la montaña. “La Loca”, como le decían todos, se hizo famosa. Su vestimenta no era normal para su edad, nadie sabía con exactitud su edad, su rostro, alargado, agobiado por la vida y los años, no expresaba mucho. Algunos decían que era muy joven para vestirse así, apenas superaba los 30 años, y otros decían que era mayor para vestirse así, una mujer de casi 50 años. Lo cierto es que, al mirarla a los ojos, uno descifraba poco casi nada. Lo único que su mirada dejaba ver con claridad era que el sufrimiento había de ser mucho, que su vida no fue sencilla y que tenía, al menos para pocos, mucha más vida que años.

Su casa, la penúltima de la cuadra justo antes de llegar a la plaza, la compró una buena tarde en que ella, buscando un lugar donde vivir, se cruzó con un desesperado propietario con muchos deseos de emigrar a una ciudad más grande, Bogotá tal vez, o Lima, una metrópolis que le diera más esperanza y oportunidades de progreso, y por supuesto más ruido. El pueblo era famoso por su silencio y su paz, sin ruidos ni trenes y con el aeropuerto muy lejos de la parte urbana, y en ocasiones a media mañana podías escuchar el canto de los pájaros del campo y el arrullo del viento bajando por las montañas. Esa extraña paz, como suele suceder con casi todo en la vida, despertaba odios y amores, algunos huían aturdidos de tanto silencio y otros se refugiaban en el pueblo aturdidos de tanto smog y paranoia de ciudad.

La Loca se enteró de la desesperación de este hombre por sacarse de encima la casa y acordaron una cita. Café de por medio, a los pocos días ella regaba el césped de la parte delantera y buscaba alguna nube con forma de animal; eso le gustaba hacer desde pequeña. Nadie la veía trabajar así que dicen que era rica; otras voces aseguraban que era una especie de viuda negra y que había heredado mucho dinero de sus maridos, pero nadie sabía con certeza nada de ella, ni de lo que traía en su mochila del pasado, porque rara vez hablaba con alguien y, cuando las vecinas intentaban saludar, ella las miraba fijo y no reproducía sonido, y ni gesto ni mueca alguna, como si sus ojos atravesaran piel y cráneo, y seguían viendo el horizonte. Por orgullo, locura, demencia etcétera, María no saludaba a nadie y en breve fue bautizada así: María, la Loca.

Por las tardes, por aquellos tiempos entre las cinco y las siete regaba su césped con amor y cautela mientras movía suavemente los labios, como si mantuviera una conversación con las gotas de agua que caían abarrotadas luego de abandonar la manguera, o tal vez estaría recordando una tibia canción de esas que se quedan adheridas en el cerebro como goma de mascar, o tal vez, y más inaudito, solo charlaba con algún amor que estaba por llegar o que tal vez partió un mal día y no volvió jamás. Lo cierto es que a las siete enrollaba con cuidado la manguera, la guardaba, entraba a la casita y casi con apuro se vestía de blanco, a veces eran vestidos, otras solo un jean y una blusa y en épocas más frías se abrigaba con un gorrito de lana tejido a mano, del mismo color, se sentaba bajo el pequeño toldo y saboreaba su preciado té vespertino, que los días lunes y miércoles era sabor canela, el resto de los días le daba igual; tal vez era una coincidencia, tal vez su amado le había prometido volver un lunes o un miércoles y él adoraba la canela o tal vez, no lo sé, estaba loca.

Al poco tiempo de vivir en el barrio, los rumores comenzaron a correr, su pasado la alcanzó y todos los que intentaban saludarla al pasar dejaron de hacerlo. Por supuesto, nadie se tomó el trabajo de investigar si las cosas que se decían eran ciertas o mentiras, solo comenzaron a ignorarla y a crear terribles fábulas e historias a su alrededor. Pero a María eso nunca le afectó, creo que ni siquiera lo notó, ella continuaba con su diminuta rutina diaria, el césped bien regadito, las plantas igual, por las mañanas se la veía hacer las compras en alguna tienda local y por las tardes se vestía de blanco, de punta en blanco, y solo esperaba a alguien o algo, o tal vez aguardaba que el cielo se acordara de los abandonados, pero solo esperaba, paciente, con los ojitos siempre cansados y perdidos, asombrosamente ausentes.

Un buen día, oí una bonita historia que contaba sobre una mujer que, luego de hundirse su navío, quedó flotando a la deriva días y días en una pequeña balsa inflable. Mientras el mar estuvo en calma, no hubo problema. Ella era fuerte y pronto descubrió la manera de purificar agua y de pescar, pero cuando la tormenta llegó y el mar mostró su peor carácter las cosas se complicaron: su pequeña balsa se sacudía de un lado a otro y pronto el agua la llenó, pero al final la mujer, usando todo a su alcance, logró atravesar la primera tormenta. Los días pasaron y ningún barco que pudiera rescatarla se asomaba en el horizonte y la mujer se abandonó lentamente en los brazos de la muerte. Una mañana, cuando el sol apenas asomaba en el basto horizonte, divisó otra pequeña balsa que se aproximaba; en ella un hombre de larga barba y aspecto moribundo le gritaba: “Llega en forma de lluvia sin inundar y en el horario permitido”. mientras con un remo improvisado se aproximaba a ella, el hombre, que también flotaba a la deriva desde hacía días, sin reparar en preguntas ni en presentaciones formales le dio agua, alimentos, y enganchó su balsa a la de la mujer. Y siguió remando. A las pocas horas llegaron a tierra firme y la salvó. Una vez que los pies estuvieron sobre la arena, le dijo: “Estuviste remando en la dirección opuesta, mirabas el horizonte, pero le dabas la espalda a la costa”, y ella sonrió.

Y a María, la Loca, un día, un mal día, el mar le mostró su peor cara:

—Queremos que abandone el pueblo —exclamó una mujer mientras se refugiaba en la compañía de las demás vecinas que increpaban aquella calurosa mañana a la nueva vecina del barrio. La Loca solo se dedicaba a recorrer sus rostros con la mirada, con un gesto apacible y hasta tierno, solo mantenía la calma sin pronunciar palabra alguna.

—Sabemos lo que usted hizo, y no queremos alguien así en nuestro barrio. ¡Debe irse de aquí!

Las mujeres lentamente levantaban la voz a medida que María mantenía más y más su silencio. Como gallinas que defienden el gallinero, inflaban el pecho para impresionar. Eso arrancó una tibia sonrisa en María, que decidió callar para no agrandar las cosas y continuaba inmutable, observando a estas mujeres que desnudaban la tristeza en sus almas con cada palabra. En esos pueblos tan pequeños donde la paz reina y todos pero todos se conocen, un vecino nuevo es toda una novedad, pero que un grupo de vecinas fuera a increpar de esa manera no lo era, y las gallinas comenzaban también a mostrar sus nervios a medida que la muchedumbre se detenía para saber de qué se trataba.

—Le estamos hablando, mujer. Reaccione, por Dios —gritó una vecina por décima vez.

María permaneció con la boca sellada, dio media vuelta y comenzó a caminar de nuevo hacia el interior de la casa, de su querida casa.

—Te vamos a hacer la vida imposible hasta que te vayas —dijo una vecina moviendo los brazos mientras las demás la miraban sorprendidas. María detuvo su paso, dudó un segundo y apretando los puños con fuerza volvió tras sus pasos.

—Señoras, ¿ustedes tienen familia? —preguntó sorprendida viendo a las mujeres. Su tono de voz era suave, amigable y sereno. A pesar de la escena, la Loca se mostraba imperturbable—. Señoras —dijo la Loca al ver sus caras de sorpresa y en silencio—, vayan a sus casas, abracen a sus familias y sean felices. Buen día.

3

Laura (la Asesina) está bajo el toldo de su casa viendo cómo, unos centímetros más allá de sus pies descalzos, la lluvia juega con el suelo. El olor a tierra mojada era una de las pocas cosas que la hacían sentir viva. Mueve los dedos y se estira para que las gotas salpiquen la punta de sus pies. «¡¡Está helada!!», piensa y sonríe. Recuerda cuando era libre y tan solo jugaba en el patio con los brazos abiertos y girando a gran velocidad.

Lejos por la ventana la madre la ve y sonríe. «Somos felices», piensa la madre, y una mueca de tristeza invade sus mejillas. Ahora la lluvia no solo está afuera jugando con su niña, su pequeña hija de 12 años, sino que también está en sus ojos. Deja el trapo sobre la mesada. «Secaré los platos luego» piensa, y se sienta afuera. Quiere regodearse con la sonrisa de su hija, es un sueño verla tan alegre, tan risueña y libre, pero… pero en el alma sabe que todo eso cambiará, sabe que esta alegría que le inunda el pecho pronto se acabará. No lo sabe con exactitud, pero ese instinto visceral de madre se lo dice y sabe que todo cambiará. No para su hija; al fin de cuentas, la tormenta que se avecina de alguna u otra manera la provocó ella, pero su reina, su hijita, nada hizo y nada tiene que ver con ello.

Recorre el césped mojado con sus ojos; allá lejos Laura le sonríe y la invita a jugar con ella. La madre sonríe también y piensa, a pesar de que no quiere hacerlo: una partecita en ella quiere no pensar en el asunto, quiere hacer de cuenta que el río no está creciendo aunque escuche la creciente bajar. Clava la mirada en sus manos. Le muestran la piel callosa, por los años lavando trapos ajenos para sobrevivir. Las mueve para evitar que se le enfríen, las aprieta con fuerza, los dedos cambian de color.

Nadie se lo ha dicho, pero en el corazón siente un flechazo. Algo se aproxima y no es bueno. Las madres presienten muchas cosas y rara vez se equivocan. La lluvia cesa por un instante y unos rayitos de sol se escapan entre las nubes y le dan de lleno en los ojos; su hija se acerca y la abraza mientras le pone un poco de lodo en las mejillas con sus delicados deditos.

—¿Qué tienes, mamá? —pregunta a la niña viendo sus ojos empapados.

—No es nada, Laurita —miente. Es en vano, ya que la niña lo nota y la vuelve abrazar para calmarla.

—Vamos a estar bien—dice Laurita, pero su madre sabe que no es así. Aun así, admira el optimismo de su pequeña. «Mi hija es fuerte», piensa. Quisiera ser como ella, como su hija, pero no lo es, no se siente fuerte, nadie le enseñó a serlo, todas las personas de su vida le enseñaron otras cosas, pero no eso nadie le enseñó: que una mujer sola puede naufragar y aun así salir ilesa, nadie le explicó a valorarse como lo que es, una mujer, un diamante, solo le enseñaron a servir, a suplicar y a inclinarse hacia adelante, nunca a erguirse ante la adversidad y gritar. A pesar de todo eso, escucha a su hija y siente esperanza, su barriga se llena de hormigas y le gusta, será Laura quien cambie las cosas, ella es fuerte y valiente, ella cambiará las cosas o huirá; la madre, en cambio, carece de valor para hacer ambas cosas, solo sabe soportar y soportar.

El abrazo se hace prolongado, ahogado, sus dedos se clavan en la espalda de la niña, no quiere soltarla jamás, ella es todo, esa niña y su sonrisa son el único trofeo que le pudo arrebatar a la vida, el único. La niña siente la fuerza de sus dedos y sabe que algo no está bien, apoya sus manos en su mejilla y, con la mirada de una niña, pero con la fuerza de un tren de carga al que nadie puede detener, le dice algo. La madre sonríe y se quiebra en llanto. Su hija es mucho más fuerte que ella y eso le inunda de paz el alma.

Laurita se sienta en una de sus piernas, pero no deja de abrazarla, las lágrimas serpentean por su rostro añejado y surcado por los años. Ya nada importa: de la misma manera que sabe lo que se avecina, sabe también que ahora hay alguien que se encargará de todo; aun así siente miedo, quisiera protegerla un tiempo más, unos añitos más y se olvida por completo de ella, solo quiere saber que su hija tendrá una vida, corta o larga, no importa, pero una vida, y llena de felicidad, esa que ella conoció solo de a ratos, a cuentagotas, tiempo atrás, antes… antes de todo esto.

—¡Cocinaré panqueques! —exclama la niña y la saca de su catacumba fría. La madre esboza una tímida sonrisa y las dos comienzan a caminar hacia el interior de la casa. A sus espaldas suenan los tambores de freno de un autobús. Metal casi con metal. Un chillido agudo que rompe los dientes. El vehículo detiene su marcha justo frente a su casa, las dos se quedan inmóviles y una brisa proveniente del Polo Sur se arrastra por sus espaldas.

4

María, la Loca, entra a su casa con paso cansino