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La vida se va convirtiendo en una larga conversación con las pantallas, mediada por los algoritmos, dioses silenciosos que todo lo ven, calculan y predicen. Una maquinaria invisible nos escucha, nos mide, nos perfila. Un nuevo inconsciente se está gestando, no en la familia, no en los sueños, sino en el zumbido constante de la red. Un inconsciente digital. Internet ha convertido el deseo en dato, la palabra en clic, la identidad en perfil. Ha creado una cultura digital que impulsa vínculos impensados y promueve un consumo constante al segmentar la información. Conecta, fragmenta, vende, estimula. A través de videojuegos, publicidades y redes sociales, educa sin escuela, atrapa seductoramente sin barrotes. Y es con los más jóvenes con quienes esa pedagogía invisible se vuelve más feroz. Los algoritmos no son neutros: son los nuevos arquitectos de la subjetividad. Diseñan lo que creemos desear, organizan nuestros vínculos, dictan nuestros pensamientos. Y lo hacen con eficacia quirúrgica, mientras creemos estar eligiendo. Este libro es una advertencia. Se mete en la red para desenredar y preguntarse qué queda del lazo, del juego y del deseo cuando todo se vuelve dato.
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Seitenzahl: 251
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Juan Vasen
Generación algoritmo
El desánimo y la ansiedad en la telaraña digital
Vasen, Juan
Generación algoritmo : el desánimo y la ansiedad en la telaraña digital / Juan Vasen. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6603-93-7
1. Cultura Digital. 2. Psicología Clínica. 3. Prevención de Riesgos. I. Título.
CDD 794.8
Diagramación: Patricia Leguizamón
Diseño de cubierta: Pablo Gastón TabordaImagen de cubierta: es.123rf.com/
Los editores adhieren al enfoque que sostiene la necesidad de revisar y ajustar el lenguaje para evitar un uso sexista que invisibiliza tanto a las mujeres como a otros géneros. No obstante, a los fines de hacer más amable la lectura, dejan constancia de que, hasta encontrar una forma más satisfactoria, utilizarán el masculino para los plurales y para generalizar profesiones y ocupaciones, así como en todo otro caso que el texto lo requiera.
1º edición, agosto de 2025
Edición en formato digital: agosto de 2025
Noveduc libros
© Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico S.R.L.
Av. Corrientes 4345 (C1195AAC) Buenos Aires - Argentina Tel.: (54 11) 5278-2200
E-mail: [email protected]
ISBN 978-631-6603-93-7
Conversión a formato digital: Numerikes
JUAN VASEN. Psicoanalista y especialista en psiquiatría infantil. Exresidente y Jefe de Residentes del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. Exdocente de Farmacología. Médico de planta del Hospital Tobar García desde 1985. Cofundador y excoordinador del Programa “Cuidar Cuidando”. Secretario General del Forum Infancias. Autor de ¿Post-mocositos?; Contacto animal; Fantasmas y pastillas; La atención que no se presta: el “mal” llamado ADD; Las certezas perdidas: padres y maestros ante el desafío del presente; El mito del niño bipolar. Labilidades subjetivas en un mundo rápido, furioso y fetichista; Una nueva epidemia de nombres impropios. El DSM-5 invade la infancia en la clínica y las aulas; Contacto niño-animal; Autismos: ¿espectro o diversidad?; Dislexia y dificultades de aprendizaje; ¿Niños o cerebros? Cuando las neurociencias descarrilan y Diez claves para comprender el padecimiento infantil y juvenil. Después de los barbijos.
Cubierta
Portada
Créditos
Sobre el autor
Prólogo
Sin red entre las redes: entre el desánimo y la ansiedad en la telaraña digital
¿Entonces?
Capítulo 1. La denuncia-demanda
Reacciones imperiales
Capítulo 2. El asalto comercial a la infancia: el mundo de las cosas
Socialización de mercado
De Pinocho a Toy Story
Marketing, protagonismo y poiesis
Deep Culture e inconsciente digital
¿Protagonismo o usufructo?
Capítulo 3. Redes sin red: los riesgos del “exhi-vivir”
Los riesgos: la degradación de los lazos y la dilución de las sensibilidades
El contrapunto: luces y sombras
Las chicas: la autoestima y la imagen
Los varones y los pozos digitales
Precocidad militante y monetización de la infancia: las/os chicas/os influencers
Los más grandes y otros pozos: el marketing del humo
Ciudadanía digital y tiempo
Sin red
Capítulo 4. La ilusión del paraíso de una vida pixelada
¿Latir en la pantalla?
El celular: objeto narcisista (o autista) y rosario
A nivel presidencial
A nivel parental
Transferencia pixelada
Capítulo 5. El lado oscuro de la IA: el camino del espectro
Algoritmos y dataísmo: el alma digital al infierno de lo igual
Cálculo o pensamiento: el espesor amenazado
El. Dark Side de la IA: infómanos
Elevar la experiencia humana: la humanidad mejorada
Capítulo 6. En las aulas, ¿ponerles las pilas? ¿Sacar los celulares?
Entre Homero Simpson y TikTok: la infancia estallada en tiempos de consumo
La grieta educativa
Los celulares y la sociabilidad
Capítulo 7. Pantallas sin mundo: soledad, exigencia y vacío en la clínica digital
Impresentables, a boxes
“No veo. Hago visible” (Paul Klee)
De Fornite a fornido
Te conozco, mascarita
Transiciones
Patito Feo
Clínica y poiesis
Diagnosticar no es clasificar
Desánimo y falta de empatía
Una palabra conseguida
Capítulo 8. Pantallas sin mundo: soledad, exigencia y vacío en la clínica digital
Datables y reemplazables
Tiempo y re-cuerdos
Metáforas
Lenguaje y genes, desarrollo y devenir
Fantasmas y duendes
“Inter-versiones”
Superponer, sancionar, hacer lugar
Epílogo. Fahrenheit 451. La memoria y la savia de la vida
Ir, más que volver a las cosas
Hacer memoria
Bibliografía
Tabla de contenidos
Una lágrima que se me cayó recién/ es un charquito de ansiedad/ que sobrevuela esta época/ y protege, como puede,/ la investidura de mi tristeza.
Leandro Gabilondo
En este libro se ponen en interjuego la generación de subjetividades (es decir, la crianza) con la incrustación epocal de los algoritmos. Esos que, despertados y activados por las búsquedas en las redes, caen como un aluvión de estímulos y ofertas sobre todos nosotros. Y mucho, muchísimo más aún, sobre niños, niñas y jóvenes que viven la virtualidad de la sociedad-pantalla como tanto o más real que el mundo material de seres, objetos y relaciones sociales.
Esos algoritmos motorizados por lo que se ha configurado como un imperio tecnológico son como el “lado oscuro” del progreso en las cibercomunicaciones. Y, tal cual advertía Darth Vader, el personaje central de la saga de Star Wars, “Nunca subestimes el lado oscuro de la Fuerza”.
Hace algunos años, nos preguntábamos (Vasen, 2000) quiénes eran los responsables de criar y educar. La respuesta, en ese momento, parecía obvia: las Familias (así, con mayúscula). En segundo lugar, podían agregarse las escuelas. Y, ya más exigentes, las religiones y también el Estado, que entre sus funciones incluye la formación de futuros ciudadanos. Sin embargo, esta formación ha sido desplazada –casi arrinconada– por la producción de consumidores. Y son justamente esos niños, devenidos clientes en lugar de alumnos y consumidores en lugar de ciudadanos, una de las condiciones previas y preparatorias para una permeabilización casi sin barreras a la intrusión tecnoalgorítmica.
La llamada “caída de los grandes relatos”, en el plano macro, desarrollada por Fukuyama (2000), se transforma hoy, según Han (2023), en una crisis más micro: la de las narraciones y la de la capacidad misma de desarrollarlas. Una narración es capaz de generar una intimidad mágica con el lector, y ese podría ser justamente el rol de la ficción.
Uno de los grandes relatos que ha caído es el de la religión. Como relato, ha sido –y en parte, aún es– el sostén espiritual de sus creyentes, al involucrarlos en un proyecto trascendente si observan con fidelidad sus mandatos y prescripciones. A modo de ejemplo, podemos pensar en aquellos países en los que las condiciones de pobreza son enormes (como sucede en gran parte del mundo árabe o en la India), en los que la religión regula las vidas cotidianas, las respalda y conforta. El cristianismo, en su faz práctica de interrogación moral de las acciones diarias y también en su función de delimitación de pasiones y pulsiones –basada en la represión, las inhibiciones, los síntomas y las neurosis– ha perdido popularidad en Occidente. Durante el siglo XX configuró un modo de habitar el mundo muy distinto del que propone la “telaraña digital” en la actualidad.
Hoy es esta telaraña la que adquiere un carácter religioso y así consideran sus cultores al dataísmo: como una religión que, más que encantar, muchas veces desencanta; que atiborra de información en tanto horada y profana (podríamos decir, siguiendo esta línea discursiva) las subjetividades de infancias y adolescencias, y convierte a sus integrantes en seres digitales. Una generación a la que se le está creando lo que podríamos llamar un “inconsciente digital” (Han, 2023).
La telaraña digital encabeza el ranking de las influencias que gravitan sobre la crianza actual, responsable del empobrecimiento narrativo. Y está cada vez más claro que esas influencias directas e indirectas permean todos los aspectos de la crianza y la vida social.
La fascinación que genera el mundo algorítmico oculta un verdadero colonialismo sobre el que es necesario reflexionar. Para explicar el significado de “colonialismo algorítmico” se puede partir de una metáfora muy sencilla. En Biología, se habla de una colonización cuando una especie devora a las demás y conquista un territorio. Esa misma idea puede aplicarse a la dinámica del mundo digital. La irrupción de los smartphones, por ejemplo, llevó a la desaparición de bibliotecas, de álbumes de fotos físicas y a la delegación de funciones cerebrales. El teléfono inteligente, poco a poco, devora y va transformando su entorno. El smartphone, en tanto expresión de algo más amplio, que es el mundo del algoritmo, no debe ser visto como una simple herramienta, sino como algo que transforma el mundo de una manera mucho más profunda. (Benasayag, 2025)
Cualquier persona que observe la vida familiar notará la omnipresencia de pantallas en la cotidianidad. Podríamos admitir su riqueza como variante lúdica: la existencia en la vida de los niños y jóvenes de una oferta tecnológica entretenida (que, literalmente, los tiene entre sus hilos), divertida y, por si fuera poco, fácil de transportar, porque llevar un teléfono o una tablet es mucho más sencillo y cómodo que llevar juegos o juguetes.
Pero esto claramente es solo una parte de la cuestión. Más adelante, en la cada vez más precoz pubertad y, por supuesto, después, plenamente en la adolescencia, ya no son los juegos sino las redes las que inundan la vida de los jóvenes de hoy, aquí y en todas partes. Cualquier madre o padre conoce la lucha cotidiana que debe llevar adelante para intentar poner límites al apego de los chicos por las pantallas. Cualquier maestro de grado sabe que compite en cada aula (en seria desventaja) con la interferencia tecnológica, lúdica y consumista que atrapa la atención de sus alumnos casi en todo momento.
Jonathan Haidt (2025) expresa que, a partir del año 2010, con el surgimiento del iPhone (caracterizado inicialmente por tener cámara de fotos y más adelante por descargar aplicaciones y conectar con las redes) se abre una grieta en la formación de subjetividades. Denomina a ese proceso “la reconfiguración de la infancia”, puesto que se ha pasado de una basada en el juego a una centrada en el teléfono. Algo que en Niños y cerebros (Vasen, 2017) planteo como “la reprogramación de la infancia”, que nos ha traído hasta esta de hoy, con unas formas de crianza en ocasiones enriquecidas, pero muchas veces interferidas por las redes y el teléfono. Una infancia en la que hay una inhibición de experiencias reales sociales y lúdicas debido a una sobreprotección por parte de los padres. Algo explicado y justificado porque la vida es riesgosa y se teme que los niños anden solos por la calle o acudan a las plazas. Pero, por otro lado, se aprecia una desprotección de sus vidas en las redes, en donde lo virtuoso de que sea un espacio exogámico para los niños y jóvenes tiene el costado oscuro de una exposición y una exhibición comprobadamente dañina para la salud mental. Esto se verifica de modo fehaciente con estadísticas de aumento de depresión, intentos de suicidio o autolesiones en diversos países a partir del año 2010. Y, si bien existen otros factores que analizaremos en este libro, el impacto que adquiere este aspecto es trascendente.
La serie británica Adolescencia 1 y la serie argentina Atrapados 2 muestran, de diferentes maneras, la existencia e importancia de ese mundo virtual que posee códigos, reglas y mandatos que inciden en realidad física y que están alejados y son muchas veces inaccesibles o incomprensibles para los adultos. Los adolescentes, por su parte, se sumergen en él y a veces quedan condicionados o alienados por los contenidos seductores que les proponen. Es difícil poner límites a lo que, como señala Paula Sibila, ha sido creado precisamente para el exceso. Una publicidad de un perfume (que perfectamente podría ser la de un teléfono celular) lo deja bien claro: Why not excess? es el nombre de esa fragancia.
Ante eso, el discurso del límite rebota en las neuronas de hijos o alumnos que no adhieren –e incluso repudian– el discurso que los adultos pretenden transmitir. Se disparan entonces reacciones de inusitada violencia que, en algunos casos, terminan con agresiones severas y hasta con muertes. La vida sin pantallas no sería vida.
Y he ahí, precisamente, lo que se halla en crisis: la capacidad adulta de transmisión. El discurso parental, escolar, estatal y religioso ha bajado mucho su popularidad y, como en lo social no hay lugares vacíos, ese espacio lo ocupan otras influencias e influencers.
Esto conduce, en principio, a tres sensaciones: primero, a algo de desconcierto; luego, a mucha nostalgia, y, finalmente, a una enorme fatiga. Es como si estuviéramos tomando nota de una batalla perdida de antemano. El desconcierto surge de no poder entender ni lograr hacer pie. El piso de las prácticas de crianza y educación no cesa de moverse. La nostalgia surge de la certeza de que nuestros saberes ancestrales de crianza están caducos. ¿O las antiguas recomendaciones de los consejos de ancianos sabios y los refranes tienen hoy algún valor? La plasticidad para incorporar una tecnología que se renueva sin cesar y lo impregna todo día a día queda del lado de los que se han criado en su magma.
La generación Z (de los nacidos entre 1995 y 2010) y los millenials (nacidos entre 1981 y 1995) son hoy los chicos y jóvenes que habitan más fluidamente este nuevo mundo. Son muy poco críticos respecto de esta irrupción tecnoalgorítmica y creen saber más acerca de este, su mundo. Y respecto de algunas funciones, así es: dan consejos a los adultos cuando estos no pueden salir o entrar a la maraña virtual. La fatiga adulta, entonces, es la consecuencia lógica de este estado de cosas:
(…) lo que tienen en común los padres es que se sienten atrapados e impotentes. La mayoría no quiere que sus hijos tengan una infancia basada en el teléfono, pero en cierto modo el mundo se ha reconfigurado a sí mismo para que cualquier padre que se resista esté condenando a sus hijos al aislamiento social. (Haidt, 2025)
Mira, ahora toca que soportemos juntos el fragmento y la parte como si fuera el todo./ Será duro ayudarte./ Ante todo: no me plantes.
Rainer Maria Rilke
Por encima de la realidad está la posibilidad.
Martin Heidegger
Entonces, aportaremos elementos para poder repensarnos en nuestros difíciles roles. Porque ausentarnos ante la dificultad abre un espacio que se parece a un abismo, deja orfandades. Y la inevitable obsolescencia de los artefactos no debería dar lugar a la obsolescencia de las figuras que tienen (tenemos) las funciones asimétricas de criar y educar. Y también de curar. O, al menos, de acompañar con delicada y dedicada sabiduría el padecimiento de los chicos y jóvenes de hoy, el de sus familias y el de los maestros que acercan sus preocupaciones y desbordes.
Revertir este orden de cosas no es simple. El problema no reside en la tecnología ni en las pantallas, en las configuraciones familiares diversas ni en la “prédica” de la religión del merchandising y del marketing. O, mejor dicho, es todo eso, pero no solo eso. El verdadero problema es el tiempo. El tiempo que sentimos que no tenemos y que, por ende, no podemos donar, como se hace cuando se le lee un cuento a un niño.
Recorreremos en este libro las diversas influencias que, en su complejo conjunto, conducen al escenario que se abría, por ejemplo, ante los ojos despiertos y asombrados de Momo, la protagonista de la novela del mismo nombre de Michael Ende. Ella es una niña de diez años, que ve cómo unos extraños hombrecitos grises negocian con sus vecinos, a los que les roban su tiempo de vida, que después consumen. Algo que se reconfigura en la muy recomendable película alemana Paradise, que muestra una distopía: en un futuro no muy lejano, una empresa desarrolla un método para transferir años de una persona a otra, como forma de saldar deudas o de mejorar la situación económica a costa de la propia vida.
La preocupación que guía este texto ya estaba presente durante la escritura de Postmocositos (Vasen, 2000) y Las certezas perdidas (Vasen, 2008), pero está muy claro que en los últimos años se han acentuado nuevas tendencias (algorítmicas) en la configuración de nuestras subjetividades. En ese sentido, se conjugan dos aspectos:
Aquello que impacta: pantallas, marketing, algoritmos, publicidades, redes, películas, juguetes.Lo que es impactado: las subjetividades, las reglas, los juegos, las violencias, la socialización, la riqueza simbólica, la sensibilidad, los ideales. Y, entonces, la ansiedad, el desánimo, la sobreexigencia.En un programa de la televisión francesa en el que se homenajeaba a Edgar Morin en su centésimo cumpleaños, el filósofo y sociólogo señaló que estamos muy preocupados por mejorar a las personas y de lo que se trata, en realidad, es de mejorar las relaciones entre ellas. En ese sentido, las pantallas tienden a hipertrofiar una individualidad narcisista, desapegada, autosuficiente. Es ese “lado oscuro” de la tecnología, las redes y los algoritmos lo que exploraremos en este texto. Puede considerarse un intento utópico, pero tal vez solo se trate de hacer posible lo improbable. Que no es un retorno al pasado ni un baño de nostalgia, sino un ensayo de recuperación de lo valioso de ciertas tradiciones de crianza y educación, y de reversión de aquello que aliena y enajena; un intento de promover el enriquecimiento de nuestras subjetividades y evitar convertir nuestras vidas y deseos en marionetas del marketing consumista.
Notas
1.Adolescencia (Netflix) es una excelente serie inglesa que gira en torno a Jamie, un niño de trece años acusado de asesinar a una compañera de clase. Desnuda la distancia entre el mundo adulto y el de los niños y jóvenes de hoy.
2.Atrapados (Netflix) es otra muy buena serie, esta vez argentina. Muestra la investigación de casos de abuso sexual a cargo de una periodista adulta que se hace pasar por adolescente para atrapar al presunto depredador. Su accionar revela un submundo virtual siniestro.
Divertirse hasta morir.
Neil Postman
Los ímprobos esfuerzos de la ciudad de Nueva York por atajar la epidemia de sucesos protagonizados por personas con trastornos mentales en el metro, en las calles, en los hogares (una oleada imparable después de la pandemia) han hallado una nueva vía para manifestarse. La Gran Manzana ha presentado una denuncia contra TikTok, Meta, Snapchat, YouTube y Google, “por alimentar la crisis nacional de salud mental juvenil”, según ha anunciado el alcalde, Eric Adams. La demanda, presentada en el Tribunal Superior de California por la ciudad de Nueva York, el Departamento de Educación y la Corporación de Salud y Hospitales de la Ciudad de Nueva York –de quien dependen los extenuados servicios de Salud Mental– alega que estas compañías manipulan y crean adicción intencionadamente a los usuarios más jóvenes, manteniéndolos atentos a sus plataformas y provocando en sus comportamientos efectos no deseables y a la postre nocivos para el desarrollo de la personalidad y la propia convivencia con su entorno. (Sánchez-Vallejo, 2024)
La denuncia se hizo necesaria porque, según Adams, habían observado “cuán adictivo y abrumador puede ser el mundo en línea”, que expone a los niños a un flujo continuo de contenido dañino y alimenta “la crisis nacional de salud mental juvenil”.
El alcalde neoyorkino alegó con fundamento que muchas redes sociales como TikTok, YouTube o Facebook utilizan “algoritmos adictivos” para fomentar el consumo de niños y niñas y jóvenes. Y que las empresas los han diseñado y desarrollado no solo para conseguir la adhesión de ellos, sino que, además, han generado aplicaciones diseñadas para dificultar el control parental y han evitado emplear vigilancias efectivas para la verificación de la edad de los usuarios.
El modus operandi es conocido y puede resumirse del siguiente modo: los usuarios navegan las redes de acuerdo a sus preferencias. Estas son registradas para producir una continua actualización de los algoritmos, que ofertan entonces nuevos contenidos de acuerdo a los gustos expresados, de manera que se maximiza su capacidad adictiva y se potencia el desarrollo de un uso compulsivo y atrapante de las aplicaciones, que tiende a hacer muy difícil el abandono por parte de los interesados.
Por ejemplo, con respecto a TikTok, la demanda del alcalde neoyorquino señala que los algoritmos estarían diseñados para maximizar el uso con una provisión infinita de contenidos que impulsan a deslizarse interminablemente por la pantalla y, al mismo tiempo, brindan otros de oferta limitada y efímera, acompañados con recompensas virtuales, como el número suscriptores o de likes de aceptación de los contenidos ofrecidos.
Las recomendaciones y la personalización nos regresan el mar de datos que hemos creado nosotros mismos al movernos por el mundo virtual buscándonoslas y descubriendo lo que nos gusta. Los algoritmos no son mágicos. Vuelven a nosotros desde allí. (Varoufakis, 2023)
Todos hemos tenido la experiencia de buscar algo en las redes y ver que al instante aparecen mensajes o publicidades relacionadas con lo solicitado. Hace unos días recibí el resultado de un estudio radiográfico, y una plataforma Pinterest que suele enviarme publicidades de autos, de zapatos, de ropa o de raquetas de tenis me remitió una imagen de una radiografía. Y es aún más sorprendente que a veces eso ocurra después de una conversación, por lo que en algunos lugares se ha decidido que las sesiones de psicoterapia se realicen con los teléfonos apagados.
Hace años, en un reportaje, expresé la idea de que los hijos se parecen más a su época que a sus propios padres. En aquel momento, una frase de Bart Simpson relativa a la presencia de la televisión daba cuenta de la influencia decisiva del contexto en su crianza, que pasaba a través de sus padres como mediadores pero que también impactaba de modo directo.
¿Qué decir entonces de las generaciones actuales, que prácticamente han sido criadas por las redes y sus aplicaciones? Es una influencia que circula por fuera del insuficiente radar de las aduanas, fronteras y filtros parentales. Lo que antes considerábamos el hogar-nido ha visto horadados y disueltos sus límites y, poco a poco, la intimidad se ha ido transformando en extimidad.
Las redes sociales no solo capturan el tiempo; capturan al sujeto mismo, lo colonizan. El tiempo de antes –ese en que los adolescentes soñaban despiertos, se aburrían mirando por la ventana o escribían en un cuaderno– ha sido devorado por los bucles de atención que producen los algoritmos. El tiempo ya no se despliega como espera, como latencia, como posibilidad, sino como consumo permanente, como instantaneidad sin espesor.
El viejo mundo, con sus libros subrayados, su música compartida en auriculares conectados y sus cartas que tardaban en llegar se ha vuelto ilegible. Hoy el tiempo se actualiza compulsivamente: scroll, click, like, replay. Lo que se construía en la demora –el deseo, el pensamiento, incluso la angustia productiva– se ve reemplazado por un flujo continuo de imágenes que no dejan tiempo para el tiempo.
La lógica algorítmica suplanta al inconsciente: en lugar de interpretar un sueño, se nos ofrece un contenido “para ti”. Ya no es el sujeto quien elige, sino el sistema el que anticipa, calcula y dispone. Como señala Safranski (2021) cuando la aceleración se vuelve constante, lo que se pierde no es solo el reposo, sino también la posibilidad de pensar.
En su clásico Divertirse hasta morir, Neil Postman (2016) lamenta el ocaso de la palabra impresa y el auge de lo que denomina “la cultura del entretenimiento”, que incluso antes de la aparición de internet generaba un extraordinario bombardeo de información descontextualizada.
El gran giro no fue de lo serio a lo banal, sino de la palabra al espectáculo, del sentido al entretenimiento. Hoy no se oculta la verdad, simplemente se la reemplaza por contenido. Y el contenido, por definición, es aquello que llena: llena el vacío, la espera, el pensamiento, la angustia. Pero lo que llena también tapona. La experiencia subjetiva, cuando no puede hacer lugar a la falta, queda ahogada en un exceso que no dice nada.
La cultura del entretenimiento perpetuo es la versión capitalista de la pulsión de muerte: repetición vacía que no busca un fin, sino la excitación continua, como un loop sin relato. Desde la neurociencia, Berridge (Berridge y Robinson, 1998) distingue entre liking y wanting, entre el placer real y la compulsión anticipatoria. Las plataformas digitales operan sobre esta diferencia: no nos ofrecen satisfacción, sino deseo sin objeto, necesidad sin reposo. Como ratas en la caja de Skinner, seguimos apretando el botón.
Pero lo que está en juego no es solo una adicción neuronal, sino un vaciamiento del mundo como escenario compartido. Cuando todo se vuelve “para mí”, se pierde lo común. Cuando todo se torna visible, se pierde el secreto. Y sin secreto no hay subjetividad. Las pantallas muestran, pero no permiten mirar. Hay algo en el ver sin mirar que destruye la posibilidad de desear.
Comparto la preocupación de Daniel Korinfeld por
(…) el poder de las tecnologías de la información y la comunicación, en especial las plataformas que sostienen las llamadas redes sociales, su omnipresencia, el lugar que van adquiriendo día a día en la producción de subjetividad, en el moldeamiento de los imaginarios y en sus modos de intervenir transformando y fragilizando el lazo social. (Korinfeld, 2024)
Y todo eso acontece a una velocidad inusitada en las primeras décadas del siglo XXI, cuando las tecnologías adquieren un lugar central en la configuración de subjetividades. Timothy Erwin, sin medias tintas, señala que:
Neil Postman dibujaba una sociedad que camina, aceleradamente, hacia la estupidez colectiva, en un marco de libertades formales inútiles, porque nadie las podrá ejercer, por desconocimiento, en un mundo universal donde cuatro grandes comunicadores –viejos actores, deportistas famosos, presentadores con glamour– serán los Grandes Escritores omnipotentes y omnipresentes. (Erwin, 1987)
Ahora son otros (Meta, Google, Instagram, TikTok y Facebook) los que dominan el actual imperialismo tecnológico. Scaletta (2025) plantea que “Las grandes multinacionales que hoy conducen los procesos económicos globales se sustentan en las innovaciones en los campos de la informática, la biotecnología y la inteligencia artificial. Así se define un nuevo imperialismo tecnológico, fase actual del capitalismo”. Este autor recupera las ideas de Alvin Toffler, quien sostiene que la gran primera ola de cambio de la historia humana fue la revolución agrícola, que no casualmente dio lugar a los primeros imperios. La segunda ola fue la Revolución Industrial, que abrió paso a otro tipo de imperios globales, con el capital tomando todo el planeta. La tercera ola fue la de la informática y las telecomunicaciones, que consolidó la globalización financiera, la de los mercados interconectados que nunca duermen, y las cadenas de valor globales.
Ahora nos hallamos ante la cuarta ola, la que viene (Suleyman, 2023), que es la de la Inteligencia Artificial (IA) y la “biología sintética”, es decir, la nueva capacidad humana de rediseñar los organismos biológicos existentes o, directamente, de crear otros nuevos por medio de la tecnología y las tecnociencias. Un asalto del futuro sobre el presente en dimensiones que –como afirma otro futurólogo de moda, Yuval Harari (2011)– ya podrían haber puesto en marcha la civilización “poshumana”, con la IA trascendiendo las capacidades analíticas del hombre y con la biotecnología y la robótica transformando al humano como especie. Lo que Rüdiger Safranski (2021) denomina “antropotecnia”.
Si bien nuestros cuerpos (y más aún los de los niños y jóvenes, que se encuentran en proceso de constitución) no están expuestos todavía a inóculos cibernéticos que los conviertan en cíborgs, sí se hallan a merced de la cotidiana influencia de mensajes que llegan desde las redes y modifican no solo los modos de funcionar de nuestra subjetividad, sino también los de nuestro organismo y, por supuesto, nuestros neurotransmisores, nuestras formas de respuesta ante lo que nos invade tantas veces, sin filtro. Porque se sabe que la liberación de dopamina está asociada al placer y la recompensa; se trata de un neurotransmisor ampliamente distribuido en el cerebro que interviene simultáneamente en el control del movimiento y en el sistema de recompensas.
También la sociabilidad se encuentra muy ligada a la neurotransmisión de dopamina; su ausencia causa apatía (falta de vigor o energía para actuar) y anhedonia (falta de placer al realizar actividades). Debido a esto, una baja captabilidad de dopamina se halla con frecuencia en personas con ansiedad social (Berridge y Robinson, 1998).
En cuanto a los efectos más negativos sobre el cuerpo, la denuncia del alcalde neoyorquino subraya la afectación de la imagen de sí, debido a la difusión de fotografías y videos de cuerpos de niñas, niños y adolescentes manipulados con lentes o filtros. Estas imágenes idealizadas se inscriben en nuestros modos de autopercibirnos, de valorarnos y de relacionarnos. Además, alimentan estándares físicos irreales, cuya comparación dañosa con la realidad angustia, afecta enormemente la autoestima y propone metas corporales inalcanzables, lo que genera una enorme presión y sobreexigencias.
Todo lo denunciado en la demanda del alcalde de Nueva York habría conducido a lo que el documento define como una “crisis de salud mental juvenil” imputable a la negligencia, ya que las compañías deberían haber conocido los efectos de sus productos sobre la salud mental de las infancias y adolescencias. Esta definición se basa en los testimonios recogidos de consultas realizadas en programas (en los que Nueva York gasta cien millones de dólares al año) de quienes se sienten aislados y solos, desanimados –cuando no francamente deprimidos–, desvalorizados por no poder “dar la talla” ante una estética imposible (muy evidente y padecida por las chicas). La realidad virtual se ha convertido en una nueva hegemonía estética y cultural, una fuente de autoestima exogámica, generadora de un intenso desánimo y una ansiedad inmensa.
Para respaldar su argumento, el alcalde neoyorkino remarca que, según un informe del Departamento de Salud Mental, en 2023, en la ciudad, más del 38 % de los estudiantes de secundaria informaron sentirse tristes o desesperados y señalaron que dejaron de realizar sus actividades habituales. La tasa de desesperanza entre los estudiantes de secundaria de la ciudad de Nueva York en 2021 fue casi un 50 % más alta para los estudiantes latinos y negros que para los blancos, y casi un 70 % más elevada para las estudiantes mujeres que para los varones.
