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"Esta es una historia parcial y muy simplificada de una idea lingüística. No se trata de una historia de la lingüística en el sentido clásico de la expresión, es decir, una historia que hace un recuento cronológico de lo que cada gramático o cada filósofo dijo sobre el lenguaje. Se trata más bien de la historia selectiva de una idea contada desde la perspectiva del siglo XXI. Me he tomado libertades extraordinarias para establecer la forma de dicha idea; he ignorado contribuciones que resultan muy importantes desde el punto de vista de la historia del pensamiento occidental, pero me ha sido indispensable tomarme esas libertades para poder llegar a una idea general que, si bien se mueve con su historia, no es idéntica a ella. La intuición central de este libro es que dicha idea es doble y que se expresa mejor mediante geometrías variables, y de ahí el título de este libro"". Mario Montalbetti"
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Seitenzahl: 147
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Mario Montalbetti (Lima, 1953) es PhD en Lingüística por el Massachusetts Institute of Technology y profesor principal de Lingüística de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado varios libros de ensayos y de poemas en el Perú y en el extranjero. Entre los primeros, Cajas (2012); Cualquier hombre es una isla (2014); El más crudo invierno. Notas a un poema de Blanca Varela (2016); El sentido y la ceguera del poema (2018) y Epiciclos, en colaboración con Marc Belderbos (2018).
También ha publicado siete libros de poesía entre 1978 y 2012, recogidos en Lejos de mí decirles (2013 y 2014). Y cuatro poemarios posteriores: Simio meditando (ante una lata oxidada de aceite de oliva (2016), Notas para un seminario sobre Foucault (2018), Cabe la forma (2021) y El lenguaje es un revólver para uno (2022). Selecciones de sus poemas han sido reunidas bajo los títulos En una lengua rompida (2017) y Huir no es mejor plan (2017).
Es codirector de la revista Hueso Húmero.
Mario Montalbetti
GEOMETRÍAS VARIABLES DEL LENGUAJE
Geometrías variables del lenguaje© Mario Montalbetti, 2022
© Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 2022Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú[email protected]
Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP
Primera edición digital: julio de 2022
Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores.
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N° 2022-06502e-ISBN: 978-612-317-772-0
Si logras penetrar la naturaleza íntima, la esencia de un montaje conceptual, debes poder producir una imagen, un diagrama, una figura.
A. Badiou
¡No más figuras!
F. de Saussure
Índice
[1] Introducción
[2] Platón
[3] Aristóteles
[4] Saussure
[5] Lacan
[6]
[7] Chomsky
[8] Sobre «lenguaje y realidad»
[9] Resumen
[10] Los esquemas
Bibliografía citada
[1] Introducción
La breve historia que quiero contar a continuación es la historia parcial y muy simplificada de una idea lingüística. No se trata de una historia de la lingüística en el sentido clásico de la expresión, es decir, una historia que hace un recuento cronológico de lo que cada gramático o cada filósofo dijo sobre el lenguaje. Se trata más bien de la historia selectiva de una idea contada desde la perspectiva del siglo XXI. Me he tomado libertades extraordinarias para establecer la forma de dicha idea; he ignorado contribuciones que resultan muy importantes desde el punto de vista de la historia del pensamiento occidental, pero me ha sido indispensable tomarme esas libertades para poder llegar a una idea general que, si bien se mueve con su historia, no es idéntica a ella. La intuición central de este libro es que dicha idea es doble y que se expresa mejor mediante geometrías variables —y de ahí el título de este libro.
Quien primero expresó la naturaleza de la dobladura de la idea que quiero examinar fue, para variar, Platón. Platón observó que hay dos problemas distintos cuando tratamos de explicar el lenguaje humano. Por un lado, está el asunto de cómo es que las palabras se conectan con las cosas del mundo exterior. Este es el problema de la designación (o nominación o referencia) y es lo que voy a llamar «el problema inicial». Puesto en términos simples, el problema inicial es por qué y cómo es que cuando decimos «árbol» designamos árboles y no obispos. Pero Platón advirtió que esa relación (la relación nombre–cosa) por sí sola no consigue mucho y es solo la mitad del problema. Es como si para explicar el juego del ajedrez nos contentáramos con conectar la palabra «caballo» con la figura del caballo, «alfil» con la del alfil; ignorando que para explicar el juego debemos explicar también el movimiento de las piezas y las relaciones entre una pieza y otra. El ajedrez no es un juego de nominaciones, el lenguaje tampoco. Entonces, el segundo problema advertido por Platón es que es solo cuando las palabras se conectan entre sí para formar una frase, un discurso, un enunciado (es decir, cuando las palabras hacen un «movimiento» y se relacionan con otras palabras), es solo entonces que se llega a una idea plena de lo que es lenguaje. Si el primer problema es el de la designación (es decir, el problema de cómo es que las palabras se conectan con cosas en el mundo), el segundo es el de la articulación de las palabras entre sí, que es el problema de la sintaxis. Es en este sentido que la idea que trataré de mostrar es doble. Por un lado, la relación palabra-cosa; y, por el otro, la relación palabra-palabra. Esta dobladura es importante porque solemos reducir el problema del lenguaje a tema de la nominación. No debemos olvidar que, para los seres humanos, si hay lenguaje es que hay nominación y hay sintaxis. Esa es la dobladura esencial del lenguaje. Y me gustaría aventurar que es esta última, la sintaxis, la que nos hace propiamente humanos, tal como veremos más adelante.
La historia que quiero narrar gira alrededor de ciertos nombres claves: Platón, Aristóteles, Saussure, Lacan y Chomsky. Cada uno tiene una «teoría del lenguaje», pero cada uno tiene también una idea distinta de lo que es lenguaje. Sus respectivas teorías son respuestas a preguntas muy distintas que estudiaremos en las secciones siguientes. Aun así, sus modelos definen las geometrías básicas que voy a explorar. Sin duda hay otras y voy a considerarlas; bifurcaciones que parten de, o llegan a, los modelos claves mencionados. En cualquier caso, he tratado en todo momento de que la línea central (Platón-Aristóteles-Saussure-Lacan-Chomsky) guíe nuestro progreso y exprese de la manera más simple posible la forma de una idea y su movimiento en el tiempo.
[1a] Hay lenguaje
En algún momento, alguno de nuestros antepasados debió haber trazado el siguiente dibujo:
Tal vez lo hizo sentado sobre la arena de una playa, o en las márgenes de un río, o bajo el calor abrasador de un desierto, pero ese dibujo nos ha mantenido «cautivos» desde entonces1. El dibujo expresa el enigma original, el primero en despertar nuestra curiosidad por el lenguaje: ¿cómo es que nuestras palabras están conectadas con objetos «allá afuera» en el mundo?
Para bien o para mal, ese es el dibujo que nos ha acompañado todo este tiempo. Y, al trazarlo, ese antepasado debió haber pensado en algo en lo que nunca nadie había pensado antes, pensó en [-----], en la conexión entre la palabra «árbol» (o cualquiera haya sido la palabra en su lengua para designarlo) y un árbol. Antes de ese pensamiento inaugural, las palabras y las cosas debieron pertenecer a un mismo continuo: la palabra «árbol» y un árbol debieron convivir en armonía inexplicable e inexplicada. En realidad, el lenguaje no debió haber parecido gran cosa, tan solo una emisión natural, como la tos o como el ladrido a los perros.
Pero una vez que nuestros antepasados se pusieron a reflexionar sobre la relación entre la palabra «árbol» y un árbol, una vez que el ser humano tomó conciencia de la profunda diferencia entre las palabras y las cosas, entre el lenguaje y el mundo, y vio el abismo que se abría entre ambos, todo se complicó. Este libro es, en buena medida, una breve historia de esa complicación. Afortunadamente, la complicación es espléndida. Fue en ese momento que el ser humano se dio cuenta de que hay lenguaje. Ese fue un descubrimiento extraordinario. Hay lenguaje distinto del mundo. Por un lado las palabras y por otro las cosas. Las palabras no son cosas: la palabra «árbol» no es lo mismo que un árbol. Pero, también, hablar no es lo mismo que toser. Y la diferencia entre lenguaje y mundo tiene que ser explicada, así como la diferencia entre hablar y toser. ¿Por qué, cuando digo «árbol», conecto esa palabra con árboles en el mundo? ¿Por qué no la conecto con gatos o con obispos? ¿Cómo es que esto ocurre? ¿Por qué cuando toso no conecto mi sonido con nada en el mundo? Parece tonto, pero todo esto debe ser explicado. Pero entonces, una serie de preguntas surgen inmediatamente: ¿qué significa «conectar» una palabra con alguna cosa y qué significa conectarla con alguna cosa «allá afuera»? ¿Afuera de qué? Aún ahora no estamos muy seguros de cómo es que todo eso ocurre, y nuestras precarias respuestas a esas preguntas son cualquier cosa, menos definitivas. De allí la variabilidad de las geometrías que vamos a explorar.
Una advertencia antes de continuar. Hay un par de asuntos que interfieren cuando tratamos de reflexionar sobre estos problemas y quiero mencionarlos de entrada. El primero es la cuestión mítica, los relatos míticos sobre el origen del lenguaje en los humanos; por ejemplo, la versión bíblica. Luego de crear al ser humano, Dios se dijo «no es bueno que el hombre esté solo» (Gen. 2, 18) y creó los animales del campo y las aves «y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera» (Gen. 2, 19). Dios tenía, presumiblemente, su propio lenguaje (del que no sabemos gran cosa), pero quería que el hombre no «estuviera solo» y sintió curiosidad por ver qué nombres les daba a los animales. No sabemos si los nombres que el hombre inventó coincidían con los nombres divinos o si eran los adecuados o si daba lo mismo; no sabemos si cuando el hombre dijo que una vaca se llamaría «vaca» ese nombre era el adecuado desde la perspectiva divina o si a Dios le daba lo mismo con tal de que Adán eligiera uno cualquiera. Fue porque este truco de nominación no logró paliar la soledad del hombre que Dios, unos versículos más adelante, creó a la mujer. La mujer aparece entonces después del lenguaje humano como forma de paliar la soledad del hombre. No importa qué pensemos de este relato, no hay en él ninguna explicación de cómo es que el hombre creó los nombres ni cómo fue que los conectó con cosas en el mundo. Si el primer hombre estaba, por definición, solo en el mundo ¿cómo sabía si su palabra «vaca» también designaba bueyes, toros, cebúes? Nada de eso se examina en el relato bíblico. Dejaré de lado, por lo tanto, ese y otros relatos míticos sobre la aparición del lenguaje en el ser humano, relatos que pueden tener interés teológico, antropológico o incluso literario, pero no interés lingüístico propiamente.
El segundo tema que interfiere con posibles explicaciones del problema inicial es la idea más o menos enquistada entre nosotros de que el lenguaje fue inventado por los seres humanos para comunicarse y que, por lo tanto, la solución a todas las preguntas anteriores es «la convención». Algo así como: los seres humanos vieron un árbol y se pusieron de acuerdo para llamarlo «árbol». O algo peor: los seres humanos decidieron que comunicarse era una buena idea y entonces inventaron el lenguaje, conectando palabras con cosas. Imaginemos a dos de nuestros antepasados antes de la aparición del lenguaje e imaginemos que uno le dice al otro: «¿Qué tal si nos comunicamos?» y el otro responde «Buena idea, pero ¿cómo lo hacemos?». Luego de pensarlo un rato, el primero dice «¡Ya sé! ¡Inventemos el lenguaje!» No fue así, no pudo ser así, pero eso es, más o menos, lo que se sigue de creer que «el lenguaje fue inventado por los seres humanos para comunicarse». Decir que el lenguaje fue inventado por los seres humanos para comunicarse es como decir que el fútbol fue inventado por los seres humanos para meter goles. Quitémonos de una vez esas ideas de la cabeza. Si no quieren hacerlo o si no están dispuestos, al menos, a revisarlas, abandonen de una vez la lectura de este libro.
Si se quedan, hay una historia interesante que contar.
1 La expresión es de L. Wittgenstein, «Ein Bild heilt uns gefangen / A picture held us captive». Ph. I. 115.
[2] Platón
Hay lenguaje, hay lenguaje distinto del mundo. En Occidente, tal vez el primero en ofrecer los comienzos de una explicación a todo eso fue Platón2. Platón intuyó que la relación entre una palabra («árbol», por ejemplo) y una cosa (un árbol) no es directa. Esta fue una intuición muy importante. Lo que quiere decir es que no hay nada en la palabra misma «árbol» (en la sucesión de sonidos a–r–b–o–l) que indique que está conectada con un árbol; pero también, que no hay nada en un árbol que indique que este deba estar conectado con la palabra «árbol». En suma, lo que Platón intuye es que la [-----] del dibujo inicial es engañosa, porque la relación palabra-cosa no es directa. Por lo tanto, le pareció indispensable que exista un tercer elemento que establezca dicha conexión. Esta tal vez sea la contribución más decisiva de Platón a nuestra historia, la necesidad de un tercer elemento. Desde entonces, buena parte del pensamiento lingüístico y filosófico de Occidente se ha centrado en definir qué es y cómo funciona este tercer elemento.
Platón ofrece dos versiones sobre el tercer elemento. La más simple aparece en Leyes (cf. 895d). Platón afirma, en palabras de un personaje llamado el Ateniense, que la tercera cosa es una definición(Platón lo denomina logos3). Entonces, si tenemos la palabra «árbol», junto a ella tenemos su definición. Por comodidad adoptemos la que aparece en el Diccionario de la Lengua Española (DLE) de la Real Academia: «Planta perenne, de tronco leñoso y elevado, que se ramifica a cierta altura del suelo». Dicha definición sirve como una especie de puente entre la palabra «árbol» y la cosa árbol (que, presumiblemente, responde a la definición). Puesto de otra manera, la palabra «árbol» está conectada con la cosa árbol, porque la palabra «árbol» está conectada a una definición que la cosa árbol satisface. Sin dicha definición la relación entre «árbol» y un árbol no se explica. Este es entonces el modelo de Platón en Leyes 895d:
Dicho modelo ha llegado hasta nuestros días de varias formas, pero lo que todas tienen en común es la presencia del «tercer elemento», que en Platón lleva el nombre de «definición». Aquí hay un punto muy importante que debemos remarcar: lo que Platón llamó definición es lo que actualmente solemos llamar significado. El origen de la idea de significado es precisamente ese: es el tercer elemento que permite conectar palabras y cosas. La lógica es clara: si definimos qué es y cómo opera el tercer elemento solucionamos el «problema inicial». El problema es que Platón nunca explicó cómo funcionaba el tercer elemento; es decir, cómo se conectaba por un lado la palabra con la definición y por el otro la definición con la cosa. Pero ese es el modelo simple de Platón.
La segunda versión es un poco más complicada. Aparece en la Carta VII (342a-d).
Esto es lo que dice Platón:
Para cada uno de los entes hay tres, a través de los cuales es necesario que se genere la ciencia, en cuarto lugar está la ciencia misma, en quinto lugar se debe colocar aquello mismo a través de lo cual [cada ente] es cognoscible [gnostón] y es verdaderamente. El primero es el nombre, el segundo el discurso definitorio [lógos], el tercero es la imagen [éidolon], el cuarto es la ciencia. Si quieres entender lo que acabo de decir, toma un ejemplo y piensa sobre cada cosa de este modo. Hay cierta cosa llamada círculo [kyklos esti ti legómenon], cuyo nombre es el que acabamos de decir; en segundo lugar está su lógos, compuesto de nombres y verbos: «lo que dista en todos sus puntos de igual modo entre los extremos y el centro»; aquí está el lógos de lo que lleva por nombre «redondo», «circunsferencia» o «círculo». En tercer lugar está lo que se dibuja y se borra y se forma con el torno y se destruye, pero el círculo mismo [autòs ho kyklos] no padece ninguna de estas cosas, todas estas cosas están a su alrededor, porque él se distingue de ellas. En cuarto lugar está la ciencia y el intelecto y la opinión verdadera en torno a estas cosas; y todo lo que se debe pensar como una única cosa que no tiene sede en las palabras [en phonáis] ni en las figuras corpóreas, sino en las almas [en psycháis], con lo cual está claro que difiere de la naturaleza del círculo mismo y de las tres cosas que hemos hablado4.
El pasaje puede parecer un poco enrevesado (y lo es), pero es claro que Platón asume no un triángulo, sino un pentágono como modelo para su explicación; y por lo tanto que no es suficiente un tercer elemento sino un cuarto y un quinto para explicar la relación entre nombre y cosa.
Recuerden que el problema es solucionar el problema inicial:
Es decir: ¿qué conecta la palabra «árbol» con un árbol? Platón no habla de «árbol» en el pasaje citado, sino de «círculo», pero da lo mismo.
Entonces, podemos poner en la base del pentágono estos dos elementos:
O, para lograr más generalidad y emplear los términos de Platón:
A continuación, lo que hace Platón para explicar la relación entre estos dos términos («nombre» y «cosa») es añadir tres términos más que coloca en cada uno de los tres vértices restantes del pentágono. Platón no emplea la figura de un pentágono en su Carta, pero nosotros podemos hacerlo para entenderlo mejor. Los otros tres términos son: la definición, el conocimiento (la ciencia) y la cosa-misma. Así quedaría entonces el pentágono platónico:
Revisemos brevemente los términos involucrados. El nombre es el sonido, el objeto fónico; por ejemplo, en transcripción fonética: [árβ
