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Paige no tenía vuelta atrás después de haber cometido un tremendo error por el que podría perder a su mejor amigo de toda la vida. Las cosas jamás podrían volver a ser igual después de que Justin y ella hubieran pasado una apasionada noche juntos. Si su prometido no se hubiera fugado con otra mujer… Y si Justin no hubiera estado ahí para consolarla cuando se sentía tan vulnerable… Poco después Paige descubrió que estaba embarazada y pensó que las cosas ya no podrían complicarse más. Porque aquel bebé iba a cambiar para siempre eso de "sólo amigos".
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Seitenzahl: 297
Veröffentlichungsjahr: 2018
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2008 Pamela Bauer
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Giro inesperado, n.º 46 - julio 2018
Título original: Having Justin’s Baby
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-9188-733-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Índice
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
El timbre del teléfono despertó a Justin Collier de un profundo sueño. Estiró la mano hasta que alcanzó el teléfono inalámbrico que estaba sobre la mesilla de noche.
—Justin al habla —dijo con voz soñolienta.
—Soy yo.
—¿Paige? —preguntó incorporándose—. ¿Qué pasa? ¿Algún problema?
—No, todo está bien, de verdad.
—¿Entonces por qué llamas a estas horas?
—No es tan pronto —contestó ella entre risas—. ¿Dónde está Kyle?
—Supongo que estará en la cama —repuso antes de mirar el reloj—. ¿Te das cuenta de la hora que es?
—No te habré despertado, ¿verdad? He dado por supuesto que ya tendrías horario de verano.
Unos meses atrás, Paige Stephens había compartido casa en Twin Cities con Justin y con su amigo Kyle Landon. Los tres eran amigos inseparables desde la infancia. Justin y Kyle, además, eran compañeros de trabajo en una empresa de paisajismo en St. Paul. Paige, aquel verano, estaba trabajando en un complejo turístico en las cascadas del lago Superior. Si estaba llamando a aquellas horas era porque había una emergencia.
—Sí, pero eso no significa que me levante a las cinco de la mañana. Deberías saberlo, antes vivías con nosotros, ¿o es que ya nos has olvidado?
—¡Claro que no me he olvidado!
—Vale. Ahora cuéntame qué es eso tan urgente que te ha hecho llamarme antes de que salga el sol.
—Te lo voy a contar, pero antes quiero que avises a Kyle —añadió ella.
—¿Quieres que lo despierte?
—Sí. Tengo algo importante que quiero hablar con los dos.
—¿A las cinco de la mañana? —preguntó resignado—. De acuerdo —dijo levantándose de la cama y echando a andar por el pasillo—. Tienes suerte de que su puerta está abierta —comentó. Tenían el acuerdo de que una puerta cerrada con un calcetín en el picaporte significaba «no molestar»—. Kyle —repitió varias veces Justin hasta que su amigo se incorporó.
—¿Qué pasa? ¿Me he dormido? —preguntó Kyle.
—No, Paige está al teléfono. Quiere hablar con los dos así que voy a conectar el altavoz —presionó un botón—. Adelante, Paige.
—Hola Kyle. Siento haberte despertado.
—No pasa nada, ya sabes que puedes llamar siempre que quieras —contestó Kyle tiernamente. Justin no se sorprendió. Ya desde el colegio Kyle siempre se había derretido con el más mínimo gesto de Paige. Los dos amigos estuvieron charlando un rato hasta que Justin los interrumpió.
—Bueno, ¿nos vas a contar eso tan importante que te ha hecho interrumpir nuestros dulces sueños?
—Sí. Ya he decidido quiénes quiero que sean las damas de honor de mi boda. Vosotros.
—¿Vosotros? Porque yo sólo veo aquí a dos hombres y por lo que tengo entendido, una dama de honor es una mujer —dijo Justin.
—Tradicionalmente, sí, pero no hay ninguna razón por la que no pueda ser un chico. Se supone que tienen que ser los mejores amigos de la novia, y en mi caso sois vosotros.
—¿Y también quieres que nos pongamos vestidos? —bromeó Kyle.
—No quiero que os pongáis vestidos. Lo que quiero es que me apoyéis, tal y como habéis hecho los últimos veinte años. Llevaréis esmoquin, como los demás invitados —contestó ella algo impaciente.
—Pero nos sentaremos con las demás damas de honor —pidió Kyle.
—No habrá más damas de honor. Sólo vosotros y el mejor amigo de Michael, acompañándolo a él.
—¿Así que vas a estar rodeada de cuatro hombres? —preguntó Justin.
—Chicos, parece que no queréis hacerlo —añadió quejumbrosa.
—No hemos dicho eso —repuso Justin, aunque la mirada en los ojos de Kyle y los aspavientos que estaba haciendo con las manos indicaban que de ninguna manera iba a acceder.
—¿Entonces, qué me decís?
—¿Qué le parece a tu novio todo esto? —preguntó Justin eludiendo contestar.
—Todavía no se lo he comentado.
—¿Y no crees que deberías hacerlo? —añadió Justin.
—Lo haré, pero antes quería hablar con vosotros. Habéis sido mis mejores amigos desde el colegio. No me gustaría tener que pedírselo a otra persona. Lo vais a hacer, ¿verdad?
Justin estaba a punto de pedirle que les diera un poco de tiempo para pensarlo, cuando Kyle se le adelantó.
—Por supuesto que lo haremos —soltó. Justin lo miró, pero Kyle no le prestó atención—. Al menos uno de nosotros será tu dama de honor.
—¿A qué te refieres con uno de nosotros? —preguntó Justin frunciendo el ceño.
—Los tres llevamos siendo amigos muchos años y siempre hemos dicho que uno para todos y todos para uno. Sin embargo, no creo que Paige deba tener dos damas de honor, al fin y al cabo Michael sólo va a llevar un acompañante.
—Pero yo no puedo elegir a uno de los dos —protestó ella.
—Entonces nosotros elegiremos por ti —concluyó Kyle—. Lo hablaremos y te haremos saber quién te acompañará, ¿vale?
Justin sintió un nudo en el estómago.
—Si a vosotros os parece bien, a mí también —dijo Paige.
—Claro que nos parece bien, ¿verdad Justin?
Era el momento de protestar, de decir que no, pero se quedó callado. Al igual que Kyle no quería defraudar a Paige.
—Está bien —murmuró. En cuanto colgaron el teléfono se volvió hacia Kyle—. ¿Por qué tengo la sensación de que ya está decidido a quién le va a tocar hacer el papel de chica en la boda?
—Yo lo haría, pero no puedo —contestó Kyle levantándose de la cama y poniéndose unos vaqueros—. Ya sabes lo que siento por Paige. Ya va a ser lo suficientemente duro verla casarse con Michael Cross. No podría hacerlo si encima estoy junto a ella delante de todo el mundo. Entiendes lo que quiero decir, ¿verdad?
—Sí, lo comprendo —contestó Justin tras soltar un largo suspiro.
—Gracias, compañero —le contestó dándole una palmada en la espalda antes de salir de la habitación—. Serás una dama de honor excelente.
No era cierto, lo iba a hacer fatal. Paige debería haber elegido a alguien que se alegrara de su boda, alguien con quien realmente pudiera compartir su alegría. Y Justin no era la persona adecuada, porque, al igual que Kyle, él también se derretía cada vez que Paige entraba en escena. Llevaba enamorado de ella desde el colegio, aunque nadie lo sabía.
—No estás nervioso, ¿verdad? —preguntó Paige Stephens a su prometido.
—No, ¿por qué me lo preguntas?
—Porque siento cómo te tiemblan las piernas debajo de la mesa.
—Perdona —contestó él con una media sonrisa—. Quizá me sienta un poco como Ben Stiller en Los padres de ella.
—No te preocupes. Los Collier no son mis padres. Sólo son amigos.
Paige bebió un poco de agua. Aunque no se lo quisiera confesar a Michael, ella también se sentía un poco nerviosa. Por eso se había decidido por un pequeño restaurante para ir a comer. Aquel restaurante era muy bullicioso y había mucha gente. Su nerviosismo pasaría desapercibido en medio de aquel jaleo.
—Deben de ser unos amigos muy íntimos cuando quieres que sean unos invitados especiales en la boda.
—Lo son. Los conozco de toda la vida. De hecho creo que pasaba más tiempo en su casa que en la mía cuando era pequeña.
—¿Por su hijo Justin? —preguntó Michael.
—No, más bien porque Nancy cuidaba niños por las tardes y mi padre me hacía quedarme allí, incluso cuando ya tuve edad de estar sola en casa. Todavía recuerdo el momento exacto en el que mi padre me pidió que me sentara y me dijo que después del colegio tenía que ir a casa de Nancy. Me acuerdo que me puse a llorar y a patalear mientras le suplicaba que me dejara quedarme sola en casa. Pero él pensaba que con nueve años era aún pequeña para quedarme sola y no me creyó cuando le dije que era capaz de cuidar de mí misma.
—Estoy seguro de que te las hubieras apañado bien sola —comentó Michael sonriendo.
—Por supuesto que sí. Fui una niña muy responsable.
—Te creo —contestó él con una sonrisa irresistible que provocó un escalofrío en el cuerpo de Paige—. Eres una mujer muy capaz y me imagino que de niña serías igual.
—Qué tierno. Gracias —dijo ella agarrándole la mano—. Ahora entiendo perfectamente por qué me he enamorado de ti. Tienes una sensibilidad que no es fácil de encontrar en otros hombres.
De hecho Michael tenía varias cualidades que no había tenido ninguno de los chicos con los que Paige había salido en los doce años anteriores. Michael era honesto. Sincero. Era un hombre de palabra.
Hasta que no lo conoció, Paige nunca había creído en el amor a primera vista. Sin embargo, una mirada profunda de Michael y su irresistible sonrisa habían bastado para cautivarla. Se habían conocido un día que Paige había trabajado como voluntaria en un certamen para la promoción de la alfabetización. Ella estaba en un puesto en el que repartía botones con las distintas letras. Michael había aparecido por allí y había ido repetidas veces a su puesto, hasta que había conseguido los botones necesarios para que en su camisa se leyera «me gusta leer». Paige se había quedado engatusada desde el primer momento, y aquello no era normal en ella, sobre todo con un tipo que era profesor de golf. Al principio no había podido evitar pensar que estaba frente al típico niño bien. Camiseta tipo polo, pantalones deportivos, pelo engominado. Pero cuanto más tiempo pasaba con él, más maravilloso lo encontraba.
—Me gusta complacerte —contestó él antes de beber un poco de agua y consultar de nuevo el reloj.
—Por favor, relájate. Creo que el día de Acción de Gracias cuando viniste a conocer a mi padre estabas menos nervioso.
—Probablemente porque me has hablado de los Collier mucho más que de tu padre. No tienes una relación muy estrecha con él, ¿verdad?
—Tenemos nuestras dificultades —respondió Paige.
—¿Qué tipo de dificultades?
—Todo se remonta a cuando mi madre murió. En realidad no es nada. Nos llevamos bien, ya nos has visto juntos. Pero nunca vamos a estar tan cerca el uno del otro como antes de la muerte de mi madre.
Paige se alegró de que Michael no le preguntara el motivo. Sólo había dos personas que sabían de dónde venían los problemas con su padre, Justin y Kyle, y le habían prometido que nunca lo contarían. Algún día le confesaría a Michael por qué no confiaba en su padre, pero aquél no era el momento adecuado.
—Te entiendo. Yo tampoco tengo una relación muy estrecha con mis padres.
—Entonces no hay ninguna razón por la que tengas que estar nervioso por conocer a los Collier.
—Tan sólo me pregunto qué les habrá contado su hijo sobre mí.
—Justin nunca diría nada negativo de ti. Nunca —contestó ella, aunque no estaba completamente segura. Tanto Justin como Kyle la sobreprotegían como si fueran sus hermanos mayores.
—No le caí bien, Paige.
—No le caíste mal. Es sólo que todavía no ha tenido tiempo para conocerte, por eso quiero que vengas a la reunión Bulldog conmigo.
—Ese fin de semana… ¿estás segura de que quieres que te acompañe?
—¡Pues claro que quiero que me acompañes! Quiero que conozcas a mis amigos de la universidad. Por favor, no me digas que no quieres venir —concluyó mirándolo seductoramente.
—No hace falta que diga que quiero estar a tu lado. Es sólo que me preocupa que a alguien le moleste que aparezcamos intrusos en una reunión privada.
Aquello precisamente era lo que le habían dicho Justin y Kyle a Paige cuando les había sugerido que llevaran invitados. La reunión Bulldog era un encuentro que todos los años celebraban cinco amigos en el complejo turístico de las cascadas, que estaba abierto todo el año en la orilla norte del lago Superior. Los cinco los amigos habían trabajado en el resort el año antes de entrar en la universidad. Algunos como ayudantes de cocina y otros haciendo camas o de camareros. Los cinco habían ido a la misma universidad y aquel año iban a celebrar su octava reunión. Si llevaban invitados el tono y la intención del encuentro iba a cambiar, por eso Justin había advertido a Paige que quizá aquélla fuera la última vez que lo celebraran.
Paige no lo creía. Amber Carlson y Ben Hendricks, que completaban el círculo de los cinco, se habían mostrado encantados con lo propuesta y planeaban llevar a alguien.
—No es exactamente una reunión de antiguos alumnos, Michael. Somos cinco amigos que quedamos para pasar un fin de semana juntos en lo que solía ser el lugar más bonito de Minnesota. Hay una cosa de la que debo advertirte. No pruebes el brebaje de diente de león de Ben. Es un vino que destila él mismo y está fortísimo.
—Ya sabes que si tú no quieres que beba, yo no beberé —contestó él.
Aquélla era otra cosa que le encantaba de Michael. Paige no era abstemia, pero no bebía apenas y eso no era problema para Michael.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó él.
—Estoy pensando en lo afortunada que soy —contestó mirando por la ventana. Nunca se cansaría de aquella vista de las cascadas—. Venirme a aquí este verano ha sido lo mejor que he podido hacer.
—¿Entonces no te importa servir mesas en la sala Birchwood?
Paige era profesora de primaria, pero había aceptado un trabajo temporal de verano en el complejo turístico para estar cerca de Michael.
—No. Va a ser sólo el verano. En cuanto comience el curso trabajaré como sustituta hasta que pueda encontrar un trabajo a jornada completa por la zona.
—Me alegro mucho de que estés contenta aquí. Tenía miedo de que no sintieras este lugar tu hogar una vez que nos casáramos. Ya sabes, eres una chica urbanita.
—Sí, pero ¿sabes cuántas vacaciones he pasado en la orilla norte de este lago?
—No es lo mismo que vivir aquí todo el año —le advirtió—. Espero que sigas diciendo lo mismo cuando estemos en enero —añadió sonriente.
—Si tú estás a mi lado, estaré contenta.
—Eso es lo que quería escuchar —contestó apretándole la mano—. Hay una pareja de mediana edad que parece estar buscando a alguien. ¿Puede que los Collier lleven chubasqueros de la universidad de Minnesota?
Paige se volvió y reconoció a sus antiguos vecinos, los padres de Justin. Se puso en pie y los saludó con la mano. Cuando se volvió a sentar, notó que las piernas de Michael temblaban de nuevo.
—Te prometo que no muerden —le aseguró suavemente.
Como Paige había esperado, Nancy y Elliot Collier trataron a Michael con mucha calidez y el ambiente enseguida se relajó. Después de comer Elliot aceptó la invitación de Michael de conocer el campo de golf del resort.
Paige y Nancy se sentaron bajo una sombrilla en el patio y disfrutaron de un té helado.
—Bueno, ¿qué te parece Michael? —le preguntó Paige en cuanto tuvo oportunidad.
—Es encantador. Y está muy pendiente de ti.
—Es muy tierno. Habla mucho sobre golf, pero es porque le apasiona.
—Es su trabajo. Bueno, háblame de la boda.
—Se va a celebrar en lo alto de la cascada. Siempre ha sido mi lugar favorito del lago.
—Una boda al aire libre, seguro que será preciosa —dijo Nancy.
—¿Te ha dicho Justin que va a ser mi dama de honor? Bueno, quizá debiera decir mi caballero de honor —corrigió sonriente.
—Algo me ha comentado.
—Estoy muy contenta de que haya aceptado. No le hace mucha ilusión que me case con Michael. Tampoco a Kyle, supongo que ya lo sabrás.
—La verdad es que ninguno de los dos me ha hablado mucho sobre tu compromiso, pero no me sorprende que te estén agobiando. Desde que erais niños los dos siempre han desempeñado el papel de protectores contigo.
—Ya, pero ya ni somos niños, ni necesito que me protejan. Soy consciente de que cuando me case, mi amistad con Justin y con Kyle va a cambiar, pero no tiene por qué acabarse —declaró. Aquélla era una preocupación que había tenido desde el mismo instante en el que Michael le había pedido matrimonio.
—No creo que te tengas que preocupar por eso. A lo largo de los años he visto cómo vuestra amistad ha ido superando los obstáculos y creo que es muy firme. Estoy segura de que puede enfrentarse a lo que venga. Ahora termina de contarme tus planes de boda.
Paige se entregó encantada a la tarea de hablar de flores y trajes. Nancy había sido muy importante para ella cuando su madre había muerto. Paige había tenido sólo nueve años y había sido Nancy quien la había llevado de compras y quien la había ayudado con los deberes. A pesar de que cuidaba de varios niños durante el día, nunca le había faltado tiempo para Paige.
—Parece que los chicos ya están de vuelta —anunció Nancy. Paige se sintió decepcionada porque hubiera continuado aquella conversación durante horas—. Me alegro tanto de haber pasado este rato contigo…
—Ya también me alegro. Significa tanto para mí que vayas a formar parte de la ceremonia…
—Estoy deseando que llegue el día de tu boda, Paige. Todavía recuerdo el día que entraste en la guardería y anunciaste que ibas a odiar a los chicos el resto de tu vida.
—¿Acaso no todas las niñas de nueve años odian a los chicos? —preguntó tratando de quitar importancia al comentario. A pesar de que Nancy nunca la había presionado para hablar sobre la muerte de su madre, seguramente supiera las circunstancias que habían producido el accidente de coche.
Las noticias del choque se habían extendido rápidamente por el barrio. La madre de Paige y su padre habían estado discutiendo. Paige los había escuchado y también varios vecinos. Lo que los vecinos no habían escuchado había sido el motivo de la discusión. Sólo Paige sabía que había sido por una mujer que su padre había conocido en uno de sus viajes de negocios. Aquel descubrimiento había empujado a su madre a hacer las maletas y a marcharse en el coche. Las últimas palabras que le había escuchado dedicar a su padre habían sido «no puedo confiar en ti».
—¿Paige?
—Perdona, ¿qué estabas diciendo? —preguntó al darse cuenta de que se había quedado absorta en sus pensamientos.
—Decía que me gustaría creer que Justin y Kyle han sido una buena influencia para ti, pero la verdad es que creo que más bien tú has sido una buena influencia para ellos.
—¿Acaso es importante? —bromeó Paige.
—No, la verdad es que no. Estoy muy orgullosa de todos vosotros. Ya sabes que siento que todos los niños a los que he cuidado, incluidos tú y Kyle, son parte de mi vida.
—Lo sé y lo valoro mucho.
—Eso está bien, porque quiero que sepas que, pase lo que pase entre Justin, Kyle y tú, siempre podrás contar conmigo.
—No va a pasar nada. Siempre vamos a ser amigos.
Cuando Justin Collier quiso llegar a casa, el sol ya se estaba poniendo. Ni la penumbra del atardecer podía ocultar el aspecto desgastado de la casa vieja a la que llamaba hogar. Kyle y él la habían comprado justo antes de graduarse con la idea de arreglarla y volverla a vender. Habían pasado siete años desde entonces. Todo el dinero que debían haber destinado a la reforma había terminado invertido en la empresa que habían montado entre los dos. El negocio estaba prosperando y la casa seguía igual. Al acercarse al buzón Justin se dio cuenta de que la fachada necesitaba una mano de pintura urgentemente.
Añadió «pintura» a la lista mental que tenía preparada para la próxima vez que fuera a la ferretería. El verano siempre era la estación de más trabajo para J&K Paisajes, y aquel verano no estaba siendo una excepción. A pesar de haber contratado a varios empleados nuevos, él y Kyle estaban trabajando doce horas al día. Se consoló a sí mismo diciéndose que al final del otoño y en invierno tendrían tiempo para trabajar en la casa. Con aquel pensamiento entró en la cocina, que también estaba muy avejentada. Baldosas que se movían, encimeras con manchas que no se quitaban… quizá bastara para dos solteros como ellos, pero Paige siempre los había presionado para que arreglaran aquel espacio.
Justin sacó una cerveza de la nevera y se sentó en una silla de madera. Revisó el correo y le llamó la atención un sobre de color amarillo fosforito. Lo abrió y se encontró con la invitación y el programa de la reunión Bulldog. Tan eficaz como siempre, Paige se había encargado de todos los preparativos. Pero aquel año iba a ser diferente. En la parte baja de la tarjeta había una frase escrita:
Los amigos serán bienvenidos.
Justin frunció el ceño. Junto a la invitación había una nota que Paige le había escrito.
Me muero de ganas de verte. Ha pasado mucho tiempo. Besos,
Paige
Era cierto, había pasado bastante tiempo desde la última vez que se habían visto, pero no había sido por culpa de Justin. Había sido ella quien se había apresurado en hacer las maletas y en marcharse a más de ciento cincuenta millas de distancia en cuanto había terminado su trabajo como profesora. Pero no era sólo la distancia lo que los separaba. La razón por la que llevaban tanto tiempo sin verse era que Paige se había enamorado. Justin sintió como se iba enfadando al pensar en Michael Cross. De todos los hombres de los que Paige se podía haber enamorado, Justin no alcanzaba a comprender cómo podía haber elegido a uno tan poco adecuado para ella.
Kyle y él ya habían pensado mal del monitor de golf la primera vez que Paige lo había llevado a casa. Pero a Paige parecía no haberle importado. Estaba enamorada y no estaba dispuesta a escuchar nada negativo sobre su novio. Desde niños, ella siempre había recurrido a ellos para que la aconsejaran, pero en aquella ocasión, antes de que hubieran tenido tiempo para abrir la boca, Paige les había dicho: «Si no vais a decir nada positivo, entonces mejor no habléis».
Echó otro vistazo al horario planeado para el fin de semana. Paseos, golf, navegación, voleibol, hoguera… todas las actividades que siempre habían realizado y que les hacían estar deseando volver a encontrarse cada verano. Pero aquel año Paige las llevaría a cabo sin dejar de mirar a Michael con aquellos ojos de enamorada. Justin no tenía ganas de pasar tanto tiempo con una pareja de tortolitos.
Para él el fin de semana en el lago con sus amigos se había convertido en una especie de terapia. No tenía que lidiar con las quejas de los clientes ni tenía que pasarse horas y horas al sol cavando la tierra y plantando. Era una oportunidad perfecta para volver a conectar con la naturaleza y con los amigos. Sin embargo ser testigo de los cariños que iba a dedicar Paige a su prometido resultaría un castigo.
—Espero que ésa no sea la última cerveza fría.
Justin alzó la vista y se encontró con Kyle, que acababa de entrar. Tenía aspecto cansado.
—Hay muchas más —respondió Justin.
Kyle sacó una botella del frigorífico y se sentó frente a su amigo. Tomó un sorbo largo.
—Creo que ha llegado el momento de que consideremos seriamente la oferta de Harry Bonner de entrar a formar parte del negocio.
—Creía que los dos estábamos de acuerdo en que, aunque económicamente nos beneficie el acuerdo, si aceptamos, dejamos de ser una empresa pequeña y local —dijo Justin tras soltar un suspiro.
—Seremos una empresa para el medio oeste. Más grande y mejor. Podríamos contratar a más empleados para enfrentarnos a proyectos comerciales más amplios y tú y yo nos podríamos dedicar más a la organización y dejaríamos a un lado el trabajo físico. En la universidad estudiamos empresariales —le recordó a Justin.
—Lo sé, pero es que a mí me gusta trabajar con los árboles.
—Y eso está bien. Lo único que estoy diciendo es que si nos expandimos, tendremos la opción de delegar más trabajo. También ganaremos más dinero. Y eso estaría bien. Nos podríamos permitir vivir en un lugar más bonito, un lugar un poco más moderno.
—Aunque vendamos la casa vamos a tener que llevar a cabo algunas reparaciones… una mano de pintura por lo menos.
—Estás empezando a parecerte a Paige. Estaba todo el día detrás para que pintáramos el salón de uno de esos colores de diseño… algo tipo color salmón.
—A mí me parecía rosa —sonrió Justin.
—Sí, algo así. Yo no voy a vivir en una casa rosa. No hay nada malo en las paredes blancas.
—Lo malo de estas paredes es que ya son más grises que blancas. La casa necesita un buen repaso. Todos los años decimos que vamos a hacerlo durante la temporada baja y nunca lo hacemos.
—Pero eso es porque se nos han ocurrido cosas mejores, como por ejemplo estar tumbados en una playa en México —añadió Kyle.
—Quizá este año debamos pensar en quedarnos aquí y encargarnos de la casa.
—Pensaba que querías que buscara información de aquellos cursos sobre semilleros que dan en Oregón. Lo que me recuerda… —dijo Kyle sacando un papel doblado del bolsillo—. Que tengo el nombre de la persona de contacto. Y ésa es otra de las razones por la cual nos interesaría que Bonner fuera nuestro socio. Tú y yo podríamos asistir al seminario a la vez y habría alguien a cargo de la empresa aquí.
Justin se quedó pensativo.
—Tienes razón. Quizá haya llegado el momento de tener un socio más —dijo finalmente.
—¿Y qué me dices de la casa? ¿No piensas que podríamos avisar a un agente inmobiliario para que se pase por aquí?
—No estaría mal, aunque creo que deberíamos comentárselo a Paige antes de nada. De alguna manera también ha sido nuestra compañera tanto en la empresa como en la casa.
—En realidad, técnicamente no, pero lo cierto es que la hemos tratado como una socia más desde el momento en el que invirtió su primer sueldo como profesora para ayudarnos a empezar.
—Eso la convierte en parte implicada —insistió Justin.
—Entonces hablaremos con ella. Estoy seguro de que le parecerá bien. Se lo comentaremos en la reunión Bulldog.
—Hablando de la reunión, ¿has visto esto? —le preguntó Justin pasándole la invitación—. Pensaba que le habíamos dicho que no queríamos intrusos.
—Y lo hicimos, pero ya conoces a Paige. Una vez que se plantea algo, lo consigue. Y se había propuesto llevar a su novio. Me llamó la semana pasada.
—Espero que le dijeras que nosotros no vamos a llevar a nadie.
—Pues claro —confirmo Kyle.
—Bien.
—Pero después le he pedido a Tammy que se venga —añadió. Justin pegó un bote.
—¿Me estás diciendo que yo voy a ser el único que va a ir solo? ¿Por qué has tenido que invitar a Tammy?
Kyle había empezado a salir con ella poco tiempo atrás.
—Bueno, tenía que hacerlo. Paige va a llevar a ese tipo y yo no quería tener que presenciar el espectáculo de sus carantoñas todo el fin de semana. Sabes tan bien como yo que el enamoramiento ha cambiado a Paige y no precisamente a mejor.
—Al menos ha afectado a su oído. No ha querido escuchar ni una palabra de lo que le he dicho sobre ese hombre —dijo Justin.
—Me temo que su sentido común se le ha evaporado.
—Mira, la verdad es que no me apetece mucho ir a esa reunión si voy a ser el único sin pareja —añadió algo irritado. No quería hablar más de Paige.
—No te preocupes, no vas a estar solo —aseguró Kyle con una sonrisa maliciosa—. Le he pedido a Tammy que invite a su hermana, Tara, para que esté contigo.
—Dime que no es verdad —pidió Justin. Kyle lo miró perplejo.
—¿Qué te pasa? Ya conoces a Tara. No sólo es guapa sino que es muy divertida. ¿Por qué te quejas? Si te he hecho un favor.
Lo que sucedía era que se sentía igual de mal que Kyle ante la perspectiva de ver a Paige con Michael y sabía que la presencia de Tara no lo aliviaría.
—Le dijiste a Paige que no íbamos a llevar a nadie, así que espera a ocho personas, no a diez. Ya sabes que odia que le cambiemos los planes.
—No creo que se vaya a molestar por dos personas más —replicó Kyle.
—Claro que sí. Quizá debiéramos no ir este año a la reunión.
—¿Y qué hacemos con Tammy y su hermana?
—Podríamos ir a algún lugar que no sea el lago —contestó Justin tras encogerse de hombros.
—A mí me parece bien, pero ¿qué le diremos a Paige?
—Nunca nos perdonaría que no fuéramos, ¿verdad?
—No, vamos a tener que ir —concluyó Kyle asintiendo con la cabeza.
—Y escucharla todo el rato hablar sobre los preparativos de la boda.
—No me lo recuerdes. Desde el día de San Valentín que él le regaló aquel diamante, Paige se ha convertido en un disco rayado… que si la boda por aquí, que si la boda por allá. Michael dice… bla, bla, bla.
—Será sólo un fin de semana —recordó Justin..
—¿Eso quiere decir que le puedo decir a Tammy que invite a Tara? —preguntó Kyle poniéndose en pie.
—Está bien —aceptó finalmente Justin sabiendo que estaba haciendo oídos sordos a su instinto—. Lo haré, pero que sepas que me debes una.
—Ya verás cómo me lo agradeces después del fin de semana —contestó su amigo sonriendo.
Justin estaba deseando que Kyle tuviera razón, a pesar de que sabía que el encuentro no iba a ser tan agradable como en otras ocasiones. No obstante, iría por Paige. No había dejado de estar pendiente de ella desde el primer día en que había entrado en la guardería de su madre. En ocasiones había que hacer cosas por los amigos, así que en vez de llamarla y decirle que no iba a acudir, Justin se puso a buscar su camiseta bulldog.
Justin quería informar a Paige de que iban a ser diez personas en vez de las ocho planeadas. En realidad lo que necesitaba era una excusa para hablar con ella, porque hacía tiempo desde la última vez. Así que el día antes de salir de la ciudad en dirección al lago, durante el descanso de la mañana, la llamó.
—Lo has vuelto a hacer, J.C. —fueron las primeras palabras de Paige al descolgar el teléfono móvil. Aquél era el mote que le había puesto cuando habían sido adolescentes. Justin sonrió.
—Estabas a punto de llamarme.
—Efectivamente. Supongo que aún seguimos teniendo esa conexión especial, ¿no? ¿Te das cuenta de cúanto tiempo hacía que no nos sucedía esto? —preguntó.
—Últimamente no hemos hablado mucho.
—No. Pero me alegro de que me hayas llamado hoy porque tenía miedo de no localizarte y quería preguntarte algo. ¿A que no sabes dónde estoy?
—¿Sentada junto al río con los pies en el agua?
Aquél era su lugar favorito y habían pasado mucho tiempo juntos allí durante los meses de calor. Habían caminado junto al río hasta llegar a la cascada y siempre les había encantado refrescarse los pies después de la caminata.
—No —contestó ella impaciente—. Estoy en el probador con un precioso vestido de novia.
Justin contuvo una queja.
—¿Te estás probando un vestido de boda antes de la reunión Bulldog? ¿No te parece suficiente con los preparativos para el fin de semana?
—Pues claro, por eso estoy aquí enfundada en un vestido de novia.
Definitivamente el amor le había hecho perder la cabeza.
—Estaba de camino a comprar algunas cosas para el fin de semana cuando he pasado por delante de un anticuario y en el escaparate he visto este vestido precioso. ¿Qué te parece? —añadió Paige.
A Justin le sorprendía aquello de Paige. A diferencia de otras mujeres, ella siempre había odiado ir de compras. Por esa razón siempre habían podido ir juntos, porque ambos escogían lo que querían rápidamente y terminaban enseguida.
—Parece que me hubieran hecho este vestido a medida, Justin. En cuanto lo veas comprenderás por qué he tenido que entrar en la tienda y probármelo. Y lo que lo convierte en único es que pertenecía a una mujer que se casó en 1942 —explicó Paige.
—¿Me estás diciendo que te vas a comprar un vestido de segunda mano para tu boda?
—No es de segunda mano, más bien es una antigüedad —lo corrigió—. Este vestido lo compró una mujer cuyo prometido se iba a marchar a la Segunda Guerra Mundial.
—Tu prometido no se va a ir a la guerra, ¿verdad? —preguntó tratando de disimular una mínima esperanza.
—No, pero ya sabes que Pearl Harbor es mi película favorita. Justin, este vestido se parece al que Kate Beckinsale se hubiera puesto sin Ben Affleck no hubiera desaparecido y se hubieran casado en la película, y ya sabes que eso es lo que a mí me hubiera gustado que pasara.
—¿Y por eso te has encaprichado con el vestido?
—Lo quiero porque me gusta cómo me siento con él… glamurosa. Yo glamurosa… —añadió sorprendida.
—Yo creo que lo eres —aseguró Justin.
—Sí, claro —contestó ella incrédula—. ¿Te he contado ya que la dueña era una profesora? Y hay algo más, adivina dónde se celebró la boda.
—¿En una iglesia? —preguntó a pesar de que sabía que no era la respuesta correcta. Odiaba aquel juego de las mil preguntas y odiaba estar hablando tanto rato de la dichosa boda.
—Ya sabes que no me voy a casar en una iglesia. La novia que llevó este vestido en 1942 se casó en las cataratas.
—¿Así que vas a llevar un vestido que alguien más ya se ha puesto para casarse en el mismo sitio que tú te vas a casar? —preguntó Justin sin mucho entusiasmo. Paige suspiró.
—Tenía que haber dado por supuesto que no lo comprenderías. Ya sé que encuentras los detalles de la boda aburridos, pero eres uno de mis mejores amigos. Al menos podrías fingir interés. Pensaba que te alegrarías por mí.
—Y me alegro —mintió él.
—Pues no lo parece.
Justin se separó del teléfono unos instantes. ¿Quién era aquella mujer? Desde luego no la Paige que él conocía. Su Paige nunca hubiera ido a comprar un vestido de novia el día de antes de la reunión Bulldog. Lo cierto era que su amiga nunca antes había estado comprometida.
—Justin, estás ahí, ¿verdad?
