Giros del destino - Frances Evans - E-Book

Giros del destino E-Book

Frances Evans

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Beschreibung

La historia verdadera de una joven pareja inglesa que se vió involucrada en el terror y las intrigas de la Segunda Guerra Mundial, escrita por su única hija. La foto de tapa los muestra en enero de 1941 al embarcar en Buenos Aires, Argentina, en el desventurado buque "Afric Star".

Las palabras de Frank en ese momento fueron: "Me pregunto si llegará". "Frances Evans ha escrito un libro apasionante en que la historia personal enmarca en la tragedia de la Segunda Guerra Mundial con sensibilidad y contundencia. Un conmovedor testimonio del pasado que evoca las mejores novelas sobre el tema." -Vlady Kociancich, Escritora, Crítica Literaria, Febrero 2011

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Seitenzahl: 205

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Frances Evans

Autor:

Producción Editorial:

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Coordinador Editorial:

Diseño Tapa:

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Corrección Literaria:

Traducción:

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio, total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina — Printed in Argentina

© 2010. Evans, Francisca Winifred Juana

© 2010. Graficamente Ediciones

© 2011. Tinta Libre Ediciones

Evans, Francisca Winifred Juana

Giros del destino. - 1a ed.-

194p.; 14x21cm.

ISBN 978-987-26728-1-2

1. Historia Segunda Guerra Mundial. I. Título

CDD 940.3

Evans, Frances Winifred Joan

Tinta Libre Ediciones

Mendoza 1477/79

Córdoba, Argentina

www.tintalibre.com.ar

+54 351 472 2854

Lic. Ligia E. Cometto

Gastón Barrionuevo

Departamento de Arte de Tinta Libre Ediciones.

Gastón Barrionuevo

Departamento de Arte de Tinta Libre Ediciones.

Agustina V. Gastaldi

Melina Jaureguizahar

Patricia O’Connor Young

Agradecimientos

Primero y principal, mi sincero agradecimiento a la Cruz Roja Británica y Francesa. De no haber sido por toda la ayuda que nos brindaron durante la Segunda Guerra Mundial, probablemente yo hoy no estaría aquí.

Le estoy muy agradecida a mis primos Frances Evans Palmer, Susan Evans McCready y Jonathan Evans, como así también a otros miembros de la familia Evans por el cariño y apoyo brindados y por ayudarme con la historia familiar que me permitió conocer un poco más a mi padre. Gracias también a mis primas por parte de mi madre, Edna Lees Rowell y Jean Lees Lacey.

A todos mis amigos, que han sugerido que escriba este libro. Les agradezco el incentivo y el apoyo.

Mi agradecimiento a Maurice Rumboll por sus correcciones, a Susan Savage por sus excelentes sugerencias, a Patricia Young por su traducción al español, a Tim Lough e Ian Gall por haber recordado los acontecimientos narrados en este libro y habérselos transmitido a Peter Mulvany, Presidente de la Asociación de Familiares de Marinos Irlandeses, a quien le quedo enormemente reconocida por su incansable investigación y apoyo. La ayuda que me ha brindado ha sido de máxima importancia. Agradezco también a su amigo Harry Callan, sobreviviente irlandés de las prisiones de guerra nazis, quien recuerda perfectamente a mis padres en el “Afric Star” y que se ha mostrado tan deseoso de conocerme desde que se enteró de mi existencia. De no haber sido por estos dos caballeros, es probable que este libro jamás hubiera sido escrito.

Mi profundo agradecimiento a Alberto Mercado por ayudarme con la inclusión de fotos y los detalles técnicos del libro.

Y finalmente, mi más sincero agradecimiento a mi esposo, Walter Bengtsson, por su constante apoyo, aliento y paciencia.

Frances Evans

Prefacio

A raíz de un artículo mío publicado en el Boletín del Consejo de la Comunidad Argentino-Británica, que también llegó a Internet y fue leído por familiares y amigos, decidí finalmente aventurarme a escribir un libro sobre mis padres y su experiencia durante la Segunda Guerra Mundial, luego de ser tomados prisioneros en 1941, cuando los alemanes atacaron y hundieron el “Afric Star”, el barco en el cual viajaban rumbo a Gran Bretaña.

Mi padre había sido convocado a Inglaterra porque su trabajo en Argentina y Uruguay había finalizado. En caso de no efectivizarse un empleo allí, ya había tomado la decisión de unirse a las fuerzas armadas británicas como voluntario, mientras que mi madre quizás buscaría empleo en una oficina gubernamental. Ambos deseaban prestar ayuda a Gran Bretaña en su hora de mayor necesidad.

De ninguna manera puedo arrogarme habilidades literarias. Pero creo que este tema, que ha afectado mi vida entera, merece un espacio propio, para que casos como el que aquí se trata no sean olvidados.

Durante toda mi vida, mi madre me habló sobre sus experiencias de guerra. Fui su aliada más cercana y su mejor amiga, y mientras otros miembros de la familia prefirieron no tocar el tema de la guerra, ella encontró en mí su gran oyente.

Por lo tanto, antes que pasen más años y los recuerdos comiencen a palidecer, he decidido que éste es definitivamente el momento de escribir el libro. Digo definitivamente porque han surgido algunos eventos extraordinarios este año. Descubrí la existencia de Harry Callan, un señor irlandés que fue miembro de la tripulación del hundido “Afric Star”, y sobreviviente de las prisiones de guerra nazis. Este descubrimiento surgió gracias a que un amigo de Harry —Peter Mulvany, presidente de la Asociación de Familiares de Marinos Irlandeses— visitó la Argentina. Cuando Peter vino a este país, colocó coronas en las tumbas de los caídos de guerra en el Cementerio Británico de Buenos Aires y en la tumba del Capitán Langsdorff, Comandante del Graf Spee, en el Cementerio Alemán, como así también en el cenotafio de las Malvinas en Plaza San Martín. En estas emotivas ceremonias recordatorias fue acompañado por Timothy (Tim) Lough, vice presidente de la rama argentina de la Real Legión Británica de Veteranos de Guerra.

Tim conocía mi historia como también la conocía Ian Gall, editor del Boletín del Consejo de la Comunidad Argentino-Británica, quien se había interesado en la visita de Peter Mulvany. Cuando Peter mencionó que su amigo Harry había sido miembro de la tripulación del “Afric Star”, Tim lo puso en contacto conmigo a través del correo electrónico y éste fue el comienzo de un fluido intercambio de mensajes, que mantuvimos por Internet luego del regreso de Peter a Dublín.

El otro acontecimiento de gran importancia este año fue el descubrimiento, por parte de mi esposo Walter, de una caja de cartón dentro de un viejo bolso de mi padre que se encontraba entre las pertenencias de mi madre. Dichas pertenencias estaban guardadas en nuestro garaje. La caja de cartón contenía antiguas cartas dirigidas a mi abuela materna por mi madre desde la prisión de guerra en Ravensburg, Alemania, luego de su atroz deambular forzoso a través de diez cárceles y diferentes prisiones de guerra, en la Francia ocupada y en Alemania. Yo no tenía idea de la existencia de esas cartas. Son muy interesantes, pero sólo citaré parte de algunas, sabiendo que mi madre era reacia a la exposición pública. Además había cartas de mi padre, como así también otra correspondencia enviada a mis abuelos durante los años de la guerra.

Dichas cartas, junto con otras que me entregó mi primo Jonathan Evans en el año 1998 cuando visitamos Inglaterra, han sido de gran valor como material de referencia.

El libro, por consiguiente, está escrito sin adornos exagerados ni agregados, íntegramente basado en lo que solía contarme mi madre, como así también en su relato manuscrito, y en una serie de documentos que incluye las mencionadas cartas. Se trata de una historia verídica y es mi forma de honrar a mis padres.

Frances Evans

Septiembre 2010

Capítulo 1

No sé a qué edad dejé de fantasear que mi padre regresaría algún día. Reflexionando, parece que continué durante mucho tiempo, probablemente hasta que tuve diez u once años, o tal vez más. Me había convencido de que él no estaba muerto, de que estaba perdido en una isla desierta, de la cual volvería. Yo tendría un padre. Este pensamiento me traía una cálida sensación de protección durante la noche cuando me despertaba la pesadilla de siempre, aquella en la que caía por un túnel negro, largo, oscuro y temible, sin luz alguna al final. Supongo que mi madre me había contado que a mi padre lo habían matado en la Segunda Guerra Mundial. Yo estaba enterada de eso desde que recuerdo, pero me resultaba imposible aceptarlo. Mi madre siempre me habló abiertamente, con la verdad. Cuando era más grande, nos sentábamos en nuestro dormitorio –el que nos facilitó mi abuela cuando volvimos de la prisión de guerra en Alemania– y mi madre abría su corazón y hablaba, mientras yo escuchaba cada palabra con total atención. Todo lo que me dijo respecto de la guerra está profundamente grabado en mi memoria.

El tema de la guerra y cómo afectó a mis padres jamás fue mencionado por mis abuelos ni por mi tía Winnie o su esposo Jimmy, sin duda porque pensaron que sería mejor actuar como si nunca hubiera pasado nada, por temor a recordarle su dolor a mi madre. Por cierto, ninguno de ellos tocó el tema. Jamás.

No obstante, mi madre necesitaba desesperadamente poder compartir ese tema con alguien, contar todo lo que había vivido. Por lo tanto, una vez que yo tuve edad para comprender, ella me contaba y yo la escuchaba fascinada. Así fue frecuentemente, mientras compartimos momentos juntas, y particularmente en sus últimos años de vida. No puedo dejar de pensar cuán sola y desconcertada se habrá sentido esos primeros años luego de nuestra liberación, cuando nadie en la familia parecía estar dispuesto a hablar sobre lo que había sucedido. Muchos años más tarde, mi madre me comentó que se había sentido muy herida. Esto nos enseña una lección: cuando alguien atraviesa una experiencia traumática no se debería dar por sentado que esa persona prefiere no hablar del tema. Uno debería preguntarle, porque esa persona puede necesitar hablar.

Mi familia vino de Inglaterra. Mis abuelos maternos, Winifred Edith Pope –nacida en Paignton, Devon, el 11 de marzo de 1886– y Henry Edwin Angel (“Harry”) –nacido en Tiverton, Devon, el 16 de diciembre de 1881– se casaron en Totnes, Devon, el 15 de abril de 1910.

Inicialmente habían pensado emigrar a Canadá, pero les aconsejaron que no lo hicieran por los fríos inviernos que podrían afectar a sus dos bebas: Winifred Mary (“Winnie”) – nacida en Bristol, Somerset, el 10 de febrero de 1911– y Henrietta Edith (conocida siempre como “Jo” o “Joan”), nacida en Exeter, Devon, el 6 de mayo de 1912. La familia emigró a la Argentina a fines de 1913. Como todos los inmigrantes, vinieron a este país buscando un trabajo y un futuro, algo que en ese momento no estaba disponible en Inglaterra. Mi abuelo se había graduado en Filosofía en la Universidad Católica de Louvain, Bélgica, según consta en su diploma fechado el 6 de julio de 1909. No es difícil conjeturar que con esa formación no habría mucho campo para ganarse la vida en Inglaterra y mantener a su familia. En la Argentina, Harry comenzó trabajando en la Empresa Británica de Aguas Corrientes y vivieron en Villa Ballester, Provincia de Buenos Aires.

Casa alquilada en Alberdi,

Rosario

Las chicas montando

a “Pickles”

Más tarde consiguió trabajo en el Departamento de Ingeniería Mecánica del Ferrocarril Central Argentino, en Rosario, Provincia de Santa Fe. Los británicos comenzaron a construir ferrocarriles en Argentina en 1860 y los administraron hasta 1948, cuando fueron nacionalizados por el Presidente Perón.

Luego de alquilar durante varios años, mis abuelos finalmente construyeron su propia casa en el barrio de Alberdi, a una cuadra del río Paraná, y fueron de los primeros socios del Rosario Rowing Club y del Club Remeros Alberdi. Toda la familia disfrutaba del tenis, el remo y la vida de club en general. Hicieron muchas amistades entre la numerosa comunidad británica y ofrecían grandes fiestas en su hogar, sin duda organizadas por mi abuela, a quien le gustaba mucho la vida social. Mi abuelo debe haber accedido a sus deseos, pero por lo que recuerdo de él, imagino que esas fiestas no eran totalmente de su agrado.

Amantes de los deportes, ambas hijas jugaron al hockey, deporte en el que mi madre se destacó. Ella tenía fama de ser una jugadora recia pero totalmente correcta (“fair play”). Jugó en el equipo del Club del Ferrocarril en Pérez, localidad ubicada a unos 25 kilómetros de Rosario.

Eran días felices. Tenían pases en el ferrocarril y se trasladaban frecuentemente a las sierras de Córdoba y a la gran ciudad, Buenos Aires. Además viajaban a Inglaterra cuando mi abuelo disfrutaba de su licencia y visitaban otros países de Europa: Francia, Bélgica, España y Portugal.

Joan sentada a la izquierda

en la primera fila

Winnie parada atrás a la derecha

Una noche de 1934, siendo las chicas veinteañeras, durante una fiesta en el club de Pérez, las dos hermanas se sentaron en el fondo del salón a charlar con una amiga de la infancia. Tanto Winnie como la otra joven eran muy hermosas, mientras que mi madre siempre se consideró a si misma como el patito feo y por lo tanto era callada y muy tímida. Comenzó la música... Mi madre dijo que era Bing Crosby cantando una de sus canciones favoritas y miró al otro lado del salón: allí estaba el hombre más apuesto que había visto en su vida. El muchacho caminó hacia las tres jóvenes con la clara intención de sacar a bailar a alguna de ellas. Mi madre estaba segura de que elegiría a Winnie o a la amiga. Después de todo, ellas eran las bonitas. Pero interiormente rogaba: “Por favor, por favor, que me pida a mí”. Unos segundos después, Jo sintió que se incorporaba y el hombre buen mozo la guió hacia la pista de baile. Una vez allí, y mientras bailaban al compás de la lenta canción romántica, el hombre se presentó. Era Frank Evans. Fue amor a primera vista para ambos.

Frank William Jacob Evans había arribado a la Argentina en 1931 en su primera asignación como ingeniero civil, trabajando para Quasi- Arc Company, los contratistas a cargo del trabajo de soldadura en los puentes del ferrocarril, tanto en la Argentina como en el Uruguay.

Después de pasar algún tiempo en una provincia del noroeste argentino, Tucumán –donde sus operarios lo llamaban “señor-don-mister-Evans”; y donde contrajo paludismo, una enfermedad que lo atormentó de ahí en más– había sido trasladado a Rosario.

Nacido en Harrow, Middlesex, Inglaterra, el 6 de octubre de 1912, Frank era fotógrafo por afición y, al igual que mi madre, se destacaba en los deportes (tenis, natación, equitación, náutica). Vivía en una pensión no muy lejos de la casa de mis abuelos cuando conoció a Joan.

Frank divirtiéndose en Tucumán con los trabajadores del ferrocarril

Joan y Frank – La felicidad

Luego de su noviazgo y compromiso formal, durante el cual Frank regresó a Inglaterra una o dos veces, Joan y Frank se casaron en la Iglesia Anglicana San Bartolomé, en Rosario, el 23 de enero de 1937, poco antes del traslado de Frank “en préstamo” a Uruguay, donde el matrimonio se instaló.

Allí vivieron como nómades, debido al trabajo de Frank para los ferrocarriles uruguayos, que lo hacía recorrer distintos lugares del país: Valle Edén, Fray Bentos, Minas, Tacuarembó, Artigas. Esos son algunos de los lugares que recuerdo que mi madre mencionaba con frecuencia. Debido a esa vida dura que debían afrontar en Uruguay, mi madre viajaba a la casa de sus padres, en Argentina, a veces por temporadas bastante extensas, mientras Frank pasaba los días en las distintas obras.

No debe haber sido fácil para ellos. Un día Frank se dislocó el brazo mientras viajaba en la zorra que usaba como medio de transporte entre los puentes. Estaba en el campo, lejos de un hospital o un médico. Y a sus operarios sólo se les ocurrió una forma de poder ayudarlo: envolvieron su brazo en una sábana y mientras dos hombres le sujetaron el cuerpo con fuerza, otros dos tiraron de la sábana hasta que el brazo volvió a su lugar. No, la vida no era fácil; pero la joven pareja era feliz. Se tenían el uno al otro. Eso era todo lo que importaba. Jo y Frank soñaban con tener su propio hogar en Alberdi, Rosario, ni bien terminara el período de préstamo de Frank en Uruguay. No obstante, el tiempo pasaba lentamente y las autoridades de los ferrocarriles uruguayos no parecían dispuestas a dejar ir a Frank. Él tenía 30 hombres trabajando bajo su supervisión y estaba muy ocupado. Finalmente mis padres se enamoraron profundamente de aquel pequeño país al este de Argentina.

La casilla en Uruguay

Después de un tiempo, la residencia “permanente” de estos esposos fue una casilla móvil de ferrocarril, que se podía transportar de un lugar a otro. Frank trabajó mucho para que fuese lo más confortable posible mientras Joan se mantenía ocupada con su bordado y manualidades.

Biblioteca y mesa hechas por Frank

Tocador hecho por Joan y Frank

Joan hizo lindas cortinas a mano para las ventanas, manteles, carpetas al crochet y fundas para las sillas. Juntos pintaron toda la casilla, que se convirtió en un pequeño hogar muy cálido y cómodo.

En una carta a su hermano Eric, fechada el 23 de agosto de 1938, mi padre dice: “[...] estamos viviendo en el campo en un lugar bastante lindo, unas cien millas de la frontera brasilera [...] Aquí nuestra casita es movible y puede ser transportada, luego de desarmarla, de un lugar a otro. No haré una descripción detallada porque llevaría mucho tiempo, me temo, pero los detalles generales son, las paredes de madera las hemos pintado de un lindo color verde claro y el cielorraso, crema. Casualmente todos los muebles que trajimos tienen una terminación crema, con la excepción del ropero y éste hace juego con las paredes. Yo hice las bibliotecas, una mesa pequeña y algunas otras cosas y entre los dos hicimos nuestra propia mesa de tocador. Tenemos un baño y una cocina aparte, conectada con la casa por medio de un techo y se ha colocado un piso de cemento, por lo que esto forma un pequeño patio, los otros pisos son de madera lustrada. Realmente es una cabaña muy bonita y en el campo donde todas las comodidades deben ser provistas por uno mismo, estamos muy cómodos... Las instalaciones sanitarias fueron todas hechas por mí e instalé un sistema simple de agua corriente y canillas...”

Luego de un tiempo, Frank y Joan compraron un Austin de segunda mano, y él le regaló a Jo (como la llamaba) un fox terrier pelo de alambre, a quien llamaron Chips y le dieron su propia casita, construida por Frank. Ambos esposos eran locos por los animales, lo cual explica de dónde lo heredé yo. La felicidad que compartieron durante los dos años siguientes queda muy evidente en las fotografías sacadas por Frank y en los dibujos que ambos hicieron de sí mismos y de los distintos lugares que conocieron en Uruguay. A los dos les agradaba mucho el arte, aunque ninguno había tomado clases específicas.

Joan y Chips en Uruguay

Chips en su casita hecha por Frank

Se amaban e iban a aprovechar al máximo lo que la vida les ofrecía, aun cuando sus sueños de contar con un hogar propio tenían que ser postergados por un tiempo. Amaban a su cachorro, su vida aventurera, su pequeño hogar prefabricado y su Austin. Las otras riquezas materiales no tenían importancia. No podían pedir más. La vida era dichosa.

Capítulo 2

Después de aproximadamente un año, Joan y Frank recibieron la noticia de que llegaría un bebé. La felicidad total los embargó y rápidamente surgieron los sueños de un hogar permanente en Uruguay. Sus proyectos originales habían sido siempre radicarse en Rosario, Argentina, pero habiendo pasado bastante tiempo sin que surgiera alguna oportunidad inmediata de regresar, y ante la gran noticia, soñaron con construir una casa en La Paloma, el lugar que más amaban. Mi padre hasta llegó a confeccionar los planos del velero que se construiría. Lamentablemente, poco tiempo después de haberse confirmado el embarazo, durante un paseo en el Austin por un camino en mal estado, dieron con un enorme bache y mi madre perdió el embarazo. La noticia los destrozó. Fue su primera gran angustia. Pero, eran jóvenes y tenían por delante gran parte de sus vidas. Su intenso amor se profundizó aún más.

Muy a su pesar, la pareja tuvo que pasar algunas épocas de separación. En una oportunidad, mi abuela se cayó en su hogar, en Rosario, y sufrió un daño importante en la espalda. En consecuencia, tuvo que permanecer casi inmóvil en una cama rígida durante más de un mes. Su hija Winnie, que vivía en Buenos Aires, estaba ocupada con su propia familia. Así que su otra hija, Joan, debió viajar desde Uruguay para cuidar a su madre, mientras Frank permaneció trabajando y cuidando a su mascota Chips.

Winnie se había casado con Jimmy Lees antes de la boda de mis padres. James Lees nació el 28 de agosto de 1897 en Coatbridge, Escocia. Fue veterano de la Primera Guerra Mundial y en Escocia se lo conocía como “Selkirk”, pero en Argentina se convirtió en “Jimmy”. Su primer apodo provenía de que por parte de su madre (Jean Russell), sus raíces se podían trazar hasta el explorador Alexander Selkirk, en cuyas hazañas se basó Daniel Defoe para escribir su libro “Robinson Crusoe”. Jimmy –viudo cuando se casó con Winnie– tenía una hija, Edna. Y Winnie le dio dos hijas más: Jean y Sylvia.

Varios meses después de la larga convalecencia de mi abuela y una vez que estaba en condiciones de viajar, ambos abuelos fueron a Uruguay de visita. Por entonces, Joan había regresado a su hogar y todo había vuelto a su rutina habitual. Era verano y mis padres y abuelos se sentaban afuera de la casilla a tomar té y disfrutar la brisa fresca de la tarde. Mis abuelos amaban Uruguay, tanto como mis padres, por lo que las vacaciones que pasaron allí fueron verdaderamente inolvidables. La paz y la felicidad habían retornado a la vida de todos.

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Desgraciadamente, al año siguiente la felicidad fue opacada por una nube negra de preocupaciones. Las noticias que llegaban desde Europa eran alarmantes. El primero de septiembre de 1939 la codicia demente de un ser humano cambió la vida y el futuro de millones. La Alemania de Hitler invadió Polonia. Y dos días más tarde, se declaró la Segunda Guerra Mundial.

Aparentemente mis padres consideraron el tema de concurrir a servir a su país. En una carta a su hermano Eric fechada el 5 de noviembre de 1939, mi padre comenta lo siguiente: “[...] la guerra no nos ha afectado aquí como lo ha hecho a la gente en Inglaterra. Si continúa, supongo que seremos reclutados, ya que me registré en el Consulado. Pero por el momento la meta es mantener el comercio británico aquí como hasta ahora o mejorarlo [...] La semana pasada, un crucero británico entró en Montevideo por las 24 horas permitidas por la neutralidad y la tripulación lo pasó bien. Era el “H.M.S. Cumberland”. Dos destructores, el “Hotspur” y olvido el nombre del otro, también estuvieron aquí hace algunas semanas. Y creo que otro crucero, el “Achilles” entrará en algún momento esta semana [...]”

El 14 de diciembre de 1939, los titulares de los diarios informaron sobre la Batalla del Río de la Plata�. Luego de hundir varios barcos británicos desde que dejó puerto, el acorazado de bolsillo alemán “Almirante Graf Spee” se dirigió hacia las rutas marítimas sudamericanas próximas al Río de la Plata. El 13 de diciembre entró en batalla con los buques británicos “HMS Exeter” y “HMS Ajax” y con el neozelandés “HMNZS Achilles”. Los barcos aliados fueron averiados gravemente. El “Graf Spee”, también averiado, se dirigió al puerto neutral uruguayo, Montevideo. Luego de varias maniobras diplomáticas, el 17 de diciembre el capitán alemán, Hans Wilhelm Langsdorff, llevó su nave al estuario, donde lo hizo explotar y echó a pique. Mis padres vieron el hundimiento del acorazado alemán desde la costa junto al Señor Oliver y su señora, una pareja uruguaya con la que habían trabado una gran amistad y a quienes visitaban regularmente. Junto a ellos, había una gran cantidad de espectadores. Días más tarde, todos fueron tristemente sorprendidos al conocer la noticia del suicidio del Capitán Langsdorff en Buenos Aires.

Hundimiento delGrafSpee2

El trabajo de mi padre en Uruguay continuó durante 1940, hasta agosto. En una carta fechada el 19 de diciembre de 1940, Frank le informa a su hermano que él y Joan irán a Inglaterra, y no por vacaciones. Escribe: “[...] A fines de agosto tuve que terminar con el Ferrocarril Central Uruguayo, aunque todavía se continúa con la soldadura de puentes, debido a que tienen que economizar y ahora he retornado a Quasi Arc. Sin embargo, mi compañía por ahora aparentemente no está haciendo demasiado por estos pagos y mis esperanzas de una representación fija en Rosario se han desvanecido. Me han llamado para trabajar en Inglaterra y tienen pocas esperanzas de otro empleo en esta parte del mundo después de la guerra [...] Desconozco cuál será mi trabajo cuando volvamos o dónde estaremos, tal vez esté regresando para que me despidan [...]”

Mi madre me contaba que habían decidido que, en caso de que mi padre perdiera su empleo, él se uniría a las fuerzas armadas y ella buscaría empleo en una oficina gubernamental.

El mismo día que mi padre escribió aquella carta a su hermano, Eric envió otra carta a Frank. Para esa fecha, mis padres ya habían tomado la decisión final y habían reservado pasajes en el “S.S. Afric Star” de la Blue Star Line. Mi padre nunca recibió la carta de su hermano. Sin duda, debe haber llegado después de que mis padres partieron hacia Inglaterra y debe haber sido abierta por mi abuela.

EricEvans

Mi tío Eric Evans nació en 1913 en Harrow, Middlesex. Era un artista comercial. Sus hobbies eran el dibujo y la pintura y también realizaba muchos linotipos. Era muy hábil haciendo trabajos de decoración y madera. Estaba casado con Hester Frances Keen, quien nació en 1915 en Woodgreen, Edmonton, Londres. Ella era muy conocida por sus hermosos bordados. Se le pidió que trabajara en Hampton Court reparando tapizados y otras telas bordadas, pero lamentablemente no estaba bien de salud en ese momento como para viajar. Eric y Hester tuvieron tres hijos: Frances, Susan y Jonathan. Pero en el momento de escribir aquella carta sólo había nacido Frances.