Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Una chica italiana se casa con un norteamericano de familia italiana y se va a vivir a Nueva York. Ese viaje es una liberación del pequeño futuro que le esperaba, pero al otro lado del Atlántico descubre una sociedad muy cerrada a lo distinto, dividida en grupos que levantan muros contra los otros. Se hace profesora de universidad y allí conoce a un alumno de raza negra y musulmán que será su amante. Con el tiempo, él acaba en el Isis y el lector puede entender por qué. Los negros en norteamérica viven siempre con el miedo a caer en una trampa, a ser encerrados y desaparecer para siempre. La cárcel es la nueva forma de apartheid. Gótico americano es una novela con la que se puede entender a gente de otras razas, de religiones o tendencias sexuales diferentes. Nos da una imagen muy real de nuestro mundo, tan variado y al mismo tiempo tan cerrado a la interrelación. Nos hace preguntas y nos da respuestas. Pertenece a una nueva forma de narrar que se llama novela documental. Ha estado en las listas de libros más vendidos en Italia en febrero de 2020.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 433
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
GÓTICO AMERICANO
GÓTICO AMERICANO
Arianna Farinelli
TraducciónMercedes Corral
Título:Gótico americano
De esta edición:© De Conatus Publicaciones S.L.Casado del Alisal, 1028014 Madridwww.deconatus.com
© De la traducción: Mercedes Corral
Título original: Gotico americanoPrimera edición: 2020 Giunti Editore S.p.A./BompianiVia Bolognese 165 - 50139 Firenze - Italia // Via G.B. Pirelli 30 - 20124 Milano - Italia
© 2020 (year of first publication) by Arianna FarinelliAll rights reserved including the rights of reproduction in whole or in part of any form
(c) 2020 Bompiani / Giunti Editore S.p.A., Firenze-Milanowww.giunti.it // www.bompiani.it
Primera edición: 2021
Diseño de la colección: Álvaro Reyero Pita
ISBN: 978-84-17375-45-4Depósito legal: M-7552-2020
Producción del ePub: booqlab
Todos los derechos reservados.Esta publicación no puede reproducirse total ni parcialmente, ni almacenarse en sistema recuperable o transmitido, en ninguna forma ni por ningún medio electrónico, mecánico, mediante fotocopia, grabación ni otra manera sin previo permiso de los editores.
La editorial agradece todos los comentarios y observaciones:[email protected]
1. BAJO TRES CAPAS DE OSCURIDAD
2. IDENTIDAD
3. LA PUERTA DE ORO
4. NO EL PORQUÉ, SINO EL CÓMO
5. FREE SPEECH
6. GÓTICO AMERICANO
7. JONÁS Y LA BALLENA
NOTA DE LA AUTORA
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
A mis hijosA A. J., que sigue viviendo en el vientre de la ballena
The really terrible thing, old buddy, is that you must accept them.And I mean that very seriously. You must accept them and accept them with love.
JAMES BALDWIN, The Fire Next Time
Esta es una obra de ficción cuyos protagonistas se mueven sobre un trasfondo de acontecimientos históricos universalmente conocidos. Cualquier otra referencia a hechos y personajes reales debe considerarse puramente casual.
Los habitantes de la ciudad de Nínive eran idólatras y vivían de una forma disoluta. Entonces Alá decidió enviarles a su profeta Yunus para inducirlos a que se convirtieran, pero los habitantes de Nínive no quisieron escucharlo. Por mucho que Yunus tratara de convencerles de la futilidad de su idolatría y de la bondad de las leyes de Alá, ellos seguían haciendo caso omiso. Yunus les advirtió de que, si continuaban adorando a dioses falsos, Alá los castigaría. En lugar de temer el castigo de Alá, ellos le respondieron que no les amedrentaban sus amenazas. Por lo que el profeta, airado, decidió abandonarlos a su suerte y se fue de Nínive por temor a que el castigo de Alá no tardara en llegar. Dice el Corán: acuérdate de cuando Yunus se fue airado pensando que Alá no lo castigaría. ¡Cuántas desgracias le sucedieron!
Nada más salir Yunus de la ciudad, el cielo cambió de color y pareció arder. Al verlo, los habitantes de Nínive empezaron a asustarse. Conocían muy bien el destino que le había tocado en suerte al pueblo de Ād, Thamūd y Noé. Poco a poco, la fe tocó sus corazones. Entonces subieron a la montaña y empezaron a implorar la misericordia y el perdón de Alá. Sus lamentos resonaban por todo el lugar. Viendo que su arrepentimiento era sincero, Alá renunció a su castigo y les envió su bendición. La tormenta que los amenazaba se alejó y los habitantes de Nínive oraron por el regreso de Yunus.
Mientras tanto, Yunus había subido a una pequeña embarcación y navegado todo el día en aguas tranquilas junto a otros pasajeros. Al anochecer, de pronto, el mar cambió. Una terrible tempestad se abatió sobre la barca, amenazando con hacerla pedazos. Detrás de ella una gran ballena hendía el agua con la boca. Alá le había ordenado que emergiera del fondo del mar y la siguiera. Viendo que la tempestad no amainaba, el capitán ordenó a la tripulación que soltara lastre. Arrojaron al mar todo el equipaje, pero no bastó. Entonces decidieron aligerar el peso tirando por la borda a uno de los pasajeros. Pensaban que así aplacarían la ira de los dioses. «Echaremos a suertes quién será arrojado al mar», dijo el capitán.
Aunque Yunus no creía en las supersticiones, se vio obligado a participar en el sorteo y precisamente le tocó a él. El capitán y su tripulación no querían tirarlo al mar, pues sabían que era el más justo de todos ellos. Entonces decidieron echarlo a suertes una segunda vez y después una tercera, pero siempre le tocaba a él. Así pues, la decisión estaba tomada: Yunus debía ser arrojado al mar. El profeta subió al puente de la embarcación y vio la tempestad abatirse furiosa a su alrededor. Estaba oscuro. Una niebla negra ocultaba las estrellas. En ese momento comprendió que la mano de Alá estaba en todo aquello que estaba sucediendo. Yunus había abandonado sin su permiso la misión que le había encomendado. De modo que, aceptando la decisión de Alá e invocando su nombre, se arrojó al mar embravecido y desapareció en medio de las olas. En ese momento llegó la ballena y se lo tragó. Sus dientes se cerraron sobre él como los barrotes de una cárcel y después desapareció en los abismos. Tres capas de oscuridad superpuestas lo envolvieron: la oscuridad del estómago de la ballena, la oscuridad del mar y la oscuridad de la noche. Al principio, Yunus pensó que estaba muerto, pero después se dio cuenta de que podía moverse. Entonces se acordó de Alá e invocó su nombre. «La ilah illa anta subhanaka inni kuntu mina’z-zalimin. No hay otro Dios fuera de Ti, gloria a Ti. He sido un inicuo». Yunus siguió repitiendo esta invocación a Alá. Al oír sus oraciones, la ballena comprendió que se había tragado al profeta. También Alá oyó las invocaciones de Yunus y vio su arrepentimiento sincero. Entonces ordenó a la ballena que volviera a emerger a la superficie.
El profeta salió despedido fuera del vientre de la ballena y arribó a una isla remota. Se había salvado, pero sufría. Su cuerpo estaba cubierto de los ácidos del estómago de la ballena y, cuando el sol se alzó en el horizonte, comenzó a arderle la piel. Yunus siguió repitiendo sus invocaciones. Alá hizo crecer entonces una planta de calabaza para resguardarlo del sol y aliviar su dolor. Dijo a Yunus que, de no haber sido por sus plegarias, habría permanecido en el vientre de la ballena hasta el día del juicio final. Yunus regresó a Nínive y fue recibido con alegría por su gente, y juntos dieron gracias a Dios por su misericordia. El profeta Mohamed ha dicho: «Nadie debería decir nunca que es mejor que Yunus».
—La historia se ha acabado. Es hora de dormir.
Bruna se inclina sobre su hijo. Como cada noche, lo besa en los párpados. Le pasa la mano sobre la frente. Le acaricia la cabeza rizada y le sopla un poco entre el pelo desordenado. Mario ha decidido no volver a cortárselo y, en los últimos meses, le ha crecido hasta los hombros. Le abrocha el pijama con unicornios rosas y lo tapa. Después hace ademán de levantarse, pero su hijo le retiene la mano.
—Quédate un poco más.
Está cansada y querría quedarse sola, pero vuelve a sentarse en el borde de la cama. Minerva duerme ya tumbada de lado, con el pelo negro revuelto sobre la almohada, como serpientes en la cesta de un encantador. El libro que estaba leyendo ha debido de escurrírsele de las manos y se ha quedado abierto en una página al azar, hacia la mitad.
Te esperaré despierta, así me contarás cómo ha ido todo en la televisión.
Pero ha vuelto a casa demasiado tarde. Midtown estaba paralizado por el tráfico debido a las celebraciones electorales de los dos candidatos, ambos con el discurso de la victoria en la mano. Y Minerva se ha quedado dormida.
Tom, el marido de Bruna, está cenando fuera con algunos colegas del hospital. Los niños han cenado solos. Minerva calentó la sopa de pollo, recogió la cocina y obligó a su hermano a lavarse los dientes. Acabó sentada frente a la CNN para seguir los resultados de las elecciones mientras Mario hojeaba un libro de fotografías de Irving Penn y se quedaba dormido encima de la alfombra con la cara aplastada sobre el retrato de Pablo Picasso, que parecía mirarlo por debajo del sombrero.
Se estaba haciendo tarde. En la CNN el color de Pensilvania había pasado del blanco al rosa. Ohio estaba ya en rojo desde hacía una hora, lo mismo que Carolina del Norte. Había mucha expectación respecto a Florida. Pero tampoco ese gran pene en reposo acariciado por las cálidas aguas del Golfo de México, esa inmensa sala de espera del más allá para millones de norteamericanos jubilados, tardaría en ponerse rojo como casi todo el país. En la CNN, el rostro jovial de Van Jones se iba ensombreciendo cada vez más. Antes del final de la transmisión, el comentarista afroamericano lloraría ante las cámaras, preguntándose entre sollozos cómo explicaría todo eso a sus hijos.
Tal y como había prometido a su madre, Minerva había apagado el televisor a las once en punto para acostar a su hermano. A la mañana siguiente tenía un examen de Historia sobre la guerra civil estadounidense, aunque sabía a ciencia cierta que en la escuela sólo se hablaría del resultado de las elecciones.
—Qué historia tan rara… ¿Es auténtica? —pregunta Mario a su madre.
—Es una historia recogida en el Corán y también en la Biblia, en donde Yunus aparece como el profeta Jonás.
—Entonces, ¿Yunus existió de verdad?
—Es posible. O quizá sólo sea una metáfora de como en la vida todo puede cambiar de repente.
Bruna baja los ojos y empieza a retorcer el borde de su falda de seda negra.
—Yo tenía un estudiante que se llamaba Yunus —dice tratando de que no le tiemble la voz—. Como el profeta del Corán, él también se dirigió a la ciudad de Nínive, que hoy se llama Mosul.
—Mosul… ¿Está en Estados Unidos?
—No, en Irak.
—¿Y él también acabó en el vientre de la ballena bajo tres capas de oscuridad?
—Sí, él también.
—¿Y también fue salvado por Dios, que ordenó a la ballena dejarlo ir porque era un hombre justo?
Intenta responder, pero se le hace un nudo en la garganta. Han empezado a temblarle las piernas. Sigue apretando el borde de seda negra dentro de su puño, como si tratara de aplastar esa oscuridad. Mario le coge entonces la cara entre las manos y le acaricia suavemente las mejillas, por donde las lágrimas han empezado a caer marcando regueros muy claros en el espeso maquillaje televisivo.
Bruna se muerde los labios, odiándose por haber flaqueado delante de su hijo. Les he mentido a todos, se repite desde hace días. ¿Qué pensarán de ella sus hijos? ¿Y Tom? Y Yunus, ¿cómo ha podido engañarla? Se fiaba de él. Después se seca las lágrimas y se vuelve hacia la cama de Minerva para asegurarse de que su hija no se ha despertado. Sabe que no le dejaría escapatoria. Pero el ritmo regular de su respiración no ha cambiado. Duerme.
Vuelve a besar a Mario en los párpados. Él entonces le rodea el cuello con los brazos para acercarla más hacia sí. La besa en los labios, que ella se ha mordido para reprimir el llanto, apareciendo una gota de sangre en la herida.
—Duerme —le dice arreglándole una vez más las sábanas—. Mañana llegará enseguida.
Se levanta y apaga la lámpara roja que Mario tiene junto a la cama. Parece un pequeño extraterrestre con un solo ojo que cada noche le promete velar el sueño de sus hijos.
La casa es oscuridad y silencio. También ella parece encontrarse bajo tres capas de oscuridad. La capa protectora de su propia casa, donde sólo la obstinación de las contraventanas de madera consigue mantener fuera la claridad insomne de la calle; la indiferente del edificio en el que vive, doscientas viviendas y más de quinientos inquilinos, de los que, después de tantos años, no conoce a casi ninguno; y finalmente la oscuridad de fuera, la que se libra de la luz deslumbrante de la ciudad, donde parece de día cuando es de noche.
El resplandor sideral de los rascacielos. El fulgor seductor de los locales. Las luces hipnóticas de las pantallas gigantes. Bajo la taza del Dunkin’ Donuts Coffee desfilan triunfantes las cotizaciones del NASDAQ. Fuerte, fortísimo, fortisísimo. El Dow batirá todos los récords. Dieciocho mil puntos antes de las elecciones, veinticuatro mil un año más tarde. Less taxation, less regulation. Lo que es bueno para Wall Street lo es también para Main Street.
Pero la oscuridad resiste, no se rinde. Se esconde en las callejuelas estrechas, entre los edificios de las casas populares. En las tiendas desalquiladas clausuradas con cierres oxidados. Bajo los pasos elevados de la autopista, entre los cartones de los sin techo. En el barranco de Belmont Park, entre los detritus de jeringuillas usadas.
La gente dice que no existe, porque nadie lo quiere admitir. Pero existe verdaderamente una ciudad subterránea.
El estudio ahora vacío que Yunus compartió con su amigo Mohamed está a oscuras. La cinta amarilla de la policía acordona la puerta de entrada. Caution, police line.
—Los dos parecían muy buenos chicos —dice una vecina al periodista de Channel 7—. El más alto, Yunus, era muy amable.
—¿Y usted no sospechó nada? —la apremia el periodista acercándole el micrófono a la boca.
—Pensándolo bien, ese chico era demasiado amable. Creo que por eso nunca me fie de él.
El profeta Mohamed ha dicho: «Nadie debería decir nunca que es mejor que Yunus».
—Su padre acabó en Rikers Island por una fea historia —cuenta el casero de Yunus—. De aquella cárcel no salió vivo. Un asunto que nunca llegó a aclararse. No sé si existe el paraíso, pero ciertamente Rikers es el infierno.
—Pobre chico —continúa su mujer—. Fue entregado a los servicios sociales cuando tenía doce años. Yo pensaba que se había echado a la espalda su infancia difícil y que había cambiado de vida. Evidentemente estaba equivocada. Los hijos siempre acaban pagando los errores de los padres.
—Y por eso es necesario un decreto contra la inmigración proveniente de los países musulmanes —dirá al día siguiente el portavoz del presidente electo comentando el hecho—. Debemos evitar que entren individuos radicalizados dispuestos a perpetrar ataques terroristas en suelo americano o a reclutar para la Yihad a jóvenes incultos y con trastornos mentales.
La vivienda de Yunus está a oscuras. Los textos universitarios de segunda mano yacen esparcidos por el suelo junto a fotos, papeles y ropa. La policía se ha llevado el ordenador. El de Mohamed no lo han encontrado. Hay una zapatilla de gimnasia desparejada. El póster arrancado de Charlie Parker y Dizzy Gillespie cuelga sobre la pared de la cama. La trompeta de Yunus yace encima de la mesa de la cocina. El polvo se ha depositado sobre su superficie. Recubre la campana de latón, obstruye los cilindros de los pistones. La melodía vaga de My Melancholy Baby quedará para siempre aprisionada en su interior. A partir de ahora la trompeta de Yunus tocará sólo El silencio.
Day is done, gone the sun,
All is well, safely rest, God is nigh.
Debajo de la almohada de Yunus está aún el ejemplar de La habitación de Giovanni de James Baldwin. Es una de las primeras ediciones de 1956, encontrada por Bruna en una vieja librería del Village. Una tiendita en el sótano de un edificio que apestaba a moho y a pis de gato. Las grandes cadenas se han comido a casi todas las librerías independientes de la ciudad y ahora Amazon se está comiendo, una tras otra, a todas las grandes cadenas. Y quién sabe, piensa Bruna, quizá un día llegará un pez todavía más gordo que Amazon y nos comerá a todos. Dentro de la novela de Baldwin hay un marcapáginas con la foto de Josephine Baker, que en 1927 bailaba en el Folies Bergère vestida tan sólo con una faldita de bananas.
La danza rebelde de ella envuelta en el abrazo potente de las palabras de él.
«… This was but one tiny aspect of the dreadful human tangle occurring everywhere, without end, forever», «todo eso era sólo una parte infinitesimal de la horrible maraña de seres humanos que había en todas partes, sin cesar, hasta el infinito».
La habitación de Yunus es demasiado pequeña para vivir dos. Yunus ha tratado en estos meses de hacerla más confortable. Ha pintado las paredes amarillentas y cubierto con moqueta el piso de linóleum. Él y Mohamed han convertido el trastero en una habitación para el rezo. Yunus ha extendido una alfombrilla afgana encontrada en un ropavejero de Harlem. En una mesita minúscula ha colocado un ejemplar del Corán. Sobre un paño negro colgado en la pared reza esta frase en árabe: «No hay otro Dios excepto Tú. ¡Gloria a Ti! He sido un injusto».
La habitación de Yunus está en el primer piso de un viejo edificio de ladrillos rojos, en la esquina entre la calle 130 y Malcolm X. Las ventanas dan a un pequeño patio interior. Por las tardes juegan en él los niños. «Let’s play Suicide!», gritan felices mientras hacen botar una pequeña pelota de goma contra la pared. Uno de ellos coge la pelota al vuelo y golpea a su compañero de al lado mientras intenta alcanzar la pared. Este entonces cae al suelo.
—¡Te he tocado, estás eliminado!
—No, no es verdad, he tocado la pared antes de que consiguieras golpearme. ¡Estoy a salvo! —Pero está claro que miente.
Los jugadores son eliminados uno a uno, hasta que sólo queda un vencedor.
El joven arce del patio parece mirarlos desde lo alto. Dentro de unos años esos niños ya no caerán sólo por juego. El arce de Yunus ha perdido ya casi todas las hojas. Parece incluso más joven y fino viéndolo así de desnudo. Las ramas negras azotadas por el viento.
—¿Sabes por qué las hojas de los árboles se vuelven rojas en otoño? —le había preguntado Yunus antes de partir—. Pasan todo su alimento al árbol antes de dejarse caer.
Bruna entra en su dormitorio y se tumba vestida en la cama. Ni siquiera se ha quitado el abrigo al volver a casa. Ha ido directamente a la habitación de sus hijos, porque Mario, al oírla regresar la ha llamado. Se tumba de lado y cierra los ojos esperando dormirse, pero está demasiado nerviosa. Hay un ruido constante en su cabeza. El mismo estrépito de sirenas que se oye en la ciudad a todas las horas del día y de la noche. El mismo estruendo de taladradoras excavando cimientos y de hormigoneras vomitando cemento. Bruna se pone boca arriba y vuelve a abrir los ojos. Mira las grietas que se abren inexorables en el techo en el cambio de estación, cuando el edificio se contrae por la llegada del frío. Espera a Tom. Ha decidido contarle la verdad.
Es otoño avanzado. El aire cálido y húmedo del verano indio, que también este año ha sido particularmente generoso, ha dejado paso a una corriente de aire más fría que llega de Canadá. El aire frío ha atravesado el gran lago Erie, las cimas poco elevadas de los Adirondack y el bonito valle del Hudson, ahora casi completamente yermo, y ha llegado hasta la ciudad. Ahora sopla sobre las aguas dulces y disciplinadas del Hudson y sobre las turbulentas y saladas del East River. Y se cuela por debajo del alféizar de la ventana levantando el polvo de los libros que llenan la habitación de Bruna.
Bruna escucha el estrépito nervioso del río que discurre bajo su casa. A lo largo de todo su curso, el East River está a merced de las mareas. Masas de agua que suben y bajan empujándolo en direcciones opuestas. Por eso unas veces discurre de norte a sur, del Long Island Sound hacia la bahía de Nueva York y el océano abierto, y otras veces recorre en cambio el trayecto en sentido contrario. El East River no es propiamente un río, sino un estrecho entre dos brazos de mar en perenne lucha entre sí. Entre un cambio de marea y otro hay siempre una tregua armada. Pocos minutos de slack waters, en los que las fuerzas de la naturaleza permiten finalmente al agua detenerse para recobrar el aliento. En ese momento, el río se relaja en su lecho. A Bruna le gusta observarlo cuando está así, lento y cansado. Le parece que esa es la única calma posible.
El río es el único habitante de esta ciudad que se permite cierto respiro. Mientras todos corren, sudan, se afanan, compiten, se persiguen, se dan codazos, se pelean, caen y se vuelven a levantar, él se detiene, respira, piensa. Sin embargo, la calma nunca dura mucho. Enseguida vuelven las corrientes impetuosas del Long Island Sound a sacudir de nuevo el agua. Un río dentro del río. Chocan con las del Harlem River en un lugar llamado Hell Gate, a un par de millas de su casa. Allí las olas parecen tropezarse consigo mismas, incapaces de continuar en la dirección hacia la que las empuja la corriente. Tom le ha contado que en el siglo XVII un explorador holandés descubrió ese paso fluvial que permitía a las naves llegar a Boston navegando por las aguas más tranquilas de la bahía. Una ruta que, durante siglos, antes del transporte ferroviario, fue una de las más importantes vías para el comercio en Norteamérica. El explorador llamó Hellegat, boca de luz, a ese tramo del río. Y, de hecho, en algunas horas del día ese tramo del río se convierte en un enorme y deslumbrante espejo.
City of hurried and sparkling waters.
Pero, en la traducción inglesa, Hellegat se convirtió en Hell Gate, la puerta del infierno. No era simplemente un error de traducción. El paso escondía peligros insidiosos. Justo allí, en Hell Gate, la navegación se había vuelto extremadamente difícil por el choque de las corrientes, que creaban remolinos repentinos, y por rocas puntiagudas que asomaban del agua para clavar sus colmillos en el vientre grávido de los barcos.
City of spires and masts.
En el transcurso de los siglos, los navegantes pusieron a aquellas rocas nombres fantasiosos. Algunas veces inexplicablemente benévolos, como Pollito y Gallina, Pan y Queso. Otras veces más amenazadores, como Cabeza de Negro. En ese tramo del río, se hundieron cientos de barcos. Durante la guerra de independencia americana, el Hussar, un barco inglés que llevaba oro y plata para pagar a las tropas estacionadas en Manhattan, naufragó precisamente en Hell Gate. Los cazadores de oro lo buscan desde hace siglos.
—Ahí abajo hay un tesoro incalculable —le había dicho una vez a Bruna un viejo pescador que se pasaba los días junto al río con la caña de pescar apoyada en la balaustrada de hierro. Ella se preguntó si el hombre se refería al oro de los barcos hundidos o a las lubinas que antaño abundaban en aquel tramo.
La historia que más le impresiona es la del General Slocum, un transbordador cargado de inmigrantes alemanes, parroquianos de la Iglesia luterana de Saint Mark. Habían zarpado desde Little Germany, en el Lower East Side, para celebrar un pícnic dominical en Long Island. A bordo iban cientos de mujeres y niños. El transbordador se incendió en las proximidades de Hell Gate y, unas pocas millas más al norte, naufragó con más de mil personas. Cuerpos carbonizados y pasajeros todavía en vida arrastrados durante millas por las corrientes furibundas del río. Hubo muy pocos supervivientes.
Ya a finales del siglo XIX, la ciudad de Nueva York decidió dinamitar aquellas rocas puntiagudas que hacían todavía más peligroso el paso de Hell Gate, una operación que duró más de setenta años. Una de las primeras en desaparecer fue Cabeza de Negro, con gran satisfacción de la pequeña multitud que, para asistir al acontecimiento, se había congregado en la orilla del río.
Bruna se estremece y se mete las manos en los bolsillos del abrigo. Uno de ellos se ha descosido hace unos días y ahora la mano lo traspasa por completo. Se promete a sí misma que lo arreglará al día siguiente, pero no sabe coser.
¿Dónde está Tom? ¿Por qué no regresa?
Piensa a menudo en su matrimonio como en un par de piernas que durante años han caminado juntas, la una junto a la otra. Pero sólo una de las dos ha sostenido realmente el esfuerzo e impedido a ambas pararse e incluso ceder. La otra simplemente se ha dejado llevar, un poco por pereza y un poco por desconfianza en la necesidad misma de caminar. Bruna se pregunta ahora si en los últimos tiempos no ha sido ella esa pierna. Si ella y Tom no han acabado por intercambiarse los papeles. Él es el que lleva y ella la que se deja arrastrar.
Al principio era feliz con Tom. Para vivir con él se trasladó a Estados Unidos. Por él comenzó el doctorado en Boston y lo acabó en Nueva York, donde Tom se había trasladado para especializarse en endocrinología. Por él aprendió a sobrevivir a los inviernos nevados y a las small talks de los americanos. Por él aceptó dirigirse a los desconocidos con un infinitamente amable y a la vez estéril How are you?
Pero en seguida las cosas se volvieron difíciles. Empezó a no estar de acuerdo con la familia de Tom. Sus suegros planificaban los fines de semana y las vacaciones juntos sin ni siquiera preguntar. Se presentaban en su casa de repente, poniendo mil excusas. Insistían en que debían encontrar un novio para su hija Laura, que estaba siempre sola. Tomaban decisiones e imponían normas esperando que se adaptara a ellas.
Para Tom todo eso era normal. Era su familia. Era lo que conocía. Por lo demás, nunca se había rebelado contra sus padres, ni siquiera durante la adolescencia, que no es tal sin enfrentamiento. Nunca había alzado la voz. Nunca había amenazado con irse de casa. Nunca había dicho un saludable y liberador «Fuck you, mom and dad!».
Pero Bruna era diferente. Decía lo que pensaba. No escatimaba críticas, no sopesaba las palabras. Había hecho lo que había querido durante toda su vida. Nunca había escuchado a nadie, ni siquiera a sus propios padres. Había crecido independiente y con cierto gusto polémico por las cuestiones de principio.
El día en el que Tom presentó a Bruna a sus padres, Sal y Amanda Bene la acogieron calurosamente. Hacía tiempo que querían conocerla, pero Tom lo posponía siempre. Años después, Bruna encontraría en un cajón una antigua carta en la que Amanda reprochaba a su hijo no haberles presentado todavía a la chica italiana con la que vivía desde hacía más de dos meses. Bruna era la única chica que Tom no había querido que sus padres conocieran. Las demás nunca le habían importado nada, por eso las llevaba a casa. Pero con Bruna era diferente. De ella estaba verdaderamente enamorado, y sabía que su carácter arisco difícilmente se habría adaptado al rígido molde que los Bene pensaban para su novia. Y, sin embargo, el día en el que Tom se la presentó a los suyos, todo se desarrolló aparentemente sin ningún contratiempo, como si fuera la chica que esperaban desde siempre.
Amanda preparó una cena deliciosa a base de scungilli y vieiras. Bruna se puso un vestido negro que le moldeaba el cuerpo y le dejaba la espalda al descubierto. Cenaron sentados en el patio escuchando los sonidos del bosque y viendo a lo lejos las luces de la ciudad que se alzaba al otro lado del río. Las Torres Gemelas brillaban en la noche como candelabros de plata sobre una mesa preparada suntuosamente, la mesa más rica del mundo. Bruna habló a los padres de Tom de sus viajes a la Comisión Europea, de los artículos que había escrito sobre las mujeres y el mundo del trabajo, y del doctorado en Boston. Amanda le habló de su carrera académica y del éxito que había obtenido ya con su primer libro, que había publicado a finales de los años setenta. El padre de Tom estuvo taciturno durante gran parte de la cena. Mientras Amanda se enfrascaba en la conversación, Sal no quitaba ojo a la novia de su hijo. Estaba decidido a descubrir sus debilidades y a captar sus defectos, porque su mujer sólo le pediría cuentas de eso al final de la velada, cuando se encontraran a solas en el dormitorio. Bruna sentía los ojos de Sal sobre sí. No conseguía entender por qué la miraba todo el tiempo de esa forma. Parecía estar contrariado por algo. Tal vez fuera por el vestido, debería haber elegido uno menos ceñido.
Después de cenar, Bruna se retiró al dormitorio de los invitados y Amanda, ante el gran estupor de Tom, felicitó a su hijo por haber llevado finalmente a casa a una chica diferente de las otras, así dijo. A Bruna, la madre de Tom también le había gustado enseguida. Le había parecido una mujer culta, refinada, segura de sí misma. Quizá le habían resultado algo excesivos los cumplidos que la señora Bene le había dirigido a lo largo de la cena —por su inglés, que a Bruna le parecía en cambio todavía muy incierto, por su corte de pelo muy corto, casi masculino, y por la postura erguida y orgullosa que su hija Laura, por desgracia, nunca había tenido. El beso de buenas noches y el largo, calurosísimo abrazo de Amanda también le resultaron excesivos. Pero Bruna se dijo que debía de tratarse de un hecho cultural. Probablemente ese era el modo en que los italoamericanos se saludaban, de una forma muy parecida a como las personas se saludaban en el sur de Italia.
Después de aquel fin de semana, Bruna se sintió aliviada. Tom le dio las gracias varias veces durante el viaje de regreso a Boston, como si gustar a sus padres fuera un mérito que pocas personas antes de ella habían conseguido. El nerviosismo que durante días le había mantenido despierto por las noches y le había hecho discutir con Bruna de una forma completamente gratuita desapareció, y su vida en común volvió a la serenidad.
En los días siguientes, Bruna recibió por correo postal muchos regalos de Amanda. Un cheque de doscientos dólares para comprar libros académicos. Un vestido nuevo para la fiesta que los Bene querían organizar por el cumpleaños de su hijo. Dos entradas para el concierto de Maurizio Pollini en el Symphony Hall de Boston y otras dos para el partido que los Yankees jugarían contra los Red Sox en el Fenway Park. Amanda le regaló también el abono al Isabella Stewart Gardner Museum, porque Bruna le había contado que le gustaba ir a menudo allí sólo para sentarse en el jardín de invierno y admirar la belleza de los crisantemos japoneses. En primavera brotarían las capuchinas. Bruna las vería bajar por las poliforas venecianas —puntos de ocre y bermellón sobre una cascada de verdes— y disfrutaría con su ligero aroma a miel. Amanda se había acordado, y eso para Bruna fue el mejor regalo. La llamó enseguida por teléfono para darle las gracias y hablaron largo y tendido de arte, de libros y de Tom. Los Bene parecían haberla acogido igual que a una hija y ella lo atribuía simplemente al afecto que como padres albergaban por Tom.
Al mes siguiente, cuando volvieron a Nueva York, a Bruna le sorprendió darse cuenta de que, en el fondo, también para ella se trataba de un regreso a casa. En aquella ocasión fue cuando conoció a Laura, la hermana de Tom. Complaciendo un capricho de Amanda, Tom y Bruna se sentaron en la family room para ver unas películas en súper ocho que Sal había rodado en 1982, cuando sus hijos estaban todavía en la escuela primaria. Los había filmado con una vieja cámara americana, porque decía que no quería comprar nada a los japoneses, que en aquellos años producían modelos muy competitivos. «Si no tenemos cuidado, los productos japoneses invadirán nuestros mercados y entonces nuestras fábricas cerrarán y la gente se quedará sin trabajo. Por eso sólo compro made in USA, y estoy convencido de que la única forma de defenderse es imponer derechos de aduana del cien por cien a los productos procedentes de Japón. ¿De qué nos sirve el libre comercio si es un comercio injusto que nos penaliza?», repetía a menudo. En aquellos años hablaba constantemente de los japoneses y de los soviéticos, y por lo general con el mismo desprecio. Sin embargo, su cámara desenfocaba, empañaba u oscurecía la imagen, y a veces incluso la ensuciaba con grandes manchas rojas tentaculares.
En la primera película se veía a Tom saludando de lejos a su padre antes de tirarse desde el trampolín más alto de la piscina del club del que los Bene eran socios desde siempre. Al verse después de todos aquellos años, Tom se sintió casi tan orgulloso como entonces. Le había costado años perfeccionar el salto. Pero, al mismo tiempo, esas imágenes que cambiaban de color lo inquietaban. Después, en la película aparecía Laura, bronceada y embutida en la licra amarilla de un bañador demasiado estrecho del que le rebosaban las caderas y los muslos. «¡Apágalo ahora mismo!», gritó a su hermano entrando en la habitación de repente. Acababa de volver a casa después de hacer dos horas de footing. «No soporto verme así. Parezco un perrito caliente gigante cubierto de mostaza». A Bruna le hizo reír. Pensó que Laura estaba bromeando. Se levantó del sofá para irle al encuentro y estrecharle la mano. Sin embargo, antes de que pudiera presentarse, Tom, con un tono de voz que Bruna nunca le había oído, le dijo a su hermana que, si no quería verse, podía quedarse encerrada en su habitación durante todo el fin de semana. Ella entonces le arrojó el vaso de plástico lleno de granizada de limón que llevaba en la mano. El lanzamiento no dio en el blanco, el vaso cayó al suelo y el hielo se esparció sobre la moqueta verde cinabrio. A Bruna le recordó la escarcha que, en invierno, cubría el césped de los jardines de la periferia de Roma donde había crecido. Le había producido el mismo efecto de desolación y de abandono, de ira congelada. Para poner fin a la pelea entre Laura y Tom, tuvo que intervenir Amanda, y, unos minutos después, apareció Sal con un vaso de agua y una pastilla de lorazepam para Laura. Bruna pasó el resto de la tarde en su habitación leyendo La toma del poder por los nazis de Sheridan Allen, porque Tom le había dicho que su madre y su padre querían hablar con él en privado. Pensó que posiblemente se tratara de asuntos familiares, pero, por alguna razón que se le escapaba, no se sentía en absoluto tranquila. No obstante, esa noche todos estuvieron serenos y sonrientes, salvo Laura, que se fue a la cama sin cenar por un fuerte dolor de cabeza. Bruna estaba disgustada, había sentido curiosidad por conocer a la hermana de Tom y ahora tenía la sensación de que esta la evitaba.
Al día siguiente, Sal fue enviado por su mujer a hablar con Bruna. Después de divagar durante algunos minutos, se armó de valor y le dijo a Bruna que a partir de ese momento debían intentar pasar más tiempo con Laura, involucrarla cuando planificaran un viaje o cuando volvieran a pasar el fin de semana en Nueva York. «Quiero que tú y Laura os hagáis amigas», añadió. «Cuando vengáis a vivir a Nueva York, ella deberá ser también tu hermana». Bruna le respondió que le encantaría conocer mejor a Laura, pero que su hija ya era adulta y no necesitaba en absoluto que Tom y ella le hicieran de babysitter. Sal se quedó helado y no volvió a abrir la boca durante el resto del domingo, dedicándose a cuidar el jardín. En los meses siguientes, todas las veces que volvieron a ver a Laura, en Nueva York o en Boston, donde Amanda enviaba a menudo a su hija a pasar los fines de semana, Tom siempre tuvo mucho cuidado de llenarla de cumplidos por su línea y por los kilos perdidos. Después, a Bruna empezaron a resultarle exasperantes aquellos halagos. Le preguntaba a Tom por qué no podía ser más sincero con su hermana y por qué en su presencia no hablaba más que de dietas y de cómo controlar el peso.
En uno de aquellos fines de semana, Bruna llevó a Laura a visitar el Isabella Stewart Gardner Museum. La idea partió de ella. Tom debía estar todo el día en el hospital y Bruna quería pasar un poco de tiempo a solas con Laura para tratar de conocerla mejor. Después de visitar el jardín de invierno, subieron a la planta superior. Bruna quería mostrarle El rapto de Europa de Tiziano, la obra más importante de la colección de arte de Isabella Stewart.
—Zeus tenía una mujer muy celosa, la diosa Hera. Por lo que, cada vez que quería emparejarse con una mortal se veía obligado a transformarse en un animal. En un toro blanco en el mito de Europa y en un cisne en el de Leda. ¿Imaginas lo que significa ser el más poderoso de los dioses y no poder amar a quien quieres? ¡Es una maldición! —le dijo Bruna bromeando.
Laura se quedó en silencio y miró largamente la imagen. No le impresionaba el forcejeo de Europa, sino los ojos del toro, inexplicablemente mansos y asustados: un dios frágil, bestial y humano, perseguido en su fuga con Europa por monstruos marinos. Un dios olvidado de su propia omnipotencia. Después, como regresando de un alejado rincón de su mente, Laura dijo:
—Mi maldición es ser hija de mi madre. Yo también querría transformarme en un animal diferente cada vez para poder huir de ella.
Bruna, enternecida, se le acercó para abrazarla, pero Laura se retrajo. Y cuando, más tarde, de vuelta a casa, Bruna intentó sacar de nuevo el tema, Laura zanjó rápidamente la conversación:
—La mayor parte de las veces hablo sin saber lo que digo. Mi madre me lo hace ver a menudo.
La tarde en la que Tom y Bruna vieron juntos las películas de la familia Bene, Amanda cogió a su hijo en un aparte y le dijo que Laura sufría enormemente por su relación con Bruna, aunque nunca lo habría admitido.
—Es un momento difícil para tu hermana. Tiene miedo de perderte, miedo de que Bruna te aleje de nosotros. Y no puedo por menos de darle la razón. Es como si vuestra relación le recordara cada vez que todos hacen proyectos de vida en común, mientras que ella está sola. Como sabes, tu prima Jessica se casa dentro de un mes y tiene la misma edad que Laura.
Ya en las primeras semanas después de la conversación con Sal, Bruna notó que las cosas entre ella y los Bene no iban bien. Durante la siguiente visita, Amanda se mostró extremadamente fría con ella. Ese fin de semana pasó largas horas conversando con su hijo en su despacho. Durante la cena siguió hablándole al oído mientras Sal trataba de explicar a Bruna las estrategias militares del ejército norteamericano durante la guerra de Corea. Tomaban café en el patio y Amanda acariciaba la cabeza a su hijo y después la espalda. En un momento dado su mano bajó a lo largo de su costado, recorrió la línea exterior de los muslos y se detuvo en la rodilla. Se quedó allí durante el resto de la cena, soberana y sensual, y a Bruna le resultó imposible dejar de mirarla.
Cuando Bruna y Tom se trasladaron a Nueva York las cosas no hicieron nada más que empeorar.
Una noche, durante la cena, el padre de Tom preguntó a Bruna si estaba contenta de quedarse a vivir en Estados Unidos para siempre. Evidentemente no era una pregunta banal, sino un tema importante que le preocupaba desde hacía tiempo y sobre el que su mujer le había pedido poner las cosas en claro cuanto antes. Bruna le contestó llanamente que al acabar sus estudios le habría gustado trasladarse con Tom a Europa. Muchas veces habían hablado de esa posibilidad entre ellos, pero Tom nunca se la había tomado demasiado en serio.
Bruna contestó sinceramente, aun sabiendo que contrariaba a los Bene, pero no imaginó la rabia que sus palabras iban a desencadenar. Fue como si una piedrecita arrojada contra un espigón tambaleante hubiera hecho desbordarse un río que, desde hacía tiempo, venía con crecida.
Sal se puso morado. Ensanchó las aletas de la nariz para coger más aire y, aferrando con las manos ambos lados de la mesa, la empujó con violencia lejos de sí.
—¡Dios! —tronó—. ¡La familia debe permanecer unida! Y además yo… Nosotros —se corrigió después de cruzar una mirada con Amanda— no hemos invertido casi un millón de dólares en escuelas privadas, college, máster —aquí tomó aliento— y cuatro años de estudios de Medicina en una de las universidades más prestigiosas del país para que luego nuestro hijo se vaya de Estados Unidos. ¿Y para vivir dónde, además? ¿En Italia, quizá? ¿Un país acabado, prácticamente sumido en el caos, del que miles de jóvenes huyen cada año?
Palabras lanzadas por Sal con toda la rabia de la que sólo en familia era capaz. Y, sin embargo, nada casuales, ya que, como de costumbre, Amanda había elaborado todo el razonamiento antes de mandar a su marido a hacer el trabajo sucio. Una dinámica que Bruna aprendió a reconocer algún tiempo después.
—Tom sólo tendrá un futuro brillante si se queda en América —continuó Amanda con un tono sereno que no ocultaba cierta satisfacción.
Había intervenido en la conversación en el momento justo para que Sal pudiera retomar el aliento, y también, como de costumbre, para señalar al interlocutor atemorizado —ya fuera este uno de sus hijos, un familiar, un vecino, o al director del hospital, que antes de jubilarse había negado a Sal la promoción nombrando en su lugar a un colega judío como él— que ella compartía las razones, no los modos de su marido, y que con ella y sólo con ella se podía volver a razonar civilizadamente.
—Ganará bien y te permitirá vivir desahogadamente —continuó—. Nunca tendrás un sueldo digno investigando en la universidad. Créeme, yo también pasé por eso.
Tom asintió tristemente, consciente de la inevitabilidad de aquel enfrentamiento entre sus padres y su futura mujer que ya demasiadas veces, y por motivos completamente fortuitos, se había ido postergando.
Bruna aprovechó por su parte la ocasión para desahogarse de aquellos meses de frustración respecto a sus futuros suegros. Pronunció frases que Tom jamás hubiera imaginado que nadie, y mucho menos la mujer con la que había decidido casarse, pudiera decir a sus padres. Después de años de trabajo y sacrificios, el doctor y la profesora Bene se habían convertido en dos autoridades en la familia. Habían alcanzado un nivel de instrucción y de bienestar económico sin par entre parientes y amigos. Nadie de la familia hubiera tenido el valor de llevarles la contraria. Ellos eran el cuerpo y la sangre del Sueño Americano.
—Sólo a nosotros nos corresponde elegir dónde queremos vivir, y haríais mejor si no interfirierais en nuestras decisiones. Y además Italia ya no es el país del que salieron vuestros abuelos para huir de la miseria. ¡Y yo no he desembarcado en Ellis Island con una maleta de cartón atada con una cuerda! —De esta última frase se arrepintió casi de inmediato.
A cada palabra de Bruna, a cada subida del tono de su voz, Tom se iba achicando cada vez más. Encorvó los hombros, inclinó la barbilla hasta rozar su pecho y metió los brazos juntos entre sus muslos. Era una postura que adoptaba cada vez que pensaba tener que resguardarse de la furia de los otros, como una tortuga que se escondiera dentro de su caparazón. Y también en aquel caso la furia no tardó en llegar. Dominado por una ira ciega que Tom conocía demasiado bien, su padre ignoró por completo a Bruna y se dirigió directamente a él.
—El día de tu boda será el día de tu funeral —rugió dando un puñetazo en la mesa y derramando la jarra de agua—. ¡Si te casas con ella, dejarás de ser nuestro hijo!
En ese momento, Amanda se levantó de la mesa para ir a tumbarse en el sofá. Las manos le temblaban visiblemente. Las piernas no la sostenían. Dijo que estaba a punto de desmayarse. Tom se conocía aquella escena. Aun así, el tormento de su madre, repetitivo y manifiestamente exagerado, nunca lo dejaba indiferente, algo que Amanda sabía muy bien. Se levantó y se acercó al sofá. Amanda le cogió las manos y, entre sollozos, le recordó que era su único hijo varón y que no podía abandonarla. Después, recuperando por un momento la firmeza de su voz, le dijo a Bruna que ella siempre había sido respetuosa y había estado disponible con sus suegros, con los padres de Sal. Ella les había asistido cuando se habían hecho mayores y habían enfermado, «¡y eso que tenían dos hijas!». Tom sabía que las cosas no habían sido exactamente así. Su madre nunca había soportado a los padres de su marido, a quienes consideraba groseros e invasivos. Pero en ese punto, lo mismo que en todo lo demás, nunca se había atrevido a contradecirla.
Después, de pronto, su madre calló. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, venenosa, manipuladora. Parecía estar muerta.
—¡Mira lo que le has hecho a tu madre! —gritó Sal a su hijo.
Esa misma noche Tom le dijo a Bruna que sin la bendición de sus padres no podrían casarse.
Bruna no podía entender que Tom, para contentar a sus padres, ya no quisiera casarse con ella. Y, sin embargo, de esa decisión les culpaba a ellos más que a su marido. Estaba convencida de que él no creía verdaderamente en lo que hacía. Se había visto obligado, pero se arrepentiría y volvería con ella. El amor que había entre ellos era verdadero. Ciertamente le dolía en el alma que no hubiera luchado por ella, pero era más fácil justificarlo que admitir su debilidad. Entre otras cosas, la oposición de los Bene confería a su relación un aspecto romántico muy poderoso. Quizá pensaba que su tarea era salvar a Tom de su familia. O quizá el comportamiento de sus suegros le recordaba la oposición de sus abuelos a la boda de sus padres. Su madre había elegido a su marido en contra de sus padres. ¿Sería capaz Tom de hacer lo mismo? También podía ser que la rivalidad con Amanda fuera lo que le mantenía unida a él, la convicción de que no podía ser que su suegra se saliera con la suya. Bruna no consiguió darse cuenta de todo esto en aquel momento, atribuyendo desde el principio a los padres de Tom la culpa de todo lo que no funcionaba en su relación. Sólo muchos años después empezó a pensar que tal vez, sin la oposición de ellos, su relación con Tom habría finalizado mucho antes, como todas las relaciones que se agotan por falta de combustible. La hostilidad de sus suegros había sido lo que los había mantenido juntos.
También en aquellos días fue cuando Bruna empezó a cuestionar la sociedad norteamericana. Estados Unidos no era la tierra de la libertad y la emancipación que había imaginado. Y, sin embargo, los movimientos juveniles y los movimientos feministas habían nacido allí. ¿No había sido la generación de los padres de Tom la protagonista de aquella época de conquistas y cambios? Y los padres de Tom, dos profesionales consolidados, ¿no se encontraban acaso entre los representantes más cultos de aquella generación? En realidad, contrariamente al estereotipo según el cual todos los jóvenes de los años sesenta eran comprometidos y transgresores, sólo una parte de aquella generación había participado en las marchas por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam. Los demás, como sucede en todas las generaciones, eran exactamente iguales que sus padres y no habían contribuido a ningún cambio.
Sin embargo, los padres de Tom eran personas instruidas. Al provenir de una familia en la que nadie había ido a la universidad, Bruna siempre había pensado que la cultura implicaba una gran apertura mental. Evidentemente había sobrevalorado el poder catártico de los libros. O también era posible que la cultura hubiera creado en los Bene, que en esto no eran ciertamente una excepción, un sentimiento de superioridad y de cerrazón hacia los otros que ni siquiera la más ciega ignorancia hubiera podido producir.
En Estados Unidos sobrevivían usos y costumbres que en Italia, al menos a la luz de la experiencia de Bruna, estaban superados. Tampoco su padre había sido apreciado por sus abuelos maternos, pero su madre se había casado con él a pesar de todo. También los padres de Bruna le habían pagado los estudios, gastando una cifra irrisoria en comparación con la familia de Tom, pero nunca le habían impuesto quedarse a vivir en Italia para resarcirlos por sus sacrificios. Pero quizá, como Tom le hacía ver a menudo, ella provenía de una familia especial. Nada más dejar de ser un adolescente, su padre había echado de casa a su violento progenitor, y después de casarse, había chocado a menudo con los padres de su mujer, en muchos aspectos parecidos a los de Tom. Bruna había crecido pensando que la mentalidad intolerante de sus abuelos era el mal absoluto y le parecía absurdo habérsela vuelto a encontrar, por una irónica jugada del destino, justamente en Estados Unidos. Y, sin embargo, los padres de Tom eran mucho más jóvenes e instruidos que sus abuelos, que habían nacido en una familia campesina a finales de la Primera Guerra Mundial y ni siquiera habían acabado la primaria.
¿Pero no era Estados Unidos el país en el que los chicos se iban de casa a los dieciocho años y los padres se negaban a mantener a los hijos mayores de edad? Para Bruna era como si los norteamericanos quisieran que sus propios hijos se comportaran como adultos en las cuestiones laborales y financieras, y siguieran siendo niños en todo lo demás. Quizá los jóvenes siguieran siendo niños a ojos de sus padres precisamente por irse de casa demasiado pronto.
Tom se había marchado a estudiar a Washington cuando todavía no había alcanzado la mayoría de edad. Estuvo viviendo allí durante diez años, entre college, máster y la licenciatura en Medicina. Después se trasladó a Boston para la pasantía y, en aquel período, conoció a Bruna. En aquellos años sólo había vuelto a casa para el Día de Acción de Gracias y para las vacaciones de Navidad. Sus padres no sabían nada de él, no les interesaba conocer al hombre en que se había convertido. Por lo demás, él seguía haciéndoles creer que nada había cambiado: cada vez que iba a visitarlos, encontraba refugio en aquellos comportamientos condescendientes tan apreciados por ellos. Nunca hablaba de sí mismo, salvo para contar algunas anécdotas divertidas sobre su trabajo en el hospital: los turnos de noche, la relación con sus colegas, los pacientes. Su madre nunca dejaba de cubrirlo de cumplidos. Valía la pena volver a casa sólo para oírle decir cuántos parientes y amigos admiraban sus éxitos profesionales, sólo por ver lo orgullosos que sus padres se sentían de él. Los halagos de Amanda eran la leche materna de la que Tom nunca se había destetado.
Durante aquellas visitas, Sal y Amanda solían hablar a su hijo de sus éxitos personales: la última publicación académica de Amanda, el reconocimiento de los pacientes de los que se ocupaba Sal, el descapotable que se acababan de comprar, el crucero que harían al mes siguiente. No obstante, Sal necesitaba desahogarse de vez en cuando y hablar con Tom de las cosas que le preocupaban.
—Las estudiantes hispanas de tu madre han escrito una carta al decano acusándola de racismo. ¡Treinta años de enseñanza para que luego te lo paguen así!
Amanda no quería que su hijo se enterara de los problemas que tenía en la universidad. Pero cuando Sal sacaba el tema, ella no dudaba en defenderse.
—¿Racista yo? ¿Sólo porque les he pedido que no vengan a clase con minifalda? En la carta al decano han escrito que esa indumentaria forma parte de su identidad cultural, hacia la que yo no tengo respeto alguno. Pero ¡la cultura no tiene nada que ver con esto! Por lo demás, ¡déjame decirte que, cuando los zulúes tengan un Tolstoi, entonces lo leeremos! El caso es que, durante las clases, los chicos las miran a ellas en lugar de escucharme a mí. Por eso he pedido a las hispanas que vengan con pantalones. Me parecía una petición razonable. Sin embargo, el decano me ha dicho que debo disculparme.
Tom nunca hacía comentarios, asentía, suspiraba y estaba siempre de acuerdo con ellos. Sólo cuando se quedaba a solas con su padre, se atrevía a preguntarle sobre Laura. Después del college había vuelto a vivir a casa. Se pasaba los fines de semana viendo la televisión. Todas las noches, después de cenar, se encerraba en el aseo para vomitar. Sal creía haberle encontrado una buena terapeuta, pero esta, después de un par de sesiones, le dijo a Laura que quería hablar con sus padres. Consideraba que el trastorno alimentario de Laura estaba unido a la falta de autoestima y, por tanto, a ciertas dinámicas familiares que era necesario explorar en el curso de una terapia en la que debía implicarse toda la familia. Las sesiones de Laura se interrumpieron en ese momento. Sal le prohibió continuar.
—¿Qué sabe esa doctora de nuestra familia? ¿Cómo se permite hacer juicios de valor? Si Laura no tiene confianza en sí misma es porque siempre ha tenido amigas estúpidas que la han hecho sentirse inferior.
Había ocurrido lo mismo cuando, varios años antes, la logopeda había insinuado que podía haber alguna conexión entre el empeoramiento de la tartamudez de Tom y las tensiones que vivía dentro de la familia.
—Es una metomentodo y una incompetente. Tom debe ejercitarse más con las palabras.
