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En este número de Concilium, destacados autores exploran el anhelo de paz y su intersección con la fe. Desde conceptos bíblicos y teológicos hasta enfoques contemporáneos como el "buen vivir", se plantea la inextricable conexión entre paz y justicia. A pesar de este anhelo universal, la realidad actual revela conflictos armados, desde guerras estatales hasta guerras civiles y de la droga. El reciente conflicto en Ucrania marca un punto de inflexión, desafiando la estabilidad europea y cuestionando el orden internacional. Los autores reflexionan sobre la coexistencia de la guerra y la justicia, explorando el impacto estructural e individual de los conflictos armados y las posibilidades teológicas para la paz. Ofrecen diversos enfoques, desde la reflexión ética hasta la relación entre religión y guerra, destacando la necesidad de repensar paradigmas sociales y políticos para alcanzar la paz.
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Seitenzahl: 253
Veröffentlichungsjahr: 2024
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1. Tema monográfico: GUERRA Y PAZ
Bernardeth Caero, Luca Ferracci, Danny Pilario y Michelle Becka: Editorial
Enfoques interdisplinares
1.1. Burkhard Liebsch: La guerra como anacronismo y amenaza aparentemente inevitable
1.2. Sarah Louise MacMillen: Guerra y religión: alienación y expiación
1.3. Mary Ellen O’Connell: La creencia en la guerra
Tradiciones teológicas
1.4. John Baptist Antony: «Shalom» en sus aspectos bíblicos
1.5. Fabio Ruggiero: Los Padres de la Iglesia ante la guerra
1.6. Bernhard Koch: Guerra justa y paz justa
Experiencias y perspectivas desde diferentes contextos
1.7. Eli S. McCarthy: La no violencia activa durante la guerra: implicaciones teológicas
1.8. Alejandro Castillo Morga: No violencia y resistencia en el pueblo chatino de Zenzontepec, Oaxaca, México
1.9. Francisco de Roux: Entre el dolor de la guerra en pedazos y el desafío de la comunidad mundial
2. Foro teológico
2.1. Elias O. Opongo: Conflictos africanos e intervenciones de paz: en busca de una paz sostenible
2.2. Catherine E. Clifford: La continuidad de la recepción de la «jerarquía» de verdades
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La gente anhela la paz, y como personas de fe también nos esforzamos por conseguirla. Imágenes bíblicas, teologías, teorías filosóficas y utopías ahondan en la idea de la paz. No es menor el shalom del Primer Testamento que nos promete una vida de relación justa y plena, en comunidad con los demás y bajo la protección de Dios. Conceptos contemporáneos de todo el mundo, como el buen vivir, alimentan estas ideas y las desarrollan aún más. Ya en los conceptos bíblicos, la paz no es concebible sin la justicia, y estas ideas se han desarrollado aún más. La paz y la justicia van de la mano. Deberían dar forma a nuestras sociedades, ese es el deseo y la pretensión normativa.
Pero a menudo la realidad es diferente. La paz y la justicia están ausentes, la guerra y los conflictos armados están muy presentes. Para la mayoría de la población mundial, los peligros de la guerra nunca han estado lejos: tanto los conflictos intraestatales como los interestatales determinan nuestro mundo. Hay guerras, como por ejemplo en Afganistán y en Yemen, guerras civiles en tantos países (como Siria, Sudán del Sur, Libia, Tigré, Chad, Congo y la guerra de los rohinyás), guerras de la droga (como en México y Filipinas) y tantos otros conflictos armados en el siglo XXI. Una de las últimas guerras1, la guerra de agresión a Ucrania, que comenzó el 24 de febrero de 2022, representa un punto de inflexión (no solo para los europeos) en al menos dos aspectos: es una guerra en medio de Europa y, como tal, muestra que el proyecto de paz de Europa no se sostiene sobre patas tan seguras como se creía o se quería creer. En segundo lugar, también muestra (una vez más) la inestabilidad del orden internacional: ¿De qué vale un orden político si, al final, el vecino más poderoso puede invadir al más pequeño? ¿Y qué se deduce de la presencia de esta guerra para nuestro pensamiento y para nuestra convivencia?
¿Cómo podemos mantener la esperanza de paz sin que se vuelva cínica (como cuando ignora el sufrimiento de la gente)? ¿Y cuál es la diferencia entre un nivel individual y uno estructural? La paz y el ideal de pacificación se reflejan de muchas maneras en la teología, y la paz es la perspectiva que guía este tema en la medida en que cualquier compromiso con la guerra pretende acercarse a la paz. Pero la guerra y los conflictos armados están tan presentes en nuestro mundo, destruyen vidas permanentemente, por lo tanto están en el centro de esta cuestión que refleja teológicamente el hecho de la guerra. ¿Cómo podemos afrontar la existencia de la guerra y los conflictos armados como la expresión más extrema de la injusticia? ¿Qué nos provoca la guerra? ¿Cómo desafía nuestro pensamiento teológico?
Nuestras contribuciones luchan por encontrar respuestas a estas preguntas. La tensión entre los posibles caminos a seguir, controvertidos en todo el mundo, también se refleja en las contribuciones. No ofrecen recetas para alcanzar rápidamente la paz. Pero muestran que existen diferentes niveles de agencia y diferentes agentes: algunos se centran en los Estados y el orden internacional, otros reflexionan sobre las posibilidades de la sociedad civil y también de la Iglesia. Diferentes lógicas y formas de pensar se asocian también a diferentes agentes: lógica diplomática o militar, reflexión moral, pensamiento teológico o consideraciones con vistas a intereses de grupo. Algunas se complementan, otras entran en tensión. Y, sin embargo, estas contribuciones defienden la idea de que, incluso frente a la guerra, debemos seguir pensando y luchando: por caminos, por comprensión, por un pensamiento apropiado.
Forma parte del entendimiento básico de Concilium tener en cuenta las perspectivas de las distintas regiones y aprender de las diferentes experiencias y discursos. Las guerras y los conflictos armados están en todas partes, y la gente sufre en todas partes. Y, sin embargo, las causas, los discursos y las estrategias para hacerles frente son diferentes. En este número queremos presentar y debatir algunas de ellas, preguntándonos qué podemos oponer a la guerra. Intentamos abordar el problema de la guerra en tres niveles. En primer lugar, desde enfoques interdisciplinares, nos preguntamos por los marcos heurísticos, qué significa la guerra hoy en día y qué narrativas configuran el discurso sobre la guerra. ¿Cómo podemos pensar de cara a la existencia de la guerra? En un segundo nivel nos preguntamos qué intentos de respuesta ofrece la teología, en el pasado y en el presente. ¿Podemos hablar de «guerra justa» y qué significaría esto? Y en un tercer nivel queremos ofrecer algunos puntos de vista (y por supuesto hay muchos más) sobre lo que la guerra significa para la vida de las personas y cómo la guerra y la violencia afectan a la vida y a la cultura. ¿Cómo se enfrenta la gente a ello y cómo resiste?
Como obertura, el filósofo alemán Burkhard Liebsch plantea la cuestión de hasta qué punto, con el telón de fondo de la criminal guerra de agresión de Rusia contra Ucrania, la guerra debe entenderse como una amenaza que sigue siendo inevitable. Se toma en serio que «uno, en virtud de una decisión soberana, puede amenazar con arruinarlo todo», pero advierte de que no hay que rendirse a la lógica de la guerra. Muestra cómo en la guerra toda política fracasa y cómo el pensamiento también amenaza con someterse a la guerra. Promueve un modo de pensar que niegue la guerra y subraya la necesidad de una comprensión adecuada y contemporánea del Estado, según la cual este debe admitir la violencia que ha ido de la mano de su historia y que sigue surgiendo de ella.
La socióloga estadounidense Sarah Louise MacMillen reflexiona sobre la relación entre guerra y religión, y aborda la tesis de que la religión es una causa importante de la guerra. Sostiene con Erich Fromm que en estos casos suele haber ya una comprensión problemática de la religión, a menudo en relación con la alienación. En otras palabras, la religión inspira conflictos cuando crea formas culturales y psicológicas de dominación a través de aparatos mentales, que justifican el colonialismo, el imperialismo y la explotación, a menudo todo ello en nombre de fuerzas «civilizadoras». Fromm sugiere que cuando la religión lleva a los hombres a adorar ideas erróneas en lugar de lo divino y el sentido de comunidad, entonces crea alienación.
En su contribución, Bernhard Koch, teólogo y especialista en ética alemán, sostiene que la tradición de la llamada teoría de la «guerra justa» y el planteamiento de la ética de la «paz justa» no son conceptos antagónicos. Explica la compleja tradición de la «guerra justa» y los polifacéticos intentos de determinar cuándo y hasta qué punto puede justificarse en ella el uso de la fuerza. Demuestra que incluso el concepto de «paz justa» no excluye situaciones en las que es necesario plantearse si debe recurrirse a la violencia para evitarla en mayor medida. Pero, por supuesto, en esto la importancia de la prevención es mucho mayor y elabora con más fuerza el peso de la cultura de paz, la educación para la paz y las virtudes promotoras de la paz.
La abogada internacional estadounidense Mary Ellen O’Connell aborda con dureza la actitud de Estados Unidos ante la guerra. Ilustra cómo la creencia en la guerra como solución a los conflictos ha determinado cada vez más la historia desde la década de 1950. Se pregunta cómo cambiar la forma de pensar frente al realismo militar. Defendiendo una moral-legalidad basada en el pensamiento del derecho natural, intenta volver a un derecho internacional que tenga como finalidad la paz.
Una visión bíblica ofrece el erudito indio John Baptist Antony. En una visión general nos recuerda que la paz en sentido bíblico es mucho más que la ausencia de guerra. Habla de shalom en su aspecto relacional, centrándose en la justicia y la paz, sus aspectos existenciales.
Ya los primeros cristianos tuvieron que enfrentarse a la cuestión de cómo relacionarse con la violencia. El historiador de la Iglesia Fabio Ruggiero, de Italia, examina el problema de la guerra desde la perspectiva de una creciente corresponsabilidad de los cristianos en la sociedad romana, especialmente después de Constantino el Grande. Expone cómo, en el creciente reconocimiento del papel desempeñado por el Imperio en la difusión del mensaje del Evangelio, se fue aceptando cada vez más que la esfera interna del mundo era la esfera en la que había que trabajar para apoyarlo.
En su contribución, el estadounidense Eli S. McCarthy, especialista en ética, reflexiona desde una perspectiva teológica sobre la posibilidad de la no violencia, y lo hace de forma muy concreta ante la guerra. Analiza cómo el papa Francisco ha profundizado en la comprensión de la dignidad humana centrando la no violencia activa como la forma de vivir de acuerdo con la dignidad y describe ejemplos impactantes de no violencia activa durante la guerra junto con algunos de los desafíos. También identifica implicaciones teológicas clave como la praxis del acompañamiento.
Francisco de Roux escribe desde una perspectiva colombiana, caracterizada por más de cincuenta años de conflicto armado y con la que él mismo ha estado intensamente comprometido como presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad. En su reflexión sobre la guerra y la paz, se centra en el papel de la Iglesia. En estrecha relación con el papa Francisco, explica que la Iglesia debe estar al lado de las víctimas, asumir la responsabilidad por los demás y también comunicar este sentido de responsabilidad. Es su tarea colaborar en esa cultura de fraternidad que puede evitar el estallido de guerras.
Al esbozar seis conflictos actuales en el continente africano, el jesuita keniano Elias Opongo muestra lo complejos que son. Las causas, los factores facilitadores y los cursos son cada uno diferente, pero las consecuencias son siempre devastadoras. Opongo muestra que, para garantizar la sostenibilidad de la paz, es necesario prevenir el estallido, la escalada, la continuación y la recurrencia de los conflictos, así como idear sistemas de intervención más sólidos que sean más inclusivos y contextualmente relevantes, con enfoques multidimensionales para la resolución de conflictos y la consolidación de la paz.
Los conflictos no solo configuran las relaciones entre Estados, sino también entre comunidades y dentro de ellas. Alejandro Castillo, teólogo mexicano, utiliza el ejemplo concreto del pueblo chatino de Zenzontepec para reflexionar sobre cómo pueden resolverse pacíficamente las disputas en defensa de sus propias fronteras. Atribuye un papel importante a la teología (teología india) en este proceso porque, como teología política, es crítica con el poder y proporciona narrativas de resistencia no violenta.
En el Foro teológico, Catherine Clifford reflexiona sobre la Unitatis redintegratio, publicada hace 60 años. Analiza cómo el principio hermenéutico de la jerarquía de las verdades, tan importante para el diálogo ecuménico de las últimas décadas, ha permanecido en gran medida latente en la enseñanza católica oficial y en la práctica ecuménica hasta ahora, cuando el papa Francisco llamó al Dicasterio para la Doctrina de la Fe a «concentrarse en lo esencial» respetando y alentando los diversos carismas y corrientes de pensamiento. Esto implicará también un nuevo comienzo para el diálogo ecuménico entre la Iglesia católica romana y las demás Iglesias cristianas.
Al pensar en la guerra, no hay que olvidar a las víctimas de las guerras: los fallecidos, los dolientes, los que sufren y los heridos, los que lo han perdido todo, los hambrientos, los fugitivos y tantos otros. Nuestra simpatía y solidaridad con todos ellos.
(Traducido del inglés por José Pérez Escobar)
1 Poco después de terminar este número, Hamás atacó Israel, otro conflicto que se ha convertido en una guerra con miles de muertos y heridos. Esta nueva y triste guerra no pudo incluirse en los artículos.
Con el telón de fondo de la criminal guerra de agresión de Rusia contra Ucrania, se plantea la cuestión de hasta qué punto debemos percibir la guerra como una amenaza que no puede evitarse. La guerra no puede existir sin nuestra intervención. Y la forma en que se ha impuesto (especialmente en Europa) debería determinar decisivamente una comprensión contemporánea del Estado que no deberíamos obviar: ningún Estado parece ya legítimo si no reconoce la violencia que ha acompañado a su historia y que sigue surgiendo de él.
Hasta el día 24 de febrero de 2022 en que la Rusia de Putin comenzó a invadir Ucrania1, el Occidente europeo pensaba que en gran medida carecía de enemigos en el plano internacional, y que, en todo caso, estaba todavía «rodeado de amigos»2. Y se esperaba que una vecindad europea pacificada también resultara irresistiblemente atractiva más allá de sus propias fronteras. Aunque habían permanecido armados hasta los dientes, el mismo día lamentaron el supuesto «regreso» de la guerra a Europa, aparentemente en la creencia de que hacía tiempo que se había retirado a otros lugares, a Oriente Próximo, África y Asia. ¿No deberían haber bastado dos guerras mundiales para impedir de una vez por todas que al menos los Estados europeos volvieran a provocar algo similar, dadas las inolvidables consecuencias? ¿No nos parece esta guerra un anacronismo flagrante que nos obliga a aferrarnos a lo que normativamente se reconoce como correcto, es decir, al menos a la prohibición de la guerra de agresión vigente desde 1928 (Pacto Briand-Kellogg)? ¿O hemos cedido a las ilusiones irenistas de una pacificación europea sostenible y no nos hemos dado cuenta de que la guerra sigue siendo una amenaza permanente en este continente y en todo el mundo, no solo gracias a la desafortunada doctrina de la destrucción mutua asegurada (MAD, siglas en inglés), que dio forma a las relaciones Este-Oeste durante la Guerra Fría y que aún hoy dista mucho de estar obsoleta, sino también por razones étnicas y de estrategia de poder que supuestamente surgen de los intereses de Estados e imperios? ¿No seguirán sus intereses contrapuestos evocando la amenaza de guerra en el futuro? ¿Es prudente y políticamente aconsejable prepararse para ello de antemano? Quien afirme esto, como innumerables «realistas», ¿no habrá afirmado ya la inevitabilidad de que nos veamos amenazados por la guerra y renunciado a oponernos radicalmente a ella?
Pero ¿qué puede y debe significar hoy ofrecer una resistencia radical a «la» guerra? ¿Basta con seguir comprometiéndonos en el espíritu de Kant con la «paz perpetua», cuyos frutos, en el mejor de los casos, solo disfrutarán los que vivan mucho más tarde, si es que alguien llega a hacerlo? Mientras tanto, ¿cómo podemos aceptar que haya muchas más víctimas de la violencia armada y la amenaza continua de la guerra, sin ninguna perspectiva de poder abolirla por completo? Muchos se han acostumbrado a una multitud de las llamadas nuevas guerras queahora se engloban bajo el término de conflictos y senormalizan semánticamente al mismo tiempo. Y todos aquellos que afirman haber sabido siempre que los pueblos han tenido que vivir siempre bajo el signo de la guerra y que los Estados y los imperios de la Edad Moderna no tuvieron más remedio que aumentar el potencial de violencia de que disponían hasta un grado casi inconmensurable, ya que no tenían otra cosa que esperar de sus adversarios. ¿Acaso no lo confirman hoy en día todas las potencias que poseen la prestigiosa bomba nuclear o que intentan adquirirla?
Seguimos enfrentándonos a esta situación; la guerra contra Ucrania no parece haber cambiado nada en principio. Pero a los ojos de los realistas, ahora debe disipar las últimas ilusiones de que la paz se ha logrado «por fin», al menos dentro de Europa. Esto también podría tener la peligrosa consecuencia resignada de que creamos que no se ha conseguido prácticamente nada si ninguna pedagogía pacificadora, ninguna pacificación jurídica y ninguna red internacional de instituciones (empezando por la ONU) pueden impedir eficazmente que alguien amenace con arruinarlo todo en virtud de unadecisión soberana con el apoyo de una prensa uniformada y un ejército obediente, como ocurrió recientemente en Rusia. En este sentido, parece que seguimos estando a merced de la guerra como amenaza permanente y prácticamente «adictos» a ella (como dijo una vez el filósofo checo Jan Patočka3), sobre todo cuando nuestro pensamiento también está completamente subordinado a esta amenaza. ¿Se trata de un pensamiento que siempre ha sido y sigue siendo adicto a la guerra?
Desde tiempos inmemoriales, los pueblos han vivido en conflicto, luchando entre sí y en guerra entre sí. Y hasta el día de hoy, diversos autores defienden la opinión de que esto es, si no belicosamente afirmativo, sí sencillamente inevitable. En consecuencia, sería muy poco realista querer superar la guerra «de una vez por todas». No obstante, es demostrable que solo la modernidad hizo surgir un militarismo que pretendía orientar la vida política «a cada minuto»4 sin reservas hacia futuras guerras –incluso después del desastre de la Primera Guerra Mundial5–. Sin embargo, en su conmovedor texto Die Kriege des 20. Jahrhunderts und das zwanzigste Jahrhundert als Krieg [Las guerras del siglo xx y el siglo xx como guerra], Patočka no se limitó a cuestiones de diagnóstico actual, pues parecía querer decir que en aquella época no solo Alemania o Europa, sino el pensamiento en general era en gran medida adicto a la guerra, incluido el de los filósofos. Al mismo tiempo, su propia crítica a la misma señalaba una distancia que no es fácil de conciliar con este diagnóstico. Por un lado, Patočka se refería a Heráclito, quien afirmó célebremente que la guerra (polemos), como rey, domina todas las cosas o las produce como su padre6. Por otro lado, al parecer quería desarrollar una forma de pensar completamente desarmada, basada en la solidaridad de los «sacudidos» en y por la guerra, que, según él, tenían que decir «no» «a todas las medidas de movilización que perpetúan el estado de guerra»7.
Patočka no afirmó en absoluto una regla de guerra para resignarse sin más a una sumisión inalterable a ella. De hecho, sin tales medidas, no puede haber una guerra prolongada ni siquiera una polemocracia (Georg C. Lichtenberg). Para ello se requiere, entre otras cosas, una propaganda mentirosa que haga creer que la destrucción de los enemigos es la solución a todos los problemas más urgentes, un odio constantemente reavivado, una producción eficaz de armas a gran escala y una logística sostenible. La guerra, en otras palabras, nunca prevalece por sí misma, sin ninguna acción por nuestra parte.
Desde 1945, a raíz de la bomba atómica, parece que ya no puede haber ningún pensamiento que no se sitúe al menos a la sombra de la amenaza permanente de la guerra y que no tenga también que relacionarse con ella8. Desde entonces, la amenaza de guerra abarca de hecho el mundo entero, de modo que el distanciamiento de la guerra, como exige Patočka, solo es posible en la guerra o a la sombra de la amenaza permanente de guerra. Por lo tanto, este concepto debería entenderse, en efecto, de forma tan amplia como lo hizo Kant cuando describió el estado de guerra como un estado de «lesión» causado por la amenaza constante de guerra9. Pero como movilizados para la guerra, somos nosotros mismos quienes provocamos esta amenaza. En este sentido, el imperio de la guerra recae sobre nosotros mismos –sobre nosotros, que nos sometemos a ella dejándonos movilizar para la guerra, para que otros (si no nosotros mismos) puedan hacer la guerra en primer lugar–, una guerra que, sin embargo, tarde o temprano debe destruir cualquier ilusión de que puede librarse como un mero medio, sin evocar el peligro de escapar a cualquier control y parecerse cada vez más al agresor respectivo, si se considera un uso cada vez más masivo, excesivo y radical de la fuerza militar contra él.
En la actualidad, el futuro de las sociedades occidentales, en las que se está produciendo una remilitarización aparentemente anacrónica del pensamiento político en particular, se basa en gran medida en este peligro. Claros indicios de ello pueden verse fácilmente en el debate público sobre la resistencia de los modos de vida democráticos, sobre la defensa civil general al estilo de Finlandia y sobre la inversión de miles de millones en armamento. El objetivo es, obviamente, reforzar un verdadero «estado de defensa general peligroso»10, con la perspectiva de una completa destructibilidad mutua, como Stefan Zweig, a quien cito aquí, no podía prever en los años treinta.
Zweig no vivió para ver las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945. En la actualidad, más de 70 años después, todavía nos preocupa la cuestión de qué significa esta fecha, aparte de la rendición formal de las potencias del Eje11, que selló el final de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de ello, la retórica política invoca en innumerables ocasiones un «punto de inflexión» provocado por la guerra de Putin, sin que quede claro hacia dónde nos «dirige» este punto de inflexión. ¿Quizás de vuelta a una época de militarización que ha enredado por completo el pensamiento político en una dinámica polemogénica colectiva entre poderes políticos que luchan por conseguir más y más poder a expensas de otros y que, en última instancia, ya no ven otra «solución» que la victoria «final» o la derrota final?
De hecho, la Comunidad Europea parecía haber superado esta lógica, al menos en sus relaciones internas, mientras que al mismo tiempo todos los europeos tenían que darse cuenta de que sus relaciones de política exterior seguían estando determinadas por la perspectiva disuasoria de la destructibilidad mutua. Esta constelación de superpotencias nucleares no ha cambiado hasta la fecha, a pesar de los diversos acuerdos de desarme celebrados entretanto.
En este contexto, el ataque a Ucrania por Putin representa un dramático fracaso político, económico, jurídico y también de vecindad europea. Nada habría podido evitar la guerra, que no llegó por sorpresa sino que ya se vislumbraba tras los sucesos de Chechenia, Georgia y Siria, sin ninguna política económica mutuamente beneficiosa con la perspectiva de pacificar las dependencias de unos y otros y ningún memorando vinculante como el de Budapest (1994), en el que Rusia se comprometía a respetar la integridad territorial de Ucrania, que a su vez estaba dispuesta a que las armas nucleares que quedaban en el país tras el colapso de la Unión Soviética fueran transportadas a Rusia. Mientras Ucrania conseguía librarse del apocalíptico potencial de destrucción asociado a estas armas, Rusia las mantenía en sus manos como medio de intimidación final para sacar provecho de ellas.
Una de lasconsecuencias de este fracaso es la remilitarización que puede observarse actualmente, no solo en forma de entregas de armas que ya han tenido lugar y de planes de rearme a largo plazo y extremadamente costosos, sino también en el propio pensamiento político. Como resultado, ¿corremos el riesgo de volver a una política de violencia y poder que creíamos superada desde hace tiempo y de la que ningún pensamiento prudente puede mantener las distancias?
Ciertamente, el ataque ruso puso inicialmente a Ucrania en una situación de legítima defensa, que, según el entendimiento general codificado en el derecho internacional, le da derecho a defenderse con todas sus fuerzas contra los continuos ataques, bombardeos y destrucciones de todos los medios de subsistencia e infraestructuras civiles posibles. No se puede esperar que nadie aguante esto indefenso. Pero quien se defiende también corre el riesgo de enredarse en una dinámica de escalada mutua de la violencia que acaba evocando el extremo, como ya describía la teoría de la guerra de Clausewitz, aunque este no hubiera podido prever el futuro de la amenaza que suponen las nuevas formas de violencia.
En el contexto de la doctrina MAD, cuyas fatales perspectivas se actualizaron con la última guerra en suelo europeo, esta amenaza se nos antoja ahora –no por primera vez– completamente desesperada. Es de temer que, también en este caso, las llamadas potencias mundiales solo puedan escalar a partir de cierto punto, aunque no pueda preverse de antemano, por el camino fatal de una lucha por el poder que debe aumentar sin cesar para prevenir paranoicamente el peligro de ser subyugadas y, en última instancia, destruidas por una potencia extranjera. Entre esas potencias mundiales, Europa, bruscamente despertada de sus sueños de pacificación, busca su papel, desgarrada entre particularismos regresivos, por un lado, y fantasías neoimperiales, por el otro, que ojalá nunca lleguen a imponerse. Necesitamos nada menos que otra potencia mundial que mantenga a raya a las demás siendo capaz de amenazar de forma creíble con recurrir a los medios de violencia más extremos «si es necesario» para imponerse ante cualquier resistencia. En esta confusa situación intermedia, Europa occidental cree que puede armarse contra los diversos imperialismos con resistencia e independencia económica, con tanques, drones, misiles y, si es necesario, búnkeres reactivados al servicio de la defensa civil en el caso de que no quede nada que proteger porque todo lo de fuera ya está bombardeado, contaminado bioquímicamente y con radiaciones nucleares.
¿Para qué tipo de guerra nos estamos preparando en serio? ¿Olvidamos lo vulnerables que son las sociedades técnicamente muy desarrolladas, como las de Europa occidental, que pueden ser en gran medida desmanteladas con unos pocos ataques selectivos contra su infraestructura electrónica, de modo que no pueda abrirse ningún mercado de alimentos, ningún banco pueda efectuar pagos ni pueda llevarse a cabo ninguna función administrativa? ¿Pueden seguir librándose guerras en sociedades cada vez más digitalizadas sin la amenaza de quedar reducidas a un nivel primitivo en un breve espacio de tiempo, en el que no se dispondría ni de agua potable, ni de alimentos suficientes, ni siquiera de refugios climatizados? En lugar de limitarnos aanticipar un futuro terrible y en cualquier caso imprevisible para protegernos lo mejor posible contra él y sobrevivir a los ataques del enemigo respectivo, deberíamos, en mi opinión, preguntarnos qué nos está ocurriendo ya ahora en la búsqueda de respuestas al desafío de la hostilidad neoimperial tal y como se nos está lanzando actualmente.
En la peligrosa vorágine de violencia y contraviolencia, ¿permitiremos que el enemigo «imponga la ley» (Clausewitz), es decir, que se nos diga que debemos defendernos simétricamente contra él, más o menos con los mismos medios y, en última instancia, también con medios biológicos, químicos y nucleares? ¿No amenaza esto con parecernos cada vez más al agresor, sin poder distinguirnos de él en el uso de toda la fuerza disponible? ¿Acaso las amenazas nucleares lanzadas por Rusia para intimidarnos y paralizarnos políticamente deben conducirnos a esto?
Por otro lado, puede ayudar, por el momento, limitarse en la medida de lo posible a la defensa militar (como parece éticamente necesario) y garantizar, en la medida de lo posible, que terceras partes se mantengan al margen del conflicto para evitar que se extienda fuera de control, lo que también es éticamente lo correcto, aparte de la cuestión de si la ayuda e incitación a la autodefensa en condiciones de autodefensa no es también necesaria si parece inútil limitarse sistemáticamente a acciones defensivas y si hay que aceptar que el adversario conserve el dominio de los medios de escalada12.
Sin embargo, independientemente de todas las consideraciones tácticas y estratégicas que se hacen ahora en todo el país en tono militarizado, no debemos olvidar la perspectiva de un futuro de posguerra en el que sería posible volver a convivir como vecinos con grupos étnicos hostiles, con un Estado extranjero y su población, aunque ya no con los actuales beligerantes, cuya propia muerte pondrá fin tarde o temprano a su obra destructiva. (¡Qué «consuelo»!...). Este futuro se pierde completamente de vista si se quiere romper cualquier relación con el enemigo, lo que puede tener como consecuencia que la historia pasada de enemistad mutua de todas las partes continúe en las futuras generaciones de hijos y nietos, sin que nunca se les pregunte si consentirían que se les «regalara» la vida bajo tales auspicios destructivos. En otras palabras, los implacables del presente tienen como rehenes a las generaciones futuras.
Al igual que Hitler no era idéntico a Alemania, Mussolini a Italia o Franco a España, Stalin no era idéntico a la Unión Soviética. Lo mismo puede decirse de Putin: Putin no es Rusia, como nos quiere hacer creer el autócrata surgido de las bandas de San Petersburgo y formado principalmente en el pensamiento de los servicios secretos, afirmando que Occidente es decididamente antirruso, y sugiriendo que rechacemos incluso la literatura de Dostoievski o Tolstoi, la música de Tchaikovsky, Scriabin, Rachmaninoff, Prokofiev o Shostakovich, así como la pintura de Kandinsky, Poliakoff o Malevich. Así es como un antiguo miembro del FSB [siglas en ruso del Servicio Federal de Seguridad] de tradición chequista, cuyo cuartel general en Moscú, la tristemente célebre Lubianka, se ha dado a conocer no como un instituto para el cultivo de la cultura rusa sino como un centro de tortura, quiere poner a sus compatriotas en nuestra contra para canalizar el agua de tales polémicas hacia los molinos de su ruin política de violencia.
Cualquiera que sea la acción exitosa que se emprenda contra esta ruptura deliberadamente aceptada en todas las relaciones interculturales, internacionales e intertextuales entre Oriente y Occidente, debería basarse en la esperanza de una Rusia diferente con la que se pueda vivir en buena vecindad, siempre que ella misma se base en una humilde comprensión de la historia –especialmente en relación con Ucrania, Polonia y los Estados bálticos, donde, como en la propia Rusia, tuvieron que llorar decenas de millones de víctimas de la tiranía comunista y estalinista–. En este sentido, quizá no esté del todo fuera de lugar, incluso y especialmente en tiempos de una amenazadora escalada bélica, esperar que Rusia pueda vivir, pero sin seguir entregándose a fantasías fatales de poder, por las que otros tendrían que pagar de nuevo un precio desastroso, como en los tiempos de este gobierno.
