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Las once historias que integran Guía de pasos perdidos indagan sin complacencia en las múltiples formas de aislamiento que determinan nuestros encuentros sociales. Ya sea de forma impuesta o voluntaria, en acontecimientos cotidianos o hechos en apariencia minúsculos, la soledad encarna sin remedio en el ánimo de sus protagonistas, seres extraviados que, «entre la orgía y la ascesis», han aprendido a sobrevivir al naufragio de sus querencias y anhelos. En su primera colección de cuentos, con genuino lirismo y un singular estilo emancipado del canon imperante, Vela reclama el vértigo de la literatura para tomar el pulso de la emoción humana y situarnos ante el espejo de nuestras vidas sin que podamos apartar la mirada.
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Seitenzahl: 131
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Javier Vela
Guía de pasos perdidos
Javier Vela, Guía de pasos perdidos
Primera edición digital: marzo de 2022
ISBN EPUB: 978-84-8393-683-2
© Javier Vela, 2022
© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2022
Colección Voces / Literatura 324
Nuestro fondo editorial en www.paginasdeespuma.com
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Nuestras miradas han dejado de encontrarse. Cuando me muevo, él se mueve también, mostrándome solamente la mitad de su espalda, como si ignorase mi presencia, como si hubiera franqueado muchos espejos y ya no pudiera regresar.
Bruno Schulz
Solo un esteta puede renunciar a todo.
Fleur Jaeggy
La crucecita
En un testero del recibidor, no lejos de la percha donde nos despojábamos de bufandas y abrigos, sigue colgando un viejo crucifijo del que sabemos nada o casi nada. Es una pieza humilde de algún material plástico que finge ser carey. Hasta donde recuerdo siempre lo he visto ahí, sujeto a la pared, como una especie de vástago que hubiera echado raíces. Ignoro quién lo puso en ese sitio, si lo compró o cambió por otra cosa o lo tomó prestado o lo robó, si algún valor tenía, ni por qué medios ni con qué propósito. Se echa de ver no obstante su presencia (de la que nada escapa, y que desprende un viso de misterio que asoma a lo irreal) tan pronto se entra en casa. Nadie de entre mis padres o mis tíos tuvo jamás el ánimo de quebrantar sus límites ni la firmeza de sustraerse de ellos. Tampoco mis hermanos ni mis primos se han atrevido nunca a descolgarlo ni a darle otro destino, lo que es mucho decir en una finca que, por lo que parece, pertenecía ya al padre de mi tatarabuelo –si hay nombre para eso–, quien la heredó a su vez, y en la que mi familia lleva instalada siglos.
Mis cuatro abuelos eran personas devotas, sobrias y recatadas, como si tantas décadas de santurronería y de pudibundez sexomaníaca hubieran extirpado de su naturaleza cualquier atisbo de audacia. En ocasiones, cuando era solo una cría, los escuchaba hablar a la sordina de ese fetiche siempre extemporáneo ligado a la palabra y a la existencia míticas de Cristo redentor. Cuando aludían a él de modo explícito sus voces acababan instalándose en un plano oscilante, lleno de cuitas y tribulaciones, como si ciertos nombres y conceptos se enmarañasen entre sus dientes postizos. El interés que yo manifestaba por su figura escuálida, sucia y mortificada tenía el marchamo de lo clandestino, así. Todo lo subrayaba. En nuestra casa, al menos por entonces, la autoridad moral de mis abuelos lastraba todo arbitrio y hacía de los más jóvenes un instrumento de su voluntad. Si alguien hacía mención al crucifijo y hurgaba en su sentido o en su remoto origen podía ser reprendido y granjearse a cambio un pescozón. Claro que mis hermanos y yo misma fingíamos guarecernos bajo el alero de los valores cristianos, pero era el nuestro un miedo atenuado por la curiosidad, menos sujeto a zurras o castigos que a ese chantaje atávico que habíamos heredado de nuestros propios padres y que trocaba amparo en obediencia y afecto en sumisión. Recuerdo el día en que escuché a mi madre decirnos medio en broma, medio en serio que, aunque la casa ardiera y sus cimientos se desmoronasen, «la crucecita» permanecería donde había estado siempre, y que de sus ruinas ni el rey Arturo sería capaz de arrancarla.
Con el correr de los años, varias preguntas se iban enquistando en el imaginario familiar: ¿quién la había puesto en el recibidor?, ¿había ocupado siempre aquel lugar?, ¿qué había significado para quien la observó por vez primera?, ¿significaba algo, todavía?
Entretanto, la crucecita seguía colgando en su escarpia y ejercía su influencia entre nosotros sin que nos percatásemos. Casi a diario y con cualquier pretexto (buscar una mochila, fisgar absurdamente en los bolsillos de una cazadora), los niños merodeábamos con aire encontradizo en torno a ella mientras que nuestros padres, acaso resabiados por el desgaste de la idolatría, se contentaban con un vistazo esporádico solo por cerciorarse de que aún estaba ahí, libre de daño, ligeramente envuelta por esa fina pátina de olvido que lo sepulta todo.
En el empeño de prevenir suspicacias y recriminaciones sobre la solidez de nuestra fe, nunca nos deteníamos frente a ella más de lo necesario. Su emplazamiento en el recibidor era ya parte del panorama doméstico, y había alcanzado al cabo tal grado de consenso –o de resignación– que a nuestros ojos nada podía profanarlo. Quizá fuera ese exceso de presencia lo que la preservaba de la osadía infantil y del antojo de los expoliadores, como un altar hacia el que todos miran pero que nadie ve. Al encontrarse en un lugar de paso, bastaban tres zancadas para dejarla atrás. Yo solía obviarla adrede mientras cogía el abrigo o la bufanda sabiéndola orillada en una esquina de mi campo visual, pero su imagen seguía creciendo en mi mente aun sin pensar expresamente en ella, y así como el mosquito que, cautivado por la luz de la lámpara, orbita dando vueltas cada vez más pequeñas en torno a su bombilla hasta que acaba por chamuscarse las alas, también yo describía cándidas órbitas alrededor de la cruz.
El tiempo ha hecho su parte, poca o mucha. Dos décadas después, soy madre de una hija de tres años de la que cuido sola. Aún no levanta más que unos palmos del suelo, pero sé bien que, a no mucho tardar, arrojará este hatillo de creencias en el desvío más próximo y hará de mis temores, como de mis excesos, el palanquín de su liberación. Yo sigo viendo un muro donde ella simplemente ve dos líneas que se retraen en fuga; yo veo sangre y sadismo donde ella solo ve una figurilla que, al desembarazarse de su poder simbólico, no es ya sino un adorno redundante, un simple objeto de memorabilia desposeído de la menor intención. Estamos solas ante la imagen del llanto, pienso. La llevo ahí, a su alcance, tendiéndole una mano que ya no es solo mía, y ella me sigue con ingenuidad. No es hasta que la aúpo sentándola en mis hombros cuando reparo en nuestra fortaleza. Miro la crucecita, que, hasta el momento inmóvil, pivota ahora en su eje como la manecilla de un reloj. Es la hora. Un paso al frente. Mi hija abre los brazos.
Afectos personales
Apenas son las nueve cuando Olmedo pone los pies en la arena. La marea está baja y la playa amanece silenciosa y desierta, de modo que se instala donde mejor le viene y acota mentalmente una extensa parcela en torno a él. Reconfortado por los primeros rayos solares, estira su toalla con gesto caviloso y hace balance de su situación. Un par de meses atrás, sorprendió a su ex pareja mientras metía en el bolso una cajita de preservativos. Ella apartó la vista y, en una suerte de maniobra evasiva, cruzó la estancia y se encerró en el baño. Olmedo, alérgico al látex, tomó la caja y se quedó mirándola con aire de entomólogo mientras la hacía girar entre sus manos como un rompecabezas. Sonrió. Casi no recordaba la última vez que habían yacido juntos, y en todo caso ya no había remedio. Ella aplazó su cita y hablaron sin ambages acerca del hallazgo. Dijo que lo sentía, que lo sentía muchísimo, y que ojalá las cosas no fueran tan difíciles. Su confesión estuvo salpicada por descripciones de turbadora belleza, que Olmedo fingió no oír. Cuando se separaron, ambos se despidieron de forma civilizada, aunque no por ello menos bochornosa y definitiva.
Ahora, Olmedo trata de atenuar su despecho dejando entrar aire fresco en el hondón de sus días. Es por ese motivo que ha alquilado un pequeño apartamento turístico en una villa costera del sur de la península. Pretende consagrar sus vacaciones a tomar grandes dosis de rayos ultravioleta mientras elude toda actividad, como no sea abismarse en el batir de las olas u hojear algún libro. Le gustaría, de hecho, retomar la novela que ha traído consigo, El crimen del hotel Innsbruck, cuya lectura tuvo que interrumpir de pronto en el curso de su separación, incapaz por entonces de concentrarse en nada. También lleva en su bolsa un volumen de cuentos titulado El gran sueño del paraíso. Recostado en la arena, Olmedo saca ambos libros y pondera los textos de solapa. Finalmente se inclina por el libro de cuentos. (Su elección, pese a todo, no se apoya en ningún razonamiento sino, más bien, en una especie de caprichosa apetencia). Abre el libro escogido y comienza a leer. El cuento lleva por título «Coalinga a medio camino». La situación es esta: un hombre que abandona a su familia emprende un largo viaje hasta Coalinga, en California, para empezar una nueva vida junto a su amante. Al llegar a Coalinga, sin embargo, las cosas han cambiado. Su amante se retracta y contraviene su voluntad inicial, desentendiéndose de su parte del trato, así que el protagonista se ve a sí mismo atrapado en mitad de un desierto físico y mental, sin saber hacia dónde dirigirse.
Desde el punto de vista estructural, piensa Olmedo, es claro que se trata de un cuento bien modulado. Una vez acabada su lectura, en cambio, cierra el libro con cierta sensación de tristeza. Si la historia le trae a la memoria un pasaje de su propia experiencia, Olmedo no lo sabe, pero el caso es que pasa casi veinte minutos mirando la portada con gesto inexpresivo, hundido en el marasmo de sus recuerdos, hasta que una pareja de bañistas le saca de su arrobo y consigue cautivar su atención.
Vienen desde la orilla, acarreando un par de sillas plegables. Olmedo los estudia con un golpe de vista. Ella es menuda y pálida, de facciones aindiadas y aspecto delicado a la vez que carnal; viste una larga camisola blanca bajo la que se atisba la sombra de su biquini y, al caminar, proyecta las caderas como si atravesara ligeramente ebria la cubierta de un barco. Él, en cambio, camina a paso firme hacia un punto impreciso entre la arena seca y el módulo de higiene que da acceso a la playa. Bajo su camiseta se echa de ver la forma de un tórax poderoso, y a juzgar por sus bíceps se diría que ha pasado lo mejor de su vida recluido en un gimnasio. A Olmedo se le ocurre que pueda ser boxeador, lo cual es poco probable dada la rectitud de su nariz. Ninguno de los dos, en todo caso, responde por su aspecto a una clase social bien definida, aunque en los gestos de ambos termina adivinándose el mismo aire despreocupado y esnob.
Se instalan cerca de él, orientando sus sillas en dirección al agua como si se tratara de una pantalla de cine. El joven se desprende de su ropa dejando ver un torso tatuado y henchido en su esplendor (se lo imagina sin mucho esfuerzo danzando dentro del cuadrilátero, lanzando golpes al aire o haciendo fintas ante un espejo frontero). Ella también se libra de la suya y la coloca junto a las toallas. Olmedo escruta ahora a sus vecinos con suma discreción, sin levantar la vista de sus cuentos. Piensa de pronto: No se la merece. En la extensión desierta de la playa puede escuchar sus voces con toda nitidez. Pactan los pormenores de un viaje imaginario –urdido al alimón– cuyo único propósito es servir de pantalla para el viaje real. En el primero de ellos los jóvenes se encuentran en dos destinos opuestos, dizque alejados por un millar de kilómetros. En el segundo, en cambio, sus cuerpos yacen desnudos sobre la fina arena de una playa situada al sur del país.
–Por fin estamos juntos –dice ella, besando a su acompañante.
Él corresponde abriéndole sus brazos con aire juguetón.
–No tengas miedo –dice–. Has hecho lo correcto.
–¿Es lo correcto?
–Es lo que deseábamos.
Ella sonríe.
–Eso sí.
El sol está apretando. No en vano Olmedo siente en el cogote una leve punzada de calor. Pondera el intervalo que le separa de los visitantes: ¿por qué se han puesto tan cerca? Antes de la pandemia podría tener un pase, pero ahora constituye cuando menos una invasión que atenta contra la esfera de su intimidad. Piensa en rostros distantes (en rostros conocidos, celosamente embozados tras una mascarilla de polipropileno que los reviste de una apariencia siniestra) y le asalta de pronto una duda esencial: ¿ha obrado con acierto forzando la ruptura tras la infidelidad de su ex pareja? Por una vez en la vida le gustaría sentir que está tomando por el desvío adecuado, aunque ahora ya no hay forma de saberlo.
Sigue prestando oído a la conversación de sus vecinos y advierte en sus palabras una mención sesgada a otra persona, a un tercero, a alguien que cree a la chica con una buena amiga y no, de ningún modo, con un amigo falaz. Él pasa a referir un episodio bajo el que se vislumbran la decepción y el reproche. Ella se le aproxima con expresión contrita, vuelve a besar sus labios y luego dice en tono de disculpa:
–Sabes que entonces no me era posible, amor.
–Posible o no, fue injusto para mí.
–Te vio la niña. Hubiera sospechado.
Olmedo reabre el libro para inhibirse a tiempo del diálogo y ahorrarse los detalles. Vuelve a leer «Coalinga…» tratando de abordarlo desde distinto ángulo, esta vez. Busca afanosamente la historia sumergida que todo cuento esconde bajo su superficie, y que no aflora a ella sino en los intersticios del texto principal, ampliándolo, aireándolo, complementando su significado. Ahora, cree advertir matices que antes pasó por alto. Por ejemplo: el viajero, enfermo de donjuanismo, parece llevar años repitiendo la misma operación. Sin reparar en daños, piensa Olmedo, ha estado abandonando a sus mujeres en pos de sus amantes, pero esta vez parece ser la última, así que el fin del cuento coincide de algún modo con el de su antihéroe, quien al sentirse herido en su amor propio ve subvertido el ciclo de conquistas que es su razón de ser y, triste como un pájaro, se cae rodando del nido.
Olmedo se complace de haber hecho emerger en su lectura la otra mitad del cuento que subsistía velada. De nuevo oye a los jóvenes, que, a escasos metros de él, charlan con voz meliflua sentados codo con codo. Uno de ellos propone dar un paseo. Al poco se incorporan y echan a caminar. Pero no han dado aún más que unos pasos cuando él se da la vuelta hacia las sillas con gesto de recelo. La chica mira a Olmedo, que permanece inmóvil en la arena con la cabeza gacha, fingiéndose embebido en la lectura. Cuando por fin levanta la vista de la página, el sol lo deja ciego. Ve formas imprecisas. Ve palabras. Al cabo de unos segundos, distingue con los ojos entornados la sombra del boxeador, que se recorta hercúlea de espaldas al horizonte. El joven está hablándole, sin éxito. De nuevo lo interpela con afabilidad. Olmedo no contesta.
–Perdone –insiste el joven a modo de saludo–. Nos gustaría poder dar un paseo pero mi novia y yo no nos fiamos de dejar esto solo. –Señala más allá de su perímetro, hacia la parcelita sobre la que han dejado la ropa que llevaban junto con las toallas y el bolso de la chica, que ahora descansa en una de las sillas–. Si fuera tan amable de echarle una ojeada, se lo agradeceríamos.
Olmedo alza las cejas con aire distraído.
–No tardaremos mucho –dice la chica metros más atrás.
Olmedo se lo piensa, reticente. Al fin desvía la vista hacia las sillas como pillado en falta.
