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Con esta obra vuelve Vigdis Hjorth, la autora de la célebre La herencia. Johanna es artista y ha pasado las últimas tres décadas viviendo en Estados Unidos con su esposo y su hijo. Tras la muerte de su marido, Johanna regresa a su Noruega natal. Una galería la ha invitado a una exposición retrospectiva, con una nueva obra suya como pieza central. Johanna alquila un apartamento junto al fiordo y una pequeña cabaña en el bosque a las afueras de la ciudad. A medida que atraviesa la ciudad, de un lado a otro entre los dos lugares, busca dar sentido a su vida en el trabajo que tiene por delante y un descubrimiento que une su pasado con el presente.
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Seitenzahl: 317
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Vigdis Hjorth
¿HA MUERTO MAMÁ?
Si nuestra madre hubiera muerto, ella me habría informado. Tiene obligación de hacerlo.
Una noche llamé a mi madre. Fue esta primavera, porque recuerdo que al día siguiente di un paseo con Fred por Borøya, y el tiempo era lo bastante bueno como para comernos el bocadillo en el banco que hay junto a Osesund. Apenas había dormido a causa de la llamada, y me alegré de haber quedado con alguien por la mañana y de que fuera con Fred, porque no paraba de temblar. Me avergonzaba de haberla llamado. No me estaba permitido, y, sin embargo, lo hice. Violé una prohibición que me había impuesto a mí misma, y que me habían impuesto. De todos modos, mi madre no cogió el teléfono. Enseguida se oyó el pitido, había pulsado la tecla de rechazo. No obstante, volví a llamar. ¿Por qué? No lo sé. ¿Qué pretendía con ello? No lo sé. ¿Y por qué esa paralizante vergüenza?
Por suerte, al día siguiente iba a dar un paseo con Fred por Borøya, estaba impaciente, los temblores internos se aplacarían al hablar con él. Fui a buscarlo a la estación, y cuando se metió en el coche, le conté lo que había hecho, llamar a mi madre,me explayé con Fred camino del aparcamiento y mientras caminábamos alrededor de la isla, pero a él no le parecía raro que hubiera llamado a mi madre. «A mí no me parece raro que quieras hablar con tu madre». Yo seguía avergonzándome, pero los temblores disminuyeron. No tengo nada que decirle, dije. No sé qué le habría dicho si hubiera cogido el teléfono, dije. Tal vez tuviera la esperanza de que de repente se me ocurriera algo si mi madre cogía el teléfono y su voz decía: ¿Hola?
Yo misma me había colocado en la situación en la que me encontraba. Yo misma había elegido romper mi matrimonio, dejar la familia, el país, hace casi tres décadas, aunque no tuve elección. Dejé el matrimonio y la familia por un hombre que a ellos les parecía dudoso, y por una actividad que ellos encontraban ofensiva, exhibir imágenes que consideraban difamatorias, no volví a casa cuando mi padre cayó enfermo, no vine a su entierro, ¿qué postura debían tomar ante eso? Les parecía horrible, yo les parecía horrible, les resultó horrible que me fuera, que los deshonrara, que no viniera al entierro de mi padre, pero para mí lo horrible ocurrió mucho antes. No lo entendían, o no querían entenderlo, no nos entendíamos, y, sin embargo, llamé a mi madre. La llamé como si fuera algo normal. Ella, por supuesto, no contestó. ¿Qué me había creído? ¿Qué esperaba? ¿Que mi madre cogiera el teléfono como si se tratara de un asunto digno de confianza? ¿Quién me creía yo que era? ¿Me creía importante de alguna manera? ¿Pensaba que ella se iba a alegrar? En la realidad no es como en la Biblia, que cuando el hijo pródigo vuelve, se le hace una fiesta. Me avergoncé de haber violado mi prohibición, y con ello haber revelado a mi madre y a Ruth, a la que mi madre con toda seguridad había contado lo de la llamada, que no era capaz de respetar mi decisión, mientras que ellas, mi madre y mi hermana, sí respetaban la suya y ni se les ocurría llamarme. Está claro que se habían enterado de que yo estaba en el país. Seguramente me buscaban en Internet y habían visto que se estaba organizando una exposición retrospectiva de mi obra, que ya tenía un número de teléfono noruego, si no, mi madre habría cogido el teléfono. Ellas eran fuertes y obstinadas, mientras que yo era débil e infantil, como una niña pequeña. Y, además, no tenían ninguna gana de hablar conmigo. ¿Pero tenía yo ganas de hablar con mi madre? ¡No! ¡Pero la había llamado! Me avergonzaba de que algo dentro de mí quisiera hablar con ella y que, al llamarla, se lo revelara, que le revelara que necesitaba algo. ¿Qué podía ser?¿Perdón? Tal vez ella pensara eso. ¡Pero yo no tenía elección! ¿Entonces por qué llamé? ¿Qué quería? ¡No lo sé! Mi madre y Ruth pensaban que llamé porque me arrepentía, tenían la esperanza de que me arrepintiera y lo estuviera pasando mal, de que las echara de menos y quisiera reconciliarme con ellas, pero mi madre no cogió el teléfono, porque no me lo iban a poner tan fácil, que nada más volver al país con ganas de hablar, ellas iban a estar dispuestas a recibirme, nada de eso. Que me arrepintiera ahora de mi decisión. ¡Pero yo no me arrepentía! A ellas les parecía que tuve elección, y eso me irritaba, pero la irritación se lleva fácilmente, la irritación no es nada en comparación con la vergüenza. ¿Por qué esa vergüenza paralizante? Me vino bien hablar con Fred. Caminamos por los senderos de pizarra a lo largo del mar lleno de patos y cisnes nadando, en la curva de Osesund encontré un tusilago, y Fred me dijo que eso significaba suerte. En casa lo puse en una huevera con agua, pero se marchitó enseguida. Ahora estamos en otoño, a uno de septiembre. Mi primer otoño noruego en treinta años.
Había bebido cuando llamé, no mucho, un par de copas de vino, pero sí que había bebido, de lo contrario, no habría llamado. Encontré el número en las páginas amarillas y lo marqué con dedos temblorosos. Si hubiera pensado de un modo racional, no habría llamado. Si previamente me hubiera impuesto pensar con claridad, imaginarme los escenarios más probables si mi madre cogía el teléfono, no habría llamado, habría llegado a la conclusión de que eso no nos crearía a las dos más que malestar. Era una llamada poco real, irracional. Así que no fue respondida. Mi madre y mi hermana eran racionales, yo era irracional, ¿era eso lo que me hacía sentir avergonzada? Si hubiera pensado racionalmente, habría comprendido que, aunque mi madre hubiera cogido el teléfono, aquello no habría sido algo que se pudiera llamar conversación. Una conversación entre mi madre y yo era ya imposible. Pero no contuve mi impulso irracional, no quería pensar con claridad, quería seguir ese repentino y para mí misma sorprendentemente fuerte impulso. ¿De qué profundidades subía? Eso es lo que intento averiguar.
No había tenido lo que se dice una conversación con mi madre en treinta años, tal vez nunca la había tenido. Conocí a Mark, solicité en secreto una plaza de alumna en la facultad en la que él daba clase en Utah y crucé el océano en su compañía, dejando atrás el matrimonio y la familia. Todo ocurrió en el transcurso de un caluroso verano. Es verdad lo que se dice de que basta con una mirada, una sola mirada, y yo ardía con una llama inextinguible, lo que se consideró una traición y un desprecio. Escribí una larga carta explicando por qué aquello era necesario para mí, abrí mi corazón en una carta, pero en la breve respuesta que recibí era como si no la hubiera escrito. Una respuesta breve y decidida, con amenazas de renegar de mí, pero «si entraba en razón»y volvía a casa inmediatamente, tal vez podrían perdonarme. Escribían como si yo fuera una niña sobre la que tenían derecho de usufructo. Enumeraban todo el dinero y esfuerzo mental que les había costado criarme, les debía mucho. Comprendí que lo decían literalmente, que estaba en deuda con ellos. Creían en serio que iba a renunciar a mi amor y a mi trabajo porque me habían pagado las clases de tenis en mi adolescencia. No me tomaban en serio, no me leían con buena voluntad, me amenazaban. Tal vez sus propios padres o tutores tuvieron en su momento tanto poder sobre ellos, tanto temblaron ante sus palabras que pensaban que las suyas, sobre todo las escritas, tendrían el mismo poderoso efecto en mí. Volví a escribir una larga carta explicando lo que significaba para mí la formación artística, quién era Mark, volvieron a responder como si yo no hubiese escrito nada, como si ellos no lo hubiesen leído, y volvieron a enumerar los gastos que les supuso el piso que compraron para que yo pudiera vivir cerca de la universidad mientras estudiaba, y la boda que, con mi conducta inmadura, ridiculizaba ahora ante todo el mundo, traicionando a mi flamante marido, y dejando a su familia incrédula y humillada. Tenía que sacarme de la cabeza «las ideas» que «ese tal M»me había metido. Solo unos cuantos elegidos lograban vivir de su arte, y estaba claro que yo no era uno de ellos. Aquello me dolió, y el que creyeran de verdad que frases como esas me harían dejar mi nueva vida, volver a mi país y a mis deudas, y adaptarme a su forma de vida, aunque eso implicara una automutilación. No contesté a esa carta, escribí una navideña cuando se acercaban las Navidades, una carta agradable, pero distante, sobre la pequeña ciudad en la que vivíamos, la casa, el trozo de jardín donde cultivábamos tomates, el paso de las estaciones en Utah, escribí como si su anterior carta no se hubiera escrito, les hacía lo que ellos me hacían a mí, ¡feliz Navidad! Recibí una carta parecida. Breve, distante, ¡feliz Año Nuevo! Les mandaba de vez en cuando el catálogo de alguna exposición o una postal de algún viaje, les escribí cuando tuve a John, adjuntando una foto suya. Él recibió una carta de respuesta, querido John, bienvenido al mundo, saludos de tus abuelos y de tu tía Ruth. Cuando el niño cumplió un año, recibió por correo una taza de plata de su abuela, cuando cumplió dos, una cuchara, y cuando cumplió tres, un tenedor. Los primeros años, mi hermana enviaba a veces escuetos mensajes sobre la salud de nuestros padres si pasaba algo especial, una operación de un cálculo renal, una caída en el hielo, nada de querida hermana, nada de preguntas, solo una frase sobre el estado físico de nuestros padres, firmado, Ruth. Mientras ellos estaban relativamente sanos, ocurría rara vez. Entre líneas podía leerse, pobre de ella que tenía que arreglárselas sola, yo era una egoísta que me había ido sin preocuparme de nada. Ella escribía, así lo sentía yo, para ver si me remordía la conciencia, ¿acaso era porque había en mí algo de mala conciencia? Pero después de que mis trípticos Hija y madre 1, Hija y madre 2, se expusieran en su ciudad, mi ciudad, en una de las galerías más prestigiosas de la misma, con una gran afluencia de público y amplia cobertura en prensa, cesaron los escuetos mensajes de Ruth y los saludos festivos de mi madre. Indirectamente, por Mina, cuya madre seguía viviendo en la vecindad, supe que mis cuadros les parecían escandalosos, que yo avergonzaba a la familia, sobre todo a mi madre. John seguía recibiendo cartas para su cumpleaños, pero las palabras eran menos cálidas. Por lo demás, se hizo el silencio. Yo no sabía nada de la vida diaria de mis padres. Suponía que era rutinaria, como la de casi toda la gente mayor acomodada, seguían viviendo en la casa a la que se mudaron cuando yo era adolescente, en un barrio más elegante que el de la casa de mi infancia, eso era todo lo que sabía. Si la hubieran vendido, me habría enterado. Eran personas ordenadas en los temas económicos. Me resultaba fácil imaginármelos en las habitaciones de la casa en la que yo había vivido con ellos de pequeña, pero no me los imaginaba en la nueva. Hace catorce años, trabajando en un taller en el Soho, Nueva York, y con Mark ingresado en el Presbyterian Hospital, recibí un mensaje de Ruth diciendo que nuestro padre había sufrido un derrame cerebral y estaba en el hospital, no ponía nada más, no me decía que viniera. Durante las tres semanas siguientes, escribió varios escuetos mensajes sobre el estado de nuestro padre, utilizando en parte una incomprensible terminología médica. No había ninguna invitación en sus palabras, nada de querida ni mi nombre, eran simplemente escuetas informaciones que ella se sentía obligada a enviar, no creo que quisiera que yo viniera para estar con él. Mi presencia tendría un efecto perturbador. Yo no tenía ningún papel que desempeñar, no crearía más que intranquilidad, solo con pensarlo, yo ya la sentía, deseé a mi padre que se mejorara. El veinte de noviembre, mi hermana escribió que nuestro padre había muerto, me llegó por sorpresa, también entonces estaba en el taller del Soho, Mark seguía en el hospital Presbyterian, no fui, no pensé en viajar y asistir al entierro. Ellas tampoco me lo pidieron, Ruth escribió que nuestro padre sería enterrado tal día en tal cementerio, y punto. Al día siguiente del entierro recibí un mensaje de su teléfono, pero era de las dos, ponía «nosotras», y estaba firmado «mamá y Ruth», una despedida. Mi madre se había tomado muy mal que no hubiera acudido a ver a mi padre enfermo ni a su entierro, casi la había matado, ponía, en cierto modo, la había matado simbólicamente, así lo expresaba, que yo recuerde, no guardé el mensaje, lo borré enseguida, ahora me arrepiento, sería interesante revivirlo, quiero decir, leerlo hoy, ahora, en septiembre. Lo viví como un pretexto para y culparme a mí de ese por fin. A John dejaron de llegarle las felicitaciones por su cumpleaños.
Ya no solo no nos hablábamos, comprendí que éramos enemigas, no me impresionó, yo trabajaba, me ocupaba de Mark, de John. Vendieron la casa, mi madre se compró un piso, me enviaron un cálculo, una cantidad y una carta profesional de un abogado, pero no la nueva dirección de mi madre, y qué. Cuando alguna vez hacíamos una breve visita al país, no las avisábamos, cuando murió Mark, no se lo dije, ni lo conocían ni habían manifestado nunca ningún deseo de conocerlo. Cuando John se trasladó a Europa hace cuatro años, a Copenhague, no se lo dije, por qué iba a hacerlo, no lo conocían. Hablé con Mina, hablé con Fred. Pero cuando dos años después, el Museo de Skogum decidió organizar una amplia exposición retrospectiva de mis obras, la ciudad de mi infancia empezó a perseguirme en sueños. Conforme las conversaciones con la comisaria sobre qué obras se iban a incluir iban siendo más frecuentes, la ciudad también empezó a perseguirme durante el día. Había prometido contribuir con al menos una obra nueva, pero no conseguía hacer nada, día tras día me ponía frente a distintos lienzos, pero mis pinceladas eran indiferentes. Pensándolo bien, no había producido nada importante desde el maniático arrebato después de la muerte de Mark, esos años que me pasé en el taller intentando superar mi luto. Ahora se había suavizado, ¿sería porque ya vivía sola en todo lo que había sido nuestro? Decidí trasladarme a casa, la sigo llamando «casa», en principio por un tiempo, hasta la inauguración de la exposición. No las informé. ¿Por qué iba a hacerlo? Decidí poner en alquiler la casa de Utah, alquilé un piso en el nuevo barrio junto al fiordo, con una terraza cubierta en el ático que podía usar como taller, la pensión de viudedad que me dejó Mark me lo permitía. Vivo en la misma ciudad que mi madre, a cuatro kilómetros y medio de su casa, he buscado la dirección en las páginas amarillas, vive en la calle Arne Brun, 22, más cerca del centro que las casas en las que viví de niña y de adolescente, también encontré su número de teléfono.
Los primeros meses pasaba la mayor parte del tiempo en casa, ya no conocía la ciudad, me sentía como una extraña, además, era a finales del invierno. Una niebla gris se posaba sobre el fiordo en parte cubierto de hielo, las lomas de las colinas parecían dálmatas dormidos, las aceras estaban llenas de hielo. Cuando alguna rara vez salía a la calle, era consciente de la presencia de mi madre a cinco kilómetros de distancia. Al contrario que los últimos treinta años, había ahora una posibilidad real de encontrarme con ella. Pero no saldría mucho con este tiempo, con este frío, con este hielo en la acera, para no romperse la cadera. Las mujeres mayores tienen miedo de romperse la cadera. Ella debía de tener ya ochenta y muchos años. Una tarde de febrero estaba en la estación junto a la máquina expendedora de billetes cuando una señora mayor me preguntó si podía ayudarla a sacar uno. Yo acababa de aprender y la ayudé, se había parado junto a mí con una confianza que me conmovió, con el bolso y la cartera abiertos. Cuando le di el billete, me preguntó si podía ayudarla a subir la escalera, no pude negarme. Se agarró a mi brazo con una mano y al pasamanos con la otra, el bolso le colgaba del cuello, oscilando a cada paso, tan lentos que tenía miedo de perder el tren, pero obviamente, no podía dejarla. Conté los escalones para tranquilizarme, había veintidós. En el andén me dio efusivamente las gracias, dije que no había de qué, la mujer dijo que iba a visitar a su hija, y me sentí avergonzada.
¿Llamé a mi madre para conocerla de nuevo? ¿Para ver quién es ahora? Hablar con mi madre como si no fuera mi madre, sino una persona normal y corriente, una mujer cualquiera en la estación de tren. No es posible. No porque no sea una persona completamente normal y corriente, con todas sus peculiaridades, sino porque una madre nunca puede ser una persona normal y corriente para sus hijos, y yo soy su hija. Aunque ella tenga ya otros intereses, haya desarrollado otras capacidades, y cambiado su carácter, para mí siempre será la madre de entonces. Quizá ella odie que sea así, ser madre es una cruz. Mi madre está harta de ser madre, de ser mi madre, en cierto modo ya no lo es, pero mientras su hija viva, no puede estar segura. Tal vez mi madre haya tenido siempre la sensación de que ser mi madre ha sido incompatible con ser ella misma. Quizá desde que nací hubiera deseado no ser mi madre. Pero por mucho que lo intentara, no se libró. O quizá lo haya logrado, tal vez durante mi larga ausencia se haya olvidado de que es mi madre, y entonces voy yo y se lo recuerdo, llamándola. Seguro que no se lo esperaba.
Ella dirá que ahora es una persona distinta a la de entonces. Es comprensible que los padres deseen ser vistos con una nueva mirada por sus hijos, cuando estos maduran y se vuelven más sabios. Pero nadie puede exigir a sus descendientes que dejen de lado la imagen que tienen de su madre tal y como la vieron en su infancia, nadie puede exigir a sus descendientes que borren la imagen de la madre tal y como se creó los primeros treinta años de su vida, para luego verla imparcialmente como una mujer de setenta u ochenta años.
Es más fácil para los que ven a sus padres con regularidad. La mayoría de mis amigos que ven a menudo a sus padres los miran ahora con más clemencia que antes, porque los padres tal vez hayan sido limados en el transcurso de las asperezas de la vida, se hayan vuelto más indulgentes y conciliadores, y a algunos sus padres les han explicado las razones de sus equivocaciones, e incluso unos cuantos les han pedido perdón. Tal vez Ruth haya visto a nuestra madre volverse más cariñosa y sabia, eso tiene que ser bueno tanto para Ruth como para nuestra madre. Poco a poco, la imagen anterior es sustituida por una más nueva, o la imagen de la joven y de la vieja confluyen, y la imagen que surge de la fusión es más sencilla de aceptar. La persona que está en contacto frecuente con su madre y habla con ella del pasado contribuye a recrearlo, se crea una historia en común. Seguramente es así. Es probable que Ruth lo recuerde ahora como nuestra madre quiere.
Pero también he oído historias que dicen que las cualidades de la madre que fueron las peores en la infancia se refuerzan tanto durante la vida que al final dominan su personalidad. La madre de Mina criticó y regañó a Mina todos los días de su vida y sigue haciéndolo con más fuerza aún, sin piedad. Mina va a verla todos los días a la residencia y le lleva albóndigas y sopa, y es recibida con acusaciones y sarcasmos. ¿Qué es lo que mueve a Mina? Si protestara por esas cosas absurdas, su madre obtendría la confirmación de su juicio sobre la vida y sobre Mina, y Mina opina que no se lo merece. El que las palabras de su madre parezcan no afectar a Mina es el castigo de Mina a su madre. Hija y madre.
Cuando decidí volver a casa, el trabajo me iba mejor, empecé un cuadro que consideraba prometedor y me lo traje conmigo al atravesar el océano, pero cuando todos los asuntos prácticos de la mudanza acabaron, y me puse a trabajar de nuevo, la cosa ya no funcionaba. Empecé otro, más primaveral, luego llamé a mi madre, y me bloqueé. Quería visitar museos y galerías, que es lo que suelo hacer cuando no consigo avanzar, pero tenía miedo a los espacios públicos desconocidos. Había pasado tanto tiempo sola desde que murió Mark que me había vuelto insociable, ¿o era porque ya no conocía la ciudad, o porque mi madre vivía en ella y tenía miedo de encontrármela? Me fijaba en todas las mujeres mayores. Suben despacio y encorvadas a los trenes. Se agarran a los asideros, se apoyan en paredes y puertas, se levantan con dificultad cuando se acerca el tren, comprueban el contenido de sus anticuados bolsos para asegurarse de que todo está ahí, monedero, gafas, llaves, yo había empezado a hacer lo mismo. ¿Las gafas? En la farmacia se sientan en las pocas sillas que hay con rostros cerrados, no leen el periódico, no miran el teléfono, dan la espalda al mundo, o al revés, se vuelven hacia el prójimo, el ticket entre los dedos ligeramente temblorosos, la pantalla en la que aparecen sin parar nuevos números rojos, todo ocurre muy deprisa, con miedo de que el número cambie antes de que les haya dado tiempo a levantarse y llegar al mostrador para pedir la medicina que necesitan. Los viejos cuerpos se tambalean. ¿Se tambalea mi madre? ¿Para qué quiero saberlo? ¿Mi madre lleva audífono? ¿Para qué saberlo?, me pregunto. Una se interesa sobre todo por la información que no le llega. A falta de información, invento a mi madre. ¿Qué es lo que me interesa? Me pregunto cómo está. No por consideración, no en ese sentido, pero: ¿Cómo has vivido todo? ¿Cómo te has sentido? ¿Cómo vives la situación ahora, la existencial que compartimos, qué piensas de nuestra situación? ¿Nunca lo sabré? ¿Nunca sabrá ella cómo la he vivido yo? Tendrá que preguntárselo. Lo que pienso, cómo me encuentro, por muy enfadada, por muy herida que esté, tiene que preguntárselo, porque al fin y al cabo soy esa niña de casi sesenta años.
¿Qué edad tiene mi madre? Hace mucho tiempo recibí un mensaje de Ruth: Mamá cumple hoy setenta años. Respondí que la felicitara de mi parte. Tuvo que ser antes de que mi padre muriera, así que entonces ahora tiene ochenta y cinco o más. No recuerdo su año ni su fecha de nacimiento, encontrar esos datos no resulta tan fácil como se podría pensar. Podría llamar a alguien de la familia y preguntar, a Ruth o al hermano pequeño de mi madre, está en las páginas amarillas, pero no puedo llamar y preguntarle por el cumpleaños de mi madre, eso está descartado. Es otoño, recuerdo cuando cumplió cuarenta y cinco años, tiene que haber sido entonces, porque estaba Thorleif, estamos en el jardín, bajo los árboles frutales. Quizá lo esté inventando. Pero recuerdo los problemas de respiración, la presión en el pecho que siempre sentía en esas ocasiones, cuando la familia aparecía en público, la sensación de que alguien me había puesto a presión un manuscrito en las manos, las expectativas de que yo representara mi papel, la leal hija de abogado, la esposa de abogado, la estudiante de Derecho, el malestar por lo uno y por lo otro, el desagrado porque los demás, Thorleif, Ruth y el resto de los invitados seguían fielmente el manuscrito redactado por mis padres, sobre todo por mi padre, la sensación de falta de libertad y de no poder ser yo misma, por cierto, yo no sabía quién era y no podía averiguarlo donde me encontraba, en el jardín de mis padres, en la fiesta de mis padres, lo recuerdo claramente, la sensación de cárcel y una frustración creciente que me temía que no sería capaz de contener. ¿Entonces qué? Thorleif con su profundo respeto hacia mi padre, Thorleif siguiéndole la corriente, la risa de Thorleif cuando mi padre ironizaba sobre mis «caprichos artísticos», sus ojos en blanco por mi deseo de entrar en la Escuela de Artes y Oficios o la Escuela de Artilugios y Arteros, como él la llamaba, la risa de Thorleif. Desde pequeña, yo pensaba que mi padre no era mi padre. Cuando oí la historia de Hedvig, que no era hija de Hjalmar Ekdal, pensé: ¡Eso es! Con la única diferencia de que si me lo confirmaran, yo no me pegaría un tiro, sino que me sentiría aliviada, libre, pensaba. Mi madre había estado con otro hombre, tal vez solo una noche, y se había quedado embarazada, y mi padre sospechaba que yo podía ser hija de otro, porque no me parecía a él, y cada vez que mi madre me miraba, le recordaba su infidelidad, se avergonzaba y tenía miedo de que la descubrieran, sin duda era así, eso lo explicaba todo, por qué, si no, se sobresaltaba cada vez que yo entraba en una habitación. «¡No me asustes!»Mi padre contó por enésima vez el chiste sobre los ladrones que iban a robar en un museo de arte, y uno pregunta al otro que cómo se sabe qué cuadros son los más valiosos, los más feos, jajaja. No es arte solo porque nadie lo entiende, jajaja. Si de mayor no eres conservador, no tienes cerebro. Yo era la que no tenía cerebro. Mis intentos de protestar eran recibidos con sonrisas indulgentes, cada germen de protesta era interpretado como una expresión de un deseo inmaduro de oponerse por oponerse, ridículo. Thorleif se reía, y a mí se me cerraba la garganta, pero eso ya no me quema. La ardiente mirada de mi madre al comprender que yo no daría ningún discurso, la de mi padre de color azul glacial. Pero nada de eso me quema ya.
Saben que estoy en la ciudad. Me llamó Mina, se había encontrado a Ruth en Langvann y, cuando le contó que me había trasladado al país por una temporada, Ruth ya lo sabía.
No dan señales de vida. Son orgullosas y fieles a sus principios, lo decidieron cuando no vine al entierro de mi padre y decidido está.
Llamé a mi madre. Era por la noche, más o menos las diez, suponía que estaba sola. Me la imaginaba viendo la televisión. No, así es como me la imagino a posteriori, por aquel entonces no tenía una idea concreta, llamé por impulso, se me ocurrió y llamé antes de que me diera tiempo a reflexionar. Me había tomado un par de copas de vino. Mi madre no cogió el teléfono. Es decir, la llamada fue rechazada. Puede que Ruth hubiera bloqueado mi número en su teléfono, ya que seguramente opinaba que a mi madre no le hacía bien hablar conmigo, lo que seguramente sea en cierto modo verdad. Ruth sabe que estoy en la ciudad y teme que llame a nuestra madre. Quiere evitar todo contacto. Mi hermana protege a nuestra madre y a sí misma bloqueando mi número en su teléfono. No creo que sea mi madre la que lo haya hecho. Que yo recuerde, siempre ha sido una negada para la tecnología. Aunque eso puede haber cambiado, sobre todo después de la muerte de mi padre. Quizá mi madre haya mejorado en cuanto a las cuestiones prácticas, pero me imagino que Ruth hace la mayor parte, sobre todo en lo que al teléfono se refiere. Pero tal vez crea que es Ruth la que ha bloqueado mi número porque espero que dentro de mi madre haya algo que quiera que la llame. Mi madre no siente indiferencia. Por mucho que haya logrado alejarme de su interior, seguro que no hasta el punto de que mi indiferencia le sea indiferente. Llamándola, confería a mi madre una forma de importancia. Creo que es eso lo que quiere. Incluso si piensa que la llamé para acusarla de algo, pero eso no podrá creerlo después de todos estos años, después de treinta años.
Al lado de la casa en la que crecí, vivía una señora mayor viuda, la señora Benzen. Todos los niños le teníamos miedo, nos hacía callar cuando jugábamos, nos regañaba si nos apoyábamos en su valla, amenazaba con llamar a la policía si cogíamos alguna cereza de las que en verano colgaban de las ramas sobre la acera. Descubrí que también mi madre, que entonces era joven, le tenía miedo a la señora Benzen. Es uno de mis recuerdos más tempranos, y todavía me duele pensar en ello. Tendría unos siete años, estaba sola, lanzando una pelota a la puerta del garaje, una vez la tiré demasiado alta y la pelota acabó en el jardín de la señora Benzen. Como no vi a nadie en las ventanas, entré a toda prisa, cogí la pelota del macizo de flores de debajo de la terraza, me fui corriendo y seguí jugando, entonces vi a la señora Benzen cruzar la puerta de la valla que separaba nuestros jardines, la mujer me agarró del brazo, llamó a la puerta de nuestra casa y mi madre abrió. Al ver a la señora Benzen, dio un paso atrás y palideció, la señora Benzen la puso verde por no haber educado a su hija, que era yo, que había entrado sin permiso en su jardín, pisando sus peonías, mi madre se quedó muda. Yo no esperaba que me defendiera, más bien que me regañara, esperaba que me preguntara qué había ocurrido, pero ella no hizo ni lo uno ni lo otro, se quedó muda y aterrada como una niña ante la señora Benzen, y cuando esta se había marchado, a mi madre le temblaban las piernas y se desplomó en una silla. Su atónita boca, ¿qué estaba yo viendo? ¿Mi madre no era fuerte, aunque dentro de mí era poderosa? En un determinado momento tuvo que pasar de asustada y enmudecida a locuaz y charlatana. ¿Cuándo fue eso?
Pero tal vez el miedo y la mudez volvieran al morir mi padre, y por eso no contestó cuando la llamé, me tiene miedo. El teléfono suena, y el pecho de mi madre se encoge pensando que puedo ser yo. Mi madre echa la vista atrás, como se dice que hace la gente mayor, aparece una foto mía, y el corazón le late con fuerza por el miedo. Mi madre ve una noticia en el periódico sobre mi exposición retrospectiva, y la sangre se le hiela en las venas. El miedo hace a la gente inventar cosas, mi madre me inventa en mi ausencia, y me hace peor de lo que soy. Pero es probable que sienta más disgusto que miedo. Sea como sea, seguro que exagero mi importancia. El que mi madre no cogiera el teléfono cuando la llamé no significa que me relacione con una forma de emoción. Lo que ocurre es que simplemente quiere evitar tener contacto conmigo. Seguro que ha aprendido métodos para alejar los recuerdos en donde yo aparezca. Dada la situación, es comprensible, y, sin embargo, resulta extraño. Así son ahora nuestras vidas.
Cuatro de septiembre, son las dos. Desde el taller veo el cielo, muy azul ya, muy alto. También veo el fiordo, el mar de septiembre va del gris metálico al azul metálico, los grandes barcos huelen a petróleo. Si me inclino desde la terraza, veo los enormes arces debajo de mí a ambos lados de la calle, han empezado a amarillear. A cinco kilómetros de aquí vive mi madre, respira mi madre. Si no se ha ido a tierras más cálidas, como hace mucha gente mayor cuando llega el frío. Pero aún no hace frío, tengo la puerta de la terraza abierta hacia el sol, y si mi madre tiene terraza, que seguro que sí, tal vez tenga la puerta abierta como yo, quizá vea el mismo sol que yo, el sol es amarillo y cálido para todos. La leve agudeza en el aire que me dice que ya es otoño se nota fresca en la cara, el otoño es una buena época, en el otoño empieza el nuevo año escolar, hojas blancas, etc. Mi madre seguramente no se irá al sur de Europa hasta noviembre. En estos días, en este momento, estará planificando el viaje, sentada a la mesa de la cocina con su amiga Rigmor, en la calle Arne Brun, 22, que me resulta difícil de imaginar, estudiando los brillantes folletos de las agencias de viajes, soñando. Hace ya tiempo que mi madre ha aceptado la pérdida de su hija. Quiere sacar lo mejor de sus años de mayor. ¿Por qué no acepto yo la pérdida de mi madre? ¿Acepto la pérdida de mi madre, pero no acepto que mi madre haya aceptado la pérdida de su hija? Apenas he pensado en eso en treinta años. ¿Es por haber vuelto a casa por lo que la situación parece tan extraña? No al principio, no durante los primeros meses en los que me ocupaba de todas esa cosas tan abrumadoramente prácticas, desembalar, amueblar, frecuentes reuniones de planificación con la comisaria de la exposición, redescubrir poco a poco mi ciudad natal, estaba muy cambiada, mucho más grande, eso me gustaba, pero cuando acabé todo aquello, y la idea era que me pusiera a trabajar, cuando el invierno estaba llegando a su fin y me sentaba en la terraza a mirar el mar y los ferris que llegaban temprano por la mañana… ¿Es porque estoy a punto de entrar en la edad de la reflexión, porque ya no miro solo hacia delante, sino también hacia atrás? ¿Porque ya tengo nietos? ¿Es una forma de sentimentalismo, es ese «ya nunca más» con lo que me resulta difícil reconciliarme?
Llamé por teléfono a mi madre, no lo cogió.
Ruth opina que a nuestra madre no le hace bien hablar conmigo. Mi madre no puede más. En realidad, no ha podido con nada de lo que ha pasado, mi repentino viaje, mi trabajo, que la «puso en ridículo», el que yo no volviera a casa en los tiempos difíciles, al entierro de mi padre. Mi madre por fin lo ha superado, y un nuevo contacto conmigo podría volver a abrir las heridas. Lo entiendo.
Pero si mi enfado por haber sido rechazada y tachada de oveja negra de la familia ya ha dejado de quemarme, también podría haber dejado de quemar a mi madre su decepción conmigo. Ruth no quiere correr el riesgo. El peligro de que nuestra madre se desespere y se inquiete tras una conversación conmigo es inminente, y eso es lo que Ruth quiere evitar. Es comprensible, es ella la que tiene que ocuparse de nuestra madre cuando sufre, pero quizá yo desee que sufra, que me eche de menos y se pregunte cómo estoy, y luego proyecto ese deseo dentro de ella. Probablemente sea así, porque mi madre siempre ha tenido una gran capacidad para quitarse de encima cualquier malestar, una capacidad esencial que sigue siendo grande, estoy segura de ello, porque aunque no he tenido contacto con ella en treinta años, sí tuve un contacto decisivo con ella de veintimuchos años antes de eso, y esos años han dejado sus quemaduras, no se puede minimizar lo que viví entonces, sobre todo los primeros años, la verdadera esencia de mi madre, antes de que ella aprendiera a esconderse. Aunque las dos hayamos cambiado durante los siguientes treinta años distanciadas, no se puede esperar que la vivencia que una niña tiene de su madre de la infancia cambie como consecuencia de ello.
Solo mediante un contacto regular o frecuente la imagen de la madre de la infancia puede cambiar. Estoy segura de que mi hermana ha cambiado la imagen de nuestra madre de la infancia como consecuencia de su constante trato con ella. Esa es la ventaja de un contacto constante, lo doloroso se va neutralizando lentamente. Pero puede tener un precio. ¿Cuál?
Podría acercarme en coche a la calle Arne Brun, 22, y ver dónde vive.
No se me ocurriría.
