Hacia cualquier otra parte - Jorge Sierra - E-Book
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Jorge Sierra

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Beschreibung

Inspirado por La terre en rond, un mítico libro de viajes que narra la vuelta al mundo a principios de los años 60 de dos franceses a bordo de un Citroën 2CV, un joven gallego llamado Jorge Sierra se ilusiona con el reto de emular su viaje. Tras encontrar un compañero de aventuras para llevar a cabo el proyecto, se ocupa de preparar un 2CV al cual bautiza como "Naranjito", por el color butano de su chapa. Antes de partir, dos amigos se unen al proyecto y preparan otro 2CV. En septiembre de 2008 los dos coches ponen rumbo a Francia, sin embargo, en Turquía, cuando apenas llevaban un par de meses de viaje Jorge Sierra se queda solo. Es en ese momento crucial donde comienza este libro. Un viaje en solitario desde Turquía hasta Nueva Zelanda haciendo lo que más le gusta: interactuando con la gente y conociendo culturas diferentes. Casi cuatro años de carretera cargados de experiencias y anécdotas.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Nota de los editores

Hace unos meses nos preguntaron en una entrevista de radio si teníamos en cuenta la trayectoria literaria de los escritores a la hora de publicarles un libro.

En marzo de 2017 se celebraron en Sevilla las Jornadas IATI de los grandes viajes en el salón de actos del Círculo Mercantil e Industrial de Sevilla, un lugar al que, seguramente, nunca hubiéramos acudido si no llega a ser por la insistencia de Yolanda por ir a esas charlas. Era un sábado lluvioso y allí se respiraba un ambiente muy ameno, la gente ya se conocía y se reencontraba después de varios años sin verse. Gente aparentemente normal, amantes de los viajes a quienes, seguramente, el azar les había hecho cruzarse en México o en el desierto del Sahara, no lo sé, y ahora se abrazaban en Sevilla, confirmándose rotundamente la teoría de que el mundo es un pañuelo, un pañuelo muy pequeño.

Una familia de artistas uruguayos llevaba recorriendo el mundo en su furgoneta, apodada «el Carakol», desde hace casi veinte años, teniendo incluso dos hijos en el camino. Antonio Aguilar explicaba que él solo utilizaba el trasporte público y su dedo para hacer autostop, y Kandy, la abuelita mochilera, cómo a sus sesenta y seis años y recién jubilada comenzó con su sueño, dar la vuelta al mundo en solitario. Ahora, con ochenta y dos años, sigue viajando sin parar.

En ese instante en el que todos los asistentes estábamos realmente motivados e inspirados para intentar algún día hacer lo mismo, apareció Jorge Sierra. Con un acento gallego inconfundible, comenzó a explicar su viaje a bordo de un Citröen 2CV del año 79, que le acompañó durante casi cuatro años a dar la vuelta al mundo. La pasión al desarrollar cada detalle de su increíble aventura y la falta de tiempo en las jornadas, le llevaron a explicarnos solamente la décima parte de su viaje. Sinceramente, tenía al público en el bote y si en ese momento nos hubieran dado la opción de quedarnos hasta las cuatro de la mañana escuchando su historia, lo hubiéramos hecho. Ahora tenemos la suerte de poder leerla.

Como decíamos, hace unos meses nos preguntaron en una entrevista de radio si teníamos en cuenta la trayectoria literaria de los escritores a la hora de publicar. Contestamos que no.

Jorge Sierra (A Coruña, 1983) se define a sí mismo como un apasionado del viaje y la aventura. Ha recorrido en varias ocasiones el Camino de Santiago y —su proyecto más ambicioso— ha dado la vuelta al mundo en un Citröen 2CV del 79 apodado Naranjito. Durante sus viajes se ha dedicado a dibujar, escribir y filmar. Fruto de ello es su libro Los pájaros de mi cabeza (Tempore, 2018), sus documentales que puedes encontrar en YouTube o el programa que dirige y presenta llamado Surfeando sofás, de la plataforma Playz de RTVE.

Pero Jorge no estudió para aventurero —aunque nos encantaría que esa carrera se impartiese en todas las universidades—, sino que cursó Ingeniería Técnica de Telecomunicaciones y Fotografía Analógica. A pesar de ello, su particular vehículo, sus rastas y su sonrisa le han abierto puertas allá donde ha ido.

Buen viajeJorge Sierra

Escribir, al menos en mi caso, es un ejercicio de relajación que me ayuda, entre otras muchas cosas, a contener la sensación de soledad. Algo muy importante cuando viajas en solitario y con la expectativa de pasar varios años en la carretera.

Por eso, no es casualidad que los diarios que componen este libro comiencen en la ciudad turca de Ankara, unos cuantos meses después de haber iniciado el viaje cuyo objetivo final no era otro que el de dar la vuelta al mundo. Un viaje, un proyecto y, sobre todo, un sueño que inicié con tres amigos de la universidad tras leer La terre en rond, un libro en el que los franceses Jaques Séguéla y Jean-Claude Baudot narran su viaje alrededor del mundo en un Citroën 2CV en la década de los cincuenta. Una forma de viajar lenta y tranquila que me cautivó desde la primera página y que, recién cumplí los veinticinco años —allá por el 2008—, quisimos honrar a lomos de dos vehículos Citröen de la mano de una productora audiovisual gallega que pretendía realizar una serie de televisión con el material grabado. Una supuesta aventura en equipo que, demasiado pronto, constaté sería imposible de conseguir debido a la poca fe, aguante y madurez de mis compañeros de aventura. Los cuales, en pocos meses y por muy diferentes motivos, fueron abandonando el barco sin mirar atrás.

De esta forma, tras un triste deambular por las carreteras de Europa, a las puertas de Asia, en la todavía cercana Turquía, Miguel, el último de los supuestos aventureros con los que había partido, decidió volver a casa llevándose consigo no solo sus ahorros y su equipo, sino también su experiencia y, lo más importante de todo, su compañía. Un momento muy delicado en el que tuve que decidir si volver a casa o continuar el viaje con la única compañía de mi coche, el siempre fiel Naranjito, un Citroën 2CV del año 79 color naranja butano que, contra todo pronóstico, terminó siendo el mejor de los compañeros que uno pueda imaginar.

Por suerte para mí y para el proyecto, que por cierto muchos tildaron de imposible desde el primer día, tras un par de jornadas de reflexión en la capital turca, conseguí vencer a mis demonios y, con el apoyo familiar, partir al encuentro con la República Islámica de Irán, el primer país al que debía enfrentarme en solitario. Un difícil y peligroso reto con el que se inició mi verdadero viaje, el cual decidí compartir con un cuaderno en blanco que desde ese convulso día hasta el último —ese en el que embarqué el coche desde el puerto de Nueva York con rumbo a casa— me acompañó en todo momento en calidad de amigo y confidente. Un metódico trabajo de reflexión y escritura al que no estaba en absoluto acostumbrado y que, ahora que tienes este libro en tus manos, sé que mereció la pena a pesar del desgaste.

Esta decisión, la de continuar con el viaje a pesar de los muchos miedos y carencias, me llevó a recorrer el mundo durante tres años y once meses, a través de cincuenta y siete países y por más de cien mil kilómetros. Una aventura que se convirtió en posible a través del esfuerzo y la constancia y que de nuevo hoy me hace otro regalo, esta vez en forma de un libro de íntimos diarios que nos llevan hasta las antípodas de España, Nueva Zelanda. El exótico y lejano lugar desde donde viajé hasta Sudamérica y donde conseguí cerrar una muy compleja y delicada primera etapa del viaje cuyo principal objetivo era el de siempre, conducir hacia cualquier otra parte.

Buen viaje y gracias por la buena compañía.

A Coruña, 15 de agosto de 2018

Guillermo García

Su viaje fue algo diferente pero, como todos, también partió de una decisión: dejar su trabajo de informático y dedicarse en exclusiva a la fotografía y al audiovisual.

Apasionado del jazz, destacan sus trabajos para las portadas de discos y vídeos de promoción del sello Blue Asteroid. Desde hace años trabaja junto a la artista María Cañas, realizando trabajos de montaje de sus obras de videoarte y documentales.

El diseño de la cubierta parte de la elección y manipulación de una fotografía del archivo de Jorge Sierra. Alcanzar un destino incierto a través de la confluencia de dos puntos.

Título original: Hacia cualquier otra parte

Primera edición: septiembre de 2018

Diseño de colección: Estudio Lápiz Ruso

Corrección: Editorial Barrett

© del texto: Jorge Sierra

© de la fotografía de la biografía de Jorge Sierra: Jorge Roca

© de las fotografías del libro: Jorge Sierra

© del diseño de cubierta: Guillermo García

© de la edición: Editorial Barrett

www.editorialbarrett.org

[email protected]

ISBN: 978-84-120036-0-4

Este diario está dedicado a todos aquellos amigos con los que, a causa de los terribles juegos y a la ambición de los señores de la guerra, he perdido el contacto y cuyo paradero desconozco.

 

 

 

 

 

2009

Miércoles 10 de junio

 

Hoy es un gran día para mí. Todavía no sé si es un buen día o, por lo contrario, un día terrible. Pero estoy seguro de que, con la perspectiva del tiempo, la jornada de hoy la recordaré como un momento decisivo en mi vida. Estoy en la desordenada ciudad de Ankara y, tras un triste deambular por Europa, Miguel abandona el viaje. Me quedo solo a las puertas de Irán y sus ayatolás. Los pájaros de mi cabeza, descontrolados, no dejan de gritarme preguntas para las que no hallo respuesta. Tengo miedo y sigo sin poder llorar.

Me debato entre volver a casa o continuar en solitario con la vuelta al mundo, y ante semejante incógnita de tanta importancia para mí y para mi futuro, mi única respuesta hasta el momento ha sido entrar en una tienda de souvenirs y comprar un cuaderno para sentarme aquí, en la descuidada acera, y comenzar a mancharlo con este espontáneo vómito de letras.

 

Mi cuerpo ha tomado partido. Se manifiesta claramente a favor de tirar la toalla. Quiere terminar con este sufrimiento, está harto. Mi cabeza, sin embargo, va cambiando de opinión a medida que nuevos argumentos se van apelotonando a ambos lados de la balanza, generando así un nuevo desequilibrio.

En el plato del «sí, continúa», coloco argumentos tan imponentes como «es el sueño de tu vida», «no eres el primero en intentarlo» o «papá estaría orgulloso». Al otro lado, en el «no seas tonto y vuelve a casa», el argumento de mayor peso es la cara que se le quedaría a mi madre si le dijese que, contra todo pronóstico, he decidido continuar en solitario; además de otros obvios y mucho más populares como «es peligroso», «no hablas idiomas», «no tienes conocimientos mecánicos», «los papeles del coche no están en regla» o «no tienes dinero suficiente».

En realidad, es una equilibrada lucha entre los poco numerosos pero pesados argumentos del «sé valiente», contra los infinitos pero cobardes y livianos del «vuelve a casa».

Estoy hecho un lío.

 

No me extraña en absoluto lo sucedido, ya que vivir en movimiento y compartiendo dos metros cuadrados lentos y calurosos no es para nada fácil. Además, nuestra convivencia en las últimas semanas, soy consciente de ello, era simplemente desastrosa debido a la incompatibilidad de caracteres y de estilos. Sí, es algo que yo quería y que quizás incluso buscaba, pero ahora que ha sucedido me siento vacío y bloqueado. También perdido.

Tengo miedo a defraudar a todos aquellos que siempre han creído en mí: a mis familiares y amigos más cercanos. Igualmente temo defraudar a aquellos que, a lo largo de estos ocho meses de carretera, polvo y piedras, se han subido al coche a través de las redes sociales para animarme cada vez que me acorralaban las malditas vacas flacas.

Además… ¡estoy todavía tan cerca de casa!

 

Jueves 11 de junio

 

De nuevo hoy, el viaje, mi gran plan y mis sensaciones han dado un vuelco inesperado. Sucedió esta mañana, cuando bien temprano y todavía sin haber tomado una decisión sobre qué hacer, tras disfrutar de un espeso café turco en la céntrica plaza de Kizilay, me dirigí a la embajada de España para pedir información sobre la vecina Irán.

El barrio donde se alojan los edificios diplomáticos en la capital turca es un mundo aparte. La zona está impoluta y sin apenas tráfico, nada que ver con las gastadas, grises y ruidosas calles de la zona civil. Caminar por sus aceras vacías, perderme y desorientarme cada tres esquinas, hizo que me sintiera incluso más miserable que el día anterior.

Cabizbajo y rendido llegué a mi «casa en el extranjero», donde un policía nacional perfectamente uniformado y algo pasado de kilos, de forma fría y poco cercana, me recibió y, tras comprobar mi pasaporte, me invitó a esperar.

Llevaba una media hora de espera cuando una voz rota y un acento inconfundible llamaron mi atención. La discusión venía de la puerta donde se encontraba el personal de seguridad. Sonaron varios ruidos fuertes y metálicos, y acto seguido apareció un joven que claramente identifiqué como un viajero vasco. Su rostro era duro y se veía tremendamente curtido por los elementos pese a que se escondía tras unas gruesas gafas de sol y una poblada barba de un color negro impenetrable. Vestía chándal, llevaba su documentación en una bolsa impermeable y todo en él estaba sucio, gastado.

En cuanto me vio, no dudó en acercarse cámara en mano para pedirme que le hiciese una fotografía besando el busto a tamaño real del rey Juan Carlos. Me hizo gracia y acepté encantado. Tan solo tras comprobar la efectividad de mi disparo se presentó:

—Me llamo Kuku y estoy hasta los cojones. ¡Menudo día llevo!

—Yo soy Jorge. Y creo que entre los dos no hacemos uno. ¿Cómo llegaste hasta aquí?

En ese instante, él también confirmó sus sospechas. Su voz mostró una mayor complicidad.

—Pues en una bicicleta que compré en el Carrefour por sesenta euros. Vengo del País Vasco, ¿y tú?

—En coche. En un «dos caballos» que le compré hace unos meses a un granjero en El Escorial. Vengo a pedir información sobre Irán, debería ser mi próximo destino. Quiero dar la vuelta al mundo.

 

A partir de ese momento, simplemente nos dejamos llevar. Ambos habíamos pasado suficiente tiempo en la carretera como para saber que, a veces, el viaje y la aventura se inventan puertas sin previo aviso y te ofrece la posibilidad de abrirlas o, por el contrario, ignorarlas. En este caso, ambos decidimos abrirla seguramente empujados por la necesidad de compañía, de cariño y de solidaridad; lo cual nos llevó en poco tiempo a tomar la decisión de, en el caso de obtener el pertinente visado, intentar continuar juntos por el, a priori, peligroso territorio iraní.

Así, juntos, como un equipo, acudimos a la llamada de la funcionaria, que tras el mostrador y una vez escuchó la razón por la cual estábamos allí, nos sermoneó muy seria, para después, compasiva, ofrecernos un papel oficial en el que el embajador nos identificaba como ciudadanos españoles y nos autorizaba a entrar en territorio iraní bajo nuestra responsabilidad. Poco después descubriríamos que este bizarro documento era de obligada presentación para todos aquellos que solicitaban entrar en el territorio del antiguo Imperio persa, así como de otros territorios conflictivos en Oriente Medio.

 

Gracias a las ganas de buena compañía y a la vida nómada común, Kuku y yo no tardamos en hacer buenas migas y, una vez solucionamos todos los puntos clave de nuestra lenta visita a territorio español, nos dirigimos caminando hacia la embajada de la República Islámica de Irán.

Por el camino, no pude dejar de sorprenderme por la precariedad de la equipación de mi nuevo compañero de faena. La bicicleta —efectivamente escogida por barata en una gran superficie y apodada cariñosamente como «la Txatarrilla»— estaba hecha una pena, llevándose la peor parte las maltrechas ruedas, que en los veinte minutos escasos que duró el paseo, pincharon hasta tres veces. También me sorprendió en gran medida la cantidad de cerveza y de cigarrillos que el ciclista vasco era capaz de consumir en tan poco tiempo. ¡Menudo deportista!

Pero Kuku no fue la única sorpresa del día. Cuando llegamos a nuestro destino y mientras aparcábamos a la Txatarrilla junto a la señal vertical que insta a las mujeres a entrar con el pelo, los brazos y las piernas cubiertas, una moto de gran cilindrada y matrícula argentina captó mi atención. Era una Africa Twin de tonos azules, repleta de adhesivos referentes a numerosos países de los cuatro continentes y, sin duda, con muchas buenas historias que contar.

Mientras observaba fascinado el peculiar vehículo viajero, sus ocupantes terminaron con el papeleo y salieron a nuestro encuentro. Así conocimos a los bonaerenses Julián y Lorena, dos simpáticos y despreocupados aventureros con más de diez años de carretera a sus espaldas que viajan con una cantidad innumerable de bultos de todo tipo, además de un perro bodeguero español que, a los cinco minutos de conversación, Lorena sacó del interior de su chupa motera como si tal cosa, alegando, y cito textualmente, que tenía que esconderlo debido al poco cariño de Mahoma para con los canes.

Ya en el interior de la embajada, coincidimos rellenando la solicitud de visado con Antonio, un despistado veinteañero siciliano que tiene la intención de llegar a India haciendo autostop, y cuyo único equipaje es una vieja mochila escolar de tamaño mínimo que en todo momento carga al hombro de forma algo perezosa.

 

Y así, sin tan siquiera haberlo decidido, tras varios encuentros casuales, un montón de historias increíbles y un pacto ensalzado por una mesa repleta de jarras de cerveza, me veo continuando el viaje en compañía de cuatro «locos» con ganas de compartir los riesgos de un viaje desaconsejado, y gracias a los cuales, a partir de hoy, me dedicaré a decir que dos menos uno, a veces, es igual a cinco.

 

Viernes 19 de junio

 

En el día de ayer llegaron por fin los visados. Todos excepto el del italiano Antonio, cuyo embajador, debido a sus no tan buenas relaciones diplomáticas con el gobierno de Ahmadineyad, se ha negado a redactar el documento oficial necesario para poder realizar el viaje. Una lástima y también una injusticia que, definitivamente, no alcanzo a comprender.

 

Aun así, esta mañana partimos todos juntos. Los cinco. Dejamos atrás la poco turística ciudad de Ankara —que ya me empezaba a desgastar debido a la gran cantidad de cervezas y kebabs que este peculiar grupo de trotamundos es capaz de consumir en un lento día de sedentarismo— y elegimos como primer destino, de forma unánime, la bella y turística región de Capadocia.

Por el momento, sin que sirva de precedente, decidimos desmontar la bicicleta del vasco y subirla al coche, para así, de una vez por todas, tener la sensación de movimiento y avanzar en un país cuyo territorio parece interminable. De este modo, pese a mi no total conformidad con la idea, Antonio, Kuku y yo, muy apretados, compartimos como pudimos los únicos dos asientos que tiene mi coche, Naranjito. Este mal planteamiento provocó que cada pocos kilómetros me bajase agobiado para comprobar que el traqueteo producido por el viento al encuentro con la Txatarrilla —atada de malas maneras al exterior del baúl-cocina que acoplé meses atrás en el maletero— no estaba dañando la todavía flamante carrocería color butano de mi fiel escudero.

En cabeza de la expedición, la pareja de argentinos apretaba y aminoraba la marcha para que mi lenta velocidad de crucero no afectase al rendimiento de su potente motor. De esta forma, cada veinte o veinticinco minutos, los veíamos aparecer por el horizonte, cada vez más cerca y cada vez más grandes, hasta que se colocaban en paralelo a mi ventana para que el pequeño Trico, su viajado perro, realizase desde los brazos de su dueña una corta pero estudiada exhibición de cante y gesticulación que provocaba las risas de todos, una vez tras otra y sin excepción.

 

La inexperiencia total del grupo ante un viaje colectivo semejante hizo que la hora de partida esta mañana se retrasase hasta casi bien entrado el mediodía. Si a esto le sumamos el tiempo perdido esquivando el tráfico en la capital y mi cansado galopar, obtenemos una jornada poco productiva en cuanto a kilómetros, en la que tan solo pudimos llegar junto con los últimos rayos del sol hasta el imponente Tuz Gölü, un inmenso lago de sal situado a mitad de camino de nuestro destino, muy popular en el circuito turístico nacional.

 

Ahora, tras disfrutar de una sopa caliente de sobre y de unos espaguetis al dente con tomate que previamente el torpe de Antonio derramó por el suelo, estoy de nuevo recostado en la tienda de campaña sobre un terreno desconocido y propiedad de una gasolinera con vistas al gran lago. Mientras pienso nervioso en lo que puede suceder mañana, me doy cuenta de que me acompaña una leve sonrisa que me recuerda que, de nuevo, tras varios meses de sequía emotiva, vuelvo a disfrutar de lo que estoy haciendo y tengo ganas de más.

Por otro lado, tengo la triste sensación de que en esta semana tan llena de cambios y en la que he tenido que tomar tantas decisiones importantes a bote pronto, casi sin pensar, he viajado más y mejor que en los meses anteriores de peregrinaje europeo, culturas cercanas, lenguas conocidas y supuestos amigos de andar por casa.

Esperemos que la magia continúe como polizón a bordo de mi Naranja Rocinante, al que, por cierto, desde esta mañana le fallan algunos componentes eléctricos, y que numerosos caminos y nuevos amigos me sigan guiando a un ritmo de diez tés por día, hacia cualquier otra parte y lejos de cualquier aquí.

 

 

Jueves 24 de junio

 

Capadocia es, como era de esperar, un lugar único muy difícil de describir. Una parada obligatoria para todos aquellos viajeros que atraviesan el país, sea cual sea su dirección y destino. Un conjunto casi infinito de formaciones rocosas y areniscas que parecen hechas a mano y que, en muchos casos, ocultan en su interior casas unifamiliares e incluso bloques de edificios con escalera compartida de acceso, que antaño fueron excavadas manualmente con infinita paciencia. Un oasis subterráneo, mimetizado y fresco, en medio de un asfixiante desierto habitado desde hace miles de años, ininterrumpidamente, por gentes tranquilas de coloridas vestimentas y una profunda tradición hospitalaria.

Para nuestra estancia en la zona, escogimos la ciudad de Göreme como centro de operaciones, y por primera vez en el viaje decidí alojarme en un hotel. Un llamativo cambio de actitud que se debe a varias razones. La primera y fundamental es que no viajo solo y debo adaptarme a la decisión colectiva. El resto, igualmente importantes, son que pagamos diez liras por cabeza (unos cinco euros) a cambio de alojamiento en una atractiva cueva con internet, desayuno, agua caliente, la posibilidad de usar las cocinas a nuestro antojo, la aceptación de Trico como animal de compañía y la garantía de que los vehículos estarán a salvo de pícaros y mangantes. Un pack hecho a medida aprovechando la temporada baja, que garantiza nuestra tranquilidad y cubre con creces nuestras expectativas.

 

Göreme es una pequeña población en la que el tiempo se detuvo hace cientos de años, un valle en el que el visitante puede ver y sentir lo que veían y sentían los primeros habitantes de los asentamientos romanos del siglo iii. Una aglomeración aparentemente anárquica de construcciones imposibles y cuevas, donde todavía se pueden encontrar numerosas iglesias, capillas y monasterios que guardan tesoros espectaculares como pueden ser los frescos de San Jorge matando al dragón o el retrato de Constantino el Grande y su madre, Helena.

El necesario paréntesis de calma tras la tormenta lo utilicé para caminar por el parque nacional junto a Antonio —el único del grupo que comparte mi curiosidad y mis ganas por hacer cosas—, para saber más acerca de mis compañeros y de sus viajes, y también para la delicada maniobra de informar a mi madre de todo lo acontecido en los últimos días. Lo que ella no sabe, y probablemente tardará en saber, es lo mal que lo pasé en esos dos días de transición entre que Miguel abandonó el viaje y me encontré al resto de manera fortuita. Si lo supiese, podría pensar y pensaría que no es buena idea el agarrarse a un clavo ardiendo de material y resistencia desconocidos. En cualquier caso, ella es consciente de que, por el bien de ambos y desde el inicio, le oculto cierta información por considerarla contraproducente y dañina.

Por otra parte, Antonio ha decidido que no tiene sentido continuar viajando hacia el este sin tener el visado iraní, y por lo tanto deja el grupo. Una decisión difícil para todos, que tratamos de asimilar de la mano de un típico desayuno turco a base de tomate, pepino, aceitunas negras, queso fresco, café y pan. Ceremonia anterior a la partida, donde me ha dado por pensar en lo amplio que es el abanico de viajeros nómadas que uno se encuentra en las carreteras del mundo. Un muestrario casi infinito que, obviamente, representa a mis nuevos compañeros de ruta.

Sobre Kuku y Antonio poco tengo que decir. Ambos son independientes y solitarios. Tienen una idea bastante clara de lo que buscan, pero no les importa adoptar la solución común si así lo pide la mayoría. Siempre están de cachondeo y no suelen profundizar sobre sus vidas. Me divierto con ellos y son de mi agrado. Sus viajes, aunque diferentes, van en paralelo. Ambos se dirigen a la India en un viaje demasiado frenético y precario en cuanto a materiales y organización, el cual todavía no les ha brindado buenas historias que contar al calor de una hoguera.

El caso de la pareja de argentinos es completamente diferente. Se dedican a la artesanía, partieron hace más de una década y presumen constantemente de no haber vuelto. Han estado en Sudamérica y en Centroamérica antes de recorrer África, Europa, y, finalmente, llegar hasta aquí. No les interesa ni la cultura ni la historia, y devoran kilómetros sin parar. Son buena gente pese a que poseen esa dosis extra de soberbia que ya con anterioridad he apreciado en cierto tipo de viajeros que considero, llevan demasiado tiempo fuera. Su moto, la Porota, es un atractivo collage multicultural que habla por sí solo, y sus alforjas —una maleta de viaje con ruedas anclada a la parte trasera, y dos cajas de herramientas incorporadas a los laterales—, toda una declaración de intenciones. Son chapuceros, pero eficientes. Les gusta la compañía, pero no quieren verse obligados a hacer lo que no desean, sobre todo Julián. Estoy seguro de que muy pronto, continuarán el viaje en solitario.

Su perro, el arisco bodeguero Trico, es un pilar fundamental para ellos pese a que es todo un incordio debido al estricto régimen de inmigración de algunos países como Australia, Indonesia o Irán, a donde piensan acceder sin declarar el animal. Sus historias, siempre divertidas y con un toque surrealista, son protagonistas en nuestras largas charlas diarias, y su experiencia y constancia todo un ejemplo para nosotros, recientemente iniciados al vagabundeo.

 

Sábado 27 de junio

 

Basándome en lo poco que conozco de este fantástico planeta, debo decir que la hospitalidad turca no tiene igual. Estoy emocionado por lo que de nuevo hoy ha sucedido.

Estamos en la desconocida y, a priori, poco recomendable ciudad de Erzincan, y de nuevo la magia del viaje hizo su aparición. Esta vez, en forma de un sonido muy familiar para mí, el peculiar claxon del Citroën 2CV.

Todo sucedió muy rápido, en un tramo en que de nuevo Kuku se había subido al coche para hacer kilómetros más cómodamente. Estábamos parados en medio de un caótico cruce de un polígono industrial de las afueras, al que seguramente nunca deberíamos haber llegado, cuando interrumpió la conversación el estridente y reconocible sonido. Rápidamente eché la vista hacia el retrovisor para, en ese preciso instante, ver salir de la nada un impecable Citroën 2CV Charleston con sus característicos tonos en negro y granate.

El vehículo pasó a mi lado sin detenerse mientras el conductor me hacía claras señales de que lo siguiera. No dudé un instante y me lancé a seguirlo con una conducción nerviosa y rápida que nos llevó en un par de minutos hasta un taller mecánico destartalado, donde un grupo de unas diez personas nos esperaba ansioso.

Julián, Lorena, Kuku y yo nos mirábamos sorprendidos. Estábamos atónitos y, antes de que pudiésemos reaccionar, ya disfrutábamos de nuestros correspondientes tés recién hechos mientras un anciano con las ropas llenas de grasa —según pude entender el tío del conductor del Charleston— intentaba averiguar por qué las luces, los limpiaparabrisas y el cuadro de mandos no funcionaban correctamente.

Compartimos aproximadamente una hora con este encantador grupo de fanáticos del 2CV, cuyo taller estaba repleto de fotografías, revistas, maquetas, libros y piezas de recambio relacionadas con la marca y modelo de Naranjito que, impasible, como quien no quiere la cosa, se dejaba hacer muy tranquilo y seguro de sí mismo.

No pudimos intercambiar demasiadas opiniones debido a la gran barrera del idioma, pero lo que sí sé es que salí de allí con unos limpiaparabrisas nuevos, con el problema eléctrico solucionado, con la presión de los neumáticos corregida, con el carburador limpio y con una bandeja de frutas, pastas y galletas tan aparatosa como increíblemente deliciosa.

Cuando llegó el momento de despedirnos, después de agradecerles la ayuda que me habían brindado y de recibir un innumerable número de sinceros abrazos y apretones de mano, les pregunté por los honorarios de aquella hora larga de trabajo y todos al unísono y con un lenguaje de señas rotundo y evidente me respondieron que de ninguna manera aceptarían mi dinero, era un regalo y un placer haberse encontrado conmigo y, sobre todo, con su admirado Naranjito.

 

Es tarde y no sé dónde pasaremos la noche de hoy. Pero no me preocupa en absoluto, estoy en buena compañía y la jornada ha sido sencillamente inolvidable.

 

Jueves 2 de julio

 

Tras pasar un día y una noche en la ciudad kurda de Erzurum, un lugar gris y desordenado que da cobijo a más de trescientas cincuenta mil almas, en la noche de ayer y después de que varios grupos de niños nos arrojasen piedras a lo largo de la carretera, con el consiguiente peligro que esto conlleva para Kuku y su bicicleta, rogamos alojamiento en un recinto privado con restaurante, jardines, gasolinera y personal armado de seguridad, a las afueras de la ciudad de Ağrı. En un principio y ante semejante grupo de piratas, el personal puso cara de póker, pero tras explicarle la situación al hijo del dueño con un café de mi cafetera de por medio y ojos de cordero degollado, aceptaron gustosos a cedernos un trocito de campo.

A este, nuestro nuevo hogar, llegamos tarde debido a las lentas jornadas que realizamos para seguir el ritmo de un muy exigido Kuku y, por culpa de las altas dosis de improvisación que nos acompañan, poco pudimos averiguar sobre la ciudad, los alrededores y sus gentes. A esas horas y debido a la ausencia de luz eléctrica en la zona, poco podíamos hacer. Cenamos una ensalada que preparé gustoso a base de lechuga, pasta, huevo duro, tomate, queso fresco y frutos secos y, tras una merecida ducha de agua caliente y un té negro al calor de la hoguera, nos quedamos profundamente dormidos.

 

Por la mañana, cuando me desperté a causa del sol a eso de las nueve de la mañana, me sorprendió ver que los argentinos ya estaban en pie, recogiendo sus bártulos y vistiendo apresuradamente a su moto, la Porota.

—Vamos a intentar cruzar hoy la frontera —dijo Julián mientras organizaba sus documentos en el interior de una vieja y rota riñonera—. Se aproximan lluvias intensas y eso nos puede ayudar para pasar a Trico sin que lo vean. Cuando llueve siempre es más fácil colársela a esos vagos de las aduanas. No quieren mojarse y se dan prisa por sellar el pasaporte y volver a la garita.

—Me parece una buena idea —contesté fascinado por su realista argumentación—, pero esperad a que se despierte Kuku y así nos hacemos una foto todos juntos. Además, no sabemos qué quiere hacer él. Yo me quedo. Las noticias que nos llegan desde Irán no son buenas. Hay manifestaciones y enfrentamientos constantes tras las últimas elecciones. Prefiero esperar.

 

Tras nuestra corta y seca charla, continué con las tareas de limpieza y organización de Naranjito, y cuando por fin Kuku se levantó, unos veinte minutos después de mi torpe despertar, se sumó a mi decisión asegurando que le parecía demasiado precipitado. En su caso, la lluvia no le beneficia en absoluto, y el temor de que los enfrentamientos entre manifestantes y policía nos juegue una mala pasada, igual que en mi caso, le pareció un argumento todopoderoso.

Cuando llegó el momento del definitivo adiós, brindamos con un café demasiado espeso y nos hicimos la foto de rigor, nos besamos y, por último, prometimos de forma sincera el volvernos a ver lo antes posible. Después, tal y como habían asegurado, se marcharon a toda velocidad con la mirada puesta en el gris horizonte.

El verlos partir, tras la repentina rápida despedida, no me entristeció en absoluto. Todo lo contrario, me alegré por ellos y por su ímpetu. Desde que los conocimos en la ya lejana ciudad de Ankara, sabía que esto sucedería. Se trata de una pareja solitaria que busca emociones fuertes, y cuyo principal motivo para viajar es el recorrer cuantos más kilómetros mejor. Un proyecto muy diferente al mío, con otra velocidad y otro ritmo, pero que, debido a que compartimos el lejano objetivo de llegar a Australia, estoy seguro de que nos volveremos a encontrar tarde o temprano.

 

Miércoles 8 de julio

 

De nuevo, el guionista de esta mal escrita historia ha decidido cebarse con este pobre e inexperto protagonista. Al parecer, la única forma de abrirse paso por estos poco explorados caminos es romperse la crisma cada diez o doce días.

De nuevo estoy solo. Kuku acaba de partir hacia mi supuesto destino, rodeado por un viento imposible y cargado de una arena gruesa que golpea sin piedad el cuerpo y el alma. Un para nada deseado final, que nos descolocó a ambos y que nos entristeció por motivos diferentes: a él por tener que lanzarse a la carretera sin mí, por tener que dejarme atrás; a mí por haber fracasado en mi misión de abrirle paso ante semejante climatología y futuro incierto.

 

Pero es mejor que empiece esta historia por el principio. La fuerte emotividad de la escena hace que me quiera saltar partes del todo necesarias para su comprensión y terminar así, cuanto antes, con el mal trago.

 

El viernes día 3 no supimos nada de Julián y Lorena, por lo que felices celebramos su triunfo ante la tiranía aduanera. Su experiencia y eficiencia quedaban nuevamente demostradas.

Al mismo tiempo, la relación con los trabajadores del complejo donde hemos acampado todos estos días empezó a estrecharse, y puedo decir que personalmente hice muy buenas migas tanto con Murat, el metre, como con el chef Mustafá, al que cariñosamente y para su sorpresa rebauticé como Musta.

Esta nueva e imprevista amistad, hizo que tanto Kuku como yo iniciáramos una improvisada y sosegada etapa de planificación que llevó al de Durango a desmontar a su Txatarrilla, acicalarla centímetro a centímetro, e incluso a encargar a un artesano local la resurrección de las maltrechas ruedas, así como el remiendo de las alforjas. Yo, por mi parte, me dediqué casi en exclusividad a gestionar el envío del carnet de passage, un documento con validez de un año y emitido de forma privada, en el caso de España por el RACE (Real Automóvil Club de España), que te permite la entrada a un gran número de países de todo el mundo, garantizando a los gobiernos que te reciben —por medio de un depósito bancario similar al valor de mercado del vehículo en cuestión— que no vas a vender el coche de contrabando perjudicando así el mercado automovilístico nacional. Lamentablemente, y debido a mi mala preparación y nula investigación previa, hasta cruzarme con los experimentados viajeros argentinos nada sabía yo de este necesario trámite.

Sobre el papel, la obtención de este vital documento era fácil. La productora con la que colaboro en el documental de mi viaje debía mandarme los papeles por correo privado y en un único paquete sin más mercancía que pudiese detener el envío en las aduanas. Pero en el último momento y sin mi consentimiento, para variar, añadieron un pequeño tornillo para el trípode que utilizo para grabar los planos generales y que, como era de esperar, hizo sonar las alarmas en Estambul cuando la pieza metálica fue localizada y considerada una «importación de material técnico». Una categoría sujeta al pago de impuestos.

Pero la llamada que recibí de un funcionario público de forma anónima en las oficinas de la gasolinera no pretendía que pagase dichos impuestos, más bien se me sugirió que si no le pagaba a él y por medio de una tercera persona la insensata cantidad de mil quinientos dólares en efectivo, no volvería a ver ese documento que era de suma importancia para mí.

Por supuesto, enfadado e impotente como estaba tras la cruel llamada, cargué la responsabilidad sobre la empresa gallega y esta, asumiendo su error, me garantizó que solucionarían todo desde España, contratando a un mediador en caso de ser necesario y pagando los impuestos correspondientes por medio de la empresa de mensajería privada que realizó los trámites en origen. Pero pasan los días y no hay noticias alentadoras. La situación no mejora y el aduanero anónimo empieza a impacientarse debido a que ya no respondo a sus amenazantes y maleducadas llamadas.

 

Visto lo visto, es de halagar que Kuku haya compartido mi espera durante todo este tiempo, apoyándome y animándome cuando me acomodaba en un pozo sin fondo. Cuando perdía toda esperanza. Pero él, como viajero solitario que siempre ha sido, debe seguir su propio camino, pedaleando constante hasta su próxima meta: la ansiada India. De esta forma, mi nuevo amigo y encantador compañero no pudo esperar más, y esta mañana, como ya he dicho, inició su lenta conquista de Persia, provocando en mí, esta vez sí, un profundo sentimiento de tristeza. Un sentir que se ve inflado debido a las desalentadoras noticias que nos llegan desde el otro lado de la frontera, donde se comienza a hablar de una futura y próxima revolución contra Alí Jamenei y su consejo de supuestos sabios, a quienes acusan de haber consentido y apoyado el fraude en las elecciones presidenciales.

Pero esa no es todavía mi batalla. Tampoco mi guerra. El frente, las trincheras en este caso, siguen para mí en este agujero que es la ciudad de Ağrı, un esperpéntico y decadente lugar donde la policía se mueve en compactos escuadrones armados hasta los dientes, y custodiados por un agresivo carro blindado; una población donde —ahora ya lo sé— el brazo armado de los kurdos, el PKK, considerados terroristas por el gobierno central, campa a sus anchas controlando gran parte del territorio. Una indigesta localidad donde, ahora que se fue Kuku, tengo prohibido ir si no me acompañan en todo momento el infantil e impredecible Murat, su cuchillo o su pistola.

 

 

Hace ya varias horas que dejé de escribir en el diario, y ahora lo retomo con la sensación de que lo había dejado a medias. Y lo hago no para continuar con la anterior narración, sino para dejar plasmada una idea que desde hace unos minutos ronda mi cabeza. Creo que ya sé por qué compré este diario y por qué por primera vez en mi vida, en mi viaje, gasto parte del tiempo y la energía en contar a alguien, todavía no sé a quién, las aventuras y desventuras de este navío tan mal tripulado: lo cierto es que tengo miedo a estar solo o, mejor dicho, tengo pánico a sentirme solo. Siempre he estado acompañado y no sé cómo enfrentarme a ello. Esta es la única verdad. No comencé a escribir como respuesta romántica a un viaje en solitario que se antojaba apasionante. No. Más bien lo hice por el mero hecho de hablar con alguien, de apoyarme en algo, aunque sea a través de la palabra escrita cuya respuesta nunca llega.

En cualquier caso, el diario está cumpliendo su objetivo de mantenerme vivo en esta difícil empresa que es intentar conquistar un sueño.

Una buena idea entre muchas malas, me temo.

 

Viernes 10 de julio

 

La vida en la gasolinera pasa despacio desde que soy el único viajero acampado. Ahora que me he mudado a la sala de plegarias situada bajo el comedor para que puedan organizar en el jardín un banquete de boda cercano, los días comienzan al amanecer, cuando algún conductor de paso y atraído por la llamada a la oración, se arrodilla a mi lado mirando a la fotografía de La Meca y realiza, casi por inercia, la serie de movimientos que algún día le ayudarán a ganarse el cielo y que por el momento le garantizan, de tanto golpear la alfombra, un horrible callo en mitad de la frente que, según su tamaño y color, me ayuda a identificar a los más devotos de los menos en una sociedad donde el islam es el pilar fundamental de la vida social y familiar.

En cualquier caso, es muy interesante comprobar cómo ningún hombre —las mujeres intuyo que rezarán en una sala más alejada y privada— se altera lo más mínimo al verme durmiendo en un lugar de tanta importancia para la vida local. Entran en la sala, me miran, los miro, sonríen, sonrío y, cuando termina la función, me invitan a un té recién hecho de manera que nuestra íntima y prematura relación queda sellada para siempre en un acto tan encantador como surrealista con el que, de nuevo, me meto en mi saco y, medio dormido, espero al siguiente fiel junto con su correspondiente chai.

Así, entre rezo y rezo, dejo pasar el tiempo hasta aproximadamente las ocho, hora en que me viene a buscar Musta y, juntos, tras asearme y desprenderme de la pereza, desayunamos en el todavía cerrado restaurante, ocasión que aprovecha mi anfitrión para, con un inglés tan rústico como eficiente, siempre orgulloso, darme lecciones de historia sobre el pueblo kurdo y su constante lucha por un territorio propio. Un difícil objetivo que viene de lejos y que, en la actualidad, gracias a la polémica colaboración estadounidense tras la muerte de Saddam Hussein, únicamente han conseguido en el inestable norte de Iraq. Su principal bastión y su gran esperanza.

 

El resto del día, y hablando en plata, lo ocupo en no morirme de impaciencia. A primera hora suelo acompañar a Murat a la ciudad, donde es imposible pasar desapercibido y donde tan solo los gritos desesperados de mi fiel guardaespaldas consiguen espantar a los malencarados niños de la calle, menores sin un hogar conocido y dedicados a la delincuencia que sueñan con cruzarse, al menos una vez en la vida, con un despistado turista como yo. En estos largos paseos, hacemos las compras del día, visitamos a unos cuantos familiares de Murat ante los que me muestra como si de un trofeo de caza se tratase, y volvemos a la gasolinera después de comprobar, en un oscuro y turbio locutorio con internet, que no hay novedades sobre el secuestro de mi carnet de passage en Estambul.

A la vuelta, termina la guardia de Murat y comienza la de Asharam, el más joven y geniudo de los hijos de Musta, y la personita culpable de que todavía no me haya rendido ante la apatía. Juntos, nos dedicamos a pasear por los aledaños del complejo en busca de serpientes y otros reptiles que mi joven amigo controla con suma elegancia mediante un palo tallado, a pintar en sendos cuadernos de dibujo, a cantarnos en lenguas extrañas, a discutir sobre dónde deben ir los carteles publicitarios con los nuevos menús del día, o a jugar al fútbol con Murat y los hijos del propietario, entre los relucientes surtidores de combustible a balonazo limpio.

Una vez su padre sale de las cocinas para su descanso de media tarde, nos vamos hasta su casa, construida con adobe y bloques de ladrillo visto a unos cien metros del lugar de trabajo, para hacer una puntual visita a su mujer e hijas que, siempre expectantes en una habitación contigua, entre risas nerviosas y mucho alboroto, nos ofrecen galletas para acompañar cada nuevo té.

Cuando se va el sol, cambian los actores y llega la locura. Musta se va a casa tras una larga jornada de más de doce horas y Murat saca el raki, una muy mal vista bebida alcohólica de altísima graduación y que tanto a él como a sus amigos les hace perder la cabeza, hasta el punto de disparar al aire entre risas y gritos en contra del estado opresor. Situación esta que me indica cuando irme a dormir y que en otro contexto cualquiera podría parecer extrema y peligrosa pero que, en medio del Kurdistán turco, rodeado de extremistas y libertadores, según se mire, es el pan de cada día de un pueblo que lucha por hacerse un hueco en los apretados y mal gestionados mapas políticos del planeta. Una realidad a la que, hasta yo, he podido acostumbrarme.

 

Domingo 12 de julio

 

Hace un par de horas que llegué a Tbilisi, la capital de Georgia. Desde la cocina de una céntrica guest house con la que me tropecé, mientras espero a que esté lista la litera donde voy a pasar la noche de hoy, me relajo tras dos frenéticos días de conducción y un buen número de novedades que ahora trataré de resumir.

 

Todo comenzó con mi visita de ayer, tras el ya descrito y puntual desayuno con Musta, al locutorio de Ağrı para revisar las posibles novedades llegadas desde España en lo referente al sabotaje aduanero. Por supuesto, y como era de esperar, no había buenas noticias al respecto. Lo que sí me esperaba en el buzón de entrada del correo electrónico era un mensaje de María Valencia, una viajera vasca con la que coincidí meses atrás en la costa sur de Turquía y que me describía, eufórica, las maravillas con las que se había topado en la vecina Georgia.

El mensaje estaba tan lleno de emoción y se leía tan feliz, que me apresuré a hacer cálculos y, tras descubrir que tan solo me separaban unos trescientos ochenta kilómetros de la frontera, no tardé en tomar la firme decisión de salir a su encuentro.

Cuando Murat y yo volvimos a la gasolinera, tras realizar las pertinentes compras del día, mi repentina decisión sorprendió —y me atrevería a decir que en cierta medida también decepcionó— a unos nuevos amigos con los que ya me unía una estrecha relación y que, sin embargo, entendiendo que debía de poner tierra de por medio, me ayudaron a recoger todas mis pertenencias para en un abrir y cerrar de ojos verme partir mientras juntos entonaban, puño en alto, lo que claramente era una canción protesta y que me regaló las fuerzas necesarias para enfrentarme a uno de los tramos de carretera más cansados y sufridos de lo que va de aventura.

Salí de Ağrı bajo un sol abrasador, esquivé a los diabólicos niños de la calle que de nuevo me arrojaron piedras, y encaré la carretera E80 que no tardó en llevarme a la ciudad de Horasan. Giré a la derecha en la carretera de circunvalación y, sin detenerme, me precipité sobre la congestionada E691 que, tras horas de ininterrumpida conducción de montaña, me llevó a Kars, Susuz y, más tarde, a la pequeña localidad de Posof, donde pasé la noche en los terrenos de una pequeña tienda de carretera en la que, tras comprar dos botellas de agua mineral y algo de fruta, entablé conversación con el propietario.

El simpático anciano, vestido con un elegante e infinito bigote, me contó una entretenida historia sobre el imponente monte que se levantaba frente a nosotros, el siempre nevado Ararat.

—Esa gran cumbre que destaca en el horizonte —comenzó diciendo de forma muy pausada— es el Büyük Ağrı, el pico más alto de Turquía con más de cinco mil metros. Pero no hace tanto pertenecía a Armenia, siendo además su mayor símbolo como nación. —Hizo un parón para sorber té—. En cualquier caso, no es esa la historia que te quiero contar, sino una mucho más antigua y que, como cristiano que eres, estoy seguro sabrás apreciar.

Se refería a la creencia cristiana de que los restos del arca de Noé, tras el gran diluvio, se posaron sobre esta sagrada montaña, y sobre ello estuvimos hablando durante horas. Yo le hacía preguntas que surgían de su adornada narración y que él, al no ser capaz de responder, capeaba de forma soberbia cambiando el término de la conversación a su antojo. Estaba destrozado por el largo camino recorrido tras tantos días de parón y aun así me resultaba imposible retirarle la atención. Tan solo cuando se acabó el té dimos por terminada la tertulia y nos despedimos prometiendo que nos veríamos a la mañana siguiente, antes de mi partida.

Pero debido a los nervios que siempre me han producido las fronteras, a mi poca experiencia fuera de la Comunidad Europea y, sobre todo, a la gran cantidad de té que había ingerido a lo largo del día, me fue totalmente imposible conciliar el sueño. Y así, en vela y sin dejar de preguntarme cómo sería Georgia, su frontera y sus gentes, el sol decidió volver a salir impregnándolo todo de un tinte anaranjado casi azul que convirtió el escenario, con el monte Ararat al fondo, imponente, en una de las postales más impresionantemente bellas que jamás haya visto. Seducido por el romanticismo del momento, hice un café bien cargado, recogí la tienda y, tras comprobar que no había luz en la casa del tendero, decidí partir sin decir adiós, incumpliendo mi promesa.

 

La aduana entre Turquía y Georgia no tiene muy buena prensa entre los viajeros. En los foros especializados abundan las historias de vehículos confiscados, multas astronómicas y absurdas retenciones que se fundamentan, sobre todo, en la mala relación histórica entre ambas naciones y en la crispada situación tras las recientes invasiones por parte de la superpotencia rusa.

Con estos antecedentes ocupando mis pensamientos, me presenté en la frontera, nervioso y asustado, para descubrir que cada viaje es un mundo y que la experiencia de otros no es, ni mucho menos, una ciencia exacta que deba condicionar mi presente. Para mi sorpresa y contra todo pronóstico, salió todo a las mil maravillas.

En la atareada aduana turca todo rápido y cordial. Muy eficiente y tranquilo, hasta el punto de que me atrevería a decir que la encargada de sellar los pasaportes, una joven llegada de Estambul y que rondaba la treintena, coqueteó conmigo insinuando incluso que yo viajaba solo y que ella terminaba su turno en menos de quince minutos. Una sincera declaración de intenciones que provocó la risa de todos los presentes y que facilitó aún más mi rápido abandono de la república.

En la parte georgiana, y de nuevo contra todo pronóstico, un cachondeo total y absoluto que se inició con un espontáneo y fraternal abrazo del oficial al cargo mientras, teléfono móvil en mano, me disparaba sin compasión una foto tras otra y me preguntaba todo tipo de cuestiones técnicas y prácticas sobre Naranjito, el principal protagonista de tan teatral escena.

Cuando el interrogatorio sobre mi viejo compañero concluyó, el mismo oficial, haciendo alarde de su poder en la zona y debido, por supuesto, a nuestra grandísima amistad, decidió que yo no debía unirme a la larga cola de vehículos que esperaban a ser inspeccionados en el hangar y me abrió paso por uno de los laterales del barracón hasta que, por fin, crucé la alambrada y me vi libre de conducir a mi antojo por un nuevo territorio, esta vez unido al pasado de la antigua Unión Soviética.

 

Del resto del viaje tan solo me gustaría comentar un par de detalles de forma rápida y así proceder cuanto antes a la más que merecida ducha de agua caliente que me espera en los baños compartidos del final del pasillo. La primera, es la caótica y muy peligrosa conducción que reina en el país, a causa de las viejas y deformes carreteras y al poco valor que tienen las normas de circulación en lo que llevo de territorio. La segunda, otro error de orientación que esta vez a punto estuvo de costarme un disgusto cuando a mi paso por la ciudad de Kareli seguí mal las indicaciones —escritas en alfabeto georgiano— y acabé dándome de frente con un fuerte dispositivo militar que me cortó el paso, y que de manera muy gráfica, cruzando los brazos en el aire y mostrando sus rifles de asalto, me hizo entender que me dirigía a Osetia del Sur, la reciente zona invadida por Rusia, y donde se dispara a todo aquel que se acerca sin antes preguntar las razones para semejante atrevimiento. Un error de novato que se saldó con unas cuantas fotos de los militares más jóvenes junto a Naranjito y con una servilleta garabateada con la ruta más corta hacia la capital del país, Tbilisi.

 

Por último, he de mencionar que he escrito un e-mail a María informándola de que estoy en Tbilisi y de que me gustaría verla. Espero que siga por la zona y que pueda acudir a la cita que le propongo para mañana a mediodía, como no podía ser de otra manera, en la popular plaza de Saint George, bajo la espectacular estatua dorada de San Jorge matando al dragón.

 

Lunes 13 de julio

 

Finalmente, María acudió a la cita de esta mañana en el centro de Tbilisi. Fue genial ver su expresiva reacción al percatarse de que Naranjito se encontraba también allí, esperándola a ella, mientras una gran multitud de curiosos se agolpaban a nuestro alrededor disparando preguntas y flashes.

El encontrarme con ella, con una cara conocida por fin, cambió mi estado de ánimo e hizo que, por un rato, mientras disfrutaba de mi primer jachapuri ayariano —un plato a base de pan, queso curado y huevo crudo muy popular—, me olvidase de los problemas arrastrados desde la gasolinera de Ağrı, y que tanto me han agriado el carácter las últimas semanas.

María es una persona muy especial, salta a la vista. Siempre riendo, llena de energía y de antemano dispuesta a meterse en un buen lío. Uno de esos viajeros con los que me he topado en la carretera y con los que, al cabo de conversación y media, ya me unía una gran y sincera amistad.