Hamburgo en las barricadas - Larisa Reisner - E-Book

Hamburgo en las barricadas E-Book

Larisa Reisner

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Beschreibung

El presente título reúne tres obras de una escritora y activista que incluso para su época resulta subversiva y revolucionaria. Comprometida siempre con las causas de la población más vulnerable en la que veía la chispa que iniciaría el cambio, Larisa narra en Hamburgo en las barricadas; Berlín, octubre 1923 y En el país de Hindenburg el creciente fuego que movilizó a miles de obreros a luchar por una mejora social. Brindándonos un cuadro que ilustra perfectamente la lucha en las barricadas, Larisa también busca plasmar la miserable forma de vida de gran parte de estas personas. Son estos fi nos escritos los que le valieron por un tiempo la censura alemana.

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Seitenzahl: 350

Veröffentlichungsjahr: 2020

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COLECCIÓN POPULAR

751

HAMBURGO EN LAS BARRICADAS

Traducción ISABEL VERICAT

LARISA REISNER

Hamburgo en las barricadas

Y otros escritos sobre la Alemania de Weimar

Edición de RICHARD CHAPPELL

Primera edición FCE, 2019 [Primera edición en libro electrónico, 2020]

Título en idioma original: Hamburg at the Barricades

Diseño de portada: Rafael López Castro y Guillermo López Wirth

D. R. © 2019, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios: [email protected] Tel. 55-5227-4672

D. R. © 2019, Universidad Iberoamericana, A. C. Prol. Paseo de la Reforma, 880; Lomas de Santa Fe; 01219 Ciudad de México

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-6625-3 (ePub)ISBN 978-607-16-6492-1 (rústico)

Hecho en México - Made in Mexico

ÍNDICE

Nota a la edición inglesa

BERLÍN, OCTUBRE 1923

En el Reichstag

Los hijos de los obreros

Una familia obrera próspera

9 de noviembre en un barrio de clase obrera

HAMBURGO EN LAS BARRICADAS

Hamburgo

Barmbeck

Schiffbek

Retratos

Un parUna casa propia y el levantamientoEl siglo XVIII, la alegría de vivir y el levantamiento

Sobre Schiffbek de nuevo

Hamm

Posdata: los mencheviques alemanes después del levantamiento

EN EL PAÍS DE HINDENBURG

Prefacio a la edición alemana

Krupp y essen

Un campo de concentración de la pobreza

Las barracas y la esposa de un remendón

Frau Fritzke

Una cruz de hierro

Pantuflas

Él es comunista y ella católica

En el Ruhr. Bajo tierra

Ullstein

Junkers

Leche

APÉNDICE

Larisa Reisner, Karl Rádek

Una muerte sumamente absurda, Viktor Sklovski

En memoria de Reisner, Borís Pasternak

En memoria de Larisa Reisner, Lev Sosnovski

Hombres y máquinas, por Larisa Reisner, José Carlos Mariátegui

En memoria de Georg Jungclas (1902-1975), internacionalista revolucionario durante sesenta años

RICHARD CHAPPELL

NOTA A LA EDICIÓN INGLESA

FUENTES

Berlín, octubre 1923 (Berlín v oktyabre 1923 goda) fue publicado por primera vez por la MOPR (Organización Internacional para la Ayuda de los Combatientes Revolucionarios), en Moscú, en 1924, como apéndice a Hamburgo en las barricadas.

Hamburgo en las barricadas (Gamburg na barrikádaj) se imprimió por primera vez en la revista Novaia Zhizn núm. 1, 1924, aunque sin el último capítulo. Aparecieron extractos en Izvestia, núm. 40, 1924 (titulados “Hamburgo, ciudad libre”) y en Molodoi Leninets, 25 y 29 de octubre de 1924 (con el título “Barmbeck en lucha”). Salió por primera vez en forma de libro publicado por la editorial Noraia Moskva en 1924 y reimpreso por la MOPR en 1925 (en la edición a la que nos hemos referido supra). Más tarde se publicaron otros extractos en Molodoi Leninets; 27 de febrero de 1926 (con el título “Hamm”) y en el libro En las batallas por el octubre mundial publicado en Moscú en 1932 (bajo el título “Elfriede de Schiffbek”). En 1926, en los estudios VUFKU, se filmó una película basada en el libro con guión de S. Schreiber y Y. Yanovsky, dirigida por Ballyuzek. Molodaia Gvardiia publicó otra edición en 1932.

Los apuntes que constituyen En el país de Hindenburg se publicaron por primera vez en Izvestia, núms. 185, 187, 194, 201 y 227, en 1925. Esta serie no incluía “Frau Fritzke”, “Pantuflas” ni “Él es comunista y ella católica”, que aparecieron por primera vez en la versión en libro titulada En el país de Hindenburg: apuntes sobre la Alemania contemporánea (V strane Gindenburga: ocherki sovremennoi Germanii), publicada por Pravda, Moscú, 1926. Esta edición no incluía “En el Ruhr. Bajo tierra”.

“Leche” se publicó por primera vez en el periódico Gudok, núm. 258, 1925.

Todos estos trabajos se han reimpreso en diversas recopilaciones de los escritos de Larisa Reisner publicadas en la URSS, a saber, Sobranie Sochinenii (en dos volúmenes, aunque dista mucho de ser una edición completa) en 1928, Izbrannye Proizvedeniia en 1958 e Izbrannoe en 1965. En las últimas dos ediciones se omitió “Junkers”. En las dos ediciones de la posguerra se eliminó un corto párrafo en “Krupp y Essen” que se refiere a la labor diplomática de Karajan en China.

Neue Deutsche Verlag de Berlín publicó en 1925 una traducción al alemán de Hamburgo en las barricadas (Hamburg auf den Barrikaden: Erlebtes und Erhörtes aus dem Hamburger Aufstand 1923) sin incluir el último capítulo. En 1926, la misma editorial publicó una recopilación de los trabajos de la autora titulada Oktober, traducida por Eduard Scheimann. En ella se incluían las notas de Hindenburg con excepción de “En el Ruhr. Bajo tierra” y “Él es comunista y ella católica”, con un prefacio especial a En el país de Hindenburg subtitulado “Un viaje a través de la República Alemana en 1924”. Oktober se reeditó en 1930 con alguna ligera variación del orden de los artículos. Dietz de Berlín publicó, en 1960, otra recopilación traducida al alemán que incluía también los apuntes sobre Berlín y Hamburgo.

La bibliografía más detallada de las obras de Larisa Reisner, a pesar de estar incompleta, incluye artículos de crítica sobre ella y se encuentra en Russkie Sovetskie Pisateli: Prozaiki, volumen 7, segunda parte, Moscú, 1972, pp. 65-83.

Los textos que se han utilizado para la presente edición son los siguientes:

Berlín, octubre 1923 en Izbrannoe, 1965.

Hamburgo en las barricadas (excepto “Los mencheviques alemanes después del levantamiento”) en Zhizn, 1924.

“Los mencheviques alemanes después del levantamiento” en Izbrannoe, 1965.

En el país de Hindenburg, prefacio a la edición alemana; Octubre 1926; “Krupp y Essen”, “Las barracas y la esposa de un remendón”, “Una cruz de hierro”, “En el Ruhr. Bajo tierra”, “Ullstein” y “Junkers”, en Izvestia, 1925; “Frau Fritzke”, “Pantuflas” y “Él es comunista y ella católica” en Sobranie Sochinenii, 1928; “Leche” en Izbrannoe, 1965.

“Larisa Reisner” de Karl Rádek, prefacio a Sobranie Sochinenii de Larisa Reisner, Moscú, 1928.

“Una muerte sumamente absurda” de Viktor Sklovski, Gamburgskii Schet, Moscú, 1928.

“En memoria de Reisner”, de Borís Pasternak, Stijotvorenie i Poemy, Moscú, 1965.

“En memoria de Larisa Reisner” de Lev Sosnovski, Lyudi Nashego Vremeni, Moscú, 1927.

“Hombres y máquinas, por Larisa Reisner” de José Carlos Mariátegui en Obras completas, ed. Amauta, Lima, 1959-1972, t. 7, pp. 100-104. Comentario a la traducción al español de En el país de Hindenburg aparecido en 1929 como Hombres y máquinas en la editorial Cenit de Madrid.

IDENTIDADES ENHAMBURGO EN LAS BARRICADAS

Rádek, en el artículo que se publica en el “Apéndice” de este volumen, relata las peculiares circunstancias en las que se escribió Hamburgo en las barricadas. Debido a la persecución policiaca de los comunistas e insurgentes, Larisa protegió la identidad de la mayoría de los participantes a los que se refiere en sus escritos, mencionándolos únicamente por las iniciales de sus nombres. La primera edición alemana, en la que se utiliza solamente la X o “un camarada” para denotar individualmente a los combatientes, era incluso menos específica. Se omitieron también de esa edición, presumiblemente por razones de seguridad, las anécdotas personales de K. y la escena de la tregua en una taberna de Barmbeck.

De los tres hombres que componían el Estado Mayor efectivo de Barmbeck, T., C. y Kb., sólo se identifica a T. como Ernst Thälmann en posteriores ediciones soviéticas. Ruth Fischer en su obra Stalin y el comunismo alemán (Nueva York, 1948) menciona como líder del ataque frustrado a la delegación de policía de Von-Essen Strasse a Hans Botzenhardt; el hombre al que Larisa se refiere como C. Kb. podría ser Hans Kippenberger, jefe de la organización militar del Partido Comunista en Hamburgo, y el relato que hace Kippenberger del ataque a la delegación de policía de Von-Essen Strasse y del curso de los acontecimientos durante el levantamiento (véase A. Neuberg: La insurrección armada) nos sugiere que Kippenberger podría haber sido el líder no mencionado con quien, según nos dice Rádek, Larisa revisó su material de regreso a Moscú, a principios de 1924. Kippenberger se había refugiado en esta ciudad y escribió su relato en mayo de ese mismo año.

La figura principal del levantamiento en Schiffbek fue, según un relato posterior, Fiete Schulze; posiblemente es a él a quien Larisa se refiere como S.

Las memorias de Richard Kres (Jan Valtin, Rompiendo la noche) desafortunadamente no aclaran la identidad de ninguna de estas figuras. Las otras memorias publicadas de un insurgente (W. Zeutschel, Im Dienst der Kommunistische Terror-organisation, Berlín, 1931) están, según Ruth Fischer, excesivamente noveladas y son poco confiables en los detalles, aunque su autor, efectivamente, tomó parte en el asalto a Von-Essen Strasse bajo el alias de Burmeister.

Otros trabajos eruditos más recientes resultan de poca utilidad. La monografía de Heinz Habedank, Zur Geschichte des Hamburger Aufstandes 1923 (Berlín, 1958), se concentra en el papel supuestamente decisivo de Thälmann y también de Stalin (sic), pero no menciona ni una sola vez la participación de Kippenberger y mucho menos la de cualquier otro individuo en concreto. Werner T. Angress en su obra Stillborn Revolution (Princeton, 1963) está exclusivamente interesado en averiguar cómo llegó a darse la orden del levantamiento. Declara también, incorrectamente, que Larisa Reisner fue testigo presencial de los hechos.

Como antídoto a las notas a pie de página invariablemente inexactas y trilladas, que la vida y la obra de Larisa han provocado en el material disponible sobre los albores de la historia y la literatura soviéticas, publicamos, como apéndice a la primera edición inglesa de sus escritos, una selección de algunas apreciaciones más respetuosas hechas por prestigiosos amigos y contemporáneos.

En 1937 el poeta Ósip Mandelstam observó que Larisa tuvo la suerte de haber muerto a tiempo; para entonces, como él lo expresaba, todas las personas del círculo de Larisa habían sido “destruidas al por mayor”. En su funeral, el 11 de febrero de 1926, cargaron el ataúd Rádek, Borís Volin, Enukidze, Lashevich, I. N. Smirnov y Pilnyak. Cuatro de ellos fueron asesinados por la burocracia de Stalin unos diez años después, en tanto que Lashevich, como Larisa, “murió a tiempo”. Hermann Remmele, el líder comunista al que se refiere Larisa en Berlín, octubre 1923, Lev Sosnovski, escritor, autor de la apreciación final incluida en este volumen, y Karajan, el enviado soviético en China, al que se alude en “Krupp y Essen”, fueron también asesinados en esta matanza. Y cuando Hans Kippenberger se apeaba del tren en Moscú, en 1936, fue arrestado acusado de “agente del Reichswehr” y ejecutado.

Quisiera hacer constar mi agradecimiento a las siguientes personas, las cuales, en formas diversas, me han prestado su valiosa ayuda, consejo y estímulo en la producción de este libro: John Archer, Patrick Goode, Colin Ham, Iwan Majstrenko, David Zane Mairowitz, Herman Müller, Ann Pasternak Slater, Anthony van der Poorten y Anita Wisniewska.

Debo también reconocer, con gran pesar personal, la colaboración insustituible prestada a éste y otros trabajos anteriores por mi madre, Winifred L. Chappell, cuya inesperada muerte me sorprendió en la etapa final de preparación de este libro. A lo largo de los años aportó de buena gana la mente de una lingüista inusitadamente versátil y dedicada maestra para resolver sutiles problemas de traducción, aunque haciendo siempre sus sugerencias con la gran prudencia y modestia que le eran tan naturales.

Permítaseme aprovechar la ocasión para expresar mi aprecio por el modo cortés y servicial con que respondió a mis ruegos y preguntas el personal de la biblioteca de la Escuela de Estudios Eslavos y Europeos-orientales de Londres y de la Biblioteca Británica.

RICHARD CHAPPELL

BERLÍN, OCTUBRE 1923

EN EL REICHSTAG

¡QUÉ PARLAMENTO! Si hay algo en él que pueda infundir respeto, deben de ser únicamente las enormes botas de mármol de Guillermo I irguiéndose en medio del vestíbulo. El viejo soldado, al que con tantas dificultades se le arrancó una constitución en su época, está ahí, de pie, con una mirada desaprobatoria, esperando el momento en que se le permita echar de esa mansión a las manadas parlanchinas de diputados. Los miembros del Parlamento pululan tranquilamente alrededor de sus famosas y pesadas botas, paseándose individualmente y en parejas, exactamente igual que las muchachas en el bulevar. De vez en cuando, a estas multitudes despreocupadas las interrumpe un anciano funcionario que guía a unos cuantos jóvenes con gruesos calcetines de lana y botas de suela claveteada que llegan, sudando por este acto de homenaje, a ver la Cámara del pueblo alemán. Alzando sus gorras escolares, clavan servil y turbadamente su mirada en los dorados ombligos de las doncellas de roble que soportan el techo, en los torrentes de levitas y en esos viejos lacayos tan meritorios que representan, al igual que un encumbrado personaje escribiendo sus memorias, a los únicos portadores de las viejas tradiciones parlamentarias. ¡Ay, ni rastros ni apariencias de la antigua grandeza! Ni una sola figura importante que pueda atraer siquiera el odio respetuoso de todos los partidos. Ni un solo hombre que se distinga por su integridad personal o por tener tras él unas cuantas décadas de juego político sin mácula. Cuando el viejo Bebel cruzaba este vestíbulo, sus enemigos se levantaban y hasta los intransigentes junkers prusianos se alzaban torpemente de sus apoltronados sillones rindiendo así homenaje a su nombre sin tacha; hoy, nadie, ni un solo rostro, ni un solo nombre. Allí, en medio de la nube del humo del tabaco, está el insignificante perfil de Levi, un rostro gris y reservado, que se ha ido adiestrando para resistir sin maquillaje teatral la curiosidad de las personas que lo escudriñan pensando para sí en la traición que cometió. Todo pertenece al pasado; miembros de previos ministerios convulsionados por el malestar público, hombres de Estado eructando, personajes del ayer que conservarán para siempre las manchas de una suciedad indeleble en las colas de sus indumentarias de diputados.

En términos generales, es fácil seleccionar entre la multitud varios tipos básicos de la fauna parlamentaria. En primer lugar, están los que ya han sido utilizados, ocupando cargos ministeriales y arreglándoselas para inscribir sus oscuros nombres en algún documento internacional o en una de las lacrimosas súplicas dirigidas a la Entente. Aquí están los socialistas, famosos por disparar a los obreros, miembros del gabinete que asumió la responsabilidad de expoliar las reservas de oro de la República Alemana; en resumen, nombres que corren de boca en boca.

Todo jugador asiduo conoce perfectamente el dibujo del reverso de los naipes. Cuando se esté formando un gabinete, la mano de un gran tahúr nunca más escogerá estas cartas, así como tampoco volverá a extender sobre la mesa grandes coaliciones. La carta que ya se ha tomado una vez de la baza de un jugador y se le ha arrojado a la cara, una carta gastada y maltratada, continúa sobreviviendo en los escaños traseros. Pero ya pasaron sus grandes momentos. Esparcido por la alfombra roja del Reichstag, hay un extenso surtido de estos naipes descartados. Continúan votando, pero los jóvenes entusiastas que aún no han perdido su virginidad política se adelantan en pos de los honores políticos. A espaldas de los viejos bucaneros que transitan por allí, recuerdan con envidia y veneración las sumas de dinero que aquéllos recibieron; sus imaginativas traiciones y deslumbrantes escándalos. Una galería de fisonomías ignominiosas y ajadas que, no obstante, alcanzaron a beber un sorbo en la copa del dulce poder a su debido tiempo. Ellos, indigentes entre los indigentes, se pasean sin ningún sentido del pudor. Entre estas glorias pasadas, los más móviles, estúpidos y persistentes se reúnen en enjambres: son los gobernantes del mañana. Toda una bandada zumba y se arremolina alrededor de Breitscheid, a quien rodea la flor de sus partidarios políticos. Zumban muy levemente como mercaderes negros, pero en su gran mayoría melifluos, fragantes y comedidos. También aquí el orgullo y ornato del Reichstag pastorea: casi su único corresponsal político mujer, un negro y diminuto engendro envuelto en la hoja de un pequeño boletín cambiario. Los de derecha se pasean como en el hipódromo. Polainas blancas, brillantes espejuelos dorados bajo sus arqueadas cejas y el triángulo de un pañuelo en el pecho. A mitad de su buffet, completamente separado del comedor, el partido demócrata se pasea arriba y abajo como si estuvieran en un salón donde no se corre el riesgo de encontrar nada innoble. No obstante, justo al lado de las aristocráticas, envaradas, horribles y arrogantes damas genuinamente prusianas que tienen la costumbre de tomar su té de las cinco entre el tufo del chismorreo político, tropezándose con sus abrigos de pieles y arrastrando colas marchitas como viejas lagartijas, también deambulan los rechonchos patriotas banqueros e industriales, tan gordos y locuaces que las páginas del negro Boletín del Cruzado, que asoma por los bolsillos de los diputados de derecha, les impiden pasar. Éstos son ahora, ay, los que tienen las bolsas del dinero y los almuerzos con los que se atiborran en los intervalos de las sesiones, son más copiosos, nutritivos y caros que los que alimentan a los junkers de raza.

En las mesas del Partido Socialdemócrata hay salchichas, café y ansiedad. Todas las entradas y salidas del Reichstag han sido acordonadas. La policía agarra por el pescuezo a los transeúntes; en las puertas están los lacayos más antiguos, eunucos del harén político, quienes, conociendo la cara de cada una de las esposas legales y cada una de las concubinas favoritas, revisan con sus propias manos y permiten el paso a los representantes del pueblo. En el interior, junto al quiosco de periódicos, hay un tipo robusto y jovial, el jefe de la policía de Berlín, que clava una mirada claramente escrutadora en el rostro de todos los diputados, tratando de detectar el elemento criminal. Los señores delegados fingen un rostro franco y honesto y pasan rápidamente ante él, dirigiéndose a sus asuntos. Aun así, a pesar de todas las precauciones, los comunistas armarán de repente algún escándalo. Un miedo —pánico— completamente absurdo de que Remmele irrumpa de repente, provoque un altercado, lance una bomba de humo y haga estallar todo el Reichstag. El nombre de Remmele se repite como una obsesión. Se espera su aparición como un disparo en un teatro. Se mastica, se traga, se eructa y se engulle de nuevo. Pero si este Remmele apareciera ahora con sólo una bocina de gramófono o si el sargento de piedra tosiera desde su pedestal de mármol, este Parlamento se dispersaría vergonzosamente. El general Seeckt también lo sabe y, por lo tanto, de momento no hace el clásico movimiento de rodilla, gesto descrito por Voltaire con maravillosa vivacidad en Candide, ou l’Optimisme.

El juego parlamentario no guarda relación alguna con el destino de Alemania y su revolución. La historia, como las enormes estatuas que se yerguen junto a la fuente frente al Reichstag, hace mucho que le ha volteado su espalda de hierro.

Y así conspiran, regatean y luchan por el poder.

Por el poder. ¿Se ríe usted, general Seeckt? ¿O no? Hace mucho que el poder ha abandonado esta encumbrada mansión; pero los incansables, implacables e indestructibles enjambres de filisteos politiqueros todavía se reúnen, como moscas, alrededor de las grasientas huellas que dejaron las manos sucias de diputados anteriores sobre las páginas de la constitución. Ha quedado una tira de papel negra, retorcida, rechazada que, aun así, ellos siguen embarrando, arrastrándose sobre ella y zumbando a su alrededor…

La Cámara de debates. Alguien habla. Estallan carcajadas. Le contestan de la derecha. Risas prolongadas y jubilosas. Gritos de la izquierda. Risas cínicas y huecas. Es la apertura del Reichstag alemán, su gran día.

LOS HIJOS DE LOS OBREROS

BERLÍN se muere de hambre. En las calles, todos los días se recoge a gente que cae desmayada de agotamiento en los tranvías y en las colas. Conductores muertos de hambre conducen los tranvías, maquinistas muertos de hambre aceleran los trenes a lo largo de los corredores infernales del metro, hombres muertos de hambre salen a trabajar o vagan desocupados, sin rumbo, días y noches, por los parques y las zonas periféricas de la ciudad.

El hambre se agarra en los autobuses, cierra los ojos en la escalera de espiral que lleva al piso superior del transporte mientras los anuncios, la desolación y las bocinas de los coches pasan tambaleándose como borrachos. El hambre monta guardia en los mostradores majestuosos de Wertheim y recibe veinte mil millones por semana, cuando una libra de pan cuesta aproximadamente diez mil millones. El hambre presta sus servicios ajetreada y atentamente en los cientos de grandes almacenes desiertos, atiborrados de bienes, dorados a la luz, y tan pulcros y respetables como bancos internacionales. Esta joven señorita en cuyo rostro triangular y puntiagudo sólo quedan unos nichos azulados en vez de ojos, un poquito empolvada y de sonrisa servicial, apunta como un perro de caza a un par de botas de diez dólares y a una alfombra de treinta. Mientras se desmaya de hambre, se está vendiendo por un pfennig y medio a la antigua cotización y aun así puede calcular con cabalidad puramente germana y a la velocidad del rayo los billones y trillones del especulador, ingresarlos en la cuenta con esa exquisita caligrafía que posee toda esta nación de gente con un grado tan alto de alfabetización; mientras espera la próxima ronda de reducciones de personal, se desabotona resignadamente su bata de empleada sin atreverse todavía a desprender de su rostro la sonrisa, hambrienta y servil.

Las paredes de los enormes edificios que voltean sus espaldas desnudas al paso fugaz de las ventanillas de los trenes están cubiertas de anuncios en los que el excedente acumulado de producción de ayer exclama y exulta engullendo la grasa dulce de una lata de leche condensada, en tanto niños gigantescos de mejillas redondas y rosadas como nalgas, y felices y blondas sonrisas, alzan tabletas de chocolate que parecen postes de luz sobre la ciudad. Pero los niños reales y existentes han dejado de ir a la escuela por el hambre; las madres los llevan y piden al maestro que los deje regresar a su casa si empiezan a sentirse mal durante las clases. Porque ¿cómo puede un niño pequeño resistir durante todo el tiempo de clase si no ha comido nada aquella mañana o la noche anterior?

En los últimos meses, la mortalidad infantil ha dado un salto repentino en las negras curvas gráficas de las estadísticas alemanas. Una gruesa flema tuberculosa se adhiere a la vida de distritos como Wedding, Riksdorf y Oberschöneweide, sedes de poder de la compañía eléctrica AEG y de las empresas automovilísticas, escenarios de los lock-out más masivos, llevados a cabo con la cobertura de la artillería, y de los primeros mítines con miles de asistentes en los que en estos primeros días de octubre, tan diferentes de los nuestros, los obreros alemanes están aprendiendo a cantar la Internacional. Esta última parte del otoño europeo, que tan lentamente se extingue y tan vacilantemente congela las claras noches berlinesas, se ha llevado consigo a miles de hijos de obreros. En ningún momento desde la guerra ha devorado tantas vidas la neumonía lobular, vidas que se escupen y tosen gota a gota en las colas del pan o entretienen las horas de fiebre, asfixia e inanición en las interminables caminatas del desempleo.

¡Desempleado! No semanas ni meses, sino un año o incluso más. Y con el desempleo, claro está, la esposa, los tres o cuatro hijos y las ciento y un desgracias que irrumpen en la vida de un hombre cuando ya está decaído, agotado y hecho pedazos; enfermedad, incapacidad para el trabajo o alguna debilidad involuntaria en el momento crucial de la contienda salvaje por agarrar la oportunidad de un pedazo de pan. Pero por mucho que clamen sus necesidades, las capas más bajas de la pequeña burguesía, totalmente arruinadas y privadas de todos los medios de subsistencia, todavía se las arreglan para encorvarse y tratan de adaptarse en un intento por superar, de alguna manera, los “malos tiempos”. Ahorran y atesoran el dinero que para mañana se habrá convertido en un montón de basura, restringiéndose de todas las maneras posibles, aunque sólo sea para mantener la apariencia de una vida de fatigas, pobre pero decente. Viven en la pobreza, trabajan por absolutamente nada y, no obstante, cuando se agarran a los barrotes de la reja del cajero de donde cada tres días se les escupe una nueva suma irrisoria de dinero, perciben el silencio reconfortante de una caja fuerte, a prueba de incendios, repleta con el dinero del jefe que se interpone entre ellos y la amenazante revolución, dispuestos a lo que sea con tal de evitar la revolución social. De ahí ese puñado de dictadores, esas largas discusiones en los periódicos sobre el verdadero distintivo de un dictador y esos retratos de generales con pómulos altos, malencarados, de la época guillermina. El pequeño burgués espera todavía que uno de esos idiotas de mármol, que se encuentran presentando armas en la Siegesallee, llegue a salvar al pueblo alemán de la anarquía de izquierda, de los golpes de Estado de derecha y de la ruina económica. Aunque en medio de las refinadas y civilizadas ciudades alemanas alfombradas de asfalto se haya instalado una desesperación tal, que el alma del insignificante escribiente, del oficinista y del burócrata esté dispuesta a caminar a cuatro patas y aullar como un animal, en el último momento, él o ella no saldrán a las calles sino al café. Sí, al café por un dedal de café a cambio de las sobras de dinero de toda la semana, para enturbiar su cólera sana y turgente con un vals húmedo y bamboleante, el dorado de las mesitas barrocas de patas abombadas y las ilusiones del humo del tabaco, la sacarina y los sombreros de cortesanas.

Todo oficinista, por muy humilde que sea, e incluso el obrero calificado de más alta categoría, tiene invariablemente muebles propios en su vivienda, reunidos a lo largo de una vida de riguroso ahorro y sacrificio. Varios sillones confortables, tapices estampados con las Sagradas Escrituras, un ángel alado, ramos de hierbas secas y siempre un Vertiko, especie de vitrina trunca, ese altar a la intimidad de la clase media en el que se exhiben los retratos familiares, una estatuilla que es indecente si se mira desde abajo y el ramo de bodas en una campana de cristal. Pero hasta que llegue el momento en que la política usurera de la burguesía se lleve el Vertiko y los cinco sillones de respaldo acolchonado, le quite las pesadas cortinas que cuelgan de las ventanas como enormes pantalones de terciopelo, el propietario no saldrá a la calle ni abandonará la esperanza del derrocamiento pacífico y sin derramamiento de sangre, que durante cincuenta años ha estado invocando el Partido Socialdemócrata a expensas del proletariado alemán.

Pero donde no hay Vertiko tampoco hay dinero ni pan, porque en los verdaderos fondos de la clase obrera, mientras el marido pasa las horas del desempleo deambulando por las calles, la madre se traslada de una institución filantrópica a otra. Si además está embarazada, el médico le examinará cuidadosamente el pesado vientre y una enfermera, igualmente hambrienta pero altamente respetable, inscribirá al niño no nato en el registro de los pobres, le dará un número e informará a la madre que en aproximadamente dos meses quizá le sea posible obtener leche para el niño con el 25% de descuento respecto al precio en el mercado.

La esposa de un obrero desempleado que ahora está embarazada será un cadáver en el invierno de 1923.

Yace abatida en una silla, sobresaliéndole el vientre de su oscuro, hambriento y deteriorado cuerpo como si, por alguna razón, se hubiera escondido la cabeza redonda de un niño en el regazo, bajo el vestido. Ni siquiera la joven dama filantrópica se queda tranquila ante la visión de esta mujer con vida y su niño vivo y ya visible, cuando ambos ya no estarán ciertamente con vida en cuestión de tres meses, sin la menor probabilidad de pasar este invierno en un país donde el desempleado recibe sesenta mil millones por semana, en tanto una libra de pan costaba ochenta anteayer, ciento sesenta ayer, y puede que mañana llegue a los trescientos. Ella y su marido han estado desempleados desde enero pasado, es decir, diez meses completos. El próximo enero, justo en la época más fría y terrible del año, él dejará de percibir todo tipo de ayuda económica. Y esto con cuatro hijos.

—¿Por qué no fue su marido a trabajar al campo durante el verano en la cosecha de papas?

—Sí fue, pero se lastimó el pie. Pasó todo el verano en el hospital con envenenamiento de sangre.

En estos casos la desgracia no conoce fronteras ni límites razonables, sino que se desploma y amontona de un modo absurdamente irremediable sobre las cabezas de los ya desfallecidos. Sin duda esta mujer tiene tuberculosis: respiración sonora y dificultosa como si estuviera dormida.

—Entonces ¿dónde quiere tenerlo? ¿En el hospital o en casa?

—En casa.

Al principio, el doctor, prudentemente, trata de disuadirla tentándola con la limpieza, el calor y la comida.

Al final, con una sonrisa bastante insólita e irresistible, ella dice:

—Doctor, quiero morir en casa. Quiero que mi marido vea al niño y lo arrope él mismo en sus pañales.

Otra mujer: dos trenzas como espigas de centeno alrededor de la cabeza, cuello blanco y un chal amarrado cubriéndole todo el cuerpo.

Una mujer jovial, tan limpia y fuerte como el lienzo tejido a mano extendido a secar al sol de las montañas de la Selva Negra o de Bavaria. Sin trabajo durante un año y dos meses. Su marido, que la acompañó hasta aquí, espera en el vestíbulo. Lleva una blusa asombrosamente limpia, lavada en agua fría sin jabón; sus dientes, grandes y sanos, brillan en medio de una generosa sonrisa de labios de cereza.

En respuesta a la pregunta que le hace una monja marchita y surcada de arrugas como una caligrafía gótica pasada de moda:

—¿De qué va a vivir en el invierno?

Ella dice:

—No sé. O nos morimos o todo cambia.

Dos muchachas. Ambas desempleadas. Ambas embarazadas. Una de ellas hinchada por las lágrimas que acompañan los reproches y el hambre. La más joven, una niña de aspecto franco e indiferente a todo, entra acompañada por su minúscula y encolerizada madre que luce un sombrero de fantasía y una bolsa. La monja frunce los labios delgados y quiere cerrar la puerta que comunica con la sala de espera para evitar que se difunda la desgracia.

—Quatsch!* No es necesario. Sólo estamos haciendo obreros para remplazar a los que aniquilan.

La más pisoteada obrera alemana mantiene a sus hijos, su casa arruinada y saqueada y su familia depauperada y desempleada con una fuerza inconcebible.

Toda la familia ha estado muriéndose de hambre; ha pasado hambre durante meses. Pero mientras quede la menor posibilidad, el niño tendrá un cuarto de litro de leche y cincuenta gramos de papilla. En una sola habitación viven cinco o seis personas, dos con tuberculosis, pero el niño, al que la madre lleva sin falta cada quince días a una revisión, está inmaculadamente limpio y envuelto en un pedazo de tela impecable. Sólo muy gradualmente, después de seis meses y cuando la familia, que lo ha estado sosteniendo con los brazos abiertos muy por encima de su propia pobreza, se hunde finalmente en el marasmo del hambre, sólo entonces quedará sin color en la cara, sus huesos debilitados resaltarán más agudamente debajo de la piel fina y grisácea y los dedos del doctor palparán la abertura de un cráneo blando, hinchado y que se cierra lentamente bajo la fina pelusa de cabello. En todos los hospitales para obreros —y hay docenas de ellos— el fiel de la balanza marca la pérdida incesante de peso de miles de hijos de obreros, todos los días. En estas balanzas reposa toda una generación proletaria que chilla, agita al aire sus delgadas piernitas y retuerce sus frágiles bocas desdentadas de un lado a otro; a medida que va adelgazando y empalideciendo, se disipa entre lágrimas de niños enfermos y la amarillenta espuma diarreica de la inanición. La clase obrera alemana no ha sido ni será derrotada. Pero hoy, precisamente cuando está todavía reuniendo fuerzas para formar un fuerte puño comunista, la lucha en su contra se libra con los medios más despreciables, es decir, golpeando sobre todo el futuro de los obreros, sus hijos. Y aquí, la mujer proletaria alemana se ha levantado con toda su talla en defensa de ellos.

Muy a menudo, el hombre simplemente no puede soportar los estragos del hambre, el llanto de niños sin comer, la inanición y la suciedad. Miles de mujeres obreras son abandonadas por sus maridos y amantes después de unos cuantos meses de desempleo. Es fácil distinguir entre una multitud de gente diferente a la mujer que prosigue una lucha frenética por la sobrevivencia a su propia cuenta y riesgo, por su rostro particularmente ceniciento, crispado por el exceso de tensión, y la cabeza sucia y sin sangre, reducida al tamaño y la forma de un puño. Por ella, y únicamente por ella, puede determinar un ojo experto si el desempleo empezó hace tiempo o recientemente, y si ha sido interrumpido por ingresos ocasionales de dos o tres días o de cuatro a seis horas. Porque el niño de la mujer que acaba de empezar a pasar hambre y el niño cuya cabeza cuelga hacia un lado de debilidad mientras le han empezado a aparecer las siniestras llagas del agotamiento detrás de las orejas, en las axilas y entre las piernas, están idénticamente limpios, acomodados en almohadones y cubiertos con el chal caliente de sus madres. Aunque, finalmente, con sólo los consejos del médico y los penosos cuidados no se llega a ninguna parte. Los niños tienen que comer y hay que comprar leche. Cuando empiezan a aparecer en el débil cuerpo del niño las primeras llagas se han de comprar medicinas.

Empieza con pequeñas menudencias: inflamaciones escrofulosas, un pedazo de piel húmeda que se tiene que desinfectar y empolvar. La enfermedad se extiende e invade todo el organismo. Acostado en pañales, hay un viejecito de siete u ocho meses con la boca inflamada, el arco de la nariz hundido, las piernas torcidas y el vientre hinchado. Su excremento es fétido.

Y éste es el final de muchos meses de lucha heroica. Un esperpento en vez de un niño sano, fuerte y bien formado.

Toda madre desempleada que llega invariablemente al hospital cada semana sabe que, tarde o temprano, va a terminar así. Lo sabe y, a pesar de todo, lucha con todos los medios técnicos que prescribe la ciencia para la lucha contra la inanición y la degeneración.

Con todas las fuerzas de la juventud y el amor y toda la entereza y cultura de la única clase obrera en el mundo en cuyas filas no hay ni hombres analfabetos ni madres analfabetas.

Cuando ha terminado de examinar al niño, el doctor se dirige a la madre:

—Muéstreme sus pechos.

Bajo el vestido no lleva siquiera una camiseta. Pero al primer tacto, del alto y sobrecargado pezón brota sangre blanca y cálida que rocía los papeles, los anteojos y la bata del doctor.

UNA FAMILIA OBRERA PRÓSPERA

EL ELEFANTE asoma su trompa entre los barrotes de la reja y, por unos segundos, mira a nuestra Hilda con ojos sabios y hambrientos. No, la niña no va a darle nada.

El sabio de los sabios se retira al fondo de la jaula entre el crujido de su piel seca y blanquecina por la edad batiendo sus orejas con desaliento. El zoológico está vacío y frío y los animales, igual que las personas, se mueren de hambre. El elefante morirá pronto; es evidente por las costillas y la flacidez de su trompa. Un esqueleto consumado, un cabal espécimen de zoológico de un animal salvaje que ha pasado cien años exhibiéndose en medio de un museo, pero que todavía puede caminar y comer un poco de forraje. Este ejemplar, al que todavía no le llega el momento de expirar, aún está envuelto en los pliegues crujientes de su vieja piel, hasta que quede despojado de ella. Al principio, Hilda está muy asustada y cierra los ojos, pero después de mirarlo por el rabillo del ojo, pregunta: “Dime, ¿tiene cara?” Entonces, toca la fría baranda de metal y se siente bastante a salvo cuando se da cuenta de que la montaña está en una prisión.

—¡Qué lindo es, tío!

Frente a la jaula de los monos, unos emigrados rusos ofrecen cajas de cerillos vacías, pedazos de basura y sobras al viejo y avisado mandril. El animal está profundamente molesto. Cuando percibe el sonido de alguna disputa familiar dentro del pabellón aguza los oídos con curiosidad humana y se apresura a unirse al alboroto, cerrando de golpe la puertecita y exhibiendo la parte morado-azulada de su anatomía a nuestros compatriotas rusos.

—Vayamos un poco más rápido, Hilda, si no llegaremos tarde a la cafetería. ¿Has visto este animal?

—Sí, pero ¿me invitarás un pedazo de pan con mantequilla?

Hilda nunca ha pasado hambre. Su padre es obrero calificado de alta categoría. Su madre hace calcetines, suéteres y guantes abrigados en una máquina de tejer. La suya es una de esas pocas familias obreras en cuya mesa nunca faltan el caldo, el pan, las papas, la manteca y el café. Y así como todo el sistema planetario de las preocupaciones domésticas, conversaciones, deseos y miedos gira alrededor de un Stulle* caliente embadurnado con una gruesa capa de margarina blanca y firme, sacos de papas escondidos debajo de la cama y comida colgada o almacenada en la alacena, del mismo modo el alma de Hilda se ha ido formando de ricas y gruesas salchichas que rezuman manteca; cuando este espíritu crezca, tendrá la fuerte y lustrosa grupa de un caballo de tiro y el aroma tosco y nutritivo de la cerveza.

Hilda no quiere fijarse en el ibis ni en ninguna de las aves egipcias de aspecto escéptico y largas plumas, que portan en su contorno y en cada pliegue de su plumaje gris el estilo y las convenciones de pasados milenios. El ibis se pavonea arriba y abajo con la calva cabeza y la larga nariz de un viejo sensato luciendo capa, pero sin pantalones; tan largas y desnudas son sus piernas. De pronto, el éxtasis y la íntima complacencia:

—¡Mira, mira, las plumas de la cola son como las del sombrero de tía Guillermina! Tía Guillermina esta mañana pasó a visitar a mamá para tomarse una taza de café gratis. La gente se está volviendo muy descarada.

Una noche de nevada. En la Puerta de Brandenburgo sopla una ventisca cortante como un cuchillo a través del asfalto. El Tiergarten reposa en las negras sombras como un oscuro mar azotado por el viento. Estacionados junto a las banquetas vacías, como a lo largo de un muelle, hileras de automóviles con los faros encendidos y mojados.

A las 5:30 hay una manifestación del Partido Comunista. Por Unter den Linden marchan los desempleados. Resuenan los instrumentos musicales en las bolsas que llevan cargando en las espaldas, las orejas enrojecidas por el frío asoman por debajo de sus gorras, van con los cuellos de las chaquetas alzados destacando entre las aberturas sus pechos desnudos. El viento les sopla a la cara. En las oscuras calles laterales la policía arranca los pequeños carteles que por un día habían cubierto todo Berlín. En las calles laterales la policía apalea con macanas de hule y rompe las manifestaciones y de entre la multitud salen policías acarreados con rostros fracturados. En esta tarde azotada por la ventisca, los diez mil obreros que inundaron el Lustgarten y Unter den Linden hasta Friedrichstrasse recibieron con risas a un carro armado en tanto la policía no podía hacer acopio de valor para disparar un solo tiro a la manifestación comunista. Esta tarde la madre de Hilda remienda calcetines a la luz de la lámpara. Hilda come pan y manteca y, cuando ya está bastante llena, se rocía con agua la panza satisfecha.

—Hilda —le dice su madre—, cántanos La internacional.

Hilda canta La internacional y después una canción de un árbol de Navidad y un famoso popurrí de salmos.

—Hilda —le dice su madre—, dinos cómo saludan los niños buenos a su tío el día de su santo.

Tía Guillermina, esposa de un obrero desempleado, asiente envidiosamente y prodiga calurosos elogios.

—Hilda —yo le pregunto—, ¿qué te gustaría para Navidad? ¿Una muñeca, un libro de imágenes o un camello de verdad como en el zoológico?

—¡Oh, tío, dame un poco de salchicha de hígado!

—Tonterías —dice la madre de Hilda a tía Guillermina—, yo ahora no creo en ningún tipo de manifestación. Lo que necesitamos es un levantamiento armado, una verdadera revolución, y no estas procesiones en la calle como la de ahí afuera.

La cafetera borbotea muy quedamente en la estufa mientras un furioso viento bate los postigos tras las ventanas y brama endemoniadamente.

—No —dice la madre de Hilda, golpeando el mantel blanco de hule con su aguja de zurcir—, ha sonado la hora undécima. Ya no nos van a convencer de que salgamos a la calle por muy atractivas que sean las frases que nos digan. Lo que necesitamos es una batalla decisiva y no una manifestación. ¡Todo lo que hemos hecho durante cinco años ha sido pasearnos arriba y abajo!

Tía Guillermina está indecisa:

—Mi viejo ha salido. Dios santo, ¡qué terrible noche de invierno!

—Ven a nuestra fiesta de bodas de plata, Guillermina. Lo celebraremos. Habrá pastel de queso, de carne, ensalada de huevo, papas frías y manzanas. Y morcilla de sangre, aunque tuve que vender la máquina.

—¡Oh, mamá, morcilla! ¿Me darás un poco?