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Desde las seis de la tarde hasta las doce de la noche podemos seguir los pensamientos más íntimos y los preparativos vagamente amorosos de Daniel Prince, un joven estudiante de derecho enamorado de una actriz. Escrita únicamente desde el punto de vista de la conciencia del narrador, en un espacio y un tiempo limitado, es a la vez un retrato del París de finales del XIX y un sardónico relato sobre la relación amorosa. En esta novela se utilizó por primera vez el monólogo interior.
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Seitenzahl: 122
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Han cortado los laureles
Postcards
Primera edición, febrero de 2018
El Desvelo Ediciones
Paseo de Canalejas, 13
39004-Santander
Cantabria
www.eldesvelo.es
@eldesvelo
© Traducción y prólogo, Marta Cerezales Laforet, 2017.
© de la imagen de cubierta, Study of drapery, por Jan Toroop, 1900.
© de la imagen de interior, Dujardin, por Vallotton,1898
© del diseño de colección y cubierta, Bleak House, 2018.
© de la presente edición, El Desvelo Ediciones, 2018.
ISBN: 978-84-127246-6-0
IBIC: FC
Producción del ePub: booqlab
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com;
91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Édouard Dujardin
Traducción y prólogo deMarta Cerezales Laforet
El Desvelo | Postcards
En 1887, la Revue Indépendante publicó, en cuatro entregas, una sorprendente novela titulada Les lauriers sont coupés (Han cortado los laureles) que, en el momento de su publicación, en plena efervescencia simbolista, pasó casi desapercibida, calificada apenas como una obra original o curiosa, uno más de los experimentos vanguardistas de la época.
Esta novela corta es, sin embargo, el primer texto que emplea lo que se llamaría posteriormente el monólogo interior, inaugurando el flujo de conciencia como una de las técnicas narrativas más importantes de la literatura moderna. Por primera vez un texto literario está escrito únicamente desde el punto de vista de la conciencia del narrador, en un espacio y un tiempo limitado. Desde las seis de la tarde hasta las doce de la noche podemos seguir los pensamientos más íntimos y los preparativos vagamente amorosos de Daniel Prince, un joven estudiante de derecho enamorado de una actriz.
Era la primera novela de Édouard Dujardin (1861-1949), músico, editor, poeta, novelista, autor de teatro y ensayista que tendría un papel importante en el mundo intelectual del París de finales del siglo XIX y principios del XX.
Durante años esta pequeña novela permaneció casi olvidada, y su autor, que en cierto modo llegó a considerarla un escrito de juventud fracasado, se dedicó principalmente a la poesía, al teatro y al ensayo.
Pero a veces el tiempo pone las cosas en su sitio: el reconocimiento le iba a llegar a través de otros autores que utilizaron años más tarde la técnica del monólogo interior después de haber leído su novela y que no tuvieron reparos en admitir lo que debían al autor de esta pequeña obra. Uno de los primeros fue el escritor austriaco Schnitzler que, trece años más tarde, en 1900, publicó una novela corta, El teniente Gustl (Leutnant Gustl), en la que aplicó sistemáticamente la fórmula del monólogo interior sin ocultar que la había tomado de la novela de Dujardin.
Pero lo que la sacó definitivamente del olvido fue el efecto Joyce. James Joyce había leído en un viaje en tren en 1903 Han cortado los laureles y había quedado impresionado por la novedad de su escritura. En 1917, en plena redacción de Ulises, escribe a Dujardin desde Locarno pidiéndole un ejemplar de la novela ya que el suyo se había quedado en Austria.
Valéry Larbaud, escritor y crítico literario francés, cuenta en el prefacio de una nueva edición de Han cortado los laureles en 1925, que, en 1920, James Joyce que ya había publicado parte del Ulises en The Little Review y con el que mantenía largas conversaciones en torno a su libro, «me dijo un día que la forma ya había sido empleada, y de manera exclusiva, en un libro de Edouard Dujardin, publicado en plena época simbolista y anterior en casi treinta años a la composición de Ulises: Han cortado los laureles, libro del que yo solo conocía el título […]. En Han cortado los laureles, me dijo Joyce, el lector se encuentra instalado, desde las primeras líneas, en el pensamiento del personaje principal y es el desarrollo ininterrumpido de este pensamiento el que, sustituyendo completamente la forma usual de la narración, nos cuenta lo que hace el personaje y lo que le ocurre. Por lo demás —añadió— lea Han cortado los laureles».
Eso es lo que hizo Valéry Larbaud que tiempo después escribió a Dujardin saludándole como el inventor del monólogo interior y declarando que Han cortado los laureles era una obra maestra digna de figurar entre las grandes novelas de la literatura francesa. Valéry Larbaud, que ya había escrito dos textos en monólogo interior, pensando que eran los primeros en lengua francesa, uno de ellos dedicado a Joyce, le pide permiso para dedicarle el que aún no estaba publicado y declara que va a difundir ante todo el mundo que Dujardin es el verdadero inventor de la fórmula. En 1925, prologó la edición definitiva que rescató del olvido Han cortado los laureles.
Animado por este triunfo tardío, Dujardin, que ya tenía 74 años, publicó en 1935 un ensayo titulado El monólogo interior, su aparición, sus orígenes, su lugar en la obra de James Joyce y en la novela contemporánea. Allí definía su invención como un monólogo, que, conservando las condiciones y el escenario de la novela, tiene como objeto suprimir la intervención, o al menos la intervención aparente del autor, permitiendo que el personaje se exprese él mismo y directamente como lo hace en el teatro el monólogo tradicional. En resumen, es «un discurso del personaje» pero «sin auditor» y «no pronunciado», lo que lo distingue del monólogo teatral. Se diferencia también del monólogo tradicional en que es la expresión del pensamiento más íntima, cercana al inconsciente, es un discurso anterior a cualquier organización lógica y se realiza en pequeñas frases directas reducidas a la mínima sintaxis. También afirma que en su escritura la forma en pequeñas frases sucesivas tiene su origen en los motivos musicales, tales como los ha empleado Richard Wagner, es decir el leitmotiv que reaparece en el drama cada vez que aparece la misma emoción. Al igual que a menudo una página de Wagner es una sucesión de motivos no desarrollados, cada uno de los cuales expresa un movimiento anímico, el monólogo interior en Dujardin es una sucesión de frases cortas que no están unidas según un orden racional, sino según un orden puramente emocional, fuera de toda disposición intelectual. Y en efecto, en Han cortado los laureles la escritura se desarrolla en pequeñas frases (separadas la mayor parte del tiempo por punto y coma) que van y viene siguiendo el flujo del pensamiento. Hay partes que son como poemas en prosa, sin rima, pero con un ritmo peculiar que se repite y se alterna.
Dujardin, como gran parte de los escritores franceses de la época, era un apasionado de la música de Wagner. En 1882 viajó a Londres para asistir a la representación del Anillo y ese mismo año fue a Bayreuth para asistir al estreno de Parsifal. Esa experiencia fue para él como una conversión religiosa y en 1885 funda con Teodor de Wyzewa la Revue Wagnérienne, cuna del simbolismo francés y foro de los wagnerianos.
El monólogo interior será utilizado posteriormente por una importante representación de escritores del siglo XX: después de James Joyce y Valéry Larbaud, Arthur Schnitzler, André Gide, William Faulkner, Raymond Queneau, Virginia Woolf, Samuel Beckett, Albert Cohen, Nathalie Sarraute, Carlos Fuentes y tantos otros lo han desarrollado en su narrativa para expresar la intimidad y los movimientos del pensamiento.
La lectura de esta novela única y cautivadora permite al lector actual conocer el origen del monólogo interior, y también descubrir un escritor singular, gran experimentador formal. Con su manera de escribir armónica y llena de matices, nos introduce en la mente de su personaje, que une detalles insignificantes con indagaciones sobre el ser y su presencia en el mundo, arrebatos poéticos con la puerilidad o intrascendencia de algunos de sus pensamientos y acciones, y además nos permite acompañarlo con toda naturalidad en su paseo por las calles del París observando todo lo que ocurre alrededor y penetrar en la intimidad, la cotidianidad y la mente de un joven cualquiera en un día cualquiera de 1887.
Un atardecer a la puesta del sol, aire lejano, cielos profundos; y muchedumbres confusas; ruidos, sombras, multitudes; espacios infinitamente dispersos; un cierto atardecer...
Pues bajo el caos de las apariencias, entre el tiempo y el espacio, en la ilusión de las cosas que se engendran y se alumbran, uno entre los otros, uno como los otros, distinto a los otros, semejante a los otros, uno el mismo y uno de más, y de la infinitud de las posibles existencias, surjo yo; y he aquí que el tiempo y el lugar se definen; es hoy, es aquí; el reloj da la hora; y a mi alrededor, la vida; la hora, el lugar, una tarde de abril, París, un atardecer claro con puesta de sol, los monótonos ruidos, las casas blancas, los follajes de sombras; la tarde más suave, y la alegría de ser alguien, de ir; las calles y las multitudes, y, en el aire lejanamente disperso, el cielo; París, en torno a mí, canta, y, en la bruma de las formas entrevistas, indolentemente se encuadra la idea.
…El reloj ha dado la hora; las seis, la hora esperada. He aquí la casa en la que debo entrar, en donde encontraré a alguien; la casa; el vestíbulo; entremos. Cae la tarde; el aire es bueno; hay alegría en el aire. La escalera; los primeros peldaños. ¿Y si por casualidad hoy hubiera salido antes de tiempo? a veces lo hace; necesito a toda costa poder contarle mi día de hoy. El descansillo del primer piso; la escalera ancha y clara; las ventanas. He confiado, a este buen amigo, mi historia amorosa. ¡Qué buena tarde voy a pasar! Ya no volverá a burlarse de mí. ¡Va a ser una tarde deliciosa! ¿Por qué está torcida la alfombra de la escalera en este rincón? Produce una mancha gris en el rojo que asciende, en el rojo que, de escalón en escalón, asciende. El segundo piso; la puerta de la izquierda; «Notaría». Ojalá no haya salido; ¿dónde podré encontrarle? qué se le va a hacer, iré al bulevar. Rápido, entremos. La sala de la notaría. ¿Dónde está Lucien Chavainne? La gran sala y la fila circular de sillas. Aquí está, cerca de la mesa, inclinado; tiene puesto el gabán y el sombrero; ordena papeles, apresuradamente, con otro pasante. La estantería con carpetas azules, al fondo, con los cordones anudados. Me paro en el umbral. ¡Qué placer poder contarle mi historia! Lucien Chavainne levanta la cabeza; me ve; hola.
—¿Eres tú? Llegas justo a tiempo, ya sabes que nos vamos a las seis. ¿Puedes esperarme? bajaremos juntos.
—Muy bien.
La ventana está abierta; detrás, un patio gris, lleno de luces; los altos muros grises, clareados por el buen tiempo; día feliz. Tan encantadora Lea cuando me dijo: Hasta esta noche... Tenía su bonita sonrisa pícara, como hace dos meses. Enfrente, en una ventana, una criada; mira; he aquí que se sonroja; ¿por qué? Se retira.
—Aquí estoy.
Es Lucien Chavainne; ha cogido su bastón; abre la puerta; salimos; juntos bajamos la escalera. Él:
—Veo que llevas el sombrero redondo...
—Sí.
Me habla con un tono de censura. ¿Por qué no puedo ponerme un sombrero redondo? Este chico cree que la elegancia consiste en esas menudencias. La portería; siempre vacía; extraña casa. ¿Va Chavainne a acompañarme un trecho? nunca quiere desviarse de su camino; es un fastidio. Llegamos a la calle; un coche a la puerta; el sol ilumina las fachadas; enfrente, la Tour Saint-Jacques; nos dirigimos a la Place du Châtelet.
—Bueno, ¿cómo va esa pasión?
Me pregunta; voy a contarle.
—Todo sigue más o menos igual.
Andamos uno al lado del otro.
—¿Vienes de su casa?
—Si, he ido a verla. Durante dos horas hemos charlado, cantado, tocado el piano. Me ha citado esta noche, después del teatro.
—¡Ah!
¡Y con qué gracia!
—Y tú, ¿a qué te dedicas?
—¿Yo? A nada.
Un silencio. ¡Qué chica tan encantadora! Se enfadó por no poder terminar las coplas; yo no llevaba el compás, y no confesé mi error; estaré más atento esta noche, cuando lo retomemos.
—No sé si sabes que ahora solo aparece en la primera escena. Iré a esperarla hacia las nueve al Nouveautés; pasearemos en coche, probablemente por el bosque; hace una temperatura tan agradable. Luego la acompañaré a su casa.
—¿E intentarás quedarte?
—No.
¡Dios me libre! ¿Chavainne no comprenderá nunca mis sentimientos?
—Eres asombroso —me dice—, con ese platonismo.
Asombroso... platonismo...
—Sí, querido, así veo las cosas; siento placer actuando de manera diferente a los demás.
—Pero, querido amigo, no te das cuenta de lo que es la mujer con quien te tratas.
—Una actriz de teatro de variedades; ya lo sé, y por eso mismo me gusta portarme como lo hago.
—¿Esperas impresionarla?
Ríe sarcásticamente; es insoportable. Pues no, ella no es lo que parece, y aunque lo fuera... la rue Rivoli; crucemos; cuidado con los coches. ¡Cuánta gente esta tarde! Las seis, es la hora de las aglomeraciones, sobre todo en este barrio; la bocina del tranvía, apartémonos.
—Hay menos gente por el lado derecho, digo.
Seguimos por la acera, uno al lado del otro. Chavainne:
—Pues ese placer no vale lo que cuesta. Hace ya tres meses que conoces a esa joven...
—Frecuento su casa desde hace tres meses; pero sabes que hace más de cuatro meses que la conozco.
—De acuerdo. Hace cuatro meses que te arruinas sin conseguir nada.
—Te burlas de mí, querido Lucien.
—Antes de haber intercambiado un sola palabras, le entregas, por mediación de su doncella, quinientos francos.
¿Quinientos francos? No, trescientos. Pero en efecto, a Chavainne le dije quinientos.
—Si piensas —continúa—, que ese tipo de munificencias incitan a una mujer de teatro a recíprocas generosidades.... Cambia de sistema, amigo mío, o no vas a obtener nada.
Insoportable razonamiento. ¿Cree que si no obtengo nada no es porque yo no quiero obtener nada? Cortemos.
—Prefiero esas locuras, querido amigo, a divertirme con estúpidas mujeres de una noche,
Y eso lo digo por ti. Se queda mudo. Un excelente amigo, Lucien Chavainne, pero tan reacio a los asuntos de sentimiento. Amar, honrar a su amor, respetar a su amor, amar a su amor. Caminando hace calor, desabrocho mi gabán; no me quedaré con la chaqueta, esta noche, para salir con Lea; la levita estará mejor, podré ponerme el sombrero de seda; Chavainne tiene cierta razón; además, ¡qué tontería! Con una levita no puedo llevar un sombrero redondo. Lea no me habla casi nunca de mi atuendo, pero probablemente se fija. Chavainne:
—Esta noche voy al Teatro Francés.
—¿Qué representan?
—Ruy Blas.
—¿Vas a ir a ver eso?
—¿Por qué no?
No voy a contestarle. ¿Qué sentido tiene ir a ver
