12,99 €
En una casita de madera, más allá de la rotonda de Mosfellsbær, está Hans Blær a la luz de una vela, como un malhechor cualquiera del siglo XIX, escapando de la policía. Lo acusan de abusar sexualmente de una joven en su centro de acogida para víctimas de violación. Hans Blær es intersexual y transexual, y también es un polémico trol de los medios de comunicación. Se dio a conocer cuando era Ilmur Þöll, una chica nacida con micropene (o macroclítoris), que en su programa de radio arremetía contra los homosexuales y los transexuales. Tras el ruido mediático obtenido, Ilmur se aumentó los pechos y comenzó a administrarse hormonas masculinas y femeninas para reforzar su doble naturaleza sexual. Así nació Hans Blær, elle, y después, su centro de acogida. Esta poderosa novela nos cuenta sus 24 horas de huida y las muchas reflexiones íntimas que la acompañan. Una gran ficción hipercontemporánea que nos habla del proceso de aceptación (o no) de una persona cuya identidad de género está más allá del feminismo, la teoría queer y el movimiento LGTBI.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 515
Veröffentlichungsjahr: 2021
HANS BLÆR
EIRÍKUR ÖRN NORÐDAHL
TRADUCCIÓN DE ENRIQUE BERNÁRDEZ
SENSIBLES A LAS LETRAS, 69
Título original: Hans Blær
Primera edición en Hoja de Lata: marzo del 2021
© Eiríkur Örn Norðdahl, 2018
Published by agreement with Forlagid Publishing House, www.forlagid.is
© de la traducción: Enrique Bernárdez, 2020
© de la imagen de la portada: Carla Fuentes, 2021
© de la fotografía de la solapa: Erik Brunulf
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2021
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]
[email protected] / www.hojadelata.net
Edición: Hoja de Lata Editorial S. L.
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección: Olaya González Dopazo
ISBN: 978-84-16537-64-8Producción del ePub: booqlab
Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura y Deporte.
Este libro ha sido traducido con el apoyo financiero del
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Sí, os compadezco porque no habéis sufrido. Para sufrir hace falta un corazón grande, noble y un alma generosa. Pero llegará la hora de la expiación, si es que no ha venido ya. Y entonces os sentiréis aterrorizados ante el vacío espantoso de todo vuestro ser. ¡Desgraciados! No encontraréis nada que pueda llenarlo. Al llegar al umbral de la eternidad, ¿qué echaréis de menos? La vida. Ante la inmortalidad, ¡vosotros añoraréis el polvo, la nada!
Del libro Herculine Barbin, llamada Alexina B.
Primavera. Quiero decir otoño. ¿Qué diferencia hay, en realidad?
En una casita de madera, en un lugar sin nombre en algún sitio más allá de las rotondas de Mosfellsbær está Hans Blær Viggósbur, sentade a la luz de una vela como un malhechor cualquiera del siglo XIX, escribiendo estas palabras. Estas mismas, estas y todas las que vendrán después, por los siglos de los siglos, amén. Está avanzada la tarde, al otro lado de las ventanas reina la oscuridad, como corresponde, dentro titila la luz de la vela sobre las tablas de la pared y fuera brama la tormenta otoñal que se cuela por las tuberías de ventilación, se restriega voluptuosa con el tejado de chapa ondulada y saca de sus casillas hasta al mar. Podéis imaginarlo. Todo es como tiene que ser.
Y es otoño. Como suele suceder, eso no anuncia nada bueno.
Hans Blær no escribe en el teclado de un ordenador, no juguetea con un móvil, aunque por lo general escriba en el teléfono a una velocidad tremenda, tampoco escribe en una máquina de escribir, ni manual ni eléctrica, ni siquiera en un cuaderno. De haber tenido opción, probablemente habría sacrificado un cordero para escribir estas palabras, aunque no fuera más que para poder quitárselas de encima, aplazarlas mientras elle preparaba la piel para hacer pergamino. El mejor amigo de la verdad es el aplazamiento, el tiempo de digerir. Quien escribe demasiado deprisa deja atrás la verdad. Quien piensa demasiado deprisa se deja atrás a sí mismo.
Hans Blær escribe con un lápiz amarillo de escuela primaria sobre hojas sueltas, rayadas, de papel color crema, y escribe despacio para comunicarse con cuidado, porque elle no está nada habituade a esta forma de comunicación, como si se pudiera llamar comunicación a lo escrito en privado y sin destinatario. Aunque ¿quién está aún habituado a ello? Pero aunque escribe despacio no escribe poco, se repite, incluso refunfuña, todo para comprar más tiempo, y va desbrozando el terreno con el lápiz que se reduce más y más, hasta que se acaba.
Elle. Elle. Esto precisa de una explicación. Sois un gran signo de interrogación. Lo veo, escribe elle.
A elle le llaman hermafrodita —hermafrodita insolente, incluso fenómeno, sociópata desalmado—, pero eso es porque elle es al mismo tiempo trans e intersex, aunque la primera definición de «hermafrodita» en el diccionario islandés es «animal de dos sexos, animal que no es ni macho ni hembra» y Hans Blær no es realmente ninguna de esas dos cosas, ni tantas, tantísimas otras. Tiene que ver con otras cosas que veremos enseguida. Pero el primer nombre, igual que el segundo, los inventó elle misme. Y a nosotros nos toca respetarlo.
Elle a elle de elle para elle, dice elle, suena tan raro como casi todo lo suyo.
El nombre Hans Blær, dice elle, no es ni masculino ni femenino y es las dos cosas a la vez. Pero eso es solo asunto suyo y de nadie más.
Capisce?
Es como si el mundo creciera cuando te vuelves incapaz de verte la mano delante de la nariz. Perdonad la sensiblería: no hay estación del año tan espléndida como el otoño. No está nada claro que elle tenga que morir esta noche. Quizá está ya muerte, quizá desde hace mucho tiempo. Pero es otoño. Nunca ha sido tan otoño como esta noche, se va volviendo más y más otoñal con cada minuto que pasa. Las hojas de los árboles enrojecen, las montañas se vuelven marrones, y las noches, negras; se anuncia tormenta, ha empezado a nevar, mañana tocará sacar la pala. Ahora el vaso va perdiendo profundidad y lo llena otra vez a toda prisa. Un Dark & Stormy, burbujeante cerveza de jengibre combinada con ron Gosling y bastante hielo (como si no hiciera ya frío suficiente). Temporal por dentro y por fuera.
Y un trol. Elle es trans y trol.
Un trans «está en el espectro» autista. Alguien que no pertenece plenamente ni al sexo femenino ni al sexo masculino, cuyo sexo en el nacimiento no está concorde con el género innato de su psique, o quien, sencillamente, rechaza la tiranía binaria. Los trans presentan a veces cambios formales, y a veces no.
Un trol es quien trolea, y es el público en general quien es troleado cuando topa con un trol. La realidad exige constantemente conceptos nuevos, ideas nuevas, y hay que asignarles palabras.
Capisce?
Hans Blær es un trol trans de lujo, de 33 años de edad, y hubo un tiempo en que dormía con placidez.
Hans Blær mide 1,75 m de estatura. Hans Blær pesa 65 kilos. Hans Blær tiene ojos azules, aunque no es «ojizarque», el cabello es rubio platino natural, pero se lo tiñe con frecuencia, está siempre bien cortado y cuidado. Hoy día lleva un peinado pompadour medio deshecho, las mejillas perfectamente afeitadas, rayas rojo oscuro, uñas de gel pintadas de rosa y zuecos Birkenstock sin calcetines. Pechos grandes, aunque menos que los de su madre, y pelo en el pecho, aunque más que en el de su padre.
Nadie nace así. Hans Blær es una creación, se creó a su propia imagen y semejanza, con dos piernas veloces, dos ojos veloces —ya sabéis la continuación (cabeza, hombros, rodillas y pies)—. Tiene una hermosa complexión y no se avergüenza de mostrarla, no se avergüenza de ocultarla, no se avergüenza de nada.
Claro que Hans Blær no tiene 33 años, perdón, Hans Blær tiene 34 años, un jovencito con alma de 15 años en un cuerpo de 22, porque practica en la cinta de correr de su casa todas las mañanas sin dejar ni una (bueno, ya entendéis, cuando se despierta) y al gimnasio o la piscina, y además yoga, preferiblemente hot yoga, pero a veces también danzas afro o Pilates (como si el siglo XX no hubiera terminado hace mucho). Hans Blær bebe boost biológico y vive para sonreír y amar. Y hace nada cumplió los 34. Hace poco, quiero decir.
Hans Blær tiene las narinas parduzcas por el consumo de cocaína, el tabique nasal ha desaparecido prácticamente y la nariz, a ambos lados de las fosas nasales, es una inmensa sima de oscuridad, miedo, ego y temor. No es nada bonito. Dicen que la cocaína produce «bienestar artificial», pero los entendidos saben que no existe diferencia entre el bienestar artificial y cualquier otra clase de bienestar. El mismo popurrí. El bienestar es bueno mientras dura y siempre es demasiado escaso.
Hans Blær camina de promedio unos ocho mil pasos al día, si hacemos caso del teléfono móvil que guarda en el bolsillo y que los cuenta con ayuda satelital. Y elle siempre consigue ir un paso por delante, jamás menos de uno, a veces probablemente más, pero ¿por delante de quién? Por delante de todos los que pretenden acosarle, por delante de la policía, por delante de la opinión pública, por delante de los periódicos, de toda la troupe. Todos quieren conseguir su libra de carne y nadie consigue ni el recorte de una uña. Porque Hans Blær es libre.
Hans Blær ha cambiado de sexo más veces de las que se pueden contar, ha corregido su sexo al menos el mismo número de veces, ha mentido sobre él, le ha dado la vuelta, se ha vestido a contrapelo de su sexo aparente, ha eliminado todas las distinciones y se ha declarado «en el borde» como si el género no fuera más que una afición, algo que se pudiera comprar en cualquier juguetería como las pistolas de agua y los vibradores, empapuzándote todo el rato de cosas de colorines y siempre en marcha a full speed para llegar a tiempo de sumergirte en algo, sea lo que sea, culos, coños, pantalones ceñidos, aventuras fabulosas.
Hans Blær es tode nuestre y nada nuestre; la persona corriente y el individuo perfecto. Es Schadenfreude que nos conforta y tiembla cuando causamos algún daño en un mundo malvado; y es dolor que abrasa y refresca nuestras ansias, cubre el vacío de nuestros corazones y llena de vida el cuerpo en un mundo que nos ampara y nos insensibiliza al mismo tiempo. Elle es neurosis cuando callamos y remordimientos cuando tomamos la palabra, oscuridad que nos oculta y relámpagos que nos iluminan el camino. Elle es el trol que no es trol, el trans que no es trans, el salvador que no salva a nadie y la fiera que no quiere dañar a nadie. Elle no se ve reducide a su moralidad, su género, su debilidad o su fuerza. Elle nos conduce a la verdad y nos bebe en mentiras, nos envuelve en abrazos y nos despedaza. Reímos cuando no debemos reír, lloramos cuando no debemos llorar y nos encolerizamos cuando no debemos encolerizarnos; siempre estamos equivocados, siempre somos injustos y eso no es nunca hermoso y, sin embargo, es muy hermoso. Lloramos, nos dormimos y salimos, sacudimos la cabeza y discutimos hasta la madrugada. Elle es la quiebra de la identidad y por ello la imagen total, el individuo que no se identifica con nadie pero se niega a desvanecerse, que no mantiene el paso de nadie pero sigue marchando, al paso marcado por el regimiento detrás de elle, pero nunca a la par. Elle es el paso vacilante y la mano fuerte, el más flojo de todos nosotros y que goza de la mayor fuerza; elle es elle, él y ella, ellos, ellas, yo y tú y vosotros, y además algo completamente distinto: elle es nosotros y nadie, escribe elle.
Hans Blær es un vikingo del siglo diez, un colono islandés del siglo once, un vendedor de esclavos del siglo doce, un caudillo y un traidor del siglo trece, un brujo y un blasfemo del siglo catorce, un sacerdote católico del siglo quince, un sacerdote luterano del siglo dieciséis, un poeta religioso alcohólico del siglo diecisiete, un lascivo aristócrata del siglo dieciocho, un tipo que engendra hijos con sus primas y hace arrojar a su propio padre a los perros, por pura diversión, porque da mucha risa ver gemir a un puto varón; un estoico intelectual del siglo diecinueve que patea las calles ardiendo de fiebre con su chaquetón destrozado, mientras elle lee a Nietzsche para aniquilarse a sí misme, zurra a las tías y se enamora de los caballos; genios de toda clase del siglo veinte, un batallón entero: un futurista feliz por pasear con botas de cuero; una sufragista feliz por usar pantalones de cuero y cigarrillos con boquilla; un hobo que recorre sin rumbo las praderas de América en un vagón de algún tren de mercancías, mordisqueando una brizna de paja y masturbándose despreocupado con los vaqueros puestos, al ritmo del traqueteo del tren como puntuación de su existencia; una chica despendolada en minifalda, un chico melenudo con navaja, un niño despierto mientras en el salón sus padres borrachos practican el intercambio de parejas con los vecinos; un armador de lancha motora, un rey de las pesquerías con una flota de arrastreros; el periodista, el escritor, el pintor, la intelligentsia de la nación enamorada del teléfono y, junto a todo lo demás, una persona del siglo XXI, incluyendo al ocioso, al nini, al hípster en busca de la culminación de su realización vital que se sumerge en la gastronomía, la poesía, la bicicleta, el trol, la ebanistería, los Alcohólicos Anónimos, el ejercer de viejo verde, la halterofilia, la coctelería; el moralista competitivo que siempre es mejor que nadie, que incluso es mejor en ser mejor, más víctima que otros, más ganador que otros y más menos que otros, andante y sangrante culpable de su propio sufrimiento por su dolor y su lascivia y la consciencia de que elle es el no va más, que está por delante de todos los demás seres humanos que van detrás de elle y no tiene más objetivo que robustecer sin freno su propio atractivo.
Hans Blær es el espíritu de la Navidad pasada, el silencio y la oscuridad y el zumbido de tus oídos, llegado para decir lo menos posible en el tiempo más largo posible, con las más palabras posibles, tan alto y claro como quiera.
Hans Blær es la vida, el cliché de que el destino no importa tanto como el viaje. Nunca ha existido ningún destino, ninguna meta, solo oscuridad, solo silencio, solo la permanente, enloquecedora vista por la ventanilla del tren, y nunca te han tocado, nadie te ha abrazado nunca de verdad. Y estas palabras nunca se agotarán, escribe elle.
Es otoño, no primavera. El otoño va descendiendo, la primavera va ascendiendo. Eso lo ve cualquiera. Y hay más claridad en primavera que en otoño porque en primavera aún queda un poco de nieve en las montañas que reflejan el invierno —y el invierno es la segunda estación más luminosa, después del verano—. Esta noche azota una gran tormenta y mañana habrá llegado formalmente el invierno, pero ahora es otoño todavía. Escribe elle.
Resulta que sé que en ataques de histeria como estos hay que tirar a la basura leyes y tribunales; en los casos de turbación lo más habitual es que las personas inocentes se vean excluidas de la llamada justicia porque hay que apagar la insaciable sed de la gente. Es comprensible. Se perderá por completo en los recovecos de la verdad quien solo la conozca de oídas. Quienes durante años hemos errado por este laberinto podemos gritar a los cuatro vientos que los hombrecillos de a pie no saben cómo interpretar las señales de tráfico, lo que no resulta nada extraño.
Hace 23 h y 14 m. 441 likes. 72 comentarios.
Usted, escribe elle en la oscuridad, en el otoño. Usted, vuelve a escribir elle, como si así sonara más claro, dirigiéndose a su madre con el único pronombre personal que le proporciona la lejanía que necesita para sentir su cercanía sin asfixiarse por simple —y llana— vergüenza.
Es otoño y hay tempestad, pero esta mañana, cuando despertó usted —Lotta Manns, madre del hermafrodita de quien tanto se habla—, la naturaleza no era sino gentileza, escribe elle, y alarga el brazo para coger el vaso. Usted abrió los ojos y miró el empapelado de la pared, con decoración de ramas, bajo el cual había estado durmiendo. Viggó estaba en el mar y los niños se habían marchado de casa hace mucho. Sus retoños. Ilmur y Hans y Davíð o como se llamen los benditos retoños. Usted no preguntó qué radiodespertador había sonado. Volvió a sonar. Del altavoz surgió un trocito de canción, probablemente el final de una animada pieza de jazz —pensó en Louis Jordan, algo por el estilo—, y se dio la vuelta en la cama. También habría podido ser un fragmento de anuncio. Como mucho, dos segundos, probablemente en do mayor, la madre de todas las tonalidades, la familia nuclear de las escalas musicales, el incorrupto centro heteronormativo de toda la música occidental, solo notas blancas y, encima, 4/4. Después sonaron unos sonoros tonos en el timbre. Son las siete horas. A continuación, ofrecemos las noticias.
Y atiza.
Si usted hubiera tenido empuje para poner el radiodespertador en zumbido antes de irse a dormir, lo habría hecho, sin duda, y habría evitado las noticias de la mañana. Sintió cosas diversas, lo comprobó en los mapas estelares e hizo que le leyeran la mano, pero en realidad no era la primera vez que sucedía algo y a veces el mundo es sencillamente demasiado automático y nadie puede pensar en todo.
En cuanto oye el nombre de elle —elle es uno de sus retoños, ya no sabe si llamarle hijo o hija, porque el idioma no se ha adaptado del todo a la realidad y Hans Blær se niega a echarle una mano, algunos dicen bur, que es como criatura, pero para usted esa no es una palabra normal—, extiende el brazo hacia la mesita, aprieta el botón de snooze y vuelve a cerrar los ojos como si de otro modo se le fueran a salir del cráneo. Pero solo después de oír lo que sigue:
«La policía de Reikiavik busca a Hans Blær, estrella de los medios de comunicación, en relación con una investigación sobre Samastaður, el centro de acogida para víctimas de violación, iniciada a raíz de una acusación anónima. Se sospecha que…».
Y luego, nada más. Radio silence. Al menos en esta habitación. Porque usted fue incapaz de hacer nada más. El contador llegó al tope hace mucho y la vida de usted era ya un permanente ataque de nervios por culpa de esa bendita niña y de todo lo que esa bendita niña se había dedicado a hacerles a usted y al mundo. Usted había dormido, como mucho, cinco horas.
Imaginar que elle había sido en tiempos el ojito derecho de su padre y la persona favorita de su madre. Usted le maldijo a media voz, volvió a cerrar los ojos con la esperanza de que el sueño consiguiera apoderarse de usted de nuevo antes de que terminara la pausa del despertador. Para que las preocupaciones se marcharan volando y fueran sustituidas por un mundo de otra especie, por fantasías de otra especie, un poco más relajadas. Las noticias habían terminado cuando la radio volvió a conectarse con un chasquido. Ragnar Bjarnason cantaba Allá en Hamraborg. Usted abrió los ojos con prudencia, levantó los párpados como si fueran pesadísimas persianas metálicas. Allá en Hamraborg no es una canción más larga de lo debido y cuando terminara era de esperar que volviera a empezar «el debate». No sería la primera vez que Hans Blær monopolizaba las ondas.
Se incorporó en la cama, pasó la mirada, confusa, a su alrededor y se frotó los ojos. Le apetecía seguir durmiendo, pero sabía que intentarlo no serviría para nada. Las mujeres de la edad de usted no vuelven a conciliar el sueño nunca, eso se queda para la gente joven.
Al lado de la cama estaban sus ropas amontonadas, menos la blusa que, por algún motivo, había tenido el cuidado de colgar en una percha. Se puso los mismos calcetines del día antes y tampoco se cambió de bragas, metió las piernas directamente en los pantalones del chándal en vez de los vaqueros, porque no tenía intención de salir, se puso en pie, se abrochó y cogió la blusa azul pálido.
—Es un asunto increíble que algo así pudiera estar pasando durante años —tronó de pronto desde el radiodespertador. Era una voz femenina. Usted se ató deprisa los cordones.
—Sí —respondió un varón—. No sé qué decir. No encuentro palabras.
—Como la nación entera, Rúnar. La nación no encuentra palabras.
—No tenía una opinión clara sobre ese…, pero vaya.
—¿Sobre Hans Blær?
—Hans Blær, sí, su majestad.
—Su majestad.
—Sí, pero ¿qué hay que hacer, Sigga? ¿Qué hay que decir de él?
—De elle. Hay que decir elle, de elle, a elle.
—No, no lo dirás en serio.
—Elle no puede haberlo decidido por su cuenta.
—Tampoco es eso a lo que me refiero. Me refiero a eso de Samastaður.
—¿No sería mejor que pusiéramos otra canción?
—Habrá que discutir el asunto.
—No podemos discutir un asunto del que no sabemos nada.
—Ese hombre, si se trata de un hombre, un humano, claro…, ¿los no binarios son personas?
—Yo no estoy segura ni de que las mujeres sean personas.
—… ¿Qué le puede haber pasado a ese tío?
—A elle. Qué le puede haber pasado a elle, Rúnar.
—Lo siento, me espanta lo horroroso que es todo esto. Ese tío acoge a esas chicas…
—Rúnar, en serio, este no es el lugar adecuado para…
—Pero claro que lo es, espera, espera. Acoge a esas chicas bajo sus alas protectoras. Ellas acuden a él. Son víctimas. Ya las han violado al menos una vez. Y él les da…, cómo se llama…
—Propofol.
—Sí, ese tío les da el Pro… Propo…
—Propofol.
—Y ellas se quedan traspuestas. Y luego, según dicen, ¿ese tío se dedicaba a follárselas mientras estaban desmayadas?
—¿No sería mejor poner una canción?
—Y luego, ese tío sale con que todo lo hace por ellas. Que eso las refuerza.
—Empodera.
—Sí, eso. Las empodera. Que es un tipo de tratamiento. ¿O estoy desvariando?
—No. No, no. No creo. Ellas participan.
—¡Claro! Se dejan violar tranquilamente en esa especie de tratamiento. Con un pene fabricado en alguna operación.
—No sé qué tiene eso que ver con el asunto, Rúnar. Elle no es más que una persona, independientemente de lo que haya pasado en Samastaður. El pene de elle, si es que tiene pene, cosa que creo que no se ha publicado en ningún sitio, es tan válido como el tuyo.
—De vez en cuando pienso que el hermafrodita ese no es más que cualquier otro individuo. Él, ella o elle, o simplemente ello, ha echado a perder…
Usted encerró la radio en el dormitorio sin apagarla y las voces se amortiguaron lo suficiente para que no pudiera distinguir las palabras. El hombre de la radio siguió loco de furia unos minutos más. Finalmente llegaron a la cocina las notas de Strange fruit. Usted se tomó un segundo de descanso al lado del fregadero y abrió con dificultad la cafetera, la llenó de agua y alargó el brazo para coger la lata del café. Era gris claro con seres negruzcos: algún tipo de personajes grabados que rodeaban la lata entera. Llenó el filtro, lo puso en la parte de abajo y volvió a enroscar la parte de arriba. Cuando abrió el gas no pudo evitar, por un brevísimo instante, que la asaltara la idea de dejar que inundara toda la casa. Que la vida se apagara o ardiera en llamas según las circunstancias; usted no sabe cómo funcionan estas cosas. Pero el sistema de encendido era automático y antes de darse ni cuenta la cocina se había prendido. Una vez más había sobrevivido usted.
Maldita sea.
La vela parpadea más cuando está a punto de apagarse, como si sufriera una repentina desesperación. Hans Blær busca a tientas el manillar en la oscuridad, abre el cajón del escritorio barnizado de marrón, saca una vela nueva y coge la palmatoria, mete el culo de la vela en la masa de cera caliente y la sujeta hasta que queda firme, y enciende la luz, que es tan miserable como la que acaba de apagarse, pero que ilumina el mundo, lo que queda de él.
Esto es la tierra y es oscura, aunque ni de lejos sea tan oscura como la vivienda de Hans Blær en el centro de la ciudad, donde todos los listones de madera están pintados de negro y absorben las acciones; en ellos no se halla solución, ni alivio, ni caos, porque allí nada de eso cabe. En la oscuridad de aquí, más allá de las rotondas de Mosfellsbær, las paredes se limitan a crujir y no sucede nada porque aquí no hay nadie —casi, ni Hans Blær—, aunque eso es provisional, pues siempre se corre el riesgo de que incluso aquí llegue la mañana.
Ha empezado a nevar hace un momento y del techo cae una gota inesperada que aterriza en la mesa al lado de elle. No suele llover dentro de casa, por regla general, ni nevar, de ahí que mire extrañade el techo de tablas, pero todo parece seco. Pone el dedo en la mancha húmeda de la mesa y la restriega, se mezcla con el polvo de la placa y se convierte en un barro oscuro que acaba por secarse. La realidad es ficción, pero no por eso es más improbable. Es ficción como el amor, el tráfico y las paredes que aprovechamos para protegernos de las inclemencias del tiempo, como nuestras debilidades, nuestro llanto, nuestras fortalezas y la enajenación mental que a veces crispa nuestros párpados. Sin ella no habría nada; lo único que podemos hacer es sacarle una luz de la que vivir.
La puerta corrediza de la panera siempre dejaba escapar un extraño olor hueco al abrirse. Usted sacó dos rebanadas de un pan llamado Omega. Ambas rebanadas resultaron ser extremos. Las metió en la tostadora. Luego puso café en una taza, zumo de naranja en un vaso, y cuando los dos extremos salieron lanzados del aparato, los recogió del suelo y los untó de queso fresco marrón.
Su apartamento estaba en la planta doce del bloque y usted aprovechaba esta circunstancia para contemplar desde lejos el alboroto de la ciudad por las mañanas. Hacía poco que había dejado de trabajar de contable en una zapatería y no echaba de menos estar metida en aquel tráfico. De vez en cuando echaba de menos, quizá, el trabajo en sí, o a sus compañeros de trabajo, pero no era demasiado sacrificio poder desayunar tranquilamente y no ir a ningún sitio en su coche ni en el autobús.
En el marco de la ventana estaba colocado el receptor de radio marca Tivoli, silencioso y de semblante adusto. Hace tiempo compró tres aparatos iguales y le regaló uno a Davíð Uggi y otro a Hans Blær. La calidad del sonido era incomparable y usted acostumbraba a pasar aquí tranquilamente la primera hora del día, escuchando el programa matutino, navegando por Facebook, leyendo periódicos en la red y echando un vistazo al correo electrónico. Ahora no se atrevía a hacer ni una cosa ni otra. Como si tuviera puesta una camisa de fuerza en su propio hogar. Allá fuera, en el mundo (en todos los coches que veía recorrer la ciudad, en todas las ventanas iluminadas de todas las casas de la ciudad), la gente corriente estaba oyendo en la radio a esos calumniadores difamar a su retoño como si fuera la cosa más natural del mundo entretenerse a costa de la vida privada de elle, sí, y no solo la de elle, también la de usted, porque nada que le afectara a elle dejaba de afectarla también a usted, su madre.
Y usted sabía que todo lo que decía la gente era verdad. ¿Tal vez porque usted era madre? ¿O sencillamente porque usted estaba afectada de «transfobia», como había asegurado Hans Blær durante años? ¿Acaso no era elle culpable? ¿No habría un rayito de esperanza oculto en los muchos prejuicios de usted, que la llevaban a juzgar a su retoño antes de la cuenta —sin justificación alguna—, y que todo fuera solo un equívoco que en algún momento se solucionaría?
Nunca existe más que una vía hacia la verdad, y era obvio cuál era. Abrir el ordenador. Encender la radio. Ser testigo. El runrún del despertador surgió a media voz desde el dormitorio, pero usted no pudo distinguir las palabras, igual que un rato antes. Muchas veces se había prometido a sí misma, cuando su retoño era distinto a como es ahora, que no dejaría que los prejuicios se adueñaran de usted. Que estaría en guardia para proteger su propia salud mental. No quería oír esto.
—… lo cierto es que no existe supervisión alguna en este tipo de centros —dijo en la radio una voz desconocida y un poco insegura cuando alargó el brazo para apretar el botón de encendido—. En la situación de hoy en día no se establecen condiciones mínimas de funcionamiento, aparte de las que quiera aplicar cada uno. Para conseguir una subvención pública es preciso contar con buenos apoyos, conseguir una recomendación de algún psicólogo y tal vez de algún que otro trabajador social titulado, esa es la esencia del asunto. En los centros de tratamiento trabajan exalcohólicos y exdrogadictos, en las casas de reposo, exobsesos, etcétera. Así parece que eran las cosas en Samastaður. El principal requisito era haber sufrido violencia sexual.
—¿Y no había psicólogos titulados? —preguntó la voz masculina, Rúnar.
—No. El año pasado estuvo trabajando uno, pero se despidió en diciembre.
—¿Y eso es normal?
—No, en absoluto. No sé por qué ese hecho no hizo sonar ninguna campanilla. Estamos investigando los métodos de trabajo.
—Pero dime, Kjartan —dijo la voz femenina, Sigga se llama—. ¿No habría tenido que hacerse antes? ¿Cómo se lleva a cabo la supervisión?
—Evidentemente, la supervisión es defectuosa. Hace tiempo que lo sabemos. Hacemos todo lo que podemos, pero, a decir verdad, y no me cabe duda de que el Ministerio me amonestará por lo que estoy diciendo, no nos proporcionan el dinero que necesitaríamos para hacer todo lo que legalmente tenemos obligación de hacer. Lo más natural sería que fuera el sistema público el que subvencionara fundaciones de esta clase y que la supervisión estuviera incluida en un contrato. Pero no parece que haya planes de algo así. Como digo, si ni siquiera tenemos medios económicos para llevar a cabo la supervisión, mucho menos podríamos encargarnos nosotros de las subvenciones. Y en realidad, aunque dispusiéramos de medios económicos para hacerlo, difícilmente podríamos ir de un centro a otro a todas horas del día y de la noche. Igual que tampoco podríamos hacer que nos acompañara un agente de policía a cada bar, porque en algunos sitios venden speed a escondidas. Pero tendríamos que hacer más de lo que hacemos ahora, de eso no cabe duda.
Volvió a apagar la radio. Se sintió aliviada de que no estuvieran hablando de Hans Blær y sus cualidades humanas, o de sus cualidades femeninas, o masculinas, o trans, pero se quedó extrañamente disgustada. Estaba preparada para algo que sabía que resultaría difícil, pero que nunca llegó a ser. Y ahora estaba como abrigadísima a pleno sol, le sudaba el alma, y la naturaleza animal esperaba solo el ataque, esperaba el momento de morder. Golpeó con la mano abierta en la placa de la mesa y se puso en pie. Respiró hondo, cerró los ojos y levantó los brazos por encima de la cabeza.
A continuación, encendió el ordenador y entró en Facebook. Todos a los que usted conocía poco habían empezado ya a discutir el tema, y todos a los que conocía mejor callaban piadosamente por respeto a los sentimientos de usted mientras engullían los cereales del desayuno, la primera taza de café del día acompañado de vitaminas y aceite de hígado de bacalao, leían las noticias e intentaban montar mentalmente una imagen global de aquella violencia incomprensible. Estaba claro que la nación también había estado escuchando las discusiones en la radio y cada uno se había hecho alguna idea al respecto, algo y bastante más sobre lo que había querido decir el representante del Ministerio de Bienestar Social con eso de los «exobsesos» de las casas de reposo, pero de momento se pusieron a hablar de otras cosas.
Se pasó un buen rato sin apartar los ojos de Facebook ni de la ventana hasta que de pronto miró el reloj. El mundo seguía existiendo. El tiempo. En veinte minutos empezaba su grupo de yoga para menopáusicas. Y usted ahí clavada a la silla junto a la mesa del desayuno, con una rebanada de pan con queso a medio comer, en blusa y pantalones del chándal. Sin peinar. Sin pintar. Ni siquiera se había cepillado los dientes. No le apetecía nada salir de casa, pero estaba decidida a hacerlo porque la soledad no era con ella menos dura que la compañía de otras personas. Tardaba como un cuarto de hora en coche hasta el centro y no tenía tiempo que perder si no quería llegar tarde.
Dejó con cuidado la taza de café, se limpió el queso que le había caído encima y se fue pitando a la entrada a pasitos rápidos, metió los pies directamente en las botas de invierno y cogió la bufanda de la balda de los gorros.
¿Las llaves del coche? ¿Dónde estaban las malditas llaves del coche? Descolgó el chaquetón de la percha y volvió a entrar sin quitarse las botas. Tenían que estar en la cocina. No debía descargar su enfado con los muebles. Ni dar patadas en el suelo. Ni rechinar los dientes. A la mierda el suelo, solo tendría que limpiarlo después. A la mierda, daba igual. Concentrarse. ¿Dónde vio las llaves por última vez?
Cinco minutos después encontró las llaves debajo de una montaña de caramelos en el bote de las golosinas, en el salón. Ahora ya estaba claro que llegaría un poco tarde, pero probablemente no importaría mucho. De todos modos, la gurú Guðlaug nunca empezaba a la hora exacta. Salió corriendo, llamó el ascensor y miró la luz que se movía por el contador de pisos, del uno al doce. Era un ascensor Kone nuevecito, hecho en Finlandia, que instalaron la primavera anterior, y que no tardaba nada en subir. Cuando entró y apretó el botón del piso cero para bajar al garaje, disponía aún de 12 minutos.
«Es necesario ser fuerte para moverse entre imbéciles, e inteligente para quitar de en medio a los imbéciles. Quien no ha aprendido a dominar lo pequeño —las mariposas, las hojas de los árboles, el reflejo de las estrellas en los ojos de la persona amada— nunca aprenderá a conocerse a sí mismo y nunca comprenderá la esencia del mundo. Será rechazado por los imbéciles». Hepatitis B, El puño y el músculo.
Hace 23 h y 4 m. 711 likes. 119 comentarios.
El 11 de septiembre de 1984, y unos días antes y después —cinco años más o menos— el mundo era al mismo tiempo asexuado, sexófobo y paralizado por un irresistible temor a la muerte. Vigdís Finnbogadóttir era presidenta de Islandia. Reagan era presidente de los EE. UU. Y a la familia de la avenida de Snorrabraut no podrían haberles sido más indiferentes otros presidentes. Por todo el país surgían videoclubs, las películas X las tenían en la trastienda, debajo del mostrador había un libro de registro y las revistas porno adornaban las estanterías de todas las librerías. Porque no existía internet, pero la gente necesitaba algún remedio para masturbar su impotencia. Los habitantes del planeta se mostraban con poca ropa en la televisión, con el pecho desnudo en las playas, y prácticamente todos habían perdido el impulso sexual por miedo al invierno nuclear y al sida; las mujeres asistían a cursos de autoprotección para defenderse de los violadores y compraban silbatos y espráis de pimienta, y de vez en cuando cocaína y cócteles, porque no existían medidas de seguridad suficientemente radicales para detener una guerra nuclear, ni había silbatos suficientemente grandes para asustar a los violadores, y de alguna forma había que aguantar tanto horror.
Cuando las mujeres dan a luz un niño es siempre una especie de milagro. Pero Lotta Manns, cuando aún disfrutaba de vitalidad, los milagros los hacía igual que lo hacía todo. Bufó un poco, levantó los brazos como si los cielos corrieran peligro de derrumbarse, salmodió como un religioso musulmán, se encogió de hombros, luego puso los brazos debajo del cuerpo y se quitó el mundo de en medio. Porque, digo yo, ¿qué otra cosa podía hacer? Nada.
Hans Blær nació (por primera vez) cinco años después de que Lotta cumpliera los veinte, el gran día 11 de octubre de 1984, el mismo día en que caminó por el espacio la primera mujer. En cuanto llegó a la tierra, se arañó hasta hacerse sangre y berreó para apoderarse del mortificado cuerpo de su madre, Karlotta Hermannsdóttir, exacto, y se acurrucó sobre su esternón entre los dos pechos gigantescos que colgaban hacia los lados como dos ballenas varadas en sus sudorosas axilas. Elle se había aferrado a la vida y no tenía ninguna intención de soltarla.
Todo esto había sucedido en forma muy repentina. Lotta Manns pugnaba por recuperar el aliento. Su ancho rostro estaba enrojecido, tenía el rubio cabello pegado a las sienes por el sudor, la barbilla estaba llena de moco, y los ojos, inyectados en sangre por el esfuerzo; recordaba al mismo tiempo a una pobre tonta y a un ufano guerrero. Volvió a cerrar los ojos y recogió del vacío sus pensamientos, volvió a ponerlos a cada uno en su casilla. Luego cogió los bracitos de Hans Blær, le levantó y estudió su entrepierna, arrugó las cejas, se mordió el labio, le acercó, alejó, acercó, volvió a ponerle entre sus pechos, cerró los ojos y dijo: «Niña». Luego exhaló y añadió al inhalar: «Gracias a Dios».
Eso no era nada especial, nada anómalo. Exactamente así asigna sexo la gente, así viene haciéndolo desde tiempos inmemoriales, y no podríamos afirmar con fundamento que eso tuviera la más mínima importancia en este caso concreto, aunque haya sido el primer error en una causalidad más bien banal.
Cuando Lotta hubo descansado un poco y el padre, Viggó Rúnarsson, hubo cortado con habilidad aprendida el cordón umbilical y la comadrona le hubo limpiado a elle toda la sangre y todo volvió a ser feliz tranquilidad, se decidió que Hans Blær recibiría el nombre de Ilmur Þöll. Porque olía muy bien, que es lo que significa Ilmur.
Siempre volvemos a empezar. Todo vuelve a empezar. No tenemos ningún interés en poner el punto final al otoño, que dure toda la eternidad, que las palabras no se agoten nunca, escribe elle, apretándose la nuca con la mano.
Primero no tenía nombre y luego se llamaba Ilmur, escribe elle en una página nueva, vacía y de color crema, a la luz fluctuante de una vela, con una oscura tormenta en un vaso, 34 años y 16 días después de venir al mundo, y era, como ha quedado dicho, una niña, o algo parecido. El proceso del parto fue larguísimo, pero se aceleró en cuanto empezó la expulsión, Ilmur pesó tres kilos y cuarto. Tres y cuarto, casi tres y medio. Una criatura sana, dijeron los médicos. Una criatura sana, murmuraron a media voz al cuello de sus batas blancas mientras se movían nerviosos por el linóleo que cubría los suelos de la planta de neonatos. ¿Pero qué?, preguntó la madre de la criatura. Preguntaba expectante. ¿Pero qué? Nada, una cosa sin importancia, dijeron los médicos. *Tos* *Tos*. En realidad no es nada. Y puede esperar, añadieron. Descansa y mañana por la mañana lo hablamos.
La madre de la niña no pegó ojo en toda la noche, había examinado la entrepierna de Ilmur con tanta atención que no vio nada, no quiso ver nada. Nada de lo que podía verse a simple vista. Cosas que pasan a veces.
El padre de la niña cortó el cordón umbilical y se fue al bar y luego al barco y no volvió a ver a su hija en estado sobrio hasta que desembarcó meses después. A Ilmur le daba igual, aunque a veces pensaba que quizá a su madre le resultaba muy molesto.
Tres kilos y cuarto. Casi tres y medio. No sé lo que significa, escribe elle. Me parece poco. No sabría deciros cuál tiene que ser el peso de un recién nacido por término medio. ¿Un kilo? ¿Dos kilos? Probablemente, Ilmur era una niña pequeña, tan insignificante como grandiosa llegaría a ser más tarde. Lo cierto es que cuando era pequeña, todo era pequeño. Su padre era pequeño. Apenas llegaba al manillar del cochecito de bebé. Su madre era pequeña. Metro y medio, y tal vez 40 kilos en un buen día, de los que diez correspondían a los pechos.
Karlotta Hermannsdóttir, a quien siempre llamaron Lotta Manns, era una exsecretaria de veinticuatro años y, pese a su baja estatura, se la consideraba perfectamente capaz de procrear. Se había graduado en la escuela de artes domésticas, era muy bonita de cara e insistía en trabajar en casa, a diferencia de sus compañeras de escuela, y a tal fin había pillado un hombre «mayor» muy sensato, que andaba por la treintena, nada menos.
Lotta Manns pretendía ser ama de casa, escribe elle, y nada más, aquello era su raison d’être, como dicen en Francia los poetas románticos, su este y oeste, como dicen en Inglaterra los poetas románticos, porque eso era lo que había sido la madre de Lotta y la madre de su madre también, y antes de esa época no existía sociedad civil en Islandia, no había amas de casa que trabajaran en casa, porque todo el mundo trabajaba a tiempo completo para no morirse de hambre. Al menos en la familia de Ilmur.
Lotta Manns decidió trabajar en casa en el siglo de la supermujer, cuando según el espíritu de los tiempos debería trabajar al menos en dos empleos en la ciudad, aparte de criar a los niños, cocinar, hacer tartas y limpiar, si hacemos caso a los semanarios, sin mencionar el curso de artes marciales, la peluquería semanal, las horas de bronceado, gimnasia y visitas a locales de esparcimiento (¡porque solo tenía veinticuatro años!).
El padre de Ilmur, Viggó Rúnarsson, tenía 32 años y era capitán del pesquero de altura Herdís Guðbjartsdóttir, que tenía Akranes como puerto de cabecera. El Herdís era un buen empleo, si se puede llamar «empleo» a capitanear un barco, como si fuera un empleo como cualquier otro. En los años ochenta era estupendo salir al mar, aunque no podía compararse con lo que era salir al mar en los setenta, por eso de las cuotas de pesca, pero siempre es estupendo salir al mar cuando tú eres el pez gordo, sobre todo si el año viene mal dado, y el padre de Ilmur era el pez gordo y por eso la familia de la avenida de Snorrabraut siempre andaba sobrada de dinero, fuera el año bien o mal dado, aunque, bueno, para el capitán, el año siempre va bien dado. Y lo cierto es que estaba siempre embarcado, lo que probablemente no es tan grave, o en casa de su amiguita de Akranes, para gran felicidad de todos.
Igual que otras mujeres que habían salido ya de la primera juventud y aún no habían tenido hijos, Lotta Manns metió uno de los dedos de sus pies, de uñas elegantemente pintadas, en el sucio pozo del mercado de trabajo. Asistió a clases de caligrafía el verano después de acabar la escuela intermedia y luego trabajó de secretaria en la agencia de viajes Þorbjörn hasta que conoció a Viggó, un año antes de que naciera Ilmur, el cual era unos seis años mayor que ella. A veces, cuando quería que Viggó sintiera que la necesitaba, fingía echar de menos la agencia, aunque, en realidad, lo único que deseaba era que la dejaran quedarse en casa oyendo la radio y cuidando del hogar, con los rulos puestos y unas rodajitas de pepino sobre los ojos, cocinando pescado al horno, leyendo La casa de los espíritus con los pies metidos en el masajeador mientras los niños dormían. Bebiendo demasiado café, haciendo estiramientos con el vídeo (Betamax) de Jane Fonda y comiendo bizcocho a escondidas. Después llegó el Segundo Canal y los seriales de la tarde. Mein Gott!, como dicen en Alemania los poetas románticos. Lieber Gott im Himmel! Y el resto ya se sabe.
Lotta Manns era una mujer agraciada por naturaleza, pues ningún hombre con unos ingresos como los de Viggó se habría conformado con una tía cualquiera de tres al cuarto. Era rubia, de ojos verdes y delgada, y durante todo el decenio de los ochenta y hasta bien avanzados los noventa llevaba el pelo recogido en una trenza que le llegaba hasta media espalda y que iba dando saltitos al caminar como una cola de pura luz del sol. Los primeros años no iba nunca encorvada, nunca estaba cansada ni fastidiada ni agotada, o por lo menos no se notaba desde fuera. Lotta vestía siempre con elegancia, y habitualmente llevaba vestido. No seguía la moda, pero tenía un estilo clásico que estaba en una extraña línea intermedia entre el de un ama de casa americana retro y una campesina nórdica de antes de 1970. Lo presentaba todo como cosas neorrománticas: faldas de volantes, hombreras, colores pastel y neón, pelo cardado y líneas bien marcadas en el maquillaje que envolvían las orejas, o los ojos, o todo a la vez. Colores terrosos naturales, un poquitín de colorete en las mejillas para tener un aspecto más fresco, un breve toque de lápiz aquí y allá y un porte poderoso a la vez que modesto. No necesitaba nada más.
Lotta era a veces un poco inflexible, un poco brusca, con quienes tenía más cerca, sobre todo con sus amigas. Pero no era porque estuviera angustiada. Lotta sabía mirar a la gente —incluso de pronto, inesperadamente— con tal furia que los varones adultos se arrodillaban ante ella y se ponían a pedir excusas sin saber qué era lo que habían hecho. Fue perdiendo esa fuerza según se fue haciendo mayor, y cuando se cansaba, parecía fundirse con la eternidad, de donde procedía, igual que pasaba con tantas otras cosas.
Pero antes de llegar a lo que enseguida contaremos —como corresponde a nuestra desacreditada lentitud, no tenemos prisa—, antes de que estallase la feroz tormenta y los vasos se llenaran, nació Ilmur, y al día siguiente de nacer Ilmur llegaron los médicos y dijeron a la madre recién parida que su hija tenía «falo» (porque eran personas demasiado educadas para decir «polla» a la luz del día), o al menos algo parecido a un «falo». Fue un auténtico golpe para Lotta. Ciertamente, el falo estaba contraído, dijeron los médicos, era pequeño y en realidad no era más que un clítoris demasiado grande —la criatura tenía lo que se denomina «clitoromegalia», probablemente como consecuencia de la inmadurez de las glándulas suprarrenales—, pero no dejaba de ser un falo. Un falo y nada más, o ambas cosas, aunque no era un falo propiamente, menos aún un clítoris, sino un dedito índice o un hombrecito calvo que estaba ahí encogido y rojo e intentaba asomar por el glande, pero que no podía porque tenía los hombros sujetos, como si Ilmur estuviera pariendo un niño diminuto. Su propio hijo, justo de un día de edad, un niño del tamaño de un muñeco de Lego.
Al principio, Lotta no conseguía distinguirlo, su educación había sido tan esmerada que era incapaz de ver cualquier cosa que perturbara su mundo, a menos que alguien le exigiera terminantemente que reconociera su existencia.
Pues claro, escribe elle al tiempo que alarga la mano hacia el vaso, toma un sorbo y hace crujir las cervicales. A Lotta Manns, la madre de elle y de ella, a usted, mamá, le administraron óxido nitroso, oxígeno y tranquilizantes, y a punto estuvieron de rodearla de enfermeras con abanicos, pero nadie se preocupó de ayudar a Ilmur con ninguna de esas cosas hasta mucho después. También ella era demasiado necia para tomarse el asunto demasiado a pecho. Viggó seguía embarcado, siempre estaba embarcado, excepto cuando estaba con alguna puta en algún puerto. Mamá lloraba cuando no había visitas, pero tenía el máximo cuidado para que nadie viera a Ilmur sin pañal. Pero fue más tarde, ya en la casa de Snorrabraut, y con Ilmur con el culo al aire, cuando el gusarapo se dejó ver claramente como un brillante faro de carne en la oscuridad; el nombre latino de clítoris es landica, lo oculto o escondido, pero no había nada oculto o escondido en el clítoris de Ilmur Þöll Viggósdóttir.
Al tercer día, Lotta Manns dejó de suspirar lastimera y se quitó la mascarilla de oxígeno, con gran alivio de la comadrona. Entonces le preguntaron si le interesaría que le extirparan «aquello» a la niña. Estaba pálida por el exceso de preocupación, la falta de alimento, los medicamentos y el estrés en general, y no se consideraba en condiciones para ocuparse de aquel horror, había empezado a llover y la temperatura había subido ocho grados; Ilmur ya pesaba tres kilos y medio, o algo así, lo cierto es que ya estaba creciendo, pues, aunque la madre aún no hubiera puesto el pezón en su boquita, las enfermeras se habían ocupado de alimentar a la criatura.
Lotta volvió a ponerse la mascarilla de oxígeno mientras reflexionaba sobre el asunto. Faltaban aún quince o veinte años para que la expresión «ablación de clítoris» se hiciera de uso común. Y entonces se utilizaba, en realidad, para hablar de otra cosa, pero da igual, ¿estaba ella dispuesta a permitir que unos energúmenos armados de bisturí hurgaran en el sexo de la niña? ¿O debía dejarla ir por la vida deformada por la mano de Dios? El médico, que saltaba a la vista que había estudiado en el extranjero, aseguró que no tendría por qué ser nada especial, ni reducir el falo para transformarlo en un falo de bebé normal y corriente, ni dejarlo como estaba, sin más. «La complejidad de la naturaleza dista mucho de estar sobrevalorada —dijo el médico, henchido de su propia importancia y de una amplitud de miras importada—. Puede decirse que un micropene o macroclítoris, según se mire, es una deformación. Pero nadie tiene por qué convertirse en una molestia para uno mismo. Los genitales del hombre son complejos».
Lotta volvió a quitarse la mascarilla de oxígeno e iba a decir algo de que los genitales de su hija no eran los genitales de ningún hombre, aunque el médico lo sabía perfectamente, claro, y había querido decir otra cosa, pero se sintió tan mareada que se sujetó la mascarilla y aspiró con fuerza sin decir nada.
El personal cambió la bombona de oxígeno y Lotta pidió un poco más de tiempo para reflexionar. Pensaba pedir consejo a Halla, su amiga de la agencia de viajes.
Viggó Rúnarsson se había ido del paritorio al bar directamente, y de ahí a Akranes, de donde navegó rumbo a Groenlandia, donde estaba ayudando a unos marinos portugueses a pescar bacalao para los groenlandeses, con escaso éxito, según supe más tarde, y los marinos portugueses le dieron la enhorabuena y abrieron muchas botellas en su honor y fumaron puros y jugaron a diversas cosas aprovechando la ausencia de bacalao durante varios días seguidos, mientras Viggó mandaba mensajes a casa explicando su alegría por todo aquello. Los mensajes eran todos del mismo tenor: «Espero que estés bien de salud, amor mío. No puedo esperar para estar otra vez con vosotras. Tu Viggó».
Ya hemos visto que quedaba totalmente excluida la posibilidad de intentar consultar nada con él. La amiga Halla había tenido cinco hijos de dos hombres distintos, pero en estos momentos de la historia estaba sola, aparte de los niños, claro. Lloró un poco al borde de la cama de hospital de Lotta. En cambio, Lotta rio. Era por culpa de los medicamentos, y luego lloró ella también, ¿no sería también cosa de los medicamentos? Finalmente pidieron que trajeran a Ilmur, le quitaron el pañal y examinaron el animalillo que había debajo del clítoris.
—Es casi como si se fuera a salir por su cuenta para escaparse —dijo mamá. Y añadió, tras un breve silencio y unos cuantos suspiros—: Pero no lo hará, claro.
—Te voy a contar una cosa —dijo Halla—. Una vez vi a una mujer. —Enarcó las cejas—. En la piscina. —Era como si quisiera que Lotta terminara la frase—. Con una cosa como esa. —Abrió mucho los ojos y señaló el monstruo de Ilmur—. Solo que más grande y más de adulto, claro. Igualito que un pene pequeño, es que exactamente igual. Primero pensé que aquella mujer llevaba una jaula absurda. Aquello recordaba más que nada a un pollito.
—Naturalmente, después crecerá el pelo —dijo mamá.
—Y se quedará más arrugado. ¿Lo de abajo está bien abierto?
—Sí, sí. Es como tiene que ser.
—¿Como en una mujer? ¿Sale la orina?…
—No estoy segura. Tiene que estar por aquí arriba. —Examinaron los genitales y tiraron con cuidado de la piel que rodeaba la vulva, si se podía hablar de vulva, cada una con un dedo índice.
—¿Y la vagina?
—¡No mea por la vagina, y tú tampoco!
—Ya lo sé. ¿Qué te crees que soy?
Y justo a punto, Ilmur empezó a mear. Por la uretra. Lotta y Halla se encogieron cuando el hombrecito estiró la cabeza, sacó un hocico rojo oscuro y de él brotó con fuerza un chorro considerable, fino y de color claro, y tan fuerte que primero lamió la cabecera de la cama por fuera, luego bajó al hombro de Lotta, que ni chistó, atontada como estaba por las medicinas, luego a la rodilla de la preciosa criatura y finalmente las últimas gotitas le cayeron entre las nalgas y en la cama.
—Es para no creérselo —dijo Halla llena de admiración de lo bien que había regado Ilmur el mundo. Se puso en pie, se secó las lágrimas y miró a Lotta con gesto serio—. Esto es obra de Dios.
Y con eso quedó todo decidido.
* * *
No nos precipitemos, escribe elle. Naturalmente, quedan muchas cosas que os gustaría saber, pero lo sabréis todo al final. Probablemente podríamos dar todo esto por concluido en doscientas palabras más o menos —como una confesión de longitud promedio— y dejarnos de discusiones sobre el moméntum. Pero la verdad no está ahí. También tenemos que aprender a dejar tiempo a las cosas. Tal vez no importe que esto no se lea nunca, aunque sea ilegible. No por eso hay que ser descuidados.
Usted y vosotros, escribe elle, Lotta y Viggó, prepararon para su hija única, Ilmur Þöll —que es como se llamaba entonces, aunque ya no se llama así—, un lindo hogar en una casa unifamiliar al lado mismo de la plaza Hlemmur, en Reikiavik. La casa estaba pintada de blanco, mientras que todas las casas de la zona estaban revestidas de arena de conchas. Dos pisos y montones de metros cuadrados, todo repleto, quién conoce de verdad un sitio así, mayor que la inmensa mayoría de las casas, porque el capitán Viggó tenía un enorme arrastrero congelador con base en el puerto de Akranes, donde Viggó, por esa misma razón, pasaba mucho tiempo, en un piso a cargo del armador, y en la ciudad tenía sus amantes desde hacía tiempo, aunque ellas no le hacían ninguna sombra a Lotta, a quien mantenía también con generosidad. Pero Viggó pasaba poco tiempo en casa y quizá fuera lo mejor, porque era un tanto desabrido y fastidioso cuando estaba en casa, mientras que en Akranes resultaba ser el amo de todas las fiestas, de modo que probablemente lo mejor era que no se moviera de allí.
Lotta Manns y Viggó Rúnars tuvieron su primer hijo, que en cierto sentido resultó ser dos hijos, o muchos, en otoño, como ya sabemos. Los padres suelen reconocer, al menos los padres que saben del asunto —los que leen libros sobre educación, madurez, la diferencia entre primera y segunda infancia, etcétera, tal vez no los que piensan que educar consiste solamente en dar de comer al retoño y esperar a que pueda comunicarse (nada más pasar la pubertad) para mandarlo a trabajar, aunque sí otros padres, más listos desde el nacimiento—, que lo mejor es tener hijos en otoño. El motivo es que el primer medio año de la vida no es, en realidad, más que medio año de reclusión. La criatura pasa la mayor parte del tiempo en el interior de la casa, o de las casas, además, como es natural, de en su propio interior, pero cuando la criatura por fin se hace consciente de la existencia del mundo, digamos en abril, la naturaleza rompe a cantar. El retoño aprende a caminar por la hierba antes del regreso del otoño. Va a la piscina de bebés al aire libre. Conoce el mundo desnudo y en flor.
Parece algo muy deseable y no debería extrañar a nadie. Ni siquiera hay quien lo discuta.
Viggó desembarcó, cogió a su hija en brazos, le hizo el caballito sobre las rodillas, le quitó el vómito de los muslos y luego se embarcó otra vez, o se fue con sus putas, lo uno por lo otro. Los portugueses no habían encontrado ni un pez, pero como él cobraba por asesorarlos y había ido en su temporada libre, ese hecho no afectaba a sus ganancias, que eran ingresos extra; Viggó había perdido ya la capacidad de decir no al dinero cuando Lotta le informó de que estaba esperando —no solo por Ilmur, pero perdió el deseo sexual hacia «la madre»—, de modo que tuvo que consolarse en Kjalarnes con una querida, que costaba lo suyo, y ahora tuvo que hacer dos mareas seguidas con Herdís de Akranes, lo que duró los dos meses siguientes, con una breve parada, como llevaba haciendo más o menos en los tres últimos.
No se hablaba de relaciones de cama con mujeres que apenas conseguían levantarse sobre las dos piernas después del parto en ninguno de los libros que tenían en la casa de Snorrabraut, y, naturalmente, Viggó no estaba necesitado, con todas las mujeres que tenía, y solo Dios sabe si Lotta estaba necesitada o no, pero alguna necesidad debió de haber porque, cuando Viggó se volvió a marchar al día siguiente, Lotta estaba embarazada de Davíð Uggi, y Viggó se enteró por un mensaje justo antes del siguiente periodo de libranza, y al saberlo se presentó de inmediato para otra marea y no se le vio el pelo en cuatro meses, con excepción de algún día suelto. En esa época no existía el túnel de Hvalfjörður y para viajar entre Akranes y Reikiavik había que tomar el ferri Akraborg y, si desembarcaba tarde, se tenía que quedar a dormir en Akranes, igual que, casi sin excepción, el día antes de hacerse a la mar, y otras veces más para el «mantenimiento del buque», como lo llamaba él con un juego de palabras muy hábil, porque en esos días se dedicaba a follar con la mantenida. «El capitán tiene que ser el primero a bordo. Sin excepciones», decía cuando Lotta protestaba. Había tantas cosas que las mujeres eran incapaces de entender.
La primera cosa memorable que hizo Ilmur en la vida, cuando por fin se encendió la luz en su cerebro —llegó la primavera y vio el mundo florecer—, fue, como queda dicho, mirar a su madre embarazada, nada más nacer ella. Lotta Manns fue engordando como manda la ley, caminaba con andares de pato y se dejaba mimar por sus amigas. Estaba de un humor un tanto raro, que oscilaba entre los accesos de llanto y una determinación rocosa, tenía antojos de cosas raras a horas extrañas del día y le salieron edemas y ampollas, olía a queso viejo, a arenque rancio, a bandeja vieja con trozos de tiburón fermentado, ya sabéis cómo es eso, cuando no olía a mañana de primavera o incluso a cerdo confitado de Navidad, se odiaba a sí misma y pensaba que la vida era un maratón de danza sobre rosas, sobre espinas de rosas, etcétera, etcétera. Todo en perfecto acuerdo con el bendito libro.
Ilmur tenía cinco años, como mucho, cuando Lotta le pidió por primera pero no última vez que, por lo que más quisiera, no le enseñara el gusarapo a nadie. No tenía ocasión de hacerlo, Ilmur no lo había hecho nunca, no se dedicaba a jugar a los médicos con sus amigos ni nada de eso, y probablemente, Lotta solo quería evitar antes del parto, simplemente evitar, prudentemente, que pudiera llegar a suceder que la niña se pusiera a hablar con otras personas, sin darse ni cuenta, sobre sus genitales y se descubriera la anormalidad de la familia, porque era culpa de la madre, fueron sus hormonas las que dejaron a Ilmur en ese estado. No se avergonzaba de su hija, se avergonzaba de sí misma, de haber fracasado, le resultaba embarazoso y no quería verse en la tesitura de tener que explicar nada, pero le pasó el tema a Ilmur. «Tampoco nosotras hablamos de los genitales —le dijo a su amiga Halla cuando se lo preguntó—. ¿O es que tú vas por la ciudad hablando de tu coño?».
