Harry y yo - Sebastián García Posse - E-Book

Harry y yo E-Book

Sebastián García Posse

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Beschreibung

Un chico de diez años encuentra, en la mesa de luz de su padre, una carta. Esas palabras, leídas en el desamparo de lo que no se llega a comprender pero ya se sabe, serán la carga que hará estallar, años después, todas las palabras. Mediante el monólogo interior de tres personajes en tiempos distintos, esta novela desnuda con crudeza la figura de un hombre que ya no es. El padre invencible, el amigo de fierro, el galán arrollador. A través de un relato punzante, riguroso y sin cuartel, el hijo reconstruye la figura del padre amado y admirado —deportista, compinche, heroico—, y lo pone de pie tras la caída del ídolo. Del otro lado, entre la culpa y el desconcierto, el abandono autoinfligido y la melancolía, el padre vive su destierro en una sobrevida agónica, un largo suicidio silencioso. En este notable cruce de voces —abatida y terminal la del padre, imperiosa e iniciática la del hijo—, una tercera voz, la del amigo, introduce nuevas coordenadas en la historia. Un caleidoscopio que muda paisajes, arma y desarma, a contraluz, pasado más presente más futuro. Con coraje y destreza narrativa, poniendo la lupa en esos gestos "nimios" de la vida, Sebastián García Posse teje una trama tan introspectiva como torrencial, un lúcido concierto de puntos de vista donde convergen milagros y miserias. El barrio de pueblo, la gran ciudad, la ruta que une y separa son el territorio de una memoria común. Un retrato de familia hecho trizas cuyos pedazos restituyen, a duras penas, esa fotografía familiar malograda. De esa peregrinación por las ruinas de la infancia y la adolescencia, la voz que surge ahora es la del hombre en el que aquel chico se ha convertido. Con el trasfondo de los noventa y las secuelas de la Argentina post-2001, Harry y yo indaga en la fortaleza y en la fragilidad de los vínculos, en la nostalgia de los años dorados y en los fantasmas de toda historia familiar. Un relato cáustico, cercano y entrañable sobre los avatares de la vida doméstica, sobre los lazos que nos atan y separan, irremediablemente, de quienes amamos.

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Seitenzahl: 633

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Sebastián García Posse

Harry y yo

A mi madre, que gracias al cielo aún vive.

A mi padre, que ya no, pero también.

A mis hermanos, los del útero y los de la vida.

Pensé: mi padre ya no está, y si no hago algo de prisa, su vida entera se desvanecerá con él.

 

PAUL AUSTER, La invención de la soledad.

1. La carta en el cajón de la mesa de luz

Cuando tenía diez años encontré una carta en la mesa de luz de mi padre. Estaba escrita por mi madre y hablaba de ellos. De la relación, del deterioro de los últimos años. Decía que no se había roto, que eso no sería lo peor, sino que se había gastado. Y que por los chicos, mis dos hermanos y yo, tenían que hacer lo imposible para seguir juntos. Como la familia que éramos. Habían elegido casarse y tener hijos y debían cumplir con esa responsabilidad hasta el final.

La carta estaba suelta en el primer cajón, doblada prolijamente en cuatro, debajo de una libreta con anotaciones y un alicate (mi padre siempre tenía un alicate cerca). A cada rato yo le revisaba ese cajón, me parecía un lugar especial de la casa: ese y el primer estante de su placar, donde dejaba la billetera, los carnés y las boludeces que no sabía dónde poner. En el cajón de la mesa de luz yo había encontrado una vez un paquete de preservativos: le había preguntado qué eran y él, con una mueca entre seria y divertida que no voy a olvidar nunca, me dijo que eran «cueritos para la canilla». Le creí. No tenía idea de qué podían ser esas gomitas transparentes y, salvo la farsa de Papá Noel, todavía no imaginaba que los padres dijeran otra cosa que la verdad. Así que un poco sin querer y otro poco queriendo (uno nunca desconoce lo desconocido), al meter la nariz en aquel cajón me asomé a una verdad que cambiaría mi vida.

Era una hoja blanca sin renglones, de la mitad de tamaño que las hojas comunes, como si mi madre la hubiera recortado para que el mensaje ocupara todo el espacio. Jamás había visto un papel así, liso: los que yo conocía eran rayados o cuadriculados, unos para lengua, otros para matemática, o las pilas de formularios continuos que mi padre traía de la fábrica y que en casa se usaban para todo lo que no fuera del colegio. Había resmas por todos lados, y con mis hermanos crecimos haciendo dibujos sobre ese papel de trama gris y rosada. Pasábamos horas enteras desprendiendo el troquelado de agujeritos de los bordes y después con eso hacíamos muñecos, casas, barcos y aviones.

La letra de mi madre era azul, urgente, y la carta parecía escrita de un tirón. No tenía borrones ni tachaduras. ¿Cuánto tiempo llevaría meditando cada palabra puesta ahí? Inclinando la hoja podía ver los surcos dejados por el bolígrafo: eran trazos de amor y dolor incrustados en el blanco indefenso del papel. Las cosas revelan en la superficie lo que son por debajo. Y si bien mis diez años me permitieron intuir lo que quería decir ese puñado de oraciones, me llevó un tiempo entender el significado profundo del iceberg que había encontrado en ese cajón. Desde aquel momento, palabras como roto y gastado me quedaron grabadas con el ardor de un fierro para marcar vacas. Como esas que ahora pastan indiferentes al costado de la ruta, veinticinco años después de esa carta, ignorantes de su destino de frigorífico y de todo lo que pasa con los seres humanos y conmigo, acá en el auto, con las ventanillas cerradas y la calefacción encendida, pisando el acelerador bajo el cielo celeste rojizo de la autopista Buenos Aires – Gualeguaychú.

La manuscrita de mi madre le recordaba a mi padre que se habían casado para toda la vida. Lo habían prometido ante Dios y sus seres queridos en el altar. Construir una familia no era un partido de fútbol o de pádel que se podía abandonar por cansancio, calentura, o simplemente porque las cosas no iban como uno esperaba. Era un tren en el que se viajaba para siempre y cuya última estación era la muerte de uno de los dos. A esta altura no recuerdo si lo puso así, pero conozco a mi madre. Por eso, en los años que siguieron a esa carta, hizo la vista gorda con los deslices amorosos de mi padre en San Nicolás y siguió bancándolo como una estatua cuando nos mudamos a Gualeguaychú, donde ellos habían nacido y adonde habían decidido volver para vivir lo que les quedaba por delante. Únicamente un acontecimiento de fuerza mayor, algo que saboteara por completo el macizo granítico de sus convicciones, y quizá ni siquiera eso, podría haberle hecho a mi madre juntar el coraje suficiente para cortar por lo sano. E incluso daría mil vueltas antes del sablazo. Para ella, separarse era algo imposible de decidir por sí misma. ¿Qué iban a decir los demás? ¿Una vida de divorciada a los cuarenta y pico, cincuenta? De ninguna manera, antes muerta. Y si acaso el acontecimiento de fuerza mayor llegaba y terminaba separándose, ¿cómo seguía la vida? ¿Alguien, otro hombre, fijándose en ella? ¿Para qué? ¿Con qué necesidad?, su pregunta de cabecera cada vez que queríamos hacer algo, de chicos, y también ahora de adultos, cuando le cuento que quiero comprarme una moto o viajar a Vietnam, como si la validez de esa pregunta no caducara jamás. La vida terminaba con el matrimonio. O la muerte. Ya lo había pensado muy bien antes de dar el sí, y eso se hacía una única vez y para siempre, porque así lo dispone Dios y son cosas que no se discuten.

Mi padre no sufría la presión de esos mandatos, ni parecía urgido por buscarle una solución. Que sea lo que Dios quiera, si es que hay dios, o que el tiempo lo vaya arreglando. Así pensaba él sobre muchas cosas. Pasó el tiempo y no arregló demasiado. El acostumbramiento y la indecisión se comían las semanas, y los meses, sin que ninguno se animara a ir hasta el hueso. Pero un día, a tres o cuatro años de instalados en Gualeguaychú, el hueso quedó expuesto con el embrollo de mi padre y su alumna de matemática, una tipa de cuarenta que quería completar el secundario y se había anotado en las clases particulares que él daba en el complejo de pádel que habíamos construido ni bien llegamos a Entre Ríos. Una clase, dos, diez, y los pocos hilos que aún sostenían el matrimonio se cortaron del todo. La situación en casa se volvió insostenible. Mi padre llegaba del complejo cada vez más tarde, no había día que no discutieran con mi madre, y cuando no peleaban era porque se la pasaban esquivándose. Con tal de no verlos, con mis hermanos nos encerrábamos en la pieza a hacer cualquier cosa, o salíamos a la calle, aunque no anduviera nadie o no supiéramos qué hacer.

Como hijo, los años después de la carta fueron eternos. Conviví con el peso de sus palabras cada día que siguió. No importa lo que pasara, tenían que seguir juntos por nosotros. Hasta que al final se separaron. Once años después, incidente de la alumna por medio. Yo tenía veintiuno, estudiaba en Buenos Aires desde hacía tres, y viajaba a Gualeguaychú los fines de semana y a pasar el verano. Por momentos, durante aquellos años interminables, los veía aflojar y llevarse bien, o reírse juntos de algo, y me ilusionaba con que aquella hoja de letras dolidas hubiera sido el arrebato de una mujer despechada. Pero al rato la fantasía se esfumaba y las cosas volvían a la normalidad, al cauce seco de una relación extinguida. G a s t a d a. Tiempo después de haber descubierto la carta, corrí al cajón de la mesa de luz para ver si todavía estaba. La encontré tal cual, debajo del anotador y el alicate. ¿Por qué la había dejado? ¿No sabía que los chicos espían a los padres en busca de sorpresas? Mi padre no era de esos que viven mirando atrás, ni se quedaba enfrascado en cosas negativas, sin solución. ¿Para qué, entonces? ¿Por qué no la hizo un bollo y la tiró?

Hace un año mi padre murió. Cuando fuimos con mi hermano a vaciar su departamento, la busqué por todos lados, en cajas, cajones, estantes, libros, sobres, carpetas y bolsillos de pantalones y camperas, pero no apareció.

2. Enamorado de otra

Aunque haya pasado el tiempo y ya no quede nada por delante, aunque hayan transcurrido mil vidas, no puedo quitarme de la cabeza aquel domingo, porque fue el día más triste que viví. Nadie puede saber con certeza algo así, qué día una cosa y qué día otra, pero yo sí, porque ahí empezó todo esto que ahora está por terminar. Ya no soporto nada de lo que hay en esta habitación, las sábanas con olor a lavandina, la bandeja de la comida, el papagayo para mear, ni a los médicos y enfermeros con su pantomima inútil. Agradezco que ya se me hayan acabado las fuerzas hasta para levantar los párpados. Solo quedan los recuerdos, que viajan dentro de mi cabeza a una velocidad inaudita, eligiendo la ropa con la que vestirse. Como si acaso importara.

Era verano, el sol estaba cayendo, pero hacía un calor insoportable. En Gualeguaychú la humedad multiplica la densidad del aire. Yo ordenaba unas cosas en el complejo de pádel; antes de cerrar me gustaba dejar todo listo para los turnos de la mañana. No había demasiado que hacer, los domingos eran tranquilos y la fiebre del pádel ya había pasado. Más que nada, dar una barrida por el bar, acomodar las mesas y revisar que las luces estuvieran apagadas y las canillas cerradas. Asegurar puertas y ventanas, correr las cortinas y prender la alarma. Ya había desenchufado el equipo de música, en unos minutos me iba. Afuera se escuchaban los autos y motos acelerando en la calle; el complejo quedaba a unos kilómetros del centro y a esa altura la Urquiza se convierte en ruta. Estaba agachado reponiendo unas botellas de gaseosa cuando escucho que alguien abre la puerta con un estampido. Las botellas se me resbalaron y cayeron contra el piso de la heladera. Había dos posibilidades: ladrones o mi hijo mayor, que vivía a doscientos por hora. Fue lo segundo, y a la luz de lo que se desató ahí, habría preferido cien veces que hubieran sido los chorros.

Mi hijo venía con la paleta bajo el brazo, vestido como para jugar, pero no me saludó con su gritito habitual, «¡Harry!», y en su cara faltaban los dientes de la sonrisa. Dio una vuelta de llave a la puerta y se quedó del otro lado del mostrador. Jamás había hecho eso. Algo había pasado. No tuve tiempo de adivinar. Apoyó la paleta en el mostrador y desde ahí nomás, sin preámbulos ni anestesia, me preguntó si yo andaba con otra mina. «Decime una cosa y no se te ocurra mentirme: ¿vos andás con otra?» No dijo «pa» en ningún lugar y trituró con la mandíbula los signos de pregunta. Dijo esas trece palabras y se quedó mirándome. En el segundo que tardé en reaccionar repasé todas las respuestas posibles, respuestas que había ensayado hasta el cansancio para cuando mi mujer me preguntara, pero aquel día, ante mi hijo, no pude articular otra cosa que un «sí» aterrorizado. Una de las palabras más simples y preciosas que existen, SÍ, la palabra con que se aceptan las cosas de la vida, la palabra que habilita, la palabra con la que las personas se ilusionan, se acompañan y sueñan. La palabra mágica de los amigos y los esposos. En cambio, pronunciada ahí, de esa manera, me llenó de un miedo y una impotencia abismales. Y no pude explicarle nada, no pude decirle que no andaba con otra mina sino que me había enamorado de otra mujer. Tenía los ojos puestos sobre los míos como nunca los había visto. Incrédulos, implorantes, inquisidores, asesinos. Agujas de estupor y de sombra clavadas en mis pupilas. «Entonces, hoy mismo, cuando llegues a casa, le contás a mami y se arreglan. Porque por culpa tuya está hecha mierda.» Y tratando de aguantar la firmeza que había logrado hasta ahí, se largó a llorar. Agarró la paleta, giró la llave y salió corriendo a la calle. Ni siquiera dio un portazo. Tenía que jugar un torneo y, no importa lo que pasara, jamás dejaba una cosa sin hacer. Además, esta vez le tocaba de compañero con el hermano, el del medio, y aunque casi no jugaban juntos, le gustaba porque el otro lo veía como a un ídolo, igual que el más chico, nuestro último hijo.

Me quedé ahogado, sin poder pasar el aire por la garganta. Con ganas de vomitar, de pegarme un tiro, de no haber nacido. Mi hijo levantándome el dedo, obligándome a resolver un asunto que no era suyo, que llevaba siglos y nunca podría entender. Y yo sin saber qué hacer ni decir, con ganas de encajarle un sopapo, y de abrazarlo.

Pobrecito.

No sé cuánto tiempo pasó desde que se fue. Yo seguía tirado en el piso del pasillo, entre la barra y la pared, como si me hubieran dado un planchazo en los huevos, con la sangre de todo el cuerpo agolpada en las sienes. Pensé que no me levantaría más. Un paralítico, un molusco que iba a morir reseco sobre las baldosas todavía calientes del complejo. Cuando me pude mover, gateé hasta el freezer y me levanté arañando el borde de la tapa. Saqué una cerveza y la abrí. Unos tragos helados me iban a hacer bien, siempre me hacían bien. Llené el vaso, la espuma enloquecida por servirlo tan de golpe, pero no pude arrimármelo a la boca. Tenía el brazo muerto, la garganta clausurada. Esperé hasta que pude tomarme la botella y fui hasta el lugar donde jugaban mis hijos. Quedaba cerca. Amaba verlos competir, una de las cosas que más me gustaba en la vida. Y encima juntos. Saltando y corriendo como dos animalitos alegres detrás de la pelota, festejando cada punto con un grito o un choque de manos, mojados enteros, ajenos a todo. Esa noche jugaron, pero para mí no hubo pelota, ni saltos, ni animalitos. No estaba ahí, y ya no habría nada más de eso para mí. Solo pedazos de mundo, los pedazos de mi mundo recién destrozado girando en un remolino gigantesco, y yo arrastrado por ese embudo directo a las fauces del sapo gordo e insaciable del fondo, que se traga la felicidad de la existencia con eructos atronadores.

Después del partido, de camino a casa, pasé por lo del Negro a ver qué me decía. Paré en la puerta, apagué el motor, pero no bajé. ¿Tocarle el timbre a las once y pico de la noche, con todos ya en pijama? ¿Qué le iba a decir? ¿Y qué me podía decir él, con su familia de molde y sus moralejas sacadas de la Biblia? Nunca lo escuché decir una palabra fuera de lugar sobre su mujer o sus hijos. Seguí viaje y cuando llegué a casa estacioné a media cuadra, sobre la plaza. No sé por qué. Tampoco sé cuánto tardé en caminar hasta el zaguán, meter la llave y subir la escalera. Desde abajo había visto la luz de la cocina prendida y a mi mujer apoyada contra la mesada, con los brazos cruzados sobre el pecho. Sabía que me estaban esperando, ella ahí y los chicos en la pieza.

Al pisar el primer escalón, se me vino una imagen del Barrio SOMISA en San Nicolás, diez años antes, cuando todavía éramos una familia y los cuatro me esperaban detrás de la puerta para ver llegar a papi, que después del beso a mami se agachaba para cargar a los chicos en los brazos y a cococho, todavía con el maletín de la fábrica en la mano.

Abrí la puerta y ahí estaba mi hijo, aún vestido de pádel, sin bañarse. Un metro al costado estaba mi mujer. «Ustedes dos tienen que hablar», dijo él, y ahora fueron cinco palabras, y sin lágrimas ni gestos se fue para su pieza. Esa noche dije lo que pude, escuché lo que tenía que escuchar y por última vez dormí en la misma casa que mi familia. A la mañana siguiente, cuando fui a buscar a mi hijo para hablarle, la madre me dijo que se había vuelto a Buenos Aires.

3. Anda con otra

Un día mi madre me llamó a la cocina y cerró la puerta. Nunca cerraba la puerta. Tenía los ojos grises cubiertos de agua y la voz le temblaba. Era fin de semana, a la hora de la siesta; yo había ido a Gualeguaychú de visita y estábamos solos. Mi padre trabajaba en las canchas y mis hermanos andaban por ahí con sus amigos. Se apoyó contra la mesada, con las manos agarradas adelante, los dedos estrujándose unos a otros. Parecía que le había pasado un camión por encima. Yo me apoyé contra la pared para tenerla de frente y atajar lo que fuera que iba a venir.

En cuanto abrió la boca, los ojos le explotaron y las lágrimas empezaron a correr como ríos por las mejillas. Me dijo que estaba mal, que hacía años que estaba mal, pero que ya no aguantaba más. La angustia se había vuelto insoportable y necesitaba saber. Se refería a mi padre y al desastre en que se había convertido su matrimonio. El entusiasmo de los primeros tiempos había quedado lejísimos, y más allá de nosotros, los hijos, ya no había nada. La relación se había gastado. Yo lo sabía desde los diez años, pero escuchar esa palabra de su boca me dejó helado. La dijo tras una pausa, y cada letra sonó en mi cabeza como si estuviera conectada a una alarma. No era una palabra cualquiera, ninguna palabra es una palabra cualquiera, pero esta era demasiado grande. Y pesada.

Los días en casa pasaban sin pena ni gloria y, no importa si estaba bien o mal, nos habíamos acostumbrado. Mis padres vivían peleándose. De vez en cuando se calmaban, treguas que arreglaban en voz baja encerrados en la pieza, ignorando que nosotros estábamos con la oreja pegada a la puerta, absorbiendo como esponjas lo que decían. Pero al rato todo volvía a la normalidad. Los reproches, las caras de culo, las horas sin hablarse o sin siquiera mirarse. El amor y compañerismo de los padres, los cimientos sobre los que se asienta una familia feliz, se habían ido de casa hacía rato. Nuestra familia tenía los días contados.

Necesitaba saber, había dicho mi madre, ¿pero qué cosa? No podía ser el desahogo de una esposa aburrida o frustrada. Y no habría cerrado la puerta para hablar de eso. Enseguida llegó al punto, la llaga que no paraba de arder. Los ríos de lágrimas seguían bajando desde los ojos rojos, hinchados. La sorpresa no fue la noticia en sí, sino cómo me lo contó. Estaba deshecha. Mi padre era un tipo inteligente, divertido, entrador, no le costaba nada hacer amigos. Mi madre también, pero ciertas cosas estaban fuera de su radar. ¡Cuidado, pecado, prohibido! Pero mi padre no, carecía de esa clase de frenos. Yo creía que a esa altura mi madre había aceptado esas «ciertas cosas» del matrimonio como parte del paisaje: llevaban más de veinte años de casados, era lógico que hubiera habido algún desliz, alguna aventura. Vista gorda, ojos que no ven corazón que no siente, y aquí no ha pasado nada. Un día había ocurrido lo que casi siempre ocurre, pensaba yo, lo habían hablado como adultos responsables que eran, y después del enojo, las disculpas y juramentos del caso, habían decidido dar vuelta la página y seguir. Pero, por lo visto, no había sido así. A cambio, había un quilombo enorme. Porque esta vez no era un desliz, los deslices mi madre ya se los había dejado pasar. Esta vez era una mujer con nombre y apellido, y se le había ido la mano. Lo habían visto en el auto con la mina en las calles de atrás del complejo. En Gualeguaychú se sabe todo. A mí me parecía raro que una tipa de cuarenta se pusiera a tomar clases particulares de matemática de segundo año, pero cada uno hace de su culo una corneta y no era un tema mío. Me los había encontrado más de una vez en el complejo, con los apuntes sobre la mesa, el termo y el mate. O una cerveza recién empezada sobre la ratona, cuando la tipa ya se había ido. Nada sospechoso. Para entonces mi padre tomaba lo que toma cualquiera, una botella de litro o un par de copas de vino; solo en los asados de la peña se ponía en pedo y hacía boludeces. Sí los había visto conversando después de clase en la puerta del complejo, cuando yo iba a visitarlo, pero jamás había preguntado. No tenía las ganas ni la viveza como para meterme ahí. ¿Qué se puede saber de esas cosas a los veinte años? Y como si fuera poco, vivía en el raviol de la inocencia: no creía que eso pudiera pasar en mi familia. Esas cosas siempre pasaban en otras familias.

 

La tipa era una linda mujer, y de joven seguro más. Pelo claro, cara angulosa y ojos muy azules. «Muy» por el tamaño, no por el color, que era el mismo de la mayoría de la gente con ojos azules. Tenía un aire extranjero. Polaco, ruso, de Europa del Este. Estaba casada con un tipo que tiempo después conocí porque mi padre terminó trabajando con él. Era mecánico dental y le pidió si le podía dar una mano en el laboratorio donde hacía las prótesis. Así como le daba clases a la mujer, podía ayudarlo a él también, ¿no? Mi padre tenía habilidad para los trabajos manuales y en casa un poco más de plata venía bien. Así que dijo que sí. Las cosas de la vida. El tipo tenía mínimo diez o quince años más que la mujer, un par más que mi padre, modales amanerados y un desinterés evidente. La vez que lo conocí, la Navidad más extraña de la historia, me pareció como si el tipo viviera a un par de metros de la realidad, hablando en un lenguaje inventado por él mismo y abducido por la fabricación de sus prótesis dentales. Ella todavía era joven y seguramente merecía algo más, sentirse deseada y protegida, tener a alguien con quien soñar con pajaritos de colores. Esa Navidad que pasé con ellos entendí mejor el cuadro. Sacando la sonrisa y el halo de buena onda que lo envolvía, el tipo no transmitía ni un milímetro de nada de lo que una mujer de cuarenta de Gualeguaychú pudiera esperar. Ni siquiera les prestaba atención a las hijas, dos nenas hermosísimas a punto de convertirse en adolescentes. Las clases de matemática con mi padre, pienso, un ingeniero retirado pero con las luces todavía prendidas, habrán regado de nafta su ilusión de mujer en lucha contra la resignación.

Pero todo eso vino después. O antes, quiero decir, antes de que yo me enterara y pasara lo que pasó. Cuando mi madre me llamó a la cocina yo no tenía idea. No me costaba pensar que mi padre se hubiera tiroteado con otra, que quisiera reemplazar la apatía de veinte años de rutina con los flashes de un encantamiento nuevo, y hasta que hubiera entrado en una relación paralela. De tanto ir y venir, las olas se terminan comiendo lo que hay en la costa. La sal es sal: muerde, corroe, gasta. Lo que no me entraba en la cabeza era que le hubiera hecho eso a mi madre. El puñal. Cuando la veía llorando por los rincones, porque de vez en cuando lloraba, de espaldas a nosotros para que ninguno la viera, pero nosotros la veíamos porque en una casa de familia se ve todo, cuando pasaba eso me costaba separar las cosas. La relación con la tipa ya no era un asunto de ellos dos; también me había traicionado a mí. Como padre, como modelo, como persona.

Angustiada y sin brújula, mi madre me puso contra la espada y la pared. Obviando detalles, me contó que no era la primera vez, que «ya desde San Nicolás…», y que ahora había una mujer a la que mi padre le daba clases particulares en el complejo. Que estaba desesperada y no sabía qué hacer. «Cualquier cosa que veas o sepas», me dijo apretándome la mano con fuerza, como un náufrago arrastrado por la corriente que se aferra a una rama providencial que sale de la orilla, «por favor, te pido que me la digas, porque así no puedo vivir». Eso sí lo entendía. La asfixia del qué dirán, la posibilidad de convertirse en el patito feo de los matrimonios, su hermana y todas sus amigas aún casadas, felices o infelices, eso qué importaba, atajar el puterío en un pueblo donde era quinientas veces más fácil soportar los cuernos que quedarse sola. Se hundía cada día un poco más, como si un hipopótamo le colgara del cuello.

No supe cómo reaccionar. Si abrazarla, callarme o salir corriendo. Abrazarla no era fácil, eso lo hacíamos de chicos cuando queríamos que nos diera permiso para algo. Callarme tampoco, yo jamás me quedaba callado. Y salir corriendo era de cobarde, y en esas cosas no arrugaba. Como fuera, no podía ser yo el que estaba ahí escuchando eso, en la cocina de mi casa. Tenía a mi madre a un metro, pero la veía como metida adentro de un televisor, hablándome desde la pantalla con interferencia y con la voz saliendo desde otra habitación. Estaba tan sacada, tan desencajada, que parecía que un muñeco negro hablaba a través de ella. Un ser infernal procedente de una caverna lejana, de la ultratumba de los muertos vivos, o de los vivos muertos. Lo único que me salió fue prometerle que sí. Que le conseguiría la respuesta. Televisor o no, ninguna de las historias que había visto y leído hasta entonces tenían un capítulo así. Ana Karenina quizá. ¿Qué podía hacer? ¿Qué tenía que hacer? No podía hablarlo con mis hermanos, ni con nadie. Mis amigos estaban lejos, en distancia y de los hechos. ¿Con quién se hablaban esas cosas? Estaba solo con una brasa al rojo en la mano, dispuesto a hacer lo que tuviera que hacer. El Superman de la familia. El todopoderoso, el que podía cruzar el planeta Tierra en segundos para impartir justicia y arreglar las cosas. Tenía claro que no iba a jugar al detective, estacionar a varias cuadras del complejo y colarme por la tranquera del fondo, a ver si los enganchaba. No. Iba a hacer lo único que sabía hacer: encararlo a mi padre y obligarlo a hablar con mi madre. Como ellos me habían enseñado, el toro por las astas. ¿Dije obligarlo? Bueno, así estaba yo. Superman.

Cuando mi madre terminó de contarme, di unas vueltas manzana para despejarme, pero no sirvió. Tenía una pelota de fuego en la cabeza. Me tiré en la cama, y no aguanté más que un rato. Así que me cambié, me monté en la bicicleta y fui directo al complejo. Con el cuero erizado como un lobo, pero temblando como una caperucita, crucé la puerta y me metí hasta la barra, donde mi padre estaba acomodando unas cosas en la heladera. Le dije que quería preguntarle algo, importante. Dejó todo y se levantó. Sin acordarme nada de lo que había ensayado mientras pedaleaba, lo miré a los ojos y le pregunté si andaba con otra mina. Y él, bajando la cabeza, dijo que sí. Solo que sí, y se largó a llorar, con el mentón hundido en el pecho. Como uno de esos esos soldados de las guerras de antes al que le acaban de atravesar el estómago con una lanza. Y después de ese silencio infinito, le dije, no le pedí, que esa misma noche hablara con mi madre. Y me fui. En unas horas tenía que jugar un torneo de pádel con mi hermano.

Otro día, todavía con un nudo en la garganta, mi padre me contó una historia de la que recuerdo solo una cosa: que lo que había hecho lo había hecho por boludo, y por cagón, por el terror de perdernos a nosotros. Todo lo demás, cuánto duró el cuento, qué otras cosas dijo de la mina y de mi madre, y qué hacía yo mientras me lo contaba, si lloraba, lo puteaba o simplemente lo escuchaba, está enterrado bajo toneladas de arena. Y, ahora, por más campo que haya al costado de la ruta, por más fuerza que haga, no logro traer a la memoria más que ese fragmento aislado. Pasaron ya quince años, pero estas cosas no se olvidan. ¿Cómo es que se me borraron? Sí tengo todavía fresco el abismo que se abrió entre mi padre y yo en el instante que admitió el engaño. Como en las películas, el piso se rajó y el héroe de mi infancia, el tipo intachable que me había enseñado la línea entre lo que está bien y lo que está mal, el padre del que me enorgullecía delante de mis amigos trastabilló y se perdió barranca abajo.

Y bastante después de eso —porque las capas geológicas de un terremoto tardan en asentarse— pensé que más allá de la humillación esa confesión aliviaba las cosas. Como si de un modo subterráneo mi padre hubiera deseado que yo cruzara la puerta para ayudarlo a decir la verdad, esa que se había tragado durante años y no se animaría a soltar nunca. Su revólver, pero en mis manos, con la autoría intelectual de mi madre, que subliminalmente me había empujado hasta ahí. Él dijo que había sido por cagón, pero en algo había sido valiente. Podría haber negado todo, dar rodeos o meterme un sopapo, pendejo insolente, que es lo que tendría que haber hecho. Pero se la bancó, porque el corazón le latía para otro lado y en casa las cosas no daban para más.

 

Para mi madre esa verdad significaba el divorcio. Por católica que fuera, no hay perdón para un pecado capital. Eran la ofensa y la vergüenza más grandes. Solo Dios podía perdonar algo así, por supuesto: es fácil perdonar lo que no te hacen, Allá Arriba, rodeado de nubes pompón y angelitos de azúcar. La separación fue la única vez en la vida que vi flaquear la fe de mi madre, cacheteada por la realidad. Ni siquiera cuando unos años después tuvo cáncer dudó de las buenas intenciones de Dios. Al contrario, redobló los rezos para cargarse de esperanza y curarse. Pero esto, ¿cómo podía haberle pasado a ella, que se había comportado de manera ejemplar como esposa, madre y feligresa durante tantos años?

La noche de ese domingo inverosímil estábamos todos en casa esperando que llegara mi padre. Como si fuera un día cualquiera, pero era el peor del mundo. Con mi hermano, encima, nos habíamos comido una paliza en el torneo. No pudimos ganar ni tres games. Pasaba el tiempo y mi padre no aparecía. Mi madre había lavado y guardado los platos, repasado la mesada, barrido el piso, y no sabía qué hacer. Intuía que yo había hecho algo, pero desde la charla en la cocina no habíamos hablado, más que el vengan a comer y lo del partido de pádel. Hasta el televisor estaba apagado. Por un momento pensé que mi padre no volvería, que se había tomado una nave espacial y no lo veríamos más. Pero unos minutos después la puerta de abajo hizo ruido. Vivíamos en un segundo piso y abajo no había nadie, así que cualquier ruido era nuestro. Tardó en subir, y los pasos no se escuchaban, como si tuviera miedo de partir el mármol de la escalera. Ni bien abrió la puerta, lo intercepté y les dije a los dos que tenían que hablar. Mi madre estaba parada a mi lado como un jarrón de flores secas; mi padre no alcanzó a sacarse el bolso del hombro. Fui a la habitación y me encerré. Puse mis cosas en la mochila y traté de dormir, tapado hasta el pelo, pero imposible. Cuando vi que no había más movimientos en la casa, salí para la terminal y me tomé el primer colectivo a Buenos Aires. Tenía plata. Y si hubiera podido tirar una bomba y desaparecer a Gualeguaychú del mapa, lo habría hecho.

Lo que pasó las semanas siguientes también está bajo montañas de arena. Cuánto tardó mi padre en llevarse las cosas y mudarse al complejo. Cómo fueron las primeras veces que volví a casa con mi madre y el más chico viviendo solos, porque mi hermano del medio ya estaba conmigo en Buenos Aires. Creo que a mi padre no fui a verlo hasta la cuarta o quinta vez. No tenía ganas. No me animaba. Como esas personas que uno conoce en una clase o en un cumpleaños, se me había ido la imagen de su cara. Los ojos, la nariz, la boca. Retenía únicamente su pelo castaño y finito cayéndole sobre la frente, con el resto de la cara borrada, aspirada por el vacío del precipicio.

Nada en la vida me costó más que perdonarlo, volver a charlar con él de cualquier cosa, como hacíamos antes. El dolor y la bronca habían desaparecido, pero ahora había algo peor. Decepción. La primera vez que lo vi post separación apenas pudimos hablar. La facultad, el pádel, algo mío. Por mentalizado que fuera, repitiendo como un mantra «Es tu viejo. Fue entre ellos. No con vos», no podía mirarlo a los ojos. Y él tampoco. Tenía la mirada seca, como de talco. El mate pasaba de sus manos a las mías, y de las mías a las de él, sin rozarnos. Cada uno calculando los movimientos con precisión de relojero. Dos puercoespines. Todos esos meses fue así. Y cuando finalmente me levantaba de la silla y me iba, satisfecho por el deber cumplido, triste por haberlo visto, lo saludaba con un beso rápido, porque el contacto de las mejillas me lastimaba. ¿Cuánto tiempo me llevó perdonarlo realmente?

La separación rompió un eje dentro de mí. Las cosas para siempre eran una fantasía. Ningún sentimiento podía ser eterno: ni el amor de esposos, ni la amistad, ni la fe en Dios, ni el amor entre padres e hijos. Nada puede durar toda la vida porque los humanos rompemos todo. Años después, cuando tropecé con la misma piedra que mi padre, las cosas empezaron a acomodarse, pero se había hecho tarde. «Experiencia en cuerpo ajeno no existe», decía mi abuelo, el Nono, y tenía razón.

4. Día peronista

Murió uno de esos domingos de invierno fríos y a puro sol que, por más que busques, no vas a encontrar una nube ni de casualidad. Un cielo azul de lado a lado, diáfano, peronista. El Mudo tenía que irse un día así, de madrugada, sin joder a nadie, aunque de algún modo ya había jodido bastante los meses que estuvo tan venido abajo y la última semana internado en la clínica.

Me avisó uno de los muchachos, que tenía a la hija trabajando de instrumentista ahí. Yo todavía estaba en pantuflas, preparándome un café para acompañar el diario. No había manera de que la zafara, pobre, estaba hecho bolsa. El cielo peronista le hizo honor a su partida. Nada de lluvia, ni grises, un día radiante y alegre como fue el Mudo la mayor parte de su vida. Además, siempre tuvo simpatía por los peronistas. A su manera, claro, todo a su manera. Porque el Mudo no era un peroncho de Perón, sino más bien antirradical. Blanco o negro, River o Boca, capo o pelotudo; el Mudo no tenía medias tintas. Odiaba a los radichetas por pecho fríos y por el fiasco alfonsinista de los 80: tenían todo servido y la tiraron a la tribuna. Ahora surgió esta ola de reivindicación, «Alfonsín, el padre de la democracia», pero después de la catástrofe de los milicos, hasta Alf el extraterrestre hubiera quedado en los libros como el salvador de la patria. Eso decía el Mudo, que lo tenía montado en un huevo al tipo y al gestito ese que hacía con las dos manos juntas, y se la pasaba jodiendo con el chiste de que el bicho Alf se llamaba así porque hacía la mitad de las cagadas que Alfonsín. Igual el Mudo era un peronista raro, de Menem, le gustaba ese riojano zorro que terminó cagándolo de arriba de un pino cuando privatizó SOMISA. El germen de todo el despelote, para mí, porque después se volvieron para acá y Gualeguaychú ya no era lo que antes. Tal vez las calles y la gente no cambiaran demasiado, pero el Mudo se volvía con una patada en el culo, veinte años de matrimonio y tres gurises colgando. Fácil no iba a ser.

El velorio se hizo en la Mutual, la mejorcita de las casas velatorias que hay acá. Yo fui con mi señora, que lo quería mucho al Mudo pero hacía rato que no lo veía. Demasiado sensible para ciertas cosas. Yo, mal que mal, estaba acostumbrado. Había un mar de gente, personajes del año del ñaupa que me costó reconocer, todos dando el presente. Algunos no lo habían visitado en años, pero se ve que guardaban el afecto de cuando éramos pibes. Se notaba por cómo saludaban a los hijos y la familia. No los culpo, el Mudo estaba hecho un esqueleto, había que tener estómago para verlo. La cosa es que ese domingo el cuerpo esquelético del Mudo estaba ahí, duro y frío adentro del ataúd. Y afuera hermoso, el sol entibiando el aire y la gente en la vereda conversando y tomando mate, como todos los domingos. Para algunos quizá no queda bien, se pasan de compungidos, pero qué otra cosa vas a hacer en un velorio en Gualeguaychú.

La exmujer del Mudo estaba, por supuesto, acompañando a los hijos. Amigos en común y conocidos de tantos años, más su propia parentela y las otras familias dueñas del diario. De los hijos había dos, los más grandes, rodeados de gente que yo no había visto nunca. Salvo alguna cara en las peñas de enero o febrero. En verano, el mayor venía con sus amigos de Buenos Aires y San Nicolás a ver el carnaval, y de vez en cuando pasaba a tomarse algo. A los gurises del Mudo se los veía tristes pero enteros, un poco excitados por el revuelo de tanta gente yendo y viniendo. Y supongo que, en el fondo, se sentían aliviados de no tener que cargar más con el viejo. Cuando se me cruzó este pensamiento tuve el impulso de arrimarme a decirles algo, echarles en cara que lo habían dejado solo, que aunque no supiera cómo pedir ayuda su padre los necesitaba, si al Mudo le costaba hasta manguear un salero… y se ve que se me notó porque mi mujer me dedicó una de sus miradas. No pasa seguido, pero cuando pasa sé que me tengo que quedar en el molde. Quién era yo para meterme, y a fin de cuentas el Mudo estaba muerto. Además, ella sabía que yo me reprochaba no haberlos alertado lo suficiente cuando todavía la cosa se podía revertir. Los gurises estaban lejos y yo podía haber hecho algo. Si no, para qué están los amigos. Al hijo más chico no lo vi. Conocía al detalle la historia, el Mudo me la contó cientos de veces, pero me llamó la atención que no apareciera. ¿Qué podía haber hecho el padre para que su hijo, además de no hablarle por años, no asomara la caripela? Era su familia.

Fue una despedida amarga, como cualquier despedida, pero el cielo y la gente la hicieron amena. Qué palabra para semejante momento, pero así fue. Ahí estábamos todos dándole el último adiós al Mudo, callado y opaco adentro del féretro, como nunca lo habíamos visto y como me niego a recordarlo. Van casi tres semanas y no hubo día que no me despertara pensando en mi amigo. Hoy retomamos la peña con los muchachos, el primer jueves sin él. Nos va a costar. Charlar, reír, cantar… la puta madre, hacer de cuenta que no estamos pensando en eso, en que falta uno de nosotros y quién será el próximo.

5. Ruleta

«Se está dejando morir. No esperen milagros.» Eso nos había dicho el neumólogo el miércoles a la tarde, al cuarto día de internación, mirándonos desde sus ojos celestes impasibles, sin mover ni las cejas, agregando que atendía «decenas de casos así» al año y que el cigarrillo era el arma que muchos elegían para no tener que hacerlo de otra manera.

«Chicos, las placas muestran un daño irreversible, es cierto. Pero puede que termine zafándola, nunca se sabe a ciencia cierta cómo reaccionará el paciente.» Y esto nos decía el clínico a la mañana siguiente, con expresión amigable.

El diagnóstico era igual de dramático, pero las perspectivas, la puerta que dibujaban uno y otro, no coincidían. El primero filosófico y lapidario, el segundo sencillo y esperanzador. ¿A cuál de los dos creerle? Con mi hermano necesitábamos prepararnos para algo, una señal de para dónde agarrar. Las radiografías eran las mismas, con las manchas blancas diseminadas por todos lados, ¿por qué tan distinto, entonces? Crudeza versus esperanza, sobre la misma lámina de plástico mirada a trasluz. ¿Eran pronósticos científicos o una proyección del ánimo con que andaba cada uno ese día? ¿O la precaución de cuidarse el culo, de uno, y la compasión ante dos chicos desesperados, del otro? El clínico lo había visto mejor las últimas horas. ¿Pero era cierto? Hay gente que la pelea con uñas y dientes, decía, con todo lo que tiene y hasta lo que no tiene. Incluso sonreía al hablarnos. ¿Por qué no podía repuntar, haber un milagro?

Prepararnos. Agarrar para acá o para allá.

Cuando al día siguiente le comentamos al neumólogo lo que pensaba el clínico, para ver si la puerta que había dibujado se abría un poco, levantó los hombros y nos dijo que le creyéramos a quien quisiéramos. La concha de tu madre, ¿así se les contesta a los hijos de un tipo que se está muriendo? Odio a los médicos. Se creen dioses, mediadores entre la vida y la muerte, pronuncian sus veredictos como letra en piedra y la pifian como cualquiera. Como un albañil que levanta una pared torcida o un abogado que revisa a las apuradas la cláusula definitoria de un escrito. Se llenan la boca con su misión salvadora y cuando vas al consultorio ni te tocan. Usan la birome y el sellito más que el estetoscopio. Pacientes como artefactos apilados en un taller, máquinas descompuestas que hay que arreglar, desoxidarlos y echarles un chorrito de aceite y de vuelta a la calle, vamos, no joda que usted no tiene nada. Les encanta que los persigas por los pasillos suplicando «¡Doctor, doctor, un minutito!», y cepillarse el ego como el pelo de una muñeca. Virus intrahospitalarios, patologías nuevas, cepas resilientes y en mutación, te dicen cualquier cosa. Hasta un resfrío tiene riesgo de muerte. Cuando el que se está muriendo es tu padre, esto se vuelve inaguantable. Que se metan la poesía en el orto y agarren el cuchillo como un carnicero cualquiera, que es lo que son. Cuando el neumólogo dijo lo de creer lo que quisiéramos tuve ganas de denunciarlo por mala praxis, de escracharlo en el diario de mi abuela, de romperle esa cara de ojos celestes impasibles. Yo, que jamás le pegué ni a un bollo de masa, pero me aguanté. Las cosas no estaban como para complicarlas.

Posible o no, con mi hermano queríamos creer en el milagro. Debíamos. Para no abandonarlo, para quedarnos tranquilos de que estábamos haciendo la mejor fuerza. Dicen que eso se siente. ¿Quién era ese médico como para negarnos la providencia de un milagro? ¿Qué había visto en la radiografía que lo dejaba tan seguro? A nosotros no nos explicó nada. Los milagros de Dios no me importaban: pensaba en la naturaleza humana, en las cosas que salen en los diarios todos los días. Se derrumba un edificio entero y una semana después encuentran un bebé ileso. Un motoquero se mete bajo un camión a doscientos por hora y se quiebra apenas un par de costillas. ¿Y si los pulmones de mi padre estaban destinados al noticiero? Estaba obligado a sostener la vela de la esperanza, no importa con cuánto viento en contra. Pero al mismo tiempo sabía que era irremontable. Por la radiografía, por la dureza del médico este y porque veía con mis propios ojos a mi padre tirado en la cama. Iba y venía en ese péndulo. Las esperanzas de mi hermano, en cambio, parecían intactas. Optimista acérrimo, se negaba a aceptar el discurso terminal del neumólogo. Actuaba como si nuestro padre fuera a levantarse de la cama en cualquier momento y tuviera toda la vida por delante. Yo lo miraba y envidiaba esa fe, ese entusiasmo, y al minuto siguiente me enojaba semejante ingenuidad. ¿No se daba cuenta? ¿O se daba cuenta pero inclinaba el péndulo para el lado que nos ayudaba a seguir luchando? Coincidíamos en el pragmatismo, eso sí. Para no volarnos con el barrilete de la ilusión necesitábamos pensamiento práctico. Un «manto de realidad», como le gusta decir al más ácido de mis amigos, que nos pusiera a hacer lo que teníamos que hacer. Considerando el peor escenario, porque si las placas tenían razón, en pocos días se acababa.

Unos meses antes de la internación yo había llamado a mi padre para ver cómo le habían dado unos estudios. Un poco con la intención de ayudar y otro poco por culpa, yo le pagaba la cuota de la medicina prepaga. Me sentía con derecho a saber, a exigirle que fuera al médico. Él se negaba con evasivas de todos los colores, pero le rompí tanto las pelotas que terminó aceptando. Para no tener que escucharme más o quizá porque a él también lo perseguía la culpa. En fin. Cuando le pregunté por los resultados me dijo que todo bien, salvo «una cosita» en los pulmones, algo normal en un fumador de años. Respuesta escueta, desinteresada. Le pedí que me leyera el informe, le hice unas preguntas y no sé si se lo inventó o qué, pero me sonó convincente. Contestaba con la suficiencia de un viejo profesor, usando terminología sacada del papel. Lo felicité y le prometí que a la noche abriría un vino por la noticia. ¿Pero cómo iba a estar bien con lo que fumaba y chupaba? ¿Acaso se había preparado para mi llamada anotando las respuestas? Y yo decía que mi hermano era el ingenuo.

Más allá del manto de realidad de mi amigo, con mi hermano todavía discutíamos qué sí y qué no. Hacíamos conjeturas sobre las probabilidades de que uno u otro panorama, médico malo y médico bueno, fueran verdaderos. Si pasa esto, tal cosa; si pasa lo otro, tal otra. Como si estuviéramos en condiciones de resolver algo. ¿Pero qué más podíamos hacer que mirar el techo y esperar? Más que trámites, nada. No éramos más que un doble par de ojos, oídos, piernas y manos en asuntos totalmente fuera de nuestro alcance. Como sea, mandó el pragmatismo y nos preparamos para lo peor. Desde el primer parte médico, la muerte se había instalado entre nosotros y no podíamos sacarle la vista de encima. La teníamos enfrente, jadeando, con los dientes afilados.

El proceso de ver-morir-al-padre entraba en la cuenta regresiva. Como en una ruleta, alguien había cantado «no va más» y se cerraban las apuestas. Y sobre la cuadrícula del tablero, toneladas de fichas negras. Yo escrutaba el paño por los cuatro costados, rogando que hubiera quedado algún casillero libre, así poníamos nuestra solitaria ficha blanca, al menos una posibilidad en treinta y siete; pero la maqueta permanecía intacta como si fuera de roca. No hay conejo ni galera contra la magia de la muerte.

En realidad, el proceso de despedida —qué manera ridícula de llamarlo— se había desatado mucho antes. Como un glaciar que día tras día va perdiendo agarre y, después de largos meses o años, sufre una pequeña rajadura. Y esa rajadura, eléctrica y sigilosa, se extiende por el frente de hielo, metros y kilómetros, hasta un instante con fecha y hora exactas en que lo parte simultáneamente por todos lados, y el glaciar se derrumba. Con la muerte pasa lo mismo. Abstracción, entelequia pura, nadie ignora que al final del camino está el cajón y que en un momento determinado la muerte se vuelve sólida como un objeto cualquiera. Se despereza, dice basta y se acabó. Para nosotros, la rajadura del glaciar había sido la tarde que encontramos a mi padre temblando en el departamento.

Llegamos a la clínica en el auto de mi hermano. Ahí se había atendido la última vez y era la que teníamos más a mano. Tampoco íbamos a andar eligiendo. En los pueblos conviene dejar las aspiraciones colgadas del gancho que está a la entrada: Bienvenido a Gualeguaychú. Sírvase dejar sus expectativas de porteño agrandado en este punto. Que disfrute su estadía. Al minuto de anunciarme en la recepción, un enfermero de guardapolvo verde salió por la puerta empujando una silla de ruedas. La bajó a la calle, la puso del lado del acompañante y junto con mi hermano sacaron a mi padre del auto. Una ráfaga de viento helado entró por el pasillo y trajo la tierra suelta de afuera. Mi padre no dijo nada al ver la silla. Saludó al enfermero y le hizo una seña con la cabeza. «Ojo con los pies, que me duelen», le pidió. Tenía los tobillos hinchados y los cordones de los zapatos desatados. El Negro, médico y amigo de mi padre de toda la vida, ya nos estaba esperando ahí. Lo habíamos llamado desde el departamento. Nos hizo una seña con la mano, le dijo algo al enfermero y los acompañó a los dos hasta la sala de rayos. En Gualeguaychú lo conocía todo el mundo. Nosotros, por más apellido que tuviéramos, vivíamos afuera y nadie nos iba a tender una alfombra.

Nos quedamos en la recepción, dictándole los datos de alta al encargado. Hacía poco que a mi padre le habían dado el carné del PAMI, estaba lustroso. Después de años de pelear con el Estado para que le reconocieran un plus de antigüedad por trabajo insalubre en fábrica, había conseguido la jubilación. Igual para qué, si jamás pisaba un consultorio. Y como había tenido la suerte de que ninguna enfermedad lo volteara del todo, lo consideraba innecesario. Los resfríos se le iban solos, los dientes manchados y los hematomas de los brazos parecían no importarle. El flaco de la recepción era un imbécil. Nos preguntaba diez veces cada cosa y tardaba un siglo en cargar la información, y ni siquiera levantaba la vista para mirarnos. Clavaba los ojos en la pantalla y dejaba los dedos quietos sobre el teclado, mientras nos reclamaba papeles y fotocopias que aún no teníamos porque acabábamos de entrar. Yo me mordía la lengua y lo dejaba contestar a mi hermano, que para esas cosas tiene más paciencia. Sacando las calenturas del tenis, pocas veces en la vida me enfurecí tanto como ese día. Pero qué iba a hacer.

Terminamos el ingreso y nos fuimos al sector de espera de la sala de rayos. Al rato salió un tipo joven y petiso con Crocs azules en los pies y un sobre en la mano. Las radiografías. Le pregunté cómo habían dado y me dijo que esperara, que tenía que buscar al médico de guardia para darnos el parte. Esa iba a ser la muletilla favorita de médicos, enfermeras y personal administrativo durante toda la semana: «Aguarde un momento, por favor». Para cambiarle el suero, para que le trajeran calmantes, para ajustarle la máscara de oxígeno, para ayudarlo a ir al baño, para llamar al neumólogo, para que nos llenaran el puto termo de agua caliente. Un «momento» de cinco minutos o media hora. Para todo, esperar, esperar, esperar.

La habitación que le asignaron era un cuadrado deprimente de tres por tres. Las dos paredes laterales pintadas de blanco, y la del fondo, gris. En la pared gris había empotrada una caja con perillas y un caño que sostenía un tubo plástico de oxígeno, lleno de marquitas y arañazos, como si lo hubieran agarrado las ratas. De una especie de perchero de metal con dos orejas colgaba la bolsa del suero, cuyo interior goteaba rítmicamente. La pared que daba al pasillo era un panel de vidrio cubierto con cortinas traslúcidas de techo a piso y una puerta enchapada blanca con una ventanita para mirar adentro. La cama era un armatoste de caño beige con planchas de fórmica en la cabecera y los pies. Más de hospital no podía ser. Del respaldo salía una lámpara dirigida al pecho del paciente y un soporte donde las enfermeras enganchaban la mascarilla de oxígeno. A los pies de la cama, una manija para regular la altura, sin ningún cable ni botón. Tenía la pintura saltada y lunares de óxido en la parte de la soldadura. El baño era prolijo. Un inodoro con tapa nueva, un lavatorio del tamaño de un bol para ensaladas y un espejo con botiquín, todo recién desinfectado. La pelela y el papagayo estaban en un rincón junto con un balde y trapos con olor a lavandina. Cuando abrí la canilla por primera vez, el agua salió con la fuerza de un vómito, y al cerrarla sentí cómo se retorcían las cañerías dentro de la pared. Tuve miedo de que los azulejos se despegaran y tener que bajar a darle explicaciones al tarado de la recepción. Por las dudas, ni los toqué.

Ahí habían puesto a mi padre.

En el silencio de la habitación podía escuchar el rumor de conductos bombeando aire y líquidos, aparatos sacando placas, médicos haciendo preguntas, enfermeros moviendo frascos, cocineros revolviendo ollas, y también pasos de gente y ruedas de mesas y sillas corriendo de un lado a otro por los pasillos. Y a mi espalda, detrás de una puerta corrediza que no cerraba nunca, el depósito del inodoro perdiendo agua. Completaba el equipamiento un par de sillas plásticas verdes para las visitas, de esas que hay en el patio de cualquier casa. Y nada más. Ninguna segunda cama, ningún sofá, ni siquiera un mísero almohadón. Pasar la noche ahí iba a ser una tortura.

 

La internación había empezado bien, con esperanzas. A las ocho de la noche, apareció el clínico de guardia de la obra social, un tipo de mi edad, treinta y pico, vestido con pantalón de gimnasia Adidas y buzo azul de los complejos de vacaciones Med. En dos minutos le hizo un chequeo y le auscultó el pecho. Le dijo, nos dijo, porque en la habitación estábamos los tres, que iba a darle unos antibióticos y que le haría controles frecuentes para ver si la infección de los pulmones remitía. «Remitía», esa palabra usó. Que a partir de ahora mi padre se iba a tener que cuidar en serio y que como mínimo pensáramos en una internación de unos cuatro o cinco días hasta que pudiera respirar mejor, y después ya seguir con tratamiento domiciliario. «Son procesos largos, hay que tener paciencia.» Era el mismo médico que lo había visto unas semanas atrás cuando el Negro decidió internarlo por su cuenta. Mi padre se agitaba solo de respirar. Pero esa vez lo tuvieron un par de horas y lo largaron tal como había entrado, sin más indicaciones que un cuídese. El médico de pantalón Adidas se despidió diciendo que hablaría con el neumólogo para validar el tratamiento y que, ante cualquier diferencia, primaría el criterio del otro por su condición de especialista. De todos modos, dijo que estábamos ante un cuadro de EPOC cuyo tratamiento era de libro, salvo alguna variación que pudiera introducir el médico tratante.

El neumólogo pasó una hora más tarde y se presentó únicamente con el apellido. Era un tipo de unos cincuenta años, ojos claros y pelo enrulado gris, y, según nos dijeron, uno de los dos mejores de la ciudad. Igual, ¿cuántos podía haber? Llevaba jeans, pulóver y remera, ambos con escote en V, por donde asomaba un tupido vello canoso, y zapatillas deportivas blancas. La explicación que encontré para que se vistieran tan mal fue que estábamos en pleno invierno, en horario de guardia un domingo a la noche, y en Gualeguaychú. Entró a la habitación con expresión seria y nos saludó con una mano tibia, resbalosa, como de pescado. Le hizo unas preguntas a mi padre, examinó cómo respiraba y le dijo que ordenaría disponer un equipo de oxígeno en la habitación. Por las dudas. Le pidió que se concentrara exclusivamente en hacer los deberes: comer y descansar. Mirar un poco de televisión y nada, NADA, de preocuparse por lo demás, para eso estaban él, todo el cuerpo médico y nosotros, los hijos. Ahí nos dirigió una mirada rápida. Después le levantó el brazo izquierdo para chequear que las aplicaciones del suero estuvieran bien sujetadas, le palmeó el hombro suavemente y salió. Nosotros corrimos detrás de él como si se hubiera robado algo. Le preguntamos cómo lo veía y acentuó su semblante severo. Dijo que la situación era muy complicada porque la función pulmonar estaba drásticamente disminuida. Le comentamos lo que había dicho el clínico y nos confirmó que habían hablado por teléfono antes de entrar a verlo. Estaban de acuerdo en el diagnóstico y el tratamiento a seguir. Y más con tono de advertencia que de solicitud, nos dijo: «Déjennos hacer nuestro trabajo y acompañen a su padre, que también es importante». Quedó en pasar todos los días. Setenta y dos horas después nos diría que la cosa no daba para más. Lo de «se está dejando morir» y «decenas de casos así». Desde el principio, quizás desde antes de pisar la clínica, el tipo había manejado el reloj para que nos hiciéramos a la idea de que no duraría mucho. Él también lo había atendido antes, conocía al detalle el cuadro. Empezaba el inútil desfile de médicos y enfermeras que agitaría salas y pasillos durante toda la internación, hasta la madrugada del domingo en que mi padre no respiró más. Una coreografía bien ensayada para atenuar el remordimiento y mostrar que hacían todo lo humanamente posible, como les encanta decir, y de ese modo ayudarlo, y ayudarnos, a cruzar la raya sin tanto dolor.

Cuando los médicos nos dejaron solos, le trajeron la comida y mi padre picó algo. No nos preguntó nada de lo que habían dicho. Miró un rato la televisión y se quedó dormido. Esa primera noche nos quedamos con mi hermano despiertos como búhos, sentados en las sillas de plástico verdes, con la cabeza apoyada contra la pared, sin poder hablar.

6. Tres, dos, uno

Jamás creí que el amor a los hijos pudiera ser tan grande. Es una estupidez decírmelo en este momento, enterrado en la cama de esta habitación espantosa, con el pensamiento yendo para donde quiere, sin voz, sin chance física de nada. ¿Y para que lo escuche quién?