Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En toda familia hay distintos tipos de personas: optimistas y pesimistas, buenos como el pan y mentirosos, algunos medios brujos y otros medios locos; narcisistas y generosos, unos son leales y otros caen en la infidelidad. A veces, hay secretos y sentimientos oscuros, pero de ahí abrirle la puerta a un asesino es otra cosa. Por eso, siempre hay que estar atento a quién dejamos entrar en nuestro círculo más íntimo, pues, a pesar de que dicen que el amor mueve montañas, a veces, no basta para salvar a las personas que queremos. Y, de vez en cuando, hay amores que duelen, dañan y hasta matan… Si me lo hubieran contado, no lo habría creído, pero, en esta novela, todo lo que parece ficticio puede tener mucho de realidad. Te encontrarás con personajes que quizá relaciones con tu propia familia, irás haciendo un poco tuya esta historia y eso te comenzará a atrapar y, tal vez, con ello verás en tu vida lo que no habías percibido antes de leer esta novela.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 547
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Gabrielle Della Santa
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-216-0
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
Nos impidieron estar contigo, pero te tendremos
siempre en nuestros corazones…
AGRADECIMIENTOS
A mi madre, por trasmitirme su templanza y seguridad para que esta historia pudiera cobrar vida. Gracias a su apoyo y amor incondicional en todas las situaciones de mi vida.
A mis hermanas, por permitirme desarrollar esta historia en completa armonía.
A mi marido, por demostrarme su genuino interés por mi proceso creativo y al estar eternamente presente con los mejores cafecitos siempre en el momento preciso.
A mi hijo, por darme el impulso necesario para realizar esta obra y concretar este proyecto.
A mis hijas, por su apoyo emocional y artístico.
Claudio Gudmani, mi guía y maestro durante esta maravillosa experiencia que revolucionó mi vida.
Roxana Cusacovich, por su compañerismo, ya que no habría sido lo mismo recorrer este camino sin ella.
Claudia Riedel, por darse el tiempo y el entusiasmo de revisar este libro.
Capítulo 1 EL ENCUENTRO DESPUÉS DE LA MUERTE
A veces, la muerte solo llega para que nos demos cuenta de que nuestra vida no ha sido del todo perfecta. En realidad, nunca lo es. Pero, de alguna manera, todas las familias esconden secretos que se mantienen en silencio a lo largo de la vida o, simplemente, hacen la vista gorda ante lo evidente. Hemos asistido, como familia, a muchas muertes, pero, esta vez, nos llegó con un aroma amargo de un viaje sin retorno y con la intranquilidad susurrante de la duda… ¿Habremos dejado entrar un asesino a nuestro círculo?… ¿Cómo no lo vimos venir? Era tan evidente y, sin embargo, le abrimos la puerta de par en par…
Tuvimos que hacer un largo viaje para poder ir a despedirnos de él. Hoy, y desde hace un tiempo, era ir a territorio enemigo y entrar por la puerta de atrás, como se dice cuando no somos bienvenidas. Nos acompañaron nuestros hijos y mi marido a enfrentar este duro trance. Nosotros vivíamos en Francia y mi papá, desde hace un tiempo, vivía aquí, en Miami, con ella.
Sin embargo, en la pequeña capilla ahora solo estamos nosotras: mis tres hermanas, mi madre y yo. No había nadie más y el ataúd estaba abierto. Ella lo maquilló y vistió; entonces recién ahí lo pudimos ver. Me sorprendí de no atisbar ningún rasgo de enfermedad. Desde ese día no dejamos de preguntarnos si, efectivamente, estaba tan enfermo como para morir. Fue todo muy extraño, incluso la llegada a Miami que, por primera vez, nos acoge por un motivo tan triste. Desde ese día, todo cambió entre nosotros. Yo soy Amélie y esta es la historia de mi familia…
Unos días antes, estaba con Evaline y Sofie tratando de comunicarnos con papá para saber cómo seguía. Lo habíamos intentado varias veces durante los últimos meses, pero no nos contestaban, ni mis medios hermanos, ni menos ella. Lo llamamos insistentemente desde que se fue de París. Hablo de ese viaje maléfico que hizo en plena pandemia y que, seguramente, terminó con su vida.
Papá era un hombre muy programado, eficiente y práctico en los momentos de viajar. Simone, por su parte, era una mujer fría y calculadora, tremendamente consumista, tenía siempre una excusa para comprarlo todo, esto lo pudimos observar a lo largo del tiempo que compartimos con ella y con sus hijos. Ellos tenían una figura materna rígida y terca, sin espacio a la diversión y menos a la risa, al baile ni hablar, había que mantener la compostura siempre. Para mí, y todas nosotras, eran una familia muy aburrida, pero no todos somos iguales, ¡por suerte!
Ya mi vida desde pequeña fue marcada por muchas reglas, me habría muerto de seguir de adulta con una mamá como ella, sin embargo, la tuvimos bastante cerca persistentemente, porque no dejaba a papá nunca solo con nosotras. Pero él era así, con las dos familias tenía diferentes códigos. Ellos se llevaban bien entre ellos y se entendían. A papá eso le acomodó por mucho tiempo, solo que no se imaginó que se le daría vuelta la tortilla y que, de ser él mandamás de la casa, ella terminaría quedándose con su vida y con su fortuna.
De repente, en un golpe de suerte, nos conectamos con el celular de papá y nos contesta Simone gritando hecha una loca a los que estaban fuera de la visión de la cámara:
—¡Étienne, Olivier! Vengan rápido, papá se está muriendo.
Todavía no entiendo cómo ella pudo grabar el suceso, llamar a mis hermanastros y tomar de la cabeza a papá para que nosotras viéramos esta escena tan macabra. En ese momento, nos quedamos perplejas las tres sin entender lo que estaba pasando a tanta distancia.
Nosotras, al otro lado del teléfono y en medio de un temporal de lluvia y viento, observábamos este acto ante una miserable pantalla, ahí… esperando que ella nos dijera cuándo se apagaría. Todo esto ocurrió en cuestión de minutos, a mí no me salían ni las lágrimas, pero no era que no tuviera pena, sino que estaba muy sorprendida. Nadie hablaba, ella lo miraba a la cara para que nosotras viéramos todo lo que le importaba nuestro padre. Sus hijos grababan afanosamente una burda actuación, ya que, después, supimos que no murió en ese momento, sino un rato después. Nosotras mirábamos esto con tal sorpresa que no nos dio para movernos por un buen rato y como ella no nos cortaba, le dije:
—Simone, te dejamos para que hagas todos los trámites para su entierro, nosotras nos preparamos ahora para viajar al funeral… —dije con una tranquilidad inesperada.
—¡No, no se preocupen en venir! Esto lo soluciono yo…
—Pero nosotras… queremos despedirnos de él.
—No vale la pena que hagan un viaje tan largo, tampoco podrían llegar a tiempo. Yo lo voy a incinerar y le hacemos un funeral lindo después, yo les aviso.
No supimos cómo y en qué momento ella cambió de la desesperación al control total.
—¡De ninguna manera! Vamos ahora, ya, así que te cortamos —dije con una convicción que inusualmente se apoderaba de mí.
Evaline y Sofie estaban mudas, con los ojos llenos de angustia y pena, se despidieron con un leve movimiento de la mano.
—¡No me corten! Yo les aviso… —insistía Simone. Pero yo corté la conversación.
Nos abrazamos las tres y corrimos a llamar a Cosette, ya que no estaba en París. Por supuesto, cuando le conté todo lo que había pasado, ella, en vez de llorar, se indignó y me dijo:
—Veamos inmediatamente un vuelo a Miami, esta noche voy a tu casa para que planeemos el viaje… Avísale a Evaline y a Sofie, yo le contaré a mamá, ojalá lo tome bien. Igual la llevo esta noche.
Yo todavía no podía creer lo que había visto por la pantalla del celular. Evaline y yo nos mirábamos pensando que era un mal sueño, ver a papá morirse así, no me lo habría imaginado jamás. Seguido, y no saliendo aún del impacto, pero volviendo a la realidad, avisamos a los más cercanos. Teníamos que organizarnos rápido.
La reunión familiar fue triste y fría, Cosette estaba demasiado enojada con la señora de papá como para tener pena. Evaline y yo tratamos de consolar al resto, que estaban asombrados y acongojados. Mi mamá estaba tranquila, siempre manteniendo la compostura, era ella la que nos sostenía con su calma. También, unos minutos más tarde, cuando habían llegado todos, llamé a Simone y le dije:
—¿Podemos ver a papá? Los niños lo quieren ver.
—¡Por supuesto! —dijo ella con la cara de cordero degollado, sin embargo, no la vi derramar ni una sola lágrima, como si la actuación anterior ahora se hubiese cambiado por una súbita resignación.
Todavía siento que deberíamos haber estado con él, tocarlo y despedirnos. Yo quedé con una sensación de desazón con esto de que Simone mostrara a papá morirse a través de un teléfono, y ¡qué coincidencia…! Murió justo cuando contestó. ¡Raro!, pero no dijimos nada para no desencadenar la furia de Cosette, más de la que ya tenía. Es así como, en un dos por tres, organizamos los pasajes, el hotel y el arriendo del auto para nosotras cuatro y mamá.
—¿Partimos mañana por la mañana? —preguntó Sofie.
—¡Sí, concéntrate! Esto es delicado —dice Cosette.
—¡Está bueno! — interrumpe mamá —. Ahora nos vamos a descansar un poco y mañana irnos tranquilos, lo único que faltaba es que se peleen entre ustedes —expresó con total entereza, asumiendo su rol de madre abnegada y mujer divorciada hace años. Pero yo sabía que, en el fondo, estaba muy triste, pues siempre lo quiso.
—¡Buenas noches! —respondimos todas al unísono, para luego cada una irse a su casa.
Nuestros hijos, ya mayores, trataron de arreglar sus temas, pues alguno ya estaba casado y tampoco podían dejar sus trabajos para cruzar el Atlántico, lo mismo que mi marido, que nos alcanzaría después, ya que ellos no encontraron vuelo para el mismo día de nosotras. Pero como a papá debía extenderle el certificado de defunción, «porque el estado de Florida no lo iba a soltar tan fácil», según lo que nos decía Cosette, mientras organizábamos, una a una, las cosas que debíamos llevar a Estados Unidos.
—Se murió en la casa —dice Sofie—, así que quizá alcanzaremos a llegar antes de que lo incinere, pues los temas legales no son fáciles en estos casos.
—Me imagino que alguna ceremonia le hará —dice Evaline con la voz entrecortada de tanto llorar.
La idea era que nos encontraríamos todos con nuestras familias en el hotel antes de ir a la iglesia. Ese que Cosette conocía y que estaba cerca de la casa de papá, donde habíamos estado cuando a él le dio neumonía por los constantes viajes de Miami a París, y viceversa, que hacían este último tiempo. Lo peor es que papá estaba delicado de salud y cada vez más delgado, pero ella insistía en hacerlos, pues era necesario solucionar problemas con los negocios y bancos donde tenía su dinero. También con la excusa de que nos viera, pero eso sucedía muy esporádicamente.
Al arribar a Miami, no avisamos de nuestra llegada a Simone, simplemente, averiguamos con amigos de ellos dónde lo velarían y así los sorprendimos a todos con nuestra presencia en la iglesia. Él estaba en una capilla fría, en un ataúd en el medio, muy ostentoso. ¡Cómo se notaba que Simone había organizado todo! Trató en varias oportunidades de comunicarse conmigo, pero yo nunca le contesté. Sin embargo, al llegar al aeropuerto, y escondida de Cosette, le devolví el llamado, pues estaba curiosa de saber qué quería con tanta insistencia. Le dije que viajábamos para allá y ella se puso muy nerviosa… me decía que estaría mucho tiempo en la morgue por los protocolos de la pandemia, que no sacábamos nada con venir, ella nos llamaría cuando todo estuviera resuelto. Pero no lo hizo y, gracias a Dios, nosotros llegamos a tiempo.
Estaban todos los hermanos de Simone. La verdad que yo me sorprendí de verlos, si apenas alcanzamos a llegar nosotros y ellos también vivían en Francia, ¿cómo pudieron estar aquí antes que nosotras?, ¿sería que ellos estaban en su casa? Bueno, ya nada importa.
Me imagino que ella se sentía importante frente a sus hermanos, ahora que era la poderosa, la que dominaría el grupo familiar. Habían vivido no muy bien en los años precedentes a que Simone conociera a papá, así que, ahora era una oportunidad más para demostrarles a los que, según ella, le habían hecho tanto daño de pequeña. Ahora sentía que nadie le iba a poner la pata encima. Este era su momento de gloria.
Se le desfiguró la cara cuando nos vio llegar a todos, no sabía qué hacer ni qué decir, esta vez estaba mi mamá entre nosotras, por eso no se atrevería a decir nada impropio o fuera de lugar, como acostumbraba a hacer, pues le tenía cierto respeto, ya que, con una sola mirada y su silencio, la dejaba callada y cohibida.
Yo no perdía de vista la escena, mientras papá estaba inerte en la nave principal de la iglesia, esperando el inicio de la misa. Pensaba en todos esos momentos con él cuando éramos pequeñas y lo admirábamos, mis complicidades con él, los viajes y también la desilusión por sus ausencias e infidelidades…
Entonces le pedimos un momento a solas, por primera y última vez, queríamos despedirnos sin su tóxica presencia. Mamá la saludó con respeto, pero fue dura y le pidió que se retirara. Ella se apartó sin decir ni una sola palabra, su cara lo decía todo con el rostro, como el de una niña amurrada ante el reto de una persona mayor. Entramos y nos pusimos las cinco alrededor del ataúd en una profunda intimidad. Antes de llegar, pasamos a comprar unas flores camino acá, pues sabíamos que ella, seguramente, no le habría puesto nada sobre el féretro, y así fue. Le compramos sus preferidas, unas rosas blancas, como nos sugirió mamá. Lo único que rodeaba a papá eran cuatro cirios grandes y una foto de él puesta en los pies del ataúd. Sin hablar, nos instalamos alrededor, en ese momento, quizá cada una recordaba instantes importantes con él, como yo lo había hecho un rato antes. Me dediqué a observar a mi mamá, cómo lo miraba… ¿Cuánto lo habrá amado? ¿Habrá dejado de hacerlo alguna vez? A la cabecera Evaline, como siempre, al costado derecho Cosette y yo, al otro lado, Sofie y mamá que, si bien estaban divorciados desde hace muchos años, lo quería infinitamente. Ella decía siempre que como marido no era lo que hubiera esperado, pero era su mejor amigo. Después de un breve silencio con los ojos llorosos, comenzamos a conversar; por primera vez hablábamos de a una. Evaline, inició con un suspiro:
—Me imagino que nunca pensó morirse tan lejos de su gente, pero estoy segura de que él sabía que íbamos a venir, menos mal que alcanzamos a llegar antes de que Simone cerrara todo, yo creo que se murió de este virus maldito. ¿Han escuchado la cantidad de gente que se ha contagiado? Y eso que en este país no dicen nada, pero yo pienso que esto no va a durar poco tiempo, antes de salir de casa escuché que París la van a limitar mucho los próximos meses.
—¡Eso es terrible! —interrumpí yo, secándome las lágrimas. Tenía un nudo en la garganta…
—¡Bueno, no nos desviemos de lo que queremos hacer, nosotros vinimos a despedirnos de papá! —dijo Cosette
A ella, yo la miraba y se le veía la impotencia en sus ojos llenos de rabia. Lloró un momento, donde se produjo un silencio sepulcral, pero, de repente, exclamó:
—¡Ella es anormal! —dijo con fuerza, pero como en un susurro que salió de su boca—. Desde que empezó hacer esas dietas extrañas, sin carbohidratos, ni proteínas, papá se empezó a debilitar, porque, ¡acuérdense!, fruta tampoco podía comer porque, según ella, ¡era muy dulce! Al final, comían una rama de apio con una zanahoria… Yo estoy segura de que ella está enferma.
—¡Nadie está todo el día buscando qué decir sobre medicinas y malestares… se crea las enfermedades, experimenta y saca conclusiones! Es verdad que está loca —dice Sofie colgada del cuello de Cosette.
—¡Bueno! Ella tiene hermanos médicos, es fácil conseguir remedios y recetas, eso es lo que me da más rabia…
—¡Pero recuerden! —dice mamá con voz autoritaria—, ¡su papá le creía todo! Cuando nos dijo que estaba enfermo, ella se empezó a empoderar de él limitándolo en gran parte. Comenzó por la comida y luego siguió con lo que todos sabemos, además de la diferencia de edad, ¡eso también le debe haber pesado a tu papá! No piensen más en que ustedes podrían haber hecho algo por él… con ella era imposible.
—Es cierto, lo vimos a través de los años que estuvo con ella —agrega Cosette con voz ronca—… Este fue un trabajo de hormiga.
—Ahora, hay que darle paz a él y también a ustedes, no vale la pena envenenarse con nada ni con nadie, eso solo daña —dice mamá, esta vez con dulzura.
—Y yo que lo consideraba un hombre inteligente —decía Evaline, con rabia y pena de verlo como terminó—, me da mucha lástima…
Cuando me tocó hablar a mí, comencé a recordar momentos muy lindos con él:
—¿Se acuerdan de los viajes dentro de Europa? ¿Y los de acá?, cuando éramos niñas. Realmente, con él tuvimos de todo un poco. A Simone le costó debilitarlo, era un hombre fuerte y sano. ¿Te acuerdas, Cosette, que tú te pusiste a llorar cuando lo viste?, en esa ocasión que fuimos a su casa, una de las pocas veces que lo pudimos ver. No era nuestro padre, estaba muy delgado y cansado ¿recuerdan cómo se puso al vernos? ¡Estaba feliz! La que no lo estaba era Simone, ella nos recibió con la cara de cien metros.
Cosette no podía dejar de repetir lo mismo con la mirada hacia él, le hablaba como si nos escuchara…
—¡Es que nadie puede empezar a hacer un tratamiento, pues papááá!, preparando por su cuenta una dieta y comenzar a tratar a una persona, llevarlo hasta los huesos porque creía que así lo sanaría. Hay que estar loca o ser muy ignorante, pero lo más angustiante es que tú confiabas plenamente en ella, me gustaría tanto saber por qué. ¿Estabas ciego o entregado? Una de las dos.
—Ya no tenía fuerzas para combatir. Ella había ganado la batalla, yo lo vi así, no es posible que nosotras cinco viéramos todo tan claro y él no —dije con tristeza e impotencia—, ver lo que ocurre y no poder hacer nada.
Yo me puse a llorar como una llave abierta, no podía hablar. Sollozando, me sequé las lágrimas y nos unimos todas en silencio por unos segundos, mirando a papá. Hasta que Evaline agregó:
—Total, que para que papá olvidara a Desiré, aceptamos a Simone en nuestra familia, sin sospechar que la vida con ella sería para todos nosotros un infierno.
Capítulo 2 ¿QUIÉN ERA FRANÇOISE?
Mi papá, además de ser sociable y vividor, era una muy buena persona. Recuerdo que, un día, llegó la señora que hacía el aseo en la oficina desesperada y le contó que esa noche les habían avisado de que su hija, la mayor estaba grave en un hospital de Cracovia. Valeska y su marido eran polacos y habían dejado su país porque en París habían encontrado trabajo. Ellos tenían la esperanza de que en Francia sus hijos tendrían un futuro mejor, pero, en un principio, se quedarían a cargo de la familia de ambos en Polonia. La muchacha sufrió un desmayo y quedó inconsciente por un buen rato. Llamaron a la Cruz Roja y la reanimaron mientras iban camino al hospital; hasta ese momento, nadie sabía lo que tenía la niña. Ella y su marido corrieron a contarle esta difícil situación a papá, él no lo pensó ni dos veces e, inmediatamente, les compró dos pasajes a Varsovia y de ahí tomarían un tren a Cracovia, donde los estarían esperando en la estación los hermanos de Valeska, todo esto organizado por mi padre. Terminada la logística del viaje, les dijo que se fueran todo el tiempo que necesitaran, y solo les pidió que lo mantuvieran al tanto de la situación.
Valeska obedeció al pie de la letra y lo llamó después de dos días para darle el diagnóstico de su hija. La secretaria de la oficina le pasó la llamada procedente del extranjero y él contesto inmediatamente. Al otro lado del teléfono Valeska lloraba a mare, no le salían las palabras, y él se conmovió pensando lo peor, pero la dificultad para comunicarse lo hizo esperar a que pasara el momento de angustia hasta que esta pobre mujer pudiera hablar…
—Messie Françoise, perdone las molestias y muchas gracias por haber podido llegar hasta ella, le voy a estar eternamente agradecida.
—¡No se preocupe, Valeska, lo entiendo, pero ¿qué pasó?
—¡Mi niña tiene un tumor maligno! La tienen que operar lo antes posible, solo que acá hay lista de espera y no sabemos cuándo podrá ser.
—Déjeme un teléfono donde la pueda llamar… yo veré qué podemos hacer.
Así fue. Papá, inmediatamente, contactó a su amigo del alma, que, por esas cosas de la vida, era director del hospital de París, especialista en tumores. Le explicó el caso y el amigo le dijo que lo llamaría apenas supiera cómo solucionar ese tema. Después de un largo rato, papá ya estaba angustiado de no saber nada. En eso, suena su teléfono privado; él, en su fuero interno, sabía que era su amigo, así que contestó efusivamente esperando que fueran buenas noticias.
—¡Françoise! Lo logré… ¿puedes traer a la niña esta semana? La vamos a operar acá, en este hospital, sin embargo, querido amigo, no le va a salir muy económico, usted sabe que si no es residente hay que pagar…
—¡Obviamente que lo sé! ¡Gracias! No te preocupes por los gastos, estas personas trabajan conmigo hace un tiempo y les tengo aprecio, si los puedo ayudar, lo haré con gusto. Te llamo cuando este acá la niña.
Papá se comunicó rápidamente con Valeska para darle la buena nueva…
—¡A la niña la van a operar en el hospital, un especialista en tumores de París!
Valeska y su marido estaban felices por esta oportunidad. Entonces, papá les dijo que les mandaría los pasajes lo antes posible para que estuvieran pronto en París, ya que estaban reservando pabellón y todo lo necesario para esta operación, así sería todo rápido y expedito.
A la niña la operaron, le sacaron el tumor maligno en su totalidad y, después, pudo quedarse en Francia con sus padres. Papá estuvo con ellos en todo el proceso de su hija y ayudo a terminar el tratamiento para aniquilar totalmente el tumor.
Él era muy feliz cuando todo resultaba bien, en varias oportunidades me dijo:«Me siento un hombre afortunado al poder ayudar a la gente cercana y desprenderme del dinero con facilidad. Con estos hechos recuerdo lo mal que lo pasé en mi infancia y me imagino lo difícil que es para las personas no tener oportunidades… Yo —decía él— tuve una infancia pobre, sufrí de abandono, sin embargo, he tenido la suerte de poder hacer buenos negocios y por eso soy un agradecido de la vida».
Su padre, Jaume, o sea, mi abuelo, los abandonó a todos. Algunos eran chicos y otros adolescentes, así que pasaron hambre y frío, hasta que mi abuela comenzó a recibir las ayudas del estado y se le compuso la vida. A ella le habían conseguido un trabajo decente y adecuado a su edad y a los niños los dejaba en el centro social, eso era bueno, porque comían, estaban calentitos y aprovechaban para socializar con otros niños del barrio.
Mi abuela Matilde tenía tan solo quince años cuando conoció a mi abuelo, en cambio, él tenía veinte años más. ¡Hoy estaría acusado de pedófilo! La verdad es que ella nunca fue santa de mi devoción, era fría y poco cariñosa, pero la entiendo, se le acabó la adolescencia, cuidaba de cinco chiquillos y, encima, no tuvo nunca un marido presente.
Así fue como Françoise, mi papá, cuando se inscribió en la Marina Militar Francesa para servir a la patria, aprovechó para alejarse de su entorno, refugiándose en esta institución que, con el tiempo, la fue considerando su familia. Era el más joven de los recién admitidos y amó la Marina toda su vida. Salió de su casa en el momento justo. Su madre, enfrascada en una depresión, se convirtió en una mujer amargada y manipuladora, capaz de controlar la mente de todos; y eso a papá no le gustaba para nada. Matilde, con los años, se hizo más dependiente de su hijo, lo buscaba en todos los rincones de París.
Con el tiempo, a él le empezó a dar pena y algo de culpa porque, nos guste o no, era su madre. Así que, cuando podía, se la llevaba a nuestra casa a pasar unos días, cosa que nos fastidiaba a todos con sus absurdas exigencias, como por ejemplo el mal trato hacia mi mamá, sobre todo, cuando papá no estaba presente. Yo siempre escuché que sus otros hijos, mis tíos, que poco conocíamos, no hacían nada por Matilde y ni siquiera se ayudaban entre ellos. Françoise evitaba hablar de ellos en nuestra familia. Es por eso por lo que él desarrolló su mundo en torno a sus camaradas de la Marina, y luego con nosotras, su familia, sus amigos y dedicado por completo a su trabajo.
Capítulo 3 NUESTRA CASA
Hubo tiempos difíciles en nuestra familia. Papá, cuando se retiró de la Marina, se le ocurrió formar su propia empresa. Mamá lo apoyó con algunos reparos, pues a ella le daba mucha aprensión que se independizara económicamente, no era fácil olvidar todas las penurias vividas en la guerra; todas las pellejerías que pasaron y la inseguridad de no saber cuándo terminaría un tiempo que parecía interminable. Con todos estos resquemores encima, papá se atrevió a iniciar una nueva actividad y para eso se fue a China en busca de qué traer.
Los europeos —y, en particular, los franceses— eran reacios a que ingresaran objetos o productos de oriente, sin embargo, los diferentes acuerdos internacionales le permitieron traer una cantidad limitada de artículos de cocina. Al principio, no vendía mucho y estaba solo con una secretaria que tomó por un aviso en el diario. Sabía taquigrafía, una forma de escribir con símbolos los dictados de las cartas que Françoise, además, entendía y escribía chino mandarín e inglés.
Pero eso no fue suficiente, pues las ventas no fueron las esperadas. Entonces se le ocurrió hacer un nuevo negocio, esta vez sería con un muy amigo de él, un exmarino. Papá era partidario de hacer distintas actividades comerciales y nunca poner todos los huevos en la misma canasta, es por eso por lo que dejó andando como sea los artículos de cocina y, en paralelo, comenzó a incursionar en los astilleros franceses, con esto le podrían dar un servicio a los que tenían barcos y yates privados.
Llamó a su amigo y, después de muchas reuniones, partidos de tenis y comidas, lo convenció para que juntos emprendieran esta nueva idea, hacer un astillero. Al amigo y futuro socio se le ocurrió que también podrían hacer negocios con el estado, ya que él había trabajado en los astilleros navales de Saint-Nazaire que hasta hoy son muy importantes en Francia, ya que forman parte del patrimonio marítimo francés. El costo para las familias involucradas en este proyecto fue bastante alto, había que trabajar día y noche, incluidos los fines de semana, esto fue por años. Mamá siempre decía: «Aquí hay que apoyar en todo a papá». Así lo hicimos y costó varios años para llegar a ver algún resultado, pero, al final, zarpó con viento de cola y tuvieron mucho éxito.
Así, con el pasar de los años, papá había acumulado una buena fortuna y comenzamos a viajar, a ver nuestros parientes italianos y él emprendió sus famosos viajes de negocios. Con este buen pasar se convirtió en un hombre interesante a los ojos de la abuela Matilde y de varias mujeres. Ahora era el que la ayudaba, así que el patito feo se había convertido en un cisne blanco. Comenzó a cambiar en todo aspecto. Físicamente estaba más repuesto y lo económico lo tenía más descansado, pero, para sentirse como un verdadero macho recio, debía tener a la mujer que deseaba y que se había ido al extranjero. Entonces desarrolló sus dotes de seductor infiel.
En este nuevo tiempo, parte del negocio era una incesante vida social, así que mamá tuvo que pedirle ayuda a nonna Laura cada vez que la casa se llenaba de invitados. Con los primeros retiros de la sociedad, papá le compro un auto a mamá para que no le criticaran el último modelo deportivo que adquirió para sí. Eran los primeros indicios de lo que, en el futuro, sería un verdadero problema, mas nadie lo vio. Papá estaba en la aventura de aumentar su ego, que por muchos años había sido aplastado por su madre.
Nuestra casa la había comprado Françoise en una licitación que tuvo lugar en uno de los palacios que rodean el jardín de Las Tullirías, en el centro de París. Tuvo suerte de ganársela a un muy buen precio, porque era un antiguo castillo a las afueras de la ciudad. Tenía ocho habitaciones que para nosotros eran muchas. Nos cambiamos en los años setenta y papá, cuando nos llevó a ver la maison, nos hizo escoger a cada una (excepto Sofie, que no había nacido aún) nuestras piezas. Ahora, como yo era la mayor, escogí la mejor, ¡claro! Aunque no pude elegir la única que tenía el baño dentro de la habitación, ya que esa era para papá y mamá. ¡Obvio! Trataban de hacernos felices en todo lo que ellos pudieran, poque habíamos quedado fuera de nuestro círculo de amigas, ya que nos tuvimos que cambiar de colegio y eso para las tres fue muy duro. El establecimiento educacional quedaba en un pequeño pueblo al lado de la casa, obviamente, no se comparaba con vivir en París mismo.
Lo que más les había gustado a ellos cuando fueron a verla, eran los salones con unas enormes bibliotecas, que comenzaban en el piso y terminaban en el techo. A Evaline y a mí nos fascinaba estar allí entre los libros. Yo jugaba al vender libros y para eso tenía una enorme estantería para hacerlo. En cambio, Evaline se sentaba a leer. Para Cosette era muy atractivo jugar arriba de los árboles, los trepaba como si fuera un mono y así nadie la encontraba. Estos viejos y grandes árboles estaban desplegados por todo el terreno, donde mamá se quedaba sin voz llamándola todo el día. Sofie nació al año de haber llegado a la nueva casa, apareció la cuarta mujer y papá, ya resignado, nos decía siempre que a él le gustaban mucho las mujeres, pero creo que, en su interior, estaba un poco decepcionado de no tener quien transmitiera su apellido, sobre todo, siendo un hombre machista. Lo bueno es que nunca se lo hizo sentir, al contario, fue su regalona toda la vida.
Era un terreno entre bosques y río, lleno de amplios prados y flores, pero lo interesante que tenía esta propiedad, eran las construcciones aledañas a la casa. En la antigüedad las usaban como caballerizas, piezas de los empleados porque, como todos sabemos, la gente que trabajaba en estos castillos vivían allí con todas sus familias. Sin embargo, con el tiempo, quedaron abandonados.
Estábamos en un lugar apartado de la gente y de la sociedad parisina, así y todo, papá y mamá se las arreglaron para que igual pudiéramos estar con nuestros amigos invitándolos siempre a todos a la casa.
La cocina era muy grande, como había soñado siempre mamá, así podía cocinar y moverse con libertad por ella. El único problema de esta casa eran los pocos baños, por eso papá transformo pequeños espacios escondidos en toilettes. Cambió puertas y ventanas, y este antiguo palacio termino siendo una casa muy cómoda y bonita para todos nosotros. ¡Debo decir que estábamos contentos de vivir en un lugar rodeado de verde, viendo noches de cielo estrellado! Claro, cuando el clima lo permitía. Los árboles, muy añosos, le daban un toque sofisticado al lugar.
Capítulo 4 LAS FIESTAS DE PAPÁ
Las celebraciones en nuestra casa eran grandiosas, así las veía yo, y pienso que también mis hermanas, pero entonces éramos unas niñas ingenuas. Numerosos preparativos envolvían estas fiestas. Mamá se esmeraba mucho para que todo fuera perfecto. Ella es una persona muy meticulosa, por eso prefería hacer todo con sus propias manos. Nunca le faltó la ayuda de mi nonna Laura que, voluntariamente, ayudaba a su hija en todo y nos involucraba siempre a nosotras cuatro… Obligatoriamente teníamos que asistir a todo lo que mamá nos pidiera para que resultara bien. Cada una tenía su tarea, ¡pobres de nosotras si no la hacíamos bien! Mamá repartía palmadas a diestra y siniestra, ninguna podía estar sin hacer nada por mucho que Cosette o Sofie reclamaran, no se podían esconder de ella, escaparse del alcance de sus manotazos era muy difícil.
Papá les abría las puertas a todos los amigos y a la gente de su oficina, para conmemorar el año que se iba y acoger el año que se iniciaba. Esta tradición la inventó él para que sus empleados se sintiesen en familia. Muchos de sus amigos hacían negocios con papá, así que conocían a todas las personas de la oficina. Nosotras no podíamos fallar, ni menos tener otro compromiso, estaba prohibido. Mis abuelos, en cambio, jamás molestaban, nonna Laura siempre dispuesta a toda hora para ayudar a mamá. Vivían cerca de nosotros, donde antiguamente estaban las caballerizas del castillo, dentro del mismo terreno. Papá recuperó la fachada y la arregló toda por dentro, pues tenía que ser cómoda y calentita para ellos. ¡Me gustaba nuestra casa!, no solo por lo acogedora que mamá la hacía, teniendo los floreros llenos de flores en toda época del año, sino también porque éramos una familia unida.
Las fiestas duraban hasta el amanecer, no todos podían permitirse ese lujo, pero para papá nada era más importante que estar con la casa llena de gente, tomando un buen vino y fumando un puro original de la Habana, compartiendo con todos los invitados. Era un hombre muy social, en cambio, mi mamá, no tanto, ya que a la pobre le tocaba trabajar mucho para cada fiesta, sobre todo, para esta ocasión con tanta gente. Yo siempre lavaba los platos, Evaline era la encargada de poner y recoger la mesa, Cosette adornaba las mesas con flores y candelabros, mamá le obligaba a pasarle un paño para cada ocasión, ella se demoraba mucho con eso, por lo que no la podían mandar a hacer otra cosa; Sofie era la asistente de cocina, parecía una arsenalera pasándole los instrumentos al cirujano, bueno, mamá y nonna cocinaban la semana entera para que todo estuviera reposado, como es la tradición italiana.
Ese Año Nuevo lo pasamos con más frío que nunca. Yo recuerdo que había mucha nieve y hielo en el camino, pero eso no era un obstáculo para celebrar, toda ocasión era buena para hacer una fiesta.
Una de esas amistades especiales siempre invitadas a las fiestas eran Desiré y su familia. Ella era la mejor amiga de mamá, anfitriona espontánea de todas las celebraciones, era la que se quedaba hasta el último minuto, bailaba toda la noche, con o sin pareja. Desiré era alta y flaca, con una cara que irradiaba alegría, se reía todo el día. La vida para ella no era complicada, todo lo contrario, su relajo era total, como se le presentaba el momento, ella actuaba. No había pretextos ni impedimentos para traspasar los límites. Eso la hacía admirable y divertida a nuestros ojos. Ella estaba permanentemente en casa, era nuestra tía preferida, sin ser consanguínea. También asumía el rol de nuestra defensora en el momento de transar un permiso con nuestros padres. Para mí, una confidente y amiga, pero entonces percibí que tenía una extraña cercanía con papá. Yo, en ocasiones, me confundía al verlos a los tres compartir nuestra vida familiar, pero luego prefería olvidar lo que había sentido o visto. Ahora creo que en ese tiempo era mejor no pensar en nada para no destruir mi imagen de familia perfecta. Yo sabía que no lo era, pero era la única que tenía.
Mamá se enojaba con el mundo y muy frecuentemente con ella misma. Yo pienso que le daba mucha rabia no poder decirle a su marido lo que le pasaba. Él no se daba por enterado de su enojo, la consideraba con mal genio y eso ya lo tenía asumido, por lo tanto, sencillamente, no le hablaba ni la escuchaba. Cosette se enfurecía con ella cuando se ponía así.
Esta fiesta, en especial, era uno de esos momentos que ella odiaba. Evaline, muy compuesta y tranquila, ponía el mantel blanco de lino que bordó la bisabuela y también se preocupaba de poner bien los cubiertos tal cual como nos había enseñado la nonna.
Sofie vivía en las nubes, a ella nadie le decía nada porque escuchaba lo que quería escuchar y veía lo que quería ver. Parecida a mí, solo que yo me quedaba tratando de ayudar. Si mamá se enojaba, la única forma de no alterarse era respirando profundamente, al menos, eso hacía yo. En cambio, Sofie pasaba inadvertida cerca de esas discusiones, esquivando las rabietas de mamá sin que le afectaran en nada. Cuando se acababa su trabajo de arsenalera de la comida, se iba a su pieza a escuchar música sin hacer ningún movimiento que a mamá la alterara más de lo que ya estaba. Decía que volvería cuando todo se hubiese calmado.
Con papá era diferente, ella se acurrucaba como un gato ronroneando a sus pies y él se hundía en un profundo sentimiento de amor, sin decirle nada, solo mirándola con dulzura. Era con la única con la que se comportaba así, demostrando un cariño físico más marcado. Con Sofie, papá era el hombre amoroso que nosotras tres quisimos tener, se notaba que ella era la menor y eso enfurecía más a mamá, a ella no le gustaba hacer diferencias. En cambio, yo, siempre hacía malabares para mantener lejos a papá de todas estas peleas de mujeres y que no se terminara todo arruinando en una guerra campal. Yo siempre buscaba la armonía familiar.
Después de la guerra, venía la calma. A la hora de la llegada de los invitados, la casa estaba siempre perfecta y bien dispuesta para recibirlos. Papá había hecho despejar todo el camino de la entrada y el estacionamiento porque estaban llenos de nieve, así los invitados no podían entrar y dejar sus autos. Mamá había puesto en un florero que heredo de mi bisabuela un ramo con ranúnculos, anémonas y astromelias de todos colores colocado estos de forma imperfecta. También le agrego un poco de proteos y liliums que le trajeron especialmente de un invernadero cerca de casa. Según ella, alegraban los días oscuros y fríos del invierno. En el salón, regía la calidez de la chimenea a leña encendida desde la mañana. Sobre la mesa del fondo de la pared, todo el aperitivo puesto en una hermosa decoración de la Navidad que habíamos acabado de pasar. En el medio de esta, flores más simples que las de la entrada también rodeaban el aperitivo, además de velas rojas puestas dentro de un pequeño recipiente de vidrio, cosa que no ensuciaran el mantel; eran las que sobraron de la Navidad. Todo esto daba un ambiente muy acogedor. La cocina estaba perfectamente organizada, ya que en esa fecha no había quien ayudara, por eso lo hacíamos todo nosotras. Los platos estaban listos para llevarlos a la mesa y papá, como siempre, se preocuparía de los vinos y licores, también de mantener la chimenea con leña, junto con la calefacción.
Mamá caminaba por el comedor y otros rincones, revisando todos los detalles: que la mesa estuviera bien puesta, las copas limpias y el servicio como el protocolo lo indicaba, este era su momento de calma y tranquilidad. Todo parecía estar bien, después de eso decía: «Subiré a vestirme antes que lleguen los invitados». Esto era parte de su ritual. Pero, esta vez, se devolvió a sacar de la nevera los quesos y las baguettes que acompañaban el final de los platos y vio que papá estaba muy escondido hablando por teléfono. Eso le provocó curiosidad, pero subió…
Mamá es una mujer muy elegante, siempre se viste con el traje adecuado para la ocasión; nada fuera de lugar, los aros combinaban con los colores del vestido; el pelo corto y arreglado; los zapatos eran el toque final, el color es siempre un tono más oscuro que todo lo que lleva arriba. En esa oportunidad, se puso un vestido color malva, clásico, sin embargo, siempre se aseguraba de tener algo en su atuendo que marcaba una diferencia, ese objeto que solo a ella se le ocurría como ponerse de manera estilosa. Hasta el día de hoy ella luce elegante y distinguida, a pesar de los años que tiene, nunca se abandona a sí misma. En las fiestas no se encontraría con una persona vestida como ella, eso era lo que ella buscaba. Solía suceder que dos o tres de las invitadas estaban vestidas iguales, «¡claro! —decía mamá—. Lo lindo de la vida es tener un toque propio, no vestirse ni cortarse el pelo como todas». Yo, por mi parte, quisiera llegar a vieja como ella, con esa actitud.
Los invitados comenzaban a llegar, papá los recibía en la puerta de ingreso de la casa, el portón estaba siempre abierto y podían estacionar los vehículos dentro del jardín.
—Hay que entrar con mucho cuidado —les decía Françoise—, no vayan a resbalar, el hielo está fuertemente pegado en el pavimento de la entrada.
Eso, a pesar de que papá le ponía un saco de sal. Igual había que tener precaución, sobre todo con los tacos de las señoras. La primera en llegar, obviamente, fue Desiré. Ese Año Nuevo vino sola con sus hermanas y su madre, ya que su marido se encontraba de viaje, así que estaba particularmente feliz, debido a que Federico era retraído y alcohólico y nunca se divertía en ninguna parte. Al contario, siempre se quería ir lo antes posible y casi nunca sobrio. Papá la tomó del brazo y las ayudó. La entrada no era fácil, hacía mucho frío, el viento helado pegaba fuerte en la cara.
Al comienzo de la fiesta, mamá estaba terminando de arreglarse, bajó un par de minutos más tarde de la llegada de Desiré. Fue entonces que vio, por el costado de la puerta, que papá se acercaba demasiado a ella, estaban solos, porque los demás dejaban sus abrigos en el guardarropa. Fue un instante en que mamá quedó paralogizada por la duda, no sabía lo que estaba viendo, era una corazonada… «¿hay algo entre ellos?». Inmediatamente, bajó y entró en el salón. Desiré se precipitó encima de ella a saludarla con mucho afecto, «¡demasiado!», pensó mamá en ese momento, «pero será mejor que no piense más y disfrute de la fiesta». Y así lo hizo. Yo creo que se quedó con una espina clavada en el corazón y que conversaría con papá después de la fiesta. Todo esto lo sé porqueyo vi toda la escena, igual que mamá, escondida en otro rincón.
Desiré vivió muchos años fuera de Francia, se casó primero con un francés, Pierre, que era el amigo de papá de la Marina, y se fueron a vivir a Nueva York. Luego, se separó del él y se casó con un neoyorquino, Mike, y vivieron muchos años allá. Tuvieron dos hijos y se separó de nuevo. Ella, medio desesperada, le decía siempre a papá y mamá, en cada viaje que hacía a Nueva York, que quería volver a Francia. Fue así como, después de varios años, retornó a París.
Cuando ya estaban todos, papá abrió los vinos, mamá y nosotras empezamos a servir el aperitivo y, de camino, íbamos saludando a todos aquellos que no habíamos alcanzado a ver a la entrada. Había amigos de mis padres que no veíamos hace mucho tiempo, como el señor y la señora Moulian y sus dos hijos, Marcel y Juliet. También venían entrando el señor y señora Williams con sus tres hijos, Paulette, Pier y Cristian. Un compañero del colegio de papá, muy simpático. Todas las mujeres lo amaban porque era muy cariñoso, su señora, una mujer tranquila y buena moza, aunque se notaban en su rostro las frecuentes operaciones estéticas, aferrándose a una juventud forzada.
Pasando por entre medio de los invitados para ofrecer los canapés y diferentes volovanes del aperitivo, escuché una conversación entre Desiré y su hermana Alisé. Las dos, con una copa de vino blanco en la mano murmuraban sobre un contrato muy importante que había ganado papá. Desiré decía que era para construir viviendas sociales, yo un poco perpleja, pensé: «¡Qué extraño que papá no lo hubiera comentado! Él, generalmente nos contaba a la hora de almuerzo las cosas importantes que pasaban en su oficina, al parecer, esto era un asunto importante». Pero cuando me acerqué, Desiré cambio rápidamente el tema y dijo:
—¡Qué bien te queda ese vestido, Amélie! ¿Dónde lo compraste?
Yo contesté muy confundida y mirándola a los ojos:
—No me acuerdo, no es nuevo, lo encontré en el armario de Evaline —saliendo rápidamente de esa situación incómoda.
Había mucho ruido, música de fondo que se sumaba a las rumorosas conversaciones de todos los que estaban allí.
Dentro de casa hacía mucho calor, en cambio, afuera se sentía el frío en los huesos, lo notaba cuando iba a ofrecer un canapé a algún invitado que estaba fumando en la terraza. Allí encontré a Cosette, ella estaba fumando con su novio Ludovico, así que, aproveché de encender un cigarrillo y comentarle lo que había escuchado pasando cerca de Desiré y su hermana Alicé. Cosette me miro a los ojos y me dijo:
—Eres muy ingenua, yo creo que papá y Desiré tienen una amistad muy anómala, no sabría definirla, pero si mamá no se ha dado cuenta de nada mejor dejar las cosas así.
En eso nos llamó Evaline, diciendo que la cena estaba servida en la mesa:
—¡Todos a comer! —nos gritó desde adentro
Entramos y lo primero que hizo es llevarnos a un rincón con Sofie incluida y nos preguntó:
—¿Qué pasó? Hay un ambiente tenso entre mamá y Desiré, ¿saben algo?
Yo les conté lo mismo que a Cosette y ella respondió:
—Mamá se debe haber dado cuenta de algo. La conocemos y ella jamás es descortés con alguien, yo la vi muy fría con Desiré.
Nos sentamos todos en la mesa, nuestra mesa de comedor era larga y angosta, y cabíamos muchos sentados cómodamente. En medio, colgaba un enorme candelabro de bronce que venía junto con la casa. Por supuesto, al costado derecho de papá estaba sentada mamá en su lugar de siempre y, al costado izquierdo, Desiré. Nosotras cuatro nos sentamos junto a nuestras parejas, confundiéndonos en medio de los invitados.
Cosette y yo estábamos recién casadas; Evaline fue con su futuro marido, ellos vivían juntos desde hace unos dos años. A Papá no le gustaba para nada la idea que Evaline y Carles vivieran juntos sin casarse… «no me parece bien», decían. Sin embargo, no se atrevía a decirle nada a Evaline, pues a ella le importaba bien poco lo que papá opinara.
Como se suele decir, papá tenía tejado de vidrio con Evaline, pues ella lo había pillado en salidas poco decorosas con la secretaria, así que él le tenía terror. De eso yo me enteré mucho tiempo después, porque siempre mantenía la ilusión de una familia idealizada.
Sofie se sentó cerca de mamá, todavía vivía en la casa. Ella no asumía la idea de tener pareja, ni menos marido, le interesaba la fotografía y el estudio de la astrología, cosa que a papá le ponía muy mal genio, ya que no creía en nada de eso, encontraba que solo perdía el tiempo.
Estábamos todas pendientes y con los ojos puestos en mamá y Desiré. Papá, en cambio, seguía comiendo sin darse cuenta de nada. Como de costumbre,se reía y hacía las típicas bromas machistas de todos los hombres, levantaban las copas para hacer un brindis por él… «¡Por el dueño de casa!», decían todos al mismo tiempo. Para mis adentros, pensaba: «Como si todo lo que se estaban comiendo estuviera hecho por él». Mientras mamá cada vez tenía la cara más larga, era evidente que algo extraño estaba pasando. Desiré, por otro lado, tampoco se daba por aludida ni preocupada por el estado de mamá, al contrario, hablaba y se reía a carcajadas de cualquier chiste o broma que alguno dijera. Además, sin la presencia de Federico estaba particularmente feliz, al fin ella podía hacer lo que quisiera sin preocuparse que la estuviera observando. Este era su cuarto marido, pero, según nosotras, terminaría pronto también este extraño matrimonio, pues eran demasiado diferentes.
Evaline estaba descompuesta cuando fuimos a la cocina a dejar los platos sucios, nos comentó que, cuando se le cayó la servilleta al suelo y la recogió, vio que tía Desiré le tocaba la pierna a papá. Nos quedamos heladas.
La noche siguió, llegó el momento del brindis por el nuevo año, todos nos pusimos delante del reloj y empezamos a contar desde el diez hasta llegar al cero. Papá, con una botella de vino espumante en la mano, dice que es la media noche y todos nos abrazamos con el primero que teníamos al lado. Yo miro a papá y a la primera que abraza es a tía Desiré, mientras que mamá abraza a Sofie, que estaba a su lado. Después, empezamos a dar vueltas y a saludar a todos los que faltaban. Fueron unos minutos de desorden hasta que papá puso en la radio el himno nacional de Francia y, con la mano en el corazón, lo entonaba elevando la voz. Eso distrajo nuestras aprensiones con la situación. Empezamos a cantar la Marsellesa fuerte y apasionados, orgullosos de ser franceses. Terminamos este momento con un brindis por un año mejor en libertad, igualdad y fraternidad.
Capítulo 5 LA ABUELA MATILDE
Yo la recuerdo como una señora alta, flaca, muy fría y medio bruja. Su forma de ser, me imagino, debe haber sido producto de cómo se desarrolló su existencia, porque yo pienso que nada en la vida es casualidad, todo tiene un por qué.
A veces, tomamos decisiones importantes a muy corta edad, como le ocurrió a Matilde, y eso repercutió en su vida personal y la de sus hijos. Ella no contó nunca con el consejo de su madre, además, jamás la habría escuchado porque era llevada de sus ideas. Ahora… yo pienso que la vida es causa y efecto, todos nosotros podemos hacer lo que queramos, pero eso que forjamos, tanto en lo bueno, como en lo malo, nos trae consecuencias. Lo descubrí cuando pude tener la capacidad de ver cómo se comportaba con su hijo y con los demás. En fin… hay miles de razones por las cuales darse cuenta de que su existencia era anómala para la familia, yo la viví en carne propia, sobre todo, la lejanía. Sin embargo, para sus amigas siempre fue la líder del grupo o, más bien, la organizadora de los aquelarres que hacían cada cierto tiempo. Sí, era una bruja de verdad, pero de eso les hablaré después. Ahora les contaré de los padres de la abuela Matilde.
Ellos se fueron de Alemania para poder casarse, ya que la familia de ambos no quería que se unieran en matrimonio. Para mí que de ahí partieron mal. Un primo de Alex, que vivía en París, se consiguió un pasaje para que se fueran los dos y además lo convenció que encontraría con facilidad trabajo allá. Le ofreció a Gudrun que se fugaran y que dejaran todo para comenzar una vida juntos en otro país. Ella estaba un poco asustada, ya que todavía no era mayor de edad. Él, en cambio, era bastante mayor y estaba listo para emprender cualquier trabajo donde fuese. Una noche de verano, mientras estaban besándose apasionadamente en uno de los sillones en casa de Gudrun, escondidos de sus padres, decidieron que partir era lo único que los haría feliz. Así fue como idearon un plan. Ella tenía perfectamente claro que, si se iba de su hogar, sus padres no se lo perdonarían nunca. Entonces, calladitos, se pusieron de acuerdo para juntarse en la plaza del pueblo al día siguiente, como lo habían hablado, y partir en un camión que trasladaba mercadería de Alemania a Francia. Era una mañana nublada que presagiaba lo peor, pero todo resultó sin contratiempos. Llegaron a destino al día siguiente, ya que el trasportador paraba en varias estaciones. En un principio, se instalaron donde el primo de Alex que los estaba esperando. Luego consiguieron una pieza en pleno centro y Gudrun comenzó a coser ropa, sin ninguna experiencia, pero con mucho empeño, aprendió. Como decía mi abuela, «la necesidad tiene cara de hereje». Estaban muy ocupados en armar su vida y aprender el idioma, así que no echaban de menos a nadie, se amaban locamente como para estar arrepentidos de lo que habían hecho. Apenas pusieron en orden sus ahorros, ella se dio cuenta que estaba esperando un bebé. Así fue como nació Matilde, mi abuela paterna.
Ella creció en un ambiente muy solitario y con escaso cariño. Sus padres trabajaban todo el día para mantener un pequeño departamento que arrendaban y que tiempo después habían podido comprar con el fruto de un gran esfuerzo. Este estaba ubicado en el medio del centro histórico de la capital francesa. Vivir allí era un lujo, que ellos lograron gracias a un Magasin fruits et légumes, que crearon. La novedad era que Gudrun cosía y bordaba diferentes paños y manteles que agregaba como accesorios a su almacén de frutas y verduras. Era una época de crecimiento económico y eficiencia creativa. Había finalizado la guerra y la capital se convirtió en un lugar de florecimiento para nuevas ideas. Eran los únicos en comenzar a vender objetos de cocina junto con productos comestibles.
Cuando Matilde fue una adolescente, su madre la obligó a ir a trabajar al magazine, quería que aprendiera, desde joven, el valor del dinero, el esfuerzo y el trato con las personas. Sus padres pensaban que con ella trabajando no tendrían que tomar una persona externa, porque tenían ese egoísmo propio de la posguerra. Matilde era una joven un tanto retraída, criada en un ambiente muy solitario, sus únicas amigas eran un par de compañeras de escuela. Es por eso por lo que Gudrun creía que llevándola a la verdulería podría sociabilizar con más gente y así no se sentiría tan sola. A Matilde no le quedaba otra, pues su madre era una mujer fuerte y clara, con ella no se bromeaba, solo trabajaba, si no, ardía Troya.
Mi papá nos decía que él creía que la verdadera tristeza de Matilde fue no haber conocido en su vida a sus abuelos. Posterior a la salida de Alemania, todas las familias se desconectaron entre ellos. Cuando se hablaba en la mesa de la abuela Matilde, papá, para justificarla, nos contaba historias de su infancia. Él, así mismo, pensaba que nos podría dar pena la vida que tuvo y seríamos más cariñosas con ella, pero la abuela era tan perversa con mamá, que las historias de papá no surtieron efecto. En largas conversaciones los domingos en la mesa, nos contaba que la abuela Matilde había vivido en un ambiente de poco amor, por eso nos decía que teníamos que entenderla. Era una forma de justificar la lejanía de ella en nuestras vidas, sobre todo cuando la comparábamos con nonna Laura, que era puro cariño.
La tristeza de la vida de la abuela Matilde, y que a mí siempre me sorprendió mucho, es el amor que se tenían sus padres, significaba que a ella la ignoraban por completo; es como que su madre nunca la quiso tener. «Bueno, ¡puede ser!, no es obligatorio amar a los hijos», decía Gudrun cuando Matilde se lo enrostraba en alguna discusión. Al menos, eso recuerdo haber escuchado de sus propios labios.
Muchas veces, Gudrun tenía actitudes extrañas con Matilde, sobre todo, cuando ella se acercaba a su padre, eso no lo podía soportar, como si su marido no pudiera tener otros ojos que no fueran para ella. ¡Le tenía celos a su propia hija! Y no quería que su marido dejara de prestarle atención. Gudrun no pensaba en tener más hijos, decía que le limitaban mucho la vida y eso lo repetía cada noche a la hora de la cena… «¡Igual que tu madre!», le reprochaba a Alex mientras se echaba una cucharada de comida a la boca. Su marido la miraba con admiración y asentía todo lo que su esposa decía, pues no quería conflictos. Por lo tanto, Matilde se sentía aún más sola, tenía claro que no contaría nunca con un hermano, ni menos con sus padres. Con el carácter muy distinto al de su madre, pero con la claridad y frialdad de ella, pensó en salir lo antes posible de su casa. No sabía cómo, pero era su próximo objetivo. Dejó de sentir tristeza y de compadecerse cuando a los quince años conoció a un joven catalán. Se sentía libre al fin, eso creía ella, no sabía en qué prisión estaba por entrar.
Matilde, a su corta edad, tenía un aspecto ya de mujer, se veía mayor que sus amigas, incluso en el modo de pensar. Ella, después del trabajo que hacía de muy mala gana, ¡pero sin rechistar!, se iba al departamento y se arreglaba para salir. Le gustaba vestirse a la moda, es así como, cada vez que tenía dinero se compraba la ropa que estaba a la vanguardia. Fue la primera en inaugurar una falda hasta la rodilla, eso era una gran conquista para las mujeres de la sociedad parisina. Si bien ella no era burguesa, se las arreglaba para parecerlo. Era un tiempo en que las mujeres habían adquirido una mayor libertad, el derecho a voto con la mayoría de edad, ella no, pero su madre ya podía votar. Esto modificó la sociedad francesa, siempre a la vanguardia de las épocas. Mati, como le decían las amigas, era la primera en asistir a los desfiles de moda, introduciéndose como pudiera a ellos. Las pocas veces que mi abuela me contó de su adolescencia, me decía que era muy buena para entrar donde las niñas de su edad no lo podían hacer, ya fuera por la edad o porque no le correspondía como nivel social, pero siempre buscaba hacer la limpieza a casas de los millonarios de París. Ahí ella escuchaba donde tendrían un nuevo acontecimiento de moda y como diera lugar asistía a ellos. Pasaba a comprar un pedazo de tela y se hacía su propio atuendo.
Era feminista y quería ir a cuanta protesta del derecho de la mujer existieran, cosa que en ese tiempo eran frecuentes en la capital y, cuando no se lo permitían, se arrancaba inventando cualquier excusa para ir a reclamar. Uno de los mejores pretextos que tenía era que estaba enferma y que necesitaba un remedio, es así como comenzó, cada vez que sentía un malestar, a salir a buscar algo que la aliviara. Sus amigas decían: «Matilde eres una hipocondriaca, ya que no te creemos tantos dolores, mira que cuando salimos a divertirnos no te duele nada». Sin embargo, a ella no le importaban los comentarios de los demás, hacia siempre lo que quería, al contrario, le gustaba estar en la boca de todos, así se sentía importante. Por todo eso se convirtió en una mujer fregada, dura y, algunas veces, quejumbrosa, sobre todo con mi papá.
Según lo que me contaron, una tarde, el hijo del primo de su papá, Olivier, con quien crecieron prácticamente juntos, y del cual se había hecho muy amigo, la invitó al Café de Flore. Allí se juntaban los intelectuales a discutir de política o de arte en el atardecer. Ellos, en cambio, quedaron de juntarse a las cinco, que es la clásica hora del té. Olivier le dijo que se encontraran afuera en la terraza. La invitó con la excusa de pedirle su opinión de la íntima amiga de Mati, como ella misma se presentaba, a quien había conocido hace pocos días y de la cual se flechó al instante. Quería que su prima y amiga le hiciera de celestina.
Matilde, a su vez, se vistió con su nuevo pantalón, hecho por ella. Era un modelo que presentó Coco Chanel en su último desfile. «Obviamente, no me quedaban como los Chanel», me decía mi abuela, con falsa modestia, orgullosa de confeccionar sus trajes. Ella era una de las pocas mujeres que se atrevía a usarlos. Además, eran de color negro, y se puso sobre ellos una blusa blanca muy sobria, colgándose del cuello un falso collar de perlas, y cuando estaba lista para salir, se ponía su acostumbrado sombrero negro, como usaban todas las mujeres adelantadas en París en esa época… al contarme esto, se mostraba eufórica de que yo la escuchara.
El encuentro en el Café de Flore fue unos minutos pasado las cinco. Olivier ya estaba allí esperando sentado. Pasaron un rato conversando y, de pronto, llegó Eugenia. Matilde se sentía como un pez fuera del agua en esa cita, pues ya había hecho la labor de celestina, así que encontró que lo mejor era irse. Saludó a su amiga, conversaron un corto rato y, luego, caminó hacia la puerta de salida del bar. En ese trayecto, sintió una mirada profunda clavada en su espalda, se dio media vuelta lentamente confrontando a un hombre con unos enormes ojos azules que no le quitaba la vista de encima. Él, con una voz sensual le dice:
—¡Buenas tardes!, soy Jaume. Desde hace un rato que la estoy mirando y me tiene completamente anonadado con su belleza.
—¡Oh!, ¿yo? ¡Gracias! Es usted muy galán —responde tratando de salir del asombro y queriendo continuar con su camino, pues le gustaba hacerse la difícil.
Él la detiene diciéndole:
—¿Me aceptaría una bebida?, solo un vaso y luego la dejo ir.
—¡Bueno, puede ser! —con la voz entrecortada—, soy Matilde… —Y, rápidamente, pensó: «¿Qué me podría pasar si solo me tomaré un refresco y, además, está mi primo cerca?».
—¡Perfecto! ¿Qué gusta tomar? —le preguntó el hombre con caballerosidad poco conocida para ella.
—Una limonada estaría bien.
Así, con dos bebidas en la mesa, se pusieron a conversar. Ella se empezó a relajar a medida que él iba hablando, se notaba que era experto en el manejo con las mujeres. De reojo miraba Olivier con Eugenia, este la miraba a ella y se sonría. Sin embargo, cuando su primo y su amiga se estaban yendo, ella rápidamente y sin pelos en la lengua, se levanta y lo saluda.
—Es hora de irme, estoy con mi primo y él se va.
Jaume se para junto con ella, le besa la mano y le dice que este era su café favorito, que esperaba verla de nuevo. Salió del lugar y abrazó a su amiga diciéndole al oído: «Me gustó mucho el hombre de ojos azules».
Eugenia le toma las manos en señal de aprobación, sin decirle nada, pero piensa: «¡Al fin! A Matilde le late el corazón». Luego le contestó:
