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El proceso no ha desistido. Trato de ser alguien que no sangre cuando una mirada lo rechazó, alguien que interactúe con extraños y no se le queden viendo como si sus comentarios fueran muy desacertados. Pero estoy ligado a la maldición de pensar diferente a los demás. Y, sin poder evitar los colapsos emocionales, termino fundiéndome en una hoja insípida, donde mi llanto desgarrador nace y muere en el silencio que pocos lectores presenciarán. "Trazos del olvido"
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Seitenzahl: 195
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Arte de tapa: Nick Aura
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Salomón Modica, Nicolás
Hay suspiros que contar / Nicolás Salomón Modica. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
198 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-282-8
1. Antología. 2. Poesía. 3. Prosa Literaria. I. Título.
CDD A860
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Salomón Modica, Nicolás
© 2023. Tinta Libre Ediciones
Hay suspiros que contar
Índice
Prólogo Pág. 9
Charcos en mi suéter Pág. 11
Charcos en mi suéter (Carta) Pág. 19
Solo un momento Pág. 23
Brisa conductora Pág. 27
Trazos del olvido Pág. 31
Cómplices de papel Pág. 35
Color estándar Pág. 39
Podría, pero no lo haría Pág. 43
Amor bidimensional Pág. 47
¡TE AMO! Pág. 51
Un vampiro se enamoró del sol Pág. 55
Tus raíces Pág. 59
Intentando nacer Pág. 63
Junto a mi locura Pág. 67
Cuando la cordura no da cuerda Pág. 71
Mundo para-lelos Pág. 75
¿Quiénes somos? Pág. 79
Autorreflexión Pág. 83
El huésped de adentro Pág. 87
Cartas para Ámbar Pág. 91
Unos minutos en tu vida Pág. 100
No me desampares Pág. 102
Siesta del 17 de octubre Pág. 104
Pedacito de sueño Pág. 107
Mariposa libre Pág. 109
En las profundidades de tu mar Pág. 112
Observando el tiempo que descansa Pág. 114
Entre tus manos Pág. 117
Persiguiendo nuestras almas Pág. 119
¿A partir de cuándo es prioridad? Pág. 121
Perfume del pasado Pág. 124
No era su mano, era su alma Pág. 126
Fugitiva del reloj Pág. 128
Lo que no quiero es olvidarla Pág. 130
Su mundo–mi mundo Pág. 132
En la puerta de mi ingenuidad Pág. 135
Coleus blumei Pág. 139
La chica del vestido con flores Pág. 143
Relato de un pájaro enamorado Pág. 147
Amor, vuelve al sofá Pág. 151
Nadie la había sabido amar Pág. 155
Cambios Pág. 159
La importancia de comunicarnos Pág. 163
La reliquia más piadosa Pág. 167
Dulces sueños Pág. 171
Irradiando Pág. 175
Ya no soy el mismo de antes Pág. 179
Del mar a la arena Pág. 183
Miradas ultravioletas Pág. 187
Popurrí Pág. 191
I Pág. 191
II Pág. 191
III Pág. 191
IV Pág. 192
V Pág. 192
VI. Mientras llueves Pág. 192
VII Pág. 193
VIII Pág. 193
IX Pág. 193
X Pág. 193
XI. Sano y libre Pág. 194
XII. Inhalo y me voy Pág. 194
XIII. Marinero agónico Pág. 195
Prólogo
Hay suspiros que contar es un libro de escritos, la mayoría de ellos bastante breves. El género al que pertenecen ha terminado siendo un híbrido entre narrativa y poesía, aunque visualmente el aspecto lírico estaría más ligado al formato de las estrofas de canciones, debido a que no se buscó cumplir con los parámetros de una poesía típica. Cada individuo finaliza con una o más fotografías artísticas de propia autoría para representar gráficamente el trayecto recorrido.
Hay un rejunte de cincuenta escritos y el listado está ordenado con el fin de crear una relación sucesiva, solo que en pocos casos se da de manera explícita. Si bien cada texto retrata hechos diferentes, se logró trazar una conexión algo abstracta entre todos.
Las temáticas involucradas a lo largo del libro son muy diversas, pero gran parte está relacionada a momentos específicos, tanto reales como ficcionales. En ellas, emociones exteriorizadas de diferentes épocas son llevadas a un plano desde el que pueden ser percibidas por el lector sin que llegue a sentirse ajeno.
Así como la brevedad en los suspiros, cada causante de estos fue descrito bajo la única condición de engendrar pausas en su fugacidad. Es decir, un suspiro es una reacción impulsiva del ser que no llega a durar segundos; entonces, el detenimiento solo podría manifestarse mediante esos detalles que se plasman al narrar las causas que los llevaron a nacer. Por otro lado, también aporta al manifiesto la extensibilidad del tiempo de comprensión, recurso que ayuda a asimilar mejor un mensaje y a descubrir pequeños destellos que pueden ser imperceptibles ante las miradas de lecturas rápidas.
Charcos en mi suéter
Desde muy pequeño ya solía ser alguien callado. Según anécdotas familiares, pasaba las horas frente al televisor viendo películas sin hablar siquiera un poco. Pero, a medida que fui creciendo, esa costumbre de visitar frecuentemente al silencio comenzó a generarme ciertas incomodidades, sobre todo a la hora de querer hacer valer mi punto de vista.
Suelo notar que el ser humano, a medida que va independizándose, empieza a desarrollar su propio razonamiento basándose en el mundo que lo rodea, sin dar por finalizado el proceso. Persiste en una búsqueda constante de su voz interna. Lo que sucede con ello es que, en algunos casos, hay personas cuyos criterios difieren demasiado con los del común denominador y están constantemente en debates innecesarios. En cuanto a mí, las complicaciones solían ser dobles, ya que, además de tener un juicio demasiado particular, me costaba exteriorizarme con naturalidad. Así, por mucho tiempo me sentí ajeno a la comunicación, hasta que comprendí que no se trata de adaptarse a una forma de expresión universal, sino de buscar cuál es la que a uno le genera más comodidad. Logré entenderlo debido a una experiencia personal que marcaría un antes y después en mi vida.
Todo comenzó por la casualidad de ir a un sitio en donde conocería a la persona que terminaría coprotagonizando esta historia. Ese sitio no era más que la única escuela primaria de un pequeño pueblo llamado Mundo Nuevo, ubicado en los recovecos de una ciudad integrante de Mendoza.
Recuerdo que en aquella época yo formaba parte de un movimiento juvenil de peregrinos. Era un ámbito religioso, pero no por ello peligroso. Allí el rango de edad variaba entre los dieciocho y los veinticinco años, aproximadamente. Dicho grupo consistía, junto a otras cosas, en la ayuda solidaria desde el hacer para las personas de recursos inferiores, tanto económicos como espirituales.
Una de las actividades que hacíamos se llamaba misión de Semana Santa; era entre todas mi preferida. Cuando me enteré de que estaba por realizarse, ya era el último día de las inscripciones. Pensé en dejarlo pasar porque la oportunidad seguía estrechándose y aún no organizaba lo que debía llevar. Pero, al haber estado tanto tiempo ausentado del grupo, consideré ese próximo evento como una especie de reencuentro, pese a que hubiera decidido todo a último momento.
La misión comenzó un miércoles nocturno y el punto de encuentro era esa escuela primaria que mencioné anteriormente. Teníamos que desempacar para que a la mañana siguiente pudiésemos empezar con los quehaceres. Todo el programa abarcó tres días, en los cuales, además de salir por las calles del lugar a dialogar casa por casa con los pueblerinos de la zona e invitarlos a la vigilia pascual, había un juego interno al que nombraban Mi amigo invisible. Creo que el motivo de jugarlo era para que no nos dispersáramos demasiado allí. Imagínense un grupo de jóvenes viviendo momentáneamente bajo el mismo techo; la situación podría descontrolarse.
No profundizaré en sus reglas, pero hay datos muy importantes que no quiero pasar por alto. El juego empezó la primera noche, cuando nos hicieron sacar de una bolsa plástica un trocito de papel donde salía escrito el nombre de otro integrante. Esa persona estaría recibiendo cartas anónimas durante toda la misión de parte de aquel al que le hubiera tocado su nombre. Estas se depositarían en su sobre personal, que se encontraría pegado junto al de los demás en una pared del corredor principal. El contenido de las cartas consistiría en mensajes de ánimo y algunos rasgos físicos del emisor que lograran definirlo de forma discreta, para que así pudiera ir abriendo las posibilidades de que el receptor adivinara, antes de finalizar la misión, quién era su amigo invisible. Y, si no llegaba a descubrirlo por su cuenta, él o ella debería presentársele como tal, junto con un regalo que nos pedían llevar a todos para esa ocasión.
En mi caso, la persona a quien me tocó escribir fue una chica a la que no conocía. Es más, hasta ese entonces jamás habíamos entablado un diálogo. No sé si era el destino o qué, pero esa noche, al verla llegar, un par de horas antes de saber que en la esquina de un papel su nombre me iría a tocar, empecé a sentirme privilegiado de coincidir con ella en aquel preciso lugar. Por un lado, era beneficioso que nuestros caminos jamás se cruzaran anteriormente, ya que mi presencia pasaría más desapercibida que la de los demás, pero por el otro, el no conocerla me dificultaría aún más la tarea de escribirle. ¿Cómo podría usar las frases adecuadas si desconocía su manera de pensar? Sin embargo, con tan solo observarla, una parte de mí sabía a la perfección qué palabras redactar.
Así fue como transcurrieron mis primeras cartas, con sigilo en los detalles superficiales y breves dosis de profundidad al escribirle palabras de aliento. Los primeros días fueron bien transitados, puesto que, en lo que a mí respecta, su conducta no era para nada asimilable a la de una persona que estuviese investigando o deduciendo quién le podría estar escribiendo; se veía como alguien a quien le resultase indiferente el desenlace. Quizás ella ya hubiera participado anteriormente en esta actividad y no tenía esperanza alguna de que algo nuevo pudiese llegar a sucederle.
El momento de mayor auge relacionado a dicho juego solía ocurrir por las noches, generalmente, debido a que había más tiempo libre para redactar el mensaje que iría a entregarse. Además, en esas horas ya no circulaban tantas personas que pudieran observar dónde cada uno dejaba su carta. Confiado en que llevaba las ventajas del anonimato, esa penúltima noche le agregué una frase condicionante al texto que decía: “La última carta te la voy a dar en persona”, dejándole en claro que horas más tarde, en el último día de misión, iba a ser tiempo de que el juego concluyese. Pero al mediodía siguiente, mientras intentaba pasar desapercibido al lado de ella, me detuvo para preguntarme si yo era su amigo invisible. No podía mentirle y le terminé confesando que sí lo era. Ella intentó abrazarme, ya que era algo que se habituaba hacer cuando no quedaban más misterios entre ambas partes, pero la frené y le dije que lo hiciera después de recibir la última carta. No recuerdo por qué, pero aquella frase se terminaría volviendo un compromiso que cumplir.
Transcurrí esa última tarde de actividades sabiendo que, llegada la noche, debía esmerarme para superar, como mínimo, mis propias expectativas de lo que podría ser un final que impresionara a mi compañera. ¿Acaso tuvo que ver con que mi perspectiva se hubiera embellecido cuando la vi por primera vez? ¿O con que, en el momento de sacar el papel con su nombre, tuve que preguntarle a alguien más acerca de quién era la persona llamada así y que, cuando este la señaló, solo pude disimular esa completa alegría? No lo sé, pero tenía el presentimiento de que, después de darle esa última carta, las cosas ya no volverían a ser iguales que antes.
El inconveniente seguía siendo lo que iba a suceder entre renglón y renglón, inconveniente para el cual aún no buscaba soluciones, en especial porque no tenía el tiempo necesario para hacerlo. Las actividades posteriores me mantenían distraído, ya que eran las últimas en toda la misión y quería disfrutarlas plenamente. Una vez que estas terminaron, llegó la hora de organizarse para la misa de la vigilia pascual, evento donde se consumaría el cierre final de nuestra estadía allí. Hasta ese momento, no había pensado siquiera una palabra que pudiera utilizar. Además, ese lado expresivo me seguía pareciendo muy distante, pero la verdad iba a verse reflejada únicamente en el preciso instante que tuviese en frente mío la hoja en blanco.
Una vez que la ceremonia terminó y todos volvimos directamente a la escuela, me fui derecho al aula en la que dormía para buscar en mi cuadernillo un espacio en blanco que pudiera ser llenado de buenas intenciones, las cuales pensaba que no serían recíprocas hacia mí. Pasada la media hora de aquel intento de redacción, nos llamaron a todos para cenar. Jamás comí a tanta velocidad en mi vida y, mientras lo hacía, casi ni estaba presente en la mesa con los demás. En realidad, mi cuerpo sí lo estaba, pero mi mente se encontraba en plena abducción, que provenía de aquella aula en la cual ya se retenían ciertas ideas para seguir desarrollando. Apenas llegué a desocuparme, regresé a mi rincón en esa improvisada habitación, donde el tiempo parecía ir más rápido de lo normal.
Mientras yo seguía en la búsqueda de ese texto ideal, todos los integrantes del grupo se trasladaron al exterior de la escuela, donde encendieron una fogata para rodearla entre guitarras y sonrisas. Por un momento, inclusive traté de sumarme a esa abundante energía positiva. Pero de igual manera volvía a desembocar en ese texto que aún no encontraba la recta final, y mis pasos nuevamente se direccionaban en el sentido más cercano a lo que mi mente dictaba.
Una hora más tarde, aproximadamente, una tormenta que nadie se esperaba los correría a todos hacia adentro de la galería y, por ende, mi concentración comenzaría a dispersarse. Las canciones sonaban a tan solo unos metros del aula en la que yo estaba, aunque nada irrumpiría la fluidez que había logrado alcanzar. Tras un largo rato de minuciosos párrafos descriptivos donde solía desprender mis primeras metáforas, noté que, al alejar la lapicera de ese terreno marcado, ya estaba terminada la carta en su totalidad. La releí una vez sin siquiera perder demasiado tiempo en ello y acudí a un amigo, quien, además, era organizador de la misión. Lo aparté del grupo para que la oyera antes de que fuera entregada finalmente. Él me felicitó y sugirió que la leyera al frente de todos, pero en mí ni siquiera existía esa posibilidad. Por más que fuese un texto que interpelara a cualquiera de los allí presentes, debido a que se trataba de una verdad colectiva, me parecía que tal desenlace le quitaría la intimidad que yo buscaba generarle, sobre todo porque desde su inicio el destino siempre fue una sola persona.
Luego de juntar la confianza necesaria, que caía de un cuentagotas, me acerqué al círculo hecho de largos bancos en los cuales nos sentábamos a comer y fui directo a donde ella se encontraba. Le di la carta que había doblado en cuatro partes junto a un turrón y en voz baja le pedí disculpas por la demora. Su expresión no fue más que un abrazo breve, con algo de desinterés, pero sin dejar de agradecérmelo. Yo me ubiqué en otro sector, junto a algunos amigos, afuera del círculo integrado por la mayoría.
Ella comenzaría a leerla con una amiga que la acompañaba a su lado, pero de repente se levantó y salió corriendo hacia su aula. Fueron varios minutos en los que yo no sabía qué pensar, ni siquiera entendía el motivo de su desaparición. Pero volvió a acercarse con un caminar direccionado a mí. Intenté disimularlo queriendo ver para otro lado, como cualquiera en mi lugar. Allí tocó mi hombro y me hizo un gesto con su mano que simbolizaba que debía ir hacia donde ella estaba. Cuando alcé la vista y la pude mirar bien a los ojos, noté un par de lágrimas que se derramaban en su rostro y algunas otras que aún no iniciaban el trayecto. Al acercarme frente a frente, desplegó sus brazos ante mí en un abrazo que, sin exagerar, llegó a durar minutos. No me imaginaba que una muestra de afecto que está tan al alcance de todos podría prevalecer de tal manera en la vida de una persona como lo hizo en la mía.
Una vez que el abrazo terminó, cada uno volvió a su sitio como si todo volviese a su lugar. Por mi parte, quienes estaban sentados a mi lado preguntaban muy intrigados qué le había escrito en la carta para que ella reaccionara de tal forma, pero para ese entonces yo ya tenía la cabeza dada vuelta. Recuerdo voces por derecha e izquierda que venían a mis coordenadas, aunque yo no logré responder debidamente a ninguna de sus preguntas; aún seguía encandilado por aquella luz que destelló internamente en los aposentos de mi alma.
Pero sí hay un detalle que jamás querría olvidar. Fue en plena secuela tras lo sucedido; inconscientemente llevé mi mano izquierda hacia mi hombro derecho y, sin querer, sentí con la yema de mis dedos algunas de sus lágrimas, que habían quedado impregnadas en mi ropa. Sigue más vigente que nunca esa imagen en mí: a mis lados, dos chicos hablándome respecto a los hechos, yo con una mirada perdida y en el rostro una pequeña mueca de felicidad mientras mis dedos circulaban en la destinada superficie que, desde entonces, había dejado de ser la misma.
La lluvia no paraba de caer afuera de la escuela, pero los charcos terminaron formándose en el suéter que llevaba puesto. Y actualmente, cada vez que debo tomar una decisión que me lleve a algún destino incierto, junto el valor necesario remontándome hacia aquella noche tormentosa en la cual, por más que el panorama había sido desértico debido a que desconocía por completo su pensar, logré conectar directamente con su interior y desembocar así en la lluvia más preciada.
CHARCOS EN MI SUÉTER
(CARTA)
Una oportunidad, una misión, un destino. Muchos caminos que nos marean. Tropezón y caída, tropezón y caída, tropezón y caída; en los peores momentos creemos que de eso se trata la vida. Pero, sin tener el porqué, te ves ahí en un fin de semana diferente, rodeado de extraños que en tan solo unos días se convertirán en tus mejores amigos.
Sabés que en un parpadeo todo se va alejando del presente y que lo único vigente va a ser ese fuego ardiendo en tu ser por las noches de miradas al cielo, encontrando en cada estrella algunos recuerdos que brillen aún más que ellas. También seguirá ardiendo después de un tiempo, cuando sin querer veas alguna foto de ese momento y tus pupilas se humedezcan sin pedirte permiso o por qué ese fuego no podría arder entre abrazos casuales con esas personitas que dejaron un sello en tu alma.
En fin, ¿quién diría que alguien se podría enriquecer tanto con tan poco, ganar tanto con tan poco, amar tanto sin la necesidad de poner límites a algo tan bello? Ahí te das cuenta de que no sirve saberlo todo, sino lo que más te convenga saber, lo más importante, y eso no lo hallarás en ningún libro porque ya lo sabés. Quizás no le prestes atención porque es una tontería, pero también es lo único que te hace falta: tener aire en tus pulmones, el abrazo cuando menos te lo esperás pero más lo necesitás, un gracias después de alcanzarle algo a alguien, sujetar cuando el castillo de tu amigo se está por derrumbar, dar lo que sea sin pensarlo dos veces, no ponerle un precio a tu sonrisa ni, mucho menos, una fecha de vencimiento.
Entonces, mi yo interior se empieza a reír de aquel pasado donde creía que la vida consistía en tropezones y caídas. En realidad, esta se esconde atrás de esas pequeñas e insignificantes decisiones que te llevan a terminar en un fin de semana aburrido o en una gran experiencia en la que todos seguimos al mismo sol, esperando que en cada amanecer vuelva a nosotros y pueda entibiar nuestra lectura de un nuevo día. ¿Qué sería de nosotros sin su calor?, ¿no? Fuente de energía, razón del existir, brújula natural que siempre apunta hacia donde vos quieras ir y, si te equivocás de dirección, te perdona. Sinónimo de perfección, envidia de quienes no lo pueden ver o intentan taparlo con sus dedos y, en especial, el motor que pone en marcha a la vida.
Pero en estos momentos quiero bajar un poquito del sol y ubicarme en un barrio rivadaviense llamado Mundo Nuevo, específicamente en la escuela Catamarca 1-175. Allí se hospedaba un grupo de jóvenes emprendedores que le ganaron la pulseada a la comodidad solo para obtener a cambio unas sonrisas, de techos no muy lujosos pero sinceros al fin.
En esa visita momentánea conocimos personas que nos invitaron a pasar a sus casas. Sin notar el mensaje, nos tallaron con su demostración que la felicidad no tiene cuatro dígitos en un cajero automático; está mucho más lejos de todas las perlas que puedan entrar en tu cuello. Pero lo que sí notamos fue que, al obsequiarles nuestra atención unos minutos, nos vaciaron sus cartuchos de problemas; vaya a saber uno cuánto tiempo los han tenido cargados. Sin embargo, la realidad es que le quitamos un peso a su cruz, al menos desde este pequeño lugar en el que trabajamos.
Una oportunidad, una misión, un destino. Quizás solo nos bastaban unos segundos para darnos cuenta de cuán afortunados somos, ya que la cruz que a nosotros nos toca cargar diariamente es solo una pluma comparada con la de estos claros ejemplos que luchan por la vida, ¡luchan por vivir! No nos conformemos nunca, porque sobrevivir no es estar vivos, sino solo ser muertos que respiran. Yo pienso que el mundo no sigue girando para que seamos unos expectadores de la vida, mirando desde afuera. Cada quien tiene su brillo propio y necesitamos más personas que brillen por sí mismas, porque foquitos de bajo consumo hay de sobra.
Así que, cuando no sepas a dónde mirar, sabés que arriba está el sol, ese sol que no podés tocar pero sí sentir su calor. Y si a tu alrededor calló la noche, tenés dos opciones: esperar a un nuevo amanecer o recordar mis palabras; si buscás en tu corazón, todo el tiempo es de día y no te va a hacer falta de ninguna otra luz artificial.
Amá tu corazón, amá tu vida, amá todo lo que te haga bien, pero nunca dejes de amar.
#Tu amigo invisible
Solo un momento
Deberías leerlo, te tomará solo un momento. Un pequeño momento que se comprometerá con tu realidad y, justo después de ayudarte, se esfumará entre la prisa hasta ser olvidado.
¿Cómo es un momento?¿Cuánto durará un momento? ¿Cuándo empieza? ¿Cuándotermina?¿Qué tendrá para diferenciarse de la rutina?
Me gusta pensar que el momento comienza en el instante en que un alma despierta y se conecta con su entorno, y este recién termina cuando esa alma obtiene lo necesitado. No tiene por qué ser bueno o malo, solo es un espejismo de la sequía que lleva dentro y busca saciar.
He notado que, mientras está pasando, no somos conscientes de que unos minutos después esa ocasión terminará siendo parte de un recuerdo más. Quizás si lo entendiéramos, empezaríamos a tocar cada detalle de los instantes con un poco más de delicadeza.
Los momentos y los recuerdos están ligados mutuamente como dos ciudades que se conectan por un puente; en este caso, el puente sería el tiempo. Para ampliar un poco más la visión de esta comparación, voy a articular ambas ciudades para mostrar la conexión establecida en lo cotidiano, ya que podría decir que la
