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«Afirman que es hora de separarnos del Homo sapiens. A este nuevo humanoide hoy ya existente, si bien todavía en forma muy elemental, que algunos llaman transhumano, Ireneo lo bautizó con la aprobación de Shaider Homo connexus. Conectado no con su entorno ni con los seres humanos que lo acompañan sino con los sistemas cibernéticos, es decir, con máquinas pensantes». Ireneo, un apasionado por la mitología griega, se ve envuelto en las inquietantes investigaciones de su inquilino, un científico austríaco que fusiona ingeniería genética e inteligencia artificial. Ante la amenaza de los GPS (Guardianes del Plan Supremo), un grupo extremista que se opone a toda alteración genética, recurre a David, su amigo de la secundaria y narrador del relato. Mientras laboratorios extranjeros intentan apropiarse de los avances científicos, ambos caen bajo el hechizo de Dorita, quien los acompaña en su arriesgada cruzada. Conscientes del peligro que enfrenta la humanidad, los tres idean un plan audaz para promover una regulación global de trasplantes y frenar el uso apocalíptico de la IA, buscando influir en la opinión pública mundial. Reflexiva, delirante y perspicaz, Hecatombe, de Fernando Aguilar Foster, es una novela vertiginosa que no da tregua. A través de una trama vibrante, dialoga con problemáticas profundamente actuales y nos invita a reflexionar sobre ese futuro incierto que, cada vez más, se siente inminente.
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Veröffentlichungsjahr: 2025
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Fernando Aguilar Foster
Hecatombe
NARRATIVAS
Aguilar Foster, Fernando
Hecatombe / Fernando Aguilar Foster. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6635-88-4
1. Narrativa Argentina Contemporánea. 2. Novelas. I. Título.
CDD A860
© 2025, Fernando Aguilar Foster
Primera edición, junio 2025
Dirección comercial Sol Echegoyen
Dirección editorial Julieta Mortati
Asistencia editorialEleonora Centelles
Coordinadora de ediciones Jacqueline Golbert
Editor Isaac Castro
Corrección Mariana Gómez Masía
Diseño y diagramaciónLara Melamet
Imagen de tapa generada por IA Hernán Aguilar
Conversión a formato digital Estudio eBook
Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.
Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
pampublicaciones.com.ar | [email protected]
But my words, like silent raindrops, fell and echoed in the wells of silence.
Pero mis palabras, como calladas gotas de lluvia, cayeron y resonaron en los pozos del silencio.
SIMON & GARFUNKEL
—Comencemos.
Dijo esta palabra después de al menos cinco años de silencio entre nosotros, y por toda respuesta cuando le pregunté si estaba escribiendo un nuevo libro.
Me explicó que escribir un libro era ciertamente algo muy trascendente, porque antes de iniciar la escritura él imaginaba el universo en toda su dimensión. Luego era consciente de que el libro sería una cosa nueva en ese espacio infinito de cuerpos estelares en eterno movimiento. De modo que todo el cosmos quedaría —de algún modo infinitesimal— alterado por la presencia de ese objeto por él fabricado, al menos durante el tiempo que durase resistiendo la trituradora de papeles.
Esa noción exagerada era más compleja aún en cuanto él meditaba sobre la presencia del lenguaje, del etéreo e impreciso significado de las palabras, y se asustaba pensando que sus palabras impresas en tinta negra sobre las hojas de papel serían leídas por ojos somnolientos, cansados o atentos, y ello necesariamente modificaría las mentes de sus lectores, y vaya uno a saber qué alteraciones en las sinapsis de las neuronas de cerebros desprevenidos se causarían en forma totalmente incontrolable por la lectura de un libro como el que usted tiene ahora frente a sus ojos.
—Desde mi punto de vista, mi amigo, publicar es un acto irresponsable porque ningún autor puede predecir las réplicas en las mentes de los lectores causadas por los textos que él escribe.
Luego se mantuvo en silencio. Esos agujeros de profundo pensar eran en él habituales. Yo, mientras tanto, recordaba al primer Sartre y su ponderación de la literatura comprometida o de la “situación” del escritor en su circunstancia, y me preguntaba qué nos diría si estuviese oyéndonos.
Recuerdo que durante nuestra adolescencia le pregunté a Dorita qué pensaba ella de mi amigo, y me contestó:
—Ireneo es un tipo muy raro.
Me guardé de comunicarle ese juicio a Ireneo para no arruinarle cierta ilusión en relación con nuestra amiga, pero quise indagar el motivo por el que ella decía eso. Dorita aclaró que todas nuestras amistades solo hablaban de sexo, de jugadores de fútbol, de las animadoras de televisión, se burlaban de casi todo y en especial de los profesores de la secundaria, pero nadie confesaba, como lo hacía Ireneo, que le gustara la mitología griega.
En aquel tiempo Dorita absorbía con enérgica determinación el mandato de ser una chica decente, libre de pecados y pura; como muchas otras, era el resultado de una catequesis rigurosa y muy básica. Luego pudo liberarse de semejante mochila, pero en ese entonces recuerdo que dijo:
—Desprecio a los dioses griegos. Son humanos, demasiado humanos.
El caso es que yo mantenía también una firme esperanza de agradar a Dorita, aunque me inhibía de insinuar ningún sentimiento más allá de una correcta y prolija empatía debido a que el género femenino era para mí un misterio inextricable. Hasta cierto punto lo sigue siendo ahora que esto escribo. Yo atribuía aquella insuperable timidez, entre otras causas, a que asistíamos a escuelas de varones y por ello todo lo femenino me resultaba un espacio totalmente desconocido. Por su parte, Dorita ocultaba su preferencia y aparentemente se sentía halagada por igual con aquella doble admiración. Todavía esa incipiente rivalidad no había afectado nuestro compañerismo.
Luego de su prolongado silencio, Ireneo me invitó a tomar algo en el café Florian, no el de plaza San Marcos en Venecia, sino el de Caballito. Tenía una forma literaria de hablar, con corrección de gramático; es decir, que al escucharlo uno tenía la impresión de que hablaba como se escribe y eso convertía su conversación en un discurso levemente engolado. Su voz transcurría al borde del susurro, de modo que yo debí inclinarme por sobre la mesita para lograr entender sus breves comentarios.
—La vida bien mirada nunca resulta aburrida. Los humanos somos imbéciles empedernidos por no darnos cuenta de una realidad tan obvia y tan apasionante. Pero es inútil tratar de abrirle los ojos a la gente. Con los años descubrí que, por lo general, cuando hablo nadie me escucha, los pocos que me escuchan no me entienden, y el escaso puñado de amigos que me entiende disiente de todo cuanto digo. Me persigue el karma de Casandra, la pobre que se cansó de predecir las cosas que sucederían sin que nadie le prestara atención.
Luego clavó sus ojos claros en los míos y continuó su monólogo. Lo hacía a menudo como método para ordenar sus ideas, creo.
—Los humanos nos diferenciamos del resto de la escala zoológica en que somos capaces de contar historias y de reírnos a carcajadas. Todo lo demás los animales lo hacen mejor. Alguno ve con mayor precisión, otro cuenta con un olfato más fino, muchos corren más rápido, saltan más lejos, vuelan, en fin, ven de noche o de día colores que no percibimos. Pero ninguno se detiene a relatar historias.
Supe después de esta introducción que la conversación venía para largo. Repasé mentalmente mi agenda y pude comprobar una vez más —me resulta frecuente— que yo no tenía nada por hacer. Me dispuse a escuchar atentamente el murmullo algo cascado que brotaba de mi amigo y pedí dos cervezas.
—Escribir y leer nos hace humanos. Pero si voy a contar una historia, la única que a todas antecede es el relato sobre el origen de la creación. Cada sociedad, cada tribu, cada pueblo cuenta o contó con una fantasía propia y distinta de las demás sobre el origen del universo. Cada brujo, cada vidente, cada gurú, cada sacerdote o profeta, cada cacique, cada científico tuvo y tiene su cosmogonía y posee su demiurgo. Yo tengo la mía, y por no ser menos que todos aquellos que me preceden creo que es la verdadera.
Debo confesar aquí, para tratar de ser lo más veraz posible, que mi amistad con Ireneo tenía un componente de envidia. Era alto, erguido y delgado como un poste. Eso atraía a las mujeres. En cambio, mi breve estatura no llamaba la atención de ninguna. Durante mis años jóvenes sufrí reiterados fracasos en la incesante tarea de atrapar mujeres. Ireneo, por el contrario, poseía ese don que me irritaba. Le bastaba, o eso creía yo, acercarse y permanecer enhiesto, en silencio, fijando sus ojos de un azul casi grisáceo en el rostro de una joven para que esta le sonriera. Por suerte para mí, las veces que él iniciaba la conversación intercalando a los dioses del Olimpo la ninfa en cuestión se alejaba contrariada y esas derrotas hacían que yo lo tolerase mejor.
Pero no seré yo quien se consagre a describir los defectos y vicios de Ireneo. La amistad con él duró tanto, ha sido tan simbiótica, que mi crítica sería indirectamente una admisión de mis propias falencias y mis ponderaciones no resultarían más que un elogio reflejo de mí mismo. Ello sin tomar en cuenta, por supuesto, el breve tiempo durante el que por culpa de los favores de Dorita nos distanciamos.
Para mantener la conversación comenté que no todos éramos imbéciles y dije que él era un ejemplo de lo contrario o, tal vez, una excepción a la regla.
—Tal vez yo no sea del todo humano. Tal vez yo soy apenas un personaje de una ignota novela corporizado en un físico demasiado flaco y alargado. En tal caso, sospecho que soy más inteligente que mi autor. No te asombres, en algún lugar de la Tierra ya debe existir una computadora más capaz que el ingeniero que la entrenó y facultada para crear un avatar idéntico a mi persona, un gemelo en la dimensión virtual imposible de distinguir de su original.
Sonrió satisfecho y noté que una chispa de picardía iluminaba fugazmente su mirada.
Con la segunda cerveza Ireneo retomó su tema preferido.
—La gente no sabe cómo era el tiempo antes del bing bang. Cuando el tiempo se detiene la eternidad dura igual que un pestañeo. Existe un horizonte a nuestro conocimiento que no podemos trasponer. Podemos imaginar qué existió en el minuto previo a la gran explosión, pero nuestra mente es incapaz, por ahora, de comprobar nuestra fantasía. Anaximandro concibió el ápeiron y acertó en pensar un universo en el que todavía no existían los dioses. Fijate que si bien la Tierra tiene unos 4500 millones de años los seres vivos no aparecieron hasta 1000 millones de años después, y la vida humana es reciente, tiene apenas entre 600.000 y 400.000 años, de modo que la Tierra existió muchísimo más tiempo sin humanos —y por ende sin almas ni dioses— que con humanos.
—Si tanto tiempo nuestro planeta pudo evolucionar perfectamente bien sin nosotros, es posible que aquel tiempo de tierras solitarias, primero ardientes y luego heladas, pueda repetirse en un futuro no lejano —dije, y él aceptó mi comentario con entusiasmo.
—Hay algo más, David. El lenguaje tiene sus límites. No me refiero a la multitud de idiomas que los humanos hemos inventado después de Babel. Dicho sea de paso, con la traducción simultánea todos retornaremos al tiempo en que nos entendíamos con un idioma común. En cualquier idioma, el lenguaje designa un significado concreto dentro del ancho campo de nuestra percepción y, más lejos aún, de nuestra intuición. Pero la realidad es aún más ancha, no solamente en cuanto existen la antimateria y la energía oscura, sobre las cuales poco tenemos para decir, sino en cuanto a que, más allá de todo lenguaje, existe “algo” que no tiene palabra que lo designe en ningún idioma, ya sean lenguas vivas o fenecidas. Esa realidad translengua también existía antes de que el primer humano se mirase ante el espejo de un lago y pronunciase la palabra “yo” en su idioma gutural. Y nada indica que no exista aún. Cualquier persona que trata de expresarse en un idioma aprendido y no encuentra la palabra correcta puede tener la noción de a qué me refiero. ¿Me explico?
Mi amistad con Ireneo comenzó durante el primer año de la secundaria. Casimiro Schultze fue el matón que nos tocó en suerte. Era un tipo grandote, fuerte como un toro y mal bicho. Mejor para todos habría sido que ostentase el cerebro de un mosquito, pero Casimiro era astuto y planeaba sus maldades con precisión de cirujano.
Oscarcito Richtevik, según el Negro Ramírez, había llegado tarde al reparto de dones hecho en la sala de espera de los bebés por nacer. Tenía la espalda torcida, un cuerpo esmirriado y una miopía grave. Su palidez excesiva no anunciaba nada saludable. Único hijo criado entre tías solteras, no había pisado nunca el césped descalzo ni jugado al fútbol entre amigos. Soportaba con resignación infinita las bromas de sus compañeros, entre los que me incluyo.
Casimiro Schultze lo tuvo en la mira hasta que se aburrió de pegarle, amedrentarlo y obligarlo a cederle la merienda que las tías le daban para los recreos. Como es habitual en infinidad de casos, si nos tocaba presenciar estas bromas pesadas mirábamos para otro lado y nadie se animaba a pararle el carro a Schultze. Recuerdo la mirada acuosa del pobre Oscarcito tratando de zafar del maltrato que Casimiro le propinaba sin motivo alguno. Fue en el baño, ya que allí es donde ocurren los actos ilegales en las escuelas: Schultze arrinconó a su víctima y procedió a mojarle las piernas con un chorro de su orina mientras se reía a carcajadas. Farfullé una protesta y recibí un trompazo en la boca, con hinchazón de labio y sangre abundante. Ireneo intervino tratando de calmar a Schultze y recibió un derechazo similar. Quedamos desparramados en el suelo, hechos un lío de brazos y piernas. Oscarcito escapó del baño sin agradecer nuestra intervención.
Ireneo comentó que recibir una trompada en la boca que deja el labio tumefacto es una humillación no redimible con nada. El único consuelo es soñar con una venganza que, en mi caso, no he podido concretar pese a que ya han transcurrido varias décadas. Nunca cicatrizó esta herida en mi estima. Hoy todavía odio a Schultze y mi amistad con Ireneo ya es indestructible.
La charla con Ireneo se prolongó hasta bien entrada la tarde. Era normal que ninguno de los dos tuviese prisa por retornar a nuestras respectivas viviendas. Como al pasar me preguntó si yo tenía noticias de Dorita. Nunca antes habíamos tocado el tema. Él estuvo de novio cerca de un año con Griselda, y finalmente decidió casarse, algo que me alegró porque creí que le haría bien a su salud tener una esposa que le planchase las camisas, le ordenase la casa y lograse que él no salteara sus comidas. Fueron de luna de miel a Bariloche, con pasajes que en aquel momento se podían pagar en cuotas.
Al tercer día volvió solo. Recibí una llamada teléfonica:
—Me separé de Griselda. No me preguntes nada.
Eso fue todo.
Años más tarde me enteré del motivo de tan rápida separación pero no lo consignaré aquí porque entiendo que a mi amigo no le agradaría, y además Griselda vive aún y no sería considerado de mi parte develar esa intimidad sin permiso.
Nunca me hacía feliz hablar de Dorita. Escuchar su nombre me producía entonces una amargura imparable, y más si era Ireneo quien la mencionaba. Traté de desviar la conversación hacía el contraste entre lo dionisíaco y lo apolíneo:
—La llanura de la pampa es apolínea, la selva de las regiones norteñas es dionisíaca —propuse, pero fue inútil. Esta vez Ireneo no se dejó arrastrar hacia ese debate que lo apasionaba.
Continuó en voz baja, como si hablase para sí sin escucharme. Dijo que nuestra adolescencia había finalizado el día en que Dorita nos confesó que estaba de novia con Héctor, un necio de los que abundan en las tribunas de los estadios de fútbol y en los clubes de gente muy rica. Recordé que esa noticia en aquel momento fue para mí como un baldazo de agua helada. Quedé devastado.
Ireneo continuó sin tomar en cuenta las expresiones de mi cara. En tono de confidencia dijo, como si yo no lo hubiese notado, que él creía haber estado enamorado de Dorita y que luego se molestó al descubrir que era yo a quien ella miraba con buenos ojos.
En su mirada advertí algo que me alertó: por esa pendiente la conversación se desplazaría al punto de no retorno. Traté de desviar la charla afirmando que era para mí un hecho inexplicable que las mujeres, aunque demostrasen una inteligencia superior al promedio, eligieran por pareja a tipos que las maltrataban y denigraban aun en presencia de amigos, o especialmente en presencia de ellos. Insistí con un leve temblor en la voz, que él no notó, y mencioné que Héctor no era sádico como Schultze pero lo acompañaba, era su cómplice y ganaba su impunidad festejando las ocurrencias del matón. Es un lugar común que los matones requieran un segundón cobarde que los aplauda y se ría de sus bromas.
Ireneo vació el jarro que contenía un resto de cerveza y me hizo la pregunta que durante años había rondado sus sueños:
—¿Ustedes dos se acostaron?
Tuve la tentación de mentir, pero el recuerdo de Dorita me frenó. Noté que esa pregunta le había surgido en forma repentina. Deduje que no la había meditado y que de inmediato se arrepintió de haberla hecho.
—Yo no —le dije—, no tuve ocasión.
—Yo sí —dijo él—. Después de largar con Héctor estaba muy deprimida. Tenía el ánimo por el suelo por haberse equivocado tanto con ese fulano. La consolé, le dije que peor se había equivocado Rosa Sabattini tomando por esposo a Barón Biza, y le conté esa historia macabra. Me disfracé de cisne como Zeus, y ella fue mi Leda.
Tuve que correr a vomitar al baño. Cuando regresé mentí alegando que andaba muy mal del estómago.
Creo que Ireneo se conmovió al verme en ese estado, y como una especie de consuelo me dijo que entonces todavía Griselda no estaba en su radar.
—Es más —agregó —, pensé que yo me casaría con Dorita. Pero el amor duró poco porque descubrí algo que vos deberías saber: te prefiere. David, nunca te diste cuenta, es a vos al que más quiere de los dos. Confieso, además, y esto no lo publiques, que por un momento tuve la esperanza de que Griselda suplantase a Dorita en mi corazón. Ahora lo veo como un deseo imposible. No te lo digo por celos ni por resentimiento. Es así y punto.
El timbrazo del portero eléctrico me sobresaltó. Manoteé el reloj y comprobé que eran las dos y media de la mañana. Salté de la cama y tropecé con un zapato. Llegué a la cocina borracho de sueño y aún no despierto del todo.
—Soy Ireneo. ¡Abrime!
Encendí las luces y corrí a vestirme, tropezando una vez más con el maldito zapato.
—David, ¡abrime, apurate!
Lo hice pasar sujetándome con una mano el cinturón del pantalón que tendía a juntarse con mis rodillas. Ireneo entró alterado como pocas veces lo vi. Se hundió en el sillón de la sala, respirando agitado y con los ojos desencajados. Luego de ajustarme el piyama le ofrecí un vaso de whisky, que aceptó con un ademán y todavía sin recuperar la respiración.
Me rogó que le echase el cerrojo a la puerta de entrada del departamento, vació el vaso de un trago y me pidió un segundo whisky antes de calmarse lo suficiente como para hablar.
Luego de recuperar el aliento y más sereno dijo:
—Me están siguiendo. Alguien me persigue.
En mi rostro creo que se dibujó una expresión que pasó del asombro a la preocupación por la salud mental de mi amigo, que aparentaba sufrir un brote paranoico grave.
Dijo que no estaba loco y que debía explicarme la situación en la que se encontraba y que había mantenido en el más estricto secreto, pero que ahora debía confiarme para que yo pudiera ayudarlo y protegerlo en forma eficaz.
Comenzó por referirse a su casa de fin de semana en Turdera. Yo la recordaba perfectamente pese a que, dije, hacía varios años que no me invitaba a comer esos asados epopéyicos en tan lindo lugar, y agregué que especialmente tenía presente el glorioso tiempo de nuestra adolescencia cuando esa casa había sido la guarida de nuestros primeros escarceos con el sexo opuesto. No mencioné que Dorita fue una de las invitadas habituales, allí la conocí, y que por ese motivo aquellos fines de semana me resultaban inolvidables.
Continuó su monólogo diciendo que la causa por la que suspendió las invitaciones se llamaba Kurt Shaider, un genetista de renombre nacido en una deliciosa aldea de Austria llamada Braunau y radicado desde hacía mucho tiempo en la Argentina. Creí recordar que en ese pueblito había nacido Hitler. Mi amigo comentó que era una coincidencia totalmente aleatoria, sin ninguna consecuencia, y que por ello no tenía gollete mencionarlo en ese momento.
Continuó explicando que El Delirio tenía un sótano que su abuelo había utilizado como bodega y que el doctor Shaider había alquilado para instalar allí su laboratorio.
Recordé una antigua historia referida al chalet de mi amigo. Se decía que su nombre original fue El Lirio, y que una mano anónima agregó ese “De” al comienzo de Lirio, con lo que la casona pasó a llamarse El Delirio para el barrio. Siempre sospeché que había sido Ireneo el autor del agregado. Por aquel entonces los amigos del dueño de casa cursábamos la secundaria y hallamos un nuevo destino en la cava de la residencia. Armamos en ella una discoteca improvisada en la que predominaban los discos lentos.
Me confió que Shaider trabajaba allí día y noche en alteraciones genéticas. Ireneo ahora bajó la voz hasta hacerla apenas audible. Logró, me dijo, que unas lauchas blancas y de piel rosada a las que les injertaron porciones del genoma humano pudieran reírse a carcajadas.
Sin meditarlo dos veces comenté que seguramente le borrarían la sonrisa al Gato de Cheshire. Mi amigo me clavó una mirada severísima.
—Estoy hablando muy en serio. Tu comentario de Alicia en el país de las maravillas está totalmente fuera de lugar. Dejemos en paz a Lewis Carroll.
Luego de tomarse un respiro para dominar su enojo, continuó comentando que no era la primera vez que los humanos lográbamos híbridos.
—Ya lo sé, pero las mulas son estériles —dije, pensando en agregar algo en el mismo tono de la conversación.
Ireneo lanzó un resoplido de fastidio y agregó que él ahora estaba evocando a la mitología griega. Cuándo no, pensé, pero me contuve.
—Los griegos no fueron los primeros en concebir esas criaturas. Tuvimos centauros, sirenas, las gorgonas, y los egipcios concibieron a las esfinges, antes los asirios concibieron leones alados con cabezas de hombres barbados, estaban los pegasos hermosísimos, la terrorífica Medusa y la espantosa Quimera…, la lista es inacabable.
Adiviné que la enumeración venía para largo y asentí para que supiera que había comprendido el punto. Él trazó un panorama tan amplio como desolador.
Todo comenzó, según mi amigo, con una investigación perfectamente legal que consiste en obtener órganos de animales modificados genéticamente para inhibir los rechazos y poder injertarlos en los humanos que padecen ciertas enfermedades de otro modo incurables. No tardó en crearse una competencia entre laboratorios europeos y norteamericanos que desencadenó una carrera alocada para llegar primero al mercado. El método más común es alterar el ADN del animal elegido agregándole material obtenido de células humanas. En China se propusieron idénticos objetivos, y su hermetismo hace que los genetistas europeos teman lo peor. Versiones con dudoso fundamento sobre los progresos chinos han recorrido el mundillo de los especialistas. Muchos difundieron falsedades pregonando inexistentes logros secretos de los competidores para obtener mayores fondos, cuyo destino no fue siempre la investigación científica.
Mientras eso sucedía, en su laboratorio subterráneo de El Delirio, Shaider continuaba sin pausa sus trabajos utilizando lauchas vivas y alarmantemente lampiñas.
Ireneo me señaló su vaso vacío para que lo llenase y continuó su relato.
La situación se fue complicando porque Shaider parecía no sentirse alcanzado por ninguna barrera ética, y, utilizando células de embriones congelados que obtenía vaya uno a saber cómo, había logrado que las lauchas comenzaran a exhibir ciertas reacciones más propias de humanos que de roedores.
—Me estás provocando escalofríos —dije.
Él se encogió de hombros y sentenció:
—No hay nada que los humanos puedan hacer que no lo hagan por la sola razón de que lo prohíbe alguna ley o alguna religión.
Ireneo carraspeó para aclararse la garganta y continuó:
—Cometimos un error grave. Hace tres o cuatro meses Kurt me comunicó que necesitaba fondos para abrir una línea de investigación enteramente nueva. Se trataba, según me dijo, de lograr una reacción celular que anule el envejecimiento, y él imaginaba que si lo lograba viviría más años que Matusalén. Como él había instalado en la azotea un criadero de ratas en jaulas le propuse que vendiera algunas aún no modificadas como mascotas para los niños, y así disminuir la población de esos animales, que amenazaba con desbordarse. Me alarmaba que se quedara sin plata y no me pagara el alquiler, y eso me influyó. Lo cierto es que a Kurt se le ocurrió vender ratas verdes, que tenían una modificación no buscada, y eso tuvo un éxito descomunal. Nos contactó un exportador de langostinos patagónicos que ofreció comprarnos la producción de seis meses, y pagarla por adelantado, para vender después los animalitos en toda Europa y asegurarse así el monopolio de la comercialización. La novedad fue detectada muy rápidamente por algunos laboratorios medicinales que le ofrecieron a Kurt comprarle todo, pero especialmente la tecnología para obtener en animales tejidos de células con genes humanos resistentes al rechazo, y que continuase con sus investigaciones por un buen sueldo. Kurt no quiso y allí comenzaron los problemas. Llamadas telefónicas, mensajes por WhatsApp, emails desconcertantes y finalmente mensajes con amenazas serias.
El asunto pasó de castaño a oscuro cuando las amenazas se extendieron a mi amigo.
Llegados a este punto supe que ya no podría dormir; pasé el resto de la noche en vela. Ireneo pidió una frazada y, ya fuera por el alcohol o por el cansancio, se quedó dormido casi de inmediato sobre el sillón de la sala.
Se fue bien entrada la mañana, no sin pedirme que saliera antes que él a la calle y me asegurase de que no hubiese en la cuadra nadie en actitud sospechosa.
Mis recuerdos no siguen un orden cronológico debido a que Ireneo saltaba de un tema a otro, y su mente lo llevaba a ocuparse de cuestiones que no tenían ilación. Luego de meditar mucho, sin embargo, descubrí ocultas correlaciones entre sus comentarios expresados en aparente desorden.
—Siempre se dice que descendemos de los monos, pero no es toda la verdad; los homínidos fueron muchos, y creo que el Homo sapiens fue el peor. Logramos eliminar al resto de esas especies con nombres horribles como australopitecos, denisovanos o neandertales, creo que a fuerza de comerlos crudos y embarazar a las hembras sobrevivientes. Eso ocurrió hace decenas de miles de años, ahora es tiempo de que nuestra especie evolucione a otra nueva clase de humanoides. Es lo que Shaider pregona cuando entra en confianza.
Lo interrumpí para manifestarle que me tenía inquieto eso de la desaparición de los dinosaurios y otros cientos de miles de especies que existieron millones de años antes que los humanos.
—El enigma que me quita el sueño es que no podemos concebir que un dios todopoderoso, al igual que las amebas que hoy viven, necesite conducirse adoptando el método de ensayo y error.
Ireneo me dijo entonces, si mal no recuerdo, que ningún dios es absolutamente todopoderoso, porque desde la Edad Media se sabe que existe algo que ni un dios puede lograr: hacer que un hecho sucedido no haya sucedido. En otras palabras, revertir la flecha del tiempo en una dimensión mayor que el tamaño de las partículas atómicas. Pero lo fundamental en el tema de la supuesta infalibilidad divina es que los dioses griegos fueron los mejores porque, si bien cometieron errores, todo el tiempo recibieron sin excepciones su castigo y por ello fueron redimidos.
—No hay registro de penalidades para el dios que tanto se equivocó creando cinco extinciones masivas de seres vivos, y pronto entraremos en la sexta, dicen algunos. Hay varias veces más especies extinguidas que las existentes hoy, según dicen los que se dedican a calcular esos números.
