Helada sangre azul - Yuri Buida - E-Book

Helada sangre azul E-Book

Yuri Buida

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Beschreibung

Tres de la mañana. Ida se levanta de la cama, se enfunda el pesado abrigo negro y, tras colocarse su estrambótico sombrero, sale corriendo a la calle. Avanza a trompicones bajo la lluvia con una sola idea fija en la cabeza y un único destino: la jefatura de policía de Chúdov. A ello dedica sus últimas fuerzas, no puede esperar, es demasiado urgente. Cae, como tantas veces antes, e igualmente se levanta. Ya queda poco, la plaza, el restaurante, la farmacia, correos..., ya está, ya llega. Sube al porche y golpea la puerta con insistencia, pero, mientras esta se abre, la mecha se agota y, respirando con dificultad, Ida, la vieja Ida, se desploma ante el mayor Parátov. Mueve la boca desesperada, intenta hablar, pero no dice nada. Tras ella queda una vida envuelta en misterio... ¿Quién es Ida Zmoiro?, ¿tal vez la gran actriz que enamoró a una generación de soldados y fue galardonada con el Premio Stalin?, ¿o la esposa de un aristócrata que huyó de la URSS?, ¿quizá la solitaria y distante mujer que regresó a aquel pueblucho llamado Chúdov para dar clases de interpretación a las niñas?, ¿sería acaso Ida la clave del rompecabezas que comenzó con la desaparición de una de sus alumnas, o solo la última víctima?

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Seitenzahl: 374

Veröffentlichungsjahr: 2024

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TÍTULO ORIGINAL: Синяя кровь

 

Publicado por

AUTOMÁTICA

Automática Editorial S.L.U.

Avenida Mediterráneo, 24 - 28007 Madrid

 

[email protected]

www.automaticaeditorial.com

 

Copyright © 2011 by Yuri Buida

© de la traducción, Yulia Dobrovolskaya, 2015

© de la presente edición, Automática Editorial S.L.U, 2015

© de la ilustración de cubierta, Iban Barrenetxea, 2015

 

 

Este libro se ha publicado con la colaboración de la Fundación Mikhail Prokhorov y su Programa de Ayuda a la Traducción de Literatura Rusa, TRANSCRIPT.

 

The publication was effected under the auspices of the Mikhail Prokhorov Foundation TRANSCRIPT Programme to Support Translations of Russian Literature

 

 

Derechos exclusivos de traducción en lengua española:

Automática Editorial S.L.U.

 

ISBN digital: 978-84-10141-06-3

 

Diseño editorial: Álvaro Pérez d’Ors

Composición: Automática Editorial

Corrección ortotipográfica: Automática Editorial

Edición digital: Álvaro López

 

Primera edición en Automática: Noviembre de 2015

 

 

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización de los propietarios del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografía y los medios informáticos.

 

HELADA SANGRE AZUL

YURI BUIDA

TRADUCCIÓN DEL RUSO Y NOTASDE YULIA DOBROVOLSKAYA

 

 

 

 

 

 

ÍNDICE

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

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1

El reloj de la Africana dio las tres de la madrugada justo cuando la vieja se deslizó fuera de la cama, enfundó los pies en las pantuflas, se puso su estrambótico sombrero y el abrigo negro, pesado como el plomo, que le llegaba hasta los talones (las señoras de bien no tienen piernas), abrió de par en par la ventana y liberó de la cajita de cerillas a Jesucristo Nazareno, Rey de los Judíos, Señor y Salvador nuestro y Stomoxys Calcitrans.

Cada otoño, Ida atrapaba a una mosca adormecida (en ocasiones eran ejemplares de Musca Domestica, pero más a menudo de Stomoxys Calcitrans), la encerraba en una cajita de cerillas y la llevaba a la oficina de correos. Allí envolvían la cajita en un papel basto de color marrón y la lacraban. La vieja escribía con esmero su dirección, luego el director de la oficina, el señor Jamelgo, escondía el diminuto paquete dentro de la caja fuerte, donde se quedaba hasta la primavera en compañía de una ristra de ajos, una botella de vodka empezada, una sardina seca y una lata de betún negro. Al llegar abril, la jorobada Tía Ancas llevaba a Ida el fragante paquetito. En señal de gratitud, Ida le ofrecía a la cartera un vaso de su explosivo aguardiente casero y una galleta salada. Al llegar la noche del domingo de Pascua, Ida sacudía la cajita para sacar a la mosca y esperaba pacientemente hasta que el bicho, en la palma de su mano, volvía en sí. El insecto recorría la mano cayendo en los largos y profundos surcos del destino de la vieja, escalaba el monte de Saturno en la base del dedo índice, amarillento por el tabaco, se detenía unos instantes y, de pronto, las pequeñas alas centelleaban y la mosca se lanzaba hacia la ventana abierta y desaparecía de su vista.

«Cristo ha resucitado —susurraba Ida acompañándola con la mirada—. ¡En verdad, ha resucitado!».

Tal era su rutina anual, pero no esa noche. Esa noche la mosca se arrastró a duras penas sin desplegar las alas. Probablemente el clima la disuadió: llovía a cántaros, soplaba el viento, hacía frío. Ida devolvió el insecto a la cajita, la guardó en el bolsillo, cerró la ventana y salió afuera.

Entre su casa y la plaza no había más de trescientos metros. Normalmente, Ida recorría ese camino en diez minutos o incluso menos. Pero esa vez todo fue diferente. Las farolas a lo largo de la calle desvencijada no estaban encendidas, la lluvia caía sobre el pavimento resquebrajado, los arcenes estaban cubiertos de lodo, la cuesta parecía especialmente empinada, las pantuflas se perdían a cada paso, el fuerte viento se abatía sobre ella y le abría los faldones del pesado abrigo impidiéndole mantener el equilibrio. A medio camino se cayó de rodillas, perdió una pantufla, el viento le arrebató el sombrero e Ida se presentó en la plaza descalza, con la cabeza descubierta y el abrigo desabrochado.

La plaza estaba desierta. En el centro se alzaba la monstruosa boca negra del pozo viejo, rodeado de los casi derruidos canalones de piedra del abrevadero. Alrededor estaban: la Iglesia de la Resurrección, la farmacia con los enanos conservados en alcohol expuestos en el escaparate, el restaurante El Perro de Pávlov, la jefatura de policía, Correos, los almacenes comerciales (El Pabellón de piedra), El Transformador (una estatua de Pushkin sosteniendo un farol con una mano extendida), la Casa Alemana (un hospital construido en 1948 por los prisioneros de guerra alemanes) y, más allá, detrás del hospital, en medio de la húmeda y temblorosa oscuridad, se adivinaba el tejado del crematorio con un ángel de cobre en lo alto de la chimenea.

Ida recobró el aliento y, cojeando más de lo habitual, se dirigió a la jefatura de policía. Subió al porche y golpeó la puerta, que se abrió al instante. En la entrada estaba el jefe de la policía, el mayor Pan Parátov. Respirando con dificultad, la vieja dio un paso hacia Parátov, alargó la mano, abrió la boca como intentando decir algo y se desplomó; Parátov apenas tuvo tiempo de sujetarla.

 

El borracho de Lumínium fue quien llevó el cuerpo al hospital en su carretilla. Era la misma carretilla que usaba para repartir sacos de azúcar, carbón y estiércol entre las ancianas; así se pagaba una botella de vodka o, al menos, un vaso de aguardiente casero. Los días de mercado, los vendedores que llegaban a Chúdov desde sus aldeas para vender tocino o patatas, se peleaban por la carretilla. Lumínium llamaba a su carretilla «la bala» y nunca la limpiaba; el olor que desprendía era tan característico que servía para localizar a su dueño cuando, después de una juerga, dormía a pierna suelta bajo algún matorral.

Lumínium empujaba la carretilla de la que colgaban los pies descalzos de la vieja; detrás corría la jorobada Tía Ancas con la pantufla de Ida en las manos.

En el patio de la Casa Alemana, el doctor Áspius, un glotón de panza inabarcable que siempre llevaba entre los dientes un palo torcido que él llamaba pipa, ya esperaba a Ida. Llevaron a la anciana a la sala de ingresos. La cicatriz comenzaba en la frente, pasaba apenas visible por encima de la ceja izquierda, se deslizaba por la mejilla y partía el labio. Antaño tenía que esconderla debajo de capas de maquillaje, pero las arrugas del viejo rostro ya eran más profundas que la antigua marca. De su cuello, en vez de un crucifijo, colgaba una llave ennegrecida por el tiempo; en el bolsillo encontraron la cajita, dentro estaba la mosca. El doctor asintió con la cabeza, el personal sanitario colocó una sábana encima del cuerpo y se la llevaron.

2

Lo que le ocurrió a Ida Zmoiro no sorprendió a nadie. Todos los habitantes del pueblo sabían que era por culpa de las «tórtolas» y solo de las «tórtolas».

Con el sobrenombre de «tórtola» se denominaba a la niña que, siguiendo la tradición local, encabezaba la procesión fúnebre con un pájaro en las manos. El camino de la iglesia hasta el crematorio duraba tan solo diez minutos, por lo que hacía tiempo que para alargar la despedida la gente había inventado una ceremonia especial. El cortejo fúnebre (delante iba el enano Karl, con sus botas de la suerte y un icono religioso en las manos; lo seguía el viejo Cuádrigo con sus monstruosas botas, arrastrando por la brida al caballo negro que a su vez tiraba del carruaje que llevaba el ataúd; detrás, vestidos de negro, seguían los familiares y amigos del difunto entonando Memoria Eterna) daba tres vueltas a la plaza pisando el azúcar esparcido por el suelo (cuando el cortejo era nupcial, echaban sal). Recortada entre la muchedumbre de luto caminaba una niña vestida de blanco, la cabeza cubierta con un pañuelo del mismo color, sosteniendo una paloma también blanca. Después el cortejo se dirigía al crematorio, encima de cuya entrada destacaba una inscripción en letra gótica: «Feuer macht frei». Cuando el ataúd se sumergía en las llamas y arriba comenzaba el canto monótono del cuerno del ángel de cobre, la gente se apartaba liberando espacio para la niña con el pájaro blanco. Ella esperaba el momento del silencio absoluto, se ponía de puntillas y levantaba las manos para liberar a la paloma. En ese instante todas las miradas se fijaban en la niña de blanco, tan joven, tan tierna, tan bella; ella bajaba las manos en un gesto suave e inclinaba la cabeza, el pañuelo blanco ocultaba sus mejillas ardientes. A su vez la paloma, después de dar un par de vueltas por el escaso espacio de aire sofocado por el aceite de máquina y el tufo de la gente, volaba por la ventana hacia fuera, se elevaba al cielo, adelantando al humo negro que echaba la chimenea...

Todas las madres de Chúdov soñaban con que sus hijas interpretasen ese papel al menos una vez en la vida: con un vestido blanco y la paloma blanca en las manos, ante la mirada de la ciudad entera. Ida Zmoiro dirigía el centro de danza donde, entre otras cosas, las niñas aprendían el papel de la tórtola. Les enseñaba a mantener la espalda estirada, a moverse correctamente, a meterse en el papel. La vieja Zmoiro había sido actriz en su tiempo, una actriz de verdad, galardonada con el premio Stalin, y había actuado en películas y obras teatrales; las madres apuntaban a sus hijas al centro: con ella podían aprender muchas cosas.

Pero, de repente, las niñas comenzaron a desaparecer.

La primera tórtola desaparecida fue Lisa Dobíchina. Sus padres se dieron cuenta al anochecer, cundió el pánico, los papás recorrieron las casas de los familiares, las mamás gritaban y lloraban, alguien dijo que habían visto a Lisa en la orilla del río. Entonces Víctor Dobíchin, el padre de la pequeña, reunió a los hombres y se pasaron la noche rastreando la orilla; después, desde los botes peinaron el río con pértigas, pero no encontraron nada.

De madrugada, Lumínium, borracho como de costumbre, descubrió las zapatillas de Lisa encima de la tapa del pozo cuya boca sobresalía en mitad de la plaza central. Ahí es donde la gente dejaba los objetos perdidos: paraguas, fundas, guantes; por eso Lumínium no se sorprendió en absoluto al ver allí aquel calzado. Unos zapatos blancos, abiertos, de tacón bajo. Por si las moscas, Lumínium pasó por la comisaría e informó de su hallazgo al teniente Corazones. Cuando Nina Dobíchina vio los zapatos lanzó un grito y se desmayó. El jefe de la policía Pan Parátov guardó los zapatos en la caja fuerte.

Dos días más tarde, desapareció Ania Shakírova. La mañana del día siguiente a su desaparición, en la tapa del pozo estaban los zapatos de la niña. Después en el mismo sitio encontraron los zapatos de Lola Kuznetsova, una niña gitana.

La gente, aterrorizada, evitaba acercarse al pozo. En las tiendas, en el colegio, en los baños públicos, en el restaurante El Perro de Pávlov, no se hablaba de otra cosa que de las chicas desaparecidas y del asesino en serie. Los padres encerraban a sus hijas en casa. Chicha, una borracha alocada, madre de un montón de niños de padres desconocidos, solo permitía a sus pequeños que jugasen en la calle si iban atados: cada niño sujetaba a un hermano también atado, las cuerdas se enredaban, los pequeños caían, chillaban, pero la madre se mantenía inexorable. Los hombres desempolvaron los rifles de los trasteros. Pan Parátov pidió a la población que no saliera de noche a no ser que fuera completamente imprescindible.

El loco del pueblo, Bufón Newton, era un vejestorio de aspecto miserable que llevaba siempre unos pantalones demasiado cortos y portaba una silla en las manos mientras vociferaba durante días enteros: «¡Cartagineses! ¡Está aquí! ¡Ha vuelto, cartagineses!». Siempre gritaba lo mismo, aunque esta vez nadie se reía de él porque aquello de veras había vuelto, aquello ya estaba allí.

Los primeros zapatitos, los segundos, los terceros...

Chúdov estuvo literalmente repleto de detectives moscovitas que entrevistaban a los padres de las niñas desaparecidas, a sus familiares, a sus vecinos, a los vendedores de las tiendas nocturnas y hasta a los tipos más extravagantes, como al borracho de Lumínium. Sin embargo, nadie pudo aportar nada útil. La policía puso patas arriba la ciudad y los alrededores: todo fue en vano. En todos los postes colgaron fotocopias de las fotografías de las tórtolas sonrientes.

Según se rumoreaba en el pueblo, la desaparición de Zhenia Ábeleva fue para Ida la gota que colmó el vaso. Justo entonces la vieja confesó al jefe de la policía, el mayor Parátov, que había oído llamar a su puerta la noche en que desapareció la primera muchacha.

El reloj de la casa Africana acababa de dar las tres de la madrugada cuando la vieja se levantó, bajó a la planta inferior y abrió la puerta, pero no había nadie fuera. Entonces pensó que se lo había imaginado. A veces le ocurría. Pero dos días más tarde, cuando desapareció Ania Shakírova, otra vez llamaron a la puerta. Y en esa ocasión seguro que no hubo ningún error, Ida escuchó claramente la llamada: toc-toc-toc, pausa, toc-toc-toc, pausa, y otra vez el toc-toc-toc. Sonaban tan fuertes que más que golpes parecían truenos. Salió al porche, pero de nuevo no encontró a nadie. Tal como estaba, con el abrigo puesto, el sombrero y las pantuflas, caminó hacia la plaza y vio las zapatillas de Ania Shakírova encima de la tapa del pozo. La vieja, no obstante, no supo entender por qué se había dirigido a la plaza y en aquel momento no percibió ninguna relación entre la llamada a su puerta y la desaparición de la tórtola.

Pasados cinco días, escuchó otra vez que llamaban a su puerta, caminó hasta la plaza y encima de la tapa del pozo encontró los zapatitos de Lola Kuznetsova, la gitanita; fue entonces cuando la vieja comprendió que los golpes en la puerta no eran casuales, que estaban destinados a ella, que eran un aviso, un desafío. Desaparecían las tórtolas y querían que Ida Zmoiro fuera la primera en saberlo.

—Cada noche espero que llamen a mi puerta —dijo la vieja—. Cada noche pienso en la siguiente niña...

Y eso fue lo que la derrumbó.

 

Hacía mucho tiempo que un funeral en Chúdov no reunía a tanta gente. Miles de personas se han presentado en la plaza central pavimentada con las balas de cañón de veinticuatro libras, cubierta de azúcar según la vieja tradición. Al son desgarrador de la fanfarria han entregado el cuerpo de la anciana a las llamas. El asistente del crematorio, Cofrade Febrero, se ha mantenido siniestro e imponente como siempre, el bordado plateado de su mandil de piel brillando hiriente como los rayos de sol. En lo alto de la chimenea el ángel de cobre canta su canción pura y nítida que acompaña al alma de Ida Zmoiro hacia el cielo...

Después del funeral muchos acuden al restaurante El Perro de Pávlov para honrar la memoria de la vieja. Ha venido el doctor Áspius, el farmacéutico Sívers, el jefe de la policía Pan Parátov, la curandera y bruja Lechona Ivánovna, Scarlatina la flaca con su hijo Goribaba que, dada la ocasión, se ha puesto una asombrosa corbata con un retrato de una Margaret Thatcher muy pechugona, el jefe de la oficina de correos Jamelgo, el fiscal anciano Shvili con su esposa Agujita, el loco de la ciudad Bufón Newton con su silla personal, la dueña del restaurante Sangüesa cargando sus ciento sesenta kilos, la jorobada cartera Tía Ancas, Dora la de las SS, el enano Karl con sus botas de la suerte, el anciano chalado Shtop, su hija Camelia la Cien Pisos, su marido Guena el Cocodrilo, el borracho Lumínium, la sordomuda empleada de los baños públicos Nimú, el viejo Cuádrigo con sus botas monstruosas, la familia Corazones, los policías, peluqueros y violinistas, la directora del colegio Cicuta de León, la bella y boba Lila Fímochka, y todos los miembros de la familia Barrigón: Nikolái, Mijaíl, Iván, Serguéi, Elena, Ksenia, Galina (que ha venido arrastrándose de la mano de su marido el gitano), Constancia (¡que el diablo se la lleve!), Feofiláktovna Barrigón —Mirwald— Ogly...

Durante la comida de exequias, de pronto han reparado en lo poco que sabían sobre Ida Zmoiro. Mucho menos que acerca de cualquier otro habitante de Chúdov. Y es que sobre los demás lo sabían casi todo. Sabían que el borracho Lumínium se jactaba de tener un miembro viril provisto de uña, lo cual aseguraba su infalible éxito con las mujeres; en realidad solo triunfaba con Nimú, la sordomuda empleada de los baños públicos. Que la mujer del doctor Áspius tiene una cola como la de un puerco. Que el farmacéutico Sívers es adicto a los enemas de vodka. Que el sacerdote Dmitri Cazaalmas tiene miedo a las arañas. Que la bisabuela de Nina Kasárinova murió de vergüenza después de tirarse un pedo en una cena de gala. Que la dueña del restaurante Sangüesa añade gallinaza al aguardiente casero. Que la directora del colegio Cicuta de León suelta palabrotas como un carretero mientras duerme. Que Anna Ajmátova nunca escribió poesías porque pasó toda su vida vendiendo pescado salado en el Pabellón de piedra. Que Hitler era el hermano bastardo de Stalin. Que el vodka se hace de gasolina. Que las sirenas no fuman. Que el sol nace por el Este y se pone por donde debe. Que dos por dos son cuatro.

Pero la vieja Zmoiro, incluso muerta no deja de ser un enigma. Tenía más de ochenta años y, sin embargo, solo una vez había acudido al médico, al darse cuenta de que no era capaz de arreglar por sí misma un problema de incontinencia urinaria. No tenía más dolencias. Desayunaba un plato de papilla de avena a base de agua y sin sal, cenaba un vaso de cuajada con un grano de pimienta negra. Fumaba diez cigarrillos al día y a veces, durante la comida, tomaba una copa de aguardiente. Cada día realizaba caminatas kilométricas por los bosques, recta como un disparo, envuelta en el abrigo pesado que le llegaba hasta los talones y siempre con el sombrero puesto. Nadie la había visto llorar, nadie la había oído quejarse.

Siempre interpretó el papel de mujer paciente y firme como un yunque. El mentón levantado con soberbia, la mirada al frente, la mente lúcida. Nunca pisó los baños públicos, prefería asearse en casa con un cántaro. Jamás se unió a las mujeres al alba del Jueves Santo, cerca de la orilla pura, para chapotear en el agua helada y limpiarse los pecados en víspera de la Pascua. Esquivaba a las multitudes. En las tiendas la estafaban desvergonzadamente, con provocación y malicia, pero ella nunca entró al trapo con los vendedores que esperaban que ella perdiera los estribos, gritara, se quejara y así disfrutar de su humillación. Vanas esperanzas. En los entierros de sus seres queridos, no se le escapó ni una sola lágrima. Nunca preguntó al empleado del crematorio cuánta ceniza se había recogido al incinerar a un difunto. Los demás siempre preguntaban. La gente se sentía orgullosa de que el fiambre de un ser querido hubiera dado de sí cuatro libras mientras que el de los vecinos apenas había sumado tres (en Chúdov siempre medían en libras la lana de oveja y las cenizas). Ida en cambio recogía en silencio la urna cineraria y se iba a casa sin volver la vista, recta como un disparo, la mirada altiva. Ni un suspiro, ni una lágrima.

En Chúdov sabían que Stalin la había castigado por haberse casado con un extranjero, la había apartado del cine y del teatro, le había prohibido vivir en Moscú. Ella lo había perdido todo. Pero si intentaban mostrarle compasión, si la llamaban pobre y desgraciada, ella respondía con una sonrisa glacial: «La felicidad engorda». Por alguna razón, ante su presencia la gente se sentía cohibida, incómoda. Incluso en su casa siempre calzaba zapatos de tacón alto. ¡Y eso a sus ochenta y pico años! ¿Acaso era una mujer común? ¡No! Era una forastera. Un ser de otro mundo.

Actriz, marido extranjero, Stalin, la escuela de tórtolas... Alguien ha mencionado a su padre aristócrata, el comandante del Primer Batallón de la Guardia Roja Jesucristo Nazareno, Rey de los Judíos, y a su madre la prostituta; otro ha recordado a su tercer marido, el general, el cual fue proclamado enemigo del pueblo y fusilado poco antes de la muerte de Stalin...

Intentaron recomponer su imagen como si fuera un puzzle, pero el resultado era el mismo: una mujer extravagante, soltera y arrogante, rica y famosa en su día, pobre y miserable después... Adiestraba a las tórtolas, tomaba la leche cuajada con pimienta negra, fumaba diez cigarrillos al día...

—Bueno —el doctor Áspius se levanta para brindar cerrando así la velada—, era actriz, aunque no sabemos mucho de sus personajes. Lo que sabemos seguro es que triunfó en un rol, el de Ida Zmoiro, la actriz.

Todos se levantan y beben en memoria de Ida Zmoiro, la actriz. Lo han hecho tal y como es debido en una comida de exequias: en silencio, sin brindar.

3

Ida Zmoiro era mi tía favorita. Me llamaba Viernes, era mi mote callejero, que en su boca sonaba como un sortilegio mágico.

—¡Viernes, nos vamos de paseo! —me gritaba desde la escalera y yo salía pitando al patio.

Nadie sabía tanto sobre el pasado de la ciudad como ella.

Una vez nos detuvimos frente a El Perro de Pávlov, a cuyo costado se arrimaba una casa estrecha, de dos plantas y con el letrero «Fotografía» en la fachada. En el pueblo solían referirse al estudio de fotografía y a los fotógrafos con una palabra rara: Sur-Mesur; nunca me había parado a pensar el motivo. Ida me explicó que allá por los años veinte del siglo XIX, un francés instalado en Moscú abrió en esa casa un taller de moda. Organizaba anualmente las exposiciones de las nuevas colecciones de ropa usando dos maniquíes de madera, a los que había puesto nombre: la Pandora Grande y la Pequeña. La Pandora Grande servía para presentar los vestidos, a la Pequeña la cubrían con ropa interior. En recuerdo del francés, que recibió el mote de Sur-Mesur, en la biblioteca municipal se guardaba una revista de moda que el sastre había traído de la capital. La revista informaba de que en 1825 en París se llevaban los anteojos azules en vez de los verdes, de que estaba de moda amar el campo, servir helado de naranja agria y tirarse al agua de los estanques a la manera de un tal monsieur Jacquot: encorvando el cuerpo como un mono. En Chúdov, dicho Sur-Mesur y sus descendientes se encargaban de vestir a las escasas señoras de alta sociedad y también a las africanas, las chicas del prostíbulo. En el verano de 1919 el padre de Ida, el comandante del Primer Batallón de la Guardia Roja Jesucristo Nazareno, Rey de los Judíos, ordenó que quemaran públicamente los maniquíes, según él: «figuras de libertinaje». Poco después de la Guerra Civil, en ese local se instaló el estudio fotográfico.

Cruzábamos la plaza e Ida relataba la historia de la Iglesia de la Resurrección que se erguía entre la farmacia y la Casa Alemana. Bien por casualidad, o bien por voluntad de los constructores, bajo las bóvedas de esa iglesia hacía tanto frío que hasta las piedras se helaban. Si dejaban un difunto en el templo durante toda la noche, por la mañana lo encontraban cubierto de escarcha; para no coger frío, el sacerdote y los parroquianos comentaban con Dios solo lo que era muy importante.

También en los Tiempos Turbios, justo después de la muerte de Iván el Terrible, en esa misma iglesia rezaban por la salvación de Rusia. Según Ida, aquí en Chúdov se había reunido gente de todas partes para conocer el nombre de aquel que dominaría Rusia, el que pondría fin a la guerra y establecería la paz en la tierra rusa. En el centro del templo, encima del atril donde normalmente estaba el Evangelio abierto, dejaron una hoja de papel en blanco. Después todos salieron fuera y cerraron la puerta. Por aquel entonces no había otros edificios cerca, no estaba ni la farmacia, ni la Casa Alemana, y en la cima de la colina solo se alzaba la iglesia. Miles de personas procedentes de toda Rusia se arrodillaron alrededor del templo y en la orilla, y rezaron para que Dios les revelase el nombre del salvador y lo escribiera en el papel. Sus plegarias eran cada vez más insistentes, más fervorosas, rezaban de día y de noche, bajo el sol ardiente y las lluvias torrenciales, arrodillados en la nieve y en la hierba, y así llegó el día en que Dios atendió la plegaria: sobre el papel, por sí solas, aparecieron las letras y formaron un nombre...

—¿Qué nombre? —pregunté.

Ida cabeceó sonriendo:

—Hasta el día de hoy sigue siendo un misterio.

La iglesia, la farmacia, el crematorio, la Casa Alemana, la Africana, el Puente Francés, la calle de las Ocho Horas...

Gracias a Ida, a sus historias, la pequeña y aburrida ciudad recobraba vida, su imagen adquiría profundidad, su historia se llenaba de hombres y acontecimientos, se impregnaba de dramatismo. Barbudos y austeros hombres con amplios abrigos y gorros de castor, damas vestidas con miriñaques, mendigos y degenerados armados con arcabuces y estandartes purificados con la sangre del Cordero de Dios... las pasiones se desataban, la sangre se derramaba, se acometían santas proezas: así fue la verdadera vida de Chúdov según la versión de Ida...

A menudo nuestros paseos terminaban en el Puente de la Gata.

De lejos, el puente inacabado parecía un dinosaurio de cuello largo suspendido por encima del agua: formado por bloques de hormigón que impedían el acceso al puente y por los paneles de hormigón armado del pavimento, medio erosionados y atiborrados de basura, con las barras oxidadas del armazón de las que se colgaban cuerdas y carámbanos de musgo, con abedules torcidos multiplicados entre la basura y los álamos marchitos... Daba la sensación que de un día para otro el deplorable monstruo de cuello largo se vendría abajo; sin embargo, no se desplomaba, continuaba suspendido por encima del agua de color del té fuerte, apoyado en tres ciclópeas columnas cubiertas de musgo (una en la orilla sobre la cuesta de la colina, las otras dos en el agua); pero era inútil, como mucho servía a modo de recuerdo de aquellos tiempos durante los cuales por esas latitudes intentaron trazar una vía fluvial hacia la India: un canal que enlazaría los grandes ríos rusos con los grandes ríos de la India, ese país donde bullían, inútiles y desaprovechadas, las riquezas en espera del despiadado poder moscovita, de sus guerreros, taberneros y zares... ¿Por qué la India? Por la patraña, el cuento, la belleza, por eso. Porque el agua fluye. La cuestión es que esa farsa, ese cuento bobo gustaba tanto, se arraigaba tanto en los corazones humanos que nadie pensaba en otra cosa, solo en la India, en el fantasma centelleante del mágico Sur de donde desde siempre no venían más que desgracias: los nómadas, el cólera o Stalin; pero era lo que anhelaba el corazón ruso por encima de todo: tras miles de años de existencia embellecida gracias al mágico mundo de los sueños, bajo el cielo gris, vestidos con ropas pardas, su corazón sangrante resistía únicamente gracias al soleado Sur, a la promesa de una floreciente y prodigiosa India que estaba allí, pasados los bosques y las montañas...

El primer intento, obra de Pedro el Grande, pronto se ahogó hundido en la ciénaga al sur de la ciudad. La guerra de 1914 paró el segundo intento, la muerte de Stalin el tercero, aunque justo este sirvió para sanear en parte los pantanos y para construir el canal más profundo del mundo; en sus paredes (seis metros del hormigón hidráulico de marca 1.000) acabaron enterrados decenas de presos: codos, talones y nucas surgían casualmente durante el pulido de las superficies de hormigón.

En la primavera de 1953, al morir el dictador se detuvieron al mismo tiempo los buques y las locomotoras, los camiones y las grúas, las hormigoneras y las compresoras. La construcción del monumento al Generalísimo en la colina sin nombre al sur de Chúdov cesó en un día. Los cavadores y talladores de piedra habían transformado la colina en una precisa pirámide cuadrilátera, por cada lado subían anchos escalones tallados en piedra, en la cima plana tan solo les dio tiempo de colocar una bota del caudillo (treinta y cinco metros de altura) y colgaron de la grúa la mano derecha que indicaba la dirección a las venideras expediciones en busca de la felicidad. Mucho tiempo después, la gigantesca extremidad, bañada por el lánguido hervor de las nubes grises, se balanceaba provocando un chillido metálico, asustando a aves y castores, espantando el sueño de los ancianos que subían de vez en cuando al puente inacabado para echar una miradita a la mano de estatua suspendida del cable, que giraba recortada sobre el fondo del cielo y cuyo peso provocaba que la grúa chirriara poniendo los pelos de punta; esa grúa olvidada en la cima de la colina sin nombre...

Un buen día se desplomó. El metal acabó en la refundición y en el fondo del canal inacabado se formaron estanques en los cuales hasta las aves peregrinas sentían miedo de reflejarse. Las paredes de seis metros se agrietaron y comenzaron a desmoronarse, cediendo ante el ímpetu inagotable de las raíces de los árboles. El eterno cenagal se tragó el ferrocarril de vía estrecha construido especialmente para el suministro de mercancías y alimentos para los obreros. Los nenúfares, las espigas de agua y el fango cubrieron el remanso, el agua se convirtió en una sopa mohosa, espesa y de color rojo sangre con barcazas hundidas. Los restos de la gran obra desaparecieron absorbidos por los bosques, los estanques y riachuelos que, año tras año, con cada desbordamiento mudaban su lecho.

Quedó intacto únicamente ese trozo del puente lleno de basura: un monstruo huesudo, lúgubre y majestuoso apoyado sobre unas patas ciclópeas, que alargaba el cuello por encima del lago.

A unos doscientos metros del puente, pegado al embarcadero prácticamente putrefacto, estaba, medio sumergido en el lodo, el buque Hyderabad. Antaño había sido el orgullo de Chúdov. Una nave soberbia de morro rapaz, estrecho y raudo, construida y equipada acorde con las últimas novedades técnicas de su época: la cubierta superior había sido forjada con acero triple de Krupp, contaba con potentes calderas de Norman, piezas de Morgan, y, en la proa, con una ametralladora Christophe-Montigny de veinticinco cañones. Gobernado por una tripulación temeraria, navegaba gallardo por riachuelos y grandes ríos, por mares y océanos, alcanzando incluso las costas de India y regresando cargado de buen laurel y limones contantes y sonantes y, lo que era más importante: conseguía que Chúdov pareciera parte del vasto mundo. Pagaba fiestas a su llegada, cuando al son de la fanfarria, del cañoneo y las campanadas toda la pequeña ciudad se reunía en el embarcadero para recibir a su legítimo buque, para aspirar a todo pulmón el olor a limón y laurel, a sándalo y café, para asombrarse ante las maravillas de la ciencia y la técnica de ultramar como, por ejemplo: los chinos, la ametralladora Maxim y los monos sabios; para regocijarse, atiborrarse, emborracharse, bailar hasta más no poder, hasta quedar exhaustos e incluso hasta caerse patas arriba. Como si importara quedarse exhaustos y caerse patas arriba si eso se convertía en buenos recuerdos después, en invierno, durante las veladas nocturnas en El Perro de Pávlov, condenados a un vaso de brebaje podrido, o en casa al son de los golpes de tos de los viejos, del traqueteo de la máquina de coser y los aullidos del viento, feroz y helado, que zumba por encima de los magnos rellanos de Rusia, donde apenas arde la vida y las fiestas más grandes son los motines, los incendios y la distribución gratuita de muletas guardadas desde los tiempos de la Primera Guerra Mundial...

Desde el puente, yo escudriñaba las cimas de los pinos y abetos tratando de discernir el fantasma de ese país maravilloso, mientras Ida encendía un cigarrillo y se dedicaba a destruir metódica y despiadadamente todos esos mitos, cuentos y patrañas sin más.

Pues sí, decía ella, en las épocas de Pedro I y Nicolás II intentaron construir aquí un canal, pero tan solo era para establecer la navegación comercial en los riachuelos de la cuenca de los ríos Volga y Oká; y Stalin a saber qué pretendía edificar: un canal, un túnel o bien una carretera. No se excluye que la obra fuera pensada para asegurar el traslado encubierto de recursos a la defensa antiaérea de Moscú.

En lo referente al Hyderabad, en 1894 un comerciante lo adquirió desde Inglaterra, lo transportó por tierra desde San Petersburgo hasta Chúdov: en la cubierta superior montó un restaurante y en la inferior construyó habitaciones para las prostitutas: el buque era capaz de realizar un pequeño viaje por el lago a petición de los achispados clientes, hasta llegar hasta el Puente Francés, espantando de paso a las ancianas con el mugido de la sirena y el canto desafinado de los dulces violines.

—Y los sueños... —Ida soltó una bocanada de humo en forma de anillo—. Sí, los sueños se han quedado, está claro... ¿Qué le queda al hombre ruso si lo privas de la India? ¿De los dulces violines? Los sueños son tan necesarios como las vacas, sin ellos no sobrevives...

4

Ida a menudo recordaba a sus maestros, a la actriz Serafina Bírger, La Gran Fina, y a su marido, Konstantin Borísovich Brodski, a quien todos llamaban Kabo, a secas. Poco después del vigésimo congreso[1] Fina fue rehabilitada; de regreso a Moscú escribió a Ida. Esta se precipitó hacia la capital: en aquel tiempo no tenía a nadie más cercano que Fina y Kabo. Los tres fueron al famoso restaurante Metropol. Serafina bromeaba, se reía, contaba historias de sus años en el norte de Kazajistán, del teatro que había organizado en el campo de concentración.

—Celebramos la muerte del Amo[2] con Hamlet. El campo evidentemente era de mujeres, así que todos los papeles masculinos los representaban mujeres. Yo fui Claudio. ¡Cuando me mataron, la sala se levantó y aplaudió!

Cuando se fue al lavabo, Kabo se inclinó hacia Ida:

—¿Te acuerdas de la conversación entre Hamlet y los actores en la que él invita a Elsinor? Hamlet pide a un actor que recite el monólogo de Eneas... sobre la muerte de Príamo y la reina Hécuba...

Ida asintió.

—Ayer por la noche, delante del espejo, Fina comenzó a recitar... de improviso... Pero quien viese, ¡oh vista dolorosa!, la mal ceñida Reina, el pie desnudo, girar de un lado al otro, amenazando extinguir con sus lágrimas el fuego... En vez de vestidura rozagante cubierto el seno, harto fecundo un día, con las ropas del lecho arrebatadas... y así sin más lloró... —La sonrisa de Kabo era triste—. Va al lavabo cada dos por tres... es por el frío de allí, tiene cistitis...

Fina regresó y Kabo soltó un afectado discurso en honor a la gente de provincias: «La historia se escribe en la capital, pero se hace en las pequeñas ciudades». A su mesa se acercó un oficial que portaba un ramo de flores, se disculpó y empezó a decir algo sobre la gran aportación de Serafina Bírger al arte soviético, de que sus papeles permanecerían para siempre en la historia del cine…

—Con la condición de que la historia del cine permanezca en la Historia —Serafina lo interrumpió y sonrió aceptando las rosas—. Gracias, coronel.

Cuando se alejó, de repente exasperada se dirigió a Ida:

—La idea, es lo que te salva. Debes tener una idea, un sueño, entonces serás libre incluso dentro de la cárcel más terrible. ¡Concéntrate en la idea!

Recobró el aliento, se calmó.

—¿Cómo te va en Chúdov o como se llame? ¿De qué vives?

—Vendo abrigos de piel.

—¿Abrigos de piel?

—De Inglaterra traje veinte abrigos de piel. Astracán, marta... Se puede vivir de ello.

—Ya, pero los abrigos de piel no pueden ser una idea.

Comenzaron a hablar del futuro: Fina soñaba con volver al teatro, con nuevos papeles en el cine. «Estoy lista para comerme a cucharadas a todas estas gertrudis y katerinas —decía—. ¡No estoy nostálgica, estoy hambrienta!».

Un mes y medio después Serafina se envenenó con Nembutal. Se quitó la vida pasados cuarenta y siete días desde su liberación.

 

Ida recibió el telegrama de Kabo un lunes. El funeral de Fina estaba programado para el miércoles.

En aquella época, la única manera de llegar a Moscú era buscando un transporte de paso: o bien un camión de la empresa de explotación forestal, o bien un carromato de algún vecino de Chúdov que fuera al mercado. Pero era un día laborable, nadie tenía planeado viajar a la capital, así que Ida tuvo que caminar hasta Kandaúrovo.

Se acordaría de ese viaje el resto de su vida.

Vestida de luto (sombrero con velo, abrigo ligero de color negro y zapatos con tacón) tardó dos horas en llegar a Kandaúrovo. A pesar de estar en pleno verano, tuvo que lidiar con un viento frío, con lluvia y con un barro pegajoso. Cada vez que pasaba un camión cargado con madera, tenía que subirse al arcén para protegerse de las salpicaduras. En Kandaúrovo, empapada y congelada, Ida entró en una cantina, tomó una copa de vodka y se comió un bocadillo de queso duro como la madera chapada. Hombres envueltos en chaquetas de guata y mujeres en pañuelos oscuros echaban miradas curiosas a Ida, que olía a perfume francés. Pero ella no se fijaba en sus miradas. Su pensamiento lo ocupaba Fina, la Gran Fina, la inmortal Fina. El Nembutal es un somnífero, ¿correcto? Un veneno. Fina tomó el veneno y se murió. ¿Cómo ocurrió? Llenó la bañera de agua caliente, se tragó un puñado de pastillas y se durmió para siempre. No, es poco probable. Seguro que Fina había pensado en su decrépito y desnudo cuerpo y en los extraños que estarían sacándolo de la bañera, blasfemando entre dientes. No, bajo ningún concepto. Habría ido a la peluquería, se habría hecho la pedicura y manicura y habría elegido un vestido bonito, finalmente habría tomado media copa de champán...

Al repasar en su mente los vestidos de Fina, se detuvo en un elegante modelo de color azul oscuro: remarcaba su silueta juvenil y dejaba ver sus esbeltas piernas. Uno como ese era perfecto, ya fuera para un baile o para partir al otro mundo. Y además: los zapatos de salón, un fino collar de perlas, tres gotas de perfume, un pintalabios pálido, un cigarrillo con la boquilla dorada...

Ida levantó la cabeza (todo el comedor la estaba mirando) y comprendió que lloraba a lágrima viva.

Después encontró un camión de paso, se acomodó entre los sacos, al lado de hombres con chaquetones guateados y mujeres con pañuelos oscuros, y se durmió; se despertó en la estación de trenes Kazanski y descubrió que le habían robado el bolso donde llevaba el monedero con todo su dinero. Anochecía cuando por fin llegó a pie a casa de Kabo, allí se enteró de que se habían llevado el ataúd con el cuerpo de Fina al cementerio de Kandaúrovo. Pidió prestado algo de dinero a la sirvienta, paró un taxi, regresó a Kandaúrovo, donde ya no había nadie; por mucho que vagara en la oscuridad, por los senderos entre las tumbas, no supo encontrar la de Fina. Así que no tuvo más remedio que volver caminando a Chúdov: bajo la fría lluvia, por el barro pegajoso. A mitad de camino se le rompió un tacón. Ida miró alrededor (no había nadie cerca) y se anegó en llanto.

No había logrado acompañar a Fina en su último trayecto.

Fina... el vestido azul oscuro, el cigarrillo con la boquilla dorada, la voz ronca...

Ida se quitó los zapatos y con sus medias de seda chapoteó por el barro.

Se sentía amargada, avergonzada y sola.

Una semana más tarde recibió una carta de Kabo, tan verbosa como de costumbre: «De jóvenes solíamos juzgar la vida desde lo alto de libros aún no escritos y papeles aún no interpretados. Creíamos en un dios que habitaba nuestras almas y por eso éramos crueles con los demás: el dios de los otros nos parecía un ser mezquino, inferior al nuestro. Entonces todavía no comprendíamos que no se ha de creer en Dios, que hay que amarlo como se ama a un hijo. El amor salvó a Fina en el campo de concentración. ¿Recuerdas cuando en el restaurante ella te hablaba de la idea que te hace libre incluso entre rejas? En realidad, estaba hablando del amor».

Kabo siempre era propenso a la verborrea, sentía ganas de charlar y Fina ya no estaba a su lado. A Kabo le espantaba el vacío y trataba de hechizarlo con palabras. Fina no tenía miedo del vacío, lo llamaba «la patria y la casa del actor». Pero solo un artista de verdad, decía ella, es capaz de crear el vacío perfecto necesario para que nazca una estrella, para que se ilumine el escenario.

Fue entonces cuando por primera vez cruzó por su cabeza la idea de que, justamente en eso, en los intentos de encender una estrella en el vacío, se resumiría su vida, y por primera vez sintió miedo.

La idea, el amor, Dios, el barro pegajoso...

—El espectáculo llega a su fin —me dijo Ida—, pero yo sigo sin comprender qué papel interpreto. Fina comentaba que a menudo el sentido definitivo del papel se evidencia solo cuando dejas de actuar. —Se calló—. La mal ceñida reina... Pero quien viese, ¡oh vista dolorosa!, la mal ceñida Reina, el pie desnudo, girar de un lado al otro, amenazando extinguir con sus lágrimas el fuego... En vez de vestidura rozagante cubierto el seno, harto fecundo un día, con las ropas del lecho arrebatadas...

Estábamos en el Puente de la Gata, su mágica voz nasal en medio de la oscuridad sonaba triste, pero no había asomo de queja.

 

He salido de El Perro de Pávlov, la comida de exequias sigue su curso, he rodeado la plaza y he bajado por la Calle de los Judíos hacía el Puente Francés. En ese punto comenzaban nuestros largos paseos. Ida me cogía de la mano (a veces me espantaban los camiones pesados que pasaban cerca de nosotros por el puente) y subíamos la suave pendiente. A nuestra derecha se alargaban las naves de la empresa de explotación forestal, montañas de troncos, serrín y astillas. Encontrábamos nuestro sendero de costumbre y nos adentrábamos en el bosque.

Casi siempre nuestras caminatas acababan en la Iglesia Enclenque, en la que lo único interesante que había ocurrido era que La Potranca había bautizado allí a Ida, a espaldas de su marido. La iglesia llevaba tiempo abandonada, no era más que una pila de madera podrida, allí no había nada de interés, ¡pero qué placentero era el aire del bosque!

Otras veces nos acomodábamos a orillas del lago. Ida fumaba, yo lanzaba piedras pequeñas al agua y contaba los rebotes.

He intentado recordar cuándo paseamos juntos por última vez; al parecer fue hace unos cinco años.

Anochece.

He vuelto a la plaza.

La velada en El Perro de Pávlov todavía no ha terminado, pero yo prefiero la soledad, así que camino hasta el Puente de la Gata.

No sé decir cuánto tiempo he permanecido ahí, cuántos cigarrillos he encendido pensando en Ida Zmoiro.

A lo largo de mi vida, fui recogiendo teselas de su imagen, y lo cierto es que solo yo era capaz de recomponer el mosaico a partir de estos fragmentos.

No cabe duda de que antes de que nos demos cuenta Chúdov será parte de Moscú, se diluirá en la gran ciudad, desaparecerá. Ahora me doy cuenta de que mi deber es contarlo. Contar todo esto. Hablar de esta ciudad y de esta gente. De los hermanos verdugos, fundadores de Chúdov, de la Bella Durmiente, del buque Hyderabad, de Hanna y el capitán Jolúpiev, de Aleksandr Zmoiro, el comandante del Primer Batallón de la Guardia Roja Jesucristo Nazareno, Rey de los Judíos, y de su esposa La Potranca, de la marca negra del destino y del Puente de la Gata, de Kolia Vdóvushkin y de los corceles de flamígeros cascos, de Baba Shuba, de la prodigiosa India, de la diabólica atracción por la autodestrucción y la divina pasión por el vuelo, y al fin y al cabo, de Dios, también de Dios, de un dios de color morado sobre dorado...

5

Falsas columnas a lo largo de la fachada, estucado desconchado, en el primer piso ventanas tapiadas, un tejado remendado en parte con hojalata y en parte con hierro e incluso con unas tablas de madera puestas a tontas y a locas: así es la Africana. Encima de la entrada aún se adivina el escudo de Africán Petrovski, uno de los antiguos propietarios de la casa: en la parte superior un círculo con tres estrellas dentro, debajo una mano enguantada que sostiene una cimitarra turca. Alrededor del edificio no faltan los saúcos ni las lilas, pilas de leña putrefacta, montañas de ladrillos rotos y hierro oxidado. Dentro huele a ratones y a naftalina, en todas partes las madejas de cáñamo se asoman por las grietas, los agujeros en el suelo emanan frío y humedad. Hace tiempo que la gente se mudó de este lugar, solo Ida se quedó, ocupaba el piso de arriba: tres habitaciones y una cocina.