Heridas de amor - Rochelle Allers - E-Book
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Heridas de amor E-Book

Rochelle Allers

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Beschreibung

Necesitaba una vida nueva… y un hombre de verdad Renee Wilson necesitaba desesperadamente conseguir ese trabajo en la granja Blackstone. No podía marcharse, pero tampoco se atrevía a quedarse con el viudo Sheldon Blackstone, ni a negar el deseo que ardía dentro de ella cuando él estaba cerca. Nada más ver a Renee, Sheldon supo que la convertiría en su amante. ¿Sería suficiente con seducirla, o acaso la futura madre deseaba algo más de él? No pasaría mucho tiempo antes de que Sheldon admitiera que, con su vulnerabilidad y su encanto, Renee estaba destruyendo la coraza de hierro con la que protegía su corazón.

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Seitenzahl: 167

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2005 Rochelle Alers. Todos los derechos reservados.

HERIDAS DE AMOR, Nº 1470 - marzo 2012

Título original: Beyond Business

Publicada originalmente por Silhouette® Books

Publicada en español en 2006

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-9010-571-9

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

Capítulo Uno

–Por favor, diga su nombre –pidió una voz a través del altavoz.

Unas puertas automáticas de hierro coronadas por una historiada letra B y rodeadas de cámaras de seguridad componían la entrada a la legendaria cuadra Blackstone.

Renee sacó la cabeza por la ventanilla del coche y miró a la cámara.

–Renee Wilson –dijo, y al momento se abrieron las puertas para dejar pasar su coche.

Estaba en un lugar nuevo, con un empleo nuevo y tenía por delante un comienzo nuevo, pensó mientras conducía entre vallas blancas y muros de piedra que delimitaban los verdes campos.

Renee devolvió el saludo a un hombre que estaba en un tractor y volvió a concentrarse en el camino. Movió la cabeza; le dolía el cuello, los hombros y la espalda del largo viaje. Había salido de Louisville, Kentucky, hacía poco más de ocho horas y sólo se había detenido dos veces: una para echar gasolina y otra para comer. Y por fin había llegado a su destino en Staunton, Virginia.

«Sí», se dijo. Había acertado al aceptar el puesto de administrativa para la cuadra Blackstone. Vivir y trabajar en una granja de caballos iba a ser una nueva experiencia para alguien como ella, acostumbrada a la energía frenética de Miami. A ella le encantaba esa ciudad, pero sabía que no podría haber seguido viviendo allí. No quería arriesgarse a encontrarse con su exnovio, el hombre que la había dejado embarazada y que había olvidado convenientemente decirle que estaba casado.

Renee siguió las indicaciones hacia la casa principal. Era finales del mes de octubre. Los árboles desplegaban sus colores más bellos y olía a tierra mojada tras una semana de tormentas.

Renee aparcó el coche junto a una camioneta, delante de la casa de Sheldon Blackstone. Su hijo Jeremy era quien le había hecho la entrevista y quien la había contratado. Él sería quien se convirtiera en su jefe cuando Sheldon Blackstone se jubilara al final del año.

Ella apagó el motor, agarró su bolso de mano y abrió la puerta del coche. Apenas puso los pies en el suelo, una figura alta se colocó delante de ella. Sorprendida, Renee ahogó un pequeño grito y miró hacia arriba.

Dos ojos grises que brillaban en un rostro color café la dejaron clavada. El sol de la tarde sacaba destellos rojos y grises de aquel pelo negro y abundante. Renee se quedó sin respiración mientras el corazón le latía como loco y sintió que se mareaba. Sin duda aquel hombre era Sheldon; su hijo Jeremy se parecía mucho a él. Pero había algo en la mirada del padre que la ponía nerviosa.

Renee se recompuso y extendió la mano.

–Buenas tardes, soy Renee Wilson.

Sheldon Blackstone observó aquella mano menuda y la vio perderse en la suya al estrecharla. Se preguntó cómo reaccionaría aquella mujer de rasgos delicados y piel chocolate, perfectamente arreglada, cuando supiera que iba a tener que vivir con él en lugar de en el bungalow que le había sido asignado. Forzó una sonrisa.

–Y yo, Sheldon Blackstone.

–Es un placer conocerlo, señor Blackstone –respondió ella, soltándose de él.

–Por favor, llámame Sheldon. Aquí usamos el trato informal.

Renee sonrió, destacando más los hoyuelos de sus mejillas y su boca carnosa y suave.

–Así lo haré, Sheldon, pero sólo si tú me llamas Renee.

Él esbozó una amplia sonrisa. Esa mujer era encantadora.

–Así lo haré, Renee.

La condujo del codo hacia el enorme edificio de dos pisos que era la vivienda principal.

–Tengo que comentarte algo antes de que te instales –añadió él, y al ver la mirada de desconcierto de ella, puntualizó–: Algo sobre tu alojamiento.

Renee cerró los ojos unos instantes y rezó porque los Blackstone no retiraran su oferta de alojarla en la granja y cuidar de su hijo.

–¿Qué sucede? –preguntó por fin con cautela.

Sheldon se cruzó de brazos.

–El bungalow que te habíamos asignado no puede usarse de momento. Hace unos días ardió el tejado a causa de una rayo y, cuando logramos apagar el fuego, se puso a llover y se inundó todo. Ayer estuvo un perito evaluando los daños y dijo que hay que tirar todo el interior y reconstruirlo.

Renee abrió los ojos abrumada y sin dar crédito.

–¿Estás diciendo que no puedo vivir en la granja?

–Hablaremos mejor dentro de la casa –le aseguró Sheldon, tomándola del codo de nuevo.

Renee se quedó inmóvil. Si no podía vivir en la cuadra Blackstone, sólo le quedaba una opción: volver a su coche y regresar a Kentucky. ¿Cómo iba a decirle a Sheldon Blackstone que ella era una mujer soltera de treinta y cinco años, sin residencia fija, y embarazada de un hombre que la había mentido mientras se casaba a sus espaldas?

–Por favor, Renee, me gustaría que escucharas mi propuesta. Entremos en la casa –le pidió Sheldon con tranquilidad.

Ella lo observó en silencio unos segundos y al final asintió.

–De acuerdo.

Se sentía incómoda. ¿Por qué no encontraba ningún hombre en quien poder confiar? Todos decían una cosa y hacían justo lo contrario. Para empezar, su padre: Errol Wilson había sido un alcohólico mentiroso, jugador y mujeriego.

Ella salía con hombres de cuando en cuando y, aunque había ofrecido su pasión a alguno que otro, a ninguno había entregado su amor. Pero todo cambió el día en que conoció a Donald Rush: ella le ofreció todo lo que tenía y que nunca había compartido con ningún hombre. Y al final él también la había engañado. Con los otros, ella había sido capaz de salir ilesa, con su orgullo y su dignidad intactos, pero con Donald se le había terminado la suerte: a los dos meses de dejarlo, ella había descubierto que esperaba un hijo suyo.

Renee siguió a Sheldon al interior de la casa. El amplio vestíbulo estaba decorado con vitrinas llenas de trofeos, recuerdos y fotografías de jockeys negros desde mediados del siglo XIX hasta el presente. Sheldon la condujo a un salón con sillones de cuero y grandes ventanales.

–Por favor, siéntate –dijo él, indicándole uno de los sillones.

Esperó a que ella se hubiera sentado para sentarse él en otro sillón. No sabía por qué, pero tenía la impresión de que aquella mujer que había contratado Jeremy para digitalizar la contabilidad de la cuadra no superaría el período de prueba de tres meses. Por lo que él había leído en su currículum, ella había sido la directora de administración de uno de los bufetes más importantes de Miami; pero eso no podía compararse con vivir y trabajar para una cuadra. Sheldon se preguntó cuánto tiempo aguantaría ella hasta que se cansara de oler a heno y a caballos. Él seguramente no habría contratado a Renee, por muy buenas referencias y experiencia que tuviera, pero la decisión la había tomado su hijo Jeremy, que era quien iba a asumir el control de la cuadra en enero, cuando él se jubilara oficialmente tras treinta años dirigiéndola.

La mirada de Sheldon recorrió el pelo perfectamente peinado de ella, su casaca amarilla de seda, sus pantalones negros de crêpe y sus zapatos de diseño. Todo en Renee Wilson destilaba sofisticación de gran ciudad.

–Como ya te he comentado, hasta dentro de unos meses no vas a poder alojarte en el bungalow que tenías asignado –comenzó Sheldon pausadamente–. Pero estoy dispuesto a que te alojes en mi casa hasta entonces.

–¿Estás diciéndome que voy a vivir contigo? –preguntó Renee, perpleja.

Ella se había jurado a sí misma que no volvería a vivir con ningún hombre ni siquiera por un período temporal. Por otra parte, Sheldon Blackstone iba a ser su jefe durante los dos próximos meses, no su amante.

Los ojos de él brillaron de diversión. Era evidente que su sugerencia había descolocado a Renee.

–Esta casa es muy grande, apenas nos veremos. Una mujer viene varias veces a la semana a limpiar la casa y lavar la ropa. Tú tendrás tu propio dormitorio con baño independiente, y he preparado un despacho provisional en el porche trasero. Si no quieres comer en el comedor o prefieres pedir comida de fuera, puedes comer en la cocina. Y si quieres cocinar tú, avísame de lo que necesites y yo le encargaré al chef que lo compre.

A pesar de lo preocupada que estaba, Renee sonrió tímidamente.

–Parece que has pensado en todo –dijo, y vio que Sheldon sonreía abiertamente y asentía–. Te aseguro que el hecho de que yo viva aquí no supondrá ningún problema para tu…

Renee no terminó la frase.

–¿Te refieres a si hay alguna mujer en mi vida? –preguntó él, y supo que había acertado en los ojos de Renee–. Existen dos señoras Blackstone y son las esposas de mis hijos, Kelly y Tricia. Mi mujer falleció hace veinte años y yo nunca he tenido nada con ninguna mujer que viviera o trabajara en esta granja.

Renee respiró aliviada.

–Muy bien, entonces acepto tu oferta.

Sheldon no había mentido. Hacía meses que no había ninguna mujer en su vida. Él se había casado con diecisiete años, se había convertido en padre con dieciocho, había enviudado con treinta y dos y, en aquel momento, a los cincuenta y tres años, iba a jubilarse a finales de año. Estaba deseando poder ir de pesca, viajar y malcriar a sus nietos. No tenía planes de buscar una pareja, pero si aparecía alguna mujer que compartiera sus intereses, se plantearía una relación más seria pero sin llegar a casarse; él ya había fallado una vez como esposo y no quería que eso volviera a suceder.

Tampoco había vivido en celibato desde la muerte de su esposa, pero había llevado sus relaciones muy discretamente. Todas sus citas sucedían siempre fuera de la granja. Nadie, ni siquiera sus hijos, había conocido a ninguna de las mujeres que habían compartido su cama desde que él era viudo.

–Hay un pequeño problema –comenzó Renee–. He encargado unos muebles y está previsto que los traigan hoy.

–Llegaron esta mañana temprano –le informó él, poniéndose en pie–. Me he tomado la libertad de almacenarlos en un guardamuebles en Richmond.

Renee respiró aliviada de nuevo y se puso en pie.

–Gracias.

Ella había vendido todo lo que había en su piso de Miami antes de mudarse al lujoso chalet de Donald; luego, el día que había roto con él, se había llevado sólo su ropa y sus objetos personales.

Sheldon sonrió a aquella mujer menuda cuya cabeza le llegaba a él por el hombro.

–Te enseñaré tu habitación.

–Tengo que sacar el equipaje del coche –señaló ella.

–Dame las llaves, yo lo traeré –le dijo él, extendiendo la mano.

Renee sacó las llaves de su bolso y, al dárselas a Sheldon, sintió una descarga eléctrica por todo el cuerpo. Lo miró a los ojos para saber si a él le había sucedido lo mismo, pero la expresión de él era impenetrable.

Sheldon se guardó las llaves y condujo a Renee por la escalera hasta el primer piso y al final del pasillo.

–Ésta será tu habitación. Tiene su propia sala de estar y su cuarto de baño completo.

Renee entró en aquella habitación llena de luz y le pareció que había retrocedido en el tiempo. Era amplia, estaba pintada en blanco y tenía un armario y una cama antiguos de madera. El cuarto de baño y la sala de estar compartían la misma atmósfera nostálgica y de solidez al mismo tiempo.

Renee miró a Sheldon, que se había apoyado en el quicio de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho; le recordaba a un felino descansando.

–La habitación es perfecta –afirmó ella, sonriendo.

Él también sonrió. Había creído que a Renee le resultaría una habitación demasiado anticuada. Después de todo, ella estaba acostumbrada a vivir en una ciudad moderna y cosmopolita.

–Voy a subir tu equipaje –comentó él, girándose para bajar, pero se detuvo–. ¿Quieres algo de comer o beber? Sólo por esta noche, la cena se servirá una hora más tarde de lo habitual.

Renee consultó su reloj. Eran algo más de las cuatro de la tarde y ella solía cenar a las seis. Su tocólogo le había recomendado que hiciera cinco comidas al día más ligeras en lugar de tres abundantes. Ella acababa de empezar su segundo trimestre y había ganado casi un kilo cada mes.

–¿A qué hora será la cena, entonces?

–A las siete.

Renee supo que no sería capaz de aguantar tres horas sin comer.

–Entonces me gustaría una macedonia de frutas y un vaso de leche.

Sheldon la miró muy serio.

–¿Eres una fanática de la comida sana?

Renee sonrió abiertamente.

–Hace un par de meses decidí comer sano.

Nada de comida basura, ni con aditivos ni conservantes.

Él la estudió atentamente.

–Quizás el que vivas aquí me ayude a cambiar algunos de mis hábitos alimenticios –dijo él.

Su única debilidad eran los helados, le encantaban.

–A mí me parece que estás muy bien –se le escapó a ella antes de ser consciente de lo que decía.

Sheldon se la quedó mirando. Su última revisión médica indicaba que tenía una salud de hierro para un hombre de su edad. Medía un metro ochenta y pesaba ochenta y seis kilos. Y estaba en perfecta forma porque cada día caminaba un buen rato.

Renee y Sheldon se observaron unos minutos en silencio. Renee se sintió incómoda de nuevo, como si estuviera bajo un microscopio. Ella no conocía al dueño de la cuadra Blackstone y no quería conocerlo, al menos no más allá de la mera relación jefe-empleada.

Viviría en la casa principal hasta que pudiera trasladarse al bungalow, ordenaría y digitalizaría los libros de contabilidad que hasta entonces se habían llevado a mano, y en primavera daría a luz a su bebé. Renee no quería plantearse más allá del momento en que su hijo o hija cambiaría de la guardería a la escuela infantil.

Sheldon parpadeó y pareció que salía de un trance.

–Será mejor que vaya a por tu equipaje.

Su voz grave y suave rompió el silencio entre ellos. Renee asintió. Pensaba esperarlo, pero tuvo que ir al baño, y cuando regresó vio que él había subido sus tres maletas de un solo viaje. Era evidente que estaba en buena forma física. Era alto, de hombros anchos y caderas estrechas. Ella tuvo que admitir que era la primera vez que conocía a un hombre cuyo hermoso cuerpo iba acorde con su bello rostro. Sheldon Blackstone era un hombre imponente en todos los sentidos.

Renee decidió darse una ducha antes de cenar. Desde que estaba embarazada, solía echarse una siesta por la tarde, pero esa vez tendría que renunciar a ella. Afortunadamente, el cansancio era la única molestia de su embarazo.

El hecho de convertirse en madre había cambiado su forma de ver las cosas. Todo lo que hacía desde entonces, se supeditaba a la pequeña vida que estaba creciendo en su interior.

Hubo un tiempo en que se vio obligada a renunciar a su sueño de estudiar Derecho. Después de que su padre falleciera a causa de su alcoholismo, Renee había tenido que ponerse a trabajar para ayudar a su madre. Pero una década más tarde había visto cumplido su sueño: después de seis años estudiando en su tiempo libre, aparte del trabajo, había obtenido un diploma de estudios legales.

Renee cerró los ojos y sonrió. «Vive el presente y deja que el futuro se ocupe de sí mismo», se dijo. Había sido la filosofía de vida de su madre y ella la había hecho suya.

Capítulo Dos

Sheldon se acercó en camioneta hasta la enorme carpa blanca que se había erigido para la fiesta de la noche anterior a la carrera. Había docenas de mesas y sillas engalanadas para la cena. Hacía años que la cuadra Blackstone no ofrecía una fiesta antes de una carrera, pero aquel año era diferente porque Ryan y Jeremy habían decidido que su purasangre Shah Jahan participara en la Gold Cup.

El caballo y su jinete eran el secreto de la cuadra. Cada vez que Sheldon veía a la diminuta Cheryl Carney a lomos del imponente Shah Jahan cruzar la línea de meta, se le detenía el corazón. El tío de Cheryl y entrenador jefe de la cuadra, Kevin Manning, había logrado que el caballo superara la marca del campeón del Derby de Kentucky hasta el momento.

Sheldon condujo la camioneta hacia los establos y la aparcó entre los coches de sus hijos. Entró en la consulta veterinaria y los encontró brindando.

–¿No os parece un poco temprano para celebraciones? –les preguntó.

Ryan sonrió a su padre y elevó su vaso.

–Nada temprano. Jeremy tiene buenas noticias.

Jeremy se removió en su asiento y sonrió a su padre.

–Tricia y yo acabamos de regresar del médico: está embarazada.

Sheldon sonrió ampliamente, elevó un puño al cielo y gritó de alegría.

–¡Enhorabuena! Dadme un poco de eso que vais a beber. Cuando vengas a mi casa te daré un trago de mi brebaje especial.

Jeremy y Ryan protestaron al unísono.

–Sé de alguien del departamento de Sanidad a quien le gustaría hacerle unas pruebas a ese brebaje tuyo –bromeó Jeremy.

Sheldon frunció el ceño y negó con la cabeza.

–No puedo creer que mis hijos sean tan blandos…

Ryan le sirvió un poco de coñac a Sheldon y se lo ofreció con un brillo de diversión en la mirada.

–Tú quédate con esa mezcla tuya. Yo prefiero beber algo que no sirva como disolvente de pintura o limpiador de desagües.

Sheldon sonrió. Estaba orgulloso de Ryan y Jeremy. No le había resultado fácil criar él solo a dos adolescentes tras la muerte de Julia y al mismo tiempo sacar adelante la cuadra.

Ryan se había convertido en veterinario y había regresado a la cuadra para desarrollar allí su carrera. Jeremy había necesitado catorce años, un período de cuatro años como marine y una breve carrera como agente especial de la brigada antidroga, antes de regresar a la cuadra. En una de las misiones de la brigada antidroga había resultado seriamente herido y había vuelto a casa. Entonces se había vuelto a enamorar del amor de su infancia, Tricia Parker. Y de pronto Tricia y Jeremy iban a darle a Sheldon su tercer nieto.

Los tres hombres alzaron sus vasos y los hijos bebieron a sorbos mientras Sheldon apuraba el suyo de un trago.

–Renee Wilson ha llegado hace una hora –dijo Sheldon, dejando su vaso en la mesa.

Jeremy se incorporó en su asiento.

–¿Qué tal se ha tomado lo de que tiene que vivir en tu casa hasta que el bungalow esté reconstruido?

Sheldon se encogió de hombros.

–Sospecho que no le ha hecho muy feliz, pero no se le ha notado.

Ryan se recostó en su silla y clavó la mirada en su padre.

–Jeremy me ha dicho que te pusiste furioso cuando él sugirió que ella se alojara en tu casa.

Sheldon fulminó a Jeremy con la mirada.

–Hablas demasiado –le reprochó.

Jeremy le sostuvo la mirada.

–Bueno, lo hiciste, papá. No te había oído hablar así desde que Ryan y yo éramos pequeños.

Sheldon había aprendido a ser mal hablado de su padre, pero eso terminó el día que Julia Blackstone falleció. De hecho, tuvo que transcurrir un cierto tiempo hasta que Sheldon volvió a pronunciar palabra.

–¿Y te gustaría oírme hablar así ahora? –le desafió Sheldon, bromeando.

–No, gracias –dijo Jeremy, negando con la mano–. ¿Qué opinas de Renee?