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"No sé hacia dónde me dirijo, pero prometo que no será aburrido." David Bowie Mundialmente aclamado como el artista más innovador de su generación, David Bowie destacó como músico y compositor, pero también mostró su talento como pintor, actor y productor. La autora de esta singular biografía disfrutó de la amistad del genial artista londinense hasta su fallecimiento en 2016. Lesley-Ann Jones lo conoció desde su infancia, en la pequeña localidad de Bromley, al sur de Londres. Ya entonces era un joven desesperado por expresar su talento, frustrado por un entorno que lo ahogaba y determinado a conseguir el reconocimiento y la fortuna que sin duda merecía. A través de entrevistas con amigos íntimos y con colaboradores que trataron a David Bowie a lo largo de su carrera, y que nunca antes habían contado sus experiencias personales, la autora revela el origen de su extraordinaria creatividad. Con el trasfondo de la evolución del pop y del rock en los últimos cincuenta años, Lesley-Ann Jones ha creado una biografía única que refleja al mismo tiempo la vida pública y privada de un artista que marcó una época. "Estaba escuchando su álbum (Blackstar) antes de que muriera... Pensé que debía ponerme en contacto con él, pues llevaba un tiempo sin verle. Pero se murió casi de inmediato. Me consternó." Mick Jagger "La amistad de David fue la luz de mi vida. Nunca he conocido a nadie tan brillante como él. Era lo mejor que hay." Iggy Pop "Único y provocador. Un verdadero genio... Verlo en directo me hizo emprender un viaje que espero que nunca acabe. Era tan chic y apuesto y elegante. Tan adelantado a su tiempo." Madonna
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Seitenzahl: 841
Veröffentlichungsjahr: 2017
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LESLEY-ANN JONES
HERO
DAVID BOWIE
Traducido del inglés por Alejandro Tobar
IN MEMORIAMDAVID ROBERT JONES8 de enero de 1947 - 10 de enero de 2016
Bowie ha muerto
Un héroe local
NIÑO ARRABALERO
1. 1947-1953
COLEGIAL DE LOS SUBURBIOS
2. 1953-1961
CHICO JOVEN
3. 1962-1965
4. 1965-1967
INGLÉS EXCÉNTRICO
5. 1967-1970
6. 1970-1971
7. 1972
8. 1972-1973
INCONFORMISTA NORTEAMERICANO
9. 1973-1974
10. 1975
11. 1975-1976
DECADENTE EUROPEO
12. 1977-1978
ICONO GLOBAL
13. 1979-1980
14. 1981-1984
15. 1984-1985
16. 1986-1987
17. 1988-1991
18. 1992-1993
AUTÉNTICO NEOYORQUINO
19. 1993-1997
20. 1997-2004
21. 2005-2014
22. 2015-2016
APÉNDICES
Bowie trovador
Bowie bibliófilo
Bowie audiosexual
Bowie artista y coleccionista de arte
Conciertos y álbumes en vivo, mánagers, alter ego y bandas
Curiosidades y rarezas
Cronología
Homenajes
Reconocimientos
Bibliografía selecta
Fuentes de información
Créditos de las imágenes
ARCHIVO FOTOGRÁFICO
Créditos
David Bowie murió en su cama en la ciudad de Nueva York, dos días después de su sesenta y nueve cumpleaños y del lanzamiento de su vigesimoséptimo disco de estudio, Blackstar, su réquiem personal y su «regalo de despedida» para el mundo.
El anuncio, divulgado de manera oficial a través de sus cuentas y perfiles en las redes sociales, era austero y sucinto:
10 de enero de 2016: en el día de hoy, David Bowie ha fallecido en paz, rodeado de sus familiares, tras una valiente batalla contra el cáncer que se prolongó durante dieciocho meses. Si bien sabemos que muchos de vosotros compartís el dolor por su pérdida, os pedimos que respetéis la intimidad de la familia durante el presente periodo de duelo.
«Me apena decir que es verdad», escribió su hijo, el cineasta ganador de un premio BAFTA Duncan Jones, en Twitter. «Estaré fuera de la circulación durante un tiempo. Amor para todos.»
Incredulidad y negación continuada. Somos arrogantes en nuestra ignorancia. Desconocíamos que padecía una enfermedad terminal. Se dice que era cáncer de hígado, pero ¿no suele ser menos agresivo? ¿El grave no era el de pulmón? Especulamos, gratuitamente. Ni siquiera Brian Eno lo sabía antes de que sucediera, y trabajó con Bowie durante décadas. «Fue una sorpresa tremenda», admite Eno. El artista George Underwood tampoco tenía ni idea, y era el mejor amigo de David desde los ocho años.
«Es un trago muy duro que tu mejor amigo muera», se lamenta George tirado en su sofá ese mismo día, con las lágrimas deslizándose por detrás de sus gafas. «Estoy completamente desolado». Se sentía un poco mejor y se mostró más sociable el día que yo pasé con él.
Otras noticias advierten de una descomunal tormenta de nieve dispuesta a desatar el caos en esta isla sometida a su cetro, esta tierra de majestad, esta sede de Marte... esta Inglaterra...1 Y que el temporal sería el pistoletazo de salida para más de un lustro de climatología adversa. Tuvimos cinco años para llorarle. Nunca lo supimos.
Leonardo DiCaprio ha quedado eclipsado por completo, pese a su triunfo la noche antes y por partida triple en los Globos de Oro gracias a su papel en El renacido, que le granjeó el Oscar al mejor actor. La histórica cumbre global de los treinta y ocho primados de la Iglesia anglicana, celebrada en Canterbury con el fin de dirimir sus diferencias respecto a la aceptación de personas homosexuales en la clerecía, no atrae ninguna atención. Y, sin embargo, estos tres titulares se antojan pertinentes para la revelación de que el inmortal «Hombre de las estrellas», el padrino de los raros, el salvador de los excéntricos, de los pensadores heterodoxos y los ambiguos sexuales, los desposeídos, los jóvenes, los del pasó y ya no volverá a pasar, ha estallado, resplandecido y se ha ido para siempre. Hot tramp, we loved him so. Así lo queríamos.
La aflicción es inconmensurable. Twitter y Facebook se colapsan, al igual que millones de sus fans. En Manhattan, claman a las puertas del 285 de Lafayette Street, el bloque de apartamentos en cuyo lujoso ático residía David junto a Iman, supermodelo retirada y esposa del cantante durante los últimos veinticuatro años, y su hija de quince años, Lexi.
En Berlín, sus fieles se congregan en la calle en donde el músico había tenido una casa, el 155 de Hauptstrasse, en el barrio de Schöneberg, para honrarlo con velas y flores. Otros se encaminan al estudio de grabación Hansa, situado en Köthener Strasse, cerca de la Potsdamer Platz, en donde solía grabar en los setenta.
En los Países Bajos, se forman varias colas en la entrada del museo de arte de Groninga, donde en ese momento se encuentra la gira «David Bowie Is»2. El museo responde poniendo a disposición de sus seguidores un libro de condolencias en el que pueden estampar su firma, además de abriendo sus puertas un lunes, cuando por lo general se encuentra cerrado.
En Los Ángeles, los despojados de su ídolo improvisan un santuario alrededor de la estrella de Ziggy en el Paseo de la Fama de Hollywood. La placa de David, que se sitúa frente al 7021 de Hollywood Boulevard, entre Paula Abdul y Faye Dunaway al este, y Pierce Brosnan y Fred Allen al oeste, queda oculta tras ofrendas luminosas y ramos de flores envueltos en papel de celofán, muñecos extraterrestres, mecheros y diminutas botellas de whisky escocés Jameson. Un regalo cuestionable, este último, dado que David hacía años que era abstemio, además de miembro de Alcohólicos Anónimos. Los fans no se cortan a la hora de lanzar confeti al aire y reproducir los temas de Bowie con sus teléfonos móviles de última generación. ¿Por qué han venido?
«Me ha ayudado a sentirme mucho más seguro de mí mismo y a abrazar mis rarezas», expone uno de los presentes.
«Bowie me permitió aceptarme como era y a aceptar a la persona que realmente quería ser», afirma otro entre lágrimas.
Ambos hablan por boca de muchos.
En Newcastle, Nueva Gales del Sur, sus fieles deciden dejar mensajes sobre un mural de Bowie en el que aparece disfrazado de rey Jareth, el personaje de la película de 1986 Dentro del laberinto. David filmó vídeos promocionales en ese estado australiano, incluido el memorable tema de 1983 «Let’s Dance». Se rodó en el extremo norte, en Carinda, una pequeña localidad de menos de doscientos habitantes. Como localización emplearon el único hotel del lugar, hoy convertido en destino de peregrinación para los fans de Bowie.
Durante el rodaje, recuerda el director David Mallet, a los vecinos no les hizo tanta gracia. «Cuando rodó ese vídeo, David llevaba dos o tres años fuera del ojo público», cuenta. «Se había dedicado a escribir, y había vivido en parte como un recluso. De modo que no era un regreso, sino lo primero que la gente veía de él en bastante tiempo. Para Bowie, supuso un cambio drástico a nivel musical, y para todos los que hacíamos vídeos, un antes y un después. Fue uno de los primeros videoclips en rodarse en 35 milímetros.»
Fue idea de Bowie ir a grabar a Australia.
«El disco era fresco y vitalista, iba directo al grano. Y pensé, “esto requiere un vídeo igualmente fresco y vitalista, no vale una vieja cinta”. Así que allá nos fuimos, a Australia, en donde la luz es fantástica, y volvimos con “China Girl” y “Let’s Dance”.»
«La escena en el bar de “Let’s Dance” se rodó con oriundos del lugar, en su verdadero bar, a las diez de la mañana. Odiaban a David Bowie y nos odiaban a nosotros, unos tipejos amanerados que solo atendíamos a la grabación, ¡y tanto que nos odiaban! Por más que en la película dieran la impresión de que se divertían echando unos bailoteos. De hecho, no hacían sino burlarse. Fue todo idea de David, y básicamente consistía en codearse con los aborígenes, alternar con ellos. Para acabar en Sídney, una enorme área metropolitana que venía siendo la premisa de todo.»
Se había forjado la afinidad de David con Australia. Se compró un apartamento magnífico en un bloque de edificios Kincoppal, en la bahía Elizabeth de Sídney, que conservó durante diez años, y que solo vendería tras conocer y casarse con la exmodelo de talla mundial Iman.
En Londres le tomamos la palabra y nos ponemos a bailar: en la calle, por la noche, y todo el camino de regreso a casa hasta que salga el sol. Un par de miles de parroquianos se concentran en el cine Ritzy de Brixton tras acordarlo por Facebook; van cargados con instrumentos, altavoces, comida, refrigerios, «y lo más importante de todo: amor», para celebrar una fiesta improvisada bajo la lluvia. Es un océano de emociones. Osados juerguistas mueven el esqueleto encima de las cabinas rojas de teléfono mientras un multitudinario coro de voces suena con tono apesadumbrado.
Los micrófonos de las cadenas de radio y televisión difunden un exorbitante «There’s a Starman, waiting in the sky!»; suena y suena una y otra vez, en bucle, por Internet y en las ondas. Frente a la estación de metro, cerca de la esquina de Tunstall Road, un mural enorme y colorista de una cara que quiere parecerse a la de Bowie, obra del artista callejero australiano James Cochran, se convierte en el centro de todas las miradas, pues hasta allí acuden los fans a depositar velas y flores.
En Beckenham, Kent, en donde David creó Camelot dentro del carcomido esplendor gótico de Haddon Hall, en donde lanzó el Free Festival y fundó el Arts Lab allá por los años sesenta, los homenajes son algo más modestos pero no menos sentidos. Más velas, más tulipanes, depositados sobre la acera en donde se ubica uno de los establecimientos de la cadena de restaurantes Zizzi. En el pub de High Street luce una placa de homenaje al artista, colocada por la asociación de vecinos de Copers Cope y la Noble House Pub Company:
DAVID BOWIEMÚSICO DE ROCKVIVIÓ EN BECKENHAMY LANZÓ SU CARRERAEN THE THREE TUNS1969-1973
Es aquí en donde se encontraba el añorado Arts Labs. «Zizzi Stardust», bromea un devoto mientras se inclina para examinar las diminutas cabinas telefónicas rojas, portadas de álbumes descoloridas y notas escritas a mano que los fans han dejado allí. Una anciana vestida con un jersey de punto verde botella y unas zapatillas cuenta la historia de una «muchacha del lugar», Mary Finnigan, «que vivió con David aquí en Beckenham todos aquellos años, y que lo amó, un secreto que guardaría durante mucho, muchísimo tiempo, aunque ahora ha escrito un libro en el que lo desvela todo». Dentro, entre fantasmas, los comensales comen en unas mesas en las que están grabadas los títulos de los temas de Bowie y material gráfico un tanto insolente, exactamente en el mismo sitio en que su ídolo tocó una versión elemental de «Space Oddity» cuando no era más que un principiante.
En el festival Bec Rec, que se celebra en el parque de Croydon Road, las puertas han permanecido abiertas toda la noche, permitiendo así que los seguidores acudan a presentar sus respetos al recinto en el que tocó el artista en 1969. Aquel bolo sería inmortalizado más adelante en su canción «Memory of a Free Festival». Al día siguiente, el gobierno del distrito de Bromley anuncia su plan de «redoblar» esfuerzos para hacer del renovado palco de música de estilo victoriano un «adecuado y duradero tributo» a la memoria del fallecido artista. El palco en cuestión es el único de sus características en todo el país, y valdría la pena restaurarlo en cualquier caso, con independencia de su actual herencia rock. Se anuncia un evento, el «Bowie’s Beckenham Oddity», para el 13 de agosto. Lo apuntamos en nuestra agenda, cómo no. ¿Pero estaremos allí? La torre BT homenajea a Bowie al citarlo en su panel luminoso, como suele hacer en las grandes ocasiones. Los carteles publicitarios del metro londinense se llenan de expresiones de adoración al héroe por parte de los pasajeros. Pubs de todo el país, bares y hoteles de todo el mundo ponen su música a todas horas. Y se produce una maravillosa despedida sin precedentes en los medios de comunicación. Se altera la parrilla televisiva con el fin de mostrar los elogiosos comentarios de expertos y críticos musicales, que pontifican sobre el así llamado icono y sobre su legado. Las emisoras radiofónicas se apresuran a reorganizar su programación, programas completos se caen de la agenda para dar paso a una sucesión de pistas musicales. Las imprentas maniobran con entusiasmo y diligencia para publicar ediciones especiales, exclusivas y suplementos fotográficos con imágenes cándidas y desenfadadas, del tipo que, por lo general, se reserva para los difuntos miembros de familias regias. The Times compone una fantástica portada; The Guardian saca un suplemento de doce páginas, y The Independent eclipsa a los demás con un brillante editorial de homenaje. En primer término, la cínica que hay en mí observa estos movimientos como oportunidades comerciales: no se trata tanto de ofrecer a los más fieles lectores un valioso recuerdo, como de una forma fría y calculada de hacer caja y una excelente oportunidad para vender más periódicos. Y ya que he sacado mi vena cínica, añado algo más: yo misma participé de aquel tinglado, pues acepté una petición del Daily Mail y les pasé un texto sobre el David Bowie que yo conocí.
El inmenso dolor por Bowie se describe en algunos sitios como «desproporcionado respecto a lo que suele ser una pérdida». «No tiene precedentes», se dice. ¿O sí los tiene? ¿Será que nos gusta dejarnos llevar por la histeria? Sea como fuere, la muerte de nuestro héroe podría llegar a demostrarse, con el tiempo, equiparable a la de JFK en 1963, en el sentido de que todos recordaremos con exactitud en donde estábamos cuando nos enteramos de la noticia. ¿Sucederá así? Yo no recuerdo la muerte de Kennedy, no era más que una niña. Pero sí recuerdo en cambio el asesinato de John Lennon en Nueva York, lo más parecido que se me ocurre. Incluso ahora, nunca salgo de la ciudad sin desviarme por Strawberry Fields, el lugar de Central Park así bautizado en memoria del cantante.
Recuerdo a Diana, princesa de Gales, ante quien actuó David el 13 de julio de 1985 en el estadio de Wembley con motivo de su participación en el concierto benéfico Live Aid. El trágico accidente de tráfico de París que segó su vida y la de su novio Dodi Al-Fayed y la del conductor Henri Paul el 31 de agosto de 1997, fue el momento en que el Reino Unido perdió los papeles a gran escala, a una escala, digamos, titánica. En aquel entonces, acudí con mi hijo recién nacido, Henry, a los jardines de Kensington y fotografié a mi pequeño dentro de su carrito de bebé, entre las flores. Qué mal gusto el mío, me avergüenza reconocerlo. Vimos por televisión el obsceno lamento por la muerte de Diana en la abadía de Westminster, al igual que otros diecinueve millones de personas, y sucumbimos a la pena a medida que su hermano, el conde Spencer, recitaba su provocador panegírico en el que culpaba a la familia real. Lloramos al ver a Elton John interpretando al piano una adaptación elaborada sin apenas tiempo de su «Candle in the Wind», que se convertiría en un éxito de ventas y en una despedida para la princesa bajo el nuevo título de «Goodbye, England’s Rose».
En su momento, me costó comprender, y todavía me cuesta, la histeria colectiva que se apoderó de nosotros. La histeria colectiva y la intensidad de nuestro duelo nos enloqueció temporalmente. ¿Pero era aquel un luto auténtico o era más bien sensiblería? Los medios nos condujeron a un llanto que no nos correspondía. Diana no formaba parte de nuestras vidas, no era nuestra hermana ni nuestra hija ni nuestra madre; era una fotografía, un boletín de noticias, y no más accesible que un personaje de una teleserie para el gran público, pongamos por caso EastEnders o Coronation Street —solo pusimos en tela de juicio nuestro «desgarro» cuando nos percatamos de que nuestra angustia se había desvanecido con la misma rapidez con que se había adueñado de nuestro ser—. Muy rara vez hablamos de ella a día de hoy, a no ser, tal vez, como elemento relevante en la pareja formada por el príncipe Guillermo y Kate Middleton. Lo hemos «superado».
El legado de la supuesta Princesa del Pueblo es eminentemente simbólico. Desde el respeto, si se dejan a un lado las interminables fotografías «icónicas», los trajes, los zapatos, los peinados y su condición de socia del gimnasio londinense Harbour Club..., ¿qué consiguió? Fuera de eso, cabría poner de relieve su capacidad para sortear campos minados y el hecho de haberse involucrado activamente en ayudar a los enfermos de SIDA. Pero no dejó música, películas, ni arte de otra clase para la posteridad, nada por lo que deba ser recordada. Nada que seguir disfrutando. Bowie, al igual que su amigo Lennon, deja un legado enorme. Así pues, ¿está más justificado nuestro luto por él? A riesgo de desatar la ira de más de uno, debo decir que para mí sí. La muerte de Bowie es nuestra propia muerte, en algunos sentidos. Marca la pérdida de nuestra juventud, de nuestro ayer, de nuestros sueños más ambiciosos.
No se celebra funeral alguno por David. Ni siquiera una ceremonia íntima. Sin pompa. Él no la habría querido. Su cuerpo es incinerado el 12 de enero en Nueva Jersey. Se da a conocer que quería que sus cenizas se arrojaran en Bali, «conforme a los ritos budistas», y también en las montañas Catskill, al norte de la ciudad de Nueva York, un paraje cuyo aire adoraba por su luz y sus campos; allí grabó el álbum Heathen, y allí estaba, en el condado de Ulster, la que se habría de convertir en la favorita de las numerosas casas que poseyó a lo largo de su vida. Sus últimas voluntades, un documento de veinte páginas firmado con su nombre legal, David Robert Jones, declara que su hacienda está valorada en aproximadamente unos 100 millones de dólares. Deja en herencia a su mujer su vivienda del SoHo, más la mitad de su fortuna. Su hijo de cuarenta y cuatro años, Duncan, recibirá el 25 % del total. Su hija Alexandria, de quince, el 25 % restante, así como el lugar de retiro de su padre en las Catskills. Deja un millón de dólares a Marion Skene, la niñera de Duncan durante sus primeros años, a quien en gran medida consideraba su «segunda madre». Dos millones es la suma que David lega a su empleada de confianza durante largo tiempo, Coco Schwab, además de sus acciones en la compañía Opossum Inc. La incredulidad se apodera de sus fans en Internet cuando se descubre que dicha empresa carece de cualquier tipo de actividad pública, no concurre a ningún mercado de ningún país y no publica sus libros contables. Hay quienes entonces se prestan a la inevitable chaladura y crean teorías de la conspiración; se llega a sugerir que todo es un artificio, y que su héroe debe seguir vivo. ¡Calma, hombre!
La 58.ª ceremonia anual de los premios Grammy se celebra el 15 de febrero en el Staples Center de Los Ángeles. Sirve para rendir homenaje a muchos de los que ya no están, a Bowie más que a cualquier otro. El mash-up que combina diez temas y que le dedica Lady Gaga se lleva la palma de manera extraoficial como mejor espectáculo de cabaret circense. ¡Qué risa! ¿En qué estaría pensando el productor Nile Rodgers? A lo mejor es que ni eso hizo, pensar.
«Malo con saña», es el veredicto del prestigioso crítico musical estadounidense Bob Lefsetz. «¿Por qué no les dio simplemente por contratar a la original, a Liza Minnelli, para realizar ese calamitoso tributo a un artista incontestablemente puntero? Los popurrís nunca funcionan. Si se hubiera limitado a cantar “Space Oddity” sin maquillaje y producción, mejor le habría ido. ¿Quién es el responsable? ¿No podría Nile Rodgers haberse negado? Concede a Lady Gaga el trato de una superestrella, que dista lo suyo del que suele recibir alguien con un solo disco de un solo éxito. ¡Qué demonios! Ese trabajo estaba destinado a Annie Lennox, una persona de aquella época que aún sabe cómo era».
«Sobreexcitada o irracional, lo cual suele ser el resultado de un capricho o de un excesivo entusiasmo; mentalmente confusa», tuitea el hijo de David, Duncan Jones. «Maldita sea. ¿¡Pero qué palabra ES esa!?»
Como es lógico, la chica de moda defiende la actuación orquestada.
«He trabajado con David en cuatro proyectos, ¡incluido el que con mucho fue el más grande!», dice Rodgers. «Creo que la relación entre ambos era estupenda. ¡No hay que tomárselo tan en serio! Nace del corazón. Me brinda una oportunidad musical de decirle hola y adiós a un artista que me cambió la vida.»
Días más tarde, Gaga todavía sigue dolida..., pero no por las críticas, que a Stefani le traen sin cuidado. Lo que aún le duele es el tatuaje que se ha hecho en un costado en un salón especializado de West Hollywood dos días antes de la actuación, el último de tantos, un dibujo con la cara del artista atravesada por el rayo de Aladdin Sane: «... la imagen que me cambió la vida».
Infinitamente más auténtica resulta la actuación de Losers’ Lounge durante tres noches consecutivas a contar desde el 18 de febrero, en el Lower East Side de Manhattan: se trata de un proyecto musical que rinde tributo a estrellas del pop y a artistas de culto, organizado por el que fuera teclista de The Psychedelic Furs, Joe McGinty, en el pub Joe’s de Lafayette Street.
Londres también quiere poner su grano de arena, y lo hace mejor. Durante la ceremonia de los BRIT, en el O2 Arena de Greenwich, nueve días más tarde, el homenaje realizado por —¿quién será?— Annie Lennox es digno y completo.
«El legado de su extraordinario sonido y visión será valorado y venerado hasta el día en que la Tierra deje de rotar», declara.
Tras aceptar el premio al Icono en nombre de David, el actor Gary Oldman revela que Bowie consideraba que ocultar su cáncer terminal tenía sus ventajas.
«He recuperado los pómulos», fueron sus palabras, según confesó su íntimo amigo.
La sencilla interpretación de «Life on Mars?» por la joven neozelandesa de diecinueve años Lorde, enternece. La ganadora del premio BRIT 2014 a la mejor artista femenina internacional, que firmó con Universal a la temprana edad de doce años, pasó a la historia como la artista en solitario más joven en lograr colocar un sencillo en el número 1 de la lista US Billboard Hot 100 en las últimas dos décadas. Su música formó parte de la banda sonora de Los juegos del hambre: Sinsajo. Parte 1. Lorde es, en palabras de Bowie, «el futuro de la música». Esa noche, su grupo es lo más destacado para los músicos de acompañamiento de Bowie: el pianista Mike Garson, que tocó por vez primera con él en 1972; los guitarristas Earl Slick (1974) y Gerry Leonard (2001); el batería Sterling Campbell (1994); el bajista Gail Ann Dorsey (1995) y la teclista Catherine Russell (2002).
«David, eras mortal», concluye Oldman, haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas, «pero tu potencial era sobrehumano, y tu excepcional música perdurará. Te queremos y te estamos agradecidos».
Duncan Jones otorga su beneplácito.
El 31 de marzo, un bolo de homenaje a Bowie planeado con considerable antelación, pasa a ser un concierto en su memoria celebrado durante dos noches en el Carnegie Hall y en el Radio City Music Hall de Nueva York, lleno hasta la bandera; actúan Holy Holy, la banda de Tony Visconti’s, Cyndi Lauper, Debbie Harry y Blondie, el grupo de hip hop Roots, la banda indi The Mountain Goats, The Pixies, Michael Stipe, Mumford & Sons, la coral conocida como The New York City Children’s Chorus y muchos más.
El 14 de abril, Prince versiona «Heroes» durante un concierto en el Fox Theater de Atlanta en tributo a su amigo. Una semana más tarde, él también muere.
John Giddings, organizador del festival de periodicidad anual Isle of Wight, anuncia su intención de honrar a David entre los días 9 y 12 de junio de 2016, en un evento celebrado en el Seaclose Park, que contará con la presencia de The Who, Queen + Adam Lambert, Stereophonics, Richard Ashcroft, Iggy Pop et al.
«Hemos mandado imprimir veinte mil caretas de Ziggy Stardust, y todo el dinero que recaudemos irá destinado a la fundación benéfica Stand Up To Cancer», anuncia John. «Fui el agente de David durante treinta años. Lo amo.»
El director del festival de Glastonbury, Michael Eavis, añade que se le harán diversos homenajes en la edición de 2016, programada entre los días 22 y 26 de junio, en Worthy Farm, Pilton, Somerset, el cual contará con la presencia de Adele, Muse, Madness, Coldplay y, por lo que parece, infinidad de otros grandes artistas, y en el que Philip Glass, amigo de David, interpretará su aclamada «Heroes Symphony».
«Pondremos en marcha un gran espectáculo centrado en la figura de Bowie desde el 2000, y lo proyectaremos en las pantallas siempre que el escenario no se esté utilizando», confirma Eavis. «Fue una actuación increíble, y me alegra tanto que hiciera lo que hizo en el momento que lo hizo... Fue la última oportunidad. David es uno de mis artistas preferidos de todos los tiempos.»
Hay mucha más información sobre él de lo que nadie es capaz de leer, ver, absorber, analizar, escuchar. Nos hemos tenido que despedir de Bowie demasiado pronto. ¿Cómo encontrarle un sentido? Algunos quizá sepan dárselo. Me detengo un momento en la página de Facebook gestionada por el más importante productor discográfico que tuvo David, Tony Visconti. Entre otras muchas cosas que considerar y digerir, me encuentro con esta:
«Era un hombre extraordinario, lleno de amor y de vida. Siempre estará con nosotros. Lo que toca ahora es llorarlo.»
Llorarlo y recordarlo.
1. William Shakespeare, Ricardo II. Acto II, Escena I. La «obra de Shakespeare favorita» de David.
«Se dice que Shakespeare malinterpretó a Ricardo II», dijo el artista en una conversación con la autora, «y pese a ello, la obra resulta de lo más intrigante. Las alocuciones son magníficas. El lenguaje, excepcional. Es tan ambiguo: él es gay, está claro. O por lo menos bisexual. Se le retrata con el rostro pálido y bastante afeminado, aunque midiera más de un metro ochenta. Fue coronado con diez años, pero su tío actuó como valido, lo cual condujo a todo tipo de conductas erráticas y, a fin de cuentas, a su muerte. Sin duda tenía algún tipo de trastorno de personalidad, y algunos estudiosos modernos se inclinan porque quizá sufriese esquizofrenia. Reinaba en una corte de gran opulencia, era un gran mecenas de las artes, sobre todo de la literatura, y Chaucer sirvió para él como diplomático... al tiempo que escribía poesía. ¡Una estrella del rock temprana! Ricardo, por lo que parece, siempre supo cuál era su sitio, a pesar de ponerlo en cuestión. La trama no tiene desperdicio, y yo me siento muy identificado con él. Su muerte marcó el fin de una época.»
2. Existen planes para futuras presentaciones de esta exposición itinerante. Entre el 8 de enero y el 9 de abril de 2017 se presentó en Tokio y, posteriormente, viajará a Melbourne, París, Berlín, Toronto, Chicago...
Se trata de un héroe. De un hombre destacado con un apellido de lo más común. Nos topamos con él en el último lugar que cabría imaginar: nuestro propio patio. Los medios de comunicación todavía no habían puesto el foco de modo compulsivo sobre las celebridades, y su nivel de fama era más bien bajo. Cuando su estrella explosionó a nivel global, tuvimos la sensación de que nosotros, los que lo habíamos visto primero, lo estábamos compartiendo con el resto del mundo.
Fue Hy Money quien me presentó a David. Para mí, ella era «la madre de Lisa». Lisa y yo éramos uña y carne en la escuela de primaria de Oak Lodge County, en West Wickham, condado de Kent. Su madre, Hyacinth, una música autodidacta, artista y fotógrafa, había sido enviada por su familia en barco desde la India hasta Inglaterra con dieciocho años, con los bolsillos casi vacíos y un papel con un número de teléfono. Se casó con el primer hombre que le propuso matrimonio y tuvo cuatro hijos. Era la única asiática en nuestro serio y blanco pueblo —que se consideraba a sí mismo como contemporáneo pero que se había quedado estancado en los años cincuenta, un bastión empavesado, boy scouts y tartas de la cristiana Mothers’ Union—, en donde sufrió racismo. Cuando salíamos a pavonearnos por las calles vestidas con las ropas carnavalescas de Hy, otras madres obligaban a sus hijas e hijos a entrar en casa.
La primera vez que toqué un instrumento —se trataba de una simple pandereta— fue en su casa, en una de las veladas que presidía. Poco después de que su último hijo empezase a ir al colegio, Hy comenzó a sacar fotos para un periódico local de Beckenham. En el futuro su nombre entraría en los anales de la historia por ser la primera mujer del Reino Unido en trabajar como fotógrafa deportiva para el Crystal Palace F.C., lo que la obligó a batirse con reporteros gráficos que lamentaban su contratación y se afanaban en dejarla fuera de juego con el repetido argumento de que no solo un campo de fútbol no es un lugar propicio para una mujer, sino que además esta les estaba «robando su pecunio».
Hy llevaba ya dos años siendo famosa cuando, cierta tarde de domingo de 1969, nos llevó a Lisa y a mí a ver una actuación del intérprete de sitar lituano Vytas Serelis en el Three Tuns Folk Club, un pub de la High Street de Beckenham. Ella estaba allí para fotografiarlo. Aquel antiguo instrumento musical indio había sido presentando al mundo por Ravi Shankar, nos explicó la mujer. Cuando tanto The Beatles como The Rolling Stones echaron mano de él para sus grabaciones, su sonido suntuoso y bronco se hizo un hueco en la música comercial y de amplio espectro. Nada de esto, francamente, les importaba demasiado a las dos compañeras de colegio que éramos por entonces. Marc Bolan y David Bowie también estaban allí aquel día, pero podrían haber sido otras personas cualesquiera.
David fue cofundador del Arts Lab de Beckenham, que poco después estaría emplazado en el Three Tuns. Lisa y yo fuimos a dos grammar school distintas, es decir, cursamos secundaria por separado. David y su colega, el músico local Peter Frampton, comenzaron a aparecer de pronto en las noticias, y a nosotras aquello nos entusiasmaba. Mis nuevos compañeros de clase y yo nos propusimos averiguar dónde vivía David; la respuesta era en Haddon Hall, en una impresionante mansión de estilo gótico de Southend Road, en Beckenham. Nos personamos en la que era su casa y la de su mujer, Angie; lo hicimos al finalizar las clases. Angie nos facilitó multitud de fotografías firmadas, lo cual le agradecimos sobradamente; sin embargo, lo mejor que hizo por nosotros fue estar ausente cuando otro día llamamos a su puerta.
Aquella vez fue David quien salió a recibirnos en persona, vestido con un quimono bordado en seda amarilla y sosteniendo una botella de barniz negro con el cual se estaba pintando las uñas. Usaba un palito de cóctel a modo de pincel. De por sí, esto ya resultaba bastante raro, pero no lo era menos el color elegido. Un esmalte de uñas negro no estaba precisamente a la orden del día en aquella época. A nosotros nos atraían los tonos malva y lila, pero desde luego no podíamos presentarnos de esa guisa en la escuela. Nos invitó a pasar a tomar el té y se sintió avergonzado al percatarse de que se habían quedado sin leche. Nos sentamos en el suelo, con las piernas cruzadas, y hablamos de fantasmas, de Space Oddity, de su poco prometedora carrera como actor y de ovnis.
Los primeros discos que me compré no eran de Bowie. No me interesaron las listas de éxitos pop hasta 1970. El primer sencillo que aboné de mi bolsillo, comprado en Woolworth, una tienda localizada en High Street, al oeste de Wickham, fue «Down the Dustpipe» de Status Quo —que el disc jockey de moda de la emisora Radio 1 de la BBC, Tony Blackburn, no soportaba—. Meses más tarde, la pequeña suma que recibí con motivo de mi cumpleaños, la invertí en «I Hear You Knocking» de Dave Edmunds, por el cual John Lennon había manifestado su admiración, así que se sabía que era algo bueno. También compré «When I’m Dead and Gone» de McGuinness Flint, y el sencillo de debut de T. Rex, «Ride a White Swan». El precio de cada sencillo rondaba los siete chelines —aún se hablaba en divisiones de una libra esterlina—, 35 peniques. Los álbumes, por su parte, no llegaban a las dos libras. Gran Bretaña se pasaría al sistema métrico un año después.
Mis primeros LPs fueron Bridge Over Troubled Water (de Simon & Garfunkel), Fog On the Tyne (de Lindisfarne) y Wings’ Wild Life. Ahorré para comprar discos del departamento de música de Medhurst, unos grandes almacenes situados en Market Square, al final de High Street, en Bromley, que en la actualidad albergan una franquicia de Primark. También David solía comprar allí sus discos. Podías escucharlos antes de tener que apoquinar nada, en cabinas habilitadas al efecto. El programa Top of the Pops del jueves por la noche en el canal BBC1 era una cita obligada: no se hablaba de otra cosa en el patio del colegio al día siguiente.
Todos vimos a David Bowie interpretar «Starman» en Top of the Pops el 6 de julio de 1972, ¡cómo no!... Sin embargo, no se puede decir que nos cautivara especialmente. Aunque es un lugar común considerar aquella aparición en concreto como su actuación definitiva, un punto de inflexión para la música pop, el momento exacto en que el mundo entero cambió..., en nosotros, la verdad, el impacto no fue tan grande. Se debió a que aquella actuación de «Starman» para Top of the Pops, con Bowie y su guitarrista, Mick Ronson, acercándose el uno al otro tan solo cinco años después de que se despenalizase la homosexualidad entre varones mayores de veintiún años, algo sobre lo que se habían escrito volúmenes y más volúmenes, no era «la primera».
No soy la única que recuerda haberlo visto: Bowie y su grupo, The Spiders from Mars, habían interpretado «Starman» en el programa Lift Off with Ayshea emitido por Granada TV el 15 de junio de 1972. De manera trágica, el canal ITV borró la cinta original, pero las fotos que no se perdieron sugieren que hubo un coqueteo descarado entre Bowie y Ronson sobre el escenario.
Con el paso de los años, muchos han llegado a poner en duda incluso que aquella actuación tuviera lugar, pues no ha llegado hasta nuestros días evidencia física alguna que apoye su existencia. Pero aquellos de nosotros que sí la vimos, nos permitimos disentir. Un vistazo a las imágenes es todo cuanto se necesita para determinar las diferencias entre esta y la posterior actuación en Top of the Pops. En Lift Off, Bowie rasga una guitarra acústica marrón (no la suya azul). El batería Mick «Woody» Woodmansey lleva puesta otra ropa, y todavía no se había aclarado el pelo. Y hay unas estrellas de seis puntas enormes en el cielo, las llamadas Estrellas de David, por detrás de la banda. En la cultura tradicional tibetana —David se había imbuido del budismo—, esa estrella representa el «origen de todo fenómeno».
Marc Riley, antiguo guitarrista y teclista del grupo de Mánchester de post-punk y rock The Fall, que se habría de convertir en promotor y crítico de rock alternativo y locutor de radio, recuerda la actuación con claridad meridiana. Resulta evidente que caló más en él que en mí: «... y llegó... aquello, con aquellos tipos raros», dice. «Me dejó boquiabierto. Mi abuela no dejaba de proferir insultos contra la televisión (algo que por lo general reservaba para los bloques de política referidos al Partido Laborista), y yo no hice más que quedarme allí sentado, ansioso. Estaba viviendo uno de esos momentos que le cambian a uno la vida. Sé que suena ridículo, pero de verdad que era superior a mí.»
La actuación en el Top of the Pops tendría lugar tres semanas más tarde. «Por segunda vez en mi vida», recuerda Riley, «¡me quedé de piedra a causa de un tipejo vestido con un mono acolchado y unas zapatillas de boxeo de cuero rojo! Qué duda cabe de que la aparición de Bowie en Top of the Pops fue un momento cumbre en la historia musical británica. Al igual que sucedió con la actuación de los Sex Pistols en el Lesser Free Trade Hall de Mánchester en 1976, la actuación de David Bowie dio alas a los miles de chavales que hasta entonces habían buscado con ahínco un catalizador para sus vidas.»
No obstante, tampoco se puede decir que hubiera una reacción desmesurada en la escuela de secundaria Ravensbourne, en Bromley, al día siguiente. Tras ninguna de las dos actuaciones referidas. No guardo el menor recuerdo de que alguien de nuestra pandilla mencionara «Starman» como un «punto de inflexión» o como una experiencia life-ch-ch-changing..., de esas que le cambian a uno la vida, o que supusiera el «verdadero pistoletazo de salida de los años setenta».
Por otra parte, Marc Bolan llevaba instalado en la tele cerca de un año. Y era Bolan, con su «Hot Love» interpretado en Top of the Pops quien nos había dejado obnubilados por vez primera. Marc eran tan guapo que una casi no podía quitarle los ojos de encima. El brillo por debajo de sus ojos era un mero toque de estilo, un truco, pero parecía tan profundo e importante por entonces... Cuando volteó su guitarra para arrimarla a la parte trasera de sus pantalones en una de sus interpretaciones en Top of the Pops del tema «Get It On» (en julio de 1971), recurriendo a la fantasía, imaginamos que su fuerza provenía de allí mismo, de su atractivo culo.
Considero que la razón de que la representación de «Starman» en el programa Top of the Pops tienda a ser ensalzada, se debe a que sencillamente el metraje ha llegado íntegro hasta nuestros días. Desde que la actuación en cuestión volvió a ser emitida (¿acaso durante los primeros ochenta?), los expertos musicales y los culturetas de aquí a Boswell, Indiana —que pasan por autodenominarse el «centro del universo»—, se han puesto a la cola para no dejar de hablar de lo mucho que influyó en sus vidas, tanto si en su momento vieron aquel programa como si no. Pensé que podría ser interesante preguntarle al respecto a Nicky Graham, antiguo teclista de la banda The Spiders from Mars, reconvertido en pope del negocio musical, quien además resulta que sí tuvo ocasión de aparecer en el programa Top of the Pops. Me preguntaba si él recordaría algún tipo de reacción a la aparición de Bowie y The Spiders, al margen de la histeria que sobrevendría años más tarde. Su respuesta, reproducida ahora en este libro, resulta sorprendente.
Pues bien, los años 1971 y 1972 fueron de Bolan. «Hot Love», «Get it On», «Jeepster», «Telegram Sam», «Metal Guru», «Children of the Revolution»: siempre queríamos más, y él también. El cambio se produjo en 1973, cuando la música comenzó a apoderarse irremediablemente de mi vida. Adiós, revistas de cotilleo adolescente. Hola, Melody Maker y New Musical Express. Las muñequitas y sus vestidos (que mi madre les había cosido a medida) fueron a parar al trastero. A la basura fueron directamente los gonks apolillados y los trolls de pelo enmarañado. Había llegado el vinilo. Cambié el Rolls-Royce rosa de mi Lady Penelope por un tocadiscos, y mis gafas subvencionadas por la Seguridad Social por unas lentillas de colores.
Estaba pasando todo. Edward Heath se mudaba al número 10 de Downing Street, mientras que Richard Nixon y el escándalo Watergate eran el pan de cada día en los Estados Unidos. Gran Bretaña se unió a la Comunidad Económica Europea, que más tarde se metamorfosearía en la Unión Europea. Mi padre, periodista deportivo, se fue a Jamaica para cubrir el momento en que George Foreman casi descuartiza a Joe Frazier y se hacía con el título mundial de boxeo en la categoría de pesos pesados, tras el combate celebrado en el estadio Sunshine Showdown de Florida. Se inaugura el nuevo London Bridge, con gran algarabía, como también las malhadadas Torres Gemelas del World Trade Center neoyorquino —en aquel momento, los rascacielos más altos del planeta—. Un año después, como parte de un programa escolar de intercambio con el instituto Stella Maris de Long Island, acudí con mi pandilla de amigos y amigas a la Torre Sur, al imponente observatorio conocido como Top of the World, la cima del mundo, sin poder entonces imaginar lo que habría de acontecer veintisiete años después.
Fueron sencillos destacados de aquel año «Tie a Yellow Ribbon Round the Old Oak Tree» de Tony Orlando & Dawn; «Ballroom Blitz» de Sweet; «Crocodile Rock» de Elton John, y «Killing Me Softly» de Roberta Flack. El especial televisivo sobre Elvis Presley Aloha From Hawaii via Satellite (que le encantaba a mi tía Ann) fue el primer programa de un artista retransmitido a nivel mundial. Fue visto, quizá de manera un tanto ilógica, por más gente de la que se sentó frente al televisor para ser testigo en 1969 del primer aterrizaje lunar. Lou Reed, camarada de Bowie, recibió un buen azote en el culo por parte de un fan durante un bolo en Buffalo, en el estado de Nueva York.
Esas fueron las trivialidades que hicieron las delicias de una servidora, y que dejé impresas para la posterioridad en diferentes cuadernos de ejercicios que me dediqué a decorar en tinta púrpura y naranja con escritura especular durante un año entero, además de garabatear en ellos diversas figuras geométricas; para más datos, en las esquinas inferiores. Virgin Records despegó con el disco Tubular Bells de Mike Oldfield. Queen sacó su álbum de debut homónimo, y un sencillo de relevancia, «Seven Seas of Rhye». The Who lanzó Quadrophenia, y la banda Roxy Music estaba en todos los sitios y en ninguno con su For Your Pleasure, en cuya carátula deslumbra la exótica Amanda Lear. ¿Mujer? ¿Hombre? ¿Pájaro? ¿Avión? ¿Quién sabe? David sí lo sabía, pues se acostaba con la criatura pese a estar casado con Angie. Quienes somos nosotros para juzgarlo...
Bowie, exhausto, se vino abajo en un concierto ofrecido en el Madison Square Garden («Gimme your hands!»), y en mayo tocó el que sería el primer bolo de música rock en el Earls Court Exhibition Centre. No conseguí entrada, pero sí estuve en el Hammersmith Odeon el 3 de julio para presenciar la retirada de The Spiders. De un tiempo a esta parte, he leído toda clase de barrabasadas al respecto. Que si los fans se masturbaban, que si hacían felaciones a completos desconocidos en una suerte de gran escenario que combinaba momentos homo, bi y hetero... En fin, debo decir que yo no presencié tal cosa. Quizá no lo entendí, como por otra parte pasa con tantas otras cuestiones de la actualidad.
Tengo una lista en la purpúrea parte de atrás de mi diario de aquel año con los álbumes que adquirí en 1973. Junto con los discos de The Beatles, Red Album y Blue Album (llegué tarde a los Fab Four), compré Aladdin Sane, The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars y Hunky Dory. Todos los de Bowie, y en ese orden. También me hice con Red Rose Speedway y Band on the Run de Wings, mi otro gran amor de aquella época. Para Bolan, marzo de 1973 fue el mes en que lanzó con éxito su sencillo «20th Century Boy», y hasta ahí llegó. Le di carpetazo en favor de Bowie y nunca volví a retomarlo. No hasta que me puse a escribir esta biografía en 2012.
David era nuestra epifanía. Las personas como él no existían en el mundo cuadriculado, rígido, en donde cada cosa está colocada donde corresponde. De haberse descubierto que en efecto procedía de un universo paralelo, dudo de que mi sorpresa hubiera sido mayor. Él tenía veintitrés años, aún era un chaval, y ya se había casado. Mortal, con defectos, un enclenque buscavidas, y pese a ello aparentemente con un embrujo especial. Era bastante amigable. Un tanto indiferente. Le gustaba el postureo y fardar. Digamos que su actitud venía a decir algo así como: «Mírame». Se cruzaba de brazos y cotilleaba entre risas, metiendo y sacando los labios una y otra vez como si acabara de ponerse pintalabios. Se arrancaba las cutículas, se alisaba el pelo, pestañeaba, doblaba las rodillas. Tal vez estuviera posando al igual que cualquiera de nosotros, a semejanza de una torpe quinceañera. Poniéndonos a prueba, viendo qué extravagancias birlarnos.
Parecía ligeramente «apagado»; un «ave del paraíso con un ala rota», escribiría yo tiempo después. «De una hermosura perfecta, a no ser por una dentadura desastrosa». Estaba desatada, eso seguro: ¿pensaba en el fondo que debía renegar de él? En efecto, ese pensamiento debió de cruzar por mi mente, porque también lo describí como «un fantoche implacable», un «cínico calculador», «lascivo», y «la peor clase de obseso: uno con un rango insignificante de atención prestada». Especulé con que «podría haber una conciencia escondida en algún sitio»; y escribí que, a pesar de la imagen que proyectaba, daba la impresión de ser «compasivo, nostálgico y hogareño». La contradicción con patas, vamos. Quizá no era sino yo misma.
Dejando a un lado su cariz andrógino y su apariencia, la impresión que de él quedaba era, paradójicamente, de absoluta normalidad. A decir verdad, aquel Bowie de Bromley —«Dave», como él mismo firmaba, a menudo con tinta roja— contradictorio, insolente, encantador, embaucador con el que me encontraría, no habría de cambiar gran cosa con el paso de los años.
Se interesó y me preguntó por mi pelo, mechones incipientes en aquel entonces, a los que les llevaba una eternidad crecer por culpa de la cirugía. La pregunta me mortificó; me había puesto en un aprieto. Estaba sufriendo una secuela habitual del postoperatorio que se conoce como efluvio telogénico agudo; explicado de una manera muy básica, quiere decir que se me había caído el pelo a consecuencia del shock. Había pasado gran parte del último año en el hospital, y después había estado convaleciente en casa. Me había reventado el apéndice días antes, justo cuando estaban a punto de empezar las vacaciones de Semana Santa. Me operaron un Viernes santo. La peritonitis golpeó de lleno: en aquella época, era mortal. Nuestro pastor en la iglesia anglicana de San Francisco de Asís se presentó en la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital de Farnborough. No contaban con que llegase viva a la mañana siguiente. Pero resistí. Un monstruito: con una señora cicatriz, esquelética y calva en tres cuartas partes del cráneo.
Las chicas molonas de mi colegio mantenían las distancias. Hice tres amigas, que conservo. David se mostró empático. También él, me dijo, había padecido un proceso quirúrgico en aquel mismo hospital, Farnborough, situado justo al otro lado de la carretera en donde aún hoy viven mis padres. Fue tras un golpe en todo el morro propinado por George Underwood, un compañero de escuela que no dejó de ser su amigo hasta el final. Aquel fue el gancho que, por lo que parece, dio origen al look más distinguido del rock. Pero este episodio, desde luego, tiene su propia historia: el tema del ojo.
«Mi prima te vio en Margate», le solté. «Todavía conserva la entrada». Trágame tierra. Digamos que... me salió el tiro por la culata.
«¡Margate!», sonrió. «Me gusta mucho aquella zona. Vaya, ¡cuánto me gusta estar en la costa! Será ese anhelo profundo de contemplar el horizonte, la nada en toda su inmensidad.»
¿A qué demonios se refería? No me atreví a preguntárselo. Apunté la frase en mi libro maltrecho nada más subirme al bus, pero nunca averigüé su significado exacto.
«Quizá vaya allí algún día», musitó. «Sería un lugar magnífico para criar niños. Siento cierto vínculo. Le tengo un gran cariño a todo ese viejo mundo marinero, a esos ambientes, al final de la pasarela del muelle. Es muy real. Mi abuela se unió al frente y trabajó como enfermera en [el hospital de] Seabathing antes de la Primera Guerra Mundial. Solía cantarme alguna que otra tonadilla. Una de ellas trataba sobre Margate. “A breeze! A breeze! Who sails today the ocean’s swelling waters”3, canturreó burlón, encorvando los hombros y balanceando los brazos a un tiempo, como si formara parte de la ópera cómica de Gilbert Sullivan H.M.S. Pinafore. «Ojalá me acordase de cómo sigue la letra... Mis padres se casaron allí, y vivieron en el pueblo durante un tiempo.»
«Los míos allí siguen», apunté yo. Era cierto. Mi abuela, Nancy Jones, trabajaba con su hermano y su cuñada, Gladys y Glyn Powell, en su pensión de Westbrook Bay. Mi abuelo, Emlyn, se ocupaba del green de golf que está enfrente de la playa, bajando por la estación de Margate.
«En mis tiempos jugué en aquel green alguna que otra partida», asintió David. «Si seré infantil... ¡No me resisto a golpear unas bolas cuando veo un minigolf!»
Margate había sido un pueblito de pescadores hasta que el baño en el mar se convirtió en un pasatiempo habitual a comienzos del siglo XVIII. El pintor paisajista J. M. W. Turner fue un visitante asiduo en la década de 1820, y más de un centenar de cuadros suyos están inspirados en el mar y las tormentas vistas en Margate4. En 1900, la localidad se ganó un lugar en el mapa. A comienzos de la década de 1960, había adquirido el barniz kitsch y descarado de las tarjetas postales que representan a las mil maravillas el típico resort turístico del litoral de Inglaterra; el final de la pasarela del muelle y el fish-and-chips que David tanto amaba.
En 1965 David fue vocalista de un grupo de mod revival originario de Margate, The Lower Third. En aquel entonces, la localidad era un destino preferente para los seguidores de la música mod, que llegaban en grupos muy numerosos montados en sus scooters, sobre todo los lunes que caían en festivo. Aquello derivaría en trifulcas con los roqueros llegados en sus motos, como también sucedió en Brighton y en otras localidades costeras, lo cual originó un auténtico escándalo a nivel nacional en su momento. Los integrantes de The Lower Third solían tener un sitio reservado en el hotel local. Hacían nueve o diez bolos a lo largo de la temporada estival en el Cliftonville Hall, y acudían a una serie de compromisos a lo largo y ancho del país. De haber sido yo un poco más mayor, no tengo la menor duda de que los habría visto tocar. Había pasado cada parón escolar y vacacional con mis abuelos en Margate desde que era una niña. Guardo muchos recuerdos de los veranos interminables de cubos de playa, helados de vainilla y chocolate y paseos en burro por la arena; de las cuevas de Margate y del parque Tivoli, del pasaje Shell Grotto, de los jardines Winter, del embarcadero —perdido tras una tormenta de 1978— y de los recreativos Half Penny.
Run for the shadows. Fantaseé durante días después de aquella visita a Haddon Hall. Osé imaginarme que crecía y era como él. De sueños también se vive. Era plana como una plancha y una cuatro ojos, de aptitudes artísticas escasas y nada dotada para la música. En casa no había suficiente dinero como para pagarme unas clases. Tanto lo deseaba que no sucedería. Por ser mujer, no parecía probable que continuase con el árbol genealógico. El fútbol había puesto el foco sobre nosotros, la familia Jones. Emlyn, mi abuelo, el del golf, había jugado en las filas del Everton; a su vez, su hermano, el tío abuelo Bryn, había militado en el Arsenal. El tío Cliff fue una estrella del Tottenham Hotspur F.C.; parece ser que en su día fue el mejor extremo izquierdo sobre la faz de la Tierra. A Gareth Bale, los actuales seguidores de los Hotspur le llaman «el nuevo Cliff Jones». Logró el doblete con la escuadra de la temporada 1960-1961, capitaneó en cincuenta y nueve ocasiones a la selección de Gales. Bryn y Cliff aseguraron que el nombre de nuestra familia figurara en los libros de Historia por haber propiciado, por dos veces, el traspaso más caro de un jugador a nivel mundial. Mi padre, Ken, que llegó a ser futbolista profesional de manera testimonial, se retiró tras una lesión y tuvo que reinventarse como periodista deportivo; llegó a ser columnista y se pasó diez años en la carretera, siguiendo a Muhammad Ali. Fleet Street, el centro del periodismo británico, no parecía entonces una ambición excesiva. Tal vez, me atrevo a esperar, vaya en los genes.
Tras la antológica entrevista del escritor musical Michael Watts, publicada en Melody Maker el 22 de enero de 1972, en la que nuestro héroe tiró la casa por la ventana al «confesar»: «Soy gay y siempre lo he sido, incluso cuando era David Jones», Bowie se convirtió en un blanco fácil. Era exactamente lo que deseaba y lo que había provocado. En los medios, lo que se llevaba era exagerar todo lo relacionado con él hasta más allá de la duda razonable. Retratarlo como un pirado por el sexo y un drogodependiente muy pasado. Poner palabras nunca dichas (y a veces indecibles) en su boca. Lo que fuera, todo valía. Se convirtió en una superestrella y se quedó prendado de sí mismo, al igual que pasó con la mitad de la población mundial.
Durante su etapa de fuerte adicción a la cocaína, a finales de los setenta, llegó a perder el rumbo y a descarriarse durante algún tiempo. De algún modo, se las arregló para largarse de la banal pompa de Los Ángeles y mudarse al epicentro de la austeridad, Berlín —algo que no le quedó más remedio que hacer para sobrevivir—. En mi año en el extranjero como estudiante de Lenguas modernas, corrí a verlo en diciembre; nos encontramos en el restaurante Chartier de Faubourg-Montmartre, en París, que en aquellos días era un local de comida a buen precio, muy cerca de donde yo me alojaba. En la actualidad, pasa por ser una «reputada brasserie» que mantiene la animación pese a que los precios ya no tienen nada de módicos; en cualquier caso, sigue dando de comer a estudiantes y a artistas, así como a lugareños y turistas. David llevaba puesta una gorra plana, sin adornos; acudió sin acompañantes y apenas se le reconocía. Parecía congestionado, a punto de pillar un buen catarro. Pidió una cassoulet y un vin blanc de table. Me senté y tomé una copa con él.
«Se ve que la barnet está de vuelta», dijo sonriente. Buen chascarrillo5. ¡Y qué memoria la suya!, pensé para mí. Seguía riéndose de todo. Pero ¿acaso no tenía miedo a ser agredido en un lugar como aquel?
«No», dijo, despreocupado. «No me reconocen.»
«Yo sí.»
«Tú me conoces de antes.»
«¿De antes de qué?»
«Ya me entiendes. De antes de la locura. Nunca esperarían encontrarme aquí, así que no me buscan. No sé si ves por dónde voy. Agacho la cabeza y listo.»
«Y llevas la cabeza cubierta.»
«Cubierta, sí. Muy como soy, ¿no te parece?»
«No.»
Sobre el mantel de papel, garabatea con un boli BIC casas, árboles, estrellas y alas. Ojalá lo hubiera guardado. Menos mal que me quedé con el menú.
Me di cuenta de que era zurdo y torpón..., como yo. Nuevas cosas que teníamos en común (y probablemente una «señal»; para una adolescente, todo lo es, pues sus emociones se desbordan con frecuencia). Fumaba cigarrillos franceses, Gitanes, como un carretero; sacaba uno después de otro de la cajetilla, los agarraba directamente con la boca, los encendía con cerillas, les daba unas cuantas caladas y sacudía la ceniza en un pequeño cenicero antes de dejar que, mediado, el pitillo se consumiera para acto seguido encender otro. Lo sostenía igual que los zurdos agarran los lápices, o como los corredores de apuestas: con las yemas de los dedos, con el extremo que arde apuntando hacia la palma de su mano. ¿Por qué?
«Así es como se sabía quiénes eran los espías nazis en las viejas pelis de guerra. ¡Y sabías cuáles eran los yanquis porque lo hacían al revés!»
«¿Tú por qué lo haces?»
«¿Hacer qué?»
«Fumar tanto.»
«Por costumbre, supongo. Por culpa de mi madre y de mi padre. Solía sostener los de ellos, será por eso. Es lo que tocaba, te hacía parecer mayor, eso pensábamos, éramos unos críos..., y no era un vicio caro, por entonces todavía se podían comprar sueltos, o a pares, al quiosquero. Ahora cuesta creerlo, ¿verdad? Qué estupidez, yo solía reñir a mi madre por fumar. La verdad, no sé por qué lo hago todo el tiempo. Uno piensa que va a servirle para relajarse, pero no.»
«¿Fumas siempre tanto?»
«No suelo llevarme un pitillo a la boca hasta después de haber desayunado.»
Para él, fumar parecía un acto tan natural, o más, como respirar. No podía evitar preguntarme cómo sonaría su voz si no fumara, y ya no digamos cómo sería su aliento. Había asistido a algo relacionado con unos premios, comentó, y estaba a punto de regresar a Ginebra para pasar la Navidad con su familia en casa, en Blonay, un pequeño pueblo junto al lago, cerca de Montreux. Había buscado un momento para ir hasta París a comprar algunos regalos en las galerías Lafayette del Boulevard Haussmann, a menos de diez minutos a pie de donde nos encontrábamos sentados.
«Antes las galerías tenían unas escaleras en el centro, como en un buque de crucero», dijo, «pero las quitaron hace un par de años. Sabe Dios por qué motivo; eran las mejores de Europa, dignas de ver. Me pregunto qué habrán hecho con ellas. No me habría importado llevármelas a casa. ¡Como que iban a caber! Qué más da, vale la pena ir a las galerías aunque solo sea para ver su cúpula, incluso si no vas con intención de comprar nada. Mucho mejor que la de la catedral de San Pablo».
Empezó a hablar con entusiasmo de Jan Cox, un enigmático místico norteamericano que había descubierto hacía poco, y también aludió a un pintor holandés del mismo nombre, que por entonces vivía en Bélgica6.
«Sí que es raro...», comentó. «Descubrí a los dos al mismo tiempo. Me puse a buscar a uno de ellos y encontré al otro, lo cual a su vez me colocó sobre la pista del primero. Nada es casual. A mucha gente le asusta lo místico, ¿no te parece? En cierto sentido, más temor deberían infundirles los pintores. El caso es que no son conscientes.»
Nos deseamos mutuamente feliz Navidad... «and a Happy Blue Year».
«Hasta otro ratito», dijo mientras se tocaba la gorra imitando al vendedor callejero de periódicos. Allí lo dejé, en la fría acera, y me di la vuelta para marcharme. Al igual que el cielo, estaba lagrimosa.
En septiembre de 1977, lanzó la que se convertiría en su tarjeta de visita, puede que en su canción más famosa: «Heroes». Se reencontró consigo mismo. Se divorció de Angie, se quedó con la custodia de su hijo y permaneció en Suiza. Vendería su «casa de reloj de cuco» en 1982 y se mudaría entonces a Château du Signal, no lejos de Lausana. En julio de 1981, cuando acompañé al difunto DJ Roger Scott a Montreux para que entrevistara a los integrantes de Queen en los estudios Mountain, una sesión con ríos de alcohol en el tristemente desaparecido pub White Horse derivó en una jam que a la postre conduciría a la grabación de «Under Pressure». Apareció en el álbum de Queen titulado Hot Space, y supuso su segundo número uno en las listas de éxitos, y el tercero de David.
En 1983, cuando Bowie volvió a concentrar todos los focos sobre él, parecía sobrehumano: de rostro bronceado y radiante, con el pelo dorado y apolíneo, sin el menor rasgo de sus anteriores aspectos: ya fuera Ziggy, el zombi o el Duke. Tuve oportunidad de verlo durante la gira conocida como Serious Moonlight tour. En 1984, Michael Watts, el confidente de Bowie en Melody Maker, contrató a Nicky Horne, a Gary Crowley y a mí, de Capital Radio, para copresentar Ear-Say, un magacín de música rock que dirigía para el canal de televisión Channel 4. Michael y yo nos hicimos amigos. Estaba conmigo cuando mi padre se cayó debajo de un tren en London Bridge allá por diciembre de 1992, circunstancia por la cual perdió el brazo con el que escribía.
La siguiente vez que vi a David fue en 1987, durante el Glass Spider tour. Había abierto con un concierto en los Países Bajos en mayo, estando yo embarazada de seis meses de mi primogénito. El fallecido sir David English, por entonces editor jefe del Daily Mail
