Freddie Mercury - Lesley-Ann Jones - E-Book

Freddie Mercury E-Book

Lesley-Ann Jones

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Beschreibung

Freddie Mercury, uno de los mayores talentos de la música pop de todos los tiempos, ha sido sin duda el más misterioso de aquellos intérpretes que llegaron a convertirse en leyenda. Sin embargo, y a pesar de que su ilimitada creatividad e inigualable sentido del espectáculo le granjeara millones de enfervorizados seguidores en todo el mundo, muy pocos han llegado a conocer al hombre que se escondía tras el mito. La biografía, además de relatar con detalle todos los pasos de su fascinante trayectoria como ídolo de multitudes, explora los aspectos más íntimos de su vida y se detiene en la confusa sexualidad que lo llevó a establecer fortísimos lazos con personas de ambos sexos.

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Seitenzahl: 685

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Lesley-Ann Jones

Freddie Mercury

Traducción de Alejandro Pradera

Índice

Cubierta

Introducción. Montreux

Capítulo 1: Live Aid

Capítulo 2: Zanzíbar

Capítulo 3: Panchgani

Capítulo 4: Londres

Capítulo 5: Queen

Capítulo 6: Cantante solista

Capítulo 7: Mary

Capítulo 8: Trident

Capítulo 9: EMI

Capítulo 10: Colegas

Capítulo 11: Rapsodia

Capítulo 12: La fama

Capítulo 13: Campeones

Capítulo 14: Munich

Capítulo 15: Phoebe

Capítulo 16: Sudamérica.

Capítulo 17: Barbara

Capítulo 18: Jim

Capítulo 19: Liberación.

Capítulo 20: En vivo

Capítulo 21: Budapest

Capítulo 22: Garden Lodge

Capítulo 23: Barcelona

Capítulo 24: Para el camino

Capítulo 25: Leyenda

Agradecimientos

Cronología

Discografía

Bibliografía escogida

Fotografias

Notas

Créditos

Para mi madre y mi padre. Para Mia, Henry y Bridie

INTRODUCCIÓN

Montreux

En aquel momento no escribimos nada. Tomamos notas, como hacían los periodistas en aquellos tiempos, a base de guardar lo que oíamos en nuestra memoria, y a continuación nos disculpábamos para ir al baño, donde garabateábamos en nuestras libretas antes de que nos hiciera efecto el alcohol. Teníamos grabadoras, por supuesto, pero no podíamos usarlas: se cargaban la conversación, sobre todo si nos encontrábamos en algún lugar comprometido. Donde no fuera recomendable admitir que éramos periodistas.

Así que nosotros —un par de redactores y un fotógrafo— nos habíamos largado del festival mediático que se agolpaba ante el centro de convenciones, y nos habíamos escabullido para tomarnos tranquilamente una cerveza en el único pub de la calle principal de Montreux. Un local pequeño y acogedor, lo llamaban el Blanc Gigi: “El Caballo Blanco”. Daba la casualidad de que Freddie estaba allí aquella noche, con un par de amigos suyos, que vestían pantalones ajustados, y que podían ser suizos o franceses. Aquel pub típicamente inglés era uno de sus locales favoritos, y supongo que nosotros lo sabíamos. Freddie no necesitaba guardaespaldas. Necesitaba tabaco. El nuevo redactor del Daily Express era un adicto, siempre llevaba encima cuatro cajetillas. Las noches eran largas para los jóvenes reporteros del espectáculo. Íbamos preparados.

No era la primera vez que me encontraba con Freddie. Habíamos estado juntos varias veces. Siempre había sido aficionada al rock desde niña —conocí a Bowie cuando tenía once años y Hendrix murió el día de mi cumpleaños en 1970 (tenía que ser una “señal”; ¿acaso no lo era todo?)— y las hermanas Jan y Maureen Day, que eran fans de Queen y vivían en Aldershot1, me iniciaron en su apasionante y compleja música el verano que terminé el colegio. Eso ocurrió cuando me vi viajando a su lado en un renqueante autobús con destino a Barcelona y a las playas de la Costa Brava. Cuando todo el mundo tenía una guitarra, y una púa que había pertenecido a George Harrison. Por muchos ejercicios que hiciera para estirar los dedos, nunca conseguí que aquel instrumento llorara2 por mí.

Como no estaba destinada a ser una Chrissie Hynde ni una Joan Jett, desde comienzos de los ochenta hasta aproximadamente 1992 me dediqué a hacer reportajes sobre música rock y pop para el Daily Mail, el Mail on Sunday, para su suplemento, la revista You, y para el Sun. Mi primer encuentro con Queen fue cuando estaba trabajando como periodista novata para Associated Newspapers. Me enviaron a entrevistar a Freddie y a Brian en las oficinas de Queen en Notting Hill un día de 1984, y así surgió una nutrida relación profesional: ellos te llamaban, tú acudías. Los años posteriores ahora parecen una cosa surrealista. Entonces el oficio era más fácil. Habitualmente los músicos y los periodistas viajaban juntos en avión, iban juntos en limusina, se alojaban en los mismos hoteles, comían en la misma mesa, se iban de juerga salvaje en las ciudades más insospechadas.

Unas pocas y preciosas amistades de aquellas consiguieron durar.

Hoy en día las cosas casi nunca son así. Demasiados managers, agentes, promotores, publicistas, mucho personal de la discográfica y gente que simplemente está ahí, todo el mundo trabajando a comisión. Y si no, se lo inventan. Lo mejor para ellos es mantener a raya a gente como yo. En los buenos tiempos conseguíamos colarnos en todas partes por la cara —con o sin acreditación plastificada, con o sin pase de acceso a todas las áreas—. A veces incluso nos escondíamos, sólo para poder quedarnos más. Tirarse el rollo formaba parte de la diversión.

Yo había visto entre bastidores la actuación de Queen en el estadio de Wembley para Live Aid el año anterior —hoy en día no tendría ni la más remota posibilidad— y me invitaron a que les acompañara a lo largo de una serie de conciertos de la gira de Magic en 1986. En Budapest asistí a una recepción privada en honor del grupo en la embajada británica, y presencié su histórico concierto en Hungría, tras el Telón de Acero, que tal vez fue el mejor momento en directo de la historia del grupo. Me gusta pensar que me mezclaba con ellos: simplemente una chica delgada y pecosa de veintitantos años a la que le encantaba el rock and roll.

Lo que siempre me sorprendió fue que Freddie era mucho más menudo de lo que yo le recordaba. Puede que fuera la dieta de nicotina, vodka, vino, cocaína, sus pocas ganas de comer y la promoción que se le hacía como artista. Allí arriba, en el escenario, era tan gigantesco que uno esperaba que fuera imponente también en la vida real. No lo era. Al contrario, parecía bastante pequeño, y encantadoramente pueril. Te entraba instinto maternal: le pasaba a todas las chicas. Despertaba los mismos instintos que el andrógino Boy George, del grupo Culture Club, que se convirtió en el chico favorito de las amas de casa tras “confesar”, aunque maliciosamente, que prefería una buena taza de té antes que el sexo.

En “El Caballo Blanco”, Freddie miraba a su alrededor, arqueando las cejas, murmurando “un pitillo” con esa voz que le caracterizaba, nítida y levemente amanerada. Aquella noche me llamó la atención que Freddie era una completa maraña de contradicciones. Podía ser tan humilde y poco pretencioso fuera del escenario como arrogante sobre él. Más tarde le oí murmurar “pi-pí” en un tono infantil y vi, fascinada, cómo se lo llevaba al lavabo uno de los que le acompañaban. Aquello fue el colmo: me rendí totalmente. Quería llevármelo a casa, darle un baño caliente, pedirle a mi madre que le cocinara un asado. Pensándolo ahora, no es posible que la estrella del rock de altos vuelos se sintiera tan indefenso como para no poder ir solo al baño. Freddie habría sido el blanco más vulnerable del mundo en un lavabo público.

Roger Tavener, el tipo de Express, le ofreció un Marlboro. Freddie vaciló antes de aceptar —habría preferido un Silk Cut—. Nos estuvo observando desde su rincón con un interés vago mientras nosotros alternábamos con los parroquianos. Es posible que, precisamente porque no le prestábamos demasiada atención, viniera a pedir otro cigarrillo. “¿Y dónde os alojáis?”. “En el Montreux Palace”: la respuesta adecuada. Freddie había vivido allí; tenía su propia suite. Él y Queen eran dueños de los estudios Mountain, la única empresa de grabación en aquel suntuoso balneario suizo. En aquella época Mountain tenía fama de ser el mejor estudio de Europa. Le tocaba a Freddie invitar. Otra ronda de lo mismo que hubiéramos pedido antes.

Al cabo de una hora o así dijo: “Evidentemente vosotros sabéis quién soy”, con un destello de reconocimiento en sus ojos de ébano. Pues evidentemente. Él era el motivo de que estuviésemos allí. Unos cuantos vodka-tonics antes puede que incluso Freddie hubiera recordado nuestros nombres. Nos habían enviado los directores de nuestros medios para que asistiéramos al festival anual de la televisión comercial y la entrega de los premios “Rosa de Oro” (los Rose d’Or estaban en su máximo esplendor en Montreux en mayo de 1986), y también habíamos cubierto otro evento relacionado, una gala del rock, retransmitida por muchas cadenas, que era una mal disimulada excusa para que los medios se desmelenaran.

Nosotros pensábamos que Freddie no quería que le molestaran, pero daba la impresión de que era él quien tenía ganas de hablar. En general, no tenía muy buena opinión de los periodistas. Después de haber sido ridiculizado y de que se tergiversaran sus palabras en el pasado, se fiaba de muy pocos de nosotros. David Wigg —que a la sazón era el jefe de la sección de espectáculos del Daily Express, y que también estaba en Montreux— era buen amigo de Freddie. Casi siempre era él quien conseguía la exclusiva.

Nos estábamos acercando demasiado. Y tirando por la borda, lo sabíamos, la posibilidad de una entrevista oficial. Al día siguiente Freddie nos habría calado. Y lo que es peor, también lo habrían hecho su manager y su oficina de prensa. Si nos pasábamos de la raya, desde su punto de vista, probablemente nunca volveríamos a poder acercarnos a Freddie. Aquél era su bar, su territorio. Aun así, Freddie parecía vulnerable y tenso, muy distinto de la estrella que creíamos conocer.

“Por eso estoy aquí”, decía. “Esto está sólo a dos horas de Londres, pero aquí puedo respirar, y puedo pensar, componer y grabar, y salir a dar un paseo, y eso es algo que creo que voy a necesitar durante los próximos años”.

Nos solidarizamos con él. Dimos nuestra opinión sobre los inconvenientes de la fama, que era su problema, no el nuestro. Nosotros intentábamos mantener la calma. Intentábamos mantener la cabeza fría. Queríamos acallar nuestro instinto asesino, que nos habría obligado a salir corriendo a llamar por teléfono a nuestros directores con la exclusiva del año, diciendo que teníamos arrinconado en un garito extranjero al artista de rock más buscado; nos tomamos un par de copas más y esperamos. Aquélla era una oportunidad de oro. Tavener y yo éramos nuevos compañeros de fechorías, queríamos impresionarnos mutuamente, y las cabeceras para las que escribíamos eran feroces rivales. Tendríamos que haber estado enseñándonos los dientes, como dos tiburones. Tranquilizamos a Freddie diciéndole que estábamos acostumbrados a trabajar con famosos, que sabíamos lo que era la privacidad. Que eso es lo primero que sacrifican, y lo último que se dan cuenta de que quieren recuperar. Eso le tocó la fibra sensible.

Miró su vodka de reojo, agitando el vaso.

“Sabéis, eso es exactamente lo que no me deja dormir por la noche”, murmuró. “He creado un monstruo. El monstruo soy yo. No puedo echarle la culpa a nadie más. Es por lo que llevo trabajando desde que era niño. Habría matado por conseguir esto. Me ocurra lo que me ocurra, es todo culpa mía. Es lo que yo quería. Es lo que todos nos esforzamos por alcanzar. Éxito, fama, dinero, sexo, drogas, lo que uno quiera. Yo puedo tenerlo. Pero ahora estoy empezando a darme cuenta de que, de la misma forma que lo he creado, también quiero huir de ello. Empieza a preocuparme el hecho de que no puedo controlarlo, y que en realidad eso me controla a mí.

“Yo cambio cuando salgo al escenario”, admitió. “Me transformo completamente en ese showman total. Lo digo porque eso es lo que tengo que ser. No puedo ser bueno a medias, para eso preferiría dejarlo. Sé que tengo que pavonearme. Sé que tengo que sujetar el soporte del micrófono de una forma determinada. Y me encanta. Igual que me encantaba ver cómo Jimi Hendrix exprimía a su público. Él lo entendía, y también sus fans. Pero fuera del escenario era un tipo bastante tímido. Puede que sufriera por intentar estar a la altura de las expectativas, por ser el hombre salvaje que en realidad no era, una vez que se apagaban las luces. Para mí, subirme a un escenario se convierte en una experiencia extracorporal. Es como si me viera a mí mismo desde arriba y pensara: ‘Joder, eso es genial’. Y entonces me doy cuenta de que soy yo: lo mejor que puedo hacer es ponerme a currar”.

Por supuesto, es una droga”, decía Freddie, “un estimulante. Pero me da mal rollo cuando la gente me ve por la calle, y quiere al tipo del escenario. Al gran Freddie. Yo no soy ése, soy una persona más tranquila. Intento separar mi vida privada del intérprete público, porque es una existencia esquizofrénica. Supongo que ése es el precio que tengo que pagar. No me malinterpretéis, no soy un pobrecito millonario. La música es lo que hace que me levante por la mañana. Tengo verdaderamente muchísima suerte”.

¿Qué podía hacer Freddie al respecto?

“Estoy montando un drama por una tontería, ¿verdad?” Un destello del tipo famoso. “Dinero por un tubo, adulación; estamos hablando de que vivo en Montreux y en el barrio más lujoso de Londres. Puedo irme de compras a Nueva York, a París, adonde me dé la gana. Estoy echado a perder. El tipo del escenario puede hacer esas cosas. Su público lo espera de él. Yo realmente me preocupo de en qué acabará todo”, confesó por fin. “De lo que puede significar formar parte de uno de los grupos más importantes del mundo. Eso trae consigo sus propios problemas. Significa que no puedo salir así como así de paseo y merendar un té con un bollo en una deliciosa tetería de Kent. Es algo que siempre he de tener en cuenta. Es un viaje maravilloso, y estoy disfrutándolo, os lo aseguro. Pero hay veces...”.

No se veía ni un atisbo de amanecer por la parte del casino, ni hacia el otro lado. Freddie se alojaba con un par de amigos en una villa al pie de los picos recortados de los Alpes, un lugar que según Freddie custodiaban antiguo misterios y tesoros perdidos, algunos de ellos escondidos por los nazis durante la guerra. El frío aire de la noche olía a pino. Las montañas, a la luz de la luna, proyectaban sus siluetas sobre el apacible lago.

Lo que era evidente era lo mucho que Freddie adoraba ese refugio: una estampa de caja de bombones de la Riviera del cantón de Vaud, famosa por su festival anual de jazz, por sus viñedos, por Nabokov y Chaplin, por Smoke on the Water, el tema compuesto por Deep Purple en diciembre de 1971 con su inimitable fraseo de guitarra, después de que a un fan le estallara una bengala durante un concierto de Frank Zappa. Ardió todo el casino, y la humareda se esparció por todo el lago Leman mientras Roger Glover lo contemplaba desde la ventana de su hotel, con el bajo en la mano.

“Simplemente arrojad al lago mis restos cuando yo muera”, dijo Freddie en broma. Lo repitió por lo menos dos veces.

La conversación se centró en la importancia de disfrutar las cosas sencillas de la vida. El tema que nadie quería mencionar, el elefante en medio de la sala, como decimos ahora, era que las estrellas del rock eran tan ricas que podían comprarse una vida fantástica en un mundo que la gente como nosotros sólo podía ver en sueños.

¿Qué hicimos con aquella “exclusiva”? No hicimos nada. No escribimos nada. Sólo nosotros lo sabíamos.

Freddie y su grupo eran buena gente. Había sido una noche divertida. Él fue sincero. Probablemente no se fiaba de nosotros como para contárnoslo todo. Sabía quiénes éramos, debió de suponer que íbamos a traicionar su confianza. Puede que él quisiera que lo hiciéramos, para demostrar algo: que los periodistas siempre son una mala noticia. De todas las estrellas del rock, Freddie estaba muy acostumbrado a que le traicionaran, sobre todo las personas como nosotros. Si entonces no lo comprendimos, ahora su forma de actuar tiene sentido. Puede que Freddie tuviera la sospecha de que tenía los días contados. Desde luego vivía como si el mundo se acabara mañana. Puede que simplemente le apeteciera cometer una insensatez en aquel momento, teniendo en cuenta que se sentía prisionero de la fama. Como Tavener y yo sabíamos que Freddie esperaba lo peor de nosotros, ambos acordamos cometer una falta merecedora de despido. No íbamos a vender la confianza de Freddie a cambio de un titular barato.

El amanecer empezó a perfilarse por encima de las montañas cubiertas de nieve. Algunos colores empezaron a salpicar la superficie del agua mientras nos replegábamos hacia el hotel. Nadie hablaba. No quedaba nada que decir. Tavener se fumaba su último cigarrillo.

“La música rock es enormemente importante”, afirma Cosmo Hallstrom, un renombrado psiquiatra que lleva cuarenta años entre la gente importante.

“Representa la cultura tal y como es ahora. Supone ganar mucho dinero, lo que hace de ella un objetivo deseable. Es un fenómeno que no puede ignorarse. Unifica, crea un vínculo común.

”El rock and roll tiene inmediatez. Tiene que ver con las emociones crudas, tempranas, no encauzadas, y con conceptos simples, llevados al extremo. Es tan elocuente que es imposible ignorarlo. Uno no puede evitar que le estimule. Habría que ser sordo, y a lo mejor ni siquiera así. Le habla a una generación. La legitima mejor que ninguna otra cosa”.

“Ser artista es una petición de ayuda”, insiste Simon Napier-Bell, el manager de pop y rock más escandaloso de la industria, que lo sabe muy bien: compuso temas de éxito para Dusty Springfield, hizo famosos a Marc Bolan, The Yardbirds y Japan, se inventó a Wham!, y transformó a George Michael en una superestrella en solitario. Simon nunca se anda con rodeos, sobre todo en esta cuestión.

“Todos los artistas son personas terriblemente inseguras. Están desesperados por llamar la atención. Están constantemente buscando una audiencia. Se ven obligados a ser comerciales, cosa que detestan, pero yo creo que eso hace que su ‘arte’ sea mucho mejor. Además, todos tienen la misma historia, lo que es clave. Por ejemplo, Eric Clapton: la primera vez que le vi, pensé: ‘No es un artista, sólo es un músico’. Cuando Clapton estaba en el grupo de John Mayall, tocaba de espaldas al público de lo tímido que era. Pero a medida que fue evolucionando, me di cuenta de que sí era un artista. Tenía un padre ausente, una hermana que en realidad era su madre, una abuela que él pensaba que era su mamá. Los artistas siempre tienen una infancia marcada por el maltrato o por lo menos en términos de privación emocional. Así que tienen ese elemento de desesperación por conseguir el éxito, por recibir amor y atención. Todos los demás simplemente acaban dejándolo. Porque te lo digo en serio: ser una estrella es absolutamente espantoso. Está muy bien que a uno le den una buena mesa en un restaurante, pero luego hay que soportar que durante la comida vaya alguien a saludarte cada treinta segundos. Es una pesadilla. Sin embargo, las estrellas están encantadas de soportar ese tipo de cosas. Son gajes del oficio.

”Normalmente son absolutamente encantadores con la gente nueva”, prosigue. “Pero hay un lado oculto. Una vez que te han sacado todo lo que pueden, ya no les resultas útil, y te escupen. A mí me han escupido, pero me importa un bledo. Yo comprendo a esa gente, sé lo que les motiva. No tiene sentido enfadarse porque una estrella te trate con descortesía o con crueldad. Ellos son lo que son. Todos tienen en común algún tipo de daño psicológico, y te aseguro que si examinas su infancia, lo encontrarás. De lo contrario, ¿por qué están tan desesperados por ser objeto de aplauso y atención? ¿Tan desesperados que están dispuestos a llevar una vida de mierda que nunca podrás decir realmente que es tu vida? Ninguna persona normal querría ser una estrella. Ni por todo el oro del mundo”.

“Freddie Mercury hizo lo más importante de todo”, apostilla el Dr. Hallstrom. “Murió joven. En vez de convertirse en una vieja reina, gorda, hinchada y presuntuosa, murió en la flor de la vida y se conserva con esa edad para toda la eternidad”. No es una mala forma de morir.

Ésta es su historia.

1

Live Aid

Al organizar este concierto, estamos haciendo algo positivo para que la gente mire, escuche, y a ser posible, done dinero. Cuando la gente se muere de hambre, debería considerarse un problema de todos. A veces me siento impotente. Ésta es una de esas veces en que puedo poner algo de mi parte.

FREDDIE MERCURY

Era el escenario perfecto para Freddie Mercury: el mundo entero.

BOB GELDOF

Hubo un tiempo en que los políticos eran grandes oradores. Durante el último siglo, ese arte ha decaído espectacularmente. De entre todas las disciplinas más insospechadas, el rock and roll es una de las pocas profesiones que quedan donde un individuo o un grupo puede tener a un gran público en la palma de la mano, y controlar a una multitud de miles de personas con su voz. Los actores de cine no pueden hacer eso. Las estrellas de televisión ni siquiera se aproximan. Tal vez eso hace que la superestrella de rock sea la última figura cautivadora de nuestros tiempos. Es lo que me venía a la cabeza cuando estaba entre los cortinajes de los bastidores en el estadio de Wembley el día del concierto de Live Aid, junto a John Entwistle, bajista de los Who, y su novia, Max. Estábamos viendo la actuación de Freddie, en medio de un calor sofocante, ante aproximadamente 80.000 personas, y una audiencia de televisión de... ¿quién sabe cuántos millones? Se han barajado muchas cifras en los años posteriores, pero fueron del orden de “400 millones de espectadores de aproximadamente 50 países por vía satélite”, y unos “1.900 millones en todo el mundo”. Con desenfado, ingenio, descaro y sensualidad, Freddie dio de sí todo lo que tenía. Nosotros le mirábamos boquiabiertos. El rugido ensordecedor de la multitud ahogaba cualquier intento de dirigirse a ella. A Freddie eso no le importaba lo más mínimo. La fuerza bruta que mantenía hechizada a su audiencia era tan potente que casi podía olerse. En el backstage, los nombres más legendarios del rock hacían una pausa para ver cómo su rival se llevaba de calle el concierto. Freddie sabía lo que estaba haciendo, desde luego. Durante dieciocho minutos, aquel inverosímil rey y su Queen fueron los amos del mundo.

La suerte aparece de la forma más insospechada. Que Bob Geldof garabateara algo en su diario mientras iba en taxi cierto día: eso fue una suerte. Era noviembre de 1984. Desde las profundidades de su cerebro, un “campo de batalla de pensamientos antagónicos”, como lo describiría después, surgían fragmentos rudimentarios de unas letras que muy pronto iban a sacudir el mundo. Ocurrió poco después de que Bob viera el terrible boletín de Michael Buerk desde Etiopía, azotada por una hambruna, en las noticias de la BBC. Geldof, horrorizado ante las imágenes que retrataban un sufrimiento de proporciones bíblicas, se sintió conmocionado e impotente a la vez, y sus tripas le decían que tenía que hacer algo. No tenía ni idea de qué. Podía hacer lo que se le daba mejor: sentarse y componer un single de éxito, cuya recaudación pudiera donar a Oxfam. Pero para entonces su banda de punk irlandés, The Boomtown Rats, estaba en declive, y no había conseguido un Top 10 desde 1980. Su cénit se había producido en 1979, un número 1 titulado I Don’t Like Mondays, y ya era agua pasada. Geldof sabía que los aficionados a la música acudirían en masa a comprar un disco benéfico siempre y cuando el artista fuera lo suficientemente importante —sobre todo en la época del año en que se lanzaban los singles de Navidad—. Era cuestión de encontrar una estrella solidaria que estuviera dispuesta a grabarlo. Y cuánto mejor sería si Geldof lograba convencer a toda una galaxia para que participara en una sola canción.

Bob habló con Midge Ure, cuyo grupo, Ultravox, iba a aparecer aquella semana en el programa The Tube —un espacio de rock y pop del Canal 4 presentado por la que entonces era la novia de Geldof (y que poco después sería su esposa), la desaparecida Paula Yates—. Midge se ofreció a poner música a la letra de Geldof y orquestar algún tipo de arreglo. A continuación Bob fue a ver a Sting, a Simon Le Bon, cantante de Duran Duran, y a Gary y Martin Kemp, de Spandau Ballet. Su lista galáctica fue alargándose con el paso de los días, hasta incluir, entre muchos otros, a Boy George, Frankie Goes To Hollywood, Paul Weller, de The Style Council, George Michael y Andrew Ridgeley, de Wham!, y a Paul Young. Francis Rossi y Rick Parfitt, de Status Quo, se apuntaron de buena gana. Y después hicieron otro tanto Phil Collins y Bananarama. David Bowie y Paul McCartney, que tenían otros compromisos, contribuyeron a distancia: mandaron sus voces a Geldof para que las mezclara en el single más adelante. Sir Peter Blake, famoso en todo el mundo por su icónica ilustración de la cubierta del álbum Sargeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de los Beatles, fue el encargado de diseñar la funda del disco. Así nació Band Aid, cuyo nombre era un juego de palabras con una conocida marca de tiritas. Aquella iba a ser una “banda” que iba a “ayudar” al mundo.

Do They Know It’s Christmas? se grabó sin coste alguno en los estudios Sarm West de Trevor Horn, en Notting Hill, al oeste de Londres, el 25 de noviembre de 1984, y se puso a la venta tan sólo cuatro días después.

Aquella semana el número 1 lo tenía el demoledor cantante escocés Jim Diamond, con su sublime e intemporal balada titulada I Should Have Known Better. Aunque el grupo de Jim, llamado PhD, había logrado un gran éxito con I Won’t Let You Down en 1982, él nunca había tenido un éxito en solitario. Por consiguiente, la industria musical se quedó patidifusa cuando el bueno de Jim concedió una entrevista acerca de su éxito en las listas de ventas.

“Estoy encantado de ser número 1”, dijo, “pero la semana que viene no quiero que la gente compre mi disco, sino que quiero que compre el disco de Band Aid”.

“No podía creérmelo”, dijo Geldof. “Yo mismo, que llevaba cinco años sin conseguir un número 1, sabía muy bien lo caro que le iba a costar aquello a Jim Diamond. Simplemente acababa de tirar a la basura su éxito en provecho de los demás. Fue algo auténticamente desinteresado por su parte”.

La semana siguiente Do They Know It’s Christmas? llegó directamente hasta el número 1 en el Reino Unido, vendiendo más que la suma de todo el resto de la lista, y convirtiéndose en el single que se había vendido más deprisa desde la creación de la lista de ventas, en 1952. Sólo en la primera semana se vendió un millón de copias. El disco se mantuvo en el número 1 durante cinco semanas, y vendió más de tres millones y medio de copias. Pasó a ser el single más vendido de todos los tiempos en el Reino Unido, poniendo fin al reinado de nueve años de la magna obra de Queen, la “bar-rock-a” Bohemian Rhapsody. Do They Know It’s Christmas? únicamente sería superada en ventas por el single benéfico de Elton John, editado en 1997, con dos ‘caras A’: Candle In the Wind y Something About the Way You Look Tonight, en una nueva grabación de homenaje a la desaparecida princesa de Gales.

“En Queen estaban verdaderamente molestos porque no les hubieran pedido que aparecieran en Do They Know It’s Christmas?”, admite Spike Edney, un músico de sesión que actuó en las giras de Queen en calidad de quinto miembro de la banda, colaborando en los teclados, las voces y la guitarra rítmica, y que se había hecho un nombre tocando para The Boomtown Rats y toda una serie de grandes grupos.

“Estaba de gira con los Rats y Geldof, y se lo mencioné a Bob. Fue entonces cuando me dijo que tenía esperanzas de montar un concierto, y que sin duda iba a pedirle a Queen que participara. Recuerdo que pensé ‘Ni de coña. Está loco. Esos nunca querrán apuntarse’”.

La reacción de la industria a lo que había conseguido Geldof hasta entonces sugería otra cosa. Pisándole los talones a la hazaña lograda en las listas de ventas británicas, llegó la contribución de Estados Unidos en la forma del supergrupo USA for Africa, y su single We Are the World, compuesto por Michael Jackson y Lionel Richie, y producido por Quincy Jones y Michael Omartian. La sesión de grabación congregó a algunos de los músicos más legendarios del mundo. El disco se grabó en los estudios A&M de Hollywood en enero de 1985, y podía presumir de un reparto estelar: Diana Ross, Bruce Springsteen, Smokey Robinson, Cyndi Lauper, Billy Joel, Dionne Warwick, Willie Nelson y Huey Lewis, entre otros. En total, participaron más de cuarenta y cinco artistas estadounidenses del más alto nivel. Tuvieron que descartar a otros cincuenta. Cuando los elegidos llegaban al estudio les recibía un cartel que les indicaba que “por favor depositen sus egos a la entrada”. También les recibía un pícaro Stevie Wonder, que les informaba de que si la canción no estaba a la altura, o si no salía bien a la primera toma, él y Ray Charles, su colega ciego, iban a ser los encargados de llevarlos a todos en coche hasta sus casas. El disco vendió más de veinte millones de copias, y se convirtió en el single que se había vendido más deprisa en la historia de Estados Unidos.

Fue tras la problemática gira de Queen después del lanzamiento de su nuevo disco, The Works, cuando Geldof dio un nuevo impulso a su campaña de ayuda, y anunció que tenía planes para crear el proyecto de rock and roll más ambicioso de todos los tiempos. Como habían sido ignorados para el single, Queen no se consideraba una opción evidente para el cartel del concierto. Ahora eso parece una ironía. A pesar de su carrera profesional de quince años, de tener un impecable catálogo de álbumes, singles y vídeos, de ingresar millones de libras en concepto de derechos de autor, y tras haber cosechado la mayoría de premios de la música habidos y por haber, gracias a un repertorio que abarcaba el rock, el pop, la ópera, el rockabilly, la música disco, el funk y el folk, la estrella de Queen parecía estar en declive. El grupo había estado fuera del país durante un periodo considerable, entre agosto de 1984 y mayo de 1985, promocionando su álbum, The Works, durante el cual participaron en el festival Rock in Rio en enero de 1985 y actuaron ante 325.000 fans. Pero su gira había estado plagada de problemas. Se hablaba de que iban a seguir cada uno por su camino.

“Obviamente iban a la deriva”, confirma Spike Edney. “Los tiempos habían cambiado, estábamos entrando en un género musical totalmente nuevo. Todo era nuevos románticos, Spandau Ballet y Duran Duran. El éxito y el fracaso no tienen explicación posible, ni tampoco están garantizados. Las cosas se le habían torcido un poco a Queen, sobre todo en Estados Unidos. Tenían todo tipo de problemas con su sello estadounidense. Su confianza estaba tocada. Puede que entre ellos se echaran un poco la culpa unos a otros. ¿Y quién no lo haría?”.

“Oye, la gente se pelea”, razona Rick Wakeman, uno de sus íntimos amigos, el maestro de los teclados y antiguo miembro de Strawbs y de Yes.

“Los miembros de un grupo discuten. Es comprensible: ¿en qué otro trabajo uno está viéndose todo el tiempo? Cuando sales de gira, desayunas, vas a trabajar, compartes cada almuerzo con tus compañeros. El único momento en que estás solo es en la cama —y aún así, no siempre—. Por muy bien que te lleves con ellos, llega un día en que piensas: ‘Si este tío vuelve a rascarse la cabeza, le clavo un cuchillo’. Hay que aprender a dejarse espacio mutuamente. Siempre y cuando estés haciendo la música adecuada, no importa si uno se cabrea, el otro se va a un garito donde pasan drogas, el de más allá se va a ensayar al auditorio, o aquél se escapa a ver un partido de fútbol. Cuando uno junta un grupo de cuatro o cinco personas extremadamente creativas y que hacen cosas asombrosas con sus mentes, sus manos y sus voces, siempre existe la posibilidad de que haya fuegos artificiales. En ese sentido, los miembros de Queen no eran distintos del resto de la gente”.

Tras salir de gira para promocionar su álbum Hot Space, de 1982, un disco asombroso, bailón y sin guitarras, Freddie Mercury, Brian May, Roger Taylor y John Deacon se habían disuelto de hecho, para concentrarse en sus aspiraciones en solitario —sobre todo Brian con Eddie Van Halen en el Star Fleet Project, y Freddie en su propio álbum—. En agosto de 1983 se reagruparon en Los Angeles para colaborar en The Works, su décimo álbum de estudio y su primer CD. Radio Ga Ga fue el primer single. The Works también incluía un tema de rock duro, Hammer to Fall, la lastimera balada Is This the World We Created...? y la controvertida I Want to Break Free, con un vídeo que fue motivo de escándalo, donde los cuatro aparecían vestidos de mujer, remotamente inspirado en una escena doméstica del culebrón de la televisión británica Coronation Street. Aunque el single resultó ser muy popular en el Reino Unido y otros países, ofendió a la conservadora América profunda y provocó enfado entre muchos fans.

Y lo que es peor: Queen acababa de romper el boicot cultural de Naciones Unidas, igual que lo habían hecho Rod Stewart, Rick Wakeman, Status Quo y otros, y había actuado en la Sudáfrica del apartheid. Sus actuaciones de octubre de 1984 en Sun City —el complejo de ocio, con casino, golf y espectáculos de Sol Kerzner en Bophuthatswana— le granjearon al grupo críticas generalizadas, y a consecuencia de ellas el grupo fue multado e incluido en la lista negra del Sindicato Británico de Músicos. Para Freddie, un músico nacido en África, aquello era ridículo. La situación no se resolvió hasta que cayo el régimen de segregación racial en 1993, un año antes de que Nelson Mandela fuera elegido presidente de Sudáfrica. En los años sucesivos, Queen pasaría a ser uno de los mayores y más activos partidarios de Mandela.

“Yo defendí totalmente a Queen cuando fueron a Sudáfrica”, responde Rick Wakeman. “Yo también di un concierto en medio del apartheid, con una orquesta compuesta por zulúes, asiáticos y blancos”.

“Allí interpreté Journey to the Centre of the Earth, y fui crucificado por la prensa británica. Intenté explicarlo, pero no me escucharon. La música no es ‘negra’ ni ‘blanca’, es sólo una orquesta, un coro. Tocar allí no significaba apoyar al régimen del apartheid. George Benson actuó allí. Diana Ross actuó allí. ¿Por qué demonios los cantantes de color podían actuar, pero los blancos no? Eso ya es racista de por sí. Shirley Bassey fue a Sudáfrica, y dijo: ‘Qué diablos, yo soy medio negra y medio galesa, ¿qué puede haber de malo?’. Así que cuando Queen fue a Sudáfrica, yo lo aplaudí totalmente. Pusieron en evidencia lo absurdo que era todo aquello, y llamaron la atención sobre el hecho de que la música no tiene barreras sexuales, culturales ni raciales. Es para todo el mundo”.

La “rockola global” de Live Aid iba a escenificarse el día 13 de junio de 1985 en dos gigantescas sedes. Se habían reservado el estadio de Wembley, en Londres, y el estadio John F. Kennedy, en Filadelfia. La organización resultó ser una pesadilla logística.

“Cuando Bob entró en mi despacho por primera vez para hablar de aquel evento, pensé que estaba bromeando”, recuerda el promotor Harvey Goldsmith. “En 1985 no había aparatos de fax, por no hablar de ordenadores o teléfonos móviles, ni nada parecido. Trabajábamos con télex y teléfonos fijos. Recuerdo que estuve una tarde sentado en mi despacho con un gran mapa de los satélites y un viejo calibre, intentando establecer dónde iba a estar el satélite a determinadas horas. Además, cuando fuimos a la BBC, Bob se puso a dar puñetazos sobre la mesa diciendo: “Quiero diecisiete horas de televisión”; era algo revolucionario. Una vez que la BBC se comprometió, pudimos utilizarlo como instrumento de presión y convencer a las cadenas de todo el mundo para que hicieran lo mismo. Era la primera vez que ocurría una cosa así. Mi trabajo consistía en reunir todas las piezas y conseguir que funcionara”.

A continuación vino el reto de convencer a los grandes nombres del rock, algunos de los cuales ya habían participado en la grabación de los singles benéficos, para que actuaran y recaudaran más dinero a favor de la gente que se estaba muriendo de hambre. Aquello resultó ser una represalia increíblemente flagrante por parte de la hermandad de la música contra los gobiernos de todo el mundo que no habían sido capaces de hacer nada.

En palabras de Francis Rossi, de Status Quo: “Fuimos los gilipollas del rock and roll quienes tomamos cartas en el asunto. Ahora que me acuerdo me cabreo. Creo que si todo el mundo hubiera arrimado el hombro —si en aquel momento hubiéramos entendido la magnitud de lo que podíamos conseguir— podríamos haber obligado a las compañías petrolíferas, a las BPs y a las Shells, y a quién sabe cuántas más, a poner algo de su parte. Podríamos haber conseguido veinte veces más de lo que se recaudó. No me digas que el gobierno no podría haber legislado para resolver los problemas que había con la publicidad y cosas así. Podrían haberse involucrado todas las grandes empresas, y el resultado habría sido colosal. En aquella época era territorio virgen. Hoy en día no pensamos lo mismo de Live Aid. Pero aún así, todo el mérito es de Bob. Consiguió algo que muy pocos habrían logrado”.

¿Cómo consiguió Geldof que Queen participara?

“Bob me pidió que le preguntara a los miembros del grupo si estarían dispuestos, cosa que tuve oportunidad de hacer cuando Queen se fue de gira por Nueva Zelanda”, dice Spike Edney. “A lo que respondieron: ‘¿Y por qué no nos lo pide el propio Bob?’ Les expliqué que tenía miedo de ser rechazado. No parecían muy convencidos, pero dijeron que estaban dispuestos a considerarlo. Se lo dije a Bob, y él se puso oficialmente en contacto con Jim Beach, el manager de Queen”.

Más tarde Geldof contó cómo les convenció:

“Conseguí localizar a Jim en... un pequeño complejo turístico junto al mar donde estaba pasando unos días, y le dije: ‘Mira, por Dios, ¿pero qué problema tienen?’. Jim dijo: ‘Verás, es que Freddie es muy sensible’. Así que yo dije: ‘Dile a ese maricón que va a ser lo más grande que ha ocurrido nunca, algo más que colosal’. Así que al final, cuando volvieron, dijeron que sí, que iban a hacerlo sin lugar a dudas, y yo pensé: ‘¡Estupendo!’. Y cuando actuaron en Live Aid, Queen fue con mucho la mejor banda del concierto. Los gustos de cada cual no importaban. Cuando llegó el día, Queen actuó a su mejor nivel, tenía el mejor sonido, aprovechó al máximo su tiempo. Comprendieron exactamente la idea: que era una rockola global, tal y como yo lo había descrito. Simplemente llegaron y soltaron un éxito tras otro. Fue sencillamente increíble. En aquel momento yo estaba en el palco de autoridades en el estadio de Wembley y de repente oí aquel sonido. Pensé: ‘Dios mío, ¿quien ha conseguido sacar ese sonido?’”.

Geldof no tenía forma de saber, ni tampoco nadie más en aquel momento, que justo antes de su actuación, a las 18,40, James “Trip” Khalaf, ingeniero de sonido de Queen, se fue a “comprobar el sistema” y subrepticiamente modificó los limitadores.

“Hicimos más ruido que nadie en Live Aid”, confesaba Roger Taylor. “¡En un estadio hay que abrumar al público!”

“Salí fuera”, decía Geldof, “y vi que era Queen. Miré hacia abajo, por encima de aquel público enloquecido, y el grupo estaba impresionante. Creo que al final estaban encantados, sobre todo Freddie. Era el escenario perfecto para él: el mundo entero. Y pudo mariconear por el escenario cantando We Are the Champions y todo lo demás, ¿sabes? ¿Qué más se podía pedir?”

“No conocíamos de nada a Bob”, comentaba John Deacon en una de sus escasas entrevistas. “Cuando salió Do They Know It’s Christmas?, en su mayoría eran artistas noveles. Para el concierto Bob quería a muchos artistas consagrados. Nuestra primera reacción fue que no estábamos seguros: ¡tan sólo veinte minutos, sin pruebas de sonido! Cuando parecía claro que se iba a hacer acabábamos de volver de gira por Japón y tuvimos una comida en el hotel para discutir si íbamos a participar... y dijimos que sí. Aquel día me sentí orgulloso de formar parte de la industria musical. Porque, desde luego, ¡hay muchos días que no me siento así! Pero aquella jornada fue fabulosa, la gente olvidó ese elemento de competitividad...; a nosotros nos subió mucho la moral, porque nos demostró lo fuerte que era nuestro apoyo en Inglaterra, y nos enseñó todo lo que teníamos que ofrecer como grupo”.

“No hay nada de magia en la forma en que montamos la actuación”, admite Spike Edney. “Nos sentamos a discutir qué canciones íbamos a tocar, y al final se nos ocurrió la idea de tocar un medley de grandes éxitos. La cosa no tenía mucho misterio —cuando uno tiene un montón de canciones, y no es capaz de elegir, eso es lo más fácil—. Todo salió muy natural, a pesar de que teníamos el tiempo muy medido. Todos los miembros del grupo son unos perfeccionistas terribles... y eso también es bueno. Aquel día, en conjunto, todo salió asombrosamente bien.

“Queen había ensayado muy en serio en el teatro Shaw de Londres, en la calle Euston, durante una semana entera, mientras que otros simplemente llegaron y tocaron como quien toca en la calle”, recuerda Peter “Phoebe” Freestone, el ayudante personal de Freddie. “Por eso fuimos los mejores del concierto. Recuerdo que Freddie se quedó boquiabierto cuando empezó a cantar Radio Ga Ga y vio miles de manos empezar a dar palmas. Aquello le deslumbró, porque nuca había visto nada parecido. Esa canción sólo la habían interpretado con el público a oscuras”.

Sin embargo, Spike Edney recuerda las cosas de una forma un tanto distinta, e insiste en que Freddie había adoptado completamente la actitud de “quiero oíros” con el público, y que tanto él como el grupo tenían la cosa totalmente controlada. Por lo que yo vi, tengo que darle la razón. Aquél fue el momento supremo de Queen, para el que habían estado construyendo toda su carrera.

“Detrás del escenario había un caos organizado”, recuerda Spike. “Allí todo el mundo se mostraba sumamente encantador y abierto. Nadie hacía nada de mala fe, ni intentaba quedar mejor que los demás. Hasta que Queen salió al escenario, todo era como un bonito picnic veraniego. Eso no quiere decir que Queen fueran calculadores y astutos. Simplemente hicieron las cosas como las hacían normalmente, y esperaban que todos los demás hicieran lo mismo. Me sorprendió mucho oír a determinados artistas, que salieron cantando a grito pelado su último single, diciendo: ‘¡Ese público de ahí no es vuestro!’. Queen no hizo eso. Simplemente hizo lo que Bob le había pedido: ‘la mejor actuación de rock de todos los tiempos’, como suele denominarse hoy en día. ¿Qué significa eso en realidad? Pues que había una banda, en el momento cumbre de su carrera, que estaba haciéndolo lo mejor posible y dando una sorpresa de mil demonios a todo el mundo”.

“Nadie estaba preparado... salvo Queen”, recuerda Peter Smith, el coordinador mundial del evento, y autor del libro Live Aid. “Yo veía el escenario en los monitores del backstage. La BBC había instalado monitores de televisión por toda la zona de los artistas. Junto con los muchos relojes que había encargado Harvey, aquellos televisores tenían a todo el mundo perfectamente al tanto en qué fase del programa nos encontrábamos. Queen hizo pedazos el reglamento y lo reescribió en tan sólo veinte minutos. El efecto fue palpable. Live Aid iba viento en popa”.

Pese a estar en su mejor momento tanto musical como técnicamente —en aquella época no existía una grupo de rock más profesional—, el prestigio de Queen parecía estar condenadamente en declive en la escena mundial. Su popularidad se había deteriorado debido a una plétora de errores de cálculo y de contratiempos, y a un cambio general y de gran calado en los gustos musicales. Los miembros de Queen empezaban a pensar que sus buenos tiempos estaban tocando a su fin. Se presagiaba una disolución definitiva. Ellos lo habían hablado. Gracias a Live Aid todo aquello estaba a punto de cambiar.

Sin embargo, ¿por qué estaba la gente tan asombrada por su electrizante actuación? Ni siquiera el propio Spike Edney podía entenderlo.

“¡Aquello era precisamente la esencia de Queen!”, decía entre risas. “Era un grupo bien conocido en todo el mundo por sus grandiosos espectáculos, por dar todo lo que tenía. Tenían mucha experiencia en actuaciones en estadios, no eran precisamente unos novatos. Aquél era su hábitat natural, y cuanto mayor fuera el público, mejor. Eran capaces de hacer cosas así prácticamente dormidos. ¡A Queen le sorprendió que todo el mundo se sorprendiera, francamente! Para ellos, era como cualquier otra jornada de trabajo. Dicho esto, cuando terminó la actuación, sabíamos que lo habíamos conseguido. Después de Live Aid, Queen descubrió que su mundo había cambiado por completo”.

Bernard Doherty organizó las relaciones públicas del evento, y aquel día se ocupó de todos los medios.

“Sabíamos que teníamos que ganarnos la simpatía de la prensa para asegurarnos una cobertura máxima. Yo solo tenía dieciocho pases plastificados de prensa de categoría AAA, pero había cientos de periodistas. Tuvimos que encontrar la forma de que los periodistas los compartieran. Le fui diciendo a todos ellos, uno por uno: ‘Bueno, tienes cuarenta y cinco minutos para estar ahí dentro, consigue todo lo que puedas, y vuelve a salir. Nos veremos en el Hard Rock Café’, del que había una ‘sucursal’ detrás del escenario. El backstage estaba montado al estilo caravana de carretas, donde todos los camerinos sobre ruedas de los artistas miraban hacia adentro, y donde Elton había montado una barbacoa en medio de todo el barullo porque no le gustaba la comida que ofrecía el café. David Bailey montó su estudio de fotografía en un rincón apestoso, no estaba muy contento. Nadie podía decir que su situación fuera ideal. Todo se montó deprisa y corriendo. Pero de alguna manera se consiguió. Todo el mundo se metió en el espíritu del evento, la mayoría dejó su ego en casa, y funcionó”.

En aquella época Doherty tenía como cliente a David Bowie, y se veía obligado a encargarse también de sus necesidades.

“Siempre es un poco agobiante tener que encargarte de tu artista y trabajar en otra cosa al mismo tiempo. En mi caso, aquel día, en otras dieciocho cosas. David y Elton no podían ni verse —evidentemente se habían peleado—. David salió contento de su actuación. Elton lo hizo bien. El único músico al que David le gustó ver de verdad era a Freddie. Estaban realmente encantados de estar juntos otra vez. Se pusieron a charlar, como si acabaran de verse la víspera. El afecto entre ambos era tangible. David llevaba puesto un traje azul asombroso, y tenía un aspecto increíblemente despierto y saludable. Justo antes de que David saliera a escena, Freddie le guiñó un ojo y le dijo: ‘Si no te conociera tan bien, querido, tendría que comerte’. No es de extrañar que David saliera al escenario con una sonrisa tan grande en su rostro”.

Durante todo el día Freddie se mantuvo tranquilo.

“Era el centro de atención, con ese estilo suyo, amanerado pero bastante humilde”, confirma Bernard. “Él sabía el poder que ejercía sobre la gente, pero no se le había subido a la cabeza. Si hubiera estado sentado delante de una cabina de playa en Southend-on-Sea, habría dejado a la gente boquiabierta. Era una verdadera estrella, con esa cualidad indefinible. De quien yo no tenía noticias era de John Deacon, ¿dónde estaba? Y tampoco vi que Brian May y Roger Taylor intercambiaran palabra durante todo el día. Eran como una pareja divorciada en la misma fiesta”.

Francis Rossi, de Status Quo, discrepa:

“Yo no suscribo la teoría de que Queen estaba a punto de disolverse en aquella época. A mí me parecía que se llevaban bien, y conocíamos bastante bien a los miembros del grupo. Todas las bandas tienen sus diferencias. Desde luego ellos estuvieron unidos en su compromiso con la causa de Live Aid”.

A pesar de todo, por la zona del backstage circulaban todo tipo de rumores sobre una inminente disolución de Queen.

“Saltaba a la vista”, insiste Bernard Doherty. “Aunque no cuando salían al escenario. Si había diferencias, ellos eran lo suficientemente inteligentes como para dejarlas a un lado y dedicarse a la tarea que tenían entre manos. Y aquel día salieron y ganaron. Queen se apuntó el factor sorpresa. ¿Qué otra cosa recordamos de Live Aid? Que el sonido se vino abajo con los Who. Que Bono entró en trance, perdió el hilo, y confundió a sus compañeros al romper las reglas de las actuaciones aquel día; después de aquello, los demás miembros de U2 dejaron de hablarle”.

Pese a que Live Aid resultó ser la actuación que consolidó a U2 como un grupo de estadio, con un futuro de superestrella, las cosas estuvieron a punto de salir horriblemente mal. No sólo tocaron una versión autocomplaciente, que duró catorce minutos, de su “canción de la heroína”, Bad, de su álbum de 1984 titulado The Unforgettable Fire, sino que Bono la salpicó arriesgadamente con ráfagas de los temas Satellite of Love y Walk on the Wild Side, de Lou Reed, así como con fragmentos de Ruby Tuesday y Sympathy for the Devil, de los Rolling Stones. Aquello sólo les dejó tiempo para otro tema más, lo que les obligó a tocar deprisa y corriendo su tema final, Pride (In the Name of Love), que posteriormente se convertiría en un gran éxito mundial. Entonce Bono se fijó en una joven que a él le pareció que estaba siendo aplastada por la multitud cuando el público, reaccionando al carisma del cantante, se abalanzó hacia adelante. En aquel momento se informó de que Bono había hecho desesperadamente todo tipo de señas al servicio de orden del estadio para que sacaran a la chica del aprieto, pero que los responsables del orden no le habían entendido... así que Bono saltó del escenario para ayudarla él mismo; a continuación la abrazó, la consoló, y acabó bailando con ella. Posteriormente, las entrevistas que se hicieron a las fans de U2 —aquel día Bono besó y bailó con más de una chica— han revelado que se trató más de una maniobra por parte de Bono, a fin de demostrar lo brillantemente que podía conectar con su público. Sea como fuere, aquel incidente se convirtió en una imagen indeleble de Live Aid, que tuvo como consecuencia que todos los álbumes de U2 volvieran a aparecer en las listas de discos más vendidos en el Reino Unido.

“Sin embargo, lo cierto es que aquel día U2 pensaba que la había cagado”, decía Doherty. “Simon Le Bon1 realmente la cagó, con el peor gallo de todos los tiempos”. Y además a los críticos se les caía la baba por Bowie. Phil Collins tocó tanto en Wembley como en Filadelfia, por cortesía del Concorde, aunque yo creo que mucha gente deseaba que no se tomara tantas molestias, sobre todo los componentes de un Led Zeppelin reagrupado a toda prisa, y con el que Phil tocó la batería en Filadelfia. En lo que respecta a Queen, ellos hicieron exactamente lo que les había pedido Bob. Yo estuve viendo la actuación desde bastidores y me quedé impresionada. Estaba detrás de Freddie, a muy pocos metros de él, y por encima de su hombro veía el piano. Me quedé mirando al público con cierta inquietud. Nunca se sabe: incluso las mejores actuaciones del mundo pueden resultar un fracaso, y uno nunca sabe por qué.

No teníamos por qué preocuparnos. Queen recurrió a todas sus fuentes de inspiración, en todas direcciones. Dieron todo lo que tenían. En aquel momento acudieron a mi mente muchísimos artistas de máximo nivel: Alex Harvey, el gran roquero glam de la sensacional Alex Harvey Band, Ian Dury y The Blockheads, Mick Jagger, Ziggy Stardust y The Spiders. Es posible que lo que Freddie desplegó mejor que en cualquier otra ocasión fuera su cualidad instintiva de estrella, así como una comprensión formidable de en qué consiste una actuación que es imprescindible ver. Hizo acopio de todo su talento para el vodevil. Era como si hubiera estudiado y absorbido los secretos mejor guardados de todos los artistas insuperables que habían existido antes que él, y hubiera infundido por arte de magia un poco de todas esas estrellas en su propia actuación. Fue una fórmula sensacional. Freddie, el pavo real por excelencia, nos sedujo a todos.

Y no es que Freddie supiera, como admite Doherty, que Queen estaba haciendo historia aquel día.

“No, aquel mismo día, no. Yo llevaba puestos los auriculares, y un walkie-talkie —entonces no existían los teléfonos móviles—. Estaba preocupado por Dave Hogan y Richard Young, que estaban en el foso. Tenía que ocuparme de Bob y Harvey. Todo pasaba al mismo tiempo, tenía muchas cosas en la cabeza. Yo sabía que el grupo lo estaba haciendo bien, desde luego. El público se estaba volviendo loco. Todo el mundo dejó de hablar en el backstage para escucharles. Era algo fuera de lo común. Normalmente no ocurre nunca... ¿Quién actuó después de Queen? Casi nadie se acuerda. ¿De qué me acuerdo yo? De que Freddie Mercury fue el mejor intérprete de aquel día. Puede que el mejor intérprete de todos los tiempos”.

David Wigg, el veterano periodista que entonces trabajaba para el Daily Express, era íntimo amigo de Freddie desde hacía mucho tiempo:

“Fui el único periodista al que permitieron acompañar a Freddie en su camerino mientras se preparaba para la actuación de Queen en el mayor concierto del mundo”, afirma. “Freddie estaba muy relajado, y deseando salir a escena y hacer su parte”.

“Vamos a tocar unas canciones con las que la gente se identifica, para que sea una ocasión alegre”, explicaba Freddie.

Freddie y David comentaron los motivos que había detrás de Live Aid, y hablaron de las experiencias del propio Freddie en su infancia:

“Me contó que por primera vez se dio cuenta de que tenía más suerte que muchos niños cuando le enviaron a un colegio interno inglés en India, y descubrió a través de sus ojos de niño las condiciones de vida de los pobres de aquel país”.

“Pero por supuesto”, había insistido Freddie, “esto no lo hago por un sentimiento de culpa. No me siento culpable sólo porque yo sea rico. Aunque no participara, el problema seguiría ahí. Es algo que por desgracia siempre estará ahí. La idea de todo esto es conseguir que el mundo sea consciente de lo que está pasando. Al organizar este concierto, estamos haciendo algo positivo para que la gente mire, escuche, y a ser posible, done dinero. Y tampoco deberíamos contemplarlo en términos de nosotros y ellos. Cuando la gente se muere de hambre, debería considerarse un problema de todos”.

Freddie le confesó abiertamente a “Wiggie” que cuando vio el reportaje en televisión de los millones de personas que estaban muriéndose de hambre en África, tuvo que apagar su televisor:

“Me perturba tanto que simplemente no puedo verlo. A veces me siento realmente impotente, y ésta es una de esas veces que puedo poner algo de mi parte. Bob ha hecho algo maravilloso, porque él ha sido realmente la chispa. Estoy seguro de que todos teníamos la idea de hacer algo así, pero hacía falta alguien como él que se convirtiera en la fuerza motriz, y que consiguiera realmente que nos juntáramos todos”.

Para un espectador del concierto, aquel día fue aún más abrumador por el hecho de que aquélla fue su primera experiencia con el rock. Jim Hutton, el humilde peluquero que se había convertido en pareja de Freddie poco tiempo antes de Live Aid, siguió con él y compartió con Freddie el resto de su vida. Poco podía sospechar aquel día que, tan sólo seis años después, iba a estar ayudando a preparar a su novio para el entierro. Era la primera vez que Jim, que acudió al concierto a lo grande, en calidad de pareja de Freddie en la limusina propiedad de la estrella, acudía a un concierto de cualquier tipo, y que veía a Queen actuar en vivo.

“¡Qué apuro pasé!”, decía Jim entre risas. “A decir verdad, yo estaba bastante impresionado por todas aquellas superestrellas tan glamourosas. Cada miembro del grupo tenía su propio remolque. Todas las esposas estaban allí, así como los hijos de Roger y Brian. Freddie conocía a todo el mundo. Me llevó a conocer a Bowie, al que en realidad yo había conocido en otra ocasión, cuando le corté el pelo. Incluso me presentó a Elton John como ‘mi nueva pareja’. A Freddie no le hacía falta tiempo para prepararse, simplemente iba a salir al escenario con lo que llevaba puesto cuando salimos de casa: una camiseta blanca y unos vaqueros desteñidos. También llevaba puestas sus zapatillas de deporte favoritas, un cinturón y un amuleto con incrustaciones. Cuando les llegó el turno de salir, se tomó otro vodka-tonic grande y dijo: ‘Vamos allá’.

”Le acompañé hasta el escenario y le di un beso para desearle buena suerte. No es que le hiciera falta. Escuchar cómo tocaban en vivo aquellas canciones —un trozo de Bohemian Rhapsody, con Freddie al piano, Radio Ga Ga, mientras el público enloquecido daba palmadas al unísono, Hammer to Fall, y después oír a Freddie a la guitarra, atronando con Crazy Little Thing Called Love, We Will Rock You y We Are the Champions...— fue simplemente alucinante para un tipo sencillo como yo. Más tarde, cuando ya era de noche, Freddie y Brian volvieron al escenario juntos, ellos dos solos, e interpretaron aquella balada maravillosa, Is This the World We Created...? La habían grabado mucho tiempo antes de Live Aid, ¿no?, pero era como si la hubieran compuesto especialmente para la ocasión. La letra era muy acertada, y la forma en que Freddy la cantó fue sencillamente mágica. Me conmovió hasta hacerme llorar, cosa que Freddie hacía muy a menudo”.

Por fin Jim, que falleció de cáncer en enero de 2010, diecinueve años después de la muerte de Freddie, veía a su novio, una estrella del rock, trabajando:

“Lo dio todo sobre el escenario. Me dejó asombrado. Después, cuando terminó su actuación, parecía contento de que se hubiera acabado. ‘Gracias a Dios que se ha terminado’, dijo entre risas. Otro buen trago de vodka, y se quedó tranquilo. Nos quedamos hasta el final para estar al tanto de todas las actuaciones, pero a Freddie no le apetecía nada asistir a la fiesta posterior al concierto en el club Legends. Por el contrario, nos volvimos a casa, a Garden Lodge, como un matrimonio mayor, para ver por televisión el resto de la parte americana”.

Aquel día brillaron por su ausencia los propios padres de Freddie. Asistían a menudo a los conciertos de Queen en el Reino Unido, pero aquel día decidieron presenciar el espectáculo desde casa:

“Era un evento tan colosal que habría resultado demasiado complicado”, recordaba Jer, la madre de Freddie, y sugería que ella y Bomi, el padre de Freddie, se habrían visto desbordados tanto por la multitud como por la logística del trayecto de ida y vuelta al estadio. “Así que lo vi por televisión. Estaba muy orgullosa. Mi marido me miró y me dijo ‘Nuestro chico lo ha conseguido’”.

Desde el punto de vista de los profesionales encargados de transmitir y grabar el evento, la contribución de Freddie había sido poco menos que sensacional. Mike Appleton, antiguo productor de The Old Grey Whistle Test —la influyente serie de la BBC sobre rock—, recuerda la actuación de Mercury como algo “fascinante”:

“Para empezar, ni siquiera se suponía que Freddie iba a salir al escenario. Los médicos le habían dicho que estaba demasiado enfermo como para actuar. Su garganta estaba fatal, por culpa de un resfriado o algo parecido. No estaba del todo bien, pero él insistió una y otra vez. Y resultó que él y Bono, de U2, acabaron siendo los intérpretes de más éxito aquel día.

”Resultaba muy interesante ver a Freddie por los monitores —yo estuve todo el día encerrado en una unidad móvil asfixiante—. Estábamos literalmente construyendo un programa en vivo sobre la marcha. A las cinco de la tarde empezamos a conectar con Filadelfia, alternando veinte minutos aquí con veinte minutos allí, metiendo una entrevista de aquí, un trozo de una actuación grabada de allí, algunos momentos estelares de la primera hora en este hueco... es realmente una forma apasionante de hacer televisión, y es la única forma en que me gusta trabajar. Freddie sencillamente salió al escenario, se adueñó inmediatamente de él, fría y tranquilamente, y a continuación procedió a adueñarse del público.

”En aquella época el interés por Queen había decaído hacía tiempo, ya que llevaban una temporada sin conseguir un impacto significativo con un álbum. La experiencia de Live Aid acabó poniéndoles de nuevo en el mapa, y tuvo ese mismo efecto en el negocio de la música en su conjunto. Globalmente, las ventas subieron. Live Aid resultó un reconstituyente para toda la industria. Dado que Freddie fue la estrella indiscutible de aquella jornada, fue indudablemente el principal ingrediente de ese reconstituyente. Aquel día estuvo más dominante que en cualquier otra ocasión que yo hubiera presenciado con anterioridad. Puede que emocionalmente el día fuera de Bob. Musicalmente no cabe duda de que fue de Freddie”.

Más tarde Mike recibió el premio BAFTA (British Academy of Film and Television Arts) por Live Aid como productor de la mejor retransmisión en exteriores.

Dave Hogan, que captó el espectáculo en fotos, comparte la opinión de Appleton:

“Tan sólo nos escogieron a seis como fotógrafos oficiales de Live Aid