Heterocarion 2 - Mirna Tamara Ocampo - E-Book

Heterocarion 2 E-Book

Mirna Tamara Ocampo

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Beschreibung

Diseñar un robot no es tarea fácil, armarlo mucho menos y hacerlo pelear contra el robot de un adversario sobre un ring con miles de personas mirando… ¡ni hablar! Luego de haber sobrevivido a la invasión jupitariana y de haber arribado en Marte, Álmira consigue trabajo en una fábrica y, por las tardes, va al instituto para finalizar la secundaria. Pero al cabo de un tiempo, descubre que ese empleo no lo retribuye de manera satisfactoria, su jefe lo obliga a realizar tareas ilícitas y sufre acoso laboral por parte de sus compañeros. Uno de esos días, Álmira toma la decisión de crear un megatrón él mismo y de llevarlo a una discoteca llamada La Casa de los Trones, para hacerlo batallar contra los robots de sus adversarios. Pronto, Álmira descubrirá que su talento como troner es mayor del que creía y que tiene muchas chances de ganar más dinero con eso que en la fábrica donde trabaja, pero hay un impedimento: las batallas clandestinas de robots son ilegales y los troners son llevados a la cárcel. Álmira deberá debatirse entre hacer lo correcto o entregarse sin miedo a su profesión, mientras lidia con las interrogantes típicas de un adolescente, con el peso de la muerte de su familia, con la soledad que lo abruma y con la culpa que siente por no haber salvado a su hermano del soldado jupitariano que lo asesinó.

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Seitenzahl: 715

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Corrección de texto: Ana Lucía Agüero.

Ocampo, Mirna Tamara

Heterocarion 2 : la casa de los Trones / Mirna Tamara Ocampo. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

498 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-862-2

1. Narrativa Argentina. 2. Ciencia Ficción. 3. Novelas de Ciencia Ficción. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022.

© 2022. Tinta Libre Ediciones

HETEROCARION 2LA CASA DE LOS TRONES

Capítulo 1

Marte

Los meses transcurrieron aburridos. En la nave espacial había aproximadamente trescientas personas. Hubo casos increíbles en los que familiares se reencontraron después de varias semanas separados, como pasó con una mujer que hacía poco había encontrado a su esposo entre la tripulación.

De no ser por las veces que jugaba al baloncesto junto a Patrick y Pascar, Ian permanecía al lado de Debra. Era la primera vez que su relación volvía a tener tintes amorosos, después de un buen lapso de tiempo tratándose como si solo fueran soldados del mismo escuadrón. Las habitaciones eran compartidas, así que se encontraban en los pasillos para compartir placeres mientras los demás dormían, sorprendiéndose de lo mucho que se habían necesitado el uno al otro.

Para los demás, los seis meses transcurrieron con una tranquilidad que habían anhelado desde hacía mucho tiempo. Judit había entablado amistad con un muchacho de su misma edad. A ojos de Debra, la relación podía prosperar hacia algo más, ya que los había encontrado demasiado cerca una que otra vez. Aunque debía tener en cuenta que el encierro a veces hacía de las suyas, y no había prueba más factible de eso que haber encontrado a Switch y a Nímedes besándose a escondidas en un compartimiento. Algo que jamás pensó que podía llegar a pasar, por la diferencia de edades entre ellos y por la particular obsesión de Switch por regañar a los demás como si se tratara de la madre del escuadrón. Cuando Debra y Ian los encontraron infraganti, ambos intentaron excusarse como si fueran adolescentes.

Para cuando el viaje llegó a su fin, los miembros de la GET comenzaron a descriogenizar a los durmientes. Una voz neutra recorrió cada recoveco de la nave anunciando que se encontraban a un kilómetro de la atmósfera artificial marciana.

Todos se pegaron a la vitrina para presenciar la apertura al gran planeta rojo. La atmósfera artificial se horadó a sí misma en un perfecto círculo que se hizo más y más grande para dar espacio a todas las naves terrícolas. Ni bien traspasaron el colchón de nubes, se amontonaron para ver las construcciones de un planeta que parecía estar a mil años luz de la Tierra.

—Dios… Es impresionante —exclamó Nímedes.

La plataforma era muy diferente a la terrícola. Esta se dividía en tres sectores bien distinguidos: el Alto Marte, el Medio Marte y el Bajo Marte. Desde la nave solo podían ver el Alto Marte, donde predominaban las ciudades flotantes. Estas se interconectaban con las ciudades del Medio Marte a través del circuito automovilístico, que desprendía electromagnetismo para impulsar a los vehículos.

La bandera negra, con un círculo rojo en el centro que representaba al planeta mismo, flameaba en los mástiles de los edificios, desplegando una soberbia patriótica plenamente arraigada a la cultura marciana.

El ejército marciano se formó en la base militar, situada en la colosal ciudad de Danes, capital del planeta. Los soldados formaron un perfecto frente ante el arribo de las astronaves.

—Bienvenidos a Marte, hermanos terrícolas —saludó una mujer delgada, parada frente a la hilera de soldados. Llevaba el cabello corto perfectamente peinado y vestía un traje negro. Era, obviamente, Scarlett Brulosky, la cónsul marciana, autoridad máxima del planeta rojo.

A medida que los terrícolas abandonaban las naves, la cónsul se acercaba a cada uno de ellos acompañada por un círculo de soldados que la protegía. Les extendió la mano con amabilidad. Debra se fijó en la altura de Scarlett: mucho más baja que ella. Se movía con elegancia, impregnando el aire con su perfume. Lucía joven, tendría apenas diez o quince años más que ella.

—¿Son ustedes los únicos? —preguntó Scarlett, estirando el mentón para ver si veía más naves en el cielo.

—Faltan los que fueron criogenizados, su señoría —respondió Patrick con reverencia.

—Ya veo. ¿Y dónde están ellos?

—Están siendo atendidos por los guardianes. Deben cerciorarse de que todo esté bien antes de liberarlos —explicó Debra, a lo que la cónsul asintió.

—De acuerdo, mis valientes. Ellos esperarán. Ustedes vengan conmigo —exigió, y se volteó caminando al frente con decisión. Más de veinte mil terrícolas de diversas naves siguieron a la cónsul hacia lo que parecía una terminal militar—. Esperarán a que los remolques vengan por ustedes y los lleven al albergue para refugiados. Yo iré a verlos en cuanto me desocupe —alegó, sonando fría y distante a pesar de estar sonriendo.

Debra, consternada, la siguió con la mirada hasta que Scarlett salió fuera de la terminal.

—¿Desocuparse de qué? ¿Hay algo más importante que lo que nos está pasando? —resopló.

Patrick, Pascar y Ian se encogieron de hombros. Permanecieron en silencio hasta que Judit se les unió al cabo de un rato.

Después de haber sido descriogenizado y de haber pasado por la inspección médica, Álmira atravesó la pista de aterrizaje de las naves espaciales para dirigirse a donde se encontraba el resto de los terrícolas, no obstante, fue detenido por un soldado marciano.

—¿Qué es eso que tienes ahí? —preguntó el sujeto, escudriñando con la mirada a Labo, a quien Álmira llevaba en brazos.

Álmira, que apenas tenía fuerzas para hablar, fue breve:

—Un robot —respondió muy débilmente—. Es inofensivo.

—Si viene de la Tierra está infectado —dijo el soldado—. Ningún robot terrícola puede ingresar al territorio marciano o infectaría a nuestros robots. Debe ser exterminado.

Álmira suspiró. Labo era la única posesión que le recordaba a su hermano. Sin embargo, el soldado no esperó a que se lo entregara; sin ningún tipo de escrúpulos se lo arrebató violentamente de los brazos y obligó a Álmira a caminar hacia donde estaba el resto de los terrícolas.

Minutos después, Álmira tomó asiento a un lado de Judit en completo silencio. Ian, Debra, Patrick y Pascar hablaron nimiedades entre ellos, Judit apenas participó y Álmira siquiera los miró. Estuvieron sentados por extensas horas observando las caras largas de los demás.

Álmira miraba la luminaria en la parte alta de la terminal y no dejaba de pensar que habían estado un mes totalmente a oscuras en la Tierra. Sonrió con amargura.

Pronto llegaron los remolques, los cuales se veían bastante deplorables. Fueron obligados a sentarse apiñados por la falta de espacio. Los condujeron de mala manera cuesta abajo. El traslado fue lo más parecido a viajar como sardinas. Los vehículos, a pesar de haber sido creados por la industria marciana, dejaban mucho que desear.

Salieron de la base militar hacia las afueras de Danes. Álmira inspeccionó el paisaje a través de la ventanilla. La ciudad tenía atractivos que lo dejaron embelesado, como el jardín ecológico. Las pantallas publicitarias y los medios de entretenimiento gravitaban sobre las cabezas de las personas. En la Tierra, eso hubiera estado prohibido; ningún terrícola veía con buenos ojos la publicidad excesiva.

Una vez que llegaron al final de Danes, los remolques los condujeron por tubos transportadores. El corazón de Álmira dio un vuelco al sentir que era llevado a una velocidad que superaba los mil kilómetros por hora. Y, si bien en el último tiempo había sido víctima de sustos mayores, su cuerpo no se acostumbraba a la adrenalina.

La velocidad con la que atravesaron los tubos convirtió el paisaje en una acuarela borrosa. Descendieron vertiginosamente hasta llegar a ciudades mucho menos pomposas que las del Alto Marte. Estaban en el Medio Marte, el cual le había resultado acogedor a Álmira por ser parecido a la plataforma terrafoguense.

A medida que avanzaban, el cambio de clase en el ambiente se hizo evidente. Atravesaron un desnivel por el cual descendieron varios metros en completa oscuridad. Álmira creyó que el sentimiento de claustrofobia era consecuencia del duro trauma. No se creía capaz de volver a dormir con la luz apagada nunca más en su vida.

Luego de un buen tramo a oscuras, por fin vieron la luz. Sus nervios se calmaron y volvieron a respirar con normalidad. Judit, sentada a su lado, notó el temblor de sus extremidades y apoyó su mano suavemente sobre la de Álmira. Cruzaron miradas intensas para luego entrelazarse en un abrazo que duró todo el trayecto hacia el Bajo Marte. Y, pensándolo mejor, Álmira hubiera preferido no desprenderse de ella para no tener que afrontar la dura realidad que lo azotó de golpe.

La vida en el Bajo Marte era dura y precaria según había oído, y lo que vio no hizo más que afirmar esos testimonios. Atravesaron un sendero desprovisto del magnetismo que despedía el circuito automovilístico, por lo que fue necesario que los conductores desplegaran las ruedas debajo de los remolques. Hasta entonces, Álmira había sido un desconocedor de esa peculiaridad en los automóviles marcianos.

La carretera estaba tan deteriorada que brincaron todo el viaje como en un trampolín. Bajaron como manada de bueyes. El conductor les pidió que caminaran hacia el alojamiento que estaba a un lado de la carretera principal de Crucius, la ciudad que a partir de ese instante sería su hogar.

—Buena suerte —les dijeron los conductores, y se marcharon con los remolques sonando como si estuviesen a punto de destartalarse.

El sol fue escondiéndose en el horizonte y pronto cayó la noche. Estaban en un planeta desconocido sin absolutamente nada y acompañados solo por quienes los rodeaban. Nunca la realidad había sido tan cruda.

—¿Y qué se supone que hagamos ahora? —preguntó Ian, volteándose a ver el edificio a sus espaldas. A simple vista no era más que un techo sostenido por un par de cimientos que con suerte los protegería de la lluvia y el viento.

—Vamos —dijo Debra, jalando a Ian del brazo hacia el refugio. Los demás la siguieron sin mayor opción.

El lugar era más grande de lo que aparentaba. En su interior tenía varios corredores que daban a habitaciones sucias y descuidadas.

La cónsul, seguramente, había ordenado dejar grandes cantidades de comida almacenada en el interior de un galpón (comida que debían proteger de las ratas el tiempo que estuvieran ahí).

Patrick, Pascar, Switch, Nímedes y Judit decidieron que saciarían el hambre que tenían, mientras Debra, Ian y Álmira pasaron de eso prefiriendo, por el contrario, dormir un poco. Se echaron en las colchas desparramadas en el suelo de una habitación e inmediatamente se quedaron dormidos.

Debra despertó a mitad de la noche. La luz de la luna ingresaba por los agujeros a medio cubrir en las ventanas empapeladas del cuarto, lo que ayudó a que se quedara horas abstraída en sus pensamientos.

—¿Están despiertos? —susurró Debra.

—Sí —respondieron Álmira y Ian, a quienes el cansancio tampoco les había durado mucho.

—¿Qué vamos a hacer cuando la comida se acabe? —preguntó Debra, y era ese el mismo interrogante que les había robado el sueño a los otros dos—. No hay tanta y somos muchos…

—Viajemos al centro de la ciudad mañana temprano —afirmó Ian—. Vamos a tener que buscarnos la vida de alguna manera.

Un silencio desesperanzador prosiguió a la dureza de sus palabras.

—No —dijo Debra—. Esperemos a ver qué nos dice la cónsul cuando venga, tal vez ella tenga un plan…

—¡Debra, la cónsul no va a venir! ¡Deja ya esas tonterías! —exclamó Ian—. No hay nada que ella pueda hacer. Y, de poder, dudo de que le interese —soltó tajante.

Y como si de un adivino se tratase, pasaron el día siguiente esperando a la cónsul, pero ella jamás llegó, ni tampoco lo hizo al día siguiente, ni al otro. Luego de una semana en el refugio, le fue advertido a cada uno de ellos que debían abandonarlo en dos días. La mayoría respondió con arrebatos de ira; el resto lloraba y se preguntaba qué harían entonces.

No les quedó más opción que aceptar la realidad como se les presentaba. Muchos, al igual que Ian, creyeron que lo mejor sería buscarse la vida en la ciudad, aunque eso consistiera en empezar desde cero.

Heber, Habib, Oriana, Nicasi y la gran mayoría de los sobrevivientes abandonaron el refugio asegurando que buscarían empleo en Crucius.

Habiendo llegado el último día, Álmira estaba como al principio: tenía miedo de pensar en el futuro porque no estaba seguro de adónde iría a parar.

—¿Qué harán ustedes? —les preguntó esa misma tarde a Debra y a Ian.

—Ál, nosotros iremos a la armada marciana —respondió Debra—. Somos soldados, es lo que sabemos hacer —dijo, aguardando unos minutos en silencio. La armada como organización siempre ofrecía un lugar donde vivir y comida a sus integrantes. Era todo en lo que podían pensar en ese momento—. ¿Tú qué harás? 

—Yo iré con ustedes —respondió, y sorprendió a los dos.

—¡¿Qué?! ¡No! —exclamó Debra indignada—. ¿Tú… a la armada?

Álmira, ofendido, se giró inmediatamente hacia ella.

—¿Y por qué no? ¿No me crees capaz?

Debra cabeceó.

—No es eso —dijo—. Es que te considero demasiado inteligente para un lugar como ese. Tú mereces algo muchísimo mejor.

—No creo que lo haya, Debra —sentenció—. Y no estoy en posición de elegir.

Se incorporó y caminó hacia el otro lado del refugio con el único propósito de alejarse de la pareja. Debra miró de reojo a Ian, rogando en silencio que hablara con él.

—Déjalo, no harás que cambie de opinión. Creo saber lo que piensa —susurró Ian—. Quiere vengar la muerte de su hermano.

—Jamás podrá entrar al ejército. No tiene madera de soldado —dijo Debra. Observó a Álmira desde la distancia: permanecía apartado y con la mirada gacha—. ¿Qué haría un inventor tan brillante como él entre nosotros?

Ian se encogió de hombros.

—Es cuestión de que se dé cuenta él mismo.

—¿Y si eso nunca llegara a pasar?

Ian guardó silencio.

La fila para ingresar a la milicia marciana era inmensa y los requisitos, simples: anotar el nombre en el portal. Las cosas se habían vuelto menos estrictas, dado que la mayoría de inscriptos eran inmigrantes terrícolas que habían sobrevivido a la invasión jupitariana. Vivían en los albergues a las afueras de Crucius, en condiciones precarias y sin otra salida más que la que podía ofrecerles el ejército.

La secretaria encargada de apuntar los datos de los futuros internos procedía de forma lenta y minuciosa. Se trataba de una mujer mayor, con el cabello entrecano recogido en un perfecto rodete que estiraba desmesuradamente sus facciones. Álmira se preguntaba qué hacía una mujer en lugar de un robot, aunque creía saber la respuesta.

Las expresiones de fastidio, a causa de un alistamiento que estaba durando más de lo habitual, habían dejado a Álmira con la mente en blanco. Esperó sentado más de dos horas, sintiéndose agobiado por el hambre y por las altas temperaturas dentro de ese cubículo. «Te considero demasiado inteligente», la voz de Debra en su cabeza le atribuía un asqueroso sentimiento de culpa por lo que estaba a punto de hacer.

—Siguiente. —Tal vez estuviera por cometer una locura—. Siguiente —insistió la secretaria impacientada.

—Te toca —le dijo un sujeto, dándole un codazo.

Álmira reaccionó y se giró hacia la mujer, distraído.

—Nombre completo —preguntó, con la mirada fija en el papel.

—Álmira Wilstron.

—Fecha y lugar de nacimiento.

—Primero de febrero del año 2989 en Ushuaia, Tierra del Fuego —respondió, y percibió un leve desconcierto en la mujer.

—Tienes diecisiete. —Álmira asintió—. No alistamos menores al ejército.

—Cumpliré dieciocho el primero de febrero, y tengo entendido que la escuela militar no abre sino hasta el cuatro de marzo.

—Lo sé, pero se supone que debes tener dieciocho al momento de inscribirte —suspiró.

Álmira sintió malestar de tan solo pensar que le sería negado el acceso y quedaría librado a su suerte en esa ciudad desconocida, lejos de sus amigos.

—Te enviaremos un telegrama con la respuesta del jefe de departamento acerca de tu condición. Llegará en los próximos días a tu domicilio.

Álmira, abatido, negó con la cabeza.

—Acabo de arribar a Marte. Soy terrícola y me estoy hospedando en un refugio para víctimas de la invasión. No tengo domicilio.

La mujer resopló.

—En ese caso, vendrás el cuatro de marzo por la mañana, el mismo día del inicio de clases. Yo te diré qué resolvimos hacer contigo —dijo—. No lo olvides, por favor.

Álmira cogió el trozo de papel que le entregó la mujer con la fecha programada escrita a tinta. Antes de irse, se giró de regreso a ella y le preguntó:

—Disculpe… —La mujer lo miró por encima de sus anteojos rectangulares—. ¿Por qué está usted aquí y no hay un robot? —No había dejado de pensar en ello ni por un segundo.

La mujer no lució desconcertada con la pregunta, todo lo contrario, pero le dedicó una mirada severa.

—Debido a los acontecimientos recientes, la cónsul ha dictaminado el completo desuso y mutilación de todos y cada uno de los robots en Marte, hasta comprender cómo los jupitarianos lograron entrar en la mente de los robots terrícolas —respondió—. Teme que también lo hagan con nuestros robots, y no vamos a permitirlo.

Álmira asintió. Caminó hacia la salida, donde lo esperaban Debra, Ian y el resto de los soldados. Salieron en grupo sintiéndose realizados, aunque faltaba tiempo para la inserción al campo militar. Debían rebuscárselas hasta entonces.

Decidieron caminar por las desérticas calles de la ciudad para ayudar a Judit a encontrar empleo. Había sido una de las pocas en negarse rotundamente a ingresar al ejército, y si bien no oyeron otra cosa más que puras negativas de los marcianos, Judit seguía igual de férrea en su objetivo.

—Si exterminan a todos los robots, habrá un auge de empleos —aseguró Judit con sentido común—. Encontraré uno que me ayude a acabar la preparatoria, estoy segura.

—Ál, tú podrías hacer lo mismo —alentó Debra, sonriendo con condescendencia.

Álmira bufó y rodó los ojos. Debra agachó la mirada y no volvió a hablar por lo que restó de la tarde.

—Mañana será otro día y tendré más suerte —aseguró Judit animada.

Llegaron al refugio minutos antes de la puesta de sol. Los pocos que aún permanecían ahí le advirtieron a Debra que la milicia marciana les había ordenado abandonar el lugar de inmediato.

—¡Maldición! —gritó Patrick enfurecido—. ¿Qué vamos a hacer? Aún falta para que nos reciban en la milicia… —Sujetó su cabeza, arañándose la calva.

—Déjenme ver qué puedo hacer —dijo Debra saliendo del refugio.

—¿A dónde vas? —preguntó Ian, pero se había alejado lo suficiente como para no oírlo—. Debra, ¿a dónde vas?—gritó.

—A la ciudad, ¿a dónde, si no? —Su figura se perdió en la polvareda de tierra que había levantado el viento a un lado de la carretera.

Ian se incorporó.

—¿Irás con ella? —le preguntó Judit, y Ian asintió—. Iré con ustedes, de todas formas, debo continuar con mi búsqueda de empleo.

—Los acompañaré —dijo Álmira siguiéndolos.

Debieron correr un par de kilómetros para alcanzarla y, cuando finalmente lo hicieron, Debra se molestó por tener que detenerse para que ellos descansaran un poco. Sudados y sedientos, siguieron la extensa senda hasta llegar a la ciudad.

—Yo iré a recorrer otra vez. Quizá tenga más suerte —dijo Judit.

—Yo iré directo al acceso este —dijo Debra—. Hay un cartel antes del giro, colgado en una luminaria. Decía de un sujeto que rentaba lugares, con mucha suerte nos dará donde vivir.

—¿Y con qué vamos a pagarle? —preguntó Ian incrédulo.

—Vamos a explicarle nuestra situación —dijo Debra con tono de obviedad—. En dos meses empezamos la milicia. Aceptará que nos quedemos por ese tiempo si conseguimos algo de dinero.

Judit balbuceó cabizbaja.

—De ser así, la que estaría en desventaja sería yo. —Debra se acercó a ella y pasó una mano por su hombro.

—Encontrarás algo para entonces, lo juro.

Decidieron separarse en dos bandos. Debra y Ian irían adonde estaba ese cartel para localizar al sujeto y Álmira acompañaría a Judit a otra tarde de búsqueda de empleo.

—¿Qué dices si entramos aquí, Ál? —Señaló un viejo restaurante deteriorado cuyo interior, vacío, no sugería requerimiento de personal. Judit entró sin más y Álmira, sorprendido, no comprendía cómo ella continuaba perseverando luego de haber recibido más de treinta portazos.

»Pido hablar con el dueño —le dijo a un sujeto que barría el salón. El hombre, ceñudo, indicó la cocina con un movimiento de cabeza. Judit le agradeció a pesar de advertir que le molestaba su presencia.

Álmira la siguió en dirección a un estrecho corredor de donde oía cacharros y vajillas. Al traspasar una doble puerta de madera que crepitaba, fueron sorprendidos por una cocina libre de robots. Iban a tener que acostumbrarse a eso.

Había dos personas en el sector de lavado: una mujer de espaldas que vestía un delantal blanco y un sujeto gordo con ropas engrasadas; ambos de unos cincuenta años. Álmira le dio un pequeño empujoncito a Judit para que reaccionara, pero ella parpadeaba entumecida.

—Judit —le dijo Álmira al oído, pero la joven seguía impávida y sorprendida. Miraba en dirección a aquella mujer de cabello rubio opaco, tez blanca y delgada, tan delgada que a Álmira le costó cierto tiempo reconocerla.

—Mamá… —vaciló.

La mujer se giró enseguida al escuchar su voz.

—¡Judit! —gimió, y corrió hacia ella.

Se abrazaron y lloraron; gimieron y brincaron de alegría y consuelo.

—No puedo creerlo —exclamó Judit. Su respiración entrecortada le impedía hablar—. ¡Estás viva!

Luego de un largo y reconfortante abrazo, lograron tomar fuerzas para alejarse unos centímetros y mirarse a la cara.

—¿Hace cuánto estás aquí? ¿Cuándo llegaste? ¿Cómo? —tartamudeó Catherine, secándose con un sucio trapo de cocina las lágrimas que humedecían las arrugas de sus mejillas—. Creí… —Judit la interrumpió. Se hizo a un lado para que su madre viera al muchacho que la acompañaba—. ¡Álmira, también estás aquí! —exclamó. No contuvo la emoción de abrazarlo y llorar en su pecho. Álmira le devolvió el gesto con fuerza y calidez—. No sabes qué gusto me da verte bien —gimió, arrancándole varias lágrimas que Álmira intentó esconder.

Jamás habían cruzado palabra, él la recordaba como la madre de su mayor competencia escolar y ahora estaba inmensamente feliz de ver una cara conocida en un planeta completamente extraño.

—También a mí —confesó Álmira.

La mujer se apartó un poco para verlo mejor.

—¡Qué alto estás! —exclamó—. Recuerdo que medían lo mismo con Judit, ¡y mírate nomás! Apenas te llega al pecho ahora —dijo, sonriendo levemente en contraste con la tristeza de sus ojos turquesas.

El dueño del lugar los invitó amablemente a tomar asiento en una pequeña mesa del comedor. Era un sujeto agradable y, por sus gestos, parecía contento de que su residencia hubiera servido para un reencuentro tan conmovedor.

Judit, apresurada, relató la travesía desde el ataque de los robots en Tierra del Fuego hasta el despegue de las naves espaciales. No omitió ni un solo detalle e hizo especial mención del sub-aquatrón ideado por Álmira, de la escalada a los pilares de la plataforma neoyorquina, de la brutalidad de los soldados jupitarianos y del temor por su vida al ver a los relics y a los oblufoxis.

Su madre mencionó a Selene y, luego de un silencio sepulcral, ambas rompieron en llanto. Álmira pensó inmediatamente en Denuvio y mordió su labio inferior para contener el dolor.

—¿En dónde están hospedándose ahora? —preguntó Catherine, secándose los ojos con la manga de su delantal.

—En un refugio para sobrevivientes terrícolas —explicó Judit—. Pero nos dieron la orden de abandonarlo cuanto antes. Unos amigos están ahora mismo buscando hospedaje. Ál me acompañó en mi búsqueda de empleo.

Catherine asintió y miró por el rabillo del ojo a su empleador.

—Pueden quedarse aquí, si quieren —dijo el hombre—. No tenemos mucha clientela, pero siempre anda algún que otro viajero. Por lo menos, tendrán un plato de comida hasta que consigan algo estable. Hay buenos empleos en Crucius.

—Bruk me da hospedaje en un pequeño cuarto, a pocos metros de aquí —dijo Catherine—. Pueden quedarse conmigo.

—Aceptaría con gusto Catherine, pero no puedo —confesó Álmira—. Ya me enlisté en el ejército.

Los ojos de Bruk y Catherine se abrieron de par en par.

—Chico, no vayas a ese lugar —advirtió Bruk—. No te das una idea de los escalofriantes testimonios de los soldados. Tolerar el maltrato que ejercen los superiores sobre sus subordinados es una masacre psicológica.

Debra y Ian habían ido a parar al porche de una pequeña casa de madera, adornada con detalles rústicos y florituras innecesarias que solo servían para acumular telarañas. Tocaron a la puerta hasta cansarse, pero nadie salió. No se dieron por vencidos e insistieron hasta que el sonido de una caminata lenta y pesada se aproximó desde el interior de la casa.

—¿Qué? —les preguntó un anciano que los miró con desprecio. Llevaba pantuflas y estaba envuelto en una bata bordó.

—¿Usted es Dan? —preguntó Ian.

—Sí, ¿qué quieren?—gruñó.

—Nos dijeron que usted es el único terrateniente en toda la ciudad. Estamos buscando un lugar donde alojarnos, vimos el anuncio. Verá, ahora mismo nos encontramos en un refugio para terrícolas que sobrevivieron a la invasión y…

—Aguarden, aguarden —interrumpió—. ¿Ustedes son terrícolas? —Ian y Debra asintieron en silencio—. Yo no trato con terrícolas —sentenció, y les dio un portazo en la cara.

Ian y Debra se miraron con enfado y volvieron a llamar a la puerta. Dan los evitó por un momento, pero se convirtió en una tarea imposible a medida que llamaban, aplaudían y gritaban su nombre.

—¡Lárguense de aquí! —les gritó.

Ian y Debra retrocedieron con cautela.

—¡Es solo por dos meses, señor! Se lo ruego. Nos echarán del refugio a la calle y no tenemos adónde ir —suplicó Debra.

—¿Y qué culpa tengo yo? —desdeñó—. Algo habrán hecho, malditos terrícolas —dijo, tomando asiento en un sofá del interior de su casa. Debra entró a la sala sin permiso, y espantó al sujeto—. ¡Ey!, ¿cuándo te permití hacer eso? —gruñó—. Terrícola tenías que ser.

—De acuerdo, somos terrícolas. Aún no entiendo qué problema tienen los marcianos con nosotros, pero le aseguro que no voy a entrar en discusiones innecesarias. —El viejo Dan la miró desdeñoso, elevando una ceja—. Necesitamos un lugar donde vivir y no voy a moverme de aquí hasta que me conceda un minuto de su tiempo —dijo, sentándose en el suelo.

A Ian no le quedó más opción que imitarla y, de un momento a otro, Dan contaba con la compañía de dos obstinados terrícolas en la sala de su casa. Bufó, terriblemente molesto.

—¿Son ustedes dos?

—No, somos nosotros y otras seis personas más —aclaró Debra, a lo que Dan respondió rodando los ojos.

—No tengo lugar para todos, a no ser que quieran vivir como perros —soltó, chasqueando la lengua—. Lo que puedo ofrecerles son dos compartimientos. Uno alcanza para tres personas y el otro, un poco más grande, puede que lleguen a entrar tres adultos y tres niños —aclaró—. No puedo ofrecerles otra cosa en este momento.

Ian y Debra cruzaron miradas.

—Aceptamos —dijo ella impetuosa.

—La paga es de once mil caprines.

—¿Once mil caprines por dos meses? —protestó Ian—. ¿Usted está loco?

—Es eso o se quedan en la calle, ustedes eligen —respondió, sin siquiera mirarlos.

Debra y Ian suspiraron contemplando la situación con minuciosidad. Aunque bien sabían que no había mucho que pensar, ya que no contaban con segundas alternativas.

—Es que… —balbuceó Debra— no tenemos nada de dinero.

Dan se incorporó de un brinco.

—¡Lárguense de aquí, picoteros, ratas inmundas! —gritó, y golpeó a Debra en la cabeza con su bastón—. Quieren estafar a un pobre viejo como yo. ¡No tienen vergüenza, terrícolas!

—¡Ouch! —chilló Debra—. Aguarde, tengo un plan.

—¡Que se larguen, les dije! —insistió.

Debra tomó el bastón y lo arrojó lejos del alcance de Dan. Desprotegido, Dan fue acorralado por aquellos más jóvenes y fuertes.

—Escuche, señor —comenzó Debra—: no tenemos nada de dinero, acabamos de arribar hace una semana en las naves espaciales. Nuestro planeta, nuestros hogares… ¡todo fue destruido por los jupitarianos! ¡No tenemos nada! —Lloró ante la mirada impávida de Dan.

—No creas que con un discurso lastimero me vas a convencer. Si quieren que les dé un lugar, aunque sea por una semana, tendrán que pagarlo —amenazó entre dientes.

—Lo último que queremos causar es lástima, señor —intervino Ian—. Pero si nos da la oportunidad, podríamos hacerle de peones para reemplazar la paga. ¿Qué opina? —Debra se volvió hacia Ian confundida. Él se encogió de hombros.

Dan se detuvo unos minutos a meditar.

—De ser así, van a tener que limpiar todas mis propiedades durante su estadía. —Ambos asintieron con ímpetu—. Pero todo debe quedar reluciente o, si no, los corro a la calle, ¿quedó claro?

Ian y Debra continuaron asintiendo hasta que Dan les entregó un trozo de papel con anotaciones en él.

—“Blutermich 240”. —Leyó Ian en voz alta—. “Starlin 600”.

—Son las direcciones de ambas propiedades. La pequeña es la de Blutermich —explicó Dan, concediéndoles dos juegos de llaves—. No rompan nada, y cuidado si se llevan algo de mi pertenencia o haré que los encarcelen.

—Gracias, señor —dijeron a coro.

—Los espero mañana a las ocho en punto de la mañana aquí, a ustedes y a los que restan —dijo—. Los llevaré a una casona a veinte kilómetros de aquí, que una familia del Medio Marte arrendará la semana entrante. Allí pasarán el día entero limpiando, y más les vale que quede impecable —amenazó—. No se preocupen por la comida, allá hay bastante.

Volvieron a agradecerle.

Llegaron al refugio a eso del anochecer y se encontraron con una Judit hiperventilada.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Debra contagiada por el entusiasmo, no obstante, confundida—. ¿Conseguiste empleo?

—Sí, y mejor también —dijo Judit ante la mirada expectante de los demás. Las lágrimas no tardaron en aparecer—. Encontré a mi madre. —Debra se apresuró a abrazarla y también Ian.

—¡No puedo creerlo! Es un milagro —dijo Debra mientras todos se acercaban a palmear la espalda de Judit, quien no paraba de llorar de la emoción—. ¿Qué harás entonces? —preguntó sonriente.

—Iré con ella —confesó—. Está trabajando en una casa de comida. El dueño me ofreció empleo y asilo —sonrió, secándose las lágrimas—. Quiero estar con ella. Está esperándome ahora mismo.

Debra la abrazó aún más fuerte, reparando en que posiblemente fuera la última vez que la viera.

—Me alegra mucho haberte conocido, Judit —confesó—. Has tomado una excelente decisión.

—Te deseo la mejor suerte del universo, Judit —dijo Ian, la abrazó un tiempo y luego dejó que el resto se despidiera de ella.

Judit los besó en la mejilla y abrazó al resto del escuadrón hasta llegar a Álmira. Se detuvieron uno frente al otro, mirándose con felicidad y melancolía.

—Te voy a extrañar mucho, Ál. No te imaginas cuánto te he querido todo este tiempo. —Tardó un segundo en abalanzarse sobre él y abrazarlo con todas sus fuerzas—. Eres una de las personas más maravillosas que he conocido. Me arrepiento tanto por no haberme permitido conocerte en la escuela. —Lloró contra su pecho, mojándole la remera.

—Igual yo —confesó Álmira—. Voy a extrañarte mucho.

Desarmaron el abrazo con lentitud, mirándose fijamente. Finalmente, decidieron acompañar en grupo a Judit hasta el trabajo de su madre. Volvieron a despedirla con lágrimas y abrazos.

—Adiós, chicos.

—Adiós, Judit —la saludaron hasta que su delgada figura y sus lacios cabellos rubios se perdieron de vista en la línea del horizonte.

Esa noche (luego de contarle las noticias al resto del escuadrón) Switch, Nímedes, Pascar y Patrick estuvieron de acuerdo en vivir separados de Ian, Debra y Álmira.

Ian accedió a permanecer de vigía durante toda la noche por si llegaban a pasarse de la hora. Se quedó sentado mirando a la luna llena despedir un halo de luz perlado que dibujaba hermosos matices en la superficie de la atmósfera. El rocío había humedecido su chaqueta y, a juzgar por el espesor de la neblina, creía que serían las tres de la madrugada.

No tardó mucho en notar que no era el único despierto; Álmira caminó hacia él, sentándose a su lado. Se acompañaron en mutuo silencio hasta que Álmira interrumpió el canto de los grillos:

—Voy a extrañarla —confesó, mirando al frente.

—Sí, también yo —dijo Ian, y no esperó para soltar lo que verdaderamente pensaba desde hacía tiempo—: Debiste ir con ella.

Álmira suspiró.

—¿Debra y tú se pusieron de acuerdo para hacerme el día imposible?

—Estás cometiendo un error, Ál —continuó—. Y seamos honestos: no sobrevivirías un solo día como soldado.

—No crees en mí; tampoco Debra.

—¡Creemos en ti! —Lo miró con pena—. Y porque somos tus amigos y te queremos, te decimos lo terriblemente mala que es tu decisión. Debra tiene razón: eres más inteligente que esto.

Álmira acalló la voz en su interior que le decía que dejara a Ian con las palabras en la boca y se fuera a dormir. En cambio, decidió quedarse.

—¿Qué harías tú en mi lugar? —quiso saber de pura curiosidad.

Ian esquivó la mirada, pensando una respuesta consistente.

—De ser tú, conseguiría un empleo que me permitiera terminar la secundaria —dijo—. No hay mucha gente con tu capacidad, Ál. Creaste cosas impresionantes. Hasta ahora, eres la persona más joven e inteligente que conozco; mereces algo mejor.

Álmira se encogió de hombros.

—No voy a vengar la muerte de mi hermano haciendo lo que propones.

Ian cabeceó.

—¿No te pusiste a pensar que, tal vez, la vida lo quiso así? —reflexionó—. Tal vez ni tu padre ni tu hermano debían estar aquí, después de todo —soltó, y pesado como una bomba.

Álmira aguardó en completo silencio. Se incorporó con brusquedad, pero antes de largarse de ahí, le dijo entre dientes:

—Nunca vuelvas a decir eso —amenazó. Sostuvo la mirada y se apartó arrebatadamente de él.

Capítulo 2

Dan

Entraron al lugar que el viejo Dan les había reservado para ellos tres y lo primero que notaron fue un oloroso hedor a encierro. Debra abrió las puertas y ventanas para airear la casa y, con el interior iluminado, se encontraron con paredes corroídas por el moho, muebles de madera que se deshacían, cañerías carcomidas y hasta nidos de cucarachas en el bajo mesada y en las tuberías del baño. Según Switch, el lugar no era muy distinto del que les había tocado a ellos, con la obvia salvedad del tamaño.

A las ocho en punto de la mañana se encontraron con el viejo Dan en el porche de su casa. Dan se había espantado un poco al ver al resto del escuadrón, sobre todo a Patrick y a Pascar, a quienes les tenía un poco de miedo.

Los condujo en un destartalado automóvil que apenas podía gravitar. Debido a la falta de espacio, Debra debió sentarse encima de Ian, y Nímedes encima de Switch. A mitad de camino, los cuatro ya se quejaban de los calambres, y Dan, de su mala suerte.

—Antes de que todo esto ocurriera, yo tenía robots que limpiaban perfectamente cada una de mis propiedades. Ahora que la cónsul prohibió su uso, no me queda otra que contratar gente a cambio de una paga —rezongó—. ¡Debo derrochar mi dinero en unos buenos para nada que nunca hacen las tareas como se les pide! Los humanos no saben trabajar y mucho menos los terrícolas —rezongó mientras los demás rodaban los ojos, hartos de oírlo quejarse todo el camino.

Estacionaron en la acera de un gran caserón tapado por el alto césped del jardín. Dan les entregó las llaves y se despidió soltando un desagradable:

—Hasta las ocho.

La propiedad era grande, pero desaliñada, y estaba muy deteriorada. Debra propuso que cada uno se encargara de asear un sector diferente y todos estuvieron de acuerdo. Ian se encargaría de las habitaciones; Debra, de la cocina; Patrick, del jardín; Pascar, del ático; Switch, de la sala; Nímedes, del sótano, y Álmira, del garaje.

Se pusieron manos a la obra.

Álmira levantó la persiana del garaje sin imaginar lo que se encontraría. Se quedó petrificado al ver que se enfrentaba a un gran reto: había tantas cosas en él, que doce horas le parecieron poco. Lo más inteligente que llegaba a ocurrírsele era sacar toda esa chatarra al jardín para despejar el interior del garaje y limpiarlo con mayor facilidad, pero ¿cómo?

Eran tantos los adornos que apenas logró entrar y, cuando finalmente lo hizo, debió andarse con cuidado de no quedarse atrapado en una telaraña. Dan le advirtió que tuviera cuidado con lo que arrojaba a la basura, aunque tratándose de Álmira debía despreocuparse porque él encontraba fascinante cada uno de esos artefactos.

Comenzó sacando objetos de a uno, pero los minutos pasaban y creía que de esa manera jamás terminaría a tiempo. Tomó asiento sobre el viejo motor de un refrigerador y suspiró. Sus ojos se detuvieron a observar una pequeña máquina de aspecto simple, sostenida por dos ruedas. Del otro lado de la habitación había un par de esquís. No tardó demasiado en ocurrírsele una idea que creyó fantástica.

Al oscurecer, Dan bajó de su coche a regañadientes, como siempre, e inspeccionó la casa.

—¿Qué demonios…? —gruñó, sujetando un recipiente de plata que estaba en la estantería de la sala—. ¡Este es un adorno muy costoso que compré a los treinta años cuando viajé a Júpiter! ¿Quién demonios le hizo esta mancha?

Quedaron enmudecidos.

—Yo —dijo Switch cabizbaja y con las manos en la espalda.

—Terrícola buena para nada —gruñó—. ¡Lo limpiaste mal! Ahora ya no sirve. —Arrojó el objeto al suelo y, con un humor de perros, continuó revisando el resto de la vivienda. Subió y bajó las escaleras más de una vez—. ¡No, no, no, no! —gritó—. ¡Las camas están mal tendidas! ¡Vuelvan a hacerlas! Las quiero tirantes. Y más les vale que, cuando vuelva, estén tan tirantes que sobre ellas rebote un alfiler —dijo, y dio un portazo. Bajó las escaleras y caminó hacia el garaje.

Álmira tembló, sin embargo y para su sorpresa, Dan quedó muy conforme con el aspecto del garaje.

Husmeó los objetos que Álmira había guardado de menor a mayor tamaño y por sectores. Los artefactos de metal estaban por un lado, los de vidrio estaban por otro y las alfombras y tapizados, por otro. Todos perfectamente alineados. Y no solo eso, sino que Álmira también se había encargado de limpiar las paredes del garaje y hasta el techo, sin dejar rastros de humedad.

—¡Vaya! Ha quedado todo muy bien aquí —opinó Dan. Álmira sintió un leve regocijo—. Aguarda un momento… ¿qué es esto? —preguntó con su tono de voz cambiando de uno extrañamente aterciopelado al habitual tono hostil que usaba siempre. Álmira se removió en su sitio—. Este solía ser el motor de una cinta de ensamblaje. ¿Qué diablos le hiciste? —preguntó Dan.

—Le puse esquís —respondió Álmira encogiéndose de hombros—. Lo hice para convertirlo en una máquina apiladora y, de esa manera, subir y bajar los objetos que estaban fuera de mi alcance.

Dan observó la máquina. Le pidió ayuda a Álmira para encenderla. Grande fue su sorpresa al ver que el pequeño robot iba y venía con total autonomía dentro del garaje, y era capaz de elevar los esquís hasta tres metros de altura, como si se tratara de sus propios brazos, para extraer objetos que estaban arriba de una estantería.

Dan quedó enmudecido.

—¿Sabes armar robots, chico? —le preguntó.

—Sí —respondió Álmira con seguridad, e inmediatamente después se arrepintió de haberlo dicho. Le causaba dolor saberse bueno en algo que había ayudado a matar a su familia.

Dan no lo felicitó. En vez de eso, se quedó mirándolo como si Álmira fuera un sujeto peligroso. Le costó unos segundos salir de su trance.

—Has hecho un buen trabajo aquí, terrícola —dijo, y con voz de ultratumba—. Vete ya.

El anciano los llevó en su automóvil de regreso a sus respectivos alojamientos, sin pronunciar palabra durante todo el viaje. Tomaron los mismos lugares que al principio y viajaron igual de incómodos. Cada tanto, Dan estudiaba a Álmira por el espejo retrovisor.

—Hoy lo hicieron bastante bien —declaró con su típica expresión de apatía—. La próxima vivienda será menos grande, aunque tiene un jardín muy extenso. Deberán tenerla lista en cinco horas. Los recogeré en la mañana y más les vale tener el mismo desempeño, porque ni tu ingenio los salvará esta vez, ¿oíste? —advirtió, mirando fijamente a Álmira, quien no supo qué decir.

Luego de dejarlos en la casa asignada a cada uno de ellos, Debra y Ian se echaron en la cama a descansar. Había una sola habitación para los tres, así que debieron suprimir cualquier deseo pasional. No obstante, al cabo de un rato, Álmira mencionó que iría a dar una vuelta por la ciudad y que, seguramente, tardaría en regresar. Cuando ambos le preguntaron a qué se debía, Álmira les respondió que quería tomar un poco de aire y despejar la mente.

—Pero no te vayas muy lejos —advirtió Debra—. Dicen que el Bajo Marte es muy peligroso una vez que se pone el sol.

Álmira asintió y salió por la puerta.

—¿Estás loca? —preguntó Ian arqueando una ceja—. Que se tome su tiempo… Mejor para nosotros —sonrió y se abalanzó sobre ella, quitándose la ropa.

Se cubrieron con las sábanas, dispuestos a compartir placeres el tiempo que estuvieran en soledad.

Álmira caminó el largo sendero en solitario por el que Dan los había llevado hasta la casona esa misma mañana. Estaba escasamente iluminado y, como era consciente de lo que se rumoreaba del Bajo Marte, sabía que Debra estaba en lo cierto en cuanto a cubrirse las espaldas.

Sus exhalaciones tibias contrastaban con el frío de la noche. Aún no eran las doce, pero ya había neblina. Se frotó las manos para generar calor, ya que el frío estaba entumeciéndole los dedos y el gélido viento del sur le ajetreaba los labios. Tiritaba, y estaba bien que así fuese porque estaba próximo a comenzar el otoño marciano. Era de esperarse.

Sonrió ante ese pensamiento: «Era de esperarse».Y pensar que, durante todo un mes en la Tierra, él, su hermano y los demás habían tenido que soportar cambios de clima drásticos, que pasaban de un frío glacial a un calor que rasgaba la tierra. Y todo sin contar con la luz del día como compañía.

Las cosas eran diferentes ahora, la atmósfera artificial marciana funcionaba perfectamente. Hacía calor cuando debía hacer calor y hacía frío cuando debía hacer frío. Todo era normal, todo era esperable, las cosas eran como se suponía que debían ser.

Sin embargo, él todavía sentía que vivía en un sueño del cual pronto despertaría. Y saldría de su cuarto, bajaría las escaleras de la casa de su padre y vería a Tomb en la cocina preparando el desayuno y a su padre sentado en la mesa, leyendo las noticias. Le diría: “Buenos días, papá”, como todas las mañanas, y se sentaría a desayunar con él. Luego, aparecería Denuvio con sus cabellos rubios enmarañados, frotándose los ojos y diciendo que no había hecho tiempo para levantarse temprano. Después, irían a la escuela y todo sería como siempre…

Se dejó caer bruscamente contra un paredón, deslizándose hasta quedar sentado en la acera de la calle. Rompió en un llanto tan desgarrador que los perros de la cuadra comenzaron a aullar. Acalló sus gemidos cubriéndose la boca con el cuello del pulóver, la única prenda con la que contaba desde la invasión, al igual que sus desgastados jeans y esas zapatillas que, prácticamente, se deshacían.

Suspiró.

Nada volvería a ser igual porque no estaba en un sueño. Era la realidad más pura y cruda que le había tocado vivir. No sabía cómo resultarían las cosas esta vez, y su cuerpo se estremecía de tan solo pensarlo.

Poco a poco, su llanto fue cediendo. Se incorporó y caminó cabizbajo de regreso a la casa.

—¿Crees que esté bien? —preguntó Debra—. Se está tardando demasiado —dijo preocupada.

Hacía rato habían dejado los mimos y abrazos. Se habían tomado una ducha con agua fría, porque la casa ni siquiera daba para una ducha decente, e inmediatamente se sometieron a la ardua tarea de encontrar ingredientes en la alacena para preparar una gustosa sopa.

—Espero que nada malo le haya pasado.

—No lo creo. Solo estará dando unas cuantas vueltas —opinó Ian sonriente.

—No deberías tomártelo tan a la ligera —regañó Debra—. Piensa demasiado en Denuvio.

—Eso es inevitable, pero no hay nada que se le pueda hacer. Solo queda enfrentarlo —dijo—. Cambiando de tema, ¿notaste quién es nuestro vecino? —preguntó entre risas.

Debra rodó los ojos, aliviada de que Ian le impidiera continuar pensando en los caídos durante la invasión.

—No puedo creer que teniendo tantas propiedades ese anciano siga viviendo en el Bajo Marte —gruñó, mordiéndose el labio inferior.

—Ese tipo es tan tacaño que aun con todo el dinero del mundo nunca se permitiría una buena vida —rio Ian.

La puerta se abrió súbitamente y un Álmira completamente abatido ingresó a la casa. Debra lo examinó con curiosidad.

—¿Dónde estabas? ¿Qué te pasó? ¿Estás bien? —Se acercó a él con preocupación.

—Estoy bien, gracias —dijo Álmira, y pasó por la sala directo a la habitación.

—¿Vas a querer un poco de sopa? —preguntó Debra sutilmente.

—No, gracias —respondió, y dio un portazo.

Debra y Ian cruzaron miradas.

—Déjalo. Ya se le pasará —dijo él y bebió de su tazón de sopa. Debra desvió la mirada, no muy segura.

Cuando Álmira entró a la recámara notó que Ian y Debra habían unido dos de las tres camas individuales, para así dormir juntos. Se recostó en la que había quedado apartada y no pegó un ojo en toda la noche.

Debían estar listos para las ocho, ya que irían a limpiar otra de las propiedades del viejo Dan.

Álmira se rehusó a desayunar y no habló en todo el viaje. Una vez llegados, por poco se les cae la mandíbula de la sorpresa. El muy condenado de Dan les había dicho que sería más pequeña que la anterior…; nada más apartado de la realidad, hasta la triplicaba en tamaño.

—Lo hizo a propósito el muy cabrón —soltó Ian a regañadientes—, para reírse de nosotros.

—Si nos quejamos será peor —dijo Debra—. Andando, vamos.

Pasaron el día entero aseando la propiedad, pero ni eso alcanzó para terminar. Debieron trabajar tres días seguidos en el mismo lugar, quedándose hasta pasadas las ocho de la noche. A la semana siguiente fueron redirigidos a otra propiedad, y a la subsiguiente, a otra. Fue un mes en el que los días transcurrieron lentos y monótonos; y las noches, el único momento que tenían para relajarse y darse un respiro, pasaban más rápido que un parpadeo.

Cada mañana se levantaban con la sensación de no haber dormido nada. Todos menos Álmira estaban acostumbrados, porque sabían que la milicia no distaba mucho de esa densa rutina.

Llegada la noche del domingo precedente al lunes cuatro de marzo, fecha en que las caravanas del ejército los recogerían a ellos y a todos los inscriptos en la escuela militar de la ciudad de Crucius, los tres estuvieron de acuerdo en recostarse a eso de las diez de la noche para levantarse descansados a las cuatro de la madrugada del lunes.

Esa misma noche, Álmira soñó con Denuvio. Soñó que montaban juntos los hombros de un megatrón y que su padre capturaba el momento en una grabación. Todo fue felicidad hasta que Debra lo despertó. Le hubiera gustado dormir un poco más, pero pronto debieron vestirse para ser recogidos por los remolques que pasarían por la avenida Blutermich a las cinco de la madrugada.

Agraciadamente, Dan se había apiadado lo suficiente de ellos en ese tiempo como para donarles algo de ropa, detalle que Debra, Álmira, Switch y Nímedes agradecieron mucho. No así Patrick, Ian y Pascar, a los que les fue difícil encontrar algo de su talla.

Se reunieron los siete en la acera y esperaron pacientemente por el remolque, que tardó una hora en llegar y, cuando lo hizo, llevaba tanta gente que tuvieron que viajar todos apretujados.

Álmira elevó un poco el mentón para ver el paisaje, pero las cabezas en alza de sus futuros compañeros le impidieron siquiera asomarse a la ventana. Bajaron a las atropelladas, como bueyes que salían de una jaula.

La institución dejó perplejo a más de uno. Difería mucho del resto de los edificios en el Bajo Marte. Su arquitectura, más bien gótica, le daba aspecto señorial a pesar de contar con claras evidencias de haber sido víctima de reiterados ataques delictivos. Una espesa arbolada acompañaba el rocoso sendero hacia la entrada.

Pasaron por administración, donde la misma secretaria que los había atendido un tiempo atrás se dedicaba a cerciorar que estuviera el nombre de cada uno anotado correctamente en el patrón.

—Adelante —llamó a quien era el siguiente en la fila.

Debra ingresó al cuarto, pero, luego de su planteo, la secretaria Faustina la redireccionó hacia el despacho del director de la institución junto a Ian, Pascar, Patrick, Switch y Nímedes.

Dentro de la oficina principal los atendió un sujeto de mediana edad, alto, delgado, de cabello muy oscuro y crespo, cejas prominentes, ojeras violáceas y una expresión fúnebre que acentuaba las líneas de su rostro, otorgándole más edad de la que seguramente tenía. Invitó a los seis a pasar a su despacho mientras Álmira continuaba esperando su turno para ser atendido por Faustina.

Una biblioteca ocupaba tres de las cuatro paredes, aromatizando la pequeña oficina con añejo olor a libro. La alfombra púrpura debajo de sus pies despedía pequeñas nubes de polvo al caminar sobre ella.

Sin dirigirles la mirada, el sujeto tomó asiento en su escritorio.

—Buen día. —Los seis lo saludaron de regreso—. ¿Qué sucede?

Debra, quien ocasionalmente actuaba de portavoz en esa clase de situaciones, fue quien habló primero:

—Señor, nosotros seis ya hemos concluido los estudios y el entrenamiento militar correspondiente al cargo de suboficial en la Tierra —aclaró, un tanto nerviosa—. Nos preguntábamos si podríamos prescindir de asistir a una disciplina que ya tenemos incorporada y, en cambio, comenzar los estudios del nivel superior que corresponden al cargo de teniente coronel.

El director no apartaba la vista de los papeles que tenía en la mano, al tiempo que gesticulaba, pensando en un argumento para su respuesta seguramente negativa debido a su expresión apática.

—Si bien me honra saber que cuentan con los conocimientos básicos del cuerpo militar, me temo que mi respuesta es no —sentenció—. Y es así porque el entrenamiento marciano supera por mucho al terrícola, y no me arriesgaría a incorporarlos a un ejército para el cual no están preparados. —Debra estuvo a punto de alegar, pero fue acallada de inmediato—. Si eso es todo, entonces pueden retirarse.

Los muchachos cruzaron miradas desilusionados. No les quedó otra que salir del despacho con, por lo menos, la gratificación de haberlo intentado.

Álmira se acercó a ellos con una expresión de júbilo que contrastaba con la del resto.

—Me aceptaron —dijo sonriente—. Faustina me explicó que el director no tuvo inconvenientes en firmar mi ingreso luego de enterarse de que cumplí años un par de semanas después de la inscripción.

Los demás resoplaron.

—A nosotros nos fue fatal —dijo Ian—. Nos obligan a hacer dos años del mismo entrenamiento que ya hicimos en la Tierra, y todo por su estúpido complejo de superioridad. ¡Malditos marcianos! —gruñó por lo bajo.

—Ya, Ian —regañó Debra—. Empiezas a parecerte al viejo Dan.

Al cabo de unos minutos arribaron los últimos remolques con más personas. Una vez pasados los controles de secretaría, fueron todos obligados a ir a los vestuarios para ponerse el típico atuendo militar, que consistía en un chaleco muy sencillo y botas. Luego, fueron redirigidos a las afueras del edificio, donde el general Aurelio Márquez y el teniente Justín Abal serían los encargados de darles a los recién iniciados la bienvenida.

Capítulo 3

La milicia

El general, un hombre de color, fornido e intimidante, miró detenidamente a cada uno de ellos mientras se formaban en hilera frente a él. Los estudió de arriba abajo con desdén y postura rígida. Llevaba gorro camuflado, chaleco y pantalones de carga, al igual que el teniente Abal.

—Buenos días, infantes —saludó, curvando el brazo en cuarenta y cinco grados.

—Buenos días, general —gritó el pelotón entero, salvo algunos despistados.

Habían empezado con el pie izquierdo. Eran los de menor rango quienes primeramente debían saludar al superior, y no al revés. Debra notó el disgusto en la expresión del sujeto.

—¿Saben lo que es un CFT? —preguntó el teniente.

Debra dio un paso al frente.

—Soy Debra Guzmán, soldado perteneciente a las tropas terrícolas. Solicito permiso para hablar, señor —dijo fuerte y claro.

—Permiso concedido, soldado.

—Se trata de una prueba para evaluar la fuerza y resistencia de la brigada, señor —respondió.

El general asintió.

—Excelente, soldado —apremió—. Es un examen de aptitud física al que serán sometidos al acabar el mes de ingreso, pero aprobarlo requiere de mucho estudio y entrenamiento —declaró, y puso nervioso a más de uno. El teniente le entregó un papiro. El general lo deslizó y leyó en voz alta.

»De 6 a 8, harán diez abdominales por tres series de treinta segundos, veinte flexiones de brazos por tres series de treinta segundos, y cuarenta minutos de carrera continua de ritmo uniforme a mediana intensidad. Finalmente, entonarán el himno marciano frente a la bandera —prosiguió.

»De 8 a 9, desayunarán en el comedor principal. De 9 a 12, estudiarán las normas y reglamentos de las materias correspondientes. De 12 a 1, almorzarán en el comedor principal. De 1 a 6, se someterán a entrenamiento físico.

»De 6 a 8, horario en que abre la sala de estudio, podrán repasar lo aprendido en el día. De 8 a 9, cenarán en el comedor principal. A partir de ese horario es responsabilidad de cada uno el aseo personal e irse a dormir temprano o, por el contrario, quedarse estudiando —dijo, mirando el desconcierto en la expresión de unos cuantos—. Este es el itinerario que deberán seguir cada día del mes hasta finalizar la prueba de ingreso. Y, finalmente, se les comunicará si son o no aptos —dijo entre dientes.

—¿Qué están esperando? —gritó el teniente luego de separarlos en dos bandos, uno masculino y otro femenino—. Diez abdominales por tres series de treinta segundos. ¡Rápido! —ordenó.

Álmira estaba confundido y como él, muchos más. No entendía a qué se refería el teniente con tres series de diez abdominales, así que optó por imitar a Patrick y a Ian, que ya se habían echado al suelo de espaldas y comenzado con el ejercicio.

Álmira se detenía cuando sus compañeros lo hacían, y continuaba al verlos continuar. Se creía un imbécil por, siquiera, llevar un conteo.

—¡Cambio! —gritó el teniente.

Patrick, Pascar y Ian se voltearon y comenzaron a hacer flexiones de brazos en una carrera contra el tiempo. Álmira, sudado y confundido, intentó imitarlos, pero su cuerpo estaba desacostumbrado a esa clase de entrenamientos y ya comenzaba a sentirse cansado.

—¡Cambio! —volvió a ordenar el teniente y todos se incorporaron inmediatamente para trotar circundando el prado.

Álmira sentía la respiración entrecortada y apenas podía balbucear, mientras que sus compañeros eran capaces de trotar y cantar mientras marchaban.

—¡Alto! —ordenó el teniente.

Se detuvieron a mitad de camino y el general Márquez, secundado por el teniente Abal, desfiló frente a cada uno de los infantes varones para darles su veredicto. Cuando fue el turno de Ian, el general dictaminó el mismo resultado que le había tocado a Patrick y a Pascar: “muy apto”.

Nímedes había recibido solo un “apto”.

Cuando el turno de Álmira llegó, podía imaginar el veredicto con tan solo ver la expresión en la cara del sujeto. El hombre se detuvo frente a él, su musculatura triplicaba la de Álmira y era, por lo menos, medio metro más alto. Era imposible no sentirse intimidado, y más difícil aún era sostener la mirada ante los gélidos y amenazantes ojos negros del general.

—Desempeño… vergonzoso —escupió sobre el rostro de Álmira, y pasó con soberbia frente a él.

Ya sin ánimos, Álmira y los demás fueron dirigidos hacia el mástil para entonar el himno marciano. Fue una de las pocas veces en que se ofendió verdaderamente consigo mismo por haberse pasado horas enteras frente a la computadora investigando acerca de robótica, y nunca haber prestado atención a la cultura general universal. Solo esperaba que ni el general ni el teniente se dieran cuenta.

—¡Saluden a la bandera! —ordenó Abal utilizando un tono que a Álmira le resultó aflautado y molesto—. ¡Canten el himno!

En el espacio estelar,la grandeza anida en un solo lugar.Es el imperio marciano,cuna de la evolución.¡Oh, Marte! Tierra de oportunidades,de ti los inventos más grandes nos llenan de dicha y honor.¡Oh, Marte! Estrella roja y brillante,honrada tu bandera flameante y espíritu innovador.Por mil batallas en tu nombre persisto,porque a tus enseñanzas me hiciste fiel redentor.

El himno debía ser cantado a capela por los infantes y, hasta ahora, la mayoría de las estrofas habían sido entonadas únicamente por aquellos que eran marcianos de nacimiento. También por Ian, Patrick, Pascar, Switch, Nímedes y Debra. Y algún que otro que había estudiado el himno marciano alguna vez.

Continuaron:

Marte mío, con la mente abierta y el corazón vivo,a tu grandeza me someto, y a tu continuidad me obligo. ¡Larga vida a Marte!

—No los oigo —dijo Abal.

—¡Larga vida a Marte! —gritó el pelotón.

—Más fuerte.

—¡Larga vida a Marte!

—¡Firmes! —exigió el general.

Resonó en el prado el estruendo de las botas que azotaban el suelo mientras cientos de brazos se acomodaban en un ángulo de cuarenta y cinco grados en las sienes de los infantes.

Márquez desfiló frente a cada uno de ellos una vez más. Se detuvo cuando llegó a Álmira.

—Doble negativo, soldado —dijo—. Uno, por no cumplir con la resistencia requerida. Y dos, por balbucear el himno. —Se miraron en silencio durante segundos. Finalmente, se alejó con las manos entrelazadas en la espalda.

Durante el desayuno, Álmira habló poco. Debra se pasó la hora comentando lo que le había tocado hacer en el pelotón de mujeres, sin embargo, Álmira estaba tan abatido que apenas le llevó el apunte.

La primera materia de la mañana era Derecho Público. Su profesor, un anciano de carácter bondadoso y amable que vestía un traje muy apretado para su gruesa silueta, transpiraba mientras recitaba ejemplos del derecho gubernamental marciano, azotado por el calor.

—Bueno… —dijo y tomó asiento detrás de su escritorio, secándose el sudor con un paño—. ¿Puede alguno de ustedes decirme cuál es la entidad universal encargada de mediar las relaciones políticas y comerciales entre la Tierra, Marte y Júpiter?

Se expandió un silencio inquietante en el aula.

—La Triada Intergaláctica, también conocida como la Cámara Universal —respondió Álmira—. Por supuesto, antes de la invasión —aclaró.

—Exacto —apremió—. ¿Quiénes la componen? —continuó preguntándole a Álmira. Y él, que poca timidez tenía cuando se trataba de hablar frente a una clase, respondió:

—El cónsul jupitariano, la cónsul marciana y el cónsul terrícola —dijo, y continuó—: Cada uno responde desde la sede de la Cámara en su planeta oriundo. Aunque le puedo asegurar que el cónsul terrícola ya no se encuentra en la Tierra.

—De hecho, no —respondió el profesor—. Él y su familia se están hospedando en Danes, en el Alto Marte.

Álmira cabeceó.

—No entiendo, profesor —confesó. El anciano, apacible, se dejó caer en el respaldo de la silla cruzado de brazos—. ¿Qué pasará ahora con la Cámara? —El profesor le pidió su nombre antes de darle una respuesta.

—Álmira.

—Bueno, Álmira —comenzó, suspirando y mirando hacia arriba—. Desde el fallecimiento del que fue una vez el cónsul jupitariano, hace ya un año, no volvieron a haber reuniones en la Cámara para debatir el comercio interplanetario —explicó, rascándose el mentón—. El nuevo cónsul jupitariano tenía otros planes, al parecer. Y ya los ha concretado. —Hizo mueca de obviedad.

»Desde la destrucción del planeta Tierra, dudo de que el nuevo cónsul jupitariano intente dialogar con Scarlett o con William. Echaron por el retrete siglos de avance diplomático. Si quieren mi opinión, creo que merecen la muerte —sentenció—. Aunque eso sería combatir fuego con fuego, y no muchos son partidarios de esa ideología.

—¿Profesor, cree usted que Marte dará una respuesta luego de lo ocurrido? —preguntó otro alumno.

—¿Te refieres a un enfrentamiento militar directo? —El alumno asintió, y el profesor se tomó unos segundos para pensar—. Enfrentarse a la milicia jupitariana sería lo peor que podría pasarle a cualquier planeta. Dudo mucho de que Scarlett se atreva a enviar un ejército contra un batallón que es cien veces más grande que el que tenemos. Y ahora que no contamos con nuestros robots, pues… —Rodó los ojos—, lo único que podemos usar por el momento es la vía diplomática, y defendernos en caso de un ataque sorpresa. No hay otra alternativa.

—Pero si la cónsul marciana preveía que esto iba a pasar, ¿por qué no actuó antes? —preguntó Álmira indignado.

—No es tan fácil, muchacho —contradijo el profesor enderezándose—. Júpiter tiene una cultura y costumbres muy diferentes a la marciana y a la terrícola. Ellos violan los derechos de los niños desde épocas inmemorables: a los diez años, sus niños son enviados a naves espaciales para cumplir con un entrenamiento militar riguroso del que no muchos sobreviven —explicó.

»Es aberrante y muy cruel, pero la legislación jupitariana lo permite. Y es a lo que hoy en día nos enfrentamos: a un ejército por demás entrenado. Yo, al igual que Scarlett y que el resto de políticos y profesores, creí que todo eso terminaría cuando la guerra civil jupitariana llegara a su fin, pero ya vimos lo que pasó. —Abrió los ojos desmesuradamente. Se escucharon suspiros que rompieron el silencio.

»Les confieso que, si alguien me hubiera asegurado que algún día se desencadenaría una guerra interplanetaria, lo hubiera tachado de lunático —continuó el profesor—