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Al volver a Cypress Landing, Cade Wheeler recordó los mejores y los peores momentos de su vida. Allí había sido donde había saboreado por primera vez la dulzura del amor y la amargura de perder a alguien…Diez años antes, Brijette Dupre había creído que la única alternativa que tenía era aceptar el dinero de los Wheeler y dejar a Cade; al fin y al cabo, estaba embarazada y en la ruina. Jamás había sospechado que la familia de Cade les había mentido a ambos. Ahora Cade había vuelto y a Brijette le resultaba muy difícil trabajar con él. Unida a su relación del pasado y a la evidente atracción que todavía existía entre ambos, estaba la hija que Cade no sabía que tenía, una hija que Brijette había criado pese a las exigencias de los Wheeler…
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Seitenzahl: 301
Veröffentlichungsjahr: 2018
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2006 Suzanne Cox
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Hija inesperada, n.º 47 - julio 2018
Título original: Unexpected Daughter
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-9188-734-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Epílogo
A Brijette Dupre le caían gotas de sudor por las sienes y algunos mechones de pelo negro se le pegaban a la barbilla húmeda. El obsoleto aparato de aire acondicionado en la habitación contigua apenas servía de nada con aquel calor húmedo y sofocante de las marismas de Luisiana. Brijette se secó la cara con una toalla de papel mientras contaba paquetes de muestras de un antibiótico.
—Tiene que tomarlos tres veces al día con comida y procurar mantener los puntos secos y limpios. El jueves que viene estaré aquí todo el día y quiero ver ese corte.
La mujer de cuerpo delgado y huesudo asintió con la cabeza mientras sujetaba la mano del niño descalzo de ocho años que Brijette estaba curando. Brijette pasó por última vez la gasa estéril en un intento vano de limpiar la piel del muchacho. Quería decir a la mujer que llevara al niño a casa y lo bañara, o al menos lo tirara al agua del canal para quitarle la mugre que llevaba pegada por todo el cuerpo, pero sabía que no serviría de nada. Nadie podía decir a aquella gente lo que tenían que hacer, ni esperar que vivieran según las normas comúnmente aceptadas por todo el mundo. Brijette lo sabía mejor que nadie. Ella fue una de ellos los primeros diecisiete años de su vida.
Brijette ayudó a bajar al niño de la camilla y acompañó a madre e hijo hasta la puerta. Al sentir la suave corriente de aire en la cara deseó poder dejar la puerta abierta pero no podía tratar a los pacientes delante de los clientes que entraban y salían de la destartalada tienda. Antón Guidreaux, el propietario, había sido lo bastante generoso para permitirles utilizar un almacén vacío como consulta médica. Como enfermera, Brijette trabajaba bajo la supervisión del médico del pueblo, normalmente en la clínica con él, ayudándolo con los pacientes. Pero los jueves iba a la pequeña aldea de Willow Point y ofrecía asistencia médica a personas sin recursos que de otro modo no tenían acceso a los servicios sanitarios.
En Cypress Landing muchos se preguntaban por qué iba allí. A fin de cuentas, si esa gente necesitaban ver al médico, podían acudir al pueblo, pensaban. «Esa gente», los llamaban, como si fueran de otro planeta. Como si las personas que vivían en las marismas de Luisiana fueran de otra especie. Aquello era Luisiana, no un país del Tercer Mundo. ¿Cómo se sentiría la mujer que acababa de salir, con la ropa sucia y los zapatos desgastados, en la inmaculada sala de espera de la clínica de Cypress Landing? No, Brijette no hacía más que cumplir con su obligación, por ellos y por ella misma, o al menos por la niña y adolescente que fue.
—Brijette, sal un momento.
Brijette salió del almacén y se quedó de pie en el porche junto a Alicia. Alicia Ray era la enfermera que la ayudaba todas las semanas en su visita a aquella comunidad rural a orillas del río Mississippi.
—Oh, no —susurró.
A diez metros de ellas una joven embarazada se acercaba tambaleante con ayuda de un muchacho con aspecto de estar a punto de desvanecerse. O de salir corriendo de un momento a otro. La muchacha avanzaba con dificultad, con la mano en el voluminoso vientre.
Las dos mujeres saltaron los escalones del porche y sujetaron a la muchacha. Con ayuda del joven, lograron meterla en la consulta y subirla a la camilla, que desde luego no estaba preparada para partos.
—Ve a ver si encuentras un teléfono fijo. Los móviles no tienen cobertura. Llama a la clínica y que avisen al servicio de rescate por helicóptero. Lo vamos a necesitar. Explícales la situación.
Alicia salió corriendo de la sala y el muchacho la siguió.
—Puedes quedarte si quieres —dijo Brijette, pero el joven no respondió, sino que cerró la puerta tras él.
—Tiene miedo —dijo la joven embarazada.
—¿Y tú?
La joven fue a responder, pero apretó los dientes y movió la cabeza de un lado a otro de dolor.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Brijette.
—Regina —dijo la joven.
Brijette la soltó un momento para abrir una caja. Pero no disponían de material para partos, y si los sanitarios no llegaban pronto, iba a tener que traer el niño al mundo con lo que encontrara.
—Sí, tengo miedo —dijo la joven mirando a Brijette con los ojos muy abiertos y acuosos.
—Regina, ¿te ha visto el médico durante el embarazo?
La joven negó con la cabeza. Brijette no se molestó en preguntarle por qué no. En aquel momento ya no tenía remedio.
—¿Cuántos años tienes?
Regina clavó los ojos en la pared, sin responder.
—Tranquila. Si me lo dices no os pasará nada, ni a ti ni a tu novio.
—Diecisiete años.
—¿Y tu novio?
—Veintidós, pero es mi marido. Llevamos casados más de un año.
—Me alegro —Brijette contuvo un suspiro.
¿Qué más podía decir? Brijette pensó en su hija, Dylan, que todavía no había llegado a la adolescencia. A veces los niños se veían obligados a crecer deprisa y, al igual que ella, Regina parecía estar entre ellos.
—¿Tienes familia, madre, padre, abuela, alguien a quién contactar?
—No. Mis padres se fueron hace un año. Yo no quise dejar a mi novio, y me dejaron quedarme y casarme con él.
Brijette había oído aquel tipo de historias muchas veces. ¿Qué clase de padre dejaba a su hija adolescente con su novio porque no quería mudarse? Aunque no debería extrañarle, porque sabía exactamente de qué clase de padre se trataba: de los que agradecen tener una boca menos que alimentar y un niño menos que aguantar. De no haber sido por su abuela, ella también hubiera podido verse en la misma situación que Regina.
—¿Ya has salido de cuentas?
La joven frunció el ceño sin comprender.
—¿Qué es eso?
—¿De cuántos meses estás? ¿De nueve meses, o se ha adelantado?
La joven apretó la sábana que la cubría y no respondió.
—Regina, tengo que saber si este niño es prematuro.
—Creo que tiene ocho o nueve meses, no estoy muy segura.
Si terminaba con un bebé prematuro de un kilo de peso iban a tener problemas, pensó Brijette mientras ataba una toalla esterilizada a las barras de metal de los lados de la mesa para improvisar unos estribos de la mejor manera posible. Alicia entró en la sala seguida del esposo de Regina.
—T.J. —dijo Regina tendiéndole la mano.
Éste parecía a punto de desplomarse.
Brijette le sonrió.
—Me alegro de que haya decidido entrar.
Alicia ayudó a Regina a quitarse la ropa y ponerse la bata de hospital que Brijette sacó del fondo de una caja. Una vez que la muchacha estuvo colocada sobre la mesa, Brijette apartó la sábana para comprobar su estado y vio que ya se veía la cabeza del bebé. Era evidente que el pequeño no tenía ninguna intención de esperar a la ambulancia.
—Regina, con la siguiente contracción tienes que hacer fuerza y empujar.
—¿Ya va a nacer? —Regina empezó a llorar.
Alicia le secó la cara con un trapo húmedo. La temperatura se había disparado y los cuatro sudaban copiosamente.
—Lo siento, Regina, pero este niño quiere nacer ya y tienes que colaborar conmigo.
Cuando Brijette pudo por fin alejarse de la improvisada mesa de parto, tiró los guantes a la basura y se lavó las manos y los brazos con gel antiséptico. Unos golpes en la puerta y unas voces interrumpieron el silencio que por fin se había hecho en la habitación. Dos sanitarios entraron con una camilla, pero se detuvieron en seco al ver al bebé en perfecto estado de salud.
—Ya veo que al final no nos has necesitado, Brijette.
—No ha sido por decisión mía —dijo Brijette a Michael, el desgarbado sanitario—. Al menos podéis llevar a Regina y a su hija al hospital. Ni siquiera he oído llegar el helicóptero.
—No me extraña —respondió Michael mientras colocaba a madre e hija en la camilla—. El helicóptero está al otro lado del río y tenemos que volver en barca. No había otro punto más cercano para aterrizar.
—Supongo que si han aguantado hasta aquí, podrán soportar un viaje en barca.
Michael no respondió pero miró a su alrededor.
—O sea que esto es tu clínica.
—Sí —Brijette sonrió, dándose cuenta de que, aunque la mayoría de la gente del pueblo sabía que iba allí a prestar sus servicios, pocos habían visto su consulta.
—Huele como una pocilga y hace un calor de mil demonios.
Si no fueran amigos desde hacía un montón de años, probablemente aquellas palabras hubieran ofendido a Brijette, pero la vida le había enseñado a ser, por encima de todo, realista.
—Gracias. Acabamos de traer a un niño al mundo —dijo en una explicación que debería ser innecesaria—. Además, no contamos con el lujo de una ambulancia ni de un helicóptero con aire acondicionado.
—Tranquila, no he dicho que tú apestaras, aunque es la verdad.
Brijette se echó a reír y le lanzó el bote casi vacío de gel.
—Será mejor que vaya a echarles una mano antes de que tu enfermera y mi compañero tiren a la paciente por las escaleras.
Brijette lo siguió hasta fuera y lo vio seguir corriendo por el camino de tierra detrás de Alicia y el otro sanitario, que estaban metiendo la camilla en una barca. Sólo entonces se relajó y se apoyó en la pared de la tienda.
—Vaya, ma chèrie. Cuando montaste aquí la consulta no me imaginé que algún día tuvieras que llegar a hacer algo así.
Brijette se volvió. Antón Guidreaux estaba sentado en una mecedora a un par de metros de ella.
—Yo tampoco, A.G. —Brijette se apartó el pelo empapado en sudor de la nuca.
En las marismas, Antón Guidreaux era un nombre demasiado serio para aquel hombre y pronto fue abreviado a A.G., las iniciales con las que era conocido desde mucho antes de que ella fuera a aquella tienda a comprar harina, azúcar, y lo que le encargara su abuela.
A.G. se levantó para entrar en la tienda.
—Me alegro de que hayas estado aquí, chica —le dijo dándole una palmadita en la cabeza como si siguiera teniendo cinco años—. No creas que la gente no está orgullosa de tenerte aquí. Puede que no lo digan, pero sabes que lo están.
—No vine esperando que nadie me diera las gracias.
—Pero te las puedo dar cuando me apetezca, ma chèrie.
Brijette asintió con la cabeza y se quedó mirando al suelo un momento antes de entrar en la consulta a recoger los restos del parto.
—¿Hemos terminado por ahí? —preguntó Alicia entrando en la sala.
—A menos que haya una urgencia, nos vamos en cuanto terminemos de limpiar y recoger aquí, que aún nos llevará una hora. Estoy agotada.
Sin responder, Alicia movió una caja hacia la pared y empezó a fregar el suelo. Al cabo de unos minutos, estaban las dos empapadas de nuevo en sudor.
Brijette dejó la última caja de plástico en la cubierta de la barcaza de ocho metros de eslora y puso el motor en marcha. Al alejar la embarcación de la orilla, vio por última vez la tienda de madera que se alzaba sobre un montículo junto al río. Más allá de la tienda estaba la iglesia, una edificación pequeña que necesitaba como mínimo una buena mano de pintura. A lo lejos se divisaban un par de casas de madera construidas sobre pilotes. Estaban a una distancia de diez minutos hasta el río y otros diez minutos hasta Cypress Landing. Era un trayecto que Brijette conocía perfectamente. El verano después de terminar el instituto lo recorrió a diario para ir a trabajar a la fábrica de neumáticos de Cypress Landing y con frecuencia, a la cafetería en la calle principal. Pero eso era otra vida.
La embarcación llegó al río Mississippi y dio una sacudida al incorporarse a la corriente más rápida. Brijette redujo la velocidad.
—¿A que casi no te crees lo que hemos hecho? —preguntó Alicia gritando sobre el ruido del motor.
Con los ojos clavados en el río ante ella, Brijette fue consciente por primera vez de todo lo que podría haber ido mal con el parto y le flaquearon las piernas. Tuvo que sentarse, con los ojos llenos de lágrimas.
—Me alegro de haberte tenido conmigo —le gritó, pero se le hizo un nudo en la garganta.
El llanto y los sentimentalismos no eran lo suyo, pero era la primera vez que ayudaba a nacer a un niño con la única ayuda de otra enfermera.
Una mano le tocó el brazo.
—Tranquila, yo también —dijo Alicia señalándose las mejillas cubiertas de lágrimas, y se echó a reír. Mientras el barco continuaba avanzando hacia Cypress Landing las dos mujeres lloraban y reían a la vez.
—Ya sé que hoy has tenido toda una aventura.
Brijette sonrió a la recepcionista de la clínica mientras apilaba la última caja en el almacén.
—Ha sido más una pesadilla que una aventura, Emma.
—Bueno, la madre y el niño están bien, o sea que has debido de hacer un buen trabajo.
—Lo ha hecho la madre naturaleza —respondió ella—. Yo sólo lo he recogido —se miró las ropas empapadas y sacudió la cabeza—. Tengo que ir a casa a cambiarme.
—El doctor Arthur quiere verte antes de que te vayas.
—Ahora mismo.
Situada a una manzana de la calle Mayor, la clínica estaba en una mansión anterior a la guerra civil norteamericana que el doctor Arthur había convertido en clínica hacía casi treinta años, cuando llegó a Cypress Landing. Brijette cruzó el vestíbulo y se dirigió hacia el despacho del doctor.
—Emma me ha dicho que quería verme.
—Brijette, pasa —la invitó con un gesto—. Hoy has hecho un buen trabajo.
—No he hecho tanto. El niño ha nacido solo —dijo ella, sin molestarse en explicar el pánico que se había apoderado de ella al pensar que el niño podría ser prematuro.
—Pero has estado allí. Haces un gran trabajo con esa gente.
Brijette se encogió de hombros.
—Eso espero.
—Lo haces, y no lo olvides nunca —le aseguró el médico.
—¿Para qué deseaba verme? —dijo ella, consciente del olor que le empapaba el cuerpo y las ropas y deseando llegar cuanto antes a casa.
—Sabes que últimamente he tenido problemas con la válvula del corazón —dijo él recostándose en el sillón—, y me han dicho que no puedo seguir posponiendo la operación mucho más tiempo.
Brijette se frotó las manos sobre el regazo, dándose cuenta de que sin el médico en la clínica ella no podría trabajar.
—Tranquila —le aseguró el doctor al ver la expresión de su rostro—. No voy a cerrar y echarte a la calle. Voy a traer otro médico.
—Eso es fantástico —dijo Brijette sin poder dejar de sonreír—. Tenemos muchísimo trabajo.
—Sí, pero en principio sólo trabajará aquí mientras yo esté de baja —explicó el doctor—. A mí me gustaría que se quedara, pero sus planes son abrir una clínica en Dallas más adelante.
—Entonces tendremos que conseguir que se enamore de este lugar —dijo Brijette, algo que no le parecía tan difícil, y fue a ponerse en pie, pero el médico continuó hablando.
—Ya ha estado aquí antes. Lo conoces. Por eso quería verte.
Brijette entrecerró los ojos.
—¿Lo conozco?
—Es mi sobrino, Cade Wheeler. Lo recuerdas, ¿verdad? Los dos os hicisteis muy amigos el verano que estuvo aquí. Él estaba a punto de empezar Medicina, y fue justo antes de que tu abuela y tú os fuerais a vivir con tu tía a Lafayette.
A pesar del aire acondicionado, una gota de sudor frío empezó a descender lentamente por la espalda de Brijette. Su vida había cambiado mucho desde aquel verano y podía vivir tranquilamente el resto de su vida sin volver a ver a Cade Wheeler. Durante un segundo, se planteó la idea de buscar trabajo en otro sitio, probablemente Nueva Orleans, pero le encantaba vivir en Cypress Landing y no podía imaginarse viviendo con su hija en la ciudad. La mención del nombre de Cade le aterrorizó. Llevaba años preparándose para aquella posibilidad, tratando de atar todos los cabos sueltos, pero sólo en teoría. Eso iba a cambiar.
—Sí, lo recuerdo.
—Bien, sé que podréis trabajar juntos.
Brijette apenas pudo asentir con un ligero movimiento de cabeza. Bajo sus pies, el mundo empezó a desmoronarse.
A través de la ventana, Cade Wheeler contemplaba el lento descenso del agua del arroyo apoyado en la encimera de la cocina mientras dejaba el vaso en el fregadero. Un bocadillo de jamón y un té helado eran toda su comida, nada que ver con los restaurantes que solía frecuentar en Dallas. Pero ahora no estaba en Dallas. Cuando empezó a trabajar en la elitista clínica de Dallas como médico de cabecera, su vida era ideal. O al menos eso era lo que le repetía su madre una y otra vez. Sus pacientes pertenecían a la alta sociedad texana, eran personas acaudaladas y caprichosas a quienes él trataba de evitar en su tiempo libre. De vez en cuando, por insistencia de su madre, asistía a algunas fiestas y celebraciones, y debería haberle resultado fácil. A fin de cuentas, él siempre formó parte de esa misma clase social.
Desde la ventana de su consulta en Dallas veía el elegante centro comercial al otro lado de la calle, y en ocasiones se preguntaba si no habría cometido un error con su profesión e incluso con su vida. ¿Por qué había llegado a la conclusión de que podría trabajar en algo que no le llenaba? Un desagradable incidente en la clínica desveló la verdad sobre sus verdaderos amigos y la mayoría de sus colegas le dieron la espalda cuando más necesitaba su apoyo. El escándalo afectó incluso a su madre y su idílica vida cambió para siempre. Lo que todavía no sabía era adónde los llevaría el cambio.
Rodeado de cajas vacías, Cade miró el suelo de madera de la cocina, que brillaba como si fuera nuevo. Cade recordó las reticencias del propietario a alquilar una casa que había dejado prácticamente como nueva para ponerla a la venta. Su intención era venderla, pero tras un año se vio obligado a aceptar lo inevitable y alquilarla.
—Es demasiada casa para ti —le dijo su madre durante la visita de cinco minutos que le hizo al poco de instalarse allí.
Sí, era cierto que la vivienda de dos plantas tenía habitaciones que nunca utilizaría, pero el dormitorio principal con su cuarto de baño de lujo le resultó un oasis de paz en el desierto de aquel pueblo. Además, el paisaje que rodeaba la casa le fascinó: los sauces llorones que se inclinaban hacia las aguas del arroyo, la estrecha playa de arena blanca que se extendía a lo largo de la orilla del mismo, y entre éste y la casa los prados verdes salpicados de robles, nogales y pinos.
Cade había firmado un contrato de seis meses. Después, volvería a Dallas a abrir su clínica, entre otras cosas para cumplir la promesa que hizo su padre en su lecho de muerte: cuidar de su madre. De momento, disfrutaría del paisaje.
Una rama de un árbol se agitó al fondo del jardín y a Cade le pareció ver movimiento cerca del agua. Un objeto apareció volando por el aire y aterrizó con un chasquido en medio del arroyo. Era un corcho de pesca. Poco después apareció otro a unos metros del primero. Vaya, estaban invadiendo su propiedad. Probablemente no sabían que la casa estaba alquilada. La inquietante posibilidad de tener a un par de hombres mayores con sus cañas de pescar, gritando, bebiendo cerveza y montando jaleo en su jardín le decidió a bajar a informarlos de que él vivía allí.
Al llegar junto al arroyo vio que era un único pescador con dos cañas de pescar caseras, o mejor dicho, una pescadora. Bueno, en realidad era una niña que llevaba unos pantalones vaqueros cortos y los pies descalzos. La niña se tiró de la cola de caballo rubia y se pasó una mano por la frente.
—Hola. Usted es el que ha alquilado esa casa.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó él.
—Ayer estaba en el coche cuando mi cuidadora, la señora Norma, le trajo la tarta. También sé que es médico y trabaja en la clínica del doctor Wheeler. Norma dijo que era un hombre agradable, así que pensé que no le importaría que viniera a pescar aquí.
¿Qué podía decir él? Si la echaba de allí con cajas destempladas, la niña contaría a todo el pueblo lo malísimo que era el nuevo médico, así que suspiró y le tendió la mano.
—Soy Cade Wheeler. Pareces saber muchas cosas de mí.
La niña se echó a reír, clavó las cañas en el suelo y se puso en pie para estrecharle la mano.
—¿Quiere pescar? Tengo dos cañas.
Había llegado el momento de hacerle saber con firmeza que no quería a nadie pescando en su jardín, pero en lugar de eso estiró la mano para aceptar una de las cañas.
—Pescaré contigo un momento, pero tenemos que avisar a quien sea de que estás aquí.
—Me llamó Dylan —dijo ella—. ¿Esa casa tan grande es sólo para usted o van a venir niños más adelante?
—No, voy a vivir yo solo. ¿Vives por aquí, Dylan?
—No muy cerca. A unos kilómetros por la carretera —dijo señalando con la mano en esa dirección—. Cuando mi madre trabaja me quedo con la señora Norma, que vive justo ahí —señaló hacia la casa que se vislumbraba a través de los árboles y que probablemente había pertenecido a la misma propiedad que la casa que ahora tenía alquilada.
—¿Tus padres trabajan en Cypress Landing?
La niña no respondió inmediatamente, sino que lo observó, como si tratara de decidir cuánta información debía dar a un desconocido.
—Mi madre trabaja en el pueblo —dijo sin dar más explicaciones.
Al ver que el corcho había desaparecido, la niña sujetó con fuerza la caña y tiró del hilo. No había pescado nada y colocó otro cebo en el anzuelo.
—¿No le importa que vengas a pescar aquí sola?
—Bueno, no debería haberme alejado tanto, pero seguro que la señora Norma viene a buscarme enseguida.
Como si la hubiera oído, una mujer apareció en el claro al otro lado del arroyo. Dylan la saludó.
—Seguro que viene aquí.
Minutos después, la cuidadora de Dylan se dirigía hacia ellos por el sendero. Cade entregó la caña a Dylan y se puso en pie.
—Dylan, no deberías alejarte tanto de casa —dijo la mujer.
—Lo sé, pero allí no estaba pescando nada —protestó la niña—. Éste es Cade. Ayer le llevó una tarta, ¿no se acuerda?
La mujer se relajó. Era evidente que no lo había reconocido. Cade le ofreció la mano.
—Me alegro de volver a verla. La tarta me gustó mucho.
—Espero que no lo esté molestando —dijo la mujer mirando a Dylan, aunque ésta prefirió ignorar a los adultos y concentrarse en los corchos flotando en la corriente.
—No, en absoluto —dijo él—. Puede quedarse si quiere. Yo tengo que terminar de desembalar.
—Si no lo molesta, puede quedarse aquí una hora más —dijo la mujer y miró a la niña—. Tu madre vendrá a buscarte enseguida.
Dylan asintió.
—Tengo que volver a casa. He dejado un asado en el horno —se disculpó la mujer antes de irse con pasos apresurados por el sendero.
—Encantado —dijo Cade. Después miró a Dylan, que volvía a lanzar la caña al agua—. Parece una mujer agradable.
Dylan se volvió a mirarlo.
—Lo es. Me cuida desde hace tres años, cuando murió mi abuela y mi madre y yo nos vinimos a vivir aquí. Antes vivía con ella y con mi tía en Lafayette, pero mi madre quería volver aquí —se interrumpió de repente, como si ya hubiera revelado demasiado.
Cade esperó un minuto más, y después recordó que tenía que continuar desembalando si quería empezar a trabajar en la clínica al día siguiente.
—No tengo padre.
Cade volvió la cabeza hacia ella, sin entender de dónde había salido el comentario.
—Me ha preguntado si mis padres trabajaban en el pueblo, y yo le he dicho que mi madre sí, pero no tengo padre —explicó la niña al ver la confusión claramente reflejada en su rostro —. Bueno, lo tengo, todo el mundo tiene padre, pero no lo conozco. Él no quería hijos, así que se fue antes de nacer yo.
Cade no entendía de dónde había salido aquella confesión, pero Dylan ya estaba de nuevo concentrada en el corcho, esperando ansiosa a que picara algún pez.
—Yo diría que él se lo perdió.
La niña le sonrió.
—¿Por qué no tiene hijos?
Cade pensó que debería haberse quedado en la casa. Los niños siempre hacían demasiadas preguntas.
—No lo sé. Supongo que estoy esperando a conocer a la mujer adecuada para tenerlos.
Dylan frotó el pulgar contra la caña y pareció meditar sus palabras durante un momento.
—¿Nunca ha conocido a una mujer que sea la adecuada? ¿Ni a una?
Cade tardó un segundo en responder.
—Una vez, pero ella no pensaba lo mismo de mí.
—Y yo diría que ella se lo perdió —respondió ella, con una sonrisa.
Él se echó a reír. El extremo de una de las cañas rebotó en el agua. El corcho se había hundido, y al tirar de la caña, la niña sacó un pez plateado enganchado al anzuelo.
—Sabía que aquí había peces, señor Wheeler —gritó Dylan sujetando al pez para quitarle del anzuelo.
Cade la miró y sonrió.
—Será mejor que vuelva a seguir desembalando mis cosas. Y, por favor, tutéame. Llámame Cade.
La niña asintió aunque seguía demasiado concentrada en meter al pez en el cubo de agua que llevaba consigo. A Cade siempre le gustó el hecho de que divertirse en Cypress Landing no solía incluir una fiesta, ni un campo de golf, ni un grupo de gente que no le interesaban en absoluto. Quizá pasar aquí unas semanas no estaría tan mal.
Dylan sostuvo las cañas mientras observaba a Cade regresar caminando hacia la casa. Después echó un vistazo al reloj y decidió que era hora de irse. Recogió las cañas y por fin tiró el pez plateado al agua.
—Volveré a por ti otro día —susurró.
Echó a andar por el sendero que llevaba a la casa de la señora Norma pensando que Cade era muy guapo, muy simpático, pero mayor, seguramente incluso mayor que su madre. Estar con él era divertido, como seguramente lo sería estar con su padre, si lo tuviera. Se volvió una última vez para mirarlo y decidió no contarle nada a su madre. Probablemente no le haría mucha gracia que hablara con un desconocido. Su madre y Cade trabajarían juntos, lo que significaba que el doctor Wheeler pronto dejaría de ser un desconocido. Si cuando su madre fuera a recogerla estuviera esperándola en el porche y se metiera en el coche enseguida, la señora Norma no tendría la oportunidad de decirle nada. Dylan sonrió, era un plan perfecto.
Corrió hacia la casa. A lo mejor aquel verano no era tan aburrido como pensaba.
Cade arrugó la nariz por enésima vez. El olor a laca que desprendía el pelo canoso exageradamente cardado de la enfermera junto con su actitud hosca y huraña estaba empezando a sacarlo de sus casillas. La mujer no había dejado de dirigirle furiosas miradas cada vez que tenía que preguntarle dónde estaba algo, esta vez vendas. O Mary Carson resentía su presencia en la clínica, o la mujer tenía muy mal carácter. Cade llevaba todo el día corriendo de paciente a paciente, curando heridas y poniendo inyecciones mientras Mary ayudaba a su tío. Habían tenido que comer deprisa y corriendo en la cocina que había en la parte de atrás de la clínica entre paciente y paciente. Ahora Cade estaba seguro de una cosa: mientras él estuviera allí, la otra enfermera no se iría los jueves a pasar consulta a algún lugar perdido en las marismas de Luisiana. Cuando se fuera su tío Arthur, la mujer tendría que quedarse a ayudarlo. Ahora entendía que su tío tuviera aquellos problemas cardíacos, teniendo que trabajar a aquel ritmo y sin ayuda. Suspirando, Cade abrió la puerta de otra sala dispuesto a curar otra herida.
—Le diré a la recepcionista que le pida cita para tratamiento hiperbárico para esa llaga de la pierna —Cade echó un último vistazo antes de poner el esparadrapo sobre la herida. Todavía tenía otro paciente esperando y ya eran las cinco y media.
Vio que el hombre mayor sentado en la camilla y su esposa lo miraban perplejos, lo que le recordó que había hablado en jerga médica y seguramente no habían entendido nada.
—Tiene que ir a Baton Rouge para que le pongan un tratamiento especial para curar esa pierna —le explicó en términos más corrientes—. Usted es diabético, lo que significa que cicatrizar le cuesta más.
La mujer apretaba nerviosa el viejo bolso que llevaba en las manos.
—¿Qué es un tratamiento hiperbárico?
Cade tomó nota mental de hablar más llanamente en el futuro. Estaba acostumbrado a pacientes que con frecuencia sabían tanto como él de sus enfermedades y posibles tratamientos.
—No se preocupe. Lo pondrán en una máquina especial para que su cuerpo se cure antes.
—¿Cuántas veces tendré que ir? —preguntó el hombre retirándose unos mechones grasosos de la frente.
—No lo sé. Es posible que necesite varias sesiones.
—No tengo tiempo ni transporte para ir varias veces a Baton Rouge. Tengo que trabajar, y mi camión está muy viejo para ese trayecto.
—Está a menos de una hora.
—Para algunos eso es muy lejos.
—Si no va, la pierna no se le acabará de curar.
El hombre le dirigió una mirada furiosa y Cade procuró mantener la calma y no perder los estribos.
—¿Dónde está Brij? Ella siempre me cura sin tener que mandarme a Baton Rouge.
—No conozco a Brij, pero usted tiene que ir a Baton Rouge —dijo Cade en un tono un poco más exasperado de lo que hubiera deseado.
—Quiero ver a Brij y que me atienda ella —bramó el hombre mayor con un rugido que sacudió las paredes.
Detrás de Cade la puerta se abrió y éste temió por un momento volver a ver la cara de pocos amigos de Mary Carson.
—¿Qué ocurre?
Cade no levantó la cabeza, pero se dio cuenta de que no era la voz de Mary.
—Estoy hablando con un paciente, si no le importa —bramó él volviéndose furioso hacia la puerta.
Ya estaba harto de oír las opiniones médicas de todo el mundo. Él era el médico, a ver si se enteraban de una vez.
—Brij, me ha salido otra llaga en la pierna.
El hombre mayor esperó pacientemente mientras el médico y la intrusa se miraban fijamente, Cade con una expresión de perplejidad que no pudo controlar. Brij era la abreviatura de Brijette, un nombre que hubiera preferido no volver a oír en su vida. Ahora la mujer estaba de pie delante de él.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó él en cierto tono acusador.
Brijette entró en la sala y cerró la puerta tras ella. El uniforme verde que llevaba cubría más curvas de las que él recordaba, pero el pelo sedoso seguía siendo del mismo color negro azabache y brillante que él recordaba. Cade se preguntó si, cuando se soltara el moño que llevaba, la melena le seguiría cayendo hasta media espalda como antes, y sintió un escalofrío al recordar las caricias de los mechones sobre su cuerpo desnudo.
—Trabajo aquí —dijo ella pasando delante de él para acercarse al paciente, mientras Cade hacía un esfuerzo para volver al presente y recordar la verdad del pasado.
—No puedes.
Ella lo miró, y empezó a despegar el esparadrapo que él acababa de poner.
—Puedo y lo hago. Pero ¿no te parece que será mejor dejar esa conversación para más tarde?
Cade tuvo que reconocer que tenía razón y observó en silencio mientras ella examinaba la herida. Tenía ganas de decirle que no tenía ningún derecho a entrar allí y socavar su autoridad. Seguramente recomendaría algún tipo de brebaje mágico y al cabo de unas semanas tendrían que mandar al hombre a un cirujano para que le cortaran la pierna.
—He recomendado un tratamiento hiperbárico y creo que el lugar más cercano es Baton Rouge.
Cade esperó pacientemente a escuchar una argumentación en contra de su diagnóstico y ofrecer uno propio. A Brijette siempre le había gustado lo que ella llamaba «medicina casera», que para él no eran más que un montón de ridículas supersticiones.
—Me temo que el doctor Wheeler tiene razón.
—¿Y por qué no puedo usar esa cosa roja que me ha dado otras veces?
—No creo que le haga nada. Esto está mucho peor que antes. Me ocuparé de que Emma le organice el transporte cuando pidan la cita.
El hombre y su esposa asintieron mientras Brijette volvía a cubrir la herida. Cade se puso tan cerca de Brijette que casi tropezó con ella cuando ésta se detuvo en el pasillo.
—Te agradezco que no hayas ofrecido otro tratamiento a mi paciente.
Brijette se encogió de hombros.
—El diagnóstico y el tratamiento son los correctos.
—Vaya, muchas gracias, teniendo en cuenta que el médico soy yo.
—Y yo la enfermera. Da la casualidad de que ya he visto a ese paciente varias veces. No se cuida como debería, pero supongo que eso no pasa a menudo en tu mundo.
Cade frunció el ceño.
—¿Y qué era esa cosa roja que le diste antes? ¿Una pócima de ojo de lagarto y alguna extraña raíz del bosque?
Una máscara impasible cubrió el rostro femenino. Cade no tenía por costumbre menospreciar el pasado de las personas, pero fue ella quien lo hizo desconfiar de la raza humana, al demostrarle qué era lo que más le importaba. ¿Por qué tenía que preocuparle ahora herir sus sentimientos?
—Es un nuevo medicamento que acabamos de recibir. Lo he usado varias veces con buenos resultados.
Cade no esperaba respuesta, y al oírla se dio cuenta no sólo de que se había portado como un imbécil, sino también de que estaban llamando la atención. Dos pacientes que esperaban en el pasillo los estaban mirando. Emma, la recepcionista, asomó la cabeza desde la recepción y una joven rubia en uniforme verde que llevaba una caja de plástico y acababa de aparecer junto a la puerta de atrás se detuvo y observaba la escena.
En lugar de responder, principalmente porque no tenía nada que decir, Cade se acercó a la recepción y dejó el gráfico del hombre sobre el mostrador.
—Pídale un tratamiento hiperbárico —miró a Brijette—. Y transporte —añadió, esperando que la recepcionista supiera qué hacer.
Sin esperar respuesta, Cade se dirigió hacia el despacho de su tío sacando el taco de recetas del bolsillo. No entendía cómo había podido ignorar el nombre toda la mañana, un nombre que estaba escrito claramente en el taco de recetas junto al nombre de la clínica.
