Hijos de la ira - Taicha Peñín - E-Book

Hijos de la ira E-Book

Taicha Peñín

0,0

Beschreibung

¿Qué tienen en común una historiadora vasca de hoy en día y una noble árabe del siglo VIII? ¿Cómo es posible que sus vidas se entrecrucen? ¿Qué secretos esconde la antigua edición de un enigmático ensayo que promete explicar la verdadera historia del rey Rodrigo?  Alba, una brillante historiadora, está empeñada en escribir una revolucionaria tesis doctoral sobre la invasión musulmana de la península, mientras en su casa se desata otra guerra: la que viven en Euskadi con la presencia de ETA y las consecuencias que tiene en su relación con su marido, un fiscal involucrado en la lucha antiterrorista. Zulema es una noble árabe, criada con valores de justicia y libertad, que es capturada por los cristianos, obligada a casarse con un caudillo visigodo y a renunciar a su identidad.  Este es el punto de partida de Hijos de la ira, una novela que aborda con valentía temas universales como el nacionalismo, la maternidad, el amor y el destino, y que demuestra cómo la violencia, en todas sus formas, trunca sueños y dinamita esperanzas.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 413

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Índice de contenido
Alba, Bilbao
Zulema, Villa Godomar
Alba, Bilbao
Alba, Bilbao
Zulema, Villa Godomar
Alba, Bilbao
Alba, Bilbao
Alba, Bilbao
Alba, Bilbao
Zulema, Villa Godomar
Alba, Bilbao
Zulema, Villa Godomar
Alba, Bilbao
Zulema, Villa Godomar
Alba, Bilbao
Zulema, Villa Godomar
Alba, Bilbao
Zulema, Villa Godomar
Alba, Bilbao
Zulema, Villa Godomar
Alba, Bilbao
Zulema, Villa Godomar
Alba, Bilbao
Zulema, Villa Godomar
Alba, Bilbao
Alba, Bilbao
Zulema, Villa Godomar
Alba, Bilbao
Zulema, Villa Godomar
Alba, Burgos
Zulema, Alejandría
Alba, Villa Godomar
Todo está escrito
Agradecimientos

Título: Hijos de la ira

© 2024 Taicha Peñín

____________________

Diseño de cu­b­ier­ta: Eva Olaya

___________________

1.ª edición: octubre 2024

____________________

De­re­chos ex­clu­si­vos de edi­ción en es­pa­ñol re­ser­va­dos para todo el mundo:

© 2024: Edi­c­io­nes Ver­sá­til S.L.

Calle Muntaner, 423, planta 2

08021 Bar­ce­lo­na

www.ed-ver­sa­til.com

____________________

Nin­gu­na parte de esta pu­bli­ca­ción, in­cl­ui­do el diseño de la cu­b­ier­ta, puede ser re­pro­du­ci­da, al­ma­ce­na­da o trans­mi­ti­da en manera alguna ni por ningún medio, ya sea elec­tró­ni­co, quí­mi­co, me­cá­ni­co, óptico, de gra­ba­ción o fo­to­co­pia, sin au­to­ri­za­ción es­cri­ta de la editorial.

A mi madre sublime.

Alba, Bilbao

Cuando Sam tenía cuatro años dibujó en su cuaderno una tumba con una cruz, unas enormes siglas: RIP, y en letra más pequeña, su nombre. Dos figuras humanas de trazos simples, un hombre sonriente y una mujer sin rostro, contemplaban la lápida. De la boca del hombre salía un bocadillo en el que el niño había escrito: «¡Qué bien!»; la mujer permanecía en silencio. A los pies de la sepultura, un perro solitario exclamaba lloroso junto a un charco de sangre: «¡Pobre Sam!, lo han matado».

Los trazos —en blanco y negro a excepción de la sangre coloreada en rojo— eran torpes pero contundentes, como si el niño hubiera apretado la pintura contra el papel hasta casi rasgarlo.

Antes de que la psicóloga se lo preguntara a Sam, yo sabía a quién representaba la mujer silenciosa. Llevaba una semana sin dormir. Las torpes líneas del dibujo, como los hilos de una marioneta, tiraban de los párpados de mi conciencia.

Ágata Prado, la especialista infantil, examinaba el cuaderno detrás de una gran mesa de nogal, mientras yo escrutaba la expresión de su rostro intentando extraer algo de alivio para mis temores. Levantó la mirada del papel. Sus ojos, exageradamente grandes y abiertos tras los cristales de las gafas de aumento, le daban el aspecto de una abuela asombrada. Sam guardaba silencio junto a mí, sentado en un enorme sillón de piel que acentuaba su desamparo. Sus pupilas azules asomaban implorantes entre el flequillo que le caía sobre la frente. Le alboroté el pelo con los dedos como si pudiera sacarle las palabras del cuero cabelludo.

«Los niños lo han matado… los niños de clase», respondió al fin a la psicóloga, empequeñecido, balanceando las piernas con nerviosismo.

Me miró implorándome ayuda. Pero mis palabras, las que yo debía decir, se me habían espesado en la garganta y no podían salir, como las acumulaciones de grasa que bloquean el paso de la sangre por las venas hasta infartar el corazón.

La psicóloga dulcificó la expresión, se acercó al niño y lo invitó a sentarse en una sillita junto a una mesa pequeña abarrotada de pinturas y cuadernos, en el otro extremo del gran despacho. Luego acomodó su gran corpulencia en otra del mismo tamaño, al lado de Sam. Parecía un animal hambriento de traumas infantiles a punto de engullir al fruto de mis entrañas.

—Sam, ¿te gusta leer?

—Sí.

—¿Qué cuentos te gustan?

En el nuevo espacio, mi hijo recuperó su tamaño, se irguió y contestó más animado.

—Los libros de Gerónimo Stilton. Y también La historia interminable. Mamá me ayuda con las palabras difíciles. Y el que más me gusta es… es…

Acostumbrado a ocultar secretos, dudó y me miró mordiéndose el labio inferior con esa expresión tan típica suya de «he metido la pata».

—No pasa nada, hijo, puedes contarlo. Estamos aquí para que Ágata nos ayude.

Liberado, sonrió.

—El que más me gusta es el libro secreto, el libro viejo de mamá y el de las tumbas de piedra.

Ágata desvió su mirada interrogante hacia mí. Me sobrecogí. Amaba a Sam, aunque fuera incapaz de protegerlo.

—Verá, el libro viejo es una antigua edición de La verdadera historia del rey Rodrigo. El otro es un libro de apuntes de arqueología sobre necrópolis. Son las referencias bibliográficas de mi tesis doctoral. Ya sé que no son lecturas adecuadas para un niño, pero él se empeña en que los leamos. A su padre no le gusta que le hable de la tesis, ni de esa vieja edición. Puede que tenga razón. No sé, quizás las fotografías de las tumbas de las necrópolis le han inspirado el dibujo. Procuramos leerlos cuando mi marido no está en casa. ¿Qué cree usted? ¿No es una lectura apropiada para nuestro hijo?

—Si a Sam le gusta no veo por qué va a hacerle daño.

Acababa de representar la escena del dibujo. En esos momentos, la psicóloga debía de estar pensando que yo era una idiota incapacitada para ser madre. Me miró con curiosidad durante unos segundos, como si deseara formularme una advertencia, finalmente pareció desechar la idea y volvió a dirigirse a Sam.

—Esto confirma lo que yo pensaba. Eres un niño muy inteligente, lleno de curiosidad.

Mi hijo sonrió y se arrellanó en el asiento, parecía estar a gusto. A medida que Ágata se iba ganando su confianza, también recobraba a mis ojos la condición humana. Empezaba a relajarme cuando hizo la pregunta.

—Volviendo al dibujo, ¿quiénes son el hombre y la mujer junto a la tumba?

Mis músculos se tensaron. Inspiré profundamente, tal y como me enseñaban en las clases de yoga, esperando que el aire de los pulmones amortiguara el golpe. Sam me miró, sopesó la respuesta y se mantuvo en silencio. Observé el rostro dubitativo de la mujer y decidí que había llegado el momento de dejarlo a solas con ella.

—Mamá tiene que hacer un recado. Puedes contarle todo a Ágata. Nos ayudará. No te importa que te deje un rato aquí charlando con ella, ¿verdad?

Resignado, asintió con la cabeza y me suplicó que volviera pronto. Abandoné el despacho decidida a salir a la calle para tomar el aire, pero la lluvia me detuvo en el portal. Protegida bajo el alero del edificio encendí un cigarrillo y aspiré profundamente el humo, que invadió mis pulmones igual que aquella mujer con aspecto de abuela oronda había penetrado en mi intimidad por la puerta más indefensa: Sam. Sabía lo que vendría después, saquearía nuestras vidas, nuestros sentimientos, mi cabeza. Le daría la vuelta a nuestro dolor con sus interpretaciones, como si fuera un simple calcetín.

El humo no conseguía anestesiar mi inquietud. Di con ansia la última calada y lo apagué en el suelo. Entré de nuevo en el portal. Me distraje contemplando los hilos de agua que se formaban al chocar las gotas contra el paño de vidrio de la puerta. El agobio cedió a medida que escampaba. La tormenta y el cristal dejaron a la vista la plaza de enfrente. Una veintena de personas con un lazo azul en el pecho permanecían en silencio junto a una pancarta con grandes letras que gritaba: «PAZ». Recordé que era lunes, el día en que se reunían los de Gesto por la Paz.

Mi madre había formado parte de la asociación hasta que nació Sam. Se me escapó un hondo suspiro de alivio por no tener que explicarle qué hacía en la consulta de una reputada psicóloga infantil cuando debería estar impartiendo clases de Historia en la universidad. Observé al grupo dolida, hastiada; sabía lo que iba a ocurrir. Un puñado de jóvenes, con sudaderas y pañuelos que les cubrían el rostro, se aproximó a la plaza y comenzaron a gritar: «¡A los del lazo, navajazo!». La Kale Borroka, la lucha callejera de los radicales. La mujer de la pancarta y sus acompañantes permanecieron impasibles. Entonces, los emboscados les arrojaron pintura y piedras. Algunos se les acercaron y les arrancaron con rabia el lazo azul.

La visión devolvió a mi conciencia, como un bumerán perverso, la imagen de Artemio ofuscado de ira cuando le pedí que nos acompañara a la consulta. Él arrojó al suelo el dibujo, mientras gritaba: «¡No tengo tiempo para tonterías! No necesita una psicóloga, lo que necesita es disciplina, ¡lo estás convirtiendo en un blando, en una nenaza!».

La sirena del furgón de la Ertzaintza, la policía vasca, me devolvió al presente. Varios agentes se colocaron como un muro entre los manifestantes y los de la Kale. Sabía que tenían órdenes de no intervenir más allá de eso. No habría detenciones. El lunes siguiente, la mujer de la pancarta quizás tendría un hematoma en la frente o un roto en su jersey, pero lo taparía con un lazo nuevo. Y todo volvería a repetirse.

Había llegado el momento de regresar a la consulta. En el ascensor, mis reflexiones se atropellaban, buscaba desesperadamente excusas al silencio cómplice de la mujer junto a la tumba del dibujo.

Cuando llegué a la consulta, Sam leía un cuento. Ágata me dijo que su cerebro era único, especial, uno entre cincuenta mil, y mientras la escuchaba, él sonrió. El brillo de sus ojos azules arrastró por un instante mis oscuros pensamientos. Sentí un atisbo de esperanza.

—Hasta el jueves que viene a las cinco. —Ágata nos despidió—. Alba, como te dije, es conveniente que el padre de Sam también acuda a las sesiones.

Zulema, Villa Godomar

La luz del amanecer se filtra entre las rendijas de la cabaña de madera y tropieza con el rostro de Isenhard. El niño se remueve en el colchón de paja y se da la vuelta para darle la espalda a la luz. Mientras se gira, encuentra el pequeño cuerpo de Akar, su hermano, y lo abraza. Duermen profundamente.

Desde el jergón, situado a menos de veinte pies, Zulema observa a sus hijos con ternura. Aún no ha conseguido desperezarse del todo. Siente a su lado el cuerpo caliente de Adulfo, su hombre. Acaricia los poderosos brazos del guerrero y desliza los dedos por su rostro deforme. A él le debe seguir viva. Debió de ser bello y noble antes de la cicatriz que recorre su mejilla desde la nariz a la oreja mutilada. Ahora es una mueca feroz apenas disimulada por la barba del color del trigo.

La marca del traidor en su carne hiere el alma de su esposo. Zulema lo sabe, cada vez que escucha de su boca la historia, siente el cuchillo afilado en el corazón. La visión de la cicatriz la persigue. A veces, la descubre en su propia cara al reflejarse en las aguas del río, como si al dormir junto al guerrero se le hubiera pegado igual que la tinta fresca de un pergamino.

De día. De noche. La monstruosa herida que no la deja dormir siempre está presente. También la extraña mujer que invade sus sueños. Hace nueve lunas que la visita. Severa y dulce a la vez, le habla en una lengua extraña que, sin embargo, Zulema entiende. «Ira, violencia», dice, y las palabras se convierten en una llama en la que aparece el rostro desfigurado de Adulfo. Adulfo empuñando la espada, montando a caballo, lanzándose contra el infiel como un animal salvaje en el combate. La marca del traidor en el hombre más fiel que Zulema ha conocido.

¿Acaso Adulfo reconoció a Witiza como señor? Nunca le hizo promesa de lealtad. Su rey siempre fue Rodrigo. Ante él juró como espatario. ¿Por qué Anagilda ordenó castigarlo de forma tan cruel?

Fue por Aquila, su primogénito, el heredero de Witiza. El rey Rodrigo encomendó a Adulfo, el más fiel espatario de su guardia, apresar a Aquila, refugiado en Córdoba. Debía llevarlo a Toledo para que fuese juzgado. Cumplió las órdenes de su rey, lo detuvo, y cuando lo custodiaban en la torre, un buen puñado de caballeros leales a Anagilda lo liberaron a sangre y fuego. Los witizianos hubieran matado a espada al espatario, igual que lo hicieron con todos sus hombres, y él habría muerto como un guerrero noble. Zulema ni siquiera habría conocido a su esposo. Anagilda, sin embargo, quiso infligirle un castigo peor que la muerte: la marca del traidor, un rostro mutilado, sin oreja. Y así lo envió de regreso a Toledo, desfigurado y con una carta escrita de su puño y letra para Rodrigo. Con la mayor de las humillaciones. Peor que muerto. Anagilda, flaca y de pocas fuerzas, se tornó valerosa cuando amenazaron sus entrañas.

Una madre es capaz de cometer los actos más terribles para proteger a un hijo. Zulema lo sabe, hace al menos diez lunas que teme por Isenhard, desde que empezó su entrenamiento. Es despierto, inteligente. Sabe leer. Ha aprendido junto a ella. Pero el niño es torpe con la espada. No le gusta empuñarla, como si en sus venas no llevara sangre de guerrero, sino la tinta de los papiros de su abuelo materno, los papiros que escribió cuando Zulema era una niña feliz que correteaba por la biblioteca del palacio en Damasco. Le ha leído al niño cientos de veces esos papiros con la historia de las tierras de Oriente, papiros escritos en árabe que Isenhard sabe de memoria. Se empecina en recitarlos a viva voz mientras empuña con blandura la espada cuando Adulfo lo instruye en la batalla.

—¡Isenhard, deja de farfullar esa lengua infiel! ¡Enfrenta tu espada!

Zulema siente el temblor de su hijo.

—Déjalo, Adulfo, aún es un niño. No tiene fuerza.

—La fuerza está con la verdad, y la verdad es amiga de Dios. Llama a venganza de los que tienen culpa. Los traidores que derramaron la sangre de Rodrigo deben morir por espada cristiana. Es mi hijo, mi sangre, sangre de caudillo cristiano.

El niño no escucha a su padre. Al contrario, se hace fuerte en los gritos en árabe, y Zulema le da las gracias a Alá, o a quien sea que bendiga a su hijo, porque Adulfo jamás se haya interesado por el significado de las bárbaras palabras. Porque si hubiera sido bendecido con el don de las lenguas, habría entendido la blasfemia del hijo.

—¡La traición está marcada en tu cara! ¡El odio brota de la bregadura de tu rostro. Te falta la oreja igual que te falta el honor! —grita Isenhard mientras arroja la espada al suelo con furia.

Zulema intenta controlar el temblor que le produce el miedo. Si Adulfo lo advierte, sospechará el significado de las palabras y le pedirá que las diga en cristiano. Tendrá que mentir de nuevo.

Todavía no ha llegado nadie que conozca su lengua a Villa Godomar. Solo Sara, la judía, sabe algún vocablo, pero es su amiga y no dirá nada. Son dos extrañas en la aldea, dos conversas a las que todos miran con recelo. Estarían muertas o las tratarían como cautivas si Zulema no fuera la esposa del caudillo, y Sara la partera de las cristianas y la sanadora de las heridas y fiebres de los guerreros con sus emplastos y plantas.

No, a Sara y a ella no las tocarán, aunque en Hispania el odio se extienda como fuego. Cristianos fieles a Witiza, seguidores de la doctrina de Priscilo, arrianistas que niegan a Jesucristo como hijo de Dios, se aliaron con bereberes de Tingitania y algunos árabes como Zulema. Las aguas del río Guadalete se tiñeron de sangre durante la gran batalla. Los cristianos de Rodrigo se refugiaron en las montañas del Norte, y Pelayo, el rebelde, fue nombrado en el Concilio del monte Auseva sucesor de Rodrigo. La fidelidad de Adulfo al caudillo astur es grande, tanta o más que el odio secreto que le profesa por haber sido él elegido rey de las tropas cristianas en su lugar.

Si no hubiera sido por la cicatriz, Adulfo sería el nuevo rey, eso piensa su esposo. Y si no hubiera sido por el odio y la rabia que alberga su corazón, ellos vivirían en Toledo tras pactar con los musulmanes, o en la corte de las montañas astures al lado de Pelayo, en vez de en la fría y alejada aldea de Villa Godomar. Villa Godomar, apenas una docena de chozas que dan cobijo a los cristianos leales de Adulfo.

El movimiento del pequeño Akar entre las pieles que lo arropan atrae la atención de Zulema. Apenas ha abierto los grandes ojos negros se encuentra con los de su madre. Se siente seguro en el calor del nido. Brilla la luz en su mirada. La madre le sonríe, es la hora de levantarse, avivar el fuego y preparar la primera comida del día.

Alba, Bilbao

Siempre he tenido presentimientos, incluso antes de nacer Sam. Presentimientos más antiguos que mis recuerdos, de vidas pasadas escritas en las páginas de los libros de Historia. De niña me gustaba pasear entre ruinas de parajes donde acontecieron hechos memorables. Oía voces que se acoplaban a mis pensamientos como el sonido de los micrófonos, y las acunaba en un rincón de mi cabeza igual que a un recién nacido. Fueron esas voces las que me llevaron a estudiar Historia. Solo trataba de descifrar los mensajes del pasado. Ahora lo sé.

Cuando me quedé embarazada de Sam, trabajaba como profesora en la Universidad de Deusto y lo compaginaba con la preparación de la tesis doctoral. Por entonces, no entraba en mis planes tener un hijo.

Me obsesionaba la idea de que la decisión no había sido mía. Me preguntaba qué me convirtió en madre, por qué había cedido mi vientre al embrión, y solo venían a mi mente pasajes bíblicos: «Mujer creada de la costilla de Adán que entrega a cambio su útero. Su útero para engendrar pequeños seres humanos hechos a la imagen de Dios, con el bello rostro de Eva, con la musculatura y el cerebro de Adán».

El día que la ecografía confirmó el resultado del test de embarazo, telefoneé a mi marido al despacho de la fiscalía para darle la noticia. La voz de Artemio sonaba alegre, segura: «Qué alegría. Es un gran día: un hijo, mi hijo. Y hemos cerrado la operación Bruno. Han detenido al capo. Por fin he pillado a ese cabrón, Alba. La policía ha encontrado la contabilidad con los nombres de la red en el registro».

Sentí el mordisco de la culpa en el pecho. Yo estaba demasiado preocupada por las transformaciones de mi cuerpo para compartir el gozo de mi marido, el hombre que había elegido amar. Una hora antes, la ginecóloga se empeñaba en distinguir ojos, nariz y cabeza en una masa deforme que nadaba en el líquido de mi vientre. «¿Ves cómo le late el corazón? Solo hay uno. No son gemelos. Aún es pronto para saber si es niño o niña. ¿Qué quiere Artemio?».

Él quería niña, demasiados hombres en su familia, decía que había echado de menos una hermana en su infancia. Yo ni siquiera sabía si deseaba ser madre. De camino a la universidad, solo me cruzaba con embarazadas. Mujeres que se tambaleaban esforzándose en mantener el equilibrio de sus cuerpos desfigurados. Pronto caminaría como ellas. Llevaba varios días somnolienta y con náuseas matutinas.

Estaba de dos meses. Ocho semanas. Sabía con certeza el día en que lo habíamos concebido, fue el sábado que celebramos que a Artemio lo habían nombrado fiscal jefe. Después de cenar en el mejor restaurante de Bilbao, beber varias copas de champán y un whisky reserva de veinte años, entró en mí con el ímpetu salvaje del triunfo. En el ascensor, su boca bebía el aliento de mis labios, su cuerpo devoraba mis latidos. Los ojos le brillaban de deseo. Intentó abrir la puerta de casa mientras sujetaba mi cintura. Las llaves cayeron al suelo. Se agachó, y al incorporarse, sus manos se deslizaron entre la falda y mis piernas hasta que los dedos alcanzaron la humedad de mi sexo. Así era Artemio, practicaba un sexo apasionado y primitivo, como un combate en el que solo había un vencedor. Una batalla a la que yo, halagada y excitada, me rendía de forma placentera.

Ya en el dormitorio, entrelazados en la cama con la premura de la pasión encendida en nuestros cuerpos, busqué a tientas en la mesilla los preservativos. Él advirtió el movimiento. «Por favor, sin plásticos, llevamos dos años casados». Y sin siquiera desnudarnos, entró en mí reclamando el útero evolucionado de la costilla primitiva.

La bocina de un BMW, a la altura del semáforo frente a la universidad, me sacó de mis pensamientos. En la puerta del aula me crucé con Gerardo. El día anterior le había dicho que llegaría tarde a clase porque tenía que ir al médico. Últimamente, había sido testigo de mi cansancio y apatía en el trabajo.

—¿Qué tal ha ido la consulta, Alba?

—Bien. Estoy bien. Es solo que estoy embarazada.

Observé el entrañable rostro de mi compañero de facultad. El alivio inicial dejó paso al desengaño de inmediato. Mantuvimos una larga relación en la época de estudiantes en la misma universidad donde ahora éramos profesores. Nuestro noviazgo acabó cuando él se fue a Italia para especializarse. Me propuso que lo acompañara, allí yo también podría investigar y hacer el doctorado. Mi madre puso el grito en el cielo, mi padre se resignó ante el grito de mi madre, y me pidieron que nos casáramos antes de irnos.

Acostumbrada a su protección, a que otros se esforzaran por mí, le trasladé la propuesta de matrimonio a Gerardo. Enmudeció; al final, forzado, respondió que no podía comprometerse, que éramos demasiado jóvenes para casarnos. Me sentí decepcionada. En él todo eran dudas y silencios, blandura y falta de decisión. Lo sentía tan próximo, tan parecido, con estudios e intereses comunes, que lo percibía como un hermano. Me consolé pensando que era difícil sentir pasión por el reflejo de uno mismo. Debí rebelarme, conseguir una beca, ponerme a trabajar. No hice nada. Puede que ya entonces fuera un pájaro sin alas.

Quizás por contraste, Artemio entró con fuerza en mi escena emocional dos meses después de que Gerardo se fuera a Roma. Pertenecía a una estirpe de reconocidos abogados. Su abuelo, republicano, vivió gran parte de su vida exiliado en París después de la Guerra Civil. Regresó a España tras la muerte de Franco y fundó la firma Ugarte y asociados, en Madrid. Su padre, también abogado, murió en un accidente de tráfico cuando él era niño.

Artemio fue el primero de su familia en acceder a la carrera fiscal. Compaginaba su primer destino en Bilbao con el trabajo de profesor de Derecho Penal en la Universidad de Deusto. Coincidimos un par de veces en la cafetería después de nuestras respectivas clases. No podría decir quién se fijó primero en quién, pero recuerdo que me impresionaron la seguridad de sus gestos, su firmeza a la hora de expresarse, la vehemencia con que defendía sus convicciones.

Por entonces yo me mimetizaba con el paisaje social del País Vasco, escondía mis opiniones políticas entre pliegues de miedo y pasividad. Las únicas ideas que me atrevía a defender con tesón estaban encerradas en las páginas de los libros de historia medieval. Artemio era acción valiente que miraba al futuro; yo contemplaba el pasado desde la cobardía. Lo admiraba.

Enseguida me vi junto a él en el cine, en restaurantes, conferencias y comidas con sus compañeros del juzgado. Limpió la ciénaga de silencios y dudas de Gerardo. Creo que mi antiguo novio le guardaba rencor por haber dejado al descubierto su personalidad indecisa.

—Enhorabuena, Alba. Un hijo. Estarás contenta.

—Contigo no tengo que fingir. Ser madre no entraba en mis planes ahora. Estoy asustada. No me siento preparada.

—¿De nuevo Artemio, Alba? ¿El ciclón de las leyes quería un hijo y su sumisa esposa le dijo que sí? Conmigo no eras tan complaciente.

Cuando Gerardo regresó de Italia, yo estaba a punto de casarme. Me preguntó si estaba segura. Creí que quería reanudar nuestra relación. Mi orgullo eligió por mí. Entre su amor, incierto y blando, y la pasión férrea de Artemio, opté por la segunda.—No empecemos. Igual es que tú no te empeñaste demasiado en nuestra relación.

—Presión, Alba. Una cosa es empeño y otra presión. El fiscal presiona. Está acostumbrado a interrogar e imponer su versión de los hechos. Siempre gana.

Llevaba algún tiempo intuyendo que yo aceptaba los deseos de Artemio a fuerza de ahogar los míos. Pero que Gerardo me lo estampara en la cara en ese preciso instante me produjo el dolor agudo de la picadura de avispa. Advirtió mi incomodidad, se acercó y me rodeó con los brazos.

—Perdona. No quería molestarte. Todo irá bien. Vas a ser una madre estupenda con tal de que te lo propongas.

Su abrazo me hizo rememorar la calidez y complicidad de las tardes bajo la sombra del magnolio del jardín universitario, cuando hablábamos de historia con las manos entrelazadas mientras proyectábamos nuestro futuro. Sentía nostalgia de aquellos momentos en que percibía nuestro amor como un cojín mullido donde descansaban mis emociones y mis sueños. Amaba a mi marido, pero sentía inquietudes más fuertes que la de ser madre.

—¿Crees que acabaré la tesis? Voy a tener que ocuparme de biberones, pañales y llantos de bebé.

—Ya… Si no me equivoco, también es hijo de Artemio, ¿no?

La ironía volvió a sus palabras, pero el cariño que sentía por mí se colocó por encima de la aversión a mi marido.

—Ya sabes que me tienes a tu lado como un perro fiel. Silba y acudiré.

—Será con el permiso de Berta. Creo que es ella quien te puso el collar y te pasea con correa.

Gerardo tardó menos de un año en casarse después de mi matrimonio. Con Berta no se lo pensó tanto. Cuando recibí la invitación a su boda, mi primera reacción fue rechazarla. Artemio se mostró celoso: «¿Y a ti qué te importa que se case? Si no vamos, pensará que estás resentida, que aún le quieres».

—Vamos, Alba, no empecemos de nuevo. Es una discusión estéril. En la sala de profesores te he dejado un regalo. Es el viejo libro del que te hablé, lo encontré este fin de semana en una librería de viejo en Madrid. Si mañana tienes libre, quedamos a comer y hablamos.

Se trataba de una valiosa edición original de 1654 de La verdadera historia del rey don Rodrigo, compuesta por el sabio Alcayde Abulcacim Tarif Abentarique, de nación árabe y natural de Arabia Pétrea. En realidad, su autor era Miguel de Luna. Un morisco de Granada que fingió descubrir el manuscrito escrito por el sabio en El Escorial. El libro, que tuvo mucho éxito cuando se publicó, cayó pronto en el olvido al saberse que estaba inspirado en falsos cronicones. Pero me interesaba porque contemplaba la conquista y dominación árabes de España con una mirada diferente, más positiva de los conquistadores y menos complaciente con los visigodos. Una crónica que se apartaba de la doctrina oficial de las postrimerías del siglo XX y que, entre datos falsos, incluía otros verdaderos que los cristianos vencedores ocultaron.

Lo acaricié antes de abrirlo, observé los pequeños cercos oscuros en la parte derecha de la cubierta, aspiré el aroma omnipresente en los libros viejos que me transportaba a los mundos de los tratados de historia. De pronto caí en la cuenta, el olor estaba causado por el moho. Podría ser peligroso para el bebé. Arrojé el libro sobre la mesa como si quemara, como si alguien me hubiera enviado la orden desde mi vientre.

Regresé a casa para comer. Artemio me esperaba henchido de felicidad.

—Hay que celebrarlo, Alba. Nuestro primer hijo. No me lo puedo creer. Hoy es un día feliz, perfecto. Hacía tiempo que no salía todo tan bien.

Me estrechó entre sus brazos, estaba radiante. Si tenía que ser madre, no se me ocurría padre mejor que Artemio. Al fin y al cabo, amar a alguien incluía hacer lo posible por cumplir sus deseos, aunque tuviera que sacrificar los propios. Eso creía entonces.

Aquella noche dormí inquieta. Soñé que paseaba por los alrededores de un bosque frondoso. Estaba oscuro y hacía frío. Oía el llanto desesperado de un bebé procedente de la parte más profunda. Dudaba, no quería adentrarme, pero el grito me atraía como un imán atávico. Avanzaba con miedo entre los árboles y la espesura de la maleza. Un pequeño bulto se removía envuelto en unas mantas sucias a los pies de un viejo roble, las alimañas lo olisqueaban. Las espanté a patadas. Lo tomé en los brazos, y el llanto cesó, como un milagro. Al retirar las mantas, el bebé abrió los ojos, unos extraños ojos extremadamente claros, y me sonrió con una dentadura perfecta de colmillos afilados.

Gemí dormida, sentí el roce de los labios de Artemio en mi mejilla. «Duerme tranquila, estoy aquí. Yo os protejo». Pero mis miedos eran individuales, internos, oscuros, ancestrales.

Alba, Bilbao

Desde la ventana del despacho de la universidad, contemplaba cómo la estructura de titanio se alzaba desde la ría al cielo. Los brillos plateados del Guggenheim se apoderaban de la ciudad y desplazaban al sirimiri, el óxido del hierro y el humo gris de las fábricas. Bilbao construía su museo. Entretanto, yo me transformaba en madre.

—¿Interrumpo?

Cuando Gerardo formuló la pregunta, ya había traspasado la puerta. Al girarme, me lo encontré sobre la mesa de mi despacho ojeando el viejo libro que me había regalado, justo en la página donde yo había interrumpido la lectura, la carta que Anagilda, viuda de Witiza, escribió al rey Rodrigo:

A Don Rodrigo, el tirano, contra el príncipe Don Sancho, su sobrino:

Anagilda, reyna desdichada, madre del Rey legítimo heredero y señor de la España, te embía a saludar, y no de buena gana, don Rodrigo, porque tus malvados deseos, y malos pensamientos no tienen ningún merecimiento.

Mira el testimonio de traidor que lleva tu mensajero, tu espatario Adulfo, escrito en las orejas y en la cara, y entenderás la razón que tengo y la que tú tienes. Con esto no concluyo de hacer mis poderíos hasta verme vengada de tus traiciones y maldades.

De Algezira, a los veynte y tres de enero de la era Caesar, de setecientos y cincuenta años.

Ansiosa por seguir el camino al que me llevaba la investigación de la tesis, mi cerebro trabajaba rápido cuando se enfrentaba a documentos antiguos y libros de historia. Era feliz al compartir mis averiguaciones con Gerardo.

—Miguel de Luna piensa que la invasión comienza con una traición. Hispania estaba envuelta en una guerra fratricida entre visigodos. La viuda de Witiza, Anagilda, y su hijo, al que ella y los suyos consideraban el legítimo heredero, conspiraron contra Rodrigo. Ellos facilitaron la entrada en la península a cientos de bereberes, con un puñado de árabes al mando, porque creyeron que los ayudarían a recuperar el trono que se les había arrebatado. La carta es una buena prueba de cómo comenzó todo.

—Hablas como si fuera real. Luna no solo se inventó a su autor, ese Abulcassim, también los documentos en que se basa la supuesta verdadera historia.

—Lo sé, pero su visión de la conquista, su intento de conciliación entre árabes y cristianos, me parece interesante. Quizás no todo lo que escribió fuera falso. Toda falsificación esconde una parte de verdad. En cualquier caso, es un regalo magnífico. Te debo una. Te invito a comer.

—De acuerdo, una hamburguesa casera con muchas patatas en el bar de Víctor. Creo que me lo merezco, por buen chico.

Fue oír la palabra hamburguesa y una oleada de náuseas me ascendió desde el estómago hasta la garganta. La arcada me desfiguró el rostro. Corrí al baño y vomité el escaso desayuno en forma de papilla maloliente. Después, cuando creí que ya no me quedaba nada, comencé a lanzar secreciones amargas, verdosas. Había llegado al vacío y, sin embargo, no podía parar. La necesidad violenta de expulsar lo que fuera desde mis entrañas seguía ahí. Por un instante, creí que abortaría. El minúsculo invasor sería eyectado entre jugos vidriosos y acibarados. Horrorizada, respiré hondo, y de rodillas, cabeza abajo, intenté contener el vómito. Por alguna razón quería retenerlo dentro de mí. Ahora me pregunto si aquel fue el instante en que sentí por primera vez un atisbo de amor por Sam.

Después de un minuto eterno, con las articulaciones doloridas y hiel en la garganta, me incorporé con dificultad. Me miré en el espejo. El rímel corrido, el carmín difuminado alrededor de la boca, el pelo alborotado, la imagen de un payaso, un espantapájaros. Sentí unas terribles ganas de llorar.

—¿Alba, estás bien? —Gerardo golpeaba en la puerta del baño de mujeres.

—Sí, no te preocupes. He vomitado. Te agradecería que me trajeras el bolso del despacho. Necesito arreglarme un poco.

Me esperó en el pasillo. Mientras intentaba recomponer el maquillaje, escuché la conversación que mantenía con su mujer a través del móvil.

—No puedo ir a comer, Berta, lo siento. Tengo que sustituir a la profesora de Historia de la tarde —mintió.

Salí del baño en el instante en que colgó.

—Habrá que olvidar la hamburguesa. Dime qué te apetece. Tengo la tarde libre.

Cuando le confié que los olores de los aceites, las carnes, la polución e incluso los perfumes me producían náuseas, Gerardo escogió una pequeña taberna en Zierbana, a la que solíamos ir cuando éramos estudiantes.

Me sentía cómoda allí con él, respirando el aliento del mar. Sus ojos me interrogaban. Le confesé que estaba aterrada. Contra toda lógica, las palabras del Génesis: «Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará» controlaban mi mente. La sola mención al parto me evocaba la imagen de un cuerpo deforme retorciéndose por el dolor, mientras el pequeño ser unido al cordón se abría paso entre carnes desgarradas y cascadas de sangre.

Él ironizó para restarle presión a mi carga: «Vamos, Alba, es un libro de historia más, su significado no puede resistirse a tu análisis».

Me asustaban mis pensamientos. Mi hijo podía oírlos, o peor, sentirlos. Si sobrevivía, me odiaría. Estaba segura. Los hijos odian a sus madres porque ellas, en el mo­mento que invadieron su cuerpo, los odiaron primero.

La brisa primaveral y la cálida voz de Gerardo arrastraron mis oscuras reflexiones.

—Dime, ¿cuánto hace que no visitas la necrópolis y la cueva?

Se refería al poblado de Cuyacabra y la cueva de san Andrés, los lugares que analizaba en mi tesis. Ambos emplazamientos estaban situados en Quintanar de la Sierra, un pequeño pueblo de la provincia de Burgos. Desterrado allí tras la contienda civil por combatir en el lado republicano, mi abuelo paterno fue el maestro del pueblo durante cuarenta años; y la necrópolis de Cuyacabra, el escenario de los juegos de mi niñez cuando acudía a pasar las vacaciones.

Fue durante aquellos veranos infantiles cuando comencé a escuchar las voces de vidas antiguas. Jugábamos a los muertos resucitados simulando que los espíritus nos poseían para vengarse de sus asesinos. Nos escondíamos en los huecos esculpidos en la roca, buscábamos entre las que tenían forma de bañera la que mejor se adaptaba a nuestro cuerpo, y nos tumbábamos imaginando quién sería la persona enterrada, cuál sería su historia. Las tumbas de los moros, las llamábamos los niños, a pesar de que el abuelo, en la escuela, insistía en explicar que eran enterramientos visigodos. Pero yo estaba empeñaba en que allí habitaba el espíritu de una bella mujer árabe. Creía oír su voz y también que podíamos comunicarnos. «La niña poseída», solían bromear mis amigos con voz fantasmal.

Poco antes de finalizar la carrera, la última primavera en que Gerardo y yo fuimos novios, decidí enseñarle Quintanar de la Sierra y los magníficos bosques de robles y pinos donde estaban incrustadas las necrópolis. «No se puede amar a alguien hasta que no conoces su infancia», le dije.

Pasamos un fin de semana en Quintanar. Llegamos la noche del viernes y durante la mañana del sábado recorrimos el centro del pueblo. Por la tarde dimos un paseo por el despoblado de Cuyacabra. Tras atravesar una torrentera, avanzamos por la tupida masa de árboles que ocultaba las rocas que servían como cementerio. Franqueamos la primera línea de fosas y ascendimos por una plataforma de arenisca hasta el punto más elevado, donde se erigió la iglesia que en su día presidió el conjunto del poblado y la necrópolis. Le enseñé a Gerardo los restos de la ermita: una cazoleta excavada en la roca utilizada para verter los aceites con que se ungían los muertos, y los ocho escalones excavados para acceder al recinto, aún visibles en el montículo rocoso. Después, descendimos por la cara oriental hasta el cementerio y nos sentamos a descansar sobre un tronco de pino caído. Era el momento de jugar al escondite en las tumbas. Miré alrededor, cerca había dos bañeras de tamaño parecido a nuestros cuerpos junto a otra más pequeña que, sin duda, cobijó a un niño.

—Mira, esta es la mía —le dije riendo mientras limpiaba de hojarasca uno de los huecos grandes— y esta de aquí, la tuya.

Me recosté, inspiré hondo y llené mis pulmones de olor a resina y madera, cerré los ojos, y con los labios cerrados, empecé a emitir un gemido, una especie de tétrico mantra, como si estuviera poseída, al igual que hacía de pequeña para asustar a los niños que jugaban conmigo. Iba a levantarme de golpe, para interpretar a una zombi, cuando un intenso rayo de luz se filtró entre las pinochas y las piñas, se proyectó en mi cara y me paralizó.

Abrí bruscamente los ojos, o eso creí, porque lo que vi no fue de este tiempo, aunque sí del mismo lugar. Caminaba por la antigua aldea medieval, como en una película a cámara rápida; las imágenes se sucedían mecánicamente, sin mi intervención. Alguien parecía haberlas sacado de los libros de historia, o quizás alguien me las mostraba para que las incluyera yo.

Combates entre árabes y cristianos, una mujer de rasgos árabes corriendo con dos niños de la mano. Fuego, cuerpos amortajados, tumbas cubiertas con lascas de piedra y un fiero guerrero cristiano combatiendo cegado por la ira. Su rostro estaba atravesado por una cicatriz, un tajo de cuchillo lo había dejado sin nariz ni oreja. Peleaba con una pesada espada que, al encontrar la de sus rivales, producía un violento estruendo. Contemplaba las escenas sin poder intervenir, como si estuviera dentro de la pantalla del cine, en una vívida película tridimensional. Después de caminar unos minutos, me encontré a un niño rezando de espaldas a mí, frente a un altar de piedra, a la entrada de una cueva. En el altar había dibujado un arco de herradura con una gran cruz metálica incrustada en el centro. El niño se giraba bruscamente y gritaba: «¡Ayúdame!».

Aquel grito me alzó de la tumba, sobresaltada, como si hubiera despertado de un profundo sueño. Gerardo dijo que estaba blanca. Al principio creyó que le estaba gastando la broma de la posesión de los espíritus, pero cuando me desmayé se asustó. Al cabo de unos segundos, recobré el conocimiento y le conté lo que había visto. «Una pequeña insolación. Mucho calor y poca agua. Vamos a descansar al hostal», concluyó.

A partir de ese momento, empecé a obsesionarme con la historia de la necrópolis, convencida de que lo que yo había visto era lo que sucedió en aquel lugar en otros tiempos. Compraba cualquier libro con información de las necrópolis. Me hice con uno del profesor José Ignacio Padilla, quien afirmaba sobre el despoblado de Cuyacabra, que tal vez pudiera identificarse con una aldea denominada por las fuentes documentales como Villa Godomar, uno de los testimonios más ilustrativos de la arqueología medieval hispana.

Pero lo que más me sorprendió del libro fue la descripción de una cueva denominada el Eremitorio de san Andrés. Yo había correteado en numerosas ocasiones por las necrópolis, pero no había oído hablar de la cueva situada a escasa distancia del despoblado. El historiador la calificaba como uno de los más bellos exponentes del eremitismo hispano, y destacaba un espléndido arco de herradura en relieve sobre la pared del bloque oriental de la covacha; un arco con unas marcas y un orificio central en su interior, que hacían sospechar de la existencia de una gran cruz metálica incrustada cuando se construyó, según él, en el siglo x.

Al leer esas palabras, recordé el episodio del desmayo. No fue una insolación. Para mí, buscar durante años la tumba que mejor se adaptase a mi cuerpo había sido un impulso natural e irracional, algo instintivo. Había leído en algún sitio que el instinto es esencial para sobrevivir. Yo había estado buscando esa tumba y su espíritu, al igual que las tortugas caminan hacia el agua tan pronto salen del cascarón, o las arañas tejen complejas telas imitando los patrones de sus antepasadas. La visión, las voces que oía de niña, todo cobró sentido: tenía que descifrar lo que ocurrió en el poblado de Villa Godomar, en los oscuros tiempos del inicio del Medievo, para llevarlo a los libros de historia.

Zulema, Villa Godomar

El filo de la espada se clava durante unos segundos en el suelo terroso, pero el peso la vence y cae al campo de entrenamiento. Isenhard la recoge, la lanza y sale corriendo. Adulfo lo sigue mientras le grita: «¡Vuelve! Mi hijo no puede ser un cobarde».

Zulema siente que se precipita el huracán en que se convertirá la furia de su esposo. No sabe cómo detenerlo. En el pecho, en la cabeza, se le agolpa una angustia que la ahoga. Corre y se coloca una vez más entre Adulfo e Isenhard, un simple muro de carne, vísceras y huesos. Y corazón, un corazón que late acelerado cada vez que la escena se repite en los entrenamientos de su hijo mayor. Algún día, quizás, ella no lo soporte más, explote, y las venas liberadas de la tensión como las gomas de un tirachinas abofetearán el rostro deforme de su esposo.

—Déjalo, por favor —implora al padre—. Déjalo, no quiere luchar.

—¡Quita de en medio, mujer! O serás tú quien pruebe mi espada. —La zarandea con el brazo libre—. ¿Acaso tu hijo es un tullido o un invertido? Juro por Dios que la sangre de guerrero que lleva en sus venas brotará por algún lado. Él elige: el honor en el campo de batalla o la humillación cobarde.

La cicatriz del rostro del guerrero se hace más profunda, más evidente, como si la ira hubiera encontrado la salida desde lo más profundo del ser. Levanta la espada en el aire, Zulema la siente a escasas pulgadas sobre la cabeza. Isenhard grita: «¡No!», y se gira para volver sobre sus pasos. Entonces aparece Akar a la carrera, como aire fresco que limpia el hedor del animal muerto, con la luz de la vida en sus ojos de noche estrellada. Salta al campo y recoge la espada que ha arrojado su hermano. La empuña con fuerza, con las dos manos y se coloca con el extremo enfrentado a la de su padre. Zulema no sabe de dónde saca el vigor y la alegría su pequeño cuerpo. Las lunas del calendario no han llegado a pasar más de cinco veces durante la vida de su hijo menor.

—¡Yo pelearé, padre! Isenhard tiene que ayudar a madre a acarrear agua a la cabaña. Las cántaras pesan mucho para mí.

Al verlo, el gesto de Adulfo se relaja, y la cicatriz se transforma en un amago de sonrisa.

—Tú, renacuajo, ¿vas a luchar conmigo? Si la espada es más grande que tú.

Akar hincha el pecho, se yergue y se tensa.

—¿No tendrás miedo de pelear con el renacuajo que también lleva en sus venas tu sangre de guerrero? Vamos, padre, enséñame. Yo heredaré tu espada. Isenhard es para la iglesia, lo he visto orar y leer. Dios lo escucha.

—¿De qué habla este renacuajo, mujer?

Zulema se asombra ante las palabras de Akar, es muy listo. Hace semanas, mientras paseaban por el camino del bosque que lleva al poblado de Rezumel, descubrieron un reducido y hermoso valle. En el fondo, junto a un arroyo, se erigía un peñón, con una oquedad, como una cueva partida. Lo acompañaba, a unas cuantas pulgadas, otra roca algo más pequeña. Advirtieron que era un lugar bien escondido, a pesar de que estaban a menos de una legua de la cabaña. A espaldas de Adulfo, decidieron construir una covacha que le sirviera de refugio a Isenhard cuando su padre se encolerizaba con él.

El pequeño los acompañaba atento a la conversación.

—Aquí no te encontrará la ira de tu padre, Isenhard. Acude a este refugio si él se enfada. Yo lo calmaré y vendré a por ti cuando pase la tormenta.

—No aguanto más, madre. Algún día no podrás pararlo y tú recibirás el golpe. La tormenta no pasará. No quiero luchar. ¿Por qué he de derramar la sangre de otro hombre? ¿Y si ese hombre es tu hermano, mi tío Yussuf? Si alguien matara a Akar, si le hicieran daño, sería como si me cercenaran un brazo. No puedo hacerlo, no, no quiero luchar.

—Algún día, la conquista acabará y será el final de la violencia. Entonces, Isenhard, habrá llegado tu tiempo, el tiempo de los papiros y la melodía de la flauta. Hasta ese momento, deberás aprender a luchar o esconderte aquí.

—¿Cuándo, madre? El fuego destruye una nueva aldea cada día, los hombres vuelven heridos de las razias y aumenta la cólera que refleja sus rostros. Incluso cuando rezan, sus corazones son violentos. Piden a Dios que los ayude a matar en el campo de batalla. Ese Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo es un padre como el mío, debe de tener una cicatriz en la cara que le ciega el ojo de la paz y desea que mueran sus hijos. Tiene suerte el hijo tonto y tullido del pastor. Él solo debe cuidar de las cabras.

Con un grueso montón de pinocha, cubrieron una gran grieta horizontal de la cueva, a modo de lecho. Más adelante llevarían pieles curtidas para los días de frío y un cofre con las pertenencias del abuelo Almalah Alhakim. Alrededor de las peñas, y delimitando la cueva, construyeron un rudimentario muro con piedras. Los huecos los rellenaron con una masa que preparó Isenhard.

—Es adobe, al-tub. Lo leí en los papiros del abuelo. Fíjate, Akar. Hacemos una bola con la tierra y el agua. Luego la mezclamos con hojas y pinocha. Le damos forma y la encajamos entre los huecos de las piedras. Cuando el sol y el aire las sequen se quedarán duras. Evitarán que se cuele el viento. La cueva será más caliente que nuestra cabaña.

En la entrada de la covacha, mientras bromeaba con su hermano, Isenhard talló un arco doble con forma de herradura. Lo hizo con un rudimentario cincel que le había regalado el herrero a cambio de que tocara la flauta en el bautizo de su hijo. «Gracias, chico, esto te servirá para grabar los nombres en la lápida que cubra la tumba de tu padre, a quien Dios guarde la vida muchos años».

—Vamos a darle un mejor uso a este clavo —bromeaba el mayor con el pequeño—. Estos arcos, hermano, son adornos que ponen los señores en los edificios importantes de las villas. Somos afortunados, tenemos dos lugares para vivir: la cabaña y esta lujosa villa de recreo.

Akar escuchaba con atención y Zulema quiso ver en su infantil alegría que colaboraba en la construcción del escondite como un juego. Ahora advertía que había ayudado a construir la covacha consciente del peligro que se cernía sobre su familia, y aún había añadido otro elemento a la gran mentira con que pretendían proteger a su hermano mayor: Dios. El dios al que su padre invocaba en cada momento del día. El dios al que rogaba para acertar hendir su espada en el pecho enemigo, en el lugar exacto para causarle la muerte. Akar sabía que aquellas palabras desconcertarían a su padre. Isenhard podría no ser un guerrero, pero si era un joven santo, cuya oración ayudaba a las huestes cristianas a vencer a los infieles, nadie se atrevería a hacerle daño, aunque lo consideraran un cobarde.

Akar está entreteniendo a su padre, así les da tiempo para huir al cenobio que han construido y darle al lugar el aspecto de un lugar cristiano. Si Adulfo lo descubre en el futuro, no se atreverá a destruirlo ni a agredir a Isenhard.

Zulema comprende que ha llegado el momento de tomar una decisión. Hace tiempo que su vida no es suya, sino de sus hijos.

Adulfo ríe ante la bravura del pequeño, lo desarma con un ligero golpe, pero le entrega una espada más pequeña y empieza a entrenarlo. Zulema toma la de su hijo mayor, abandonada en el campo, y corre a la cabaña. Allí recogen con premura unas pieles sobre las que ponen un par de quesos, pan y algo de carne seca. Forman un hatillo y se dirigen a la choza del herrero. Zulema le pide que moldee la espada de Isenhard para convertirla en una cruz. Un poco de fuego y una docena de golpes de martillo son suficientes para transformarla en el símbolo santo, una estrecha línea separa la religión de la ira de los hombres.

—Ya está. —El herrero le muestra la cruz, satisfecho de su trabajo.

Zulema le dice que le haga un orificio donde se cruzan los brazos.

Después se despiden de él y caminan sin pausa a través del bosque media legua, la distancia que separa la cueva de la cabaña. Cuando llegan al refugio, el sol está en lo alto.