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Manuel Bellido Milla, en su novela
Hijos de Pandora crea una historia donde entrelaza ficción y personajes históricos en una época que marcó el destino de España.
El autor se sitúa en la Guerra Civil Española y nos descubre matices importantes sobre el papel del dinero y el poder en aquel conflicto entre hermanos. Una narración sin perjuicios que el lector podrá ir desgranando a través de la propia trama.
La novela se desarrolla en la Nueva York de 1937, que el autor describe de forma tangible. «Es el pulso de Nueva York. Personas de rostros abstraídos, rebaños de automóviles indolentes, tiendas de colores que pugnan como las flores ante las abejas, aire perfumado con gasolina, edificios que anhelan un trozo de cielo lejos de la calle».
En esta Nueva York encontramos a dos de sus protagonistas: Susan, agente británica al servicio de Franco y Daniel, capitán de la marina mercante republicana. Por otra parte, Bellido nos dibuja a la España rural a través de Manuel y Conce, una familia que lucha por subsistir en una Andalucía marcada por la guerra y sus intereses.
El autor en
Hijos de pandora no toma parte, sino más bien, se coloca como un espectador neutro ante los hechos, eliminando cualquier tipo de preconcepto ante la historia y sus personajes.
Manuel Bellido Milla es ingeniero técnico industrial, con una dilatada experiencia en las industrias naval y aeronáutica de la bahía de Cádiz. Miembro del Club de Letras de la Universidad de Cádiz, colaborador habitual de
Speculum, revista de creación y crítica literaria y miembro del Laboratorio de Escritura Creativa dirigido por María Alcantarilla.
Tras sus dos primeras obras,
Cita en Trafalgar (2016) y
Raíces en el Mar (2019), nos entrega
Hijos de Pandora.
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Veröffentlichungsjahr: 2022
Manuel Bellido Milla
Hijos de Pandora
© 2022 Europa Ediciones | Madrid
www.grupoeditorialeuropa.es
© 2022 Texto: Manuel Bellido Milla
ISBN 9791220130929
I edición: Enero de 2023
Depósito legal: M-26389-2022
Distribuidor para las librerías: CAL Málaga S.L.
Impreso para Italia por Rotomail Italia S.p.A. - Vignate (MI)
Stampato in Italia presso Rotomail Italia S.p.A. - Vignate (MI)
A la memoria de los que me precedieron porque son parte de lo que soy.
A mi esposa y compañera, Hakima, el apoyo por el que estoy.
A mis hijos.
Habita un ágora en la ciudad de Cádiz. No es una excepción. Démonos cuenta de que el amor entre Cádiz y la cultura tiene miles de años; un lazo que se funde en tiempo por ser un amor por derecho. Tampoco debe resultar extraño que el ágora se acerque a una muralla que se mira en el océano. Lienzo que recibe las caricias y embates de las olas que van y vienen y que siempre están. Cosas de Cádiz.
Hoy se reúne el ágora. Como siempre, puntual, la primera en llegar es la poeta filósofa, María: la maestra. Capaz de poner luz en el recodo más escondido de los hábitos, tornera de figuras estilísticas con herramientas literarias, fresadora de lugares comunes, rectificadora de inercias, ajustadora y matricera de pulso fino, trabajadora que le da la espalda al reloj. Hábil creadora de figuras volumétricas donde antes solo existieran superficies. Es el arte del trazado y el desarrollo, la maza de batir sobre la chapa hasta convertirla en escultura con la palabra. De su taller es imposible salir intacto o intacta.
Cualquier gratitud resultaría escasa. Mi promesa de que Hijos de Pandora solo será el comienzo. Gracias por hacerme revivir los años felices de otra escuela, hoy arrasada por los bárbaros: la gaditana Escuela de Maestría Industrial.
En las gradas del ágora encontramos a Arturo. Es natural, pues gradas y diques son el lugar donde nacen los buques, su pasión como ingeniero. La grada del ágora es por tanto el espacio donde nacen sus libros. ¿Habrá mayor coherencia? Arturo siempre tiene una mano tendida para todo el mundo, una ayuda, un consejo a punto. Gracias por la lectura del manuscrito de Hijos de Pandora, más que lectura, el análisis de un ingeniero de procesos. ¡Qué suerte tenerte, compañero! Siempre, y tú lo sabes, nos hallaremos envueltos entre pantoques y palmejares, quillas y trancaniles, ¿qué mejor sitio para hacerse a navegar?
Un ágora debe ser diversa y multicolor. Cromatismo de respeto y delicadeza, esfuerzo, debate, reflexión y ganas de superarse: un tesoro de realidad acunado entre sueños. Gracias a ti, Puri, por tu perfume certero de prosa poética; a ti, África, por tu lirismo vivo destilado entre sentimientos expresados con palabras. Gracias, Soco, por el mayor grado de abstracción posible en libertad. Gracias, Fran, por tus críticas magistrales, incisivas y repletas de generosidad. Fran, eres un pintor que dibuja cuadros con las palabras. Gracias a Carmen, a Manuel por la fineza de su humor; a Pablo, a Quique y a Santos, compañero de esfuerzos subiendo escaleras, él sabe muy bien cuáles son y qué significan; a Thais, la más joven del ágora, a las dos Anas, y a Máximo, el otro filósofo; a María de los Ángeles, a Agustín y a todos sin excepción.
Mi agradecimiento a mi amigo y compañero Javier González Parra, ingeniero de CASA y Airbus, que me facilitó una valiosísima información sobre el colegio Salesianos de Triana.
Por último, y de manera muy especial, gracias a ti, Hakima. Mi más valioso apoyo. Mi ilusión por la literatura no hubiera sido posible sin tu aliento y confianza.
«Me acabo de dar cuenta, después de darle muchas vueltas, que olvidar es muy útil para muchos. Yo vuelvo la mirada hacia atrás y solo me reconozco
en el olvido».
La raíz de la memoria
Purificación García Díaz
El corresponsal del Daily Telegraph acaba de llegar y una mujer camina hacia él. Trata de evaluar lo que enseñan y esconden sus pasos. «¿Dónde he visto esa mirada?»,se pregunta. A su espalda, un ambiente clásico con sabor castrense. Ella se acerca segura, le enciende unos ojos verdes y le ofrece una mano flácida.
—Susan Ors, a su disposición.
—Rober —le contesta.
—¿Té o café, Mr. Thomson? —le dice segura de sí misma.
«No es una secretaria corriente», piensa. No como las mujeres que acaba de ver en la calle antes de entrar.
—Muy amable. Té, por favor —los ojos verdes hablan de haber acertado.
—Siéntese si no le importa, el generalísimo no tardará en recibirlo.
La bandeja la trae un ordenanza, es un joven con buenos modales. El servicio de té llega con dos tazas y toques femeninos. Elegante. Por la bandeja, el periodista también evalúa a la dama: exquisita educación, buen acento, aunque no de las islas. Princeton, Columbia tal vez. La presteza habla de que lo esperan hace rato. Aunque él ha sido puntual. Toma nota. Tras el primer sorbo se abre la puerta del general.
—Puede pasar, Mr. Thompson —le dice un ayudante militar con varias estrellas.
El general lo recibe de pie. No viste de uniforme. Le estrecha la mano con aire tranquilo y le enseña un proyecto de sonrisa.
—Siéntese, por favor. —No hay preguntas corteses sobre el viaje del recién llegado.
—Pues usted me dirá, Mr. Thompson —levanta el mentón y arquea las cejas.
—Me ha llamado usted, general. Y aquí estoy para escucharlo.
—Me gusta la gente que escucha más que habla. Precisamente por eso está aquí.
—¿Por el asunto de los judíos en Tetuán? —contrataca el periodista yendo al grano. El generalísimo adopta una postura impasible. No endurece sus facciones, simplemente, las congela. Fija su mirada. Clava sus brazos y manos sobre la mesa.
—Mire usted. Una política antijudía en España presupone la existencia de un problema judío en este país y, en España, gracias a Dios, no tenemos ningún problema con los judíos ⎯habla despacio, cortés, suavizando las palabras.
—Entonces, las emisiones radiofónicas desde Sevilla…
—No significan nada. Créame. No veo que tengan ninguna importancia.
—Allí se dicen cosas terribles sobre los judíos españoles.
—Usted conocerá, Mr. Thomson, que, en el espíritu tradicional y comprensivo de nuestro pueblo, está el que la oración se ofrezca desde la Iglesia, la Mezquita y la Sinagoga. ⎯El general parece satisfecho con la frase, observa Thomson.
—¿Quiere decir que la Junta de Defensa Nacional desautoriza al general Queipo de Llano?
—Quiero que anote bien dos cosas: la primera es que esas opiniones que usted menciona no tienen ningún valor político. Son opiniones particulares sujetas al ardor de la campaña; la segunda es que, en el programa de la nueva España solo se excluye el bolchevismo.
El periodista cree adivinar qué piensa realmente el general. Eso es importante para Thomson pues, de esa percepción, dependerá el tono de su crónica, y en eso no puede fallar. La entrevista ha sido un encargo personal de su director y la embajada británica no queda lejos del asunto. El otro percibe la duda del inglés. Se levanta, toma una botella de cristal labrado y le alarga una copa al periodista. De nuevo están de pie.
—Pruébelo, hágame caso. Es el mejor coñac de Francia. —El inglés se acerca la copa y moja los labios en aquella delicia—. Le voy a decir algo que no podrá contar en su periódico. Porque le voy a dar nombres de amigos judíos que están con la nueva España. No es que se oculten, entiéndalo, es que no tengo su consentimiento para que sus nombres salgan en la prensa, ¿me comprende? —El periodista guarda silencio—. Si tiene dudas, hable con sus jefes o, si lo desea, hable con su embajador. A ellos no podrá decirles que se lo he sugerido yo.
—Mis fuentes son sagradas —responde con orgullo profesional. La respuesta satisface al general.
—Hace usted bien. Lo sagrado es lo único que nos salva del materialismo. Mire, Mr. Thomson, hemos abierto en Melilla, en Ceuta, en Gibraltar y en otros sitios, una suscripción popular en favor de nuestra causa. Le daré una lista —el ayudante le acerca un papel con el membrete de la embajada británica—. Observará que es de fuente fidedigna. Ahí están los nombres de cincuenta familias judías, amigos de España contra el bolchevismo. Dígame, ¿de verdad nos cree tan estúpidos como para combatir a nuestros propios amigos? —El otro lee el papel someramente y se lo guarda. Le suenan algunos nombres. El general queda a la espera de algún comentario.
—Se dice también que ustedes persiguen a los cristianos no católicos y a los masones.
—Bolcheviques que hablan con dinero ruso y llenan los periódicos de cochambre —su tono se ha elevado—. Sin embargo, yo le ofrezco pruebas, para que usted obre en justicia con la verdad. —El general Franco no quiere seguir hablando más, inicia unos pasos hacia la puerta y arrastra con él a Thomson. El asistente alarga el brazo y abre, el periodista se resigna y le entrega la copa al ayudante.
—Espero volver a verle, general.
—Como hombres de bien, los verdaderos españoles somos gente agradecida. Recuérdelo —le dice en tono caballeresco. Se estrechan la mano.
La puerta se cierra al salir. El asistente lo conduce hasta los ojos verdes de Susan, extrañada por la corta duración de la entrevista.
—Espero que todo sea de su agrado, Mr. Thomson — le abre una sonrisa impecable.
—Es usted muy amable, Sra. Ors.
—Para mí es un placer atenderle. Pásese por aquí cuando quiera. —Se agacha sobre el escritorio y escribe una nota.
—Llámeme si lo necesita.
Al entrar en el despacho la mujer sabe que la entrevista no ha ido bien. Cuando un invitado deja una taza y una copa intactas, algo ha hecho mal el anfitrión.
—¿Qué le parece el sujeto? —le habla sentado a la mesa.
—Hará lo que le ordenen en su periódico —lo mira tranquila.
—No te fíes de los masones. Y mucho menos de los que llegan con cara de niños ricos —hay un silencio quieto. Ella aguarda serena—. Cuanto antes debes tomar un avión para Londres. Es el momento de que vayas a Nueva York —la mujer asiente—. El contacto con Gibraltar es Goizueta. —Franco la mira con respeto, con afecto—. Cuídate mucho, Susana. En nadie más puedo confiar en Nueva York. —El general reposa la espalda en el sillón y respira hondo—. Sabes bien todo lo que nos jugamos allí —le dice pensando que está irresistible.
El frío de noviembre es muy serio en Salamanca. Anochece pronto y la humedad del Tormesperfila las sombras bajo el alumbrado. Escaso, aquí y allá. Hay varias tabernas abiertas cerca de la catedral. Entra en una de ellas. El local, casi vacío, huele a tabaco rancio. Junto a la ventana, un ensanche con dos mesas. Se sienta y lo atiende una mujer joven con manos gruesas. Le sirve huevos con chorizo y una jarra de vino. Hay tres hombres en la esquina de la barra, llevan horas borrachos; en el fondo, un taciturno y un vaso vacío sobre la mesa. En la pared, los desconchones se tutean con dos carteles tristes. Come recreándose en la hondura del vino y queda satisfecho. Enciende un Camel, aparta el visillo y observa a los pocos que apuran el paso entre la niebla. Negro y gris son los colores de fuera. Pide la cuenta.
—Está pagado —le dice la joven que, a cambio, le entrega una nota escrita a mano en papel elegante y caligrafía femenina.
Estimado, Mr. Thomson:
Hay un taxi junto a la catedral. Diga que es el caballero inglés. El chofer sabe mi dirección.
Tomaremos un coñac.
S. Ors
Las piedras húmedas brillan sobre la plaza vacía. Solo el viento las acaricia en esta hora. Bajo el pórtico de una casona, un coche espera mimético. Hablan un momento y el auto se pone en marcha. El Citroën 11 ligero ronronea a juego en la oscuridad de las callejuelas. La luz de sus faros descubre a la aguanieve. El chofer, silencioso, parece conocer su oficio; al poco, se detiene frente a una casa con jardín. Los chopos desnudos silban al roce del aire.
—Es aquí, señor. —Acepta la propina y se marcha sin palabras.
El Citröen se pierde dejándolo con el silencio y la cara seria de un perro. Hay luces en algunas ventanas, el cánido ni se inmuta cuando hace sonar la campanilla. Una luz se enciende en el portal. Un señor se acerca y acaricia al chucho antes de abrir. Intercambian el murmullo de un saludo lacónico. El perro los sigue atento, a pocos pasos. La puerta de la casa permanece entreabierta.
—Pase —le dice el hombre, que se queda fuera con el labrador.
—Bienvenido, Mr. Thomson. Pase usted, por favor. — Viste un traje de satén largo de color crema, pelo recogido, brazos al aire, mirada resuelta.
—Disculpe por mi torpeza. No he traído…
Hay una chimenea que caldea la estancia modernista. A Robert le sobra el abrigo y no sabe qué hacer con él. Durante un instante, ella juega con su indecisión. Se acerca, le pide la prenda y la echa sobre un sofá lateral.
Están solos.
—Imagino que ya ha cenado…
—Muy bien, por cierto. Gracias por la sugerencia.
—Ni mucho menos. No sea usted tan cumplido. Quería verlo. Me sabe mal que se marche de Salamanca sin tomar un buen coñac —se apoya en una mirada traviesa.
Camina hacia el gramófono junto a un estante con libros, rebusca entre los discos y elige uno. «¿Cuál será su gusto?», se pregunta el periodista apostando por la música negra americana. Un instante después, aparece la voz de María Caniglia, en Tosca, de Puccini. «Sutil elección para una España que se desangra», piensa él. Se gira desenvuelta, levanta los brazos y el cabello ondulado se libera sobre sus hombros. La luz cálida de la lámpara realza la melena.
—Siéntese, por favor. —Y le descubre el fragmento exacto de una pierna desnuda bajo el satén crema.
«Es una cita», piensa acrecentando la mirada.
—Es usted muy amable, Sra. Ors.
—Susan, por favor —le interrumpe.
—Susan —repite él.
—Espero que comprenda que esta mañana fuera todo tan… precipitado. —Se esfuerza en encontrar el adjetivo. —No se preocupe, la guerra y todo eso. Me hago cargo.
—Créame que lo siento. Le presento mis disculpas. No quiero que se lleve una mala impresión de nosotros.
Él no se ha sentado. Ella se acerca al carrito de bebidas y toma una botella labrada, idéntica a la del despacho de esta mañana. «¿Quién de los dos le habrá hecho el regalo al otro?», piensa apostando porque el coñac será el mismo que el del general. Se acercan eléctricamente, casi tocándose.
—Porque esta copa selle el buen recuerdo entre nosotros. —Brinda.
—Por la mujer que lo hace posible. —Los dos levantan y mojan sus labios sin dejar de mirarse.
Se sientan junto a la chimenea. Tras el ventanal, los árboles de afuera se agitan mudos. Él se afloja despacio el nudo de la corbata, ella toma nota y alarga su mano hasta el chocolate. Los volúmenes de sus pechos emergen sobre el escote, las llamas de la chimenea alumbran su rostro.
—¿Se queda en España mucho tiempo?
—Me gustaría marcharme cuanto antes, pero no hay vuelo en cinco días. Imagino que tendré tiempo de ver la ciudad.
—No pensé que se fuera tan pronto. Creí que estaba aquí como corresponsal. ⎯Él intenta adivinar su propósito o, ¿debería llamarlo cita? Ella guarda un momento de silencio, estrecha su boca con una mueca y habla en un tono más personal.
—Aunque mi acento es de New Jersey, mi familia vive en Holland Park. De hecho, salgo para Londres pasado mañana.
—¿Cómo lo consigue?
—Unos amigos me acercan hasta Lisboa. Desde allí, no es difícil viajar a Londres. —Hace una pausa—. Si lo prefiere, puede acompañarme. De conocer su intención esta mañana, se lo hubiera propuesto en el despacho — miente con bellísima naturalidad.
—Por mí, encantado, pero no quiero parecer un oportunista. Quizás sus amigos… —Observa una divertida arruga en su frente.
—Ni mucho menos. Mis amigos estarán complacidos de llevarle. El vuelo hasta Lisboa es muy aburrido para una mujer sola. —«Palabras bien elegidas», piensa él.
—En ese caso, será un placer acompañarla. ⎯Ella se recuesta sobre el sofá abriendo su melena, él deja la copa sobre la mesa y acaricia con los dedos el vestido. El brillo de los ojos verdes lo incita entre el satén y el muslo desnudo. Unos brazos femeninos rodean su cuello y una copa de coñac durará toda la noche.
El Queen Mary navega frente a Coney Island. Junto al faro, los niños saludan su melena humeante. Nadie responde a los brazos que se agitan a su paso. En cubierta muchos se asoman a una y otra banda, expectantes bajo el puente que les da la bienvenida.
Horas antes, el trasatlántico los pasó a una milla por babor. Emergió como un lucero por la popa del Swansea y, en poco tiempo, desapareció en el oeste señalándoles el rumbo hacia Nueva York. Daniel lo ha visto dos veces: una, frente a Cherburgo y, la otra, hoy. Flamante y soberbio, pasó de largo sin responder a los mensajes de cortesía de la radio.
—Malditos vanidosos, ¿qué se habrán creído? — espetó el radiotelegrafista.
Daniel no siente envidia por el capitán de un buque así; él está conforme con su sueldo, la media prima que deja en tierra, un mes de descanso tras cuatro en la mar y un sabor a liberación en cada puerto.
«Esta vez el atraque será largo», le advirtieron antes de partir. Llevan dos días atracados y solo baja a tierra para llamar por teléfono en la oficina del consignatario, en la calle 19.
—Aguarda —le dice la voz en la otra punta del hilo— . Los de la embajada contactarán contigo. El mensaje llega en clave con el suministro de agua potable.
Atracado carguero español Mar Cantábrico. Pier Sixty. Eviten contacto con barco y tripulación. Resto plan sigue adelante.
Un barco de bandera española está atracado a doscientos metros y les prohíben comunicarse con ellos. No variarán sus planes, pero eludir al otro barco les resultará difícil. Los oficiales son de confianza y, aunque los marineros son de fiar, cualquier marino sabe que el alcohol y las chicas hacen súbitas amistades y sueltan la lengua más que la tortura.
—Para un caso así, podremos usar el dinero de reserva —le dice Julián Perea, amigo de Daniel y primer oficial.
Daniel sabe a qué se refiere, pero nota que su amigo quiere hablar y lo deja que siga.
—A los oficiales les decimos que tenemos órdenes de evitar al otro barco. No creo que sean necesarias más explicaciones. —Es el Julián tranquilo que se gusta a sí mismo—. Al resto les contamos que la naviera les concede una prima por largo atraque, a condición de que nadie pise el distrito del puerto. —Se quedan en silencio—. Para evitar problemas con la mafia. —Le guiña un ojo al capitán—. Eso alejará a los marineros de las cantinas de Chelsea. Podrán tomar los taxis que quieran para ir a Little Spain, al East Village o al West Side. Espero que los del otro barco no lleguen tan lejos.
—Tiene sentido. —Julián gesticula afirmando—. Es buena idea usar ese dinero en este asunto.
El distrito de Chelsea, junto al puerto, es un lugar impersonal con bullicio a todas horas. El ajetreo de camionetas y repartidores se hermana con los autos nuevos de los consignatarios, las cuadrillas de obreros, los anuncios que disfrazan las paredes o los letreros que simulan árboles plantados en los solares vacíos. La tarde transforma el panorama, las cantinas se llenan de muchachas jóvenes que llegan apiñadas en furgonetas y de marineros con pocos dólares para adentrarse en la ciudad. Ellas los consuelan por diez pavos, cama y sábanas aparte. Estarán hasta las doce, cuando la policía se vuelve quisquillosa y por las calles solo quedan los taxis que vienen de Rose Hill y Broadway o van a los clubs de jazz. Nosotros viajamos en uno de ellos.
El Smalls Paradise se emborracha de público a esa hora, hay adornos de Navidad por toda la sala y camareras con gorritos de Santa Claus. Falta poco para el segundo pase y algunos repiten la actuación de Ellington y su banda. Mary les ha reservado una mesa desde la oficina esta mañana. Su jefe tiene influencias con Ed Smalls, el dueño del club, y tienen asignado un lugar especial frente al escenario. Dos hombres y una rubia acaban de llegar también. Pasan entre las mesas y la chica se aparta en la estrechez antes de sentarse junto a ellos.
—Gracias, muy amable —le dice Daniel con su acento hispano.
—Un placer —ella le habla con sus ojos verdes. Sus dos acompañantes los escrutan y Ellington entra al escenario destapando un tímido aplauso.
A la salida del club, Santa Claus les entrega el programa de la semana próxima y ven a la rubia con otra mujer. Hay un coche que las espera con la puerta abierta. El chofer es un hombre corpulento con la mirada de un rastreador. Los dos acompañantes se han separado para hablar con otras personas junto a la pared. Ella reconoce a Daniel y le telegrafía una sonrisa cortés. Hay muchos taxis en la puerta, aunque son muchos más los clientes que esperan. No les apetece competir con nadie y aguardan a que se vacíe la calle. El frío es de un vaho de medio metro. Las dos mujeres no parecen tener prisa y los dos tipos se han despedido de ellas moviendo la mano.
No se han acercado. El chofer permanece atento, señor de la escena.
—¿Y si entramos a tomar algo? ⎯propone a su amigo⎯. Creo que el bar del primer piso es de estilo moderno, nuevo, de este año. ⎯Julián se encoge de hombros, que es su manera habitual de decir que sí.
—El Bloody Mary del Smalls es el mejor de Nueva York ⎯lo ha dicho en un perfecto español con acento neoyorkino. Julián es el primero en reaccionar.
—Sería el mejor del paraíso si aceptan tomar uno con nosotros. ⎯Ellas se recrean en una consulta teatral. La rubia se vuelve al chofer que asiente con los ojos.
Solo una copa, después tendrán que tomar un taxi.
La barra del Smalls es un trébol de cuatro hojas que se abre en el centro. La rodean taburetes acolchados de cuero. Arriba, las molduras de un falso techo obedecen las curvas de la barra. Los colores son cálidos; los reflejos, metálicos; y el suelo, brillante como el hielo. No hay mucha gente en el local. Dos señoritas con traje corto les toman los abrigos y le dan un recibo a Daniel. Solo entonces llegan las presentaciones. Susan es la rubia, la más alta. Betty es morena con cuerpo menudo y los ojos negros. Solo habla inglés.
—De modo que españoles… —le dice sacando un pitillo.
Daniel se arrepiente de no fumar y no tener a mano un mechero. Betty parece haber congeniado con Julián. Tras devolver el humo de la primera calada, el cigarrillo toma una huella de carmín y sus parpados revolotean más allá de las pestañas.
—Mi padre es argentino, ¿cómo sabe que soy español? —Estudié en Nueva York. Muchas veces terminábamos la noche en Grove Street. Allí hay un restaurante que se llama El Chico. También sirven copas y tiene música latina en directo. Si va alguna vez, podrá escuchar todos los acentos hispanos imaginables.
El camarero les sirve los cuatro Bloody Mary en vasos altos. La música del gramófono palidece ante el murmullo de fondo. Sus pendientes hablan de buen gusto y sus rodillas, apenas insinuadas, conectan con la expresión de sus manos en una armonía impecable.
—¿Es usted lingüista?
—Tengo un gabinete de arquitectura al sur de Central Park. Por eso le he invitado a esta copa.
—No sabía que lo hubiera hecho. ⎯Ella sonríe.
—Mejor tuteémonos, ¿qué te parece? ⎯Él reafirma sin palabras⎯. En la puerta mencionaste el estilo moderno de este bar. En realidad, pertenece a la corriente streamline moderne. Y, lo que son las cosas, el diseño no queda lejos de mi estudio. Me gustó que lo reconocieras como moderno y que supieses que ha sido inaugurado este mismo año. Por eso mencioné el Bloody Mary. Espero que te guste.
—Vengo a Nueva York de vez en cuando. En pocos meses es la segunda vez. Por eso sabía lo del bar.
—No eres un típico hombre de negocios.
—Espero que sea un cumplido. —Ella arquea las cejas y alarga la sonrisa⎯. Soy el capitán de un buque mercante. Julián es mi amigo y mi primer oficial.
—Qué interesante ¿Es verdad que los marinos tenéis una novia en cada puerto? —Se recrea picante en el estereotipo.
Ahora suena Billie Holliday y dos parejas del fondo llenan la pista con carcajadas de alcohol. Los camareros mueven la cabeza al compás y Betty y Julián se animan a bailar.
—Hablas muy bien el español, ¿lo aprendiste en Nueva York?
—Lo aprendí en Columbia, no muy lejos de aquí. También he vivido en Madrid y Barcelona. Por eso conozco España.
Julián y Betty regresan y piden otra copa. Ellos salen a bailar y la conversación se ralentiza, a medida que los cuerpos se acercan y el reloj del Smalls avanza hasta la madrugada.
Hoy salen de excursión.
—Como es domingo, nos vamos en elruso —dice
Conce a los niños.
La mañana es de las que duelen las manos al barrer. Por el frío. Ellos se van, pero no lo hacen de cualquier forma. Que la calle reluzca frente a la casa es el ritual público de la dignidad, algo más hondo que la limpieza o la higiene misma. La manifestación externa que demuestra que están y que tienen el ánimo entero. Y esta es una carga que llevan las mujeres. Solas. Los hombres no se quedan atrás, pero su forma de transitar en la vida es otra.
Todos suben al camión que los espera en la puerta. También vienen los vecinos de la parte de arriba, gente buena y amable. Conocidos de siempre. Llegan con media docena de chiquillos y, entre unos y otros, el zaguán parece la entrada de una escuela. La abuela sabe poner orden entre los pequeños y el silencio se hace por encima del trino de los pájaros.
—Que no se despierten los vecinos —sisea la abuela con el índice en la boca.
Los chiquillos suben en elruso ayudándose unos a otros. Las madres y la abuela con ellos, atrás; los hombres, delante, en la cabina. La calle los despide con una tristeza huérfana. Desnuda. Es diciembre y amanece con solano quieto, lo acompaña un sol adormecido por la helada. Los excursionistas no cantan al salir. Tampoco lo hacen cuando abandonan la carretera general de Córdoba a Jaén. En el camino se encuentran con otros; algunos a pie desnudo, otros tiran de reatas de mulos, alguna vieja a lomos de un borrico y abuelos subidos en la reserva de su entereza. Todos con semblante grave miran al frente.
Mudos al alba.
Han dejado atrás una fronda cercana a la Huerta del Comendador, toman a la izquierda, avanzan por el camino de Lopera hacia el Molino Nuevo y se detienen bajo un talud. «La parada es para quitar un peñón del camino», dicen a los que preguntan.
—Los niños no pueden bajar, que hay mucho barro — susurra Conce.
En el camión nadie se mueve. Las mujeres, hábiles, bajando la voz, han conseguido callar a los pequeños. El mutismo del campo les parece un orfeón de silencios. Sus miradas avivan la inquietud.
—¡Los que hablen, se quedan sin chocolate! —dice la abuela.
El hombre desaparece cuesta arriba por los terrones del Cerro de Moriscos. Sus botas rompen la escarcha y observa el gris apagado de la Cañada Mingoca. Poco más allá, el olivar abraza a la casa. No ve a nadie en la vaguada, agudiza el oído, espera y vuelve. Al llegar a la casa bajan de elruso. Nadie toca las cajas en las que han venido sentados. Los hombres se quedan fuera. Los demás desaparecen dentro. Un momento después, escuchan el motor del camión alejarse.
El cortijo los espera solitario, como un cielo sin nubes. La blancura de la pared compite con el aceite de linaza en el brillo de la puerta. Ambas mantienen a raya a la humedad y a los matojos, pertinaces en crecer a sus pies. Las tejas del remate del muro cobijan nidos furtivos. Si las madres no lo evitan, pronto serán presa de los niños. El pavimento del patio los recibe con verdín helado entre los adoquines. El pozo siempre fue discreto, pero nunca faltó a su cita con el agua. Es lo primero que miran antes de entrar en la casa.
La puerta se queja al abrir. Las ausencias nunca le gustaron a este portón. Una oscuridad de postigos cerrados se une al aire quedo del interior. No tardarán en marcharse dejando sitio a la luz de las ventanas y al aire corriente del nuevo día. A mujeres y niños los saluda el canto de los pájaros y un ruido de cohetes a oleadas desde el lado de Lopera.
—Son cohetes por la Navidad —dicen las mujeres, como una lección que tuviesen aprendida.
—¡Son muchos! —exclama escéptica la mayor de las niñas. Nadie responde.
Conce sube al primer piso. La casa es sobria como el campo que la abraza, las raíces de las que brota el fruto y las manos que lo convierten en bálsamo al paladar. Abre el balcón para ventilar y mira hacia Lopera. Nada distingue, salvo la humareda que emerge tras los cerros olivares. Respira quieta, se refugia en el trabajo por hacer y presiente que los disparos no tardarán en acercarse. Al bajar al patio, todos los ojos se le clavan.
—No perdamos tiempo.
Esa voz es la que todos esperan, la fuente de ánimo que necesitan. Conce lo sabe y para todos tiene una mirada especial. Una parte de los niños trae la leña, otra barre el patio y el resto prepara las trampas para los ratones. La abuela enciende la chimenea y Conce, con su vecina, se reparten cocina y camas. No les queda lejos la escoba para las arañas. Airean los armarios y los niños pasan el polvo donde señalan las madres. Cantan para perder el miedo, bromean para sostener el ánimo. Cuando el sol se planta arriba, ya han terminado y tienen la comida hecha. Ahora queda hacer lo más duro: esperar.
El canto de zorzal da paso a la presencia del mochuelo sobre las tejas del murete. Los acompañará toda la noche. La vigilia se la reparten las tres mujeres: la abuela primero, Conce y su vecina eligen la madrugada, a solas con el canto de la rapaz y los cohetes que parecen lejanos.
De momento.
Los de la embajada le han dicho que acuda solo. Es mejor el domingo por la noche, que hay pocos clientes, argumentaron ellos. Salió temprano y ha pasado toda la tarde en Central Park. Le gustan sus filas de árboles desnudos en invierno; caminar sobre el ocre de las hojas caídas; los puestos de comida caliente; el bullicio de los niños en las plazas; los bancos solitarios, a veces, en compañía de alguien solitario igual que ellos; el juego de blancos y grises en los rascacielos coronados por nubes de vapor, como barcos navegando en la marejada de la fronda huesuda. La pugna entre la caricia del sol y el empuje del frío a media tarde. Cada vez que penetra en Central Park, se recrea reflexivo y, esta vez, no puede soltar la tristeza que le pesa en los hombros, que lo empuja hasta su tierra sucia por la sangre.
Toma un taxi y le indica al conductor la dirección de la calle Groove. Llega puntual, aunque ya lo esperan en la antesala de El Chico. Se trata de un hombre de aspecto serio, traje gris y pajarita discreta. Se dan a conocer.
—Daniel Martín —dice tratando de ser cálido.
—Andrés Luján —le corresponde de igual manera.
—Tengo reservada una mesa.
—Muchas gracias. Hoy no hay actuaciones y es un día perfecto para hablar tranquilos.
Desde el principio deciden tutearse.
