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Una elegante historia de seducción y glamour tras el escenario. Mario Arribas sobrevive como crítico musical y copywriter cuando recibe el encargo más importante de su carrera: escribir la biografía de Pierre Bouhren, compositor y líder del grupo de rock electrónico Solange, mientras se enfrenta al despido en el periódico donde trabaja y su novia presiona en su relación para dar EL PASO. La crisis creativa y el desequilibrio emocional que atraviesa Pierre y las críticas a su último trabajo pronostican un futuro muy negro. Esta biografía tiene que servir para recuperar el interés del público y quizá la inspiración del artista. Mario y Pierre trabajan juntos en ella, sabiendo que hay demasiado en juego. Pero la intimidad crea vínculos. Y algunos vínculos definen la vida.
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Seitenzahl: 249
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Avenida de Burgos, 8B - Planta 18
28036 Madrid
© 2022 Nuria C. Botey
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Hjos de Saturno, n.º 14 - junio 2022
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Elit y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com y Shutterstock.
I.S.B.N.: 978-84-1105-760-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Agradecimientos
Cuando el cuerpo cede al sueño, la mente pierde el control sobre los miedos reprimidos durante el día. Entonces el olvido extiende sus alas y nos protege de los fantasmas del inconsciente. Olvidar es poner freno a la muerte. Asistimos en sueños a nuestro funeral o contemplamos nuestro entierro desde el aire, como espectadores conscientes de una película angustiosa, pero no experimentamos esa ruptura total con la vida. Si el ser humano muere en sueños, nadie consigue recordarlo con suficiente claridad con precisión.
Mario llevaba mucho tiempo sin acordarse de sus sueños. Sabía que se sucedían a lo largo de la noche, pero no era capaz de explicar qué ocurría en ellos y a menudo despertaba inquieto y angustiado, incapaz de identificar el origen de sus emociones. Los días que despertaba con una sensación de calma y bienestar eran raros. Pensar que la memoria tenía la delicadeza de reiniciarse para preservar su cordura después de morir de alguna forma terrible era una buena forma de consolarse.
El golpe seco que llegó desde la cocina le devolvió a la realidad.
—¿Pasa algo, cielo? —intentó que sonara despreocupado, sin éxito.
—¿Tú qué crees?
El tono gélido de la respuesta daba la medida de su enfado. Yolanda era una mujer temperamental, a veces demasiado. No era raro que pasara de la alegría al llanto o de la ilusión a la cólera en un pestañeo; gritaba e insultaba para dejar claro lo que le molestaba. La estrategia de devolver la pregunta mientras daba portazos con la nevera o dejaba caer con fuerza la sartén sobre la vitrocerámica presagiaba tormenta.
La perspectiva de una discusión de pareja justo antes de la reunión con Bouhren le apetecía tanto como recibir un puñetazo en la boca del estómago. Faltaban dos horas para la cita. Si la elección estaba entre hacer tiempo en el centro de Madrid o discutir con Yoli, la respuesta era sencilla.
—Tengo que marcharme ya. No puedo llegar tarde —dijo metiendo el portátil en la mochila.
Albergaba la pequeña esperanza de que decidiera seguir rumiando su enfado en la cocina, pero ella esperaba en la puerta con un paño en las manos y la mirada encendida.
—No vas a llegar tarde a una mierda de entrevista, pero a mí me das plantón como si nada, ¿no?
—¿De qué hablas, nena?
—Tres veces, Mario. Lo has hecho tres veces —recalcó en tono amenazador, retirándose un mechón rubio de la frente—. Y no me llames «nena».
—No es culpa mía, Yolanda. El mánager de Solange concertó la hora.
—Hablo del piso, Mario
—Joder.
—Eso he dicho yo mil veces mientras te esperaba. Pedí permiso para salir antes de la tienda, comí un sándwich de máquina en el metro para llegar a tiempo y tú no apareciste. Tuve que soportar la cara de culo del comercial durante toda la visita.
—Te mandé un mensaje de voz explicando qué pasaba.
—¡Con una hora de retraso!
—La asamblea de trabajadores se alargó más de la cuenta. ¿Qué querías que hiciera?
—¡Decídete, Mario! Se supone que vamos a comprar un piso juntos y yo soy la única que mira anuncios, llama a las inmobiliarias y mueve el culo para ver los que nos ofrecen.
—Ya hemos hablado de esto, Yolanda. Tengo que irme.
—¿Quieres que compremos un piso o no?
Mario suspiró, consciente del peso de la pregunta. La generación de sus padres se comprometía y se casaba, casi siempre por la iglesia. En la suya el compromiso se firmaba ante el banco y se llamaba hipoteca. Comprar un piso significaba mucho más que pagar una letra mensual. Era un cambio vital, una promesa de futuro.
—Claro —dijo con poca convicción. Llegaría tarde a la reunión si la discusión seguía por ese rumbo.
—¿Y por qué me dejas sola cada vez que concretamos cita con una agencia?
—Está bien, lo admito: no me seduce la idea de comprar un piso. ¿Qué tiene de malo seguir aquí? Es luminoso, está bien comunicado y el casero es buen tío. Ningún banco nos dará una hipoteca más barata que este alquiler. Ya sabes cómo están las cosas en el periódico.
—¿Sabes qué tiene de malo? Lo alquilaste hace dos años, cuando aún no nos conocíamos. Las paredes están pintadas con gotelé, la cisterna pierde agua y falta sitio en los armarios para mi ropa. En esta casa estoy de prestado. Si quieres vivir conmigo, ofréceme igualdad de condiciones.
—¿Eso se arregla con una hipoteca?
—Eso se arregla con un proyecto de vida en común. Un proyecto de los dos, empezando desde cero.
—¿Te importa que lo hablemos cuando vuelva?
—Haz lo que quieras.
—Yolanda, sé que esto es importante para ti.
—¿Para mí?
—Para nosotros, joder. Por eso no quiero hablar con prisa. ¿Lo dejamos para esta noche, delante de una botella de vino? Pide algo para cenar, te prometo que no llegaré tarde.
—No, déjalo, yo también voy a salir. Seguro que a Sonia le apetece un cine o una bolera.
—Gran idea. Da recuerdos a Sonia de mi parte, hace mucho que no la veo.
Quiso despedirse con un beso en los labios, pero ella le ofreció la mejilla. Iba a estar muy presente en la conversación de las chicas y no precisamente para bien.
Caminó hacia la parada del bus con las manos en los bolsillos y la mirada perdida, sintiendo el peso de la mochila en la espalda y el aire fresco de finales de octubre en la cara. Las cosas no salieron como pretendía, pero tenía tiempo de sobra para ir a la entrevista, incluso con la hora de transporte desde Móstoles hasta la plaza de Canalejas. La editorial Muxic y el mánager de Solange, la banda francesa de rock electrónico que arrasaba en medio mundo, habían concertado su primer encuentro en un viejo hotel del centro de Madrid donde Pierre Bouhren, líder, vocalista y motor del grupo, establecía su residencia siempre que recalaba en la ciudad.
Se permitió un paseo tranquilo para aclarar las ideas.
Necesitaba hacer bien aquel trabajo. Si los rumores que corrían por la redacción tenían una mínima base, los despidos en masa no tardarían en llegar. La caída de las ventas registrada en los últimos años era evidente sin necesidad de formar parte del Consejo de Administración. Y no solo en el periódico: todo el grupo editorial tenía pérdidas. Los lectores de diarios y revistas en papel envejecían sin relevo entre los jóvenes, y el formato electrónico de pago no era rival para la oferta audiovisual de la web y los medios clásicos. La gente ya no buscaba editoriales profundos o noticias contrastadas, se conformaba con leer titulares impactantes y opiniones de personajes populares en la red. Los críticos musicales como él tenían poco sitio en las publicaciones tradicionales y tampoco albergaba la esperanza de llegar a ser colaborador habitual de la plataforma digital. Incluso en el hipotético caso de conseguirlo, ¿con qué condiciones económicas? Trabajar como freelance para Muxic era algo más que un desahogo económico. Si la biografía sobre el líder de Solange tenía el éxito que la editorial esperaba, quizá se convertiría en un segundo empleo. O en el primero, cuando se materializaran los despidos en el periódico.
El aroma a azúcar y masa caliente le hizo detenerse frente al escaparate de una panadería. No era nada del otro mundo, una franquicia con muebles oscuros y letras doradas regentada por una pareja ecuatoriana, pero el conato de discusión con Yolanda y la proximidad de la entrevista le habían abierto el apetito. Salió del local con una bolsa de papel en la mano y una palmera de chocolate en la otra, mientras el sol del atardecer jugaba al escondite entre las ramas de las acacias que sombreaban la calle. En unas pocas semanas, cuando el frío arreciara, el suelo se cubriría de hojas amarillas, pensó mientras mordía el dulce.
Un mendigo entrado en años echaba la tarde mirando el tráfico desde un banco de la avenida junto a la parada del autobús, con una mano en el carro de supermercado donde almacenaba sus pertenencias.
—¿Cómo vamos, Pepe?
—La puta rodilla me está matando, chaval. —Se frotó el muslo, nervioso—. Va a cambiar el tiempo.
Mario se sentó en el extremo contrario del banco y dejó la bolsa entre los dos.
—A ver si esto te alivia un poco —señaló el envoltorio de papel satinado.
—Coño, qué detalle. No me acuerdo de la última vez que comí uno de estos.
El hombre olisqueó el paquete con precaución antes de meter la mano y sacar con delicadeza el dónut. Admiró el dulce con una mezcla de nostalgia y satisfacción antes de darle un mordisco entusiasta, que salpicó de migas glaseadas la barba enmarañada.
Mario disimuló una sonrisa. Apenas conocía cuatro detalles sobre la vida de Pepe, pero la espera diaria del autobús había forjado algo parecido a una amistad. El hombre pedía ayuda con educación y él cogió la costumbre de corresponder. Un cigarrillo en su época de fumador, algo de calderilla, un café en el bar de la esquina o unos guantes del todo a cien en aquel invierno tan frío. Pequeños detalles que el hombre agradecía con sinceridad antes de desearle buen viaje. Un día se presentaron con un apretón de manos y charlaron sobre temas sin trascendencia. Hoy sabía que Pepe tenía cincuenta y ocho años. Llevaba diez viviendo en la calle y estaba a punto de coger un tren para largarse a cualquier parte, pero nunca llegaba a hacerlo.
—¿Dónde vas a estas horas, muchacho?
—A trabajar, ya ves.
—Coño, ¿ no tendrás algo para mí, chaval? Una ñapa de lo que sea.
—Una ñapa es lo que voy a hacer antes de que me echen del periódico.
—Pinta fea la cosa, ¿no?
—Qué te voy a contar.
—¿Y la Yoli?
—Como tu rodilla, dando por saco. —La risa del hombre dejó ver una dentadura mellada y oscurecida por la miseria.
—¡Qué cabrito eres, Mariete!
—Se hace lo que se puede, Pepe. Venga, que me esperan en Madrid.
—Buen viaje, chaval.
—Reza para que salga bien el negocio.
—Una vela a Dios y otra al diablo, a ver cuál responde antes.
El Hotel Asturias era un modesto alojamiento levantado a finales del siglo XIX en la calle Sevilla, cerca de la Puerta del Sol. Había envejecido a la sombra monumental del Banco Hispanoamericano y del Palacio de la Equitativa, pero ahora que ambos edificios estaban en fase de reconstrucción tras el cierre en 2014 de la Operación Canalejas, el peso de la herencia arquitectónica de la plaza recaía sobre su humilde fachada de ladrillo visto y piedra blanca, atravesada por un anticuado neón con el nombre del establecimiento. Mario supuso que el monstruo de la especulación no tardaría en echar sus garras sobre él y sintió lástima , pero la inminente reunión con Pierre Bouhren apartó el pensamiento de su mente.
El recepcionista, un tipo gordo de nariz chata y avanzada calvicie, marcó con diligencia el número de la suite del músico, en la última planta del edificio.
—Buenas tardes. Ha llegado el señor Arribas, de la editorial. Sí, señor, ahora mismo. —Colgó el teléfono y miró al periodista con aire solemne—. Suba.
La garganta seca y un ridículo temblor en las rodillas le advirtieron que sería complicado no dejarse impresionar. Había entrevistado a muchos artistas a lo largo de su carrera profesional, pero nunca se había reunido con uno al que admiraba en el plano personal. Escuchaba a Solange desde sus inicios con los primeros singles de guitarras distorsionadas y vocalizaciones efectistas, que supieron pulir con acierto hasta alcanzar el nivel de complejidad melódica y juegos de sonidos desde la que ahora contemplaban a sus imitadores, admirando su valentía y su capacidad para evolucionar y reinventarse sin perder su esencia. Pensar que se encontraría frente a frente con el alma mater de la banda, uno de los artistas más originales, provocadores y reconocidos del panorama internacional, le imponía un absurdo respeto.
Un hombre de mediana edad abrió la puerta de la habitación.
—Bienvenido, señor Arribas —saludó con marcado acento francés y voz atiplada.
Rondaba los cincuenta y se había esforzado por cumplirlos sin perder un ápice de elegancia por el camino. Alto y firme, con pelo gris, ojos bulbosos de un azul intenso, mandíbula cuadrada y labios fruncidos en un gesto a medio camino entre la contención y el desagrado.
—¿Bertrand Alier?
El mánager de Solange asintió de forma sutil. Hombre en la sombra de Pierre Bouhren, artífice de su imagen y de su éxito, según decían las malas lenguas. Parte del trabajo de Mario sería averiguar hasta qué punto era cierto.
—La editorial Muxic ha tenido la gentileza de facilitarnos algunas de sus publicaciones. Su trayectoria profesional es breve, pero interesante. —Mario se preguntó si hablaba en nombre de su representado o utilizaba el plural como un recurso efectista para reforzar el tono de superioridad—. Nos gusta especialmente su análisis sobre la influencia del rock clásico en el panorama electrónico durante la primera década del siglo XXI.
—Gracias.
—Sin embargo, estará de acuerdo con nosotros en que el libro que tenemos entre manos es algo completamente distinto. Eso exige sentar ciertas bases antes de comenzar a trabajar juntos.
Ocupó la única silla libre en torno a la mesa. No había estado tan nervioso desde que defendió su trabajo final de máster en la Facultad de Periodismo, aunque ahora solo tuviera que convencer a un hombre. Descalzo y cubierto con un albornoz blanco del hotel, Pierre Bouhren le dedicó una mirada fugaz.
Bertrand Alier dedicó la siguiente media hora a repasar en voz alta cada una de las cláusulas del contrato de edición como si Mario tuviera alguna opción de modificarlas. El cantante no levantó la vista del móvil en el tiempo que duró la lectura.
Había cumplido los veintisiete a finales de septiembre. Delgado y ambiguo como un personaje de anime, con pómulos marcados y nariz respingona, llevaba el pelo teñido de negro y desmechado en picos irregulares. Mario observó las manos que deslizaba sobre el teléfono, muñecas delgadas y dedos finos con las uñas pintadas de azul.
—Una vez revisado el documento —Bertrand Alier clavó una mirada penetrante en el periodista— es momento de hablar de los detalles. Queremos un biopic sobre la figura de Pierre Bouhren, no sobre Solange.
—¿Cuál es la diferencia?
—Buscamos separar al hombre del grupo, señor Arribas. Tiene que entender eso.
—No fue el mensaje que me dio la editorial.
—La editorial quiere vender ejemplares. Y nosotros queremos dar al público lo que el público demanda, ¿no es cierto?
—Por supuesto.
—Celebro que estemos de acuerdo en este aspecto. Pasemos a otro punto no menos importante: la veracidad. No le estamos pidiendo que mienta; solo esperamos que comprenda que no es imprescindible mostrar todos los hechos de forma descarnada.
—Ya hemos hablado de eso, Bernie —interrumpió el músico con desgana, sin mirar tampoco a su representante. Alier dejó traslucir un mínimo gesto de contrariedad y continuó hablando:
—Solange está terminando de grabar su sexto disco. El tour de presentación será ambicioso. Europa, Estados Unidos y Sudeste Asiático. Queremos un público entregado, volcado con un artista cercano y humanizado.
—Comprendo.
Pierre Bouhren dejó el teléfono sobre la mesa, se frotó los párpados con gesto cansado y miró a Mario con algo parecido al interés por primera vez desde que llegó. Le pareció que el aire de derrota en los ojos del periodista contrastaba con los hombros anchos y los labios carnosos, como un niño escondido en un cuerpo de talla grande. Un hombre sencillo y afable, que quizá pudiera ofrecer lo que estaban buscando.
—Perdona, no recuerdo tu nombre —dijo con media sonrisa y el acento suave que envolvía su dicción cuando hablaba en castellano, la lengua de origen de su madre.
—Mario Arribas.
—¿De qué va nuestro libro, Mario?
Si la pregunta sonaba ingenua, la forma en que le miraba a los ojos daba a entender que solo tendría una oportunidad para acertar con la respuesta.
—Antes de cruzar esa puerta estaba convencido de que Muxic me contrataba para escribir la biografía de Pierre Bouhren, el frontman de Solange. Ahora tengo la impresión de que me piden una hagiografía sobre el hombre detrás del mito —dijo con cautela—. Y no sé si soy la persona indicada para hacer eso.
Pierre Bouhren se encogió de hombros. Le traían sin cuidado los matices que tanto preocupaban a su mánager.
—Me interesa saber cómo pretendes llevarlo a la práctica. ¿Preguntas y respuestas, con el formato literario por tu cuenta? ¿Un interrogatorio a las personas más importantes de mi vida, desde la niñera que me cambiaba los pañales hasta el último profesor de solfeo del conservatorio?
—Pensaba seguirte la pista mientras te alojes en Madrid.
El cantante levantó una ceja.
—Me niego a llevar guardaespaldas.
—No tengo licencia de armas.
—Y yo no estoy bromeando, cielo. Aprecio mucho mi intimidad, es un bien escaso para alguien de mi posición.
Mario se tomó unos segundos antes de contestar. Era un secreto a voces que el niño mimado del rock electrónico no soportaba sentirse vigilado.
—Creía que la veracidad iba por delante de la intimidad.
—Ya has oído lo que opina Bernie sobre ese tema.
—Sigo sin entenderlo. Es un libro para tus fans, ya te adoran incondicionalmente. ¿Tan peligroso es contar la verdad?
La risa de Pierre Bouhren impidió la réplica de Bertrand Alier.
—No me asusta ser sincero. De acuerdo, serás mi sombra mientras esté aquí. ¿Cuándo empezamos?
—Lo mejor sería fijar un horario —dijo para ganar tiempo. Necesitaba un horario flexible, realista y práctico, que le permitiera compatibilizar las entrevistas con su trabajo en el periódico—. Por las tardes estaría bien, quizá de cinco a nueve a partir del lunes.
—No eres una sombra muy persistente.
—¿Es poco tiempo?
—Solange solo grabará en Madrid duranteuna semana. —Bertrand Alier no se molestó en disimular un gesto de superioridad al ver la expresión sorprendida de Mario—. Ni un día más.
—El tiempo es lo de menos —interrumpió el cantante—. Detesto la rutina. Puedo trabajar una semana desde el amanecer o pasar seis meses sin ser persona hasta que se pone el sol. Tu propuesta es poco ambiciosa.
—¿Qué sugieres?
Alier hizo intención de intervenir, pero Pierre Bouhren lo detuvo con un gesto.
—Concertaremos las citas sobre la marcha, unos días por la mañana y otros por la tarde. Incluso de noche, por qué no. A mi público le encantará saber qué hago cuando se pone el sol —añadió con picardía.
—No quisiera incomodarte más de lo necesario.
—Muy considerado por tu parte. Hay tanta gente a mi alrededor que tendrías que hacer verdaderos esfuerzos para conseguirlo.
—Entonces, ¿nos vemos mañana?
—¿Por qué esperar? Empecemos ahora.
—Son casi las nueve.
—No voy a quedarme en el hotel un jueves por la noche. ¿Tendré que salir sin mi sombra, como el pobre Peter Pan?
—Pensé que sería una reunión formal, no traje la grabadora.
La mirada furiosa de Alier contrastaba con el gesto divertido de su representado.
—Hay cientos de aplicaciones para grabar desde el móvil.
—Si no te importa que use una…
Registrar una entrevista con el software del teléfono no entraba en su definición de profesionalidad.
—Ese es tu problema, no el mío.
—Entonces está resuelto —dijo aparentando una confianza que no sentía. Iba a ser duro explicar a Yolanda que no volvería pronto a casa.
—¡Excelente! Picaremos algo antes de salir. ¿Nos acompañas, Bernie?
Alier se disculpó con una inclinación de cabeza. Conocía muy bien a su representado para saber cuándo era el momento de la retirada. Bouhren encargó un surtido de canapés, ensalada con frutos secos y un vino de crianza. Mario dudaba que la discreta cocina del Asturias tuviera todo eso en su menú, y aprovechó la ocasión para lanzar la primera pregunta:
—¿Por qué insistes en alojarte aquí cuando vienes a Madrid, Pierre? Esta suite es la mejor de todo el establecimiento y resulta pequeña y anticuada en comparación con la oferta hotelera de la ciudad.
—Es cierto. Cualquier hotel moderno donde se aloja el resto de la banda es mejor que este… Sin embargo, tengo mis motivos para volver. No todas mis exigencias son caras o difíciles de satisfacer.
—Eso no responde a mi pregunta.
Bouhren caminó descalzo por la moqueta hasta el mueble bar y se sirvió medio whisky con hielo. Su extrema delgadez llamó la atención de Mario.
—¿Te pongo algo? —ofreció.
—No, gracias.
—¿De verdad quieres saber por qué me gusta este hotel?
El servicio de habitaciones trajo la cena, servida en elegantes bandejas de un exclusivo catering externo, y la conversación se interrumpió mientras el camarero vestía la mesa. A pesar de su decadencia, la dirección del Hotel Asturias no escatimaba en detalles para agasajar a su huésped más célebre.
Mario dejó el móvil sobre el mantel y abrió la grabadora, resignado a editar el audio de la entrevista cuando llegara a casa.
—La empresa de mi padre abrió su primera sucursal fuera de Francia aquí, en Madrid —explicó el músico—. Una ciudad cercana, con proyección internacional y donde los apellidos de soltera de mi madre eran la mejor carta de presentación ante los inversores. Siempre fue un hombre práctico: ni soportaba a sus suegros, ni dudaba en usar su nombre. Por eso prefería alojarse en esta suite en vez de ir a casa de los padres de su mujer cuando venía a cerrar un trato —añadió con malicia—. Acostumbraba a viajar solo, pero lo acompañábamos cuando no esperaba tener mucho jaleo. Eso fue antes del diagnóstico de mi madre, claro. Yo era muy pequeño y lo recuerdo como unas vacaciones inesperadas. Hacíamos las maletas a toda prisa, lo que molestaba sobremanera a mi madre a pesar de la ayuda de la doncella; para mí era una verdadera fiesta porque suponía perder clases y hacer turismo por la ciudad. Por eso vuelvo siempre a este hotel viejo y decadente. Recorro las piedras del balcón con la punta de los dedos y las calles se vuelven más anchas, los edificios crecen y me reencuentro con aquel niño de ojos abiertos que paseaba por la ciudad de la mano de sus padres. Está anticuado y mal acondicionado, pero en mi memoria forma parte de un tiempo mejor. Cuando un fondo de inversión lo derribe para construir un establecimiento funcional y lujoso me dará igual alojarme en cualquier otro sitio. Mientras tanto seguiré disfrutando de mis recuerdos. —Levantó su copa hacia el periodista, que respondió al brindis con un gesto reflejo—. ¿Te has fijado alguna vez en todas las esculturas de animales que decoran esta ciudad?
Mario negó en silencio, admirando la elegancia de su entrevistado para dirigir la conversación hacia temas menos comprometidos. Tendría que buscar otro momento para profundizar en su historia familiar.
—Hay esculturas magníficas en muchas ciudades de Europa, pero las fieras de piedra de Madrid tienen un encanto especial. Perseguirlas era mi obsesión durante esos viajes.
—¿Cómo se persigue una escultura?
—Cuando mi padre terminaba de trabajar y salíamos de paseo, mi distracción favorita era localizar animales repartidos por la ciudad. Entre Alcalá y Velázquez, las cabezas de los elefantes del Palacio de la Equitativa. ¿Respetarán la fachada en ese complejo comercial que van a construir?
—Tienen obligación, es un bien de interés cultural.
—Me alegra, sería muy triste que se estropearan. Paseábamos mucho en aquella época. A mi madre le gustaba caminar por la carrera de San Jerónimo hacia la Puerta del Sol y desde allí a la plaza de la Ópera, por calle Arenal. O subíamos por Preciados en dirección a la Gran Vía, para bajar luego a plaza de España. La Puerta del Sol es una mezcla fascinante entre simbolismo y vulgaridad. El reloj de la Casa de Correos, los dulces de La Mallorquina, el Oso y el Madroño, Doña Manolita, la placa del kilómetro cero y el olor a humanidad de la boca del metro.
—Conoces Madrid mejor que yo.
—¿Dónde vives?
—En Móstoles, una ciudad del suroeste de la capital.
—¿Es bonita?
—No demasiado.
—¿Hay leones?
—Creo que no.
—Tengo debilidad por las esculturas de leones.
—Como los de Cibeles, por ejemplo.
—No son los únicos leones de Madrid. Tienes otro sobre la puerta del Edificio Vitalicio, junto al Casino. Apuesto a que no te has fijado en él.
—Ni siquiera sé de qué edificio hablas.
—Mis preferidos son los del Congreso de los Diputados —dijo con una sonrisa—. Nunca he entrado en el edificio, pero me senté un millón de veces sobre sus lomos de bronce. ¿Sabes qué simbolizan?
—Hasta donde yo sé, protegen de las Cortes.
—Eso decía mi padre. Según él, tenían órdenes estrictas para custodiar la democracia española, de ahí su semblante amenazador. A mí siempre me parecieron más enojados que alerta, hasta que entendí el motivo de su enfado.
—¿Cuál es?
—La diosa Cibeles monta en un carro tirado por una pareja de leones y en Trafalgar Square el almirante Nelson tiene a sus pies cuatro ejemplares maravillosos. Los leones solo se postran antes los dioses o ante los héroes, pero vosotros los pusisteis a los pies de la Cámara Baja, donde simples mortales que dicen representar la soberanía popular se enzarzan a gritos en debates interminables. No se me ocurre un motivo mejor para estar furioso.
—Suena razonable.
—En mi imaginación escribí una historia alternativa. Esos leones formaban parte del séquito de Cibeles, hasta el día en que la diosa les ordenó llevar un mensaje secreto a su amante Neptuno. Su elegancia y majestad recorriendo el paseo del Prado no pasó desapercibida a los miembros del Parlamento, que se encapricharon de Su Majestad y los capturaron antes de cumplir la misión que tenían encomendada. Atados de por vida como perros al pie de la escalera del Congreso, los leones esperan furiosos el día en que su señora los reclame de nuevo. Entonces girarán sus cabezas de bronce hasta encontrar sus miradas y romperán el yugo con un rugido aterrador.
—En Shadowsland hay una canción sobre dos amantes que se fugan de una sociedad asfixiante donde no les permiten tocarse o mirarse a los ojos.
Pierre Bouhren sonrió complacido.
—Hippomenes & Atalanta,cuarta pista.Ahora ya sabes de dónde viene.
—Todo el mundo piensa que es una canción de amor.
—¿Qué te hace sospechar que no lo es? El amor tiene muchas formas de manifestarse, aunque todas hablan de lo mismo. Deja que me vista, tengo ganas de bailar.
—Me voy, entonces.
—Pronto te cansas de ser mi sombra.
—Pensé que…
—Fuiste tú quien habló de veracidad. ¿Qué clase de libro piensas escribir, si no nos movemos del hotel?
—Dame un minuto. Tengo que hacer una llamada.
La plaza de Canalejas rebosaba actividad cuando Mario salió al balcón. Habría tenido problemas para hacerse oír si Yolanda hubiera cogido el teléfono, pero después de varios intentos infructuosos se conformó con dejar un mensaje en el contestador:«No lo vas a creer, sigo liado con la entrevista. No me esperes despierta, mañana te cuento todo con calma», prometió antes de entrar en la habitación.
—¿Alguna sugerencia?
La pregunta llegaba desde el armario ropero. En el suelo, el albornoz blanco con el logotipo del Hotel Asturias.
—¿Perdón?
—Qué desilusión, tenía la esperanza de descubrir algún local nuevo en tu compañía.
Pierre Bouhren se volvió con una camisa en la mano y un pantalón en la otra, indiferente al efecto que provocaba su desnudo.
—Lo siento, no salgo mucho —balbuceó Mario.
—No me lo creo. ¿Qué haces para divertirte?
—¿Te importaría vestirte?
—¿Ves algo que no conozcas?
—Esto resulta un poco incómodo.
—Creí que buscabas espontaneidad.
—Desnudarse ante el micro es una metáfora barata.
—Qué lástima, me gusta andar sin ropa. ¿Nos vamos ya?
Botas militares de suela gruesa, vaqueros ajustados, camisa de seda negra, gafas Ray-Ban ahumadas y una gorra de béisbol. Un conjunto más adecuado para entrar en un club de moda que las deportivas blancas y la camisa de cuadros de Mario.
—Y ahora que ya no vas de la mano de tu padre, ¿cómo te mueves por la ciudad?
—Iremos andando. El sitio al que quiero llevarte está demasiado cerca para llamar a mi chófer.
Turistas con aire despistado y grupos de jóvenes universitarios de fiesta en el barrio de las Letras abarrotaban las calles. Mario temía ser arrollado de un momento a otro por una horda de fans, pero nadie parecía fijarse en el hombre menudo y delgado que caminaba junto a él esquivando a los viandantes y ojeando escaparates como el de La Violeta, una diminuta confitería de la plaza de Canalejas especializada en los pequeños caramelos inspirados en la flor que le daba nombre. Perfumerías, tiendas de moda y souvenirs de la carrera de San Jerónimo compartían espacio con casas de comidas nacidas a la sombra de Lhardy, lugar de encuentro de escritores, políticos y altos miembros de la sociedad madrileña desde mediados del siglo XIX, cuya fachada dejaron atrás en su camino hacia la Puerta del Sol.
La plaza estaba abarrotada de gente que curioseaba las tiendas, hacía cola ante las franquicias de comida rápida y se fotografiaba desde todos los ángulos posibles con el luminoso del Tío Pepe, el Oso y el Madroño, la Mariblanca o la estatua ecuestre de Carlos III. La tienda Apple, situada en lo que antaño fuera el Grand Hôtel París, atraía las miradas de los amantes de la tecnología incluso fuera del horario comercial.
Antes de llegar a la Real Casa de Correos, sede de la Presidencia de la Comunidad, Pierre Bouhren torció en dirección a la calle Carretas.
—¿Lo hago bien? —preguntó de pronto.
