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Madrid arde a mediados de julio de 1936, por el calor del verano y por el levantamiento militar en África. El abogado Nicolás Rosal intenta marcharse en coche de la capital, pero tiene que regresar tras ser interceptado por un piquete armado. Así que decide permanecer en Madrid mientras su mujer y sus dos hijos veranean en Navarra. Nicolás proviene de una familia modesta y no encaja con la de su mujer, de estirpe militar e ideología carlista. La casualidad de ese día en que su coche no supera el control del piquete determinará toda su vida al llevarle a integrarse en el Madrid republicano. Guiado por nuevas relaciones y por la necesidad de sobrevivir en un entorno polarizado, intentará encontrar su sitio, sin saber bien cuál es. Con el paso de la guerra, Nicolás tendrá que elegir entre mantenerse fiel a ese nuevo mundo que ha acabado por ilusionarlo, o dejarse llevar por la corriente.
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Seitenzahl: 455
Veröffentlichungsjahr: 2023
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HIJOS DEL
MISMO SOL
Javier Maura
FINALISTA PREMIO NOVELA HISTÓRICA DE VALLIRANA 2022
Esta novela ha sido finalista del Premio de Novela Histórica de Vallirana 2022, fallado por el jurado compuesto por Raúl Montilla, Glòria Sabaté, María Pilar Queralt del Hierro, Pilar Argudo, Eva Cañadas, Teresa Amiguet y José Ángel Martos.
Primera edición: noviembre de 2023
© de esta edición:
Editorial Diéresis, S.L.
Travessera de les Corts, 171, 5º-1ª
08028 Barcelona
Tel.: 93 491 15 60
© del texto: Javier Maura
© de la primera foto de portada (casco): Estellez / iStock
© de la segunda foto de portada y contraportada (vista de Madrid): Album / EFE
Diseño: dtm+tagstudy
Impreso en España
ISBN libro: 978-84-18011-38-2
ISBN ebook: 978-84-18011-39-9
Depósito legal: B 18536-2023
Materia Thema: FV
Todos los derechos reservados.
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A Eduardo y María, la sal de mi vida.
¡Madrid, Madrid! ¡Qué bien tu nombre suena, rompeolas de todas las Españas! La tierra se desgarra, el cielo truena, tú sonríes con plomo en las entrañas.
ANTONIO MACHADO
Se comprobará que todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo. Ahí está la base de la nacionalidad y la raíz del sentimiento patriótico, no en un dogma que excluya de la nacionalidad a todos los que no lo profesan, sea un dogma político o económico.
MANUEL AZAÑA
Índice
Primera parte
Tambores de guerra
Segunda parte
¿Pasarán o no pasarán?
Tercera parte
Al frente en tranvía
Cuarta parte
Resistir es vencer
Notas
EL AUTOR
Javier Maura
Primera parte
Tambores de guerra
1
La llamada de André Delvaux le sobresaltó. En Madrid nadie llamaba a las diez de la noche de un viernes de verano por algo intrascendente. Desde la mesa del salón, donde se encontraba el negro aparato de baquelita, Nicolás Rosal podía ver las maletas, preparadas ya para su viaje del día siguiente:
—Melilla y Tetuán han sido tomadas esta tarde por militares contrarios a la República —dijo de sopetón su interlocutor en correcto castellano con resabio argentino y marcado acento francés. Y ante el silencio de Nicolás, incapaz de valorar la noticia, continuó—: parece que todo el Marruecos español se ha sublevado o está a punto de sublevarse.
—Y eso, André, ¿qué significa?
—No lo sabemos todavía, pero creemos que este quilombo puede extenderse al resto de España, por eso le he llamado.
—¿Qué me aconseja?
—Soyez prudent, surtout soyez prudent. Pas comme votre Premier…
—¿Qué ha hecho Casares Quiroga? —el susto de Nicolás aumentó al darse cuenta de que Delvaux había pasado al francés, algo que solo ocurría cuando estaba preocupado—. Me imagino que como jefe de Gobierno estará al tanto de la situación.
—No esté tan seguro. Mire lo que acaba de decirle al corresponsal de Le Temps cuando le ha preguntado por los sucesos de Marruecos: ¿Se levantan? Pues yo me voy a acostar —se detuvo unos segundos—. ¿Qué le parece?
—No le ha dado mucha importancia, por lo que veo —improvisó Nicolás, que seguía sin entender lo que quería transmitirle—. Me deja más tranquilo. Yo también me voy a acostar, que mañana salgo de viaje para Segovia a ver a mi madre y el domingo a Navarra, a pasar las vacaciones con mi familia.
Ustedes los españoles, hubiera contestado el agregado francés de no haber tenido que hacer más llamadas urgentes, piensan que el tiempo no es determinante, que puede dejarse para mañana la tarea de hoy, que un omnipotente dios les proveerá de recursos que permitirán resolver sus problemas y si no, que ha habido mala suerte, que otra vez será, contentos de haber estado a punto de lograrlo. Les tranquiliza, en lugar de indignarse ante ella, la insensatez de un gobernante que actúa como el lord inglés del chiste, que montado en su coche un viernes por la tarde camino de su casade campo, al ser avisado por su chófer de que salía humo por las ventanas de la residencia que acababan de abandonar, le comenta: «¡Vaya disgusto que me voy a llevar el lunes!».
No durmió bien esa noche, pero al día siguiente Nicolás, ayudado por Azucena, la sirvienta de la familia, cargó las maletas en su coche y salió en dirección a Segovia. Ella le dijo que se quedaría cerrando la casa y le dio recuerdos para la señora y los niños. La radio no se hizo eco de la sublevación, abrió el informativo con el atentado fallido de la víspera en Londres contra Eduardo VIII y la reseña de un Consejo de Ministros que había dedicado su atención a la situación internacional. No faltó la referencia al Tour, que ese sábado recorrería la etapa de Digne-les-Bains a Niza, pasando por Cannes, nombres que a Nicolás le transportaban a un mundo de lujo y placeres. Un día, se dijo, cuando mi despacho de abogado progrese, a lo mejor nos vamos Sole y yo una semana a la Costa Azul.
No hay nada por lo que inquietarse, pensaba Nicolás saliendo de un Madrid que parecía estar desperezándose, con los comerciantes levantando las persianas de sus negocios, poco tráfico y aún no mucha gente en la calle. Le gustaba conducir su Packard 120 negro, de dos puertas, que se había comprado a primeros de ese año de mil novecientos treinta y seis. No había mucho espacio atrás, pero los niños eran todavía pequeños. En el sitio que solían ocupar Margarita y Tito había colocado la maleta que no cupo en el maletero y la bolsa de cuero con los libros que intentaría leer en Elizondo.
Una vez pasado Torrelodones y antes de llegar a Collado Mediano tuvo que parar porque la carretera estaba cortada por un grupo de campesinos que llevaban hoces, guadañas y alguna escopeta de caza. Unos iban con buzos de trabajo y otros con camisas blancas y pantalones de gutapercha sostenidos por tirantes. Se movían de un lado para otro, dándose voces entre ellos, sin que se percibiera la presencia de alguien al mando o una mínima organización. Pensó en un accidente, quizá un tractor volcado o tal vez la toma de la finca de algún terrateniente.
Se quedó parado Nicolás detrás de un flamante Hispano-Suiza ocupado por cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, al que se habían acercado varios campesinos con actitud agresiva. Uno de ellos, empuñando una hoz, miró hacia el Packard, se acercó a la ventanilla y le obligó a bajarla del todo. Nicolás estaba asustado, no entendía qué podía estar pasando.
—¿Adónde vas?
—A Segovia.
—¿A qué vas a Segovia?
—A ver a mi familia, soy de allí.
—Enséñame la cédula —ordenó el campesino. Efectivamente, en el documento constaba el dato, aunque al carecer de fotografía podía pertenecer a otra persona.
Entretanto habían mandado bajar del coche a los viajeros del Hispano-Suiza. Los dos hombres parecían padre e hijo, las dos mujeres podrían ser madre e hija, o tal vez la joven fuera la esposa del supuesto hijo, que hacía de conductor. Las mujeres se pusieron muy juntas detrás de los hombres, evitando el contacto con los del piquete. Llevaban vestidos blancos en aquel descampado en medio de la solana. Los dos hombres llevaban, como Nicolás, camisas blancas remangadas y pantalones de lino. Les ordenaron sacar las maletas y abrirlas en el suelo, justo delante del coche de Nicolás.
—Un uniforme —gritó el campesino que hacía la inspección, levantándolo por encima de su cabeza—. Es un… —se quedó callado, en la hombrera se veían tres estrellas de ocho puntas.
—Coronel —completó su grito el hombre de al lado.
Se abalanzaron varios campesinos para inmovilizar al militar. Las mujeres se tapaban la boca con las manos. El joven intentó proteger al mayor, pero fue rápidamente reducido. El que inspeccionaba había abierto las otras maletas, desparramando la ropa sobre el asfalto. Apareció otro uniforme marrón, esta vez de teniente, también del Ejército de Tierra.
—¡Ibais a uniros a los sublevados! —les acusó directamente el que conocía las graduaciones militares.
—¡Viva España! —bramó el teniente.
—¡Viva la República! —aulló aún más alto uno de los campesinos.
—¡Viva la CNT! —chillaron a la vez tres o cuatro.
—¡Viva la UGT! —respondieron dos de ellos.
—¡Mueran los faciosos! —gritó otro y los del piquete respondieron al unísono—: ¡Mueran los faciosos!
Dos campesinos se metieron en el coche y enseguida se escucharon voces desde dentro: «¡Van armados!». Salieron con las fundas de dos pistolas, que enseñaron a los demás. «¡Están cargadas!», anunció el que parecía más ducho en asuntos militares. Para entonces, el coronel y el teniente no podían moverse; alguien había traído unos palos, se los colocaron detrás del cogote y empezaron a atarles brazos y muñecas a ambos lados. Parecían dos crucificados sin cruz; los empujaron fuera de la carretera mientras las mujeres lloraban sin que nadie se acercara a ellas.
Al principio, Nicolás se puso de parte de los ocupantes del Hispano-Suiza. No solo porque rechazaba que un grupo armado pudiera tomar una carretera como vulgares bandoleros, sino también porque su aspecto se le hacía más cercano a su condición que el de los campesinos. Se dio cuenta de que algo muy grave tenía que estar pasando en Segovia, por más que el miedo le impidiera atreverse a preguntar. Temía que mataran allí mismo a los militares y a las mujeres, que aquello derivara en una masacre. Sintió que su vientre se aflojaba y apretó los músculos para evitar una situación humillante.
—¿Tú también eres militar? —preguntó el que se había acercado a su ventanilla.
—Soy abogado —dijo orgulloso—. Soy el abogado de Remigio Montes, ¿le conocéis, verdad? —siguió un silencio embarazoso, los del grupo se miraban unos a otros—. Montes, el de la Motorizada —la Motorizada era el brazo armado de la facción revolucionaria del PSOE y de UGT, que día sí, día también, se enfrentaba a los pistoleros falangistas, en venganzas casi convertidas en costumbre desde la victoria electoral del Frente Popular en febrero.
—Así que eres de los nuestros —zanjó el que sabía de armas.
—¡Viva la República! —respondió Nicolás, que no sabía qué significaba exactamente ser de los nuestros. Por encima de todo quería salvar el pellejo.
Todo eran rumores, le explicó uno del piquete. Al parecer, en algunas capitales de provincia se había declarado el estado de guerra, además de en Marruecos, y la CNT, el sindicato anarquista que dominaba el campo español, había dado la orden de cortar las carreteras y requisar armas y vehículos para impedir que se extendiera un levantamiento del que bien poco se sabía. Nicolás miró hacia las mujeres y los militares, que eran conducidos por la pista que unía la carretera con un grupo de casas que había al fondo. Los hombres avanzaban como los bueyes, azuzados con los mangos de las guadañas, y las mujeres intentaban seguirles, tropezando en las piedras y huecos de un sendero impracticable para sus tacones de ciudad.
Sintió compasión por ellos, pero no preguntó adónde les llevaban ni qué pensaban hacer con ellos, seguramente ni ellos mismos lo sabían. Como abogado tenía claro que aquella era una detención ilegal, que un grupo de personas armadas no puede suplantar a la autoridad. Pero no era momento para disquisiciones legales, porque los mismos que hace un instante le consideraban uno de los suyos podían cambiar de opinión y declararle faccioso. Además, llegaban otros coches y la situación podía empeorar.
Nicolás les rogó que le dejaran seguir viaje a Segovia, pero fue en vano. Como aquí, le dijeron, te van a parar en otro control y a lo mejor no tienes tanta suerte. Se dio cuenta de que continuar era una aventura que superaba sus fuerzas, así que como ya habían cruzado el Hispano-Suiza en la carretera a modo de barricada, maniobró para dar la vuelta, pisando con sus ruedas parte de la ropa de los detenidos y tomó el camino de regreso a Madrid.
Entonces se acordó de Soledad y los niños, ¿qué les podía estar pasando? Se reprochó no haber pensado en su familia ni una sola vez durante el incidente. Tenía que hablar con ellos. Del olvido pasó a la angustia: se sintió responsable de sus vidas, culpable por no haberse marchado a tiempo de Madrid, aunque fuera de noche, justo después de la llamada de Delvaux, cuando ya tenía información suficiente de que algo grave estaba sucediendo. Se lamentó de ser un comodón, de su pereza para cambiar de planes, de haber actuado como la orquesta del Titanic, que siguió tocando como si el barco no se estuviera hundiendo.
Unos kilómetros después, vio un hostal de carretera con varios coches estacionados delante. Instintivamente, se desvió y aparcó. Buenos días, le dijo al empleado de recepción, quiero poner una conferencia. El hombre miró hacia un lateral, donde había dos banquetas puestas contra una pared, con separadores a modo de biombos, desde las que sendas personas hablaban por unos teléfonos apoyados sobre baldas. Detrás de él había una centralita con varias clavijas.
—Están ocupados los dos locutorios, pero es un servicio solo para clientes.
—Déjeme llamar, por favor, es una emergencia.
—Si no alquila una habitación no puedo dejarle hablar.
—No quiero quedarme a dormir, solo quiero que me ponga la conferencia.
—Bueno, alquile la habitación y, si no quiere quedarse a dormir, es cosa suya.
—¿Cuánto cuesta la habitación?
—Cincuenta pesetas1.
—¿Cincuenta pesetas por una conferencia con Navarra?
—Cincuenta pesetas por la habitación. La conferencia es aparte y no puedo asegurarle que funcionen las líneas.
Tragó Nicolás con el chantaje del hostelero, que simuló asignarle habitación. Durante el trámite, en el que tuvo que dejarle en depósito sesenta pesetas, una de las cabinas quedó libre. Le dio el número y esperó sentado a que sonara el aparato de su balda. Miraba a la pared, llena de anotaciones a lápiz: nombres de parejas con un corazón traspasado por una flecha y una frase injuriosa: «Marcos, cabrón», supuso que para el sinvergüenza del dueño. Sonó el teléfono, al otro lado del hilo la voz de una de sus cuñadas: «Soy Nicolás», dijo aliviado. Transcurrió un minuto interminable hasta que se puso Soledad. La emoción le hizo saltar las lágrimas al escuchar a su mujer. Se quedó casi mudo, solo le salía: Sole, Sole… Ella parecía más entera.
—Estamos bien —soltó con tono de reprimenda—, esperándote.
Se disolvió en excusas Nicolás; le contó sin detalles lo sucedido y cómo se volvía a Madrid.
—No podremos vernos hasta que se aclaren un poco las cosas.
—Pues parece que se van a aclarar pronto —afirmó Sole y su marido supo que alguien a su lado la escuchaba—. Ha habido pronunciamientos en muchos sitios: Pamplona, Burgos, Valladolid, Sevilla y más que va a haber.
—¿Qué crees que va a pasar? —le salió un gallo y tuvo que carraspear.
—Mis hermanos dicen que hay un acuerdo de Mola, Sanjurjo y Franco con los carlistas para volver a la monarquía.
—¿Alfonso XIII? —preguntó incrédulo Nicolás.
—No, Alfonso Carlos, el Rey carlista.
—¿Qué tal están los niños? —Nicolás no salía de su asombro. Llegó a pensar que su mujer deliraba: ¿lo que venía era otra guerra carlista? ¿No bastaba con las tres guerras civiles que desató y perdió en el siglo XIX la rama integrista de los Borbones?
—Los niños muy bien, jugando con nosotras. Los hombres han cogido las escopetas, se han puesto los correajes y la boina roja y han tomado el Ayuntamiento y el cuartelillo de la Guardia Civil.
—¿O sea que todo en orden? —no se le ocurría qué decir, imaginaba a sus cuñados mandando detener a los republicanos del pueblo. A él le hubieran respetado, quiso creer.
—Salvo que tú no estás, todo en orden.
—Cuídate y cuida a Margarita y Tito —Nicolás sintió de pronto la necesidad de despedirse.
—Cuídate tú también —se le quebró la voz a Soledad—. Te necesitamos.
—Y yo a vosotros.
Había dicho te necesitamos, no te queremos, como solía hacer otras veces, y él había contestado maquinalmente, como le ocurría a menudo en las despedidas. Se quedó un instante con el teléfono en la mano, pero alguien desde detrás le urgió: «¿Ha terminado ya?» Se cruzaron las dos miradas: la de resignación del que había colgado y la de impaciencia de quien tenía prisa por hablar. En el local, todos se observaban con recelo, no sabiendo si vivían del mismo modo la situación, si lo que estaba pasando, fuera lo que fuese, representaba para la persona con la que intercambiaban miradas la esperanza de un futuro mejor o el desaliento por un orden que se tambaleaba; eran miradas de inseguridad, de miedo a lo desconocido.
Pedir una segunda llamada, a Segovia para saber de su madre y sus hermanos, se le antojó imposible. Había mucha gente esperando, toda con la urgencia reflejada en sus rostros. «Les llamaré en cuanto llegue a Madrid».
Elaboró mentalmente una lista de llamadas por hacer, André el primero. Saber que su familia estaba en orden, aunque ese orden consistiera en violentar la legalidad republicana, le había tranquilizado un poco. Ahora tenía que salvarse él mismo, intentar llegar a su casa, el único sitio que en ese instante le parecía un refugio, un lugar donde escuchar la radio, poder hablar por teléfono, comer y dormir.
Mirando hacia los otros, se dijo: «Al menos yo tengo adónde agarrarme, pase lo que pase. Si me paran los falangistas siempre podré decir que soy amigo de un marqués, aunque no comulgue con ellos, y si me paran de nuevo los anarquistas, de Remigio el de la Motorizada, uno de su cuerda. Sobreviviré, casi seguro, pero ¿y lo que estoy construyendo? Mi bufete, mi clientela, mi reputación, ¿qué va a pasar con todo esto? Si viene un rey carlista, tendré que adaptarme al Dios, Patria, Rey, a lo mejor tengo que volver a misa y darme golpes en el pecho diciendo en alta voz mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa, confesarme y comulgar. ¡Qué horror! ¡Nos libramos de un Borbón caprichoso y mujeriego y nos lo cambian por un meapilas!».
Pagó sin discutir la factura, como el resto de los que allí estaban; solo le devolvieron dos pesetas y unos céntimos de las sesenta que entregó. No tenía energía para enfrentarse al dueño del hostal, ni existía la necesaria corriente de solidaridad entre los clientes para organizar una protesta e irse sin pagar. Sálvese quien pueda parecía el grito de guerra allí. Hacía mucho calor fuera y, sin embargo, la gente que entraba y salía de allí parecía tener frío; se abrigaba como si algo de ropa pudiera protegerles de su tribulación.
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2
Cerró con violencia la puerta del Packard. ¿Por qué no me habré marchado antes de Madrid? ¿Tan importante era lo que me retenía aquí? La mente de Nicolás dio un salto hacia atrás de unos pocos días mientras conducía mecánicamente de vuelta a casa. Su mujer y sus hijos se habían marchado hacía menos de un mes, buscando la tranquilidad y el frescor del valle del Baztán. Y sobre todo el calor familiar de una villa con jardín donde Soledad y su hermana soltera acompañaban a su madre, viuda desde hacía dos años, y trataban de congeniar con sus dos cuñadas, todas ellas atentas a los juegos infantiles de los primos y esperando la llegada de sus maridos.
Madrid ardía desde cuatro días antes de su intento de salida a Segovia. El calor se había metido en las casas y la pasión llevaba meses adueñándose de las calles. Muchos discutían y algunos hasta disparaban. La mañana del martes 14 de julio de 1936 el desayuno de Nicolás Rosal se alargó más de lo habitual. A la vez que mordía las tostadas con mantequilla, devoraba los artículos de Ahora, donde se contaban los detalles de los asesinatos de un importante diputado a Cortes y, pocas horas antes, de un oficial de la Guardia de Asalto, encargada de mantener el orden público.
El café se le quedó frío y Azucena tuvo que traerle otra taza. Se santiguó al ver las fotos de Calvo Sotelo y el teniente Castillo que copaban la primera página. «Bendito y alabado seas, Dios mío», dijo alarmada la mujer, y Nicolás la miró sin pronunciar palabra, mientras pensaba en la inutilidad de las jaculatorias para solucionar la ola de violencia política que caía a plomo sobre la capital de la República.
En las recientes elecciones de febrero, obligado a elegir entre el Frente Popular y las derechas, Nicolás no lo dudó y votó por el partido de Azaña, por su progresismo reformista y su rechazo a una España dominada por sables y sotanas. Si el antiguo primer ministro, y ahora presidente de la República, se hubiera aliado entonces con las derechas tampoco habría dudado en votarle.
Nicolás se puso una camisa blanca, el traje beis y el sombrero de paja, salió del portal de Menéndez Pelayo y, cruzando el Retiro, recorrió a paso rápido los cientos de metros que separaban su casa del pequeño despacho de abogado que tenía alquilado en la calle de Alcalá. Caminaba preocupado por la situación general y a la vez contento por la suya particular. Estaba progresando, recientemente le había entrado como cliente la Embajada de Francia y estaba invitado, por primera vez, a la recepción con que ese día celebraban su fiesta nacional.
No pudo meter la llave en la cerradura. Su ayudante, Matías, se anticipó a abrirle en cuanto escuchó sus pasos. De natural tranquilo y sonriente, le notó pálido, sudoroso y desencajado. Debió de ver en los ojos de su jefe dos signos de interrogación porque ni siquiera le saludó.
—Es Remigio, don Nicolás, lo tengo refugiado en mi casa.
—¿Qué ha hecho esta vez tu hermano?
—Iba en el grupo que mató a Calvo Sotelo con unos cuantos de la Motorizada.
—¿Cómo? —Nicolás se quedó lívido; no encontraba ísimos suficientes para calificar la gravedad del asunto.
Había defendido a Remigio cuando lo detuvieron por participar, junto con un grupo de socialistas y anarquistas dirigidos por el capitán de la Guardia Civil, Fernando Condés, en el intento de toma del edificio de Telefónica en la Gran Vía de Madrid, en la fallida revolución de octubre de 1934. Le costó aceptar el caso, pero Matías insistió y, aunque a Remigio le condenaron a diez años, su defensa fue considerada brillante porque al resto le cayeron veinte.
Las condenas se amnistiaron por el Frente Popular nada más ganar las elecciones. La intervención de Nicolás pasó bastante desapercibida, fue uno más entre los muchos abogados de aquellos procesos. Lo de Calvo Sotelo era mucho peor y su situación era bien distinta. Sin poder evitarlo, la mente de Nicolás calculó cómo le afectaría lo que acababa de escuchar, pensaba en qué pensaría André Delvaux, el agregado de asuntos jurídicos de la Embajada, de un abogado cuyo secretario era hermano del asesino de un líder político. Miraba sin mirarle a Matías; un instante después vio a un buen hombre al que conocía de tiempo atrás en graves apuros y se sintió egoísta y mezquino.
—Dile a tu hermano que se entregue a la Policía —lo dijo con tal convicción que Matías asintió con la cabeza—. Lo antes posible.
Remigio no quería hacer eso, le explicó Matías, se arrepentía de esa noche de locura, pero no había sido él quien decidió parar en casa del diputado para secuestrarle, ni tampoco le disparó en la nuca. Lo había visto todo y, si iba a comisaría, tendría que denunciar a sus compañeros. Tal como lo explicaba, aquello fue una venganza improvisada por el asesinato de Castillo, una orgía nocturna que se les fue de las manos, en la que los más violentos llevaban la voz cantante y arrastraban al resto.
A las pocas horas de refugiarse en su casa, continuó Matías, su hermano se enteró por la radio de que la policía había detenido a varios componentes del grupo y eso aumentó su inquietud. No les dijo nada a él y a su mujer hasta la noche, la noticia citaba a los detenidos como personas relacionadas con el atentado, pero no precisaba que fueran sus autores, de modo que solo los muy enterados pudieron leer entre líneas y cerrar el círculo.
Cualquier intento racional de abordar lo sucedido, como pretendía Nicolás, chocaba con un muro de incomprensiones. ¿Qué pensaban hacerle a Calvo Sotelo cuando lo sacaron de casa de madrugada y lo metieron en la trasera de una camioneta con unas cuantas personas armadas? Matías balbuceó que darle un susto, pero se notaba que repetía algo que su mente no entendía.
—Mi hermano es un fanático: es buena persona, pero es impulsivo, no controla lo que dice y lo que hace. Créame, don Nicolás, nunca le he visto tan asustado. Ya sabe que primero las monta y luego pide perdón, pero ayer estaba realmente aterrado. Pasó la madrugada del domingo escondido debajo de mi casa y cuando salí ayer lunes por la mañana, se me apareció de repente.
—¿Por qué no me dijiste nada ayer si estuvimos juntos todo el día? ¿Qué piensa de esto Encarna?
Matías llevaba casado un año y su mujer, Encarna, ya se había quedado embarazada. Temía a Remigio tanto o más que su marido cuando estaba de malas; y se sentía arrollada por su afecto, como el resto de la familia, cuando estaba de buenas. El primer día se calló, pero esa noche después de conocer las detenciones y escuchar los comentarios de la calle, ante la enorme trascendencia que se daba al crimen, le confesó a su marido que no podía soportarlo, que incluso temía perder el feto que llevaba dentro, tu hijo, no lo olvides.
—¿Han ido a casa de tu hermano a buscarle? —Nicolás trataba de calmarse, ya convencido del problemón que caía sobre sus espaldas—. A lo mejor la policía no conoce los nombres de todos los del grupo y se libra.
—Remigio quiere que usted le defienda —terminó confesando Matías.
A Nicolás casi le da un patatús. ¡Defender a un cómplice del asesinato del líder de Renovación Española! ¿Quién le contrataría después de eso? Hasta el mayor delincuente tiene derecho a una defensa y un juicio justo, lo decían con frecuencia en las clases de Penal, pero de ahí a asumir su defensa mediaba un abismo. Eso sí que no. Nada de volver a la Modelo a visitar al preso Remigio Montes, como a primeros del año anterior, cuando aceptó defenderle. Una vez pase, pero no ahora que levantaba el vuelo como abogado.
—Mira, Matías —le salió una voz ronca, que ni parecía la suya—, no me puedes pedir eso. Yo puedo aconsejar desde fuera, a través de ti, como estoy haciendo ahora, pero no puedo involucrarme en este asunto. Si consigue que no le detengan, perfecto, y si le detienen lo mejor que puede hacer es buscar un abogado del Sindicato.
—¿Cree usted que debo decirle que se marche de mi casa?
—Esa es una decisión muy difícil que tenéis que tomar Encarna y tú. Si se queda y la policía lo está buscando, os pueden acusar de obstrucción a la justicia y ya sabes lo que eso significa. Si lo echáis, puedes perder un hermano —Matías movía la cabeza de arriba abajo—. No me gustaría estar en tu pellejo.
—No sé qué hacer. Estoy entre la espada y la pared.
La mera presencia de Matías en el despacho incomodaba a Nicolás. Ceder a su insistencia y aceptar la defensa de Remigio le daba tanto miedo como sus reproches, más o menos explícitos, si se mantenía al margen. La debilidad del Gobierno en materia de orden público era proverbial. Tan probable podía resultar la detención en pocas horas de los asesinos de Calvo Sotelo como el encubrimiento de los autores del crimen por los policías al cargo de la investigación.
—Vete a casa, Matías. Habla con tu mujer y con tu hermano, a ver si encontráis una solución —se lo dijo con tono amable, pero firme—. Mañana me cuentas, que esta tarde no vendré al despacho, voy a ir directamente a la fiesta de la Embajada.
Matías se quedó más pálido de lo que estaba, con la sensación de que su jefe le había fallado por primera vez. Lo había conocido en el despacho donde Nicolás trabajaba de pasante y él de chico listo de los recados de los abogados, a pesar de haber terminado dos cursos de Derecho. Lo tuvo que abandonar, de un día para otro, al morir su padre de accidente laboral en la obra donde trabajaba de albañil. No podía dejar a su madre en la indigencia y Remigio, con su carácter de vivas y mueras sin lugar para intermedios ni equidistancias, duraba bien poco en sus empleos.
Cuando Nicolás decidió poner despacho propio se fue con él en cuanto se lo pidió. Estaba contento, le trataba bien, le pagaba un sueldo que le había permitido casarse con Encarna, con la que llevaba varios años de sueños tan pendientes como la revolución que proclamaban los falangistas, él moviendo papeles de aquí para allá y ella cosiendo vestidos para las vecinas del barrio. Cuando Remigio se lio a tiros en octubre del 34, en respuesta a la entrada de las derechas en el Gobierno del camaleónico Lerroux, haciendo valer su victoria electoral del año anterior, su madre le rogó que hiciera todo lo posible para librarle de la cárcel y él suplicó a su vez a Nicolás que defendiera a su hermano.
Encarna estaba aterrada, Remigio descompuesto, él desorientado y en Nicolás, el hombre tranquilo, inteligente, trabajador, buen padre, esposo y jefe, su modelo de hombre de bien, percibía miedo, un miedo al qué dirán, a perder su posición, a meterse en un lío del que no supiera salir indemne.
3
La llamada de su mujer, ese mediodía, encontró a Nicolás redactando un recurso para su cliente más importante, el marqués de las Delicias, amigo de su familia política, un aristócrata desertor de su casta que, en lugar de soñar con el retorno de Alfonso XIII y su corte de los milagros, se adaptó al régimen republicano sin abdicar de su conservadurismo ni perder la compostura y, sobre todo, sin dejar de ser él mismo: sus camisas llevaban bordadas las iniciales AMD (Alfonso, Marqués de las Delicias) y sobre ellas la corona nobiliaria. Fue él, personalmente y sin avisarle, quien le recomendó a la Embajada francesa, por lo que Nicolás le estaba muy agradecido.
Mientras escribía con su estilográfica Waterman, consultando a menudo el código legal colocado en un atril sobre su mesa de trabajo, su mente se iba a menudo a Matías y a su hermano revolucionario. Cuando sonó el teléfono, dio un respingo y un borrón de tinta cayó sobre el pliego. Pensó que podría ser la Policía preguntando por su ayudante, pero la voz que escuchó fue la de Soledad.
—¡Qué raro que contestes directamente, Nicolás!
—Matías no se encontraba bien y le he mandado a casa —mintió sin remordimiento.
—¿Cuándo vienes? —Nicolás percibía el apremio. Su mujer se transformaba cuando se reencontraba con su familia, los Alonso, que se definían a sí mismos como católicos, apostólicos y navarros.
Soledad y los dos hijos del matrimonio llevaban desde finales de junio en Villa Emilia, así llamada por la suegra de Nicolás, donde pasaban los veranos desde que se casaron. En aquel caserón de Elizondo se juntaban los padres y los cuatro hermanos Alonso con sus respectivas familias, al principio de forma holgada y cada vez más apretados conforme iban creciendo sus proles.
—Tengo que presentar un escrito la mañana del lunes que viene en el Juzgado. Haré noche en Segovia para despedirme de mi familia y el martes 21 bajo a quedarme con vosotros hasta finales de agosto.
—Mi hermano Carlos insiste en que te diga que lo dejes todo y te vengas para acá, que en Pamplona hay rumores de pronunciamiento militar. El crimen del domingo nos ha soliviantado el ánimo a todos —Nicolás se fijó en que solo mencionaba el asesinato de Calvo Sotelo, olvidando el del teniente de Asalto, pero prefirió callar.
—Dile de mi parte que es imposible, hoy tengo la recepción de la Embajada y aún tengo que terminar el recurso para el marqués.
—Ya sé lo importante que es para ti el trabajo. Solo te recuerdo que además del despacho tienes una familia; piensa en mí y en Margarita y Tito.
—Te prometo una cosa, Sole —Nicolás trataba de terminar la conversación para no perder el hilo de su escrito—. Esta tarde voy a verme con personas influyentes, que de seguro están mejor informadas que Carlos y se lo voy a preguntar. Si me dicen que corro el menor riesgo quedándome en Madrid, salgo pitando para Elizondo.
Se quedó medio conforme Soledad con la promesa de su marido. Carlos, el mayor de los Alonso, empeñado en ejercer de paterfamilias al morir su padre, general del Ejército, estaba en el secreto del levantamiento militar que coordinaba el general Mola desde Pamplona, pero no se lo comunicó a su cuñado porque no se fiaba de él desde que aceptó la defensa de Remigio Montes. No era infrecuente que le llamase medio en broma rojillo o comecuras, algo que Nicolás soportaba con una sonrisa forzada.
Para Nicolás la fiesta de la Embajada iba mucho más allá de un compromiso profesional. A su madre la noticia le había hecho feliz. Para ella representaba el triunfo social de su hijo mayor. Junto con su marido (que en paz descanse, solía añadir al mentarle) regentaron un puesto de frutas y verduras en la plaza del Mercado de Segovia. De sus otros dos hijos uno trabajaba de policía municipal y el otro le ayudaba en el puesto desde que se quedó viuda. Pobres no eran, pero las profesiones determinan la clase social tanto o más que el dinero y tenía más consideración un abogado que ganaba poco que un tendero que se forraba.
Consideraba a su nuera una estirada, pero no le caía mal por eso, sino porque hacía todo lo posible por alejar a Nicolás de su familia. No se daba cuenta de que, delante su mujer, Nicolás sentía una cierta vergüenza de que en Segovia no se le conociera como abogado, sino por el puesto de los Rosal en el Mercado. Soledad torcía el gesto cuando se dirigían a su marido como el hijo de Paca la verdulera. Nicolás quería a su madre y a sus dos hermanos, pero los veía como parte de un pasado del que deseaba alejarse.
Para Nicolás, Soledad era demasiado conservadora, no es que él fuera ni de lejos un revolucionario, pero daba por bueno el Estado laico nacido de la nueva Constitución y quería un país donde se reconociera más el talento que el estamento o la calidad de un escrito antes que a su firmante. Para Soledad, Nicolás tenía buena madera, pero le faltaba ebanistería, esos barnices que solo dan la cuna y una educación refinada. Solía criticarle que no anduviera de forma elegante, con los hombros rectos mientras movía las piernas y que a menudo caminara con las manos en los bolsillos. Tienes que andar derecho, le dijo poco después de la boda y Nicolás, orgulloso, le contestó que en Derecho era licenciado. A partir de entonces, la orden pasó a tienes que andar tieso.
Una vez discutieron acaloradamente sobre la educación de Margarita: Soledad se empeñaba en mandarla a las Carmelitas, que no pasaban de la enseñanza primaria, mientras Nicolás quería a toda costa que al menos terminara el Bachiller. Curas y monjas representaban para ella la misma garantía de una buena educación que la Real Academia en cuanto a la gramática.
—Que tus padres no te dejaran estudiar no es razón para castigar a tu hija a que sea una zote.
—No habré estudiado, pero no soy ninguna zote. Soy hija de militar y tú de verduleros: si no fuera por mí seguirías comiendo las patas de pollo con las manos.
—De poco te ha servido tanta finura: a mí esos padres que desprecias me metieron libros en la mollera y a ti los tuyos te debieron meter por el culo el palo de la bandera.
—Esos padres que según tú me metieron un palo por detrás son los que te recomendaron a Alfonso Delicias, el marqués que ahora pareces conocer de toda la vida. Si no, ahora seguirías de empleaducho con los anteriores abogados. Ingrato más que ingrato.
Nicolás había olvidado, como una deuda saldada, las ayudas de los Alonso para instalarse por su cuenta. Las agradeció en su día, pero ahora sus clientes valoraban su trabajo, no su parentesco con el general y su aristocrática esposa, y si seguían confiándole sus asuntos ya era por él mismo. Le molestaba que Soledad le recordara su pasado, ¿no vivíamos en un régimen donde el mérito suplía a los orígenes? ¿A qué venía restregarle por la cara unos favores antiguos? Si hasta los delitos más graves prescriben, ¿cuántos años tenían que pasar para que prescribiera su origen familiar? Nicolás estaba contento consigo mismo, aunque los ojos de su mujer reflejasen una indeseada imagen suya.
A pesar de que llegaron a un acuerdo sobre su hija (colegio de monjas, pero que impartiera estudios secundarios), aquella discusión les alejó definitivamente. No se pidieron perdón ni zanjaron el debate con una declaración de amor. Dejaron de confiarse sus cuitas, no perdieron las fórmulas de educación y espaciaron el sexo. Nicolás pasaba muchas horas en el despacho y Soledad se ocupaba de los niños y la casa. Nunca pensaron en el divorcio, recién legalizado, porque en el fondo se necesitaban mutuamente y ninguno de los dos había conocido otro amor, de modo que para ellos la palabra divorcio era sinónimo de amputación. Cuando Soledad le dijo a su confesor que su matrimonio hacía aguas, el cura le disuadió de cualquier otra solución que resignarse y rezar para que todo volviera a la normalidad.
Se habían conocido en Pamplona, donde Nicolás hizo el servicio militar. El padre de Soledad era el coronel del Regimiento y Nicolás su asistente personal, el chico para todo del militar y su familia. Todos los días, muy de mañana, Nicolás se presentaba en casa de la coronela con una barra de pan recién hecho para el desayuno. Soledad le abría la puerta siempre: la habían destinado a ayudar a su madre en el cuidado de la casa, después de hacer unos cursos en un colegio de monjas, donde le enseñaron a coser, las cuatro reglas y a cuidarse la suya.
Soledad le gustó a Nicolás desde el primer día. De novios, cuando le preguntó qué fue lo primero que le atrajo de ella, dudó antes de contestar que el olor de su colonia porque le pareció poco romántico. Una de las primeras mañanas, sobre la mesa de la cocina había un libro de poemas de Machado que Soledad estaba forrando en papel. «¿Te gusta?» le preguntó ella. Fue mi profesor de francés en el Instituto de Segovia, le respondió para impresionarla. Habían coincidido allí en su último curso, pero nunca le dio clase, solo le veía deambular despistado por los pasillos.
Con la excusa de que no se metieran con ella los obreros de un edificio que estaban construyendo cerca, empezó a acompañarla a los recados y de esta manera, en secreto aunque a la vista de todos, se fue cociendo su relación mientras Soledad fingía divertirse en los bailes de jovencitas del Casino y en las reuniones sociales de los hijos de los amigos de sus padres. Soltó la bomba cuando Nicolás estaba a punto de licenciarse.
El coronel Alonso y su familia no vieron con buenos ojos que su hija se relacionara con un soldadito segoviano que acababa de terminar el Bachiller y quería estudiar Derecho, pero tuvieron que resignarse porque Soledad se puso testaruda y el muchacho admitió retrasar la boda hasta que consiguiera ejercer como abogado. Así que terminó la carrera sin perder curso, trabajó unos años como pasante, puso despacho, se casó y tuvo dos hijos, todo seguido. Mientras tanto el coronel ascendió a general, la monarquía de Alfonso XIII no dio más de sí y se proclamó la República, coincidiendo con el nacimiento del segundo hijo de la pareja.
Los Alonso, empezando por el general, nunca aceptaron la República. Tuvo que retirarse, eso sí con la paga completa, cuando el ministro de la Guerra, Manuel Azaña, le puso en la tesitura de jurar fidelidad a la Constitución del 31. Prefirió irse a casa a cuidarse de la gota y conspirar en el casino con otros de ideas parecidas. Nicolás huía de su presencia, había sido su asistente durante dos años y, a veces, su suegro parecía querer seguir tratándole igual. Eso sí, añadía a sus órdenes fórmulas de educación: «Sírveme un poco más de clarete, por favor, Nicolás y ponte otro vaso, que está muy bueno».
4
No consiguió Nicolás dormir su habitual siesta en la butaca del salón. El calor le aplanaba el cuerpo, pero no los nervios. Además del peligro que estaba corriendo Matías, le preocupaban los rumores de levantamiento militar. ¿Y si a Carlos y algún otro exaltado se les ocurría armar una revuelta y los detenían? Sabía que sus cuñados tenían escopetas de caza y les creía capaces de tomar el cuartel de la Guardia Civil de Elizondo y liarse a trompazos con quien fuera. Les sentó como un tiro la victoria del Frente Popular, la amnistía que dejó en la calle a los miles de presos detenidos tras la revolución de octubre del 34 y querían revancha. Odiaban como solo un español puede odiar, torrencialmente.
Azucena le enseñó orgullosa el traje azul y la camisa blanca, recién planchados, que pensaba llevar a la recepción de la Embajada. Con su corbata roja, vestiría con los colores de la bandera francesa, un detalle con ellos en su fiesta nacional. Se miró en el espejo de cuerpo entero antes de salir. No destacaba por alto ni por bajo, ni por delgado ni por gordo. Veinte años en Madrid habían hecho de Nicolás un hombre distinto, más seguro de sí mismo, aunque sin desprenderse del todo de sus complejos provincianos.
Llegó a la sede de la Embajada pocos minutos antes de las siete, la hora fijada en la invitación que le había enviado el embajador, Jean Hervette. Durante el trayecto, observó cómo la gente y los automóviles circulaban igual que cualquier otro martes de verano, no había grupos de exaltados de uno y otro bando haciendo sonar sus bocinas o vociferando consignas. Y eso que en la misma mañana habían enterrado al diputado de derechas y al teniente de izquierdas, por separado aunque a escasa distancia, en medio de un tenso ambiente que presagiaba lo peor.
El ardor patriótico descansaba y el abogado, vestido como de boda, se alegraba por ello. Le invadió una sensación de optimismo: tal vez la sociedad había llegado al límite del precipicio y, al verlo, se detenía a pensar con la cabeza en vez de dejarse llevar por la ofuscación. Hasta ahora se habían escuchado discursos tonitruantes (palabra que adoptó nada más escucharla de labios de Delvaux) que enardecían a la gente y los enfrentaban unos a otros.
Por el momento han ganado los exaltados, se decía, pero a lo mejor ha llegado la hora de los moderados, que los hay en todos los partidos y en todas las familias. Tratar con los Alonso había sido un antídoto: los moderados representan el posibilismo frente al extremismo genético que albergamos los latinos, la sangre fría frente a la caliente que guía el instinto patrio. Un moderado puede entenderse con otro moderado, un extremista no porque solo ve su verdad y solo siente su propio corazón.
En lo alto de la escalinata, de uniforme y con un fajín de la bandera francesa cruzado en el pecho, Hervette y su mujer esperaban a los invitados protegidos del sol con la sombra de las cornisas del palacete. Delvaux y el resto de los agregados formaban alineados justo detrás y le decían a los embajadores quién era cada cual. Le presentó como «monsieur Rosal, uno de nuestros nuevos abogados», y le acompañó a una especie de salón de baile, casi vacío en ese momento.
—¿Ocurre algo?
—A las recepciones solo vienen a la hora los primerizos —le dijo sonriente André—. Nuestro anterior abogado solía llegar de los últimos, no nos gustaba, pero si no seguimos con él fue porque se dedicaba a las relaciones públicas y a la hora de la verdad los asuntos los llevaban otros del laburo y él solo firmaba —esperó un instante por si Nicolás cometía el error de soltar algún comentario negativo sobre su compañero—. Al contrario que usted.
—Gracias, André. A trabajador no creo que me gane ningún otro abogado de Madrid.
—Ustedes los españoles le dan mucha importancia a los apellidos, como si el savoir faire fuera hereditario. Creo que eso se debe a su tradición monárquica; nosotros rompimos con ella en la Revolución y, aunque volvimos a tener otros reyes y emperadores, ya nada fue igual. Su poder no venía de un origen divino, de ese Dios que ustedes adoran y detestan a la vez, sino que emanaba del pueblo.
—A nuestro modo también tuvimos nuestra pequeña revolución cuando se instauró la República —se mordió la lengua Nicolás: estaba a punto de comparar el 14 de abril de 1931 con el 14 de julio de 1789, lo que para su cliente hubiera sido un sacrilegio.
—Desengáñese, Nicolás. Ustedes los españoles no han tenido una Revolución: el boludo de su Rey se fue y, ante el vacío de poder, llegó la República. Para acabar con un régimen hace falta que corra sangre, no mucha, pero la suficiente. Su Rey está en el exilio y los pueblos olvidan fácilmente; verá usted cómo le llaman para que vuelva si sale mal el experimento de la República.
—Ese canto a la sangre, André, no sé si merece la pena. Si se pueden hacer las reformas en paz, siempre será mejor que la guillotina.
—Suena bien eso, pero recuerde que su fiesta nacional celebra una de las conquistas más sangrientas del mundo.
A Nicolás le molestaban las críticas, observaciones, decía Delvaux con su lenguaje diplomático; solían empezar con el latiguillo ustedes los españoles, algo que le ponía en guardia. Sentía el complejo de inferioridad del vecino de provincias recién llegado a una casa bien de Madrid, la vergüenza de saber que haga lo que haga nunca le aceptarán plenamente como uno más, que escudriñarán sus costumbres y las criticarán a sus espaldas, con mayor maldad si intenta copiar las de ellos que si continúa con las suyas.
Si para Nicolás, Madrid era una especie de meca profesional, donde se había instalado y comenzaba a medrar, Francia representaba la quintaesencia de la civilización. Recordando con Soledad su asombro, en el viaje de novios, por la cantidad ingente de cubiertos que les ponían en los restaurantes: la palita para untar la mantequilla, la del fuagrás con su cucharilla para la mermelada, varias clases de tenedores, una auténtica exhibición de soldaditos de alpaca formados al lado de unos platos que desaparecían para ser cambiados por otros tapados con cascos de mariscal de campo.
Se acercaron dos camareros, uno con una bandeja con copas de champán y el otro con unos canapés de salmón ahumado, momento que André aprovechó para marcharse con una excusa inconcreta y Nicolás para acercarse a otro invitado solitario, ajeno como él a las reglas de la impuntualidad. Intercambiaron tarjetas de visita y se contaron las razones por las que estaban allí. Poco a poco iban entrando invitados, pero Nicolás no consiguió identificar más que al alcalde gracias a su destacado corpachón.
La gente que conocía a gente se saludaba y la que no, se contentaba con colocar a interlocutores que acababa de conocer alguna frase suelta sobre el tiempo, la exquisitez del queso al horno con especias o lo difícil de la situación sin concretar nada, no fuera a resultar que ellos pensaran lo contrario con la consiguiente metedura de pata. El cuerpo diplomático, con los escasos diputados y políticos que se acercaron a la recepción, formó un grupo más compacto que el muro de una prisión y los hombres de negocios su propia barrera de coral. De las pocas mujeres que acudieron podía recordar antes su silueta que su tono de voz, porque la mayoría escuchaba con aire aburrido.
Los discursos se limitaron a apostar por mantener buenas relaciones entre ambos países. Hubo que esperar a la llegada del ministro de Estado (nombre que a Delvaux le chocaba que se usara para Affaires étrangères, como si el resto de ministerios no fueran estatales) para empezarlos, de modo que para entonces Nicolás ya se encontraba achispado por los efectos del champán. Al terminar el ministro sus palabras, el invitado más próximo a Nicolás le pidió que le sostuviera la copa y se puso a aplaudir, de modo que le dejó, además de atónito, con las dos manos ocupadas. Se presentó como concejal al agradecerle el favor.
Mientras el concejal leía su tarjeta de visita, Nicolás aprovechó para formularle la pregunta que rondaba su cabeza:
—¿Son ciertos los rumores de que va a haber una intentona militar?
El hombre, sorprendido, le respondió:
—Creo que el Gobierno controla la situación y que la violencia de estos días parará. Por si le sirve de referencia, el alcalde no se va de Madrid hasta agosto.
—Me deja mucho más tranquilo —le dijo Nicolás antes de que el concejal, cuyo nombre fue incapaz de retener, se alejara. Vio a distancia a André y se acercó hacia él.
—¿Qué tal lo está pasando? —sonrió el agregado. Había visto a Nicolás aceptar casi todas las ofertas de los camareros mientras recorría la sala buscando interlocutores.
—Très très bien, mon ami —Nicolás le golpeó la espalda, lo que mostraba a las claras su estado—. Vine preocupado por los rumores de intentona militar, pero me voy tranquilo. ¡A quién se le ocurriría dar un cuartelazo con estos calores!
—Cierto, pero no olvide que los franceses tomamos la Bastilla en julio —y añadió bajando la voz—: No sé si lo sabe, pero esta tarde el presidente Azaña ha suspendido las Cortes durante ocho días para que se serenen los ánimos.
Que buena falta nos hace, pensaba Nicolás mientras caminaba hacia casa. He aprendido una lección, se dijo, y es que si no sabes qué hacer en una recepción lo peor es dar sorbos a tu copa, dejarla y coger otra de la bandeja del camarero más cercano. No recordaba haber dicho ninguna inconveniencia, más bien había pecado de convencional. Hubiera querido ser el invitado ingenioso, el que hace el comentario inteligente en el momento oportuno, pero una especie de bloqueo mental le impedía decir nada interesante. En todo caso, concluyó para sí, lo importante había sido estar allí.
No se dio cuenta de las ausencias, ni de los gestos de preocupación que se escondían tras las sonrisas de circunstancias de quienes habían acudido. En su bolsillo quedaban algunas tarjetas de visita que no había repartido y las intercambiadas con un importador de ostras francesas que le propuso invertir en el negocio y con el pringado que llegó incluso antes que él.
5
Dos aspirinas acompañaron el desayuno de Nicolás del día después del 147º aniversario de la toma de la Bastilla. Le extrañó no encontrar a Matías al entrar al despacho cuando ya habían dado las nueve y media, pero le resultaba imposible comunicarse con él porque no tenía teléfono. Algo serio tenía que haberle ocurrido para no llegar a la hora. Le daba vueltas al asunto, preocupado por él y a la vez necesitado de sus servicios para ir pasando a máquina el recurso que estaba preparando contra una resolución del Ayuntamiento de El Escorial sobre una de las fincas del marqués de las Delicias.
Como si le hubiera enviado una señal a distancia, sonó el teléfono. Al otro lado, escuchó la voz de Álvaro Heredia, el administrador de las propiedades del marqués. Entre ellas, el edificio de Menéndez Pelayo, en cuyo primer piso vivía la familia Rosal Alonso por recomendación de la familia de Soledad. Nicolás conoció personalmente al marqués gracias al problema de un sobrino suyo que vivía en el último piso de la casa. Un tarambana, como le calificaba su tío, a quien no se le ocurrió otra cosa que dejar caer una jardinera desde su terraza sobre un automóvil: no estaba claro si había sido una broma de mal gusto o un tropiezo en medio de una noche de copas con tres amigos tan insensatos como él. Una generosa indemnización y la circunstancia atenuante de embriaguez resolvieron el problema y el marqués quedó encantado de que su ilustre apellido, Díaz de Santovenia, no pisara sede judicial.
Pronto llegaron a un acuerdo abogado y cliente: Nicolás pagaría una renta simbólica por un piso de buen tamaño en el centro de Madrid y atendería gratis las consultas legales del marqués, casi siempre planteadas a través de Heredia. Despacharon el asunto por el que llamaba, pero cuando parecía que iban a colgar, Heredia le interrumpió:
—Perdona, Nicolás, quiere hablarte don Alfonso.
—Siento no haber podido asistir a la recepción de ayer, sabe que no suelo faltar a esa cita, pero entre que me sentó mal la comida y que no me gusta cómo están las cosas me excusé y no fui —el marqués nunca se alteraba pasara lo que pasara; se sentía, como decía él, au-dessus de la mêlée así que notarle preocupado le resultó extraño a Nicolás—. Voy a pasar el resto del verano en Biarritz, estoy casi con un pie en el estribo.
Le contó Nicolás sus apuros en la recepción y lo complicado que le parecía el protocolo: tener que presentarse uno mismo, dejar a medias las copas de vinos de marca o no comer los manjares que le ofrecían mientras estuviese en conversación. El marqués pronosticó que se iría acostumbrando con el tiempo.
—Otra vez no lleve tarjetas de visita, Nicolás, para no dar la impresión de que está usted vendiendo algo, que por cierto es lo que hacen casi todos los que van allí. Es mejor que pregunte a André por las personas que le interesen, él le dará sus señas y de paso le librará de los buscavidas que puedan meterle en líos.
