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El presente libro consta de nueve relatos conectados, interrelacionados, que se mezclan y enredan como un ovillo de hilos. Aunque todas las historias están noveladas y protagonizadas por personajes de mis otras novelas, las de este libro narran hechos reales. Historias que en algún momento he leído en un periódico o me han relatado alguna noche de confidencias. Un fantasma que pulula por el museo Reina Sofía; un diablillo pícaro y trasto que asusta a una congregación de monjas en una abadía polaca; un jefe de seguridad que no sabe cómo enfrentarse a un personaje que ha abandonado un cuadro... y así, hasta nueve relatos independientes, aunque conectados entre sí. Pero lo más importante, recordad, es que la base de las historias es real, tan real como los hilos de penumbra y oscuridad que se filtran por las rendijas de nuestra luminosa y cotidiana vida.
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Seitenzahl: 465
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico
Dirección editorial: Ángel Jiménez
edición eBook: mayo, 2025
HILOS DE PENUMBRA. 9 relatos conectados
© Francisco Javier Gómez Moreno
© Éride ediciones, 2024
Éride edicionesEspronceda, 528003 Madrid
ISBN: 979-13-87643-12-6
eBook producido por Vintalis
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares,salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algúnfragmento de esta obra.
...nació el 3 de agosto de 1960 en Madrid. Gran lector desde la juventud, seducido en esta época por las novelas de Julio Verne, Conan Doyle o por los relatos de Alan Poe. «Drácula» de Bram Stoker es su novela de aventuras preferida. Ingeniero Industrial por la Universidad Politécnica deMadrid, ha encaminado sus pasos profesionales hacia la formación. «Siempre me ha gustado contar historias y dar clase es una forma de hacerlo». En 1998 publicó su primera novela Virada por avante. Añosmás tarde, en 2018, Las espirales del tiempo; en 2021, El Faro de las Ballenas y ahora, en 2023, Las 7 vidas de Amador Archer.
I. Madrid, primavera de 2019
El padre Miguel Garcés siguió con largas zancadas los rápidos pasos del bedel que le acompañaba hasta la zona de despachos del museo, situada en la tercera planta del ala más occidental.
Estaba de paso por Madrid y tenía que dirigirse a Varsovia donde ya le esperaba su colega Arturo Balcells. Debía ayudar a su compañero a esclarecer el misterio de una antigua abadía cuyas monjas estaban siendo atacadas por un ente que empezó a manifestarse de forma juguetona levantando los hábitos de las hermanas. Aunque sus bromas habían ido subiendo de tono y una de las más jóvenes novicias había denunciado un intento de agresión sexual. En cuanto el Vaticano tuvo conocimiento del suceso, les encomendó la investigación.
El sacerdote Garcés estaba cansado y afectado, pese a estar en sus días de vacaciones, un lujo, que hubiera tenido que aprovechar dada la cortedad y volubilidad de las mismas. La razón de su cansancio era que había asistido a un exorcismo complicado que su amigo, el padre Teodoro Carnero, estaba realizando sin mucho éxito en una localidad de la sierra madrileña.
Todo había sido muy oscuro y complicado desde el inicio del rito. El hombre sometido al conjuro contra el demonio era un inmigrante enorme que fue difícil de someter con sus oraciones y fórmulas.
En un momento dado del ritual el hombre pareció entrar en trance, y también lo hizo el propio padre Garcés que tuvo una visión inquietante en la que aparecía un hombre llamado Amador que solicitaba su ayuda. Ambos se encontraban en la pequeña capilla de un cementerio. Ahí sus visiones premonitorias se hicieron muy confusas ya que creyó ver la tumba escondida bajo tierra de unos oscuros caballeros medievales. Su premonición acabó cuando un monstruoso ente, que cabalgaba en un fogoso caballo negro, les atacó y persiguió. Lo más sorprendente de todo fue que, en su visión, era el exorcizado el que cabalgaba sobre el negro corcel.
Se pasó la mano por la cara como queriendo ahuyentar los cercanos recuerdos y descubrió una herida en su antebrazo. Una quemadura que parecía una letra griega. Todo había sido muy extraño en aquel exorcismo.
Para espantar los malos pensamientos volvió a pensar en su compañero Balcells. Por lo visto, el sacerdote y matemático catalán se estaba sintiendo superado, no por las cada vez más numerosas y agresivas apariciones del fantasma, sino más bien por el nervioso parloteo y la asustada charla de las monjas, que le abordaban continuamente y acababan con la poca paciencia del maduro sacerdote. Acostumbrado a la introspección y a la reflexión calculada para resolver los extraños casos que les asignaban desde el Vaticano, Arturo Balcells estaba poco dotado para las relaciones sociales, y mucho menos si estas eran del género femenino.
—Miguel, tienes que venir urgentemente —le suplicó en su última llamada telefónica apenas hacía diez minutos—. Esto no hay quien lo aguante. El convento se ha convertido en un gallinero insufrible. No me hago con la situación. Imagínate, padre, ayer una novicia se levantó el hábito para enseñarme un oscuro moratón que, aseguraba, le había producido el libidinoso fantasma mientras dormía y el moratón estaba en medio de un exuberante muslo. Tuve que rezar varios rosarios para alejar de mí esas lascivas visiones. Mis nervios están a flor de piel pero no por el ente, sino por la actitud de las hermanas. Las novicias, que son las más atacadas por el espíritu, no quieren ir ni al baño solas, y más de una me ha propuesto que las acompañe… ¡Mientras ellas se duchan! ¡Aquí todo el mundo ha perdido el oremus!
—Serenidad Arturo, serenidad, reflexión y sobre todo mucha oración. Refúgiate en el rezo, es nuestro último baluarte de defensa.
—Pero si no sé contra quién me debo defender primero, si del ente o de las hermanas. Estoy agotado, ya no calmo mis nervios ni recitando poesía. Ya nada me funciona aquí.
—Acude al Don Juan Tenorio o al Puñal del godo, las de Zorrilla son tus rimas favoritas —le respondió medio en broma Miguel sin tomarse muy en serio la angustia de su compañero.
—Con decirte que he recurrido a Espronceda y repito una y mil veces aquellos versos tan alegres que dicen:
«Me agrada un cementeriode muertos bien relleno,manando sangre y cienoque impida respirar,y allí un sepulturerode tétrica miradacon mano despiadadalos cráneos machacar».
Pero ni así logro calmar mis frágiles nervios. Necesito de tu flema y de tu tranquilidad para manejar al personal, yo ya me haré cargo de la aparición demoníaca.
—Me voy a retrasar un par de días. El Camarlengo me ha ordenado que dedique unas visitas al Museo Reina Sofía de Madrid. Al parecer, Ataúlfo, el fantasma familiar del museo ha vuelto a hacer de las suyas y la nueva directora está pidiendo ayuda.
—No te demores, amigo, que mi situación es realmente dramática. Además este idioma no es tal, yo creo que más que un idioma es una enfermedad del habla.
El padre Miguel Garcés sonrió nuevamente recordando la conversación y los apuros de su antisocial compañero, mientras seguía de forma automática a su cicerone por el entramado de pasillos y vericuetos de aquella planta. Todas las paredes estaban enlucidas en un blanco inmaculado y los altos techos abovedados parecían idénticos unos a otros.
Por fin, el guía se paró frente a una puerta de madera en la que un cartel con franjas rojas y blancas anunciaba escuetamente: «Dirección».
Tras dos golpes de llamada, una joven secretaria le franqueó el paso a una zona con varias mesas. Sus peculiares moradores levantaron la vista para curiosear. Algunos sonrieron o saludaron y otros le observaron por el rabillo del ojo, como no queriendo perderse nada de lo que sus hipnóticas pantallas de ordenador les mostraban.
Después de saludar a las personas presentes, la directora del museo, Carmela Fuentes Barrios, estrechó con fuerza la mano del sacerdote y le miró escrutadoramente como queriendo radiografiar sus habilidades con sus intensos ojos azul aguamarina.
Era una mujer de mediana edad, delgada y atractiva.
La directora se excusó ante sus subordinados y se dirigió junto a Garcés a una pequeña estancia contigua. Le invitó a sentarse en un mullido sofá y sin preámbulos, utilizando un tono de voz bajo, casi de confidencia, se lanzó al centro del problema.
—Mire padre, yo…
—Tuteémonos si no te importa, creo que los dos somos muy jóvenes para mantener tanto formalismo.
—Está bien, como quieras. Te iba a decir, a modo de premisa, que creo bastante poco en la religión y mucho menos en los fenómenos sobrenaturales. Crecí en una familia agnóstica y de izquierdas, por ello podrás imaginar que todos los hechos que se supone que están ocurriendo aquí me parecen patrañas de trabajadores que solo quieren conseguir una ventajosa jubilación y una sustanciosa indemnización.
He recibido presiones del ministro para que aceptara tu visita, al parecer alguno de mis empleados ha acudido al arzobispado, y estos se han tomado muy en serio las supuestas apariciones que aquí se producen. Como te he dicho, yo no me lo trago.
—¿Cuál es el problema en cuestión? Porque por aquí ya ha pasado el Grupo Hepta con el padre Pilón al frente hace ya unos años.
—Así es, padre, lo que ocurre es que, desde hace un par de meses, los encuentros con nuestro fantasma habitual se han intensificado. Como ya te he dicho, a mí todo este asunto me parece una enorme farsa para obtener alguna ventaja económica por parte de algunos de los trabajadores. Tengo que reconocer, eso sí, que hay sucesos que, por extraordinarios, me preocupan.
—¿Podrías darme alguna información sobre estos hechos?
—Desde hace un par de meses, la empresa de seguridad está inundándonos con quejas, sobre todo de los vigilantes nocturnos. Alegan la difícil situación en la que desarrollan su labor y el miedo que sienten al hacer rondas en solitario. Los trabajadores también utilizan como argumento el recelo que tienen a hacer público su desasosiego y sus reticencias a hablar, por miedo a posibles represalias laborales.
El problema estalló cuando una de nuestras funcionarias nos denunció ante los organismos oficiales, alegando graves anomalías en el devenir de su trabajo y la dificultad cada vez mayor para realizarlo. Esta trabajadora, a causa de las extrañas sensaciones que percibe a su alrededor, por ejemplo cuando custodiaba el famoso Guernica, ha tenido graves ataques de ansiedad, estrés, mareos y fuertes jaquecas. Incluso comenta que una niña habita su interior y quiere manifestarse a través de ella.
—¿No habría sido más fácil trasladarla a otro destino?
—Lo solicitó, pero yo se lo denegué. Esta persona ha preferido irse al paro, pero antes ha presentado un informe detallado en el Servicio Central de Seguridad Privada de la Dirección General de la Policía Nacional. Claro está, también hemos sido denunciados ante la Comunidad de Madrid y el propio Ministerio. He ordenado una política de mutismo ante la opinión pública. No quiero que se vuelvan a producir los incómodos hechos que ya tuvo que sufrir mi antecesor en el cargo.
—Entonces, ¿todo está resuelto? No veo por qué me han ordenado que pase por aquí. Pareces tener la situación bajo control.
—¿Bajo control? —la directora pareció entonces perder la calma, se levantó violentamente, se sirvió un trago de agua para tranquilizarse y, tras tocar su larga melena castaña varias veces, se volvió hacia el padre Miguel, lo miró fijamente y, como armándose de valor, le dio un documento y un bolígrafo—. Por favor, firma este documento de confidencialidad.
Extrañado, Miguel Garcés firmó el documento que le ofrecía y aceptó salir tras la directora que visiblemente afectada y tras hacerle un gesto con la mano, abandonó la estancia por otra puerta lateral diferente a la que habían utilizado para llegar allí.
Una vez en un estrecho pasillo, tomaron una escalera de caracol que los condujo hasta un espacio diáfano que daba, a través de una amplia cristalera situada al fondo, a la visión de una extensa sala de exposiciones en la que se exhibían diferentes esculturas. La joven mujer avanzaba con largos y nerviosos pasos que hacían contonear sus caderas de forma ostensible. El sacerdote decidió apartar la vista de la anatomía de la directora y pensó que le hubiera gustado ser su compañero Balcells en aquel momento, para refugiarse en la recitación de algún poema, pero él no conocía muchos.
—Mira —tomó de nuevo la palabra la mujer—, ahí abajo ves la sala principal de esculturas del siglo XX. Contiene obras de diferentes autores como: Auguste Rodin, Aristide Maillol o Raymond Duchamp-Villon. En esa parte puedes observar esculturas de Constantin Brancusi, Jean Arp y Jean Dubuffet, incluso tenemos en nuestro museo obras de Alexander Calder, Claes Oldenburg, Jonathan Borofsky y Richard Serra, entre otros. Como puedes ver, el conjunto central es una obra de Richard Serra llamada: Igual-paralelo: Guernica-Bengasi. Fue creada específicamente para este museo cuando se inauguró en 1986 y está formada por varios bloques rectangulares y cuadrados que pesan treinta y ocho toneladas. Hubo que reforzar la estructura de estas salas para darle cabida.
—Cuando hablé con el arzobispado de Madrid —interrumpió el sacerdote— me invitaron a informarme sobre esta obra. Creo que es una denuncia sobre los abusos de la guerra, ¿verdad?
—Sí —continuó ella—, y para ello utiliza el paralelismo temporal entre dos bombardeos de población civil. El de Guernica por el escuadrón Cóndor en 1937 y el bombardeo de Bengasi en 1986 por la aviación estadounidense.
Veo que vienes muy informado padre. El problema es que esos bloques que ves ahí abajo han estado desaparecidos durante varios minutos, es más, quizás sean una réplica, una copia.
—¿Una réplica?, ¿por qué?
—Porque los bloques originales desaparecieron hace varias noches a la vista de los vigilantes nocturnos. Todo está grabado en las cámaras de seguridad.
—¿Desaparecieron?, querrás decir… fueron robados.
—No se pueden robar en una noche varios bloques que pesan treinta y ocho toneladas y reponerlos varios minutos después, no, los bloques originales desaparecieron mientras…
Ahora la mujer se tomó cierto tiempo para expresarse, parecía darle vergüenza o apuro. Se tocó nuevamente la melena y mirando fijamente a los ojos de Miguel, apostilló:
—Mientras que nuestro fantasma familiar, de nombre Ataúlfo, mantenía entretenidos a los vigilantes con numeritos de luces y movimientos de ascensores.
La directora se sorprendió al no ver reacción alguna en su interlocutor, que preguntó como si tal cosa:
—¿Y las cámaras?
—Te las enseñaré más tarde, pero lo único que se percibe es que a las 3:48 de la madrugada los bloques, sin más, desaparecen y a las 4:07 vuelven a aparecer.
Miguel se volvió hacia la cristalera y fijó su vista en las enormes esculturas de acero y bronce pensando que, quizás, aquel asunto le iba a ocupar algo más que un par de días. Su compañero iba a tener que esperarle un poco y apañárselas él solo con el perverso diablillo y las charlatanas hermanas polacas.
II
Miguel Garcés llevaba toda la tarde sentado en un Starbucks leyendo el informe que la empleada del museo había anexado a la denuncia. Lo cierto es que aquella mujer se podría haber ganado la vida escribiendo historias, pensó, tenía madera de novelista por la forma en que narraba y la correcta y aseada lingüística con la que se desempeñaba.
Había quedado para cenar con Carmela Fuentes en un restaurante cercano al Paseo del Prado y no muy lejos del propio Museo Reina Sofía, en el que tenía intención de pasar la noche. La elección la había realizado la directora después de entregarle algunos documentos, entre los que se encontraban la denuncia de la empleada, el informe de la empresa de seguridad y, cómo no, los documentos que certificaban las investigaciones realizadas por el padre Pilón y su grupo tras el paso por el museo.
Dio otro sorbo a su tercer café, miró el reloj y pensó que todavía contaba con tiempo suficiente para leer un rato más. El informe era muy interesante.
«El espacio que ahora ocupa el Museo está marcado por los supuestos sucesos sobrenaturales que se hanproducido en el recinto a lo largo de los años. También está afectado por el dolor y la tragedia. Es como si lamaldición de este edificio abarcara los casi cuatro siglos y medio de su extensa y azarosa historia. Laconstrucción se alza amenazante sobre un cementerio copioso en enterramientos, sobre todo de indigentes,niños abandonados, presos ejecutados, dementes y soldados caídos en combate. Está ubicado frente a laestación de Atocha y es un claro ejemplo del Madrid más lúgubre y sombrío.
El edificio primigenio se empezó a construir en la segunda mitad del siglo XVI por iniciativa del reyFelipe II. Se deseaba centralizar en este lugar todos los sanatorios dispersos en la Villa y Corte.
Precisamente en esta zona ya existía un albergue donde se atendía y, en su caso, enterraba a los más pobres.
Durante su complicada existencia fue centro asistencial, donde se combinaban la sanidad, el estudio dela medicina —se realizaron miles de autopsias— y la caridad. También sirvió como centro de reclusión dedementes y niños abandonados. Durante la Guerra Civil, se convirtió en hospital de sangre y también,posteriormente, en prisión. Sus siniestros muros fueron escenario de torturas y ejecuciones sin fin y loscadáveres se amontonaban por cientos en los largos pasillos y los sótanos del recinto.
Tras la contienda se reabrió como Hospital General de Madrid, hasta quedar cerrado definitivamente aeste uso en 1965. Después de tan ajetreada existencia, la calma invadió las salas, pasillos, habitaciones yzonas subterráneas. Durante años lo único que se oía en su interior era el maullar de miles de gatos quebuscaron refugio entre sus sombras.
En 1980 se emprendió la restauración del edificio, y se reabrió seis años después como centro deexposición de arte. Posteriormente, se realizaron nuevas obras de reforma y ampliación para inaugurarlofinalmente en 1990 como museo nacional.
En el transcurso de esas últimas obras, no había pared derribada, suelo levantado o zona modificada,en la que no se hallasen abundantes restos óseos. En cuanto se metió la piqueta empezaron a salir a lasuperficie restos de huesos humanos, especialmente debajo del jardín y zonas próximas. La razón era quedurante el siglo XIX, cuando el recinto se usaba como hospital, fue escenario de la muerte de una cantidaddescomunal de personas debido a la epidemia de peste que asoló Madrid, y estas fueron sepultadas allímismo. Había osarios por todas partes, así como numeroso material sanitario de la época. También seencontraron cadenas y grilletes de cuando el edificio había servido como prisión.
Volviendo a las obras de remodelación, los obreros que allí se desempeñaban sintieron, e incluso creyeronver, presencias extrañas acompañadas de ruidos misteriosos. Después, y una vez inaugurado, pasó algoparecido con trabajadores y visitantes del centro. Sobre todo, los vigilantes que realizaban rondas nocturnaspor los sótanos. Gran cantidad de fenómenos paranormales se manifestaban entre aquellos muros: voceslastimeras reverberaban bajo las bóvedas donde antaño estuvo situado el manicomio, se percibían extrañossonidos de pasos y carreras en los corredores desiertos, terroríficos golpes secos tras las paredes… inclusofiguras errantes vagando por los pasillos, que llegaron a ser captadas por las cámaras de seguridad.
También el funcionamiento de la energía y de la electricidad se vio afectado. Los ascensores se poníanen marcha sin que nadie los activase, las luces parpadeaban y se apagaban para encenderse instantes mástarde sin acción humana, las alarmas de presencia saltaban sin motivo, incluso las puertas se abrían solas.En definitiva, una sin par muestra de sucesos paranormales que afectaban a todos los que trabajábamos allícomo pueden atestiguar los empleados, vigilantes y obreros que convivíamos en el recinto. Existentestimonios fidedignos de funcionarios, personal laboral, contratados y demás operarios. Todos hemos oídoimpactos, gemidos, pasos, lamentos, carreras, voces y susurros tras las estanterías de la biblioteca, en lasoficinas, cuartos de baño y sobre todo en los sótanos. La relación de sucesos es tan extensa que hastaproveedores y visitantes pueden afirmar que también los han escuchado. Todos los relacionados con el museohemos vivido aterrados y amenazados.
En diversas ocasiones se creyó ver a tres monjas recorriendo los pasillos y salas. Las supuestasapariciones causaron gran conmoción. Los espectros vestían con el hábito de las Hermanas de la Caridad,andando lentamente a modo de procesión. Llevaban los brazos cruzados hacia los hombros, toca blanca degrandes dimensiones y rosario de cuentas gruesas colgado de la cintura. El roce de estas contra el ropajeacompañaba sus cánticos religiosos. Al llegar al final del pasillo desaparecían a modo de fundido en lapiedra entre un ligero sonar de campanillas. Las cámaras de seguridad las recogieron varias veces a altashoras de la madrugada. Los vigilantes han descrito en sus informes numerosas apariciones y sucesosanormales durante los últimos años. Hasta las empleadas de la limpieza llegaron a observar una mañana,cuando fregaban las grandes cristaleras que dan al patio central, la figura de un anciano con aspectomesiánico sentado en uno de los bancos. Con una larga melena y poblada barba blanca parecía una especiede Moisés viendo pasar el tiempo. Aunque se argumentó que podía tratarse de un mendigo que se refugiabadurante las noches en el interior del museo, resultaba imposible del todo, dadas las grandes medidas deseguridad implantadas. Hasta la prensa ha tomado cartas en el asunto y el mismísimo Iker Jiménez pernoctóuna noche en el museo y recogió varios de estos sucesos inexplicables para su programa.
Se comenta también, que los sótanos del museo, antaño, se conectaban con los edificios próximos, sobretodo con el que alberga el Conservatorio Superior de Música. Muchas zonas, pasillos y escaleras fuerontapiadas tiempo atrás. En el Conservatorio también se han producido fenómenos de difícil explicación.Empleados y alumnos afirman haber visto a un caballero ataviado a la antigua usanza con capa y embozo.Incluso algunos conserjes fueron testigos de cómo unas lavadoras se ponían en marcha sin intervenciónhumana en mitad de la noche. Ocurrió lo mismo con otros electrodomésticos como microondas y televisores,que entraban en funcionamiento solos a horas intempestivas.
Durante diecisiete meses he estado en el control de acceso a los ascensores de cristal de la entradaprincipal. Posteriormente, he prestado servicio durante otros seis meses junto al famoso cuadro Guernica. Acausa de las extrañas sensaciones que percibí cuando trabajé en su entorno, comencé a padecer ansiedad,estrés y angustia. Incluso he llegado a escuchar una voz interior, como de una niña pequeña, que quiereexpresarse a través de mí.
El suceso que ha desencadenado mi petición de traslado, y esta denuncia, tiene que ver con un fotógrafoal que se autorizó a utilizar su cámara frente al Guernica con la sala totalmente vacía. Su tarea consistía enrealizar unas fotos para ilustrar un catálogo oficial del museo. Durante dicha sesión de fotos, tanto él comoyo misma sentimos la presencia de un ente extraño, tuvimos la sensación de que algo sobrenatural nosacompañaba. Tras realizar el trabajo y a la hora de imprimir las fotos, en una de ellas se podía ver, delantede la inmortal obra de Picasso, la figura de un hombre de pie. Era la misma imagen que las trabajadoras dela limpieza habían visto meses atrás. Allí solo estuvimos él, a unos metros de distancia el vigilante que leacompañaba y yo misma. A partir de ese momento mis ataques de ansiedad y mi insomnio aumentaron hastael punto de que tuve que solicitar la baja».
Tras volver a echarse otro largo trago de café, y saborearlo dejando que el aroma amargo de su tueste invadiese sus sentidos, el sacerdote se concentró en lo leído.
Una buena taza del oscuro y acibarado brebaje le ayudaba a reflexionar, por ello, cerró los ojos y trató de no pensar en nada. Buscaba poner la mente en blanco, pero solo logró rememorar la visión del voluptuoso trasero de la directora, embutida en la estrecha falda que realzaba sus contornos. Se marcó mentalmente la tarea de pedir a su compañero y amigo Balcells algún poemario que recitar en momentos comprometidos, y así mantener la mente alejada de pensamientos lujuriosos.
Volvió al informe y se zambulló en su lectura nuevamente. Para terminar el novelesco relato, la autora ponía ejemplos de experiencias vividas por compañeros y vigilantes.
«Según me contaron, y como seguramente figurará en algún informe de la empresa de seguridad. Tras variosincidentes de difícil explicación, una noche que se mostraba tranquila, varios vigilantes de seguridad seconjuraron para descubrir al causante de aquellos sucesos inexplicables. El método elegido para contactarcon el espíritu fue una güija. Para ello, los cuatro se dirigieron a un tenebroso sótano y colocaron un tableroiluminado apenas por la luz de sus linternas.
Sobre aquel dispusieron un vaso boca abajo y los dedos índices de los participantes sobre el mismo. Elque llevaba la voz cantante se decidió a preguntar:
—¿Hay alguien ahí? ¡Manifiéstate!
Como nada ocurría, el hombre insistió.
—Si estás ahí, manifiéstate.
Otro compañero volvió a preguntar ante el acongojante silencio sepulcral de la estancia. —¿Hay alguien entre nosotros?
El vaso se empezó a mover lentamente hasta situarse sobre el «sí». Todos se miraron entre estupefactos y aterrados. Algunos habían bajado por puro cachondeo y ahorase daban de bruces con aquella situación inexplicable.
—¿Quién eres? ¿Dónde estás? —preguntó un tercero con una voz que no le salía de la garganta. El vaso entonces comenzó a moverse con rapidez sobre el tablero y se fue deteniendo en diferentesletras.
La atmósfera se volvía más y más tensa. Más y más aterradora. —Mi nombre es Ataúlfo Fuentes y soy un loco peligroso y asesino. Los rostros de los presentes mostraban estupefacción, sobrecogimiento, conmoción y pánico. La situación se volvió aún más espeluznante cuando dos fuertes golpes sonaron en la pared. Loscuatro hombres se levantaron horrorizados y abandonaron el tablero, mientras corrían espantados porlas manifestaciones del fantasma.
Cuando se recuperaron de la terrorífica experiencia, decidieron volver a bajar y recoger el tablero y elvaso.
Una vez de nuevo en el sótano, y algo más repuestos del susto, decidieron hacer una nueva pregunta alente.
—¿Te llamas Ataúlfo?
La respuesta no se hizo esperar y el vaso corrió hasta el «sí». —¿Dónde estás? ¿Por qué te manifiestas? ¿Te asesinaron?
Hicieron un montón de preguntas a las que nada ni nadie respondió. A punto ya de recoger ymarcharse, el vaso volvió a ponerse en movimiento de forma frenética y vaticinó:
—Pronto uno de vosotros tendrá una desgracia en la familia. Aquel siniestro presagio fue la señal para irse de allí con sus trastos y marcharse a toda prisa. Elasunto empezaba a no tener gracia.
Varios días después, y como había predicho Ataúlfo, el familiar de uno de ellos falleció en un accidentede tráfico.
Esta noticia corrió como la pólvora entre los empleados del museo y la psicosis colectiva empezó arayar en la paranoia.
Hubo numerosas quejas de los vigilantes denunciando la difícil situación en que desarrollaban sutrabajo nocturno, pese al miedo a que la propia empresa los expedientara en represalia.
Varios de ellos solicitaron la baja por culpa de los espíritus que habitan el recinto. Las fantasmagóricaspresencias les producían mareos, nerviosismo, sudoración y, en definitiva, estrés.
Las denuncias llegaron incluso a la Consejería de Medio Ambiente que dictaminó que carecía decompetencias sobre fenómenos paranormales».
Miguel Garcés cerró el informe de la funcionaria y se levantó pensativo y afectado por aquella lectura. Siempre había creído que aquellas historias del Museo Reina Sofía solo eran paparruchas e invenciones de la prensa, junto a cuatro desahogados que querían notoriedad. Ahora que las leía así expresadas, por alguien que las había sufrido, parecían sobrecogedoras.
Salir al aire frío de la noche le ayudó a limpiar su mente de la negra nube que el informe había ocasionado. Respiró hondo varias veces y, con nuevas fuerzas, se dirigió al encuentro de Carmela Fuentes.
III
—Por todas estas razones, mi antecesor solicitó hace unos años la intervención del grupo Hepta, compuesto por el arquitecto Jaime de Alvear, los físicos Lorenzo Plaza y José Luis Ramos, la periodista Sol Blanco Soler, la sensitiva Paloma Navarrete, el cámara Piedra Cavero, y con el famoso sacerdote José María Pilón a la cabeza. Aquel equipo heterogéneo y multidisciplinar, allá por la década de los noventa, recorrió los pasillos y salas del museo, bajó a las criptas, los sótanos y hasta revisaron los muros y cimientos tratando de desentrañar este misterio.
Realizaron mediciones de todo tipo, desde barridos fotográficos a análisis radiestésicos, pasando por controles de los campos electromagnéticos y un sinfín de pruebas más que puedes leer en ese informe.
Centraron su trabajo en los sótanos, ya que era la zona de mayor fenomenología. También era la zona más cercana a los enterramientos que se realizaban cerca de la antigua y desaparecida capilla. Concluyeron que allí abajo había zonas de una densa energía negativa.
—¿Llegaron a descubrir algún enterramiento en particular? —interrumpió Miguel el relato de la directora.
—Sí —respondió ella, tras tomar un largo trago del verdejo que habían pedido—. Detrás de varias de las paredes del almacén de pinturas encontraron lápidas con nombres y apellidos. Una pertenecía a don Gonzalo Peña Carrillo, capellán del rey y de la orden de Santiago; otra fue la del prior de Uclés, Bernardino de Obregón. Este fue uno de los fundadores del antiguo albergue, así como los hospitales de convalecientes. La última lápida encontrada fue la de María Antonia Barrera Sotomayor, dama aristócrata y benefactora del museo así como de muchas obras sociales del Madrid de la época.
Hubo más hallazgos.
Tras las paredes de otro de los almacenes, el grupo encontró los cadáveres momificados de tres monjas. Gracias a las peculiares condiciones de baja temperatura y poca humedad de aquella zona de los sótanos, se mantenían en buen estado de conservación.
—Supongo que, con el movimiento de aquellos cuerpos y el hallazgo de las tumbas, los fenómenos paranormales se incrementarían.
—Así fue, y entre las diferentes manifestaciones sin explicación, está la puesta en marcha de los ascensores que bajan a los sótanos de forma autónoma, como si tuviesen vida propia, o como si transportaran a algún ser invisible a las cámaras de seguridad. Aunque se les llegó a retirar la corriente en algún caso, subían y bajaban sin control con el consiguiente pasmo de los vigilantes. Quienes lo vieron aseguran que aquello resultaba espeluznante.
Hepta descubrió también que, justo por debajo del museo, discurre un río subterráneo, y que quizás la humedad, pudiera estar afectando al cuadro eléctrico. También detectó el grupo de parapsicólogos un fuerte campo eléctrico que recorre el edificio de este a oeste. Este, bien podría ser el causante de la activación sin sentido de elementos electrónicos.
—Carmela, ¿el grupo fue capaz de dictaminar de dónde procedía ese fuerte campo electromagnético? — preguntó Miguel sin apartar sus ojos de los de su interlocutora, que parecía encontrarse más y más angustiada a medida que desarrollaba el relato. Miguel, además de angustia, creyó intuir que la joven le estaba ocultando algo. Decidió dejarla hablar.
—No, nadie ha sido capaz de encontrar la fuente de ese fuerte campo. Lo que sí aclararon en su informe fue la procedencia de diferentes ruidos tras las paredes y los muros. Los días anteriores a la inauguración del museo como tal, se trabajó hasta altas horas de la madrugada. Ya conoces el carácter improvisador del español, y así, muchas paredes fueron tapiadas de forma acelerada mediante paneles de pladur, dejando tras de ellos ventanas. Las corrientes de aire han hecho el resto, al abrir y cerrar dichas ventanas. Esa era la causa de los sonidos y golpes inexplicables. Lo que iba a ser eventual, quedó en definitivo y actualmente, con todas las reformas que ha sufrido el edificio, nadie sabe con certeza cuáles son aquellas salas tapiadas.
Las conclusiones del llamado Informe Hepta dejaron abierto el caso a posteriores investigaciones. Pero desde la dirección del museo se prosiguió en la habitual línea de secretismo al respecto.
La política de silencio que impuso la antigua dirección hizo que ninguna de estas averiguaciones se hiciese pública. Como los fenómenos seguían produciéndose y los nervios y el malestar entre los trabajadores se iban incrementando, el nuevo responsable del museo propuso al grupo Hepta que hiciera un segundo estudio «in situ». Yo por aquel entonces era solo una adjunta a la dirección, pero asistí a la nueva güija que el grupo montó en los sótanos. Te pongo en situación: Eran las doce de la noche, y una oscura y húmeda sala de los sótanos daba cobijo a los integrantes de un nutrido grupo de asistentes. Todos esperábamos que Ataúlfo se manifestase. Sin embargo, la primera en contactar con nosotros fue una mujer judía de nombre Malú que habitó en el recinto en 1594. Posteriormente, se dio a conocer la priora de la comunidad religiosa del hospital en 1750, y dijo no descansar en paz ya que buscaba a una joven huérfana que tuvo bajo su tutela hasta los diecinueve años. A esa edad, la tutelada se había fugado con un joven y no sabía nada de ella. El tercero ya si fue Ata, que describió con todo detalle su vida criminal. Aseguró estar enterrado en uno de los sótanos, y juró haber cometido cinco asesinatos. Lo más espeluznante de aquella declaración fue que aquel ente no quería ayuda. Tan solo deseaba encontrar a su madre, una tal… Carmela Fuentes Barrios.
—¿Cómo dices? —preguntó un sorprendidísimo Miguel.
—Como lo oyes; la madre de ese fantasma que ronda por las estancias del museo desde hace décadas tiene el mismo nombre y apellidos que yo.
La mujer volvió a tomar la copa de vino y la vació de un solo trago.
—Ponme más vino, es una casualidad increíble —solicitó el sorprendido sacerdote—. Y ¿cómo reaccionaste?
—Días más tarde me contaron que la güija todavía tuvo un nuevo visitante. El espíritu de un tal Livino, médico psiquiatra que trabajó en el centro durante la Guerra Civil, y que aseguró haber tratado al tal Ataúlfo. Al parecer, el enfermo echaba la culpa de su locura a su madre, la hacía responsable de asesinar a su hermano recién nacido, ya que el bebé tenía graves deficiencias psíquicas y físicas. Ataúlfo juró no descansar hasta vengar la muerte de su hermanito. Como ves, aunque yo no soy creyente, todas estas casualidades me tienen preocupada.
Carmela Fuentes agachó entonces la cabeza y quedó sumida en sus reflexiones como abstraída y ausente del mundo real que la rodeaba, incluido su interlocutor. En su angustia, la joven se agachó hacia adelante y pasó sus manos por su frente y su pelo como queriendo eliminar aquellos fúnebres pensamientos.
El llanto asomó a sus ojos y sus lágrimas rodaron por sus mejillas hasta que, con un inesperado movimiento, tomó las manos del sacerdote entre las suyas y le imploró con voz quebrada por el llanto.
—Padre Miguel… ¡Tienes que ayudarme! Ese ser me quiere a mí, y las circunstancias del destino han querido que yo vuelva al lugar en que ese ente mora y vive atrapado. Mi vida se está convirtiendo en un infierno, y yo terminaré siendo su presa. En cierta forma, creo que esto me pasa por haber sido una incrédula con estos asuntos.
Miguel dejó que la mujer llorase y que sacara toda la angustia que su alma albergaba.
Se disponía a retirar sus manos de los de la directiva cuando, como un flash, como un fogonazo, el sacerdote tuvo una de sus premoniciones. Acababa de tener una visión que en aquel momento, no supo interpretar:
Había una figura, una escultura en bronce. Un bloque rectangular de metro y medio de alto que, a media altura, perdía sus formas rectilíneas para empezar a girarse y retorcerse sobre sí mismo, hasta que en su extremo superior aparecía el busto de una mujer con rostro angustiado que parecía querer salir del bloque. Su larga cabellera se desplegaba al viento. Aunque era difícil de distinguir, sus facciones, que apenas sobresalían del bloque acompañadas por la melena al viento que desafiaba la gravedad, eran inequívocamente… las de la propia Carmela Fuentes.
IV
Una hora después, el sacerdote y la directora se encontraban en el apartamento de esta última con un par de copas delante de ellos. El estudio era moderno y acogedor. La decoración era bastante minimalista, pero a la vez bastante cercana a la personalidad de la mujer, una mezcla de modernidad tradicional.
La joven le había pedido que no la dejase sola en aquel trance y el sacerdote accedió a acompañarla hasta las cercanías de la plaza de Ópera, donde se ubicaba el apartamento.
El paseo les vino bien a los dos. Al padre Miguel Garcés le sirvió para recuperarse del enorme y exigente esfuerzo que significaban sus visiones. Cuando se producían le dejaban exhausto mentalmente y la caminata le ayudó a recobrarse, mientras que, a su compañera, el fresco de la noche la había hecho recuperar algo el ánimo.
Después de su visión, Miguel se mantenía más callado, estaba muy preocupado porque no entendía el significado de la misma, pero podía inferir la relación con el asunto que le había llevado hasta allí: varias esculturas de bronce de varias toneladas que parecían haber desaparecido por arte de birlibirloque y ahora la imagen de la joven directora presa en uno de esos bloques.
—Padre Miguel, quiero que tengas toda la información sobre este tema y por ello debo todavía confesarte dos asuntos más que me decidieron a colaborar en esta investigación.
—Está bien, soy todo oídos —respondió él tratando de quitar hierro al asunto.
—El primero, es un sueño recurrente que padezco muchas noches y que a mí me parece premonitorio o quizás, es solo parte de mi obsesión con esta historia de fantasmas.
—Te escucho, pero antes de que me cuentes nada, recuerda que los autores de los sueños somos nosotros mismos. Nuestro inconsciente fabrica esos sueños.
—Lo sé, por eso este es aún más aterrador. Verás —Carmela Fuentes hizo una parada melodramática y se colocó el pelo, parecía no querer recordar—, el sueño se inicia con una mujer caminando. Por sus ropas se diría que pertenece a la primera mitad del siglo XX. Yo estoy situada a sus espaldas y la veo acercándose a un pequeño riachuelo que podría ser el Manzanares, ya que se ve el Palacio Real al fondo. Con ella lleva a un niño de la mano, el pequeño tiene unos seis o siete años. En el otro brazo carga con un hatillo en el que se revuelve y llora un bebé. La mujer le da un cubo al niño y lo envía río arriba a que tome agua limpia, mientras ella cierra el hatillo y sumerge al bebé en la corriente líquida. El llanto del recién nacido, al apagarse, es continuado por el de su madre, que tiembla de miedo y desconsuelo por el acto que está perpetrando. El pequeño regresa con el cubo lleno de agua, ve a su madre arrodillada junto al río con un lloro desconsolado que le asusta y le hace preguntar angustiado por el bebé. La madre toma al niño, lo abraza y, entre gemidos, trata de consolarle y al mismo tiempo, consolarse a sí misma diciendo:
«Ata, tu hermano estaba muy malito, muy malito». Cuando la madre y el niño finalmente se incorporan, ella se aparta el pelo de la cara en un gesto que se parece mucho a un pequeño tic, un recurso que yo utilizo cuando estoy nerviosa.
—Sí, me había fijado —respondió Miguel—. Pero esos pequeños gestos son utilizados por todos los humanos. Nos apoyamos en ellos para adquirir seguridad o tranquilidad en situaciones adversas. ¡Tendrías que ver las manías de algunos de mis colegas!
—Miguel, no me entiendes. ¡La mujer del sueño soy yo! Yo he asesinado al hermano de Ataúlfo, y por ello, esa alma en pena se está manifestando con más virulencia en el museo. Ese fantasma desea apresarme.
—Eso es imposible Carmela, eres tú la que está creando toda esta pelota de nieve. Tú eres Carmela Fuentes y no la madre de Ataúlfo, supuesto que ese nombre responda a una persona real y no a la imaginación desbocada de unos cuantos vigilantes jurados aburridos en sus largas noches de vigilia. Tú creaste ese sueño, afectada sin duda por la presión de este asunto que, por otra parte, está poniendo a prueba la fortaleza de tus convicciones vitales.
—No lo entiendes, padre, esta mañana tú has podido ver en las cámaras de seguridad cómo los bloques de acero desaparecían. Todo son avisos, advertencias del destino. ¿Por qué, si no, yo habría terminado dirigiendo este establecimiento público y no otra persona? El destino está marcado.
—Estás muy afectada y has inflado un globo de superstición, miedo y estrés que, sin duda, no responderá ni a la mitad de tus dudas. Debes racionalizar esta situación. Además, los bloques volvieron a aparecer a los pocos minutos.
Carmela volvió a meterse otro lingotazo de alcohol al gaznate mientras afirmaba con la cabeza. Una vez vaciado el vaso, lo rellenó abundantemente.
Miguel por su parte se sentía dividido, ya que, sus visiones premonitorias rara vez se equivocaban y, aplicándose el mismo razonamiento que había utilizado con la directora, era posible que él las hubiese fabricado con los ingredientes de este caso: pesados bloques de acero y una bella mujer de larga cabellera.
Ahora ya no tenía la sensación de que ella le ocultase información, ahora la sensación era distinta, más metálica y desagradable. Ahora Miguel Garcés presentía un peligro inminente. Algo distinto y sobrenatural flotaba entre ellos aquella noche.
Trató de calmar a la mujer hablando de algo intrascendente.
—Tienes aquí muchas fotos —dijo tomando algunos portarretratos de la repisa del moderno mueble bar—. ¿Tienes pareja Carmela?
—Tenía, padre Miguel.
Un joven aparecía junto a ella en diferentes ubicaciones: brindando en una cena, junto a un gran grupo de amigos en Nueva York y esquiando en una estación invernal.
—¿Es este hombre? —dijo tomando una foto en la que un hombre bien parecido y vestido de militar recibía un despacho de su majestad el Rey.
Carmela asintió con la cabeza y volvió a tomar otro trago de bebida.
—¿Hace mucho que lo dejasteis?
—No, apenas unos tres meses.
—¿Llevabais mucho juntos?
—Más de cinco años.
—¿No crees que quizás esta ruptura te está afectando tanto como para enmarañarte en estos pensamientos de persecución y culpa?
—¿Y la desaparición de una escultura que pesa toneladas? ¿Qué me dices de eso, padre? ¿Psicosis mía? Existen asincronías en el espacio-tiempo. ¿Y si yo fuese la madre de Ata?
—Creo que eso es una locura y lo de los bloques, harina de otro costal, podría tratarse de un fallo de las cámaras y no una desaparición como tal. Carmela, dime si no es indiscreción. ¿Cuál fue la causa de la ruptura?
En ese momento la directora pareció sentir un escalofrío. Una pequeña convulsión le recorrió el cuerpo, y se sentó en el sofá como mareada.
—¿Te encuentras bien?, ¿te ayudo?
Ella negó con la cabeza y se apartó la melena de aquella forma tan característica suya.
—Cometí una infidelidad —soltó a bocajarro—, él no me lo ha perdonado.
—Pero el perdón es una virtud y a veces los seres humanos cometemos errores. No fue muy tolerante tu novio. Dale tiempo, quizás…
—Su nombre es Salvador y la verdad es que, en primera instancia, él me dispensó de la culpa, pero las cosas se torcieron.
—Entonces…
—Fue más complicado, padre Miguel.
—Creo que estaría bien que me lo contases desde el principio para poder entenderte, el alcohol te tiene confusa.
—No es el vodka, son mis pensamientos que bullen en mi cabeza como un torbellino. ¿Cómo explicártelo? —la mujer volvió a hacer una larga pausa, parecía no querer seguir hablando—. Esa infidelidad ha sido la prueba de que soy la madre de Ata y de que ese espíritu viene a por mí y no parará hasta llevarme con él. ¿No ves el paralelismo?
—Será mejor que nos sentemos, que trates de ordenar tus pensamientos y me relates sucintamente por qué esa infidelidad tiene algo que ver con el fantasma del museo.
La mujer se tomó un par de minutos en los que Miguel apartó la bebida de su cercanía y la ayudó a controlar su respiración y sus emociones.
Una vez estuvo más calmada, ella inició su relato:
—Conocí a Salvador en una recepción del Ministerio de Cultura. Se había firmado un convenio con México para montar una exposición temporal sobre Frida Kahlo y artistas mexicanos contemporáneos. La exposición tendría tres sedes: la Casa de México en Madrid, el Museo Reina Sofía e incluso el Museo del Prado, que albergaría también algunas obras. Salvador, por aquel entonces, estaba agregado a la embajada de México en España. Era militar de carrera, y en el cóctel posterior a la presentación me deslumbró con sus exquisitas maneras, sus ademanes corteses y sus palabras halagadoras. Caí en sus redes casi sin darme cuenta, todo parecía un sueño. Mi estrella refulgía en el firmamento, tanto en lo personal como en lo profesional, ya que también a raíz de aquella presentación conocí al comisario de la exposición, el director de Relaciones Internacionales del Prado, Martín Lafitte. Está mal que yo lo diga, pero Lafitte también trató de seducirme aunque yo, en aquel momento, solo tuve ojos para Salvador.
La relación con Salvador se consolidó, aunque por sus continuos viajes él nunca ha querido que vivamos juntos. Con Martín trabé una amistad que me ayudó en lo profesional hasta el punto que fueron su recomendación y excepcionales informes sobre mi persona los que hace un par de años me llevaron a ocupar esta dirección. Sin embargo, a raíz de mi nombramiento Salvador se sintió celoso y desconfiado. Mis relaciones sociales y profesionales aumentaron considerablemente y hasta la prensa se fijó en mí por parecerles muy joven para un puesto de tanta responsabilidad.
Salvador iba y venía con viajes de trabajo continuamente, pero cuando lo tenía que hacer yo, o cuando un compromiso profesional me privaba de coincidir con él en sus venidas a Madrid, él se enfadaba y no lo aceptaba. Mi ascenso terminó por convertirse un problema entre nosotros. Tras sus viajes yo recibía largas y cada vez más violentas reprimendas de su parte. No quiero cargarte con excesivos detalles, pero este último año ha sido complicado para nuestra relación.
Hace unos meses y antes de que él partiese hacia Bruselas tuvimos una muy sería discusión ya que yo tuve que asistir a una cena de entrega de premios. Cuando recibí una llamada de Martín para anunciarme que yo era una de las nominadas y que nos veríamos en la cena, Salvador se enfadó hasta tal punto que llegó a zarandearme, e incluso, en un ataque de ira final, se atrevió a lanzarme un bofetón.
—¿Cómo no fuiste inmediatamente a la policía?
—Miguel no me interrumpas, necesito sacar todo esto de una puta vez.
El sacerdote volvió a recostarse en el sofá desde el que escuchaba a su interlocutora y, con un gesto de sus manos, la invitó a continuar.
—No fui a la policía, pero hice algo imperdonable. Tras los premios y la gala, el champán y el ambiente nos llevaron el uno al otro y me dejé seducir por Martín. Yo estaba rabiosa, herida y algo trastornada. Sabía que él no había cejado en su empeño de conquistarme, y en realidad fui yo quien se acercó a él. El alcohol y el glamur de la noche hicieron el resto. Fue una noche extraña, quizás yo estaba bebida, pero además de sexo tuvimos confidencias. Yo le expresé mis miedos con Ata y, curiosamente, él me habló de una situación paranormal que estaban viviendo en el Prado, recuerdo sus palabras:
«No hay museo sin fantasma, cada lienzo encierra tal cantidad de sentimientos y sensaciones, vivencias y expectativas, que es imposible que esas fuerzas no salgan al exterior. Cada cuadro muestra una parte del alma de su autor. Con decirte que yo tengo a una joven decimonónica paseándose por los sótanos del Prado y asustando a los celadores cada vez que hay tormenta».
A la mañana siguiente me di cuenta del error que había cometido, pero ya era irreparable: un mes después descubrí que estaba embarazada.
—¿Se lo dijiste a ese tal Martín?
—No, no lo hice.
—¿Y a Salvador?
—A Salvador sí. Le confesé todo y le hablé también de mi intención de interrumpir ese embarazo. Era la consecuencia de un error y yo afrontaría la solución. Le pedí su perdón y ayuda. Aunque no tuvo malas palabras su actitud fue la de tomar distancia, no se lo reprocho. Por supuesto, él no me acompañó en el trance y despachó el asunto con una llamada al hospital la noche de la intervención. Después solo nos hemos visto tres o cuatro veces, y en cada encuentro he encontrado un hombre más distante y reservado, lleno de rencor, casi diría que de odio. Hemos dejado de vernos desde que aborté hace tres meses y desde entonces…, y desde entonces las manifestaciones del fantasma del museo se han vuelto más agresivas.
—No veo cual es la relación —contestó Miguel.
—La madre de Ata asesinó a su bebé y yo he hecho lo mismo con el mío, ¿no ves la relación padre Miguel? Si lo unimos a mi sueño todo cuadra. Ese ente quiere cobrarse venganza en mí porque, de alguna forma, yo represento a su madre o quizás, por caprichos del destino, yo soy su madre.
Carmela rompió a llorar de forma histérica y descontrolada. Miguel la tomó entre sus brazos y trató de calmarla. Sin duda aquella mujer estaba desviando los miedos y culpabilidades de su relación y de su complicado aborto a un plano emocional más profundo. Para resolver el conflicto que estaba viviendo, depositaba sus confusos y enfrentados sentimientos en asuntos de fantasmas, desapariciones y demás. Sin duda, la culpa la hacía creerse emparentada con aquel fantasma asesino y loco que pululaba por los sótanos del museo. Ella había buscado el paralelismo y su psique había compuesto el resto con sueños recurrentes.
Tras el llanto, la mujer se relajó y durmió. Miguel la recostó en el sofá, la tapó y la dejó dormir mientras rezaba con la esperanza que las pesadillas no la asaltaran en la noche.
V
A media mañana Miguel se dirigió hacia el Reina Sofía, quería hacer una excursión por los sótanos y
galerías del museo personalmente.
Estaba completamente convencido de que Carmela Fuentes necesitaba algo de ayuda psicológica para superar los traumas con los que había desplazado a una historia de fantasmas que querían cobrarse venganza, lo que no eran más que frustraciones emocionales y culpas por su aborto.
Ella había tejido aquel sueño y ella se había convencido de ser la madre del tal Ataúlfo.
Decidió caminar para desentumecer sus músculos. La noche había sido intensa y el día era limpio y claro, el sol lucía con fuerza y el ánimo del sacerdote mejoró con el paseo.
En el trayecto recibió dos llamadas.
Una de su colega Arturo Balcells. Parecía estar más tranquilo con el asunto con el que estaba lidiando en Polonia y en palabras de este: «Tengo al diablillo controlado y a las monjas… también».
La segunda fue la de Carmela Fuentes. Era casi la una del mediodía y en su forma de hablar la notó mucho más serena, se diría que hasta con cierta paz interior. Quizás aquella atormentada mujer solo deseaba hablar de sus miedos, pensó Miguel.
El sacerdote la habló de su interés por recorrer personalmente los sótanos y cuevas del museo y se emplazaron media hora después en el mismo.
A su llegada Miguel se identificó en el control de seguridad donde le dieron un pase especial. Preguntó por Carmela Fuentes, pero ella no había llegado todavía. Un vigilante le acompañaría en su inspección.
Miguel pidió permiso a este para recorrer nuevamente la sala de la que durante unos minutos habían desaparecido los bloques de acero.
—No hay problema —le respondió el joven uniformado—, esa sala nos pilla de camino hacia los sótanos.
Una vez en ella, Miguel se dirigió a la obra de Richard Serra y admiró la contundencia del conjunto e incluso se permitió posar sus manos sobre los enormes bloques. Sus aristas eran perfectamente lineales y sus vértices y esquinas se rompían en perfectos ángulos rectos. Nada sobresalía, nada se escapaba a aquellas estructuras rectilíneas, el conjunto pretendía quebrar con sus formas el tiempo y el espacio.
De allí se dirigieron a unos enormes ascensores que les bajaron hasta las tripas del vetusto edificio. Aunque las paredes estaban todas encaladas en blanco como las salas del museo, allí abajo había poca luz y las fugas de agua teñían de negro y desconchones muchas zonas.
—Quiero bajar más —inquirió Miguel—, quiero llegar hasta la sala donde sus compañeros hace años realizaron la güija y el fantasma se manifestó por primera vez.
Aquello no pareció gustarle demasiado al joven acompañante que comenzó a poner excusas.
—Insisto, necesito bajar hasta el lugar más recóndito de este edificio.
—Entonces debo ir a por otras llaves y a por un par de linternas. Con las filtraciones, esa zona se queda sin luz muchas veces.
—Está bien, aquí le esperaré.
La cara de circunstancias del vigilante era un poema, pero volvió sobre sus pasos. Antes de entrar en el ascensor voceó al sacerdote de forma responsable:
—Padre, quédese ahí, estos sótanos son traicioneros y uno se despista con facilidad.
Una vez solo en aquellos lóbregos pasillos, Miguel pensó que ese era un buen lugar para que se produjesen apariciones fantasmales: poca luz, paredes desatendidas y oscuras, largos corredores en penumbra, grandes puertas cerradas y rincones sombríos que podía esconder cualquier tipo de espectros. ¿Se estaría contagiado de la aprensión e imaginación de Carmela Fuentes?
En estos pensamientos andaba cuando oyó una voz tenue, como un susurro. Era una voz de mujer que sonaba lejana, muy lejana. Guardó silencio y se movió despacio tratando de ubicar la dirección en la que sonaba aquel bisbiseo y no hacer ruido, porque el sonido iba y venía.
Sus pesquisas le llevaron hacia una abandonada y lóbrega escalera. Solo se distinguían los dos primeros escalones, el resto era de una oscuridad absoluta. Bajó un par de ellos y esperó. De nuevo distinguió una voz, esta vez tuvo claro que la voz era de mujer. Bajó con mucho cuidado otro par de escalones y se adentró en las sombras de aquellos tenebrosos peldaños. Encendió la luz de su móvil y se dispuso a sumergirse en la incierta bajante cuando de nuevo una voz femenina y mucho más cercana, le advirtió de forma contundente:
—¡Detente Miguel, no sigas bajando!
Entre sorprendido y asustado el sacerdote obedeció.
—Hola, ¿eres tú, Carmela?
Silencio.
El sacerdote bajó otros tres peldaños y la advertencia se volvió a producir de forma sonora y rotunda. Ahora Miguel estaba seguro, ¡era la voz de la directora!
—¿Dónde estás? ¿Necesitas ayuda?
Silencio.
Miguel decidió bajar hasta el nivel inferior. La escalera daba a otro largo pasillo aún más descuidado y cochambroso que el de arriba. En este, las filtraciones eran constantes y el aspecto de dejación y falta de mantenimiento se manifestaba entre cascotes, pequeños derrumbes e insignificantes riachuelos de agua corriendo por todas partes. Algunas luces de emergencia parpadeaban aquí y allá, pero la oscuridad se imponía alrededor del sacerdote que sentía una sensación claustrofóbica y opresiva.
—Carmela, ¿estás ahí?, ¿te encuentras bien?
De pronto, un golpe formidable retumbó el recinto. Miguel se asustó, trastabilló y se apoyó en un enclenque muro que cedió a su peso y le hizo caer al interior de otra estancia rodeado de cascotes y yeso húmedo.
Se había golpeado la cabeza y una brecha en la frente hizo manar copiosa sangre sobre su ojo izquierdo, aunque el corte no era profundo. Tomó su pañuelo y presionó la herida. Tenía un tobillo atrapado entre los desechos del derrumbe. Como se sentía mareado decidió respirar hondo hasta que llegase la caballería en su auxilio.
Pasados un par de desasosegantes minutos una fuerte luz se abrió paso entre los jirones de oscuridad. Pero la luz no provenía de la escalera sino del fondo del pasillo. A contraluz pudo ver nítidamente la figura de la directora Carmela Fuentes. Esta, se acercaba a él como flotando. Debía de estar afectado por el golpe, ¿qué era aquella visión?
La mujer pasó a su lado y se detuvo un instante. Se giró, lo miró a los ojos y le habló con voz pausada:
—Este es mi destino, padre Miguel, solo podré redimirme alejando a Ata de aquí. Este será mi sacrificio.
Después, se volvió hacia la oscuridad y dejó que un oscuro manto de negrura y vacío la envolviera, no sin antes hacer ese gesto tan suyo en el que se colocaba el pelo tras la oreja.
No supo Miguel el tiempo que permaneció en aquel sótano. Creyó perder el conocimiento un par de veces y recobrarlo otras tantas. Finalmente, el vigilante apareció y tras él, unos paramédicos con una camilla en la que le instalaron.
—¡Tranquilícese, le sacaremos enseguida de aquí! —le repetían unos y otros.
Le colocaron un vendaje en la frente y lo subieron por el ascensor hasta el nivel superior.
Miguel iba tumbado en la camilla y mantuvo los ojos cerrados hasta que esta se detuvo. Los paramédicos hablaban con un doctor y le explicaban la situación.
Se habían detenido junto a la escultura por la que había ido hasta el museo: Igual-paralelo; Guernica-Bengasi de Richard Serra. Abrió los ojos y vio uno de los bloques rectangulares, solo que ahora, el final de una de sus aristas se deformaba y retorcía mostrando, como si emergiese del interior del bloque, el rostro de una mujer con su cabellera al viento. Aquella mujer era sin duda Carmela Fuentes.
Tras esa visión Miguel perdió el conocimiento.
Cuatro días después, y ya recuperado, el sacerdote se encontraba prestando declaración en el arzobispado de Madrid, ya que fue la última persona en ver con vida a Carmela. Esta había sido hallada en un contenedor cercano al museo. La autopsia aclaró que había sido asesinada a las seis de la madrugada al salir del museo y su asesino había escondido el cadáver en el contenedor. La policía le informó que la principal prueba incriminaba a su ex pareja, el agregado militar de México en España, Salvador Percí. Era un diario de la finada en el que relataba sus dudas y miedos acerca de su novio y una prueba concluyente: el paraguas con el que había golpeado hasta matar a la víctima, y que había sido encontrado en el mismo contenedor con las huellas de Salvador. Finalmente, el asesino, al verse incriminado, confesó su crimen.
La declaración de Miguel era simple formulismo, el caso estaba claro, pero la policía se empeñaba en contradecir su declaración.
—Cuando usted asegura haber hablado con la señorita Fuentes por teléfono, ella ya estaba muerta desde hacía horas y desde luego, no pudo estar con usted en el sótano del museo horas después de su muerte — repetía el comisario que llevaba el caso—. Lo que usted afirma es imposible. Gracias a la última prueba encontrada, el paraguas, el homicida se declaró culpable. A esas horas que usted relata la finada estaba ya abandonada en el contenedor. Es del todo imposible esa versión que usted defiende, padre. Sin duda usted debió de golpearse la cabeza y en su desvanecimiento ha creído hablar con ella.
—Pues miren mi teléfono y vean las llamadas entrantes —insistía Miguel.
