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Historia de una erección es la recopilación de poemas más intimista y enrevesada de A. G. Páez. Marcado por su habitual estilo, donde el desgarro es la primera de las esperanzas, no dejará resquicios a la flaqueza del alma. Poco a poco, va desnudando cada verso, en una liturgia donde el lector no querrá que vuelvan las vestimentas. No son escritos de bar, manchados de alcohol rancio, pero bien pudieran serlo. Asomarse en ellos, es perentorio.
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Seitenzahl: 64
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Historia de una erección es la recopilación de poemas más intimista y enrevesada de A. G. Páez. Marcado por su habitual estilo, donde el desgarro es la primera de las esperanzas, no dejará resquicios a la flaqueza del alma. Poco a poco, va desnudando cada verso, en una liturgia donde el lector no querrá que vuelvan las vestimentas. No son escritos de bar, manchados de alcohol rancio, pero bien pudieran serlo. Asomarse en ellos, es perentorio.
Justo cuando quisiste huir /del eco que enlentece el gemido /llegaron los mimos del refugio/con la armonía certera de un vino de fondo.
Historia de una erección
© 2023, A. G. Páez
© 2023, Ediciones Oblicuas
EDITORES DEL DESASTRE, S.L.
c/ Lluís Companys nº 3, 3º 2ª
08870 Sitges (Barcelona)
ISBN edición ebook: 978-84-19246-99-8
ISBN edición papel: 978-84-19246-98-1
Edición: 2023
Diseño y maquetación: Dondesea, servicios editoriales
Ilustración de cubierta: Héctor Gomila
Queda prohibida la reproducción total o parcial de cualquier parte de este libro, incluido el diseño de la cubierta, así como su almacenamiento, transmisión o tratamiento por ningún medio, sea electrónico, mecánico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin el permiso previo por escrito de EDITORES DEL DESASTRE, S.L.
www.edicionesoblicuas.com
El vacío
Historia de una erección
Amasijo de sueños
Atlántico
Dolor de alma
Indecencia siglo XX
Decencia siglo XXI
El lenguaje de la almohada
La bufanda
La pausa y el camino
La promesa
Las mariposas y el camino
Lástima la ausencia (homeless)
Natural
Notas de clima gelido
Papel rayado de la nada
Paradoja temporal
Poema de viaje abstracto
Punto y seguido
Receta de vida
Reconciliación
Sombras y humo
Suicidio (haiku)
Vuelta a empezar
Sí; pero no
Un día, el verano
El palabro y el encanto
Estela de sabihondos
Desolación invernal
Ahogados en champán
Aroma y contubernio
Concentración y momentos
Doble espejo
El centro
El pelo y el fuego
El reflejo deslenguado
Inquieta alma
El polvo y el agua
La claridad de la neblina
La mierda y la plegaria
La plegaria de la mierda
Los bordes del cerebro
Degeneración
Frío en el alma
Los colores de la carne
Los sudores del cántico
San Sabina
La mierda y el alma
Sophie
Ni lo uno ni lo otro
El alma
Chasco
El autor
A los que nos acompañan en el camino,
estén o no a nuestro lado.
A los que están a nuestro lado,
nos acompañen o no en el camino.
A ti, por estar en el camino,
acompañándome, al lado.
Somnolencia de entrepiernas
en el intento irreverente
de buscar tu risa coqueta,
perdida en la profundidad de tu vagina.
Desvelo de los gemidos huecos,
en la penetración más descafeinada
de bamboleos bestias, por gusto
sin el roce preciso del antro.
Acabar el mortuorio intento,
donde hacen agua los orgasmos
en la constancia del vacío
sin solucionar los egos.
Languidecer las sábanas,
huérfanas en sus jadeos,
donde la mudez
cubre el fracaso.
Vacío.
En las noches de verano,
durante el desnudo del insomnio,
percibo el calor tenue de los sudores
y tu mirada apartada del limbo
dentro de mi exhalación húmeda.
Descongelación real
de los sueños de sensorio ocupado,
mientras salivas
con un leve y condicionado
movimiento del pelo.
Después de un pitagorismo refinado,
te arqueas de súbito
y rozas maliciosamente
la porción más extrema
y prominente del pensamiento húmedo.
El mismo,
que de manera basta y superlativa
apodan cabeza,
en clara alusión
al trasgredir el morbo de los jadeos.
Instante mismo,
donde uno de esos cabellos
—el inalienable de siempre—,
con la impertinencia del desenfado,
se coloca por el orificio apecesado de la gruta.
Coqueteando con las márgenes
de una cueva límpida y apetente.
Desencadenando el estímulo piloso
más periférico y gustoso,
más angustioso.
Esa caverna venerada,
en su conexión al exterior
de los fluidos alternantes
y que refluyen del casquete facilitador
de la humedad del pensamiento.
Efecto con resultado inmediato,
fuera un bradicárdico movimiento pupilar
que acompaña el infinito.
Preámbulo psicodélico
del endurecimiento de la testa.
Temblor generalizado del tronco
hasta incluir el casquete.
Porción de podálica necedad
y sin el más mínimo atisbo de humildad.
Espectáculo de contractura uniforme,
sin el asomo perceptible
de cascada en potencia.
Abarcando todo el miembro,
hasta las mismísimas entrañas de su estanco.
Recurrente alarde del tacto
y alistado cabello —desordenado—
desencadenante esquizoide de placeres
en la profundidad misma espasmo.
Testigo de una pelvis alopécica,
arrasada inmisericordemente
por la mano humana.
En un intento apocado
de externalizar poros y olores.
Aparentando entender
el desmedido y uniformado
ritmo de modismos.
Condicionantes de placeres visuales,
tan necesarios como el agua.
Epopeya leve,
en el gesto de exhalar deseos.
E hincar el bisel amañado
de incisivos inofensivos
en un cuello listo para el sometimiento.
Interior aquejado
de padecer el hastío sistemático
y solo percibir con zozobra
el latido de la sangre
allende su piel.
Mutismo atemporal
del eco rutilante y el impacto.
Sinonimia del chasquido apocalíptico,
del gemido de la piel erecta
y desafiante por antonomasia.
Susurro intermitente,
ajeno al miedo…
… condicionando espásticos movimientos.
Elucubraciones apolíticas
de izquierda a derecha.
Brujuleas comanditas,
de norte a este,
de sur a oeste.
En un afán inútil
por no mostrarse salvaje.
Capa apergaminada
de telúricos endurecimientos
y erguidas humedades.
Inevitables reflejos de indefensión propia
ante la seña y el corcoveo de las embestidas.
Bálsamo contencioso,
de correspondencia de olores y detritos.
Enroque, aireado de vitalidad
amén de las barandas,
de la ubicuidad o del hálito moral.
Risa inicial
de un vetusto pelo.
Fruto de la imberbe andanada
de tu cabellera rasante
sobre el pivote, de esa otra cabeza.
Todo disimulo.
Debajo de ella,
pliegues sinuosos
con bordes perfectamente delimitados,
afilados, irritables y sonrojables.
Dando continuidad
a todo un mazacote
de piel y dobleces.
Envoltorio afrodisíaco
de músculos, tan rollizos como el nogal.
Compendio de venas,
tan caudales y peligrosas
como el deshielo que desborda riachuelos
en épocas de calma,
que apenas aplacan la sed de sus márgenes.
En medio de tal revuelo
y de la dureza de las carnes,
lo que parecía un casual roce de cabello
aceptas que lo haces aposta,
desafiando atardeceres.
Presagio,
del gesto más voraz y kamasútrico.
Acercas tus fauces
con el amortice de tus mucosas,
adente total.
Absorbes tal salivación,
desencadenando una espiral
en intentos de fuga
gesto baldío de evitar
el englute magmático.
Culmina el jolgorio,
con un suspiro afrutado de resignación.
Y sin más revuelo,
aparece el aura
de la descarga asincrónica.
Inundando las sábanas
en movimientos de difícil orden.
Coordinados en su locura,
con gritos a decibelios brutales,
desigual encuentro con los ancestros.
Terminas,
reposando vencido por la fuerza.
Manteniendo erguida la resistencia,
dejándote llevar por el cántico agorero
de una lengua en rebeldía.
Antesala
del mal sabor
de tamaño sometimiento.
Expectativas inequívocas
que vagan de uno a otro.
Improvisto baño,
del «veneno» blanquecino,
con inmovilidad posterior,
para sorpresa del mancillado lecho.
Donde el final no sorprendió a nadie.
Hirsuto desvelo de los poros,
sabedores tácitos
del buen estar de los olores,
mugres o toques
de cualquier índole.
Impulso,
de excretos temporales
con dudosa composición…
… la seriedad de tu tacto,
o tu cabello desalineado e indomable.
Cabello,
que endureció el estar
y desordenó los pliegues.
Ahora tan tensos,
como el lecho de los primeros días.
Pretender engañar
la claridad de las cortinas,
con sus tantas fisuras
y falsos hermetismos.
Burlar con justeza
cada una de las enrevesadas maneras
de ver lo lógico,
de desdibujar el rollo.
Intentar el juego
de atrapar tu insomnio,
entre cuantas almohadas vagan
por las siluetas encorvadas.
Discutir una y otra vez,
con tus pestañas a cuestas
y con las tantas poses
de reposar los problemas.
Invitar a los demonios
a que pasen su afilada guadaña
