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Esta maravillosa novela de Evgueni Vodolazkin, descrita por la crítica como la coda de su bestseller Laurus, se presenta como una crónica de una isla desde la época medieval hasta la moderna. La isla no está en el mapa, no se puede encontrar en los libros de Historia, pero los acontecimientos son dolorosamente reconocibles. Los cronistas monásticos narran los hechos de los que son testigos: búsquedas de poder, traiciones, guerras civiles, pandemias, sequías, invasiones, innovaciones y revoluciones. Todo aparentemente objetivo, pero al menos uno de los monjes redacta y oculta simultáneamente una historia «verdadera», que será descubierta siglos después. Estas crónicas reciben los comentarios de una pareja de ancianos que fueron los antiguos gobernantes de la isla. El príncipe Parfenij y la princesa Ksenija son realmente extraordinarios: tienen 347 años. Como testigos presenciales de gran parte de la turbulenta historia de su isla, ofrecen agudas observaciones sobre el cambiante flujo del tiempo y los persistentes engaños de su gente. Pero, ¿por qué la pareja real sigue viva? ¿Arrojará la crónica «verdadera» alguna luz sobre su papel en el destino del país?
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Seitenzahl: 449
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Historia de una isla
Historia de una isla
Evgueni Vodolazkin
traducción de Rafael Guzmán Tirado
Published with the support of the Institute for Literary Translation (Russia)
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita
de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción parcialo total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamientoinformático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
Título original: Оправдание Острова
Edición original: АСТ Астрель, Moscú, 2020
Primera edición: noviembre 2023
Edición ebook: septiembre 2024
Ilustración de solapa: © 123RF/Joaquín Gallego, 2023
Fotografía de solapa: © AFP/Joel Saget, 2023
Copyright © 2020 Evgueni Vodolazkin
The publication of the book was negotiated through Banke, Goumen & Smirnova Literary
Agency.
Copyright de la traducción © Rafael Guzmán Tirado, 2023
Copyright de la edición en español © Armaenia Editorial, S.L. 2023
Armaenia Editorial, s. l.
www.armaeniaeditorial.com
Diseño: Joaquín Gallego
Impresión: Gráficas Cofás, s. a.
isbn: 978-84-18994-54-8
A Tatiana y a Natalia
Y la tierra temblará;
y el agua negra arderá en el Norte;
y el agua ardiente del Sur fluirá.
Y cenizas volarán desde los cielos;
y vuestros corazones se convertirán en cenizas.
Profecía de Agafón
Del editor
La comunidad insular se ha visto sacudida recientemente por la noticia de que la conocida Historia de la Isla, la primera crónica nacional, tiene, al parecer, una continuación. Esto hizo necesaria una nueva edición completa.
La Historia de la Isla se publicó reiteradamente en su formato anterior. Forma parte de los programas escolares y universitarios, y hace mucho tiempo que se ha dispersado en citas. «Veremos en qué acaba todo esto», «Él entendía que la guerra podía reanudarse, porque era uno de los que quería reanudarla», «Felices los tiempos que no están en los anales», «Él, el tiempo, no tiene a dónde apresurarse». Estas frases están firmemente arraigadas en nuestro día a día, por lo que no todo el mundo recuerda ya que se remontan a la crónica.
Con el texto completo de la Historia de la Isla, pedimos que se familiarizaran a Sus Altezas reales Parfenij y Ksenija. Sus opiniones sobre la obra publicada nos parecían muy importantes, y aceptaron compartirlas con nosotros. Las anotaciones recogidas sobre ellas adquirieron discretamente el carácter de un diario, lo que nos complace indeciblemente, porque cualquier palabra de la pareja de príncipes es una palabra de la historia misma. Con el permiso de los autores, las anotaciones se dividieron en fragmentos y están publicadas como una especie de comentario adjunto al texto de la crónica.
Los acontecimientos del año pasado cambiaron los planes originales de la editorial. Hemos vivido hasta el momento en que las antiguas profecías han comenzado a cumplirse. Este tiempo no se puede llamar alegre, pero nos ha enseñado mucho. Nos hemos vuelto más sabios, y como reza el Eclesiastés: en la mucha sabiduría hay mucha tristeza.
Mirando lo que nos está sucediendo, reflexionamos sobre la esencia de la historia y el mundo entero. No solo nuestra historia, sino la historia, en general. A esto contribuyó también el reciente lanzamiento de la película Justificación de la Isla, filmada por el gran Jean-Marie Leclerc. El hecho de que los protagonistas principales aceptaran trabajar como consultores del director francés sorprendió a muchos al principio, pero el gran éxito de la película confirmó que esta decisión había sido correcta.
Ahora que nuestro pueblo se encuentra en una encrucijada, la publicación de este libro tiene un significado especial. Hacia la luz, desde la oscuridad de nuestro tiempo.
Capítulo primero
Feodor
Hace mucho tiempo, no teníamos historia. La memoria almacenaba sucesos aislados, pero solo aquellos que tenían la propiedad de repetirse, lo que hacía que nuestra existencia pareciera moverse en círculos.
Sabíamos que a la noche le seguía el día, y al invierno, la primavera. Estos círculos los hacen los astros que navegan por el firmamento, y el límite de su recorrido es un año. El año era también el límite natural de nuestra memoria.
Recordábamos vagamente los terribles huracanes y terremotos, los feroces inviernos cuando el Mar se congelaba, las guerras civiles y las invasiones de otras tribus, aunque ya éramos incapaces de determinar cuándo tuvieron lugar.
Decíamos solamente: eso sucedió una vez en verano. O bien: eso ocurrió una vez en primavera, hace muchas primaveras. Por lo que, para nosotros, todos los huracanes se fundían en un gran huracán, y las guerras intestinas se convirtieron en una guerra interminable.
Con la llegada del Cristianismo, escuchamos la palabra de la Sagrada Escritura; antes solo oíamos las vetustas palabras que nos decíamos entre nosotros y que se convertían en polvo, pues solo se conserva lo que está escrito, y antes de la llegada del Cristianismo tampoco teníamos escritura.
Y después llegaron los libros a la Isla. Nos enteramos entonces de los acontecimientos que nos precedieron, lo que nos ayudó a comprender los presentes.
Ahora sabemos que la historia de la humanidad tiene un principio y tiende hacia su final. Con estos pensamientos vivos en nuestra mente, pasamos ahora a exponer los años y acontecimientos actuales.
Danos tu bendición, Señor.
Parfenij
La Historia de la Isla la escribían los monjes. No es nada de extrañar, pues solo el que está concentrado en la eternidad es capaz de describir el tiempo, y quien mejor entiende lo terrenal es quien piensa en lo celestial. El tiempo también era diferente entonces: era viscoso, maleable. No como el de ahora. En la infancia, el tiempo es lento, se demora, pero luego toma carrerilla y hacia el final de la vida ya vuela. Esto es algo de sobra conocido. ¿Acaso la vida de un pueblo no se parece a la de un individuo en solitario?
Se cree que los primeros capítulos de la crónica pertenecen a la pluma del hieromonje Nikón el Historiador. En toda la historia de su existencia, el manuscrito no había abandonado ni en una sola ocasión los muros del monasterio del Spaso-Ostrovnoj, ya que estaba estrictamente prohibido.
Al estar en un espacio sagrado, la historia, en opinión de los cronistas, estaba protegida de las falsificaciones. Ahora la historia se trata de manera libre: la escribe cualquiera y en cualquier lugar. ¿Puede ser que en esto resida la causa de las numerosas falsificaciones?
La prohibición de sacar la crónica del monasterio no eliminaba la posibilidad de conocerla entre sus muros. Al menos, para los príncipes gobernantes. Se creía (y todavía se cree) que el conocimiento del pasado era imprescindible para quienes estaban en el poder, lo que me parece justo, como lo es el hecho de que el conocimiento de la historia no haya salvado aún a nadie de cometer errores.
En los días del devoto príncipe Feodor, llegó el Cristianismo a nuestra Isla. Hasta entonces el príncipe se había llamado Aleksandr, y no Feodor. Y no era devoto.
Y gobernaba solo la parte septentrional de la Isla, pero durante la guerra civil conquistó la parte meridional, convirtiéndose en príncipe de toda la Isla.
Y en el año octavo de su gobierno dijo:
Reuníos todos en el Arenal, allí seréis bautizados.
Y añadió:
El que no se bautice, no será mi amigo.
Todos o casi todos se bautizaron, porque comprendían que era una cuestión delicada no ser amigo del príncipe.
Ksenija
Según la cuadragésima séptima novela1 del emperador bizantino Justiniano, los acontecimientos históricos se fechan por el año de reinado del emperador de turno. Siguiendo la tradición bizantina, Nikón el Historiador (al igual que todos los cronistas posteriores) fecha los acontecimientos por el año de reinado del príncipe: nosotros, como es sabido, no tuvimos emperadores.
Y trajeron el Evangelio a la Isla, se lo leyeron a su gente, y todos supieron de la vida de nuestro Señor Jesucristo.
Y sobre los viejos dioses, quedó claro que eran paganos, y que no era necesario defenderlos, ya que si fueran dioses, se habrían defendido ellos mismos. Y nadie se aferraba especialmente a ellos, excepto unos pocos magos que les servían.
Cuando quemaron a los dioses paganos, los magos dijeron que llegaría el día en que las letras escritas también arderían. Nadie los creyó, porque todos pensaban que lo decían por su impotencia. Y posiblemente también porque nunca habían conocido las palabras escritas. Las palabras, pronunciadas por ellos, flotaban en el aire hasta que el siguiente viento también se las llevaba.
En el año vigésimo del reinado de Feodor se enviaron libros históricos a la Isla. Los cuidaremos como a la niña de nuestros ojos: no hay nada peor que quedarse sin historia cuando apenas estás empezando a entender lo que es. Los libros nos revelaron que la historia es única y universal, y que, incluso la historia perdida en una isla desconocida es una rama de un árbol común.
Aprendimos, además, que la historia está predicha en las profecías, que abarcan tanto su totalidad como sus partes pequeñas. La profecía se opone al orden del tiempo, como superación suya. Y el gran profeta Elías, que subió al cielo en un carro de fuego, fue liberado por el Señor de la muerte y del tiempo, que en última instancia vienen a ser lo mismo.
La gente de la Isla también tiene su propio profeta, llamado Agafón el Vidente. Hablaba por intuición, no por libros, pues todavía no existían los libros en nuestra Isla. Hace predicciones a largo plazo, por lo que aún no ha sido posible verificarlas. Sin embargo, la mentalidad y la concentración general de Agafón indican que sus predicciones se cumplirán, en lo que también todos confiamos. Y, en particular, la predicción de que la enemistad que se ha apoderado de este territorio cesará durante mucho tiempo, cuando las dos ramas principescas se unan en una sola.
Creo que lo dicho sobre las profecías es suficiente. No vamos a profundizar en el futuro y volvamos a lo que estamos describiendo ahora, recordando que la historia narra el pasado.
Parfenij
Agafón el Vidente enseñaba que una profecía no significaba limitar la libertad de los descendientes, que son libres en sus acciones, en la medida en que las circunstancias, por supuesto, lo permitan. Y la razón de ser de las circunstancias, decía Agafón, no es Dios, sino el hombre.
Es difícil no estar de acuerdo con él: mi larga vida me ha convencido de que son las personas mismas las que crean sus circunstancias, muy a menudo, claro está, desfavorables. Y Dios las ve y las revela a los hombres por medio de los profetas. A veces.
Así, por medio de Agafón, nos fue revelado cuándo cesaría la enemistad en la Isla. Nikón el Historiador menciona esta profecía como una de las que aún no se habían cumplido; ahora todo el mundo sabe que sí lo hecho. Era, por así decirlo, una profecía a medio plazo.
Existía, sin embargo, otra profecía de Agafón que se refería a tiempos lejanos. No nos ha llegado. A diferencia de otras, que tenían un carácter más o menos particular, esta está dedicada al destino de la Isla en su conjunto. Por desgracia, no tenemos ni la menor idea de su contenido. O por fortuna, eso solo se podrá saber tras leerla.
San Agafón dictó su profecía principal, literalmente, en el oído del cronista Prokopij el Tartajoso. Agafón, que por entonces había alcanzado ya la edad de ciento veinte años, había prohibido terminantemente al escritor irse de la lengua. Por parte de Agafón, un hombre, digámoslo así, entrado en años, era hasta cierto punto una broma (al fin y al cabo, nadie prohibía a los santos burlarse), ya que en su juventud, a Prokopij le habían cortado la lengua por blasfemo. Así que, con respecto a la lengua, uno podía estar tranquilo con él.
Prokopij, sin embargo, actuó de forma inesperada, y resultó que no necesitó la lengua para eso. Tras separar el manuscrito de la crónica, sacó la profecía de él y, según se rumorea, la llevó en secreto a la Tierra Grande, al probable adversario, como se diría ahora.
La conducta de Prokopij, en caso de ser verdad, induce a pensar que la información secreta no parecía demasiado optimista para los isleños. Tal vez podía fortalecer de alguna manera a los continentales en sus propósitos agresivos: nada eleva tanto el espíritu del adversario como una profecía recibida a tiempo.
Se podrían juzgar los objetivos de Prokopij el Tartajoso solamente si se conociera el texto de la profecía, aunque, como ya se ha dicho, sus huellas se han perdido. ¿Pero por qué no la reescribió, sino que la arrancó del manuscrito? Al hacerlo así, privó a sus compatriotas de la oportunidad de leerla.
No se descarta que las acciones emprendidas por el cronista estuvieran destinadas a vengarse de su severa patria por haberle privado de su lengua. Para Prokopij, fue una pérdida palpable: al difunto le encantaba hablar. De alguna manera se las apañaba para hacerlo con lo poco que le quedaba en la boca (la lengua, dicen, crece un poco). Sea como fuere, la historia del robo del manuscrito de la profecía no se conoció hasta después de su muerte. Esta es una clara evidencia de que en la época de Prokopij no se interesaron especialmente por la crónica.
Y sobre el pasado, los libros que habían traído a la Isla nos informaron, dicho sea en pocas palabras, de lo siguiente.
En el primer día, Dios creó el cielo y la tierra, y la tierra era invisible y sin adornos, y el Espíritu de Dios flotaba sobre el agua, reviviendo su naturaleza acuática. Y dijo Dios: ¡Hágase la luz! Y se hizo.
En los días siguientes, Él creó el mar, los ríos y los cuerpos celestiales. Al llenar el mundo con agua, dejó sin cubrir las islas y las tierras para conmemorar el hecho de que la tierra no había surgido de la deshumidificación producida por el sol, sino antes de la creación del sol, para que los hombres no tomaran a este por Dios.
Dios creó al mismo tiempo a los peces y a las aves, pues los dos son parientes, con la única diferencia de que los peces nadan en el agua y los pájaros, en el aire.
Y Dios creó al hombre con su esposa, para que dejara a su padre y a su madre, y se uniera a su mujer. Y se les dio en propiedad todo lo que no estaba cubierto por el agua en la tierra.
Los siete días de la creación, sin embargo, aún no eran tiempo. El tiempo se inició con el pecado original y la expulsión del Paraíso, y junto con el tiempo comenzó la historia, porque la historia no existe en ningún lugar, salvo dentro del tiempo.
A los 230 años de edad, Adán, que llegó a vivir hasta los 930, engendró a su hijo, Set. Y comenzaron a nacer hijos; de Adán hasta Noé se contabilizan diez generaciones y 1468 años. Y cuando Noé cumplió 600 años, hubo un diluvio en la tierra.
Y por orden de Dios, Noé golpeó un semantron, y en el arca que él había construido comenzaron a meterse bestias y aves, cada una con su pareja, excepto los peces, que no temen al agua. Y cuando hubieron entrado, Noé cerró la puerta del arca, y se abrieron las simas del cielo. Y estuvo diluviando cuarenta días y cuarenta noches, por lo que no quedó más tierra, e incluso nuestra Isla desapareció bajo el agua. Donde ahora flotan las nubes, en aquellos días rodaban las olas.
En una de las escrituras no bíblicas se dice que el Diablo, queriendo acabar con la raza humana, se convirtió en ratón y comenzó a roer el fondo del arca. Entonces Noé oró a Dios, y el león estornudó, y de sus fosas nasales salieron un gato y una gata, que estrangularon al ratón. Fue así como surgieron los gatos, animales raros aún en nuestra tierra.
Parfenij
En el texto de Nikon encontramos información apócrifa que el lector moderno considerará inmersa en la leyenda: me refiero a la historia de los gatos. Los detalles que distinguen la narración de la pesada prosa darwiniana son preciosos, y todo lo precioso de una u otra manera es verdadero.
Aquí está, el origen de una especie, sin necesidad de extenderse en centenares de páginas. Lo que se puede ver: están los gatos, que salen volando de las fosas nasales de los leones, se dan la vuelta en el aire con un maullido y aterrizan sobre cuatro patas. Recordando su supertarea, de un salto se encuentran al lado del ratón y ¡zas! Lo pillaron, digo, teniendo en cuenta que el duelo fue enormemente inusual. ¿Sabían los gatos a quién se estaban enfrentando? Buena pregunta.
Es cierto que estas informaciones no concuerdan del todo con el darwinismo, pero es más bien un problema del darwinismo. Su fundador simplemente no habría entendido la historia de los gatos. Creo que ese hombre no sabía sonreír.
Ahora hablemos de cosas serias. Debido a mi edad nada despreciable, me preguntan con frecuencia lo que pienso yo sobre Darwin. ¿Qué puedo decir? El oído, que captaba los ritmos de la evolución, se quedó sordo por la originalidad de la metáfora y, más aún, de la poesía. Solo por la incapacidad que tenía Sir Charles para comprender la metáfora se explican sus ataques a las Sagradas Escrituras. Solo su insensibilidad por la poesía le impidió entender que él no contradecía el texto bíblico. Creo que ahora el difunto esto lo entiende.
A nosotros los isleños el Señor nos dio el agua como ayuda y como castigo. Desde tiempos inmemoriales, el agua ha llevado nuestros barcos mercantes a rincones remotos del mundo habitado, hasta la línea que constituía el límite entre el mar y el firmamento.
Pero en la época de nuestra devastación espiritual, el agua se elevaba a alturas formidables, ahogando a la gente y anegando los campos. Eso decían nuestros abuelos. Uno solo puede sorprenderse de la magnitud de la caída de los hombres en la época de Noé si se da cuenta de que el mundo entero estaba inundado de agua.
Y al cuadragésimo día, Noé abrió una ventana del arca y envió a un cuervo para que viera si se había retirado el agua. Pero el cuervo se posó sobre los cadáveres que flotaban en la superficie del agua, se puso a picotearlos y no regresó. Entonces, Noé envió a una paloma. Y la paloma sí regresó, con una rama de olivo en su pico; Noé se dio cuenta de que el agua había comenzado a descender.
Murió Noé 350 años después del diluvio, y en total sus años de vida fueron 950.
Ksenija
La increíble longevidad de nuestros antepasados podría parecerle a alguien el resultado de un malentendido: de la conversión incorrecta, por ejemplo, de un sistema cronológico a otro, de un error del escriba, etc. Hablando en términos estrictos, no es necesario hacer ese tipo de conjeturas. Todo tiene su explicación.
La gente todavía estaba llena de la eternidad del paraíso. Con un pie aún en la eternidad, apenas empezaban a acostumbrarse al tiempo. A medida que se alejaban del Paraíso, su vida se iba reduciendo. Además, no hay que pensar que la longevidad desapareció con nuestros antepasados. Parfenij y yo tenemos ahora mismo trescientos cuarenta y siete años cada uno, y eso no sorprende a nadie.
Ayer estuve rellenando un cuestionario. A la pregunta de ¿Cuántos años tienes exactamente? respondí:
—Trescientos cuarenta y siete.
Ni siquiera sonrieron.
Antes me daba vergüenza mi edad, pero a partir de los ciento cincuenta dejé de sentirla. Simplemente algunos viven más tiempo, por diferentes razones.
Y la tierra fue repartida entre los hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet. Y nosotros, al parecer, pertenecemos a la tribu de Jafet, y nuestra Isla pertenece a la parte de Jafet.
De Noé a Abraham pasaron unos 3324 años. Y cuando el Señor volvió su mirada a Sodoma y Gomorra, Abraham preguntó: tal vez haya cincuenta hombres justos en la ciudad. ¿Aun así los destruirías?
El Señor dijo:
Si hallare en la ciudad cincuenta hombres justos, perdonaré a este lugar. Y Abraham replicó: Me atreví a hablar así al Señor, yo, que no soy más que polvo y cenizas, ¿qué pasará si para cincuenta solo faltan cinco justos? ¿Acaso destruirás la ciudad solo porque faltan cinco?
El Señor respondió: No lo haré, si hallare allí cuarenta y cinco.
Y siguió Abraham hablando, y preguntó: ¿Y si fueran cuarenta, treinta, veinte o diez? Y el Señor le prometió que perdonaría a este lugar aun por diez hombres justos; pero no habiendo hallado allí ni diez, hizo llover azufre y fuego del cielo sobre Sodoma, Gomorra y toda esta región.
Los libros de historia describen muchos otros acontecimientos; tan solo he mencionado los primarios.
En el trigésimo noveno año de su reinado, el príncipe Feodor compareció ante Dios. A la muerte de Feodor reinó su hijo Konstantín.
Capítulo segundo
Konstantín
En el año tercero del reinado de su Alteza Konstantín, en el séptimo día del mes de marzo, cuando había caído la noche sobre la Ciudad, se empezaron a oír estruendos y gemidos en las calles. Los que salían de sus casas para comprender la naturaleza de estos sonidos fueron sorprendidos por unas flechas de fuego. Las flechas continuaron cayendo también durante el día: eran lanzadas por jinetes celestiales, que permanecían invisibles, y solo se veían los cascos al rojo vivo de sus caballos.
Y por cuanto quedó claro a todos que los jinetes estaban sembrando la muerte, los habitantes de la Ciudad no abandonaban sus casas, pero todo cesó en la noche de aquel mismo día. Nadie podía explicar entonces ni la causa de lo sucedido ni su significado, excepto el herrero Agapit, que dijo:
Por el aspecto de las herraduras aparecidas, concluyo que esta visión no señala otra cosa que la guerra, porque estas herraduras aparecen solo antes de la guerra.
En el año decimoquinto del reinado de Konstantín, el príncipe Evfimij, cuyos antepasados otrora gobernaron la parte meridional de la Isla, proclamó su verdadera genealogía, consistente en el hecho de que Evfimij, al parecer, era descendiente del emperador Avgust, sobre lo que la anterior genealogía, transmitida oralmente, guardaba silencio.
La verdadera genealogía describía cómo, en una de las travesías marítimas, la flotilla de Avgust fue arrojada a la Isla por una tempestad, tan violenta y prolongada que Avgust no pudo salir a mar abierto durante tres días y tres noches. El emperador fue acogido por la familia del príncipe local, y fue atendido por la propia princesa Melania. Y, según la palabra de esta narración verdadera, el corazón de Avgust fue capturado por su belleza, y en aquella primera noche concibieron a Iraklij, antepasado del príncipe Evfimij, quien se convirtió en el fundador de la dinastía de la isla.
Evfimij encontró la nueva genealogía en el hueco de un viejo roble, cuando cazaba un ciervo overo. Huyendo de Evfimij, el ciervo corrió a través de un campo en el que había un árbol solitario que ocultaba un escondrijo. La carrera del ciervo era tan veloz que las flechas de Evfimij no le alcanzaban, pero el animal se detuvo repentinamente en el roble como si se hubiera quedado paralizado y dijo al príncipe en nuestra lengua:
Aquí encontrarás tu verdadera genealogía.
Evfimij mostraba el roble y al ciervo, pero, sobre todo, un rollo con la genealogía, y era difícil dudar de la palabra escrita.
El príncipe reinante Konstantín, sin embargo, dudó. En el año vigésimo de su reinado, le preguntó a Evfimij por qué el ciervo overo no habló más en nuestra lengua ni en ninguna otra, y por qué la piel de la carta era inusualmente fresca. También vio cierta semejanza entre lo que se describía en la carta y las descripciones de las crónicas griegas, disponibles desde hacía poco en la Isla. Konstantín consideró vagas las explicaciones de Evfimij, y este fue confinado en un monasterio.
En el año vigésimosexto del reinado de Konstantín, fue encontrada una carta que contenía su nueva genealogía. La encontraron en el hueco del mismo roble. La diferencia del segundo hallazgo era que esta vez no había ciervo. Un hombre, al enterarse del hallazgo de Evfimij, fue al roble para ver si había otro pergamino más en el hueco. Para gran sorpresa suya, lo encontró y se apresuró a entregarlo a Konstantín.
En la nueva genealogía de Konstantín también se mencionaba la llegada de Avgust a la Isla, pero se hablaba ya de una segunda noche del emperador en la casa del príncipe. La pasó con la princesa Ilarija, y fruto de su ardiente amor fue el príncipe Román, antepasado del príncipe Konstantín.
Los hermanos del monasterio contaban posteriormente que Evfimij había recibido la noticia de la genealogía de Konstantín con una mirada severa e incluso, al parecer, declaró que había escudriñado el hueco con todo cuidado, pero que no había nada más en él. Sin embargo, nadie, fuera del monasterio, pudo escuchar sus objeciones, porque, dos días después el príncipe Evfimij falleció repentinamente.
Parfenij
Evfimij justificaba el posterior silencio del ciervo por el hecho de que el animal ya había dicho lo más importante de su vida. De hecho, ¿qué podía añadir a lo que ya había dicho? Con respecto a la frescura de la carta, el príncipe objetó razonablemente que no se podía comparar con el documento que él había encontrado, porque no había otros pergaminos antiguos en la Isla.
Cuando, como resultado del feliz hallazgo, quedó claro que la línea de Konstantín también descendía de Avgust, a algunos les pareció que los dos documentos entraban en contradicción. En realidad, la genealogía de Konstantín suponía un consenso: al hablar del hecho de que Avgust hubiera concebido al antepasado de Konstantín en la segunda noche, no excluía el que en la primera noche el solícito emperador hubiera tenido tiempo de concebir al antepasado de Evfimij.
El hijo y heredero de Evfimij, Prokl, sin embargo, no estaba de acuerdo y no se puso a compartir el parentesco.
En el año vigésimoctavo del reinado de Konstantín, cayeron del cielo piedras y cenizas del color de la sangre. La visión asustó a todos, ya que no presagiaba nada bueno. Al tacto, las piedras estaban calientes, y otras estaban tan candentes que causaron incendios en casas de la Ciudad.
Un año después, comenzaron a caer del cielo pequeños lingotes de plata. Y aunque estaban fríos, la gente tenía miedo de recogerlos, porque nadie sabía con qué fuerza eran lanzados. Algunos temerarios comenzaron a recogerlos, y todos los miraban con miedo. Sin embargo, nada les sucedió, excepto que se hicieron ricos. Y muchos los empezaron a envidiar, pero el hieromonje Avksentij dijo a los noventa y seis años de su vida:
Veremos todavía cómo acaba todo esto.
Y todos se calmaron.
En el año trigésimo noveno del reinado de Konstantín, el príncipe Prokl, hijo mayor de Evfimij, fue al Palacio de Konstantín. Allí declaró que su linaje prevalecía sobre el de Konstantín, pues Iraklij, su antepasado, había sido concebido por Avgust un día antes que Román, antepasado del príncipe Konstantín. Y la mirada de este, según las palabras de los que los rodeaban, también era severa, y reflejaba el deseo de enviar a Prokl al monasterio.
Y Prokl, en silencio, señaló hacia las ventanas, y todos notaron el rumor que venía de la Plaza, que sonaba como si afuera se movieran las olas del mar. Sin embargo, no eran olas, sino una multitud humana que había llegado al Palacio con el príncipe Prokl. La multitud zumbaba y bullía, y todos se acercaron a las ventanas y la miraban en silencio.
Y entonces el príncipe Konstantín sonrió, tomó a Prokl por el brazo y lo sentó en una silla alta. En cambio, él mismo continuó de pie junto al que estaba sentado a sus espaldas.
Y Konstantín dijo:
Querido hermano, lo que es esencial no es la noche de la concepción, sino el día del nacimiento. Ilarija dio a luz dos semanas antes que Melania, y tú lo sabes.
Prokl, aunque no tenía esta certeza, no pudo objetar nada. Quería levantarse, pero el príncipe Konstantín le puso las palmas de las manos en el hombro y se lo impidió.
Añadió:
Te llamo hermano, pues procedemos de un antepasado común, el emperador Avgust de Roma. Veo que te falta el honor que mereces por tu derecho de nacimiento. Desde ahora te nombro mi confidente, y compartirás conmigo la comida todos los días.
Tal era la fuerza de sus palmas y de sus palabras que el príncipe Prokl no pudo levantarse ni negarse. Y desde entonces compartió todos los días la comida con Konstantín, aunque estos días fueron pocos, tres para ser exactos. Al tercer día, el príncipe Prokl se sintió indispuesto después de la cena y por la noche fue llamado ante el Señor.
Al amanecer del día siguiente, hombres armados comenzaron a reunirse en la parte meridional de la Isla. A juzgar por sus palabras, no creían en la muerte natural de Prokl y no ocultaban su intención de vengarla. Informaron a Frol, el hermano menor del príncipe Prokl, pero él les aseguró que incluso sin participación humana la venganza caería sobre los culpables.
Hacia el mediodía, la situación cambió. El mismo príncipe Frol apareció ante la multitud y su rostro estaba humedecido por las lágrimas. Tras decir que era hora de secarlas (y tras hacerlo), Frol incitó a los reunidos a tomar medidas drásticas, aunque no explicó exactamente a qué se refería. Sin esperar explicaciones, el príncipe Konstantín ordenó a sus tropas que se prepararan para una campaña hacia el Sur.
Poco tiempo después se celebró el funeral por el príncipe Prokl. El obispo de la Isla, Feofán, prohibió que aparecieran allí personas armadas, explicando que el arma del difunto serían a partir de ahora sus buenas obras, con las cuales se conquista también el Reino de Dios.
El príncipe Frol exigía que se cantara en exequias al siervo de Dios Prokl como víctima de un asesinato, pero el obispo se lo negó, ya que no había evidencia directa de que lo fuera.
Y el príncipe Frol, tras señalar el rostro azulado del difunto, gritó:
¿Y acaso esto no es una confirmación? ¿Quién me puede decir que estoy equivocado?
Deja la investigación a El que nunca se equivoca, respondió Feofán, y ahora resígnate y aflígete.
Pero Frol, afligido, no se resignaba, y aún no se habían extinguido las últimas palabras de los cantos fúnebres, cuando lanzó en la cara a Konstantín una grave acusación.
El príncipe Konstantín, como si estuviera dominando su ira, se quedó en silencio y luego afirmó:
El dolor ha nublado tu mente, hermano. Ahora que estamos a un paso de una lucha fratricida, debe estar especialmente atenta. Vamos a discutir cómo salvar la paz en la Isla.
¿De verdad me estás invitando a comer?, sonrió el príncipe Frol, pero en su sonrisa no había alegría. Y tú no eres mi hermano, porque mi familia proviene del emperador Avgust, y tus antepasados, no me lo tomes a mal, son espíritus malignos del pantano, y no tenemos nada en común, como no tienen nada en común la luz y la oscuridad.
Y así, la conversación de Konstantín con Frol no llegó a tener lugar, porque ¿cómo podía tener lugar después de tales palabras?
Y la Isla se dividió en la parte septentrional y meridional, como en los tiempos lejanos, y se reanudó la confrontación, que parecía olvidada por todos. Pues después de todo, no había enemistad entre la gente del Sur y el Norte, y muchos estaban emparentados; entonces, ¿por qué fueron a la guerra entre ellos? ¿No habría sido mejor que los príncipes resolvieran todo en una conversación pacífica?
Ksenija
Y así empezó la guerra, más tarde llamada la Guerra de las genealogías, aunque sospecho que su causa no estaba en absoluto en ellas. Frol, tras largas vacilaciones, decidió que había llegado el momento oportuno para hacerse con el poder, y Konstantín (que también dudaba) pensó que la amenaza debía ser eliminada de raíz, sin esperar a que tomara fuerza. De hecho, él fue quien comenzó la guerra, creyendo que tropezaría con un puñado de personas leales al príncipe Frol, y no previó de ninguna manera que todos los habitantes del Sur se pasarían al lado de Frol. Sorprendentemente, los propios habitantes tampoco lo habían previsto, ya que estaban ocupados en asuntos no militares.
¿Se había estado preparando esta guerra? En el sentido habitual de la palabra, no. Está claro que el príncipe Evfimij no había encontrado su genealogía en el hueco del árbol, y la necesitaba para algo. ¿Pero tenía él la intención de luchar? Por supuesto que no: tampoco tenía tropas. Es posible que quisiera mejorar su estatus. Tampoco el príncipe Prokl estaba pensando en luchar, ni siquiera el príncipe Frol. Esta idea se le ocurrió a Frol solo cuando comenzaron a reunirse a su alrededor hombres armados que aún ayer eran agricultores, artesanos y marineros.
¿Qué llevó a estas personas a abandonar su bienestar, cambiar su tranquila vida por los peores tormentos y, al fin y al cabo, llegar a su completa destrucción? ¿La idea de justicia? Pero, ¿por qué antes no les había golpeado sus corazones con tanta fuerza? Vinieron a apoyar a alguien cuyos resentimientos les eran, esencialmente, indiferentes y que no les había pedido nada. La guerra tampoco entraba en los planes del príncipe Konstantín. No entraba en los planes de nadie y, sin embargo, comenzó.
Una repentina disonancia, suave como el sonido de una cuerda que se rompe, unió a todos en una acción común. ¿Era ese sonido de la cuerda rota la clave de la cuestión? Sí y no. A veces se rompían todas las cuerdas y nadie las oía. ¿Por qué la oyeron ahora?
Las acciones militares fueron iniciadas por su Alteza el príncipe Konstantín. En el año cuadragésimo primero de su reinado, llevó su ejército a la parte Sur de la Isla, pero esto no se llamaba guerra, ya que consideraba toda la Isla como su feudo. Y al encuentro de las tropas salió el obispo Feofán sujetando la cruz que llevaba en el pecho.
Dijo:
En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que murió crucificado en la cruz, os prohíbo seguir adelante, pues espero que siga reinando la paz.
Al igual que tú, señor, objetó el príncipe Konstantín, yo también lo espero, y por eso he movilizado a las tropas. En mi principado he sufrido la traición, así que ¿por qué me prohíbes arrancar su raíz que es el príncipe Frol, que nos ha traicionado? Salvo a Frol, te aseguro que no necesito a nadie, pero mientras no sea capturado, nuestra Isla será sacudida por golpes de Estado y guerras.
Y el obispo, insistiendo en lo suyo, respondió:
Arrancando una raíz, dañaréis otras muchas, porque ¿no ve, Su Alteza, que están entrelazadas? Y esta es mi última palabra: primero matadme, y luego actuad según vuestra voluntad.
El jinete miraba de arriba abajo a Feofán, que estaba de pie en el suelo. La mirada de Su Alteza estaba llena de ira. Tiró de las riendas, pero Feofán se quedó enganchado en el estribo y fue arrastrado por el caballo. Sus piernas se deslizaban por el suelo y no se soltaban de los estribos; había lágrimas en los ojos de los que estaban viendo esto. Y cuando Konstantín echó el caballo al galope, Feofán salió disparado bajo sus pezuñas, pero gracias a la intervención de un ángel salió ileso.
El príncipe Konstantín, tras alejarse un poco, se detuvo. No mandó matar al obispo Feofán, sino que ordenó que lo esquivaran. Los soldados así lo hicieron, y él permanecía de pie como un tronco de madera plantado en un banco de arena, evitado por ese grupo que se movía a toda velocidad. Parecía un tronco de madera, inmóvil, desaliñado y mudo con los brazos decrépitos extendidos.
Hacía tiempo que las tropas estaban a sus espaldas, e incluso le había dado tiempo a asentarse al polvo levantado por los que avanzaban, pero Feofán permanecía inmóvil. Oraba por su pueblo, concentrando en la oración todas las fuerzas que le quedaban. Y tan grande era el esfuerzo de su espíritu, que a veces le parecía que despegaba del suelo. Y cuando el obispo se dio cuenta de que de verdad se estaba separando de la tierra, detuvo la oración porque no quería perder el suelo bajo sus pies. También se dice que, en ese momento, a Feofán se le apareció un ángel que lo salvó de las pezuñas del caballo.
El ángel dijo:
Tu oración, oh, Señor, es impotente contra los pecados de tu pueblo. El deseo de guerra no es algo externo a ellos, sino que ha nacido en cada uno de sus corazones.
¿Y cómo se puede desear el dolor y la muerte?, quería preguntar Feofán, pero el rostro triste del ángel se convirtió en respuesta antes de hacer la pregunta.
Las tropas de Konstantín avanzaban sin encontrar resistencia y sin encontrar a nadie en absoluto. Hallaban solo aldeas vacías de las cuales sus habitantes habían huido, conociendo el carácter severo del príncipe. Pero Konstantín, que no había sido recibido por sus súbditos, se enfureció y ordenó quemar sus casas, creyendo que los que habían huido se habían unido al príncipe Frol. Sin embargo, no fue así, y se unieron a Frol tras perder sus casas, porque no tenían a dónde volver. Y, con los corazones endurecidos, se convirtieron en los más feroces de los guerreros de Frol, ya que un mal implica otro.
Continuando el avance hacia el Sur, en el cuadragésimo tercer año del reinado de Konstantín, su ejército se adentró en el Bosque. Se sabe que los bosques en esta zona son espesos y difíciles de atravesar, y que no hay allí grandes caminos, sino solo estrechos senderos. Durante mucho tiempo, las tropas fueron avanzando, estirándose por varios campos, hasta que se detuvieron frente a un motón de troncos de árboles apilados en el camino. Y cuando los que iban por delante desmontaron para apartar los troncos, de repente, nubes de flechas volaron hacia ellos desde la izquierda y desde la derecha, y Konstantín se dio cuenta de que había caído en una trampa.
Sus tropas ni siquiera podían retroceder, porque los que iban delante presionaban a los de atrás, que aún no se habían dado cuenta de la emboscada. Lo sucedido, sin embargo, pronto les quedó claro, ya que las flechas volaban sobre ellos también, tanto sobre los que iban cerca como sobre todas las extensas tropas de Konstantín. Disparaban desde los árboles, desde detrás de los arbustos y desde los troncos caídos. Las puntas de las flechas estaban empapadas en líquido de hierbas venenosas, por lo que incluso una herida leve inevitablemente provocaba la muerte. Pero los tiradores eran invulnerables.
Y las tropas de Konstantín comenzaron a retirarse hacia donde los árboles parecían menos espesos y no volaban flechas. Parte de los guerreros cubrían la retirada, pero el grueso de las tropas corría al Bosque más clareado, y nadie lo impedía. Pronto apareció un prado detrás de los árboles y Konstantín ordenó a todos que fueran hacia allí para desplegarse en formación de combate.
Pero cuando los jinetes penetraron en zonas de hierba alta, el agua chapoteaba debajo de los cascos de los caballos, y el prado resultó ser un pantano. Bloqueados por la gente de Frol, ya no podían volver al camino y continuaban avanzando, ya que el agua les parecía poco profunda. Cuentan que había pequeños lugares donde no había agua y había caminos para escapar si se iba con cuidado, pero a las tropas de Konstantín las empujaba el miedo. Los caballos comenzaron a resbalarse en la ciénaga arrastrando tras de sí a los jinetes, quienes con los pies atrapados por el lodo no podían deshacerse de los estribos.
Y se oían gemidos de horror, porque la ciénaga succionaba como si fuera un ser vivo, y a muchos les recordaba un tormento infernal. El barro se cerraba lentamente sobre los que gritaban y los gritos se convertían en burbujas. Pero los hombres de Frol disparaban a los sobrevivientes desde los lugares secos, por lo que más tarde fueron excomulgados por el obispo durante veintinueve años.
Los que lograron sobrevivir, tras haber deambulado varias semanas por el Bosque, regresaron a casa sin fuerzas y, lo que es más, sin ningún deseo de luchar. Así, la Isla quedó dividida finalmente en dos partes y el Sur ahora estaba gobernado por el príncipe Frol.
Tras llegar al poder, Frol comenzó a reforzar el terraplén que rodeaba la Fortaleza, pues, al no haber guerras, se había deteriorado y en la parte superior habían crecido árboles. Desde la Tierra Grande, llamada Continente, el príncipe llamó también a personas duchas en el arte de la guerra y les encomendó sus tropas. Comprendía que la guerra podía reanudarse, ya que él era uno de los que deseaban que así fuera.
Ksenija
Cuenta la tradición familiar que incluso en la primera guerra, Frol quería continuar el ataque a Konstantín, pero luego renunció a esta idea. Era consciente de que no sería tan fácil repetir en un espacio abierto lo que había sucedido en el Bosque. Además, una parte significativa del ejército de Konstantín no había participado en la desafortunada campaña y, por lo tanto, no estaba desmoralizada. Finalmente, Frol no contaba con un ejército adiestrado. Se puso enseguida manos a la obra para su creación.
En el año quincuagésimo del reinado de Su Alteza Konstantín, una mujer llamada Angelina, que cocinaba para el obispo Feofán, se quedó embarazada y dio a luz nueve meses después. Tras salir a la Plaza Mayor, anunció en voz alta que el padre del niño era Feofán.
Entonces, vinieron a ver a Feofán los hombres de Konstantín y le dijeron:
No estés triste, oh obispo, pues esto es algo que puede pasarle a cualquiera. La vida sin mujeres es difícil, y cualquier cosa puede suceder cuando una mujer le prepara la comida a un hombre. Sabio es nuestro príncipe y no te culpa de esto, sino que, por el contrario, te llama al Palacio para una conversación privada. En cuanto a Angelina, cuya vida nunca ha sido angelical, él, créeme, la obligará a quitar los cargos contra ti.
Pero el obispo Feofán se negó a ir a ver al príncipe, diciendo:
La mujer está mintiendo, pero no espero la ayuda del príncipe, sino la de nuestro Señor Jesucristo, quien es conocedor de todos los asuntos y pensamientos humanos.
Sus palabras fueron ahogadas por los gritos que venían de la calle y que exigían otro obispo para los habitantes de la isla.
Tras recibir la respuesta de Feofán, el príncipe Konstantín se encogió de hombros y, con paso de hombre justo, salió del Palacio hacia donde estaba la multitud. La estuvo mirando en silencio durante un rato, mientras la gente le gritaba que no podían besar la mano de un obispo que acariciaba a las mujeres. Tras empezar a hablar, pareció como si se asfixiara de ira justa y expresó su comprensión a los allí reunidos. Pero al poco rato, con mucho esfuerzo se controló y dijo que no se debería emprender ninguna acción sin llevar a cabo una investigación. La multitud bendecía su amabilidad, pero exigía que todos los participantes en lo que había sucedido fueran traídos para ser investigados y, todos ellos, incluido el bebé de dos semanas, lo fueron.
Para demostrar que decía la verdad, Angelina informó de que el obispo tenía un gran lunar en el muslo izquierdo. De inmediato fue llamado el ayudante personal del obispo, quien confirmó la presencia del lunar. Y se hizo el silencio, porque antes de que hablara el ayudante, muchos aún tenían la esperanza en la absolución de Feofán.
Pero Feofán rezaba en silencio.
Contra ti, oh obispo, se han presentado graves acusaciones y pruebas de peso, dijo Konstantín. ¿Qué tienes que objetar?
No soy yo quien tiene que objetar, sino el bebé, respondió Feofán, y entre la multitud se oyó una risa.
Me temo que no todos van a entender su testimonio, sugirió el príncipe Konstantín, que no se reía. Será comprensible solo para aquellos que tienen dos semanas de vida.
Pero el geronte se acercó al niño y le llamó en voz alta:
En el nombre del Hijo de Dios Jesucristo, dime si eres mi hijo.
Y el niño le respondió con unas inteligibles palabras:
No, oh obispo, no soy tu hijo.
Así se reveló la inocencia del obispo Feofán. Pero cuando le pidieron a la criatura que dijera quién era su padre, Feofán dijo que para esto no era necesario recurrir al bebé, bastaba con preguntarle a Angelina.
Parfenij
Dicen que Konstantín se apresuró a detener el interrogatorio. Esta circunstancia hizo surgir rumores sobre la participación del príncipe, si no en la concepción del niño, sí en la acusación del obispo. El motivo de una conducta así podría ser el desacuerdo de Feofán con la campaña hacia el Sur emprendida por Konstantín, y entonces se trataría de una venganza.
Sin embargo, es posible que la venganza no tuviera nada que ver aquí y que las razones fueran puramente pragmáticas, es decir, que el príncipe simplemente no quería que los enfrentamientos entre el poder seglar y el religioso se repitieran en el futuro; no en vano, el cronista menciona una conversación privada que Feofán rechazó valientemente. En este caso, cabe suponer que, incluso entonces, una nueva campaña no parecía para Konstantín una misión imposible.
En el año quincuagésimo quinto del reinado de Konstantín hubo una gran sequía. Las siembras no brotaron, y lo que brotó se achicharró bajo los rayos de un sol abrasador. También se produjeron incendios forestales, especialmente en el extremo meridional de la Isla, donde son habituales fuertes vientos que vienen del mar. El humo llegó hasta el interior de la Isla, por lo que algunos días se mantuvo una especie de denso velo que ocultaba el sol.
Nadie, hasta donde alcanzaba la memoria de los vivos, recordaba incendios así. Tampoco las tradiciones mencionaban nada parecido. Era también digno de asombro el hecho de que los incendios se produjeran a lo largo de la costa de Norte a Sur, como si alguien hubiera prendido fuego al Bosque allí, pero nadie se permitía pensar en incendios provocados, pues cuando todo está ardiendo alrededor, uno se pregunta si se le ocurriría meterle fuego a algo más. En el movimiento inusual del incendio, veían la fuerza consciente de quien desde hace siglos estaba en guerra con la raza humana y, por eso, se dirigieron al obispo Feofán.
Y el obispo dijo:
No es necesario, oh hijos míos, buscar la causa de la maldad en fuerzas externas, porque los viles deseos nacen precisamente en los corazones de los seres humanos. Ya sea culpable el príncipe de este mundo2 o, digamos, nuestro príncipe, esto me preocupa mucho. Compartiré mis temores con el Santo Arcángel Michaíl.
¿Por qué con el Arcángel Michaíl?, se sorprendieron los que habían venido, porque le oraste en la posguerra para preservar la paz, mientras que ahora lo que hace falta es detener el fuego.
Estoy tratando de detener el peor incendio, respondió el geronte, y propongo considerar el tiempo actual como tiempo prebélico.
Tras quedarse solo, Feofán se incorporó para rezar.
A los diez meses se le apareció el ángel, que había visto antes, y dijo:
He sido enviado para informarte de que el camino hacia la guerra ya está encendido, en el Bosque y, por supuesto, en los corazones de los seres humanos. Pero se mostrará benevolencia contigo, y ya no verás la guerra. Así pues, Feofán, ocúpate de hacer un ataúd para tu cuerpo, porque de tu alma inmortal ya has cuidado toda la vida.
Y, al oír esto, Feofán rompió a llorar. No porque temiera morir, sino por el dolor que sentía por su pueblo. Desde ese día se puso a preparar el ataúd. Como lo estaba haciendo de roble, que es una madera dura, el trabajo no avanzaba con mucha rapidez, pero el obispo tampoco tenía prisa.
Dos años más tarde, cuando concluyó la caja del ataúd, Feofán comenzó a usarlo para dormir por la noche. Durante los meses que trabajó en la tapadera, logró igualar los sitios del fondo que le molestaban. Al señor le gustó dormir en el ataúd, y tuvo buenos sueños allí.
Soñaba principalmente con la infancia que pasó junto al mar, pues había nacido en una familia de pescadores. Los colores y los olores eran tan frescos que a veces lo hacían despertarse, y entonces se apresuraba a volver a dormirse, porque lo que se le había revelado en los sueños era atractivo. Contaba que había visto el mar celeste al amanecer y que a veces le venía el olor a brea con la que su padre cubría la barca. Como en su infancia, se alejaba de la costa y, tras recoger los remos, se acostaba sobre las redes saladas y miraba al cielo mientras la barca se balanceaba, y el cielo le parecía el mar, y el mar, el cielo. Y entonces comenzó a llamar barca a su ataúd, afirmando que salía a navegar cada noche.
Una mañana, Feofán no salió de su celda. Pero no se atrevían a entrar en ella, sino que permanecieron en silencio hasta que hicieron traer al geronte Avksentij, de casi ciento cuatro años, que no envejecía ni moría. Entró en la celda del obispo y, tras pasar un rato dentro, apareció con una sonrisa en los labios.
Dijo:
El navegante divino, Feofán, navegó esta noche más allá de la frontera, desde la cual generalmente no hay retorno para los que navegan y viajan.
Y añadió:
Llevado por una corriente agradable, el obispo Feofán os saluda desde allí.
Parfenij
La descripción del quincuagésimo quinto año del reinado de Konstantín es notable, principalmente por el hecho de que la Historia de la Isla pasa a manos de otro cronista. Esto se deduce no porque haya un cambio de estilo (todos los cronistas tienen aproximadamente el mismo, salvo, tal vez, Prokopij el Tartajoso), sino simplemente porque una serie de fuentes informan de la muerte, en ese año, de Nikón el Historiador.
Casi no sabemos nada de Nikón. De él solo ha quedado el nombre, y este no es el peor de los casos: de muchos otros historiadores ni siquiera han quedado los nombres. Los autores medievales eran generalmente anónimos, ya que no representaban su visión personal, sino una general, inspirada por la fe. Más precisamente, una visión general, que era a la vez también personal.
A diferencia de nosotros, por así decir, personas de vieja formación, es difícil para el hombre de los tiempos modernos entender cómo era posible eso. Lo que sucede es que en el centro del mundo medieval estaba Dios, y en el centro del mundo actual, el ser humano. Dios es uno para todos y, por lo tanto, la visión de la Edad Media es una visión desde arriba, porque solo desde ahí se puede abarcar a todos. Esa visión refleja a un único Dios y, por lo tanto, también es única. Pero ahora, cuando el hombre se ha convertido en el centro del mundo, existen tantas visiones como personas.
En el año sexagésimo del reinado de Su Alteza Konstantín la gran sequía continuó por nuestros pecados.
Ese mismo año, Afanasij fue nombrado Obispo de la Isla.
En el año sexagésimo primero del reinado de Konstantín siguió sin haber cosecha, debido a la gran sequía. Dado que las reservas de alimentos, como de costumbre, se almacenaban en la parte septentrional de la Isla, los primeros en sentir su escasez fueron los habitantes de la parte meridional. Y entonces el obispo Afanasij instó al príncipe a enviar al sur una pequeña parte del grano almacenado para que los que vivían allí no murieran.
Y el príncipe Konstantín replicó:
El Sur se separó no solo del Norte, sino también de las reservas de alimentos. ¿Cómo puedo alimentar a extraños, cuando mañana los nuestros no tendrán nada que comer?
En el año sexagésimo tercero del reinado de Konstantín, a partir de la primavera, empezaron las lluvias. A finales de mayo, cuando estas cesaron, el príncipe movilizó sus tropas hacia el Sur. Esta vez fue por la parte quemada del Bosque y no encontró obstáculos allí, solo árboles pequeños que habían brotado tras el incendio.
Luego siguieron por un campo sembrado de los tan esperados cereales, y allí tampoco salió a recibirlos nadie, excepto un campesino anciano, Elevferij, quien les dijo:
¿Por qué pisoteáis el sembrado? Os podría comparar con una langosta, pero tengo miedo de una cruel muerte.
Y algunos guerreros querían matar a Elevferij, pero fue protegido por el obispo Afanasij, que viajaba con las tropas para ablandar los corazones.
Ksenija
Las tropas del príncipe iban por el campo sembrado no por casualidad, como tampoco era fortuita la marcha militar, que había comenzado en mayo, con los primeros brotes en los campos. Konstantín comprendía que, si se recolectaba esta cosecha, sus posibilidades de derrotar al príncipe Frol disminuirían drásticamente. Sabía con qué minuciosidad se había preparado Frol para la defensa, y el hambre era el aliado principal de Konstantín.
A medida que las tropas de Konstantín se acercaban a la Fortaleza de Frol, se encontraban cada vez con más frecuencia con aldeas y caseríos, todos ellos vacíos, pues sus habitantes huían buscando la protección de las murallas de la Fortaleza, donde esperaban encontrar también al menos algo de sustento, aunque tras la larga sequía tampoco en la Fortaleza había casi nada ya. La poca comida que le quedaba al príncipe Frol la repartía entre los soldados de sus tropas. Por este motivo, los hombres de entre los refugiados se unían al ejército, ya que solo así podían alimentar a sus familias.
Al acercarse a la Fortaleza, el príncipe Konstantín se sorprendió de cómo había cambiado. Sabía por los infiltrados que Frol estaba reconstruyéndola, pero no había imaginado cambios así. Habían ensanchado el foso de agua que rodeaba la Fortaleza y elevado tanto las murallas que a Konstantín le dio la sensación de que las nubes que flotaban rozarían sus almenas. Y preguntó a los que estaban a su lado si las estaban rozando. Aquellos le respondieron al unísono:
No, no las están rozando.
Cuando el grupo de avanzada se acercó por primera vez al muro septentrional de la Fortaleza, empezaron a volar flechas desde allí. De detrás del muro, apareció el humo de hogueras invisibles y enseguida se hicieron visibles calderas colgadas de grúas de madera. Eran móviles y desplazaban las calderas para que estuvieran sobre la parte externa de la muralla. Las calderas se volcaban con ayuda de cadenas y, de vez en cuando, de ellas se vertía el líquido que contenían: agua hirviendo y brea.
El agua no faltaba en la Fortaleza, ya que la atravesaba un Río. Tampoco les faltaba brea, porque en estas regiones muchos se dedicaban a la pesca y embadurnaban sus barcas con ella. El grupo de avanzada del príncipe Konstantín se retiró a la distancia suficiente para estar a salvo del alcance de las flechas, y el grueso de las tropas tampoco se fue mucho más lejos.
Entonces el obispo Afanasij le dijo a Konstantín:
Ves, príncipe, que la Fortaleza está bien defendida, y solo puedes tomarla con una gran cantidad de víctimas. Controla tu espíritu orgulloso y regresa a la Ciudad, que este sea tu sacrificio al Altísimo.
Y el príncipe respondió:
¿De qué víctimas estás hablando? ¿Cómo puedo volver cuando el impío Frol sacrificó la unidad de la Isla?
Ninguna unidad, replicó el obispo, vale la vida de un ser humano. Si Dios ama la Unidad, Él la devolverá también sin ti, y si no la ama, ¿para qué devolverla?
El príncipe Konstantín, sin embargo, no escuchó al obispo. Tras interrumpir la inútil parada, al amanecer condujo su ejército hacia la Fortaleza. Konstantín había dedicado el tiempo transcurrido a la preparación de balsas con las que superar las fosas con agua. Algunas de ellas las había traído de la Ciudad, y otras las había ordenado fabricar in situ. Antes del comienzo de la batalla se dirigió al obispo en busca de bendición, pero Afanasij se la negó.
Solo pediré a los ángeles celestiales, respondió, que protejan con escudos invisibles a todos los que luchan.
El príncipe le lanzó una larga mirada.
Y dijo:
Lo que hace falta, oh obispo, es que haya suficientes ángeles para todos. Y escudos también, porque algunos ángeles vuelan, según he oído, con las manos vacías.
Tan pronto como las tropas de Konstantín comenzaron a echar balsas al agua, una lluvia de flechas voló desde la muralla. Y aunque los que iban al ataque intentaban cubrirse con escudos, las flechas encontraban el camino hacia sus cuerpos. Y de nuevo, como antes en el Bosque, en la punta de las flechas habían puesto veneno, y el más mínimo rasguño terminaba en muerte.
