Historia romana. Libros XLVI-XLIX - Dion Casio - E-Book

Historia romana. Libros XLVI-XLIX E-Book

Dion Casio

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Dion Casio narra en estos cuatro libros, con minuciosidad y fina ironía, los acontecimientos del 43 al 33 a. C., años que fueron cruciales en la historia de Roma, porque en ellos se pone fin a la República y se gesta el Imperio. Dion Casio narra en estos cuatro libros los acontecimientos del 43 al 33 a. C., años cruciales en la historia de Roma, porque en ellos se pone fin a la República y se gesta el Imperio. Tras el asesinato de César se produce en Roma un vacío de poder que intentan ocupar los líderes de cuatro facciones. Por un lado están los asesinos de Julio César, comandados por Bruto y Casio: eran defensores de la República, pero cometieron el error de no tener trazado un plan para después de la muerte de César. Otro bando lo dirige Sexto Pompeyo, que aglutinó a los seguidores de su padre, Pompeyo Magno, derrotado por César unos años antes. Y de otro lado están los seguidores de César, que acabaron divididos en otras dos facciones: los partidarios de Marco Antonio y los partidarios del joven Augusto. Dion relata con minuciosidad y fina ironía los sucesos de estos turbulentos años: la secreta conjuración entre César, Antonio y Lépido (segundo triunvirato); las frágiles alianzas, pues se hacían para no ser cumplidas; los continuos cambios de bando; el ambiente de terror en Roma, donde todo el que aparecía en la listas de proscritos podía ser asesinado impunemente por cualquiera (así muere Cicerón); la magistral descripción de la batalla de Filipos; los divorcios y los sorprendentes matrimonios por interés político; los amores de Marco Antonio con Cleopatra y los de Augusto con Livia… Al final sólo quedan frente a frente Antonio y Augusto.

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Seitenzahl: 391

Veröffentlichungsjahr: 2016

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 393

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JUAN MANUEL GUZMÁN HERMIDA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A., 2011.

López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.

www.editorialgredos.com

Primera edición: abril de 2011

REF. GEBO463

ISBN 9788424937607

NOTA SOBRE LA PRESENTE TRADUCCIÓN

Para la presente traducción nos hemos basado en la edición de Boissevain, a través de texto ya depurado por E. Cary, en la colección «Loeb Classical Library», Cambridge, Massachusetts, Londres, 1917. También hemos tenido en cuenta las ediciones, en la colección «Belles Lettres», de V. Fromentin y E. Bertrand, París, 2008, para el libro XLVI y de M.-L. Freyburger y J.-M. Roddaz, París, 2002, para los libros XLVIII y XLIX. Las divergencias con respecto a la edición de E. Cary, muy pocas, se indican en nota a pie de página.

LIBRO XLVI

SINOPSIS

En el libro cuadragésimo sexto de la Historia romana de Dion se incluye lo siguiente:

1. Cómo Caleno replicó a Cicerón en defensa de Antonio (§ 1-28).

2. Cómo Antonio fue derrotado por César (Octavio) y los cónsules cerca de Módena (§ 29-38).

3. Cómo César (Octavio) llegó a Roma y fue nombrado cónsul (§ 39-49).

4. Cómo César (Octavio), Antonio y Lépido se conjuraron (§ 50-56).

La duración del tiempo ocupa un año solo, durante el cual los magistrados que están registrados como cónsules fueron estos:

[711 / 43 a. C.] G. Vibio Pansa Cetroniano 1 , hijo de G., y Aulo Hircio, hijo de Aulo (§ 1-56).

[1 ] Después de decir tales cosas Cicerón, Quinto Fufio Caleno 2 se levantó y dijo:

«En otras circunstancias no estaría obligado a hablar ni para defender a Antonio ni para acusar a Cicerón. Pues en este tipo de exámenes sobre la situación política, como es el debate de hoy, creo que no se debería hacer ninguna de esas dos cosas, sino simplemente manifestar lo que uno piensa, pues lo primero atañe a los tribunales y esto último, a la asamblea. [2] Pero puesto que ese 3 se propuso acusar a Antonio a causa de la enemistad que hay entre ambos 4 —al que tendría que haber denunciado, si aquel había cometido alguna injusticia— y, es más, también hizo una mención calumniosa contra mí —él nunca podría hacer ostentación de su virtuosismo si [3] no es enlodando vergonzosamente a algunos—, me veo obligado a desbaratar algunas de sus acusaciones y atacar con otras, para que a ese no le sean de provecho ni su habitual acritud con que ofende en las réplicas ni mi silencio, que sembraría sobre mí la sospecha de ser consciente de mi maldad; y para que tampoco vosotros, engañados por lo que dijo, toméis peores decisiones por anteponer el odio particular de aquel [2 ] contra Antonio a las cosas que convienen a la comunidad. Pues lo que pretende llevar a cabo no es otra cosa que hacernos caer de nuevo en discordias civiles, si dejamos de velar por las instituciones más sólidas del Estado. Y esto no lo hace ahora por primera vez sino desde el principio: justo desde que entró en la política ha venido poniéndolo todo patas arriba. ¿O acaso no fue ese el que enfrentó a César contra Pompeyo [2] y a Pompeyo contra César e impedía que se reconciliaran? ¿O no fue él quien os persuadió para que aprobarais aquellas resoluciones contra Antonio, con las que tanto enfureció a César 5 , y también el que persuadió a Pompeyo para que abandonara Italia y se trasladara a Macedonia 6 ? Lo cual fue de algún [3] modo la causa principal de todos los males que nos sucedieron después. ¿Y no es ese el que asesinó a Clodio sirviéndose de Milón 7 y a César sirviéndose de Bruto 8 ? ¿Y el que incitó a Catilina a la guerra contra vosotros y el que eliminó a Léntulo 9 [3 ] sin juicio? Por eso al menos yo me asombraría mucho de vosotros si, después de rectificar sobre aquellos acontecimientos y condenarlo 10 , aún vais a dejaros persuadir por quien [2] dice y hace las mismas cosas también ahora. ¿O no veis además que después de la muerte de César, cuando vuestra situación se apaciguó tantísimo gracias a Antonio —como que ni él puede negarlo—, se exilió creyendo que vuestra vida en concordia le era ajena y peligrosa, pero cuando supo que la situación de nuevo estaba agitada, mandando a paseo a su hijo [3] y a Atenas, regresó 11 ? ¿Y no es él el que ultraja e injuria a Antonio, a quien entonces decía amar, mientras se asocia con César (Octavio) 12 , a cuyo padre mató 13 ? Pero, si algún día tiene [4] ocasión, no tardará mucho en atacarlo. Pues es infiel por naturaleza, y un agitador, y no hay nada de quietud en su alma, sino que todo lo sacude y revuelve, dando más vueltas que las corrientes a donde huyó 14 , por lo que también lo llamarón “tránsfuga” 15 , en la idea de que todos vosotros llamaréis amigo o enemigo a quien él ordene.

»¡Por todo esto, tened cuidado con este hombre! Es un encantador [4 ] y un mago, y con los males ajenos se enriquece y crece —denuncia, arrastra y despedaza, como hacen los perros, a los que ninguna injusticia han cometido—; pero en situaciones de concordia general se queda sin recursos y se consume. Pues ni la amistad ni el afecto, como el que mantenemos unos con otros, puede alimentar a semejante orador. ¿Cómo, si no, creéis [2] que se ha enriquecido o cómo creéis que se ha hecho grande? Pues su padre el batanero, el que siempre traficaba con las uvas y los olivos, no le dejó ni linaje ni riqueza 16 : era un hombre que bien se daba por contento con sobrevivir con sus trapicheos y sus lavaderos, y cada día y cada noche se enfangaba en lo más [3] nauseabundo. No es sorprenderte que este, que mamó de semejante ambiente, pisotee y hunda, como pieles en un batán, a los que son mejores que él recurriendo a esa clase de injurias que se aprenden en tiendas y mentideros.

»¿Y tú, aun siendo tal, habiendo crecido desnudo entre desnudos [5 ] y recolectado cagarrutas de cabra, estiércol de cerdo y excrementos humanos, osaste, oh infame, censurar primero la juventud de Antonio, un hombre que se ha educado entre pedagogos y maestros en consonancia con la dignidad de su linaje, y acusarlo después porque, celebrando las fiestas ancestrales de las Lupercales 17 , entró desnudo en el foro 18 ? Pero dime tú, que [2] a causa del oficio de tu padre siempre has utilizado ropas ajenas, porque te quitabas las tuyas ante todo el que te salía al encuentro o te conocía, ¿qué debía hacer un hombre como Antonio que no solo era sacerdote sino jefe de su colegio sacerdotal 19 ? ¿No celebrar la fiesta, no desfilar en la procesión, no hacer los sacrificios [3] ancestrales, no desnudarse, no ungirse? “Pero no le censuro eso —dice—, sino que estuviese desnudo en el foro y que pronunciara tal discurso.” ¡Con qué exactitud ha aprendido en el batán todo lo que es conveniente o no para darse cuenta de un verdadero error y poder censurarlo justamente!

[6 ] »Más tarde yo diré todo lo conveniente en defensa de aquel comportamiento, pero ahora quiero hacerle a ese una pregunta. ¿Tú no te has alimentado, por cierto, con los males ajenos y te [2] has educado con las desgracias de los que están cerca de ti, y por eso no sabes ninguna enseñanza noble, pero has creado una especie de despacho y ahí siempre esperas clientes, como esperan las prostitutas a alguien que les dé algo, y con tus muchos delatores de los asuntos públicos urdes a tu antojo quién ha injuriado a quién, o parece haber injuriado; quién odia a [3] quién o quién conspira contra quién 20 ? Y en ellos te sustentas y por ellos te alimentas, vendiéndoles esperanzas de una suerte mejor y amañando las sentencias de los jueces; y consideras amigo solo a quien te da siempre algo más y enemigos a todos [4] los que no colaboran contigo o recurren a otro abogado, pues finges no conocer siquiera a los que ya están en tus manos —los consideras una molestia—, pero a los que de primeras se acercan a ti los recibes con muchas zalamerías y risas, como las mesoneras.

»¡Cuánto mejor sería que tú fueras Bambalión 21 , si el tal [7 ] Bambalión se llama así por tartaja, antes que abrazar una vida tal, en la que es del todo inevitable que vendas el discurso en defensa de un hombre inocente o incluso que salves a los culpables! Sin [2] embargo, tú ni si siquiera eso puedes hacerlo bien, aunque has vivido en Atenas tres años 22 . ¿En qué me baso? ¿Por qué lo digo? Porque tú eres el que entras siempre temblando a los tribunales, como si fueras a combatir en primera fila, y te retiras hablando con voz baja y mortecina, pues llegas sin recordar nada de lo que has leído en casa, incapaz de improvisar nada. Pero es que por tu [3] audacia superas a todos los hombres en decir y prometer cosas; y en los debates, aparte de injuriar y hablar mal de alguien, eres el más débil y cobarde. ¿O crees que hay alguien que desconozca que no has pronunciado ninguno de esos admirables discursos tuyos que has publicado, sino que todos ellos los has escrito después, como los que modelan de arcilla a los generales y a los jefes de la caballería? Si no te lo crees, recuerda cómo acusaste a Verres 23 : [4] te orinaste encima haciéndole una demostración de tu arte —quiero decir del aprendido de tu padre 24 —. Pero no sigo por ahí, no sea que parezca que yo, al decir con detalle lo que a ti te cuadra, haga un discurso que no se acomode a mi persona 25 .

[8 ] »Eso no lo permitiré. Y, por Júpiter 26 , recordemos a Gabinio, contra quien, después de haber manipulado incluso a los acusadores, llevaste su defensa de tal modo que fue condenado 27 ; y los libelos que compones contra tus amigos, un asunto del que eres tan consciente de obrar mal, que no te atreves a publicarlos 28 ; y, sin embargo, eso es lo más infame y lamentable: el no poder negar algo cuyo reconocimiento resulta ser lo [2] más vergonzoso de todo. Pero voy a dejar este tema y reanudaré con lo demás. Pues nosotros que, según dices, hemos regalado a nuestro maestro de retórica dos mil pletros de la tierra de Leontinos 29 , no hemos aprendido nada digno de esa cantidad; pero ¿quién no se queda admirado con tu saber? ¿Que [3] cuál es ese saber? Envidias siempre al que es mejor que tú, hechizas siempre a quien se te acerca, calumnias al que es más admirado que tú, denuncias al poderoso y odias a todos los buenos por igual, mientras finges amar solo a aquellos que [4] crees que te servirán para cometer algún delito. Por eso azuzas a los jóvenes contra los ancianos; y a los que confían en ti, aunque sea mínimamente, los conduces a posiciones peligrosas y los abandonas.

»La prueba: nunca, ni en la guerra ni en la paz, has realizado [9 ] una acción digna de un hombre insigne. ¿Qué guerras ganamos siendo tú pretor 30 ? ¿Qué región conquistamos siendo tú cónsul 31 ? Pues en tu vida privada, engañando siempre a algunos de los principales ciudadanos y apropiándotelos, gobiernas a través de ellos y gestionas todo lo que quieres; pero en la vida [2] pública gritas otras cosas, graznando aquellas palabras infames: “Yo soy el único que os ama”, y si se tercia, “y fulano también, pero todos los demás os odian”; y “Yo soy el único que piensa en vosotros, todos los demás conspiran contra vosotros”; y otras cosas por el estilo con las que a unos, alentándolos y animándolos, después los traicionas y a los demás, asustándolos, los añades a tu causa. Y aunque suceda algo bueno gracias a uno cualquiera, [3] le quitas el puesto y pones tu nombre sobre el suceso repitiendo: “Ya lo dije yo”, “Ya lo escribí yo” y “Gracias a mí los hechos han sucedido así”. Pero si ocurre algo que no debía, tú te excluyes y acusas a todos los demás diciendo: “¿Es que era [4] yo el pretor?”, “¿Era yo el embajador?”, “¿Era yo el cónsul?”. E injurias a todos en todas partes y en todo momento; y, puesto que valoras más el poder que obtienes por parecer que dices la verdad con audacia que por decir algo que es necesario, das una imagen indigna del discurso de un orador. ¿Pues qué cosa de la [10 ] comunidad se ha salvado o se ha restablecido gracias a ti? ¿A quién de los que ultrajaban realmente la ciudad has denunciado o a quién de los que realmente conspiraban contra nosotros has señalado? 32 Pero pasemos por alto los demás hechos y vayamos [2] a esos mismos hechos que ahora reprochas a Antonio, y que son tantos y tan graves que nadie podría proponer un castigo digno de ellos. ¿Por qué, si tú veías que nosotros éramos injuriados por él desde un principio, tal como tú afirmas, no te enfrentaste [3] a él desde el primer momento ni lo acusaste, y por qué nos dices ahora cuántas ilegalidades cometió mientras fue tribuno 33 y cuántos delitos mientras fue jefe de la caballería 34 y cuántas maldades mientras fue cónsul, cuando entonces te era posible recibir de inmediato la justa satisfacción por cada uno de los delitos? Así tú te habrías mostrado como un verdadero patriota y nosotros habríamos aplicado para dichas injusticias un castigo [4] ineludible y sin correr riesgos. Porque es forzoso una de estas dos cosas: o bien tú, a pesar de estar convencido entonces de que las cosas eran así, te has desentendido de entablar pleitos para defendemos o bien, no pudiendo probar nada, denuncias ahora en vano.

[11 ] »Que esto es así, senadores, os lo demostraré haciendo un examen punto por punto. “Durante su tribunado, Antonio hablaba en defensa de César”, dice. Pues también Cicerón y algunos otros lo hacían en defensa de Pompeyo: ¿por qué, entonces, le censura que eligiese la amistad de César, pero es indulgente consigo mismo y con los demás que eligieron el bando contrario? “En algunas ocasiones, Antonio impidió que entonces se [2] votara contra César.” Pero también ese impedía todo, por así decir, cuanto se promulgaba en defensa de César. “Antonio era un obstáculo —dice— frente a la voluntad unánime del Senado.” En primer lugar, ¿cómo un solo hombre pudo tener tanta fuerza? Y después, si es verdad que fue condenado por este motivo, según él afirma, ¿cómo es que no fue castigado? “Porque huyó —dice—, huyó a refugiarse con César escapando de la [3] ciudad.” Pues bien, también tú, Cicerón, has obrado igual: esta vez no fue un simple cambio de domicilio, sino que huiste, igual que hiciste antes 35 . Pero no eches tan a la ligera sobre todos nosotros tus propias vergüenzas. Pues huir es precisamente lo que has hecho, por temor a los tribunales y por conocer de antemano cuál sería tu condena. Y, claro, fue decretado tu regreso. [4] ¿Cómo y por obra de quién? No lo digo 36 . Pero, en efecto, se publicó ese decreto, y tú no volviste a Italia hasta que te fue concedido el regreso. Antonio, al contrario, partió junto a César, pero para informarle de lo que había sucedido, y después regresó sin solicitar ningún decreto, y finalmente la paz y la [5] amistad que César le ofreció la extendió a todos los que entonces se encontraban en Italia. Y los demás habrían podido participar de ellas si no hubieran huido convencidos por ti 37 .

»¿Y aun siendo los hechos así te atreves a decir que empujó [12 ] a César contra la patria, promovió una guerra civil y fue el principal causante de los males que a consecuencia de ella cayeron sobre nosotros? No fue él, sino tú, el que diste a Pompeyo legiones que no le correspondían y el mando, mientras intentabas privar a César de las que se le habían concedido; tú, el que [2] aconsejaste a Pompeyo y a los cónsules no acceder a ninguna de las propuestas de César y abandonar la ciudad y toda Italia; tú, el que ni siquiera viste a César entrar en Roma, pues habías huido a Macedonia para estar junto a Pompeyo. Pero tampoco [3] cooperaste en nada con este, sino que, observando con indiferencia los acontecimientos, lo abandonaste más tarde, cuando la suerte se volvió contra él. Así, ni le ayudaste al principio, cuando supuestamente estaba obrando de la forma más justa, ni tampoco después, cuando promovió la sedición y perturbó el orden social, sino que entonces espiabas a ambos desde una posición [4] segura. Pero, en cuanto Pompeyo fracasó, te apartaste de él inmediatamente, como si hubiera cometido algo injusto, y te pusiste del lado del vencedor, como si fuera más justo. Y así, además de otros muchos defectos, también eres un desagradecido, hasta el punto de no reconocerle que fuiste salvado por él 38 , sino que te indignas incluso por no haber sido nombrado maestro de la caballería.

[13 ] »¿Y aun sabiendo tú que eso es así te atreves a decir que Antonio no debía ser jefe de la caballería por un año entero? Entonces tampoco César debería haber sido dictador por un año entero 39 . Pero acertada u obligadamente sucedió así, y ambas cosas fueron votadas por igual y nos parecieron bien a nosotros [2] y al pueblo. A ellos pues, Cicerón, repróchaselo, si votaron algo ilegal; pero no, por Júpiter, a quienes fueron honrados por ellos, pues simplemente se mostraron dignos de recibir tan gran honor. Porque si nosotros, desbordados por los acontecimientos de entonces, nos vimos obligados a hacer esas mismas cosas, incluso en contra de lo conveniente, ¿por qué ahora culpas a Antonio de eso, pero no dijiste nada contra él entonces, aunque podías? ¡Porque tenías miedo, por Júpiter! ¿Y tú, que callaste [3] entonces, pretendes comprensión para tu cobardía, pero ese, porque fue honrado por encima de ti, deberá recibir un castigo por su virtud? ¿Dónde has aprendido esa idea de justicia o dónde has leído esas leyes?

»“Pero no actuó rectamente durante su etapa de jefe de la [14 ] caballería.’’¿Por qué? “Porque compró —dice— los bienes de Pompeyo 40 .” ¡Cuántos otros compraron otras tantas cosas y nadie les pide cuentas! Pues es por ese procedimiento como se confiscan las propiedades: se sacan al mercado y son pregonadas por la voz de un heraldo del Estado, para que cualquiera las compre. “Pero no tenía que haber comprado las posesiones de [2] Pompeyo.” Entonces fuimos nosotros quienes cometimos una falta y obramos mal al ponerlas a la venta. A menos que, para que nadie nos eche la culpa a ti o a nosotros, fuera César quien delinquió de lleno al ordenar que se hiciese así; al cual, por cierto, no le hiciste ningún reproche. Pero es en lo que sigue [3] donde se hace evidente que Cicerón está totalmente loco. Y es que ha acusado a Antonio de dos cosas de lo más contradictorias. Una, porque dice que, habiendo colaborado con César en muchísimos asuntos y recibido por eso enormes recompensas de aquel, después se le tuviera que reclamar por la fuerza el valor de las mismas. La otra, porque dice que, puesto que no [4] heredó nada de su padre y, además, todo cuanto tenía lo devoró como Caribdis 41 (siempre nos trae referencias de Sicilia, para que no se nos olvide que estuvo exiliado allí), no llegó a pagar el valor de lo que compró.

[15 ] »En estas acusaciones, al decir cosas tan contradictorias, nuestro admirable orador se refuta a sí mismo. ¡Pero, por Júpiter, también en las demás acusaciones! Porque unas veces dice que Antonio colaboró en todo lo que hacía César y que por ello es el máximo responsable de todos los males patrios; pero otras veces, afeándole su cobardía, le reprocha que no participara en [2] nada salvo en lo que llevó a cabo en Tesalia 42 . Otro ejemplo: lo acusa diciendo que trajo a algunos de los que estaban en el exilio y, por otro lado, le censura que no concediera el regreso también a su tío 43 , como si alguien creyera que, de haber podido traer a cualquiera, no habría hecho regresar a aquel el primero, porque ni Antonio tenía ninguna queja contra su tío ni este contra [3] Antonio, como ese sabe muy bien. Por supuesto que ha hecho muchas y temerarias acusaciones contra él, pero no se atrevió a decir nada semejante. En definitiva, no le importa en absoluto soltar, como escupitajo 44 , todo lo que le viene a la lengua.

[16 ] »¿Para qué seguir más lejos con este asunto? Pero cuando ese pasea declamando como en una tragedia, y ahora habló así al afirmar que Antonio ofrecía la cara más negativa del maestro de la caballería por recurrir en todo lugar y con cualquier pretexto a la espada, a la púrpura, a los lictores y a los soldados, que me diga claramente en qué 45 fuimos víctimas de estas cosas 46 . Pero él nada puede decir, porque si pudiera, es lo primero [2] que habría contado. Pues muy al contrario, los que se rebelaron entonces y cometieron toda clases de tropelías eran Trebelio y Dolabela 47 , mientras que Antonio, incluso en aquellos momentos, no cometió ningún delito y hacía todo en vuestro favor, de modo que la guardia de la ciudad que vosotros le habíais confiado la volvió contra aquellos, sin que se opusiera ese admirable orador (pues estaba presente); es más, incluso con su consentimiento. O que señale qué palabra salió de su boca cuando vio el [3] desenfreno y la barbarie, como él mismo censura, para no hacer nada de lo que había que hacer, aunque había recibido de vosotros tanta autoridad. No podría señalar ninguna. Así es ese gran orador y amante de la ciudad, que en todo lugar y a todas horas va con la misma cantinela diciendo: “Yo soy el único que lucho [4] por vuestra libertad, yo soy el único que hablo abiertamente en defensa de vuestra democracia; ni el favor de los amigos ni el miedo de los enemigos me aparta de mirar por vuestro interés; yo, si he de morir por los discursos que pronuncio en vuestra defensa, moriré con sumo agrado”. Ni una sola palabra de las que ahora grita se atrevió a decir entonces. Pero es muy natural. [5] Pues le ocurría que encontraba razonable aquel comportamiento: Antonio recurría a los lictores y al vestido bordado con púrpura 48 de acuerdo con las costumbres ancestrales sobre los maestros de la caballería, mientras que la espada y los soldados los utilizaba contra los rebeldes en casos de necesidad. ¿Qué fechoría entre las más terribles no habrían cometido aquellos, si Antonio no les hubiera hablado con esa protección, cuando incluso así algunos lo despreciaban?

[17 ] »Que, en efecto, esas prácticas y todas las demás se realizaron de un modo correcto y siguiendo el estricto criterio de César, lo demuestran los hechos. Pues la sedición no fue más allá, y Antonio no solo no rindió cuentas por esos actos, sino que [2] después de aquello fue designado cónsul 49 . Y, por favor, observad cómo ejerció ese poder; pues encontraréis que su mandato, si lo examináis detalladamente, fue muy apreciado por la ciudad. Y sabiendo eso Cicerón no controló su envidia, sino que se atrevió a calumniarlo por las mismas acciones de las que se [3] habría ufanado de haberlas hecho él. Por eso ha traído aquí lo de la desnudez, lo del ungüento y aquellos antiguos mitos 50 , no porque hoy necesitara mencionarlo, sino para ensombrecer con [4] su charlatanería el ingenio y el éxito de Antonio. Fue Antonio el que, ¡oh, tierra y dioses! (voy a clamar más alto que tú 51 y voy a invocarlos con más justicia), viendo que la ciudad, de hecho, ya estaba tiranizada —puesto que todas las legiones obedecían a César—, y que todo el pueblo junto con el Senado se le sometía, [5] hasta el punto de votar, entre otros acuerdos, que fuese dictador de por vida 52 y que usara el ropaje de los reyes 53 , fue él quien se lo reprobó de la manera más inteligente y lo contuvo con la mayor firmeza, hasta que, haciéndole sentir vergüenza y temor, César rechazó el título de rey y la diadema que él, en contra de nuestra voluntad, se iba a otorgar a sí mismo. Cualquier [6] otro habría dicho que fue César quien le ordenó hacer aquellas cosas y habría pretextado obediencia debida y solicitado el perdón con esa excusa: ¿cómo no, cuando nosotros votábamos tales acuerdos y los soldados ostentaban tanto poder? Pero Antonio, puesto que estaba familiarizado con el modo [7] de pensar de César y conocía al detalle todo cuanto se iba a llevar a cabo, lo apartó de aquellas pretensiones de la forma más sensata hasta disuadirlo totalmente. Y la prueba es que César ya [8] no hizo absolutamente nada como un monarca; es más, se relacionaba con todos nosotros en público y sin guardia personal: ese fue el principal motivo por el que pudo acabar como acabó.

»Eso, Cicerón o Ciceroncito o Ciceroncín o Ciceroncillo o [18 ] Grieguecito 54 , o como te guste llamarte, es lo que hizo el que carecía de cultura e iba desnudo y perfumado. Nada de lo cual [2] has hecho tú, el experto, el sabio, el que consumes mucho más aceite que vino 55 , el que dejas que la toga te caiga hasta los tobillos 56 ; pero no, por Júpiter, como los bailarines, que te enseñan una gran variedad de pensamientos con sus posturas, sino para ocultar la ridiculez de tus piernas. Pues no haces esto por [3] recato, tú, que hasta la saciedad has hablado sobre el modo de vida de Antonio. ¿Quién no ve los delicados mantos que llevas? ¿Quién no huele tus canas repeinadas? ¿Quién no sabe que repudiaste a tu primera mujer 57 , que te dio dos hijos, y, siendo ya viejísimo, tomaste a otra 58 , que era una adolescente, para pagar [4] tus préstamos? Sin embargo, tampoco retuviste a esta, para poder tener así segura a Cerelia 59 , con la que cometiste adulterio —aunque era tan vieja que te llevaba más años que tú a la joven aquella con la que te casaste— y a la que escribes unas cartas como las que podría escribir un hombre rijoso y deslenguado [5] atraído por una mujer septuagenaria. Por lo demás, fui arrastrado a decir todo esto, senadores, para que tampoco él salga con menos daño que yo en tales temas. Sin embargo, se atrevió a censurar a Antonio por cierto banquete mientras él, según dice, solo bebe agua, para pasar la noche escribiendo los discursos contra nosotros; pero cría a su hijo con tal cantidad de alcohol, [6] que no está cuerdo ni de noche ni de día. Además comenzó a calumniar la boca de Antonio, cuando él ha utilizado a lo largo de toda la vida tal libertinaje y sordidez, que ni siquiera excluyó a los parientes, sino que prostituyó a su mujer y mantuvo relaciones con su hija.

[19 ] »Pero dejaré estos asuntos para volver al punto donde me aparté del discurso. Pues Antonio, aquel contra el que ese se ha lanzado, viendo a César alzarse sobre nuestra república, consiguió que no hiciera nada de lo que se proponía, y para ello recurrió [2] a aquellas cosas que parecían agradar más a César. Pues nada disuade tanto a quienes por desear alcanzar el éxito actúan de forma incorrecta, como que aquellos que temen sufrir esas [3] desgracias hagan creer que desean soportarlas. En efecto, los poderosos, conscientes de las injusticias que cometen, son desconfiados y, si creen que han quedado en evidencia, se avergüenzan y tienen miedo, y entonces interpretan lo que se les dice con un sentido diferente: lo dicho en tono crítico lo toman como adulación y, cuando se les dice con pudor las consecuencias que puedan tener estas cosas, sospechan de una conspiración. Pero Antonio, que sabía esto perfectamente, optó primero [4] por participar en las Lupercales y en aquella procesión, para asegurarse que César, libre de todo prejuicio en el ambiente festivo de aquellos actos, volviera a la sensatez; y después por ir así hasta el foro y a la tribuna de oradores 60 , para que César sintiera vergüenza ante aquellos lugares. Y canalizó los mandatos [5] que le llegaban del pueblo, para que César al oírlos razonara no que todos ellos eran cosas que decía entonces Antonio, sino que era lo que el pueblo romano habría encargado decir a alguien. ¿Cómo iba a creer César que el pueblo romano le habría encargado a alguien decir tales cosas, cuando ni sabía que el pueblo hubiera votado nada en tal sentido ni habían llegado a sus oídos gritos pidiéndolas 61 ? En efecto, era necesario que César [6] oyera esos mandatos del pueblo en el foro romano, en donde muchas veces habíamos adoptado muchas decisiones en defensa de la libertad; y en la tribuna de oradores, desde donde en innumerables ocasiones hicimos surgir innumerables iniciativas en defensa de la democracia; y en la procesión de las Lupercales, para que se acordara de Rómulo 62 ; y de labios del cónsul, para que tuviera en mente las acciones de los antiguos cónsules; y en nombre del pueblo, para que tuviera presente en su ánimo [7] que intentaba ser tirano no de africanos, galos o egipcios, sino de los propios romanos. Esas palabras de Antonio lo disuadieron y lo volvieron más humilde. Pues se habría puesto muy pronto la diadema, si cualquier otro se la hubiera ofrecido; pero desde entonces aquellos hechos lo dejaron conmocionado, estremecido, atemorizado.

[8] »Ahí tienes las obras de Antonio. Él en modo alguno puso el pie en un barco para huir, ni se quemó la mano por temor a Porsena, sino que puso fin a la tiranía de César con sabiduría y [20 ] pericia, superando la lanza de Decio y la espada de Bruto 63 . Pero tú, Cicerón, en tu consulado, ¿qué cosa hiciste que se pueda considerar sabia o buena, y no digna del mayor castigo? Y a nuestra ciudad, que estaba tranquila y en armonía, ¿no la soliviantaste y sublevaste llenando el foro y el Capitolio entre otras [2] gentes también con esclavos que llamaste para tu servicio? Y a Catilina, solo por aspirar a cargos públicos, pero que ninguna otra cosa terrible había hecho, ¿no lo eliminaste de mala manera? Y a Léntulo y sus seguidores, que ni habían cometido injusticia alguna, ni fueron juzgados ni se confesaron culpables, ¿no los aniquilaste de un modo lamentable, aunque, eso sí, tú en muchas ocasiones y en muchos lugares no has dejado de parlotear sobre leyes y tribunales? Pero si alguien quitara de tus discursos [3] esas disertaciones jurídicas, nada queda. Pues a Pompeyo lo acusabas porque hizo un juicio a Milón en contra de las normas establecidas; pero tú no aplicaste a Léntulo nada, ni grande ni pequeño, de lo que hay legislado para estos casos, sino que arrojaste a Léntulo a la cárcel, un hombre respetable y anciano que desde sus antepasados había dado muchas y grandes pruebas de su amor a la patria, y que por su edad y actitudes era totalmente incapaz de tramar nada. Pues, ¿qué mal padecía que [4] habría sanado con el cambio de la situación política? ¿O cuál de los bienes que tenía no corría el riesgo de perderlo si se implicaba en una conspiración? ¿Qué armas había acumulado o cuántos aliados tenía dispuestos para que un hombre, que había sido cónsul y entonces era pretor, y que ni pudo hablar para defenderse ni oír de qué se le acusaba, cayera en la cárcel de forma tan lamentable e impía y allí se consumiera como el peor de los malhechores? Pues así fue como lo deseó precisamente [5] ese bello Tulio, para matar en el lugar de su mismo nombre 64 al nieto de aquel Léntulo que una vez fue príncipe del Senado 65 . [21 ] Y, sin embargo, ¿qué habría hecho él entonces si hubiera dispuesto de un poder armado, él, que ha llevado a cabo tales y tan graves atrocidades con solo sus discursos? Estos son tus ilustres éxitos; esos, tus grandes hazañas militares. Con ellos alcanzaste tanta gloria, que no solo fuiste condenado por los demás, sino que tú votaste contra ti mismo, de modo que marchaste al exilio antes incluso de ser juzgado 66 . Sin embargo, ¿qué otra prueba [2] mayor de tu perfidia que el hecho de que estuvieras a punto de perecer a manos de aquellos mismos en cuyo beneficio pretextabas haber actuado así y de que, de entre ellos, temieras a aquellos mismos de los que decías haber sido su benefactor y de que no esperaras ni a oír una palabra de ellos ni a decirles una palabra, tú, el genio, el entendido, el que ayudaba a los demás, pero que encontraste la salvación en la huida, como si escaparas [3] de una batalla? Y eres tan desvergonzado, que te pusiste a escribir una obra 67 acerca de estos hechos que son de tanta gravedad, cuando era necesario que suplicaras que ninguno de los otros escribiera nada sobre aquellos hechos, a fin de conseguir una cosa: que se perdieran contigo todas las cosas hechas por ti y no dejaras ningún recuerdo de ellas a las generaciones venideras. [4] Y para que también riáis, oíd cuál es su sabiduría. Pues habiéndose propuesto escribir todo lo que ha sucedido en Roma (porque él se presenta como sofista, poeta, filósofo, orador e historiador), comenzó no a partir de la fundación de la ciudad, como han hecho los demás historiadores, sino a partir de su consulado, para, avanzando hacia atrás, hacer que sea su consulado el comienzo de esa historia y el final, el reinado de Rómulo.

[22 ] »Di entonces, tú que escribes tales cosas pero haces esas otras, ¿cuáles son las que un hombre bueno debe decir en la tribuna y hacer de hecho? Pues tú eres mejor exhortando a los otros para cualquier cosa que haciendo lo que se debe, y eres [2] mejor censurando a los otros que corrigiéndote a ti mismo. Sin embargo, ¡cuánto mejor sería que tú, en vez de la cobardía que le reprochas a Antonio, te desprendieras de tu molicie de alma y de cuerpo y, en vez de la deslealtad que le echas en cara, no hicieras nada desleal ni desertaras y, en vez de la ingratitud de que lo acusas, no cometieras injusticias con tus benefactores! [3] Pues, en efecto, todos los vicios connaturales en él 68 se resumen en este solo: que de todos odia especialmente a quienes le han hecho algún beneficio, y a los otros siempre los halaga, pero al mismo tiempo conspira contra ellos. Para dejar lo demás, solo diré que a pesar de haber obtenido la compasión de César y, gracias a él, haberse salvado e inscrito entre los patricios 69 , lo mató, no por propia mano (¿cómo, siendo cobarde y mujeril?) sino convenciendo y sobornando a los que lo hicieron. Y que esto que digo es verdad, os lo mostrarán aquellos mismos: [4] cuando entraron corriendo en el foro con las espadas desenvainadas, lo llamaron una y otra vez por su nombre diciendo “¡Cicerón!”, como todos oísteis 70 . Él, en efecto, mató a aquel que [5] era su benefactor, César; y de él, de Antonio, habiendo recibido el sacerdocio y la salvación (cuando a punto estuvo de perecer en Brindis 71 a manos de los soldados 72 ), le devuelve casualmente tales favores acusándolo de aquello que ni él ni nadie le reprochó nunca y recurriendo a imputaciones que alababa en otros. Y en cuanto al César actual (Octavio), aunque no tenía [6] edad 73 para desempeñar cargos ni para gestionar ningún asunto político ni había sido elegido antes por nosotros, viendo que conseguía una fuerza armada y que se ponía al frente de una guerra sin que lo hubiéramos votado ni se la hubiéramos encomendado, ¡no solo no le pide cuentas, sino que lo alaba! Así, ni [7] busca lo que es junto de acuerdo con las leyes ni lo que conviene atendiendo al bien común, sino que todo lo realiza a su capricho: por los mismos hechos glorifica a unos y denuncia a [23 ] otros, acusándoos falsamente y calumniándoos. Pues todo lo que ha hecho Antonio después de la muerte de César encontraréis que ha sido ordenado por vosotros. Y en lo referente a la administración del dinero y a la interpretación de los documentos [2] de César 74 creo que huelga hablar de ello. ¿Por qué? Porque, primero, sería entrometerse en lo que corresponde a quien ha heredado la hacienda de César y, segundo, si es que hay algo de verdad respecto a una fraudulenta interpretación del testamento, entonces es necesario impedirlo al instante. Pues ninguna cosa, Cicerón, se hizo bajo cuerda, sino que todo se escribió en [3] estelas, como tú mismo reconoces 75 . Pero si aquel delinquió tan clara y desvergonzadamente como dices y se apoderó de toda Creta porque supuestamente, según los escritos de César, debía quedar libre tras el mandato de Bruto 76 (y dices que Bruto recibió de nosotros ese mandato después de la muerte de César), ¿cómo tú habrías podido callar o cómo cualquier otro podría [4] haberlo soportado? Pero todo esto, como dije, lo dejaré a un lado. Pues la mayoría de esas acusaciones se han formulado sin dar nombres y Antonio, que es el único que puede explicaros cada una de las cosas que ha hecho, no está presente, Y en cuanto a Macedonia, la Galia y las demás provincias y legiones ahí están vuestros decretos, senadores, según los cuales a cada uno le encargasteis una provincia, y a Antonio le confiasteis la Galia con los soldados. Y esto también lo sabe Cicerón; pues estaba presente, y todas las demás decisiones habían sido votadas [5] igualmente por vosotros. Sin embargo, ¡cuánto mejor habría sido oponerse entonces —si alguna de esas cosas no se hacía de un modo conveniente— y revelarnos lo que ahora propone, que callar en aquel instante, dejando que entonces os equivocarais, y ahora denunciar de palabra a Antonio pero de hecho acusar al Senado!

»Pues de ninguna manera podría decir esto alguien sensato: [24 ] que Antonio os forzó a votar esas medidas; porque tampoco él tenía ninguna fuerza como para obligaros a hacer algo en contra de vuestra opinión, y además su proceder ha sido siempre en defensa de la ciudad. Y, puesto que las legiones habían sido [2] enviadas por delante y estaban agrupadas y, además, había miedo de que estas, al enterarse de la muerte de César, se sublevaran y, eligiendo a algún irresponsable, de nuevo entraran en guerra, a vosotros os pareció lo mejor —y actuabais recta y acertadamente— poner a Antonio al mando de las legiones, pues era el cónsul, el que os había guiado a la concordia y el que había extirpado la dictadura de nuestro sistema político. Por eso [3] le disteis la Galia en vez de Macedonia, para que, estando entonces en Italia 77 , no llegara a cometer ningún desliz y cumpliera al punto lo que le habíais ordenado.

»A vosotros os dije esto para que supierais que habéis deliberado [25 ] correctamente. Y en cuanto a Cicerón me bastaría con destacar los siguientes puntos: que cuando sucedieron todos esos hechos él estaba presente y votó con nosotros esas decisiones, y que Antonio ni tenía ningún soldado ni en absoluto podía amenazarnos con algo espantoso, lo cual podría habernos impedido tomar alguna decisión conveniente. Pero si entonces callaste, [2] dime ahora, ¿qué teníamos que haber hecho nosotros si las cosas estaban así? ¿Dejar las legiones sin mando? ¿Cómo no iban a causar innumerables males en Macedonia y en Italia? ¿Poníamos al frente a algún otro? Pero ¿a qué otro habríamos encontrado [3] más idóneo y adecuado que Antonio, que era el cónsul, el que dirigía todos los asuntos de la ciudad, el que tanto vigilaba nuestra concordia, el que daba innumerables muestras de buena voluntad [4] para con la comunidad? ¿O elegíamos a uno de los asesinos? Por lo demás, ni siquiera para ellos era seguro vivir en Roma. ¿Elegíamos a alguno de los que estaban en el bando contrario de estos 78 ? Todos sospechaban de esos otros. Y, aparte de Antonio, ¿quién había más digno o quién sobresalía en experienda? [5] Pero tú estás indignado porque no te elegimos. Pero ¿qué cargo desempeñas ahora? ¿Qué cosa no te habrías atrevido a hacer con armas y soldados, tú, que perturbaste tanto y hasta tal punto la ciudad bajo tu consulado con esas antítesis a las que [26 ] recurres, lo único en lo que eres un maestro consumado? Pero vuelvo sobre lo mismo: que también estabas presente en esos momentos, cuando se tomaron aquellas decisiones, y nada dijiste en contra, sino que estuviste de acuerdo con todas ellas por ser evidente que eran las mejores y además necesarias. Y en modo alguno estabas falto de libertad de expresión, pues mucho ladras [2] en vano. Tampoco temías a nadie. ¿Cómo podrías temer a uno desnudo, tú, que no temes a un hombre armado? ¿Cómo podrías temer a un hombre solo, tú, que no temes al que tiene tantos soldados 79 ? Porque al menos tú te vanaglorias de esto, de que, según dices, desprecias la muerte 80 .

[3] »Estando así las cosas, ¿quién os parece que actuaba más injustamente, Antonio, que dosificaba los poderes que le fueron concedidos por vosotros, o César (Octavio), que se rodeaba de tanta fuerza propia 81 ? ¿Antonio, que ha partido para hacerse cargo del poder que le ha sido encomendado por nosotros, o (Décimo) Bruto 82 , impidiéndole llegar a la región 83 ? ¿Antonio, que [4] quiere obligar a nuestros aliados a cumplir nuestros decretos, o los aliados, que no reciben al gobernador que les hemos enviado, pero acogen a quien ha sido apartado por vuestros decretos? ¿Antonio, que mantuvo juntos a nuestros soldados, o los [5] soldados, que abandonaron a su jefe 84 ? ¿Antonio, que no dejó entrar en Roma a ninguno de los soldados que le fueron entregados por nosotros, o César (Octavio), que trajo hasta aquí mediante soborno a soldados que eran antiguos veteranos? Yo creo [6] que no se necesitan más palabras para demostrar que Antonio ha llevado a cabo rectamente todo lo que le hemos ordenado, mientras que esos deben ser castigados por lo que se atrevieron a hacer por iniciativa propia. Por eso os hicisteis proteger con los [7] soldados, para deliberar con seguridad sobre la situación del momento, no por causa de Antonio, porque pudiera hacer algo en su provecho u os provocara temor por algo, sino por causa de aquel 85 que ha reunido una fuerza contra Antonio y en muchas ocasiones mantiene muchos soldados en la propia Roma.

»Estas cosas las dije, en efecto, a causa de Cicerón, pues él [27 ] empezó al pronunciar ante vosotros un discurso injusto; porque yo de ninguna manera soy pendenciero como ese ni me cuido de entrometerme en los males ajenos, como ese se vanagloria siempre de hacer. Pues lo que a vosotros os exhorto, que no es ni por complacer a Antonio ni por calumniar a César (Octavio) o a (Décimo) Bruto, sino deliberando en defensa de lo que conviene a la comunidad, sea lo que sea, ahora ya lo voy a explicar. [2] Afirmo que ni hay que considerar enemigo a ninguno de aquellos que han tomado las armas, ni tampoco hay que hacer una investigación escrupulosa sobre qué han hecho o cómo han actuado. Pues tampoco el momento presente es adecuado para esto siendo todos ellos ciudadanos nuestros por igual: si alguno de ellos cayera en desgracia, se perderá para nosotros, y, si [3] triunfa, se levantará contra nosotros. Por eso, en efecto, creo que es necesario tratarlos patriota y amistosamente y enviarles a todos por igual mensajeros que les ordenen deponer las armas y ponerse a nuestra disposición tanto ellos como sus legiones; y que por el momento no declaremos la guerra contra ninguno de ellos, sino que, según las respuestas que nos den, elogiemos a quienes acepten obedecer estas órdenes que les enviamos y [4] hagamos la guerra a los que desobedezcan. Pues lo justo y conveniente para nosotros es no apresurarse ni hacer nada precipitadamente, sino aguardar y, después de haberles dado a estos y a sus soldados una oportunidad para cambiar su forma de pensar, entonces sí, si fuera necesaria la guerra, ordenarles a los cónsules que la lleven adelante.

[28 ] »Y a ti. Cicerón, te exhorto a no tener un ánimo mujeril, a no imitar a Bambalión 86 y a no provocar guerras ni, a causa de tu particular enemistad con Antonio, por llevarla al terreno público, [2] a poner en peligro toda la ciudad. Actuarás bien si te reconcilias con aquel con quien en muchas ocasiones mantuviste relaciones de amistad. Pero si mantienes sentimientos irreconciliables hacia él, evítanos esa decepción y, puesto que has sido el causante de que exista esa amistad entre nosotros, no la rompas; por el contrario, recuerda aquel día y aquel discurso que [3] pronunciaste en el recinto sagrado de la diosa Tierra 87 , y aprovéchate de esa Concordia 88 con la que ahora estamos deliberando para no volver a proferir aquellas calumnias, pronunciadas no desde una intención recta sino guiado por algún otro interés. Pues esto conviene a la ciudad y esto te aportará la mayor [4] gloria. Y no creas que mantener tu animosidad te da fama y seguridad, ni digas que desprecias la muerte ni confíes en que te elogiarán por eso. Pues de tales hombres todos sospechan y [5] los odian, en la idea de que se atreverían a cualquier disparate por demencia. Sin embargo, a los que ven que tienen en la mayor estima su propia salvación, los alaban y elogian en la idea de que voluntariamente no hacen nada que los lleve a la muerte. Si tú, en efecto, quieres salvar la patria, ¡di y haz cosas tales con [6] las que te salves tú mismo y no, por Júpiter, con las que nos destruirás a todos!».

Cuando Caleno terminó de decir tales cosas, Cicerón no lo [29 ] soportó nada bien, pues siempre utilizaba contra todos por igual un lenguaje directo y desmedido; pero no consideraba digno que los demás emplearan con él esa misma libertad de lenguaje 89 . Entonces Cicerón, dejando el análisis de la situación política, se instaló en la injuria contra Caleno, de modo que aquel día transcurrió totalmente en vano a causa de este incidente. Pero [2] durante el siguiente día y el tercero se pronunciaron muchos y diferentes discursos por ambos bandos, imponiéndose los partidarios de César (Octavio). Así, se aprobó por votación lo siguiente: por una parte, que se erigiera una estatua al propio César (Octavio) y que se le admitiera en las deliberaciones del Senado entre los que ya habían sido cuestores 90 ; que pudiera presentarse a las demás magistraturas diez años antes de lo dispuesto [3] por la ley, y que tomara de la ciudad el dinero que había gastado en soldados, pues los había equipado a su costa en defensa de la ciudad. Por otro lado, se aprobó que a los soldados, tanto a los suyos como a los que habían abandonado a Antonio 91 , se les impidiera entrar en ninguna otra guerra y que [4] se les dieran tierras de inmediato, y que se enviase a Antonio una embajada para ordenarle que dejara las legiones y la Galia y se dirigiera a Macedonia. A los que luchaban junto a él les avisaron de que debían regresar a sus ciudades dentro de un plazo fijado, o saber que se les pondría en el bando de los enemigos de Roma; y, más aún, a los senadores que habían sido nombrados por Antonio gobernadores de provincias los destituyeron [5] y resolvieron enviar otros en su lugar. Fueron entonces ratificadas estas medidas; pero no mucho después, incluso antes de que se conociera la opinión de Antonio, votaron que la situación era de desorden general 92 y se despojaron de las ropas de senador 93 y ordenaron a los cónsules y a César (Octavio) —a este otorgándole una especie de mando de general 94 — dirigir la guerra contra Antonio. Y ordenaron a Lépido 95 y a Lucio Munacio [6] Planco 96 , a la sazón gobernador de una parte de la Galia Transalpina, que los ayudaran.

Así los senadores le dieron a Antonio, que por lo demás deseaba [30 ] la guerra, un pretexto para la enemistad. Cogió con agrado los decretos y al punto llenó de injurias a los embajadores, porque no lo habían tratado ni rectamente ni igual que al muchacho, refiriéndose a César (Octavio). En respuesta envió a otros embajadores, [2] para que recayera sobre los senadores la responsabilidad de la guerra, y exigió a su vez algunas cosas que le hacían quedar bien, pero que resultaban imposibles de cumplir para César (Octavio) y para los demás que se habían puesto del lado de este. Pues Antonio no iba a hacer nada de lo que se le ordenaba; [3] pero, sabiendo bien que tampoco los senadores llevarían a cabo ninguna de sus peticiones, prometía lógicamente que iba a cumplir todas las resoluciones de aquellos, para así, aun cumpliendo su parte, tener un escape, mientras que la actitud de la parte contraria, al ser rehusadas las condiciones que pidió, pasaba a ser la [4] causa primera de la guerra. Decía, en efecto, que iba a abandonar la Galia y a despedir las legiones, si concedían a esas legiones lo mismo que votaron para las de César (Octavio) y elegían como cónsules a Casio 97 y a Marco Bruto. Exigió esto para ganarse a los dos, con objeto de que no guardaran resentimiento contra él por todo lo que había hecho contra Décimo 98 , que estaba implicado en la conjuración de aquellos.

[31 ] Antonio prometía esto sabiendo claramente que no se cumpliría ninguna de las dos condiciones. Pues César (Octavio) nunca consentiría que los asesinos de su padre 99