Historias de viajante - Héctor Sánchez - E-Book

Historias de viajante E-Book

Héctor Sánchez

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Beschreibung

Estas historias aquí relatadas, verídicas y por momentos sorprendentes, parecerán una ficción, pero los trasladarán al pasado, a hechos ocurridos en el país, pero con mucha vigencia en diferentes aspectos de lo que es hoy es nuestra actualidad. Cuentan cómo eran los pueblos, las ciudades, su gente, las rutas y la tecnología. Para los jóvenes será como trasladarse a la época de sus padres y, para los mayores, como refrescarles en su memoria algunos vehículos antiguos, caminos diferentes o distintos productos para la venta que hoy solo se podrían encontrar en algún depósito de alguna vivienda o como adornos. Aquí podrán leer cómo, de la nada, te puedes encontrar trabajando en una gran empresa y cómo se devoraban caminos en busca de clientes. Se mezcla el trabajo, las ventas y la diversión. Seguramente serán sorprendidos con un relato de algún barrio rojo de una ciudad o algunos atentados y desapariciones en los años setenta. Mucho de lo vivido por el autor en las rutas, en los pueblos y con clientes es aquí contado en 15 capítulos con la misma pasión y realismo como ocurrió, historias que los sorprenderán repetidamente.

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Seitenzahl: 203

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Sánchez, Héctor Hugo

Historias de viajante / Héctor Hugo Sánchez. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

166 p. ; 22 x 14 cm.

ISBN 978-987-817-050-3

1. Memoria Autobiográfica. 2. Relatos. I. Título.

CDD 808.8035

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Sánchez, Héctor Hugo

© 2022. Tinta Libre Ediciones

Historias de viajante

Héctor Sánchez

Agradecimientos

A mi padre, por todos los ejemplos en la vida y en lo comercial durante todos los años que me acompañó.

A Oscar León, por la confianza de elegirme a mis 17 años para desempeñar mi primer puesto de viajante.

A Agustín Tronca, por ser el cliente de quien más aprendí en mis años como vendedor en la calle. Y por su calidad humana.

A Fernando Gay, por el tiempo y paciencia que me dedicó para que pueda concretar el sueño de escribir mi libro.

A todos mis clientes, que con sus compras me permitieron vivir y crecer económicamente.

Índice

Agradecimientos Pág. 7

Prólogo Pág. 11

Ampliando zona en el lugar equivocado Pág. 15No todo fue siempre genial Pág. 23Buenos recuerdos Pág. 33Mito o realidad Pág. 43La zona que más disfrutaba Pág. 53Final de etapa y preocupación Pág. 63Buenos y malos momentos Pág. 73Los cambios con el paso del tiempo Pág. 85Fue como correr con el caballo del comisario Pág. 95La leyenda viviente Pág. 107Todo tiene moraleja Pág. 121Viajantes de casualidad Pág. 131El final era inexorable Pág. 141Los años 70: mi memoria Pág. 151Lo que me dejó la vida en la calle Pág. 159

Prólogo

Con tiempo y cuidándome en casa durante la larga cuarentena por el Covid19, me dediqué a escribir muchas horas cada día.

En estas páginas están ordenados mis recuerdos. Muestran el avance del tiempo desde principio hasta el fin de mi vida como viajante, entre mis 18 y mis 33 años.

El libro está dividido en capítulos. Estos no llevan un orden cronológico estricto, por lo que no es necesario leerlo de manera correlativa para entenderlo, aunque sí sugiero hacerlo.

Algunos temas puntuales hacen referencia a las ventajas que tuve viniendo de una familia de comerciantes del rubro. Otros, expresan cómo eran algunos clientes que dejaron huella en mí.

También hay historias de las que mucho se habla sobre quienes desarrollan esta actividad, referidas a aventuras, novias y sexo.

Cada capítulo cuenta relatos cortos, basados en anécdotas de mis años como vendedor. Como también, los vehículos en los que me movilizaba, y los caminos y pueblos que recorrí.

Nombro algunos clientes, colegas y empresas con las que me vinculé en ese tiempo. También, algunas tragedias que me tocó presenciar.

Todo lo relatado presenta hechos reales, así como los nombres de personas, lugares y fechas que menciono. No se trata de una ficción, ni de un relato exagerado en algunas situaciones. Todo está contado tal como sucedió, desde mi perspectiva, aunque algunas puedan no parecer reales.

Desde hacía mucho tiempo quería escribir Historias de viajante, y lo concreté treinta años después de haber dejado las ventas en la calle. Es decir que está íntegramente escrito y contado por un apasionado vendedor. Eso fui en mi vida, muy lejos de pretender ser un escritor. Las letras son lo más flojo en mi formación. Lo mío siempre fue el comercio y los viajes.

Pude haber escrito el libro a través de alguien con mayor calidad literaria. Pero quise que llegaran mis historias tal cual las viví, y sin ningún cambio que pudiera modificar mi forma de expresarlas.

Aquí encontrarán mucho de lo que está guardado en mi memoria. Algunas circunstancias o eventos ocurridos entre agosto de 1974, que fue el primer contacto en Cosquín cuando vinieron en busca de un viajante, y 1990. Aunque puede haber algún comentario posterior.

No recurrí a apuntes y nunca tomé escritos. Solo una tarjeta de aviso de visita de la primera empresa donde me inicié; la que, con sus 104 años a mi ingreso, tuvo mucho para enseñarme.

Creo que este libro ya es un documento histórico, porque relata algo que forma parte del pasado, y hoy ya no existe. Cuenta cómo eran algunos caminos y rutas en épocas anteriores. También, las formas de comercializar antes de que comenzaran los cambios tecnológicos, entre varios recuerdos.

Mi guía para mencionar las fechas con precisión fue el modelo de auto o camioneta en el que me desplazaba en el momento de cada historia. Eso me permitió describir con certeza lo que les cuento.

Por eso quise dejar escritas tantas aventuras y hechos que acontecieron durante mis años de viajante. Muchas de estas fueron contadas en reuniones con amigos o familiares, pero mi interés es que lleguen a más personas, y que estos sucesos no se pierdan con el tiempo.

Héctor Sánchez

1

Ampliando zona en el lugar equivocado

Llevaba más de ocho meses trabajando de viajante de bazar y ferretería, en una zona asignada muy limitada. Era media provincia de Córdoba, la mitad más pobre trazando una línea entre Villa María y Río Cuarto hacia el Norte; pero excluyendo estas y Córdoba Capital.

En ese tiempo, me di cuenta de que solo recibía reclamos de mis clientes por la demora en los envíos; ya que, desde que tomaba los pedidos, los enviaba los sábados por correo expreso certificado, y llegaba la carta a Bs. As. Era cada nota de pedido controlada, habilitada por contaduría, y verificando que el cliente no tuviera deudas vencidas. Eran entregadas para preparar en el depósito, donde, tras unos días en espera, ingresara alguna mercadería faltante, para ser enviadas de la manera más completa posible.

Eran despachados por el transporte solicitado, en muchos casos era por camión o por ferrocarril. Ahí quedaba hasta la salida del siguiente tren. Luego llegaba a destino y era entregada en el domicilio del comercio al fin.

Por lo general, pasaba demasiado tiempo hasta la llegada del pedido. Entonces, yo llegaba nuevamente a venderle al cliente, y me encontraba los cajones de madera con la mercadería a la vista, recién recibida. Así, les daba la excusa perfecta a algunos encargados de compra, vagos ellos, para no atenderme ni comprarme nuevamente, argumentando que recién recibían el pedido. Entonces me despedían rápidamente, o peor aún, los más eficientes me retaban por la demora en el despacho, y por haberse perdido la oportunidad de vender los productos comprados hacía tiempo...

Me decían:

“¿Qué hace acá de nuevo? ¡Si recién llega el pedido! No lo alcancé a marcar, ¿y ya viene a cobrarme? ¡No es así la cosa, pibe!”.

Lo peor era que tenían razón en sus quejas. Algo tenía que hacer para encontrar alguna solución, porque perdía ventas, recibía reclamos y retos.

La semana que me pasaba en la Capital, al terminar la ronda, no era suficiente. Así pasaban más días para alargar la gira y que llegaran los pedidos, aunque estaba descubriendo un mundo desconocido apasionante comparado con la vida en mi pueblo. Eran cenas en restaurantes famosos, teatros, cabarés, consejos de viajantes experimentados, o ir a comer, con compañeros de la empresa, una Paty, que no sabía que era una marca de hamburguesas.

Todo esto era nuevo para mí y era genial a mis 18 años, pero, con los gastos a mi cargo, resultaba muy oneroso. Además, en esos días de despilfarro, no producía ventas que generaran las comisiones de mis ingresos.

Entonces, salí a buscar nuevas zonas dentro de los límites marcados. Ya había conseguido que me agregaran las provincias de La Rioja y Catamarca, que me sumaron una semana de trabajo para extender la vuelta.

En un mapa de rutas, que había comprado en una Esso, estudiaba las áreas que me llevaban dos semanas recorrerlas, para agregar más pueblos en el itinerario, y que me permitieran extender otra semana en ese sector. Así logré, sin necesidad de perder una semana en Buenos Aires al final de cada gira, visitar a los compradores cada dos meses, lo que era más razonable para dar tiempo a la recepción del pedido anterior.

Comenzaron los fríos en mayo de 1975, y ya había alargado la gira dos semanas más. Iniciaba mi segunda visita a esos pueblos y clientes nuevos, con la incógnita de saber si volverían a comprar como lo habían hecho el viaje anterior, si me pagarían, si estarían presentes quienes firmaban los cheques; la incertidumbre que genera lo desconocido.

Previsor como siempre, teniendo en cuenta que debería recorrer caminos inhóspitos la semana siguiente, que la batería ya estaba débil, y que el frío comenzaba a hacerse sentir, puse un nuevo acumulador, como llamaban en esa época a las baterías.

El lunes salí a las 3:00 de la mañana con destino a San Francisco. La vieja y gran ferretería Godino abría a las 7 de la mañana y a esa hora ya estaba en la puerta; esperando para ser el primer viajante en ser atendido. Antes de eso, ya había reservado hotel y desayunado. Los días siguientes visité Freyre, Porteña, Brinkmann, y Morteros.

Ese miércoles, en Altos de Chipión, cerca de las siete de la tarde, me presenté por segunda vez a visitar el viejo “ramos generales” del pueblo. Su dueño, además de acopiador de cereales, era el Intendente.

El encargado de compras, al verme, me recibió con cara de fastidio, ya que faltaban solo 40 minutos para la hora de cierre, y me dijo:

—Es medio tarde para que lo atienda.

Teniendo en cuenta lo pequeño y mediocre del pueblo, suponiendo no habría ni un hospedaje, le pregunté:

—¿Hay hotel acá?

—¡Sí! —me contestó enfáticamente.

A lo que le respondí, para comprometerlo a una buena compra:

—Ah, entonces no hay problema. Hago noche aquí y me atiende mañana temprano. ¿Dónde queda el hotel? —pregunté.

—En la terminal —me contestó don Pérez, esbozando una sonrisa de tranquilidad. Lucía su tradicional delantal celeste de almacenero y tenía el lápiz en la oreja derecha.

Pasé por la oficina a cobrar. Me pagaron rápidamente, en la condición a 60 días de fecha de factura, con el 5% de descuento.

Aproveché para charlar un momento con el dueño, y hacerle ver lo importante que era la empresa para la que trabajaba, que hacía 104 años que estaba en el país; cosa que, cuando me vaya, le diera instrucciones a su empleado para que me comprara bastante. Esas charlas con los dueños me dieron buenos resultados en muchos casos, cuando el encargado de compras no tenía demasiado interés en realizar bien su trabajo, o tenía preferencias por viajantes, viejos amigos que lo atendían desde hacía años.

Salí por el patio, ya que don Pérez había cerrado las puertas a horario, no sea que entrara alguien a último momento a comprar.

Averigüé dónde era la terminal y salí pensando cómo podía ser que, en mi anterior viaje, no había visto ni la terminal ni el hotel, que estaban en la ruta. Llegué a la esquina indicada, y la terminal era un parador a la orilla de la vereda, en la puerta del hotel, que en realidad era solo un bar a la vista.

Entré, saludé, y pedí una habitación. Cuando amagué a ir a buscar la valija, la chica que me atendía, me dijo:

“Si va a comer algo, cene primero, porque ya pasó el colectivo y cerramos enseguida”.

No eran ni las nueve de la noche, pero igualmente me senté a la mesa y pedí vino blanco. Me sorprendió trayendo una botella de Toro, de litro, empezada; sacó el bolígrafo del bolsillo del delantal y marcó en la etiqueta hasta dónde estaba el nivel, así sabía cuánto cobrar según lo que tomara. Comí un fiambre surtido muy rico, con sesos a la vinagreta, pollo y vizcacha en escabeche; también una milanesa, y de postre, un flan casero.

La joven poco simpática, paliducha, de patillas largas, se acercó a la mesa, me explicó por dónde entrar la furgoneta Renault 4F, y me indicó:

“Le dejo la puerta de la habitación abierta, con la luz prendida. El baño está enfrente y mañana no habrá agua caliente”.

Con todas las indicaciones, guardé el auto y bajé las cosas. La única habitación con la luz prendida era enorme, con puerta alta doble hoja, que se cerraba con una tranca por dentro. El colchón estaba enrollado; las sábanas, en una mesa para que me hiciera la cama. El baño… ¡era un excusado!

Solo mi inexperiencia y la palabra de ir a venderle al otro día a don Pérez, hicieron que me quedara allí. Pero lo peor fue a la mañana siguiente. Cuando, temprano, quise poner en marcha la Renoleta, falló la batería nueva; estaba muerta. Tuve que hacer tres o cuatro intentos, empujando solo hacia el exterior, con pendiente en subida, hasta que logré sacarla a la calle y, sobre el pavimento, hacerla arrancar.

Sin pérdida de tiempo y con el motor en marcha, desayuné, pagué, y fui temprano al encuentro con don Pérez. Pasó media mañana hasta que terminó de atenderme. La insignificante compra que me hizo, al 3% de comisión, no servía ni para pagar el económico pernoctar de la noche previa en el pueblo. Nunca pasé el pedido, para no volver jamás allí.

Ese jueves a la noche, dormí en el Hotel Torino, de Balnearia. Había llegado desde Villa Fontana, circulando por unos guadales, y el polvo que entraba me envolvía dentro del habitáculo. En un momento, cuando la visibilidad se había vuelto prácticamente a cero, decidí parar totalmente. Unos segundos después, al disiparse un poco la tierra, me sobresalté, ya que, a un metro más adelante, vi las tenues luces de un camión jaula, detenido en medio del camino. A veces pareciera que tenemos un Dios aparte.

Llegué y me tiré en la cama, esperando que se desocupara alguno de los baños, para darme una ducha. Miré la hora y me preocupé, ya que veía turbio, aunque me sentía físicamente bien. No estaba mareado, como supuse en un primer momento, solo mi reloj se había llenado de tierra en esos polvaderales recorridos.

Al amanecer del viernes, desayuné, y al retirarme, en la cochera me encontré con alguien que me resultaba conocido. Andaba en un Peugeot 504, si mal no recuerdo. Aunque soy poco fisonomista, el señor tenía algunas señas particulares que lo diferenciaban, como sus brazos y manos con pecas. Era el ingeniero Pensa, el padre de un excompañero. Estaba haciendo un trabajo en la zona, según me contó en una breve charla, ya que se estaba yendo apurado.

Fueron dos días en los que, al retirarme de cada negocio, tuve que pedirle a cada cliente que me ayudara a poner en marcha el auto empujándolo, igual que en los hoteles, restaurantes y estaciones de servicio.

Fue una semana floja en ventas; demasiados kilómetros y mucho gasto. Pero la semana siguiente vendría, seguramente, la revancha. Iría a La Rioja y Catamarca: malas rutas, pero buenos pedidos y ganancias casi aseguradas. A pesar de que en cada viaje se rompía un parabrisas o una cubierta, los percances siempre estaban compensados con creces.

Con referencias previas pensaba, en esa oportunidad, visitar por primera vez la importante ciudad de Chilecito, donde había ferreterías grandes, y el muy recomendado supermercado California, de los mismos dueños de la bodega Nacarí.

Salí como siempre, el lunes de madrugada, y trabajé hasta media tarde en Chamical. A la vista del siempre nevado Famatina, llegué a Chilecito al comenzar la noche. No conseguí habitación en ninguno de los hoteles recomendados por viajantes amigos, ni en otros caros o baratos; entonces fui al ACA a cargar combustible y pedir información. Ante la realidad, le hice caso al playero, quien me sugirió que primero comiera algo, y después buscara alojamiento en El Pejerrey, el hospedaje por horas, frente a la plaza; que les preguntara cuánto me cobrarían la noche, como viajante que era. Así lo hice. El precio, como siempre, en el norte era caro para mi presupuesto habitual.

El albergue era modesto, sin baño privado. Pregunté si tenía cochera, y me indicó que lo pusiera en la galería al lado del arroyo, entrando por la otra cuadra, a la vueltita nomás.

Hizo calor durante el día y la noche estaba muy fría. Ya me habían cobrado por adelantado. Guardé la Renoleta, entré a la pieza, puse el portafolio y la valija sobre la mesa, y fui al baño; al salir, se cortó la luz. Cansado, sin nada con qué alumbrarme, abrí la cama, me acosté, y encontré las sábanas heladas; parecían húmedas. Al otro día, al despertar, salí de la cama, y con sorpresa y desagrado, vi que había dormido sobre un gran charco de sangre.

No había, en el telo, a quién putear o reclamar. Así que me bañé, me vestí, y dejé una nota con la queja. Partí para La Rioja sin ver a ningún cliente, con la idea de no volver nunca más a Chilecito. Aunque regresé muchos años después en bicicleta, para acompañar a ganar una apuesta a mi amigo y compañero de salidas.

2

No todo fue siempre genial

Después de muchos años diciendo que debía escribir un libro con mis historias de viajante, finalmente me decidí. Estábamos en plena pandemia del Covid19. El año 2020 parecía complicarse cada día más. Comenzamos a tener reuniones virtuales por Zoom; una nueva tecnología, al menos para mí.

Por idea de mi amigo y compañero del secundario, Pepe Estévez, comenzamos las reuniones literarias de los martes, en las que participamos algunos entusiastas de la lectura, y otros como en mi caso, que no nos dedicamos a leer.

En un principio, decidí formar parte por solidaridad y por acompañar a los amigos en plena cuarentena. En respetuoso silencio, escuchaba los cuentos cortos que leían. Después, con gran interés, fui dando alguna opinión en cada videoconferencia de lecturas.

Ya había leído mi primer cuento, que gentilmente Pepe seleccionó para mí, y luego me propuse redactar algo sobre mis experiencias de viajante. Después de leerles a mis amigos el primer relato escrito por mí, y con muchas ideas ya en borrador, decidí seguir con más capítulos. Algunos compañeros hicieron comentarios de mi memoria para recordar con detalles esas cosas que habían ocurrido 45 años atrás. Comencé a recordar algunos eventos; otros posiblemente los escribiré con más detalles en próximos episodios.

Salí temprano en la 4F un lunes de enero de 1975, durante el festival de folclore de Cosquín. A los pocos kilómetros, por culpa del otro, pero por falta de experiencia para tomar decisiones en fracciones de segundos, choqué a bajísima velocidad a un Fiat 1500 que paró de golpe, tras arrancar cuando el semáforo dio luz verde. Me bajé; estaba lloviendo. Al ver a primera vista que el otro vehículo no tenía nada roto, me tranquilicé. Pero mi Renoleta se había metido debajo del paragolpes, y todo el frente quedó destruido. No entraban las marchas primera y tercera. Esa fue una semana perdida.

El lunes siguiente, salí a recorrer la ruta 19 en colectivo. Ahí descubrí la solidaridad de los viajantes. Algunos me llevaron en su auto hasta el siguiente pueblo. No nos conocíamos, jamás nos habíamos visto; perdían su tiempo esperándome, y eso que éramos competencia; vendíamos productos similares para distintas empresas. Tengo un gran recuerdo en particular, del representante de la fábrica de bulones Luna Hnos. Mientras me llevaba, me dio datos precisos sobre comercios a visitar, que ni se me hubiera ocurrido que existían y resultaron ser muy buenos clientes, en pueblos que ni había escuchado nombrar, como La Tordilla.

Me llevó tiempo conocer dónde ir a comer saludablemente. Uno finalmente aprende a no confiarse, solo porque hay mucha gente siempre en algún lugar, o se come muy rico. Una vez me equivoqué de puerta en un comedor en Colonia Caroya. En vez de abrir la que daba a los baños, abrí la de la cocina. Vi un gato caminando sobre la mesa, pisando la harina entre los ravioles que estaban cortando. Las cacerolas estaban cubiertas con grasa, parecía que hacía meses que no las lavaban. El desorden lucía en primer plano.

Fue un gran error ir a primera hora a los restaurantes. En junio del 75, después de ver ese viernes al último cliente en Río Tercero, fui muy temprano a almorzar a la parrilla La Blanca. Fue una gran equivocación: al momento que me senté, me trajeron unos chinchulines. Pensé que era raro que ya estuvieran hechos; seguramente eran sobras de la noche anterior.

Fui un rato al balneario a dormir a la siesta, bajo la sombra de los árboles. Luego me dirigí a Tancacha, donde había dos cooperativas de ramos generales, una en cada sector del pueblo. Mientras esperaba que abriera la más pequeña, comencé a sentirme tan mal, que decidí volver a Cosquín sin ver a los cuatro clientes que tenía allí.

Recuerdo que la autopista estaba en construcción, y antes de llegar a Carlos Paz, se tomaba un desvío asfaltado muy sinuoso en bajada, que terminaba en el cruce de la casa de los Raies (los que se dedicaban al automovilismo), y el camino de las cien curvas. A esa altura, conducía fuera de control; supongo que producto de la intoxicación que tenía. Casi me pasé de largo en dos curvas, me fui fuera del camino varias veces, hasta que llegué a casa esa tarde.

Era bastante segura la vida en esa época, aunque cada tanto, en las noticias, se escuchaba que algún viajante había sido encontrado muerto. Sin embargo, trataba de ser solidario. Acostumbraba a llevar siempre gente a dedo, cosa que no hice más en algún momento, de manera terminante. A los primeros que dejé de levantar fue a los policías. Muchos eran prepotentes, iban armados, sabían que en el portafolios habría cobranzas, y en algunos lugares eran coimeros. Estaban pendientes de qué te podían sacar, o cómo molestarte con algo. Exigían balizas de diferentes tipos. Yo llevaba fósforos de seguridad y de los comunes, e infinidad de cosas para evitar tener un problema. Cuando, tras diez minutos, constataban que estaba todo en orden, te decían: “¿Me va a dejar unos pesos para la yerba?”. Nunca más cargué a un cana en el auto.

Una vez en Punta de los Llanos, La Rioja, la policía me detuvo solo para que llevara a una mujer embarazada. Era una noche muy fría, y tuve que ir con el vidrio abierto para poder respirar. Limpié el tapizado plástico de la camioneta varias veces, pero no le podía sacar el olor desagradable que había dejado. Entonces, comencé a llevar la valija sobre el asiento a mi lado, para que vean que no había lugar a donde llevar a nadie.

En 1980, después de Navidad, fui a Buenos Aires, como acostumbraba esa última semana. Estaba cargando nafta en Marcos Juárez, y se me acercó una jovencita de unos 18 años. Me preguntó a dónde iba, y si la podía llevar hasta San Nicolás, lo que hice. Me contó que venía a dedo desde Tucumán, donde había pasado unos días con su abuela.

Era de bajos recursos y escaso nivel cultural, pero agradable en su conversación. Me contó cosas del viaje, por ejemplo que ahí se había tenido que bajar con la excusa de precisar baño, por las insinuaciones que le había hecho el camionero que la traía. Me quedé pensando si lo decía como una advertencia hacia mí, para evitar se repitieran las insinuaciones que le había hecho el camionero, o como una provocación, por la forma de hacerme el comentario.

Me harté con su conducta. No menos de 10 veces, tuve que cambiar la radio para seguir escuchando lo que yo quería, y me cambiaba nuevamente de estación. La camioneta era flamante, y repetidamente me ponía los pies con los zapatos llenos de arena sobre la guantera. Su equipaje era muy simple y modesto, como el barrio y la casa donde la dejé en su ciudad. Realmente, se me fueron las ideas y las ganas de pasar quizá un par de días con ella, si me daba la oportunidad, cuando volviera a Córdoba.

A los últimos que dejé de levantar a dedo fue a los soldados, ya que varios me contaron que eran desertores. Uno me dijo que se había escapado, ya que lo iban a pasar a la cárcel, porque era testigo de Jehová y se negaba a cantar el Himno, respetar a la Bandera, etcétera.

Por miedo y para evitar venganza, levanté, en dos o tres oportunidades, a un conocido delincuente de Cosquín. Una de las veces fue en el Tropezón, una tarde que salió de la cárcel. Otra vez cargué en el paredón a otro de los notables ladrones, quien había sido compañero de la primaria. Recuerdo que fue el año que no funcionaron las compuertas del Dique San Roque, el vertedero no era suficiente con tantas crecientes de los ríos, y Carlos Paz se inundó como nunca.