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Dicen que cuando el frío llega a los bosques, todos tienden a enloquecer. Aún más cuando el dragón despierta de su largo sueño y las puertas a un místico bosque vuelven a abrirse. También dicen que es nuestro derecho forjar nuestro propio destino, pero ¿qué pasaría si el destino nos forjara a nosotros como a una espada reluciente lista para la batalla? Y los bosques, guardianes de historias, albergan a personajes que se encuentran sin siquiera buscarse. Así sucederá con la historia de una elfa y un brujo, que juntos emprenderán un viaje donde experimentarán el dolor, la fuerza, la amistad y el amor. Sin embargo, existe un pasado que los une y persigue junto a los peligros que acechan al anochecer. Reúnanse junto al fuego y que el viaje comience. ¡Pero cuidado! Que los animales buscan refugiarse en fuegos ajenos.
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Seitenzahl: 106
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Moyano, Florencia Tamara
Historias del bosque / Florencia Tamara Moyano. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.
102 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-747-5
1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Novelas Fantásticas. I. Título.
CDD A863.9283
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Moyano, Florencia Tamara
© 2021. Tinta Libre Ediciones
Para mi familia, ustedes son mi corazón, mi risa y alegría.
Historias del bosque
Florencia Moyano
·1·
Cabellos dorados, ojos de cuervo
El filo del hacha cayó fuertemente sobre un tronco, partiéndolo en dos. Unas manos suaves y manchadas de verde dejaron caer el mango de madera a un costado. Pero, antes de recoger los leños, la mujer levantó su mirada hacia las gotas de lluvia que cayeron impacientes sobre su rostro, mezclándose con el sudor de su frente. El vaho se escapó de sus labios rosas y ella se quedó ahí parada, dejando que la lluvia la limpiara. Cuando se propuso recoger la madera ya empapada y caminar de regreso a su cabaña, un gran cuervo voló por encima de su cabeza, graznando fuertemente. El pájaro negro se posó sobre las raíces sobresalientes de un árbol y batió sus alas para que la mujer se acercara.
—¿Averiguaste lo que te pedí? —le preguntó Morrigan al ave con una pizca de curiosidad y miedo.
El cuervo volvió a graznar en respuesta y voló hasta el brazo extendido de Morrigan.
—¿Entonces es verdad lo que vi en las llamas? —le volvió a preguntar la mujer.
Morrigan sacó del bolsillo de su capa un par de semillas para su magnífico pájaro.
—Supongo que en algún momento tenía que pasar.
El cuervo comió las semillas de la palma de la bruja antes de volar, perdiéndose entre los árboles y la tormenta. Morrigan quedó pensativa ante el mensaje del cuervo, por lo que antes de seguir su camino, agarró el hacha y se la llevó con ella.
La brisa helada de la mañana trajo consigo el olor a hierbas húmedas, a tierra mojada. La bruja caminó tranquila por el pequeño valle. Cruzó los adoquines ocultos por el césped seco, pasó el circulo de pinos hasta llegar a un camino de lavandas que resistirían a la nieve y las heladas del invierno.
Más allá de un pequeño río se encontraba su casa. Era un lugar al que las aves y animales silvestres se atrevían a visitar. Morrigan se dedicaba a curar heridas entre frascos junto a cremas florales, rodeada de velas aromatizadas, al lado de una chimenea encendida debajo de ramas secas de romero y tomillo. También vendía sus propios productos artesanales. El favorito del valle era el ungüento de canela y miel.
Al momento de llegar a su casa, se encontró tiritando de frío. Se sacó las botas embarradas y las colocó junto a la puerta. Se quitó la ropa húmeda y caminó desnuda hasta la chimenea para secarse el cuerpo con el calor del fuego. Se colocó un vestido nuevo. El olor a eucalipto refrescó el aire y sintió que podría dormir durante tres días.
—Voy a prepararte una tisana antes de que te enfermes —dijo Luneska al mismo tiempo que se retiraba la capucha del rostro al entrar a la cabaña y dejaba a la vista unas llamativas orejas puntiagudas.
La tetera aún estaba caliente cuando la tocó.
—Veo que por fin has despertado, tenía miedo de que lo onírico fuera más fuerte que la realidad —dijo su tía y sonrió.
La bruja dejó una canasta llena de hierbas sobre la mesada de la cocina.
—No recuerdo haber soñado —manifestó Luneska—. Mi mente es como un firmamento de estrellas, está llena de pequeñas luces en una inmensa oscuridad.
La elfa caminó hacia la cocina para preparar el almuerzo y la tisana a Morrigan.
—Un viaje por los bosques aclara la niebla de cualquier mente y alivia el corazón más oprimido —declaró la bruja al leer la borra de té de la taza de su sobrina, que reposaba sobre el lavaplatos—. Los peligros constantes te despiertan, el día a día te guía a nuevas formas de sentir la vida, los caminos guían a brazos nuevos y un nuevo amor rompe lo conocido volviendo al origen.
—¿Por esa razón te levantaste tan temprano? —preguntó Luneska sin prestarle atención a la predicción de su tía.
—Necesitaba pensar.
Una tisana de manzanilla y anís la esperaba humeante en la mesa al lado de un ramillete de flores, junto a unas galletas de limón en forma de hojas otoñales. Morrigan se tomó la infusión y comió un par de galletas. Luego se dio un baño caliente con sal y esparció las flores en el agua. Se enderezó con cuidado en la bañera y notó que los cortes en su espalda habían cicatrizado bastante bien. En su cabzeza aún daba vueltas la noticia del cuervo. El dragón había despertado y con él las antiguas puertas.
Durante el almuerzo reinó el silencio, aunque cómodo. Luneska presintió que su tía estaba más callada que de costumbre. No se imaginaba qué podía ser lo que pasaba por su mente, qué la tenía tan ocupada en sus pensamientos. La elfa tomó un considerable trago de vino y se animó a preguntar:
—Tía, ¿te molesta que aún viva bajo tu techo?
—Querida Luna, si por mí fuera te pediría que vivieras conmigo hasta que sea una anciana y te enseñaría todo lo que sé sobre el arte de las plantas, así un día podrías reemplazarme —dijo Morrigan al tomar las manos de su sobrina entre las de ella—. Pero, sería egoísta de mi parte, porque es tu derecho forjar tu propio destino.
—No sabría por dónde empezar —expresó Luneska su desconcierto—. ¿Qué querés decir?
—Por un bosque —dijo Morrigan con tintes de nostalgia, mirando a su sobrina con el amor de una madre—. Anoche el fuego me reveló un mensaje que confirmé esta mañana. El dragón ha despertado en las montañas heladas y ahora las puertas se han abierto al bosque de los elfos.
—¿Eso significa que puedo conocer la tierra de mis antepasados? —preguntó su sobrina sintiendo cada palabra.
—La confianza es un regalo, al igual que un consejo o un silencio amable —Su tía se levantó de la mesa, caminó hasta la chimenea, tiró unas ramas de romero y se calentó las manos—. Entiendo si querés ir, pero la puerta solo estará abierta hasta el próximo equinoccio de primavera. También voy a entender si preferís quedarte a vivir ahí.
Luneska se levantó y abrazó a su tía. La elfa estaba sin palabras ante la honestidad de Morrigan. Ella tenía razón, tenía que tomar una decisión, pero lo haría cuando llegara el momento. Ambas sabían que el encierro no era cosa de pájaros ni de ellas.
—Si mal no recuerdo, un elfo puede llevar a un invitado —mencionó Luneska esperando que su tía aceptara su invitación.
—Lo sé, pequeña —dijo Morrigan agradecida—. Podría pedirle a Mäni que te lleve hasta la posada más cercana. Le hice unas mermeladas riquísimas con las frutas que nos trajo, supongo que no le molestaría un favor más.
—Debería partir mañana —sugirió la elfa un poco decepcionada—. El invierno está a nuestras puertas.
—Así será, voy ahora mismo a lo de Mäni, nos vemos al atardecer —dijo Morrigan al mismo tiempo que se abrigaba con su capa de lana—. Esta noche hay luna llena, haremos un hechizo de protección.
Morrigan miró el fuego que consumía la madera antes de irse y recordó un poderoso hechizo que podía utilizar, el Lumina.
Atardeció. Los últimos destellos de luz desaparecieron junto a los animales que se ocultaron en sus madrigueras. Los pájaros se posaron en los árboles y su canto quedó en silencio al lado de un bosque que se fue durmiendo de a poco mientras llegaba la noche. Pero no sería una noche cualquiera, esa era noche de luna llena y todas sus criaturas estaban despiertas.
Así lo hicieron. Cuando el sol se ocultó, la bruja le imitó con su cabeza oculta en el interior de la capucha de su capa negra. En las sombras de la noche, junto a Luneska, dejó atrás las luces cálidas de la casa. La luminosidad de la luna resplandeció en el cielo oscuro y nublado, iluminando la tierra.
Un círculo de fuego formado por velas destelló en un suelo de hojas secas. Flores blancas fueron ofrendadas, salvia fue quemada y los brazos se extendieron hacia el cielo. Luneska, vestida de plateado, colocó un búho de madera en el centro del círculo. La figura tallada la representaba a ella y al viaje que estaba a punto de emprender. Morrigan le susurró gentilmente unas palabras a una antorcha y esta se encendió sin dudar. Les pidió ayuda a los espíritus del bosque, a la luna y recitó el siguiente canto:
La diosa de la luna está aullando, todos los lobos aúllan con ella, y yo aúllo también.
En la luz del fuego,en la sombra de la noche,con mis ancestros detrás.
Del útero de la tierra,renazco, canto y bailo,debajo del manto sagrado.
Madre del cielo,protégenos con tu luz,que amorosa eres tú.
Las llamas, los cuerpos y los árboles danzaron toda la noche. La madrugada oscura fue helada y una pequeña llovizna se hizo presente. El búho se consumió por completo en el fuego. Ahora era Luneska quien llevaba dentro suyo aquel elemento. Aquello la hizo sentir cansada, aunque absolutamente libre.
Las pisadas en el barro desaparecieron una vez que Morrigan y Luneska se alejaron de ellas. Antes de llegar a la casa, Luneska notó que un venado la miraba desde lejos, escondido entre los arbustos. Cuando el animal captó la atención de la elfa, este se fue caminando despacio, perdiéndose entre la densidad de la niebla. Luneska se asustó cuando sintió el roce de la mano de su tía en su hombro.
—¿Estás bien? —le preguntó Morrigan.
—Sí, pensé escuchar el caballo de Mäni.
La elfa mintió. Temía arrepentirse sobre su decisión de irse tan pronto.
—Ese viejo se ha demorado, esperemos que los caminos aún sean transitables con este clima.
—¿Creés que me reuniré con otros elfos?
—Elfos, sátiros, gnomos, hadas… —dijo su tía—. Muchas criaturas, buenas y malas, amables y crueles. Tenés que ser desconfiada y guiarte por tu intuición. El portal no es ningún secreto, hay muchos que van a querer aprovecharse de un elfo o una elfa para entrar. Incluso si no los invitás, van a tratar de persuadirte u obligarte. No temas en usar tu poder.
—¿Incluso si llego a matar? —preguntó Luneska y deseó no tener que hacerlo.
—Si es necesario, sí —respondió Morrigan cortando un poco de pan fresco.
Luneska no alcanzó a quitarse la capa mojada cuando un par de golpes se escucharon en la puerta. La elfa miró a su tía con sorpresa, no había escuchado algún caballo acercarse o siquiera algunos pasos a pie. Cuando Luneska abrió la puerta, se encontró con un venado, el mismo que había visto unos minutos antes. Este entró sin invitación, a paso lento, como si observara el interior de la cabaña. Morrigan no soltó el cuchillo y miró con terror a la criatura.
—Luna… corré —dijo su tía en voz baja, sin apartar de su vista al imponente animal.
—¡¿Qué?! No voy a hacer eso… —dijo Luneska sin saber qué hacer. Pensó en usar su nuevo poder, pero temía que pudiera incendiar la casa y a su tía con ella.
—¡VENTIS! —gritó Morrigan empujando a la elfa hacia afuera de la casa con una fuerza parecida al viento. Luego, intentó acuchillar al venado. Pero este fue rápido y esquivó el golpe.
El venado se paró en dos patas y una leve luz envolvió sus cuernos. Morrigan se detuvo en medio de un conjuro cuando quedó envuelta por aquella luz. Inmovilizada, notó una sombra que se movía por detrás del animal. Luneska susurró las palabras: “prontus ets litt” y las astas de la temible criatura comenzaron a arder.
El animal se sacudió ferozmente, se golpeó contra los muebles y, a su vez, prendió en llamas la cabaña de madera. Morrigan salió de su embrujo respirando con dificultad. Luneska no tardó en llegar a su lado y la ayudó a salir hacia el campo. Un humo negro cubrió la casa, mientras que el olor a carne quemada inundó el lugar.
La bruja se recostó en el pasto, miró hacia el cielo nublado y sonrió ante el olor de las flores. Apoyó su mano en su estómago al darse cuenta de la humedad que la cubría. Al levantarla se percató de la sangre que pintó su mano de rojo. Cerró los ojos y los sonidos de la naturaleza la acompañaron en su eterno sueño encantado.
