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Una escritura amena y ágil nos convoca al más variado recorrido literario. La autora nos presenta un mosaico de relatos biográficos, de dramas y pasiones amorosas, expresados en forma de cuento y poesía. Sus cuentos describen con mucha creatividad, sentimiento y emoción, las experiencias de vida de seres reales e imaginados. Pero no se queda allí, e incursiona además en el género policial y situaciones pensadas desde la ciencia ficción. Las historias, ricas en descripciones y metáforas, nos provocan un cúmulo de sentimientos y emociones encontrados. De este modo, invita a involucrarnos en su particular mirada sobre aquellas situaciones trágicas y cómicas que padecen o disfrutan los personajes que habitan sus cuentos. Cada una de sus hermosas poesías nos habla de los pequeños y grandes placeres de la vida familiar, el amor y la amistad. Evoca, con coloridas pinceladas, los paisajes donde transcurren su juventud y madurez. Incluso medita sobre la realidad social, la religión y el fin de la existencia. En síntesis, esta obra es una invitación a la reflexión sobre la vida misma.
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Seitenzahl: 175
Veröffentlichungsjahr: 2020
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Ponce, Norma Electra
Hojas de otoño / Norma Electra Ponce. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2020.
220 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-546-4
1. Literatura Argentina. 2. Cuentos. 3. Narrativa. I. Título.
CDD A860
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2020. Norma Ponce de Conti
© 2020. Tinta Libre Ediciones
Hojas de otoño
Norma Ponce de Conti
Breves palabrasa los lectores
No me considero una intelectual, sí una persona sensible. Siempre me gustó leer, desde la infancia, y a muy corta edad me convertí en una devoradora de libros y los preferí a otras distracciones. Hoy estoy agradecida a esos autores que me cautivaron y dejaron una profunda huella en mi vida. Lo mío podría considerarse enriquecimiento ilícito porque de todos ellos me quedó algo: emociones, sensaciones, fragancias, imágenes… fue algo así como incorporar semillas al espíritu de las que luego nacerían flores. Pero estas no serían producto solamente de aquellas semillas, sino también de la tierra donde germinaron y que las ha nutrido, esto es de las lecciones de vida que coadyuvaron.
Pienso que todos los autores estamos embarcados en una misma y única gran obra: despertar en los lectores lo que ellos no pueden o no se animan a expresar, aportar a sus vidas una cuota de espiritualidad, hacerles ver que lo que parece negro puede ser blanco o de cualquier otro color, depende del momento o las circunstancias y que la vida está por sobre las tribulaciones cotidianas.
La vida fluye y si no la disfrutamos en la medida en que podemos, se nos va. No hace falta más que abrir los ojos y estar atentos.
No hay mejor receta para ser felices que hacer feliz a alguien más. ¿Qué hicimos hoy por otra persona? esto deberíamos preguntarnos cada noche antes de descansar. Puede ser dar algo material, ropa, alimento, todo sirve. Pero también sirve dar pan al espíritu, escribir para que alguien piense, sueñe o recuerde aquella etapa de su vida que fue inolvidable, aquel momento que cambió su rumbo y en todo lo bueno que le ocurrió, aquel primer amor, sus momentos de alegría y de tristeza.
¿Qué es el ser humano sino una fabulosa caja de Pandora? de ella pueden surgir desde las más bajas vibraciones de la materialidad hasta las más altas expresiones del espíritu. Siempre sorprendentes, siempre inesperadas, aparecen en todos nosotros en algún momento de nuestra vida.
Espero no defraudar a mis lectores, aunque desde luego pueden disentir. Lo que aquí van a encontrar es una serie de situaciones en las que quizá puedan reconocerse y otras absurdas que tal vez les arranquen una sonrisa. Ojalá así sea.
Cuentos
Derrota imprevista
Trece y treinta horas del día “D”
Las columnas partieron de la base puntualmente. El objetivo estaba marcado; la decisión, aprobada. La hora favorecía el triunfo porque el enemigo disfrutaba de su almuerzo sin temor a ser atacado. La distancia era corta, la misión consistía en incautarse de la mayor cantidad posible de víveres para soportar el invierno, que se anunciaba riguroso.
Las formaciones avanzaban, a veces, a la vista sobre la amplia superficie calcárea; otras, mimetizándose con el granito al llegar a la meseta plana. Sortearon pequeños arroyos y enseguida estuvieron al alcance de la meta.
Sin embargo, al caer la tarde todavía no habían regresado a la base. El piquete que partió en su búsqueda halló solo cuerpos sin vida y también entre ellos hubo bajas en el camino. Por los síntomas se supo que habían sido envenenados.
El enemigo festejaba su triunfo: por largo tiempo no habría más hormigas en la cocina.
El tranvía del adiós
Tendría yo trece o catorce años. Como de costumbre, tomé el tranvía frente al club, con el cabello todavía mojado después de una tarde de pileta, apenas cubierto por un pañuelito que mamá había confeccionado con el sobrante de algún vestido. Me ubiqué junto a una ventanilla porque, como el trayecto empezaba allí, era la única pasajera. Al rato fue subiendo más gente y a mi lado se sentó una señora, señal de que los demás asientos estaban ocupados. Yo miraba por la ventanilla. ¿Qué miraba, Dios mío? Si a ese paisaje monótono de casas bajas y escasos árboles lo tenía incorporado al cerebro a fuerza de verlo dos veces al día… Llegó el momento de bajar y pedí permiso a mi compañera de asiento. Su sorpresa y la mía fueron iguales. Nos nombramos una a la otra con ese acento que solo da una relación entrañable: era mi adorada maestra de segundo al cuarto grado, la única que dejó una huella tan profunda en mi vida al punto que, años después, ya casada y con hijos, antes de tomar alguna decisión, me preguntaba si ella la aprobaría.
Después de un abrazo intenso y breve, me fui. Jamás terminaré de lamentarlo porque nunca más volvería a verla. Ya de camino a casa, pensaba; había tenido el impulso de seguir con ella hasta el centro, pero la distancia entre su casa y la mía, sin ser tanta, me habría llevado media hora porque no tenía ni una moneda para tomar otro tranvía. Sé que en los pocos segundos que tardé en decidirme a bajar imaginé a papá, parado en la esquina, con reloj en mano y sus amenazas que siempre se anticipaban a mis explicaciones.
El tiempo pasó y la vida me llevó a Córdoba, donde me casé y nacieron mis hijos. Pero está visto que La Providencia quiso darme una nueva oportunidad y un día, sin motivo aparente, su recuerdo se me hizo acuciante. Sin pensarlo dos veces, viajé a Rosario y la llamé por teléfono; me atendió su hermana y ante mi pregunta me dijo que Adelita estaba enferma y me respondió que no podría hablar con ella, por lo que entendí que su estado era grave. Llamé entonces a la florería donde por años había comprado flores para ella y pedí que le enviaran el ramo más hermoso que tuvieran. Días después, al regresar a Córdoba, encontré una tarjeta de sus hermanas en la que me agradecían esas flores que habían sido la última alegría que Adelita había recibido antes de morir.
De algo estoy segura después de esa experiencia: la prudencia es buena consejera, pero no siempre. Si al menos esa vez me hubiese atrevido a enfrentar a mi padre como lo hice otras veces sin un justificativo tan elevado que no fuera simplemente mi derecho a decidir... Ese dolor me quedará en el alma, pero sé que ella recibió mi mensaje y ese es mi único consuelo.
La señorita Violeta
Mientras se afanaba en la limpieza, Juanita miraba con preocupación a su patrona.
—Se la ve muy pálida, señorita, ¿se encuentra bien?
—Sí, Juanita. Estoy bien, solamente un poco cansada.
—Es que tiene unas ojeras… debería dormir un poco más.
—Puede ser, pero aprovecho la tranquilidad de la noche para estudiar y preparar mis clases.
—¡Ay, señorita, por algo en toda la escuela no hay maestra más querida que usted! No creo que las otras se preocupen tanto ni le roben horas al sueño.
—Bueno, Juanita, nada de lisonjas. Lo que pasa conmigo es diferente: yo doy catequesis, por eso tengo que preparar cuidadosamente mis clases, porque no se trata de dar información a los niños, sino de moldear su alma y Dios sabe que esa es una misión delicada para una simple maestra como yo.
Juanita la contemplaba con admiración. ¡Qué bien puesto tiene el nombre!, «pensaba». ¡Es tan modesta que no se da cuenta de lo que vale! Y sacudiendo la cabeza volvió a fregar los azulejos con tanta energía que su grueso cuerpo se balanceaba al compás del esfuerzo.
Hacía ya un año que estaba al servicio de la señorita Violeta; nunca había tenido una patrona tan buena ni que le mostrara tanta confianza. Le había dado las llaves de la casa (por si alguna vez estaba enferma o ausente) y allí todos los muebles estaban abiertos. Bueno, todos menos ese cajón de la cómoda, siempre cerrado con llave. Tendrá algún recuerdo de sus padres, «especulaba». O las cartas de algún novio del pasado, quién sabe.
De todos modos, la buena mujer jamás se habría atrevido a preguntar, porque, a pesar de su simpleza, sabía que hay cosas personales que deben ser respetadas.
Esa noche la señorita Violeta no estaba en la casa. Las dos sombras se deslizaron sin ruido hasta la puerta trasera y, con solo un pequeño crujido, la cerradura cedió. Una vez adentro encendieron sus linternas y comenzaron a recorrer la casa, tomando los pocos objetos de valor que iban encontrando.
Al llegar al dormitorio no hallaron nada, a pesar de haber vaciado los muebles. Faltaba ese cajón que estaba cerrado con llave. Uno de los hombres hizo saltar la cerradura y, al abrirlo, dejó escapar un largo silbido que atrajo a su cómplice.
—Mirá esto —dijo mientras volcaba el contenido del cajón.
—¡A la flauta! Pero dejá, flaco, y rajemos; que, si nos pescan aquí, vamos otra vez en cana.
La señorita Violeta se había retrasado y estaba sumamente nerviosa pensando que por ese embotellamiento de tránsito corría el riesgo de llegar después que Juanita. Cuando estacionó frente a su casa, el corazón le dio un vuelco: la puerta estaba abierta y los policías entraban y salían. También había algunos curiosos, a pesar de lo temprano de la hora. Bajó del auto y, cuando ingresó a la casa, temblando, sus temores se vieron confirmados. Juanita estaba allí, erguida como una roca, mirándola con oscuro resentimiento. Apenas ella entró, la mujer salió sin dirigirle la palabra, dejando sobre la mesa las llaves de la casa.
El comisario observaba a Violeta con abierta curiosidad. Luego dijo:
—Nos llamó su empleada, que encontró esto así y quería salvar su responsabilidad.
Violeta, alelada, miró a su alrededor. Sobre la cama y por el piso estaban desparramadas las cosas que habían sido un secreto celosamente guardado.
Fotos, muchas fotos publicitarias en las que aparecía desnuda, con leyendas tales como “Naná, la estríper más sexy de Buenos Aires”, y también las prendas increíblemente provocativas que usaba para hacer su número en el cabaré.
La cosa
El hombre se paseaba nerviosamente por la cocina, mirando de vez en cuando a su mujer, que revolvía la comida con algo más de energía de la que era necesaria. Se detuvo y, pasándole un brazo sobre el hombro, le habló con suavidad.
—Marisa, por favor, pensalo.
Ella se deshizo del abrazo y lo enfrentó irritada.
—¡Por favor! ¿Qué es lo que hay que pensar? Sabés bien que apenas podemos movernos en este departamento; no hay lugar para nada. Además, no tenemos quién limpie porque la plata nunca alcanza y yo estoy harta de trabajar.
—Ya sé, ya sé, pero el departamento no es tan chico, sobra espacio…
—¡No estarás pensando en el escritorio, ¿no?! Carlitos no tiene otro lugar para poner la computadora.
—En realidad, no necesita una computadora, solamente la usa para jugar. Además, ya sabés por qué lo traje: en casa de mi hermano era un estorbo.
—¿Y esto qué es?, ¿un depósito? ¿Pensás traer todo lo que a él le estorbe? Ya es suficiente con esa espantosa escultura que te regaló tu cuñada cuando averiguó que no tenía ningún valor; siempre está entre los pies y para lo único que sirve es para juntar tierra. No, lo lamento, pero esta vez es no. Tendrías que haberme consultado antes.
Él bajó la cabeza. Casi nunca discutían, ¿valía la pena? Algo en su interior le gritaba que sí, pero sabía que de allí en más su vida sería un infierno si insistía. Fue hasta el living caminando despacio, pensativo. No sabía cómo hacer ¡era difícil, me cacho! Finalmente, pareció decidirse y entró.
—Papá —dijo apenas cerró la puerta tras de sí—, espero que comprendas, lo hablé con Marisa y… bueno, hay lugares donde vas a estar mejor que aquí, ¿sabés? Este departamento es tan chico…
Las ineptas
El auto avanzaba brincando sobre las piedras que tachonaban la calle angostita y empinada, levantando tierra que, a la luz de los faros, se convertía en un tabique amarillo que por momentos no nos dejaba ver el camino. Serpenteábamos entre los chalecitos escasamente iluminados, guiados, sobre todo, por la hilera de verjas blancas que limitaban los jardines.
—Me parece que nos quedamos sin asado —dije—. Esto es como buscar una aguja en un pajar.
—Tiene que estar por aquí; si me explicó bien, la vamos a encontrar.
Por fin trepamos la última cuesta, y allí, como si estuviera colgada de la sierra, se hallaba la casa. En ese momento estábamos sentados en el amplio parque charlando con los dueños Susana y Daniel, y con los otros invitados: Raquel, Ricardo, Mecha y Carlos. Los hombres eran amigos de Jorge desde hacía años, excompañeros de trabajo en una empresa que ya no existía y habían estado en casa muchas veces; en cambio, a las esposas recién acababa de conocerlas.
Esa tarde, cuando Daniel pasó por casa para invitarnos, no sentí ningún entusiasmo.
—No pareces muy contenta —dijo Jorge.
—Mirá; si las mujeres son tan ineptas como dijiste, no voy a saber de qué hablar.
—Bueno, no lo digo yo, lo dicen sus maridos. Que no saben hacer un cheque, ni las compras, esas cosas… Que no les sirven de ayuda en los negocios ni son buenas amas de casa, no son como vos… pero las mujeres siempre tienen tema de conversación. Hablarán de modas, ¡qué sé yo! Pero nunca vi a dos mujeres juntas que estén calladas.
—Claro, porque los hombres no hablan nada…
Ahora estaba escuchándolos hablar de negocios como de costumbre y las mujeres no tardaron en separarse del grupo y sentarse a bastante distancia. Empecé a sentirme incómoda. «La retahíla de los chicos, el colegio, etc. ¿Por qué tenía que ser siempre así?», pensaba. Por lo menos, la conversación de los hombres era interesante.
En ese momento Mecha le preguntó a Susana por qué habían decidido pasar las vacaciones en la casa de las sierras después de tantos años sin ocuparla. Susana, sonriendo, le explicó:
—Lo que pasa es que en años anteriores con el alquiler de esta casa nos pagábamos un departamento en el mar, pero no nos quedaba nada; además, cuando volvíamos de vacaciones nuestra casa en San Isidro estaba hecha un desastre de tanto estar cerrada, así que este año convencí a Daniel para que la alquilara. Como es grande y está en buena zona, nos da el doble que esta; por eso podemos pasar parte de la temporada aquí sin gastos de alquiler y con el dinero igual vamos al mar y nos sobra. ¡Todo eso con la ventaja extra de que nos la alquiló una gente amiga que son maniáticos de la limpieza!
—¿Y cómo hiciste para convencerlo? —inquirió Mecha.
—Como siempre. —Los ojos le brillaban de picardía—. Le hice creer que él tenía que convencerme a mí.
Hubo un coro de risas.
—Y vos, Raquel, ¿cómo lo estás pasando?
—Bien, bastante bien. Lo único malo es que no conseguimos personal.
—¿Estás sola?
—No, sola jamás. Vos sabés que a la cocina no entro.
—Ah, yo tampoco —interrumpió Mecha—. Siempre le digo a Carlos que; si él quiere, yo cocino, pero “cama adentro” con olor a cebolla, no.
—Bueno, la verdad es que ahora lo único que preparo es el café para Ricardo —continuó Raquel.
—¿No te lo hace la cocinera?
—Sí, pero Ricardo no toma nada que prepare la cocinera porque está enferma.
—¿Qué tiene?
—Sífilis.
Todas quedamos momentáneamente mudas. A los pocos segundos le llovieron nuestras preguntas.
—¿Y los chicos? ¡Por Dios! ¿No tenés miedo? ¿Por qué la seguís empleando?
—No es tan grave —contestó con total tranquilidad—. No es una enfermedad tan contagiosa y no pienso quedarme sola hasta que Ricardo me consiga otra.
—¿Te consiga? —irrumpí en la conversación.
—Por supuesto, él es el que toma y despide a las empleadas.
—¿Y por qué no lo haces vos? —pregunté con legítima inocencia.
Las tres me miraron sorprendidas.
—¿Cómo por qué? —dijo Susana—. Si ellos las toman, no pueden venirte con las quejas. Además, despedirlas es siempre violento y el que las toma las echa. ¡No me dirás que vos te ocupas de eso!
—Bueno, sí… —respondí sin el menor aplomo.
—¿Y vas al súper?
—Sí, también…
La mirada de las tres era de franca conmiseración. Sentí la necesidad de justificarme.
—Jorge no dispone de tiempo, trabaja muchas horas.
Raquel fue la primera en reírse abiertamente. Después me habló con el tono de quien le explica algo a un niño:
—Nuestros maridos también; pero si vos hacés las compras, tenés que hacerte cargo de las protestas si gastaste de más, si compraste mal, etc. Entonces, lo que hay que hacer es gastar mucho, comprar mal y nunca más te pedirá que hagas las compras. Así vas a tener un montón de tiempo libre.
Me sentía decididamente anonadada. Por suerte a Susana se le ocurrió preguntarle a Mecha por los negocios de Carlos y se enfrascaron las tres en una discusión que mostraba a las claras quiénes manejaban en realidad las finanzas de sus respectivas familias. Nada les era ajeno en materia de inversiones. Sabían cuáles acciones convenía comprar, cuáles vender, qué actividades ofrecían mejores perspectivas y qué otras iban a quedar retrasadas, cómo interpretar las medidas económicas recientes… Toda una cátedra. Un rato después nos reunimos con los hombres para comer el asado y entonces sí el tema de conversación fueron los chicos, el colegio, etc. Casi dos horas más tarde, estábamos otra vez en el camino, brincando sobre las piedras.
—Pareces más contenta —me dijo Jorge palmeándome la mano cariñosamente.
—Sí —le dije—, ¿y vos cómo lo pasaste?
—Como galleta en el agua —contestó riendo—. Cada vez que me ven, me dicen lo mismo: “¡Vos sí que tenés suerte! Una mujer inteligente que sabe hacer de todo y hasta entiende de negocios”.
Lo miré con ternura y, apoyando la cabeza en su hombro, guardé silencio.
Visita anunciada
¡Vamos, mijita! Llamó doña Teodolinda mientras frotaba afanosa e innecesariamente la cama de bronce. Un minuto después se ocupaba de la limpieza de los rincones de la habitación cuando desde el cuarto contiguo oyó un sollozo. Se levantó con esfuerzo y allá fue, trapo en mano. ¿Qué pasa, Clorinda?
Ninguna respuesta, salvo el calmo llanto de la hija. Bueno, vamos ya; el rostro curtido no demostraba emoción, excepto por la humedad de los ojos que no podía ocultar.
—Mire, mija, que van a venir los señores y vergüenza sería que nos encuentren con la casa desarreglada. Levántese y ayude, que su hermana no sé dónde está. Seguramente debe de estar con el chico de la panadería que le arrastra el ala. ¡Ay, Dios, ¡cuándo sentará cabeza!
Al poco rato la casa relucía. Desarmaron las camas y las dispusieron junto a los pocos muebles que disponían.
—¡Su padre estaría orgulloso de nosotras! —exclamó la madre pasando un brazo sobre el hombro de Clorinda.
No pasó mucho tiempo hasta que llamaron a la puerta. Eran, por fin, las visitas que estaban esperando. Pocos minutos después, por la calle poceada y polvorienta iba la camioneta donde brillaban las camas de bronce de Teodolinda, dando tantos destellos como tumbos daba el vehículo en la inestable calzada.
Era la hora del día en que la mayoría de los vecinos caminaban hacia o desde el colegio con sus niños, pero esta vez se detenían a mirar porque nunca habían visto algo así.
Juanito repetía tercer grado y volvía de la escuela pateando piedritas; también él se paró a mirar y trabajosamente leyó la inscripción: Po… der… Ju… di… cial…
En ese momento, por otra calle, llegaba a su casa la otra hija, que entró como una tromba gritando: ¡Mamá!, conseguí traba… La voz se le ahogó en la garganta cuando miró a su alrededor.
Corrió hacia el patio y se arrojó en los brazos de su madre y su hermana, que trataban de no permitir que la impotencia y el dolor las dominaran.
—Ya está, mijita, ya está. Si su padre viviera, esto no habría ocurrido, pero no hay que aflojar, no hay que aflojar.
Los ojos de Teodolinda brillaban, pero no se permitió una lágrima.
Día de compras
Siempre me disgustó ir al súper. Me enferma; me parece una suerte de zoológico infame donde todas las especies ejercitan el mutuo atropello, ignorando el respeto recíproco que existe en el mundo animal. Pero ayer fui, realmente no sé por qué. Creo que fue una especie de inspiración, algo que nunca llegaré a explicarme.
La cuestión es que estaba allí haciendo cola para pagar cuando vi a la señora Razzini. La miré atentamente. ¡No podía ser ella! Sin embargo, sus rasgos, la actitud de su cuerpo, su cabello (más cano exactamente en el medio) eran los mismos y, sobre todo, ese tic nervioso que le arrugaba la nariz como un conejito. No podía ser ella, pero tampoco podía ser otra cosa que ella. Pagué y me acerqué.
—¿Señora Razzini? —pregunté.
—Sí —me respondió.
—¿Antonia Razzini, la mamá de Jorge y Liliana? —insistí.
—Sí —dijo, y agregó—: A usted la conozco…
Era lógico que me conociera porque un par de años atrás nos había vendido su casa.
