Hola, stranger - Chloé Wallace - E-Book

Hola, stranger E-Book

Chloé Wallace

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Beschreibung

A golpe de notas y capturas de pantalla del teléfono móvil, realizadas a lo largo de los años en las distintas ciudades donde vive y trabaja —de Londres a Madrid, de Nueva York a Los Ángeles—, Chloé Wallace reelabora sus distintas experiencias vitales en una serie de ensayos autobiográficos caracterizados por su honestidad y un sentido del humor despojado de artificios y cinismo. Una reflexión deconstruida y acronológica sobre las diferentes vivencias que la han ido convirtiendo en la persona que es hoy en día: el bullying escolar, los trastornos alimenticios, su doble identidad española y norteamericana, las diferentes parejas sentimentales y sexuales, su ambigua relación con las redes sociales y la exposición continua, la ansiedad latente, el feminismo, la amistad, la ambición laboral o la tiranía contemporánea de querer ser siempre perfecta —y parecerlo— son algunos de los temas que aborda en este sincero retrato que de tan personal se convierte en generacional. 'Hola, stranger' es un no-diario en el que la autora se busca incesantemente a sí misma y un viaje apasionado hacia un lugar al que poder llamar hogar.

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Seitenzahl: 250

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Chloé Wallace (Madrid, 1994) es realizadora, guionista y fotógrafa con doble nacionalidad española y norteamericana.

Wallace, que lleva más de una década viviendo y trabajando entre Madrid, Londres, Nueva York y Los Ángeles, ha escrito artículos para revistas como Vogue o Glamour y ha desarrollado una amplia carrera en el mundo de la publicidad. Su cortometraje Deseo fue seleccionado en festivales cinematográficos de todo el mundo y Un cuento perfecto, la primera serie que ha dirigido, se ha estrenado de forma global en 2023.

Hola, stranger supone su debut como escritora.

Hola, stranger

Chloé Wallace

Hola, stranger

Un no-diario de notas y mapas para encontrar mi hogar

Primera edición: noviembre 2023

© Chloé Wallace, 2023

© LAVA, 2023

Adrià Rosell

dirección editorial & edición

THIS is UMAMI

diseño de la colección

Maider Mendaza & Marina Muñoz

diseño editorial

Maider Mendaza

ilustración de la cubierta

Maider Mendaza

ilustración de la autora

Marina Muñoz

ilustración pictogramas

Impreso en Romanyà Valls

Papel certificado por Forest

Stewardship Council®

ISBN:

978-84-125820-5-5

eISBN:

978-84-125820-6-2

Depósito Legal:

B 18058-2023

Nos buscamos continuamente: en nuestra familia, en nuestros amigos, en nuestras lecturas, en las películas que vemos y en la música que bailamos, en la gente a la que amamos, en las decisiones que tomamos, en todo aquello que dejamos atrás, y en todo lo que tenemos por delante también. Nos buscamos siempre. Toda nuestra vida. Sin cesar. Pero ¿seremos capaces de encontrarnos alguna vez?

Para mi madre, mi hermana y Dorothy.

Tabla de contenidos

Frente al espejo

Estoy tan perdida

Una forma de hogar

Mi casa perfecta

Expulsada de terapia

Lo quiero todo y no quiero nada

Mis tetas no son un revólver

La vuelta

Estar sola (y acompañada de mi vibrador)

Me importa mucho ser guapa y no quiero que me importe

Usted está aquí

Mi mejor amiga se llama Envidia

Yo he nacido para rendir y hacer cosas (y ganar un Oscar)

Que te jodan, Marta A.

La muerte y yo

Instrucciones fallidas para no ser vergonzosamente romántica

Belonging and longing

El rosa significa tener el corazón roto

El emoji del abrazo

Los primeros días de estos últimos años

Me he comprado una casa

¿Y si me da igual el amor?

Half chulapa, mitad guiri

Lost

Lost in the heat of it all

Girl, you know you’re lost

Lost in the thrill of it all

Miami, Amsterdam

Tokyo, Spain, lost

Los Angeles, India

Lost on a train, lost

Lost, Frank Ocean, 2012

//

tengo cicatrices en los muslos

tengo señales y manchas en el culo

tengo moratones en los brazos

y sigo sin entender cómo llegaron allí

tengo marcas de la edad, manos, pasión, torpeza

tengo un mapa en la piel que indica el camino

nyc, 2017

//

Frente al espejo

Llevo pensando en mi cuerpo desde que tenía seis años. Eso son ya más de veinte. Dándole vueltas a diario. A veces, solo un pensamiento o dos. Algo pasajero. Otras, muchas, un bucle interminable. El cuerpo. Mi cuerpo. El cúmulo de células que lo conforma. La bolsa de piel y huesos y pelos y pecas y manchas. La carne que envuelve mi cerebro.

¿Te parece demasiado dramático? No diré que no. ¿Exagerado? Posiblemente. Pero así es el cuerpo. O al menos así es mi historia con el mío.

Al principio, todo se reducía a la altura. ¿Quién era el más alto de la clase?

Con el tiempo, ese todo fue extendiéndose y llegó a otras partes del cuerpo. Al pelo. ¿Quién lo tenía más largo? A las piernas. ¿Quién corría más rápido? Pero, en algún momento, otra cosa pasó a primer plano y la gran diferencia surgió entre nosotros. Los chicos y las chicas dejamos de ser iguales. Ahora nuestras preocupaciones eran otras. ¿Quién era la más guapa? ¿Y el más mono?

El primer recuerdo que tengo de odiar mi cuerpo fue cuando tenía seis años. Una niña en clase me señaló la nariz y dijo que parecía un cerdo. Cerdo-cerdito-cerdito. Mi piel rosada iba a juego.

Fue entonces cuando comencé a detestar mi piel como por defecto. Aborrecía mi cara. Mi nariz. Y así es cómo tracé una lista, cada más vez más larga y en continuo proceso de ampliación, de cosas a las que odiar. Una detrás de otra. Todas siempre presentes en mi cabeza, todo el día. Y todas mías, por supuesto.

Unos años más tarde, las tetas se convirtieron en el centro absoluto de mi cuerpo. De nuestros cuerpos. Cuando digo nuestros, hablo de nosotras, pero también de ellos. Para los chicos se convirtió en una fuente de comentarios y risas, rumores y bromas, algo que se suponía que tenían que mirar. Que comerse con los ojos. Para nosotras, era algo muy diferente. Una medida de nuestro propio valor. Cuanto más grandes, mejor. Más populares seríamos. Más preciadas. Incluso valiosas. Y aunque el pelo también era importante, esta vez el vello: en nuestras piernas, nuestras axilas, asomando por las braguitas; las tetas fueron el tema de conversación principal a partir de entonces.

Así fue hasta que años después comencé a follar y dejé de preocuparme tanto, una vez me di cuenta de que yo misma admiraba todas las formas y tamaños. Que me daba igual si eran grandes o pequeñas. Que eran bonitas. Todas. Pero eso, esa revelación, aún no estaba a mi alcance.

Me gustaban mis tetas. Me gustan. Pero al principio, a los doce años, se convirtieron en un blanco fácil para la intimidación. Recuerdo que las chicas de mi clase me palpaban la espalda para ver si llevaba sujetador o no, y se burlaban cuando lo hacía, tirando de la parte de atrás del mío, el más sencillo y básico, que realmente no sujetaba nada, con tanta fuerza que cuando lo soltaban era como un latigazo.

Casi al mismo tiempo, dejamos de preocuparnos por la altura o la velocidad, antes tan importantes en nuestras vidas. La delgadez era ahora primordial. O, mejor dicho, señalar a quien no lo estaba. El ser grande en vez de pequeña. Como si ser gorda fuera lo peor que una podía ser en la vida.

Y así la delgadez, y todo lo que la rodea, se convirtió en el núcleo de nuestros días. Eso y las tetas, claro.

Por mi parte, supe enmascararlo bien durante unos años. Supongo que, de algún modo, todas aprendimos a hacerlo. Fingíamos que pensábamos en otras cosas. Un secreto a voces: el arte de los adolescentes.

Todavía hoy me impresiona, aunque ya no me sorprende, cómo cada mujer que he conocido ha tenido algún tipo de problema con su cuerpo en un momento u otro de su vida. En diferentes formas, estados y etapas, pero siempre un problema. Un pensamiento, revoloteando en la cabeza. A estas alturas, todos —y cuando digo todos, me refiero a aquellos que considero que tienen cerebro y que, además, se permiten el lujo de utilizarlo— sabemos que la culpa es del patriarcado —patriarcado: qué bien me hubiera venido esa palabra en mis días de cerdo-cerdito-cerdito—. Del sistema. De los medios de comunicación. De las referencias culturales. De esa larga lista que ya conocemos de memoria.

Pero ¿y las consecuencias de todo esto? ¿Del odio contra una misma? ¿Del desgarro constante? Nadie nos cuenta cómo lidiar con el post-odio. Ni qué hacer o cómo convivir con ello. Un residuo latente.

***

En marzo del 2021 me operaron por primera vez en mi vida. Apendicitis. Una parte de mí fue extraída por primera vez.

Sentí mi cuerpo, su dolor, como nunca antes lo había experimentado. Y mientras sufría esa nueva y desconocida percepción de mi fragilidad, la enfermera me pesó.

La verdad es que no me he pesado en años —me aterroriza la báscula, vivo más feliz sin ella—. Pero cuando escuché el número saliendo de sus labios —la enfermera lo dijo sin más, casi más para ella y su libreta que para otra persona—, todo lo que pude pensar fue en lo mucho que odiaba mi cuerpo. En cuánto desprecio me inspiraba esa cifra que había salido tan despreocupadamente de sus labios.

Sin embargo, al cobrar forma ese rencor, ese viejo rencor que me acompaña desde la infancia, ese odio tan palpable en mi lengua, una nueva idea surgió también por primera vez: ¿y si todo este dolor, todo esto, no fuera más que las consecuencias de odiar mi cuerpo durante años? Maltratado, sobreanalizado, descuidado, hasta su extenuación.

¿Y si mi cuerpo se estaba rebelando contra mí, por fin? ¿Dándome una más que merecida lección? Nadie podría culparlo, al pobre. ¿Mi solución ante este dilema? Enfermera, más codeína, por favor. Me evitaría pensar o sentir nada, por lo menos durante un buen rato. Aunque un buen rato siempre acaba por terminar. Y esta no es la historia de cómo me enganché a la codeína —por suerte nunca me ha dado por allí—.

Parece como si necesitáramos el dolor para darnos cuenta de la mierda a la que nos sometemos a nosotros mismos. Y a la que sometemos a los demás también. No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes. Qué terriblemente desgarrador. Qué terriblemente ridículo. Siempre se daña al que se ama. ¿De verdad? ¿Pero what the fuck? Que alguien me explique qué nos pasa a los humanos.

El sufrimiento como aprendizaje: somos masoquistas.

Nunca pensé en mi cuerpo con cariño. O con generosidad. Nunca he pensado en mi cuerpo con amor.

Ni siquiera después de la operación, cuando necesitaba ayuda incluso para abrir puertas o recoger cosas, pude mostrar misericordia hacia él. No fui capaz. Seguí pensando en ese número en la báscula y en la forma en que sentía cómo mi carne se volvía flácida a cada segundo que pasaba.

Meses después, aún tocaba las cicatrices y encontraba una manera de culparlo en lugar de sentirme agradecida por mantenerme a salvo y con vida. Pensaba en todas las cosas que no hacía: los alimentos saludables que no comía, el ejercicio que no realizaba, lo poco que andaba, lo poco que me movía. Odiaba aquello en lo que se estaba convirtiendo mi cuerpo y echaba de menos al de antes, el anterior, el prepandémico, el que podía hacer su vida, moverse libremente sin mascarilla y que había encontrado algún tipo de rutina corporal porque la vida era normal.

Echaba de menos mi cuerpo del pasado, porque el pasado siempre es mejor. Romantizamos lo que se fue, quizá porque sabemos que es imposible que vuelva. Sin cuerpo, no hay delito.

Un cuerpo diferente era la solución a todos y cada uno de mis problemas. Un cuerpo nuevo. Un cuerpo bonito, tonificado, delgado. El cuerpo que no tengo como camino a una felicidad que no existe.

Esto es lo que siento. No es mi cabeza la que habla, o quizá sí, pero todas estas palabras son pura emoción. No hay raciocinio de por medio. Conozco la teoría: todos los cuerpos son hermosos. Etcétera, etcétera. Y pienso para mí misma: Soy feminista. En otros, en los de otras, lo sé y lo aplico. En otros cuerpos, lo entiendo. Pero cuando me miro, siempre acabo con la misma conclusión: cuerpo defectuoso. Mujer defectuosa. Feminista defectuosa.

Soy defectuosa.

Hay días, generalmente después de terapia, o cuando estoy contenta por cualquier motivo, en que puedo alejar estos pensamientos y mantenerme a flote, concederme la bondad que sé que merezco —de nuevo: hola, teoría, qué bien suenas—.

Todavía sufro las consecuencias del odio contra mí misma acumulado durante años, pero quizá de manera diferente porque recuerdo lo aprendido: dar por hecho mi cuerpo solo significa olvidar. Olvidar todo lo que ha sufrido y que, aún así, ha prevalecido. Aquí sigo.

***

Me diagnosticaron bulimia cuando tenía dieciocho años, aunque, claro, todo empezó mucho antes.

Oficialmente he dejado atrás los comportamientos que la convierten en enfermedad, pero mi trastorno alimentario permanecerá conmigo el resto de mi vida. O eso dicen. Yo estoy de acuerdo, pero a veces se me olvida y me descubro sobreanalizándome de nuevo. O comparándome. Y sí, ya te lo debes de imaginar, odiándome.

Siempre trato de hablar sobre este tipo de trastornos y todo lo que los rodea de la manera más clara posible. Me muestro transparente porque anhelo el día en que nuestros cuerpos no sean un tabú, sino un templo. Nuestro propio templo particular. Intento normalizar la conversación en torno a ellos porque busco también normalizar mi relación con el mío.

Observo mi cuerpo y trato de no sentirlo como una trampa, o una tumba. A veces parece que estoy a punto de conseguirlo. A veces parece que ese día esté a la vuelta de la esquina.

Mi cuerpo, tal y como es. Aceptado. Querido. Venerado. Cuidado. Por mí misma. Mi cuerpo y yo, en casa juntos.

Estar realmente agradecido con el cuerpo de uno me parece uno de los actos de resistencia más rebeldes que pueda haber hoy en día. La meta. Agradecer que nuestros cuerpos nos mantengan vivos, nos nutran, nos sostengan, nos lleven a donde sea que queramos que nos lleven. Que nuestros cuerpos sean nuestros hogares.

Siento paz sabiendo que otros han encontrado eso. Siento paz con la esperanza de que algún día yo también lo conseguiré.

//

¿quién soy?

esta mujer que se siente tan bien

y tan cómoda

en el sexo y en su vida

pasando de una persona a otra

conectando aquí y allá

soy una zorra

berlín, noviembre de 2021

//

Estoy tan perdida

Voy en un tren de camino a Valencia. Voy en un tren de vuelta de Valencia. Voy en un tren que me lleva a casa. Mi boca sabe a metal. Mi muela derecha está sangrando. No sé por qué, ¿qué más da? Sangra, solo sé que está herida.

Cuando me desperté este viernes y me miré en el espejo, el pelo en llamas, un naranja que solo he visto en camisetas o en bebidas energéticas, por una fracción de segundo no me reconocí. A estas alturas, ni las naranjas de Valencia son competencia para mí. He estado en una búsqueda continua, intentando encontrar esta nueva versión de quién soy, después de mucho tiempo perdida. Septiembre parecía un buen momento para otro cambio. Septiembre siempre tiene algo inexplicable, algo en el aire se transforma. Cambia. Así que otro corte de pelo, una vez más, y venga, a teñirme de naranja. Naranja como Bowie. Naranja como las calabazas de Halloween. Naranja. Naranja como las naranjas de Valencia. Como los tanques de gasolina.

Escuché en un vídeo viral que las mujeres que tienen el pelo rojo, refiriéndose a las pelirrojas, they’re going through shit. Yo siempre estoy going through shit.

Tras ese pequeño viaje astral, volví a mí y recordé que había ido a la peluquería hace unos días y que el reflejo que estaba mirando no era ni un filtro ni otra Chloé venida de una dimensión paralela. Me senté en la mesa a desayunar y observé atentamente cómo el humo se disolvía sobre la taza de té. Es difícil hacer un buen café en casa de mi madre, o en cualquier otra casa que no sea la mía en Estados Unidos, que ya no es mía, aunque a veces también se me olvide eso. El hogar que no tengo porque, en realidad, no tengo ningún lugar al que pueda llamar mío.

Mis cosas están en un almacén en Nueva York, en maletas en Madrid, en cajas en Los Ángeles. Les falta un lugar donde juntarse. ¿Lo encontrarán?

¿Lo encontraré?

El café nunca sabe como se supone que debe saber, así que hice la transición al té al volver a casa de mi madre: siempre sabe igual, siempre seguro, siempre bueno. Mientras giraba la cuchara en un sentido y viceversa, comencé a llorar. Lágrimas en silencio, secretas, solo para mí. Lágrimas en círculos. Un agotamiento temporal.

Té con sabor a leche y lágrimas. Sin azúcar.

Huyendo durante los últimos cuatro meses, en constante movimiento tras el subidón de una fiesta que será infinita para siempre —mi veintisieteavo cumpleaños—, de repente, sentada en la mesa en absoluto silencio, solo acompañada por el sonido de la cuchara contra la taza, toda esa búsqueda y esas transiciones cayeron sobre mí. Una avalancha de la nada. La ansiedad de no saber qué vendría después, mi alma desperdigada por todos los rincones posibles. Mi cerebro quería gritar. O salir a dar una vuelta, lejos de mí. Y yo, mientras, seguía dándole vueltas al té.

Horas más tarde volví a llorar, esta vez en los brazos de mi hermana pequeña, como un niño perdido en un centro comercial. Mi hermana es siempre mi refugio. A veces pienso que no es justo. Pero eso mejor lo dejamos para otro día.

Mira, he estado bien. He sido muy feliz. Estoy bien, soy feliz. Pero ha habido muchos cambios últimamente. Sobre todo, cambios interiores. De esos que pican. El cambio escuece, por bueno y necesario que sea, limpia las heridas que hay que cerrar.

Durante muchos meses estaba perdida en las ideas de otra persona sobre quién debería ser. Esa otra persona era yo, pero otra versión de mí misma, y no venida del futuro precisamente.

Esa versión mía, esa persona, me persigue —no importa lo lejos que me vaya, las veces que me cambie de casa— para burlarse a mi costa y preguntarme por qué estoy renunciando al control. ¿Por qué estoy renunciando a la idea que tenía de mí misma? ¿Por qué ahora? ¿Por qué esto? ¿Por qué sumergirme en aquello que no estaba planeado? Decisiones indecisas, esta novedad, esta nueva gente, los nuevos sentimientos, las nuevas drogas, los nuevos cortes de pelo, el nuevo cuerpo, los nuevos cuerpos. ¿Por qué no luchar por esa persona que ya no me quiere? ¿Por qué tratar de encontrarme otra vez? Nunca se me ha dado bien renunciar a tener el control.

Mi doble lo sabe, porque ella es el control.

Me siento tan perdida y, al mismo tiempo, tan yo misma como siempre. Como nunca. Vaya cacao mental.

Este fin de semana me subí en un tren camino a Valencia, a las Fallas, fiestas que se supone que dan la bienvenida a la primavera, pero en cambio, este año, dan la bienvenida al otoño. Dos años de pandemia han cambiado incluso el modo en el que recibimos a las estaciones.

Primavera o otoño, qué importa, volvieron a quemarse esculturas hasta los cimientos. Los fuegos llegan a volverse tan grandes que te invade el calor por todo el cuerpo y te revientan los oídos tras el estruendo. Te estallan por dentro: fuera lo viejo, que entre lo nuevo.

Un fin de semana rápido y loco. El olor a pólvora por toda la ciudad, fuegos artificiales en cada esquina. Me subí al tren porque sí. Últimamente actúo por impulsos. Últimamente digo que sí a todo.

Ante la duda, siempre sí.

Mi última noche en Valencia me paré frente al fuego, voraz como una bestia. Borracha de gin-tonics baratos y chupitos de licor café, dejé que la ceniza me cayera encima, igual que una lluvia apocalíptica. Observé las llamas, sentí la combustión. Unos amigos me hicieron fotos en ese momento en el que el mundo entero parecía arder: de mi pelo naranja y mi vestido también naranja, y de la incontrolable hoguera detrás de mí: mi momento ave fénix. Pero un par de horas después me robaron el teléfono y no existe ninguna prueba de ello. Las llamas me envolvieron y mi cuerpo olía a munición. No tengo imágenes y tampoco hacen falta.

Ardiendo y con los brazos empapados y cubiertos de ceniza, me fui a la cama con dos personas por primera vez y esa noche descubrí otra versión de mí misma. Una que me gustaba. Renací de mis cenizas en el sexo.

Los fénix son una buena metáfora de estos últimos meses en mi vida. El cambio infinito. Destrucción. Arder y levantarse. Para ser. Otra cosa.

Sigo pensando en este final de verano. Si no lo he hecho todo, no he hecho nada, no he hecho suficiente. Y hoy, con esta resaca mortal, sin teléfono, sin cuerpo, cenizas enjuagadas, el cerebro como el yeso, lo asimilo todo y me siento un poco enloquecida, un poco libre, un poco demasiado. Un poco mucho. Todas estas experiencias me llevan al drama de una forma demasiado fácil, y no sé si toda esta emoción a flor de piel y lo perdida que me encuentro, se debe a la resaca del eme, del trío, del robo del teléfono. O a la resaca de la ciudad en llamas.

Quizá, simplemente, es que llevo el drama en la sangre.

Voy y vengo entre la duda y la vorágine. En profunda necesidad de volverme a encontrar y de algún intento infructuoso de rutina, este ligero caos del verano y estas vacaciones permanentes, esta locura, también me dan la sensación de que son lo más parecido a un reinicio. Un reset, como el ordenador de casa cuando era pequeña.

La pólvora desenfrenada me ha asfixiado: una mano en mi garganta, dándome placer y cortándome la respiración al mismo tiempo. Como si hubiera un botón presionado, incómoda en los impulsos que estoy tomando, sin saber el alcance de las consecuencias. Pero. Aún así, lo presiono. Encuentro formas de respirar, de llegar al orgasmo, a través del estallido ensordecedor de los cohetes y la vida que dejamos atrás quemándose.

A veces simplemente necesitamos hacer lo que sea que el cuerpo nos pida, nuestros instintos tomando el timón. En constante búsqueda de lo que encaja, lo nuevo que nos gusta y lo viejo que ya no necesitamos. Un acto de equilibrio.

Si tengo que vivir en diferentes ciudades y no quedarme en ninguna, que así sea. Si tengo que moverme en el caos organizado hasta poder encontrar un orden caótico, lo haré. Si tengo que quemarme por completo para empezar de nuevo. Si he de morir para volver a nacer. Combustión, decir sí, probar cosas nuevas: tengo las cerillas en la mano. Mis labios saben a napalm. Y veo el final a través de las llamas, aunque todavía hay mucho camino por recorrer. No quedarán pruebas de ello. Tampoco tengo ningún mapa con el destino final marcado. Siempre he pensado que lo necesitaba pero quizá el mapa se quemó también aquella noche de fuego y renacimiento.

La tristeza a veces te golpea sin avisar. Como cuando me desperté el viernes, la ansiedad de la incertidumbre y la falta de comodidad y firmeza —una estabilidad fingida, de mentira, que no va a ninguna parte, o no va a donde yo pensaba que iba— me engulle. Tan pronto llega como se aleja. Un tren que nunca sabes si es de ida o de vuelta.

No he dormido en mucho tiempo. O eso me parece. Estoy exhausta y anhelo descansar, pero siento que el reposo que buscaba en la seguridad de un abrazo, por mucho que necesite dormir, se puede encontrar en otra parte. En las llamas. Lejos del hogar. Y quizá lo más importante sea la intuición de que puedo encontrarlo dentro de mí.

//

he pensado durante muchos años en lo bueno que sería ser más mayor. siempre quise serlo. sigo pensando que preferiría ser mayor. asentarme. me parece que a los 35 tendré las cosas resueltas, estaré bien. por fin. mi familia y mi trabajo y mi casa.

todo tendrá sentido.

establecida. no tendré que ser guapa, ni joven, ni delgada, ni tener citas, ni todas las cosas que me devoran hoy en día.

me doy cuenta de lo estúpido que suena eso. y luego me detengo y miro a mamá y a papá, o a las personas que he visto jóvenes y que ahora tienen arrugas, y me pregunto si de verdad estaré bien. ¿o me preocuparé por las patas de gallo, por ponerme gorda, por los préstamos y las hipotecas o por poder pagar las cosas?

nyc, 2017

//

//

todos los caminos que llevan al único camino que encuentro

que es de vuelta a un sitio que es mi casa sin cimientos

mis cosas sin casa

mi casa sin cosas

una ciudad que me come y me engulle

que me escupe

siempre con mala cara

con la tripa inflada

con la cara hinchada

con los ojos grises

¿y mis ojos azules?

pero quiero volver

porque ya no sé donde pertenezco

solo me pertenezco a mí misma

a veces me pregunto porque vuelvo sin parar

a las ciudades que me vuelven fea

el airbnb de clinton hill, nyc, octubre 2021

//

//

me dijo “estar dentro de ti es como estar en casa”.

tocarte.

tu piel.

tú.

haces que sienta que estoy en casa y amo esa sensación.

¿estoy enamorándome de ti?

williamsburg, new york, 2018

//

Una forma de hogar

Si me conoces, sabes que vivo en todas partes y en ninguna a la vez. Si no lo haces —¿y por qué ibas a hacerlo, no?—, te explico cómo va eso.

En febrero de 2021, dejé mi apartamento de Brooklyn y me fui a la Costa Oeste durante un par de meses. Hice mía una casa que no lo era, la llené de flores, escondí el arte que no me gustaba, puse postales en la nevera. Compré vasos de martini y cubiertos a pesar de saber que era algo temporal y, precisamente por eso, dejé el violín que estaba colgado en la pared en vez de guardarlo. Quería recordarme a mí misma que estaba de paso.

Fue agradable. La luz llenaba cada esquina, por muy oscura que pareciera durante la noche. La casa tenía dos camas. Cuidamos a un perro y fingimos que era nuestro. Conocimos a los vecinos y a su precioso bebé.

No estaba sola ni tampoco tomé la decisión de cruzar el país por mi cuenta. Jack y yo fuimos juntos. Durante esas semanas, me sentí como en casa, aunque duró menos de lo que me hubiera gustado. Porque me hubiera gustado que realmente lo fuera. Quería vivir en Los Ángeles. Que se convirtiera en mi hogar.

Mayo llegó y era hora de volver a la Costa Este. Nuestro tiempo allí no había terminado, pero queríamos estar en Nueva York en primavera, porque Nueva York en primavera es la ciudad más bonita del mundo. La ciudad despierta. Todo el mundo vuelve en el momento en el que comienzas a escuchar el canto de los pájaros y a ver a los cerezos en flor. Cuando las piernas se desnudan y la piel se deja acariciar por el sol.

Unas semanas después, cuando se suponía que tenía que viajar a Europa, la visita de siempre a mi familia, a mis amigos, el verano en España como todos los años, mis planes cambiaron. La vida tomó un camino diferente y la angustia entró en juego: Jack y yo lo dejamos. Lo cierto es que él me dejó a mí. Es más sencillo decir la verdad. Así que cuando llegué, decidí quedarme. Me quedé porque en casa, en la casa donde crecí, en Madrid, me sentía cómoda. Pero también porque no tenía a donde volver, o eso sentí en aquel momento. Mi hogar en Nueva York ya no era mío. Mi cama era solo suya. Mis cosas estaban empaquetadas en cajas verdes en un almacén perdido. Mi hogar se redujo al lugar en el que había crecido y mi familia me recibió con los brazos abiertos. Mi casa volvía a ser mi casa.

Con el corazón roto, reservé un vuelo a Islandia. Otro a Ibiza. París. Busqué refugio viajando, en los hoteles, en las maletas, en pasar desapercibida, estar sola —y descubrí que viajar no era un refugio, sino un medio para volver a ser yo misma—.

Cada año, en Nochevieja, intento apuntar las cosas que siento que he conseguido durante los últimos doce meses. En mis notas de lo que logré en 2020 había una lista que, entre otras cosas, decía: encontrarme. No estoy segura de qué versión de mí misma descubrí ese año. Al escribir esto ahora, me doy cuenta de que esa no era yo o, al menos, no esta versión de mí. No era quien soy a día de hoy. Era otra.

Tiempo después, puedo decir con bastante certeza que en el momento en que pensé que me había encontrado, en realidad no podía estar más perdida. Estuve perdida mucho tiempo. Perdida en la idea de quién quería ser: ideas, ideas, ideas. O de quién pensaba que tenía que ser.

Jack siempre me decía que yo tenía muchas ideas. Nunca dejé de sentir eso como algo malo. Entonces no sabía que más adelante abrazaría esa forma de moverme por el mundo como si no hubiera un mañana. La de dejarme llevar por mis planes y proyectos y ganas de hacer cosas nuevas que no acaban nunca.

Supongo que ahora siento que, más o menos, me he encontrado. Me he encontrado dentro de una cierta ambigüedad. Pero hay días que todavía me recuerdan lo perdida que estoy en realidad. Cuando me tumbo en el suelo y me siento tan pegada a él, completamente adherida, como si nunca fuera a levantarme de nuevo. Entre chicle y derrame de agua.

Pero. Me levanto, como algo de chocolate, bailo un poco. Y sigo. Un pasito adelante. Como la serie de Miguel Ángel Muñoz. Ea.

***

Ese verano, al no tener una casa propia, sino un par de maletas, me sentí libre y llena de ansiedad al mismo tiempo. Como si estuvieran tirando de mí en dos direcciones. Como si pudiera ir a donde quisiera y ser lo que quisiera, pero sabiendo que no estaba arraigada a ningún sitio y eso significaba que nada era del todo real. No tener raíces significaba no tener estabilidad y sentía, aún lo siento, que la estabilidad era la base de la felicidad. Yo era nada y todo al mismo tiempo. No tenía nada y lo tenía todo. Y no había necesidad de que volviera a Estados Unidos. ¿Para qué? Entonces seguí quedándome y seguí viajando. Continué no volviendo.

Y eso era intenso y turbulento, el no volver, el quedarse, el no saber qué pasaría después del verano, ese verano tan indomable, tan perfecto. Parecía que me encontrara en el centro exacto del caos. Un caos medido, controlado. Perfecto desorden ordenado por mí.