Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En Horror faciem se narran los extraños sucesos que ocurren en la sala Blanca Marchant del hospital El Redentor, donde el médico a cargo, el doctor Rodolfo Gress, debe averiguar el misterio tras las trágicas muertes de funcionarios y enfermos, mientras es atormentado (y a la vez guiado) por el doctor Echeverría, el jefe de servicio de medicina. Gress cuenta con la capacidad de ver más allá del mundo de los vivos y tiene a su cargo cinco pacientes, quienes van sufriendo los tormentos de la sala que parece ser un portal al infierno, llevando al protagonista a un viaje aterrador donde la realidad y lo sobrenatural entrelazan sus límites. La obra cuenta con algunas situaciones basadas en hechos reales que son parte de las vivencias del autor durante sus años de ejercicio de la medicina — especialmente en el hospital del Salvador—, las que dan a la obra un toque de inquietante realismo.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 261
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Horror faciem © 2023, Daniel Erlij ISBN: 9789564063287 eISBN: 9789564063447 Primera edición: Noviembre 2023 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.
Trayecto Editorial Editor: Cristóbal Ibarra Ilustración portada: Luis Naranjo Diseño portada y diagramación: David Cabrera Corrales Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925
Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile
Hospital El Redentor. Mi viejo y querido hospital. El esplendor del siglo XIX, cuna de los más grandes médicos de la historia de este país, se cae hoy a pedazos. Su agonizante estructura contrasta con la imponente presencia del moderno centro de atención que se erige a metros de allí. El “nuevo hospital El Redentor”, lo llaman. De todas formas, circulan rumores que aseguran que la demolición será parcial. Quizás por el título de Monumento Nacional que algunos de sus rincones han recibido o por la utilidad que las viejas salas podrían tener en la atención de pacientes de baja complejidad. Aun en el ocaso de su existencia, El Redentor se aferra a la vida con garras que muchos de quienes trabajamos en él, hemos ayudado a afilar.
Llegué a la capital con un poco más de dieciocho años a estudiar Medicina, luego de dejar a mi madre sola con su máquina de coser, vestidos y confecciones, en la hermosa y rústica casa de campo donde nací, me crie y devoré cientos de libros en mis solitarias tardes carentes de amigos y hermanos. No fue fácil decidir partir. Aquella fue una decisión llena de sentimientos encontrados, pero de la que no me arrepiento.
Luego de dos años lidiando con enormes libros saturados de latín, fórmulas y tubos de ensayo con olores penetrantes y cuerpos fríos de órganos pálidos con esquivas remembranzas a tiempos provistos de alma; llegaba el momento de conocer los hospitales y sus pacientes. El día del sorteo del campo clínico en el cual iniciaríamos nuestra formación como médicos, se sentía una fuerte tensión en el ambiente. “No me vaya a salir El Redentor, dicen que allí hacen sufrir a los alumnos con sus métodos de tortura psicológica de la vieja escuela” o “He oído de alumnos que han salido de allí con licencia psiquiátrica”, eran las expresiones que más veces oí de mis compañeros ese día. Cuando fue mi turno, introduje la mano en la caja de cartón bajo la atenta vigilancia de la secretaria de la facultad, quien exigía que se le mirara fijamente a los ojos para evitar trampas durante el proceso, cual duelo de pistoleros. Escarbé con obsesión, como si mis dedos pudieran leer los nombres de los hospitales escritos en cada uno de los trozos de papel por puño y letra de la anciana funcionaria. Al final, me decidí por uno y lo saqué en medio de un suspiro. Al abrirlo, mientras un intenso silencio inundaba la oficina, el arrugado y amarillento papel que parecía ser el mismo utilizado por años en el sorteo, dejó entrever el que sería no solo mi centro formador, sino el lugar donde trabajaría gran parte de mi vida. Mi segundo hogar: el hospital El Redentor.
Para esas fechas, tenía el cabello largo y un aspecto algo desgarbado, pero era dueño de una credencial reluciente en mi delantal que llevaba con orgullo, a pesar de que mi nombre “Rodolfo Gress” aparecía con una “s” y no dos como correspondía. La facultad, una vez más, había escrito mal mi apellido; pero aquello no era novedad. Complementaba el atuendo un estetoscopio recién comprado que conseguí a buen precio con un alumno de un curso superior.
Recuerdo el primer paciente que vi en mi tercer año de carrera como si fuera ayer. La anamnesis no estuvo carente de inconvenientes. El hombre, de unos sesenta años, con una verborrea incontrolable y unas ganas irresistibles de conversar de cualquier cosa que no fuera su enfermedad, habló sin parar, impidiéndome dirigir la entrevista. Fueron quince minutos desperdiciados, escuchando la “injusta situación” que condujo a que lo despidieran de su trabajo. Cuando lograba llevarlo a la descripción de sus síntomas, el paciente recordaba alguna anécdota que le parecía importante compartir conmigo y que nada tenía que ver con el cuadro clínico. Al ver que el tiempo se agotaba y que debía mostrar la historia a mi tutor, comencé a transpirar bajo el delantal. Saqué la información necesaria con enorme dificultad, lo examiné mientras no paraba de hablar, a pesar de que le rogué que guardara silencio para auscultar sus pulmones, y salí corriendo de allí. Armé un relato clínico contra el tiempo y lo presenté al doctor que me supervisaba.
Siendo sincero, la historia que escribí sobre el caso clínico fue horrible, torpe y francamente ridícula. Mi tutor la leía frente a mí y mis compañeros, y ver como su rostro se deformaba con cada párrafo me secó la garganta y generó un escalofrío que recorrió toda mi espalda. Al terminar la lectura, el docente me miró con una cara de: “¿qué mierda es esto?”. Culpar a la verborrea del paciente por aquel desastre era indigno y solo hubiera empeorado las cosas, por lo que opté por guardar silencio, avergonzado. El tutor destruyó mi historia de principio a fin, imposibilitado de rescatar al menos un aspecto positivo, pero lo hizo con tanta delicadeza y de manera tan pedagógica, que lo sentí como una “humillación constructiva”. A pesar de ello, la vergüenza me consumía y, si hubiese sabido en ese momento dónde estaba el baño, habría corrido a encerrarme allí a llorar un rato. Mi amigo Joaquín Mascallanos, compañero de grupo y testigo de mi tragedia, me tomó el hombro e intentó consolarme con su habitual humor carente de tino mientras caminábamos hacia los casilleros una vez finalizado el paso práctico. No tuve más respuesta para él que una sonrisa forzada. Estaba en una especie de trance y sabía que, si hablaba, me caerían las lágrimas. Es por ello que me desvié del camino sin que los demás lo notaran, decidiendo que ese día no almorzaría con mi grupo, sino que daría vueltas en el hospital hasta que esa amarga sensación se atenuara lo suficiente como para seguir con mi vida. Me sentí un inútil e imbécil. «¿Habré elegido bien la carrera?», me preguntaba mientras pisaba esas ruidosas tablas de madera de El Redentor dañadas por el paso del tiempo.
Fue en esa peregrinación sin destino que llegué a las afueras de la sala Blanca Marchant y, atraído por un magnetismo inexplicable, me planté frente a ella.
Puse mi mano sobre la vieja puerta. El vidrio de esta, justo a la altura de mi vista, evidenciaba la pobre iluminación en su interior, siendo la más oscura de las salas que había conocido. Aquella lobreguez era una clara advertencia, pero decidí seguir adelante. Empujé la puerta poco a poco, escoltado de principio a fin por un agudo crujido que sonaba como el quejido de una mujer agonizante… Y entré.
La sala constaba de la misma arquitectura básica de todas: un largo pasillo que unía la envejecida entrada con una salida posterior de uso exclusivo del personal del lugar. El techo estaba desdibujado por una red de grietas y pintura descascarada que le daba un aspecto tenebroso. Colgando de él, como un columpio lo hace de un árbol, había tres lámparas rectangulares de luz fría con una extraña tendencia a balancearse sin estímulo evidente. Aquellas no eran lo suficientemente grandes como para iluminar el pasillo por completo, dejando unos vacíos entre ellas que la oscuridad aprovechaba para penetrar. A la izquierda del pasillo estaban las quince camas de los pacientes hospitalizados, separadas en tres sectores de gruesos muros, cada uno con cinco camas, denominados con las letras A, B y C. Cada sector tenía una entrada donde la puerta permanecía abierta para el libre paso del personal. A pesar de que cada sector contaba con amplias ventanas, la luz parecía negar sus brazos a los enfermos, generando un ambiente lúgubre del cual ningún rincón escapaba. A la derecha del pasillo se encontraban tres grandes escritorios con las fichas de los pacientes, cada uno frente a un sector. Las sillas de dichos escritorios, donde el personal médico se sentaba a escribir, daban la espalda al pasillo. Esto hacía que quien se posara allí estuviese en una especie de aislamiento temporal, ignorando la dinámica de los sectores a sus espaldas. Al mismo tiempo, permitía quedar frente a los ventanales, a través de los cuales podía verse las demás salas construidas en paralelo y los techos más bajos que siempre estaban alfombrados de hojas secas. Al fondo a la derecha, finalizando el pasillo, estaba la sala de enfermería donde se preparaban los medicamentos, sueros y el desayuno de los técnicos paramédicos, con el inconfundible aroma matinal a pan tostado.
Consciente de que mi aspecto y actitud imberbes no me hacían pasar por doctor y que en cualquier instante me sacarían de allí —debido a que el horario después de mediodía en El Redentor era “libre de alumnos”—, enlentecí mis pasos y me arrimé a la pared para despejar el pasillo hasta que la rocé con mi hombro. Me quedé inmóvil unos segundos e, inesperadamente, me sentí invisible a los ojos del personal de la sala, por lo que decidí continuar mi camino. En la puerta del sector A pude ver una mancha de sangre en el piso y la curiosidad sobre su origen me impulsó a entrar. Allí, una paciente anciana de rostro marchito y pálido estaba sentada sobre su cama con un pañuelo tapando su boca. Un hilo de sangre bajaba por su antebrazo para gotear en el piso. Sin mover su cuerpo, dirigió su vista hacia mí, y lo hizo de manera tan intensa, que quise salir corriendo, pero mis músculos desatendían mi control. Repentinamente, una enorme arcada advirtió lo que sería una nueva oleada de sangre brotando de su boca, rociando el piso con más de su vida. La mujer era observada por una inconmovible doctora de ceño fruncido quien, sin delicadeza alguna y mientras escribía indicaciones en la terapia, comentaba a su joven interna.
—Es una hemoptisis secundaria a un cáncer pulmonar y está fuera del alcance terapéutico. Ahora, si la sangre viene del pulmón, ¿por qué acaba de vomitarla en vez de expectorarla? O sea, ¿por qué la precedió la arcada y no la tos?
La interna quedó petrificada con dicha pregunta al igual que yo, que apenas podía definir una hemoptisis. La doctora dejó de escribir, miró a la joven y pude ver cómo le decía “imbécil ignorante” con su mirada. El mutismo y los ojos llorosos de la interna la obligó a responderse ella misma.
—Pues porque es tanta la sangre que elimina, que termina tragándola para luego vomitarla cuando su estómago se ha llenado. Eso deberías saberlo, niñita.
La paciente volvió a vomitar sangre y su pañuelo ya era más rojo que blanco. Me quedé parado viendo el exanguinante espectáculo, no sé si por morbo o curiosidad científica, pero fue en ese momento cuando me golpeó una ráfaga de viento frío. No logré determinar de dónde venía, sin embargo, lo más intrigante, es que traía consigo un inquietante olor que podría describir como de “hojas dulces”. Una mezcla de hojas húmedas y un dulzor hostigoso, pero tan intensificado y denso, que me raspaba la garganta. El inspirarlo era tan asfixiante que debía tragar para seguir respirando. Fue una sensación horrible, incómoda y angustiante que me mantuvo inmóvil unos segundos para intentar recuperar el aliento. Aquel aroma amenazaba con dejarme sin aire si no escapaba pronto de allí. A pesar de ello, comencé de a poco a tolerarlo y acostumbrarme a él, así pude seguir avanzando.
Repentinamente, un paramédico pasó raudo por mi lado con un carro lleno de implementos, dirigiéndose al sector B. La curiosidad me arrastró hacia dicho lugar, y de pronto sentí un olor que opacó al de hojas dulces, tan insoportable y nauseabundo que en un acto reflejo me tapé la nariz y la boca como lo haría un niño.
—Eso se llama melena —sentí en mi oído una voz que me remeció de manera indecible y que añadió—: Sangre degradada en el tubo digestivo que se elimina con las deposiciones.
Al girarme, pude ver a la joven doctora que me hablaba. Era una hermosa mujer de frondoso cabello anaranjado y ojos azules.
—Ese olor nunca se olvida —agregó dibujando una sonrisa algo burlona en su angelical rostro.
Unos segundos después, su delicada silueta se perdía en el interior del sector B hasta donde la seguí con la esperanza de al menos conocer su nombre. Dentro del sector, me vi sumergido en una creciente oscuridad. Creí que la iluminación estaba fallando, pero el personal seguía trabajando inalterable, por lo que pensé que el problema eran mis ojos. Apenas podía ver dónde pisaba. El sonido del agua en el suelo hizo que mis pasos se enlentecieran. Sabía que debía salir de ahí, pero mi cuerpo decía otra cosa. Me quedé paralizado esperando recuperar mi vista, mientras que las gotas de sudor me irritaban los ojos y me hacían llorar. Por fortuna, poco a poco comenzó a reaparecer la luz, pero solo para mostrarme como bajo una de las camas, una pasta negro-petróleo avanzaba por el piso. Era la fuente de aquel olor que me tuvo al borde del vómito: la melena.
Me hice a un lado sin darme cuenta de que estaba parado en medio de un charco de aquella repugnante secreción. Creo que fue la vergüenza de solo pensar en vomitar delante del personal de la sala y los pacientes lo que me dio las fuerzas para salir casi corriendo del lugar. Avancé lentamente y el pasillo parecía alargarse con cada paso. Una rama golpeaba las ventanas desde fuera con una fuerza tal que me hizo dudar de la intencionalidad del viento que la remecía. Luego de lo que pareció una eternidad, llegué a la puerta del sector C.
Antes de mirar al interior de dicho sector, me di unos segundos para recuperarme y alejar los deseos de rociar el piso con mi escuálido desayuno, apoyándome en la pared que separaba las camas del sector con el largo pasillo. Desagradable fue mi sorpresa al darme cuenta de que había posado mi mano en una mancha de sangre esparcida en dicha pared. Saqué con disimulo un pedazo de papel de mi bolsillo para limpiarme. No me atreví a entrar a lavarme al sector. Sabía que no debía estar allí y no quería que alguna enfermera de mal carácter me sacara furiosa del lugar.
Mientras me limpiaba e intentaba calmarme con ejercicios de respiración improvisados, escuché los chirridos de carros de enfermería acompañados de voces con palabras inentendibles y tonos temblorosos. Una fuerte sensación de “algo malo pasa allí adentro” aceleró mi corazón y me estranguló hasta el punto de obligarme a desabrochar el cuello de la camisa. Sentí que si no escapaba de allí en el acto, me asfixiaría, y aun así, decidí quedarme a mirar lo que ocurría al interior. El eco de la severa voz de mi madre diciéndome tantos años atrás: “Hijo, no bajes la mirada, al miedo hay que mirarlo de frente” retumbaba en mi cabeza, abriéndose paso entre la angustia y el sudor frío. En cuatro años más sería médico y me enfrentaría a situaciones como las que ocurrían en aquella sala; no podía sucumbir al terror.
Lo primero que vi en el sector C me dejó sin aliento. ¡Jamás olvidaré la cara de espanto de esa pobre mujer! Era una joven en extremo delgada, pálida y ojerosa, con un largo y ondulado cabello rubio que contrastaba dramáticamente con su aspecto cadavérico. Observaba con la mirada perdida a la cama de enfrente, lugar donde se concentraba todo el personal y emanaba el caos que envolvía al sector. De un instante a otro, ella volteó a mirarme, fijando todo su interés en mí. Su expresión se relajó y hasta esbozó una ligera sonrisa. No entendía la razón por la cual me miraba y menos por qué aquello me provocaba inquietud. Todo ocurría en una pasmosa cámara lenta. Repentinamente, dejó de fijarse en mí y volvió a concentrarse en el evento que se desarrollaba frente a ella. Fue en ese momento cuando decidí seguir su mirada y compartir el horror que presenciaban sus ojos.
Sobre la vieja cama, una doctora comprimía el pecho de una paciente a un ritmo de 100 por minuto para salvarle la vida. No podía ver el rostro de la enferma, pero sí como su famélico cuerpo se estremecía con cada compresión, mientras el paramédico la ventilaba con un ambú, la enfermera preparaba algo en una jeringa y el otro médico allí presente esperaba su turno para relevar a la doctora y seguir con el procedimiento. Entonces lo supe. Estaba presenciando un paro cardiorrespiratorio por primera vez.
De pronto, un hombre con su delantal blanco desabrochado pasó por mi lado corriendo hacia la paciente en paro. “No, mierda, no otra vez”, repetía. Era el médico tratante cuyo único pecado era haber salido unos minutos a tomar un café luego de haber tenido una mala noche. Mientras tanto, la joven pálida volvía a mirarme, pero me propuse ignorarla para evitar la incómoda sensación que me generaba. El doctor aparecido en escena, de cabello mal cortado y aspecto demacrado, se colocó rápidamente los guantes, tomó el tubo que la enfermera le tenía preparado, abrió el laringoscopio y lo introdujo por la garganta de la mujer. Entonces volvió a mí esa horrible sensación, como si la sala estuviera “cargada con algo malo”. Las palabras del doctor no hicieron más que confirmar mi parecer.
—No veo las cuerdas vocales.
Nadie le contestó.
—Ya, instalé el tubo —dijo segundos después con un tono poco convincente.
Acto seguido, la doctora que había sido relevada de las compresiones auscultó ambos pulmones.
— No escucho nada —dijo.
Estoy seguro de que en esos momentos sentí la misma angustia que el equipo médico.
—El tubo parece no estar en vía aérea —insistió la doctora.
—¡La puta madre! —exclamó el médico desde lo más profundo, para luego seguir escarbando en búsqueda de la esquiva laringe.
Más gritos, más indicaciones desesperadas y, de repente, no hubo más que ese horrible sonido, como el de un paño rasgándose bruscamente, que quedará grabado en mi memoria para siempre. Fue el sonido que trajo la muerte al lugar. Un cuello hinchándose de manera grotesca, la sangre brotando a borbotones desde el tubo orotraqueal, el monitor y su eterno e inalterable pitido para confirmar que nada más había por hacer.
Me quedé mirando fijamente el monitor, mientras el pitido seguía sonando. Todo ocurría en cámara lenta alrededor del cuerpo sin vida de la paciente. De la nada, una mujer con las batas del hospital salió corriendo desde el sector C, pasando tan cerca de mí que apenas pude correrme para evitar el choque. Atónito, la vi perderse en la oscuridad al final del pasillo. Es probable que no lograra soportar el terrible espectáculo o quizás hubiera otro motivo más oscuro para su huida. Fuera lo que fuera, lo consideré señal suficiente para abandonar el lugar.
Entonces la voz de la joven cadavérica de largo cabello rubio inundó el sector.
—Acá todos se mueren. Yo no quiero morirme —y comenzó a llorar—. ¡Quiero irme de aquí! ¡No quiero morirme!
Giré bruscamente sobre mis talones y caminé lo más rápido que pude por el pasillo hacia la entrada principal de la sala, para escapar de allí antes de que la muerte también me alcanzara a mí. Pasé por el sector B, ahora sin mirar hacia dentro y, cuando me aproximaba a pasar por el A, de su interior surge de la nada un hombre alto y fornido con bata de hospital, sosteniendo en su mano un bisturí ensangrentado. Cuando gira hacia mí, veo la sangre salpicada sobre su bata y su cara. Sus ojos estaban tan abiertos que parecían no tener párpados. Su mirada era enajenación pura. Se quedó inmóvil, al igual que yo ahora frente a él. Su enorme cuerpo era el obstáculo que impedía mi escapatoria de la sala y no supe hacer más que esperar el peor desenlace. La sangre corrió desde su frente a la mejilla y cuando se aproximó a sus labios, me mostró sus dientes, cual perro rabioso. Pude sentir el bisturí clavado en mi pecho con un realismo escalofriante y aun así no fui capaz de moverme. Podría haber escapado por la salida trasera de la sala, pero no lo hice. Y no puedo explicar por qué. El momento pareció extenderse por horas y las ganas de llorar me embargaron, pero ni siquiera eso podía hacer. Repentinamente, desde el interior del sector A brotó un grito desgarrador, como quien acaba de darse cuenta, después de luchar, que ha perdido un miembro. El hombre miró al interior y partió furioso con el bisturí en la mano, como si fuese a terminar su “trabajo”. Ese fue mi momento. Salí corriendo y mirando hacia atrás al mismo tiempo, para asegurarme que no me seguía. Una combinación que no suele terminar bien. Fue así como me estrellé con un doctor que pasaba por las afueras de la sala, el cual me tomó con firmeza de ambos hombros.
—¿Qué hace aquí un alumno a esta hora?
Ni siquiera tuve el valor de mirarlo a la cara y con la cabeza gacha contesté:
—Perdón, doctor, es que olvidé algo en la sala y tuve que devolverme a buscarlo.
—¿Estás bien, chiquillo? Tienes cara de haber visto al diablo.
—Sí, doctor, estoy bien. Disculpe, pero debo irme.
Y aún mirando al suelo, me alejé de allí lo más rápido que pude. Mi cobardía impidió siquiera denunciar lo visto. Intenté convencerme de que el hombre de ojos saltones había tenido un accidente o que fue espectador de un procedimiento médico que salió mal. Una sarta de estupideces que inventé para no involucrarme en el caso.
Desde ese momento decidí nunca más entrar a la sala Blanca Marchant, pensando con infinita ingenuidad que era yo quien tomaba esa decisión. Nunca antes había visto morir a alguien hasta que entré a ese lugar. Fue la primera vez de muchas en mi carrera médica, pero no fue el hecho, sino la manera y las extrañas sensaciones que viví allí, lo que me persiguió cada noche durante los meses siguientes. Nunca me preocupé de explicar lo vivido, sino solo de olvidarlo.
El hospital El Redentor fue mi centro formador durante toda la carrera. Mil veces pasé por fuera de la sala Blanca Marchant y siempre con la angustia de que me indicaran rotar por ella. Por eso, enorme fue mi felicidad el día en que supe que la cerrarían. Una felicidad irracional que llegó a su clímax cuando un enorme candado clausuró su entrada. Nunca tuve claro por qué dejó de funcionar y me preocupé de mantenerme al margen de los rumores al respecto. La sala estaba cerrada y yo estaba convencido que sería para siempre.
Quizás fue una ironía del destino, pero ahí estaba yo con varios años más, el cabello más corto y una barba bien cuidada, siendo testigo de cómo la sala Blanca Marchant volvía a abrirse. A diferencia del primer encuentro, ya no era un simple alumno, sino todo un médico graduado con distinción máxima y que generó esos inexplicables lazos con el hospital que lo formó, quedándose a trabajar en él.
Mi destino siempre fue la medicina interna, un verdadero arte deductivo que se realiza frente a la cama del paciente y no en pabellón, o sea, lejos de la sangre, las tripas y los bisturís. De esta manera, el servicio de Medicina del hospital El Redentor se transformaría en mi segundo hogar.
Con el pasar del tiempo, casi había olvidado la existencia de la sala Blanca Marchant y mi perturbadora experiencia en ella, sin embargo, esta se encargó de recordármela de la peor manera, como una imposición del destino, tomando mi cara y obligándome a mirar cómo aquellas puertas reabiertas develaban las entrañas de un lugar que me generaba una indescriptible incomodidad.
“Doctor Gress, usted quedará a cargo de los cinco pacientes del Sector C”, me dijo el jefe de servicio, el doctor Gabriel Echeverría, quien no era de las personas con las que se puede discutir. La dirección del hospital habría solicitado reabrirla para ampliar el número de camas y nada podía hacerse al respecto. Mi nombre, según supe después, había estado en la lista del personal para trabajar en ella desde el primer momento.
La reapertura de la sala convocó a un grupo de personas del área administrativa y quienes habíamos sido seleccionados para ponerla en marcha, obligándonos a abandonar nuestro sitio habitual de trabajo en El Redentor. Una especie de inauguración que no era tal, donde la ausencia de entusiasmo en los presentes solo empeoraba el ambiente gris de unos de los sitios más lúgubres del hospital. Imagino que el desánimo se debía a que nadie nos preguntó si queríamos trabajar en esa sala —aunque en realidad no tenían por qué hacerlo— o porque dicha reapertura era el reflejo del fracaso de la entrega del nuevo hospital en las fechas estipuladas. La verdad no lo sé, pero el ambiente funerario era sin duda un inicio poco promisorio para esta nueva etapa laboral.
A mi lado, la señora Violeta, personaje considerado como parte del inventario del hospital, suspiraba cada cinco minutos. Algunos decían que nació en El Redentor y que estuvo hospitalizada en su niñez por culpa de la polio, situación que explicaría la cojera que la caracterizaba. Era una mujer canosa y gorda cuyas arrugas parecían reflejar más tristeza que senectud. De hecho, nunca la vi sonreír desde que llegué al hospital, y estaba al tanto de las numerosas veces que estuvieron a punto de despedirla por “salud incompatible con el cargo”, pues pasaba la mayor parte del tiempo con licencias médicas por razones no del todo claras.
Su rostro, al momento de la reapertura de la sala, reflejaba una angustia inconsolable, tanto así que no pude evitar preguntarle cómo se sentía.
— Estoy bien, mijito —me respondió sin dirigirme la mirada.
Su falta de convicción era evidente, pero el tono de sus palabras contenía tal ternura que me sorprendió.
—Oiga, ¿le parece si la invito a un café mientras? —insistí—. La llegada de pacientes a esta sala no será inmediata.
—Bueno, mijito —esta vez me habló mirándome con unos ojos que escondían una profunda pena—. Un café me va a hacer bien.
No fue fácil para mí, siempre raudo por los pasillos del hospital, lograr equiparar el ritmo de la señora Violeta en nuestro camino hacia el casino. Ella se tomaba su tiempo para desplazarse y, si bien al principio estuve a punto de perder la paciencia, bastó que avanzara unos metros para cambiar el enfoque de aquel paseo. A la velocidad de Violeta, el hospital parecía otro. Acostumbrado como estaba de mirar siempre hacia delante con foco en mi objetivo, nunca me detuve a observar los detalles de cada pasillo. Si bien el deterioro de El Redentor era evidente, el hospital tenía un encanto que solo los sitios antiguos poseen.
No hablamos en todo el camino. No sabía cómo romper el silencio y menos deseos tenía de hacerlo cuando la vi murmurando oraciones mientras manipulaba su rosario.
El casino era un oasis en el desierto. Había sido remodelado hace algunos años y su moderna estructura contrastaba con el entorno hospitalario de siglos pasados. Mientras compraba los cafés, no lograba aclarar en mi cabeza si la invitación tenía su origen en el morbo y la necesidad de saber más de aquel personaje misterioso, o si es que en realidad me había conmovido su tristeza y aparente soledad. Como sea, ya estábamos allí, y me di cuenta de que si yo no rompía el silencio, ella tampoco lo haría.
—Siempre me ha gustado este café —me apresuré a decir con el tono más cordial posible—.Lo he tomado todos los días desde que llegué como alumno a este hospital.
Como no recibí respuesta alguna, volví a insistir.
—Señora Violeta, sé que nos hemos visto en muy pocas ocasiones y, por lo mismo, no creo que se acuerde de mí. Sin embargo, quise empezar con el pie derecho invitándola a un cafecito, ya que vamos a trabajar juntos.
—Sí, me acuerdo de usted, mijito —respondió, inexpresiva.
—Ah, ¿sí? ¡Pues mire qué afortunado soy! —exclamé con el objetivo de sacarle una sonrisa, pero no funcionó. Sin ánimos de seguir forzando la situación, preferí cambiar a una conversación más sincera:
—No le gustó que la trasladaran a la sala Blanca Marchant, ¿verdad?
Noté, a pesar de su falta de expresión, un sutil cambio en su mirada.
—No, no me gustó para nada. Trabajé ahí por un tiempo hace muchos años atrás, quizás veinte, y solo tengo malos recuerdos de esa experiencia. Ese lugar absorbió toda mi energía, ¡me consumió! Desde ese momento, nunca volví a ser la misma y pese a que me cambiaron de sala, después de mucho insistir, nunca me recuperé.
No me esperaba de ella una confesión así, por lo que me costó encontrar las palabras para seguir la conversación.
—La entiendo. Tuve una experiencia traumática cuando era alumno allí y la verdad es que desde ese momento evité volver a entrar en ella. Es como si esa sala estuviera cargada.
—¡¿Cargada?! — exclamó ella casi en un grito—. Yo creo que está maldita.
—¿Por qué lo dice?
—Por las cosas que pasan ahí, por la gente que sufre y se desmorona cuando trabaja en ella. No he sido solo yo, doctor; he visto personas valiosas derrumbarse por culpa de ese lugar.
—¿Se refiere a alguien en particular, señora Violeta?
Vi como sus ojos se llenaron de lágrimas. Sentí que la introducía en un tema delicado y, por lo mismo, me arrepentí en el acto de mi pregunta. Sin embargo, la mujer comenzó a liberar su pena sin resistirse.
—Yo conocí a la doctora Blanca Marchant —dijo abruptamente. Su mirada se perdió en el infinito—. Era jovencita cuando llegó a El Redentor. Linda ella, un ángel, muy preocupada por sus pacientes y muy entusiasta, pero pasó el tiempo y, al igual que a mí, esa sala terminó por consumirla. Perdió toda su energía… Recuerdo nuestros últimos encuentros, ¡ay, si ya no quedaba nada de luz en sus hermosos ojos!
—¿Y qué pasó con ella? —pregunté con una torpe ansiedad apenas terminó de articular la última palabra. Era tal mi curiosidad que, sin darme cuenta, estaba inclinado completamente sobre la mesa.
—Lo que siempre pasa en estos casos, doctor —ahora su tono estaba cargado de resentimiento—. Nadie ve, ¡a nadie le importan los demás! La máquina sigue y los enfermos no faltan, así que no se puede detener la marcha. La doctora Blanquita siguió trabajando con la poca energía que le quedaba. No faltó ni un solo día, pese a que yo le decía que pidiera licencia médica —Violeta dudó unos segundos antes de seguir—. Era como si no pudiera separarse de la sala….
La anciana detuvo su relato y me dio vergüenza insistir en que continuara. Mal que mal, ya sabía cuál era el ineludible final de la historia. Entonces me eché hacia atrás, derrotado, y cuando mi espalda tocó el respaldo de la silla, volví a buscar su mirada y me encontré de frente con lágrimas brotando de sus ojos.
—¡Yo la encontré! —exclamó entre sollozos mientras golpeaba la mesa y atraía las miradas de la gente alrededor—. ¡Y ahora tengo que regresar a esa maldita sala! ¿Por qué la gente sigue con esa infame costumbre de cargar los lugares con los nombres de los muertos? Doctor, en ese lugar no dejan descansar a los que dejan este mundo, ¿se da cuenta? No están reabriendo una sala, están reabriendo una herida.
Después de eso, la anciana volvió a su mutismo de siempre.
Luego de su episodio de descontrol, la manga de su chaleco quedó a nivel del codo, dejando ver no solo su pulsera llena de imágenes de santos, sino también unas cicatrices de heridas cortantes en el antebrazo. La mujer se dio cuenta de aquella involuntaria exposición, por lo que se apresuró a bajar su manga y se levantó de la mesa, dejando su café a medio tomar, para luego perderse por los largos y viejos pasillos del hospital.
