Hoy todo será distinto (AdN) - Maria Semple - E-Book

Hoy todo será distinto (AdN) E-Book

Maria Semple

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Beschreibung

Eleanor sabe que es un desastre. Hoy, sin embargo, le echará valor y se enfrentará a los pequeños asuntos cotidianos. Se duchará y se vestirá. Llevará al colegio a su hijo Timby y luego irá a sus clases de yoga y de poesía. No dirá tacos. Tomará la iniciativa y retomará el sexo con su marido, Joe. Sin embargo, antes de que pueda poner en marcha su modesto plan, ocurrirá algo: la vida. Resulta que ese día Timby decide hacerse el enfermo para poder estar con su madre. Y Joe decide contar a sus compañeros de trabajo (aunque no a su mujer) que está de vacaciones. Justo cuando parece que las cosas no pueden ir peor, el reencuentro con un antiguo colega profesional amenaza con revelar un secreto familiar enterrado hace mucho . " Hoy todo será distinto " es una historia divertidísima y emotiva sobre la reinvención, sobre la complicidad familiar y sobre cómo en ocasiones hay que plantar cara al antiguo yo para poder empezar a vivir de verdad.

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Seitenzahl: 339

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Índice

El truco

Las chicas Flood

Albúm: Las chicas Flood

Fisuras en la máscara

El atormentado trovador

Turbiedad

El plan

El arte de perder

Créditos

Hoy todo será distinto. Hoy estaré presente. Hoy miraré a los ojos y escucharé con atención a todas las personas con las que hable. Hoy jugaré a un juego de mesa con Timby. Hoy daré el primer paso en el sexo con Joe. Hoy estaré orgullosa de mi aspecto. Me ducharé, me arreglaré y solo me pondré la ropa de yoga para ir a clase de yoga, a la cual no faltaré. Hoy no diré tacos. No hablaré sobre dinero. Hoy la gente me encontrará tranquila, desahogada. Relajaré las facciones. Estaré risueña. Hoy irradiaré calma. Rebosaré amabilidad y autocontrol. Compraré productos locales. Seré la mejor versión de mí misma. Seré la persona que soy capaz de ser. Hoy todo será distinto.

El truco

1

Porque de la otra manera no estaba funcionando. Levantarse solo para que el día pase hasta que llegue de nuevo la hora de meterse en la cama. El esfuerzo para sacar las cosas adelante era aterrador: una afrenta a la dignidad y a la arriesgada apuesta de vivir. Caminar de un lado a otro como un espectro. La irritabilidad distraída. La niebla que cae y se levanta a toda prisa. (Todo esto lo estoy suponiendo; en realidad, no tengo ni idea de cómo las afronto, tengo la consciencia metida en un agujero en el suelo, como un sapo en invierno.) Estoy dejando el mundo peor de lo que está, solo por estar en él. La ceguera que me impide ver la estela de destrucción a mi paso. Soy mi propio señor Magoo.

Si me obligasen a ser sincera, esto es lo que podría contar sobre cómo dejé el mundo cada uno de los siete días de la semana pasada: peor, peor, mejor, igual, peor, igual. No son notas como para henchirse de orgullo. Aunque, eso sí, tampoco tengo que hacer del mundo un lugar mejor. Hoy viviré según el juramento hipocrático. Ante todo, no hacer mal.

¿De verdad es tan difícil? Dejar a Timby en el cole, ir a clase de poesía (¡mi momento favorito del día!), ir a clase de yoga, almorzar con Sydney Madsen (a Sydney no la soporto pero, al menos, podré tachar esa tarea de mi lista; luego hablaré de ello), recoger a Timby y dedicarle tiempo a Joe, el garante de toda esta loca abundancia.

Os estaréis preguntando, ¿a qué se debe tanta agitación y tanta ansiedad un día normal y corriente, lleno de los típicos problemas de persona blanca primermundista? Pues se debe a que estoy yo, pero también la fiera que me habita. Sería genial que esa fiera que también soy pudiera desfogarse en un ring gigante, infundir terror, causar conmoción y una destrucción fabulosa de la que hablasen los anales de la historia. Si pudiese afrontar algo así, no lo dudaría un instante: encontrar la gloria inmolándome por las artes escénicas y del espectáculo. Pero ¿cuál es la triste verdad? La fiera se desfoga a una escala dolorosamente reducida: microtransacciones de las que siempre me arrepiento y en las que siempre se ven implicados Timby, mis amigos o Joe. Cuando estoy con ellos me muestro irritable y vivo consumida por la preocupación; cuando no estoy con ellos, suelto tacos y me emborracho hasta emocionarme por cualquier cosa. ¡Ja! ¿No os alegráis de tenerme a raya, a una distancia prudencial; de haber echado el pestillo y subido las ventanillas? Oh, no es para tanto. Soy buena persona. Exagero para darle dramatismo al asunto. En realidad no es así.

El caso es que el día empezó en el momento en que me quité enérgicamente de encima las sábanas. El clic, clic, clic, de las uñas de Yoyó sobre la tarima de madera, deteniéndose justo ante la puerta de mi dormitorio. ¿Por qué cuando Joe se levanta no aparece Yoyó trotando; por qué no aguarda entonces tras la puerta con esa esperanza desdichada? ¿Cómo sabe Yoyó desde el otro lado que soy yo quien se ha levantado y no Joe? Una vez, un entrenador de perros me dio una explicación que me dejó bastante deprimida: es por mi olor. Recuerdo que para Yoyó el nirvana es una foca muerta en una playa. Eso me entristece y me hace preguntarme si no sería mejor volver a la cama. Pero no. Hoy no.

No quería mostrarme falsamente modesta con Sydney Madsen.

Joe y yo llegamos a Seattle desde Nueva York hace una década, dispuestos a crear una familia. Yo había pasado cinco agotadores años escribiendo para la serie de animación Looper Wash. En esa época había pegatinas y alfombrillas de ratón de la serie hasta debajo de las piedras. «Yo soy Vivian.» «Yo soy Dot.» Os acordáis, seguro. Si no, buscad en vuestra tienda de segunda mano más cercana, en el cesto de pague dos y llévese tres (la serie es de hace tiempo).

Joe es cirujano especializado en manos. Se convirtió en toda una leyenda tras reconstruirle la mano a un quarterback al que se le había doblado completamente el pulgar hacia atrás. Todo el mundo dio por hecho que no volvería a jugar nunca, pero al año siguiente llegó a la Super Bowl y la ganó. (No recuerdo el nombre del jugador, pero no podría decirlo igualmente, por esos acuerdos de confidencialidad entre paciente/médico/esposa cotilla del médico.)

Joe recibió ofertas de trabajo de muchos otros lugares. ¿Por qué elegimos Seattle? Joe, que era un buen chico católico de las afueras de Búfalo, en el estado de Nueva York, no concebía criar a nuestros hijos en Manhattan, que era donde yo quería vivir. Hicimos un trato: nos mudaríamos al lugar que él eligiese y viviríamos allí diez años; luego viviríamos en Nueva York otros diez años; luego volveríamos a su ciudad; luego a la mía. Así hasta morir. (Un trato que parece haber olvidado, todo sea dicho, porque ya rozamos la década en Seattle y no le veo la mínima intención de ponerse a hacer maletas.)

Como todo el mundo sabe, la conjunción de recibir una educación católica y tener medio dedo de frente equivale a hacerse ateo. En uno de los congresos sobre escepticismo a los que íbamos a veces (sí, en nuestros primeros años de matrimonio hacíamos cosas como ir hasta Filadelfia en coche para ver al mago y escritor Penn Jillette refutar a un rabino judío. ¡Oh, volver a no tener hijos…! O no, quizá no lo deseo tanto), Joe había oído decir que Seattle era la ciudad menos religiosa de los Estados Unidos, así que para allá nos fuimos.

A nuestra llegada, una miembro de la junta directiva de Médicos sin Fronteras organizó una fiesta de bienvenida para Joe y para mí. Recuerdo pasear por su mansión a orillas del lago Washington plagada de arte moderno y amigos futuros, todos para mí. Toda mi vida he caído bien. De acuerdo, lo diré: en realidad, me han adorado. No entiendo por qué, dada mi personalidad vergonzante. Pero es así, de algún modo. Joe lo achaca a que soy la tía más tío que ha conocido en su vida, pero a la vez soy sexy y no tengo filtros emocionales. (¡Menudo cumplido!) En la fiesta, deambulé de habitación en habitación, mientras me presentaban a una señora tras otra, equiparables todas en su decencia y calidez. Eso de que te presentan a alguien que te dice que le gusta ir de acampada y tú contestas: «¡Oh! Justo estaba hablando con una chica que va a hacer un ráfting de diez días por el río Snake, ¡tienes que conocerla!». Y tu interlocutora te contesta: «Era yo».

Se me olvidan las caras, qué voy a hacerle. Y los nombres, también. Y los números. Y las horas. Y las fechas.

La fiesta fue un batiburrillo de gente que me quería enseñar de todo: las tiendas más chulas de la ciudad, rutas de senderismo desconocidas, el restaurante italiano que el padre del chef Mario Batali tiene en la plaza Pioneer, o el mejor dentista de Seattle (que tiene colgado del techo de su consulta un cuadro pintado con purpurina de un tigre saltando en paracaídas). Una incluso quiso que compartiéramos mujer de la limpieza. Otra, Sydney Madsen, me invitó a almorzar al día siguiente en el Tamarind Tree, un restaurante del Distrito Internacional.

(Joe hace lo que él llama «el test de las revistas», inspirado en la reacción que todos tenemos al abrir el buzón de casa y sacar una revista. Uno sabe instantáneamente si la revista le hace ilusión o lo decepciona. Por eso no estoy suscrita a The New Yorker y sí a revistas de cotilleo.) Sydney Madsen es el equivalente humano a la Gaceta de Otorrinolaringología.

En aquel primer almuerzo, Sydney habló con palabras cuidadosamente escogidas y miró con miradas que rebosaban sinceridad. Vio una manchita en su tenedor y pidió uno nuevo al camarero deshaciéndose en disculpas. Pidió agua caliente para prepararse un té con una bolsita que había llevado de casa. Dijo que no tenía mucha hambre y propuso compartir mi ensalada de papaya. Confesó que no había visto nunca Looper Wash, pero que echaría un vistazo a los DVD de la biblioteca de su barrio.

¿Os hacéis una idea de ese envaramiento sombrío, de ese estar en las nubes de puro egocentrismo, de esa cutrez repulsiva? ¡Las manchas de cal de los tenedores no matan! Eh, ¿y qué tal si compras el DVD en lugar de pedirlo prestado? ¡A un restaurante se va a comer; si no, terminarán echando el cierre! Lo peor de todo es que Sydney Madsen era seria, íntegra, sin una mota de humor y, además, hablaba… muy… despacio… como… si… sus… clichés… fueran… moneditas… de… oro.

Yo estaba espantada. Es el efecto que tiene sobre las chicas vivir durante demasiado tiempo en Nueva York: nos convencemos falsamente de que el mundo está lleno de gente interesante. O al menos de gente loca, pero cuya locura resulta interesante.

En un momento dado, me removí tan enérgicamente en mi silla que Sydney preguntó (y no es broma): «¿Necesitas ir al tocador?». (¿El «tocador»? ¿¡El «tocador»!? ¡Que alguien la mate, por favor!) Lo peor era que todas esas mujeres con las que había aceptado alegremente salir a hacer senderismo o ir de compras no eran personas distintas. No, en efecto; eran todas la misma: Sydney Madsen. Seattle me confundía. Tuve que emplearme a fondo para esquivar el alud de invitaciones que se me vino encima: pasar un fin de semana en su cabaña de isla Vashon, presentarme a la esposa de no sé quién para tal cosa, o a no sé qué dramaturgo para tal otra.

Volví corriendo a casa y se lo conté a Joe a voz en grito.

Joe: «Deberías haber sospechado. Cuando alguien se vuelca tanto en hacerse amiga tuya es porque no tiene muchos amigos».

Yo: «Por esto te quiero, Joe, por cómo lo sintetizas todo». (Joe el Sintetizador: ¿no es adorable?)

Perdonad por daros tanto la murga con Sydney Madsen. La cosa es que no he sido capaz de quitármela de encima en diez años. Ella es la amiga que no me cae bien, la amiga que ni siquiera sé a qué se dedica porque durante aquel primer almuerzo con ella estuve medio atontada y no se lo pregunté (y demostrar más adelante que no tenía ni idea me habría hecho quedar como una maleducada, y yo no soy una maleducada), la amiga con la que no puedo ponerme borde para que se entere de las cosas (porque yo no soy borde), la amiga a la que le digo que no, que no y que no, pero aun así me sigue persiguiendo. Es como la ELA: no tiene cura, solo puedes paliar los síntomas.

Hoy toca almuerzo (música lúgubre de fondo).

Por favor, tenéis que saber que soy muy consciente de que comer con una persona aburrida es una delicatesen de problema. Cuando digo que tengo problemas, no me refiero a Sydney Madsen.

Yoyó trota calle abajo: es el príncipe del barrio de Belltown. Oh, Yoyó, criatura insensata, vital, con tu oreja estropeada, flameando a cada paso. Es tan conmovedor ese orgullo con que te dejas pasear por mí, tu amada inmortal. Si tú supieras.

Qué espectáculo descorazonador: cada mes, un bloque de apartamentos más alto que el anterior, todos atestados de repartidores en moto de Amazon con sus tarjetas falsas de discapacitado. Todas las mañanas salen por miles de sus estudios, con los ojos entornados, enfrascados en sus móviles, sin levantar la mirada. (Trabajan para Amazon, así que está claro que son unos desalmados. La pregunta es ¿cómo de desalmados?) Me hace añorar los días en que tenía toda la Tercera Avenida para mí, con sus escaparates vacíos y un tipo puesto de metanfetaminas gritando: «¡Así es como se deletrea América!».

En el exterior de nuestro edificio, nos encontramos con Dennis y su carrito de la basura, reponiendo el dispensador de bolsas para las cacas de perro.

—¡Buenos días, chicos!

—¡Buenos días, Dennis! —En lugar de pasar por su lado como el viento, me detuve y lo miré a los ojos—. ¿Qué tal tu día?

—Bueno, no me quejo —respondió—. ¿Qué tal usted?

—Yo podría quejarme, pero no lo haré.

Dennis rio entre dientes.

Primer punto del día.

Abrí la puerta de entrada al apartamento. Al otro lado del vestíbulo, sentado a la mesa del comedor, Joe dormía con la frente apoyada en el tablero, directamente sobre el periódico, los brazos extendidos y los codos doblados, como si lo acabasen de detener.

Fue una imagen absolutamente discordante, de pura derrota. Lo último que habría esperado de Joe.

CLONC.

La puerta al cerrarla. Le quité el arnés a Yoyó. Cuando me incorporé, mi abatido esposo se había levantado de la mesa y había desaparecido en su despacho. Fuera lo que fuese, no quería hablar de ello.

¿Que cómo reaccioné yo? «Pues vale», pensé. Me pareció bien.

Yoyó salió corriendo como un galgo hacia su plato de comida, coceando en el aire con los cuartos traseros al pasar frente a él. Al darse cuenta de que se trataba del mismo pienso que tenía antes de salir de paseo, quedó sumido en la confusión. Se sentía traicionado, sin duda: dio un paso atrás y se dispuso a observar una mancha que había en el suelo.

Oí encenderse la luz de la habitación de Timby. Se había despertado antes de que sonase la alarma, Dios lo bendiga. Fui a su cuarto de baño y me lo encontré con el pijama aún puesto, subido al taburete.

—¡Pero bueno! Buenos días, cariño. ¿Qué haces ya levantado?

Timby dejó lo que estaba haciendo.

—¿Podemos desayunar beicon?

Me miró por el espejo, esperando que me marchase. Yo bajé los ojos. Ese pequeño llanero solitario siempre me ganaba aguantando la mirada. Lo vi empujar algún objeto para que cayese al lavabo, fuera de mi vista. El inconfundible repiqueteo del plástico. ¡La mascarilla Sephora 200!

No era culpa de nadie, salvo mía, que Papá Noel hubiera dejado un kit de maquillaje en el calcetín de Timby. Una de las formas de ganar tiempo para mí en los grandes almacenes Nordstrom era mandar a Timby a dar una vuelta por la sección de maquillaje. Las dependientas adoraban su carácter bondadoso, su cuerpo de paquete de azúcar, su voz chillona. La segunda o tercera vez, le preguntaron sin dudarlo si quería maquillarse. No sé si a él le gustaba que le pintasen la cara o, más bien, dejarse mimar por esa panda de rubias. Medio en broma, medio en serio, elegí un kit del tamaño de un libro de bolsillo, que se abría como una caja de herramientas: tenía seis bandejas (¡!) y un total de doscientos tonos (¡!), entre sombras, coloretes y otras cosas que no tenía muy claro qué eran. El tipo o la tipa que se las haya apañado para meter tanto en tan poco sitio debería estar trabajando para la NASA, en serio. Si es que la NASA sigue existiendo, claro.

—Sabes que no puedes ir al cole maquillado, ¿verdad? —le previne.

—Ya lo sé, mamá —respondió él, suspirando y encogiéndose de hombros como ve hacer a los personajes de Disney Channel. De nuevo, error mío dejar que ese canal haya echado raíces en él. Después del cole, ¡puzles!

Salí de la habitación de Timby y Yoyó, quieto y con aire preocupado, se estremeció aliviado al comprobar que seguía existiendo. Sabedor de que me dirigiría a la cocina a preparar el desayuno, salió como una flecha en dirección a su plato de comida y se dignó a comer algo, mirándome por el rabillo del ojo.

Joe volvió a aparecer en la cocina para hacerse un té.

—¿Cómo están las cosas? —pregunté.

—Qué guapa estás —fue su contestación.

Tratando de mantenerme fiel al gran plan que había trazado para aquel día, me había duchado y me había puesto vestido y zapatos tipo Oxford. Si echarais un vistazo a mi armario, os encontraríais con un estilo muy concreto: vestidos franceses y belgas a los que arranco las etiquetas antes de llegar a casa porque a Joe le daría un aneurisma si se enterase de lo que cuestan, y zapatos negros sin tacón de mil y un tipos. De nuevo, mejor no hablar de precios. ¿Comprarlos? Sí. ¿Ponérmelos? No tanto; la mayor parte de los días, esto me supone un gasto excesivo de energía.

—Esta noche viene Olivia —anuncié con un guiño, saboreando ya el menú degustación de rigatoni con maridaje del restaurante Tavolàta.

—¿Y si le pedimos que saque a Timby a dar un paseo para poder estar solos un rato…? —propuso él, tomándome de la cintura y atrayéndome hacia él como si no fuéramos una pareja de cincuentones.

¿Sabéis a quién envidio? A las lesbianas. ¿Por qué? Por la caducidad del sexo en las relaciones lésbicas. Al parecer, en las parejas de mujeres, tras la tórrida excitación de los primeros años, la intimidad sexual desaparece totalmente. Tiene sentido. Si dejamos que el cuerpo siga su curso, las mujeres deberían dejar de practicar sexo tras haber sido madres. No hay ninguna necesidad desde el punto de vista evolutivo. Nuestro cerebro lo sabe, nuestro cuerpo lo sabe. ¿Quién se siente sexy cuando tiene que atender al agotador trabajo que es la maternidad, con un culo cada vez más caído y los michelines propios de la mediana edad? ¿Quién quiere que la vean desnuda y, mucho menos, que le acaricien esas tetas blandas como una bolsa de masa refrigerada para tartas, o que le toquen la tripa, esponjosa como el fruto del árbol del pan? ¿Quién quiere fingir que se pone bien caliente cuando el tarro de miel está vacío?

Pues yo, yo quiero. Para que no me cambien por un espécimen más joven.

—Nos toca estar solos, caballero… —repliqué.

—Mamá, esto se ha roto —oímos decir a Timby, acercándose a la barra de la cocina. Acto seguido, dejó caer en lo alto su ukelele con un clamor. (Sospechosamente cerca del cubo de basura)—. Suena muy feo.

—¿Qué propones que hagamos? —pregunté, como retándole a que propusiera comprar otro nuevo.

Joe cogió el ukelele y rasgueó las cuerdas.

—Está un poco desafinado, eso es todo —informó, y empezó a girar las clavijas.

—¿Desde cuándo sabes tú afinar un ukelele? —pregunté yo.

—Oculto muchos misterios —respondió, rasgueado de nuevo el instrumento con dulzura para comprobar cómo sonaba.

Devoramos el beicon y las torrijas del desayuno, y nos bebimos nuestros zumos con leche. Timby estaba enfrascado en un número doble de Archie. Yo tenía la sonrisa puesta. Nadie me la podía quitar.

Dos años antes, cuando empezaba a quejarme y a hacerme la mártir por tener que preparar el desayuno todas las mañanas, Joe me dijo: «Yo pago este circo. ¿Puedes, por favor, bajar de tu cruz y hacer el desayuno sin estar suspirando cada dos por tres?».

Ya sé lo que estaréis pensando: ¡qué imbécil! ¡Menudo machirulo! Pero, en realidad, no le faltaba razón. Muchas mujeres harían cosas peores sin pensárselo dos veces a cambio de un armario fabricado por un ebanista de Amberes. Desde ese momento, ofrecí un servicio cinco estrellas. La clave está en saber cuándo llevas malas cartas.

Joe enseñó a Timby el periódico.

—Timby, vuelve a Seattle la exposición de máquinas de pinball. ¿Quieres que vayamos?

—¿Seguirá rota la máquina sobre Evel Knievel, el motorista de motocross?

—Casi seguro —respondió su padre.

Enseñé a Joe el poema que había impreso, profusamente anotado.

—A ver, ¿quién va a echarme una mano? —pregunté.

Timby ni siquiera levantó la mirada.

Joe cogió el poema.

—Ajá, ¡Robert Lowell!

Empecé a recitar de memoria: «La ermitaña heredera de la isla Náutica pasa aún el invierno en su casita espartana; sus ovejas aún pastan junto al mar. Su hijo es obispo. Su aparcero es el principal edil de nuestra aldea…».

 

«La hora de las mofetas»: Traducción del inglés de Andrés Catalán. Poesía completa. Vaso Roto. Madrid, 2017.

—«Su aparcero es el edil principal»—corrigió Joe.

—Ay, joder. «Su aparcero es el edil principal.»

—¡Mamá!

Chisté a Timby y continué recitando con los ojos cerrados: «Ávida de la jerárquica intimidad de la época Victoriana, se hace con todas las aberraciones que miran al mar, y deja que se derrumben.

»El mal de la estación: hemos perdido a nuestro millonario veraneante que parecía haber salido de un catálogo de L. L. Bean».

—Mamá, mira a Yoyó. Mira cómo apoya el morro en las patitas.

Yoyó estaba echado sobre su almohadón rosa en forma de diamante, con las patitas blancas delicadamente cruzadas. Se había colocado de forma que veía perfectamente si caía un trozo de comida al suelo.

—Oh… —dije yo.

—¿Me dejas tu teléfono?

—¿Por qué no juegas con tu mascota? —propuse yo—. No tenemos por qué estar todo el día pegados a una pantalla.

—Lo que mamá está haciendo ahora mismo es genial —dijo Joe a Timby—. Nunca deja de aprender.

—De aprender y de olvidar —puntualicé yo—. Pero gracias.

Mi marido me tiró un beso.

Yo seguí adelante con lo mío:

—«Su balandro de nueve nudos fue subastado entre los pescadores de langosta…»

—¿A que todos queremos mucho a Yoyó? —preguntó Timby.

—Sí, claro que sí. —La verdad desnuda. Yoyó es el perro más mono del mundo, parte Boston terrier, parte carlino, parte otras cosas… Blanco con manchas canela y un parche negro en un ojo, orejas de murciélago, cara apretada y cola enroscada. Antes de la invasión de Amazon, cuando por la calle solo paseábamos las putas y yo, una de ellas comentó al verme con él: «Mira, una Barbie con un pitbull».

—Papá, ¿tú no quieres a Yoyó?

Joe miró al perro y reflexionó sobre la pregunta. Otra prueba más de la superioridad de Joe: siempre piensa antes de hablar.

—Es un poco raro —dijo Joe y, acto seguido, regresó al poema—. Dejad que vea esto, por favor.

Timby dejó caer el tenedor. Yo miré a Joe con la boca abierta.

—¿Raro? —gritó Timby.

Joe alzó la mirada.

—Sí. ¿Qué pasa?

—Pero ¡papá! ¿Cómo puedes decir eso?

—Está todo el día ahí sentado, con cara de deprimido —replicó él—. Cuando llegamos a casa no viene a saludarnos. Cuando estamos aquí se limita a dormir, a comer y a escudriñar la puerta de casa como si tuviera migraña.

Timby y yo nos quedamos sin palabras.

—Yo sé muy bien lo que este animal obtiene de nosotros —añadió—. Lo que no tengo tan claro es qué obtenemos nosotros de él.

Timby se levantó de la silla de un salto y se echó encima del perro. Era su forma de abrazarlo.

—¡Oh, Yoyó! Yo sí que te quiero.

—Sigue con esto —dijo Joe, agitando el poema en el aire—. Lo estabas haciendo muy bien. «El mal de la estación…»

—«El mal de la estación—continué—:hemos perdido a nuestro millonario veraneante que parecía haber salido de un catálogo de L. L. Bean…». Tú —exclamé, dirigiéndome a Timby—. Prepárate.

—¿Vamos a ir en coche o andando?

—En coche. He quedado con Alonzo a las ocho y media.

Cuando terminamos de desayunar y Yoyó se levantó de su almohadón, Joe y yo nos quedamos mirándolo. Yoyó caminó hasta la puerta de entrada y la observó fijamente.

—No sabía que mi comentario iba a ser tan polémico —apostilló Joe—. «El mal de la estación…»

2

Es fácil saber si alguien ha estudiado en un colegio católico por cómo reacciona cuando va en coche por el barrio de Queen Anne Hill y se topa con el colegio de Galer Street. Yo no fui a un colegio católico, así que para mí no es más que un señorial edificio de ladrillo con un patio enorme y una vista sensacional del golfo de Puget. Joe sí que fue a colegio católico, y cada vez que viene se pone lívido al recordar a las monjas y sus reglazos en los nudillos, a los curas y sus amenazas infernales y a los abusones que le robaban las gafas en los pasillos vacíos.

Detuve el coche en la zona designada. En el trayecto, había recitado el poema dos veces sin un solo error, y estaba recitándolo una tercera vez por mero divertimento. «Una noche oscura mi Ford Tudor subió la calavera de la colina…»

En el asiento trasero, un lúgubre silencio.

—¡Oye! —exclamé, para llamar la atención de Timby—. ¿Me estás escuchando recitar?

—Sí, mamá. Lo estás haciendo perfecto.

—Perfectamente. Es un adverbio, hijo. Perfectamente. —Miré en el retrovisor, pero Timby ya no estaba. Me di la vuelta y lo vi tratando de recoger algo del suelo—. ¿Qué haces?

—Nada.

Y, de nuevo, ese característico golpeteo del plástico.

—¡Eh! ¡Nada de maquillaje!

—¿Para qué me lo trajo Papá Noel, entonces?

Me giré de nuevo y solo llegué a ver la puerta de Timby cerrándose y, al instante, a él subiendo por los escalones de entrada. Vi en el reflejo del cristal de la puerta principal que se había dado una sombra rojiza en los párpados. Bajé la ventanilla.

—¡Eh, tú, listillo! ¡Vuelve aquí ahora mismo!

El coche que tenía detrás tocó el claxon. ¡Bueno! La pelota estaba ahora en el tejado del colegio.

Bajé por la calle Galer con siete horas sin niño por delante. Imaginé de fondo un banjo tocando música de road movie.

4

Subí los escalones de la entrada, pasé entre las contundentes columnas y accedí al impresionante vestíbulo del colegio Galer Street. La iluminación era tenue y hacía un frío de catedral. Fotografías enmarcadas a un lado y otro explicaban cómo el edificio se había transformado con el tiempo: originalmente fue residencia de niñas bien; luego, residencia de familias monoparentales (¡!); y, por fin, se convirtió en el prohibitivo colegio privado que es hoy.

Aquí y allá, alguna líneas sobre la restauración del edificio. En el suelo, en letras talladas en madera, puede leerse: PORQUE ESTRECHA ES LA PUERTA, Y ANGOSTO EL CAMINO QUE LLEVA A LA VIDA, Y POCOS SON LOS QUE LA HALLAN. Y una fecha, 1906. Para el intrincado trabajo de yesería se habían necesitado ciento cincuenta moldes de caucho. Para el triforio, alabastro de Colorado, delgado como el papel. Para el mosaico de Jesús enseñando a los niños a rezar hubo que traer a un artesano de setenta años desde Rávena (Italia). En 2012, cuando comenzó la restauración, el gran misterio era descubrir qué había ocurrido con la araña art déco que aparecía en las fotos más antiguas del edificio: los obreros la encontraron mientras desbrozaban el sótano de zarzas (quemándolas con sopletes). Para desenredar la gran lámpara hubo que bajar con cuerdas a unos cuantos cerdos con los ojos vendados para que se comieran las zarzas.

¿Que por qué sé yo estas cosas? Resulta que ese mismo día, justo cuando entré, la arquitecta restauradora, una chica muy chic, estaba haciendo una visita guiada.

Camino a la secretaría escuché a alguien llamarme: «¡Eleanor!».

Me giré. Desde hacía un mes, el salón de actos se había convertido en una especie de casa de subastas, y estaba siempre a rebosar de padres voluntarios.

—¡Justo la persona que necesitábamos! —dijo una mujer, una joven mamá.

—¿Yo? —balbuceé, señalándome con el dedo, confusa.

—¡Sí, tú! —remachó otra joven mamá, como si estuviera haciéndome la tonta—. Tenemos una pregunta para ti.

Cuando terminé mi carrera universitaria, jamás se me habría pasado por la cabeza no trabajar. Por eso vamos las mujeres a la universidad: para trabajar después. Y eso hacemos, conseguir buenos trabajos y callar unas cuantas bocas, sí señor (y gracias). Claro está, hasta que veíamos que se nos había ido el santo al cielo y nos entraban las prisas por quedarnos embarazadas. Yo apuré todo lo que pude; tanto, que llegamos a entrar en zona de riesgo (por culpa de Joe el Católico, primogénito de siete hermanos, quien no tenía ninguna prisa porque se había pasado media vida cambiando pañales). Di a luz, por fin, al pequeño Timby, pasando así a engrosar las filas de las cuarentonas demacradas que pululan por parques infantiles sintiéndose atrapadas; que se encaraman como pueden a balancines en forma de mariquita; que, sin apenas ser conscientes de ello, terminan echándose a la boca fiambreras enteras de cereales sobrantes de la merienda. Con sus vaqueros de embarazada aún dos años después de parir y empujando columpios con mechones enteros ya de pelo blanco. (¿Para qué seguir poniéndose guapas? ¡Ya somos madres!)

¿Fue el desasosiego que inspirábamos lo que empujó a la siguiente generación de mujeres universitarias a decir «¡Cualquier cosa menos eso!» y a pasar de estudiar para tener hijos en la veintena? Mirando a las madres de Galer Street la respuesta sería: parece que sí.

Espero que a ellas les vaya bien.