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Los hombres comenzaron a morir. Hace decenios, un súbito evento desencadenó una catástrofe demográfica en la que pereció la mitad de la población mundial: desaparecieron todas las personas con cromosoma Y. A consecuencia de aquello, las supervivientes y sus descendientes han heredado la Tierra y la han transformado. Muy lejos y olvidados han quedado los efectos medioambientales del anterior sistema económico, así como las injusticias y las desigualdades que caracterizaban el Viejo Mundo. Pero la utopía se verá abruptamente interrumpida. ¿Acaso las criaturas extintas pueden reaparecer de manera espontánea y sin una explicación racional? Y, sobre todo, ¿cómo reaccionarán las humanas ante una sacudida que podría derrumbar todas las certidumbres hasta ese punto incontestables? Inken, una de las más prestigiosas genetistas mundiales, y su compañera Seiya tendrán que lidiar con estas incógnitas tras la aparición del primer hombre con cromosoma Y después de un siglo desde su extinción. Se trata de la primera novela de ciencia ficción de Carolina Martínez. Surgió del desarrollo de un relato especulativo que fue finalista del Concurso Homocrisis de 2019, y este de una tarde entre cafés y cábalas literarias sobre otra realidad posible, además, plausible. Desde el inicio sumerge a quien lee en un océano de enigmas, que se van desgranando en un dilema trascendental entre sucumbir ante el miedo a lo desconocido o ponderar empatía y racionalidad. La autora se plantea un universo donde los seres cohabitan en paz y armonía con el entorno y los avances técnicos, aunque tal vez ninguna especie, ni siquiera la humana, sea dueña de su destino.
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Seitenzahl: 123
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Nacida en Ferrol, ahora vive, trabaja y escribe en A Coruña. Comenzó a los catorce años creando historias románticas y fanfics, pero desde hace unos seis se ha propuesto compartirlas con el mundo. Ha participado en diversos certámenes y concursos literarios, tocando tanto el género fantástico como realista y de ciencia ficción especulativa. Ha resultado finalista en concursos como el Certamen Contos de Ultramar con La historia que nunca nos contaron y el Concurso Homocrisis con Humanas, del que es continuación la presente novela. Con motivo de #LeoAutorasOct la editorial Cerbero en su blog colgó Las mujeres del milenio.
Le encantan las series, la literatura y los cactus. No tiene mascotas, aunque le gustaría, pero se entrena con las de sus amigas.
Espera veros y que le trasladéis vuestras impresiones en sus redes sociales:
@CarolinaMnez
@carolina_martinez_vazquez
Ilustración de portada: @yamunadg (Yamuna Duarte)
Los hombres comenzaron a morir.
Hace decenios, un súbito evento desencadenó una catástrofe demográfica en la que pereció la mitad de la población mundial: desaparecieron todas las personas con cromosoma Y.
A consecuencia de aquello, las supervivientes y sus descendientes han heredado la Tierra y la han transformado. Muy lejos y olvidados han quedado los efectos medioambientales del anterior sistema económico, así como las injusticias y las desigualdades que caracterizaban el Viejo Mundo.
Pero la utopía se verá abruptamente interrumpida.
¿Acaso las criaturas extintas pueden reaparecer de manera espontánea y sin una explicación racional? Y, sobre todo, ¿cómo reaccionarán las humanas ante una sacudida que podría derrumbar todas las certidumbres hasta ese punto incontestables?
Inken, una de las más prestigiosas genetistas mundiales, y su compañera Seiya tendrán que lidiar con estas incógnitas tras la aparición de la primera persona con cromosoma Y después de un siglo desde su extinción.
Se trata de la primera novela de ciencia ficción de Carolina Martínez. Surgió del desarrollo de un relato especulativo que fue finalista del Concurso Homocrisis de 2019, y este de una tarde entre cafés y cábalas literarias sobre otra realidad posible, además, plausible.
Desde el inicio sumerge a quien lee en un océano de enigmas, que se van desgranando en un dilema trascendental entre sucumbir ante el miedo a lo desconocido o ponderar empatía y racionalidad. La autora se plantea un universo donde los seres cohabitan en paz y armonía con el entorno y los avances técnicos, aunque tal vez ninguna especie, ni siquiera la humana, sea dueña de su destino.
Humanas
Carolina Martínez Vázquez
Primera edición: octubre de 2022
© Carolina Martínez Vázquez, 2022
© Letras Raras Ediciones, S. L. U., 2022
© Yamuna Duarte @yamunadg, ilustración de la portada, 2022
LES Editorial pertenece a Letras Raras Ediciones, S. L. U.
www.leseditorial.com
ISBN: 978-84-17829-83-4
IBIC: FL
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A Silvia Barbeito,por su amistad y labor de mentora.
«La verdad nace de la imaginación».
URSULA K. LE GUIN, La mano izquierda de la oscuridad.
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Los hombres comenzaron a morir.
Una oleada los borró de un modo masivo, súbito, devastador. Antes de nacer, sus corazones se detenían en los vientres de sus madres; durante la noche, golpeaban las cunas entre estentóreas convulsiones; y los adultos, olvidaban su identidad y abandonaban sus rutinas diarias, salían de casa en todas direcciones o no salían y pasaban sus últimos días postrados. Los más resistentes, pero privados de los sentidos, el habla y el razonamiento, se golpeaban, caían y arrastraban por las calles hasta que sus cuerpos seguían a sus cerebros dañados.
El fenómeno sobrevino de un modo tan radical que el caos y la desolación cabalgaron por la Tierra durante los primeros días. Ninguna búsqueda activa con satélites, drones y sónares halló rastros o indicios en el planeta de donde provenía el ataque, incluso miraron al espacio dirigiendo potentes telescopios. Nadie podía creer que miles de millones de seres se hubiesen muerto porque sí. Ninguna investigación académica, ninguna especulación peregrina y mística dilucidaron la causa o el agente que había desencadenado el evento. La población mundial se precipitaba hacia una deriva yerma de ideas y esperanza, pero saturada de incógnitas. Ni las teorías del fin de los días, ni el esforzado trabajo de agencias gubernamentales, policía y ejército, eminentes científicos y médicos lograron hallar el origen o frenar la sangría para mantener a los hombres vivos. Fallecían en un goteo constante e irremisible durante las primeras semanas.
Las madres, esposas e hijas clamaban por una solución que no llegaba. Se agolpaban frente a las instituciones de gobierno despobladas y los centros de culto vaciados. Durante la Oleada, el mundo no halló consuelo ni en la ciencia ni en la religión ni en los órganos de poder.
Esa fue la primera fase.
El cielo, desde Siberia a Tierra de Fuego, se tiñó de una fluorescencia verde, cambiante, eléctrica, veteada de carmesí y violeta. El día y la noche se fusionaron en el mismo y monótono fotograma temporal. La luz del sol y el resto de los astros hendían la atmósfera y reverberaban con un brillo furioso, abrasador, apocalíptico. Bajaba el caudal de lagos y ríos. Se oteaba la luna más llena y profética en el firmamento. Las mareas vivas barrían las costas. Toda la superficie terrestre, desde las grandes urbes hasta las aldeas más recónditas, se cubrieron de un velo algodonoso que llegaba a ráfagas y sin cesar en todas las direcciones. Se posaba en el suelo. Por acumulación, derribaba tejados. Obstruía las vías de circulación. Bloqueaba la salida de las casas y se posaba en los alféizares de las ventanas. Se colaba dentro de la ropa, se adhería a la piel. Entraba en la boca, en la nariz, en los pulmones. Esa lluvia caliginosa se prolongó durante horas que se convirtieron en días, días en semanas y las semanas en meses.
Fue la segunda fase. Aunque el género humano solo experimentó una mutilación parcial de la población, que afectó solo a los individuos con cromosoma Y en su cariotipo.
No se extinguió ningún otro ser vivo del planeta. Los campos se volvieron más fructíferos bajo el abono constante de la ceniza, los bosques más frondosos y fértiles; el aire se respiraba fresco y neutro, una vez que se retiró el polvo; los océanos, en otro tiempo esquilmados, bulleron de vida renovada. Ocurrió en el transcurso de decenios.
No hubo ocasión a que se declarase una gran guerra de competencia por el territorio y los recursos. Los mandatarios de las principales potencias fueron los primeros a los que devoró la Oleada, seguidos por sus ministros y consejeros. Hubo un periodo de anarquía y desorden hasta que se produjo la transición de las supervivientes. Ocuparon las vacantes y no se desplomó la base de la civilización. Estaban centradas en recomponer el orden, asegurar la supervivencia de las más jóvenes y tratar de averiguar qué o quién había desatado la extinción de la otra mitad de la especie. Porque existía el temor de que lo que había ocurrido con los hombres del Viejo Mundo podría afectar a las mujeres.
No se descartó la guerra biológica y transcurrieron muchos años intentando dilucidar una causa orgánica. En cuanto a los fetos con cromosomas XY, logrados mediante técnicas de reproducción asistida, no llegaban a madurar. No abandonaron del todo la investigación y durante años continuaron trabajando en la restitución del orden demográfico anterior al evento.
Las supervivientes se abrieron camino a través de la adversidad, el miedo y la pérdida. Todavía tenían a sus hijas y, por tanto, debían construir un futuro para ellas.
Una nueva religión sustituyó a las múltiples anteriores. Una que ofrecía una visión más prosaica del lugar de las humanas en el universo y, en concreto, un culto más respetuoso hacia las energías de la naturaleza. Sus devotas se hacían llamar las precursoras, y propugnaban la creencia de que el cosmos, en particular el planeta, había desarrollado anticuerpos para defenderse y la consecuencia había sido la extinción de aquellos a los que habían considerado culpables de todos los males que nos habían aquejado. Los habían denominado andreios para diferenciarlos de la nueva especie que había fructificado tras la Oleada. A partir de entonces todas sus acciones y ruegos se dirigieron a tratar de congraciarse con ese frágil equilibrio. Algo que en innumerables ocasiones generaba cruentas tensiones sociales con las partidarias de una explicación objetiva, empírica y menos imaginativa. Se oponían a lo que consideraban un modo de autoengaño, una forma simplista de llegar al porqué, cuando ni siquiera se dilucidaba el cómo. Se las conocía por las cismáticas. Ellas nunca abandonaron la idea de que existía una explicación plausible y una causa reparable a la Oleada. A pesar de su ahínco científico, el acuerdo consensuado de las dirigentes mundiales prohibió técnicas aberrantes como la clonación de fetos XY.
Las supervivientes envejecieron, nuevas niñas vinieron al mundo y crecieron, pero con el tiempo el material genético disponible en los bancos de fertilidad se agotó. La Humanidad se precipitaba hacia la definitiva extinción hasta que la doctora Boysen halló una nueva técnica de ingeniería genética, con la que se lograron gestaciones efectivas con el único aporte de material cromosómico XX. Nacieron nuevas hijas con el beneplácito de las precursoras y la comunidad científica.
Se abandonó la investigación para restaurar el orden demográfico anterior a la Oleada.
Los andreios, hombres del Viejo Mundo, ya solo pervivían en la memoria literaria y audiovisual como vestigios de una era perdida, al igual que antes, aunque no con tanta distancia temporal, lo habían hecho los grandes reptiles y los primitivos homínidos. Los documentos analizados por las historiadoras no los dejaban en buen lugar. Su paso por la Tierra había legado guerra, destrucción, violencia contra los débiles; así mismo conocimiento, arte y avances científicos, aunque también mucha usurpación. Las precursoras promulgaban que las mujeres habrían llegado también a esos logros en solitario, incluso mucho antes, porque sin ellos habían demostrado que podían crear una sociedad pacífica, igualitaria, respetuosa con el entorno, sin renunciar a los avances tecnológicos.
La industria pesada se había desplazado a la órbita baja del planeta y se comunicaba con la superficie terrestre mediante ascensores espaciales que circundaban la línea ecuatorial del planeta. La Luna había sido poblada y explotada por las multinacionales de la energía nuclear. Se habían instalado las primeras colonias en Marte. Se trabajaba en una misión tripulada a Ío para la que ya se estaba construyendo una nave internacional en la grada espacial; nanosondas viajaban a una fracción de la velocidad de la luz por el espacio profundo enviando reportes de lo que aguardaba a ser observado.
La doctora Hannah Woolf, la astrofísica directora del proyecto Nuevos Mundos, había estimado que en cincuenta años dispondrían de los medios para enviar una misión robotizada a Alfa Centauri.
El primer varón vivo y adulto apareció en Trafalgar Square de un modo meteórico. Al muchacho lo captaron las cámaras de vigilancia en el amanecer del miércoles. Caminaba turbado y errático, con apenas una camiseta y un vaquero, bajo el frío, húmedo y lóbrego cielo de octubre. Se bamboleaba en medio de la agitación en aquel punto bullicioso de la ciudad. Las viandantes iban y venían como autómatas mientras él vacilaba sin rumbo, alzaba la vista hacia los gigantes paneles que pasaban partes de noticias, publicidad y consignas precursoras. Tropezaba con los ojos entornados, como si lo cegasen las luces cambiantes de la civilización al reflejarse en los altos edificios de vidrio. Extendía los brazos con las manos abiertas, imploraba a las transeúntes con balbuceos; estas se apartaban con un rictus de repugnancia o lo ignoraban y pasaban de largo. Al principio lo tomaron por un modelo de robot extraviado; de hecho, tenía todo el aspecto de serlo y de hallarse en modo de fallo por su comportamiento.
Nadie se percató de que se trataba de un ser vivo. No podría habérseles ocurrido. Cada vez se fabricaban mejores modelos de características masculinas con piel y tejidos muy realistas, además de programas de interacción social ultrasofisticados, basados en algoritmos cuánticos en continua adaptación. Los avances en robótica e inteligencia artificial, junto con la existencia marginal de varones que se identificaban con los antiguos andreios, habían mantenido vivo un concepto vestigial de lo masculino en la mente colectiva. Los androides se empleaban en el servicio doméstico, como asistentes, trabajadores manuales en el sector primario, de la producción o la energía, o se utilizaban para el ocio público y privado. Esto último implicaba que, en la práctica, muchos de ellos se destinaban a actividades eróticas.
En ese momento, en la valla publicitaria que sombreaba la entrada a Charing Cross, desfilaba una secuencia de imágenes que mostraba al mundo la última evolución en inteligencias cibernéticas, desarrollada en la factoría orbital de IdCom. No estaba al alcance de los bolsillos corrientes, pero, con cada nuevo lanzamiento mundial, la cola en sus puntos de venta daba la vuelta a la manzana.
Una alarma saltó en la central de gestión de residuos sintéticos. Emma y su compañera montaron en la electrován y salieron con urgencia a retirar el robot. Causaba alboroto y desperfectos en el mobiliario de la plaza. Por el comunicador, ella y Raven oyeron que una unidad de seguridad ciudadana se encaminaba al lugar como apoyo.
Caía un velo de lluvia perezosa y continua. El día había despuntado plomizo y macilento. Escucharon el parte meteorológico de camino.
—Ni de coña hace seis grados —protestó Emma, que antes de salir al trabajo había revisado el barómetro en la única ventana de su cubículo habitacional en las afueras. Recordaba haber tenido que limpiar la helada con la manga de su abrigo para comprobar el registro y que se oía el rodar crepitante de los vehículos bajando por la calle—. Ya te digo yo si se trata de la segunda pequeña glaciación.
Raven suspiró, cambiando la emisora para escuchar música. Se detuvo en una canción del grupo False Belief.
—¡Qué horror! —Emma alargó los dedos para apagar la radio.
—Creía que te gustaba el estilo destroy, pega mucho contigo —sonrió.
—¿En serio? ¿Lo dices por esto? —Estiró un mechón de su melena albina hacia ella.
Raven se encogió de hombros y continuó hablando.
—Prefiero lo suave. —Emma curvó los labios con una insinuación y una mirada que duró más de lo necesario.
Raven se recolocó en el asiento y el silencio entre ellas se volvió denso, extraño, incómodo.
