Humanos sin recursos - Eduardo Consiglio - E-Book

Humanos sin recursos E-Book

Eduardo Consiglio

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Beschreibung

Este libro es para aquellos lectores que trabajen o hayan trabajado en ámbitos corporativos, quienes identificarán en sus vivencias personales los diferentes escenarios de conflicto que plantea la obra de Consiglio. Desigualdad laboral y de género, brechas salariales, liderazgos negativos, dobles estándares, desacuerdos de metas, afectaciones psicosociales, disputas organizacionales y luchas reivindicativas son algunos de ellos. Y quienes desconocen este ámbito, a través de esta obra se adentrarán sutilmente en la crudeza del mundo empresarial.

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Seitenzahl: 181

Veröffentlichungsjahr: 2021

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HUMANOS SIN RECURSOS

Un compendio de humanidades

Eduardo Consiglio

"Estás acá porque sos el mejor"

Humano sin recursos. Un compendio de humanidades, narra la historia de una Organización dirigida por personajes inescrupulosos que intentará manipular las relaciones profesionales y humanas dentro de la corporación. La obra comienza con una "reestructuración" generacional; pero con el transcurrir de la trama, dará vida a un viejo conflicto de intereses que pondrá en evidencia lo peor de la política y el sindicalismo.

En el transcurso de la negociación, estará en juego el cierre del Centro de Consolidación, Logística y Distribución junto con el despido de sus trabajadores. En este embrollo de situaciones, cada una de las partes intentará sacar provecho, buscando llevar adelante un acuerdo inmoral que dejará expuestas mezquindades y miserias personales. La negociación será liderada por una inexperta Gerente de Recursos Humanos, quien tendrá que afrontar situaciones límites, que harán "tocar fondo" y replantearse su carrera profesional.

Consiglio, Eduardo

Humanos sin recursos / Eduardo Consiglio. - 1a ed - Villa Sáenz Peña : Imaginante, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8447-64-3

1. Ambiente Laboral. 2. Narrativa Argentina. 3. Cuentos Realistas. I. Título.

CDD A863

Edición: Oscar Fortuna.

© 2021 Eduardo Consiglio

© De esta edición:

2021 - Editorial Imaginante.

www.editorialimaginante.com.ar

www.facebook.com/editorialimaginante

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra bajo cualquier método, incluidos reprografía, la fotocopia y el tratamiento digital, sin la previa y expresa autorización por escrito del titular del copyright.

ISBN 978-987-8447-64-3

Conversión a formato digital: Libresque

A Stella, mi esposa y compañera de ruta y a mis queridos hijos Lucas y Nicolás.

 

Un especial agradecimiento a mi querido amigo Gustavo E. Guzmán quien puso toda su profesionalidad y buena onda para la corrección de mi obra.

«Todas las personas, empresas y situaciones que aparecen en esta historia son inventadas y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia».

Prólogo

Conocí a Eduardo Consiglio en 2004, cuando él terminaba su formación en Psicología Social y yo trabajaba en una multinacional que emprendía una búsqueda compleja. La firma necesitaba reclutar capital humano para cubrir puestos en las sedes que se abrirían en varios países de América Latina. Eran tiempos sin Zoom ni Google Meet. Las comunicaciones todavía eran por telefonía de larga distancia, un desafío hoy inimaginable para la mayoría de los «centennials»… Desorientados, decidimos pedir ayuda a, un joven, Consiglio. En tiempo récord, Eduardo seleccionó, entrevistó y definió todos los perfiles que, finalmente, ocuparon los cargos que necesitábamos en la región. Y desde ese momento se convirtió para mí en un valioso referente en materia de recursos humanos.

Este año me sorprendió gratamente la publicación de «Humanos sin recursos», la primera obra de Consiglio. De más está decir que me apuré a conseguirla. Esperaba un libro de divulgación técnica de sistemas de gestión de recursos humanos, pero no lo era…

Su carácter de novela ficcional me atrapó y lo leí en apenas cuarenta y ocho horas.

Aquellos lectores que trabajen o hayan trabajado en ámbitos corporativos identificarán en sus vivencias personales los diferentes escenarios de conflicto que plantea la obra de Consiglio. Desigualdad laboral y de género, brechas salariales, liderazgos negativos, dobles estándares, desacuerdos de metas, afectaciones psicosociales, disputas organizacionales y luchas reivindicativas son algunos de ellos. Y quienes desconocen este ámbito, a través de esta obra se adentrarán sutilmente en la crudeza del mundo empresarial.

Adelante y buena lectura…

 

Gustavo E. Guzmán

Prefacio

Aún no me acuerdo de cuándo comencé a narrar historias breves en formato de cuento. Solo sé que una mañana apareció el maldito virus de la COVID-19, llevándose la vida de muchas personas y encerrando en habitaciones de ignorancia y miedo a otras tantas.

En ese momento tuve la necesidad de revisar todo lo que había escrito y fue así que me encontré con un abanico de ideas, muchas de las cuales todavía estaban pendientes de cerrar.

En ese contexto, cada palabra y expresión adquirió una estructura semántica que me llevó a transitar por el camino de la novela.

El escenario de la cuarentena pandémica fue mi Lienzo a partir del cual les di vida a personajes que, de a poco, fueron moldeando con su personalidad un drama que mostraba pinceladas oscuras de comedia.

«Nadie vuelve a ser la misma persona después de haber sido parte de las miserias ajenas». Por eso, querido lector, la historia que vas a encontrar en mi obra es «un compendio de humanidades». Sus personajes te llevarán a recorrer lo más noble que puede ofrecer una persona cuando es respetada, hasta lo más miserable en lo que se puede convertir cuando las circunstancias y el poder se lo permiten.

En mi recorrido, también aprendí que ninguna historia se parece a sí misma, si el camino que se transita es diferente. Tal vez por eso, mientras iba escribiendo mi novela, me animé a caminar por un sendero distinto, en el cual la imaginación iba teniendo más dominio que la vida real. De a poco se me iba develando la desmesura patológica del poder en las relaciones humanas: eso que los griegos llamaban el «síndrome de hibris».

Después de un largo y profundo proceso de escritura, emociones y sensaciones encontradas, puedo decir que llegó el día de dar a luz mi ópera prima: «Humanos sin Recursos: Un compendio de humanidades». Allí donde para mí estuvo presente la «nueva anormalidad» del encierro desmedido, encontré la fuente de inspiración en mis largas madrugadas de insomnio. Ese fue el lugar desde donde escribí y «jugué a ser Dios», para darle vida a una historia y a sus oscuros y diversos personajes.

Por eso, querido lector, no solo me siento feliz por haber salido creativamente vivo del puto año 2020, sino también porque después de haber atravesado un profundo y sinuoso camino, hoy puedo decirte que estoy en condiciones de acompañarte a transitar mi historia para que la disfrutes y reflexiones.

 

¡Es un gran día porque me siento terriblemente feliz!

«Estás acá porque sos el mejor»

Introducción

Betty tuvo un día agotador. Su regreso a la oficina estuvo lleno de incertidumbres que, con el correr de las horas, le confirmaron la terrible verdad que ella creía saber.

La reunión de ese día con el director del Centro de Consolidación, Logística y Distribución le sirvió para entender que su misión por el noroeste argentino fue solamente una cortina de humo para tapar otra aterradora historia de miserias personales. Ella en sus pensamientos más profundos se sintió molesta consigo misma porque se dio cuenta que equivocadamente estuvo naturalizando actitudes de su jefe que atentaban contra sus valores y formación profesional. En muy poco tiempo su piel se había endurecido demasiado para una vida tan corta, pero como dicen por ahí, “lo que no mata fortalece” y ella necesitaba salir pronto de ese lugar que estaba ocupando porque finalmente lo ocurrido le permitió tener una mirada distinta de su profesión entendió que nadie vuelve a ser la misma persona después de haber sido parte de las miserias ajenas.

Un gran discurso de presentación

Ese miércoles a las ocho y media, don José García, director del Centro de Consolidación, Logística y Distribución más grande de la República Argentina, inauguraba un nuevo mandato en la cámara que agrupaba a las empresas de logística. Comenzaba un nuevo período que se renovaba anualmente, según lo establecido por el estatuto. La apertura del evento estaba por llevarse a cabo en el salón principal, desde donde se iba a transmitir en directo por el streaming de Internet a todas las sedes del país.

El departamento de prensa y eventos invitaba a más de quinientas personas entre socios integrantes de la cámara, representantes de la cúpula sindical, medios de comunicación especializados, clientes y proveedores. Unas semanas antes, don José le había encargado a su hija mayor, Verónica, que fuese ella quien escribiera el discurso. Al directivo le parecía especialmente importante remarcar las inversiones que se imponían en la actividad de logística y distribución. Y, como era un hombre al que no le gustaba «dar puntada sin hilo», también le había solicitado a su hija que sutilmente agregara, como parte del contenido, que en su empresa se comenzaban a implementar nuevos procesos, infraestructuras e importantes inversiones tecnológicas orientadas a mejorar la relación comercial y operativa con sus clientes, muchos de los cuales «casualmente» estaban allí.

Verónica ya llevaba algunos meses involucrada en la empresa de su padre, más precisamente desde su regreso de Estados Unidos, donde había pasado casi dos años realizando un posgrado en la Universidad de Harvard. Esa formación le permitía conocer lo último y más novedoso en materia de gestión y administración.

Durante esa etapa, había tenido la oportunidad de participar en varias conferencias y charlas dictadas por los distintos gurúes de la administración, entre los cuales estaban el Dr. Peter M. Senge, el escritor y psicólogo Edward de Bono y el Dr. Ken Robinson, por nombrar tan solo a algunos de los pensadores y autores que leía y en quienes se inspiraba para pensar de otra manera la gestión integral de la formación profesional de los Recursos Humanos.

Verónica contaba con la insistencia y la luz verde de su padre para efectuar nuevas prácticas e ideas en su empresa; para este evento, padre e hija concebían juntos, desde hacía varias semanas, las ideas principales del discurso de apertura. Don José tenía la convicción y una ética errada al pensar que ese era el lugar y el momento para contarles a sus competidores y clientes que su empresa estaba dando un salto importante en la nueva etapa de cambios de su cultura organizacional. Verónica tenía claro que el camino de propuestas e implantaciones no iba a ser fácil porque la empresa funcionaba como una marca propia que estaba íntimamente relacionada con la complicada personalidad de su padre.

Él se sentía orgulloso por el ímpetu que mostraba su hija, a quien consideraba una mujer con gran personalidad y mucha predisposición para lograr cualquier meta que se propusiera.

Durante los últimos años, distintas circunstancias le venían demostrando que su empresa necesitaba adaptarse a los nuevos cambios. Don José quería que fuera su hija quien llevara adelante las implantaciones que necesitaban. Su único problema iba a ser delegarle las decisiones y el mando. Vero, como él le decía, pertenecía a una generación de jóvenes que entendía los cambios como procesos naturales. Ella estaba empecinada en lograr que su padre de una vez desaprendiera sus viejos métodos de conducción e incorporara nuevas formas de gestión. Ese intercambio de ideas entre padre e hija también les permitía recuperar el diálogo que habían dejado de tener por distintas circunstancias familiares. Las largas charlas que Verónica retomaba con su padre, de a poco parecían ir convenciéndolo de que iba a tener que adoptar nuevas prácticas para que la empresa siga creciendo, comenzando por abandonar la vieja estructura piramidal y su estilo de conducción vertical. La joven estaba convencida de que, una vez que se lograra superar el viejo modelo de gestión, se pasaría a un nivel más avanzado en donde la compañía saldría beneficiada de un estilo más dinámico y flexible; y a través del cual todos los mandos jerárquicos tendrían que reordenar su forma de conducción profesional bajo un entorno de trabajo por objetivo. Aunque Verónica se mostraba firme respecto de los cambios que era imperioso hacer, seguía dudando de hasta dónde su padre querría abandonar lo que tradicionalmente a él le había dado buen resultado.

Por eso, aquel evento parecía ser el lugar y el momento perfecto para que su padre pudiera lucirse con un discurso políticamente correcto, de esos que a él tanto le gustaban y en los que podía marcar territorio, anunciando grandes títulos con escaso contenido sobre lo que quería hacer, sin especificar cómo tenía pensado llevarlo adelante.

Él estaba muy feliz, porque ese era el lugar donde se sentía poderosamente libre de hacer y decir lo que quisiera, ya que en dicho ámbito nadie tendría agallas para contradecirlo o cuestionarle algo de lo que dijera. Todo estaba perfectamente planeado, incluso los aplausos sonaban elegantemente guionados. Era el sitio ideal para que las palabras más ásperas sonaran empalagosamente audibles. En el ambiente de la logística y distribución, don José era tan detestado como respetado; él lo sabía y se reía de ello, jactándose y diciéndose a sí mismo que era el precio que debía pagar por ser el mejor. El discurso que tenía preparado era parte de un plan de comunicación que había delineado su hija teniendo en cuenta los más mínimos detalles. El auditorio estaba lleno. Hasta el momento todo parecía funcionar según lo planeado. Era un gran día y él se sentía eufórico y complacido.

No obstante, muchos de los que estaban allí lo conocían y sabían que no era un buen orador: su voz era monocorde, se trababa con las palabras y leía textualmente con puntos y comas y sin levantar la vista de los papeles. Sabiendo eso, su hija pensó que una pantalla detrás de él podía distraer al auditorio para que los asistentes fueran leyendo el contenido que estaba diciendo. La disertación duró un poco más de quince minutos y cuando estaba comenzando a cerrar las ideas principales, la ansiedad le hizo levantar la vista de sus hojas y vio que en la primera fila estaban los principales directivos de la competencia, con quienes desde hacía un largo tiempo mantenía una fuerte disputa por el liderazgo del mercado nacional, principalmente el tucumano, donde próximamente abriría una nueva filial de su Centro de Consolidación.

El intervalo demoró pocos segundos, aunque fue el tiempo suficiente como para que su vehemencia le jugara una mala pasada y comenzara a improvisar. Lo primero que hizo fue dejar de hablar en tercera persona para tomarse él mismo como autorreferencia, nombrando importantes inversiones de más de diez millones de dólares para abrir la nueva filial en la provincia de Tucumán. Explicó también que había comprado más de cincuenta camiones para mejorar el circuito de distribución y que próximamente se incorporarían cien personas, entre choferes y conductores de autoelevadores. La frutilla del postre fue cuando concluyó su anuncio diciendo que, para el año siguiente, inauguraría una planta modelo de última generación en la República Islámica de Pakistán, cuya inversión iba a ser de similares características. Ese último mensaje fue con el que cerró su disertación. Los presentes estaban sorprendidos, porque se los convocaba para la inauguración de un nuevo mandato de la cámara que los agrupaba y no a un discurso de don José hablando de su empresa. El directivo estaba feliz porque sentía que todo salía según lo planeado y, entre murmullos y enojos, se podían escuchar los aplausos eufóricos de sus más allegados, distribuidos estratégicamente a lo largo y ancho del salón de eventos de la cámara. Sus colegas se acercaban para saludarlo, su equipo de prensa no paraba de sacar fotos, y él simplemente estaba embelesado, disfrutando de ese momento. Don José sabía que había abusado de su verborragia, pero ese instante para él era único, estaba sumamente feliz. Su jefe de prensa estaba sorprendido con lo que había escuchado sobre Pakistán, porque nada de eso estaba escrito en el discurso redactado por la hija de don José, así que él y sus asistentes se enteraban también en ese momento. Verónica, que estaba en su departamento siguiendo el discurso, volcó su café cuando escuchó a su padre hablar de Pakistán. Ella lo conocía y hasta el momento del anuncio, estaba sorprendida de que se hubiese mantenido leyendo textualmente todo lo que estaba escrito. De todas maneras, esas cosas eran marca registrada de un don José en estado puro. Una vez pasado el cimbronazo, la joven no tuvo más remedio que reírse. Lo único que atinó a decirse fue que, cuando se encontrara con él, le iba a preguntar por qué se le había ocurrido nombrar a Pakistán.

Una vez finalizado el discurso y mientras bajaba de la tarima entre saludos y felicitaciones, don José se dirigió a la salida. Los directivos de la competencia fueron los primeros en retirarse indignados, mientras comentaban por lo bajo que ellos habían ido a la apertura de un nuevo mandato de la cámara, no a escuchar un discurso en el que García solo había hablado de sí mismo y de su empresa. Don José fue rápidamente hacia donde estaba su chofer, quien lo esperaba en la puerta para llevarlo a la oficina.

«Andando el carro, los zapallitos se acomodan solos»

Mientras su chofer lo llevaba de vuelta a su empresa, don José le pidió que se desviara y pasara por Defensa al 500, en el barrio de San Telmo. Allí supo estar la pensión en la que había vivido al llegar a una Buenos Aires que en ese entonces parecía más relajada y con mejores posibilidades para trabajar. Siempre que pasaba por ese lugar, sentía un déjà vu de sus jóvenes comienzos, proveniente de una familia humilde de clase media baja. Había nacido en Cerro Colorado, provincia de Córdoba, donde vivió hasta los dieciocho años. Su madre era docente de escuela primaria y su padre, jornalero de campo. Al finalizar la escuela elemental, trabajó en la verdulería de su padrino, un amigo de la infancia de su padre. De él aprendió el duro oficio de levantarse temprano para abrir y atender el negocio hasta muy tarde.

A lo largo de los años, siempre tuvo presente las enseñanzas de su padrino que, en los momentos difíciles de su vida, le solía decir: «Josecito, cuando tengas un problema, acordate siempre de que: andando el carro, los zapallitos se acomodan solos» frase que jamás olvidó. Cuando cumplió dieciocho años, quiso probar suerte yéndose a Buenos Aires. Allí aprendió a vivir al día haciendo changas. Lo poco que ganaba, apenas si le alcanzaba para pagar la pensión. A pesar de los avatares de su vida, siempre fue un emprendedor, una persona que por necesidad debió adaptarse a las circunstancias del momento. Sus vecinos del barrio de San Telmo lo veían como una persona confiable, respetuosa y con muy buena predisposición, por eso los comerciantes lo contrataban para hacer mandados que él gustosamente aceptaba a cambio de algunos pesos y comida. De a poco, esos trámites se fueron haciendo cada vez más frecuentes hasta que, sin darse cuenta, había iniciado su emprendimiento de cadetería, que en sus comienzos hacía a pie hasta que un compañero de la pensión le prestó una bicicleta y, en la medida en que fueron creciendo sus negocios, pudo comprarse una «chata» que usaba para transportar mercadería y hacer mudanzas. La vida fue poniéndolo a prueba en distintas oportunidades, porque después del fallecimiento de su esposa, debió hacerse cargo de sus dos hijas, a quienes tuvo que criar en el momento en que su empresa comenzaba a crecer. Verónica, con solo treinta años, ya tenía un título universitario en leyes y un posgrado en Recursos Humanos. Su segunda hija Nancy, de veinticuatro, siempre había sido la más rebelde y desprejuiciada. A ella no le interesaba la empresa ni estudiar ni trabajar; solo pasaba a ver a su padre todos los meses para saludarlo y pedirle dinero que usaba para gastar en viajes y compras.

En su ambiente, don José era considerado un empresario exitoso que, después de más de treinta años de trabajo, había convertido su emprendimiento en un importante Centro de Consolidación, Logística y Distribución, con presencia en todo el país. El negocio le resultaba fructífero, ya que alcanzaba una facturación anual de varios millones de dólares. En su empresa trabajaban más de mil empleados que atendían a más de ocho mil clientes segmentados entre pymes, grandes cuentas y empresas del Estado. Él necesitaba tener todo bajo control, por eso en su organización tenía una oficina a la que llamaba Recursos Humanos. Esta se manejaba con estilo y formas de una Administración de Personal similar a la que pregonaba la vieja escuela clásica de Henri Fayol y su «teoría general de la administración» donde, entre otras cosas, se veneraba la autoridad vertical, casi de estilo militar, con una disciplina y unidad de mando incuestionables. En Recursos Humanos trabajaban dos empleados: uno liquidaba sueldos y el otro controlaba ausentismo y aplicaba sanciones disciplinarias. Su negocio funcionaba de esa manera y por mucho tiempo, ese estilo le había servido para crecer y expandirse por todo el país. El sindicato que los agrupaba era el de logística y distribución, con el cual había logrado entablar una relación de «toma y daca» bastante particular. No obstante, en algunas provincias de Argentina, existía otro sindicato más combativo, el de choferes de logística, quienes sabían del dinero que estaba en juego y por eso reclamaban encuadrar a sus más de quinientos choferes bajo su órbita sindical. Para don José, reunirse con «esa gente», como él los definía, era una pérdida de tiempo, por eso solo lo hacía semestralmente con la cúpula sindical, con quienes negociaba acuerdos para que no le pararan ninguna planta ni perjudicaran la logística, el transporte y la distribución de la mercadería. Así era él: esa eran sus formas y métodos personales para manejar los negocios.

Reunión con Clara

Y