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En las crisis nos damos cuenta de que el mundo y el futuro están más allá de los límites de nuestra voluntad. Emergen entonces el sentimiento de pequeñez y la ocasión de descubrir la humildad. Francesc Torralba hace en este libro una exploración de esta virtud, que, en su propia pequeñez, no forma parte de las virtudes teologales ni cardinales y no goza, en la modernidad y la posmodernidad, de un valor preeminente. Y, sin embargo, es una cualidad que nace de la racionalidad humana, tiene un poso judeocristiano y trasciende culturas, tradiciones espirituales y períodos históricos. La humildad, afirma el autor, tiene una profunda afinidad con los grandes vectores de nuestro tiempo: la incertidumbre, la debilidad de la razón, la vulnerabilidad de las instituciones, la falibilidad de los sistemas, la sociedad del riesgo, el agotamiento de los recursos, en definitiva, con la sensación de vértigo que siente el ciudadano frente al mundo que le circunda.
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Seitenzahl: 193
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Prólogo
Excursión etimológica
La humildad no es el complejo de inferioridad
La humildad no es sumisión
Humildad e imperfección
Humildad y pusilanimidad
Las fronteras de uno mismo
Experiencia y narración
Otear el horizonte
La cultura de la gratitud
Reírse de uno mismo: el humor
Alegato contra la humildad
Modestia y humildad
La búsqueda de la sabiduría
Parientes del humus: la compasión
La audacia de preguntar
Fundamento del perdón
Lo transitorio y la humildad óntica
Desasimiento y liberación
Soltar: la serenidad
El descentramiento del yo
Andar en la verdad
Barruntar el Misterio
Epílogo
Bibliografía
Biografía del autor
Notas
Colección dirigida por Luis López González
© SAN PABLO 2021 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es
© Francesc Torralba Roselló 2021
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050
E-mail: [email protected]
ISBN: 9788428560573
Depósito legal: M. 5.368-2021
Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid)
Printed in Spain. Impreso en España
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Toda crisis es una cura de humildad. Duele, pero, a su vez, libera. Por un lado, duele porque a nadie le complace reconocer su impotencia, su fragilidad y su incapacidad; pero, por otro, libera del mito de la autosuficiencia. Cuando irrumpe la crisis, caen las falsas imágenes, los constructos idealizados, las visiones hiperbólicas de uno mismo y uno se percata de quién es y de qué está realmente hecho.
Las crisis, sean de carácter colectivo o personal, sean sustantivas o accidentales, espirituales o materiales, ponen de manifiesto la fragilidad humana. Cuando uno padece una crisis siente que se ha metido en un atolladero del que no sabe cómo salir.
Experimenta vértigo, miedo, ansiedad, angustia, tristeza e impotencia, pero, a su vez, la misma situación le obliga a activar lo que los filósofos medievales llamaban las potencias del alma. Debe agudizar su ingenio, activar la imaginación, la cooperación con los demás, refrescar la memoria de otras situaciones críticas vividas anteriormente y, sobre todo, la voluntad de superación.
En este sentido, toda crisis, también la que estamos padeciendo colectivamente, puede desembocar en una revelación, en un momento de lucidez, en el principio de una historia diferente. Existe, también, la posibilidad de que ocurra lo contrario, de que sea ninguneada, de mirar a otro lado para no tener que cambiar nada, para no alterar ni un ápice el propio estilo de vida.
Las crisis nos ubican en un territorio desconocido, nos obligan a emigrar de la rutina, siempre cómoda, para tantear un ámbito completamente nuevo. Ello nos permite tomar conciencia de las propias fuerzas y activar los recursos latentes en nuestro propio ser.
Nuestro objetivo, en este libro, no consiste en analizar los distintos modos de reaccionar a una crisis, sino en explorar, filosóficamente, la virtud de la humildad, porque partimos del suppositum de que toda crisis constituye una extraordinaria ocasión para descubrir esta cualidad humana básica y para cultivarla.
Cuando los planes que habíamos esbozado no prosperan, cuando las expectativas se frustran y debemos rehacer el camino para explorar alternativas, nos damos cuenta, de un modo diáfano, de que no tenemos el futuro bajo control, de que la realidad nos supera, de que estamos embarcados en un mundo que está más allá de nuestra voluntad. Llana y claramente nos damos cuenta de que el mundo que habitamos no nos pertenece y el futuro mucho menos.
Emerge, entonces, el sentimiento de pequeñez. Experimentamos lo que el místico trapense, Thomas Merton (1915-1968), denomina nuestra irrelevancia cósmica, nuestra insignificancia en la historia del cosmos. Sentimos que no somos nada o que somos muy poco. Ello puede conducirnos a una profunda crisis de autoestima, incluso a una forma de autodesprecio o de autoodio, pero también a descubrir una cualidad profundamente humana, la humildad.
La humildad no es una virtud cardinal. No forma parte de las cuatro excelencias del carácter que ya avistó Aristóteles (384 a.C.-322 a.C.), en la Ética a Nicómaco. De hecho, en el tratado de las virtudes aristotélico ni siquiera se contempla la humildad. Tampoco en los tratados medievales es considerada como virtud cardinal.
No ocupa el lugar de privilegio que tienen la justicia, la fortaleza, la templanza o la prudencia. Tampoco está dentro de la trinidad de las virtudes denominadas teologales, la fe, la esperanza y la caridad y, sin embargo, juega un rol decisivo en las tradiciones monásticas medievales, especialmente en la Regla de san Benito de Nursia (480-547), en la devotio moderna y en las corrientes espirituales de los siglos XIX y XX.
Hay que reconocer que la humildad tampoco constituye un valor preeminente de la modernidad y, mucho menos, de la llamada postmodernidad.
No se cuenta entre los valores axiales de la Revolución francesa (1789): la libertad, la igualdad o la fraternidad. Más bien se sitúa en la esfera del Medievo y se comprende como un valor que presupone, necesariamente, el reconocimiento de un Ser superior, frente al cual, se pone de manifiesto la insignificancia de la condición humana. No forma parte de los valores propios de la denominada modernidad filosófica, valores como la emancipación, la crítica, la audacia, la racionalidad práctica o la autonomía de la voluntad frente a la heteronomía. Con facilidad es considerada como una virtud premoderna, arcaica, impropia de nuestro tiempo.
Sin embargo, como trataremos de mostrar, la humildad es una virtud perenne, una cualidad básica del ser humano que trasciende culturas, tradiciones espirituales y períodos históricos. No pertenece, en exclusiva, a ningún cuerpo moral, tampoco a ninguna tradición espiritual. Aun así, es imprescindible reconocer su poso judeocristiano, puesto que la gran mayoría de aproximaciones occidentales a la naturaleza de esta virtud se nutren de la tradición bíblica.
La humildad tiene una versión religiosa, pero también una laica. No se precisa la fe para reconocerla como cualidad humana. Basta con tomar conciencia de los propios límites, con darse cuenta de la propia fragilidad. No es necesaria, ni indispensable la comparación con un Ser infinito. Una diversidad de experiencias humanas nos permite entrever el valor perennemente válido de la humildad. Nos referimos a experiencias que se relacionan con la vivencia de la fragilidad.
La fragilidad tiene múltiples epifanías. Estamos hablando del dolor, de la enfermedad, del cansancio, de la impotencia, del fracaso, de la traición, de la caída moral, de la impotencia física y espiritual y, naturalmente, de la muerte de uno mismo y de la del ser amado.
En todo este conjunto de experiencias, uno se percata de sus fronteras ónticas, de sus carencias. Puede o no reconocerlas, puede o no aceptarlas, puede o no asumirlas, pero capta su fragilidad y, justamente, en este acto de conciencia nace la virtud de la humildad.
La humildad, en un sentido religioso, nace por comparación. Cuando el ser humano se compara con el Ser infinito, siente su nada, su contingencia, su pequeñez y experimenta la necesidad que tiene de Él para poder subsistir. Esta humildad nace de un acto de fe, de la distinción de niveles ontológicos: lo finito y lo infinito, lo temporal y lo eterno, lo inmanente y lo trascendente, lo absoluto y lo relativo.
En sentido laico, la humildad, como el perdón, nace de la racionalidad humana en su uso práctico. Se sitúa más acá de la prosa espiritual. Cuando uno se percata de las carencias de su ser, de la labilidad de sus actos y de sus errores, descubre la humildad. También existe la virtud del perdón en el plano laico. Uno lo descubre cuando se da cuenta de que perdonar es liberador, cura heridas, permite empezar de nuevo y reconstruir los vínculos interpersonales. Para todo ello, no es imprescindible la fe en un Dios personal, tampoco abrazar el dogma.
Esta estrecha relación de la humildad, y por extensión del perdón, con las tradiciones espirituales del Libro pesa negativamente sobre ella, especialmente en un contexto caracterizado por el eclipse de Dios, en palabras de Martin Buber (1878-1965), y por un acelerado e implacable proceso de secularización axiológica y espiritual. Grandes conceptos y nociones de herencia judeocristiana han sido barridos del imaginario colectivo, pero, con ello, también su trasfondo profundamente humanista.
Sin embargo, los pensadores contemporáneos más perspicaces vindican una ética de las virtudes en pleno siglo XXI en un plano estrictamente racional. No se olvidan de la humildad, ni del perdón, a pesar de sus raíces nítidamente espirituales. Esta relectura, en clave laica, de virtudes que, históricamente, se han nutrido de los grandes relatos religiosos constituye un acierto, un ejercicio intelectual de discernimiento.
En un contexto fuertemente dominado por las tecnociencias, es fácil sucumbir al mito de que todo es posible. El axioma formulado en positivo reza así: Todo es posible. Formulado en negativo: Nada es imposible.
Este lema está profundamente enraizado en el imaginario colectivo contemporáneo y está en las antípodas de la cultura del límite, de la frontera y de la fragilidad. Este lema no solo circula a toda velocidad por escaparates digitales y analógicos como eslogan publicitario, sino también como filosofía de vida del ciudadano común.
Se ha impuesto como una tendencia de moda que abarca campos tan dispares como la vida profesional, el deporte o la lucha por la eterna juventud. El ciudadano ha llegado a creer que para él todo es posible, que nada es imposible si se lo propone, que puede hacer realidad cualquier propósito por difícil y arduo que sea.
Sin embargo, este axioma choca frontalmente con el reconocimiento de la fragilidad, de la vulnerabilidad y de la finitud. La humildad empieza a latir, precisamente, cuando uno se percata de que no lo puede todo, de que no lo domina todo, de que no puede superar todo cuanto se proponga. Y eso tiene lugar en las crisis, ya sean personales o colectivas.
La que estamos padeciendo, tanto a nivel global como regional, es una ocasión idónea para erradicar del imaginario colectivo este axioma y realzar la virtud de la humildad. La humildad nace, pues, de una derrota, de un fracaso, de una herida.
Si uno examina, honestamente, tanto su vida como la de sus semejantes, es fácil que llegue a esta conclusión y que el axioma en cuestión se volatilice por los aires. Con el paso de los años, uno se da cuenta de que no todo es posible, de que existe lo irreversible, lo irreemplazable, el límite que no puede ser transgredido, y de que ese límite no es elástico, ni blando, ni imaginario, sino duro, persistente y real. El mito de la eterna reversibilidad se hace añicos muy a nuestro pesar.
La humildad es una virtud discreta, prácticamente olvidada en la postmodernidad. Sin embargo, tiene una profunda afinidad con los grandes vectores de nuestro tiempo, con la incertidumbre, con la debilidad de la razón, con la vulnerabilidad de las instituciones, con la falibilidad de los sistemas, con la sociedad del riesgo, con el agotamiento de los recursos, en definitiva, con la sensación de vértigo que siente el ciudadano frente al mundo que le circunda.
No tenemos el mundo que deseábamos. Esta es la pura y llana verdad. No hemos alcanzado los ideales del siglo de las luces. No hemos sido capaces de extirpar del cuerpo social la superstición, tampoco la credulidad, la ignorancia, el fanatismo o el oscurantismo. El proceso de la ilustración se ha truncado. El populismo ultranacionalista, los fanatismos políticos, sociales y religiosos, la violencia en sus múltiples acepciones, están ahí, en la vía pública. Por ello, necesitamos una ilustración más radical y extensa, una globalización de la Auf lärung.
La irracionalidad campa impunemente por las redes sociales y el emotivismo inunda el proceso de toma de decisiones. El mundo que legamos a nuestros hijos y a nuestros nietos no es, en ningún caso, el mundo que anhelábamos cuando éramos jóvenes. Algo ha fallado, algo se ha roto. Y alguna responsabilidad tenemos en ello ya sea por acción o por omisión.
Las generaciones jóvenes se quejan del mundo que les dejamos en herencia y nos señalan con el dedo acusador. Están hartas del neoliberalismo globalizado, sienten hastío de la sociedad del homo consumens y del vasallaje al dios Capital. Sufren una precariedad laboral que se dilata en el tiempo y que les impide desarrollar sus legítimos proyectos de vida. La vivienda, a pesar de ser un derecho fundamental, sigue siendo, para ellos, un lujo imposible. Se sienten víctimas de un sistema que funciona mecánicamente y que destruye sueños y utopías, un sistema que se ha convertido en una verdadera apisonadora de ilusiones.
Algunos se limitan a obedecer y practican la moral de rebaño, en palabras de Friedrich Nietzsche (1844-1900). Otros, organizados en pequeños grupúsculos alternativos de estética antisistema, sueñan con utopías ecocéntricas y transgresoras mientras resisten en los márgenes de la sociedad turbo e hipercapitalista.
Algo habremos hecho mal. En algún momento nos olvidamos de lo fundamental. Tomar conciencia de ello no es fácil, porque significa reconocer nuestra labilidad.
Este reconocimiento es, precisamente, el principio de la humildad.
Morgovejo, enero de 2021
Un buen camino para acercarse a la densidad semántica de una palabra es el método etimológico. Ahondar en la raíz de la palabra humildad es una vía para acceder al significado originario, a su contenido más primitivo.
Los conceptos, como las personas y los pueblos, tienen su historia, evolucionan, cambian, mutan y adquieren nuevos significados. En ocasiones, se borra el sedimento original o bien se interpreta de un modo completamente distinto con el paso del tiempo al que tenía al principio. La historia del concepto (Begriffsgeschichte) no es lineal, ni se puede anticipar su trayectoria, dibuja todo tipo de meandros, de curvas y de ramificaciones a lo largo del tiempo.
La palabra humildad persiste. Está en el diccionario, a pesar de que su uso es extraño en el lenguaje habitual. Aun así, no se ha perdido en el cementerio de la desmemoria. Está ahí, pero requiere de un proceso de resignificación, de reelaboración intelectual, para sacarla del atolladero semántico donde ha ido a parar y explorar sus múltiples significados latentes. Necesita una puesta al día, un aggiornamento.
La palabra humildad procede de humus (detectable en el neologismo humus y en inhumar y exhumar), que significa «tierra». Debe tener también alguna relación con humedad, pero es difícil establecerla. Humilis ha de significar algo así como que se puede reducir a tierra, a humus, que está muy cerca de la altura del barro.
Ser humilde significa reconocerse hijo de la tierra, pero también, muy arraigado a la superficie de esta. De hecho, el humus se forma, en gran parte, de la desintegración de las hojas de los árboles cuyas sustancias nutrientes son absorbidas, de nuevo, por los árboles, para realizar su función vital.
El cristianismo dota al vocablo de un contenido positivo, al igual que los demás caracteres de la esclavitud y de la desgracia humana. Convierte la condición humilde en cualidad para un cristiano, la aceptación de esa condición en virtud y el estar dispuesto, por solidaridad con los humildes, a colocarse junto a ellos, en un rango más abajo del que a uno objetivamente le corresponde (humillarse), en una de las más excelsas virtudes cristianas.
La humildad, en este sentido, es claramente contraria al clasismo. El hombre humilde se desapega de su rango, se olvida de su estatus y condición para unirse con todos los demás, porque entiende que lo humano es lo más común y esencial que nos une a todos y que las diferencias son meramente accidentales y coyunturales.
El clasismo significa todo lo contrario: petrificarse en las diferencias, marcar niveles, distinguir derechos y deberes y someter a los inferiores a una relación de dominio y subyugación.
Miguel de Cervantes (1547-1616) escribe en Coloquio de los perros que la humildad es la base y el fundamento de todas las virtudes y que, sin ella, no hay alguna que lo sea. Mucho antes que él, san Agustín (354-430), el que fuera obispo de Hipona, afirmó que es la madre de las virtudes (mater virtutum est), la fuente de donde manan todos los buenos hábitos, la excelencia del carácter.
Este valor se ha asociado, erróneamente, a conceptos relacionados con el complejo de inferioridad o con el sometimiento. Es relevante dibujar conceptualmente la noción de humildad y marcar distancias respecto de ideas preconcebidas que nada tienen que ver con ella y que, sin embargo, están ahí, en el inconsciente colectivo y que, con frecuencia, deslucen su belleza.
Un acercamiento por descarte puede ayudar a clarificar lo que realmente es. La humildad nada tiene que ver con el complejo de inferioridad. Sin ánimo de entrar en el terreno de la psicología, que no nos corresponde, es preciso distinguir ambas realidades.
La humildad es una cualidad humana, mientras que estar acomplejado o sufrir algún tipo de complejo, fuere el que fuere, no constituye una cualidad, sino más bien un defecto y, en el caso de que sea muy grave, una patología psíquica.
El complejo de inferioridad es una percepción subjetiva que causa un grave sufrimiento emocional a quien lo padece. Estamos hablando de un sentimiento, de una emoción tóxica que consiste en sentirse inferior a los demás, a alguien en concreto o bien a un conjunto de personas. Nace de una comparación equívoca y arbitraria.
El sujeto que lo padece se compara con los demás, allegados o lejanos y se siente menos que ellos, experimenta que no los alcanza, que no posee las cualidades que, supuestamente, poseen los demás. Se siente inferior y eso le causa un gran sufrimiento de naturaleza emocional que tiene, lógicamente, sus múltiples derivadas en la vida práctica, en el plano social y profesional.
Quiere ser como los demás, asemejarse a ellos, física e intelectualmente, pero siente que no puede, que se abre una zanja entre ellos y él. No se trata de una visión objetiva, fundamentada y cotejada, sino de una percepción subjetiva y arbitraria. Él percibe que los demás son superiores y no es capaz de poner en cuestión tal percepción y someterla a un examen crítico.
Cuando uno se siente inferior a los demás, prejuzga que no podrá seguir su ritmo, que no podrá asumir las responsabilidades que ellos desempeñan, ni conseguir sus objetivos. Cree que fracasará en sus empeños. Todo esto lo asume antes de empezar a realizar la labor, con lo cual este sentimiento determina la acción posterior.
El pensar configura la acción y la inacción. En este sentimiento de inferioridad late una forma de autodesprecio y de desdén hacia uno mismo que, en casos extremos, deriva en formas de autodestrucción.
También puede manifestarse a través de la arrogancia y del abuso de poder. Como puso de manifiesto Alfred Adler (1870-1937), discípulo heterodoxo de Sigmund Freud (1856-1939), cuando una persona sufre el complejo de inferioridad, reacciona de un modo prepotente, justamente para ocultarlo o demostrar su falsa superioridad, a través de actitudes de explotación y de desprecio a sus semejantes.
A través de la humillación a los demás, trata de subsanar su sentimiento de inferioridad y reafirmarse. Sin embargo, lo que consigue a través de esta conducta no es mostrar su superioridad, sino, justamente, lo contrario, poner claramente de manifiesto su sentimiento de inferioridad.
El complejo de inferioridad es un mal anímico. Nadie desea padecerlo. No es un acto de la voluntad, ni el resultado de una deliberación. Es, simplemente, un sentimiento que adviene en el alma y que se apodera de ella, incluso contra su voluntad. No es una expresión de la libertad humana. Es fruto de un defectuoso conocimiento de uno mismo.
Se produce cuando uno exagera sus limitaciones, hipertrofia las cualidades de los demás y no es capaz de entrever sus propios recursos o potencias. La consecuencia de ello es el apocamiento y el resentimiento contra los demás por creer que son superiores en todo.
Existe una profunda vinculación entre el sentimiento de inferioridad y el resentimiento. Como analizó perspicazmente Max Scheler (1874-1928) en El resentimiento en la construcción de la moral, el resentimiento nace por comparación. Cuando uno se siente inferior a los demás, desea el mal para quienes percibe que son superiores a él, anhela su destrucción, y esta emoción se queda dentro del sujeto intoxicando su alma.
El resentimiento nace, como se ha dicho, por comparación y el espíritu de comparación es destructivo. Como escribe Søren Kierkegaard (1813-1855), en Las obras del amor (1848), compararse es autoinmolarse.
La persona humilde no se compara con los demás. Reconoce las cualidades de sus semejantes, pero no experimenta la secreta envidia de poseerlas para sí. Reconoce lo que hay de bello y de bueno en los demás, pero eso no le lleva a destruirse a sí mismo, ni a negar sus facultades.
La humildad no consiste en pensar menos en uno mismo, sino en pensar menos de uno mismo. El autoexamen, como ya vio Sócrates (470 a.C.399 a.C.), es consustancial a la actividad filosófica entendida como un ejercicio espiritual. Ello presupone convertir el yo en objeto de meditación filosófica, en foco de reflexión.
Pensarse a sí mismo no es un ejercicio de vanidad, ni un combate contra la humildad. Es una tarea imprescindible para configurar el propio proyecto vital. La humildad no consiste en evadirse de uno mismo, en fugarse del yo, olvidarse o anonadarse. Significa pensar menos de uno mismo.
Dejemos de lado el sentimiento de inferioridad. La humildad tampoco debe confundirse con el sometimiento y, menos aún, con la legitimación de la sumisión y de la explotación. Resignarse a jugar el papel de víctima en una relación dual, ya sea en el plano afectivo o profesional, nada tiene que ver con la humildad. El victimismo no es la humildad; es una derrota moral, una corrosión de la dignidad humana.
Ser humilde no significa, en ningún caso, aceptar resignadamente el papel de siervo en una relación de dominación, en la dialéctica del amo y del esclavo, para decirlo con la bella expresión de Georg Wilhelm Hegel (1770-1831). Asumir que uno debe ser vejado, explotado, en definitiva, aniquilado por otro ser humano es un acto de renuncia a la propia dignidad, una derrota de sus derechos fundamentales.
Ser humilde no significa tolerar o aceptar la injusticia, la explotación, la denigración, la vejación o la humillación. La aceptación de este rol obedece a distintas razones, pero, en ningún caso se puede identificar con la humildad. Puede ser fruto de la cobardía, del miedo, de la costumbre, pero no es una situación éticamente aceptable. La humildad está emparentada con la justicia, con la esperanza, con el reconocimiento de uno mismo y de los demás, pero jamás con la explotación o con la humillación.
