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No podría seguir engañando a todo el mundo por mucho tiempo… Quién habría pensado que bajo los formales trajes de elegante abogada, Caris Johnson llevaba la más sexy lencería, una lencería que daba cuenta de lo apasionado de sus fantasías. Desde luego sus clientes y compañeros jamás lo imaginarían. Y mejor que fuera así. Pero una vez que viajó a la isla de Navarro para trabajar en un caso, Caris se dio cuenta de que cada vez le resultaba más difícil separar ambas identidades. Quizá fuera culpa del calor… de las noches ardientes… o de Alex Navarro...
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Seitenzahl: 179
Veröffentlichungsjahr: 2012
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1998 Lisa E. Arlt. Todos los derechos reservados.
HUMO Y ESPEJOS, Nº 1515 - marzo 2012
Título original: Smoke and Mirrors
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Publicada en español en 2007
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-9010-580-1
Editor responsable: Luis Pugni
ePub: Publidisa
Para mi marido, quien me enseñó que los finales felices no sólo ocurren en los libros.
Caris Johnson decidió que, tal vez, no hubiera elegido el mejor día para dejar de fumar. Había oído decir a gente que mataría por un cigarrillo, pero nunca creyó que fuera cierto.
Hasta ese momento.
Se sujetó con fuerza al reposabrazos del asiento del avión, haciendo equilibrios en el afilado borde del miedo. De pronto, el avión cayó unos metros y sintió que se quedaba sin aire en los pulmones. Gimió entre el terror y el mareo que le provocaba volar. Entornó los ojos al sentir una nueva náusea y entonces miró a su compañero de viaje.
Harrison J. Peters III, dormía plácidamente con una leve sonrisa en el rostro afilado y envejecido, completamente ajeno a las turbulencias y al pánico de Caris.
Se sintió aliviada. No era bueno mostrar debilidad, especialmente delante del hombre en cuyas manos estaba su futuro profesional.
El pequeño avión vibró y dio varias sacudidas. Caris se puso rígida al tiempo que estiraba las piernas hacia delante como si quisiera tocar tierra con la punta de los dedos.
Se juró que en cuanto la hicieran socio de Harrison, Harrison, Joffrey y Peters Abogados, uno de los despachos de abogados más prestigiosos de Washington, D.C., no volvería a pisar un avión.
Le costaba creer que hubiera sido ella misma quien había insistido en hacer aquel viaje. Al enterarse de que el novísimo departamento de bienes inmuebles del despacho se había presentado a concurso para asociarse con Navarro Investments en la creación de un complejo turístico junto al mar en Navarro Island, Caris pensó que se trataba sin duda de su oportunidad de convertirse en la primera mujer que ocupase un puesto como socio de aquel despacho de hombres. Al momento, estaba al teléfono reclamando favores a todo aquél que le debiera uno. Contabilidad envió por error un listado pormenorizado de sus horas de trabajo, de considerable extensión, a todos los socios. Y docenas de clientes eligieron ese día para bombardear la oficina con llamadas para felicitar a la abogada Caris Johnson por su dedicación y esfuerzo.
Pero el factor determinante fue el fax de la Universidad de Yale que el señor Joffrey recibió por su línea privada. Era una copia de la tesis de fin de carrera de Caris, la cual versaba sobre la adquisición y constitución de complejos turísticos en áreas de playa.
Claro que, en los ocho años que habían pasado desde que se graduara, Caris no había pisado una playa, y mucho menos se había parado a pensar en las complicaciones que conllevaría la construcción de un complejo turístico. Pero no pensaba dejar que algo como la inexperiencia la detuviera ahora que había llegado hasta allí. Era una experta en saber salir de cualquier situación y aterrizar sobre sus tacones sin perder el equilibrio.
El pequeño avión de transporte interno sufrió una nueva sacudida y Harrison se frotó la calva de la coronilla con una mano arrugada, al tiempo que emitía un sonido a medio camino entre un ronquido y un gruñido. Caris lo miró irritada.
El entusiasmo inicial ante el viaje había disminuido considerablemente al saber que su compañero en la misión sería Harrison J. Peters. Éste odiaba a los fumadores y Caris era fumadora.
No sólo fumaba, sino que fumaba mucho. Pero nadie en el despacho lo sabía. Fumaba a escondidas en el baño de señoras y enmascarando el olor con una mezcla de spray desinfectante y Chanel nº 5.
Pero sabía que no podría ocultar el hábito durante un viaje de dos semanas a una isla remota en la costa de Texas, y menos a un hombre como Harrison. Bastaría que el olor entrara ligeramente por sus agudos y aristocráticos orificios nasales y su secreto dejaría de serlo.
Le había parecido una decisión fácil: los cigarrillos o su carrera profesional. Pero en ese momento, seis horas en avión después de su último cigarrillo, la compostura y el sano juicio estaban desmoronándose. Caris empezaba a creer que no lo conseguiría. Quería gritar. Le retumbaba la cabeza y le dolía la mandíbula de tanto mascar chicle.
En ese momento, notó que se le taponaban los oídos y sintió que se le revolvía el estómago. El piloto estaba iniciando el descenso.
–¿Ya hemos llegado? –preguntó Harrison, arrastrando las palabras con su fuerte acento del sur.
–Aún no –dijo ella, mirando por la ventanilla.
–Ahí abajo no hay nada más que agua –dijo Harrison, estirándose para ver por encima del hombro de Caris, que se encogió consciente de que al hombre le disgustaba que le recordaran su corta estatura.
Caris medía uno setenta y dos y nunca llevaba tacones altos.
Ni siquiera en los días en los que se sentía muy femenina y le apetecía mecer las caderas un poco más al andar. Para Caris, no merecía la pena irritar a uno de los socios por el mero hecho de sentirse sexy.
–Pero debemos de estar cerca –añadió, rascándose la barbilla ligeramente oscurecida por la incipiente barba gris–. Creo que veo tierra ya. ¿Has traído el informe sobre Alex Navarro?
–Está en mi maletín.
–Bien. Vamos a necesitarlo –Harrison sacudió su cabeza calva–. Sigo sin comprender por qué Navarro tiene tanta prisa. Espero que estés dispuesta a aceptar el desafío.
–Puede contar conmigo, Harrison.
Alexander Navarro. Había dimitido recientemente de un puesto importante como analista financiero en una potente agencia de Wall Street para regresar a Navarro Island. Caris dudaba mucho que hubiera sido el dolor por el reciente fallecimiento de su padre lo que lo había empujado a un cambio de vida tan drástico; se rumoreaba que no habían intercambiado palabras amables en los últimos diez años. Lo más probable era que lo hubiera hecho para aceptar la presidencia de Navarro Investments.
Aunque su hermano, Michael, y su hermana, Kate, tenían la misma participación en el negocio familiar, era Alex quien tenía el poder. Caris dudaba mucho que llegara a conocerlos personalmente. Michael estaba en su último año de máster en dirección de empresas en Harvard, y Kate era la mujer de uno de los hombres más ricos de Houston. Y tampoco éstos parecían llorar la muerte de su padre.
Alex decidiría qué inversores participarían en el complejo. Y si Caris lograría convertirse en socio de su despacho.
Aunque agradecía la oportunidad, Caris no podía evitar preguntarse por qué Navarro Investments buscaba un socio. La invitación de Navarro empujaba a hacer averiguaciones sobre la compañía, pero Navarro Investments llevaba casi una década en la lista de las 500 mayores fortunas. Habían amasado grandes cantidades durante el boom del petróleo en los años setenta. Y Alex Navarro había dejado atrás un salario de seis ceros para volver a la isla. Si los Navarro habían caído en desgracia, Caris lo sabría.
–Voy a adecentarme un poco. No puedo enfrentarme a mi oponente sin afeitar, ¿no crees?
Caris se encogió de hombros, poco deseosa de perder tiempo pensando en su aspecto. Al otro lado del pasillo, una mujer se reía. Caris la miró y deseó no haberlo hecho. La mujer, rubia y risueña, estaba sentada en el regazo de un hombre. Tenía las manos apoyadas en el pecho de él y éste tenía las suyas metidas en la blusa de ella.
A juzgar por el reluciente pedrusco en la mano izquierda de ella y las miradas de deseo que intercambiaban, eran dos recién casados en su luna de miel. La mujer volvió a reírse y Caris se preguntó si no les daría vergüenza.
Caris miró por la ventanilla y de nuevo a la pareja. Si ella estuviera enamorada, nunca se exhibiría de esa forma en público.
Sintió que se le contraía el estómago y un peso le aplastaba el pecho.
Si estuviera enamorada…
Al paso que iba, nunca lo estaría. Ni siquiera tenía tiempo para salir con alguien. Su vida se limitaba al trabajo y al estudio. ¿Pero no era eso lo que había querido? Y se respondió a sí misma que sí.
Se dijo que las dudas se debían a la falta de los cigarrillos.
Alexander Navarro observó el avión deslizarse sobre el golfo y se detuvo suavemente en la única pista de aterrizaje del aeropuerto de Navarro. La brisa tropical arrastraba el eco del motor, como si el avión fuera un aeroplano.
Alex tamborileó con nerviosismo el dedo en el Land Cruiser plateado que había elegido para ir al encuentro de los abogados.
–Son ellos.
Michael no respondió y Alex se giró para mirar a su hermano menor sentado en el asiento del acompañante, que se miraba el Rolex de la muñeca con gesto taciturno.
Aunque ambos tenían el pelo oscuro y una constitución fuerte, Alex había oído decir de Michael que era una versión menos intensa de su hermano mayor. Alex se preguntaba si Michael lo habría oído también y si sería ése el motivo por el que llevaban sin verse diez años.
–¿Me has oído? –preguntó Alex, con más aspereza de lo que habría querido.
–Te he oído –respondió Michael, saliendo del cuatro por cuatro, al tiempo que hacía un gesto despectivo con el dedo–. ¿Qué está pasando aquí, Alex?
–¿A qué te refieres? –dijo Alex, con el estómago contraído.
–¿Qué le ha pasado a la limusina?
–Ya te lo he dicho, está en el taller –dijo él, obligándose a no enfrentarse a su hermano.
–Ya. ¿Y el chófer está de vacaciones?
–Sí –dijo Alex, controlando la respiración, consciente de que su hermano buscaba cualquier signo de incomodidad.
–¿Por qué no me dices la verdad, Alex? –insistió Michael, ladeando la cabeza.
–Te estoy diciendo la verdad.
–Claro –dijo el otro, nada convencido.
Y Alex no lo culpaba. Su historia tenía unas enormes lagunas, pero no le había dado tiempo a pensar en algo mejor ante la inesperada aparición de Michael la noche anterior, desbaratando sus cuidadosos planes. ¿Pero cómo explicar la falta de sirvientes y de los objetos de valor sin decirle a Michael la verdad, que Navarro Investments había quebrado? Cuando el testamento de su padre quedara validado en el juzgado de sucesiones todo el mundo lo sabría y su posición de fuerza frente a Harrison, Harrison, Joffrey y Peters se evaporaría. Alex no tenía ninguna prisa por que eso ocurriera.
Alex deseó poder confiarle la verdad a su hermano, pero Michael era demasiado oportunista para ni siquiera considerar la posibilidad.
–¿Por qué John se está haciendo pasar por el mayordomo?
–Como te dije anoche, Michael, John no se está haciendo pasar por nadie. Lo he contratado.
–Sí, claro.
Alex sintió que una gota de sudor le caía por la espina dorsal hasta la parte baja de la espalda. Miró a su hermano. Se preguntaba qué estaba haciendo allí. Debía estar haciendo los exámenes finales.
–¿Por qué has venido, Michael?
La risa falsa de Michael apenas conseguía ocultar su nerviosismo.
–Parece que no soy bienvenido en mi propia casa.
–Hacía años que no venías.
–Igual que tú –dijo él, mirándolo con odio.
–¿Necesitas dinero?
–¿Ésa es la única opinión que tienes de mí? –Michael enrojeció y el sudor perló su frente–. ¿Un paria mugriento que viene a pedir limosna?
Alex se encogió de hombros. No era el momento de discutir lo que opinaba de su hermano menor.
–Tal vez sólo quería ayudar –dijo Michael.
–Perdóname por ser escéptico, Michael, pero…
–Puedo ayudar, Alex. Tengo cierta experiencia en asuntos empresariales. Después de todo, casi tengo ya el máster en administración de empresas.
–No lo conseguirás saliendo de la universidad de esta manera.
Michael enrojeció de nuevo y Alex pensó que se marcharía de allí malhumorado como un niño mimado. Pero en vez de eso, Michael inspiró profundamente y cambió de tema.
–Escúchame, Alex. Podríamos hacer un montón de dinero. Nakashimi está deseando pagarnos un montón de millones por todo esto. Deberíamos vendérselo ahora mismo y mandar al infierno la isla.
–¿Sólo sabes pensar en eso, Michael? ¿Dinero?
–El dinero mueve el mundo –dijo Michael–. Y tú deberías saberlo mejor que nadie.
Hubo un tiempo en que Alex había creído lo mismo. Pero eso había sido hasta hacía un mes, antes de que su mundo cambiara; antes de que su padre muriera, dejando un imperio empresarial en el caos, una familia necesitada envuelta en disputas y un montón de secretos.
Alex se apoyó en el coche con la vista fija en el avión. Lo cierto era que durante los últimos dos años, su vida no le había resultado tan satisfactoria. En ese tiempo, se había sentido embargado por una necesidad indescriptible de algo que no era capaz de discernir. La muerte de su padre le había servido para aclararse las ideas y le había dado la oportunidad de comenzar de nuevo. Una oportunidad que había aceptado de buen grado, dejando atrás una carrera y un sueldo de alto nivel sin pensárselo dos veces.
Pero hasta el momento, su vida seguía igual. Vacía, sin sentido, carente de algo que no podía describir. Alex quería más. Pero no sabía qué.
–¿Qué posibilidades tengo de hacerte cambiar de opinión? –preguntó Michael, como buen aficionado a las apuestas.
–Las mismas que yo a ti. Michael, los abogados están aterrizando. Si llegamos a un acuerdo, cerraré el trato con ellos.
Michael suspiró, más malhumorado que enfadado.
–No estoy en contra de hacer un trato, es sólo que pienso que éste no es el adecuado. No puedo creer que quieras hacer un trato con unas personas a las que no conoces cuando Nakashimi Corporation te ofrece cien veces más por comprarte la isla.
–¿Y tú qué sabes cuánto ha ofrecido?
Michael, que no había vuelto a la isla desde que terminara secundaria, tuvo la decencia de mostrarse avergonzado.
–Debo de habértelo oído decir.
Lo más probable era que le hubiera estado registrando los papeles al llegar la otra noche hasta dar con la información que buscaba.
–El plan de Nakashimi consiste en arrasar la isla y echar a todos sus habitantes –dijo Alex–. Yo intento construir un complejo para dar a esta gente un motivo para quedarse en la isla, no un ultimátum para que se vaya.
–¿Por qué te importa tanto la isla? –preguntó Michael, la furia empañaba la frialdad que había intentado mostrar–. Hace diez años que no venías. Y si la situación hubiera sido al contrario, los isleños te venderían por un bote de crema solar.
Aunque había vivido los últimos diez años en Nueva York, nunca había dejado de ser un isleño. Michael nunca había comprendido lo que era el afecto o la lealtad hacia algo o alguien.
–¿Adónde quieres llegar, Michael?
–Si fuera mi empresa, lo vendería todo, compraría una casa enorme en Hollywood y viviría a todo lujo hasta que muriera o se me acabara el dinero.
Alex sabía que Michael lo decía en serio.
–Mientras yo sea el presidente de Navarro Investments, yo tomaré las decisiones. Hay mucho más en juego en este trato de lo que tú crees, Michael.
Alex se fijó en la mujer nada más verla aparecer. Notó que se le erizaba el vello de la nuca y un escalofrío le recorrió el cuerpo en medio del calor tropical.
No era lo que Alex llamaría una belleza clásica. En realidad, se preguntaba si no trataría de mostrarse menos atractiva de lo que realmente era. Llevaba el pelo rubio recogido cruelmente en un moño muy tirante, dejando sueltos unos cuantos mechones.
Llevaba un traje de chaqueta de color gris, con un diseño y un tono que parecía tener como propósito apagar todo su atractivo femenino. La falda le llegaba a media rodilla y llevaba zapatos bajos. Tenía la blusa abrochada casi hasta la barbilla, aunque sospechaba que ocultaba ropa interior de encaje.
Estaba pálida, prueba del brusco aterrizaje por el que era famosa la isla. Tenía los ojos cerrados y elevaba el rostro al cielo en una súplica silenciosa. Se preguntaba si tendría los ojos azules. Parecía cansada y hasta pudo sentir su fatiga.
Se preguntó quién sería y, más aún, por qué le importaba.
Caris se detuvo en lo alto de la escalerilla del avión. El estómago le gruñía de hambre y como consecuencia del brusco aterrizaje, y se sentía incómoda con la chaqueta puesta. Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que Harrison atravesaba a grandes zancadas la pista en dirección a dos hombres altos. Se apresuró a bajar los escalones.
Atravesó la pista de asfalto sin importarle su aspecto. Sólo era consciente de que tenía que entrar en el círculo si no quería que la dejaran fuera. Notaba que el pelo pujaba por escapar del severo moño que lo recogía. Tenía las mejillas enrojecidas, a medias por el calor y la vergüenza. Se llevó una mano al moño que había resbalado ya hasta la nuca, mientras sujetaba el maletín con la otra.
Respirando agitadamente, se detuvo junto a Harrison. Al levantar la mirada, se encontró con un par de ojos oscuros que parecían leer hasta sus secretos más íntimos. Se quedó sin aliento. El mundo desapareció por completo. Sólo había sitio para él. El viento le había revuelto el pelo oscuro y sintió ganas de introducir sus dedos en él.
Volvió a la realidad al oír la voz de Harrison, que le empujaba ligeramente el brazo.
–Y esta joven sin aliento es Caris Johnson, otra abogada de nuestro despacho.
El hombre le sonrió y sin dejar de sostenerle la mirada, extendió la mano hacia ella.
Caris tenía las dos manos ocupadas, una con el maletín y la otra con la horquilla del pelo. Tenía que tomar una decisión. Se retiró la mano del pelo y se la tendió.
Un golpe de aire le revolvió los cabellos rubios y la horquilla cayó al suelo. Una mata de cabello largo le acarició la espalda, mecida por el viento.
Los ojos del hombre se oscurecieron aún más y notó una sensación de calor poco familiar debajo del estómago.
Sus dedos, largos y frescos, envolvieron la mano de Caris, que sintió que una corriente eléctrica ascendía por su brazo. El rubor de sus mejillas se intensificó y abrió mucho los ojos, confusa e incómoda.
Él también parecía afectado por el contacto a juzgar por la forma en que apretó levemente los labios.
–Es un placer conocerla, señorita Johnson –dijo él con una voz profunda y muy agradable.
–¿Quién es usted?
Caris se sonrojó al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
–Soy Alex Navarro, a su servicio –dijo él, inclinándose levemente sin soltarle la mano.
Caris no se sentía capaz ni de respirar. Le ardía el rostro y el cuerpo aún más. Por primera vez en su vida profesional, no sabía qué decir.
–Y yo soy Michael Navarro –dijo Michael separándoles las manos, e inclinándose un poco, le besó el dorso de la pálida mano.
Sorprendida ante la presencia de Michael Navarro, Caris sonrió, divertida ante la exhibición de rivalidad masculina. Michael Navarro no le causaba ninguna molestia. Era Alex quien le daba miedo. O tal vez no fuera miedo lo que subía por su espina dorsal sino un sentimiento muy diferente, algo más primitivo que nunca antes había experimentado.
Él avanzó hacia ella y ésta retrocedió, al tiempo que liberaba la mano.
Alex se agachó y recogió su horquilla, que le entregó con una sonrisa.
–Creo que esto es suyo.
–Gracias.
–Si me dan los resguardos de las maletas, pediremos que alguien recoja su equipaje.
Harrison se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta. Caris se inclinó para dejar el maletín en el suelo y dejó escapar un grito cuando éste se le escurrió de la mano. Al dar con el suelo, se abrió y todo el contenido quedó desparramado en el asfalto caliente.
Le ardían las mejillas cuando recogió un par de braguitas de encaje que yacían en medio del suelo negro como un ángel desvalido. En ese momento comprendió la sonrisa de su secretaria cuando le dijo que le había metido un regalo de buena suerte para el viaje.
–Debe de estar por aquí –murmuró ella, buscando entre los múltiples bolsillos. El pelo le hacía cosquillas en la nariz y se le pegaba en el rostro húmedo de sudor. Con gesto irritado, se lo retiró de la cara. Entonces, su mirada se encontró con la de Alex. Estaba segura de que en sus ojos se veía el apuro que estaba pasando mientras que en los de él había un brillo divertido y algo más.
Caris se centró en la búsqueda.
–Aquí está –dijo sacando el resguardo de su equipaje con un gesto triunfal.
Alex lo tomó, pero no retiró la mano inmediatamente. Caris sintió la silenciosa conexión aunque sus dedos estaban separados por un papel.
Él miró por encima del hombro de ella e hizo un gesto. Cuando Caris se dio la vuelta, le sorprendió encontrarse con un hombre que esperaba para recoger el equipaje. Había perdido la noción de lo que la rodeaba. Cuadrando los hombros, decidió que no volvería a ocurrirle.
El aire seguía revolviéndole el cabello y levantó los brazos en un intento por colocarse la horquilla.
–No lo haga–murmuró Alex tan suavemente que sólo ella pudo oírlo.
–¿Cómo dice?
–Me gusta cómo le queda así. Está usted preciosa –dijo él, tomando un rizo entre los dedos.
–No es a eso a lo que he venido aquí –contestó ella en un tono un tanto maleducado, al tiempo que se soltaba de él–. Soy abogada.
Alex se echó a reír.
Ella se recogió el pelo con un aspaviento, profundamente irritada.
