Ibiza - FX Altron - E-Book

Ibiza E-Book

FX Altron

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Beschreibung

Retrato vivo de una Ibiza misteriosa pero auténtica, describiendo con sensibilidad y pasión el excitante modo de vida de una isla en continua efervescencia. De manera trepidante, el relato, plagado de historias de fiestas a la luz de la luna en enclaves insólitos así como por tórridos y fugaces encuentros amorosos, recorre cinco décadas desde los mágicos años 70 del siglo pasado hasta nuestros días. La crónica de una época irrepetible. Una novela que te seduce y te atrapa desde la primera hasta la última página.

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Seitenzahl: 498

Veröffentlichungsjahr: 2020

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© FX ALTRON

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: FX ALTRON

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1386-088-6

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Había amanecido en brazos de una atractiva desconocida, en una habitación que no le resultaba familiar y con una extraña resaca. Se sentía raro. Como si volviese de una realidad paralela o hubiera estando vagando por un universo alternativo. Desconcertado, trató de recordar la razón de su presencia en un lugar irreconocible y, tras varios intentos infructuosos sin conseguirlo, acabó dándose por vencido.

Escuchó unas voces provenientes del pasillo que sonaban amortiguadas, por lo que dedujo que se encontraba en algún hotel isleño.

No era la primera vez que le ocurría algo parecido.

—¿Qué coño hago aquí? —se preguntó a sí mismo, con todas sus certitudes a punto de colapsar, al tiempo que se masajeaba las sienes con la yema de los dedos. Últimamente su vida había pasado de estar más o menos equilibrada a ser totalmente caótica.

Cuando logró encuadrar a duras penas su mirada desenfocada, consultó la hora en la pantalla de su móvil que reposaba en la mesita de noche y de repente sintió una imperiosa necesidad de beber algo frío y de orinar a chorro. Y no precisamente en ese orden.

Una tenue luz solar penetraba por un resquicio de las cortinas, lo que permitía distinguir el entorno sin demasiadas dificultades. Puso los pies en el suelo, se incorporó ligeramente aturdido y bordeando el lecho se dirigió hacia el cuarto de baño. Caminó con mucho sigilo, evitando en todo momento hacer cualquier ruido que pudiera despertar a su ocasional pareja de cama.

A medida que avanzaba, notó una perturbadora sensación, como si estuviera caminando sobre arenas movedizas.

Al entrar en el lavabo, observó su imagen en el espejo y eso solo consiguió empeorar aún más su ya de por si decaído estado de ánimo. Tenía un aspecto que daba pena, con la cabellera revuelta, una barba incipiente, los ojos rojos inyectados de sangre y unas ojeras acentuadas que se escurrían por sus mejillas de manera imparable. Parecía un auténtico espantapájaros.

Sin duda, había conocido días mejores, aunque en un intento pueril por levantarse la moral, trató de autoconvencerse de que tampoco esta mañana era una de las peores a las que había tenido que enfrentarse a lo largo de su dilatada existencia.

Tuvo que reconocer bien a su pesar que no estaba nada presentable con esa pinta, por lo que cerró la puerta tras de sí y decidió ducharse con agua fría para borrar en la medida de lo posible los signos externos de una noche de lujuria.

Y para terminar de arreglar el atípico despertar, observó con una mueca de fastidio cómo el color amarillo de la orina que expulsaba con evidente alivio era bastante más oscuro de lo aconsejable. «Joder, tal vez debería beber más agua» se dijo para sí, «veamos qué hay por aquí que pueda disimular el estropicio», añadió, buscando en una cestita de mimbre que destacaba en una estantería cercana al lavabo.

Por suerte encontró un cepillo con el que poder peinarse, una maquinilla de afeitar desechable y un pequeño tubo de after shave de aroma indefinido de los que regalan en los hoteles y poco después comprobó satisfecho que volvía a estar listo para enfrentarse al mundo. Bueno, más o menos.

Retornó a la habitación, aún ligeramente somnoliento barrió el dormitorio con la mirada hasta que localizó el mueble bar situado en una esquina de la estancia, buscó a tientas algo con lo que contrarrestar la desagradable sensación de boca pastosa, encontró un botellín de zumo de piña y tras conseguir abrirlo, no sin cierta dificultad, lo bebió de un solo trago. A continuación decidió empezar a poner en marcha sus buenos propósitos de inmediato e ingirió una botella de agua mineral sin apenas respirar.

Acto seguido se vistió con torpeza e incluso en un par de ocasiones estuvo a punto de perder el equilibrio y dar con su cuerpo en tierra.

—Lo siento, tengo que irme, una cita ineludible a la que llego con retraso, por cierto, me llamo Emmanuel —anunció él cuando se percató de que la chica estaba despierta, antes de preguntar—. ¿Cómo has dicho que te llamas?

—No lo he dicho —respondió la desconocida.

—Ya, bueno, tampoco es que sea imprescindible una presentación formal para acostarte con alguien —opinó él con cara de póquer.

Aunque, obviamente, tampoco era el más indicado para soltar un sermón moralizante a horas tan tempranas.

—Eso mismo pienso yo —corroboró ella.

La joven le observaba sentada con la espalda apoyada contra el cabezal de la cama. Completamente desnuda.

Ofrecía un aspecto provocativamente obsceno y, teniendo en cuenta que permanecía en una pose relajada, Emmanuel pudo entrever que la chica no era precisamente rubia natural como intentaba hacer creer con su melena dorada.

Y que también tenía unos preciosos ojos a juego de color verde esmeralda.

Ella no hizo ademán de cubrirse en ningún momento.

—¿Ha estado bien? —inquirió él, sin apartar la vista de la lasciva exhibición.

—No puedo quejarme —respondió ella con despreocupación.

—En ese caso tendremos que repetir, ¿no te parece? —comentó él.

—No lo creo —dijo ella sin inmutarse.

—¿Y eso? —se interesó Emmanuel, notando de improviso cómo su autoestima se derrumbaba por los suelos.

El alma se le cayó a los pies, porque obviamente eso era algo que no se esperaba.

—Mi avión despega dentro de unas horas —aclaró ella.

—Comprendo, tiene sentido —dijo él mientras respiraba más tranquilo, falsa alarma, por suerte su virilidad no estaba en entredicho—. Pues nada —añadió—, que tengas un buen viaje a donde quiera que vayas.

—Gracias, sabía que eras todo un caballero —agradeció ella, sin disimular el evidente tono irónico en la voz—. Por cierto, soy de Valparaíso, no dudes en llamarme si alguna vez pasas por allí —invitó, aunque la expresión de su semblante expresaba una duda razonable.

Corroborando sus sospechas, cuando fijó la vista en Emmanuel, comprobó que la actitud adoptada por este último dejaba entrever claramente que un reencuentro entre ellos en un futuro cercano sería poco probable.

Y si además la cita debería tener lugar en la ciudad costera del Cono Sur, las posibilidades de volver a verse pasaban de poco probable a del todo imposible.

—Chilena —dijo él—, no sé si te haces a la idea, pero Valpo, como la llamáis vosotros, la Joya del Pacífico, es una urbe populosa, no sabría cómo encontrarte.

—Veo que ya conoces mi ciudad, puedes encontrarme en el hospital Carlos Van Buren —informó ella, especificando a continuación—, trabajo en el departamento de anestesia.

—Anestesista, ahora comprendo. ¿Me has drogado? —inquirió él, notando un escalofrío en la espalda solo de pensarlo, al tiempo que le lanzaba una mirada en la que brillaba la desconfianza más absoluta—. Porque no recuerdo nada, ni siquiera me acuerdo de lo que bebí anoche —reconoció, confuso.

—No me extraña, puse en tu vaso unas gotas de un derivado químico de la burundanga —informó ella con una sonrisa encantadora y sin mostrar signos de arrepentimiento, añadiendo a continuación—. Te diré una cosa.

—No estoy seguro de querer escucharla —dijo él, comenzando a comprender la razón de sus movimientos descoordinados.

Al asombro inicial siguió la incomodidad, Emmanuel no apreciaba las sorpresas que no estuvieran envueltas en papel de regalo y anudadas con un artístico lazo a poder ser de seda.

—Bueno, te lo diré a pesar de todo —insistió ella.

—De acuerdo, te escucho —claudicó él de mala gana, no estaba en disposición de gastar demasiadas energías llevándole la contraria.

—¿No es lo que algunos hombres hacen en las discotecas a las ingenuas jovencitas para poder abusar de ellas? Pues a estas alturas del nuevo milenio, nosotras también tenemos algo que decir al respecto —soltó la chica con una mueca arrogante en el semblante.

—¿Y qué tiene eso que ver conmigo? ¿Eres conciente de que no tenías por qué hacerlo? Hubiera venido igualmente si me lo hubieses pedido sin más —le recriminó Emmanuel, tratando a duras penas de dominar su indignación.

—No lo dudo —exclamó la joven chilena pasando por alto la crítica implícita—, he visto tu documento de identidad. Tú si que me has engañado, ¡pero si eres mayor que mi padre! —acusó alterada.

—No debiste hacerlo —comentó él, fingiendo que se sentía ofendido, al tiempo que le lanzaba una mirada colérica.

Porque no nos engañemos, la mayoría de las veces que miramos donde no debemos, la curiosidad suele salir dañada. Obviamente, también es cierto que entre mentiras y medias verdades, esta no era la mejor manera de iniciar una relación duradera.

—Imagino que lo de tener hijos juntos habrá que posponerlo para más tarde —bromeó Emmanuel.

—¿Hijos? Por supuesto, en un futuro lejano pienso tener unos cuantos —confesó ella—. De momento los he dejado en depósito —añadió.

—No te sigo.

—Los tengo congelados en el laboratorio de una clínica de fertilidad especializada en el tema —aclaró ella.

—¿No te molesta que estén pasando frío?

—Muy gracioso.

Sus miradas se cruzaron, fue solo un instante y a continuación ambos estallaron en una ruidosa carcajada. Cosas de Ibiza.

Él saludó con la mano, se dirigió hacía la puerta y abandonó la habitación dando un portazo. No hubo ni besos ni abrazos. Tampoco es que la joven esperara una despedida demasiado efusiva regada de lágrimas. ¿Remordimientos de conciencia? ¿Estás de broma? ¿De qué diablos estamos hablando?

Emmanuel no veía motivos para ponerse melancólico, a lo hecho pecho, solo quedaba aceptarlo y pasar página.

Descendió cuidadosamente por las escaleras tratando de no perder el equilibrio y al llegar a la planta baja descubrió que se encontraba en el hall de un hotel boutique situado en la península de Porroig, a un tiro de piedra de la playa de Jondal.

Escuchó una voz a sus espaldas.

—Señor, debo informarle de que algunos clientes se han quejado de los gritos y suspiros provenientes de su habitación —informó una joven parapetada detrás del mostrador de recepción.

—Lo siento, no sabía que la señorita fuese tan escandalosa —se disculpó él.

Una situación incómoda que, sin embargo, dio paso a otra aún más embarazosa cuando la joven recepcionista añadió:

—No, me refiero a SUS gritos —precisó ella, lanzándole una mirada acusadora.

—¿Lo dice en serio? —balbuceó él.

—No tengo por qué mentirle —aseguró la chica, tratando de mantener la compostura en todo momento mientras disimulaba una sonrisa irónica.

—Créame que me siento abochornado, no volverá a suceder —logró articular Emmanuel, haciendo un gesto resignado con las manos.

Abandonó el hotel cabizbajo. Ya se sabe que la vergüenza suele caminar con la mirada baja.

Tuvo que parpadear varias veces cuando al salir al exterior del establecimiento hotelero el sol le abofeteó en la cara. Nunca falla, tras una noche movidita, al poner un pie en la calle a la mañana siguiente, el astro rey no te acaricia. Te suelta un sopapo para darte los buenos días.

—¿En serio? —se preguntó Emmanuel abrumado—. ¿Qué tipo de juegos eróticos habrá practicado conmigo la joven chilena para hacerme gritar como un poseso? ¿Qué me habrá hecho? Y lo que es aún mucho más inquietante: ¿qué me habrá obligado a hacer? En todo caso, espero que no haya filmado lo ocurrido y mañana las imágenes estén colgadas en todas las redes sociales.

A punto estuvo de dar media vuelta para preguntárselo. Sin embargo, tras un corto instante de duda, decidió continuar su camino. Hay situaciones inesperadas en la vida de todo seductor incorregible en las que es preferible correr un tupido velo.

Una cosa quedaba clara y es que él sabía escoger a sus parejas de cama, poseía un innato sexto sentido o un don especial para descubrir con una sola mirada a las más perversas de la fiesta. O puede que fuera al revés y fuesen ellas las que le eligiesen a él.

Emmanuel no era de los que cazan a sus presas en jauría como hacen los chacales, los coyotes o las hienas. Igual que actúan los tigres, él se cobraba a sus capturas siempre en solitario.

Con el paso de los años había depurado su técnica depredadora hasta límites insospechados, jamás mostraba interés directo por ellas hasta estar seguro de haber despertado su curiosidad.

¿Por qué será que cuanto más bellas son las mujeres más se sienten atraídas por tipos malos que apenas les prestan atención? Otra incógnita de la mente femenina para la que los hombres jamás tendrán una respuesta mínimamente satisfactoria.

Ya hacía bastante tiempo que Emmanuel había aprendido a atarse los zapatos él solito, sin necesidad de ayuda, también a tomar sus propias decisiones y, sin embargo, ¿cómo había permitido que le engañaran de una manera tan burda?

Se sintió estúpido.

Él no era precisamente de los que levantan el dedo al aire para comprobar que el viento sopla a favor, más bien era de los que se dejan guiar por sus impulsos y que a partir de ahí, que sea lo que Dios quiera. No obstante, se dijo que en el futuro tendría que prestar más atención al entorno y mantenerse en un estado de perpetua alerta. Porque como diría Nelson DeMille, «Si tienes la cabeza metida en el culo, cuatro de tus cinco sentidos dejan de ser operativos».

Había oído hablar de que últimamente muchas jóvenes asiduas a bares y discotecas llevaban en el bolso algunos condones femeninos, no solo para mantener relaciones sexuales, que también, sino para ajustarlos y tapar el vaso, evitando con ello la posibilidad de que los buitres nocturnos al acecho vertieran cualquier tipo de drogas en sus bebidas.

De esta manera se lo ponían mucho más complicado a los violadores en potencia.

—Y yo sin darme cuenta —musitó entre dientes, dejando entrever una sonrisa resignada.

Tuvo que reconocer que, pese a todo, era un tipo optimista, con más de siete décadas a sus espaldas todavía esperaba encontrar a su alma gemela y mientras tanto se dejaba querer, aunque también es verdad que últimamente los típicos rituales para iniciar los cortejos se le hacían cada vez más cuesta arriba.

Connotaciones éticas aparte, las nuevas reglas de juego en el terreno amoroso le tenían descolocado, no le costaba aceptar que estaba bastante perdido. Hoy en día, ¿dónde acaba el comportamiento aceptable y dónde empieza la conducta inadecuada? ¿Está permitido sonreír a una chica en el ascensor sin que ello se considere acoso? Un halago inofensivo en la barra del bar a una bella desconocida ¿es razón suficiente para merecer un castigo? Y si, además, la desconocida es fea de solemnidad, ¿el juez puede considerarlo un agravante e imponerte una doble condena? Preguntas para las que, de momento, no había logrado encontrar respuestas más o menos convincentes.

Los tiempos estaban cambiando a marchas forzadas y por desgracia los guardianes de la nueva moral pertenecían sin lugar a dudas a ese nutrido grupo de envidiosos, resentidos y rencorosos que, como no follan en su casa, tienen que ir jodiendo al resto de la humanidad fuera de ella.

Esos millones de matrimonios condenados al fracaso que comparten lecho nupcial al tiempo que angustia existencial y que después de tantos años de monótona convivencia las pocas veces que follan lo hacen con desgana.

Emmanuel, por supuesto, no pertenecía a este deprimente club de perdedores.

Él distinguía grosso modo dos categorías de tíos: los que salen de noche para socializar y los que salen a cualquier hora del día para follar, los primeros intercambian opiniones que rara vez llegan a alguna parte y los segundos fluidos corporales que te dejan el cuerpo y la mente como nuevos.

Emmanuel, como buen seguidor de las enseñanzas de Epicuro de Samos, consideraba que la felicidad consiste en vivir en estado de continuo placer, por esta razón su apetito pantagruélico no se limitaba únicamente a la comida, sino que abarcaba todo un conjunto de placeres terrenales tales como:

—Amar a las mujeres, siempre que fuesen atractivas.

—Reír con los amigos, siempre que fuesen divertidos.

—Cantar hasta quedarse ronco.

—Bailar hasta caer rendido.

—Beber en buena compañía hasta perder el conocimiento.

—Viajar a destinos desconocidos en busca de nuevas y excitantes experiencias.

—Celebrar cualquier cosa que merezca ser celebrada.

—E ir al baño con regularidad helvética para encontrarse consigo mismo mientras defecaba alegremente con una expresión de auténtico alivio en el semblante.

Obviamente, su dilatada experiencia y su falta de prejuicios jugaban a su favor.

Paseaba por la vida con espíritu adolescente negándose a envejecer antes de tiempo y dando rienda suelta a sus fantasías a la vez que continuaba abonado a una permanente conducta sexual desenfrenada.

Cuando los celosos de turno le afeaban sus hábitos libertinos y sus múltiples excesos, él siempre se defendía alegando que le encantaba coquetear, porque, vamos a ver, lo que es mucho para algunos puede ser poco para otros o incluso apenas nada para una elitista minoría. «Empezaré a preocuparme cuando mi polla ondee a media asta» solía responder a los reproches envidiosos.

Aunque también es verdad que, por suerte, todo hay que decirlo, la inestimable ayuda de su Ángel de la Guarda mitigaba los riesgos que implica vivir cotidianamente al borde del precipicio.

Encontró su llamativo jeep Wrangler de color rojo estacionado delante de la puerta del establecimiento y supuso que fue su pareja ocasional la que había conducido hasta aquí la noche anterior. Las llaves de contacto estaban puestas, solo tuvo que dar un ligero giro y el potente motor arrancó de inmediato.

El cielo era de un azul intenso y la temperatura ambiental rondaba los veinte y cuatro grados centígrados. Un día perfecto para conducir.

Encendió la radio, que permanecía sintonizada en la emisora Ibiza Global Radio. Por suerte, a estas horas de la mañana los temas musicales que pinchaba el DJ de turno eran melodiosos, actuales pero melodiosos, dejando claro con ello que estabas en la isla más musical del planeta tierra.

Todo iba sobre ruedas, nunca mejor dicho, cuando de improviso, al abandonar la autovía en el desvío que le llevaría a su destino se topó con un atasco inesperado.

—¿Qué diablos estará pasando? —se preguntó inquieto.

No le quedó más remedio que poner al mal tiempo buena cara.

La fila de vehículos avanzaba a paso de tortuga y cuando por fin alcanzó la rotonda de Pachá, comprobó que el camión de reparto de una conocida marca de refrescos había volcado parte de su carga. Una gran cantidad de botellas, algunas de ellas rotas, alfombraban el pavimento, al tiempo que varios miembros de la Guardia Civil de Tráfico se esforzaban por despejar uno de los dos carriles para que los coches pudieran circular.

Minutos más tarde se internó en el paseo Juan Carlos I, pasó por delante del Gran Hotel, del Casino y de la discoteca Heart. Entonces, por uno de esos milagros que se dan en contadas ocasiones, encontró un sitio libre en el que pudo aparcar el jeep a pocos metros de la entrada del puerto deportivo.

Se detuvo un instante en el supermercado situado a la entrada de la Marina Ibiza para comprar la prensa del día. Adquirió un ejemplar del Diario de Ibiza y otro del Periódico de Ibiza y Formentera, porque últimamente solo prestaba atención a las noticias locales.

Cuando levantó la vista de la portada de los rotativos, se percató de que dos imberbes preadolescentes con acné le observaban con una mueca de conmiseración mezclada con un toque de desprecio. Para unos chicos nativos digitales, leer cualquier información en soporte de papel formaba parte de la edad de piedra, por lo que catalogaron de inmediato a Emmanuel como un auténtico troglodita. Él les lanzó una mirada feroz acompañada de un rugido salvaje y los dos mocosos huyeron a la carrera sin pensárselo dos veces.

Emmanuel avanzó por el muelle admirando los imponentes yates que permanecían atracados, meciéndose al viento de levante. Dejó a su derecha la entrada del local de ocio nocturno Lío y puso rumbo a la cafetería Cappuccino donde había concertado la cita con uno de sus adinerados clientes.

Al entrar en la misma, vislumbró en la terraza exterior varias mesas que permanecían desocupadas. Se instaló en una de ellas y cuando el camarero vino a tomarle el pedido, decidió tirar la casa por la ventana y pidió un desayuno completo a base de un vaso de zumo de naranja, huevos revueltos, diferentes panecillos, mantequilla, miel y mermeladas. Sin olvidar el café recién molido cuyo aroma invadía hasta el último rincón del establecimiento.

A pesar de la proximidad del mar, en la terraza hacía un calor apenas soportable, de hecho muchos clientes disfrutaban de sus consumiciones instalados en el interior del local, donde el aire acondicionado mantenía una temperatura más llevadera.

En una mesa cercana dos parejas de italianos se levantaron, seguramente con la intención de embarcar en su yate en una corta travesía que les llevaría hasta la cercana isla de Formentera. Para la gran mayoría de los propietarios de barcos eso formaba parte de un ritual cotidiano.

Por supuesto, habrían tenido que pelearse a cara de perro para conseguir reservar a precio de oro una mesa al borde del mar en chiringuitos como los de Juan y Andrea, El Pirata o es Moli de sa Sal. Auténticas instituciones playeras con varias décadas de éxitos continuados a sus espaldas.

Los cuatro iban elegantemente vestidos y los cuatro exhalaban aromas de perfumes exclusivos. «Milaneses, empresarios de la moda» pensó Emmanuel para sus adentros.

En otra mesa, dos jóvenes enamorados, posiblemente en viaje de novios, se lanzaba miradas embelesadas. Él debía de estar comentando algo gracioso porque ella mostraba una sonrisa cómplice al tiempo que asentía con un coqueto gesto de cabeza.

Y un par de mesas más lejos, otra pareja de mediana edad mantenía una animada conversación. Se notaba una complicidad entre ambos fruto de años de convivencia. Saltaba a la vista que hacía bastante tiempo que habían alcanzado ese punto de intimidad en el que dejaban la puerta del baño abierta cuando iban a hacer pis y en el que en la colada mezclaban sin complejos los calzoncillos de él con las braguitas de ella.

El resto de la clientela cosmopolita se componía de algunos alemanes de panza cervecera con sus familias y otros parroquianos de diferentes nacionalidades que hablaban en varios idiomas, algunos de los cuales resultaba complicado reconocer. En pocas palabras, el ambiente cosmopolita que se espera de Ibiza en verano.

Entonces un peculiar trío penetró en la terraza y se dirigió directamente a la mesa contigua a la suya situada a su izquierda. Se trataba de dos tipos musculosos, sin duda debido a las interminables sesiones de castigo en el gimnasio, ambos rondaban la treintena e iban cargados de cadenas, pulseras y anillos de oro, así como pequeños diamantes insertados en los lóbulos de las orejas. Sin lugar a dudas, habían desvalijado las minas del rey Salomón.

En cuanto al tercero, eso ya eran palabras mayores. Harina de otro costal. Su sola presencia intimidaba. Un metro noventa y cinco de estatura como mínimo y no menos de ciento treinta kilos de peso, con las orejas y la nariz chafadas típicas de boxeadores con muchos asaltos a sus espaldas. Tenía una cabeza enorme que no desentonaría en medio de las estatuas monolíticas de la isla de Pascua. Los Moai, en idioma rapanui.

El tipo podría competir sin esfuerzo en la categoría de los pesos pesados hasta con una mano atada a la espalda. Mirada torva de mala persona o de asesino despiadado y los brazos hiperdesarrollados adornados por tatuajes carcelarios. Mal cliente, mejor no enfrentarse con él a menos de estar armado hasta los dientes y permanecer a una distancia prudencial.

En su documentación seguro que figuraba la dirección de cualquier establecimiento penitenciario, o así tendría que ser, teniendo en cuenta que es allí donde debía pasar la mayor parte de su existencia.

El orangután se plantó en frente de Emmanuel sopesando con una mirada experta si podría representar cualquier peligro para sus protegidos. Por su parte, Emmanuel le ignoró por completo y el gorila dio el visto bueno a los enjoyados maromos para que se sentasen a la mesa al tiempo que él también tomaba asiento dándole la espalda.

Pero cuando el guardaespaldas se agachó para sentarse, Emmanuel pudo entrever la culata de una pistola de gran calibre que el tipo llevaba oculta a la altura de los riñones. «Vaya, una Glock, las cosas mejoran por momentos» pensó para sí.

Si los tres angelitos conversaban a gritos en el idioma de los zares y llevaban tatuajes típicos de las mafias rusas, era fácil deducir que viajaban por el mundo con pasaportes de la Unión Soviética.

A Emmanuel, la presencia de los recién llegados le incomodó sobremanera, pero tampoco era razón suficiente para abandonar el opíparo desayuno que se estaba metiendo entre pecho y espalda.

Hizo de tripas corazón.

«Joder, como han cambiado las cosas desde que puse los pies en la isla por primera vez» pensó con un atisbo de melancolía.

Rememoró su llegada a Ibiza procedente de París. Mayo del año mil novecientos sesenta y ocho.

En la capital francesa, disturbios, barricadas, cargas policiales y sexo libre para dar y tomar, nunca mejor dicho, en cualquier esquina de la Universidad de la Sorbona. La Revolución. Lemas, consignas y eslóganes.

«Debajo de los adoquines está la playa», ¿en serio?, cuanta demagogia barata. Si lo que buscas es una playa, no arranques adoquines en París, acércate a la orilla del mar más cercano o más lejano según tus gustos o posibilidades.

Y eso es lo que él hizo.

Cerró con llave la puerta de su estudio situado al inicio de la Avenida de la Grande Armée, con vistas privilegiadas al Arco del Triunfo parisino, depositó su descapotable MGB en un garaje de confianza y esa misma noche partió desde la Gare d’ Austerlitz en el tren nocturno que le dejó a la mañana siguiente en la estación de Francia en Barcelona.

Al salir de la misma, se dio de bruces con una ciudad sucia, muy sucia, aunque con el encanto canalla de las urbes portuarias.

Deambuló por las Ramblas y por las apestosas callejuelas adyacentes que conformaban el barrio chino, en el que numerosas putas a cual más oronda, por no decir gordas de solemnidad, ocupaban las estrechas aceras exhibiendo sin complejos sus lorzas y michelines, pero que a pesar de ello aun lograban captar clientes que pagaban por acostarse con ellas.

Un espectáculo a todas luces deprimente.

Cuando emprendía una retirada táctica, un cojo de pata de palo, tal cual, como un fantasma salido de alguna película de piratas de bajo presupuesto, pasó a su lado corriendo, es un decir, perseguido por una pareja de policías vestidos de gris.

Como no podía ser de otra manera, no tardaron en darle alcance y de un certero y sin duda doloroso culatazo con un fusil que debía pesar más de la cuenta, tumbaron al lisiado sin más. Una patada en la barbilla ahogó los lamentos del desgraciado antes de que se lo llevaran a rastras obviando miramientos.

—Creo que ya tengo más que suficiente por hoy —se dijo para sí—, tampoco es cuestión de abusar del tipismo ibérico en mi primer día en España.

Dirigió sus pasos al puerto y esperó pacientemente a que llegara la hora de embarcar en un cascarón al que llamaban barco que le llevaría a su destino.

De la travesía nocturna mejor no hablar, a uno de los pasajeros le dio por vomitar en medio de la sala en la que se encontraba el bar. La reacción en cadena no se hizo esperar y en un instante la atmósfera del lugar se volvió irrespirable. Total, que efectuó el resto de la travesía sentado en el suelo de la cubierta de proa respirando a pleno pulmón la brisa nocturna del mar Mediterráneo.

Al rayar el alba, tuvieron que esperar un buen rato frente a la bocana a que diesen las siete de la mañana y recibir la autorización del práctico para entrar a puerto. Entonces ocurrió algo excepcional, impactante y digno de recordar. Primero fueron las barcas de pesca, algunas fondeadas y otras descansando directamente en tierra con los pescadores remendando sus redes, después la visión de las casitas encaladas que trepaban por la ciudad vieja. Permaneció fascinado.

La conmoción que experimentó al divisar por primera vez la silueta de las ruinas del castillo y la torre de la catedral coronando la estructura rocosa fue de las que quedan grabadas para siempre en la memoria. Una imagen que con el paso del tiempo pasaría a ser una de las señas de identidad de la isla.

Fue en ese preciso momento, al pisar por primera vez tierra en el muelle del puerto de Ibiza, cuando supo sin lugar a dudas que había encontrado su lugar en la tierra. Algo trascendental para el resto de su existencia. Era el 19 de mayo del año 1968, un día difícil de olvidar, la fecha en la que comenzó su nueva vida.

Apenas pisó tierra, se dirigió a paso ligero hasta el primer bar que divisó en el entorno para disfrutar de su primer desayuno isleño. Café la Estrella, el nombre ya era de por sí atractivo, como si sirviese de guía a los desorientados navegantes recién desembarcados.

Se instaló en la barra y pidió un café con leche comprobando estupefacto cómo se lo servían en un vaso de cristal. Entonces, señaló con el dedo índice un bollo redondo y aplastado con pinta de caracola que estaba amontonado junto con otros de su misma especie en una bandeja depositada sobre el mostrador.

—¿Cómo se llama? —preguntó intrigado.

—Ensaimada, rellena de cabello de ángel, típico de las islas, está muy buena, seguro que le gustará —informó amablemente el camarero.

—Me ha convencido, en ese caso la probaré, póngame una, por favor.

El café le sintió de maravilla y el pastel isleño, a pesar de sus iniciales reticencias a comer cosas desconocidas, también fue de su agrado.

Acto seguido, lanzó una ojeada a su alrededor.

En una mesa cercana a la barra, un fulano leía la prensa diaria mientras echaba un trago a una extraña bebida de incierto color oscuro y a continuación daba una calada a un cigarrillo liado a mano antes de soltar una espesa bocanada de humo fétido resultado de la combustión de un sucedáneo apestoso del tabaco que atufó en un instante el ambiente del bar.

Y, por supuesto, todo ello sin importarle ni un ápice la opinión de los que le rodeaban. Para él puede que fuese el aroma de la felicidad, pero para el resto de los presentes una invitación a vomitar en toda regla. Más tarde Emmanuel se enteraría de que el sospechoso brebaje se llamaba palo y el picadillo apestoso pota.

El tipo vestía un traje un par de tallas más grande de lo correcto, cosa que a primera vista no parecía incomodarle en lo más mínimo, pero que, sin embargo, creaba una duda razonable acerca de la procedencia de su indumentaria, porque para qué vamos a engañarnos, no daba la impresión de que el traje fuera suyo, sino más bien parecía que lo hubiese heredado de algún familiar recientemente fallecido.

Emmanuel se preguntó para sí si el repelente color cetrino del semblante del jodido maleducado no sería fruto de la suma de sus nefastas preferencias alcohólicas y de sus humeantes vicios.

Otra de las mesas de la terraza estaba ocupada por un grupo de militares procedentes de la península que cumplían el servicio militar obligatorio en la isla. Todos iban rapados a cero para evitar en lo posible la presencia de piojos en los vetustos barracones en los que se hacinaban durante su estancia en Ibiza.

Se interpelaban a gritos unos a otros como si estuvieran participando en una asamblea anual de sordos, mientras apuraban botellines de cerveza a morro. «Aún no son las ocho y ya están bebiendo como si no hubiese un mañana» pensó Emmanuel para sus adentros con una mueca de reproche en el semblante. Y de repente, escuchó hablar francés a una pareja de hippies sentados en otra mesa cercana a la de los escandalosos soldados.

La chica de rizada melena color caoba vestía una blusa transparente que dejaba adivinar el contorno de sus senos y una falda multicolor que la cubría hasta los tobillos. Emmanuel comprobó extrañado que la joven iba descalza.

Su compañero llevaba largo el cabello de color rubio que le caía hasta los hombros y avanzaba por la vida ataviado con una camiseta descolorida de tonalidad incierta y unos pantalones de algodón teñido posiblemente traídos de la India.

Él también caminaba descalzo.

Fue el momento elegido por uno de los jóvenes militares para dar su opinión a voz en grito acerca de los hombres que se dejaban crecer el pelo hasta el punto de parecerse a una mujer. Puso en duda la virilidad del hippie y se ofreció solícito para reemplazarle en la cama de la chica mientras acompañaba sus palabras ofensivas con una carcajada despectiva al tiempo que miraba a su victima de arriba abajo con evidente animadversión.

El volumen del tono de su voz, ya de por si estridente, fue aumentando a medida en que se iba envalentonando. En un rasgo de puerilidad, echó la silla para atrás y se puso en pie de un salto adoptando una actitud prebélica. El aludido ignoró el comentario e hizo como si no lo hubiese escuchado y ante la insistencia del impertinente, un tonto de manual, se encogió de hombros dando a entender con ello que no tenía la intención de responder a sus provocaciones.

Peace & love, hermano.

Emmanuel, intrigado, se preguntó qué vendría a continuación, descendió apresuradamente del taburete en el que había permanecido sentado, cambió el peso de una pierna a otra mientras pensaba si debería intervenir en la pelea que se avecinaba, consciente de que corría el riesgo de acabar dando con sus huesos en una celda de la cárcel, finiquitando con ello sus soñadas vacaciones incluso antes de haberlas comenzado.

Desconcertado, permaneció inmóvil durante un corto instante, todo esto le sobrepasaba, pero acto seguido con gesto decidido optó por interponerse entre los adversarios poniendo en riesgo su integridad física.

Extendió los brazos en gesto de paz al tiempo que indicada a los contendientes que se dirigieran a las esquinas neutrales de un hipotético cuadrilátero virtual.

De pronto, el hasta ahora amable camarero salió de detrás de la barra visiblemente enojado y se aproximó rápidamente dejando aflorar la rabia en la mirada. Entonces soltó un discurso atropellado en una lengua desconocida, Emmanuel no comprendió nada de lo que había dicho, no obstante, intuyó de que se trataba de una amenaza velada.

La expresión de su cara auguraba inminentes sufrimientos a cualquiera que le contradijera. Saltaba a la vista de que no estaba de humor para permitir bromas de mal gusto en su establecimiento. Por suerte, no fue necesaria su intervención, otro de los soldados sujetó a su compañero de armas y se disculpó manifiestamente avergonzado mientras alzaba los brazos en señal de rendición.

—Está bien, ya nos vamos —anunció al tiempo que se alejaba tirando del jodido alborotador matinal.

El camarero movió la mano para restarle importancia al rifirrafe, mostrando con ello que aceptaba las disculpas. Una vez que los militares abandonaron el lugar, la joven hippie hizo una seña a Emmanuel para que se sentara con ellos.

Cuando él preguntó qué había dicho el empleado del bar, la chica le informó de que se había expresado en ibicenco, la manera en la que se comunicaban los isleños entre sí. Y que este último había advertido al grupo de soldados de que si no deponían su agresiva actitud en el acto, él llamaría a la policía militar para que viniera a arrestarlos y se hiciese cargo de la situación.

De pronto, tras un intercambio de efusivos saludos, otros tres tipos se incorporaron a la mesa. Hippies inconformistas de pelo largo. Emanaba de ellos el hedor característico mezcla de marihuana y pachulí que no parecía incomodar a nadie más que a Emmanuel.

A continuación, tras las presentaciones de rigor, la joven explicó que la terraza del bar la Estrella era el lugar estratégico en el que se instalaban los nativos así como los residentes de adopción para asistir al desembarco de viajeros, entre los que cada vez más destacaban por méritos propios nuevas remesas de hippies procedentes de los cinco continentes.

A menudo descendían por la pasarela como compactos rebaños de ovejas negras expatriadas, entre los que podían ocultarse a veces algunos ilustres exiliados que intentaban pasar desapercibidos.

La mayoría de los pacíficos invasores llegaba con una simple mochila que contenía lo indispensable para sobrevivir en cualquier lugar. Lo superfluo hacía tiempo que lo habían dejado tras de sí.

Como si se tratara de una estación de triaje humana, la mirada experimentada de los reunidos en la terraza del bar clasificaba en un instante a todos y cada uno de los recién llegados.

Los utópicos de siempre en busca de su Shangry-La. Los soñadores con inquietudes artísticas. Los románticos adictos al amor platónico. Los depredadores hambrientos predispuestos a follar sin parar hasta caer rendidos. O los filántropos altruistas predestinados a compartir su vida y sus bienes terrenales con el mundo entero.

También un número nada desdeñable de desertores norteamericanos que, escapando de un alistamiento forzoso para participar en una guerra sangrienta, acabarían recalando en una isla preciosa en la que reinaba la paz.

Tampoco podían faltar los hijos no deseados, fruto de matrimonios mal avenidos que a menudo acababan en divorcios y que huían del opresivo entorno familiar para vivir en comunión con la naturaleza. Así como los que desembarcaban persiguiendo un sueño con el que dar sentido a sus vidas. Sin descartar a los que huían de sus países de origen por tener en ellos asuntos pendientes con la justicia.

Emmanuel, en la terraza del bar Estrella y entre copa y copa, acabó recibiendo en una productiva mañana de mayo un cursillo acelerado con el que descubrir quién es quién en la isla a la primera mirada. Cosa que le serviría en un futuro inmediato para integrarse en su nuevo hogar mucho más rápido de lo imaginado y por lo que estaba infinitamente agradecido al grupo de hippies que le había asesorado de manera desinteresada a cambio de unas cuantas consumiciones.

También descubrió no sin cierta extrañeza que, de hecho, sus cinco compañeros de mesa se guiaban por una sencilla filosofía de vida, una manera diferente de enfocar la existencia. Vive y dejar vivir. Cosa que aunque a primera vista parece de sentido común, si te paras a pensarlo son pocos los que lo llevan a la práctica.

Ciertamente fue una conversación de lo más provechosa, aunque en este caso en particular se trataba de un plural muy singular. En efecto, la joven hippie era la única que no paraba de hablar mientras el resto de los presentes se limitaban a asentir cada cierto tiempo con un monosílabo o con un simple movimiento de cabeza.

Y hoy, instalado en una mesa de la cafetería Cappuccino, al otro lado de la bahía, Emmanuel rememoró que él tenía pensado pasar dos semanas de vacaciones cuando llegó por primera vez a Ibiza y que, contra todo pronóstico, ya habían transcurrido más de cinco décadas desde entonces. «Joder, cómo pasa el tiempo. Parece que fue ayer» pensó para sus adentros con una mueca de melancólica estupefacción en el semblante.

Obviamente, bastantes de los ideales que traía consigo al llegar a Ibiza habían ido menguando, cuando no desapareciendo, con el paso de los años. Tampoco es que los echara de menos, simplemente los había cambiado por otros más acordes con la edad.

El repentino silencio que se apoderó de la terraza hizo que aparcara sus recuerdos pasados para centrar su atención en el aquí y ahora. Comprobó cómo las miradas de todos los presentes se dirigían hacia la puerta de entrada del establecimiento. Y allí estaba ella.

Una aparición deslumbrante de perturbadora belleza, modulada a partir de un continuo cruce de razas. Peligrosamente atractiva, resultaba imposible dejar de mirarla, con curvas cautivadoras, pechos desafiantes, culo prieto y piernas interminables. Un auténtico artículo de lujo envuelto para regalo.

Se abrió un paréntesis silencioso en las conversaciones de los presentes. Las miradas de deseo de unos se mezclaban con las de envidia de otras. Sin embargo, a la recién llegada hacía ya mucho tiempo que no le molestaban las miradas lascivas de los hombres a su paso. Había terminado acostumbrándose a monopolizar la atención allí por donde pasaba. Ya debía ser la chica más popular desde la época del instituto.

La joven ocupó una mesa situada casi enfrente de la de Emmanuel, desplegó la carta e hizo un signo con la mano para captar la atención de una de las camareras. Una vez que hubo efectuado su pedido, concentró la mirada en la pantalla de su teléfono móvil. Entonces uno de los dos rusos enjoyados se puso en pie y avanzó sacando pecho hasta situarse enfrente de la joven y lanzó un comentario fuera de lugar. La típica bravuconería cargada de testosterona. El segundo se situó a su lado al tiempo que le reía la gracia. Formaban un dúo de engreídos que destilaba soberbia por los cuatro costados, persuadidos de que su dinero les otorgaba carta blanca para hacer lo que les viniera en gana.

La chica ni se inmutó y siguió a lo suyo, algo que irritó al acosador, quien lejos de darse por vencido, continuó insistiendo. Ella frunció los labios mostrando su descontento. El capullo montó en cólera y soltó una retahíla de palabras incomprensibles para la mayoría de los presentes.

—No pretendo ser desagradable, pero será mejor que me dejes en paz —advirtió ella, acompañando sus palabras con un mohín de fastidio.

Su tono aparentemente pausado no engañaba a nadie. Saltaba a la vista que no estaba dispuesta a dejarse intimidar por un par de matones de pacotilla.

Irradiaba de ella una fuerza felina y se notaba que poseía todas las capacidades necesarias para lograr gestionar situaciones comprometidas.

Emmanuel tuvo un mal presagio y se preparó para lo peor, se olió que algo irremediable estaba a punto de ocurrir. «¿Qué podría salir mal?» se preguntó. «Todo» acabó respondiéndose a sí mismo.

Fue el momento elegido por el segundo tipo para acabar de arreglar las cosas.

—Déjame tranquila —conminó ella. Su mirada expresaba el desprecio que le inspiraba el maromo, lo que contribuyó a acrecentar la irritación de este último.

Primero dio un puñetazo en la mesa haciendo volar por los aires la taza, el plato y los cubiertos, acto seguido se inclinó hacía la joven aproximando su cara más de lo estrictamente aconsejable y murmuró una frase claramente amenazante en ruso.

Aunque seguramente nadie de los allí reunidos dominaba el idioma de los zares, la entonación con la que fue pronunciada dejaba bien a las claras que se trataba de una obscenidad. Sin duda alguna una tremenda falta de delicadeza, dejando claro con su actitud que en lo concerniente al saber estar, saltaba a la vista que el don de gentes no era precisamente su punto fuerte.

La chica permaneció en silencio.

Emmanuel instintivamente se sintió obligado a acudir en su ayuda.

No fue necesario. De hecho, no tuvo tiempo, porque entonces el primer acosador, fuera de sí, alargó la mano con la intención de atrapar el brazo de la joven. Una actitud claramente hostil. Mala idea. Porque, al contrario de lo que cabría esperar, no solo es que no lo consiguiera, es que a partir de ahí las cosas se precipitaron. Ella se sintió arrinconada contra las cuerdas y reaccionó como cabía esperar. La primera regla de supervivencia reza que la violencia es siempre legítima cuando la utilizas en defensa propia. La joven sacó su brazo derecho a pasear propinando un codazo terrorífico en la cara del acosador. El golpe seco resonó como un chasquido.

Un par de molares abandonaron la boca del matón sin despedirse y de su nariz brotó un chorro de sangre que dejó todo perdido a su paso. El tipo abrió los ojos desmesuradamente mientras se derrumbaba a cámara lenta. Y se le hizo de noche.

Sin duda la mandíbula del capullo necesitaría una cura urgente de primeros auxilios seguida de una severa puesta a punto y un largo periodo de rehabilitación antes de que lograra masticar de nuevo cualquier manjar por muy tierno que fuera.

Cuando el segundo intentó atacarla, a él las cosas tampoco le fueron mejor. Una certera patada en la zona hepática hizo que se desplomara y acabara retorciéndose de dolor en el suelo antes de que su actividad motriz se viese interrumpida y se fundiera a negro.

El fugaz enfrentamiento terminó con la misma rapidez con la que había empezado. Los dos cuerpos yacían desparramados por los suelos, tirados de cualquier manera, uno boca abajo, con los brazos en cruz dejaba asomar una nalga por la brecha del pantalón roto. El otro, boca arriba, con la camiseta subida hasta la barbilla, mostraba unos abdominales perfectamente perfilados. Ambos inertes.

De manera inesperada, habían recibido una jodida cura de humildad de esas que no se olvidan jamás, prueba palpable de que la falta de educación puede ser perjudicial para la salud.

En todo momento, la joven permaneció sentada e incluso cuando los dos acosadores ya estaban fuera de combate, ella no hizo ademán de levantarse de su asiento. Como si la cosa no fuera con ella.

Durante unos segundos, en la terraza se instaló una sensación de suspensión del tiempo, un silencio conmocionado, ninguno de los presentes daba crédito a lo que venían de presenciar. Se vivieron instantes de alta tensión. Las caras de horror lo decían todo. ¿En Ibiza, en pleno verano, al mediodía, con el sol brillando en el cielo y en un lugar como este? Algo impensable, incomprensible y a todas luces fuera de lugar.

Y de repente una mujer entrada en carnes y de edad avanzada soltó un alarido lo que originó una estampida sin frenos de todos los clientes que huían despavoridos. A la desesperada, sálvese quien pueda. No obstante y contra todo pronóstico, en una de las mesas del fondo, una familia de alemanes permanecía anclada a sus asientos. El marido al borde del colapso. La mujer a punto de desmayo. Y los dos hijos adolescentes, como si nada, filmando con sus móviles todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor.

Emmanuel tuvo por seguro que la pelea se haría viral en las redes sociales antes de acabar el día. Entonces, observó por el rabillo del ojo cómo el guardaespaldas de los dos tipos hacía ademán de desenfundar el arma que llevaba oculta en la parte trasera de su cintura.

En un acto reflejo carente de toda lógica, Emmanuel atrapó lo primero que tenía a mano.

—Stop —conminó, al tiempo que aplicaba con decisión en los riñones del gorila el vaso con forma de tubo en el que había bebido el zumo de naranja.

Quizás esta no fuera la mejor manera de enfocar el problema.

Un reto descabellado, otra extravagancia más a anotar en su cuenta de estrafalarios desafíos sin pies ni cabeza. De tanto tensar la cuerda, el día menos pensado acabaría su odisea en el salón principal de una funeraria reposando en un ataúd de caoba.

De manera inesperada, el matón desistió en su intento de sacar la pistola al tiempo que mascullaba:

—Ok, ok.

Emmanuel se preguntó hasta cuándo lograría mantener el farol antes de que el gorila descubriera el engaño y le acribillara a balazos. La respuesta a su pregunta no tardó en llegar.

La pareja de tortolitos que estaba desayunando un par de mesas más lejos se materializó como por arte de magia frente al ruso apuntándole a la cabeza con sendas pistolas.

—Policía, las manos en la nuca —ordenó la joven agente de la ley.

—Apártese, señor —aconsejó su compañero, lanzando una rápida ojeada a Emmanuel—, ya nos ocupamos nosotros —añadió.

—He dicho de rodillas —repitió la policía secreta.

Aparte del hecho de dejar aflorar la rabia contenida en su mirada, el tipo ni se inmutó, se notaba que no era la primera vez que le arrestaban.

Entonces Emmanuel soltó una frase en Euroenglish, el idioma oficial que la mayoría de los habitantes del continente europeo suelen utilizar para comunicarse entre sí, pero que, casualidades de la vida, en el Reino Unido nadie parece comprender.

El individuo le miró atónito, sopesó las posibilidades que le quedaban para salir del embrollo sin dejarse demasiadas plumas y su mirada insolente no tardó en volverse esquiva al comprender que tenía todas las de perder.

Se arrodilló lentamente, entrelazó los dedos detrás de la cabeza y cruzó las piernas una sobre otra.

—¿Qué le ha dicho? —se interesó la policía, mientras ponía la esposas al ruso.

—Que obedeciera la orden rápidamente por la cuenta que le tiene, porque usted está loca y el mes pasado acribilló a dos mafiosos sicilianos por no arrodillarse lo suficientemente rápido —explicó Emmanuel, antes de añadir—, por cierto, el tipo lleva una Glock escondida a la altura de los riñones.

—Vaya, me parece que aquí el más loco de los dos es usted —opinó la chica señalando el vaso que Emmanuel mantenía en la mano, añadiendo a continuación—. Cuando acabe de desayunar, pásese por la comisaría para rellenar una declaración.

—Lo siento, pero eso tendrá que esperar, tengo otras obligaciones más importantes que atender —objetó Emmanuel, pensando en la cita con su cliente.

—Permítame que seamos nosotros quienes decidamos lo que es importante y lo que no lo es. Creo que no ha entendido a mi compañera, no se trata de una invitación, es una citación en toda regla y le aconsejo que acuda a las dependencias policiales esta misma mañana si no desea ser detenido —amenazó el otro agente—. Esto también es válido para usted —añadió, dirigiéndose a la experta en artes marciales—. A propósito, ¿se encuentra usted bien señorita? —se interesó.

—Sí, muy bien, gracias —respondió la aludida con voz serena, dejando claro con ello que lo ocurrido en la terraza no le producía el menor remordimiento.

Arrepentimiento tampoco parecía ser una palabra que figurara en su vocabulario.

—Pues estos no podrán decir lo mismo —sentenció la policía lanzando una ojeada claramente despectiva a los cuerpos desparramados por el suelo.

—Son delincuentes de nacimiento, genéticamente preparados para delinquir —sentenció su compañero—. Estoy seguro de que ya desde la cuna robaban el chupete a los otros bebés.

Nadie le rio la gracia, cosa que solo logró enfurecerle más de la cuenta, por lo que en un intento por afirmar su autoridad fijó la mirada en Emmanuel e insistió en tono amenazador:

—¿Ha comprendido la obligatoriedad de acudir a las dependencias policiales?

Como Emmanuel no tenía la intención de dejarse avasallar así como así y dando por seguro que las cosas no tardarían en empeorar, se preguntó si no le vendría mal ir llamando a su abogado antes de que el agente le leyera sus derechos.

De repente, se escuchó el sonido estridente de la sirena de una ambulancia e instantes después se presentaron dos sanitarios. Mientras uno corría con la tabla espinal a cuestas, su colega le seguía transportando el resto del material necesario con el que prestar ayuda a los accidentados.

Una vez estabilizados los rusos y ayudados por dos de los numerosos agentes uniformados que habían acudido a la llamada de sus compañeros de la policía secreta cargaron con los cuerpos para poner rumbo al hospital.

Tras el breve, brutal a la vez que expeditivo enfrentamiento, los empleados del establecimiento, con una eficiencia digna de elogio, se afanaron en borrar las huellas del desastre.

En un visto y no visto la tranquilidad volvió a reinar en la terraza.

—¿Cuerpos de seguridad? ¿Fuerzas especiales? ¿Agente secreto? —preguntó Emmanuel intrigado cuando los sanitarios desaparecieron con los dos heridos y los policías se llevaron detenido al gorila.

Fue lo primero que se le ocurrió, hablar de trivialidades con el propósito de romper el hielo.

—No, la menor de cinco hermanos, los otros cuatro, todos chicos y con muy malas pulgas —aclaró ella, añadiendo a continuación—. El mejor campo de entrenamiento posible para perfeccionar la autodefensa.

—Ya, y sin duda tus cuatro hermanos son campeones olímpicos de artes marciales —dijo él, dejando aflorar un asomo de ironía en sus palabras.

Ella se abstuvo de comentarle que no era precisamente de las que inician las peleas, pero que una vez involucrada en ellas, no paraba hasta acabar con sus contrincantes.

—¿Con un vaso? —inquirió la joven mostrando una mueca de evidente incredulidad—. ¿Te enfrentas a un asesino profesional con un vaso? ¿En qué pensabas? —reprochó.

—¿Pensar? Bastante tenía con no orinarme en los pantalones —confesó él, dejando entrever una pálida sonrisa—. Reconozco que no era un plan perfecto, pero una vez descartadas todas las otras posibilidades era sin duda el que mejor se adaptaba a la situación —añadió en un vano intento por no parecer un descerebrado a los ojos de la chica.

Porque, lo peor de todo es que ni siquiera tenía un plan B. Era eso o nada.

—Ya veo —exclamó ella con un gesto de evidente desaprobación—. Un método infalible para suicidarse —prosiguió—, ¿sabes? Puedo apañármelas sola, no obstante, muchas gracias por tu ayuda —agradeció al tiempo que mostraba una sonrisa tan resplandeciente que se necesitaban gafas de sol para no resultar deslumbrado.

—Emmanuel.

—¿Cómo dices?

—Que es así como me llamo, Emmanuel —se presentó él.

—Kala, con K —especificó ella.

—Un nombre exótico —comentó él.

—Significa sol en hawaiano —ilustró ella.

—Primero pensé que eras brasileña y que tu manera de pelear tenía algo que ver con la capoeira.

—Para nada, es Kajukembo, un arte marcial que se practicaba en Hawai —corrigió ella.

—Parece que no tiene reglas —opinó Emmanuel.

—En efecto, es una mezcla de varias artes marciales adaptadas, algo así como un sistema de defensa personal callejero —informó Kala.

—Nunca había oído hablar de él.

—No me extraña, de hecho está prohibido por ley, los maestros que lo practican pueden contarse con los dedos de una mano y los escasos poseedores del cinturón negro no alcanzan la veintena en todo el mundo —continuó explicando ella—, aunque también es verdad que se le considera un método sucio de lucha —matizó.

—Pero por lo que he podido ver, muy efectivo.

—Eso puedes jurarlo —afirmó ella con rotundidad.

—Bueno, me parece que esos capullos han conseguido amargarnos el desayuno —comentó Emmanuel.

—Pues no vamos a permitir que eso ocurra, ¿verdad? —apostilló Kala—. Esto merece una celebración con champagne. ¿Perrier Jouet te va bien? Yo invito —ofreció.

—Lo siento, estoy esperando a un cliente importante —dijo él declinando la tentadora oferta—. Otra vez será —añadió.

—¿Qué tipo de negocios te traes entre manos? —preguntó ella.

—Soy asesor, intermediario, mediador o como quieras llamarlo —enumeró Emmanuel.

—¿Podrías ser algo más explícito? —animó Kala, al tiempo que mostraba una mueca de estupefacción en el semblante.

—Bueno, imagina que alguien desea comprar un yate o un velero, no cualquier barco, sino un modelo en concreto —anunció él—. Yo lo busco por él, controlo que todo funcione perfectamente, que no tenga vicios ocultos y que no necesite reparaciones importantes. Hago la tasación y propongo un precio que sea atractivo para ambas partes y a veces también llevo la embarcación hasta el lugar que me indique el comprador.

—O sea, que estás especializado en servicios náuticos.

—Esa podría ser una definición adecuada.

—¿Es rentable?

«Joder con los americanos, directamente a la yugular» se dijo para sí Emmanuel, recordando que ese tipo de preguntas suelen hacerlas los suegros al novio de su hija apenas ha traspasado el umbral cuando acude a cenar por primera vez a casa de su futura familia política.

—No me quejo, tarifa cerrada. Un porcentaje fijo de la transacción pagado a partes iguales por comprador y vendedor —informó vagamente Emmanuel sin mencionar cifras comprometedoras.

Se abstuvo de añadir que los pagos se efectuaban al margen de las leyes fiscales y que el importe íntegro se ingresaba en una cuenta opaca de un banco de Vaduz a nombre de una sociedad domiciliada en el despacho de un abogado residente en una pequeña travesía peatonal cercana a la catedral de San Florian en el minúsculo paraíso fiscal de Liechtenstein ubicado en el corazón del continente europeo.

A dos pasos de Ibiza como quien dice.

Una manera de lo más sutil para evitar pagar impuestos confiscatorios. Emmanuel odiaba que políticos gorrones, cuando no directamente corruptos, dispusieran de su dinero a su antojo sin ni siquiera consultarle.

—Y tú ¿a qué te dedicas? —preguntó a su vez Emmanuel de improviso.

—Soy un cruce de investigadora con secuestradora, ya sabes, lo uno lleva a lo otro — reveló Kala, al tiempo que adoptaba una actitud expectante.

—No te sigo —logró articular a duras penas Emmanuel.

Acto seguido lanzó una mirada perdida a izquierda y derecha.

No tenía nada claro cómo se supone que debía reaccionar a la inesperada confesión de la joven, por lo que se limitó a sonreír bobaliconamente a la espera de una aclaración más detallada.

—Buscapersonas o caza recompensas —manifestó ella, explicando a continuación—. Localizo a delincuentes por encargo, busco, descubro, someto y entrego a fugitivos a cambio de una generosa cantidad de dinero.

—Suena raro, aunque imagino que también debe resultar una ocupación apasionante — opinó él por decir algo, al tiempo que enarcaba una ceja.

Mostraba síntomas evidentes de hallarse sumido en un profundo desconcierto, por más vueltas que le daba no se le ocurría nada más que añadir.

—Cada caso es diferente y nunca sabes a ciencia cierta a lo que te vas a enfrentar —reveló ella—. Es un modo de vida que a veces resulta aburrido, aunque también es cierto que en algunas ocasiones es tremendamente excitante —prosiguió—. Sin embargo, la mayor parte del tiempo lo pasas sentado en bares o vestíbulos de hotel esperando pacientemente a que aparezca tu presa —aclaró.

—Debo admitir que esto era algo que no me esperaba —reconoció Emmanuel, aún bajo los efectos del shock que le habían producido las palabras de Kala—. Cuesta imaginar que una chica tan guapa como tú se dedique a atrapar a delincuentes peligrosos y los cambie por dinero como si se tratara de efectuar la entrega a domicilio de una pizza cuatro quesos —declaró desconcertado.

—Es algo más complicado que eso, pero tampoco es que vayas muy descaminado —corrigió ella lanzándole una mirada burlona.

Sabía por experiencia que la gran mayoría de las personas a las que revelaba a qué se dedicaba, de entrada, no sabían cómo comportarse, les provocaba asombro y necesitaban algo de tiempo para recuperarse de la conmoción.

—¿Trabajas en equipo? —preguntó Emmanuel.

—No, trabajo sola —respondió ella—, así no tengo que repartir las recompensas con nadie —añadió.

En ese momento Emmanuel notó la vibración del móvil que guardaba en el bolsillo del pantalón.

—Perdona —se excusó—, parece que el día ha comenzado con mal pie, mi cliente viene de cancelar la reunión —comentó malhumorado tras leer el mensaje de texto en la pantalla del aparato.

Kala guardó un silencio diplomático.

—Bueno, así son las cosas, no siempre todo sale bien, me parece que no nos queda más remedio que acercarnos a la comisaría, ¿puedo llevarte en mi coche? —ofreció Emmanuel.

—De acuerdo —aceptó ella.

—No está lejos —indicó él.

Y en efecto, llegaron a las dependencias policiales en pocos minutos y Emmanuel aparcó el jeep en un lugar en teoría prohibido.

—¿Vas a dejarlo aquí? —apostilló Kala, lanzándole una mirada de reproche.

—Sí —respondió él—. No molesta a nadie, los otros coches pueden pasar sin problemas y tampoco creo que vayamos a tardar mucho en volver —añadió.

—Puede que cuando volvamos te hayan puesto una multa —previno ella.

—Qué quieres que te diga, así soy yo, me gusta arriesgarme y caminar de puntillas por el filo de la navaja —declaró él, echando la cabeza atrás mientras reía.

—Estás loco —decretó ella, dando el caso por perdido.

Tuvieron que identificarse antes de penetrar en las dependencias policiales y explicar al uniformado de turno la razón de su visita.

Siguiendo las indicaciones que les había dado este último, subieron hasta el segundo piso, donde les esperaba un policía de paisano que les acompaño hasta un pequeño despacho.

—¿Piensa presentar una denuncia? —preguntó el agente una vez que tomaron asiento alrededor de una mesa.

—No —respondió Kala escuetamente.

—¿Está segura? —insistió el policía.

—Sí —contestó de nuevo la joven hawaiana.

—Y usted ¿tiene algo que objetar? —inquirió el agente dirigiéndose a Emmanuel.

—No —negó este a su vez.

—En ese caso, veamos qué tienen que decir —dijo el agente de la ley instalándose frente al teclado de un vetusto ordenador que, sin duda, había conocido tiempos mejores.

Tanto Kala como Emmanuel narraron lo ocurrido con pelos y señales, insistiendo en todo momento en dejar claro que ellos eran las víctimas a la vez que hacían hincapié en que lo sucedido había sido culpa, única y exclusivamente de los rusos.

—Firmen aquí —invitó el policía cuando acabó de escribir, tendiéndoles un formulario, al tiempo que marcaba con una x el lugar exacto en el que debían estampar su rúbrica.

—¿Qué pasará con ellos? —se interesó Kala.

—¿A qué se refiere? —inquirió el agente, enarcando una ceja.

—A que más que por lo ocurrido hoy, me preocupa lo que pueda suceder a partir de ahora —comentó ella—. Esta gente no suele perdonar fácilmente este tipo de agravios y teniendo en cuenta la benevolencia con la que trata la justicia española a los maleantes, debo confesar que no las tengo todas conmigo —confesó con el semblante serio.

—No tiene nada de lo que preocuparse, de momento permanecen esposados a la cama del hospital y, cuando les den el alta médica, serán enviados a Madrid para ponerlos a disposición de la Audiencia Nacional antes de ser extraditados a Estados Unidos, donde se les reclama por una interminable serie de delitos —informó el agente, antes de