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Fluido, fugaz, entretenido y reflexivo, así es Ilegal, el primer libro de Camila Sanabria, un relato que nos coloca en la posición de un joven profesor de filosofía y una estudiante de bachillerato muy perspicaz, ávida por leer y escribir. Extraordinariamente, el amor, la inocencia, los sentimientos encontrados sobre las relaciones y la escritura, además de las diferencias de edades —pero también sus semejanzas— hacen de este libro una obra sutilmente alegre. Una pregunta debe hacerse el lector al momento de recordar al amor en su lectura y su vida: ¿acaso los jóvenes de bachillerato son más inmaduros, a la hora de entablar una relación, que los adultos? O ¿los adultos, a pesar de ser mayores de edad, todavía siguen siendo tan inmaduros como los jóvenes de colegio?
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Seitenzahl: 182
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© 2021, Editorial Escarabajo S.A.S.
Calle 87A No. 12 – 08 Ap. 501
Bogotá, Colombia.
www.escarabajoeditorial.com
© 2021, Camila Sanabria
Edición: Juan Manuel Gómez & Bianca Febbraio Saetta
Diseño de portada: Manuela Córdoba
Diagramación y diseño del interior: Juliana Saray Ramírez
Diseño de la colección: Escarabajo Editorial SAS & Abisinia Editorial
Logo de la colección La tejedora de coronas: Manuela Giraldo Zuluaga & Tatiana Bedoya
ISBN:978-958-53269-2-7
Queda hecho el depósito de ley.
Primera edición en Colombia Editorial Escarabajo S.A.S.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida de forma total o parcial, ni registrada o transmitida en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor o la editorial.
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Escribir siempre es crear, pero también es recrear.
Yo fui capaz de inventar historias muy alejadas de mis propias experiencias, pero dejé de hacerlo. Claro, siempre quedaba algo de mí, no era como si me desprendiera por completo de lo que era y de lo que vivía. Pero atada, como por un cordón umbilical, me nutría de ello para crear algo parcialmente nuevo. Podía describir sitios en los que no había estado, construir diálogos que no había tenido ni escuchado, y lo mejor: podía inventar personajes. Me sentía como un dios (con minúscula) cuando escribía. Esa sensación solo duró unos años, pero sentía como si algo creciera y se desenvolviera o se desplegara en la pantalla, como si las relaciones humanas se entretejieran del mismo modo que en la vida real, de una forma impredecible. Esa facultad de crear, posiblemente, aliviaba mi impotencia frente a la propia vida que nunca, ‘nunca se controla’.
Pero no sé en qué momento ni por qué razón abandoné la ficción. Ni siquiera sé si hubo un momento o una razón. Creo que de a poco mi propia vida fue tomando protagonismo y aquello que me encontraba por el mundo fue tomando su lugar en la pantalla. De repente me di cuenta de que necesitaba a la experiencia para tener algo que contar, como si hubiera vaciado todo el contenido de lo no-ocurrido y ahora solo me quedara lo infinito que aparecía frente a los ojos.
Si antes la escritura me permitía escapar del mundo factual para acceder a otros mundos posibles, ahora ese mundo factual me permitía escapar de él mismo para acceder a la escritura. La vida era condición de necesidad para escribir, no solo porque los muertos no escriben, sino porque son los vivos a quienes les suceden cosas que pueden ser contadas. Al fijarme en esas cosas descubrí que la cotidianidad era mucho más rica y profunda que la fantasía. Solo al perder la imaginación pude reconciliarme con la vida y el mundo que me había tocado.
Inventar historias y personajes es necio si uno se da cuenta de que ahí afuera está ocurriendo todo aquello de lo que el ser humano puede hablar. Basta con alzar la vista para tener de donde comenzar una historia. Algo así como esto:
Eran las 8:33 de la mañana. A lo lejos se escuchaba una sirena que podría ser de un carro de policía o de una ambulancia. “Pero en las mañanas no ocurren cosas malas”, pensó. Así que la sirena podría ser, también, la alarma de un carro. Se escuchaban tantos ruidos que ya ninguno tenía significado propio: una avioneta que despegaba, la escoba dura que se fregaba contra el suelo de algún andén, una puerta que se azotaba, de nuevo otra sirena, el ladrido de un perro, la voz de un vendedor de verduras, los chillidos de algún ave.
El humo del cigarrillo bailaba en círculos que se iban abriendo cada vez más, atravesando la taza del café, ya frío, hasta alejarse en una diagonal ascendente. Seguía fumando y bebiendo sorbos alternadamente. El humo salía de su boca como una corriente que se abría en todas las direcciones hasta perderse entre el viento frío que venía a golpearle el rostro.
Aplastó la colilla del cigarrillo contra el cenicero y se levantó de la silla para llevarlo al baño compartido de la pensión. Vació todo sobre los papeles sucios y lo puso dentro del lavamanos. Comenzó a mear con la mirada puesta en la débil espiral de humo que se extinguió en cuestión de segundos. Se sacudió el pito, se juagó las manos y quiso volver a fumar.
Encendió otro cigarrillo y en ese momento sonó el teléfono. Doña Esperanza, la dueña de la pensión, una señora gorda, algo sucia y desaliñada, respondió a la llamada.
—Un momento, ya se lo comunico —escuchó él, que decía ella tras la puerta de su habitación— lo llaman de un colegio —susurró la mujer y golpeo tres veces la puerta.
El salió y tomó el teléfono.
—Ajá, sí, con él, ajá… de acuerdo. Sé dónde queda… muchas gracias —respondió y colgó.
—¿Le salió trabajo? —preguntó la señora sin despegar la vista del televisor.
—Me llaman para una entrevista, espero que sí —respondió él y se encerró de nuevo en su habitación.
Tomó su mejor camisa y le pasó la plancha casi fría. Se la puso, también un jean recién lavado y unos mocasines cafés. Entró al baño para verse en el espejo, como si antes de salir tuviera que despedirse de sí mismo. Por su tamaño tuvo que agacharse y después repasó su propio rostro con la mirada. Usaba gafas de lentes pequeños y rectangulares. Los usaba para ver y verse mejor, por lo menos más de ciudad. Todas sus facciones, exceptuando la nariz, eran pequeñas e insignificantes. Era delgado y de aspecto áspero, su cara era larga y manifestaba preocupación…no, tristeza, pero solo cuando se veía a sí mismo. Sabía que entre ser bello o feo, él era lo segundo, pero también sabía que podía parecer atractivo. Sus labios, por ejemplo, eran delgados y de tono oscuro, como con poca vida. Aunque la vida aparecía ante los ojos del espectador cuando él hablaba o reía a carcajadas. Lo mismo sucedía con su mirada, dentro de esos ojos cafés y pequeños se encendía una chispa pasados unos minutos de relacionarse con alguien. Él era feo, sí, pero era bello cuando se mostraba como era.
Tomó la billetera, los cigarrillos y salió de la casa. Caminó hasta la calle que lo sacaba del barrio y ahí esperó la buseta. Cinco minutos más tarde se lanzó por la parte de atrás, encendió un cigarrillo y caminó hacia el colegio.
—Vengo para una entrevista laboral —le dijo al portero.
—Un momento lo anuncio —respondió este y salió corriendo por un pasillo— lo están esperando —dijo el portero al regresar, mientras abría el candado de la puerta.
Los estudiantes estaban en descanso. Los más pequeños corrían por todas partes y los mayores conversaban en el suelo, afuera de las aulas de clase. Se percibía la alegría y el desorden, la antesala de la verdadera vida se presentaba frente a sus ojos y él pensaba “en qué me estoy metiendo”. El portero lo acompañó hasta la secretaría, lugar donde reapareció el mundo de los adultos.
—Soy el profesor de filosofía —dijo asomando la cabeza en una de las oficinas— Wilson Molano, mucho gusto —agregó extendiendo la mano al rector. El segundo contestó al saludo a la vez que se presentaba “Fernando Robledo, rector”.
—Como sabrá, estamos necesitando un profesor para las asignaturas de lengua castellana, religión y filosofía. Estaríamos hablando de una contratación inmediata. ¿Tiene disponibilidad? —preguntó Fernando.
—Por supuesto, no tendría ningún inconveniente con comenzar de inmediato —respondió Wilson.
—¿Y con los horarios? Dice, aquí, que es estudiante de maestría —preguntó el rector.
—Pero estudio en las noches y ya estoy, prácticamente, dedicado a la tesis —contestó Wilson, a la vez que pensaba si de pronto daría la impresión de ofrecerse demasiado.
—Se encargará de enseñar lengua castellana y religión a los estudiantes de Sexto a Once. Filosofía a los de Décimo y Once. Este es el plan de estudios —dijo a la vez que entregaba tres folders repletos de guías— y la metodología queda a su criterio —concluyó.
—No hay problema —respondió Wilson mientras fingía estar echando un vistazo al contenido de las carpetas.
Firmó el contrato, también sin leerlo, únicamente fijándose en los números que indicaban su sueldo, cargó contra su pecho una copia, los tres folders con los horarios de las clases, y una agenda de la institución que contenía el manual de convivencia.
—Le deseo mucha suerte. Espero que se llegue a entender bien con los muchachos —concluyó el rector y Wilson se retiró de la oficina.
Al regresar a la pensión sintió como si algo acabara de comenzar, pero sabía que esa sensación no se refería al empleo. Más bien, se trataba de todas las posibilidades que rodeaban al hecho de dar clases en ese colegio. Sin importar cuántas ideas se hiciera de cómo sería su vida de ahora en adelante, nunca daría con aquello que le esperaba. Como extasiado por ese pensamiento, se dejó caer de espaldas en su cama. Buscó con la mano la botella que había dejado en el suelo y comenzó a beber hasta quedarse dormido.
El día siguiente comenzó con los tres golpes que Doña Esperanza le zampó a la puerta.
—¡Las cinco y cuarenta! ¡¿Quiere desayunar?! —preguntó con la mayor amabilidad que le fue posible.
—Por favor… ya me alisto —respondió Wilson, tan agradecido por el desayuno como por la llamada a su puerta, pues él no tenía despertador y se hubiera quedado dormido.
Se levantó de un brinco y fue a bañarse, no sin antes escoger su vestimenta: el mismo jean, una camisa gris tipo polo, medias, calzoncillos y zapatillas. El agua estaba fría, pero su cuerpo ardía de ansiedad. Se dio un baño en menos de tres minutos y salió a devorarse la comida que lo esperaba en la mesa. Doña Esperanza lo acompañó bebiendo una taza de café en la que, cada tanto, sumergía una tostada y le daba un mordisco. Cuando hubo terminado, agradeció a la señora, se lavó los dientes y salió de prisa a tomar la misma ruta que el día anterior.
En su maletín cargaba todo lo que le habían entregado en la institución, a excepción del contrato laboral que quedó a salvo en su mesa de noche. Antes de llegar al colegio compró dos marcadores recargables, uno negro y uno rojo, y revisó por primera vez el horario de las clases que dictaría ese día.
Era martes. Le tocaba religión en Sexto a las 7 a.m., a las 8, religión en Noveno. A las 9, religión en Once. Luego tiempo libre hasta las 11, donde se programaba una reunión de profesores. Por último, lengua castellana para noveno a la 1 p.m. y para Once a las 2.
Tomándose en serio lo de que la metodología quedaba a su criterio, dejó de lado el contenido de las asignaturas y empleó las horas de clase en conocer a sus estudiantes haciendo mesa redonda. Se la pasó preguntándoles por sus opiniones sobre distintos temas como la religión, la moral y hasta lo que hacían para divertirse. Disfrutaba cuestionar aquello que los jóvenes respondían porque siempre lograba cambiar su opinión.
Eso sucedió hasta en la reunión de profesores. Los demás docentes quedaron encantados con Wilson, quien dio la apariencia de ser un hombre divertido, muy divertido pero misterioso. Algo oscuro se escondía detrás de sus estrepitosas y frecuentes carcajadas, algo muy distinto e inaccesible se escondía detrás de aquellas ideas que lograba implantar en los demás. Su interior estaba fuertemente protegido, nadie podría llegar a sus verdaderas opiniones ni a sus verdaderos sentimientos. Pero eso no importaba, podía hacer que los demás pensaran lo que parecía que él pensaba y podía hacer que los demás se contagiaran de la alegría que él parecía tener.
Apenas era su primer día pero ya parecía haber hecho algunas amistades. Raúl y Carlos, dos profesores de bachillerato que se ocupaban de varias asignaturas que no se relacionaban entre sí, fueron quienes le inspiraron algo de confianza. Claudia, una profesora de preescolar, le pareció atractiva desde el momento en el que ella comenzó a manifestar otro tipo de interés en él. Los demás docentes le parecieron tontos, pero no le interesaba demostrarlo. Quería agradarles a todos, no para sentirse seguro y aceptado, sino para ocupar un lugar especial en la institución. Es decir, no era que temiera el rechazo, era que buscaba la admiración.
Al sonar el timbre de salida, cada uno de los jóvenes de once se despidió de él con un choque de palmas horizontal, inmediatamente seguido de un choque de puños con la misma mano. “Todo bien, parce”, decía uno que otro. Las niñas salieron en grupo, interesadas en ellas mismas, pero dirigiéndole una amable mirada y una tímida sacudida de mano, como diciendo “adiós”.
Al ver que cada docente seguía a su grupo hasta la salida, Wilson caminó detrás de los estudiantes de once y se quedó de pie junto a la puerta de la escuela, donde se ubicaban los demás profesores. Después, regresó a la sala de profesores y comenzó a empacar todos sus artículos. Carlos propuso que fueran a beber una cerveza para conocerse mejor, volteo a ver a Raúl, quien asintió con la cabeza y clavó su mirada en Wilson.
—Y yo que pensaba preparar mis clases de mañana ¡ja, ja, ja! —respondió sarcásticamente.
—Debes comenzar por lo primero, déjate guiar —intervino Claudia.
Carlos y Raúl se miraron.
—¡Ja! Si usted me guía, yo me dejo —respondió Wilson.
—Somos cuatro, ¿alguien más se apunta? Ya me imagino que después de unas cervezas, para dos de nosotros se pondrá más interesante —agregó Raúl, conteniendo una risita infantil.
Nadie más contestó. Caminaron los cuatro hasta la tienda más cercana. Raúl, que era el profesor más joven del colegio, pidió unas cervezas bastante animado, y dijo que él invitaba la primera ronda. Wilson respiró profundamente, se llenó de esperanza: habría más de una ronda. Después de haber bebido tres cervezas cada uno, Wilson se levantó de la mesa y volvió con una botella de aguardiente.
—Parece que aquí si hay un hombre —dijo Claudia dirigiéndose a sus dos compañeros.
—Y parece que a alguien le hace falta uno —respondió Raúl. Todos rieron.
—¡Pónganme a Gardel! —exclamó Wilson. Bajó la cabeza, cerró los ojos y esperó así a que comenzara a sonar la música— “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé…” —comenzó a cantar, todavía con la cabeza agachada y llevando el ritmo con el dedo índice.
“Lo mismo un burro que un gran profesor” cantaron todos en coro, y soltaron una carcajada.
Con la ayuda del alcohol, el encuentro tomó forma de fiesta. Wilson sentía como cada trago aminoraba sus penas, o al menos las anestesiaba. Subía, subía, se acercaba a la cima del mundo. Todo se iba haciendo cada vez más ligero. Las cosas del mundo perdían relevancia. ¿Qué era el trabajo? Nada, ¿qué era la filosofía? Nada, ¿qué eran los amigos verdaderos? Nada. Todas las mentiras y los pretextos que se rebuscaba para seguir viviendo podían ahora quedar de lado. Ahora nada más hacía falta, estaba justo donde quería estar y con quien quería estar. Y podría estar en otro lugar y con otras personas, pero seguiría sintiendo lo mismo.
Nada podía ser mejor que el comienzo de la embriaguez. Su fuerza y seguridad iban en ascenso y sus pensamientos duraban cada vez menos. Todo lo olvidaba con facilidad, ya fuera el tema del momento o el dolor más grande de su vida. Sus deseos se evaporaban, la preocupación por el futuro perdía su significado. Eso hacía el alcohol, lo situaba en el presente que llevaba por fuera del pecho. Todo lo que estaba bien adentro, o lejos de ahí, simplemente no estaba.
Los demás se fueron. Seguían ahí, pero para él ya no estaban. Solamente veía esa botella, ya casi vacía, veía el humo que salía sin fuerza de su boca, como si se tratara de él mismo. Quién fuera humo para poder hacerse invisible y perderse así de rápido. Quién fuera humo para escapar de un cuerpo que no lo necesita, que no lo puede retener. Pero él no era humo…
—Me voy —afirmó de repente y, con esas dos palabras, el mundo volvió a aparecer. Ese mundo de mierda, donde cumplía la condena de la vida, fue tomando la forma que tenía cada mañana. “Me voy” siguió pensando. “Pero, ¿cómo podría irme? Si aquí lo es todo y yo soy siempre” se dijo a sí mismo, comprendiendo que no había forma de huir de lo que habitaba en su cuerpo ni del espacio que su cuerpo habitaba.
—Nos vamos —respondió Claudia, con tal rapidez que parecía haber estado esperando por esa oportunidad hacía rato.
Wilson continuó con la mirada puesta en la botella y sirvió un trago que, enseguida, bebió. Carlos y Raúl sintieron pena por Claudia, que parecía esforzarse tanto en simpatizar con el nuevo profesor.
—Así son los filósofos, Clau, piensan demasiado —intervino Carlos intentando quitar la tensión que solo ellos tres percibían. Hubo un momento de silencio y, de repente, Wilson dejó escapar una carcajada.
—A mí me emborrachan o me dejan como estaba —dijo el último.
—¡De lo primero me encargo yo! —exclamó Raúl, y el ambiente de fiesta volvió a aparecer.
Bebieron otra botella hasta que el sol se ocultó. Wilson se mantuvo en lo mismo, subidas y bajadas, tratando de esconderse detrás de él mismo y pasando de ser el centro de atención a ser la pura presencia de su cuerpo.
Claudia aprovechaba cada oportunidad para evidenciar su gusto por Wilson, pero pudo darse cuenta de que ‘esa tarde’ nada pasaría. Tomó su bolso y detuvo un taxi que pasaba por el frente de la tienda. Se despidió de todos sacudiendo la mano, entonces se subió al auto. Wilson se levantó de un brinco, caminó hacia el taxi y metió medio cuerpo por la ventana para besarla. Luego se dio la vuelta y regresó a la mesa sin decir nada al respecto.
Sus dos compañeros tampoco le dieron importancia, más bien, se sintieron más cómodos con la partida de la mujer. Una vez el taxi arrancó, los profesores comenzaron a conversar sobre sus vidas. Wilson hacía preguntas que Carlos y Raúl respondían. La charla fluía con naturalidad y Wilson se sentía cada vez más seguro en compañía de sus colegas.
—¿Qué te trajo por acá? —le preguntó, finalmente, Raúl.
—La muerte —contestó Wilson.
Fue el final de la tarde, de la botella y del encuentro. La tienda cerró y cada uno se fue a su casa.
Los días siguientes transcurrieron como era de esperarse. Claudia y Wilson coqueteaban cuando se encontraban solos en la sala de profesores. En los descansos, Carlos y Raúl se sentaban con él en la cafetería del colegio a tomar gaseosa y comer empanadas. Las clases seguían funcionando como el primer día, ocupando cada hora en conversaciones sobre cualquier tema y, si este se agotaba, Wilson los dejaba reunirse para que charlaran entre ellos y se apartaba para trabajar en su tesis de maestría.
Él sabía que el aprecio que comenzaron a tomarle sus estudiantes se debía a la falta de enfoque académico. Los jóvenes esperaban con ansias que llegara la hora de la clase para no hacer nada pero, también, para escuchar las historias de un hombre que admiraban. La diferencia de edades no representaba un límite, ellos se sentían amigos de Wilson y este los trataba como a iguales. Ningún tema era demasiado fuerte para tratar con ellos, cualquier palabra o conversación estaba permitida en sus clases. El sueño de todo estudiante adolescente se había hecho realidad con la presencia de Wilson.
Carlos y Raúl sabían de su desinterés por el programa de estudios, pero tampoco les importaba. Para ellos, la presencia de Wilson era la de un amigo y no la de un colega. Les gustaba, aún más que a los estudiantes, conversar con él y sobre todo escucharlo.
Ese particularísimo rasgo de lo que él era se hacía cada vez más fuerte. Se trataba de un encanto, algo con lo que pocos cuentan y todos quisieran contar. Tenía la capacidad de agradar sin esfuerzo, el carisma, el don de gentes… Quizá hubiera podido conquistar al mundo con esto, pero él se había dirigido a la silenciosa y modesta conquista de un colegio. Y si esto sucedía con los amigos y los estudiantes, es fácil imaginar lo que estaba por ocurrirle a Claudia.
Pasadas tres semanas, Wilson pidió un permiso para faltar porque debía presentar una ponencia en su universidad. Al rector no le cayó muy en gracia, llevaba poco tiempo y ya habían acordado que la maestría no representaría un problema para cumplir con sus funciones, eso fue lo que le dijo. Pero una de las fundadoras del colegio escuchó la conversación y no tardó en intervenir. Por supuesto que se le concedería el permiso, el progreso de los profesores también era un progreso para la institución, aseguró ella. Wilson volteó a verla con el rostro iluminado y se sintió querido. Ella, que oscilaba entre la ternura y la dureza, le devolvió la sonrisa y le deseó suerte en su presentación.
Por esas contradicciones que nadie comprende, Wilson resultó ser un hombre tímido a la hora de hablar en público. Pero sabía cómo solucionar ese asunto. Llegó dos horas antes de la ponencia y se encerró en un salón, junto con su director de tesis y dos compañeros, y comenzaron a beber.
Nadie, además de ellos, sabía que había un borracho leyendo un texto. El mismo borracho que respondería con elocuencia cada pregunta y que conseguiría la publicación de su ponencia como un capítulo de un libro de filosofía.
