Iluminaciones en la sombra - Alejandro Sawa - E-Book

Iluminaciones en la sombra E-Book

Alejandro Sawa

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Beschreibung

En 2009 se cumplen 100 años de la muerte de Alejandro Sawa. Esta edición de Iluminaciones en la sombra es nuestro homenaje a este gran desconocido de la literatura española en quien se inspiró Valle-Inclán para su famoso Max Estrella de Luces de Bohemia. Al leer sus páginas, pasearemos por el París de Verlaine, Daudet y Mallarmé, asistiendo como espectadores privilegiados al nacimiento del simbolismo y el modernismo. El pasado, nuestro pasado, nos ilumina en esta obra que combina la lucidez del pensamiento con la intensidad del sentimiento, dibujando una época en la que aún se soñaban sueños con fe y el arte era, sencillamente, por el Arte. Como señala Andrés Trapiello en su presentación "Las Iluminaciones es en realidad un libro misceláneo, en forma de diario, que es género donde cabe todo lo que no cabe en ningún otro sitio. Podría decirse que es el primer gran diario de intimidad literaria de la literatura moderna española". En el libro están muy presentes Madrid, París y Londres, y por eso hemos incluido en esta edición fotografías de esas ciudades en la época en que las vivió Sawa. Sus calles son parte importante del libro y nos ayudan a entender mejor la época en la que vivió. Presentación: Andrés Trapiello Prólogo: Rubén Darío

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Seitenzahl: 278

Veröffentlichungsjahr: 2012

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ILUMINACIONES EN LA SOMBRA

Edición en ebook: julio de 2013

© De la presentación: Andrés Trapiello

© Nórdica Libros, S.L.

C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

ISBN DIGITAL:

Diseño de colección: Marisa Rodríguez

Corrección ortotipográfica: Juan Marqués y Ana Patrón

Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Contenido

Portadilla

Créditos

Autor

Portada original

Nota del editor

Presentación

El otro

Prólogo

Alejandro Sawa

Iluminaciones en la sombra

Fotografía

1

2

3

4

5

6

7

8

9

De mi iconografía

[Carlos Baudelaire]

[Nicomedes Nikoff]

[Alfredo De Musset]

[Daniel Urrabieta Vierge]

[Edgar Allan Poe]

[Teobaldo Nieva]

[Gabriel Vicaire]

[Amilcare Cipriani]

[Manuel García]

[Luisa Michel]

[Julio Burell]

[Charles Morice]

[Autorretrato]

[José Santos Chocano]

[Tomás de Quincey]

[Fermín Salvochea]

[Ernesto López]

[Ernesto Bark]

[Pío Baroja]

Notas Biográficas

Contraportada

Alejandro Sawa

(Sevilla, 1862 - Madrid, 1909)

Viajó a París en 1889 atraído por la vida artística de la metrópoli. Allí viviría lo que siempre consideró sus «años dorados». Durante algún tiempo trabajó para la famosa casa editorial Garnier, que editaba un diccionario enciclopédico. En ese periodo tuvo ocasión de entablar amistad con los principales literatos franceses del Parnasianismo y el Simbolismo, aunque él fue un gran lector del romántico Victor Hugo. Intimó con Verlaine, a quien admiraba mucho, y se casó con una actriz francesa con la que tendría una hija..

Su regreso a Madrid fue un tiempo, según propia confesión, estupendo de vulgaridad y grandeza, retratado en algunas de sus novelas de la época: Crimen legal (1886), Declaración de un vencido (1887) o Criadero de curas (1888). Murió miserable, ciego y loco en 1909, siendo admirado por los intelectuales más importantes de su tiempo y dejando inédita la que sería su mejor obra: Iluminaciones en la sombra.

Imagen de la cubierta de la primera edición, 1910, Editorial Renacimiento

Nota del editor

Iluminaciones en la sombra es el libro póstumo de Alejandro Sawa; si bien algunos de sus fragmentos aparecieron en periódicos de la época, Sawa buscó incansablemente editor para su obra, y murió sinverlo publicado. Iluminaciones en la sombra, heterodoxo paisaje literario que hoy presentamos a los lectores, salió de las prensas por vez primera en 1910, de la mano de la editorial Renacimiento. Se trata de un libro anárquico, libre, caótico y descentrado en el que Sawa se enfrenta, por un lado, al interior de sí mismo en fragmentos textuales de introspección poética; por otro, el autor se asoma al exterior cultural que lo cobijó, aunque siempre incómodamente, en retratos verbales de sus héroes que tituló «De mi iconografía».

Con objeto de facilitar la lectura del libro, la presente edición reúne bajo ese epígrafe general todas las semblanzas biográficas que en el original aparecen mezcladas o alternadas con los textos de reflexión visionaria. Asimismo, se ha elaborado un Índice Biográfico con una extensa selección de los personajes reseñados por Sawa. Cada entrada de este índice, situado al final del libro a modo de glosario, se señala en el texto con una llamada. La edición que ofrecemos reproduce la de 1910, por lo que se incluye el prólogo que Rubén Darío escribió a petición de Jeanne Poirier, viuda del autor. Se han mantenido los nombres tal y como Sawa los escribió, respetando su castellanización y su, en ocasiones, incorrecta ortografía.

Presentación

Andrés Trapiello

El otro

«Juana Poirier de Sawa, la viuda de Alejandro Sawa, me ha pedido un prólogo para el libro póstumo de su marido»...

Así comienza Rubén Darío el que figura al frente de la primera edición de este libro, publicado por la editorial Renacimiento, en 1910.

Noventa años después el azar quiso que se encontrara uno frente a los papeles, fotos, manuscritos, cartas que habían pertenecido primero a Alejandro Sawa, luego a Juana Poirier de Sawa, después a su hija Elena Sawa Poirier, que casó con el poeta modernista Fernando López Martín, y al fin al hijo de este último, Fernando López, a cuyas manos llegaron después de que los parientes de un tal monsieur Lapez, segundo marido de Juana Poirier, muerta con noventa años en 1960, así lo decidieran. Carmen Calleja, viuda de Fernando López, la encantadora anciana que nos los mostró, cuando intentaba que alguna institución se hiciera cargo de ese pequeño legado, fue el último eslabón de esta novela que hace diez u once años contó uno en El País Semanal, de modo pormenorizado.

Sí, pensamos en Sawa, y pensamos, sobre todo, en una novela, la de su vida. ¿Pero no fue acaso algo más que una novela? ¿El tiempo le ha redimido de esa triste leyenda que acompaña a ciertos bohemios, convertidos en la parte decorativa, exótica y dramática de la literatura?

Aquí está este libro, el más vivo, convincente y estremecedor de los suyos, para probarlo. Por lo que dice, por lo que no dice, por lo que hubiera tenido sin duda que haber dicho, y que no dijo, porque la muerte, o sea, su vida, se le llevó por delante.

Creo que es difícil saber cuál habría sido su destino en la literatura española si don Ramón María del Valle-Inclán no le hubiera convertido en el Max Estrella de su Luces de bohemia, pero el gran Valle hizo en él un papel de lucimiento, y Sawa, aunque de ese modo sesgado, no se fue de escena para siempre, como la mayoría de sus cofrades de la bohemia.

Hace años, hablando de Sawa, escribía uno unas líneas, que acaso vale la pena traer aquí.

Una de las grandes aportaciones del romanticismo a la literatura y a la humanidad fue precisamente esa de poder ser romántico sin haber escrito una línea de mérito. La vida: eso era suficiente. Años después ese presupuesto se lo apropiarían también los soviets y las vanguardias.

Había nacido Sawa en Sevilla, en 1862, y quemaría la vida no se sabe muy bien ni en qué ni cómo.

Fueron cuatro hermanos, todos metidos más o menos en eso del cuento. Pero de los cuatro quienes descollaron fueron Manuel, Miguel y, sobre todo, Alejandro.

Miguel aún escribió algo, pero Manuel nada. Manuel, según Ricardo Baroja, no fue nada, no era pintor, no era escritor, no era autor de teatro, no era nada más que bohemio. Había sido cabecilla de una partida en la guerra de Joló, en las Filipinas, pirata en el Pacífico y negrero de coolies y siameses. También se sublevó con el general Villacampa. Con una biografía así es absurdo tomarse la molestia de hacer nada más. Era, pues, uno de esos bohemios geniales, llenos de recursos dramáticos, de frases memorables para una generación y de sablismos encantadores para dos, pues los sablazos se olvidan menos que los apotegmas estupendos.

Cuantos trataron a Alejandro aseguran que tenía una magnífica planta, con una estampa aparente y gallarda, de gran belleza, bucles, ojos negros y brillantes, en fin, todo eso que es imprescindible cuando se cree en el Ideal, escrito con mayúsculas. La vida en Madrid se le quedó estrecha, sin lograr abrirse camino, dio a la luz media docena de novelas, entre las que destacaban La mujer de todo el mundo y su Declaración de un vencido, que publicó cuando tenía veinticinco años y que el propio Sawa calificó de «novela social», a lo Zola, novelas truculentas como las que hacían aquí Zahonero, o aquel otro, Ubaldo Romero de Quiñones, el del Lobumano.

Qué esperaba Sawa con estas obras, es difícil saberlo. Era un hombre orgulloso, de grandes gestos. Quizá para sortear el acto supremo de meterse una bala en los sesos, huyó a París en busca de aire fresco y perseguido por un delito de imprenta a causa precisamente de sus truculencias literarias, que le habrían llevado en España a un proceso y, de seguro, a la cárcel.

Fue París para Sawa lo que Damasco para Saulo de Tarso. Allí conoció al fin el arte de verdad, o sea, el Ideal, al que ya se ha aludido.

Hay un gran número de testimonios de Sawa en París, y algunas especiadas mixtificaciones. Luis Bonafoux, extraño personaje y escritor de mérito lanzó al mundo la especie de que Sawa había viajado a París para conocer a Victor Hugo, que lo conoció, que este besó su frente y que desde entonces el sevillano no volvió a lavarse esa parte de la cara. Sawa reaccionó con furia teatral contra tal embuste, con ánimo de atajarlo, pero ya era demasiado tarde, y eso le convino, porque en desmentirlo encontró la manera de recordarlo.

La vida que llevó en París, de qué vivió y lo que hizo, no deja de ser un misterio. Es posible que viviera de las mujeres, porque era guapo. Eso se dijo, desde luego. Rubén Darío lo conoció entonces, y por una carta de este podemos llegar a suponer con algún fundamento que Sawa le hacía de negro para determinados compromisos periodísticos. Fue también de los pocos que tuteaba al nicaragüense, quizá porque nada une tanto como esa clase de secretos. Entre esos años, Rubén Darío y Sawa se lo bebieron todo. Sawa además, como su amigo Enrique Cornuty, le daba al éter, que aspiraba de un frasco en cuanto podía.

Cuando al cabo de diez años Sawa regresó a Madrid, con el ósculo de Hugo por todo capital y un retrato dedicado de Verlaine, sentó plaza de simbolista. A partir de ese momento todos los asuntos que tuvieran que ver con la Francia pasaban por una u otra razón por su fielato. Había tratado allí, desde luego, a Verlaine, a quien osculizó también en su lecho de muerte. Manuel Machado nos recuerda que fue Sawa el primero que esparció los versos de Verlaine por las calles de Madrid, les violons de l’automne...

Trató Sawa a Mallarmé, a Moréas, a Charles Morice, a Louis de Cardonel, a Vicaire, a Paul Fort, a todo el mundo. Todo un capital a plazo variable fue esta lista. Se comparaba a ellos, por el lado de las privaciones y del arte sublime. Hablaba como los actores que en provincias quieren asombrar a los corseteros. Cansinos subrayó ese aspecto patético. Había visitado los cafés simbolistas, había hablado con aquellos hombres para quienes todos los poetas eran hermanos, vivió en bohemio en el Barrio Latino, soñaba, idealizaba, mitificaba. Alguna vez se refirió a aquellos años como a los únicos en los que había sido feliz. Cuando tuvo que regresar ni siquiera se atrevió a cortar del todo con su vida pasada, y se trajo un cierto acento francés, del que ya no se apeó jamás, con las erres gangosas, un rosario de palabras francesas con las que salpicaba su conversación, y una querida, Marie. Quizá fuera por eso, por aquel dengue aristócrático que adoptó, por lo que Zamacois recuerde que le llamaran «el Magnífico» y también «el Excelso». Quizá fuera solo por su perro, al que sacaba a correr a los desmontes. Entonces su figura, como la de de su querido Alphonse Karr, podía verse por aquellos egidos de los Cuatro Caminos o de las Rondas, como un soñador, perdido en las evoluciones de un can al que también se le contaban las costillas. Y con el tiempo, supongo, la querida se fue quedando únicamente en su legítima Juana. Como suele suceder.

Después de eso, la decadencia, el lumpen, el funebrismo, el seguir bebiendo, el aprender a morir, el no levantarse de la cama por no tener pantalones o tenerlos en la costurera de los remiendos, el ignorar la hora por haber llevado el reloj a la casa de empeños, el no saber comer por falta de práctica. Y el timbre de gloria de no quejarse. Vivía en el Callejón de las Negras, que ya es nombre para todo un Sawa, en un corredor de habitaciones numeradas. El retrato que hace de él Cansinos es bueno: el pobre hombre recibiendo a los jóvenes y poniéndoles al corriente en dos minutos de quiénes habían sido sus amistades, Hugo, Mendès, Gautier, Dumas, Verlaine, la Bernhardt, Wilde. Era lo que les contaba a todos, medio idiotizado por la verdinosa absenta de antaño. Se conoce que ya solo tenía eso. O quejarse sin que lo pareciera, en la exaltación, en la sugestión de que para las nubes de la Gloria no había otro camino que el anubarrado de los destilados, aquellos opalescentes ajenjos en los que dejaron los ojos los más grandes de una época. Para entonces ya vivía con una mujer, con la que tenía una hija. Juana. Helena, con hache, como escribió su amigo Rubén en un epigrama inédito. Madre e hija le condujeron hacia el final con verdadera entereza. Los últimos años debieron de ser de miseria suma, sableando, pedigüeñando, poquiteando, burlando a administradores de fincas y casas de vencidad, a editores, a directores de periódicos, a colegas, a maestros, a discípulos, pero sin perder nunca la compostura.

Los Baroja, Pío y Ricardo, cuentan de él anécdotas admirables. Pío, malvado con tantos, conserva un recuerdo simpático y benigno de Sawa, no se sabe por qué, teniendo en cuenta los sablazos que le dio y lo que de él dijo en estas Iluminaciones en la sombra, su último, su póstumo libro. El sablazo de Villaespesa, que le dejó a deber un duro, lo recordó Baroja toda la vida, en cambio los de Sawa parece que no, lo que es una prueba irrefutable sobre la imposibilidad de la equidad universal. Baroja lo había sacado también en una novela, y eso le incomodó a Sawa, pero siguieron siendo amigos.

Iluminaciones es sin duda el mejor de todos sus libros, por el que se entiende que Cansinos dijera que había sido para los modernistas lo que Ganivet para los del 98. De todos modos fue un caso de precursor extraño, porque el libro se publicó un año después de su muerte, en 1910. Lleva un prólogo admirable de Darío, que lo escribió a petición de la viuda, y uno de los mejores retratos poéticos que escribiera Manuel Machado, que también lo conoció en París.

Lo que da el tono de la época y de La santa bohemia, como la bautizó en 1913 Ernesto Bark, es el respeto que entonces se tenía por la palabra libertad, si se inmolaba en el pebetero del arte. Por ejemplo. Es cierto que el prólogo de Darío lo escribe este por ruego de la viuda de Sawa, lo que no le impide a Darío hablar de las queridas que Sawa tuvo en París, como si la vida disculpara cualquier otro comportamiento moral. Lo melindroso era de antes o de después.

Rubén cuenta la vida del «pobre Sawa» y habla de él como este hablaba de Verlaine, «el pobre Lelian». Darío lo retrata en tres adjetivos: «brillante, ilusorio y desorbitado». Había olvidado Darío incluso sus antiguas cuitas, como aquella carta divertida que no hacía tanto le había enviado su amigo, uno de los pocos que le tuteó, en una época en que Sawa, ciego y arruinado, pedía socorro al único que le quedaba: «¿Me impulsas a la violencia? Pues sea. Yo no soy el amigo herido por la desgracia que pide ayuda al que consideraba como un gran amigo suyo: soy un acreedor que presenta la cuenta de su trabajo. Desde el mes de abril hasta el mes de agosto de 1905, yo he escrito por encargo tuyo hasta ocho cartas (de las cuales conservo en mi poder seis) que han aparecido con tu firma en el periódico de Buenos Aires, La Nación (...) Estos artículos, por su extensión, por ser yo el autor de ellos y por la importancia del periódico donde se publicaron, valen cien pesetas cada uno, aplicándoles una evaluación modesta (...) No te extrañe que en caso de insolvencia por tu parte lleve el asunto a los Tribunales y dé cuenta a La Nación y a tu Gobierno de lo que me pasa. Yo lo haré todo y lo intentaré todo por rectificar estas anomalías de tu conducta. En cambio, puedes contar con mi más absoluto silencio a satisfacción, sin escándalo a mis reclamaciones. Serás en lo porvenir, como un muerto, o, mejor, como si no hubieras existido jamás».

No, no fue así. El muerto fue, primero, Sawa, y el amigo acudió a rendirle el homenaje que su talento le merecía.

Las Iluminaciones es en realidad un libro misceláneo, en forma de diario, que es género donde cabe todo lo que no cabe en ningún otro sitio. Podría decirse que es el primer gran diario de intimidad literaria de la literatura moderna española, si exceptuamos los libros primeros de Azorín, que tienen la misma forma. En él hay un poco de todo. Lo empieza el primer día del siglo xx con una anotación llena de candor en alguien como él: «Quizá sea ya tarde para lo que me propongo: quiero dar batalla a la vida». Justo cuando la había perdido irremediablemente.

El libro, que se reeditó hace treinta años sin ninguna fortuna, está lleno de estampas y de retratos de la gente de entonces, algunas, como el velatorio de Verlaine, hechas con gran sentimiento. Habla en él del viejo Ideal, de sus primeros propósitos de emancipación y libertad, vagamente anarquista: «El niño se convierte en cura como el plomo se convierte en bala: por un hecho de fatalidad bárbara». Hay también anotaciones morales sobre los personajes. Por ejemplo, no le perdona a Baroja que haya cambiado la zamarra de vascongado por la levita de los trepadores. Se conoce que no admitía éxito ninguno en nadie: el fracaso, debía de pensar, ha de ser puro, como el mismo éter. A veces las anotaciones tienen un carácter aforístico. Todo el libro, a base de secuencias inconexas, trata de darnos el retrato de su autor, un poco como aquellas viejas películas, mudas, de color sepia, que parecían moverse a golpe de fogonazos de luz. En eso estamos ante un diario moderno.

Por el libro se ve también que Sawa era ante todo un mitómano. En eso también era moderno. Le hacen estremecerse los nombres, los grandes nombres de la literatura, como los destellos de los ídolos, como el itinerario, en la noche, de las luciérnagas. Todo eso debió de irle minando el cerebro, porque no se conoce más funesta fantasía que esa de la admiración ilimitada por alguien, sin el vínculo de la igualdad. En la «Autobiografía» que le pidieron para una revista de la época, Sawa declaraba: «Yo soy el otro; quiero decir; alguien que no soy yo mismo (...) Yo soy por dentro un hombre radicalmente distinto a como quisiera ser, y por fuera, en mi vida de relación, en mis manifestaciones externas, la caricatura, no siempre gallarda, de mí mismo».

La declaración recordaba a Rimbaud, pero para cuando Sawa la hacía apenas le quedaba nada, pues en muy pocos años perdió la cordura. Es una declaración que muchos grandes escritores, pensemos en Pessoa, suscribirían como la confesión suprema de una claudicación y un fracaso, sin retórica, sin retumbancia ni candilejas.

Murió loco y enfermo. Valle-Inclán, en una carta a Darío, dio cuenta del trance en una frase grandiosa, a lo Max Estrella, o sea, a lo Valle tanto como a lo Sawa: «Tuvo el final de un rey de tragedia. Loco, ciego y furioso», como uno de esos personajes shakespeareanos. Todo lo cual, incluso lo de la furia, debió de ser cierto, porque Sawa conservó hasta el último momento de lucidez un olímpico desdén por todo y por todos los que por gloria, dinero o posición habían traicionado el Ideal. Ante ellos, Sawa, orgulloso, levantaba la cabeza y seguía su camino en dirección al Hades.

Como en su día sucediera en el velatorio de Verlaine, por el de Sawa circuló toda la bohemia de Madrid, desde los canallas y golfos de la calle a los viejos amigos. Todo el mundo hizo su frase. Menudearon en los periódicos los retratos del difunto, con ganas la gente de lucirse un poco a costa del muerto, por quien, pese a todo, parecían sentir una admiración sincera. Quizás le estaban agradecidos póstumamente por haberles dado esa oportunidad de lucirse en el funebrismo. Fue como si la muerte pasara a engrandecer la figura de un hombre que en vida no excedió los provincianos márgenes de las historias locales.

No sabemos si era lo que Sawa perseguía. Pero ha pasado un siglo de su muerte y si bien sus libros se han perdido todos en el naufragio irremediable de la vida, su nombre queda en pie. Ni siquiera conservamos el soneto inédito del «pobre Lelian» que aseguraba poseer. También eso se lo llevó un golpe de mar. Su herencia, en cambio, tiene más consistencia que muchas obras más sólidas. Si pensamos en leyenda y en bohemia, en libertad y en Ideal, habremos de recordar necesariamente y para siempre ese nombre de Sawa, como en otras latitudes recuerdan el de lord Byron.

Tiene el lector en sus manos el retrato de quien sabía que solo tenía tiempo ya para su testamento. Hallará en él páginas conmovedoras y patéticas, desgarradas a veces en aforismos que brillan en medio de su prosa como relámpagos, que tanto más brillan cuanto iluminan la vida de un hombre que acabó creyéndose otro, como un leproso.

Raro libro este de la literatura española del novecientos, raro y valioso después de haber atravesado ya todos los purgatorios para convertirse en un clásico.

Andrés Trapiello

Prólogo

Rubén Darío

Alejandro Sawa

Juana Poirier de Sawa, la viuda de Alejandro Sawa, me ha pedido un prólogo para el libro póstumo de su marido. Lo haré con gusto en memoria de mi vieja amistad con el gran bohemio y por complacer a la buena, a la generosa compañera que por veinte años suavizó la vida de aquel hombre brillante, ilusorio y desorbitado.

Recién llegado a París por la primera vez, conocí a Sawa. Ya él tenía a todo París metido en el cerebro y en la sangre. Aún había bohemia a la antigua. Era en el tiempo del simbolismo activo. Verlaine, claudicante, imperaba. LaPlume era el órgano de los nuevos perseguidores del ideal, y su director, Léon Deschamps, organizaba ciertas comidas resonantes que eran uno de los atractivos del Barrio. A esas comidas asistía Sawa, que era amigo de Verlaine, de Moréas y de otros dioses y subdioses de la cofradía. De las tres cosas cantadas por la sonora trompeta de Bonafoux: «Sawa, su perro y su pipa», no me fue dado conocer entonces más que a Sawa y su pipa. No recuerdo bien, pero creo que me fue presentado por Gómez Carrillo. Era a la sazón un hermoso tipo de caballero, airoso, con cierta afectación en la mirada y en los ademanes. Debía tener mucho prestigio con las damas, aunque su bolsillo no estuviese boyante. En un palco de music-hall conocí una noche a su querida, marquesa auténtica.

Recorrimos juntos el «país latino», que entonces tanto me fascinara. Aún se soñaban sueños con fe y se decían versos de verdad. Si existía el arribismo, tenía otro nombre y no tanta desvergüenza. El pez simbólico del acuárium parisiense comenzaba a regar por todas partes sus huevas; pero Mimí no iba en auto a cenar a la taberna del Panthéon.

Sawa andaba por el Barrio como un habitual personaje de él. Sus compañeros eran notorios. Su aspecto de levantino aparecía en las revistas literarias cenaculares. Su cabellera negra se coronaba con el orgullo fantasioso de un sombrero de artista, de un rembrandt de anchas alas. Su sonrisa era semidulce, semiirónica. Estaba impregnado de literatura. Hablaba en libro. Era gallardamente teatral. Poor Alex! Recorríamos el país latino, calentando las imaginaciones con excitantes productores de paraísos y de infiernos artificiales. ¡El ángel-diablo del alcohol! Unos cayeron víctimas de él; otros pudimos amaestrarle y dominarle. Sawa fue de los que buscaron el refugio del «falso azul nocturno» contra las amarguras cotidianas y las pésimas jugadas de la maligna suerte. Mucho daño le hizo el ejemplo del pobre y «mauvais maître» que arrastraba su pierna y su mitad inocente y su mitad perverso genio por los cafés de la orilla izquierda del morne Sena.

Ya tenía Sawa historia literaria y leyenda. Había publicado Noche, Crimen legal y Declaración de un vencido, obras que demostraban talento, fuerza, temperamento de artista. Entre lo legendario circulaba algo inventado por Luis Bonafoux: que había hecho un viaje a París con el único objeto de conocer a Víctor Hugo; que el anciano emperador de la poesía le había dado un beso en la frente, y que desde entonces Sawa no había vuelto a lavarse la cara... El buen Sawa tomó la cosa en serio, protestó. Luego Bonafoux confesó que ello había sido una de sus amargas bromas amistosas. Lo cierto es que él siempre vivió en leyenda, y que, siendo, como fue, de una gran integridad y sinceridad intelectuales, pasó su existencia golpeado y hasta apuñalado por lo real en la perpetua ilusión de sí mismo.

Era un gran actor, aunque no sé que nunca haya pisado las tablas. Con su dicción y sus gestos pudo haber imperado por las máscaras; pero aquel romántico sonoro no representó sino la propia tragicomedia de su vida. Primero, galán joven, decorado de amor y ambiciones, rico de sus bellos ojos conquistadores, vigoroso de su voluntad de triunfar, con dos cosas que no suelen andar juntas en el mundo, una firme, otra ligera y superficial, orgullo y vanidad. Luego, gris de años, a la entrada de la vejez, fue barba trágico, que como en el verso del Hugo que adorara en su juventud, «fue ciego como Homero y como Belisario», engañado por el destino, pobre, pudiendo haber sido rico, lamentando, ya tarde, el tiempo perdido para la dicha y para la tranquilidad de los días postreros. Escribe él en una de sus últimas páginas, o no escribe, dicta: «Vino el duende que era embajador de la dicha. Yo estaba ocupado en cosas inútiles, pero que me placían momentáneamente... —Ven luego —le dije—. Y mi vida desde entonces ha transcurrido aguardando desesperadamente al emisario, que no se ha vuelto a presentar jamás». Él no supo, embriagado de azul, escuchar las palabras de la Ocasión ni asirla de las crines de oro. La Ocasión tiene una copiosa y luminosa cabellera, aunque la pintan calva, solo que se presenta raras veces, y hay quienes cometen el error de decirle que vuelva luego, como Sawa.

Amaba el excelente escritor la Belleza, la Nobleza, la Bondad, todas las sagradas cualidades mayúsculas. Se asomaba a perspectivas de eternidad; mas siempre se distraía en lo momentáneo, e hizo del Arte su religión y su fin. El arte en los propósitos, en la existencia; el arte a su manera y con sus medios. Las «cosas inútiles» de que habla; el zumo azulado que sale de la pipa de Neso que se complace en fumar; el querido martirio. Para él sí que en todo l’art c’est l’azur. Así expresará también: «...es sabido que todas las lejanías soberanamente bellas son azules: la montaña, el mar y el cielo... En mis lutos yo me plazco viviendo en lo azul, y en él me envuelvo, y de él me lleno y me embriago, y no se me aparece la muerte fea si el sudario que como una atmósfera invisible ha de cubrir mi cuerpo es azul, azul como la montaña y el mar y el cielo, azul como todas las lejanías hermosas de la vida».

Yo le he visto en mil instantes. Hombre jovial, compañero risueño, de una voz ya ruidosa, ya como medio velada con una gasa de seda, sutil narrador de anécdotas, noctámbulo, revelador de felicidades paradójicas y descubridor de fatamorganas. Ceremonioso y escénico, al punto de que su simple entrada en un café era un espectáculo. Amigo de hacer visible y retórica su superioridad mental, con actitudes y con tropos. Galante con sus pares, cruel en frases acres con obtusos patrones y empingorotadas medianías. Dandy agriado por los vinagres emponzoñados de la pobreza, se complacía en vengar con los alfileres de su ingenio las injusticias de los malos dirigentes. Ciranesco, quijotesco, d’aurevillyesco, todo en una pieza, llevó siempre, eso sí, aun en las mayores angustias y caídas, levantado e incólume, su penacho de artista. Intransigente, prefirió muchas veces la miseria a macular su pureza estética. Su pureza no era blanca, era azul.

Dicen que era perezoso... Yo soy testigo de que esa afirmación no es muy exacta. En horas de apuros y de escasez, cuando en los periódicos de Madrid no encontraban colocación sus trabajos sino muy de tarde en tarde y por las pavorosas tarifas de que se habla, Sawa tenía que escribir artículos para un lejano país de América. Cierto es también que sus arranques verbales contra las empresas madrileñas no eran lo más a propósito para que se le llamase con los brazos abiertos. Satirizaba ásperamente y no economizaba saña y ridículo contra conspicuos mecenizantes. Es indudable que no tenía un concepto claro de lo práctico, y que juzgaba el don del ensueño, de la meditación y de la bella escritura como lo primero sobre la tierra. Así, se sentía siempre desposeído o inpartibus. Se sentía con indiscutible derecho a consideraciones y prebendas que veía impartir a quienes consideraba como inferiores y mediocres. Se hacía más insoportable la brega con su facultad aumentativa, con lo cual, y lo exacerbado de sus nervios, percibía más oscuro lo oscuro del mundo.

Tal le encontré en Madrid años después de nuestra temporada del Barrio Latino. No podía ocultar la nostalgia del ambiente parisiense, y se sentía extranjero en su propio país, desarraigado en la tierra de sus raíces. ¿Por qué ese tipo solar, hijo de padre griego y de madre sevillana, y que pasó sus primeros años al amor de la luminosa Málaga, amaba tanto a París, en donde el sol se muestra tan esquivo y una bruma del color del ajenjo opaliza los otoños? No es único el caso suyo, y la razón podría explicarla el heleno Papadiomantopoulos. El hecho es que él siempre tenía presente su visión luteciana. No hablaba dos palabras sin una cita o reminiscencia francesa. Exponía contento sus literarios recuerdos, sus intimidades con escritores y poetas.

Verlaine a cada paso y ante todo; Luis le Cardonnel, Vicaire, Moréas, Duplessis, Jean Carrére, Charles Morice, Pierre Longs y otros muchos, toda lira y toda la Plume.

Siempre acariciaba el deseo de volver a la ciudad de sus sueños. Un día me mostró un diario, muy animado, muy alegre: «¡Por fin voy a retornar a París! Ve quién es ministro, un íntimo amigo mío». Era verdad lo que decía. Pierre Baudin había sido nombrado ministro de ya no recuerdo cuál Gabinete de Loubet, y Pierre Baudin había sido, en efecto, amigo íntimo de Sawa en días de juventud. Pero ¿se acordaría Baudin? ¿Le escribiría Sawa siquiera felicitándole? Ambos son puntos de dudar. El hecho es que Alejandro no volvió a París.

La literatura vivida, que le fue tan funesta, tuvo, sin embargo, para él consuelos sedativos. Jamás dudó de la supremacía de su talento. Se revestía a sí propio de púrpura. Y cuando le llegó la terrible dolencia que le dejó ciego, tened por seguro que al dictar a su mujer o a su hija se creía Milton o, con la frente hacia el cielo, el divino Melesigenes.

Pudo dejar una gran obra, pues tuvo en su espíritu una llama genial. Pero el latino lo clamó en sus hexámetros:

...Sed defluit aetas

Et pelagi patiens, et casidis, atque ligonis:

Taedia tunc subeunt animos; tunc seque suamque

Terpsichoren odit facunda et nuda senectus.

Dejó pasar el buen tiempo. Vio llegar la vejez triste y se encontró abandonado de todo y de todos, tan solamente con dos almas dolorosas a su lado, y enfermo y ciego y lamentable... Dicha fue que perdiese la razón antes de que llegara la agonía. Meses antes de expirar escribió tanteando, a pedido de un periodista que le visitara, esta frase: «Recuerdo de un hombre cuyas pupilas quedaron abrasadas por su afán de mirar fijamente a lo infinito». Por eso se quemó las pupilas, y las mismas alas, la pobre águila. Se olvidó, por mirar fijamente lo infinito, de que era un señor de carne y hueso, de que tenía mujer e hija, de que era preciso hacer dinero. Aunque hubiera sido poco, pero dinero. Dinero para asegurar los días por venir, las consideraciones que deseaba, para comer, beber y fumar bien, con todo lo cual es indudable que se puede contemplar mejor, y sin ningún peligro, lo infinito.

¡Ah, creo que no le olvidaré nunca! Le oigo aún en nuestros días y noches fraternales; le oigo aún al llegar a mi casa, haciendo sonar su bastón, verlainianamente, y hablándome en alta voz, en francés... Le oigo aún, por las calles de la villa, en la alta noche, a la luz de la luna, recitando:

Les violons

De l’automne...

o cantando alguna antigua canción de Francia:

Le roy fait battre tambour,

o rememorando alguna anécdota barriolatinesca: «Una vez, estando con Hermann Bahr y Charles Morice en el d’Harcourt...».

Por fin se hundió en la eterna noche, en la noche de las noches. Ha tiempo descansa.

Bonne nuit, pauvre et cher Alexandre!

Rubén Darío